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miércoles, 18 de febrero de 2015

La buena muerte



-No lo entiendes, Cecilia. Yo no quiero que me ayuden. Estoy harta de todo. Estoy muy cansada.

-No te entiendo… ¿Qué quieres decir?

-Pues eso: que estoy harta. No quiero que me ayuden, ni quiero ayudar a nadie. Antes me gustaba ayudar a la gente, sentía que aunque yo sufriera por lo menos alguien dejaba de hacerlo. Por eso me gustaba hablar con los locos. Por eso te hablé el día que nos conocimos, porque vi lo asustada y lo desesperada que estabas. Pensé que si te explicaba cómo funciona este sito te haría sentirte mejor.

-¡Pues claro, Irene! Y lo conseguiste, me ayudase un montón. Yo creo que sin ti me habría venido abajo.

-No, Cecilia, no te habrías hundido. Ahora te conozco, sé lo fuerte que eres. Te las hubieras apañado muy bien sin mi ayuda.

-Tú también eres muy fuerte, Irene. Tú también puedes salir adelante. Si no lo fueras, no podrías ayudar a la gente como haces.

-No sé si se trata de ser fuerte… El caso es que ayudar a la gente ya no me sirve de nada. Ya no me da esperanza. Estoy cansada, Cecilia. Estoy harta de luchar contra esta marea de mierda que amenaza con ahogarme. Sólo quiero dormir… Descansar para siempre.

Cecilia sintió que mil señales de alarma la sacudían por dentro.

-¿Qué quieres decir, Irene? ¿No querrás suicidarte?

-Lo que quiero es acabar de una vez con esta mierda de vida, Cecilia. No vale la pena vivir así, con tanto sufrimiento. No sé si quiero suicidarme… Lo que quiero es que todo se acabe de una puta vez.

-¡Por favor, Irene! -dijo con desesperación-. ¡No digas esas cosas, que me asustas! En la vida hay cosas malas, pero también hay muchas cosas buenas.  La vida vale la pena, aunque sólo sea por sí misma.

-No, Cecilia, estás equivocada. La vida no siempre vale la pena. Hay veces en que el sufrimiento se hace tan grande que ya nada te compensa. Entonces es mejor acabar con todo para así encontrar finalmente la paz.

-¿Por qué? ¿Tú crees que vas a sobrevivir a la muerte? ¿Crees que vas a irte a un paraíso donde vas a ser feliz, que te vas a reencarnar en alguien mejor, o algo parecido? Porque ninguna de esas patrañas son verdad, Irene. La muerte es la nada, es dejar de existir. No hay nada al otro lado. A ver si por creer una de esas imbecilidades vas a acabar con lo más valioso que tienes.

La mirada de Irene se volvió inesperadamente sabia, como la del Chino cuando le iba a soltar una de sus frases profundas.

-Ya lo sé, Cecilia. Ya sé que no hay nada después de la muerte. No te preocupes, que yo tampoco me creo esos cuentos de curas, ni de los de aquí que van vestidos de negro ni de los de allá que van vestidos de azafrán. Pero eso es precisamente lo más bonito de la muerte, que no hay nada. ¡Nada, Cecilia! Te puedes imaginar qué liberación, que descanso, el poder hundirse en la nada, dejar de sentir, dejar de sufrir, dejar de tan siquiera recordar que has sufrido. Nada de nada, para siempre jamás.

Una sonrisa pacífica había iluminado el rostro de Irene, lo que no hizo más que aumentar la alarma de Cecilia. Buscó desesperadamente algún argumento para convencer a Irene.

-¡Espera, espera, que eso no es así! La nada no tiene nada de bueno… La nada no es algo, es un vacío, es dejar de existir… No hay nada bueno en dejar de existir.

-¿No? ¿Y por qué no iba a haberlo?

-Pues porque no vivimos sólo para nosotros. Vivimos para la gente que nos quiere, para ayudar a otros, como decías antes… Para hacer del mundo un sitio mejor, en definitiva.

-A mí eso no me sirve… Antes sí, pero ahora ha dejado de tener sentido. Yo no tengo ninguna obligación con nadie. Mi cuerpo es mío. Mi vida es mía, y hago con ella lo que me parece.

-Pero eso no es verdad. Tú no posees tu cuerpo o tu vida, como el que tiene un libro o un televisor. Tú eres tu cuerpo, que no es lo mismo que poseerlo.

-Para el caso es lo mismo. Si quieres, míralo de otra manera: yo soy libre, soy la única dueña de mi destino. El poder acabar con mi vida es el acto más absoluto de libertad. Y el que te priven de hacerlo es la forma de sometimiento más completa. Nadie debe obligarte a vivir tu vida en contra de tu voluntad. ¿No lo entiendes?

-¿Qué quieres que te diga? Sí, así como lo pones, tienes razón. Es verdad que debemos ser libres hasta el punto de poder acabar con nuestra vida… En teoría está muy bien. Pero en la práctica no deja de ser una locura. Nuestra vida es el bien más preciado que tenemos, ¿para qué rechazarlo? Se me antoja el desperdicio mayor que podemos hacer.

-O el regalo mayor que podemos hacer. En el mundo sobra gente, somos demasiados. ¿Para qué continuar una vida miserable que no ayuda a nadie?

-No lo entiendo, Irene. ¿Qué ha pasado para hacerte querer acabar con tu vida? ¿Qué te dijo Vicente para hacerte sentir así? Fuera lo que fuese, no puede tener tanta importancia.

-No fue nada que me dijera Vicente… Hace mucho tiempo que me siento así. Él lo único que hizo fue recordármelo todo. Recordarme quién soy… Lo que quiero en realidad.

