sábado, 13 de junio de 2015

El libro electrónico: mejor para el lector, el escritor y el medio ambiente


“Me gusta más el papel: el olor, el peso de un libro de verdad”. “Soy de la vieja ola, me hago un lio tremendo con estas nuevas tecnologías”. “El libro de papel tiene un encanto que nunca tendrá el libro electrónico”. “Si no me compro un libro impreso me da la impresión de que no lo tengo”. Estas son algunas de las razones que escucho decir a gente a la que no le gustan los libros electrónicos. Creo que reflejan un cierto miedo atávico a la tecnología, una resistencia al cambio, la creencia de que el libro de papel es algo precioso que debe ser protegido, que es más puro, más humano. Por supuesto, cada cual tiene derecho a su opinión y sus gustos, que además en cuestión de literatura tienen mucho peso. Sin embargo, me gustaría que cotejarais esa opinión con los hechos que voy a exponer a continuación.

El libro electrónico es más ecologista

Te puede parecer que el libro impreso que tienes en las manos representa sólo un minúsculo trozo de árbol, un sacrificio insignificante frente a todas las cosas que le hacemos al medio ambiente. Pero no es verdad. Para empezar, por cada libro que se vende cientos de otros libros se imprimen, se almacenan, se distribuyen, se devuelven al editor y se destruyen, lo que representa un desperdicio enorme de material y energía. Ten en cuenta que la industria papelera tiene un efecto desastroso sobre el medio ambiente. Es responsable de la epidemia de eucaliptos que ha destrozado el ecosistema de todo el norte de España, desplazando los bosques autóctonos de robles, encinas, hayas y castaños y eliminando a toda la fauna que sostienen. Encima, las fábricas de papel polucionan un montón, despidiendo grandes cantidades de sulfuro de hidrógeno y otros gases nocivos: véase lo que le ha hecho a la ría de Pontevedra la fábrica de papel situada a sus orillas. Sí, es verdad que para hacer una tableta también se usan metales que polucionan, pero la escala de la polución es muchísimo menor. Una tableta Kindle de unos pocos gramos tiene un circuito electrónico mínimo.

Y no olvides que puedes leer libros electrónicos en tu iPod, iPad o tu móvil, que vas a poder utilizar para muchas otras cosas. En estos sitios te puedes descargar gratis la aplicación Kindle  que sirve para  leer libros en tu móvil o en tabletas que no sean las Kindle de Amazon:

Para iPhone e iPad:
https://itunes.apple.com/es/app/kindle-lee-libros-ebooks-revistas/id302584613?mt=8

Móviles con el sistema operativo Android:
https://play.google.com/store/apps/details?id=com.amazon.kindle&hl=es_419
http://www.amazon.com/Amazon-com-Kindle-for-Android/dp/B004DLPXAO

El libro electrónico ofrece muchas ventajas al lector

Déjame enumerarte unas cuantas:
  1. Poder viajar con un montón de libros sin llevar casi nada de peso. Esto fue lo que me llevó a comprarme mi primera tableta Kindle. Mi familia y yo viajamos mucho, normalmente una vez al año desde Los Ángeles a Europa. Como los tres somos ávidos lectores, el tener suficiente material de lectura para tres semanas de viaje llena de por sí toda una maleta. Tres tabletas solucionan el problema. Además, podemos llevar muchos libros en caso de que alguno no nos guste, o incluso bajárnoslo con toda facilidad de la “nube” mientras estamos de viaje.
  2. Como explico más abajo, el libro electrónico es un arma buenísima contra la censura, algo que es muy importante para los que formamos parte de la cultura sexo-positiva. 
  3. Un libro electrónico puede contener hiper-enlaces al índice o a una lista de notas, que resultan mucho más accesibles y molestan menos que las notas en un libro de papel. En tabletas como el iPad, también puede haber hiper-enlaces directamente a sitios web. 
  4. Los libros electrónicos se pueden subrayar y anotar, y todo eso se puede borrar o modificar luego. Puedes compartir tus notas con otros lectores a través de internet, o ver las que ellos han escrito.
  5. La tinta electrónica de tabletas como el Kindle se pude leer perfectamente a la luz del sol y no hace más daño a los ojos que un libro normal.
  6. Kindle, Smashwords y otras compañías permiten que dos personas puedan leer el mismo libro a la vez si tienen una cuenta común. También hay formas de “prestar” libros electrónicos sin que te tengas que preocupar de que no te lo van a devolver. Claro que el libro electrónico se puede piratear con toda facilidad, pero no lo debes hacer porque esto supone robarle al escritor la recompensa por su trabajo. Al comprar un libro electrónico le das al escritor un 70% del precio que pagas. 
  7. Quizás lo más importante es que el libro electrónico es intrínsecamente más barato. Como no hay gastos de impresión, distribución, almacenaje y venta, todo ese dinero que se ahorra se le puede pasar al lector bajando el precio de venta. El problema es que muchas casas editoriales ven esto como una competencia desleal al libro de papel y han luchado por equiparar los precios, lo que es básicamente estafar al lector. Toda esa guerra entre Amazon y determinadas casas editoriales sobre la que hemos estado leyendo en la prensa se reduce básicamente a eso. Amazon Kindle quiere bajar los precios de los libros electrónicos (así vende más y gana más base de mercado), mientras que las editoriales clásicas quieren que se siga equiparando al precio del libro de papel (para no perder ventas de los mismos). Periódicos como El País se han puesto vergonzosamente del lado de las editoriales, con las que tienen vínculos comerciales, suministrando una gran cantidad de desinformación sobre esta guerra entre editoriales y criticando sistemáticamente a Amazon. Tú misma puedes figurarte de qué lado están tus intereses como lectora. 

El libro electrónico ofrece muchas ventajas al escritor

  1. Tradicionalmente, un escritor recibe un 10% del precio de cada uno de sus libros. Algunos escritores famosos logran un 15%, pero raramente más. El resto de lo que pagas por un libro va a la librería, a la editorial y a los costes que he mencionado más arriba (impresión, almacenaje, distribución, etc.). Frente a eso, Kindle y Smashwords pagan al autor el 70% del precio del libro. 
  2. Para un escritor principiante, conseguir que una editorial publique su libro representa una tarea hercúlea. Tradicionalmente, las editoriales han venido tratando a los escritores nóveles con un desprecio increíble. Muchas se niegan de llano a evaluar libros de escritores desconocidos. Las que aceptan hacerlo imponen condiciones absurdas para la entrega del libro: a pesar de que hoy en día un libro se puede mandar en forma digital por correo electrónico sin ningún coste, te obligan a imprimirlo en papel y mandarlo por correo normal, lo que te puede costar varios cientos de euros por cada libro que mandas. Si el libro es rechazado, lo que ocurre en casi todos los casos, no esperes que te den la más mínima información de por qué lo hacen. Si quieres publicar lo único que puedes hacer es volver a gastarte el dinero para enviar el libro a otra editorial. Como os podéis imaginar, esto abre las puertas a todo tipo de favoritismos, enchufes, tejemanejes y corrupción más o menos velada. Incluso han aparecido falsas editoriales que se dedican a estafar al escritor principiante haciéndole pagar por la publicación de su libro en papel, que luego no conseguirá vender. 
  3. Frente a esas barreras casi infranqueables, publicar una novela como libro electrónico es la cosa más fácil del mundo. Basta seguir unas simples instrucciones para formatear el texto de forma adecuada, subirlo a Kindle y en dos o tres días el libro está disponible para que lo compren los lectores en Amazon.com. Smashwords.com es incluso mejor: su sitio web formatea tu libro en los formatos electrónicos más usados (MOBI, EPUB, PDF, etc.) y no sólo lo vende en su página, sino que lo distribuye a otros vendedores como Apple, Amazon y Barnes and Noble. 
  4. ¿Qué pasa si tu libro tiene material cuestionable que puede ser censurado? Una editorial clásica lo rechazará en cuanto les entre la duda, y si no lo hacen te impondrá cambios draconianos como condición para la publicación, interfiriendo con tu creatividad. Amazon Kindle, en teoría, no admite la publicación de material pornográfico, pero en la práctica publica todo tipo de novelas eróticas sin restricciones. Smashwords no tiene apenas restricciones. Eso sí, si publicas algo que va contra la ley (plagio, libelo, etc.) la responsabilidad es tuya. Toma nota: el libro electrónico es la mejor defensa contra la censura que ha habido en la historia. 
  5. Alguien puede objetar que Amazon es una compañía gigantesca que amenaza con hacerse con el monopolio del negocio editorial, no sólo compitiendo con las editoriales de libros en papel sino eliminando la competencia en el terreno del libros electrónico. Pero esto no es así por una razón muy sencilla: publicar un libro electrónico es muy fácil, cualquiera puede hacerlo sin la ayuda de empresas como Amazon o Smashwords. Con calibre, un programa gratis para almacenar libros electrónicos (http://calibre-ebook.com/ ), el formatear un libro en cualquier formato electrónico está al alcance de todo el mundo. Luego puedes vender tu libro desde un sitio web con el 100% de los beneficios yendo a parar a tus manos. Smashwords.com (http://www.smashwords.com/ ) tiene un modelo comercial que puede ser muy competitivo frente a Amazon Kindle. Todo esto es lo que fuerza a Amazon a mantener su programa tan ventajoso para los escritores. Tened en cuenta además que cuando publicas en Amazon no le das la exclusiva - por eso mis novelas pueden estar a la venta tanto en Amazon como Smashwords. 
  6. La única ventaja que las editoriales clásicas ofrecen hoy en día al escritor es la publicidad y la promoción. Pero lo cierto es que tampoco invierten mucho es eso, a no ser que seas un escritor famoso. Los escritores principiantes tenemos que buscarnos la vida para anunciar nuestros libros, publiquemos donde publiquemos.
En resumidas cuentas, el libro electrónico ofrece unas enormes ventajas sobre el libro en papel, lo que explica su rapidísima implantación en el mercado. No sólo beneficia al lector y al escritor, que a partir de ahora pueden interactuar directamente sin el filtro de las editoriales, sino que elimina el daño al medio ambiente que supone la industria papelera. Pero creo que la mayor aportación del libro electrónico es que permite la difusión de material que antes no hubiera sido publicado nunca. La censura se vuelve enormemente difícil cuando todo el mundo puede publicar un libro con un mínimo esfuerzo adicional sobre la tarea de escribirlo. Y esto llega justo a tiempo, pues la editoriales clásicas se han empezado a fusionar unas con otras formando enormes monopolios. Como ocurría con la música y el cine, se estaba dando un fuerte tendencia a la uniformidad cultural: determinadas novelas (Juego de Tronos, Los Juegos del Hambre, Harry Potter, 50 Sombras de Grey, etc.) son leídas por todo el mundo mientras que los libros “del montón” son ignorados. Claro, a una editorial le beneficia promocionar mucho un libro para luego venderlo como rosquillas, en vez de tener que promocionar una gran variedad de libros. Esto reduce costes y riesgos. El libro electrónico contrarresta esa tendencia, democratizando el mercado de los libros. El problema es que ahora que cualquiera puede publicar su libro, bueno o malo, ¿cómo va a encontrar el lector los libros de calidad en medio de tanta marea? Esto crea una oportunidad comercial que aprovechan compañías como Goodreads (https://www.goodreads.com/ ), que se especializan en difundir las críticas de los lectores a los libros que leen. Creo que, poco a poco, está teniendo lugar un cambio enorme en el mundo de los libros. No te lo pierdas: apúntate al libro electrónico.

viernes, 22 de mayo de 2015

Cuatro mentiras sobre el amor


Se me ha ocurrido contar cuatro mentiras sobre el amor… Bueno, no contarlas, sino simplemente denunciar cuatro cosas falsas que se suelen decir sobre el amor. Falsas para mí, claro, si no estás de acuerdo para eso están los comentarios. ¿Por qué cuatro? Pues porque no tengo tiempo para escribir un post muy largo y conociendo mi tendencia a enrollarme…

Hoy iba en el coche escuchando uno de mi podcast favoritos, “Rationally Speaking”. Era el episodio dos, porque ahora que Massimo Piggliucci se ha retirado decidí escuchar los episodios antiguos. Este iba sobre el amor. Nada más empezar, va Massimo y dice que el amor tiene que ver sólo con la reproducción. ¿Qué? ¿Y entonces no existe el amor entre amigos? ¿No puede uno amar un libro, una idea, un país? Podemos hacer ésta la primera mentira sobre el amor:

“El amor de verdad sólo existe en la pareja.”

