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sábado, 23 de abril de 2016

“La penetración es violación” - la controversia

Esta idea se le atribuye a Andrea Dworkin en su libro Intercourse (http://boards.straightdope.com/sdmb/showthread.php?t=312271) y ha sido fuente de una gran controversia durante décadas (https://www.quora.com/Why-do-some-radical-feminists-consider-PIV-to-be-rape-and-a-tool-for-the-subjugation-of-women). Por supuesto, el feminismo sexo-positivo que predomina en nuestros días la rechaza completamente, no sólo por absurda sino porque trivializa el crimen de la violación. Pero, por otro lado, ciertas feministas que se autodenominan “radicales” (aunque a menudo se alían con los conservadores) y que forman un reducto nada despreciable del feminismo anti-porno mantienen una postura un tanto ambigua ante la idea de que penetración equivale a violación. Algunas niegan que Dworkin escribiera esto, lo que parece ser verdad estrictamente hablando (http://radgeek.com/gt/2005/01/10/andrea_dworkin/), aunque también es cierto que Intercourse está escrito en un lenguaje enrevesado que sugiere esa idea sin llegar a afirmarla categóricamente. Lo cierto es que hay feministas “radicales” que la suscriben completamente (https://witchwind.wordpress.com/2013/12/15/piv-is-always-rape-ok/). Otras feministas la rechazan en principio, pero enseguida arguyen una serie de ideas parecidas (https://www.facebook.com/permalink.php?id=119311564818398&story_fbid=281146585301561), como que la penetración es un símbolo de dominación masculina, que la penetración no es una fuente de placer para la mujer o que la sociedad impone la penetración como la única forma de sexo (http://radicalprofeminist.blogspot.com/2011/04/andrea-dworkin-said-all-heterosexual.html). Lo preocupante es que esta idea ha sido absorbida por la cultura feminista en forma de una sutil oposición al sexo penetrativo y una actitud de sospecha frente al placer masculino en el acto sexual.  

sábado, 16 de abril de 2016

Un problemilla en Magaluf (3)

De repente, una furia feroz le salió de dentro. No había derecho a que fuera a gozar de ella después de todo el daño que le había hecho. Ella, que le había ganado la partida a Luis con su cuadrilla de fachas, no iba a dejar que ese mequetrefe se saliera con la suya. Sabía que tenía el tiempo a su favor. Si conseguía resistir unos minutos más, lo tendría en su poder. ¡Y entonces se iba a enterar de lo que era bueno!

Se volvió súbitamente en la cama, encogió las piernas y lo golpeó en el vientre con los pies juntos, como le había hecho a Luis aquella noche funesta. Jack se dobló en dos y cayó de culo sobre el suelo. Ella se puso en pie de un salto y abrazó a Art por la espalda, interponiéndolo entre ella y Jack.

-¡Maldita puta! -masculló Jack entre dientes mientras se levantaba trabajosamente del suelo-. ¡Te vas a arrepentir de eso!

Jack se les acercó, intentando rodear a Art para pegarle, pero Cecilia lo hizo girar para mantenerlo entre ella y Jack. Art era como un pelele inerte en sus brazos.

-Art, you dumb ass! Get out of the way! -le ordenó Jack.

Art se debatió débilmente entre sus brazos, pero Cecilia se pegó aún más a él. Abrazándose a su cintura, le bajó la cremallera de los shorts, introdujo su mano en la bragueta y empezó a masturbarlo. Art se abandonó completamente a ella.

Jack la agarró del brazo con el que masturbaba a Art. Ella le pegó una patada, haciéndolo retroceder.

Respiraba entrecortadamente. Jack era más fuerte que ella. Si la atacaba con decisión no iba a poder resistir mucho tiempo. ¡Y sabe dios lo que le haría cuando la atrapara! ¿Es que esa dichosa droga nunca iba a hacerle efecto?

Jack le sonreía cruelmente. Se agachó, recogió sus pantalones del suelo y extrajo el cinturón de las hebillas. Intentó pensar en algo para entretenerlo.

-Mira en el bolsillo Jack. ¿Dónde están tus pastillas?

-No necesito pastillas. Quiero que sientas bien lo que te voy a hacer.

Saltó hacia ella, haciendo girar el cinturón alrededor de Art. El trallazo la alcanzó en mitad de la espalda, arrancándole un grito de alarma. Jack sonrió con satisfacción, preparándose para pegarle otra vez. Cecilia retrocedió hasta que su espalda chocó contra la cortina de la ventana.

-¡Encontré tus pastillas, Jack! Las tiré al váter… Todas menos una, que puse en el vaso del que bebiste en el cuarto de baño.

-¡Mentira! -gritó Jack, y la volvió a golpear con el cinturón. Esta vez la alcanzó en el muslo, levantándole un vivo escozor.

-¡No, no es mentira, Jack! Pronto empezarás a sentir los efectos.

Pero su propia voz sonaba insegura. Algo no funcionaba. ¿Y si la pastilla no se había disuelto en el agua? ¿Y si esas pastillas eran de otra cosa?

Retrocedió pegada a la ventana hasta quedar metida en la esquina, con el cuerpo de Art entre ella y el temible cinturón de Jack.

Jack quiso volver a pegarle con el cinturón, pero esta vez su brazo se movió con torpeza y el cinturón sesgó en aire a varios centímetros de la pierna de Art. Jack se quedó mirando su mano con la expresión de incredulidad de un borracho que no acierta a entender su incapacidad.

-¿Ves? Ya te empieza a hacer efecto la droga, Jack -dijo con triunfo.

Jack intentó una vez más golpear con el cinturón, pero apenas consiguió blandirlo un poco frente a él. Una expresión de terror se apoderó de su rostro al darse cuenta de lo que le estaba pasando.

-Enseguida voy a ser yo quien te pegue con tu propio cinturón. ¡Te arrepentirás de haber intentado violarme!

-¡No intenté violarte! Sólo… divertirnos… un poco…

El cinturón se deslizó entre sus dedos y cayó al suelo.

-¡Por supuesto que querías violarme! Primero intentaste drogarme. Y cuando eso no funcionó me pegaste e intentaste violarme a la fuerza.

Jack levantó las manos con las palmas hacia ella.

-All right! All right! -dijo arrastrando las palabras-. Lo siento, me pasé un poco… Me puse enfadado por lo que le haces al pobre Art.

-Yo no le hago nada malo a Art… Sólo divertirnos un poco… ¡Mira!

Extrajo la polla de Art de sus pantaloncitos, acariciándole el frenillo con el pulgar.

Jack tenía la mirada fija en ellos, la cara inexpresiva. Se tambaleaba ligeramente.

-¿Y tú, qué, Jack? ¿Tú no quieres “divertirnos un poco”?

Cecilia avanzó cautelosamente hacia él, manteniendo a Art delante de ella como escudo. Cuando llegó frente a Jack soltó a Art, quien cayó lentamente de rodillas al suelo.

Jack parecía estar paralizado. Abría y cerraba las manos. Los ojos la enfocaban y luego se perdían en el vacío. Debía estar luchando a brazo partido contra los efectos de la droga, que poco a poco se iba apoderando de su consciencia.

Se plantó delante de él, muy cerca y le agarró la polla, que se endureció en sus manos. Empezó a masturbarlo. Jack soltó un quejido, no sabía si de placer o de impotencia.

-¿Ves, Jack? Así podemos divertirnos un poco, como tú decías. ¿Te gusta? ¡Pues ya verás, esto te va a gustar aún más!

Se arrodilló delante de él, junto a Art, y acercó la polla a su boca. Jack dio un gemido de terror.

-¿Qué pasa? ¿Todavía tienes miedo de que te la muerda? Bueno, pues ya que no te fías de mí tendré que dejar que lo haga tu amigo. ¡Come on, Art, suck his cock…!

Empujó la cara de Art hacia la verga de Jack, le hizo abrir la boca y se le metió dentro. Para su satisfacción, Art empezó a chuparla con fruición. Se ve que no era la primera vez.

Jack miraba hacia abajo, los ojos clavados en la nuca de Art. Extendió las manos hacia su cabeza, como si quisiera apartarlo, pero no pudo hacerlo. Su mano derecha acabó sobre el pelo rubio de Art en un especie de lánguida caricia. Jack cerró los ojos.

Cecilia recogió el cinturón del suelo, se puso en pie y se plantó otra vez delante de Jack. Le sacudió un bofetón para hacerle abrir los ojos. Estiró el cinturón entre sus manos enfrente de él, sonriéndole maliciosamente.

-¿Qué, Jack, tú crees que la droga te impedirá sentir cómo te zurro con el cinturón? Supongo que nunca lo sabremos, porque mañana te habrás olvidado de todo. De todas formas, ya me ocuparé yo de que no puedas sentarte a gusto por un par de días.

Vio una última mirada de terror en los ojos de Jack antes de que se cerraran. Se tambaleó y se habría caído al suelo si ella no lo hubiera sujetado. Lo dejó tendido en el suelo y se las arregló para que Art volviera a chupársela.

Se sentía exultante. Contra todo pronóstico, le había ganado la partida. Había valido la pena todo el miedo que había pasado.

Se sentó en el sillón, masturbándose mientras los contemplaba. Jack parecía relajado, estremeciéndose de vez en cuando. Art tenía los ojos cerrados, cumpliendo su misión con la ayuda de una mano. Por fin vio a Jack sacudirse mientras eyaculaba en la boca de su amigo.

-¿Qué? No ha estado mal, ¿verdad? Bueno, ha llegado el momento de que saldemos esas cuentas que tenemos pendientes.

Apartó a Art y, cogiendo a Jack por los pies, lo hizo rodar hasta dejarlo tumbado sobre el vientre. Luego hizo que Art se sentara sobre su espalda, por si la droga no era lo bastante fuerte para inmovilizarlo.

De pie a su lado, empuñó el cinturón.

Jack gimió y se sacudió con cada trallazo que le dio en el culo. Intentó levantarse después del tercero, que debió ser particularmente doloroso, pero no pudo vencer el peso de Art en su espalda. Curiosamente, no sentía rabia al pegarle, a pesar del daño que le había hecho hacía un momento. En vez de eso se sentía exultante de poder y presa de un sadismo calculado y metódico. No era la primera vez que le pegaba a alguien con un cinturón y sabía bien como hacerlo. También sabía por experiencia propia lo que se sentía y el imaginárselo le producía una excitación profundamente sexual.

Jack se debatía y gemía bajo los golpes. Ciertamente, la droga no le impedía sufrir el castigo, pero sí que anulaba su voluntad y lo debilitaba lo suficiente para no dejarlo escapar de debajo de Art.


Estuvo trabajándole el trasero un buen rato hasta que lo dejó completamente cubierto de bandas color carmín y morado. Luego le atizó en los muslos, pensando en dejarle unas buenas marcas que tendría que lucir en público si se ponía en bañador.

Art parecía estar vagamente consciente de lo que estaba pasando, pero él tampoco parecía tener la presencia de ánimo para hacer nada. Hacia el final empezó a revolverse incómodo. Levantó la cara para mirarla, los ojos muy abiertos.

-¡Please, stop! -gimoteó-. ¡Please! ¡Please!

Cecilia dejó caer el cinturón y se sentó en el sillón a recuperar el aliento.

