miércoles, 1 de enero de 2014

Cuando el dragón se despierta



“Viserys se acercó a Dany, le clavó los dedos en la pierna y le dijo: -Hazlo gozar, querida hermana, o te lo juro, verás al dragón despertarse como nunca se ha despertado antes-.”
Juego de Tronos, George R.R. Martin

Empecé a comprender el daño que me hacía la ira en una charla que dio el Dalai Lama en UCLA en junio de 1997. Como mucha gente, hasta entonces yo creía que los enfados son algo que hay que “sacar para fuera”, porque si se quedan dentro se enconan y acaban por amargarte la vida. Creía que si alguien hace algo que te ofende, está bien enfadarse con esa persona, incluso pelearse con ella hasta que las cosas queden bien claras. El Dalai Lama cuestionó esas creencias. Su charla se centró en el peligro que representa los niveles crecientes de ira en el mundo. Nos dijo que nos correspondía a cada uno comprender la ira que surge en nosotros, calmarla antes de que se extienda como un fuego en la sociedad. Es la idea budista del karma: cuando haces el mal, va pasando de persona a persona hasta que eventualmente regresa a ti. A no ser, claro está, que haya alguien en esa cadena de causa y efecto que absorba el mal sin transmitirlo. En ese caso el buen karma de esa acción cancela el mal karma que ha recibido. Es una idea bonita, pero dudo que en la realidad las cosas funcionen de forma tan mecánica. El caso es que me quedé con la idea de que puede ser malo eso de exteriorizar los enfados.

A partir de entonces fui tomando nota de las veces que me enfadaba: las peleas de tráfico, las riñas con mi mujer, mi exasperación con los problemas del trabajo. Luego vino ese percance vergonzoso con el hombre de la limpieza en mi trabajo, que acabó de abrirme los ojos. Un día salí del laboratorio para encontrarme el suelo pasillo enjabonado casi por completo; sólo quedaba un estrecho pasadizo de suelo seco junto a la pared. Yo iba con prisa. Di varios pasos apresurados junto a la pared, pero al ir a entrar en el laboratorio de al lado pisé esa capa resbaladiza y aterricé de espaldas en ella, haciéndome daño y mojándome completamente el pantalón. El señor de la limpieza me preguntó si estaba bien; yo le dije que sí con una mirada irritada, luego entré en el laboratorio y me sequé como pude con unas toallas de papel. Al cabo de una semana o dos me volví a encontrar el pasillo cubierto de jabón, sólo que esta vez lo estaba de pared a pared. Un cartel nos advertía que debíamos salir del edificio y entrar por otra puerta para llegar a la parte del pasillo más allá de la zona de limpieza. Eso, unido al incidente anterior, me enfureció. Mandé al carajo al cartel de una patada y me aventuré con paso decidido sobre el suelo enjabonado, utilizando mi equilibrio de montañero para conseguir no caerme esa vez. Pero cuando me senté delante del ordenador estaba tan alterado que no podía trabajar. Encima, me comunicaron que el señor de la limpieza se había puesto en contacto con su sindicato y querían venir a hablar conmigo. ¡Qué horror! ¡Yo, un tío de izquierdas de toda la vida, iba a tener problemas ahora con un sindicato! No me encontraba en condiciones de hablar con nadie: estaba furioso con el tipo de la fregona y conmigo mismo por reaccionar así. Decidí salir a dar un paseo para calmarme. No pude trabajar el resto de la tarde. Al día siguiente todavía me costaba trabajo concentrarme. Pero ya podía pensar con más calma y me di cuenta de que tenía que reestablecer mi paz mental y continuar con mi trabajo. Le pedí disculpas al señor de la limpieza y pronto las aguas volvieron a su cauce.

Lo que más me impactó de todo ese episodio fue darme cuenta de que cuando estoy enfadado mi capacidad de pensar se vuelve nula. Mi mente se pone a darle vueltas y vueltas al asunto, a sopesar distintos planes de acción, a criticar a mi adversario y prever lo que va a hacer… No hay sitio para nada más. Es como si de repente toda mi inteligencia, de la que tan orgulloso estoy, se hubiera volatilizado. Otro síntoma preocupante de la ira es la “visión de túnel”: la concentración de mi atención en unas pocas ideas obsesivas, volviéndome incapaz de percibir claramente mi entorno. La ira es como una droga que altera de forma peligrosa las capacidades mentales. Por ejemplo, una pelea de tráfico puede ponerme en un estado mental peor que si estuviera borracho, poniendo en peligro mi vida y la de los demás. Y lo malo es que no hay prueba de alcoholemia para la ira que pueda servir para sacar a los conductores furiosos de la carretera.

Fue entonces cuando decidí que haría lo posible para no volver a enfadarme. ¡Fácil de decir! Tenemos mucho menos control sobre nuestra mente del que creemos. En particular, las emociones son prácticamente imposibles de cambiar. Por mucho que me empeñara, cuando me enfadaba no había manera de acabar con el cabreo. Sin embargo, aunque la emoción en sí era imposible de evitar, aún tenía control sobre mis acciones. Cuando dejaba que mi ira se vertiera en la gente que me rodeaba, su reacción tendía a alimentar mi enfado y hacerlo durar más. Por lo tanto, lo mejor era aislarme y esperar a que se me pasara el cabreo. Justo lo contrario de lo que había oído decir, pero la estrategia pareció funcionar bastante bien. Por supuesto, me prohibí de forma terminante tomar represalias contra otros conductores en la carretera. Pronto descubrí que mi conducción se volvía mucho más segura y placentera; podía disfrutar mejor de la música, de la radio o de mis propios pensamientos.