-Pero entonces…

-¿Por qué te crees que me trajeron aquí, Cecilia? Me tomé una buena sobredosis de anfetas. Hubiera cumplido mi deseo si no llega a ser por el cabrón de Vicente, que me encontró a tiempo. Pasé dos días en el hospital y luego me trajeron aquí.

-O sea, que volverás a intentar suicidarte en cuanto puedas.

-No estoy segura, Cecilia…

-¡No lo hagas, Irene, por favor, te lo suplico! ¡Sigue viviendo, hazlo por mí!

-No lo entiendes, Cecilia… ¡Por favor, intenta entenderlo! Esto no tiene nada que ver contigo, tiene que ver conmigo, con lo que yo siento en lo más profundo de mi corazón. Si eres mi amiga, tienes que entenderlo. Nunca se lo he contado a nadie. A nadie se lo he explicado como acabo de explicártelo a ti.

Cecilia se incorporó para volver a sentarse en el suelo. Sin decir nada, recogió la ristra de agujas. Las fue sacando una a una y clavándoselas en el pecho mientras hablaba.

-Gracias por la explicación… Intentaré entenderlo, de verdad. Pero yo quiero que tú entiendas que si te matas, que si te pierdo, me vas a hacer mucho daño. Me vas a hacer mucho más daño que lo que duele ponerme estas agujas. Porque sí que tiene que ver conmigo, Irene. El dolor que sentiría al perderte tiene muchísimo que ver conmigo.

Irene también se sentó, mirándola ceñuda.

-Dices que eres que eres mi amiga, pero te acabo de contar mi secreto más íntimo, lo que llevo en lo más profundo del alma, y tú lo rechazas. En el fondo eres muy egoísta, Cecilia. Me quieres por lo que te doy, pero no por mí misma.

-¿Y qué coño tengo que hacer para dejar de ser egoísta? ¿Decirte que está de puta madre que te suicides? ¿Decir que el suicidio es la cosa más cojonuda del mundo porque es, oh, algo tan profundo? ¿Tengo que ayudarte a matarte?

Éste es un fragmento de mi novela Para volverte loca, que será la quinta novela de la saga de Cecilia. Esta parte está basada en el suicidio de mi amiga Erin. Irene tiene muchas cosas en común con Erin y lo que le dice a Cecilia fue lo que intentó decirme Erin antes de dejarme, antes de morir. Erin me dejó un precioso regalo: me hizo ver la muerte de otra manera, como liberación, no como pérdida. Eso es lo que intento reflejar aquí. Mi reacción es la de Cecilia: amo demasiado a la vida para poder comprender que alguien quiera suicidarse.  

miércoles, 22 de enero de 2014

Nadie tiene la pistola

Nadie tiene la pistola.
Nadie intenta desenfundar el primero.
Nadie está en mitad de la calle
bajo el sol abrasador
diciendo: “Sólo hay sitio para uno de los dos
en este pueblo”.
Nadie tiene por qué ser el primero.
Nadie tiene por qué ser el primero.
Nadie tiene la pistola.
Nadie tiene la pistola.

Puede que ella no te entienda.
Y puede que ella quiera tenerte comiendo de su mano.
Si te tiene acorralado
y puedes oler el humo y las llamas
echas mano a tu revolver
para hacerle lo mismo.
Y acabarás con tu amor para siempre, Número Uno.
Y acabarás con tu amor para siempre, Número Uno.
Nadie tiene la pistola.
Nadie tiene la pistola.

Puede que pienses que el amor es demasiado difícil,
nunca puedes ensayar,
y que puedes pasar de todo esto
echándolo todo a perder.

Ella es igual que tú.
Quiere tu amor como tú quieres el suyo.
No puedes jugar al póker
con una pistola en la manga.
No puedes hacer que alguien te quiera
amenazando con dejarla.
Si quieres amar para siempre, Número Uno.
Si quieres amar para siempre, Número Uno.
Nadie tiene la pistola.
Nadie tiene la pistola.

Nobody's got the gun, por Mark Knopfler



¿Lo tengo que explicar?

Muchas veces en la relación de pareja nos sentimos amenazados. Atacados. La relación se ha vuelto demasiado asfixiante, pone en peligro nuestra autonomía personal. Cuando nos sentimos acorralados, echamos mano de nuestras mejores armas, embestimos a ciegas... Contra la persona que más nos quiere. Nos creemos que estamos en un duelo de los del Oeste, de los que sólo uno puede salir vivo. Cuando en realidad, lo peor que podemos hacer es alejar a quien amamos.

Cada pelea de pareja deja sus cicatrices. Los rencores de viejas heridas se van acumulando con los años y al final acabamos con una relación muy rara, donde se mezclan el amor y el resentimiento. Si nos diéramos cuenta del precio que pagamos por cada pelea, las evitaríamos como la peste.

Muchas veces he echado mano de esa frase tan simple, pero tan sabia: "No puedes hacer que alguien te quiera amenazándola con dejarla". Las amenazas y los ultimatums sólo son destructivos. Lo único que vale es hablar, comunicarse. Saber ceder un poco, no convertirlo todo en una pugna por el poder. Si lo que deseas es amor, tienes que dar amor.