-¡Come here! -le ordenó a Art.

Art se levantó del cuerpo tembloroso de Jack y se le acercó en dos pasos vacilantes. Parecía que se le iban pasando los efectos de la droga. Se arrepintió de haber tirado el resto de las pastillas al váter. Pero la verdad es que tampoco podía haberse arriesgado a que Jack le hiciera tragarse una.

Cogió a Art de la mano y lo hizo sentarse en su regazo.

-I had to punish Jack because he was a bad, bad boy -le explicó como si hablara con un niño-. He hit me and tried to rape me. You were also a bad boy.

-No… I was good! I didn’t try… to rape you.

-Yes, you did! You knew that there was a drug in my drink… Didn’t you?

-I… I didn’t want to… -Se interrumpió, mirándola con ojos asustados.

Sonaba mucho más coherente ahora. Decididamente, se le estaba pasando el efecto de la droga. Tenía que hacer algo enseguida.

Lo hizo levantarse de su regazo y se puso a buscar por la habitación algo con que atarlo. Había unas cuerdas de nylon para abrir y cerrar las cortinas. Fue al cuarto de baño y rompió el vaso del que había bebido Jack. Luego, subiéndose al sillón, usó el borde afilado del cristal para cortar la cuerda de la cortina. Obtuvo dos segmentos de longitud adecuada para su propósitos

Se acercó a Art con una de las cuerdas. Estaba en pie, los brazos colgándole a los lados del cuerpo, mirándola con temor.

-Please, don’t hit me with the belt -le suplicó.

-Be a good boy and do what I tell you, and I won’t hit you with the belt.

-You promise?

-Yes, I promise… Take off your shirt.

Obediente, Art se quitó la camiseta. Ella procedió a atarle la muñecas tras la espalda. Art parecía estar todavía lo suficientemente drogado para dejarse hacer, mirándola con esa expresión mezcla de incredulidad y concentración que le daba la droga.

Cecilia se sentó sobre la espalda de Jack y usó otro segmento de cuerda para atarle a él también las muñecas a la espalda. El efecto de la droga aún le duraría un tiempo, pero mejor tenerlo atado por si acaso. No quería ser interrumpida en lo que iba a hacer.

Volvió junto a Art, le desabrochó los shorts y los dejó deslizarse piernas abajo hasta el suelo. Como había podido apreciar antes, no llevaba calzoncillos.

-I promised not to hit you with the belt, but you have been a bad boy, so I’m going to give you a good spanking.

-No, please! -protestó él débilmente.

-Será divertido, ya verás…

Su polla estaba medio empalmada y se endureció rápidamente cuando se la acarició. Tirando de ella, lo condujo al sillón y lo atravesó sobre su regazo. Él se dejó hacer, dócilmente.

El culo de Art era tan bonito como se lo había imaginado: redondito y apretado, muy pálido, cubierto de una fina pelusa rubia. Estuvo acariciándoselo y estrujándoselo un buen rato, disfrutando a tope de él. Luego le volvió a explicar en inglés que había sido un chico muy, muy malo, y empezó la azotaina. Más que para castigarlo, lo hacía para su propio placer. Disfrutó apreciando como la piel blanca de las nalgas iba a adquiriendo un bonito tono sonrosado, cada vez más oscuro. De cuando en cuando se detenía a sobárselas otra vez, saboreando el calorcito que emitían. Art gemía y pataleaba pero no intentó escapar del castigo, no sabía si por la docilidad que le daba la droga o porque, como le pasaba a ella, en el fondo disfrutaba de una buena azotaina. Notaba su polla bien tiesa restregándose contra sus muslos mientras él se retorcía de dolor en su regazo. Eso la excitó aún más, llevándola a pegarle cada vez más fuerte. Levantando bien la mano en el aire, hizo llover sobre ese culito tan mono azotes propinados con toda la fuerza que pudo sacar de sus brazos, hasta que su propia mano empezó a arderle.

Cuando finalmente lo hizo incorporarse, vio en su mirada de aprensión y respeto que lo tenía en su poder aunque se le pasaran los efectos de la droga.

-Ahora viene lo más divertido -le dijo en español.

-What?

No se molestó en explicárselo. Le sacó los pantaloncitos de los pies y lo llevó a la cama, donde lo hizo acostarse bocarriba. Le acarició la polla hasta que adquirió toda la dureza de la que era capaz. Era una verga muy bonita: larga, derecha y delgada. Sería un pecado desperdiciar una verga así.

Entre su ropa esparcida por el suelo encontró su cartera, de la que sacó un condón. Se lo puso cuidadosamente, ayudándose con la boca. Luego se colocó a caballo sobre él y se penetró con avidez con esa polla que tanto codiciaba.

A Art se le puso una sonrisa tontorrona en la boca. Le pegó un bofetón.

-¡No te equivoques, chaval! Aquí al que están follando es a ti.

Art la miró con incomprensión. Le retorció los pezones hasta que lo sintió tensarse de dolor bajo ella. En cuanto lo soltó, la sonrisa idiota volvió a los labios del chico. Se encogió de hombros y empezó a cabalgarlo lentamente, ajustando el ángulo de la penetración para maximizar su propio placer.

Él seguía con la docilidad que le daba la droga, pero no por eso dejaba de disfrutar de la follada. Varias veces arqueó las caderas, intentado imponerle su propio ritmo, y ella tuvo que volver a abofetearlo para impedírselo. Cuando vio que él estaba a punto de correrse, dejó caer todo su peso sobre su pubis para penetrarse hasta el fondo y relajó su vagina en torno a su polla de una forma especial que había aprendido a hacer cuando trabajaba de puta, negándole así la presión que necesitaba para llevarlo a la eyaculación. Art gimió de frustración.

Se quedó contemplándolo, presa de una súbita indecisión. Estaba buenísimo, desde luego, y su cuerpo le pedía a gritos volver a cabalgarlo a todo trapo hasta llegar al orgasmo. Pero Art la miraba ahora con esa sonrisa prepotente que le decía que sabía que ella no se iba poder resistir. En cuanto volviera a moverse, él se correría, y así se habría salido con la suya. No se lo merecía. Art había sabido desde el principio que Jack la iba a drogar y había cooperado completamente con él para hacerlo. Si lo hubieran logrado, sabe dios lo que le habrían hecho… La habrían enculado, seguro, estaba claro que eso es lo que pretendía hacer Jack. A saber a cuántas mujeres habían violado entre los dos.

No, no se merecía disfrutar de ella. Se le ocurrió un plan perverso que la excitó más aún que seguir follándolo. Se levantó bruscamente de él, abandonando su polla insatisfecha.

-What are you doing? -gimió Art-. Please come back!

Cecilia lo ignoró y fue a buscar a Jack, quien parecía medio dormido. Lo hizo levantarse del suelo, lo empujó dando traspiés hasta la cama y lo hizo acostarse al lado de Art.

Cuando le explicó a Art lo que quería que hiciera, él volvió a gemir y suplicar, rodando en la cama para alejarse lo más posible de Jack. Era lo que se esperaba. Recogió el cinturón de Jack del suelo y le dio un buen trallazo a Art en la delantera de los muslos. Él rodó en la cama para protegerse, lo que ella aprovechó para encajarle otro magnífico azote en el trasero. Con eso Art se mostró mucho más dispuesto a cooperar.

Fue al cuarto de baño y se enjabonó bien las manos. Volviendo a la cama, le quitó el condón a Art y usó la espuma de jabón en sus manos para lubricarle bien la polla y el culo de Jack. Hizo rodar a Art hacia la espalda de Jack y lo ayudó a penetrarlo.

¡Qué, Jack! ¡Me querías dar por culo y al final has sido tú quien ha salido enculado! Qué ironías tiene la vida, ¿verdad?

Bastó volver a enseñarle el cinturón a Art para hacerlo comprender que ella no se conformaría si no cumplía su cometido con el brío necesario. Luego él pareció encontrarle el gusto a la cosa y se puso a bombear el culo de Jack con fruición. Éste parecía vagamente consciente de lo que le estaba pasando. Gemía un poco con cada acometida, pero no hizo ningún esfuerzo para escapar. Algo debía de gustarle, a juzgar por la erección morcillona que había adquirido su polla.

Verlos follar la puso tope de cachonda. Se arrodilló a horcajadas sobre sus cabezas para verlos bien, masturbándose con gusto mientras los contemplaba. El trasero de Jack estaba cubierto de las bandas escarlata que le había dejado con el cinturón, mientras que el de Art tenía todavía el bonito color sonrosado de la azotaina, surcado por la banda rojo oscuro del último trallazo con el cinturón. Eran dos chicos malos cumpliendo el castigo que se merecían. Esa idea terminó de llevarla al clímax. Tuvo un par de orgasmos más antes de que Art lograra descargar su semen dentro de su amigo.

Art se puso a lloriquear y a quejarse en cuanto se le pasó la erección. Inesperadamente, eso le provocó remordimientos.

¿No me habré pasado un poco con ellos? A los tíos este tipo de cosas que les hacen dudar de su masculinidad les pueden resultar muy traumáticas. Quizás debería haber terminado de follar con Art y dejar allí la cosa.

¡No, qué va, se lo tienen bien merecido! A lo mejor sentirse un poco menos macho les quitan las ganas de violar a las tías…

Pero lo que yo he hecho es violarlos a ellos, ¿o no?

Le entró el ansia de irse de ahí cuanto antes.

Se vistió rápidamente. Jack se había quedado dormido. Art la seguía con los ojos, con mirada resentida.

Le desató las muñecas a Jack, haciendo caso omiso de las exigencias de Art de que lo desatara a él también. Si lo hacía era capaz de darle una paliza para vengarse. No, ya lo desataría Jack cuando se despertara.

Salió precipitadamente de la habitación.

En la calle el cielo empezaba a iluminarse sobre los montes con el inminente amanecer. Preguntando, le dijeron que el mejor sitio para encontrar un taxi era frente al hotel Magaluf Playa. Efectivamente, allí encontró varios taxis haciendo cola para llevar a los turistas con vuelos tempranos al aeropuerto.

En diez minutos estaba de vuelta en el chalet de los Santillana. Se metió en la cama diminuta de su cuarto diminuto y se quedó dormida instantáneamente.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Así maltratamos a nuestra pareja


“Quien bien te quiere te hará sufrir” dice el refrán. Normalmente esto se interpreta como que alguien que te ama te señalará tus imperfecciones y errores, aunque no te guste, pero también se ha señalado que un dicho así puede servir para justificar el maltrato. Sin embargo, hay otra manera más de interpretar el refrán: simplemente constata la realidad más bien irónica de que dos personas que se aman tienden a hacerse daño. Y no precisamente porque estén empeñados en convertirse mutuamente en personas mejores a base de corregir sus errores. Sí, las relaciones amorosas suelen traer consigo una buena carga de sufrimiento. A todo el mundo esto le parece algo inevitable, como si hubiera que pagar un precio por el amor que recibimos.

