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sábado, 19 de diciembre de 2015

Así maltratamos a nuestra pareja


“Quien bien te quiere te hará sufrir” dice el refrán. Normalmente esto se interpreta como que alguien que te ama te señalará tus imperfecciones y errores, aunque no te guste, pero también se ha señalado que un dicho así puede servir para justificar el maltrato. Sin embargo, hay otra manera más de interpretar el refrán: simplemente constata la realidad más bien irónica de que dos personas que se aman tienden a hacerse daño. Y no precisamente porque estén empeñados en convertirse mutuamente en personas mejores a base de corregir sus errores. Sí, las relaciones amorosas suelen traer consigo una buena carga de sufrimiento. A todo el mundo esto le parece algo inevitable, como si hubiera que pagar un precio por el amor que recibimos.

Pero yo pienso que no tiene que ser necesariamente así. Si nos hacemos daño cuando nos amamos es porque tenemos que estar haciendo algo mal. Al parecer, cuando llegamos a un cierto grado de intimidad con una persona empezamos a permitirnos una serie de comportamientos que crean fricciones e incluso daño emocional. “Las confianzas dan asco”, que dice otro refrán. Entonces, quizás lo que debamos hacer es reconocer esos comportamientos y aprender a evitarlos. No quiero hablar aquí de conductas de franco maltrato, como pueden ser el daño físico o la violación, sino de una serie de estrategias de manipulación psicológica que producen daño emocional y menoscaban la autoestima. En general, se basan en evocar tres emociones clave: el miedo, la culpa y la vergüenza. Aquí os dejo una lista tentativa de conductas nocivas en la pareja.

1. Coacción - La coacción se define como una demanda que no se puede rehusar sin desencadenar serias consecuencias negativas. Un ejemplo sería el sexo coactivo: “como me digas que no quieres sexo conmigo te voy a montar un numerito de mucho cuidado”. Pero se puede usar la coacción para muchas otras cosas: ir a una fiesta, elegir el sitio dónde ir de vacaciones, cómo decorar la casa o si tener hijos. La coacción señala que existe un desequilibrio de poder en la pareja que hace que una persona pueda imponer su voluntad sobre la otra.

2. Amenazas - Las amenazas son una de las formas más directas de coacción. Se basan en inspirar miedo para conseguir lo que queremos.  Una de las amenazas más frecuentes en la pareja es la de la ruptura. Se suele dar cuando existe un desequilibrio de poder basado en que una persona valora la relación mucho más que la otra. Puede ser simplemente porque está más enamorada, o porque la relación le supone una serie de ventajas que no quiere o no puede abandonar. En estos casos la amenaza constante de la ruptura puede convertirse en una continua coacción. A menudo la persona que amenaza con romper va de farol: en realidad no tiene la menor intención de hacerlo, pero sabe que así puede someter a su pareja a su voluntad.

3. Asustar - Las amenazas no son la única forma de inspirar miedo. También se puede crear una situación de ansiedad a base de asustar a la otra persona con actos como gritar, tirar o romper cosas, poner en riesgo la seguridad o la salud, o hacer algo ilegal. La simple presencia del miedo crea un clima de opresión.

4. Chantaje - El chantaje es una forma de coacción que consiste en amenazar con hacer algo que la otra persona no quiere si no accede a nuestras demandas. La forma más reconocible de chantaje es la amenaza de contar algo que la otra persona no quiere que se sepa. Como ejemplo está el “outing”, un nuevo verbo inglés que viene de la expresión “out of the closet” (salir del armario) y que se refiere a revelar a que una persona es gay o bisexual. Hoy en día se generaliza a descubrir que una persona practica el BDSM, el poliamor u otras formas de sexualidad no aceptadas por nuestra cultura.

5. Chantaje emocional - Consiste en utilizar el miedo, la obligación o la culpa (en inglés, “fear, obligation and guilt”, que forman el acrónimo FOG, que significa “niebla”) con el fin de presionar a otra persona de hacer lo que queremos. Se distinguen cuatro formas de chantaje emocional. La primera consiste en amenazar con castigar, privar de un beneficio o hacer daño. Un ejemplo clásico en la pareja es la privación de sexo o de afecto. La segunda consiste en el auto-castigo: en este caso se amenaza con hacerse daño a uno mismo. Un caso extremo sería la amenaza de suicidio (“¡déjala o me mato!”), pero también entra aquí el enfurruñarse o sumirse en un estado depresivo cuando no se obtiene lo que se quiere. La tercera forma de chantaje emocional consiste en adoptar conductas de auto-sacrificio con el fin de evocar sentimiento de culpa. Incluye todos esos actos de servicio que se hacen no porque se quieren hacer o como demostración de amor, sino para luego obtener algo a cambio: “¡me he tirado tres horas preparando la cena y tú no me haces ni caso!”. La cuarta forma es quizás la más difícil de reconocer, pues consiste en utilizar un premio o una tentación para conseguir lo que se quiere. Un ejemplo clásico es cuando le ofrecemos una golosina a un niño a cambio de un beso. En la pareja, ofrecer sexo o afecto como premio puede parecer en principio una buena idea, pero puede llevar a un ambiente de manipulación en el que no se sabe muy bien por qué se hacen las cosas.

