Esta idea se le atribuye a Andrea Dworkin en su libro Intercourse (http://boards.straightdope.com/sdmb/showthread.php?t=312271) y ha sido fuente de una gran controversia durante décadas (https://www.quora.com/Why-do-some-radical-feminists-consider-PIV-to-be-rape-and-a-tool-for-the-subjugation-of-women). Por supuesto, el feminismo sexo-positivo que predomina en nuestros días la rechaza completamente, no sólo por absurda sino porque trivializa el crimen de la violación. Pero, por otro lado, ciertas feministas que se autodenominan “radicales” (aunque a menudo se alían con los conservadores) y que forman un reducto nada despreciable del feminismo anti-porno mantienen una postura un tanto ambigua ante la idea de que penetración equivale a violación. Algunas niegan que Dworkin escribiera esto, lo que parece ser verdad estrictamente hablando (http://radgeek.com/gt/2005/01/10/andrea_dworkin/), aunque también es cierto que Intercourse está escrito en un lenguaje enrevesado que sugiere esa idea sin llegar a afirmarla categóricamente. Lo cierto es que hay feministas “radicales” que la suscriben completamente (https://witchwind.wordpress.com/2013/12/15/piv-is-always-rape-ok/). Otras feministas la rechazan en principio, pero enseguida arguyen una serie de ideas parecidas (https://www.facebook.com/permalink.php?id=119311564818398&story_fbid=281146585301561), como que la penetración es un símbolo de dominación masculina, que la penetración no es una fuente de placer para la mujer o que la sociedad impone la penetración como la única forma de sexo (http://radicalprofeminist.blogspot.com/2011/04/andrea-dworkin-said-all-heterosexual.html). Lo preocupante es que esta idea ha sido absorbida por la cultura feminista en forma de una sutil oposición al sexo penetrativo y una actitud de sospecha frente al placer masculino en el acto sexual.
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sábado, 23 de abril de 2016
“La penetración es violación” - la controversia
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sábado, 19 de diciembre de 2015
Así maltratamos a nuestra pareja
“Quien bien te quiere te hará sufrir” dice el refrán. Normalmente esto se interpreta como que alguien que te ama te señalará tus imperfecciones y errores, aunque no te guste, pero también se ha señalado que un dicho así puede servir para justificar el maltrato. Sin embargo, hay otra manera más de interpretar el refrán: simplemente constata la realidad más bien irónica de que dos personas que se aman tienden a hacerse daño. Y no precisamente porque estén empeñados en convertirse mutuamente en personas mejores a base de corregir sus errores. Sí, las relaciones amorosas suelen traer consigo una buena carga de sufrimiento. A todo el mundo esto le parece algo inevitable, como si hubiera que pagar un precio por el amor que recibimos.
Pero yo pienso que no tiene que ser necesariamente así. Si nos hacemos daño cuando nos amamos es porque tenemos que estar haciendo algo mal. Al parecer, cuando llegamos a un cierto grado de intimidad con una persona empezamos a permitirnos una serie de comportamientos que crean fricciones e incluso daño emocional. “Las confianzas dan asco”, que dice otro refrán. Entonces, quizás lo que debamos hacer es reconocer esos comportamientos y aprender a evitarlos. No quiero hablar aquí de conductas de franco maltrato, como pueden ser el daño físico o la violación, sino de una serie de estrategias de manipulación psicológica que producen daño emocional y menoscaban la autoestima. En general, se basan en evocar tres emociones clave: el miedo, la culpa y la vergüenza. Aquí os dejo una lista tentativa de conductas nocivas en la pareja.
1. Coacción - La coacción se define como una demanda que no se puede rehusar sin desencadenar serias consecuencias negativas. Un ejemplo sería el sexo coactivo: “como me digas que no quieres sexo conmigo te voy a montar un numerito de mucho cuidado”. Pero se puede usar la coacción para muchas otras cosas: ir a una fiesta, elegir el sitio dónde ir de vacaciones, cómo decorar la casa o si tener hijos. La coacción señala que existe un desequilibrio de poder en la pareja que hace que una persona pueda imponer su voluntad sobre la otra.
2. Amenazas - Las amenazas son una de las formas más directas de coacción. Se basan en inspirar miedo para conseguir lo que queremos. Una de las amenazas más frecuentes en la pareja es la de la ruptura. Se suele dar cuando existe un desequilibrio de poder basado en que una persona valora la relación mucho más que la otra. Puede ser simplemente porque está más enamorada, o porque la relación le supone una serie de ventajas que no quiere o no puede abandonar. En estos casos la amenaza constante de la ruptura puede convertirse en una continua coacción. A menudo la persona que amenaza con romper va de farol: en realidad no tiene la menor intención de hacerlo, pero sabe que así puede someter a su pareja a su voluntad.
3. Asustar - Las amenazas no son la única forma de inspirar miedo. También se puede crear una situación de ansiedad a base de asustar a la otra persona con actos como gritar, tirar o romper cosas, poner en riesgo la seguridad o la salud, o hacer algo ilegal. La simple presencia del miedo crea un clima de opresión.
4. Chantaje - El chantaje es una forma de coacción que consiste en amenazar con hacer algo que la otra persona no quiere si no accede a nuestras demandas. La forma más reconocible de chantaje es la amenaza de contar algo que la otra persona no quiere que se sepa. Como ejemplo está el “outing”, un nuevo verbo inglés que viene de la expresión “out of the closet” (salir del armario) y que se refiere a revelar a que una persona es gay o bisexual. Hoy en día se generaliza a descubrir que una persona practica el BDSM, el poliamor u otras formas de sexualidad no aceptadas por nuestra cultura.
5. Chantaje emocional - Consiste en utilizar el miedo, la obligación o la culpa (en inglés, “fear, obligation and guilt”, que forman el acrónimo FOG, que significa “niebla”) con el fin de presionar a otra persona de hacer lo que queremos. Se distinguen cuatro formas de chantaje emocional. La primera consiste en amenazar con castigar, privar de un beneficio o hacer daño. Un ejemplo clásico en la pareja es la privación de sexo o de afecto. La segunda consiste en el auto-castigo: en este caso se amenaza con hacerse daño a uno mismo. Un caso extremo sería la amenaza de suicidio (“¡déjala o me mato!”), pero también entra aquí el enfurruñarse o sumirse en un estado depresivo cuando no se obtiene lo que se quiere. La tercera forma de chantaje emocional consiste en adoptar conductas de auto-sacrificio con el fin de evocar sentimiento de culpa. Incluye todos esos actos de servicio que se hacen no porque se quieren hacer o como demostración de amor, sino para luego obtener algo a cambio: “¡me he tirado tres horas preparando la cena y tú no me haces ni caso!”. La cuarta forma es quizás la más difícil de reconocer, pues consiste en utilizar un premio o una tentación para conseguir lo que se quiere. Un ejemplo clásico es cuando le ofrecemos una golosina a un niño a cambio de un beso. En la pareja, ofrecer sexo o afecto como premio puede parecer en principio una buena idea, pero puede llevar a un ambiente de manipulación en el que no se sabe muy bien por qué se hacen las cosas.
6. Traspasar límites - Todos tenemos cosas que no queremos hacer o que no queremos que nos hagan. En inglés se conocen como “boundaries”, que quiere decir límites o fronteras. En una relación sana, cada persona define claramente cuáles son sus límites y la otra persona los respeta escrupulosamente. Los problemas vienen cuando los límites no están bien definidos o cuando se conocen y se rompen a propósito.
7. Incomunicación - Es sabido que la buena comunicación es esencial para el buen funcionamiento de la pareja. Ya resulta difícil en el mejor de los casos, pero a veces se sabotea a propósito como parte de actitudes ofensivas o defensivas, o con fines manipulativos. Un ejemplo es el “tratamiento de silencio”, que consiste en negarse a hablar con la otra persona. Su versión actual es el bloqueo en las redes sociales. Otro ejemplo consiste en hacer justo lo contrario: hablar sin parar para formar un “muro de palabras” que no le permite a la otra persona expresarse. Formas más sutiles de incomunicación son el no querer escuchar, la comunicación agresiva y la comunicación pasiva. Esta última consiste en pretender que la otra persona nos lea la mente o adivine lo que queremos decir a base de indirectas, tono de voz o lenguaje corporal.
8. Mentiras - El peor tipo de incomunicación es cuando no se dice la verdad. Además, la mentira puede entenderse como una forma de privación de poder ya que la desinformación impide a la otra persona actuar de la forma más favorable para ella. La mentira se suele considerar la principal ofensa en la infidelidad conyugal, aunque a menudo esto es porque no se quiere reconocer el valor exagerado que nuestra cultura otorga a la exclusividad sexual. En realidad, cualquier tipo de mentira o falta de honestidad puede hacer daño en la pareja, ya que mina la confianza mutua.
9. “Gaslighting” - “Gaslighting” en una forma extrema de abuso psicológico que consiste en la manipulación sistemática de la información que se suministra a otra persona. Así se va entretejiendo una red de mentiras, medias verdades, secretos y decepciones que generan un visión distorsionada de la realidad. Normalmente se hace con el fin de ocultar una situación de maltrato generalizado. Suele ocasionar un daño grave en la autoestima, incluso a hacer que la víctima llegue a cuestionar su propia cordura. El nombre viene de la obra de teatro Gas Light y de sus adaptaciones al cine.
10. Secretos - La cuestión de si se deben guardar secretos a nuestra pareja es sumamente delicada. Por un lado, todo el mundo tiene derecho a su privacidad; algunas cosas son tan íntimas que absolutamente nadie debe conocerlas. Por otro lado, el ocultar determinadas cosas que nuestra pareja tiene derecho a conocer para su propia seguridad puede ser equivalente a mentir por omisión. Los casos más claros son los de las enfermedades de transmisión sexual y la infidelidad.
11. Invadir la privacidad - Ésta es la otra cara de la moneda de los secretos. Todos tenemos derecho a revelar cosas de nosotros mismo si queremos, cuándo queramos y cómo queramos. También tenemos derecho a que lo que contamos a alguien no se transmita a terceras personas sin nuestro consentimiento. Como decía antes, no es legítimo guardar en secreto algunas cosas, pero eso no quiere decir que esté bien usar la fuerza o la coacción para forzarnos a desvelar un secreto. Un ejemplo de invasión de privacidad desgraciadamente frecuente hoy en día es buscar información en un móvil o en un ordenador sin permiso.
12. Quejas y reproches - Quejarse es algo normal y si algo no funciona bien en la pareja es esencial para la buena comunicación el decirlo. Pero hay muchas formas de decir las cosas. Cuando las quejas y los reproches se hacen con la intención de hacer que la otra persona se sienta culpable y avergonzada, entramos en el terreno del maltrato emocional. Los problemas hay que plantearlos en el momento adecuado, preferiblemente con tiempo de sobra para hablar sobre ello, sin ira y sobre todo sin ánimo de herir y ofender. Como en muchas otras cosas, la cantidad importa: una sarta interminable de reproches es indiscutiblemente abusiva. También hay que prestar atención a dos vicios relacionados con esto. El primero es el de ofenderse fácilmente, el estar a la que salta, de forma que la otra persona se tenga que estar autocensurando constantemente. Obviamente, la buena comunicación no puede darse así. El otro es el victimismo, el presentarse como víctima de abuso cuando en realidad no se es. Una de las mayores ironía del abuso psicológico es que el maltratador suele presentarse como víctima, incluso estar convencido de que lo es.
13. Avergonzar - La vergüenza, incluso más que la culpa, es la emoción más destructiva de la autoestima. Sólo hay que pensar en todos los casos de adolescentes homosexuales que son llevados al suicidio por la vergüenza que evocan en ellos sus padres, su comunidad religiosa o sus compañeros de clase. Por eso, una de las formas más corrientes de maltrato emocional son los comentarios degradantes y las críticas continuas. Incluso la falta de alabanza cuando es merecida puede minar la autoestima de una persona. Si la persona a la que amamos no es capaz de reconocer nuestros méritos, ¿quién lo va a hacer? Un caso extremo es el llamado “cyber-bullying”, ciberacoso o acoso virtual: el acoso en las redes sociales de personas a base de avergonzarlas en público.
14. No disculparse - Todos tenemos que saber disculparnos, ya que todos cometemos errores. Una disculpa a tiempo puede significar la diferencia entre una pelea conyugal que se resuelve satisfactoriamente y otra que deja cicatrices emocionales para toda la vida. También puede suponer la diferencia entre percibir un error como un acto abusivo o como algo que se hizo sin malicia. La disculpa suele entrañar el reconocernos culpables del daño que hemos hecho, pero aunque no lo seamos todavía podemos disculparnos simplemente por haber participado en algo que hizo sufrir a quien amamos. Cuando en una pareja una persona se disculpa a menudo y la otra nunca es que algo marcha mal.
15. No perdonar - Las disculpas deben ser aceptadas, ya que el no hacerlo mina la dignidad de la persona que se ha disculpado. Esto no quiere decir que todo deba o pueda ser perdonado. De hecho, en muchas situaciones de maltrato nos encontramos con una forma patológica de perdón basada en la codependencia: la víctima constantemente perdona al maltratador, incluso inventando las disculpas más inverosímiles para el maltrato. Por lo tanto, una condición indispensable para perdonar debe ser que el acto a perdonar haya terminado ya. No se puede perdonar a quien persiste en su conducta. Pero, por otra parte, el no otorgar el perdón merecido puede convertirse en maltrato emocional al perpetuar el sentimiento de culpa de quien lo pide. Quizás lo más apropiado a hacer cuando no se puede perdonar a alguien es romper la relación, en vez de continuarla en la situación de desequilibrio de poder que supone el sentimiento de culpa. Una variante de este tema es cuando las disculpas son aceptadas pero utilizadas en el futuro una y otra vez para recordarle su culpabilidad a quien las ofreció. Esta manipulación de la disculpa es incompatible con el perdón sincero. Hay que saber pasar página.