Es un mito del amor romántico que puede hacer mucho daño al llevarnos a valorar el amor a la persona con la que follamos sobre el amor a los amigos. Yo diría que el amor de la amistad es el más auténtico, pues se da desinteresadamente. Nos enamoramos locamente y nos olvidamos de los amigos. Luego nos rompen el corazón ¿y quiénes están ahí para recoger los trocitos? Nuestros amigos, claro.

Otra cosa muy común es considerar al amor como algo sublime, inefable. Oímos decir tonterías como que “la ciencia nunca conseguirá explicar el amor”. En realidad, el amor es algo muy sencillo: se trata simplemente de una emoción. Como la alegría, la tristeza, la ira, el orgullo y la vergüenza. ¿Y qué son las emociones? Las emociones son estados mentales que motivan nuestro comportamiento. Detrás de todo lo que hacemos hay una emoción, aunque sea sólo ese leve sentimiento de culpa que nos hace levantarnos por la mañana para ir al trabajo… “¡Arriba, perezoso, que ya son las ocho y media! ¿No te da vergüenza estar todavía en la cama?” Cuanto más fuerte es la emoción, mayor es nuestra motivación para hacer algo. Las emociones también dirigen nuestro pensamiento, por eso cuando estamos enamorados no podemos “quitárnosla de la cabeza”. Hay emociones positivas, que son las que nos atraen hacia algo, y emociones negativas, que son las que nos repelen o nos hacen luchar contra algo. No es que las emociones positivas sean buenas y las positivas malas. El asco es la emoción negativa por antonomasia, pero sentir asco hacia algo que es perjudicial para nuestra salud es bueno. De la misma forma, sentir amor por alguien que nos está haciendo daño es malo. Ese enamoramiento que nos sube a las nubes es muy agradable, pero también lo es el estado mental en que nos ponen muchas drogas. En realidad, son estados muy parecidos, producidos por la liberación de dopamina en la llamada “vía del placer” que conecta el cuerpo estriado con el núcleo accumbens en el cerebro. Resulta que, como hacen las drogas, el enamoramiento disminuye la inteligencia. ¿Quiere eso decir que no debemos enamorarnos? No, simplemente digo que dejemos de creer que…

“El amor es el estado más sublime del que es capaz el ser humano.”

Y tonterías por el estilo. Esa será nuestra segunda mentira. El amor enriquece nuestras vidas y resulta muy saludable, pero no saquemos las cosas de quicio dándole más importancia de la que tiene. Recuerda esto la próxima vez que te encuentres en un charco de autocompasión y melancolía porque te han dejado. No es el fin del mundo. En la vida hay un montón de cosas aparte del amor. ¿Te parece que estoy siendo cínico? Pues el Budismo dice algo parecido. Según él, el estado mental ideal no es el de exaltación amorosa o de una alegría tremenda, sino un estado de serenidad y desapego acompañado de amabilidad hacia todos, más que amor a una persona en concreto.

Vayamos a por la tercera mentira. Para no complicarme mucho la vida, escogeré algo fácil…

“El amor es para siempre.”

O título similar de una peli romántica en la que los amantes se buscan hasta en el Más Allá. No… Lo siento: no existe el “Más Allá”. El amor, como todos los fenómenos de la mente, es producido por el cerebro y no puede sobrevivir al cerebro. Es más, hoy en día conocemos sustancias que si te las tomas dejas de estar enamorado inmediatamente. De hecho, una disminución drástica de la testosterona (incluso en la mujer), puede dar al traste con el más intenso de los romances. Ansiogénicos como las beta-carbolinas (que hacen lo contrario que el Valium), disfóricos como los agonistas del receptor kappa de opiáceos, bloqueadores de la oxitocina… todo eso puede acabar con el amor. ¡Y son simples sustancias químicas! Pero con esto no quiero decir que:

“El amor es una simple cuestión de química.”

Lo que será nuestra cuarta mentira sobre el amor. Simplemente digo que sin cerebro no puede haber amor, porque sin cerebro no hay consciencia. Y como el cerebro no dura para siempre, tampoco lo hace el amor. En realidad, la mayor parte de los amores no duran toda la vida, como lo demuestra la altísima tasa de divorcio. Y el amor de las amistades, ese que decía que era el más sincero, resulta que es el más efímero. En esto creo que también acierta en Budismo cuando nos dice que todo es transitorio y perecedero. El amor no es la excepción: tiene un principio y un final. No sólo eso, sino que es algo que cambia a cada momento, va adquiriendo mil formas distintas. Como todo lo que existe en nuestra mente, es transitorio. Nuestra propia mente es impermanente; no tenemos un alma que viva eternamente. Nosotros cambiamos como todo lo que hay en el universo, tenemos un principio y un fin.

¿Que por qué el amor no es una simple cuestión de química? Esa es una falacia (error de lógica) muy curiosa, de un tipo que se escucha mucho estos días. Yo la llamaría “falso reduccionismo”. El reduccionismo consiste en querer explicar fenómenos complejos en función de fenómenos más sencillos. Por ejemplo, las propiedades químicas del átomo de carbono se pueden explicar en función de fenómenos físicos de la mecánica cuántica. Pero si nos ponemos a explicar en base a la mecánica cuántica las propiedades de moléculas complejas, como el ADN, nos perdemos. Cuando se pasa de un nivel de complejidad a otro, por ejemplo de la física a la química, o de la química a la biología, aparecen lo que se llama “propiedades emergentes”. Las reglas de juego cambian porque las relaciones entre los distintos elementos hacen que el todo sea más que la suma de sus partes. La falacia del falso reduccionismo consiste en pensar que eso no es así, que podemos ignorar las propiedades emergentes. ¿Qué tiene que ver esto con el amor? Pues que el amor, como las demás emociones, es una propiedad emergente de cerebro humano. Decir que el amor es sólo química es como decir que el ADN es sólo neutrones, protones y electrones. Las dos cosas son aparentemente verdad… excepto que la palabra “sólo” nos lleva a engaño porque hemos tirado por la ventana las propiedades emergentes, que son lo más importante.

El amor, como las demás emociones, es una propiedad emergente debida al funcionamiento del cerebro humano. El disparo de potenciales de acción en determinadas neuronas, la liberación de determinados neurotransmisores, forman la base del amor, pero no son lo mismo que el amor, de la misma manera que el flujo de electrones en tu ordenador no es lo mismo que este mensaje que estás leyendo, aunque forme la base del mismo. La información, el sentido de algo, viene dado por la manera en que se relacionan una serie de elementos (circuitos y chips en el ordenador, neuronas en el cerebro), no por los elementos en sí. Somos nuestro cerebro, nuestra mente (que no es más que lo que hace el cerebro al funcionar), y las emociones son una parte fundamental de la mente. Las emociones son lo que da color a nuestra vida, lo que nos hace feliz y lo que nos hace sufrir. Y el amor, emoción positiva que nos une a los demás, es una de las cosas que más puede contribuir a nuestra felicidad.

El amor no es ni mística ni química, sólo el querernos, el desear la felicidad de la persona que tenemos al lado, momento a momento, fluyendo juntos en el río del tiempo, sabiendo que todo va a cambiar, que todo lo vamos a perder... Y, a pesar de todo, amando.

¿Te han gustado mis cuatro mentiras sobre el amor? Si quieres más, lee este otro artículo de este blog:

¿Qué tiene de malo el amor romántico?

domingo, 10 de mayo de 2015

¿Por qué sentimos vergüenza?


Desde hace un tiempo siento una gran fascinación por las emociones, quizás porque estoy convencido de que contribuyen en gran medida a nuestra felicidad. De hecho, es frecuente confundir la alegría (que no es más que una emoción) con la felicidad (que es un estado profundo de ser que transciende a las emociones). No voy a entrar aquí en definir la felicidad, sólo apuntar que depende en gran medida de sentir emociones positivas, como la alegría y el amor, y el limitar nuestras emociones negativas, como el temor, la ira y la tristeza.

Un grupo de emociones particularmente importantes son aquellas que están relacionadas con cómo nos percibimos a nosotros mismos y cómo nos perciben los demás. Por esa razón se denominan en inglés “self-conscious emotions” (Muris and Meesters, 2014): emociones de la consciencia del ser. Normalmente se nombran tres: la culpa, la vergüenza y el orgullo; pero existen otras relacionadas con ellas: la dignidad, la soberbia, el arrepentimiento, el ridículo y el humor. El orgullo, la dignidad y la soberbia son emociones positivas que nos hacen sentirnos bien con nosotros mismos, mientras que la culpa, el arrepentimiento y la vergüenza son emociones negativas que disminuyen nuestra autoestima.

En particular, la vergüenza es una poderosa emoción con una tremenda capacidad para hacernos daño, pudiendo llevar incluso al suicidio (Lester, 1997, Werbart Tornblom et al., 2015). También se ha visto que el desorden de estrés post-traumático (PTSD) no sólo está causado por el miedo, sino que tiene importantes componentes de culpa y vergüenza (Lee et al., 2001, Wilson et al., 2006). El comprender la vergüenza es también esencial en la lucha por las libertades sexuales y la igualdad. Tanto el “estar en el armario” como el que nos saquen de él a la fuerza (“outing” en inglés) tienen profundos efectos en la autoestima debido a la vergüenza que conlleva que no nos ajustemos a la normativa de la sociedad (Chekola, 1994).

¿Por qué existe la vergüenza? La clave de la supervivencia de los seres humanos es nuestra habilidad de vivir en grupos sociales. En el entorno en el que evolucionó nuestra especie, una persona sola sería incapaz de encontrar alimento y defenderse de los predadores para sobrevivir. Es a base de vivir en grupos como los humanos hemos sido capaces de conquistar casi todos los ecosistemas de la superficie terrestre. Sin embargo, el funcionamiento armonioso de una sociedad humana requiere que se respeten una ciertas reglas que establecen la cooperación mutua, de tal manera que todo el mundo contribuya y nadie se beneficie indebidamente del esfuerzo de otros. También hace falta que haya frenos a la agresividad y que se establezcan jerarquías que hagan que las opiniones y los actos de los individuos con mayor éxito y experiencia se valoren más que las de los demás.

El orgullo, la culpa y la vergüenza son emociones que evolucionaron para hacer que estas reglas sociales estén arraigadas en las profundidades de nuestro psiquismo (Breggin, 2015). Así, la culpa y el arrepentimiento cumplen la función de evitar que se rompan normas sociales y que reparemos el daño causado cuando lo hacemos. La vergüenza y la humillación aparecen frecuentemente asociadas con ataques que nos hacen perder nuestro atractivo social (Gilbert, 1997). Otros investigadores señalan que el orgullo y la vergüenza son señales sociales que benefician tanto a quien las expresa como a quien las observa (Martens et al., 2012). En particular, el mostrar vergüenza puede servir para apaciguar a los otros tras una transgresión social y así evitar o paliar el castigo. Por otro lado, la vergüenza desempeña un papel esencial en la regulación de la conducta social y es uno de los incentivos más fuertes para cambiarse a uno mismo (Lickel et al., 2014). Por ejemplo, el avergonzar al maltratador puede servir para mitigar o poner fin a situaciones de abuso doméstico y acoso sexual. Se ha visto que la vergüenza es fundamental en el tratamiento de personas que abusan sexualmente de niños (Proeve and Howells, 2002).