6. Traspasar límites - Todos tenemos cosas que no queremos hacer o que no queremos que nos hagan. En inglés se conocen como “boundaries”, que quiere decir límites o fronteras. En una relación sana, cada persona define claramente cuáles son sus límites y la otra persona los respeta escrupulosamente. Los problemas vienen cuando los límites no están bien definidos o cuando se conocen y se rompen a propósito.

7. Incomunicación - Es sabido que la buena comunicación es esencial para el buen funcionamiento de la pareja. Ya resulta difícil en el mejor de los casos, pero a veces se sabotea a propósito como parte de actitudes ofensivas o defensivas, o con fines manipulativos. Un ejemplo es el “tratamiento de silencio”, que consiste en negarse a hablar con la otra persona. Su versión actual es el bloqueo en las redes sociales. Otro ejemplo consiste en hacer justo lo contrario: hablar sin parar para formar un “muro de palabras”  que no le permite a la otra persona expresarse. Formas más sutiles de incomunicación son el no querer escuchar, la comunicación agresiva y la comunicación pasiva. Esta última consiste en pretender que la otra persona nos lea la mente o adivine lo que queremos decir a base de indirectas, tono de voz o lenguaje corporal.

8. Mentiras - El peor tipo de incomunicación es cuando no se dice la verdad. Además, la mentira puede entenderse como una forma de privación de poder ya que la desinformación impide a la otra persona actuar de la forma más favorable para ella. La mentira se suele considerar la principal ofensa en la infidelidad conyugal, aunque a menudo esto es porque no se quiere reconocer el valor exagerado que nuestra cultura otorga a la exclusividad sexual. En realidad, cualquier tipo de mentira o falta de honestidad puede hacer daño en la pareja, ya que mina la confianza mutua.

9. Gaslighting” - “Gaslighting” en una forma extrema de abuso psicológico que consiste en la manipulación sistemática de la información que se suministra a otra persona. Así se va entretejiendo una red de mentiras, medias verdades, secretos y decepciones que generan un visión distorsionada de la realidad. Normalmente se hace con el fin de ocultar una situación de maltrato generalizado. Suele ocasionar un daño grave en la autoestima, incluso a hacer que la víctima llegue a cuestionar su propia cordura. El nombre viene de la obra de teatro Gas Light y de sus adaptaciones al cine.

10. Secretos - La cuestión de si se deben guardar secretos a nuestra pareja es sumamente delicada. Por un lado, todo el mundo tiene derecho a su privacidad; algunas cosas son tan íntimas que absolutamente nadie debe conocerlas. Por otro lado, el ocultar determinadas cosas que nuestra pareja tiene derecho a conocer para su propia seguridad puede ser equivalente a mentir por omisión. Los casos más claros son los de las enfermedades de transmisión sexual y la infidelidad.

11. Invadir la privacidad - Ésta es la otra cara de la moneda de los secretos. Todos tenemos derecho a revelar cosas de nosotros mismo si queremos, cuándo queramos y cómo queramos. También tenemos derecho a que lo que contamos a alguien no se transmita a terceras personas sin nuestro consentimiento. Como decía antes, no es legítimo guardar en secreto algunas cosas, pero eso no quiere decir que esté bien usar la fuerza o la coacción para forzarnos a desvelar un secreto. Un ejemplo de invasión de privacidad desgraciadamente frecuente hoy en día es buscar información en un móvil o en un ordenador sin permiso.

12. Quejas y reproches - Quejarse es algo normal y si algo no funciona bien en la pareja es esencial para la buena comunicación el decirlo. Pero hay muchas formas de decir las cosas. Cuando las quejas y los reproches se hacen con la intención de hacer que la otra persona se sienta culpable y avergonzada, entramos en el terreno del maltrato emocional. Los problemas hay que plantearlos en el momento adecuado, preferiblemente con tiempo de sobra para hablar sobre ello, sin ira y sobre todo sin ánimo de herir y ofender. Como en muchas otras cosas, la cantidad importa: una sarta interminable de reproches es indiscutiblemente abusiva. También hay que prestar atención a dos vicios relacionados con esto. El primero es el de ofenderse fácilmente, el estar a la que salta, de forma que la otra persona se tenga que estar autocensurando constantemente. Obviamente, la buena comunicación no puede darse así. El otro es el victimismo, el presentarse como víctima de abuso cuando en realidad no se es. Una de las mayores ironía del abuso psicológico es que el maltratador  suele presentarse como víctima, incluso estar convencido de que lo es.