(Para leer la versión en inglés de la canción, pincha en la pestaña "In English" para ir a la parte en inglés del blog)


miércoles, 1 de enero de 2014

Cuando el dragón se despierta



“Viserys se acercó a Dany, le clavó los dedos en la pierna y le dijo: -Hazlo gozar, querida hermana, o te lo juro, verás al dragón despertarse como nunca se ha despertado antes-.”
Juego de Tronos, George R.R. Martin

Empecé a comprender el daño que me hacía la ira en una charla que dio el Dalai Lama en UCLA en junio de 1997. Como mucha gente, hasta entonces yo creía que los enfados son algo que hay que “sacar para fuera”, porque si se quedan dentro se enconan y acaban por amargarte la vida. Creía que si alguien hace algo que te ofende, está bien enfadarse con esa persona, incluso pelearse con ella hasta que las cosas queden bien claras. El Dalai Lama cuestionó esas creencias. Su charla se centró en el peligro que representa los niveles crecientes de ira en el mundo. Nos dijo que nos correspondía a cada uno comprender la ira que surge en nosotros, calmarla antes de que se extienda como un fuego en la sociedad. Es la idea budista del karma: cuando haces el mal, va pasando de persona a persona hasta que eventualmente regresa a ti. A no ser, claro está, que haya alguien en esa cadena de causa y efecto que absorba el mal sin transmitirlo. En ese caso el buen karma de esa acción cancela el mal karma que ha recibido. Es una idea bonita, pero dudo que en la realidad las cosas funcionen de forma tan mecánica. El caso es que me quedé con la idea de que puede ser malo eso de exteriorizar los enfados.

A partir de entonces fui tomando nota de las veces que me enfadaba: las peleas de tráfico, las riñas con mi mujer, mi exasperación con los problemas del trabajo. Luego vino ese percance vergonzoso con el hombre de la limpieza en mi trabajo, que acabó de abrirme los ojos. Un día salí del laboratorio para encontrarme el suelo pasillo enjabonado casi por completo; sólo quedaba un estrecho pasadizo de suelo seco junto a la pared. Yo iba con prisa. Di varios pasos apresurados junto a la pared, pero al ir a entrar en el laboratorio de al lado pisé esa capa resbaladiza y aterricé de espaldas en ella, haciéndome daño y mojándome completamente el pantalón. El señor de la limpieza me preguntó si estaba bien; yo le dije que sí con una mirada irritada, luego entré en el laboratorio y me sequé como pude con unas toallas de papel. Al cabo de una semana o dos me volví a encontrar el pasillo cubierto de jabón, sólo que esta vez lo estaba de pared a pared. Un cartel nos advertía que debíamos salir del edificio y entrar por otra puerta para llegar a la parte del pasillo más allá de la zona de limpieza. Eso, unido al incidente anterior, me enfureció. Mandé al carajo al cartel de una patada y me aventuré con paso decidido sobre el suelo enjabonado, utilizando mi equilibrio de montañero para conseguir no caerme esa vez. Pero cuando me senté delante del ordenador estaba tan alterado que no podía trabajar. Encima, me comunicaron que el señor de la limpieza se había puesto en contacto con su sindicato y querían venir a hablar conmigo. ¡Qué horror! ¡Yo, un tío de izquierdas de toda la vida, iba a tener problemas ahora con un sindicato! No me encontraba en condiciones de hablar con nadie: estaba furioso con el tipo de la fregona y conmigo mismo por reaccionar así. Decidí salir a dar un paseo para calmarme. No pude trabajar el resto de la tarde. Al día siguiente todavía me costaba trabajo concentrarme. Pero ya podía pensar con más calma y me di cuenta de que tenía que reestablecer mi paz mental y continuar con mi trabajo. Le pedí disculpas al señor de la limpieza y pronto las aguas volvieron a su cauce.

Lo que más me impactó de todo ese episodio fue darme cuenta de que cuando estoy enfadado mi capacidad de pensar se vuelve nula. Mi mente se pone a darle vueltas y vueltas al asunto, a sopesar distintos planes de acción, a criticar a mi adversario y prever lo que va a hacer… No hay sitio para nada más. Es como si de repente toda mi inteligencia, de la que tan orgulloso estoy, se hubiera volatilizado. Otro síntoma preocupante de la ira es la “visión de túnel”: la concentración de mi atención en unas pocas ideas obsesivas, volviéndome incapaz de percibir claramente mi entorno. La ira es como una droga que altera de forma peligrosa las capacidades mentales. Por ejemplo, una pelea de tráfico puede ponerme en un estado mental peor que si estuviera borracho, poniendo en peligro mi vida y la de los demás. Y lo malo es que no hay prueba de alcoholemia para la ira que pueda servir para sacar a los conductores furiosos de la carretera.

Fue entonces cuando decidí que haría lo posible para no volver a enfadarme. ¡Fácil de decir! Tenemos mucho menos control sobre nuestra mente del que creemos. En particular, las emociones son prácticamente imposibles de cambiar. Por mucho que me empeñara, cuando me enfadaba no había manera de acabar con el cabreo. Sin embargo, aunque la emoción en sí era imposible de evitar, aún tenía control sobre mis acciones. Cuando dejaba que mi ira se vertiera en la gente que me rodeaba, su reacción tendía a alimentar mi enfado y hacerlo durar más. Por lo tanto, lo mejor era aislarme y esperar a que se me pasara el cabreo. Justo lo contrario de lo que había oído decir, pero la estrategia pareció funcionar bastante bien. Por supuesto, me prohibí de forma terminante tomar represalias contra otros conductores en la carretera. Pronto descubrí que mi conducción se volvía mucho más segura y placentera; podía disfrutar mejor de la música, de la radio o de mis propios pensamientos.