16. Aislamiento social - En las sectas, una técnica muy común para crear dependencia emocional es la de separar a sus adeptos de su entorno de familia y de amigos. La víctima pierde así los elementos de referencia que le permitirían escapar de la adoctrinamiento de la secta. En una pareja se puede dar una situación similar cuando se quiere separar a la otra persona de sus amigos, normalmente por celos.
17. Presión social - También puede darse el caso de que una de las personas de la pareja se vea absorbida por los amigos y familiares de la otra, que por supuesto tendrán una opinión sesgada en caso de conflicto. La presión social también puede tomar la forma de normas culturales que favorecen a una persona más que a la otra. El machismo es un ejemplo de esto, como cuando la sociedad ve normal que el hombre controle el comportamiento de la mujer. Otro caso es cuando una de las personas de la pareja quiere practicar el BDSM o el poliamor, y la otra persona usa la normativa cultural para impedírselo. A veces esto toma la forma de lo que se denomina en inglés “slut-shaming” (“avergonzar a la zorra”), que consiste en provocar vergüenza a una mujer por su comportamiento sexual contraviniendo normas culturales.
18. Sabotaje - Hay veces en que no se respetan las obligaciones laborales, familiares y sociales de la otra persona en la pareja, de tal manera que se la perjudica indirectamente al impedirle cumplirlas. El caso más típico es cuando una pelea de pareja nos deja tan alterados que no podemos concentrarnos en el trabajo. En ese caso el sabotaje es involuntario e indirecto. Un paso más hacia una relación de maltrato es cuando alguien tiene tan poco respeto y consideración hacia su pareja que no pone el mínimo cuidado en respetar sus horarios de trabajo o el tiempo que le dedica a la familia o los amigos, apropiándose de todo ese tiempo y atención, por ejemplo, forzando citas o conversaciones telefónicas en momentos inoportunos. En situaciones extremas de abuso, el maltratador interfiere directamente con el trabajo o el entorno social de su víctima con acciones dedicadas directamente a destruirlos. Conozco el caso de un marido que llamó al jefe de su mujer diciéndole que ella dejaba el trabajo, en contra de los deseos de ella.
Supongo que muchas de estas cosas os resultarán familiares, bien porque las hayáis sufrido, bien porque las hayáis hecho. Desgraciadamente, son conductas usuales en la pareja. Al confeccionar esta lista no pretendo provocar ninguna caza de brujas. Hay que evitar caer en la auto-culpabilización, el miedo y la vergüenza que, al fin y al cabo, son la base del daño emocional que tratamos de evitar. Todos hemos tenido peleas de parejas en las que hemos intentado asustar y herir a la persona a la que amamos. Este tipo de peleas no deben considerarse como algo normal. Van dejando cicatrices que van socavando la relación, sentando la base para peleas posteriores y volviéndola cada vez menos saludable.
Estas formas de maltrato pueden llevarlas a cabo tanto hombres como mujeres. No quiero entrar aquí a discutir si se da más en un género que en el otro, aunque está claro que al ocurrir en una sociedad sexista hay que tener en cuenta el desequilibrio de poder que esto supone. Quizás los hombres seamos más dados a algunas formas de maltrato, como la coacción, el asustar y la incomunicación, y las mujeres a otras, como el chantaje emocional, los reproches y la presión social. Esto resultaría muy difícil de cuantificar.
Lo que sí me parece importante es señalar que en muchos casos el maltrato es mutuo, aun cuando es desigual. Es decir, que aunque una persona maltrate más que la otra, el contraataque y la venganza no están ni justificados éticamente ni suelen resultar efectivos. En la pareja, esto suele llevar a una intensificación del conflicto en una espiral de abuso creciente que acaba por convertir la relación en tóxica. Lo mejor que puede pasar en estos casos es que se llegue a la ruptura. Sin embargo, hay veces que se acaba por aceptar esta situación como normal: las dos personas están tan obcecadas en la búsqueda de poder que carecen de la claridad mental para salir de esa dinámica.
Claro que cuando estas conductas son profundas, maliciosas y generalizadas, con un profundo desequilibrio de poder entre las dos personas, se llega al abuso psicológico. Al contrario que el maltrato físico, el psicológico no deja marcas ni heridas, por lo que es insidioso y difícil de detectar. A menudo se desarrolla gradualmente y viene acompañado de situaciones de dependencia emocional, de forma que la víctima no reconoce su situación. Puede producir serios daños en la autoestima e incluso llevar al suicidio.
A cada cual le corresponde examinar cuidadosamente su conducta para ir eliminando todo elemento de maltrato. Cuando alguien nos abre el corazón eso lo vuelve extremadamente vulnerable, no debemos traicionar la confianza que se deposita en nosotros haciendo daño. El que lo hagamos de forma inconsciente o por ignorancia no nos disculpa. Si queremos que se nos ame de verdad, debemos aprender a amar. Y eso consiste en hacer feliz a nuestra pareja, no en hacerla sufrir.
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lunes, 9 de noviembre de 2015
El Muro de Palabras
Las palabras sirven para comunicarse y la comunicación es esencial en toda relación. Sin embargo, a menudo se usan como armas para atacar a la pareja o a otras personas. En mi vida me he tropezado con demasiada frecuencia con lo que voy a llamar el Muro de Palabras: una persona que habla de forma agresiva durante largos periodos de tiempo de manera que la otra persona se ve obligada a escuchar en silencio y no tiene tiempo de argüir a su favor.
Funciona de la siguiente manera. La persona empieza a hablar y no para por un largo rato, a menudo a base de dar detalles innecesarios y de repetir lo mismo una y otra vez. Si la otra persona la interrumpe, se quejará enardecidamente de la interrupción y luego continuará con su perorata. Sin embargo, usa un doble rasero en lo que concierne a las interrupciones, porque cuando la otra persona consigue finalmente abrir la boca se verá interrumpida enseguida por otra larga diatriba del que lleva la voz cantante, quien súbitamente ha sentido la necesidad imperiosa de clarificar algo que la otra persona acaba de decir. En los casos más extremos que he encontrado del Muro de Palabras, se producía algún silencio ocasional pero en el momento que abría la boca para decir algo mi interlocutor se ponía inmediatamente a hablar al mismo tiempo que yo, bloqueando lo que intentaba decir. De hecho, el Muro de Palabras puede llevar a una situación en la que los dos hablan simultáneamente, una persona intentando desesperadamente hacerse oír y la otra bloqueándola.
El Muro de Palabras es más difícil de implementar en grupo, pero aun así he visto a una persona tomar el control de una reunión, impidiendo hablar a personas con opiniones contrarias a base de usar su autoridad como coordinadora para darse todo el tiempo de intervención a sí misma.
Quien usa el Muro de Palabras intenta, consciente o inconscientemente, bloquear la comunicación de la otra persona. No está interesado en escuchar, sólo en sermonear. El objetivo es crear un desequilibrio de poder en el que él adopta el papel de un superior sermoneando a un subordinado, como si fuera un adulto riñéndole a un niño o un jefe dándole una reprimenda a su empleado. De hecho, el contenido del discurso en el Muro de Palabras a menudo está lleno de acusaciones. Otras veces quien lo usa se presenta como víctima y el Muro de Palabras se erige bajo la excusa de defenderse contra el presunto maltrato de la otra persona. Por supuesto, puede ser verdad que hay una situación de abuso, pero la manera de evitarla no debería ser el impedirle al presunto maltratador comunicarse. En realidad, el Muro de Palabras es una forma de abuso psicológico en la que el desequilibrio de poder creado por el hecho de que una persona puede hablar y la otra no puede terminar minando la autoestima de la persona silenciada. A menudo, quien lo usa elabora una larga lista de acusaciones que la persona silenciada no tiene posibilidad de refutar. En el peor de los casos, a las acusaciones se le suman amenazas, añadiendo el miedo a las emociones negativas de la culpa y la vergüenza.
¿Qué podemos hacer cuando nos enfrentamos a un Muro de Palabras? No es nada fácil, pues el Muro de Palabras de por sí impide cualquier solución basada en la comunicación. Ahí van algunas ideas:
1. Pídele a una tercera persona que medie en la conversación. Lo mejor es que el mediador esté enterado del problema para así poder arbitrar igualdad de tiempo para hablar. Sin embargo, hay que tener en cuenta de que quien está acostumbrado a usar el Muro de Palabras intentará meter al mediador en su dinámica con protestas de que se le trata injustamente, y al final puede terminar bloqueando la comunicación del propio mediador.
2. Vete. A veces una persona usa el Muro de Palabras sólo cuando está irritada o a la defensiva. En esos casos, postergar la conversación para otro momento donde los ánimos están más calmados soluciona el problema. También puede ser que el intentar hablar con alguien que usa el Muro de Palabras simplemente no valga la pena, pues continuar la conversación en esas circunstancias es una afronta a la dignidad de la persona silenciada.
3. Pregúntate si tú eres parte del problema. Por supuesto, el Muro de Palabras es abusivo, pero a veces se puede usar como mecanismo de defensa contra algo que puedes estar haciendo tú. Obviamente ella no quiere escucharte, pero quizás lo haga por miedo a que algo que puedas decirle vaya a herirla. Aunque tú no uses el Muro de Palabras, eso no te impide soltar amenazas o acusaciones.
4. Usa una palabra de seguridad para indicarle a una persona dada a usar el Muro de Palabras que lleva hablando demasiado tiempo y que le ha llegado el turno de escucharte. Por supuesto, esto depende de que esa persona haya reconocido el problema.
5. Señala el problema diciendo “estás usando un Muro de Palabras”. A menudo el inventar un nombre para un problema ayuda mucho a reconocerlo. Palabras como “sexista”, “homofóbico” y “chantaje emocional” han funcionado muy bien como señales de situaciones de maltrato.
Si se te ocurren algunas otras soluciones, por favor indícalas en los comentarios.
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lunes, 31 de agosto de 2015
No, no me he olvidado del blog...
Una foto de mis vacaciones: puesta de sol en un puerto de Córcega |
Bueno, todas esas razones cuentan pero debo ser sincero, hay una de más peso, algo que me ha tenido apartado del blog y de mis novelas desde el principio de verano. Una razón de mucho peso...
Me he enamorado.
Suena un poco raro, ¿verdad? El enamorarse es algo propio de la juventud, no algo que se espera de un hombre 58 años... ¡Y encima casado! Os preguntaréis si me he separado de mi mujer, si hemos iniciado ya los trámites del divorcio... Pues no, no hay nada de eso. De hecho, mi querida esposa acaba de llegar de su cita con mi amante. Por lo que me cuenta, salió bien. No es que se hayan hecho amigas, de momento, pero no ha habido celos ni se han agarrado de los pelos.
Son cosas del poliamor.
Veréis, cuando escribo aquí sobre poliamor no lo hago desde un punto de vista exclusivamente teórico. El poliamor es mi estilo de vida, mío y de mi mujer. No es que las cosas vayan siempre como la seda. Cuando conocí a mi nueva amante, en junio, el enamoramiento mutuo fue tan fuerte que a mi esposa se le descabalaron un poco las cosas. Es que el enamorarse tiene bastante de locura, y siempre es desconcertante ver a la persona que tienes más cerca perder un poco los cabales. Pero con mucha comunicación y mucho amor (que no es lo mismo que el enamoramiento, por cierto), todo se puede encauzar y las relaciones salen reforzadas.
Sin duda os estaréis preguntando quien es esta mujer capaz de llevarme a esta loca aventura. Lo siento pero no os puedo dar detalles de ella, ya que le importa mucho su privacidad. No os puedo decir lo guapa que es, hablaros de su fortaleza y de su inteligencia. Por muchas ganas que me entren.
Lo que sí puedo deciros es que me considero muy afortunado de poder enamorarme, de comprobar que las aventuras románticas y sexuales no se han acabado todavía para mí. Y me siento doblemente afortunado de tener una compañera de toda la vida a mi lado a quien le puedo contar lo que siento sin inspirarle celos, sino alegría y complicidad en poder compartir mi aventura conmigo. Como yo comparto sus aventuras.
El poliamor es algo verdaderamente maravilloso.
domingo, 10 de mayo de 2015
¿Por qué sentimos vergüenza?
Desde hace un tiempo siento una gran fascinación por las emociones, quizás porque estoy convencido de que contribuyen en gran medida a nuestra felicidad. De hecho, es frecuente confundir la alegría (que no es más que una emoción) con la felicidad (que es un estado profundo de ser que transciende a las emociones). No voy a entrar aquí en definir la felicidad, sólo apuntar que depende en gran medida de sentir emociones positivas, como la alegría y el amor, y el limitar nuestras emociones negativas, como el temor, la ira y la tristeza.
Un grupo de emociones particularmente importantes son aquellas que están relacionadas con cómo nos percibimos a nosotros mismos y cómo nos perciben los demás. Por esa razón se denominan en inglés “self-conscious emotions” (Muris and Meesters, 2014): emociones de la consciencia del ser. Normalmente se nombran tres: la culpa, la vergüenza y el orgullo; pero existen otras relacionadas con ellas: la dignidad, la soberbia, el arrepentimiento, el ridículo y el humor. El orgullo, la dignidad y la soberbia son emociones positivas que nos hacen sentirnos bien con nosotros mismos, mientras que la culpa, el arrepentimiento y la vergüenza son emociones negativas que disminuyen nuestra autoestima.
En particular, la vergüenza es una poderosa emoción con una tremenda capacidad para hacernos daño, pudiendo llevar incluso al suicidio (Lester, 1997, Werbart Tornblom et al., 2015). También se ha visto que el desorden de estrés post-traumático (PTSD) no sólo está causado por el miedo, sino que tiene importantes componentes de culpa y vergüenza (Lee et al., 2001, Wilson et al., 2006). El comprender la vergüenza es también esencial en la lucha por las libertades sexuales y la igualdad. Tanto el “estar en el armario” como el que nos saquen de él a la fuerza (“outing” en inglés) tienen profundos efectos en la autoestima debido a la vergüenza que conlleva que no nos ajustemos a la normativa de la sociedad (Chekola, 1994).
