Mostrando entradas con la etiqueta consciencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta consciencia. Mostrar todas las entradas

domingo, 11 de septiembre de 2016

BDSM y estados alterados de consciencia - vídeo-conferencia

Se ha publicado en Vimeo el vídeo de la conferencia que di en Madrid el 25 de junio del 2016. El vídeo consiste en las diapositivas con el audio grabado de la conferencia. La charla dura 1 hora y 39 minutos, pero el vídeo permite saltar a las partes que os parezcan más interesantes. Éste es el enlace al vídeo:

https://vimeo.com/182298029

¡Espero que os guste!

domingo, 29 de marzo de 2015

El Homúnculo no actuará esta noche en el Teatro Cartesiano


Mucha gente se imagina que la mente funciona de la siguiente manera: las sensaciones de la vista, el oído, el tacto, etc. convergen en una parte de la mente donde está nuestro “yo” o “ego”. Ese “yo” decide lo que hay que hacer y pone en movimiento una serie de mecanismos que hacen que se mueva el cuerpo, se busquen recuerdos, se realicen determinados cálculos… es decir, todo lo que hacemos en nuestra vida. A esa parte de la mente desde la cual somos testigos de todo los que percibimos se la ha llamado el “teatro cartesiano”. El nombre proviene del filósofo francés René Descartes, quien creía en el dualismo: que la mente y el cerebro son entes distintos que se comunican entre sí. Y a ese “yo” que experimenta las sensaciones y decide lo que hay que hacer se le ha llamado el “homúnculo”. Todo esto, por supuesto, es una completa tontería.

El teatro cartesiano
La idea del homúnculo es absurda, en primer lugar, porque nos llevaría a una regresión al infinito. Dentro del homúnculo tendría que haber otro teatro cartesiano con otro homúnculo que a su vez tendría otro teatro cartesiano con otro homúnculo… y así hasta el infinito. En algún momento se tienen que acabar los homúnculos y los teatros cartesianos, así que quizás lo mejor sería descartarlos desde el principio. De hecho, no hay ninguna parte del cerebro que parezca desempeñar las funciones de teatro cartesiano o de homúnculo. Ni estudios de lesiones en el cerebro ni los más modernos métodos de imágenes cerebrales han podido encontrar la sede del “yo” en el cerebro.

Lo miremos como lo miremos, la organización del cerebro humano no deja de ser desconcertante. Por ejemplo, el cerebro no está organizado como un ordenador, donde toda la información converge en un chip central como el i5 fabricado por Intel que tiene el ordenador con el que escribo. Por el contrario, en el cerebro no hay “chip” central, no hay ninguna parte donde converja toda la información. Además, un ordenador procesa la información de forma lineal, grupos de 32 o 64 bits formando cola para pasar por el procesador central. En el cerebro, por el contrario, toda la información se procesa al tiempo, usándose partes del cerebro a veces muy alejadas entre sí. Todas las neuronas del cerebro están activas todo el tiempo, a veces más, a veces menos, pero siempre hay liberación de neurotransmisores en las sinapsis y disparo de potenciales de acción en los axones. El cerebro sigue activo incluso cuando dormimos, incluso bajo anestesia general. La actividad cerebral sólo cesa con la muerte. De nuevo, la analogía con el ordenador nos falla: el ordenador se puede encender y apagar, el cerebro no.