Más adelante hice otro descubrimiento: si bien era imposible suprimir un enfado una vez desarrollado, sí era posible evitar que surgiera si lo pillaba a tiempo. Esa táctica resultó enormemente eficaz y muy pronto mis enfados disminuyeron de forma tan apreciable que mi mujer lo notó y me preguntó cómo lo había conseguido. El truco está en darse cuenta de esas emociones aparentemente inofensivas que son el germen de la ira: el sentirse molesto, la impaciencia, la frustración. Son más fáciles de manejar que la ira, a base de ajustar nuestra conducta para dejarlas pasar… Ponerme a meditar en la cola del supermercado, sin pensar en el tiempo que me queda que esperar. Trabajar sin prisa, dejando que el ritmo del trabajo se establezca por sí mismo. Reírme de los inevitables problemas de ordenador que tanto nos frustran. Y, sobre todo, siendo amable con todo el mundo, comprendiendo que ellos también tienen que bregar con sus emociones como lo tengo que hacer yo.

Cuando se mira con atención a la ira y todas esas emociones que la acompañan, se descubre que apuntan a ciertas actitudes básicas y problemáticas en nuestra vida: el ir siempre con prisa, el sentirse demasiado importante, el creerse mejor que los demás. Se redescubre así virtudes que antes asociábamos a la religión, pero que ahora cultivamos por nosotros mismos, porque nos traen paz mental y felicidad: la paciencia, la tolerancia, la humildad.

Hay gente que reacciona de forma muy negativa cuando se les dice que la ira es un problema. Sienten que tienen derecho a estar enfadados, pues la vida ha sido muy injusta con ellos. Te dirán que son personas explotadas, oprimidas, maltratadas, que su indignación es lo que las mueve a luchar contra todas esa injusticias para que no les vuelvan a pasar ni a ellas ni a nadie más. En  muchos casos lo que dicen es verdad. Vivimos en una sociedad tremendamente injusta, llena de opresiones de todo tipo: diferencias económicas y de clase, racismo, sexismo… Sin embargo, la ira difícilmente puede ayudar a salir de esas situaciones. Conduce a episodios de catarsis, de violencia incluso, en los que la energía pega un subidón y luego se disipa… y las cosas siguen igual. Cambiar la sociedad requiere organización, trabajo continuado y colaboración con los demás, tareas que se basan en emociones positivas como la empatía y la compasión. Emociones negativas como el miedo y la ira tienden a minar este tipo de tareas conjuntas.

Lo que ocurre en realidad es que la ira tiene un curioso componente placentero, casi adictivo. Moviliza nuestra energía interior y tiende a darle color a la monotonía de nuestras vidas. Asociada con ideologías y con dinámicas de masas nos hace sentirnos poderosos. El sabernos en posesión de la verdad, el sentirnos moralmente superiores a los demás, sirve para compensar la baja autoestima, para curar esas heridas psicológicas que nos ha ido dejando la vida. La ira se convierte entonces en un tónico diario, en algo que nos moviliza y nos da sentido. Es una droga sumamente peligrosa que conduce al fanatismo y la violencia. Éste es un tipo de enfermedad muy extendido. Lo encontramos en los hinchas del fútbol, en fundamentalistas religiosos y en grupos políticos tanto de izquierdas como de derechas.

Han pasado muchos años desde aquella charla del Dalai Lama, desde aquel triste episodio del pasillo enjabonado. Mi vida ha cambiado mucho, soy mucho más feliz. La gente que me conoce hace años ha sido testigo de ese cambio. Ahora me resulta más fácil no enfadarme, ya que determinadas actitudes se han convertido en hábitos con el tiempo. Me gustaría poder decir que la ira ha desaparecido completamente de mi vida, pero no es así. El dragón está dormido, pero en el momento más inesperado se puede despertar.

sábado, 24 de agosto de 2013

Problemas de pareja: lucha de poder o colaboración

Hoy en día, siempre que se habla de problemas de pareja se ofrece la comunicación como el remedio absoluto. Pero bueno, ¿es que nadie se para a pensar que a veces lo que se comunica no hace sino empeorar la situación? Porque si lo que se siente es antipatía, hostilidad, aburrimiento, ganas de controlar o de no ser controlada… Cuanto más salgan a flor esos sentimientos, peor va a ser la situación, ¿o no?

Para empezar, hay que partir de la base de que hay parejas que no merecen la pena ser salvadas. Lo de “hasta que la muerte nos separe” puede ser una receta para la infelicidad de por vida. Peor todavía: hay personas que no se merecen nuestro amor. Sí, yo soy el primero al que le encantaría abonarse a eso de “too er mundo es güeno”, pero recientes encuentros con algún que otro horrible ejemplar de ser humano me han convencido de lo contrario. La vida es demasiado corta para malgastarla en gente posesiva, cruel, egocéntrica, maltratadora o incluso psicópata.

Pero pongamos el caso de que se trata de una pareja que sí merece la pena ser salvada. Que son dos personas que se quieren mucho pero que no encuentran la forma de llevarse bien. Que la relación está pasando por un bache que seguramente es temporal, pero que no se ve la forma de salir de él… Y que eso de la comunicación a destajo no hace sino empeorar las cosas.

Hace varios años, durante una crisis en mi propio matrimonio, hice un descubrimiento que transformó completamente la forma en que me relaciono, no sólo con mi pareja, sino con casi todas las personas cercanas a mí. Descubrí que cuando hablamos con nuestra pareja, incluso cuando nos relacionamos con ella de cualquier otra forma, lo hacemos en una de estas dos modalidades: lucha de poder o colaboración.