13. Avergonzar - La vergüenza, incluso más que la culpa, es la emoción más destructiva de la autoestima. Sólo hay que pensar en todos los casos de adolescentes homosexuales que son llevados al suicidio por la vergüenza que evocan en ellos sus padres, su comunidad religiosa o sus compañeros de clase. Por eso, una de las formas más corrientes de maltrato emocional son los comentarios degradantes y las críticas continuas. Incluso la falta de alabanza cuando es merecida puede minar la autoestima de una persona. Si la persona a la que amamos no es capaz de reconocer nuestros méritos, ¿quién lo va a hacer? Un caso extremo es el llamado “cyber-bullying”, ciberacoso o acoso virtual: el acoso en las redes sociales de personas a base de avergonzarlas en público.

14. No disculparse - Todos tenemos que saber disculparnos, ya que todos cometemos errores. Una disculpa a tiempo puede significar la diferencia entre una pelea conyugal que se resuelve satisfactoriamente y otra que deja cicatrices emocionales para toda la vida. También puede suponer la diferencia entre percibir un error como un acto abusivo o como algo que se hizo sin malicia. La disculpa suele entrañar el reconocernos culpables del daño que hemos hecho, pero aunque no lo seamos todavía podemos disculparnos simplemente por haber participado en algo que hizo sufrir a quien amamos. Cuando en una pareja una persona se disculpa a menudo y la otra nunca es que algo marcha mal.

15. No perdonar - Las disculpas deben ser aceptadas, ya que el no hacerlo mina la dignidad de la persona que se ha disculpado. Esto no quiere decir que todo deba o pueda ser perdonado. De hecho, en muchas situaciones de maltrato nos encontramos con una forma patológica de perdón basada en la codependencia: la víctima constantemente perdona al maltratador, incluso inventando las disculpas más inverosímiles para el maltrato. Por lo tanto, una condición indispensable para perdonar debe ser que el acto a perdonar haya terminado ya. No se puede perdonar a quien persiste en su conducta. Pero, por otra parte, el no otorgar el perdón merecido puede convertirse en maltrato emocional al perpetuar el sentimiento de culpa de quien lo pide. Quizás lo más apropiado a hacer cuando no se puede perdonar a alguien es romper la relación, en vez de continuarla en la situación de desequilibrio de poder que supone el sentimiento de culpa. Una variante de este tema es cuando las disculpas son aceptadas pero utilizadas en el futuro una y otra vez para recordarle su culpabilidad a quien las ofreció. Esta manipulación de la disculpa es incompatible con el perdón sincero. Hay que saber pasar página.

16. Aislamiento social - En las sectas, una técnica muy común para crear dependencia emocional es la de separar a sus adeptos de su entorno de familia y de amigos. La víctima pierde así los elementos de referencia que le permitirían escapar de la adoctrinamiento de la secta. En una pareja se puede dar una situación similar cuando se quiere separar a la otra persona de sus amigos, normalmente por celos.

17. Presión social - También puede darse el caso de que una de las personas de la pareja se vea absorbida por los amigos y familiares de la otra, que por supuesto tendrán una opinión sesgada en caso de conflicto. La presión social también puede tomar la forma de normas culturales que favorecen a una persona más que a la otra. El machismo es un ejemplo de esto, como cuando la sociedad ve normal que el hombre controle el comportamiento de la mujer. Otro caso es cuando una de las personas de la pareja quiere practicar el BDSM o el poliamor, y la otra persona usa la normativa cultural para impedírselo. A veces esto toma la forma de lo que se denomina en inglés “slut-shaming” (“avergonzar a la zorra”), que consiste en provocar vergüenza a una mujer por su comportamiento sexual contraviniendo normas culturales.

18. Sabotaje - Hay veces en que no se respetan las obligaciones laborales, familiares y sociales de la otra persona en la pareja, de tal manera que se la perjudica indirectamente al impedirle cumplirlas. El caso más típico es cuando una pelea de pareja nos deja tan alterados que no podemos concentrarnos en el trabajo. En ese caso el sabotaje es involuntario e indirecto. Un paso más hacia una relación de maltrato es cuando alguien tiene tan poco respeto y consideración hacia su pareja que no pone el mínimo cuidado en respetar sus horarios de trabajo o el tiempo que le dedica a la familia o los amigos, apropiándose de todo ese tiempo y atención, por ejemplo, forzando citas o conversaciones telefónicas en momentos inoportunos. En situaciones extremas de abuso, el maltratador interfiere directamente con el trabajo o el entorno social de su víctima con acciones dedicadas directamente a destruirlos. Conozco el caso de un marido que llamó al jefe de su mujer diciéndole que ella dejaba el trabajo, en contra de los deseos de ella.

Supongo que muchas de estas cosas os resultarán familiares, bien porque las hayáis sufrido, bien porque las hayáis hecho. Desgraciadamente, son conductas usuales en la pareja. Al confeccionar esta lista no pretendo provocar ninguna caza de brujas. Hay que evitar caer en la auto-culpabilización, el miedo y la vergüenza que, al fin y al cabo, son la base del daño emocional que tratamos de evitar. Todos hemos tenido peleas de parejas en las que hemos intentado asustar y herir a la persona a la que amamos. Este tipo de peleas no deben considerarse como algo normal. Van dejando cicatrices que van socavando la relación, sentando la base para peleas posteriores y volviéndola cada vez menos saludable.