Pero yo pienso que no tiene que ser necesariamente así. Si nos hacemos daño cuando nos amamos es porque tenemos que estar haciendo algo mal. Al parecer, cuando llegamos a un cierto grado de intimidad con una persona empezamos a permitirnos una serie de comportamientos que crean fricciones e incluso daño emocional. “Las confianzas dan asco”, que dice otro refrán. Entonces, quizás lo que debamos hacer es reconocer esos comportamientos y aprender a evitarlos. No quiero hablar aquí de conductas de franco maltrato, como pueden ser el daño físico o la violación, sino de una serie de estrategias de manipulación psicológica que producen daño emocional y menoscaban la autoestima. En general, se basan en evocar tres emociones clave: el miedo, la culpa y la vergüenza. Aquí os dejo una lista tentativa de conductas nocivas en la pareja.

1. Coacción - La coacción se define como una demanda que no se puede rehusar sin desencadenar serias consecuencias negativas. Un ejemplo sería el sexo coactivo: “como me digas que no quieres sexo conmigo te voy a montar un numerito de mucho cuidado”. Pero se puede usar la coacción para muchas otras cosas: ir a una fiesta, elegir el sitio dónde ir de vacaciones, cómo decorar la casa o si tener hijos. La coacción señala que existe un desequilibrio de poder en la pareja que hace que una persona pueda imponer su voluntad sobre la otra.

2. Amenazas - Las amenazas son una de las formas más directas de coacción. Se basan en inspirar miedo para conseguir lo que queremos.  Una de las amenazas más frecuentes en la pareja es la de la ruptura. Se suele dar cuando existe un desequilibrio de poder basado en que una persona valora la relación mucho más que la otra. Puede ser simplemente porque está más enamorada, o porque la relación le supone una serie de ventajas que no quiere o no puede abandonar. En estos casos la amenaza constante de la ruptura puede convertirse en una continua coacción. A menudo la persona que amenaza con romper va de farol: en realidad no tiene la menor intención de hacerlo, pero sabe que así puede someter a su pareja a su voluntad.

3. Asustar - Las amenazas no son la única forma de inspirar miedo. También se puede crear una situación de ansiedad a base de asustar a la otra persona con actos como gritar, tirar o romper cosas, poner en riesgo la seguridad o la salud, o hacer algo ilegal. La simple presencia del miedo crea un clima de opresión.

4. Chantaje - El chantaje es una forma de coacción que consiste en amenazar con hacer algo que la otra persona no quiere si no accede a nuestras demandas. La forma más reconocible de chantaje es la amenaza de contar algo que la otra persona no quiere que se sepa. Como ejemplo está el “outing”, un nuevo verbo inglés que viene de la expresión “out of the closet” (salir del armario) y que se refiere a revelar a que una persona es gay o bisexual. Hoy en día se generaliza a descubrir que una persona practica el BDSM, el poliamor u otras formas de sexualidad no aceptadas por nuestra cultura.

5. Chantaje emocional - Consiste en utilizar el miedo, la obligación o la culpa (en inglés, “fear, obligation and guilt”, que forman el acrónimo FOG, que significa “niebla”) con el fin de presionar a otra persona de hacer lo que queremos. Se distinguen cuatro formas de chantaje emocional. La primera consiste en amenazar con castigar, privar de un beneficio o hacer daño. Un ejemplo clásico en la pareja es la privación de sexo o de afecto. La segunda consiste en el auto-castigo: en este caso se amenaza con hacerse daño a uno mismo. Un caso extremo sería la amenaza de suicidio (“¡déjala o me mato!”), pero también entra aquí el enfurruñarse o sumirse en un estado depresivo cuando no se obtiene lo que se quiere. La tercera forma de chantaje emocional consiste en adoptar conductas de auto-sacrificio con el fin de evocar sentimiento de culpa. Incluye todos esos actos de servicio que se hacen no porque se quieren hacer o como demostración de amor, sino para luego obtener algo a cambio: “¡me he tirado tres horas preparando la cena y tú no me haces ni caso!”. La cuarta forma es quizás la más difícil de reconocer, pues consiste en utilizar un premio o una tentación para conseguir lo que se quiere. Un ejemplo clásico es cuando le ofrecemos una golosina a un niño a cambio de un beso. En la pareja, ofrecer sexo o afecto como premio puede parecer en principio una buena idea, pero puede llevar a un ambiente de manipulación en el que no se sabe muy bien por qué se hacen las cosas.

6. Traspasar límites - Todos tenemos cosas que no queremos hacer o que no queremos que nos hagan. En inglés se conocen como “boundaries”, que quiere decir límites o fronteras. En una relación sana, cada persona define claramente cuáles son sus límites y la otra persona los respeta escrupulosamente. Los problemas vienen cuando los límites no están bien definidos o cuando se conocen y se rompen a propósito.

7. Incomunicación - Es sabido que la buena comunicación es esencial para el buen funcionamiento de la pareja. Ya resulta difícil en el mejor de los casos, pero a veces se sabotea a propósito como parte de actitudes ofensivas o defensivas, o con fines manipulativos. Un ejemplo es el “tratamiento de silencio”, que consiste en negarse a hablar con la otra persona. Su versión actual es el bloqueo en las redes sociales. Otro ejemplo consiste en hacer justo lo contrario: hablar sin parar para formar un “muro de palabras”  que no le permite a la otra persona expresarse. Formas más sutiles de incomunicación son el no querer escuchar, la comunicación agresiva y la comunicación pasiva. Esta última consiste en pretender que la otra persona nos lea la mente o adivine lo que queremos decir a base de indirectas, tono de voz o lenguaje corporal.

8. Mentiras - El peor tipo de incomunicación es cuando no se dice la verdad. Además, la mentira puede entenderse como una forma de privación de poder ya que la desinformación impide a la otra persona actuar de la forma más favorable para ella. La mentira se suele considerar la principal ofensa en la infidelidad conyugal, aunque a menudo esto es porque no se quiere reconocer el valor exagerado que nuestra cultura otorga a la exclusividad sexual. En realidad, cualquier tipo de mentira o falta de honestidad puede hacer daño en la pareja, ya que mina la confianza mutua.

9. Gaslighting” - “Gaslighting” en una forma extrema de abuso psicológico que consiste en la manipulación sistemática de la información que se suministra a otra persona. Así se va entretejiendo una red de mentiras, medias verdades, secretos y decepciones que generan un visión distorsionada de la realidad. Normalmente se hace con el fin de ocultar una situación de maltrato generalizado. Suele ocasionar un daño grave en la autoestima, incluso a hacer que la víctima llegue a cuestionar su propia cordura. El nombre viene de la obra de teatro Gas Light y de sus adaptaciones al cine.

10. Secretos - La cuestión de si se deben guardar secretos a nuestra pareja es sumamente delicada. Por un lado, todo el mundo tiene derecho a su privacidad; algunas cosas son tan íntimas que absolutamente nadie debe conocerlas. Por otro lado, el ocultar determinadas cosas que nuestra pareja tiene derecho a conocer para su propia seguridad puede ser equivalente a mentir por omisión. Los casos más claros son los de las enfermedades de transmisión sexual y la infidelidad.

11. Invadir la privacidad - Ésta es la otra cara de la moneda de los secretos. Todos tenemos derecho a revelar cosas de nosotros mismo si queremos, cuándo queramos y cómo queramos. También tenemos derecho a que lo que contamos a alguien no se transmita a terceras personas sin nuestro consentimiento. Como decía antes, no es legítimo guardar en secreto algunas cosas, pero eso no quiere decir que esté bien usar la fuerza o la coacción para forzarnos a desvelar un secreto. Un ejemplo de invasión de privacidad desgraciadamente frecuente hoy en día es buscar información en un móvil o en un ordenador sin permiso.

12. Quejas y reproches - Quejarse es algo normal y si algo no funciona bien en la pareja es esencial para la buena comunicación el decirlo. Pero hay muchas formas de decir las cosas. Cuando las quejas y los reproches se hacen con la intención de hacer que la otra persona se sienta culpable y avergonzada, entramos en el terreno del maltrato emocional. Los problemas hay que plantearlos en el momento adecuado, preferiblemente con tiempo de sobra para hablar sobre ello, sin ira y sobre todo sin ánimo de herir y ofender. Como en muchas otras cosas, la cantidad importa: una sarta interminable de reproches es indiscutiblemente abusiva. También hay que prestar atención a dos vicios relacionados con esto. El primero es el de ofenderse fácilmente, el estar a la que salta, de forma que la otra persona se tenga que estar autocensurando constantemente. Obviamente, la buena comunicación no puede darse así. El otro es el victimismo, el presentarse como víctima de abuso cuando en realidad no se es. Una de las mayores ironía del abuso psicológico es que el maltratador  suele presentarse como víctima, incluso estar convencido de que lo es.

13. Avergonzar - La vergüenza, incluso más que la culpa, es la emoción más destructiva de la autoestima. Sólo hay que pensar en todos los casos de adolescentes homosexuales que son llevados al suicidio por la vergüenza que evocan en ellos sus padres, su comunidad religiosa o sus compañeros de clase. Por eso, una de las formas más corrientes de maltrato emocional son los comentarios degradantes y las críticas continuas. Incluso la falta de alabanza cuando es merecida puede minar la autoestima de una persona. Si la persona a la que amamos no es capaz de reconocer nuestros méritos, ¿quién lo va a hacer? Un caso extremo es el llamado “cyber-bullying”, ciberacoso o acoso virtual: el acoso en las redes sociales de personas a base de avergonzarlas en público.

14. No disculparse - Todos tenemos que saber disculparnos, ya que todos cometemos errores. Una disculpa a tiempo puede significar la diferencia entre una pelea conyugal que se resuelve satisfactoriamente y otra que deja cicatrices emocionales para toda la vida. También puede suponer la diferencia entre percibir un error como un acto abusivo o como algo que se hizo sin malicia. La disculpa suele entrañar el reconocernos culpables del daño que hemos hecho, pero aunque no lo seamos todavía podemos disculparnos simplemente por haber participado en algo que hizo sufrir a quien amamos. Cuando en una pareja una persona se disculpa a menudo y la otra nunca es que algo marcha mal.

15. No perdonar - Las disculpas deben ser aceptadas, ya que el no hacerlo mina la dignidad de la persona que se ha disculpado. Esto no quiere decir que todo deba o pueda ser perdonado. De hecho, en muchas situaciones de maltrato nos encontramos con una forma patológica de perdón basada en la codependencia: la víctima constantemente perdona al maltratador, incluso inventando las disculpas más inverosímiles para el maltrato. Por lo tanto, una condición indispensable para perdonar debe ser que el acto a perdonar haya terminado ya. No se puede perdonar a quien persiste en su conducta. Pero, por otra parte, el no otorgar el perdón merecido puede convertirse en maltrato emocional al perpetuar el sentimiento de culpa de quien lo pide. Quizás lo más apropiado a hacer cuando no se puede perdonar a alguien es romper la relación, en vez de continuarla en la situación de desequilibrio de poder que supone el sentimiento de culpa. Una variante de este tema es cuando las disculpas son aceptadas pero utilizadas en el futuro una y otra vez para recordarle su culpabilidad a quien las ofreció. Esta manipulación de la disculpa es incompatible con el perdón sincero. Hay que saber pasar página.

16. Aislamiento social - En las sectas, una técnica muy común para crear dependencia emocional es la de separar a sus adeptos de su entorno de familia y de amigos. La víctima pierde así los elementos de referencia que le permitirían escapar de la adoctrinamiento de la secta. En una pareja se puede dar una situación similar cuando se quiere separar a la otra persona de sus amigos, normalmente por celos.