¿Pero entonces por qué existe la vergüenza como emoción distinta de la culpa? Mientras que la culpa es principalmente un freno a la agresividad y al egoísmo, la vergüenza y su emoción opuesta, el orgullo, actúan como incentivos para la cooperación. El orgullo nos señala un aumento en nuestro status social cuando tenemos éxito, mientras que la vergüenza opera como una señal de alarma que nos advierte que disminuye la estima con que se nos tiene en el grupo. En el entorno evolutivo, la capacidad de una persona para alimentarse y reproducirse debía estar estrechamente asociada a este estatus social, lo que explicaría que la vergüenza esté profundamente arraigada en el funcionamiento de nuestro cuerpo. Por ejemplo, la vergüenza produce rubor, que una respuesta automática del sistema cardiovascular. También produce importantes efectos negativos en el sistema hormonal, como un aumento en la hormona de estrés cortisol, y en el sistema inmune, como un aumento en las citoquinas pro-inflamatorias (Dickerson et al., 2004).

Resulta interesante analizar algunas emociones relacionadas con la vergüenza: la dignidad, la humillación, el ridículo y el humor. Podríamos decir que la dignidad es la manifestación externa del orgullo en nuestro comportamiento. Sin embargo, la dignidad puede ser mentirosa: podemos comportarnos de forma digna aunque por dentro no nos sintamos orgullosos. Si hacemos esto, a menudo la gente que nos rodea intentará desenmascararnos, exponiendo nuestra falta de autoestima al dejarnos en ridículo. El ridículo es, por lo tanto, una pérdida de dignidad que conduce al humor… Cuando el petulante gallito se cae en un charco, todo el mundo se ríe. Cuando una persona con buena autoestima se ve en una situación de ridículo reacciona uniéndose al regocijo general, riéndose de sí mismo. Paradójicamente, esto tiene el efecto de rescatarlo del ridículo. Por el contrario, una persona con baja autoestima intentará mantener su dignidad a toda costa: el petulante gallito se levanta del charco y se ajusta la ropa mojada, muy serio, pretendiendo que no ha pasado nada. El resultado son más risas.

Por otro lado, la humillación y el avergonzar son técnicas muy comunes tanto en el abuso psicológico como en el control de la gente por el poder religioso y político. Por lo tanto, hace falta desarrollar estrategias para desenmascarar esas campañas de humillación masiva. Una de esas estrategias es dar connotaciones positivas a palabras que se usan para humillar, como se hizo en inglés con las palabras “gay”, “slut” (“guarra”) y “pervert” (“pervertido”). En particular, “slut” se aplica ahora a ambos sexos, no sólo a las mujeres, y ha pasado a denominar a una persona liberada sexualmente con un poderoso eroticismo. También se usa en la expresión “slut shaming”, con la que se denuncia la actitud de querer avergonzar a una mujer por su conducta sexual. Por otro lado, neologismos como “homofobia”, “misoginia”, “misandria”, “sexo-negativo” y “erotofobia” se pueden usar para avergonzar a los opresores, exponiendo sus actitudes de odio y de miedo irracional.

En resumen, creo que comprender la emoción de la vergüenza es fundamental tanto por el papel que desempeña en nuestra salud física y mental como por su capacidad para ser usada para el abuso psicológico y la opresión cultural.

Referencias


Breggin PR (2015) The biological evolution of guilt, shame and anxiety: A new theory of negative legacy emotions. Med Hypotheses.

Chekola M (1994) Outing, truth-telling, and the shame of the closet. J Homosex 27:67-90.

Dickerson SS, Gruenewald TL, Kemeny ME (2004) When the social self is threatened: shame, physiology, and health. J Pers 72:1191-1216.

Gilbert P (1997) The evolution of social attractiveness and its role in shame, humiliation, guilt and therapy. Br J Med Psychol 70 ( Pt 2):113-147.

Lee DA, Scragg P, Turner S (2001) The role of shame and guilt in traumatic events: a clinical model of shame-based and guilt-based PTSD. Br J Med Psychol 74:451-466.

Lester D (1997) The role of shame in suicide. Suicide Life Threat Behav 27:352-361.
Lickel B, Kushlev K, Savalei V, Matta S, Schmader T (2014) Shame and the motivation to change the self. Emotion 14:1049-1061.

Martens JP, Tracy JL, Shariff AF (2012) Status signals: adaptive benefits of displaying and observing the nonverbal expressions of pride and shame. Cogn Emot 26:390-406.

Muris P, Meesters C (2014) Small or big in the eyes of the other: on the developmental psychopathology of self-conscious emotions as shame, guilt, and pride. Clin Child Fam Psychol Rev 17:19-40.

Proeve M, Howells K (2002) Shame and guilt in child sexual offenders. Int J Offender Ther Comp Criminol 46:657-667.

Werbart Tornblom A, Werbart A, Rydelius PA (2015) Shame and Gender Differences in Paths to Youth Suicide: Parents' Perspective. Qual Health Res.

Wilson JP, Drozdek B, Turkovic S (2006) Posttraumatic shame and guilt. Trauma Violence Abuse 7:122-141.


martes, 21 de abril de 2015

No estás aquí para pasártelo bien

Continuación de la escena "¡Qué brazos tan fuertes tienes!" De mi nueva novela "Contracorriente (Escenas de poliamor)"

Entreabriendo los ojos, vio a Cecilia sentada en sus talones frente a ellos, mirándolos con ojos lastimeros.

-Está surtiendo efecto, eso de darme envidia -observó.

Beatriz se revolvió en sus brazos.

-¡Ay, perdona! -le dijo a Cecilia-. Se me había olvidado que es tu chico. ¡Qué tonta soy! ¡Si es que veo un hombre así y no me sé controlar! Pero no te preocupes, estoy segura de que tú le gustas mucho más que yo… Sólo soy una chica corriente, más bien feílla. Y encima me vuelvo un poco creída y me tienen que poner en mi sitio… ¡Soy tan estúpida! ¡Sí, estúpida, imbécil, zorra asquerosa…!

Julio la agarró por los hombros y la sacudió para hacerla callar. El tono de Beatriz había ido volviéndose gradualmente cada vez más violento.

-¡Silencio! ¡Aquí mando yo, y si quiero besarte te callas y te aguantas! ¿O tengo que pegarte otra vez?

-Es verdad, Beatriz -intervino Cecilia con voz calma-. Aquí manda él, que para eso es el dominante. A nosotras dos sólo nos queda aguantarnos con lo que quiera hacernos. Para eso me ha traído aquí, para ponerme celosa viendo las cosas que te hace. ¡Y prepárate, que no ha hecho más que empezar!

-No sé por qué digo esas tonterías… -dijo bajando la cabeza-. Seguro que pensáis que estoy loca.

-Loca no sé, pero sí que eres un pelín rara, Beatriz -le dijo con franqueza.

-En todo caso, no soy peligrosa.

-Sólo para ti, por lo visto -observó Cecilia. Le enseñó las muñequeras y tobilleras-. ¿Quieres que se las ponga?

-Sí, será mejor que la atemos antes de que nos haga otro destrozo. Teníamos que haberle hecho caso a Martina. Nos dijo que teníamos que tenerla atada todo el rato.

Cecilia empezó a ponerle las tobilleras.

-¡No me vendéis los ojos, por favor! Me gusta mucho veros.

-No pensaba hacerlo. Yo también quiero verte los ojos.

Le cogió la cara para mirárselos. Eran castaños, grandes y redondos. El ojo derecho se desvió hacia arriba.

-Tengo estrabismo. No me mires… Es muy feo, ya lo sé.

-Pues a mí me parece muy simpático… Tienes unos ojos preciosos, Beatriz.

-Es la primera vez en mi vida que alguien me dice eso… Sois muy buenos conmigo.

-¿Buenos? ¿Después de la paliza que te acabo de dar?

-Fue una azotaina severa, pero muy cariñosa.

-Has dejado de tartamudear  -observó Cecilia mientras le ponía una muñequera.

-Sólo tar-tar-tar… tartamudeo cuando estoy nerviosa.

-¿Y ya no lo estás? -le preguntó él.

-No… No hay nada como una buena paliza para calmarme los nervios.

-¡Menuda masoca estás hecha, Beatriz!

Recordó que le había prometido a Cecilia dejarla tomar la iniciativa. Quizás fuera mejor dejar ver qué se le ocurría hacer con Beatriz. Eso le daría algo de tiempo para hacer sus planes. Beatriz era mucho más imprevisible de lo que había pensado, necesitaba familiarizarse un poco más con ella antes de pasar a juegos más serios.

-Cecilia, ¿por qué no le explicas a esta mocosa cómo tiene que comportarse?

-¡Con mucho gusto, Julio!

Cecilia acabó de cerrar la última hebilla de la muñequera y, de un tirón, hizo que Beatriz se arrodillara en el suelo frente a ella.

-Lo primero que te tiene que quedar claro es que tú no estás aquí para pasártelo bien -le explicó-. Estás aquí para servir a Julio. Tu cuerpo será su juguete esta tarde.

-Sí claro, por supuesto… Perdona, no sé cómo se me ha podido olvidar… Es que es tan simpático que me he puesto a hablar con él como si tal cosa… ¡Qué tonta soy!

Cecilia le dio una bofetada, lo suficientemente fuerte para dejarla herida y desconcertada. Lentamente, se llevó la mano a la mejilla. Cecilia le pinzó los pezones entre el pulgar y el índice y se los retorció hasta hacerla gritar.

-¡Qué sea la última vez que te oigo decir que eres tonta o algo parecido! ¿Me oyes?

-¡Ayyy! Sí, sí, te oigo… ¡Ay, ay, ay, qué daño! ¡Suéltame, te lo suplico!

Cecilia le soltó los pezones. Beatriz se apresuró a cubrírselos con las manos, mirando a Cecilia con reverencia. Julio se sintió impresionado con la firmeza con la que Cecilia se había hecho con la total atención de Beatriz.

-Aquí el único que decide si eres tonta o lista es Julio, ¿te enteras? Si él te llama perra, tú ladras, y si te llama gatita, maúllas. Y, por supuesto, ni se te ocurra volver a pegarte… ¡Mira las marcas que te has dejado! -dijo señalando a las estría rojizas que tenía en los muslos-. Ahora Julio tendrá que dejar sus marcas encima de las que te has hecho tú. ¡Qué vergüenza! ¡Eso no lo hace una buena sumisa!

-Lo siento… Es que pensé que os habíais marchado.

-¡Cállate! Tus excusas no hacen sino empeorar la cosa. Venga, ayúdame a quitarle los zapatos a Julio.

La completa seguridad con la que Cecilia manejaba a Beatriz lo tenía fascinado. De alguna forma se las había apañado para comportarse como la más estricta de las dominantes sin restarle a él la más mínima autoridad. Al contrario, el poder de Cecilia aumentaba el suyo. No queriendo interrumpir la magia del momento, se limitó a mirarlas mientras, una en cada pie, le desataban los cordones y le quitaban los zapatos y luego los calcetines.

-Ahora bésale el pie… No, no lo mires a la cara, mírale sólo el pie… Así.