Estas formas de maltrato pueden llevarlas a cabo tanto hombres como mujeres. No quiero entrar aquí a discutir si se da más en un género que en el otro, aunque está claro que al ocurrir en una sociedad sexista hay que tener en cuenta el desequilibrio de poder que esto supone. Quizás los hombres seamos más dados a algunas formas de maltrato, como la coacción, el asustar y la incomunicación, y las mujeres a otras, como el chantaje emocional, los reproches y la presión social. Esto resultaría muy difícil de cuantificar.

Lo que sí me parece importante es señalar que en muchos casos el maltrato es mutuo, aun cuando es desigual. Es decir, que aunque una persona maltrate más que la otra, el contraataque y la venganza no están ni justificados éticamente ni suelen resultar efectivos. En la pareja, esto suele llevar a una intensificación del conflicto en una espiral de abuso creciente que acaba por convertir la relación en tóxica. Lo mejor que puede pasar en estos casos es que se llegue a la ruptura. Sin embargo, hay veces que se acaba por aceptar esta situación como normal: las dos personas están tan obcecadas en la búsqueda de poder que carecen de la claridad mental para salir de esa dinámica.

Claro que cuando estas conductas son profundas, maliciosas y generalizadas, con un profundo desequilibrio de poder entre las dos personas, se llega al abuso psicológico. Al contrario que el maltrato físico, el psicológico no deja marcas ni heridas, por lo que es insidioso y difícil de detectar. A menudo se desarrolla gradualmente y viene acompañado de situaciones de dependencia emocional, de forma que la víctima no reconoce su situación. Puede producir serios daños en la autoestima e incluso llevar al suicidio.

A cada cual le corresponde examinar cuidadosamente su conducta para ir eliminando todo elemento de maltrato. Cuando alguien nos abre el corazón eso lo vuelve extremadamente vulnerable, no debemos traicionar la confianza que se deposita en nosotros haciendo daño. El que lo hagamos de forma inconsciente o por ignorancia no nos disculpa. Si queremos que se nos ame de verdad, debemos aprender a amar. Y eso consiste en hacer feliz a nuestra pareja, no en hacerla sufrir.

domingo, 10 de mayo de 2015

¿Por qué sentimos vergüenza?


Desde hace un tiempo siento una gran fascinación por las emociones, quizás porque estoy convencido de que contribuyen en gran medida a nuestra felicidad. De hecho, es frecuente confundir la alegría (que no es más que una emoción) con la felicidad (que es un estado profundo de ser que transciende a las emociones). No voy a entrar aquí en definir la felicidad, sólo apuntar que depende en gran medida de sentir emociones positivas, como la alegría y el amor, y el limitar nuestras emociones negativas, como el temor, la ira y la tristeza.

Un grupo de emociones particularmente importantes son aquellas que están relacionadas con cómo nos percibimos a nosotros mismos y cómo nos perciben los demás. Por esa razón se denominan en inglés “self-conscious emotions” (Muris and Meesters, 2014): emociones de la consciencia del ser. Normalmente se nombran tres: la culpa, la vergüenza y el orgullo; pero existen otras relacionadas con ellas: la dignidad, la soberbia, el arrepentimiento, el ridículo y el humor. El orgullo, la dignidad y la soberbia son emociones positivas que nos hacen sentirnos bien con nosotros mismos, mientras que la culpa, el arrepentimiento y la vergüenza son emociones negativas que disminuyen nuestra autoestima.

En particular, la vergüenza es una poderosa emoción con una tremenda capacidad para hacernos daño, pudiendo llevar incluso al suicidio (Lester, 1997, Werbart Tornblom et al., 2015). También se ha visto que el desorden de estrés post-traumático (PTSD) no sólo está causado por el miedo, sino que tiene importantes componentes de culpa y vergüenza (Lee et al., 2001, Wilson et al., 2006). El comprender la vergüenza es también esencial en la lucha por las libertades sexuales y la igualdad. Tanto el “estar en el armario” como el que nos saquen de él a la fuerza (“outing” en inglés) tienen profundos efectos en la autoestima debido a la vergüenza que conlleva que no nos ajustemos a la normativa de la sociedad (Chekola, 1994).

¿Por qué existe la vergüenza? La clave de la supervivencia de los seres humanos es nuestra habilidad de vivir en grupos sociales. En el entorno en el que evolucionó nuestra especie, una persona sola sería incapaz de encontrar alimento y defenderse de los predadores para sobrevivir. Es a base de vivir en grupos como los humanos hemos sido capaces de conquistar casi todos los ecosistemas de la superficie terrestre. Sin embargo, el funcionamiento armonioso de una sociedad humana requiere que se respeten una ciertas reglas que establecen la cooperación mutua, de tal manera que todo el mundo contribuya y nadie se beneficie indebidamente del esfuerzo de otros. También hace falta que haya frenos a la agresividad y que se establezcan jerarquías que hagan que las opiniones y los actos de los individuos con mayor éxito y experiencia se valoren más que las de los demás.