En la modalidad de lucha de poder (“power struggle” en inglés), lo que importa es ganar. La conversación se convierte enseguida en una discusión en la que cada cual toma una posición determinada. Abandonar esa posición supone, no el conceder que la otra persona tiene razón, sino una pérdida de prestigio, una humillación intolerable porque supone un desgaste de nuestro estatus dentro de la pareja. Es más, si perdemos la partida el ganador se apunta un tanto que luego nos recordará en discusiones posteriores: “Si es que no dices más que tonterías, como aquella vez que dijiste…” De esta forma, al no poder ceder terreno, se cae en la irracionalidad de tener que mantener que tenemos razón a toda costa. La única manera de bajarnos de una posición insostenible es conseguir que se olvide. En definitiva, es así como funcionan las pugnas entre los partidos políticos: nadie puede reconocer ante los votantes que ha perdido un debate. Cuando se convive en medio de una lucha de poder, todo puede dar origen a una confrontación, pues no se trata de resolver problemas, de buscar soluciones, sino de proteger el ego. La relación misma se percibe como un delicado equilibrio entre posiciones enfrentadas. Cada conversación se teme; supone un desgaste y un gran consumo de energía, pues no se puede bajar la guardia. Todo debe negociarse cuidadosamente para que nadie gane y nadie pierda, para repartir el pastel exactamente por la mitad. El conseguir poder sobre el otro se convierte en el objetivo primordial.

Pero en realidad esa confrontación es básicamente ilusoria, porque en la pareja los objetivos comunes superan con creces a los objetivos no compartidos. Si no fuera así, habría que plantearse si vale la pena continuar juntos. Por ejemplo, a los dos les interesa que a la pareja le vaya bien económicamente, que la casa esté limpia y ordenada, que se disfrute en el sexo, que haya buena comunicación y, fundamentalmente, que la otra persona sea feliz. Cuando los dos se dan cuenta de que conseguir los objetivos comunes es más importante que proteger el ego, entonces se produce una transición desde la lucha de poder a la colaboración.

Las conversaciones en la modalidad de colaboración no son discusiones, no existen posiciones demarcadas. Cada uno construye sus ideas sobre las ideas del otro, en una búsqueda conjunta de la verdad, de una solución. Se dan en un clima relajado, donde la conversación en sí produce bienestar. Sí, a veces hay que acceder a hacer algo que no nos gusta, pero a esa carga no se le añade la carga adicional de sacrificar el ego y el prestigio. Al contrario: queda claro que lo hacemos por amor, por hacer feliz a nuestra pareja. Y eso es lo que se recordará en el futuro, no el que hayamos perdido una partida.

Las modalidades de lucha de poder o colaboración son tan intrínsecamente incompatibles entre sí que una vez que se entra en ellas se extienden rápidamente a todo lo que ocurre dentro de la pareja, como el cambio de fase en un sistema físico. En realidad, están enraizadas en nuestra actitud interior, en cómo vivimos nuestra vida. Si sentimos inseguridad, complejo de inferioridad y paranoia, viviremos con la sospecha continua de que nos quieren controlar y que debemos de proteger nuestro ego. Entonces caeremos una y otra vez en la lucha de poder. Si, por el contrario, estamos seguros de nosotros mismos y sentimos placer en el hecho de dar, la colaboración surgirá espontáneamente. Al depender de nuestra actitud interior, estas dos modalidades de relacionarnos no se limitan a la pareja. Si prestamos atención, veremos cómo surgen en nuestra relación con nuestros hijos, con nuestros amigos, con nuestros compañeros de trabajo. Es verdad que en interacciones que no se basan en el amor, donde el sistema social en el que vivimos impone sus normas de egoísmo obligatorio, no siempre es posible operar en modo de colaboración. Aun así, si vivimos con la actitud correcta podemos llevarnos sorpresas agradables. Cuando tratamos a la gente sin desconfianza, sin hostilidad, suelen responder de la misma forma. Y aunque no lo hagan, podemos llegar a descubrir que nuestra actitud interior es su propia recompensa.

domingo, 3 de febrero de 2013

El mantra de la compasión




Que seamos libres.

Que estemos a salvo.

Que tengamos salud.

Que seamos felices.

Que vivamos una vida fácil,

sin preocupaciones ni miedos.

Éste es el mantra de la compasión. Se utiliza en una forma de meditación basada en el Budismo Tibetano, que consiste en repetir estas frases mentalmente, buscando desarrollar las emociones asociadas con ellas. El sujeto de las frases es, al principio, uno mismo… Nos deseamos libertad, seguridad, salud, felicidad, etc., a nosotros mismos. Luego se va expandiendo a las personas a las que queremos, a las que conocemos, a nuestros enemigos, incluso… hasta abarcar toda la humanidad.

La palabra “compasión” tiene algo de mala prensa. A muchos le suena a algo que se siente por aquellos a quienes consideramos inferiores a nosotros, por ser más débiles e indefensos. En particular, está mal visto sentir compasión por uno mismo - autocompasión - porque eso equivaldría a vernos como seres débiles y lastimeros, en vez de los valientes luchadores que todos pretendemos ser. La psicología moderna enfatiza un modelo de persona basado en la seguridad en uno mismo, pero no nos explica demasiado bien lo que tenemos que hacer cuando sufrimos un revés a pesar de toda esa seguridad. Estudios recientes han mostrado que personas entrenadas en la compasión por uno mismo (“self-compassion” en inglés, que no es lo mismo que “autocompasión”, que se traduciría como “self-pity”) tienen más éxito que las personas con mucha seguridad en sí mismos.