Cecilia se inclinó hacia delante y se puso a besarle el pie. Beatriz hizo lo propio, mirando a Cecilia de reojo con ansiedad. Como si fuera la cosa más natural del mundo, Cecilia le levantó el pie del suelo y se introdujo su dedo gordo en la boca, chupándoselo como si fuera una golosina. Beatriz la miraba con preocupación. Sin hacerle el menor caso, Cecilia se fue introduciendo en la boca, uno a uno, todos los dedos de su pie izquierdo. Tras un momento de vacilación, Beatriz se metió en la boca el dedo gordo de su otro pie. Desués de los primeros titubeos,  pronto estuvo lamiéndole el pie con la misma dedicación con que lo hacía Cecilia. La humedad y el calor de sus bocas le proporcionaba una sensación deliciosa, tremendamente erótica.

-¡Muy bien, Beatriz! -La animó Cecilia-. Creo que podré convertirte en una buena sumisa.

-Me gusta servir a tu chico. Gracias por enseñarme como tengo que hacerlo.

-Seguro que te han entrado ganas de chupar otra cosa, ¿a que sí?

Beatriz soltó una risita y se puso a lamerle la planta del pie, haciéndole cosquillas.

-Julio, ¿te importa que te desnudemos? -le preguntó Cecilia.

-No hace falta, ya me desnudo yo -dijo sacudiéndose a Beatriz del pie. Las cosquillas empezaban a hacérsele insoportables y no quería perder la dignidad.

-Vale, como quieras… ¡Tú, mocosa, no mires! ¡Date la vuelta! Ahora pon la cabeza en el suelo. ¡Levanta más ese culo! ¡Así! No te muevas hasta que te lo digamos.

La postura humillante de Beatriz le ofrecía una perfecta panorámica de sus nalgas sonrosadas enmarcando ese ano perfecto, ancho y liso. Lamentó que Martina le hubiera prohibido follárselo. Pero a lo mejor sí que podría jugar con él. La idea le puso la verga dura como una piedra justo cuando acababa de quitarse los calzoncillos. Cecilia la miró apreciativamente. Le indicó con un gesto que se volviera a sentar.

-Beatriz, date la vuelta, pero no levantes la cabeza del suelo.

Beatriz hizo lo que se le ordenaba. Cecilia le cogió las manos y se las unió tras la espalda con un mosquetón. Luego la hizo levantar la cara para obligarla a mirar la entrepierna de Julio.

-¡Joder, qué pedazo de polla! -exclamó Beatriz.

-Es bonita, ¿verdad? Tenemos que rendirle el debido respeto, como buenas sumisas. Así…

Cecilia se introdujo su verga en la boca y le propinó una de sus mejores caricias de lengua, levantándole escalofríos de placer por todo el cuerpo. Se le escapó un suspiro. Beatriz lo miraba, alelada.

Cecilia, soltándolo, la descubrió y le dio un bofetón.

-¡No mires a Julio a la cara, sólo a su polla! ¿Qué coño te crees que es esto, una peli porno? Te estaba enseñando lo que tienes que hacer y tú te quedas embobada. ¡Venga, a ver qué tal lo haces tú!

Sujetándole la polla con una mano, agarró a Beatriz por el pelo con la otra para conducirla hacia él.

-Saca la lengua y lámela… ¡Así! Ahora dale un besito, sólo con los labios… Chúpale un poco la puntita… Cuidado, no la toques con los dientes. ¿No te han enseñado cómo se hace esto? Mírame a mí.

Pronto las tuvo a las dos mejilla con mejilla, pasándole las lenguas por toda la polla, alternándose en chuparla. Cecilia controlaba la situación, agarrando su verga con una mano y el pelo de Beatriz con la otra, obligándola a prestar plena atención a lo que hacía. Tan pronto Beatriz se ponía a chuparlo con entusiasmo, Cecilia la separaba y se apoderaba posesivamente de él, dejándola frustrada y expectante. A pesar de lo mucho que disfrutaba del espectáculo, él mismo acabó por sentirse un juguete de los caprichos de Cecilia, atrapado en una montaña rusa de placer y frustración,.

-Ya sabes que a ti también te voy a dar lo tuyo -le advirtió a Cecilia, quien se sacó su verga de la boca y se la metió a Beatriz en la suya para contestarle:

-Por supuesto… Para eso hemos venido, ¿no?

viernes, 17 de abril de 2015

¡Qué brazos más fuertes tienes!

Esto es algo que he escrito recientemente para mi nueva novela: Contracorriente (escenas de poliamor)

Cuando entraron se encontraron a Beatriz bailando una danza frenética en medio de la mazmorra. Se había quitado el antifaz, había cogido un azote formado por dos correas de cuero y se dedicaba a pegarse con él por todo el cuerpo, insultándose con furia con cada golpe.

-¡Tonta! ¡Asquerosa! ¡Imbécil! ¡Cochina!

Julio se quedó mirándola consternado. ¡Joder! ¡Esta tía está como un cencerro!

Cecilia, sin embargo, no se dejó paralizar por la sorpresa. Se fue derecha a Beatriz y le sujetó la mano que blandía las correas.

-¡Pero bueno! ¿A ti qué coño te pasa?

Beatriz se quedó parada de repente, pero sin hacerle el menor caso a Cecilia. Lo miraba a él directamente.

-¡Guau! ¡Tu chico es muy guapo!

Decidió que debía hacer algo. Se acercó a ellas en un par de zancadas. Cecilia había agarrado a Beatriz con una mano en la cara y la forzaba a mirarla.

-¡Deja de mirarlo! Se supone que no deberías vernos hasta que te diéramos permiso. ¿Por qué te has quitado el antifaz?

-¡Ay, perdona! S-s-s-se me ha escapado… ¡Es que es muy guapo, de verdad! … T-t-t-tú también eres muy guapa… Martina ha sido muy buena conmigo, al dejarme jugar con vosotros… ¡Por favor! -Dijo con un súbito quiebro en la voz-. ¡Por favor! ¡No me echéis! ¡Prometo ser buena! ¡Haré todo lo que queráis!

Beatriz se desmoronó de rodillas. Cecilia se acuclilló a su lado.

-¿Ah, sí? ¡Pues no estás siendo nada buena! Te has quitado el antifaz sin permiso y te estabas pegando… ¿Lo has hecho antes? ¿Lo sabe Martina?

-Sí… -sollozó Beatriz-. Se enfada mucho conmigo cuando lo hago… Y me castiga. ¡Por favor, no se lo digas!

-¡Pues claro que se lo voy a decir! Y además te vamos a castigar nosotros.

-¿Sí? ¿Qué me vais a hacer? -dijo en tono incierto.

Julio encontraba toda esa conversación extrañamente infantil. No sabía hasta qué punto Beatriz hablaba en serio o era todo una especie de juego. La rabia con la que se pegaba cuando entraron parecía muy real, desde luego. Decidió seguirle la corriente, como hacía Cecilia.

-¡Por lo pronto, te voy a poner el culo como un tomate! -anunció.

Beatriz le dedicó una sonrisa beatífica.

-¡Ay, sí! ¡Qué bien!

-¿Qué bien? ¡A ver si dices lo mismo dentro de un rato!

-Julio tiene la mano muy dura -la advirtió Cecilia.

-Todo lo que tú me hagas me encantará -le dijo mirándolo embelesada.

Sin el antifaz, Beatriz parecía aún más joven e inocente. Debía tener la misma edad que Malena, puede que incluso menos. Había algo en sus gestos, en su forma de hablar, que resultaba muy extraño. Esa súbita adoración que parecía sentir por él no era nada normal, desde luego. Pero él ya estaba harto de que lo acusaran de tener demasiados escrúpulos. Además, le estaban entrando unas ganas locas de darle una tunda a esa mequetrefe.

-Pues vamos a ver lo que tardo en hacerte cambiar de opinión.

La levantó del suelo de un tirón. La obligó a inclinarse hacia su espalda, rodeándole las caderas con el brazo izquierdo, levantándola hasta que tuvo que estirar las piernas para poder apoyar los dedos de los pies en el suelo. Eso dejó su traserito completamente a tiro de su mano derecha, como si fuera un bombo. Le dio dos fuertes cachetes, uno en cada nalga. Beatriz se rio.

Cecilia, plantada delante de él, asintió con aprobación.

-Bueno, mientras que vosotros os divertís será mejor que ordene el desbarajuste que ha organizado ésta.

Julio reparó por primera vez en que todo el contenido de una estantería estaba esparcido por el suelo: dildos, tapones anales, y toda una serie de ataduras de cuero.

-¡Será gamberra! -masculló, y le dio otro par de fuertes azotes. Beatriz dio un gritito, luego se volvió a reír.

Empezó a picarse de ser incapaz de inspirarle miedo a esa pequeña mequetrefe. Levantando bien la mano en el aire, le dio una serie de sus mejores azotes, alternando de una nalga a otra. Los gritos de Beatriz pasaron de sonar divertidos a genuinos.

-¡Ya está bien de cachondeo, joder! -dijo tomándose un respiro momentario.

-¡Qué brazos más fuertes tienes! ¡Me encantan! -dijo Beatriz, acariciándole el brazo con el que la sujetaba contra su cadera.

-¡Son para pegarte mejor, Caperucita!

Cecilia soltó una carcajada desde donde se encontraba colocando objetos en la estantería.

¡Qué demonios, si ella se lo pasa bien, yo también! Dijo para sí, reanudando la azotaina.

Beatriz reaccionaba de una manera preciosa a los azotes, frotándose las piernas, dando pataditas, cruzando los pies, levantándolos en el aire, al tiempo que profería gritos y quejidos de lo más sexy. Su pompis había adquirido ya un precioso tono rosa oscuro; podía sentir el calor que desprendía con cada impacto de su mano.

-¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Joder, qué pasadaaa! -gritaba Beatriz.

Cecilia se le acercó con un par de muñequeras y tobilleras de cuero en cada mano.

-Tampoco te pases, Julio -musitó.

Le dio un par de cachetes más y la enderezó. Para su sorpresa, había lágrimas en sus mejillas. Beatriz se puso a bailar una danza de dolor, frotándose las nalgas con las manos.

-¡Ay mi culito! ¡Cómo me duele!

Julio sintió su verga endurecerse aún más.

-¡Ven aquí, anda! -Le dijo, conduciéndola a uno de los taburetes. La sentó en su regazo, como antes, acariciándole el pompis. Estaba suave como la seda, caliente como una estufa. Con el nudillo de la otra mano le quitó una lagrima de la mejilla.

-¿Ves como sí que pego fuerte? Pórtate bien, si no quieres recibir más.

Beatriz le rodeó el cuello con los brazos y se arrebujó más contra él. Echó la cabeza hacia atrás y, antes de que se diera cuenta, lo estaba besando. La agarró del pelo, pensando quitársela de encima, cuando se dio cuenta de lo dulce que era su boca. Le apresaba los labios entre los suyos y luego entreabría la boca, invitando su lengua a entrar. Julio la besó un buen rato, sin dejar de acariciar el trasero que se había trabajado tan bien. Entreabriendo los ojos, vio a Cecilia sentada en sus talones frente a ellos, mirándolos con ojos lastimeros.