17. Presión social - También puede darse el caso de que una de las personas de la pareja se vea absorbida por los amigos y familiares de la otra, que por supuesto tendrán una opinión sesgada en caso de conflicto. La presión social también puede tomar la forma de normas culturales que favorecen a una persona más que a la otra. El machismo es un ejemplo de esto, como cuando la sociedad ve normal que el hombre controle el comportamiento de la mujer. Otro caso es cuando una de las personas de la pareja quiere practicar el BDSM o el poliamor, y la otra persona usa la normativa cultural para impedírselo. A veces esto toma la forma de lo que se denomina en inglés “slut-shaming” (“avergonzar a la zorra”), que consiste en provocar vergüenza a una mujer por su comportamiento sexual contraviniendo normas culturales.

18. Sabotaje - Hay veces en que no se respetan las obligaciones laborales, familiares y sociales de la otra persona en la pareja, de tal manera que se la perjudica indirectamente al impedirle cumplirlas. El caso más típico es cuando una pelea de pareja nos deja tan alterados que no podemos concentrarnos en el trabajo. En ese caso el sabotaje es involuntario e indirecto. Un paso más hacia una relación de maltrato es cuando alguien tiene tan poco respeto y consideración hacia su pareja que no pone el mínimo cuidado en respetar sus horarios de trabajo o el tiempo que le dedica a la familia o los amigos, apropiándose de todo ese tiempo y atención, por ejemplo, forzando citas o conversaciones telefónicas en momentos inoportunos. En situaciones extremas de abuso, el maltratador interfiere directamente con el trabajo o el entorno social de su víctima con acciones dedicadas directamente a destruirlos. Conozco el caso de un marido que llamó al jefe de su mujer diciéndole que ella dejaba el trabajo, en contra de los deseos de ella.

Supongo que muchas de estas cosas os resultarán familiares, bien porque las hayáis sufrido, bien porque las hayáis hecho. Desgraciadamente, son conductas usuales en la pareja. Al confeccionar esta lista no pretendo provocar ninguna caza de brujas. Hay que evitar caer en la auto-culpabilización, el miedo y la vergüenza que, al fin y al cabo, son la base del daño emocional que tratamos de evitar. Todos hemos tenido peleas de parejas en las que hemos intentado asustar y herir a la persona a la que amamos. Este tipo de peleas no deben considerarse como algo normal. Van dejando cicatrices que van socavando la relación, sentando la base para peleas posteriores y volviéndola cada vez menos saludable.

Estas formas de maltrato pueden llevarlas a cabo tanto hombres como mujeres. No quiero entrar aquí a discutir si se da más en un género que en el otro, aunque está claro que al ocurrir en una sociedad sexista hay que tener en cuenta el desequilibrio de poder que esto supone. Quizás los hombres seamos más dados a algunas formas de maltrato, como la coacción, el asustar y la incomunicación, y las mujeres a otras, como el chantaje emocional, los reproches y la presión social. Esto resultaría muy difícil de cuantificar.

Lo que sí me parece importante es señalar que en muchos casos el maltrato es mutuo, aun cuando es desigual. Es decir, que aunque una persona maltrate más que la otra, el contraataque y la venganza no están ni justificados éticamente ni suelen resultar efectivos. En la pareja, esto suele llevar a una intensificación del conflicto en una espiral de abuso creciente que acaba por convertir la relación en tóxica. Lo mejor que puede pasar en estos casos es que se llegue a la ruptura. Sin embargo, hay veces que se acaba por aceptar esta situación como normal: las dos personas están tan obcecadas en la búsqueda de poder que carecen de la claridad mental para salir de esa dinámica.

Claro que cuando estas conductas son profundas, maliciosas y generalizadas, con un profundo desequilibrio de poder entre las dos personas, se llega al abuso psicológico. Al contrario que el maltrato físico, el psicológico no deja marcas ni heridas, por lo que es insidioso y difícil de detectar. A menudo se desarrolla gradualmente y viene acompañado de situaciones de dependencia emocional, de forma que la víctima no reconoce su situación. Puede producir serios daños en la autoestima e incluso llevar al suicidio.

A cada cual le corresponde examinar cuidadosamente su conducta para ir eliminando todo elemento de maltrato. Cuando alguien nos abre el corazón eso lo vuelve extremadamente vulnerable, no debemos traicionar la confianza que se deposita en nosotros haciendo daño. El que lo hagamos de forma inconsciente o por ignorancia no nos disculpa. Si queremos que se nos ame de verdad, debemos aprender a amar. Y eso consiste en hacer feliz a nuestra pareja, no en hacerla sufrir.

domingo, 10 de mayo de 2015

¿Por qué sentimos vergüenza?


Desde hace un tiempo siento una gran fascinación por las emociones, quizás porque estoy convencido de que contribuyen en gran medida a nuestra felicidad. De hecho, es frecuente confundir la alegría (que no es más que una emoción) con la felicidad (que es un estado profundo de ser que transciende a las emociones). No voy a entrar aquí en definir la felicidad, sólo apuntar que depende en gran medida de sentir emociones positivas, como la alegría y el amor, y el limitar nuestras emociones negativas, como el temor, la ira y la tristeza.

Un grupo de emociones particularmente importantes son aquellas que están relacionadas con cómo nos percibimos a nosotros mismos y cómo nos perciben los demás. Por esa razón se denominan en inglés “self-conscious emotions” (Muris and Meesters, 2014): emociones de la consciencia del ser. Normalmente se nombran tres: la culpa, la vergüenza y el orgullo; pero existen otras relacionadas con ellas: la dignidad, la soberbia, el arrepentimiento, el ridículo y el humor. El orgullo, la dignidad y la soberbia son emociones positivas que nos hacen sentirnos bien con nosotros mismos, mientras que la culpa, el arrepentimiento y la vergüenza son emociones negativas que disminuyen nuestra autoestima.

En particular, la vergüenza es una poderosa emoción con una tremenda capacidad para hacernos daño, pudiendo llevar incluso al suicidio (Lester, 1997, Werbart Tornblom et al., 2015). También se ha visto que el desorden de estrés post-traumático (PTSD) no sólo está causado por el miedo, sino que tiene importantes componentes de culpa y vergüenza (Lee et al., 2001, Wilson et al., 2006). El comprender la vergüenza es también esencial en la lucha por las libertades sexuales y la igualdad. Tanto el “estar en el armario” como el que nos saquen de él a la fuerza (“outing” en inglés) tienen profundos efectos en la autoestima debido a la vergüenza que conlleva que no nos ajustemos a la normativa de la sociedad (Chekola, 1994).

¿Por qué existe la vergüenza? La clave de la supervivencia de los seres humanos es nuestra habilidad de vivir en grupos sociales. En el entorno en el que evolucionó nuestra especie, una persona sola sería incapaz de encontrar alimento y defenderse de los predadores para sobrevivir. Es a base de vivir en grupos como los humanos hemos sido capaces de conquistar casi todos los ecosistemas de la superficie terrestre. Sin embargo, el funcionamiento armonioso de una sociedad humana requiere que se respeten una ciertas reglas que establecen la cooperación mutua, de tal manera que todo el mundo contribuya y nadie se beneficie indebidamente del esfuerzo de otros. También hace falta que haya frenos a la agresividad y que se establezcan jerarquías que hagan que las opiniones y los actos de los individuos con mayor éxito y experiencia se valoren más que las de los demás.

El orgullo, la culpa y la vergüenza son emociones que evolucionaron para hacer que estas reglas sociales estén arraigadas en las profundidades de nuestro psiquismo (Breggin, 2015). Así, la culpa y el arrepentimiento cumplen la función de evitar que se rompan normas sociales y que reparemos el daño causado cuando lo hacemos. La vergüenza y la humillación aparecen frecuentemente asociadas con ataques que nos hacen perder nuestro atractivo social (Gilbert, 1997). Otros investigadores señalan que el orgullo y la vergüenza son señales sociales que benefician tanto a quien las expresa como a quien las observa (Martens et al., 2012). En particular, el mostrar vergüenza puede servir para apaciguar a los otros tras una transgresión social y así evitar o paliar el castigo. Por otro lado, la vergüenza desempeña un papel esencial en la regulación de la conducta social y es uno de los incentivos más fuertes para cambiarse a uno mismo (Lickel et al., 2014). Por ejemplo, el avergonzar al maltratador puede servir para mitigar o poner fin a situaciones de abuso doméstico y acoso sexual. Se ha visto que la vergüenza es fundamental en el tratamiento de personas que abusan sexualmente de niños (Proeve and Howells, 2002).

¿Pero entonces por qué existe la vergüenza como emoción distinta de la culpa? Mientras que la culpa es principalmente un freno a la agresividad y al egoísmo, la vergüenza y su emoción opuesta, el orgullo, actúan como incentivos para la cooperación. El orgullo nos señala un aumento en nuestro status social cuando tenemos éxito, mientras que la vergüenza opera como una señal de alarma que nos advierte que disminuye la estima con que se nos tiene en el grupo. En el entorno evolutivo, la capacidad de una persona para alimentarse y reproducirse debía estar estrechamente asociada a este estatus social, lo que explicaría que la vergüenza esté profundamente arraigada en el funcionamiento de nuestro cuerpo. Por ejemplo, la vergüenza produce rubor, que una respuesta automática del sistema cardiovascular. También produce importantes efectos negativos en el sistema hormonal, como un aumento en la hormona de estrés cortisol, y en el sistema inmune, como un aumento en las citoquinas pro-inflamatorias (Dickerson et al., 2004).

Resulta interesante analizar algunas emociones relacionadas con la vergüenza: la dignidad, la humillación, el ridículo y el humor. Podríamos decir que la dignidad es la manifestación externa del orgullo en nuestro comportamiento. Sin embargo, la dignidad puede ser mentirosa: podemos comportarnos de forma digna aunque por dentro no nos sintamos orgullosos. Si hacemos esto, a menudo la gente que nos rodea intentará desenmascararnos, exponiendo nuestra falta de autoestima al dejarnos en ridículo. El ridículo es, por lo tanto, una pérdida de dignidad que conduce al humor… Cuando el petulante gallito se cae en un charco, todo el mundo se ríe. Cuando una persona con buena autoestima se ve en una situación de ridículo reacciona uniéndose al regocijo general, riéndose de sí mismo. Paradójicamente, esto tiene el efecto de rescatarlo del ridículo. Por el contrario, una persona con baja autoestima intentará mantener su dignidad a toda costa: el petulante gallito se levanta del charco y se ajusta la ropa mojada, muy serio, pretendiendo que no ha pasado nada. El resultado son más risas.

Por otro lado, la humillación y el avergonzar son técnicas muy comunes tanto en el abuso psicológico como en el control de la gente por el poder religioso y político. Por lo tanto, hace falta desarrollar estrategias para desenmascarar esas campañas de humillación masiva. Una de esas estrategias es dar connotaciones positivas a palabras que se usan para humillar, como se hizo en inglés con las palabras “gay”, “slut” (“guarra”) y “pervert” (“pervertido”). En particular, “slut” se aplica ahora a ambos sexos, no sólo a las mujeres, y ha pasado a denominar a una persona liberada sexualmente con un poderoso eroticismo. También se usa en la expresión “slut shaming”, con la que se denuncia la actitud de querer avergonzar a una mujer por su conducta sexual. Por otro lado, neologismos como “homofobia”, “misoginia”, “misandria”, “sexo-negativo” y “erotofobia” se pueden usar para avergonzar a los opresores, exponiendo sus actitudes de odio y de miedo irracional.