Más adelante hice otro descubrimiento: si bien era imposible suprimir un enfado una vez desarrollado, sí era posible evitar que surgiera si lo pillaba a tiempo. Esa táctica resultó enormemente eficaz y muy pronto mis enfados disminuyeron de forma tan apreciable que mi mujer lo notó y me preguntó cómo lo había conseguido. El truco está en darse cuenta de esas emociones aparentemente inofensivas que son el germen de la ira: el sentirse molesto, la impaciencia, la frustración. Son más fáciles de manejar que la ira, a base de ajustar nuestra conducta para dejarlas pasar… Ponerme a meditar en la cola del supermercado, sin pensar en el tiempo que me queda que esperar. Trabajar sin prisa, dejando que el ritmo del trabajo se establezca por sí mismo. Reírme de los inevitables problemas de ordenador que tanto nos frustran. Y, sobre todo, siendo amable con todo el mundo, comprendiendo que ellos también tienen que bregar con sus emociones como lo tengo que hacer yo.

Cuando se mira con atención a la ira y todas esas emociones que la acompañan, se descubre que apuntan a ciertas actitudes básicas y problemáticas en nuestra vida: el ir siempre con prisa, el sentirse demasiado importante, el creerse mejor que los demás. Se redescubre así virtudes que antes asociábamos a la religión, pero que ahora cultivamos por nosotros mismos, porque nos traen paz mental y felicidad: la paciencia, la tolerancia, la humildad.

Hay gente que reacciona de forma muy negativa cuando se les dice que la ira es un problema. Sienten que tienen derecho a estar enfadados, pues la vida ha sido muy injusta con ellos. Te dirán que son personas explotadas, oprimidas, maltratadas, que su indignación es lo que las mueve a luchar contra todas esa injusticias para que no les vuelvan a pasar ni a ellas ni a nadie más. En  muchos casos lo que dicen es verdad. Vivimos en una sociedad tremendamente injusta, llena de opresiones de todo tipo: diferencias económicas y de clase, racismo, sexismo… Sin embargo, la ira difícilmente puede ayudar a salir de esas situaciones. Conduce a episodios de catarsis, de violencia incluso, en los que la energía pega un subidón y luego se disipa… y las cosas siguen igual. Cambiar la sociedad requiere organización, trabajo continuado y colaboración con los demás, tareas que se basan en emociones positivas como la empatía y la compasión. Emociones negativas como el miedo y la ira tienden a minar este tipo de tareas conjuntas.

Lo que ocurre en realidad es que la ira tiene un curioso componente placentero, casi adictivo. Moviliza nuestra energía interior y tiende a darle color a la monotonía de nuestras vidas. Asociada con ideologías y con dinámicas de masas nos hace sentirnos poderosos. El sabernos en posesión de la verdad, el sentirnos moralmente superiores a los demás, sirve para compensar la baja autoestima, para curar esas heridas psicológicas que nos ha ido dejando la vida. La ira se convierte entonces en un tónico diario, en algo que nos moviliza y nos da sentido. Es una droga sumamente peligrosa que conduce al fanatismo y la violencia. Éste es un tipo de enfermedad muy extendido. Lo encontramos en los hinchas del fútbol, en fundamentalistas religiosos y en grupos políticos tanto de izquierdas como de derechas.

Han pasado muchos años desde aquella charla del Dalai Lama, desde aquel triste episodio del pasillo enjabonado. Mi vida ha cambiado mucho, soy mucho más feliz. La gente que me conoce hace años ha sido testigo de ese cambio. Ahora me resulta más fácil no enfadarme, ya que determinadas actitudes se han convertido en hábitos con el tiempo. Me gustaría poder decir que la ira ha desaparecido completamente de mi vida, pero no es así. El dragón está dormido, pero en el momento más inesperado se puede despertar.

4 comentarios:

  1. Es un regalo leer texto tan sabio este primer día del año 2014. Gracias Hermes! Que la Luz sigue iluminando tu camino!

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  2. ¡Gracias, Chloé! Sí, quería empezar el año con un artículo que valiera la pena. Fue mi esposa quien me sugirió que escribiera sobre esto. ¡Feliz año 2014!

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  3. La visión de un científico loco con barba y gafas cabreado como un mono empeñándose en pisar por lo mojado, mientras el del mocho lo mira estupefacto, me ha costado un rato de risas.
    Ahora en serio. La ira, como tu la describes mejor que yo, esa reacción de nuestra amígdala, de nuestro cerebro reptiniano, que tiene poder acumulativo y nos lleva a punto de no retorno en el que lo vemos todo rojo y nos convertimos en un berserk, es una vieja conocida mía. Pero hay una ira cultural, que viene del adoctrinamiento y la intolerancia, la ira de la mente cerrada, del los unos y los otros, una ira que te inculcan e incluso le ponen un simbolito o un logotipo (bandera, uniforme, tatuaje, pañuelo, gesto con el brazo). Y sin ser neurologa, le veo muchas concomitancias, porque también está basada en el no pensar, no pasar por el cerebro, magnificar, perder la perspectiva, y ser violentos de forma ciega. Ese proceso biológico, que en origen estaba pensado para huír, pelear o defender el cachorro, me temo que se puede sintetizar, procesar y usar para crear fanáticos.

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    1. lavacamejor, tal y como tú lo describes, yo también me hartado de reír.

      En cuanto a lo de la ira cultural, creo que es un tema superimportante. Yo lo veo también como el fanatismo, que se acaba metiendo en todos los movimientos políticos y estropeándolos. Creo que ese tema se merece su propio artículo, que espero escribir muy pronto.

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