El orgullo, la culpa y la vergüenza son emociones que evolucionaron para hacer que estas reglas sociales estén arraigadas en las profundidades de nuestro psiquismo (Breggin, 2015). Así, la culpa y el arrepentimiento cumplen la función de evitar que se rompan normas sociales y que reparemos el daño causado cuando lo hacemos. La vergüenza y la humillación aparecen frecuentemente asociadas con ataques que nos hacen perder nuestro atractivo social (Gilbert, 1997). Otros investigadores señalan que el orgullo y la vergüenza son señales sociales que benefician tanto a quien las expresa como a quien las observa (Martens et al., 2012). En particular, el mostrar vergüenza puede servir para apaciguar a los otros tras una transgresión social y así evitar o paliar el castigo. Por otro lado, la vergüenza desempeña un papel esencial en la regulación de la conducta social y es uno de los incentivos más fuertes para cambiarse a uno mismo (Lickel et al., 2014). Por ejemplo, el avergonzar al maltratador puede servir para mitigar o poner fin a situaciones de abuso doméstico y acoso sexual. Se ha visto que la vergüenza es fundamental en el tratamiento de personas que abusan sexualmente de niños (Proeve and Howells, 2002).

¿Pero entonces por qué existe la vergüenza como emoción distinta de la culpa? Mientras que la culpa es principalmente un freno a la agresividad y al egoísmo, la vergüenza y su emoción opuesta, el orgullo, actúan como incentivos para la cooperación. El orgullo nos señala un aumento en nuestro status social cuando tenemos éxito, mientras que la vergüenza opera como una señal de alarma que nos advierte que disminuye la estima con que se nos tiene en el grupo. En el entorno evolutivo, la capacidad de una persona para alimentarse y reproducirse debía estar estrechamente asociada a este estatus social, lo que explicaría que la vergüenza esté profundamente arraigada en el funcionamiento de nuestro cuerpo. Por ejemplo, la vergüenza produce rubor, que una respuesta automática del sistema cardiovascular. También produce importantes efectos negativos en el sistema hormonal, como un aumento en la hormona de estrés cortisol, y en el sistema inmune, como un aumento en las citoquinas pro-inflamatorias (Dickerson et al., 2004).

Resulta interesante analizar algunas emociones relacionadas con la vergüenza: la dignidad, la humillación, el ridículo y el humor. Podríamos decir que la dignidad es la manifestación externa del orgullo en nuestro comportamiento. Sin embargo, la dignidad puede ser mentirosa: podemos comportarnos de forma digna aunque por dentro no nos sintamos orgullosos. Si hacemos esto, a menudo la gente que nos rodea intentará desenmascararnos, exponiendo nuestra falta de autoestima al dejarnos en ridículo. El ridículo es, por lo tanto, una pérdida de dignidad que conduce al humor… Cuando el petulante gallito se cae en un charco, todo el mundo se ríe. Cuando una persona con buena autoestima se ve en una situación de ridículo reacciona uniéndose al regocijo general, riéndose de sí mismo. Paradójicamente, esto tiene el efecto de rescatarlo del ridículo. Por el contrario, una persona con baja autoestima intentará mantener su dignidad a toda costa: el petulante gallito se levanta del charco y se ajusta la ropa mojada, muy serio, pretendiendo que no ha pasado nada. El resultado son más risas.

Por otro lado, la humillación y el avergonzar son técnicas muy comunes tanto en el abuso psicológico como en el control de la gente por el poder religioso y político. Por lo tanto, hace falta desarrollar estrategias para desenmascarar esas campañas de humillación masiva. Una de esas estrategias es dar connotaciones positivas a palabras que se usan para humillar, como se hizo en inglés con las palabras “gay”, “slut” (“guarra”) y “pervert” (“pervertido”). En particular, “slut” se aplica ahora a ambos sexos, no sólo a las mujeres, y ha pasado a denominar a una persona liberada sexualmente con un poderoso eroticismo. También se usa en la expresión “slut shaming”, con la que se denuncia la actitud de querer avergonzar a una mujer por su conducta sexual. Por otro lado, neologismos como “homofobia”, “misoginia”, “misandria”, “sexo-negativo” y “erotofobia” se pueden usar para avergonzar a los opresores, exponiendo sus actitudes de odio y de miedo irracional.

En resumen, creo que comprender la emoción de la vergüenza es fundamental tanto por el papel que desempeña en nuestra salud física y mental como por su capacidad para ser usada para el abuso psicológico y la opresión cultural.

Referencias


Breggin PR (2015) The biological evolution of guilt, shame and anxiety: A new theory of negative legacy emotions. Med Hypotheses.

Chekola M (1994) Outing, truth-telling, and the shame of the closet. J Homosex 27:67-90.

Dickerson SS, Gruenewald TL, Kemeny ME (2004) When the social self is threatened: shame, physiology, and health. J Pers 72:1191-1216.

Gilbert P (1997) The evolution of social attractiveness and its role in shame, humiliation, guilt and therapy. Br J Med Psychol 70 ( Pt 2):113-147.