En resumen, creo que comprender la emoción de la vergüenza es fundamental tanto por el papel que desempeña en nuestra salud física y mental como por su capacidad para ser usada para el abuso psicológico y la opresión cultural.

Referencias


Breggin PR (2015) The biological evolution of guilt, shame and anxiety: A new theory of negative legacy emotions. Med Hypotheses.

Chekola M (1994) Outing, truth-telling, and the shame of the closet. J Homosex 27:67-90.

Dickerson SS, Gruenewald TL, Kemeny ME (2004) When the social self is threatened: shame, physiology, and health. J Pers 72:1191-1216.

Gilbert P (1997) The evolution of social attractiveness and its role in shame, humiliation, guilt and therapy. Br J Med Psychol 70 ( Pt 2):113-147.

Lee DA, Scragg P, Turner S (2001) The role of shame and guilt in traumatic events: a clinical model of shame-based and guilt-based PTSD. Br J Med Psychol 74:451-466.

Lester D (1997) The role of shame in suicide. Suicide Life Threat Behav 27:352-361.
Lickel B, Kushlev K, Savalei V, Matta S, Schmader T (2014) Shame and the motivation to change the self. Emotion 14:1049-1061.

Martens JP, Tracy JL, Shariff AF (2012) Status signals: adaptive benefits of displaying and observing the nonverbal expressions of pride and shame. Cogn Emot 26:390-406.

Muris P, Meesters C (2014) Small or big in the eyes of the other: on the developmental psychopathology of self-conscious emotions as shame, guilt, and pride. Clin Child Fam Psychol Rev 17:19-40.

Proeve M, Howells K (2002) Shame and guilt in child sexual offenders. Int J Offender Ther Comp Criminol 46:657-667.

Werbart Tornblom A, Werbart A, Rydelius PA (2015) Shame and Gender Differences in Paths to Youth Suicide: Parents' Perspective. Qual Health Res.

Wilson JP, Drozdek B, Turkovic S (2006) Posttraumatic shame and guilt. Trauma Violence Abuse 7:122-141.


domingo, 15 de febrero de 2015

Misandria: odio al hombre

Bart Simpson escribe en la cabeza de su padre: "insertar cerebro aquí"

Tendría que haber sido obvio desde el principio, pero parece ser que una buena parte de las feministas han tardado décadas en darse cuenta de que no se pueden resolver los problemas de las mujeres sin contar con los hombres. Por fin asistimos a un clamor por poner fin a la guerra de los sexos, como lo hizo la actriz Emma Watson al lanzar la campaña feminista HeForShe con su discurso en las Naciones Unidas


En él dice, entre otras cosas: “Cuanto más he hablado sobre feminismo, más me he dado cuenta de que la lucha por los derechos de la mujer a menudo se ha convertido en sinónimo de odio a los hombres. Si hay algo de lo que estoy segura, es que esto tiene que acabar.” “Mi investigación reciente me ha mostrado que el feminismo se ha convertido en una palabra impopular.” “He visto el papel de mi padre ser menos valorado por la sociedad a pesar de que de niña yo necesitaba su presencia tanto como la de mi madre. He visto hombres jóvenes sufrir enfermedades mentales y ser incapaces de pedir ayuda por miedo de parecer menos macho (…). He visto hombres frágiles e inseguros a causa de un sentido distorsionado de lo que constituye el éxito masculino. Los hombres tampoco gozan del beneficio de la igualdad.”

Todo eso está muy bien, pero también haría falta hablar de cómo muchas versiones del feminismo han fomentado la misandria, el odio al hombre. Porque, en definitiva, lo que hace que muchos hombres no se apunten a la causa es que se han visto atacados por el feminismo una y otra vez. Se preguntan, con razón, si apoyando al feminismo no están yendo contra sus propios intereses. Claro que el feminismo no es la única fuente de misandria. Ni siquiera la encontramos sólo en las mujeres; tristemente, parece haber muchos hombres que detestan la condición masculina. Por ejemplo, el otras veces brillante científico Jared Diamond toma una actitud extrañamente misándrica en su libro “Why Is Sex Fun?”. En uno de sus capítulos, basado en sus experiencias con tribus de Nueva Guinea, nos viene a decir que los hombre nos sirven para nada.

Por favor, no nos metamos en discusiones estériles sobre qué es peor, si la misoginia o la misandria, como si tuviéramos que elegir entre ellas. Las dos actitudes son inmorales e incluso se refuerzan mutuamente. Odiar a los hombres no remedia en modo alguno el odio a las mujeres. Como pasa con todas las guerras, la guerra de los sexos al final daña a todos. Cuando se nos ataca a los hombres es más fácil que nos atrincheremos en actitudes defensivas y racionalicemos el machismo, de la misma forma que el degradar y explotar a las mujeres las puede llevar a apoyar posturas hembristas de odio a los hombres.

Como pasa con la misoginia, la misandria suele aparecer en formas muy sutiles e insidiosas, en frases hechas y estereotipos culturales que se aceptan de manera irreflexiva. A pesar de lo que decía antes de que la guerra de los sexos daña también a las mujeres, no faltarán feministas que quieran negar la existencia de la misandria en nuestra sociedad. Para que resulte más fácil identificarla, hago a continuación una lista de sus manifestaciones más frecuentes.

1. Denigrar el deseo sexual del hombre. ¿Cuántas veces hemos oído expresiones como éstas? “Los hombres piensan con la polla”. “Los hombres sólo piensan en una cosa”. “Los hombres son unos cerdos”. “Sí, dice que quiere ser tu amigo, pero lo único que quiere es follarte”. “Es un viejo verde”. Todas ellas insinúan que el que los hombres sientan deseo sexual por las mujeres en algo vergonzoso. Ciertas feministas de la segunda ola veían el deseo masculino como intrínsecamente explotador de la mujer y buscaron reprimirlo. Esta actitud persiste hoy en día en críticas hacia la pornografía y en nuevas leyes que buscan perseguir a los clientes de las prostitutas. En esto el feminismo anti-porno  se da la mano con las actitudes  represivas de las religiones tradicionales: el hombre debe desear sólo a su esposa, todo lo que se desvíe de eso es malo. En su forma más virulenta, esta actitud se combina con el desprecio por la edad (“edadismo”) para condenar el que un hombre maduro se sienta atraído por mujeres jóvenes. Las nuevas ideologías sexo-positivas celebran sin reparos la sexualidad femenina en todas su versiones, pero a menudo no queda claro si la sexualidad masculina merece el mismo trato. Por supuesto, el deseo sexual no justifica en modo alguno la agresión y la explotación de las mujeres, pero hay que enfatizar que lo que es malo no es el deseo en sí, sino las conductas que dañan al prójimo.

2. “Todos los hombres son violadores”. O, dicho de forma más suave, el culpar a todos los hombres de las agresiones a las mujeres que realizan algunos. Esto dio lugar al hashtag #NotAllMen  en internet y a su respuesta con #YesAllWomen (que explica que todas las mujeres son víctimas de misoginia en mayor o menor medida). La controversia en torno a esas hashtags se basa en que en medio de una conversación sobre como las mujeres son víctimas de agresión, un hombre suele interrumpir diciendo “yo no hago eso”, “no todos los hombres somos así”, o algo por el estilo. Las feministas critican esto porque el interrumpir a una mujer es un signo de actitudes machistas, que además en este caso sirve para desviar el tema de la conversación, cambiando el foco de las mujeres a los hombres. Sin embargo, creo que si en una conversación sobre agresión a mujeres se implica que todos los hombres son agresores, esto es sexismo anti-hombre y debe de ser señalado inmediatamente. A fin de cuentas, tales conversaciones no se dan en un vacío cultural, sino en el contexto de una larga historia de escritos feministas que condenan a todos los hombres por agredir o explotar a las mujeres. Culpar a alguien por lo que es (hombre) y no por lo que hace (agredir) es la injusticia fundamental que forma la base de toda actitud sexista. Una cuestión relacionada con esto es que la mujer vea a un hombre desconocido como un potencial agresor. El tener esto presente es un simple cuestión de prudencia, pero se debe tener cuidado de no traducir es actitud interior de cautela en una actitud exterior de sospecha. Dicho de otra manera, una mujer tiene derecho a comportarse de forma que proteja su propia seguridad, pero es insultante hacer ver a los hombres con quienes se relaciona que son sospechosos inmediatos de ser violadores.

3. “Los hombres oprimen a las mujeres”. Cuando se habla de opresión de la mujer, muchas feministas lo hacen como si dieran por sentado que son los hombres quienes oprimen a las mujeres. Eso no es verdad, lo que oprime a las mujeres son una serie de normas y prácticas culturales a las que se les ha llamado “el patriarcado”. El patriarcado no son los hombres. De hecho, muchas mujeres han apoyado y siguen apoyando al patriarcado, mientras que muchos hombres luchamos contra él.

4. “La testosterona es veneno”. He oído muchas veces esta frase en círculos progresistas. La testosterona, lejos de ser un veneno, es una hormona esencial para el funcionamiento normal del cuerpo de los hombres y de las mujeres. Aunque más abundante en los hombres, en los dos sexos produce deseo sexual, ayuda al desarrollo muscular y disminuye el dolor, aparte de desmpeñar muchas otras funciones. Por supuesto, la frase se usa como metáfora para rechazar la agresividad natural del hombre. Pero no debemos confundir agresividad con violencia. La agresividad es necesaria para superarnos en los deportes, en el estudio y en el trabajo. Nos permite movilizar nuestra energía para realizar un esfuerzo intenso y prolongado. De hecho, el feminismo ha promulgado un tipo de mujer más agresiva y menos pasiva que el que impone el patriarcado. Una cierta dosis de agresividad sana es buena tanto en el hombre como en la mujer.

5. Des-empoderar a los hombres. A veces se sugiere que el darles poder a las mujer significa quitárselo a los hombres. Esto sería injusto, ya que cada cual tiene derecho a tener control sobre su vida, a su independencia y autonomía, y a desarrollar sus capacidades creativas al máximo posible. El tener poder no significa quitárselo a otro. Esto sólo se da en relaciones basadas en la explotación o en la competencia, y yo creo en una sociedad basada en la cooperación y la solidaridad en todos los ámbitos. Nuestra lucha debe encaminarse a conseguir ese tipo de sociedad, no a establecer el poder de un grupo sobre otro. Yo encuentro esta forma de misandria, por ejemplo, en la manía que les ha dado a algunas de criticar a los machos alfa. La realidad es lo contrario, y muchas mujeres se sienten atraídas por hombres poderosos, no necesariamente los triunfadores en la política o los negocios, sino también los que destacan por su inteligencia y por sus estudios.
Personajes de Futurama: Fry, Bender y Leela

6. El estereotipo del hombre estúpido, perezoso y bruto. Últimamente nos lo encontramos en muchas películas y series de televisión. El ejemplo más claro es Homer Simpson, un ser de poca inteligencia dado en decir y hacer las mayores estupideces. Su hijo, Bart, es mal estudiante y un gamberro nato. Por el contrario su hija Lisa es una alumna superdotada aficionada a la ciencia y a quien le gusta ponderar cuestiones filosóficas y resolver problemas sociales. Este contraste entre hombre estúpido y mujer brillante lo encontramos en la otra serie de dibujos animados de Matt Groening, Futurama, en la que Fry es un joven repartidor de pizza parangón de la ignorancia a ultranza, mientras que su contraparte femenina, la mutante Leela, es una piloto de naves espaciales brillante, valiente y aventurera. El estereotipo del hombre tontorrón aparece en muchas otras partes, como en películas como “Dumb and Dumber”.