-Está surtiendo efecto, eso de darme envidia -observó.

domingo, 29 de marzo de 2015

El Homúnculo no actuará esta noche en el Teatro Cartesiano


Mucha gente se imagina que la mente funciona de la siguiente manera: las sensaciones de la vista, el oído, el tacto, etc. convergen en una parte de la mente donde está nuestro “yo” o “ego”. Ese “yo” decide lo que hay que hacer y pone en movimiento una serie de mecanismos que hacen que se mueva el cuerpo, se busquen recuerdos, se realicen determinados cálculos… es decir, todo lo que hacemos en nuestra vida. A esa parte de la mente desde la cual somos testigos de todo los que percibimos se la ha llamado el “teatro cartesiano”. El nombre proviene del filósofo francés René Descartes, quien creía en el dualismo: que la mente y el cerebro son entes distintos que se comunican entre sí. Y a ese “yo” que experimenta las sensaciones y decide lo que hay que hacer se le ha llamado el “homúnculo”. Todo esto, por supuesto, es una completa tontería.

El teatro cartesiano
La idea del homúnculo es absurda, en primer lugar, porque nos llevaría a una regresión al infinito. Dentro del homúnculo tendría que haber otro teatro cartesiano con otro homúnculo que a su vez tendría otro teatro cartesiano con otro homúnculo… y así hasta el infinito. En algún momento se tienen que acabar los homúnculos y los teatros cartesianos, así que quizás lo mejor sería descartarlos desde el principio. De hecho, no hay ninguna parte del cerebro que parezca desempeñar las funciones de teatro cartesiano o de homúnculo. Ni estudios de lesiones en el cerebro ni los más modernos métodos de imágenes cerebrales han podido encontrar la sede del “yo” en el cerebro.

Lo miremos como lo miremos, la organización del cerebro humano no deja de ser desconcertante. Por ejemplo, el cerebro no está organizado como un ordenador, donde toda la información converge en un chip central como el i5 fabricado por Intel que tiene el ordenador con el que escribo. Por el contrario, en el cerebro no hay “chip” central, no hay ninguna parte donde converja toda la información. Además, un ordenador procesa la información de forma lineal, grupos de 32 o 64 bits formando cola para pasar por el procesador central. En el cerebro, por el contrario, toda la información se procesa al tiempo, usándose partes del cerebro a veces muy alejadas entre sí. Todas las neuronas del cerebro están activas todo el tiempo, a veces más, a veces menos, pero siempre hay liberación de neurotransmisores en las sinapsis y disparo de potenciales de acción en los axones. El cerebro sigue activo incluso cuando dormimos, incluso bajo anestesia general. La actividad cerebral sólo cesa con la muerte. De nuevo, la analogía con el ordenador nos falla: el ordenador se puede encender y apagar, el cerebro no.

Pero todo esto no quiere decir que no podamos entender cómo funciona el cerebro, sino que tenemos que estar preparados para lo inesperado. Porque, en realidad, la organización del cerebro tiene su lógica. La parte del cerebro que realiza las funciones más complejas de la mente es lo que está más afuera: la corteza cerebral. En el interior hay una serie de núcleos y partes que realizan funciones dispares, normalmente asociadas con las emociones. La amígdala (“almendra”) procesa el miedo y la ansiedad. El estriado y el núcleo accumbens contienen la llamada “vía del placer” responsable por la motivación, el placer y la recompensa. El hipocampo procesa información espacial y temporal. El hipotálamo segrega hormonas que controlan las funciones del cuerpo. En el centro del cerebro está el tálamo, un área donde convergen todas la sensaciones (menos el olfato). Entonces, ¿no podría ser el tálamo el teatro cartesiano? No, porque el tálamo es sólo una estación más de relé, se encarga de distribuir las sensaciones a zonas especializadas de la corteza donde son procesadas: el córtex visual en la parte de atrás del cerebro, el auditivo en la parte lateral y el córtex somatosensorial que forma como una diadema a los lados. Frente al córtex somatosensorial está un hendidura muy profunda: el sulcus central o fisura de Rolando. Al otro lado hay otra “diadema”: el córtex motor primario, encargado el organizar nuestros movimientos con la ayuda del cerebelo. Aquí es donde nos encontramos con algo que tiene bastante lógica: todo lo que está detrás del sulcus central tiene que ver con sensaciones, mientras que todo lo que está delante del sulcus central tiene que ver con acciones. Por lo tanto, el cerebro está organizado siguiendo el principio de “input” - entrada y “output” - salida. En la parte más delantera del cerebro está el córtex prefrontal, encargado de planear decisiones. Está claro entonces, ¿no?: el “yo” está en el córtex prefrontal.

El córtex cingulado
Lo siento, pero no es así. El córtex prefrontal funciona junto con otras dos áreas para procesar las funciones relacionadas con la toma de decisiones: el córtex cingulado anterior y la ínsula anterior derecha. Las paredes de la profunda grieta que separa los hemisferios cerebrales también tienen corteza cerebral; es allí donde encontramos el córtex cingulado. Su función consiste en sopesar las emociones que sentimos, la importancia de cada idea y recuerdo, y con ello dar un voto emocional a la toma de decisiones que será sopesado por el córtex prefrontal. La ínsula es una invaginación del córtex dentro del surco lateral o cisura de Silvio. Es pequeña pero matona, porque allí se procesan cosas muy importantes: la cualidad desagradable del dolor, la cualidad agradable del placer, los orgasmos, la empatía, el asco y muchas otras emociones. Una cosa sumamente curiosa es que la parte anterior de la ínsula existe sólo en los seres humanos, siendo muy rudimentaria en los chimpancés y otros monos antropoides e inexistente en el resto de los mamíferos. Su función consiste en hacer un simulacro de lo que sentiríamos en determinadas condiciones: si me pegas con esa vara, lo que voy a sentir es este tipo de dolor. Por lo tanto, esa capacidad de proyectar emociones y sensaciones hacia el futuro (o en situaciones hipotéticas) pare ser únicamente humana.

La ínsula
¿Qué quiere decir todo esto? Una de las preguntas más fundamentales que nos podemos plantear es qué somos en realidad, en qué consiste lo que llamamos el “yo”, qué es lo que hace que seamos conscientes. De la respuesta que demos a esa pregunta dependerán cuestiones tan importantes como si tenemos libre albedrío, si somos diferentes de los animales, si existe vida después de la muerte, o si algún día podremos subir nuestra mente a un ordenador. El tema de cómo el cerebro produce nuestra consciencia ha sido denominado “el problema difícil” por los filósofos. Algunos, como David Chalmers, creen que no tiene solución. Yo no estoy de acuerdo. Por ejemplo, el problema de qué es la vida tampoco parecía posible de resolver en el siglo XIX; hizo falta el colosal desarrollo de la bioquímica y la biología molecular en el siglo XX para resolverlo. De la misma forma, pienso que la neurociencia está avanzando a pasos agigantados para explicar lo que es la consciencia en términos del funcionamiento de las distintas partes del cerebro y, finalmente, en base a neuronas y neurotransmisores. Claro que filósofos como Chalmers nunca se darán por satisfechos, pero cuando no sólo podamos describir los mecanismos de nuestra consciencia sino también manipularla, sus objeciones dejarán de tener sentido. Quizás no podamos predecir por ahora cómo será esa explicación de la consciencia, pero creo que ya estamos en condiciones de descartar algunas ideas; el homúnculo y el teatro cartesiano entre ellas. Fueron concebidos por el filósofo Daniel Dennett para mostrar como el dualismo cuerpo-mente todavía subyace nuestra forma de pensar sobre la conciencia. Escribiré más sobre el problema de la consciencia en futuros artículos.


miércoles, 18 de febrero de 2015

La buena muerte



-No lo entiendes, Cecilia. Yo no quiero que me ayuden. Estoy harta de todo. Estoy muy cansada.

-No te entiendo… ¿Qué quieres decir?

-Pues eso: que estoy harta. No quiero que me ayuden, ni quiero ayudar a nadie. Antes me gustaba ayudar a la gente, sentía que aunque yo sufriera por lo menos alguien dejaba de hacerlo. Por eso me gustaba hablar con los locos. Por eso te hablé el día que nos conocimos, porque vi lo asustada y lo desesperada que estabas. Pensé que si te explicaba cómo funciona este sito te haría sentirte mejor.

-¡Pues claro, Irene! Y lo conseguiste, me ayudase un montón. Yo creo que sin ti me habría venido abajo.

-No, Cecilia, no te habrías hundido. Ahora te conozco, sé lo fuerte que eres. Te las hubieras apañado muy bien sin mi ayuda.

-Tú también eres muy fuerte, Irene. Tú también puedes salir adelante. Si no lo fueras, no podrías ayudar a la gente como haces.

-No sé si se trata de ser fuerte… El caso es que ayudar a la gente ya no me sirve de nada. Ya no me da esperanza. Estoy cansada, Cecilia. Estoy harta de luchar contra esta marea de mierda que amenaza con ahogarme. Sólo quiero dormir… Descansar para siempre.

Cecilia sintió que mil señales de alarma la sacudían por dentro.

-¿Qué quieres decir, Irene? ¿No querrás suicidarte?

-Lo que quiero es acabar de una vez con esta mierda de vida, Cecilia. No vale la pena vivir así, con tanto sufrimiento. No sé si quiero suicidarme… Lo que quiero es que todo se acabe de una puta vez.

-¡Por favor, Irene! -dijo con desesperación-. ¡No digas esas cosas, que me asustas! En la vida hay cosas malas, pero también hay muchas cosas buenas.  La vida vale la pena, aunque sólo sea por sí misma.

-No, Cecilia, estás equivocada. La vida no siempre vale la pena. Hay veces en que el sufrimiento se hace tan grande que ya nada te compensa. Entonces es mejor acabar con todo para así encontrar finalmente la paz.

-¿Por qué? ¿Tú crees que vas a sobrevivir a la muerte? ¿Crees que vas a irte a un paraíso donde vas a ser feliz, que te vas a reencarnar en alguien mejor, o algo parecido? Porque ninguna de esas patrañas son verdad, Irene. La muerte es la nada, es dejar de existir. No hay nada al otro lado. A ver si por creer una de esas imbecilidades vas a acabar con lo más valioso que tienes.

La mirada de Irene se volvió inesperadamente sabia, como la del Chino cuando le iba a soltar una de sus frases profundas.

-Ya lo sé, Cecilia. Ya sé que no hay nada después de la muerte. No te preocupes, que yo tampoco me creo esos cuentos de curas, ni de los de aquí que van vestidos de negro ni de los de allá que van vestidos de azafrán. Pero eso es precisamente lo más bonito de la muerte, que no hay nada. ¡Nada, Cecilia! Te puedes imaginar qué liberación, que descanso, el poder hundirse en la nada, dejar de sentir, dejar de sufrir, dejar de tan siquiera recordar que has sufrido. Nada de nada, para siempre jamás.

Una sonrisa pacífica había iluminado el rostro de Irene, lo que no hizo más que aumentar la alarma de Cecilia. Buscó desesperadamente algún argumento para convencer a Irene.

-¡Espera, espera, que eso no es así! La nada no tiene nada de bueno… La nada no es algo, es un vacío, es dejar de existir… No hay nada bueno en dejar de existir.

-¿No? ¿Y por qué no iba a haberlo?

-Pues porque no vivimos sólo para nosotros. Vivimos para la gente que nos quiere, para ayudar a otros, como decías antes… Para hacer del mundo un sitio mejor, en definitiva.

-A mí eso no me sirve… Antes sí, pero ahora ha dejado de tener sentido. Yo no tengo ninguna obligación con nadie. Mi cuerpo es mío. Mi vida es mía, y hago con ella lo que me parece.

-Pero eso no es verdad. Tú no posees tu cuerpo o tu vida, como el que tiene un libro o un televisor. Tú eres tu cuerpo, que no es lo mismo que poseerlo.

-Para el caso es lo mismo. Si quieres, míralo de otra manera: yo soy libre, soy la única dueña de mi destino. El poder acabar con mi vida es el acto más absoluto de libertad. Y el que te priven de hacerlo es la forma de sometimiento más completa. Nadie debe obligarte a vivir tu vida en contra de tu voluntad. ¿No lo entiendes?