Lee DA, Scragg P, Turner S (2001) The role of shame and guilt in traumatic events: a clinical model of shame-based and guilt-based PTSD. Br J Med Psychol 74:451-466.

Lester D (1997) The role of shame in suicide. Suicide Life Threat Behav 27:352-361.
Lickel B, Kushlev K, Savalei V, Matta S, Schmader T (2014) Shame and the motivation to change the self. Emotion 14:1049-1061.

Martens JP, Tracy JL, Shariff AF (2012) Status signals: adaptive benefits of displaying and observing the nonverbal expressions of pride and shame. Cogn Emot 26:390-406.

Muris P, Meesters C (2014) Small or big in the eyes of the other: on the developmental psychopathology of self-conscious emotions as shame, guilt, and pride. Clin Child Fam Psychol Rev 17:19-40.

Proeve M, Howells K (2002) Shame and guilt in child sexual offenders. Int J Offender Ther Comp Criminol 46:657-667.

Werbart Tornblom A, Werbart A, Rydelius PA (2015) Shame and Gender Differences in Paths to Youth Suicide: Parents' Perspective. Qual Health Res.

Wilson JP, Drozdek B, Turkovic S (2006) Posttraumatic shame and guilt. Trauma Violence Abuse 7:122-141.


miércoles, 18 de febrero de 2015

La buena muerte



-No lo entiendes, Cecilia. Yo no quiero que me ayuden. Estoy harta de todo. Estoy muy cansada.

-No te entiendo… ¿Qué quieres decir?

-Pues eso: que estoy harta. No quiero que me ayuden, ni quiero ayudar a nadie. Antes me gustaba ayudar a la gente, sentía que aunque yo sufriera por lo menos alguien dejaba de hacerlo. Por eso me gustaba hablar con los locos. Por eso te hablé el día que nos conocimos, porque vi lo asustada y lo desesperada que estabas. Pensé que si te explicaba cómo funciona este sito te haría sentirte mejor.

-¡Pues claro, Irene! Y lo conseguiste, me ayudase un montón. Yo creo que sin ti me habría venido abajo.

-No, Cecilia, no te habrías hundido. Ahora te conozco, sé lo fuerte que eres. Te las hubieras apañado muy bien sin mi ayuda.

-Tú también eres muy fuerte, Irene. Tú también puedes salir adelante. Si no lo fueras, no podrías ayudar a la gente como haces.

-No sé si se trata de ser fuerte… El caso es que ayudar a la gente ya no me sirve de nada. Ya no me da esperanza. Estoy cansada, Cecilia. Estoy harta de luchar contra esta marea de mierda que amenaza con ahogarme. Sólo quiero dormir… Descansar para siempre.

Cecilia sintió que mil señales de alarma la sacudían por dentro.

-¿Qué quieres decir, Irene? ¿No querrás suicidarte?

-Lo que quiero es acabar de una vez con esta mierda de vida, Cecilia. No vale la pena vivir así, con tanto sufrimiento. No sé si quiero suicidarme… Lo que quiero es que todo se acabe de una puta vez.

-¡Por favor, Irene! -dijo con desesperación-. ¡No digas esas cosas, que me asustas! En la vida hay cosas malas, pero también hay muchas cosas buenas.  La vida vale la pena, aunque sólo sea por sí misma.

-No, Cecilia, estás equivocada. La vida no siempre vale la pena. Hay veces en que el sufrimiento se hace tan grande que ya nada te compensa. Entonces es mejor acabar con todo para así encontrar finalmente la paz.

-¿Por qué? ¿Tú crees que vas a sobrevivir a la muerte? ¿Crees que vas a irte a un paraíso donde vas a ser feliz, que te vas a reencarnar en alguien mejor, o algo parecido? Porque ninguna de esas patrañas son verdad, Irene. La muerte es la nada, es dejar de existir. No hay nada al otro lado. A ver si por creer una de esas imbecilidades vas a acabar con lo más valioso que tienes.

La mirada de Irene se volvió inesperadamente sabia, como la del Chino cuando le iba a soltar una de sus frases profundas.

-Ya lo sé, Cecilia. Ya sé que no hay nada después de la muerte. No te preocupes, que yo tampoco me creo esos cuentos de curas, ni de los de aquí que van vestidos de negro ni de los de allá que van vestidos de azafrán. Pero eso es precisamente lo más bonito de la muerte, que no hay nada. ¡Nada, Cecilia! Te puedes imaginar qué liberación, que descanso, el poder hundirse en la nada, dejar de sentir, dejar de sufrir, dejar de tan siquiera recordar que has sufrido. Nada de nada, para siempre jamás.

Una sonrisa pacífica había iluminado el rostro de Irene, lo que no hizo más que aumentar la alarma de Cecilia. Buscó desesperadamente algún argumento para convencer a Irene.

-¡Espera, espera, que eso no es así! La nada no tiene nada de bueno… La nada no es algo, es un vacío, es dejar de existir… No hay nada bueno en dejar de existir.

-¿No? ¿Y por qué no iba a haberlo?