7. El estereotipo del hombre falto de afectividad y compasión. Esto es algo que hemos heredado del viejo machismo, pero que se sigue perpetuando. Christian Grey, el protagonista de las infames “50 Sombras” , responde bastante bien a él. Pero también está presente en el sinfín de héroes y super-héroes masculinos que la industria del cine ha producido en masa durante todo el siglo 20. Hay que tener cuidado, de todas formas, cuando emerge en círculos progresistas y feministas para quitarnos voz a los hombres en base a que no tenemos la suficiente inteligencia emocional para comprender determinadas cuestiones. También se usa para reforzar la imagen que describía antes del hombre demasiado agresivo y violador en potencia.

Mensaje "sutil" de violencia  al hombre en un colectivo feminista
Emma Watson y el grupo HeForShe nos reta a los hombres a luchar por la igualdad de la mujer. Dados los numerosos casos de misandria que vemos emerger por todas partes, creo que es importante que el feminismo nos garantice que esta lucha no se traducirá en socavar los derechos legítimos y la dignidad de los hombres. Por ejemplo, la imagen de arriba fue encontrada en un mensaje reciente (2104) de la Coordinadora Feminista. La misandria le otorga al feminismo la oportunidad de redimirse de la mala reputación que ha ido adquiriendo durante décadas, probando de forma decisiva que realmente lucha por la igualdad de los sexos (y no la supremacía de la mujer) y contra el sexismo de todo tipo (y no sólo el machismo). Lo único que tiene que hacer es salir en defensa de los hombres cuando son atacados y denigrados. ¿Sabrá el feminismo aceptar el reto que supone la misandria?

domingo, 11 de enero de 2015

El secuestro de Cecilia


Éste es otro fragmento de mi novela Desencadenada. Es el principio de uno de los segmentos más duros de la novela, en el que Cecilia se enfrenta a una situación sumamente peligrosa...

Nada más doblar la esquina, Vicente se adelantó un par de pasos y se detuvo delante de ella, mirándola.

-¡Desde luego, sí que estás buena! -le dijo con una sonrisa burlona.

Eso le extrañó, sus maneras, hasta entonces educadas aunque un tanto nerviosas, parecían haber cambiado súbitamente. Lo miró, sorprendida. Iba a decirle algo pero él la empujó contra la pared y la besó violentamente. Al principio se dejó hacer. Le gustaba que la besaran así y, a fin de cuentas, estaba allí para servir al cliente. Pero cuando el beso empezó a prolongarse intentó empujarlo para librarse de él. Él la apretó con aún más fuerza contra el muro. Giró la cara para librarse de su boca.

-¡Vale ya! Vamos al hotel… -empezó a decir.

Entonces los vio: dos tipos que habían aparecido de ninguna parte. Los reconoció enseguida: Luis y su repulsivo amigo Benito.

-¡Socorro! -gritó, al tiempo que intentaba zafarse con renovadas energías. Pero Vicente la sujetó con aún más firmeza, poniéndole la mano sobre la boca para ahogar su grito. Los otros dos se les echaron encima en un santiamén. Benito le agarró la muñeca, retorciéndole el brazo tras la espalda, haciéndole daño. A pesar de eso, se debatió. La obligaron a andar, apartándola de la pared. Se le torció un tobillo y se hubiera caído al suelo si no la hubieran sostenido. Perdió uno de los zapatos.

Un coche se detuvo en doble fila con un frenazo: un Dodge Dart negro. Luis abrió la puerta trasera. Benito tiró aún más de su brazo para forzarla a inclinarse hacia a delante, y la empujó dentro.

-¡Socorro! ¡Me secuestran! -volvió a gritar aprovechando que ya no le tapaban la boca.

Luis entró por la otra puerta trasera, atrapándola entre él y Benito. Le dio un bofetón.

-¡Cállate! -le dijo, y a los otros: -¡Venga, vámonos!

Tres puertas se cerraron en rápida sucesión. El coche aceleró.

Benito tiró de su brazo hacia arriba de su espalda, obligándola a doblarse hacia adelante. Notó un contacto metálico alrededor de la muñeca por la que la agarraba. La querían esposar. Enterró su brazo izquierdo en su vientre para que no pudiera cogerle esa muñeca. Luis empezó a tirar de él para sacárselo, y ella se dobló sobre sí misma con aún más fuerza para impedírselo. Benito aflojó la presión en su otro brazo y la empujó hacia atrás, permitiendo a Luis agarrarle la muñeca. Siguió forcejeando, resuelta a no dejarse poner las esposas.

-Ponle la mano en la espalda -le dijo Benito a Luis.

Cecilia dejó caer el zapato que le quedaba y clavó los pies en los asientos delanteros, presionando la espalda contra el respaldo con toda la fuerza de su cuerpo. Era la postura de escalar en chimenea, conocía bien su poder: aprovechaba la fuerza de todos los músculos de su cuerpo.

-No puedo -gruñó Luis-. Da igual, pónselas por delante. Total, va a ser mejor para lo que quiero hacerle.

Por más que lo intentó, no pudo luchar contra la fuerza combinada de los dos. No tardaron en juntarle las muñecas frente a ella y cerrar las esposas.

-¡Esto es un crimen! -les gritó a sus secuestradores. Luis la volvió a abofetear.

-¡Déjate de tonterías, Cecilia, o será peor! -le dijo.

Tuvo tiempo de reconocer al conductor: Pascual, el policía. Vicente iba junto a él en el asiento de delante. Luego algo negro le cayó sobre la cabeza, impidiéndole ver. Le habían colocado una capucha. Recordó el relato de Malena, como los pinochetistas la habían conducido así a la prisión donde había visto a su padre por última vez.

La capucha no la dejaba respirar. La empezó a invadir el pánico.

Tranquilízate, Cecilia, vas a necesitar todas tus fuerzas para hacer frente a esta situación. ¡Luis me tendrá preparado algo horrible, seguro! Pero no me va a matar… ¿Qué me hará? Darme esa paliza que me tenía prometida, seguro… de eso no me libro. Pero no se atreverá a dejarme marcas, serían pruebas contra él. ¿Y sus compinches? También querrán algo… ¡Me van a violar! ¡Dios mío, me van a violar! ¿Luis también? Es capaz, el muy cabrón, lleva toda la vida deseándolo. ¡Cuatro tíos… va a ser insoportable! ¡Me quedaré traumatizada para toda la vida, como le pasó a Malena!

Miedo. Estaba aterrorizada. Recordó lo que Lorenzo le había dicho una vez escalando: el miedo te pude llevar al pánico, o te puede servir para aumentar tu concentración.

Calma, calma. Yo no soy Malena, no soy una cría de dieciséis años. Estoy acostumbrada a que me follen. Vicente ya lo iba a hacer de todas formas… Eso es lo que tengo que hacer: imaginarme que son clientes. ¡Sí, clientes! ¡Unos fachas hijos de puta, eso es lo que son! ¡Ahora, que esto no quedará así! ¡Se van a enterar! ¡El Chino y Tony les darán su merecido! Voy a decírselo… ¡No, no! ¿Estás loca? Si los amenazas sólo vas a conseguir que te hagan más daño.

La rabia también era peligrosa, la haría menos inteligente. Y si había algo que le permitiría salir de esa situación era su inteligencia. Ella era más lista que Luis.

Mejor seguirles la corriente, esperar mi oportunidad. Si creen que me tienen, que ya no me resisto, igual puedo pillarlos desprevenidos.

La canción Rivers of Babylon sonaba sin cesar dentro de su cabeza. Muy apropiado, ahora soy yo a la que llevan cautiva.

El coche se detuvo. Oyó abrirse la puerta a su derecha. Sintió bajarse a Benito. Luis le quitó la capucha. Se habían detenido en mitad de una calle estrecha, desierta, en algún lugar del casco antiguo. Benito les esperaba en el portal del edificio más cercano, manteniendo abierta la puerta. Luis le agarró las manos esposadas y le apretó la capucha contra la boca para impedirle gritar.

-¡Sal! -le dijo al oído-. ¡Vamos, rápido!

Entre Luis y Vicente la hicieron cruzar la acera a la carrera. El portal se cerró tras de ella con un chirriar de bisagras y un chasquido siniestro del cerrojo.

Se metieron los cuatro en un ascensor antiguo, de esos de jaula, ella en medio, oculta por los cuerpos de los tres hombres. Pensó en gritar, pero Luis aún la amordazaba con la capucha. Le harían daño si lo intentaba.

La sacaron del ascensor. Benito abrió la puerta de un piso. Tenía un membrete, pero no pudo leerlo antes de verse empujada rudamente adentro.

Se encontró en un despacho lujosamente amueblado. Frente a la puerta, a la derecha, había un pesado escritorio de madera, atravesado en una esquina formada por dos estanterías llenas de libros. En las otras dos paredes colgaban fotos enmarcadas, algunas en blanco y negro, otras en color. Presidiendo en la parte más alta había un gran retrato de Franco, rodeado de fotos de políticos y militares que Cecilia reconoció sólo vagamente. Otras fotos mostraban hombres en uniforme, desfilando o marchando por el campo. Una puerta lateral, cerrada, debía conducir al resto del piso. En la esquina opuesta al escritorio había dos pequeños sillones flanqueando una mesa de café. Entre ellos, un estandarte inclinado dejaba caer medio desplegada la bandera de España, con su feo aguilucho negro.

Luis se cuadró frente a la bandera de un taconazo, extendiendo el brazo y la mano en el saludo fascista. Benito y Vicente lo imitaron de inmediato.

-¡Arriba España! -dijeron los tres al unísono, haciendo explotar la “p”.

Benito se quitó su pesada chaqueta de cuero y la arrojó sobre uno de los sillones.

-¡Va bene! ¿Cosa facciamo adesso? -dijo en italiano, frotándose las manos.

-Vosotros, nada; volveos al coche -dijo Luis-. Ya me encargo yo de darle a esta puta su merecido.

-¡Venga, Luis! -dijo Benito, mirándola con ojos chispeantes-. ¡Que nosotros también queremos divertirnos!

Se le acercó. La cogió de la barbilla para obligarla a mirarlo a la cara.

-¡Madonna, comme sei bella! ¡Una bella putana!

Cecilia se quedó rígida, paralizada. Resistió las ganas de protestar, de suplicar; intuía que mostrar miedo sólo serviría para excitar más a esos salvajes.

-¡Déjala! -dijo Luis, impávido-. Es mi hermana, yo sé cómo tratarla.