-¿Qué quieres que te diga? Sí, así como lo pones, tienes razón. Es verdad que debemos ser libres hasta el punto de poder acabar con nuestra vida… En teoría está muy bien. Pero en la práctica no deja de ser una locura. Nuestra vida es el bien más preciado que tenemos, ¿para qué rechazarlo? Se me antoja el desperdicio mayor que podemos hacer.

-O el regalo mayor que podemos hacer. En el mundo sobra gente, somos demasiados. ¿Para qué continuar una vida miserable que no ayuda a nadie?

-No lo entiendo, Irene. ¿Qué ha pasado para hacerte querer acabar con tu vida? ¿Qué te dijo Vicente para hacerte sentir así? Fuera lo que fuese, no puede tener tanta importancia.

-No fue nada que me dijera Vicente… Hace mucho tiempo que me siento así. Él lo único que hizo fue recordármelo todo. Recordarme quién soy… Lo que quiero en realidad.

-Pero entonces…

-¿Por qué te crees que me trajeron aquí, Cecilia? Me tomé una buena sobredosis de anfetas. Hubiera cumplido mi deseo si no llega a ser por el cabrón de Vicente, que me encontró a tiempo. Pasé dos días en el hospital y luego me trajeron aquí.

-O sea, que volverás a intentar suicidarte en cuanto puedas.

-No estoy segura, Cecilia…

-¡No lo hagas, Irene, por favor, te lo suplico! ¡Sigue viviendo, hazlo por mí!

-No lo entiendes, Cecilia… ¡Por favor, intenta entenderlo! Esto no tiene nada que ver contigo, tiene que ver conmigo, con lo que yo siento en lo más profundo de mi corazón. Si eres mi amiga, tienes que entenderlo. Nunca se lo he contado a nadie. A nadie se lo he explicado como acabo de explicártelo a ti.

Cecilia se incorporó para volver a sentarse en el suelo. Sin decir nada, recogió la ristra de agujas. Las fue sacando una a una y clavándoselas en el pecho mientras hablaba.

-Gracias por la explicación… Intentaré entenderlo, de verdad. Pero yo quiero que tú entiendas que si te matas, que si te pierdo, me vas a hacer mucho daño. Me vas a hacer mucho más daño que lo que duele ponerme estas agujas. Porque sí que tiene que ver conmigo, Irene. El dolor que sentiría al perderte tiene muchísimo que ver conmigo.

Irene también se sentó, mirándola ceñuda.

-Dices que eres que eres mi amiga, pero te acabo de contar mi secreto más íntimo, lo que llevo en lo más profundo del alma, y tú lo rechazas. En el fondo eres muy egoísta, Cecilia. Me quieres por lo que te doy, pero no por mí misma.

-¿Y qué coño tengo que hacer para dejar de ser egoísta? ¿Decirte que está de puta madre que te suicides? ¿Decir que el suicidio es la cosa más cojonuda del mundo porque es, oh, algo tan profundo? ¿Tengo que ayudarte a matarte?

Éste es un fragmento de mi novela Para volverte loca, que será la quinta novela de la saga de Cecilia. Esta parte está basada en el suicidio de mi amiga Erin. Irene tiene muchas cosas en común con Erin y lo que le dice a Cecilia fue lo que intentó decirme Erin antes de dejarme, antes de morir. Erin me dejó un precioso regalo: me hizo ver la muerte de otra manera, como liberación, no como pérdida. Eso es lo que intento reflejar aquí. Mi reacción es la de Cecilia: amo demasiado a la vida para poder comprender que alguien quiera suicidarse.  

domingo, 15 de febrero de 2015

Misandria: odio al hombre

Bart Simpson escribe en la cabeza de su padre: "insertar cerebro aquí"

Tendría que haber sido obvio desde el principio, pero parece ser que una buena parte de las feministas han tardado décadas en darse cuenta de que no se pueden resolver los problemas de las mujeres sin contar con los hombres. Por fin asistimos a un clamor por poner fin a la guerra de los sexos, como lo hizo la actriz Emma Watson al lanzar la campaña feminista HeForShe con su discurso en las Naciones Unidas


En él dice, entre otras cosas: “Cuanto más he hablado sobre feminismo, más me he dado cuenta de que la lucha por los derechos de la mujer a menudo se ha convertido en sinónimo de odio a los hombres. Si hay algo de lo que estoy segura, es que esto tiene que acabar.” “Mi investigación reciente me ha mostrado que el feminismo se ha convertido en una palabra impopular.” “He visto el papel de mi padre ser menos valorado por la sociedad a pesar de que de niña yo necesitaba su presencia tanto como la de mi madre. He visto hombres jóvenes sufrir enfermedades mentales y ser incapaces de pedir ayuda por miedo de parecer menos macho (…). He visto hombres frágiles e inseguros a causa de un sentido distorsionado de lo que constituye el éxito masculino. Los hombres tampoco gozan del beneficio de la igualdad.”

Todo eso está muy bien, pero también haría falta hablar de cómo muchas versiones del feminismo han fomentado la misandria, el odio al hombre. Porque, en definitiva, lo que hace que muchos hombres no se apunten a la causa es que se han visto atacados por el feminismo una y otra vez. Se preguntan, con razón, si apoyando al feminismo no están yendo contra sus propios intereses. Claro que el feminismo no es la única fuente de misandria. Ni siquiera la encontramos sólo en las mujeres; tristemente, parece haber muchos hombres que detestan la condición masculina. Por ejemplo, el otras veces brillante científico Jared Diamond toma una actitud extrañamente misándrica en su libro “Why Is Sex Fun?”. En uno de sus capítulos, basado en sus experiencias con tribus de Nueva Guinea, nos viene a decir que los hombre nos sirven para nada.

Por favor, no nos metamos en discusiones estériles sobre qué es peor, si la misoginia o la misandria, como si tuviéramos que elegir entre ellas. Las dos actitudes son inmorales e incluso se refuerzan mutuamente. Odiar a los hombres no remedia en modo alguno el odio a las mujeres. Como pasa con todas las guerras, la guerra de los sexos al final daña a todos. Cuando se nos ataca a los hombres es más fácil que nos atrincheremos en actitudes defensivas y racionalicemos el machismo, de la misma forma que el degradar y explotar a las mujeres las puede llevar a apoyar posturas hembristas de odio a los hombres.

Como pasa con la misoginia, la misandria suele aparecer en formas muy sutiles e insidiosas, en frases hechas y estereotipos culturales que se aceptan de manera irreflexiva. A pesar de lo que decía antes de que la guerra de los sexos daña también a las mujeres, no faltarán feministas que quieran negar la existencia de la misandria en nuestra sociedad. Para que resulte más fácil identificarla, hago a continuación una lista de sus manifestaciones más frecuentes.

1. Denigrar el deseo sexual del hombre. ¿Cuántas veces hemos oído expresiones como éstas? “Los hombres piensan con la polla”. “Los hombres sólo piensan en una cosa”. “Los hombres son unos cerdos”. “Sí, dice que quiere ser tu amigo, pero lo único que quiere es follarte”. “Es un viejo verde”. Todas ellas insinúan que el que los hombres sientan deseo sexual por las mujeres en algo vergonzoso. Ciertas feministas de la segunda ola veían el deseo masculino como intrínsecamente explotador de la mujer y buscaron reprimirlo. Esta actitud persiste hoy en día en críticas hacia la pornografía y en nuevas leyes que buscan perseguir a los clientes de las prostitutas. En esto el feminismo anti-porno  se da la mano con las actitudes  represivas de las religiones tradicionales: el hombre debe desear sólo a su esposa, todo lo que se desvíe de eso es malo. En su forma más virulenta, esta actitud se combina con el desprecio por la edad (“edadismo”) para condenar el que un hombre maduro se sienta atraído por mujeres jóvenes. Las nuevas ideologías sexo-positivas celebran sin reparos la sexualidad femenina en todas su versiones, pero a menudo no queda claro si la sexualidad masculina merece el mismo trato. Por supuesto, el deseo sexual no justifica en modo alguno la agresión y la explotación de las mujeres, pero hay que enfatizar que lo que es malo no es el deseo en sí, sino las conductas que dañan al prójimo.

2. “Todos los hombres son violadores”. O, dicho de forma más suave, el culpar a todos los hombres de las agresiones a las mujeres que realizan algunos. Esto dio lugar al hashtag #NotAllMen  en internet y a su respuesta con #YesAllWomen (que explica que todas las mujeres son víctimas de misoginia en mayor o menor medida). La controversia en torno a esas hashtags se basa en que en medio de una conversación sobre como las mujeres son víctimas de agresión, un hombre suele interrumpir diciendo “yo no hago eso”, “no todos los hombres somos así”, o algo por el estilo. Las feministas critican esto porque el interrumpir a una mujer es un signo de actitudes machistas, que además en este caso sirve para desviar el tema de la conversación, cambiando el foco de las mujeres a los hombres. Sin embargo, creo que si en una conversación sobre agresión a mujeres se implica que todos los hombres son agresores, esto es sexismo anti-hombre y debe de ser señalado inmediatamente. A fin de cuentas, tales conversaciones no se dan en un vacío cultural, sino en el contexto de una larga historia de escritos feministas que condenan a todos los hombres por agredir o explotar a las mujeres. Culpar a alguien por lo que es (hombre) y no por lo que hace (agredir) es la injusticia fundamental que forma la base de toda actitud sexista. Una cuestión relacionada con esto es que la mujer vea a un hombre desconocido como un potencial agresor. El tener esto presente es un simple cuestión de prudencia, pero se debe tener cuidado de no traducir es actitud interior de cautela en una actitud exterior de sospecha. Dicho de otra manera, una mujer tiene derecho a comportarse de forma que proteja su propia seguridad, pero es insultante hacer ver a los hombres con quienes se relaciona que son sospechosos inmediatos de ser violadores.

3. “Los hombres oprimen a las mujeres”. Cuando se habla de opresión de la mujer, muchas feministas lo hacen como si dieran por sentado que son los hombres quienes oprimen a las mujeres. Eso no es verdad, lo que oprime a las mujeres son una serie de normas y prácticas culturales a las que se les ha llamado “el patriarcado”. El patriarcado no son los hombres. De hecho, muchas mujeres han apoyado y siguen apoyando al patriarcado, mientras que muchos hombres luchamos contra él.

4. “La testosterona es veneno”. He oído muchas veces esta frase en círculos progresistas. La testosterona, lejos de ser un veneno, es una hormona esencial para el funcionamiento normal del cuerpo de los hombres y de las mujeres. Aunque más abundante en los hombres, en los dos sexos produce deseo sexual, ayuda al desarrollo muscular y disminuye el dolor, aparte de desmpeñar muchas otras funciones. Por supuesto, la frase se usa como metáfora para rechazar la agresividad natural del hombre. Pero no debemos confundir agresividad con violencia. La agresividad es necesaria para superarnos en los deportes, en el estudio y en el trabajo. Nos permite movilizar nuestra energía para realizar un esfuerzo intenso y prolongado. De hecho, el feminismo ha promulgado un tipo de mujer más agresiva y menos pasiva que el que impone el patriarcado. Una cierta dosis de agresividad sana es buena tanto en el hombre como en la mujer.