-Pues porque no vivimos sólo para nosotros. Vivimos para la gente que nos quiere, para ayudar a otros, como decías antes… Para hacer del mundo un sitio mejor, en definitiva.

-A mí eso no me sirve… Antes sí, pero ahora ha dejado de tener sentido. Yo no tengo ninguna obligación con nadie. Mi cuerpo es mío. Mi vida es mía, y hago con ella lo que me parece.

-Pero eso no es verdad. Tú no posees tu cuerpo o tu vida, como el que tiene un libro o un televisor. Tú eres tu cuerpo, que no es lo mismo que poseerlo.

-Para el caso es lo mismo. Si quieres, míralo de otra manera: yo soy libre, soy la única dueña de mi destino. El poder acabar con mi vida es el acto más absoluto de libertad. Y el que te priven de hacerlo es la forma de sometimiento más completa. Nadie debe obligarte a vivir tu vida en contra de tu voluntad. ¿No lo entiendes?

-¿Qué quieres que te diga? Sí, así como lo pones, tienes razón. Es verdad que debemos ser libres hasta el punto de poder acabar con nuestra vida… En teoría está muy bien. Pero en la práctica no deja de ser una locura. Nuestra vida es el bien más preciado que tenemos, ¿para qué rechazarlo? Se me antoja el desperdicio mayor que podemos hacer.

-O el regalo mayor que podemos hacer. En el mundo sobra gente, somos demasiados. ¿Para qué continuar una vida miserable que no ayuda a nadie?

-No lo entiendo, Irene. ¿Qué ha pasado para hacerte querer acabar con tu vida? ¿Qué te dijo Vicente para hacerte sentir así? Fuera lo que fuese, no puede tener tanta importancia.

-No fue nada que me dijera Vicente… Hace mucho tiempo que me siento así. Él lo único que hizo fue recordármelo todo. Recordarme quién soy… Lo que quiero en realidad.

-Pero entonces…

-¿Por qué te crees que me trajeron aquí, Cecilia? Me tomé una buena sobredosis de anfetas. Hubiera cumplido mi deseo si no llega a ser por el cabrón de Vicente, que me encontró a tiempo. Pasé dos días en el hospital y luego me trajeron aquí.

-O sea, que volverás a intentar suicidarte en cuanto puedas.

-No estoy segura, Cecilia…

-¡No lo hagas, Irene, por favor, te lo suplico! ¡Sigue viviendo, hazlo por mí!

-No lo entiendes, Cecilia… ¡Por favor, intenta entenderlo! Esto no tiene nada que ver contigo, tiene que ver conmigo, con lo que yo siento en lo más profundo de mi corazón. Si eres mi amiga, tienes que entenderlo. Nunca se lo he contado a nadie. A nadie se lo he explicado como acabo de explicártelo a ti.

Cecilia se incorporó para volver a sentarse en el suelo. Sin decir nada, recogió la ristra de agujas. Las fue sacando una a una y clavándoselas en el pecho mientras hablaba.

-Gracias por la explicación… Intentaré entenderlo, de verdad. Pero yo quiero que tú entiendas que si te matas, que si te pierdo, me vas a hacer mucho daño. Me vas a hacer mucho más daño que lo que duele ponerme estas agujas. Porque sí que tiene que ver conmigo, Irene. El dolor que sentiría al perderte tiene muchísimo que ver conmigo.

Irene también se sentó, mirándola ceñuda.

-Dices que eres que eres mi amiga, pero te acabo de contar mi secreto más íntimo, lo que llevo en lo más profundo del alma, y tú lo rechazas. En el fondo eres muy egoísta, Cecilia. Me quieres por lo que te doy, pero no por mí misma.

-¿Y qué coño tengo que hacer para dejar de ser egoísta? ¿Decirte que está de puta madre que te suicides? ¿Decir que el suicidio es la cosa más cojonuda del mundo porque es, oh, algo tan profundo? ¿Tengo que ayudarte a matarte?

Éste es un fragmento de mi novela Para volverte loca, que será la quinta novela de la saga de Cecilia. Esta parte está basada en el suicidio de mi amiga Erin. Irene tiene muchas cosas en común con Erin y lo que le dice a Cecilia fue lo que intentó decirme Erin antes de dejarme, antes de morir. Erin me dejó un precioso regalo: me hizo ver la muerte de otra manera, como liberación, no como pérdida. Eso es lo que intento reflejar aquí. Mi reacción es la de Cecilia: amo demasiado a la vida para poder comprender que alguien quiera suicidarse.  

martes, 10 de diciembre de 2013

Suicidio

Mi querida amiga Erin se quitó la vida hace apenas un mes. Yo, que andaba un poco desconectado de ella, no me enteré hasta dos semanas después. Desde entonces he pasado muchas horas intentando comprender las circunstancias y las razones que la llevaron a hacerlo. Erin no era una persona dada a la melancolía; al contrario, siempre comunicaba un gran alegría a los que estábamos con ella. Sin embargo, una vez intentó contarme algo que llevaba muy dentro. Fue un e-mail que parecía no venir de ninguna parte y que me dejó anonadado…