-Será tu hermana y todo lo que quieras, pero también es una puta. Si ya se la han tirado tantos tíos, ¿por qué íbamos a privarnos nosotros?

-Además, yo ya he pagado por eso -remachó Vicente.

-A partir de ahora va a dejar de ser puta, ya me encargaré yo de eso. Así ya no habrá más que discutir.

-Al menos déjanos ver cómo la castigas -insistió Benito.

-¡Ni hablar! -dijo Luis, desafiante-. Esto es un asunto de familia, y lo vamos a resolver ella y yo en privado.

-¡Porca miseria! -protestó Benito- ¡O sea, que hemos hecho todo este trabajo y al final no vamos a sacar tajada!

-Quedamos que esto era sólo asunto mío y que me ayudabais como amigos. Nadie dijo nada de sacar tajada.

Benito se acercó a Luis hasta colocar su cara a unos centímetros de la suya.

-¿Y qué te pensabas, que te íbamos a ayudar sólo por amor al arte? ¡Tú solo no vas a conseguir nada, Luis, precisamente porque es tu hermana y tú, en el fondo, eres un blandengue!

-No voy a ser nada blando con ella, no te preocupes -dijo Luis, sosteniéndole la mirada.

Vicente cogió a Benito por el codo y tiró de él hacia la puerta.

-Vámonos, Benito. Tiene razón: si fuera mi hermana yo también querría arreglar esto a solas con ella.

Benito no se movió, los pies plantados firmemente en el suelo, los ojos clavados en los de Luis.

-¡Tú no conoces a las mujeres, Luis! -masculló entre dientes-. Se echará a llorar, se quejará y suplicará y te dirá que va hacer lo que tú quieras. ¡Y luego hará lo que le da la gana, como todas! ¡Que las tías parecen muy blandas por fuera, pero en realidad son muy duras por dentro, joder!

-Muy bien -concedió Luis-, si no consigo hacerla entrar en razón os llamaré para que me echéis una mano.

Vicente volvió a tirar de Benito, esta vez con más firmeza. Benito lo siguió hasta la puerta con dos pasos furiosos. Se detuvo y volvió a mirarlos una vez más.

-Estaremos en La Vía Láctea, con Pascual. Ven a buscarnos cuando nos necesites.

Cerró la puerta tras ellos, dando un portazo.

martes, 26 de agosto de 2014

El maltrato psicológico como herramienta política

Ya toqué el tema del maltrato psicológico en el artículo de este blog "Cómo reconocer el maltrato en las relaciones de dominación/sumisión". Se suele entender que la manipulación psicológica y el chantaje emocional se da sólo en las parejas o entre personas que se relacionan íntimamente. Sin embargo, últimamente me ha llamado la atención como personas que denuncian el abuso psicológico a nivel íntimo parecen practicarlo, seguramente de forma inconsciente, a larga escala como herramienta política.

Me explico. Primero veamos cómo funciona en realidad la manipulación psicológica. Se basa en un grupo de emociones que controlan a nivel profundo las relaciones humanas y que tienen un gran impacto en la autoestima:

1.   La culpa nos hace sentirnos mal con nosotros mismos y repudiados por nuestro entorno social cuando infringimos sus normas.

2.   La vergüenza tiene un impacto negativo en la autoestima aún mayor que la culpa. El sentirnos ridículos, objeto de risas, bromas o lástima señala que hemos perdido prestigio en nuestro entorno social y nadie nos toma en serio.

3.   El miedo nos atenaza y nos inmoviliza. Nos hace vivir a la defensiva en vez de desarrollar nuestra creatividad y hacernos crecer como personas. Nos impide movilizarnos y defendernos de quien nos ataca.

4.   La compasión es una de las emociones humanas más loables, pero que puede ser explotada de forma muy eficaz para la manipulación psicológica. El maltratador se presenta como víctima merecedora de compasión, de tal manera que si no le otorgamos lo que quiere o, peor aún, nos defendemos de él, apareceremos ante los demás y nosotros mismos como poco compasivos, lo que generará culpa y vergüenza.

5.   La indignación es lo que moviliza al grupo social en contra de aquellos que infringen sus normas. Su efecto inmediato es generar culpa y vergüenza en aquellos contra los que va dirigida. Suele ir acompañada del sentimiento de superioridad moral (“self-righteousness” en inglés), una emoción que aumenta el ego del que la siente provocando una gran satisfacción consigo mismo.

Culpa, miedo, indignación
El manipulador psicológico utiliza este abanico de emociones para colocar a su víctima en una situación de dependencia en la que tiene que acatar sus deseos. No desaprovecha ninguna ocasión para hacer que su víctima se sienta culpable y avergonzada. Ni siquiera hace falta que ella haga algo malo, bastará con hacer que se identifique con otras personas que se comportan mal. El manipulador también se presenta como víctima, lo que genera empatía en su entorno social e impide que su víctima tome medidas defensivas. El victimismo es la base del chantaje emocional: el manipulador pretende ser alguien que necesita a su víctima, que resulta herido si ésta no accede a sus deseos, con lo cual puede, una vez más, hacerla sentirse culpable y avergonzada.

Pero debemos darnos cuenta de que estas emociones se utilizan también a gran escala como armas políticas. No digo que esto esté siempre mal. De hecho, la lucha política no-violenta se basa en hacer que los opresores sientan culpa y vergüenza de sus privilegios y sus acciones; en generar compasión por sus víctimas e indignación frente a los agresores. Por ejemplo, en los últimos años del Franquismo, las viñetas que salían en los periódicos ridiculizando al fascismo y sus instrumentos desempeñaron una gran labor en desgastarlo y movilizar a la opinión pública contra él.

Sin embargo, todas las armas pueden usarse para bien o para mal. Últimamente veo con preocupación como estas tácticas de manipulación psicológica son usadas indiscriminadamente para atacar a determinados segmentos de la población. Hace falta analizar este problema desde la perspectiva de la manipulación psicológica para hacer comprender a ciertas personas que no, no está bien hacer que alguien se sienta culpable o avergonzado por el simple hecho de ser hombre: “si eres hombre eres un violador potencial”. Tampoco está bien abusar de la compasión presentándose como víctima o como defensor autoproclamado de las víctimas. Por supuesto que hay víctimas, no lo estoy negando. Pero la mejor manera de ayudarlas no es iniciar una caza de brujas indiscriminada, culpando de su maltrato a personas inocentes, convirtiendo a alguien en sospechoso por el mero hecho de ser hombre.

También hay que tener cuidado con que, con tanto afán de prevenir los maltratos, estemos difundiendo miedo y visiones negativas del sexo como el origen de abusos, enfermedades y otros peligros, olvidándonos de que en la inmensa mayoría de los casos el sexo en una fuente de placer, intimidad, comunicación y felicidad. El miedo, como la culpa, la vergüenza y la indignación, son emociones negativas sumamente peligrosas, que se nos pueden ir de las manos con facilidad y hacer más daño de lo que pensamos. Y, por encima de todo, nunca confundamos la lucha genuina por mejorar la sociedad y aliviar el sufrimiento de la gente con sentimientos de superioridad moral y el engrandecer el ego a base de denostar a los demás.

Por cierto, a lo largo de este artículo he usado de forma deliberada el género masculino para el maltratador y el femenino para la víctima. Pero espero que quede claro, por lo que digo al final, que a nivel de ideologías se está dando mucho últimamente el caso inverso. En todo caso, lo justo es valorar el acto de por sí y no en función del sexo de quien lo ejecuta.

The ultimate weakness of violence is that it beget more violence.
With violence you can murder the hater but you just increase hate.
Hate cannot drive out hate.
Darkness cannot drive out darkness.
Only light can do that.
Only love can drive out hate.

La mayor debilidad de la violencia es que produce más violencia.
Con violencia puedes matar al que odia, pero producirás más odio.
El odio no puede eliminar la odio.
La oscuridad no puede eliminar a la oscuridad.
Sólo la luz puede hacerlo.
Sólo el amor puede eliminar al odio.

Martin Luther King

viernes, 8 de agosto de 2014

Las bases éticas del poliamor: consentimiento, reciprocidad, honestidad y seguridad

Una cuaterna de poliamor
Uno de los libros claves sobre poliamor
Todavía hay poca gente que entienda lo que es el poliamor. La mayoría lo confunde con la promiscuidad, la poligamia o el intercambio de pareja. Existen varios libros escritos sobre el tema, aunque desgraciadamente muy pocos en español. Y, de todas formas, no se puede esperar que el público general los lea o emplee mucho tiempo en informarse. Por eso he querido condensar en este breve artículo lo que es el poliamor, haciendo hincapié en por qué es una alternativa ética a la monogamia y a su secuela, la infidelidad.

El poliamor se podría definir como un nuevo tipo de relación amorosa basado en la no-exclusividad sexual y amorosa. La no-exclusividad sexual consiste en aceptar que la persona a la que amamos pueda tener relaciones sexuales con otras personas. Sin embargo, esto no es lo mismo que la promiscuidad indiscriminada, ya que en la mayoría de las relaciones de poliamor las relaciones sexuales se limitan a un grupo reducido de personas o incluso a una única tercera persona (polifidelidad). Cada familia de poliamor establece sus propias reglas a este respecto. La no-exclusividad amorosa quiere decir que aparte de tener relaciones sexuales con más de una persona, también es posible, incluso deseable, el amar a más de una persona. De ahí le viene el nombre al poliamor: más de un amor. Esta libertad de enamorarse de más de una persona es lo que distingue al poliamor de las parejas abiertas y del intercambio de pareja (los llamados “swingers” o “mundo liberal”), ya que en ese tipo de relaciones se permite el sexo con otros siempre que uno no se enamore de ellos. Es decir, se han superado los celos de sexo pero no los de amor. Por el contrario, en la cultura de poliamor se le da una gran importancia a la capacidad de amar y mantener relaciones duraderas con varias personas.

Para mucha gente que practica el poliamor, es fundamental que sea una forma ética de vivir, alejada de la explotación, el sexismo y la falta de honestidad que plagan las relaciones monógamas tradicionales. Sin embargo, esto no es nada fácil, pues en vez de gestionar la relación entre dos personas ahora hay que tener en cuenta a varias. Encima, no todas las relaciones en un grupo de poliamor tienen la misma intensidad o madurez: unas están empezando mientras otras tienen un historial de años; unas son de convivencia mientras otras funcionan a base de citas espaciadas en el tiempo. A pesar de todo, he intentado recoger aquí cuatro condiciones básicas que definen el que una relación de poliamor sea ética, un poco como el “seguro, sensato y consensuado” que demarcan los límites entre el BDSM y el matrato.

1.    Consentimiento: Una relación de poliamor debe producirse entre personas que consienten libremente a tenerla. No valen presiones ni chantajes de ningún tipo. Pero, ¡cuidado!, que lo recíproco también es cierto: no se debe imponer una relación monógama a alguien en contra de su voluntad. Y eso es precisamente lo que ha venido haciendo la sociedad desde hace mucho tiempo: usar todo tipo de presiones para imponer la monogamia.