5. Des-empoderar a los hombres. A veces se sugiere que el darles poder a las mujer significa quitárselo a los hombres. Esto sería injusto, ya que cada cual tiene derecho a tener control sobre su vida, a su independencia y autonomía, y a desarrollar sus capacidades creativas al máximo posible. El tener poder no significa quitárselo a otro. Esto sólo se da en relaciones basadas en la explotación o en la competencia, y yo creo en una sociedad basada en la cooperación y la solidaridad en todos los ámbitos. Nuestra lucha debe encaminarse a conseguir ese tipo de sociedad, no a establecer el poder de un grupo sobre otro. Yo encuentro esta forma de misandria, por ejemplo, en la manía que les ha dado a algunas de criticar a los machos alfa. La realidad es lo contrario, y muchas mujeres se sienten atraídas por hombres poderosos, no necesariamente los triunfadores en la política o los negocios, sino también los que destacan por su inteligencia y por sus estudios.
Personajes de Futurama: Fry, Bender y Leela

6. El estereotipo del hombre estúpido, perezoso y bruto. Últimamente nos lo encontramos en muchas películas y series de televisión. El ejemplo más claro es Homer Simpson, un ser de poca inteligencia dado en decir y hacer las mayores estupideces. Su hijo, Bart, es mal estudiante y un gamberro nato. Por el contrario su hija Lisa es una alumna superdotada aficionada a la ciencia y a quien le gusta ponderar cuestiones filosóficas y resolver problemas sociales. Este contraste entre hombre estúpido y mujer brillante lo encontramos en la otra serie de dibujos animados de Matt Groening, Futurama, en la que Fry es un joven repartidor de pizza parangón de la ignorancia a ultranza, mientras que su contraparte femenina, la mutante Leela, es una piloto de naves espaciales brillante, valiente y aventurera. El estereotipo del hombre tontorrón aparece en muchas otras partes, como en películas como “Dumb and Dumber”.

7. El estereotipo del hombre falto de afectividad y compasión. Esto es algo que hemos heredado del viejo machismo, pero que se sigue perpetuando. Christian Grey, el protagonista de las infames “50 Sombras” , responde bastante bien a él. Pero también está presente en el sinfín de héroes y super-héroes masculinos que la industria del cine ha producido en masa durante todo el siglo 20. Hay que tener cuidado, de todas formas, cuando emerge en círculos progresistas y feministas para quitarnos voz a los hombres en base a que no tenemos la suficiente inteligencia emocional para comprender determinadas cuestiones. También se usa para reforzar la imagen que describía antes del hombre demasiado agresivo y violador en potencia.

Mensaje "sutil" de violencia  al hombre en un colectivo feminista
Emma Watson y el grupo HeForShe nos reta a los hombres a luchar por la igualdad de la mujer. Dados los numerosos casos de misandria que vemos emerger por todas partes, creo que es importante que el feminismo nos garantice que esta lucha no se traducirá en socavar los derechos legítimos y la dignidad de los hombres. Por ejemplo, la imagen de arriba fue encontrada en un mensaje reciente (2104) de la Coordinadora Feminista. La misandria le otorga al feminismo la oportunidad de redimirse de la mala reputación que ha ido adquiriendo durante décadas, probando de forma decisiva que realmente lucha por la igualdad de los sexos (y no la supremacía de la mujer) y contra el sexismo de todo tipo (y no sólo el machismo). Lo único que tiene que hacer es salir en defensa de los hombres cuando son atacados y denigrados. ¿Sabrá el feminismo aceptar el reto que supone la misandria?

domingo, 11 de enero de 2015

El secuestro de Cecilia


Éste es otro fragmento de mi novela Desencadenada. Es el principio de uno de los segmentos más duros de la novela, en el que Cecilia se enfrenta a una situación sumamente peligrosa...

Nada más doblar la esquina, Vicente se adelantó un par de pasos y se detuvo delante de ella, mirándola.

-¡Desde luego, sí que estás buena! -le dijo con una sonrisa burlona.

Eso le extrañó, sus maneras, hasta entonces educadas aunque un tanto nerviosas, parecían haber cambiado súbitamente. Lo miró, sorprendida. Iba a decirle algo pero él la empujó contra la pared y la besó violentamente. Al principio se dejó hacer. Le gustaba que la besaran así y, a fin de cuentas, estaba allí para servir al cliente. Pero cuando el beso empezó a prolongarse intentó empujarlo para librarse de él. Él la apretó con aún más fuerza contra el muro. Giró la cara para librarse de su boca.

-¡Vale ya! Vamos al hotel… -empezó a decir.

Entonces los vio: dos tipos que habían aparecido de ninguna parte. Los reconoció enseguida: Luis y su repulsivo amigo Benito.

-¡Socorro! -gritó, al tiempo que intentaba zafarse con renovadas energías. Pero Vicente la sujetó con aún más firmeza, poniéndole la mano sobre la boca para ahogar su grito. Los otros dos se les echaron encima en un santiamén. Benito le agarró la muñeca, retorciéndole el brazo tras la espalda, haciéndole daño. A pesar de eso, se debatió. La obligaron a andar, apartándola de la pared. Se le torció un tobillo y se hubiera caído al suelo si no la hubieran sostenido. Perdió uno de los zapatos.

Un coche se detuvo en doble fila con un frenazo: un Dodge Dart negro. Luis abrió la puerta trasera. Benito tiró aún más de su brazo para forzarla a inclinarse hacia a delante, y la empujó dentro.

-¡Socorro! ¡Me secuestran! -volvió a gritar aprovechando que ya no le tapaban la boca.

Luis entró por la otra puerta trasera, atrapándola entre él y Benito. Le dio un bofetón.

-¡Cállate! -le dijo, y a los otros: -¡Venga, vámonos!

Tres puertas se cerraron en rápida sucesión. El coche aceleró.

Benito tiró de su brazo hacia arriba de su espalda, obligándola a doblarse hacia adelante. Notó un contacto metálico alrededor de la muñeca por la que la agarraba. La querían esposar. Enterró su brazo izquierdo en su vientre para que no pudiera cogerle esa muñeca. Luis empezó a tirar de él para sacárselo, y ella se dobló sobre sí misma con aún más fuerza para impedírselo. Benito aflojó la presión en su otro brazo y la empujó hacia atrás, permitiendo a Luis agarrarle la muñeca. Siguió forcejeando, resuelta a no dejarse poner las esposas.

-Ponle la mano en la espalda -le dijo Benito a Luis.

Cecilia dejó caer el zapato que le quedaba y clavó los pies en los asientos delanteros, presionando la espalda contra el respaldo con toda la fuerza de su cuerpo. Era la postura de escalar en chimenea, conocía bien su poder: aprovechaba la fuerza de todos los músculos de su cuerpo.

-No puedo -gruñó Luis-. Da igual, pónselas por delante. Total, va a ser mejor para lo que quiero hacerle.

Por más que lo intentó, no pudo luchar contra la fuerza combinada de los dos. No tardaron en juntarle las muñecas frente a ella y cerrar las esposas.

-¡Esto es un crimen! -les gritó a sus secuestradores. Luis la volvió a abofetear.

-¡Déjate de tonterías, Cecilia, o será peor! -le dijo.

Tuvo tiempo de reconocer al conductor: Pascual, el policía. Vicente iba junto a él en el asiento de delante. Luego algo negro le cayó sobre la cabeza, impidiéndole ver. Le habían colocado una capucha. Recordó el relato de Malena, como los pinochetistas la habían conducido así a la prisión donde había visto a su padre por última vez.

La capucha no la dejaba respirar. La empezó a invadir el pánico.

Tranquilízate, Cecilia, vas a necesitar todas tus fuerzas para hacer frente a esta situación. ¡Luis me tendrá preparado algo horrible, seguro! Pero no me va a matar… ¿Qué me hará? Darme esa paliza que me tenía prometida, seguro… de eso no me libro. Pero no se atreverá a dejarme marcas, serían pruebas contra él. ¿Y sus compinches? También querrán algo… ¡Me van a violar! ¡Dios mío, me van a violar! ¿Luis también? Es capaz, el muy cabrón, lleva toda la vida deseándolo. ¡Cuatro tíos… va a ser insoportable! ¡Me quedaré traumatizada para toda la vida, como le pasó a Malena!

Miedo. Estaba aterrorizada. Recordó lo que Lorenzo le había dicho una vez escalando: el miedo te pude llevar al pánico, o te puede servir para aumentar tu concentración.

Calma, calma. Yo no soy Malena, no soy una cría de dieciséis años. Estoy acostumbrada a que me follen. Vicente ya lo iba a hacer de todas formas… Eso es lo que tengo que hacer: imaginarme que son clientes. ¡Sí, clientes! ¡Unos fachas hijos de puta, eso es lo que son! ¡Ahora, que esto no quedará así! ¡Se van a enterar! ¡El Chino y Tony les darán su merecido! Voy a decírselo… ¡No, no! ¿Estás loca? Si los amenazas sólo vas a conseguir que te hagan más daño.

La rabia también era peligrosa, la haría menos inteligente. Y si había algo que le permitiría salir de esa situación era su inteligencia. Ella era más lista que Luis.

Mejor seguirles la corriente, esperar mi oportunidad. Si creen que me tienen, que ya no me resisto, igual puedo pillarlos desprevenidos.

La canción Rivers of Babylon sonaba sin cesar dentro de su cabeza. Muy apropiado, ahora soy yo a la que llevan cautiva.

El coche se detuvo. Oyó abrirse la puerta a su derecha. Sintió bajarse a Benito. Luis le quitó la capucha. Se habían detenido en mitad de una calle estrecha, desierta, en algún lugar del casco antiguo. Benito les esperaba en el portal del edificio más cercano, manteniendo abierta la puerta. Luis le agarró las manos esposadas y le apretó la capucha contra la boca para impedirle gritar.

-¡Sal! -le dijo al oído-. ¡Vamos, rápido!

Entre Luis y Vicente la hicieron cruzar la acera a la carrera. El portal se cerró tras de ella con un chirriar de bisagras y un chasquido siniestro del cerrojo.

Se metieron los cuatro en un ascensor antiguo, de esos de jaula, ella en medio, oculta por los cuerpos de los tres hombres. Pensó en gritar, pero Luis aún la amordazaba con la capucha. Le harían daño si lo intentaba.

La sacaron del ascensor. Benito abrió la puerta de un piso. Tenía un membrete, pero no pudo leerlo antes de verse empujada rudamente adentro.

Se encontró en un despacho lujosamente amueblado. Frente a la puerta, a la derecha, había un pesado escritorio de madera, atravesado en una esquina formada por dos estanterías llenas de libros. En las otras dos paredes colgaban fotos enmarcadas, algunas en blanco y negro, otras en color. Presidiendo en la parte más alta había un gran retrato de Franco, rodeado de fotos de políticos y militares que Cecilia reconoció sólo vagamente. Otras fotos mostraban hombres en uniforme, desfilando o marchando por el campo. Una puerta lateral, cerrada, debía conducir al resto del piso. En la esquina opuesta al escritorio había dos pequeños sillones flanqueando una mesa de café. Entre ellos, un estandarte inclinado dejaba caer medio desplegada la bandera de España, con su feo aguilucho negro.

Luis se cuadró frente a la bandera de un taconazo, extendiendo el brazo y la mano en el saludo fascista. Benito y Vicente lo imitaron de inmediato.

-¡Arriba España! -dijeron los tres al unísono, haciendo explotar la “p”.

Benito se quitó su pesada chaqueta de cuero y la arrojó sobre uno de los sillones.

-¡Va bene! ¿Cosa facciamo adesso? -dijo en italiano, frotándose las manos.

-Vosotros, nada; volveos al coche -dijo Luis-. Ya me encargo yo de darle a esta puta su merecido.

-¡Venga, Luis! -dijo Benito, mirándola con ojos chispeantes-. ¡Que nosotros también queremos divertirnos!