“¡Deseo tanto que esta mierda de vida se acabe lo antes posible! ¡Estoy tan harta de toda esta mentira! Sólo quiero dormir -to trip the light fantastic (bailar con esa fantástica ligereza)- ¡para siempre! Y, de nuevo, no soy suicida, ¡créeme, no lo soy! ¡Es sólo que estoy tan harta de toda esta basura! No hay nada de bueno o de maravilloso en mi vida. Sólo quiero acelerar el proceso de mi muerte lo mejor que pueda. Quizás debería empezar a tomar crack cocaína o algo así… No sé. ¡Sólo sé que deseo tanto que todo esto termine! He acabado. Estoy tan triste. Espero que puedas empezar a entender esto, Hermes. No se trata de ti - ¡en absoluto! ¡Se trata de mí! ¡Quisiera que tú, y tu mujer, y mi madre y mi amiga Tina, y todos a los que amo y que me importáis os dierais prisa en morir! ¡Para que yo pueda salir de aquí de una puta vez! ¡Detesto mi vida! ¡Quiero que se acabe! Me solía preocupar dejar mi marca en el mundo - hacer algo significativo que ayudara a otros - pero estoy vacía de ‘vida’ y ya no me importa nada. -Algo dentro de mí ha muerto. Sólo quiero dormir. Solía querer ayudar a otra gente a tener una vida mejor y a encontrar la felicidad… pero, lo siento, ya no me preocupo ni por mí ni por nadie. ¡Paz FUERA!”

¡Ahí queda eso! Me disgustó tanto ese e-mail que tuvimos una pelea a causa de él. Poco a poco, conforme las aguas fueron volviendo a su cauce, Erin intentó explicarme lo que quería decir. Quería comunicarme algo muy íntimo suyo, me dijo, algo que no le contaba a nadie. Y yo, al rechazarlo, la había decepcionado profundamente. Me explicó que para ella la muerte no era algo triste, sino un descanso a todo el sufrimiento de su vida cotidiana. Más adelante comprendí de dónde había salido ese e-mail. Unos días antes habíamos visto juntos la película “Mar Adentro”. Yo quería enseñarle la Galicia donde crecí, pero ella se quedó enganchada con la historia de Ramón Sampedro y su deseo de morir.

Otra película que vi hace poco, “What Dreams May Come”, ("Más allá de los sueños", en español) representa el polo opuesto: la repulsa de nuestra cultura hacia los suicidas. En ella el personaje encarnado por Robin Williams tiene que viajar al Infierno de Dante a rescatar a su esposa, que ha cometido el pecado imperdonable de suicidarse. ¿Por qué tiene que ser el suicidio algo tan negativo?

Hablando con Erin comprendí que el suicidio puede considerarse como uno de los actos más subversivos. Es una afirmación radical de nuestra libertad, de nuestra autonomía personal. No le pertenecemos a la sociedad, ni a Dios, ni siquiera a las personas que nos aman. Nuestra vida es nuestra y hacemos con ella lo que nos da la gana. Y el que quiera entenderlo que lo entienda y el que no, ajo y agua… Mejor todavía: el suicida comprende que lo que más tememos, la muerte, no es nada. Es una moneda con dos caras: la de perder todo lo que tenemos pero también la de liberarnos definitivamente de todo lo que nos hace sufrir. Así que, si hacemos balance de nuestra vida quizás lo segundo pese más que lo primero, y entonces la opción es clara. Al parecer, Erin lo tenía así de claro.

También es verdad que determinadas personas están fascinadas por la idea de la muerte y el suicidio. Existe toda una subcultura en torno a ello. Por ejemplo, la canción “Asleep” de Emily Browning recoge sentimientos muy parecidos a los del e-mail de Erin…


La verdad es que a mí me costó mucho trabajo entender todo esto. A mí me gusta la vida. Si pudiera viviría mil años. Lo que me llena de frustración es no tener suficiente tiempo para aprender todo lo que quiero aprender, para hacer todo lo que quiero hacer, para escribir todos esos libros que se quedarán para siempre en mi imaginación. Pero ahora, gracias a Erin, he llegado a comprender en mis huesos el significado de la muerte y a dejar, en cierta medida, de temerla.

Pero también soy consciente de que en la gran mayoría de los casos el suicidio tiene poco de romántico, de ese acto de liberación personal del que hablaba antes. El suicidio a menudo no es más la consecuencia final de una enfermedad que a veces es mortal: la depresión. Gracias a los avances de la neurociencia, hoy en día entendemos que existen estados del cerebro que son incompatibles con la vida, donde el sufrimiento se hace tan profundo que hay que buscar una salida de inmediato. Y también sabemos que ese estado se puede evitar con la medicación adecuada, que literalmente te puede salvar la vida. Es aterrador pensar que hay gente que puede pasar por algo así. Espero de todo corazón que ese no fuera el caso de Erin, que ella simplemente logró hacer realidad ese deseo tan profundo que yo no supe comprender.

May you trip the light fantastic, Erin!