¿Por qué existe la vergüenza? La clave de la supervivencia de los seres humanos es nuestra habilidad de vivir en grupos sociales. En el entorno en el que evolucionó nuestra especie, una persona sola sería incapaz de encontrar alimento y defenderse de los predadores para sobrevivir. Es a base de vivir en grupos como los humanos hemos sido capaces de conquistar casi todos los ecosistemas de la superficie terrestre. Sin embargo, el funcionamiento armonioso de una sociedad humana requiere que se respeten una ciertas reglas que establecen la cooperación mutua, de tal manera que todo el mundo contribuya y nadie se beneficie indebidamente del esfuerzo de otros. También hace falta que haya frenos a la agresividad y que se establezcan jerarquías que hagan que las opiniones y los actos de los individuos con mayor éxito y experiencia se valoren más que las de los demás.
El orgullo, la culpa y la vergüenza son emociones que evolucionaron para hacer que estas reglas sociales estén arraigadas en las profundidades de nuestro psiquismo (Breggin, 2015). Así, la culpa y el arrepentimiento cumplen la función de evitar que se rompan normas sociales y que reparemos el daño causado cuando lo hacemos. La vergüenza y la humillación aparecen frecuentemente asociadas con ataques que nos hacen perder nuestro atractivo social (Gilbert, 1997). Otros investigadores señalan que el orgullo y la vergüenza son señales sociales que benefician tanto a quien las expresa como a quien las observa (Martens et al., 2012). En particular, el mostrar vergüenza puede servir para apaciguar a los otros tras una transgresión social y así evitar o paliar el castigo. Por otro lado, la vergüenza desempeña un papel esencial en la regulación de la conducta social y es uno de los incentivos más fuertes para cambiarse a uno mismo (Lickel et al., 2014). Por ejemplo, el avergonzar al maltratador puede servir para mitigar o poner fin a situaciones de abuso doméstico y acoso sexual. Se ha visto que la vergüenza es fundamental en el tratamiento de personas que abusan sexualmente de niños (Proeve and Howells, 2002).
¿Pero entonces por qué existe la vergüenza como emoción distinta de la culpa? Mientras que la culpa es principalmente un freno a la agresividad y al egoísmo, la vergüenza y su emoción opuesta, el orgullo, actúan como incentivos para la cooperación. El orgullo nos señala un aumento en nuestro status social cuando tenemos éxito, mientras que la vergüenza opera como una señal de alarma que nos advierte que disminuye la estima con que se nos tiene en el grupo. En el entorno evolutivo, la capacidad de una persona para alimentarse y reproducirse debía estar estrechamente asociada a este estatus social, lo que explicaría que la vergüenza esté profundamente arraigada en el funcionamiento de nuestro cuerpo. Por ejemplo, la vergüenza produce rubor, que una respuesta automática del sistema cardiovascular. También produce importantes efectos negativos en el sistema hormonal, como un aumento en la hormona de estrés cortisol, y en el sistema inmune, como un aumento en las citoquinas pro-inflamatorias (Dickerson et al., 2004).
Resulta interesante analizar algunas emociones relacionadas con la vergüenza: la dignidad, la humillación, el ridículo y el humor. Podríamos decir que la dignidad es la manifestación externa del orgullo en nuestro comportamiento. Sin embargo, la dignidad puede ser mentirosa: podemos comportarnos de forma digna aunque por dentro no nos sintamos orgullosos. Si hacemos esto, a menudo la gente que nos rodea intentará desenmascararnos, exponiendo nuestra falta de autoestima al dejarnos en ridículo. El ridículo es, por lo tanto, una pérdida de dignidad que conduce al humor… Cuando el petulante gallito se cae en un charco, todo el mundo se ríe. Cuando una persona con buena autoestima se ve en una situación de ridículo reacciona uniéndose al regocijo general, riéndose de sí mismo. Paradójicamente, esto tiene el efecto de rescatarlo del ridículo. Por el contrario, una persona con baja autoestima intentará mantener su dignidad a toda costa: el petulante gallito se levanta del charco y se ajusta la ropa mojada, muy serio, pretendiendo que no ha pasado nada. El resultado son más risas.
Por otro lado, la humillación y el avergonzar son técnicas muy comunes tanto en el abuso psicológico como en el control de la gente por el poder religioso y político. Por lo tanto, hace falta desarrollar estrategias para desenmascarar esas campañas de humillación masiva. Una de esas estrategias es dar connotaciones positivas a palabras que se usan para humillar, como se hizo en inglés con las palabras “gay”, “slut” (“guarra”) y “pervert” (“pervertido”). En particular, “slut” se aplica ahora a ambos sexos, no sólo a las mujeres, y ha pasado a denominar a una persona liberada sexualmente con un poderoso eroticismo. También se usa en la expresión “slut shaming”, con la que se denuncia la actitud de querer avergonzar a una mujer por su conducta sexual. Por otro lado, neologismos como “homofobia”, “misoginia”, “misandria”, “sexo-negativo” y “erotofobia” se pueden usar para avergonzar a los opresores, exponiendo sus actitudes de odio y de miedo irracional.
En resumen, creo que comprender la emoción de la vergüenza es fundamental tanto por el papel que desempeña en nuestra salud física y mental como por su capacidad para ser usada para el abuso psicológico y la opresión cultural.
Referencias
Chekola M (1994) Outing, truth-telling, and the shame of the closet. J Homosex 27:67-90.
Dickerson SS, Gruenewald TL, Kemeny ME (2004) When the social self is threatened: shame, physiology, and health. J Pers 72:1191-1216.
Gilbert P (1997) The evolution of social attractiveness and its role in shame, humiliation, guilt and therapy. Br J Med Psychol 70 ( Pt 2):113-147.
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Lickel B, Kushlev K, Savalei V, Matta S, Schmader T (2014) Shame and the motivation to change the self. Emotion 14:1049-1061.
Martens JP, Tracy JL, Shariff AF (2012) Status signals: adaptive benefits of displaying and observing the nonverbal expressions of pride and shame. Cogn Emot 26:390-406.
Muris P, Meesters C (2014) Small or big in the eyes of the other: on the developmental psychopathology of self-conscious emotions as shame, guilt, and pride. Clin Child Fam Psychol Rev 17:19-40.
Proeve M, Howells K (2002) Shame and guilt in child sexual offenders. Int J Offender Ther Comp Criminol 46:657-667.
Werbart Tornblom A, Werbart A, Rydelius PA (2015) Shame and Gender Differences in Paths to Youth Suicide: Parents' Perspective. Qual Health Res.
Wilson JP, Drozdek B, Turkovic S (2006) Posttraumatic shame and guilt. Trauma Violence Abuse 7:122-141.
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domingo, 15 de febrero de 2015
Misandria: odio al hombre
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Bart Simpson escribe en la cabeza de su padre: "insertar cerebro aquí" |
Tendría que haber sido obvio desde el principio, pero parece ser que una buena parte de las feministas han tardado décadas en darse cuenta de que no se pueden resolver los problemas de las mujeres sin contar con los hombres. Por fin asistimos a un clamor por poner fin a la guerra de los sexos, como lo hizo la actriz Emma Watson al lanzar la campaña feminista HeForShe con su discurso en las Naciones Unidas
En él dice, entre otras cosas: “Cuanto más he hablado sobre feminismo, más me he dado cuenta de que la lucha por los derechos de la mujer a menudo se ha convertido en sinónimo de odio a los hombres. Si hay algo de lo que estoy segura, es que esto tiene que acabar.” “Mi investigación reciente me ha mostrado que el feminismo se ha convertido en una palabra impopular.” “He visto el papel de mi padre ser menos valorado por la sociedad a pesar de que de niña yo necesitaba su presencia tanto como la de mi madre. He visto hombres jóvenes sufrir enfermedades mentales y ser incapaces de pedir ayuda por miedo de parecer menos macho (…). He visto hombres frágiles e inseguros a causa de un sentido distorsionado de lo que constituye el éxito masculino. Los hombres tampoco gozan del beneficio de la igualdad.”
Todo eso está muy bien, pero también haría falta hablar de cómo muchas versiones del feminismo han fomentado la misandria, el odio al hombre. Porque, en definitiva, lo que hace que muchos hombres no se apunten a la causa es que se han visto atacados por el feminismo una y otra vez. Se preguntan, con razón, si apoyando al feminismo no están yendo contra sus propios intereses. Claro que el feminismo no es la única fuente de misandria. Ni siquiera la encontramos sólo en las mujeres; tristemente, parece haber muchos hombres que detestan la condición masculina. Por ejemplo, el otras veces brillante científico Jared Diamond toma una actitud extrañamente misándrica en su libro “Why Is Sex Fun?”. En uno de sus capítulos, basado en sus experiencias con tribus de Nueva Guinea, nos viene a decir que los hombre nos sirven para nada.
Por favor, no nos metamos en discusiones estériles sobre qué es peor, si la misoginia o la misandria, como si tuviéramos que elegir entre ellas. Las dos actitudes son inmorales e incluso se refuerzan mutuamente. Odiar a los hombres no remedia en modo alguno el odio a las mujeres. Como pasa con todas las guerras, la guerra de los sexos al final daña a todos. Cuando se nos ataca a los hombres es más fácil que nos atrincheremos en actitudes defensivas y racionalicemos el machismo, de la misma forma que el degradar y explotar a las mujeres las puede llevar a apoyar posturas hembristas de odio a los hombres.
Como pasa con la misoginia, la misandria suele aparecer en formas muy sutiles e insidiosas, en frases hechas y estereotipos culturales que se aceptan de manera irreflexiva. A pesar de lo que decía antes de que la guerra de los sexos daña también a las mujeres, no faltarán feministas que quieran negar la existencia de la misandria en nuestra sociedad. Para que resulte más fácil identificarla, hago a continuación una lista de sus manifestaciones más frecuentes.
1. Denigrar el deseo sexual del hombre. ¿Cuántas veces hemos oído expresiones como éstas? “Los hombres piensan con la polla”. “Los hombres sólo piensan en una cosa”. “Los hombres son unos cerdos”. “Sí, dice que quiere ser tu amigo, pero lo único que quiere es follarte”. “Es un viejo verde”. Todas ellas insinúan que el que los hombres sientan deseo sexual por las mujeres en algo vergonzoso. Ciertas feministas de la segunda ola veían el deseo masculino como intrínsecamente explotador de la mujer y buscaron reprimirlo. Esta actitud persiste hoy en día en críticas hacia la pornografía y en nuevas leyes que buscan perseguir a los clientes de las prostitutas. En esto el feminismo anti-porno se da la mano con las actitudes represivas de las religiones tradicionales: el hombre debe desear sólo a su esposa, todo lo que se desvíe de eso es malo. En su forma más virulenta, esta actitud se combina con el desprecio por la edad (“edadismo”) para condenar el que un hombre maduro se sienta atraído por mujeres jóvenes. Las nuevas ideologías sexo-positivas celebran sin reparos la sexualidad femenina en todas su versiones, pero a menudo no queda claro si la sexualidad masculina merece el mismo trato. Por supuesto, el deseo sexual no justifica en modo alguno la agresión y la explotación de las mujeres, pero hay que enfatizar que lo que es malo no es el deseo en sí, sino las conductas que dañan al prójimo.
2. “Todos los hombres son violadores”. O, dicho de forma más suave, el culpar a todos los hombres de las agresiones a las mujeres que realizan algunos. Esto dio lugar al hashtag #NotAllMen en internet y a su respuesta con #YesAllWomen (que explica que todas las mujeres son víctimas de misoginia en mayor o menor medida). La controversia en torno a esas hashtags se basa en que en medio de una conversación sobre como las mujeres son víctimas de agresión, un hombre suele interrumpir diciendo “yo no hago eso”, “no todos los hombres somos así”, o algo por el estilo. Las feministas critican esto porque el interrumpir a una mujer es un signo de actitudes machistas, que además en este caso sirve para desviar el tema de la conversación, cambiando el foco de las mujeres a los hombres. Sin embargo, creo que si en una conversación sobre agresión a mujeres se implica que todos los hombres son agresores, esto es sexismo anti-hombre y debe de ser señalado inmediatamente. A fin de cuentas, tales conversaciones no se dan en un vacío cultural, sino en el contexto de una larga historia de escritos feministas que condenan a todos los hombres por agredir o explotar a las mujeres. Culpar a alguien por lo que es (hombre) y no por lo que hace (agredir) es la injusticia fundamental que forma la base de toda actitud sexista. Una cuestión relacionada con esto es que la mujer vea a un hombre desconocido como un potencial agresor. El tener esto presente es un simple cuestión de prudencia, pero se debe tener cuidado de no traducir es actitud interior de cautela en una actitud exterior de sospecha. Dicho de otra manera, una mujer tiene derecho a comportarse de forma que proteja su propia seguridad, pero es insultante hacer ver a los hombres con quienes se relaciona que son sospechosos inmediatos de ser violadores.
3. “Los hombres oprimen a las mujeres”. Cuando se habla de opresión de la mujer, muchas feministas lo hacen como si dieran por sentado que son los hombres quienes oprimen a las mujeres. Eso no es verdad, lo que oprime a las mujeres son una serie de normas y prácticas culturales a las que se les ha llamado “el patriarcado”. El patriarcado no son los hombres. De hecho, muchas mujeres han apoyado y siguen apoyando al patriarcado, mientras que muchos hombres luchamos contra él.
4. “La testosterona es veneno”. He oído muchas veces esta frase en círculos progresistas. La testosterona, lejos de ser un veneno, es una hormona esencial para el funcionamiento normal del cuerpo de los hombres y de las mujeres. Aunque más abundante en los hombres, en los dos sexos produce deseo sexual, ayuda al desarrollo muscular y disminuye el dolor, aparte de desmpeñar muchas otras funciones. Por supuesto, la frase se usa como metáfora para rechazar la agresividad natural del hombre. Pero no debemos confundir agresividad con violencia. La agresividad es necesaria para superarnos en los deportes, en el estudio y en el trabajo. Nos permite movilizar nuestra energía para realizar un esfuerzo intenso y prolongado. De hecho, el feminismo ha promulgado un tipo de mujer más agresiva y menos pasiva que el que impone el patriarcado. Una cierta dosis de agresividad sana es buena tanto en el hombre como en la mujer.