Se le acercó. La cogió de la barbilla para obligarla a mirarlo a la cara.

-¡Madonna, comme sei bella! ¡Una bella putana!

Cecilia se quedó rígida, paralizada. Resistió las ganas de protestar, de suplicar; intuía que mostrar miedo sólo serviría para excitar más a esos salvajes.

-¡Déjala! -dijo Luis, impávido-. Es mi hermana, yo sé cómo tratarla.

-Será tu hermana y todo lo que quieras, pero también es una puta. Si ya se la han tirado tantos tíos, ¿por qué íbamos a privarnos nosotros?

-Además, yo ya he pagado por eso -remachó Vicente.

-A partir de ahora va a dejar de ser puta, ya me encargaré yo de eso. Así ya no habrá más que discutir.

-Al menos déjanos ver cómo la castigas -insistió Benito.

-¡Ni hablar! -dijo Luis, desafiante-. Esto es un asunto de familia, y lo vamos a resolver ella y yo en privado.

-¡Porca miseria! -protestó Benito- ¡O sea, que hemos hecho todo este trabajo y al final no vamos a sacar tajada!

-Quedamos que esto era sólo asunto mío y que me ayudabais como amigos. Nadie dijo nada de sacar tajada.

Benito se acercó a Luis hasta colocar su cara a unos centímetros de la suya.

-¿Y qué te pensabas, que te íbamos a ayudar sólo por amor al arte? ¡Tú solo no vas a conseguir nada, Luis, precisamente porque es tu hermana y tú, en el fondo, eres un blandengue!

-No voy a ser nada blando con ella, no te preocupes -dijo Luis, sosteniéndole la mirada.

Vicente cogió a Benito por el codo y tiró de él hacia la puerta.

-Vámonos, Benito. Tiene razón: si fuera mi hermana yo también querría arreglar esto a solas con ella.

Benito no se movió, los pies plantados firmemente en el suelo, los ojos clavados en los de Luis.

-¡Tú no conoces a las mujeres, Luis! -masculló entre dientes-. Se echará a llorar, se quejará y suplicará y te dirá que va hacer lo que tú quieras. ¡Y luego hará lo que le da la gana, como todas! ¡Que las tías parecen muy blandas por fuera, pero en realidad son muy duras por dentro, joder!

-Muy bien -concedió Luis-, si no consigo hacerla entrar en razón os llamaré para que me echéis una mano.

Vicente volvió a tirar de Benito, esta vez con más firmeza. Benito lo siguió hasta la puerta con dos pasos furiosos. Se detuvo y volvió a mirarlos una vez más.

-Estaremos en La Vía Láctea, con Pascual. Ven a buscarnos cuando nos necesites.

Cerró la puerta tras ellos, dando un portazo.

jueves, 8 de enero de 2015

Cómo escribir una buena historia erótica - La trama

Toda historia consta de cuatro elementos fundamentales: trama, personajes, entorno y mensaje. A ellos se les podría añadir el estilo con que se escribe, que estaría condicionado por estos cuatro elementos. En este artículo voy a referirme sólo a la trama, con la esperanza de ir abordando los otros elementos en artículos sucesivos.

La trama es lo que pasa en la historia, la serie de eventos que llevan desde la situación inicial al apogeo y a su resolución al final. La clave de la toda trama es el conflicto, que mueve a la historia y crea suspense. Sin conflicto una historia carece de energía, se convierte en una cosa tras la otra sin dirección ni sentido. No hay emoción y el lector se aburre.

Uno de los errores más comunes en las historias eróticas es que falta conflicto. Esto es así porque el sexo es tan excitante que el escritor comete el error de pensar que el sexo de por sí puede sacar adelante la historia. Esto puede llegar a funcionar en una historia corta, pero cuando esto se intenta aplicar a una novela la convierte en una serie de escenas de sexo inconexas. Muchas novelas victorianas son así: sirven para masturbarse con cada escena erótica pero no valen nada como historia. Sin embargo, en la vida real el sexo y las relaciones amorosas están llenas de conflictos que si se introdujeran en una novela crearía una trama estupenda.

Sin embargo, crear conflicto no es nada fácil. Esto se debe en parte a que en la vida real nos hemos acostumbrado a desactivar todo conflicto para evitarnos problemas con la gente que nos rodea. En una historia, por el contrario, debemos aprovechar cualquier fuente de discordia para crearles problemas a los personajes. Como sucede tan a menudo en la vida real, debemos seguir el principio de que si algo puede salir mal, tiene que salir mal. Por supuesto, hacia la mitad de la historia deberemos buscar también formas de resolver los problemas que hemos creado para poder cerrar las tramas. O, si se trata de un drama, llevar a los problemas a su trágica conclusión final.

La mejor manera de crear conflicto es evocar nuestras emociones: ira, miedo, tristeza, deseo sexual… y ver qué imágenes nos evocan. También podemos empezar con un suceso de nuestra vida y darle más dramatismo. Sin embargo, hay que tener mucho cuidado con escribir sucesos autobiográficos de manera literal, pues si hay otras personas implicadas se pueden ofender e incluso ponernos un pleito… Sí, aunque cambiemos los nombres. Es mejor convertir en ficticios hechos y personas reales introduciendo suficientes cambios para borrar toda conexión clara con la realidad.

El conflicto puede ser de varios tipos:

1. Los buenos luchando contra los malos” es el tipo más obvio de conflicto. En erótica nos encontraríamos con la típica historia de celos o con gente que reprime el amor o deseo sexual de los protagonistas.

2. Gente buena con intereses contrapuestos” es un tipo más sutil y menos moralista de conflicto. Los personajes no son ni mejores ni peores que el común de los mortales, pero persiguen fines que son mutuamente incompatibles, lo que los hace enfrentarse. En una historia erótica nos encontramos con el amor o el deseo no correspondido, o con un triángulo amoroso donde nadie es particularmente malvado. Este tipo de trama puede servir para hacer reflexionar al lector, enfrentarlo a opciones éticas nada claras.

3. Lucha contra un suceso externo” consiste en conflictos en los que el protagonista lucha contra algo impersonal, como un cataclismo natural, una guerra o un sistema represivo. En una historia erótica podríamos hacer que nuestra heroína busque su despertar sexual en un ambiente de represión.

4. El “conflicto interno” da lugar a las tramas más sutiles. Consiste en que el protagonista vive una lucha interior entre dos impulsos contradictorios. Se presta mucho a las historias de sexo, ya que es muy común tener resistencias internas al deseo sexual. También puede suceder que el protagonista luche contra la tentación de hacer algo no ético, como una atracción incestuosa o el deseo de abusar de alguien.

Una novela puede tener varios de estos conflictos simultáneamente, lo que hará aumentar su complejidad y originalidad. Una idea aún mejor es enhebrar los conflictos unos con otros, de manera que un conflicto externo se refleje en una pugna interior de algún personaje. De hecho, en mi trilogía Voy a romperte en pedacitos utilizo estos cuatro tipos de conflictos:

1. Los buenos luchando contra los malos”. Los malos en este caso son el padre y el hermano de Cecilia, la protagonista, unos fachas que se oponen a su liberación sexual y se oponen a su relación con Julio.

2. Gente buena con intereses contrapuestos”. Los distintos amigos de Cecilia entran en conflicto con ella; sobre todo Laura, quien llega a quererle arrebatar a su querido Julio. Más adelante, será el propio Julio quien se oponga a Cecilia.

3. Lucha contra un suceso externo”. La novela tiene lugar en la España de la Transición, donde los restos reaccionarios del franquismo y la sociedad machista y represiva se convierten en un serio obstáculo en el camino de Cecilia. De hecho, la liberación sexual de Cecilia sirve como alegoría del cambio que tiene lugar en la sociedad española en este tiempo.

4. Conflicto interno”. Desde el principio Cecilia tiene que luchar contra sus creencias religiosas y perjuicios morales que la impiden liberarse.

Otra cosa importante a tener en cuenta a la hora de crear una trama es que sea original. Se dice que todas las historias ya han sido contadas, porque en realidad todas se basan en un número relativamente pequeño de conflictos fundamentales. Por ejemplo, muchas historias de amor tienen una de estas tramas:

1. El triángulo amoroso: dos personas luchan por el amor de otra.

2. El despertar sexual: El o la protagonista descubre el amor y el sexo.

3. Amor trágico: El amor tiene lugar en unas circunstancias que lo hacen imposible, pero los protagonistas se aman a pesar de todo. Romeo y Julieta.

4. La Cenicienta: Una persona de bajo nivel social es elevada por otra. “50 Sombras de Grey” y un sinfín de novelas románticas cuentan la eterna historia de la chica pobre de quien se enamora un millonario o de un noble.

5. Venganza: La o el protagonista ha perdido su amor y busca vengarse tanto de su rival como de su ex-amor.

6. El amor no correspondido que al final se consigue, como en La Celestina y otras historias de seducción.

7. La búsqueda del Santo Grial. Para conseguir el amor, el o la protagonista tendrá que embarcarse en una misión imposible en la que demostrará ser digno de ese amor.

¿Seríamos capaces de escribir una historia erótica sin caer en alguno de estos tópicos? Las nuevas relaciones alternativas nos dan la oportunidad para ello. Por ejemplo, el BDSM nos permite crear historias de entrega, de perversión o en las que una situación aparentemente degradante sea aceptada al final. En realidad, ya existen muchas historias con estas temáticas. Otra posibilidad es hablar de relaciones homosexuales o bisexuales, o incluso de poliamor entre varias personas.

En términos estilísticos, hay dos formas de ir desarrollando una trama:

1. La exposición consiste en relatar lo que pasa como una visión en conjunto, presentando acontecimientos que se desarrollan a lo largo de un cierto periodo de tiempo o incluso prescindiendo de la secuencia temporal. Se trata aquí de presentar las ideas y sentimientos generales de lo que le ocurre a los personajes. Tiene las ventajas de poder transmitir una cantidad considerable de información en un espacio relativamente pequeño, y de hacer avanzar tramas que se desarrollan en un periodo largo de tiempo. La principal desventaja es que el lector se aleja de los personajes y pierde el contacto emocional con ellos.

2. La escena consiste en presentar la acción en tiempo real, como ocurre en las películas. Se escribe en forma de diálogo, o bien se presentan las acciones en una secuencia estrictamente temporal, tal y como suceden. Tiene la ventaja de tener más dinamismo y conseguir que el lector viva directamente las experiencias del protagonista.

Lo más corriente en una novela es alternar pasajes de exposición y escenas. El estilo literario anglosajón usa mucho las escenas y las separa claramente de la exposición. Por el contrario, el estilo hispánico tiende a usar más la exposición y difuminar su separación de las escenas.

¿Qué es lo mejor para la erótica? Yo creo que para que el sexo sea excitante debe de contarse en forma de escena: la escena de sexo. El lector es un voyeur, quiere ver lo que hacen los personajes en cada momento, oír lo que se dicen. Pero también es importante saber presentar las emociones que sienten los personajes, no sólo lo que hacen. Describir un acto sexual a secas sería más bien pornografía, mientras que la erótica nos metería más en la vida mental de los personajes. Pero a todo se le puede dar muchos matices. El sexo se puede presentar en toda una gama de emociones, desde el sexo mecánico, descarnado e incluso cruel al hacer el amor color de rosa. En cualquier caso, yo recomiendo no escribir escenas de sexo demasiado complicadas y recargadas, lo que suele ser el impulso del que se masturba: quiere que pase de todo. Mi regla es que una escena de sexo tenga como máximo tres elementos. Por ejemplo, bondage, azotaina y follada. Con eso hay más que de sobra, otras cosas se pueden guardar para una nueva escena.