El sentido original de la palabra compasión es el de “sufrir con alguien”, es decir, el sentir empatía por el sufrimiento de los demás. Ese es precisamente el significado de la compasión budista, “karuna” o “metta”. El sentir empatía por el sufrimiento de alguien no conlleva que nos sintamos superiores a esa persona, sólo se trata de darse cuenta de que todos sufrimos, tarde o temprano. No podemos ser felices si estamos rodeados de sufrimiento. Si somos capaces de serlo, es porque una parte esencial de nuestra humanidad se ha atrofiado: la parte que nos permite sentir empatía. Esta meditación sobre la compasión pretende conseguir lo contrario: entrenar nuestro sentido de empatía hasta conseguir que la emoción de la compasión se convierta en una constante en nuestras vidas.

¿Y la compasión por uno mismo? Paradójicamente, para disminuir nuestro sufrimiento primero debemos volvernos sensibles a él. Sólo así conseguiremos darnos cuenta de los hábitos mentales y las emociones negativas que nos hacen sufrir. Este darnos cuenta nos llevará de forma natural a modificar el funcionamiento de nuestra mente, de forma que aprendamos a existir en un estado de mayor felicidad.

El mantra de la compasión es dominio público, pero yo lo encontré en el libro “The Mindful Path to Self-Compassion”, por Christopher K. Germer, publicado por Guilford Press. Excepto el primer verso. Un día, al recitarlo con mi familia antes de comer, me di cuenta de que faltaba algo: la búsqueda de la libertad, que siempre debe contrarrestar nuestro deseo de seguridad.   

lunes, 14 de enero de 2013

¿Se pueden evitar los celos?


De todas las emociones negativas y destructivas que se pueden tener, los celos son sin duda la que cuenta con mejor prensa. Las novelas, las películas, las series de televisión… todas están de acuerdo en reafirmar la misma creencia: los celos son una parte inevitable de toda relación amorosa. Muchas veces se va incluso más lejos, para afirmar que los celos son una señal de amor. Sin embargo, los celos son la causa de una desmesurada cantidad de sufrimiento. Muchas parejas entran en una dinámica de celos, sospechas, prohibiciones y lucha por la libertad que a menudo llevan a la destrucción de la relación. Lo vemos por todas partes: infidelidad sexual que lleva inmediatamente al divorcio, dejando una estela de familias rotas y niños que tienen que aprender a luchar para mantener su relación con sus dos padres. En los casos más extremos, los celos son la causa de la violencia de género que produce un daño extremo, incluso la muerte, a muchas mujeres.

¿Es verdad que los celos son una parte inevitable de la naturaleza humana? ¿Que tenemos que aceptarlos como centinelas de la sacrosanta pareja monógama? ¿O es posible amar dejando que la persona que amamos sea amada por otros? Cada vez más gente elige vivir en relaciones que desafían al canon de la monogamia, como las parejas abiertas y el poliamor. Sí, es verdad que aún en este tipo de relaciones también se dan los celos, pero no se aceptan como algo positivo, sino como un obstáculo a vencer. 

El primer paso para evitar los celos es comprenderlos. Para empezar, hay varios tipos distintos de celos…

1.      Celos de sexo. Los más corrientes. Surgen cuando nuestra pareja tiene relaciones sexuales, o desea tenerlas, con otra persona. Se suelen manifestar como asco al imaginar a la persona amada follando con otro o con otra: nos fijamos en la repulsión que nos produce un cuerpo extraño en contacto con el cuerpo que deseamos. También provoca ira hacia el rival y hacia nuestro compañero o compañera, que puede llevar, como es bien sabido, hasta la violencia física y el asesinato. Hoy se especula que este tipo de celos se da más en los hombres que en las mujeres y pueden estar relacionados con la hormona social vasopresina, que produce un apego basado en la posesividad y la territorialidad.

2.      Celos de amor. Algunas personas pueden tolerar que su pareja tenga relaciones sexuales, siempre y cuando se mantengan en un nivel superficial y no lleven al enamoramiento. Otras veces los celos de amor se dan al mismo tiempo que los celos de sexo, sólo que el sexo con otra persona se rechaza más que nada porque tememos que es una señal de amor. Aunque también despiertan la ira, los celos de amor suelen venir acompañados de tristeza, desesperanza y pérdida de la seguridad en uno mismo. Cabe especular que son más propios de la mujer que del hombre y que están relacionados con la oxitocina que, como la vasopresina, motiva el comportamiento monógamo. Sin embargo, al contrario que la vasopresina, el apego que produce la oxitocina se basa más en el deseo de amparar que en la posesividad.

3.      Envidia. A veces es difícil distinguir la envidia de los celos. Por ejemplo, si a mí me gusta Fulanita y ella empieza a salir con otro, lo que siento hacia él se debería llamar envidia, ya que al no tener yo una relación con Fulanita, no habría celos propiamente dichos. Casos más claros serían, por ejemplo, cuando se envidia el amor que vemos en otra pareja.

Existen varias razones para pensar que los celos no son inevitables. La más convincente es que existen hoy en día miles de personas que practican la pareja abierta y la poliamoría, y que no sienten celos cuando su amado o amada tienes relaciones sexuales con otros (celos de sexo), o incluso cuando se enamora de otra (celos de amor). Pero, ¿no será esto porque algunas personas son naturalmente no-monógamas? Desde que se descubrió el papel que juegan la oxitocina y la vasopresina en la monogamia (véase mi blog anterior sobre la oxitocina), se ha especulado que hay personas que producen una mayor cantidad de estos péptidos (o de sus receptores) y son naturalmente monógamas, mientras que otras personas serían naturalmente “infieles” por la razón contraria. Personalmente, prefiero creer que el ser humano tiene la capacidad de controlar sus propios sentimientos y estilo de vida, y no es un simple esclavo de su bioquímica.