5. Des-empoderar a los hombres. A veces se sugiere que el darles poder a las mujer significa quitárselo a los hombres. Esto sería injusto, ya que cada cual tiene derecho a tener control sobre su vida, a su independencia y autonomía, y a desarrollar sus capacidades creativas al máximo posible. El tener poder no significa quitárselo a otro. Esto sólo se da en relaciones basadas en la explotación o en la competencia, y yo creo en una sociedad basada en la cooperación y la solidaridad en todos los ámbitos. Nuestra lucha debe encaminarse a conseguir ese tipo de sociedad, no a establecer el poder de un grupo sobre otro. Yo encuentro esta forma de misandria, por ejemplo, en la manía que les ha dado a algunas de criticar a los machos alfa. La realidad es lo contrario, y muchas mujeres se sienten atraídas por hombres poderosos, no necesariamente los triunfadores en la política o los negocios, sino también los que destacan por su inteligencia y por sus estudios.
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Personajes de Futurama: Fry, Bender y Leela |
6. El estereotipo del hombre estúpido, perezoso y bruto. Últimamente nos lo encontramos en muchas películas y series de televisión. El ejemplo más claro es Homer Simpson, un ser de poca inteligencia dado en decir y hacer las mayores estupideces. Su hijo, Bart, es mal estudiante y un gamberro nato. Por el contrario su hija Lisa es una alumna superdotada aficionada a la ciencia y a quien le gusta ponderar cuestiones filosóficas y resolver problemas sociales. Este contraste entre hombre estúpido y mujer brillante lo encontramos en la otra serie de dibujos animados de Matt Groening, Futurama, en la que Fry es un joven repartidor de pizza parangón de la ignorancia a ultranza, mientras que su contraparte femenina, la mutante Leela, es una piloto de naves espaciales brillante, valiente y aventurera. El estereotipo del hombre tontorrón aparece en muchas otras partes, como en películas como “Dumb and Dumber”.
7. El estereotipo del hombre falto de afectividad y compasión. Esto es algo que hemos heredado del viejo machismo, pero que se sigue perpetuando. Christian Grey, el protagonista de las infames “50 Sombras” , responde bastante bien a él. Pero también está presente en el sinfín de héroes y super-héroes masculinos que la industria del cine ha producido en masa durante todo el siglo 20. Hay que tener cuidado, de todas formas, cuando emerge en círculos progresistas y feministas para quitarnos voz a los hombres en base a que no tenemos la suficiente inteligencia emocional para comprender determinadas cuestiones. También se usa para reforzar la imagen que describía antes del hombre demasiado agresivo y violador en potencia.
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Mensaje "sutil" de violencia al hombre en un colectivo feminista |
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jueves, 8 de enero de 2015
Cómo escribir una buena historia erótica - La trama
Toda historia consta de cuatro elementos fundamentales: trama, personajes, entorno y mensaje. A ellos se les podría añadir el estilo con que se escribe, que estaría condicionado por estos cuatro elementos. En este artículo voy a referirme sólo a la trama, con la esperanza de ir abordando los otros elementos en artículos sucesivos.
La trama es lo que pasa en la historia, la serie de eventos que llevan desde la situación inicial al apogeo y a su resolución al final. La clave de la toda trama es el conflicto, que mueve a la historia y crea suspense. Sin conflicto una historia carece de energía, se convierte en una cosa tras la otra sin dirección ni sentido. No hay emoción y el lector se aburre.
Uno de los errores más comunes en las historias eróticas es que falta conflicto. Esto es así porque el sexo es tan excitante que el escritor comete el error de pensar que el sexo de por sí puede sacar adelante la historia. Esto puede llegar a funcionar en una historia corta, pero cuando esto se intenta aplicar a una novela la convierte en una serie de escenas de sexo inconexas. Muchas novelas victorianas son así: sirven para masturbarse con cada escena erótica pero no valen nada como historia. Sin embargo, en la vida real el sexo y las relaciones amorosas están llenas de conflictos que si se introdujeran en una novela crearía una trama estupenda.
Sin embargo, crear conflicto no es nada fácil. Esto se debe en parte a que en la vida real nos hemos acostumbrado a desactivar todo conflicto para evitarnos problemas con la gente que nos rodea. En una historia, por el contrario, debemos aprovechar cualquier fuente de discordia para crearles problemas a los personajes. Como sucede tan a menudo en la vida real, debemos seguir el principio de que si algo puede salir mal, tiene que salir mal. Por supuesto, hacia la mitad de la historia deberemos buscar también formas de resolver los problemas que hemos creado para poder cerrar las tramas. O, si se trata de un drama, llevar a los problemas a su trágica conclusión final.
La mejor manera de crear conflicto es evocar nuestras emociones: ira, miedo, tristeza, deseo sexual… y ver qué imágenes nos evocan. También podemos empezar con un suceso de nuestra vida y darle más dramatismo. Sin embargo, hay que tener mucho cuidado con escribir sucesos autobiográficos de manera literal, pues si hay otras personas implicadas se pueden ofender e incluso ponernos un pleito… Sí, aunque cambiemos los nombres. Es mejor convertir en ficticios hechos y personas reales introduciendo suficientes cambios para borrar toda conexión clara con la realidad.
El conflicto puede ser de varios tipos:
1. “Los buenos luchando contra los malos” es el tipo más obvio de conflicto. En erótica nos encontraríamos con la típica historia de celos o con gente que reprime el amor o deseo sexual de los protagonistas.
2. “Gente buena con intereses contrapuestos” es un tipo más sutil y menos moralista de conflicto. Los personajes no son ni mejores ni peores que el común de los mortales, pero persiguen fines que son mutuamente incompatibles, lo que los hace enfrentarse. En una historia erótica nos encontramos con el amor o el deseo no correspondido, o con un triángulo amoroso donde nadie es particularmente malvado. Este tipo de trama puede servir para hacer reflexionar al lector, enfrentarlo a opciones éticas nada claras.
3. “Lucha contra un suceso externo” consiste en conflictos en los que el protagonista lucha contra algo impersonal, como un cataclismo natural, una guerra o un sistema represivo. En una historia erótica podríamos hacer que nuestra heroína busque su despertar sexual en un ambiente de represión.
4. El “conflicto interno” da lugar a las tramas más sutiles. Consiste en que el protagonista vive una lucha interior entre dos impulsos contradictorios. Se presta mucho a las historias de sexo, ya que es muy común tener resistencias internas al deseo sexual. También puede suceder que el protagonista luche contra la tentación de hacer algo no ético, como una atracción incestuosa o el deseo de abusar de alguien.
Una novela puede tener varios de estos conflictos simultáneamente, lo que hará aumentar su complejidad y originalidad. Una idea aún mejor es enhebrar los conflictos unos con otros, de manera que un conflicto externo se refleje en una pugna interior de algún personaje. De hecho, en mi trilogía Voy a romperte en pedacitos utilizo estos cuatro tipos de conflictos:
1. “Los buenos luchando contra los malos”. Los malos en este caso son el padre y el hermano de Cecilia, la protagonista, unos fachas que se oponen a su liberación sexual y se oponen a su relación con Julio.
2. “Gente buena con intereses contrapuestos”. Los distintos amigos de Cecilia entran en conflicto con ella; sobre todo Laura, quien llega a quererle arrebatar a su querido Julio. Más adelante, será el propio Julio quien se oponga a Cecilia.
3. “Lucha contra un suceso externo”. La novela tiene lugar en la España de la Transición, donde los restos reaccionarios del franquismo y la sociedad machista y represiva se convierten en un serio obstáculo en el camino de Cecilia. De hecho, la liberación sexual de Cecilia sirve como alegoría del cambio que tiene lugar en la sociedad española en este tiempo.
4. “Conflicto interno”. Desde el principio Cecilia tiene que luchar contra sus creencias religiosas y perjuicios morales que la impiden liberarse.
Otra cosa importante a tener en cuenta a la hora de crear una trama es que sea original. Se dice que todas las historias ya han sido contadas, porque en realidad todas se basan en un número relativamente pequeño de conflictos fundamentales. Por ejemplo, muchas historias de amor tienen una de estas tramas:
1. El triángulo amoroso: dos personas luchan por el amor de otra.
2. El despertar sexual: El o la protagonista descubre el amor y el sexo.
3. Amor trágico: El amor tiene lugar en unas circunstancias que lo hacen imposible, pero los protagonistas se aman a pesar de todo. Romeo y Julieta.
4. La Cenicienta: Una persona de bajo nivel social es elevada por otra. “50 Sombras de Grey” y un sinfín de novelas románticas cuentan la eterna historia de la chica pobre de quien se enamora un millonario o de un noble.
5. Venganza: La o el protagonista ha perdido su amor y busca vengarse tanto de su rival como de su ex-amor.
6. El amor no correspondido que al final se consigue, como en La Celestina y otras historias de seducción.
7. La búsqueda del Santo Grial. Para conseguir el amor, el o la protagonista tendrá que embarcarse en una misión imposible en la que demostrará ser digno de ese amor.
¿Seríamos capaces de escribir una historia erótica sin caer en alguno de estos tópicos? Las nuevas relaciones alternativas nos dan la oportunidad para ello. Por ejemplo, el BDSM nos permite crear historias de entrega, de perversión o en las que una situación aparentemente degradante sea aceptada al final. En realidad, ya existen muchas historias con estas temáticas. Otra posibilidad es hablar de relaciones homosexuales o bisexuales, o incluso de poliamor entre varias personas.
En términos estilísticos, hay dos formas de ir desarrollando una trama:
1. La exposición consiste en relatar lo que pasa como una visión en conjunto, presentando acontecimientos que se desarrollan a lo largo de un cierto periodo de tiempo o incluso prescindiendo de la secuencia temporal. Se trata aquí de presentar las ideas y sentimientos generales de lo que le ocurre a los personajes. Tiene las ventajas de poder transmitir una cantidad considerable de información en un espacio relativamente pequeño, y de hacer avanzar tramas que se desarrollan en un periodo largo de tiempo. La principal desventaja es que el lector se aleja de los personajes y pierde el contacto emocional con ellos.
2. La escena consiste en presentar la acción en tiempo real, como ocurre en las películas. Se escribe en forma de diálogo, o bien se presentan las acciones en una secuencia estrictamente temporal, tal y como suceden. Tiene la ventaja de tener más dinamismo y conseguir que el lector viva directamente las experiencias del protagonista.
Lo más corriente en una novela es alternar pasajes de exposición y escenas. El estilo literario anglosajón usa mucho las escenas y las separa claramente de la exposición. Por el contrario, el estilo hispánico tiende a usar más la exposición y difuminar su separación de las escenas.
¿Qué es lo mejor para la erótica? Yo creo que para que el sexo sea excitante debe de contarse en forma de escena: la escena de sexo. El lector es un voyeur, quiere ver lo que hacen los personajes en cada momento, oír lo que se dicen. Pero también es importante saber presentar las emociones que sienten los personajes, no sólo lo que hacen. Describir un acto sexual a secas sería más bien pornografía, mientras que la erótica nos metería más en la vida mental de los personajes. Pero a todo se le puede dar muchos matices. El sexo se puede presentar en toda una gama de emociones, desde el sexo mecánico, descarnado e incluso cruel al hacer el amor color de rosa. En cualquier caso, yo recomiendo no escribir escenas de sexo demasiado complicadas y recargadas, lo que suele ser el impulso del que se masturba: quiere que pase de todo. Mi regla es que una escena de sexo tenga como máximo tres elementos. Por ejemplo, bondage, azotaina y follada. Con eso hay más que de sobra, otras cosas se pueden guardar para una nueva escena.
La trama es lo que pasa en la historia, la serie de eventos que llevan desde la situación inicial al apogeo y a su resolución al final. La clave de la toda trama es el conflicto, que mueve a la historia y crea suspense. Sin conflicto una historia carece de energía, se convierte en una cosa tras la otra sin dirección ni sentido. No hay emoción y el lector se aburre.
Uno de los errores más comunes en las historias eróticas es que falta conflicto. Esto es así porque el sexo es tan excitante que el escritor comete el error de pensar que el sexo de por sí puede sacar adelante la historia. Esto puede llegar a funcionar en una historia corta, pero cuando esto se intenta aplicar a una novela la convierte en una serie de escenas de sexo inconexas. Muchas novelas victorianas son así: sirven para masturbarse con cada escena erótica pero no valen nada como historia. Sin embargo, en la vida real el sexo y las relaciones amorosas están llenas de conflictos que si se introdujeran en una novela crearía una trama estupenda.
Sin embargo, crear conflicto no es nada fácil. Esto se debe en parte a que en la vida real nos hemos acostumbrado a desactivar todo conflicto para evitarnos problemas con la gente que nos rodea. En una historia, por el contrario, debemos aprovechar cualquier fuente de discordia para crearles problemas a los personajes. Como sucede tan a menudo en la vida real, debemos seguir el principio de que si algo puede salir mal, tiene que salir mal. Por supuesto, hacia la mitad de la historia deberemos buscar también formas de resolver los problemas que hemos creado para poder cerrar las tramas. O, si se trata de un drama, llevar a los problemas a su trágica conclusión final.
La mejor manera de crear conflicto es evocar nuestras emociones: ira, miedo, tristeza, deseo sexual… y ver qué imágenes nos evocan. También podemos empezar con un suceso de nuestra vida y darle más dramatismo. Sin embargo, hay que tener mucho cuidado con escribir sucesos autobiográficos de manera literal, pues si hay otras personas implicadas se pueden ofender e incluso ponernos un pleito… Sí, aunque cambiemos los nombres. Es mejor convertir en ficticios hechos y personas reales introduciendo suficientes cambios para borrar toda conexión clara con la realidad.
El conflicto puede ser de varios tipos:
1. “Los buenos luchando contra los malos” es el tipo más obvio de conflicto. En erótica nos encontraríamos con la típica historia de celos o con gente que reprime el amor o deseo sexual de los protagonistas.