2.    Reciprocidad: Las reglas son las mismas para todo el mundo. Es decir, que si él es libre de follar o de enamorarse de otras, ella tiene los mismos privilegios. Lo contrario sería injusto y explotador. Por supuesto, puede suceder que un miembro de una pareja le otorgue libertad sexual al otro sin desear usar el mismo privilegio, pero eso es una decisión personal suya que debe poder abrogar en cualquier momento. Esto es lo que distingue al poliamor de la poligamia, donde no existe reciprocidad: un hombre puede tener varias mujeres, pero una mujer no puede tener varios hombres... ¡y ni se te ocurra pensar en relaciones homosexuales en una cultura polígama!

3.   Honestidad: Todo el que participa en una relación de poliamor debe tener acceso a todo lo que necesite saber sobre dicha relación. Es decir, que no caben ni secretos ni mentiras. El poder ser honesto sobre los propios deseos y sentimientos es una de las cosas más valiosas que se gana con el pacto de no-exclusividad. Ya no hay motivos para engañar ni para ocultar nada, ni que has follado con Fulanita ni que te has enamorado de Menganito. Existen, por supuesto, unos ciertos límites a lo que debe ser revelado, ya que todo el mundo tiene derecho a una cierta privacidad, pero lo importante es que todo el mundo sepa lo que ocurre en el grupo familia de poliamor que le concierne. Quizás no necesite saber en qué posturas follásteis ayer noche, pero sí necesito saber que follásteis.

En el poliamor también hay sitio para los hijos
4.    Seguridad: La relación de poliamor no debe causar daño físico o mental a los participantes. No quiero diferenciar aquí entre la seguridad física (“seguro” en el BDSM) y la seguridad mental y emocional (“sensato” en el BDSM), ya que creo que en el poliamor existe un continuo entre estas dos cosas. La seguridad incluye, por supuesto, la protección contra las enfermedades de transmisión sexual (ETS), ante las que existe un mayor riesgo en el poliamor. Esto debe incluir no sólo el uso de barreras como los condones, sino también revisiones médicas periódicas (al menos una vez al año) que incluyan un panel sobre todas las ETS comunes. El poliamor conlleva también claros riesgos emocionales que deben ser asumidos por todo el que se interna por estos derroteros. Si bien la presencia de varias personas que nos aman supone una mayor ayuda frente a los problemas, los conflictos de relación también se multiplican con el número de personas: no sólo me afecta el que te pelees conmigo, sino también el que te pelees con tu otro amante. Es frecuente oír la queja de que el poliamor está lleno de “dramas”. Por todo eso, es importante entrar en este tipo de relaciones con el firme propósito de no comprometer la estabilidad emocional de la gente de nuestro grupo de poliamor.

domingo, 3 de agosto de 2014

Cómo tener orgasmos

El orgasmo femenino no es un mito
Muchas mujeres nunca ha experimentado orgasmos. El porcentaje de mujeres que no tienen orgasmos varían considerablemente de una fuente a otra: desde el 5-15%, a un tercio (33%), hasta el 80% a nivel mundial. Lo que está claro es que muchas mujeres tienen dificultades en alcanzar el orgasmo y lo consiguen con infrecuencia. La anorgasmia puede tener causas fisiológicas que requieren tratamiento médico, pero en la mayor parte de los casos se deben a una mezcla de falta de experiencia, pudor, estrés y rechazo al sexo. Aunque no soy sexólogo, me voy a atrever a escribir una lista de consejos que quizás os puedan ayudar a abrir ese ansiado camino al orgasmo.

1.   Hazlo a solas. Es más fácil llegar al orgasmo a solas que en pareja, porque el meter a otra persona de por medio solo sirve para aumentar el estrés, crear distracciones y sumar sus problemas a los tuyos. Si no consigues llegar al orgasmo, su frustración se sumará a la tuya y tendrás la tentación de culparlo a él (o a ella) del fracaso. Por otro lado, estar sola te permitirá relajarte, disminuir las expectativas, tomarte el tiempo que haga falta y probar técnicas nuevas sin tener que darle explicaciones a nadie.

Frecuencia de masturbación en las mujeres. El 12% no se masturban nunca y el 34% se masturban menos de una vez al mes. Sólo un 4% se masturban a diario o casi a diario.

2.    Mastúrbate a conciencia. Nada de hacerlo medio dormida, con prisas o a escondidas. Elige el momento y el lugar en el que puedas dedicarte a ti misma sin ningún tipo de distracciones. La masturbación debe ser deliberada, planeada con cuidado y merecedora de toda tu atención. No es raro que muchas mujeres no lleguen al orgasmo si tenemos en cuenta lo poco que se masturban (ver gráfico).

3.   No intentes llegar al orgasmo. Sí, lo has leído bien: la mejor manera de tener un orgasmo es olvidarse de tenerlo. Suele ocurrir que el centrarse tanto en el objetivo de tener un orgasmo, y el anticipar la frustración que has sentido al no tenerlos, crea tanta tensión que ella misma se convierte en el mayor obstáculo para llegar al orgasmo. Mastúrbate para darte placer, simplemente. No te frustres si no tienes un orgasmo, sino alégrate por el placer que has sentido. Cuando menos te lo esperes, ese orgasmo tan elusivo hará su aparición.
Familiarízate con la anatomía de tu coño

4.  Explora distintas formas de darte placer. La mayoría de las mujeres llegan al orgasmo estimulándose el clítoris. Sin embargo, hay una minoría considerable de mujeres para las que la estimulación exclusiva del clítoris no funciona. Según mi experiencia, este tipo de mujeres se subdivide en dos categorías. Algunas tienen el clítoris demasiado sensible, por lo que su estimulación directa les resulta desagradable, incluso dolorosa. Paradójicamente, estas mujeres suelen ser a la larga las que tienen los orgasmos más fuertes. Otro tipo de mujeres tienen el clítoris poco sensible: al estimularlo sienten placer, pero no lo suficiente para llevarlas al orgasmo. Si te pasa alguna de estas cosas tendrás que desarrollar una técnica de masturbación propia. Quizás se trate de estimular el clítoris de forma indirecta, acariciándote los labios alrededor del clítoris. Quizás tengas que estimularte los pezones o la vagina al mismo tiempo. Algunas mujeres llegan mejor al orgasmo estimulando el punto G… Pero lee el siguiente consejo…

5.   Explora tu punto G… Pero no te crees demasiadas expectativas al respecto. Ya describí el punto G y la controversia que existe sobre él en otro artículo de este blog (“¿Clítoris o punto G?”). Hay que tener en cuenta varias cosas. Primero, el punto G puede no estar muy bien definido y ser difícil de localizar. Segundo, el punto G sólo proporciona placer cuando ya existe una cierta excitación sexual y después de ser estimulado un cierto tiempo; al principio, el masajearlo puede resultar incluso desagradable. Tercero, el placer derivado del punto G varía mucho de una mujer a otra, desde muy intenso a prácticamente inexistente; sin embargo, ese placer puede entrenarse con la práctica.

6.   Encuentra el juguete sexual adecuado. Vibradores, consoladores, masajeadores Hitachi… Si tienes el dinero para permitírtelo, prueba varios hasta que encuentres uno que te lleve a la gloria. Puede haber una enorme diferencia de un vibrador barato a uno de calidad. También suele ocurrir que es difícil o imposible estimular el punto G con los dedos, mientras que el consolador adecuado te permitirá hacerlos fácilmente.

7.   Haz ejercicios sexuales.  El tener un orgasmo requiere un mínimo tono muscular alrededor de tu vagina.  El masturbarte con frecuencia ya de por sí te ayudará a conseguir ese tono, pero no está de más el practicar ejercicios Kegel para aumentar la fuerza de tu musculatura pélvica. Sin embargo, es importante evitar tensarse al masturbarse. A veces te puede parecer que el tensar todos los músculos del cuerpo al sentirte cada vez más excitada te llevará al orgasmo, cuando en realidad el orgasmo requiere un cierto nivel de relajación.

8.   Estimula tu imaginación. La clave de una buena masturbación es una buena fantasía erótica. Puedes trabajarte el coño todo lo que quieras; si no pasa nada en tu cerebro no llegarás a ninguna parte. No te reprimas, ni te alarmes por las cosas que te vienen a la mente cuando estás excitada… Determinados actos nunca pasarán de la fantasía a la realidad, y eso está bien. Aunque con otros, nunca se sabe… A veces los sueños más inverosímiles se hacen realidad. En cualquier caso, no te cortes, déjate llevar por la imaginación, a lo mejor además de darte placer acabas por descubrir cosas nuevas sobre ti misma. ¿Que tu imaginación no es suficiente? Pues para eso está la literatura erótica, o el cine. Alimenta tu imaginación con una buena dosis de erotismo y verás qué pronto empieza a ir por libre.

9.   Vive en clave erótica. Tu sexualidad no existe sólo al masturbarte o al follar, la llevas puesta todo el día. No, no se trata de tener las bragas mojadas todo el tiempo, pero una cierta tensión sexual ayudará a poner una sonrisa en tus labios y preparará el terreno para tus sesiones íntimas de placer. Sé un pelín narcisista, aprende a apreciar la belleza de tu cuerpo. Vístete, péinate y depílate para ti, para gustarte a ti misma. Ponte ropa interior sexy. Mírate en el espejo y dite: “¡Ya verás esta noche, cuando te pille por banda!”

10.   Una vez que tu cuerpo se aprende el camino al orgasmo, le resulta más fácil recorrerlo. Es una simple cuestión de desarrollar los nervios y los músculos adecuados. Pasa como con el gimnasio: cuando más se repite un ejercicio, mejor se realiza. Los nervios y las sinapsis que llevan el placer desde tu coño a tu cerebro crecen y se refuerzan con cada masturbación, con cada orgasmo, y el placer se vuelve cada vez más fuerte y más fácil de conseguir.

11.   No te conformes con uno… ¡Para eso eres mujer! En eso nos lleváis definitivamente la ventaja a los hombres. No es raro que una mujer tenga tres, cuatro, seis… ¡una docena! de orgasmos en una sesión de masturbación o al hacer el amor (si su amante consigue seguirla hasta ese punto). El primer orgasmo te suele dejar satisfecha y relajada, quizás con ganas de parar, pero si haces un esfuerzo descubrirás lo que han descubierto muchas mujeres: ¡el segundo es siempre mejor!

12.   Comparte tu experiencia con tu pareja. Una vez que consigas tener orgasmos masturbándote puedes tenerlos también haciendo el amor. No te cortes a la hora de decirle al amante de turno lo que funciona y lo que no funciona para ti. Sí, vale que él sea un experto en las mujeres, pero aquí sólo hay una técnica que valga: la que funciona contigo. Si de verdad es un experto en el sexo, se dejará guiar. Pero no olvides que lo recíproco también cuenta: él (o ella) es el mayor experto en su propio placer. Déjate guiar; no hay mayor placer que el dar placer.

13.   No dejes que saboteen tu sexualidad. Rechaza esas ideas tóxicas de castidad, de pudor, de que sentir placer te convierte en una mala mujer, de que amar a los hombres es traicionar a las mujeres. Se infiltrarán en tu inconsciente con su veneno de culpa y de vergüenza, que destruirá no sólo tu placer sino también tu autoestima. Rodéate de amigas y amigos que compartan una visión sana del sexo. Ayuda a escapar a las que siguen prisioneras de la represión. Recuerda: el sexo es política y la revolución empieza en tu propio coño.