No nos confundamos, no estoy diciendo que las emociones se pueden controlar a base de un esfuerzo de la voluntad. Al contrario: una vez presente en nuestra mente, cualquier emoción es muy difícil de suprimir. Si estamos enfadados, o tristes, o asqueados, seguramente seguiremos así durante un tiempo. Pero también es verdad que las emociones se pueden controlar evitando que aparezcan en primer lugar, o acortando su duración a base de no alimentarlas si ya han aparecido. En el caso concreto de los celos, si hemos decidido vivir sin ellos podemos introducir una serie de cambios en nuestra forma de pensar que a la larga los hagan menos frecuentes y menos dolorosos, llegando incluso a hacerlos desaparecer. Esto es lo que yo aconsejaría…

1.      Examina tus creencias. Si sigues convencido de que tienes la obligación de estar celoso, de que los celos contribuyen a la estabilidad de la pareja, o de que son una señal de amor, difícilmente podrás evitarlos.

2.      Si te sientes celosa, reconócelo. Primero, delante de ti misma, y luego cuéntaselo a tu pareja. Pero esto no quiere decir que reacciones con ira o culpabilizándola. Al contrario, si le haces saber que a pesar de estar celoso luchas por evitarlo, la tendrás de tu lado.

3.      Si sientes celos de sexo, examina esa imágenes que te producen tanta repugnancia. A la mayor parte de la gente les excita la imagen de dos personas haciendo el amor. ¿Por qué no sentir lo mismo si la imagen incluye a la persona a la que quieres? ¿Qué detalles en la imagen de tu amada haciendo el amor con otro te dan asco? 

4.      Toma conciencia de toda esa propaganda encubierta a favor de los celos con las que se nos bombardea a diario. 

5.      Niégate a participar en esas convenciones sociales que refuerzan la idea de los celos como algo positivo: el hablar de “cuernos”, de “infidelidad”, de “engaño”, para referirse a las relaciones sexuales fuera del corsé de la monogamia.

6.       El sexo es sólo eso: sexo. No es engaño si no se miente sobre ello. No es infidelidad si mantenemos el amor y la lealtad a nuestra pareja, si la tratamos con respeto y con cariño.

7.      Los celos de amor suelen ser un síntoma de inseguridad. Ese miedo a ser abandonada, a que te dejen de querer, viene de una baja autoestima. Si estuvieras segura de que eres lo mejor para él, no tendrías tanto miedo a que te abandone.

8.      Nunca se te ocurra poner celosa a tu pareja para asegurarte su amor. Sólo conseguirás lo contrario: que la sospecha y la mentira se instalen en tu relación.

9.      ¿Qué hay de malo en que alguien quiera a la persona que tú quieres? Si es tan maravillosa, y tú la quieres, ¿por qué no la va a querer alguien más? 

10.  El amor no se rige por las leyes de la aritmética. No es que tengamos una cantidad fija de amor que haya que repartir entre varias personas. El amor no es cuantificable. Por lo tanto, cuando tu pareja le da a alguien su amor, no te lo quita a ti. 

11.  Existe una emoción positiva opuesta a los celos. En inglés se le ha llamado “compersion”, por lo que quizás la podamos traducir al castellano como “compersión”. Se refiere a la alegría que se siente cuando la persona a la que amamos es amada por otros. Incluso a excitarse sexualmente con la imagen de nuestra pareja haciendo el amor con otros. Si alguna vez sientes algo así, aprécialo. La compersión anuncia el fin de los celos. 

Quizás todo esto te parezca utópico, absurdo. Pero lo cierto es que cada vez somos más los que vivimos sin celos. Hablamos con nuestra mujer sin pudor de las chicas que nos gustan. Nos tomamos una cerveza con nuestra amante y sonreímos mientras ella nos cuenta su aventura sexual de la noche anterior. Es una forma bonita de vivir porque, en definitiva, vivir rodeados de amor no puede ser malo… aunque ese amor no vaya siempre dirigido a nosotros. 


domingo, 30 de diciembre de 2012

Reflexiones sobre la muerte

Para los que entendáis el inglés, no os perdáis este precioso vídeo hecho en base a una charla sobre la muerte del filósofo americano Alan Watts. Y aunque no sepáis inglés, seguro que os gusta la animación y la música de MIke Oldfield (Songs of Distant Earth)...

Vídeo sobre la muerte

¡Qué disfrutéis!

sábado, 15 de diciembre de 2012

¿Qué significa ser posesivo?



Ser posesivo es ser como esa niña que le da patadas al suelo y se abraza a su muñeca en un intento desesperado de no dejar que la toque su amiga, a pesar de que las dos se divertirían mucho más si la compartiera. Ser posesivo es el marido que se divorcia de su mujer porque ella se ha estado viendo con otro, y así se condena tanto a él como a ella a un montón de infelicidad. Es el tipo en el camping que se mosquea cuando pasas cerca de su tienda camino de los servicios, a pesar de que él está acampando en terreno público. Es el político que no se detiene a nada con tal de ganar las elecciones, o el ejecutivo al que le importa un comino despedir a la mitad de sus empleados con tal de que su cuenta bancaria siga creciendo.

Ser posesivo es una actitud que se tiene con respecto a las cosas que se poseen o que se quieren conseguir, no el hecho de poseerlas. Es apegarse a ellas, no querer desprenderse de ellas cueste lo que cueste, hacer que tu felicidad dependa de si las tienes o no. Se pueden tener cosas sin ser posesivo, la cuestión es si te aferras a ellas, hasta que punto estás dispuesto a desprenderte de ellas. Se puede ser posesivo de cosas inmateriales: tus ideas, tus emociones o las emociones que alguien siente por ti, como amor o lealtad. De hecho, la raíz de la posesividad está en la mente. Puede convertirse en una actitud general que llevamos a través de nuestras vidas, que colorea todo lo que hacemos y todo lo que sentimos.