2. “Gente buena con intereses contrapuestos” es un tipo más sutil y menos moralista de conflicto. Los personajes no son ni mejores ni peores que el común de los mortales, pero persiguen fines que son mutuamente incompatibles, lo que los hace enfrentarse. En una historia erótica nos encontramos con el amor o el deseo no correspondido, o con un triángulo amoroso donde nadie es particularmente malvado. Este tipo de trama puede servir para hacer reflexionar al lector, enfrentarlo a opciones éticas nada claras.
3. “Lucha contra un suceso externo” consiste en conflictos en los que el protagonista lucha contra algo impersonal, como un cataclismo natural, una guerra o un sistema represivo. En una historia erótica podríamos hacer que nuestra heroína busque su despertar sexual en un ambiente de represión.
4. El “conflicto interno” da lugar a las tramas más sutiles. Consiste en que el protagonista vive una lucha interior entre dos impulsos contradictorios. Se presta mucho a las historias de sexo, ya que es muy común tener resistencias internas al deseo sexual. También puede suceder que el protagonista luche contra la tentación de hacer algo no ético, como una atracción incestuosa o el deseo de abusar de alguien.
Una novela puede tener varios de estos conflictos simultáneamente, lo que hará aumentar su complejidad y originalidad. Una idea aún mejor es enhebrar los conflictos unos con otros, de manera que un conflicto externo se refleje en una pugna interior de algún personaje. De hecho, en mi trilogía Voy a romperte en pedacitos utilizo estos cuatro tipos de conflictos:
1. “Los buenos luchando contra los malos”. Los malos en este caso son el padre y el hermano de Cecilia, la protagonista, unos fachas que se oponen a su liberación sexual y se oponen a su relación con Julio.
2. “Gente buena con intereses contrapuestos”. Los distintos amigos de Cecilia entran en conflicto con ella; sobre todo Laura, quien llega a quererle arrebatar a su querido Julio. Más adelante, será el propio Julio quien se oponga a Cecilia.
3. “Lucha contra un suceso externo”. La novela tiene lugar en la España de la Transición, donde los restos reaccionarios del franquismo y la sociedad machista y represiva se convierten en un serio obstáculo en el camino de Cecilia. De hecho, la liberación sexual de Cecilia sirve como alegoría del cambio que tiene lugar en la sociedad española en este tiempo.
4. “Conflicto interno”. Desde el principio Cecilia tiene que luchar contra sus creencias religiosas y perjuicios morales que la impiden liberarse.
Otra cosa importante a tener en cuenta a la hora de crear una trama es que sea original. Se dice que todas las historias ya han sido contadas, porque en realidad todas se basan en un número relativamente pequeño de conflictos fundamentales. Por ejemplo, muchas historias de amor tienen una de estas tramas:
1. El triángulo amoroso: dos personas luchan por el amor de otra.
2. El despertar sexual: El o la protagonista descubre el amor y el sexo.
3. Amor trágico: El amor tiene lugar en unas circunstancias que lo hacen imposible, pero los protagonistas se aman a pesar de todo. Romeo y Julieta.
4. La Cenicienta: Una persona de bajo nivel social es elevada por otra. “50 Sombras de Grey” y un sinfín de novelas románticas cuentan la eterna historia de la chica pobre de quien se enamora un millonario o de un noble.
5. Venganza: La o el protagonista ha perdido su amor y busca vengarse tanto de su rival como de su ex-amor.
6. El amor no correspondido que al final se consigue, como en La Celestina y otras historias de seducción.
7. La búsqueda del Santo Grial. Para conseguir el amor, el o la protagonista tendrá que embarcarse en una misión imposible en la que demostrará ser digno de ese amor.
¿Seríamos capaces de escribir una historia erótica sin caer en alguno de estos tópicos? Las nuevas relaciones alternativas nos dan la oportunidad para ello. Por ejemplo, el BDSM nos permite crear historias de entrega, de perversión o en las que una situación aparentemente degradante sea aceptada al final. En realidad, ya existen muchas historias con estas temáticas. Otra posibilidad es hablar de relaciones homosexuales o bisexuales, o incluso de poliamor entre varias personas.
En términos estilísticos, hay dos formas de ir desarrollando una trama:
1. La exposición consiste en relatar lo que pasa como una visión en conjunto, presentando acontecimientos que se desarrollan a lo largo de un cierto periodo de tiempo o incluso prescindiendo de la secuencia temporal. Se trata aquí de presentar las ideas y sentimientos generales de lo que le ocurre a los personajes. Tiene las ventajas de poder transmitir una cantidad considerable de información en un espacio relativamente pequeño, y de hacer avanzar tramas que se desarrollan en un periodo largo de tiempo. La principal desventaja es que el lector se aleja de los personajes y pierde el contacto emocional con ellos.
2. La escena consiste en presentar la acción en tiempo real, como ocurre en las películas. Se escribe en forma de diálogo, o bien se presentan las acciones en una secuencia estrictamente temporal, tal y como suceden. Tiene la ventaja de tener más dinamismo y conseguir que el lector viva directamente las experiencias del protagonista.
Lo más corriente en una novela es alternar pasajes de exposición y escenas. El estilo literario anglosajón usa mucho las escenas y las separa claramente de la exposición. Por el contrario, el estilo hispánico tiende a usar más la exposición y difuminar su separación de las escenas.
¿Qué es lo mejor para la erótica? Yo creo que para que el sexo sea excitante debe de contarse en forma de escena: la escena de sexo. El lector es un voyeur, quiere ver lo que hacen los personajes en cada momento, oír lo que se dicen. Pero también es importante saber presentar las emociones que sienten los personajes, no sólo lo que hacen. Describir un acto sexual a secas sería más bien pornografía, mientras que la erótica nos metería más en la vida mental de los personajes. Pero a todo se le puede dar muchos matices. El sexo se puede presentar en toda una gama de emociones, desde el sexo mecánico, descarnado e incluso cruel al hacer el amor color de rosa. En cualquier caso, yo recomiendo no escribir escenas de sexo demasiado complicadas y recargadas, lo que suele ser el impulso del que se masturba: quiere que pase de todo. Mi regla es que una escena de sexo tenga como máximo tres elementos. Por ejemplo, bondage, azotaina y follada. Con eso hay más que de sobra, otras cosas se pueden guardar para una nueva escena.
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sábado, 27 de septiembre de 2014
Los extremos a los que llegamos al servicio de nuestra dominatriz (III)
-Pero bueno, lo que sí es cierto es que cuando volví a la realidad de mi trabajo y de mi diminuto apartamento en Brooklyn, decidí que la experiencia había estado bien, pero que no hacía falta repetirla -dijo Johnny-. Pero cuando se lo dije a Diane en nuestra siguiente cita, ella me acusó de no querer entregarme por completo a ella y se marchó, enfadada. Muy preocupado, intenté llamarla varias veces por teléfono, pero ella no atendía mis llamadas. Al final fue Robert quien se puso en contacto conmigo. Con reluctancia, accedí a quedar con él. Tuvimos una conversación de lo más interesante. Él me dijo a las claras que si no dejaba de hacer tonterías iba a perder a Diane, porque ella había decidido que lo que quería era tener una relación con nosotros dos y repetir hasta la saciedad la última sesión que habíamos hecho. Acabé confesándole que temía que Diane acabaría marchándose con él. Me dijo que por él no tenía nada que temer, ya que yo le gustaba y le daba morbo jugar como lo hacíamos. Más que tranquilizarme, eso me puso aún más nervioso, pero me di cuenta de que si quería seguir con Diane tendría que resignarme a la situación.
-Ya no volví a jugar con Diane a solas; Robert siempre estaba presente en cada sesión que hacíamos en la mazmorra, incluso algunas veces que quedábamos los tres para salir. La siguiente sesión que hicimos Diane tuvo cuidado de que el juego fuera menos humillante para mí. Esa vez le tocó a Robert el sufrir el grueso del abuso humillaciones y los golpes… Y Diane me ordenó que fuera yo el que lo follara a él.
-¿Y cómo fuiste capaz? A mí, desde luego, no se me habría levantado.
-Pues a mí sí, con un poco de ayuda por parte de Diane. Mi cuerpo respondía de forma instantánea al contacto de sus dedos. Ella me plantó delante del trasero de Robert, que estaba surcado de estrías que le había hecho con la vara, y se puso a manipularme la polla hasta que la tuve dura como una piedra. Luego hizo que lo penetrara. Mientras lo follaba se puso a pegarme con la vara, para darme ánimos, me decía, hasta que la dejó abandonada en el suelo y sacó su Hitachi… ¡Pero para qué te lo voy a ocultar! A mí había empezado a gustarme Robert, lo que me causaba una gran vergüenza y confusión. Me había acostumbrado a que él me tocara… Lo hacía muy bien, el muy desgraciado, se aprendió enseguida las cosas que me gustaban. Por el contrario, cuando Diane me ordenaba que lo tocara yo a él sentía un gran rechazo, hasta asco… Pero eso no duraba mucho. Robert era indudablemente hermoso, y su cuerpo acababa por excitarme, a pesar de ser indudablemente masculino, con los pectorales y los bíceps muy marcados… Su piel era muy suave; me gustaba acariciarla. Iba siempre escrupulosamente afeitado. Con el tiempo, hasta acepté hacerle mamadas… ¡Qué horror! Luego, cuando ya no estaba con ellos, me acordaba de todo lo que le había hecho y me sentía fatal. Yo nunca he despreciado a los gays, siempre los he apoyado en todo, pero el ver que yo era capaz de sentir atracción hacia un hombre era algo difícil de encajar. Era como si hubiera dos partes dentro de mí, una que se sentía atraída por el cuerpo de Robert y otra que sentía asco. Lo único que hacía tolerable esa enorme disonancia interna era mi entrega absoluta a la voluntad de Diane, la felicidad que sentía al verla gozar viéndome con Robert. Él, por su parte, no parecía tener ningún problema; de hecho, disfrutaba enormemente con todo lo que hacíamos. Era verdad que yo le gustaba, lo notaba en la manera en que me miraba, en cómo me tocaba. Eso no me ponía las cosas más fáciles, porque a menudo me sentía utilizado… Que Diane me usara no me importaba en absoluto, eso era el objetivo último do todo aquello, el servirla a ella. Supongo que para Robert era lo mismo, aunque él no tenía ninguna dificultad, disfrutaba con todo lo que le hiciera. Era muy masoquista, con un aguante increíble para el dolor, me daba la impresión de que siempre deseaba más. Pero nunca vi en él el afán de servir a Diane que yo tenía. Notaba en él un cierto nivel de reserva, como si nunca bajara del todo sus defensas. De todas formas, cuando estábamos los tres juntos el tiempo se pasaba volando, era todo muy intenso y muy bonito. Era luego, cuando estaba a solas, que me sentía torturado por la vergüenza, por los celos, por el miedo de perder a Diane, de perderme a mí mismo.
-Que fue lo que al final acabó pasando … -apuntó Julio.
Johnny bebió un trago y se quedó inclinado hacia delante, mirando el fondo de su jarra de cerveza.
-Yo hubiera podido seguir así como estábamos. Me iba acostumbrando rápidamente a la situación… me empezaba a gustar, incluso. Pero en una sola noche el mundo de fantasía que había creado en torno a Diane se derrumbó de forma irremediable. Fue la noche de Fin de Año. Diane y Allan dieron una fiesta en su casa, que transcurrió con normalidad hasta llegar la medianoche cuando, siguiendo la costumbre americana, cantamos Auld Land Syne y nos bebimos una copa de champán. Poco después, Diane se despidió de sus invitados y nos hizo bajar a Robert y a mí a la mazmorra. Lo primero que hicieron fue desnudarme, amordazarme con una bola de goma y atarme de pies y manos a un armazón que había en la pared frente al espejo. Pensé que se iban a cebar en mí, como de costumbre, pero en vez de eso me hicieron asistir a un extraño espectáculo. Diane y Robert cogieron cada uno una de las varas que se usaban para pegar y entablaron con ellas un duelo de esgrima muy especial: el que conseguía encontrar una apertura en la defensa del contrario le asestaba un varazo. Aunque Robert era más alto y musculoso, en seguida se vio que Diane llevaba las de ganar. Adoptó la postura de esgrima reglamentaria, con una mano en la espalda y pronto logró dejar varias estrías en los costados y los muslos de Robert, quien estaba desnudo excepto por una tanga de cuero. Pero Robert parecía insensible al dolor y contraatacó con furia, encajándole varios varazos a Diane en las piernas y los brazos, aunque para ello dejaba su cuerpo expuesto a los feroces golpes de Diane. Pronto la tuvo arrinconada junto a la cama. Para mi consternación, después de recibir varios varazos particularmente salvajes, Diane dejó caer su vara y se desplomó en el suelo, echa un ovillo. Con un gruñido de triunfo, Robert la arrojó sobre la cama y en un momento la despojó de sus zapatos, su corsé y sus short de cuero. Yo no podía creer lo que veían mis ojos; estaba convencido que Robert se había vuelto loco y se disponía a violar a Diane. Me debatí inútilmente contra mis ataduras e intenté gritar pidiendo ayuda, pero sólo unos débiles ruidos lograron atravesar la mordaza. Mientras tanto, Robert había doblado a Diane sobre el potro atada de pies y manos, y había empezado a asestarle una buena sarta de varazos en el trasero. Todo sucedía a un metro escaso de donde yo me hallaba , como si lo hubieran dispuesto para que yo pudiera gozar del espectáculo. La rabia y la impotencia me desbordaron… creo que debí echarme a llorar. Cuando lo vio, Diane le gritó a Robert: “¡Para! ¡Para! ¡Díselo! ¡Tienes que decírselo!” Robert se plantó frente a mí y se puso a explicarme que todo eso lo hacían por mi bien, para librarme de mi obsesión por Diane y mostrarme que era una mujer, no una diosa, y que a ella también se la podía doblegar y humillar. Diane, todavía atada al potro, me confirmaba todo lo que decía. Robert acabó diciéndome que para completar mi supuesta terapia debía darle por culo a Diane, a no ser que prefiriera que lo hiciera él. Entonces me desató. Intenté ir a liberar a Diane, pero él me lo impidió. Forcejeamos cuerpo a cuerpo un rato, pero claro, yo no tenía nada que hacer contra la mayor fuerza y destreza de Robert. Llorando de frustración, me puse mi ropa como pude y me marché. Recuerdo que estuve mucho tiempo me metido en mi coche, esperando que mis manos dejaran de temblar lo suficiente para poder conducir.
Johnny se frotó las manos, se incorporó y apuró de un trago el resto de su cerveza.
-No volví a ver a Diane hasta el sábado siguiente. Conseguí convencerla de que quedáramos a solas, sin Robert. Me explicó que Robert y ella habían estado comentando bastante tiempo lo que ellos consideraban mi obsesión por servir a Diane. Él había acabado por convencerla de que era algo insano a lo que había que ponerle final. Yo argumenté que no era nada insano, sólo el simple deseo de un sumiso de entregarse plenamente a su dominatriz, algo que ella siempre había comprendido y alentado. Le expliqué que para mí lo más difícil había sido aguantar las vejaciones de Robert; que se había sido capaz de hacer eso por ella, nada importaba en comparación. Lo que ella me dijo a continuación me sorprendió y me dolió. Me explicó que ser mi dominatriz se había convertido en una carga para ella, que tenía que esforzarse continuamente para mantener su imagen de mujer poderosa e infalible, que se había llegado a creer que era una diosa y le hacía daño psicológicamente. Por eso había aceptado hacer una sesión con Robert y conmigo como sumisa, porque ella necesitaba esa cura tanto como yo. Yo me rebelé. Le dije que no había derecho que hubieran planeado todo eso sin contar conmigo, que me hubieran impuesto una sesión a la que yo no había dado mi consentimiento. No hubo manera, la discusión fue de mal en peor. Diane no quería dar su brazo a torcer y yo, condicionado por mis dos meses de devota sumisión hacia ella, no sabía llevarle la contraria. Acabé por ceder, por decirle que aceptaba cualquier cosa con tal de seguir con ella, pero cuando ella me contó lo que habían planeado me encontré que era algo que iba ser completamente incapaz de hacer. Por un tiempo, me explicó, Robert sería el dominante en el trío y ella y yo seríamos sus sumisos. No sería para siempre, se apresuró a añadir, cuando nos curáramos de nuestras respectivas obsesiones ella volvería a asumir su papel de dominatriz, al menos algunas veces. Pero a mí se me habían abierto los ojos. Comprendí que ese había sido el plan secreto de Robert, que él quería a Diane como sumisa, con mi propia sumisión como la guinda del pastel. Y yo no podía prestarme a eso; yo no soportaba volver a ver a Diane como la había visto en la última sesión: desnuda, vulnerable y humillada. Le entregué mi collar y me despedí de ella. Al día siguiente cogí el avión a Madrid, deseando poner la mayor distancia posible entre mí y ellos.
-Ya no volví a jugar con Diane a solas; Robert siempre estaba presente en cada sesión que hacíamos en la mazmorra, incluso algunas veces que quedábamos los tres para salir. La siguiente sesión que hicimos Diane tuvo cuidado de que el juego fuera menos humillante para mí. Esa vez le tocó a Robert el sufrir el grueso del abuso humillaciones y los golpes… Y Diane me ordenó que fuera yo el que lo follara a él.
-¿Y cómo fuiste capaz? A mí, desde luego, no se me habría levantado.
-Pues a mí sí, con un poco de ayuda por parte de Diane. Mi cuerpo respondía de forma instantánea al contacto de sus dedos. Ella me plantó delante del trasero de Robert, que estaba surcado de estrías que le había hecho con la vara, y se puso a manipularme la polla hasta que la tuve dura como una piedra. Luego hizo que lo penetrara. Mientras lo follaba se puso a pegarme con la vara, para darme ánimos, me decía, hasta que la dejó abandonada en el suelo y sacó su Hitachi… ¡Pero para qué te lo voy a ocultar! A mí había empezado a gustarme Robert, lo que me causaba una gran vergüenza y confusión. Me había acostumbrado a que él me tocara… Lo hacía muy bien, el muy desgraciado, se aprendió enseguida las cosas que me gustaban. Por el contrario, cuando Diane me ordenaba que lo tocara yo a él sentía un gran rechazo, hasta asco… Pero eso no duraba mucho. Robert era indudablemente hermoso, y su cuerpo acababa por excitarme, a pesar de ser indudablemente masculino, con los pectorales y los bíceps muy marcados… Su piel era muy suave; me gustaba acariciarla. Iba siempre escrupulosamente afeitado. Con el tiempo, hasta acepté hacerle mamadas… ¡Qué horror! Luego, cuando ya no estaba con ellos, me acordaba de todo lo que le había hecho y me sentía fatal. Yo nunca he despreciado a los gays, siempre los he apoyado en todo, pero el ver que yo era capaz de sentir atracción hacia un hombre era algo difícil de encajar. Era como si hubiera dos partes dentro de mí, una que se sentía atraída por el cuerpo de Robert y otra que sentía asco. Lo único que hacía tolerable esa enorme disonancia interna era mi entrega absoluta a la voluntad de Diane, la felicidad que sentía al verla gozar viéndome con Robert. Él, por su parte, no parecía tener ningún problema; de hecho, disfrutaba enormemente con todo lo que hacíamos. Era verdad que yo le gustaba, lo notaba en la manera en que me miraba, en cómo me tocaba. Eso no me ponía las cosas más fáciles, porque a menudo me sentía utilizado… Que Diane me usara no me importaba en absoluto, eso era el objetivo último do todo aquello, el servirla a ella. Supongo que para Robert era lo mismo, aunque él no tenía ninguna dificultad, disfrutaba con todo lo que le hiciera. Era muy masoquista, con un aguante increíble para el dolor, me daba la impresión de que siempre deseaba más. Pero nunca vi en él el afán de servir a Diane que yo tenía. Notaba en él un cierto nivel de reserva, como si nunca bajara del todo sus defensas. De todas formas, cuando estábamos los tres juntos el tiempo se pasaba volando, era todo muy intenso y muy bonito. Era luego, cuando estaba a solas, que me sentía torturado por la vergüenza, por los celos, por el miedo de perder a Diane, de perderme a mí mismo.
-Que fue lo que al final acabó pasando … -apuntó Julio.
Johnny bebió un trago y se quedó inclinado hacia delante, mirando el fondo de su jarra de cerveza.
-Yo hubiera podido seguir así como estábamos. Me iba acostumbrando rápidamente a la situación… me empezaba a gustar, incluso. Pero en una sola noche el mundo de fantasía que había creado en torno a Diane se derrumbó de forma irremediable. Fue la noche de Fin de Año. Diane y Allan dieron una fiesta en su casa, que transcurrió con normalidad hasta llegar la medianoche cuando, siguiendo la costumbre americana, cantamos Auld Land Syne y nos bebimos una copa de champán. Poco después, Diane se despidió de sus invitados y nos hizo bajar a Robert y a mí a la mazmorra. Lo primero que hicieron fue desnudarme, amordazarme con una bola de goma y atarme de pies y manos a un armazón que había en la pared frente al espejo. Pensé que se iban a cebar en mí, como de costumbre, pero en vez de eso me hicieron asistir a un extraño espectáculo. Diane y Robert cogieron cada uno una de las varas que se usaban para pegar y entablaron con ellas un duelo de esgrima muy especial: el que conseguía encontrar una apertura en la defensa del contrario le asestaba un varazo. Aunque Robert era más alto y musculoso, en seguida se vio que Diane llevaba las de ganar. Adoptó la postura de esgrima reglamentaria, con una mano en la espalda y pronto logró dejar varias estrías en los costados y los muslos de Robert, quien estaba desnudo excepto por una tanga de cuero. Pero Robert parecía insensible al dolor y contraatacó con furia, encajándole varios varazos a Diane en las piernas y los brazos, aunque para ello dejaba su cuerpo expuesto a los feroces golpes de Diane. Pronto la tuvo arrinconada junto a la cama. Para mi consternación, después de recibir varios varazos particularmente salvajes, Diane dejó caer su vara y se desplomó en el suelo, echa un ovillo. Con un gruñido de triunfo, Robert la arrojó sobre la cama y en un momento la despojó de sus zapatos, su corsé y sus short de cuero. Yo no podía creer lo que veían mis ojos; estaba convencido que Robert se había vuelto loco y se disponía a violar a Diane. Me debatí inútilmente contra mis ataduras e intenté gritar pidiendo ayuda, pero sólo unos débiles ruidos lograron atravesar la mordaza. Mientras tanto, Robert había doblado a Diane sobre el potro atada de pies y manos, y había empezado a asestarle una buena sarta de varazos en el trasero. Todo sucedía a un metro escaso de donde yo me hallaba , como si lo hubieran dispuesto para que yo pudiera gozar del espectáculo. La rabia y la impotencia me desbordaron… creo que debí echarme a llorar. Cuando lo vio, Diane le gritó a Robert: “¡Para! ¡Para! ¡Díselo! ¡Tienes que decírselo!” Robert se plantó frente a mí y se puso a explicarme que todo eso lo hacían por mi bien, para librarme de mi obsesión por Diane y mostrarme que era una mujer, no una diosa, y que a ella también se la podía doblegar y humillar. Diane, todavía atada al potro, me confirmaba todo lo que decía. Robert acabó diciéndome que para completar mi supuesta terapia debía darle por culo a Diane, a no ser que prefiriera que lo hiciera él. Entonces me desató. Intenté ir a liberar a Diane, pero él me lo impidió. Forcejeamos cuerpo a cuerpo un rato, pero claro, yo no tenía nada que hacer contra la mayor fuerza y destreza de Robert. Llorando de frustración, me puse mi ropa como pude y me marché. Recuerdo que estuve mucho tiempo me metido en mi coche, esperando que mis manos dejaran de temblar lo suficiente para poder conducir.
Johnny se frotó las manos, se incorporó y apuró de un trago el resto de su cerveza.
-No volví a ver a Diane hasta el sábado siguiente. Conseguí convencerla de que quedáramos a solas, sin Robert. Me explicó que Robert y ella habían estado comentando bastante tiempo lo que ellos consideraban mi obsesión por servir a Diane. Él había acabado por convencerla de que era algo insano a lo que había que ponerle final. Yo argumenté que no era nada insano, sólo el simple deseo de un sumiso de entregarse plenamente a su dominatriz, algo que ella siempre había comprendido y alentado. Le expliqué que para mí lo más difícil había sido aguantar las vejaciones de Robert; que se había sido capaz de hacer eso por ella, nada importaba en comparación. Lo que ella me dijo a continuación me sorprendió y me dolió. Me explicó que ser mi dominatriz se había convertido en una carga para ella, que tenía que esforzarse continuamente para mantener su imagen de mujer poderosa e infalible, que se había llegado a creer que era una diosa y le hacía daño psicológicamente. Por eso había aceptado hacer una sesión con Robert y conmigo como sumisa, porque ella necesitaba esa cura tanto como yo. Yo me rebelé. Le dije que no había derecho que hubieran planeado todo eso sin contar conmigo, que me hubieran impuesto una sesión a la que yo no había dado mi consentimiento. No hubo manera, la discusión fue de mal en peor. Diane no quería dar su brazo a torcer y yo, condicionado por mis dos meses de devota sumisión hacia ella, no sabía llevarle la contraria. Acabé por ceder, por decirle que aceptaba cualquier cosa con tal de seguir con ella, pero cuando ella me contó lo que habían planeado me encontré que era algo que iba ser completamente incapaz de hacer. Por un tiempo, me explicó, Robert sería el dominante en el trío y ella y yo seríamos sus sumisos. No sería para siempre, se apresuró a añadir, cuando nos curáramos de nuestras respectivas obsesiones ella volvería a asumir su papel de dominatriz, al menos algunas veces. Pero a mí se me habían abierto los ojos. Comprendí que ese había sido el plan secreto de Robert, que él quería a Diane como sumisa, con mi propia sumisión como la guinda del pastel. Y yo no podía prestarme a eso; yo no soportaba volver a ver a Diane como la había visto en la última sesión: desnuda, vulnerable y humillada. Le entregué mi collar y me despedí de ella. Al día siguiente cogí el avión a Madrid, deseando poner la mayor distancia posible entre mí y ellos.
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domingo, 21 de septiembre de 2014
Los extremos a los que llegamos al servicio de nuestra dominatriz (II)
-A partir de esa noche estuve como en una nube, no podía dejar de pensar en Diane y las cosas que me había hecho -continuó Johnny-. Por suerte, a ella también le debió de gustar. Un par de días más tarde la llevé a almorzar a uno de los restaurantes más lujosos de Manhattan, y el viernes siguiente me volvió a encerrar en su mazmorra. A las dos semanas de conocernos me ofreció su collar. El aceptarlo suponía mi sumisión total hacia ella: no podría follar con otra mujer, ni siquiera masturbarme sin su permiso. Y tendría que obedecerla y aceptar sus castigos. No me lo pensé dos veces.
-Pues, tal como lo cuentas, parece una relación preciosa -dijo Julio-. No sé de qué te quejas.
-Fue una relación preciosa, es verdad, pero no acabó nada bien. Yo debería haber tenido más cuidado, no bajar mis defensas, que es algo que nunca me había permitido hacer con ninguna otra mujer. Pero Diane representaba lo que siempre había deseado: una mujer hermosa que supiera imponerme su voluntad. Ella siempre fue muy estricta conmigo. Cuando nos veíamos me pegaba a la primera oportunidad. Siempre se aseguraba de que hubiera algún detalle que me recordara mi sumisión: mi trasero caliente, los calzoncillos bajados debajo del pantalón, los pezones pellizcados por pequeñas pinzas, llevar un tapón de goma metido en el culo… Nunca me permitía tocarla por iniciativa mía; las pocas veces que lo intenté me castigó severamente. La única forma en que follábamos era conmigo atado y ella encima… y, a partir de la segunda vez, con un consolador penetrándome el culo. Pero la mayor parte de las veces era yo el que resultaba follado.