Creo que empecé a entender de verdad lo que significa la posesividad haciendo meditación Zen. Un forma de meditación llamada “shikan-taza” (que significa “sólo sentarse”) consiste en dejar pasar los pensamientos por la mente “como nubes en el cielo”, sin intentar detenerlos o “vaciar la mente”, pero tampoco ir en pos de ellos. Hay que tratar a todos los pensamientos de la misma manera, sean placenteros o dolorosos, mientras que se mantiene la atención anclada en la respiración. Una vez, mientras practicaba este tipo de meditación, me di cuenta de cuán atractivos son algunos pensamientos: me sentía incapaz de dejarlos marchar para volver a mi respiración. Podía tratarse de una imagen erótica, o una idea para un experimento, o un pensamiento iracundo sobre algo… Siempre se trataba de una idea cargada de emoción, pegajosa como el alquitrán. En el momento en que esa idea aparecía capturaba mi mente, la seducía con su atractivo para no permitirme dejar de pensarla. El proceso de desapegarme de ella era siempre doloroso, tales eran mis ganas de ir en pos de ese pensamiento. Entonces me di cuenta de que siempre hacemos lo mismo: dejarnos atrapar por una imagen, una creencia en lo que necesitamos para ser felices, y a partir de ese momento esa imagen captura nuestra atención, se alimenta de ella y así sigue creciendo, a veces por el resto de la vida, otras hasta que es desplazada por otra imagen más atractiva. Pero siempre se trata de esa ansiedad esencial, la continua lucha por algo que llene el vacío de nuestra mente.

Pero hay otra forma de vivir, otra forma de ser. La consciencia funciona básicamente de dos maneras. La primera es pasiva: las sensaciones llegan a nuestra mente, las examinamos y decidimos si necesitamos actuar en base a ellas o no. La segunda es activa: dirigimos nuestra atención hacia algo, seleccionamos una sensación en particular entra los miles de sensaciones que invaden nuestra mente en cada momento, o quizás lo que buscamos es un recuerdo que nos ayude a completar nuestra tarea. Porque en esa modalidad nuestra consciencia se orienta hacia un objetivo determinado, organizando nuestra mente en torno a esa tarea. No hay nada malo en ninguna de esas dos formas de funcionar la consciencia, siempre y cuando se sucedan de forma armoniosa y equilibrada. El problema surge cuando de despierta en nosotros una cierta hambre, el mal hábito de sentir que no tenemos bastante, que no somos bastante, y entonces el modo activo de funcionar de la consciencia se impone y elimina el modo pasivo, y no paramos de luchar para conseguir nuestros objetivos. El resultado es que nos volvemos incapaces de percibir, sentir, dejar entrar todas las sensaciones y disfrutar del simple hecho de estar vivos. No, necesitamos conseguir algo, poseer algo, y hasta que lo logremos no vamos a parar y permitirnos gozar de la vida. En vez de parar de una vez, creemos que la culpa de nuestra infelicidad la tiene el no haber conseguido nuestro objetivo, así que ansiamos más y luchamos más, en un círculo vicioso que no se detiene nunca.

Entonces, ¿cómo nos salimos de esto? ¿Abandonamos todo lo que tenemos, dejamos de hacer lo que estábamos haciendo y nos dedicamos a vivir como un monje, dedicando todo nuestro tiempo a la meditación? No, no creo que esa sea la solución. De hecho, he conocido monjes que al final han resultado estar también bastante apegados: a su templo, a sus discípulos, a su prestigio, a sus ideas. Sí, es mejor no tener demasiadas posesiones porque acaban por complicarnos demasiado la vida, pero no hay ninguna necesidad de abandonar las cosas que necesitamos y que nos hacen felices. La posesividad está dentro de nuestra mente, no va a desaparecer porque abandonemos unas cuantas posesiones. Al final somos posesivos de nuestro mismo ser. Es precisamente nuestra incapacidad de desapegarnos de nosotros mismos lo que nos asusta tanto de la muerte.

Entonces, ¿es posible ser tan poco posesivos que abandonemos nuestro propio ser? La verdad, no lo sé. No he alcanzado tal grado de desapego, ni mucho menos. Pero creo que es algo por lo que vale la pena esforzarse… Espero que veas la paradoja que se encierra en esta frase: ¡ahora resulta que nos vamos a esforzar por no esforzarnos! La no-posesividad se convierte en un objetivo más y así quedamos atrapados en la modalidad activa de la consciencia. Éste es un peligro real; el conseguir el Nirvana, la Iluminación, puede convertirse en un deseo más. Quizás es por eso que en el Zen se nos dice que no hay Iluminación, nada que conseguir… Está escrito en el Maha Paramita Sutra, el Sutra de la Gran Sabiduría, el texto central del Budismo Zen.

¿Cuál es la solución, entonces? Primero, hay que prestar atención a cómo la posesividad opera en nuestra vida, a cómo nos hace infelices. Segundo, hay que practicar meditación para habituar nuestra consciencia a operar en el modo pasivo: simplemente prestar atención a lo que percibimos. Tercero, no debemos alimentar nuestros deseos, sino abandonar la creencia de que necesitamos todas esas cosas para ser felices. No necesitamos nada para ser felices. La llave de la felicidad está en nuestras propias manos.