-¿Te daba por culo? ¿Con un arnés de esos?
-Sí, un strap-on, como los llamamos en inglés. A Diane le encantaban, a menudo llevaba uno puesto cuando estábamos en su mazmorra. La segunda vez que me llevó allí me dobló sobre el potro y me penetró. Estuvo follándome un montón de tiempo, casi una hora, no lo sé… acabé bastante dolorido, la verdad. Pero luego acabó gustándome. Fue ella quien me enseñó el placer que se obtiene al estimular la próstata. A veces me tumbaba sobre su regazo y me metía dos dedo, o un consolador, y me masajeaba la próstata hasta que se despertaba ese placer tan perturbador, y luego me tenía así un buen rato, gozando pero sin poder correrme, sin siquiera tener una erección. A mí llegó a gustarme mucho que me hiciera eso, porque allí se juntaba todo: mi entrega a ella, la humillación de ser follado como una mujer, la frustración de no alcanzar el orgasmo y, sobre todo, la intimidad de ese acto en el que ella lo tomaba todo de mí y al mismo tiempo me dedicaba toda su atención y sus cuidados. ¿Entiendes ahora lo que intentaba explicarte antes?
-Sí, un poco… Pero antes decías que no hubieras debido bajar tus defensas. Y, sin embargo, si no lo hubieras hecho no habrías podido disfrutar de todas esas cosas.
-Quizás sí, quizás no… No lo sé… Mirando hacia atrás, pienso que esa relación no era buena para ninguno de los dos. Diane había tenido otros sumisos, empezando por su marido, pero ninguno se le entregó tan completamente como yo, y ese poder tan enorme que yo le di sobre mí acabó por subírsele a la cabeza. Con lo guapa que era seguía atrayendo a un montón de sumisos y jugaba con alguno de vez en cuando. Empezó a referirse a sí misma como una diosa y a nosotros, sus sumisos, como su establo de sementales.
-¿Y eso no te ponía celoso?
-Por supuesto… Pero cuando te sometes con la profundidad con que lo hice yo, los celos te acaban pareciendo normales. La frustración y la humillación de saber que está con otro tío no son más que la extensión de la frustración y la humillación continua de tu relación con ella. Y como ella tiene derecho al placer y a satisfacer cada uno de sus caprichos, el que lo haga tirándose a otro hombre te resulta de lo más normal.
-¡Pues menuda comedura de tarro! Eso no puede ser sano.
-¡Pues espérate, que aún viene lo mejor!
-Cuenta…
-Por Thanksgiving, Allan y Diane dieron una cena en su casa, a la que por supuesto me invitaron. Otro de los invitados era Robert, un chico joven, atractivo y musculoso. Diane se quedó prendada de él, y esa noche yo volví solo a casa mientras que Robert se quedaba de huésped de la mazmorra.
-¡Pues vaya palo!
-Con Diane era algo de esperar, aunque debo confesar que aquella vez me sentí particularmente celoso. Me entró un miedo enorme de que Diane se enamorara de Robert y no quisiera volver a verme. Para mi gran alivio, a los pocos días Diane me invitó a hacer una sesión con ella. Terminamos abrazados en la cama de cuero… Recuerdo que Diane aún tenía puesto el consolador con el que acababa de follarme. Entonces me dijo que me iba a pedir algo muy especial, algo que haría realidad una de sus fantasías más queridas. Me advirtió que no me resultaría fácil, que sería la prueba definitiva de mi entrega a ella. Por supuesto, con ese planteamiento, no pude negarme. Me apresuré a decirle que nada me gustaría más que hacer realidad sus deseos. No me quiso dar más explicaciones, ya que no quería que yo pudiera prepararme mentalmente para ello.
-Déjame que lo adivine: tenía algo que ver con Robert.
-Efectivamente. El día señalado Diane me abrió la puerta de su casa y me hizo desnudarme allí mismo, en el umbral. Me vendó los ojos y me puso muñequeras y tobilleras. Bajé las escaleras del sótano dando pasos vacilantes tras de ella. En cuanto abrió la puerta de la mazmorra supe que Robert estaba allí, aunque él no dijo nada cuando nos vio entrar, porque percibí claramente su olor. No era desagradable, una mezcla entre dulzón y almizclado, muy característico de él. Diane enganchó mis muñequeras a una cadena, tiró de ella hasta dejarme casi de puntillas, y le dijo a Robert que disfrutara de mí. Así fue como supe que Robert era bisexual. Estuvo un buen rato sobándome y manoseándome sin ningún tipo de inhibición: tocándome el culo, pellizcándome los pezones, acariciándome la polla. Pero lo que me causó más confusión fue que yo estaba empalmado. Viéndolo, Diane se me acercó, me apretó la polla apreciativamente y me dijo al oído que siempre había sabido que yo era un poco marica. Estaba tan desconcertado que me llegué a preguntar si sería verdad. Viendo que Robert me daba cachetes en el culo de vez en cuando, Diane le preguntó si le gustaría darme un “spanking”… una azotaina en el culo, ya sabes. En un periquete me tenían atravesado sobre los muslos de Robert, quien me dio una soberana paliza mientras Diane se reía y daba saltitos, entusiasmada por mis quejidos. Luego vino el plato fuerte, la prueba final que Diane había demandado de mí: dejar que me follara Robert mientras ella miraba. Me ataron sobre el potro con las piernas abiertas, doblado de tal manera que mi trasero quedara a la altura adecuada. Me quedó el consuelo de ver como mi querida Diane se quitaba los pantaloncitos de cuero que llevaba y se plantaba delante de mí con su Hitachi Magic Wand alegrándole el coñito. Esperaba que ser penetrado por un hombre no sería muy distinto de cuando Diane me follaba con su strap-on, pero de alguna manera sí lo fue. Hay algo en el pene que lo hace al mismo tiempo más blando y más duro que un consolador… y lo notas templado desde el principio, en lugar del frío del plástico. También pude comprobar que, por mucha práctica que tenga, una mujer no es capaz de follarte tan eficazmente como un tío. Robert empezó despacio, pero en cuanto comprobó que no me hacía daño me sometió a un bombeo considerable, ajustando sus acometidas a los imperativos de su placer. Sin soltar el vibrador un solo momento, Diane se nos acercó por detrás para observar con detenimiento como me follaba. Mirando por debajo del potro sólo podía ver sus piernas, pero enseguida la oí correrse, una y otra y otra vez. Robert se detenía de vez en cuando para no eyacular antes de que Diane hubiera tenido oportunidad de disfrutar completamente del espectáculo. Al final ella le debió dar permiso para correrse… no sé… el caso es que sentí perfectamente como su polla pulsaba dentro de mí mientras él gruñía de placer.
-Pero, Johnny, ¿cómo te dejaste hacer eso? ¿No podías haberte negado cuando viste lo que te iban a hacer? Yo, desde luego, nunca me habría dejado humillar de esa manera… Porque es que tú, encima, tendrías unos celos enormes de Robert.
-Pues, aunque te parezca mentira, yo llegué a disfrutar mucho de esa experiencia. Mientras Robert me metía mano y me azotaba fui entrando en un profundo estado de sumisión, que se alimentaba de todo lo que me hacían: de mi humillación, de mi dolor, hasta de mis propios celos. Cuando vi en los ojos de Diane la intensidad del deseo que había despertado en ella, el negarme a satisfacerlo se volvió algo simplemente impensable, una posibilidad tan remota que simplemente no existía en mi mente. Luego, cuando me tendieron en la cama de cuero y Diane me abrazó y me besó y me consoló y me dijo lo bien que me había portado y lo orgullosa que estaba de mí, me sentí el hombre más dichoso del mundo. Ya no me importó que Robert se echara también en la cama y me tocara y la tocara a ella. Encima, como recompensa, Diane se me puso encima y se folló conmigo, sin siquiera atarme, y me dio permiso para correrme cuando quisiera.
A Johnny se le había puesto una sonrisa extática. Cogió su jarra de cerveza, vio que estaba vacía y le hizo una seña al camarero para que trajera dos jarras más. Julio notó que le sudaban las manos y tenía la boca reseca, como cuando se hacía un paso de escalada difícil y peligroso. Buscó algún comentario trivial que decir para que no se notara lo mucho que lo estaba afectando la historia. Pero era inútil; por la manera en que lo miraba Johnny, parecía saber perfectamente cómo se sentía. Los dos se miraron sin decir palabra mientras esperaban que el camarero les trajera las cervezas.
(Continuará...)
-Pues, tal como lo cuentas, parece una relación preciosa -dijo Julio-. No sé de qué te quejas.
-Fue una relación preciosa, es verdad, pero no acabó nada bien. Yo debería haber tenido más cuidado, no bajar mis defensas, que es algo que nunca me había permitido hacer con ninguna otra mujer. Pero Diane representaba lo que siempre había deseado: una mujer hermosa que supiera imponerme su voluntad. Ella siempre fue muy estricta conmigo. Cuando nos veíamos me pegaba a la primera oportunidad. Siempre se aseguraba de que hubiera algún detalle que me recordara mi sumisión: mi trasero caliente, los calzoncillos bajados debajo del pantalón, los pezones pellizcados por pequeñas pinzas, llevar un tapón de goma metido en el culo… Nunca me permitía tocarla por iniciativa mía; las pocas veces que lo intenté me castigó severamente. La única forma en que follábamos era conmigo atado y ella encima… y, a partir de la segunda vez, con un consolador penetrándome el culo. Pero la mayor parte de las veces era yo el que resultaba follado.
-¿Te daba por culo? ¿Con un arnés de esos?
-Sí, un strap-on, como los llamamos en inglés. A Diane le encantaban, a menudo llevaba uno puesto cuando estábamos en su mazmorra. La segunda vez que me llevó allí me dobló sobre el potro y me penetró. Estuvo follándome un montón de tiempo, casi una hora, no lo sé… acabé bastante dolorido, la verdad. Pero luego acabó gustándome. Fue ella quien me enseñó el placer que se obtiene al estimular la próstata. A veces me tumbaba sobre su regazo y me metía dos dedo, o un consolador, y me masajeaba la próstata hasta que se despertaba ese placer tan perturbador, y luego me tenía así un buen rato, gozando pero sin poder correrme, sin siquiera tener una erección. A mí llegó a gustarme mucho que me hiciera eso, porque allí se juntaba todo: mi entrega a ella, la humillación de ser follado como una mujer, la frustración de no alcanzar el orgasmo y, sobre todo, la intimidad de ese acto en el que ella lo tomaba todo de mí y al mismo tiempo me dedicaba toda su atención y sus cuidados. ¿Entiendes ahora lo que intentaba explicarte antes?
-Sí, un poco… Pero antes decías que no hubieras debido bajar tus defensas. Y, sin embargo, si no lo hubieras hecho no habrías podido disfrutar de todas esas cosas.
-Quizás sí, quizás no… No lo sé… Mirando hacia atrás, pienso que esa relación no era buena para ninguno de los dos. Diane había tenido otros sumisos, empezando por su marido, pero ninguno se le entregó tan completamente como yo, y ese poder tan enorme que yo le di sobre mí acabó por subírsele a la cabeza. Con lo guapa que era seguía atrayendo a un montón de sumisos y jugaba con alguno de vez en cuando. Empezó a referirse a sí misma como una diosa y a nosotros, sus sumisos, como su establo de sementales.
-¿Y eso no te ponía celoso?
-Por supuesto… Pero cuando te sometes con la profundidad con que lo hice yo, los celos te acaban pareciendo normales. La frustración y la humillación de saber que está con otro tío no son más que la extensión de la frustración y la humillación continua de tu relación con ella. Y como ella tiene derecho al placer y a satisfacer cada uno de sus caprichos, el que lo haga tirándose a otro hombre te resulta de lo más normal.
-¡Pues menuda comedura de tarro! Eso no puede ser sano.
-¡Pues espérate, que aún viene lo mejor!
-Cuenta…
-Por Thanksgiving, Allan y Diane dieron una cena en su casa, a la que por supuesto me invitaron. Otro de los invitados era Robert, un chico joven, atractivo y musculoso. Diane se quedó prendada de él, y esa noche yo volví solo a casa mientras que Robert se quedaba de huésped de la mazmorra.
-¡Pues vaya palo!
-Con Diane era algo de esperar, aunque debo confesar que aquella vez me sentí particularmente celoso. Me entró un miedo enorme de que Diane se enamorara de Robert y no quisiera volver a verme. Para mi gran alivio, a los pocos días Diane me invitó a hacer una sesión con ella. Terminamos abrazados en la cama de cuero… Recuerdo que Diane aún tenía puesto el consolador con el que acababa de follarme. Entonces me dijo que me iba a pedir algo muy especial, algo que haría realidad una de sus fantasías más queridas. Me advirtió que no me resultaría fácil, que sería la prueba definitiva de mi entrega a ella. Por supuesto, con ese planteamiento, no pude negarme. Me apresuré a decirle que nada me gustaría más que hacer realidad sus deseos. No me quiso dar más explicaciones, ya que no quería que yo pudiera prepararme mentalmente para ello.
-Déjame que lo adivine: tenía algo que ver con Robert.
-Efectivamente. El día señalado Diane me abrió la puerta de su casa y me hizo desnudarme allí mismo, en el umbral. Me vendó los ojos y me puso muñequeras y tobilleras. Bajé las escaleras del sótano dando pasos vacilantes tras de ella. En cuanto abrió la puerta de la mazmorra supe que Robert estaba allí, aunque él no dijo nada cuando nos vio entrar, porque percibí claramente su olor. No era desagradable, una mezcla entre dulzón y almizclado, muy característico de él. Diane enganchó mis muñequeras a una cadena, tiró de ella hasta dejarme casi de puntillas, y le dijo a Robert que disfrutara de mí. Así fue como supe que Robert era bisexual. Estuvo un buen rato sobándome y manoseándome sin ningún tipo de inhibición: tocándome el culo, pellizcándome los pezones, acariciándome la polla. Pero lo que me causó más confusión fue que yo estaba empalmado. Viéndolo, Diane se me acercó, me apretó la polla apreciativamente y me dijo al oído que siempre había sabido que yo era un poco marica. Estaba tan desconcertado que me llegué a preguntar si sería verdad. Viendo que Robert me daba cachetes en el culo de vez en cuando, Diane le preguntó si le gustaría darme un “spanking”… una azotaina en el culo, ya sabes. En un periquete me tenían atravesado sobre los muslos de Robert, quien me dio una soberana paliza mientras Diane se reía y daba saltitos, entusiasmada por mis quejidos. Luego vino el plato fuerte, la prueba final que Diane había demandado de mí: dejar que me follara Robert mientras ella miraba. Me ataron sobre el potro con las piernas abiertas, doblado de tal manera que mi trasero quedara a la altura adecuada. Me quedó el consuelo de ver como mi querida Diane se quitaba los pantaloncitos de cuero que llevaba y se plantaba delante de mí con su Hitachi Magic Wand alegrándole el coñito. Esperaba que ser penetrado por un hombre no sería muy distinto de cuando Diane me follaba con su strap-on, pero de alguna manera sí lo fue. Hay algo en el pene que lo hace al mismo tiempo más blando y más duro que un consolador… y lo notas templado desde el principio, en lugar del frío del plástico. También pude comprobar que, por mucha práctica que tenga, una mujer no es capaz de follarte tan eficazmente como un tío. Robert empezó despacio, pero en cuanto comprobó que no me hacía daño me sometió a un bombeo considerable, ajustando sus acometidas a los imperativos de su placer. Sin soltar el vibrador un solo momento, Diane se nos acercó por detrás para observar con detenimiento como me follaba. Mirando por debajo del potro sólo podía ver sus piernas, pero enseguida la oí correrse, una y otra y otra vez. Robert se detenía de vez en cuando para no eyacular antes de que Diane hubiera tenido oportunidad de disfrutar completamente del espectáculo. Al final ella le debió dar permiso para correrse… no sé… el caso es que sentí perfectamente como su polla pulsaba dentro de mí mientras él gruñía de placer.
-Pero, Johnny, ¿cómo te dejaste hacer eso? ¿No podías haberte negado cuando viste lo que te iban a hacer? Yo, desde luego, nunca me habría dejado humillar de esa manera… Porque es que tú, encima, tendrías unos celos enormes de Robert.
-Pues, aunque te parezca mentira, yo llegué a disfrutar mucho de esa experiencia. Mientras Robert me metía mano y me azotaba fui entrando en un profundo estado de sumisión, que se alimentaba de todo lo que me hacían: de mi humillación, de mi dolor, hasta de mis propios celos. Cuando vi en los ojos de Diane la intensidad del deseo que había despertado en ella, el negarme a satisfacerlo se volvió algo simplemente impensable, una posibilidad tan remota que simplemente no existía en mi mente. Luego, cuando me tendieron en la cama de cuero y Diane me abrazó y me besó y me consoló y me dijo lo bien que me había portado y lo orgullosa que estaba de mí, me sentí el hombre más dichoso del mundo. Ya no me importó que Robert se echara también en la cama y me tocara y la tocara a ella. Encima, como recompensa, Diane se me puso encima y se folló conmigo, sin siquiera atarme, y me dio permiso para correrme cuando quisiera.
A Johnny se le había puesto una sonrisa extática. Cogió su jarra de cerveza, vio que estaba vacía y le hizo una seña al camarero para que trajera dos jarras más. Julio notó que le sudaban las manos y tenía la boca reseca, como cuando se hacía un paso de escalada difícil y peligroso. Buscó algún comentario trivial que decir para que no se notara lo mucho que lo estaba afectando la historia. Pero era inútil; por la manera en que lo miraba Johnny, parecía saber perfectamente cómo se sentía. Los dos se miraron sin decir palabra mientras esperaban que el camarero les trajera las cervezas.
(Continuará...)
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martes, 26 de agosto de 2014
El maltrato psicológico como herramienta política
Ya toqué el tema del maltrato psicológico en el artículo de este blog "Cómo reconocer el maltrato en las relaciones de dominación/sumisión". Se suele entender que la manipulación psicológica y el chantaje emocional se da sólo en las parejas o entre personas que se relacionan íntimamente. Sin embargo, últimamente me ha llamado la atención como personas que denuncian el abuso psicológico a nivel íntimo parecen practicarlo, seguramente de forma inconsciente, a larga escala como herramienta política.
Me explico. Primero veamos cómo funciona en realidad la manipulación psicológica. Se basa en un grupo de emociones que controlan a nivel profundo las relaciones humanas y que tienen un gran impacto en la autoestima:
1. La culpa nos hace sentirnos mal con nosotros mismos y repudiados por nuestro entorno social cuando infringimos sus normas.
2. La vergüenza tiene un impacto negativo en la autoestima aún mayor que la culpa. El sentirnos ridículos, objeto de risas, bromas o lástima señala que hemos perdido prestigio en nuestro entorno social y nadie nos toma en serio.
3. El miedo nos atenaza y nos inmoviliza. Nos hace vivir a la defensiva en vez de desarrollar nuestra creatividad y hacernos crecer como personas. Nos impide movilizarnos y defendernos de quien nos ataca.
4. La compasión es una de las emociones humanas más loables, pero que puede ser explotada de forma muy eficaz para la manipulación psicológica. El maltratador se presenta como víctima merecedora de compasión, de tal manera que si no le otorgamos lo que quiere o, peor aún, nos defendemos de él, apareceremos ante los demás y nosotros mismos como poco compasivos, lo que generará culpa y vergüenza.
5. La indignación es lo que moviliza al grupo social en contra de aquellos que infringen sus normas. Su efecto inmediato es generar culpa y vergüenza en aquellos contra los que va dirigida. Suele ir acompañada del sentimiento de superioridad moral (“self-righteousness” en inglés), una emoción que aumenta el ego del que la siente provocando una gran satisfacción consigo mismo.
El manipulador psicológico utiliza este abanico de emociones para colocar a su víctima en una situación de dependencia en la que tiene que acatar sus deseos. No desaprovecha ninguna ocasión para hacer que su víctima se sienta culpable y avergonzada. Ni siquiera hace falta que ella haga algo malo, bastará con hacer que se identifique con otras personas que se comportan mal. El manipulador también se presenta como víctima, lo que genera empatía en su entorno social e impide que su víctima tome medidas defensivas. El victimismo es la base del chantaje emocional: el manipulador pretende ser alguien que necesita a su víctima, que resulta herido si ésta no accede a sus deseos, con lo cual puede, una vez más, hacerla sentirse culpable y avergonzada.
Pero debemos darnos cuenta de que estas emociones se utilizan también a gran escala como armas políticas. No digo que esto esté siempre mal. De hecho, la lucha política no-violenta se basa en hacer que los opresores sientan culpa y vergüenza de sus privilegios y sus acciones; en generar compasión por sus víctimas e indignación frente a los agresores. Por ejemplo, en los últimos años del Franquismo, las viñetas que salían en los periódicos ridiculizando al fascismo y sus instrumentos desempeñaron una gran labor en desgastarlo y movilizar a la opinión pública contra él.
Sin embargo, todas las armas pueden usarse para bien o para mal. Últimamente veo con preocupación como estas tácticas de manipulación psicológica son usadas indiscriminadamente para atacar a determinados segmentos de la población. Hace falta analizar este problema desde la perspectiva de la manipulación psicológica para hacer comprender a ciertas personas que no, no está bien hacer que alguien se sienta culpable o avergonzado por el simple hecho de ser hombre: “si eres hombre eres un violador potencial”. Tampoco está bien abusar de la compasión presentándose como víctima o como defensor autoproclamado de las víctimas. Por supuesto que hay víctimas, no lo estoy negando. Pero la mejor manera de ayudarlas no es iniciar una caza de brujas indiscriminada, culpando de su maltrato a personas inocentes, convirtiendo a alguien en sospechoso por el mero hecho de ser hombre.
También hay que tener cuidado con que, con tanto afán de prevenir los maltratos, estemos difundiendo miedo y visiones negativas del sexo como el origen de abusos, enfermedades y otros peligros, olvidándonos de que en la inmensa mayoría de los casos el sexo en una fuente de placer, intimidad, comunicación y felicidad. El miedo, como la culpa, la vergüenza y la indignación, son emociones negativas sumamente peligrosas, que se nos pueden ir de las manos con facilidad y hacer más daño de lo que pensamos. Y, por encima de todo, nunca confundamos la lucha genuina por mejorar la sociedad y aliviar el sufrimiento de la gente con sentimientos de superioridad moral y el engrandecer el ego a base de denostar a los demás.
Por cierto, a lo largo de este artículo he usado de forma deliberada el género masculino para el maltratador y el femenino para la víctima. Pero espero que quede claro, por lo que digo al final, que a nivel de ideologías se está dando mucho últimamente el caso inverso. En todo caso, lo justo es valorar el acto de por sí y no en función del sexo de quien lo ejecuta.
The ultimate weakness of violence is that it beget more violence.
With violence you can murder the hater but you just increase hate.
Hate cannot drive out hate.
Darkness cannot drive out darkness.
Only light can do that.
Only love can drive out hate.
La mayor debilidad de la violencia es que produce más violencia.
Con violencia puedes matar al que odia, pero producirás más odio.
El odio no puede eliminar la odio.
La oscuridad no puede eliminar a la oscuridad.
Sólo la luz puede hacerlo.
Sólo el amor puede eliminar al odio.
Martin Luther King
Me explico. Primero veamos cómo funciona en realidad la manipulación psicológica. Se basa en un grupo de emociones que controlan a nivel profundo las relaciones humanas y que tienen un gran impacto en la autoestima:
1. La culpa nos hace sentirnos mal con nosotros mismos y repudiados por nuestro entorno social cuando infringimos sus normas.
2. La vergüenza tiene un impacto negativo en la autoestima aún mayor que la culpa. El sentirnos ridículos, objeto de risas, bromas o lástima señala que hemos perdido prestigio en nuestro entorno social y nadie nos toma en serio.
3. El miedo nos atenaza y nos inmoviliza. Nos hace vivir a la defensiva en vez de desarrollar nuestra creatividad y hacernos crecer como personas. Nos impide movilizarnos y defendernos de quien nos ataca.
4. La compasión es una de las emociones humanas más loables, pero que puede ser explotada de forma muy eficaz para la manipulación psicológica. El maltratador se presenta como víctima merecedora de compasión, de tal manera que si no le otorgamos lo que quiere o, peor aún, nos defendemos de él, apareceremos ante los demás y nosotros mismos como poco compasivos, lo que generará culpa y vergüenza.
5. La indignación es lo que moviliza al grupo social en contra de aquellos que infringen sus normas. Su efecto inmediato es generar culpa y vergüenza en aquellos contra los que va dirigida. Suele ir acompañada del sentimiento de superioridad moral (“self-righteousness” en inglés), una emoción que aumenta el ego del que la siente provocando una gran satisfacción consigo mismo.
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Culpa, miedo, indignación |
Pero debemos darnos cuenta de que estas emociones se utilizan también a gran escala como armas políticas. No digo que esto esté siempre mal. De hecho, la lucha política no-violenta se basa en hacer que los opresores sientan culpa y vergüenza de sus privilegios y sus acciones; en generar compasión por sus víctimas e indignación frente a los agresores. Por ejemplo, en los últimos años del Franquismo, las viñetas que salían en los periódicos ridiculizando al fascismo y sus instrumentos desempeñaron una gran labor en desgastarlo y movilizar a la opinión pública contra él.
Sin embargo, todas las armas pueden usarse para bien o para mal. Últimamente veo con preocupación como estas tácticas de manipulación psicológica son usadas indiscriminadamente para atacar a determinados segmentos de la población. Hace falta analizar este problema desde la perspectiva de la manipulación psicológica para hacer comprender a ciertas personas que no, no está bien hacer que alguien se sienta culpable o avergonzado por el simple hecho de ser hombre: “si eres hombre eres un violador potencial”. Tampoco está bien abusar de la compasión presentándose como víctima o como defensor autoproclamado de las víctimas. Por supuesto que hay víctimas, no lo estoy negando. Pero la mejor manera de ayudarlas no es iniciar una caza de brujas indiscriminada, culpando de su maltrato a personas inocentes, convirtiendo a alguien en sospechoso por el mero hecho de ser hombre.
También hay que tener cuidado con que, con tanto afán de prevenir los maltratos, estemos difundiendo miedo y visiones negativas del sexo como el origen de abusos, enfermedades y otros peligros, olvidándonos de que en la inmensa mayoría de los casos el sexo en una fuente de placer, intimidad, comunicación y felicidad. El miedo, como la culpa, la vergüenza y la indignación, son emociones negativas sumamente peligrosas, que se nos pueden ir de las manos con facilidad y hacer más daño de lo que pensamos. Y, por encima de todo, nunca confundamos la lucha genuina por mejorar la sociedad y aliviar el sufrimiento de la gente con sentimientos de superioridad moral y el engrandecer el ego a base de denostar a los demás.
Por cierto, a lo largo de este artículo he usado de forma deliberada el género masculino para el maltratador y el femenino para la víctima. Pero espero que quede claro, por lo que digo al final, que a nivel de ideologías se está dando mucho últimamente el caso inverso. En todo caso, lo justo es valorar el acto de por sí y no en función del sexo de quien lo ejecuta.
The ultimate weakness of violence is that it beget more violence.
With violence you can murder the hater but you just increase hate.
Hate cannot drive out hate.
Darkness cannot drive out darkness.
Only light can do that.
Only love can drive out hate.
La mayor debilidad de la violencia es que produce más violencia.
Con violencia puedes matar al que odia, pero producirás más odio.
El odio no puede eliminar la odio.
La oscuridad no puede eliminar a la oscuridad.
Sólo la luz puede hacerlo.
Sólo el amor puede eliminar al odio.
Martin Luther King
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