Pero todo esto no quiere decir que no podamos entender cómo funciona el cerebro, sino que tenemos que estar preparados para lo inesperado. Porque, en realidad, la organización del cerebro tiene su lógica. La parte del cerebro que realiza las funciones más complejas de la mente es lo que está más afuera: la corteza cerebral. En el interior hay una serie de núcleos y partes que realizan funciones dispares, normalmente asociadas con las emociones. La amígdala (“almendra”) procesa el miedo y la ansiedad. El estriado y el núcleo accumbens contienen la llamada “vía del placer” responsable por la motivación, el placer y la recompensa. El hipocampo procesa información espacial y temporal. El hipotálamo segrega hormonas que controlan las funciones del cuerpo. En el centro del cerebro está el tálamo, un área donde convergen todas la sensaciones (menos el olfato). Entonces, ¿no podría ser el tálamo el teatro cartesiano? No, porque el tálamo es sólo una estación más de relé, se encarga de distribuir las sensaciones a zonas especializadas de la corteza donde son procesadas: el córtex visual en la parte de atrás del cerebro, el auditivo en la parte lateral y el córtex somatosensorial que forma como una diadema a los lados. Frente al córtex somatosensorial está un hendidura muy profunda: el sulcus central o fisura de Rolando. Al otro lado hay otra “diadema”: el córtex motor primario, encargado el organizar nuestros movimientos con la ayuda del cerebelo. Aquí es donde nos encontramos con algo que tiene bastante lógica: todo lo que está detrás del sulcus central tiene que ver con sensaciones, mientras que todo lo que está delante del sulcus central tiene que ver con acciones. Por lo tanto, el cerebro está organizado siguiendo el principio de “input” - entrada y “output” - salida. En la parte más delantera del cerebro está el córtex prefrontal, encargado de planear decisiones. Está claro entonces, ¿no?: el “yo” está en el córtex prefrontal.

El córtex cingulado
Lo siento, pero no es así. El córtex prefrontal funciona junto con otras dos áreas para procesar las funciones relacionadas con la toma de decisiones: el córtex cingulado anterior y la ínsula anterior derecha. Las paredes de la profunda grieta que separa los hemisferios cerebrales también tienen corteza cerebral; es allí donde encontramos el córtex cingulado. Su función consiste en sopesar las emociones que sentimos, la importancia de cada idea y recuerdo, y con ello dar un voto emocional a la toma de decisiones que será sopesado por el córtex prefrontal. La ínsula es una invaginación del córtex dentro del surco lateral o cisura de Silvio. Es pequeña pero matona, porque allí se procesan cosas muy importantes: la cualidad desagradable del dolor, la cualidad agradable del placer, los orgasmos, la empatía, el asco y muchas otras emociones. Una cosa sumamente curiosa es que la parte anterior de la ínsula existe sólo en los seres humanos, siendo muy rudimentaria en los chimpancés y otros monos antropoides e inexistente en el resto de los mamíferos. Su función consiste en hacer un simulacro de lo que sentiríamos en determinadas condiciones: si me pegas con esa vara, lo que voy a sentir es este tipo de dolor. Por lo tanto, esa capacidad de proyectar emociones y sensaciones hacia el futuro (o en situaciones hipotéticas) pare ser únicamente humana.

La ínsula
¿Qué quiere decir todo esto? Una de las preguntas más fundamentales que nos podemos plantear es qué somos en realidad, en qué consiste lo que llamamos el “yo”, qué es lo que hace que seamos conscientes. De la respuesta que demos a esa pregunta dependerán cuestiones tan importantes como si tenemos libre albedrío, si somos diferentes de los animales, si existe vida después de la muerte, o si algún día podremos subir nuestra mente a un ordenador. El tema de cómo el cerebro produce nuestra consciencia ha sido denominado “el problema difícil” por los filósofos. Algunos, como David Chalmers, creen que no tiene solución. Yo no estoy de acuerdo. Por ejemplo, el problema de qué es la vida tampoco parecía posible de resolver en el siglo XIX; hizo falta el colosal desarrollo de la bioquímica y la biología molecular en el siglo XX para resolverlo. De la misma forma, pienso que la neurociencia está avanzando a pasos agigantados para explicar lo que es la consciencia en términos del funcionamiento de las distintas partes del cerebro y, finalmente, en base a neuronas y neurotransmisores. Claro que filósofos como Chalmers nunca se darán por satisfechos, pero cuando no sólo podamos describir los mecanismos de nuestra consciencia sino también manipularla, sus objeciones dejarán de tener sentido. Quizás no podamos predecir por ahora cómo será esa explicación de la consciencia, pero creo que ya estamos en condiciones de descartar algunas ideas; el homúnculo y el teatro cartesiano entre ellas. Fueron concebidos por el filósofo Daniel Dennett para mostrar como el dualismo cuerpo-mente todavía subyace nuestra forma de pensar sobre la conciencia. Escribiré más sobre el problema de la consciencia en futuros artículos.


domingo, 13 de abril de 2014

El Sendero del Héroe

Estos días estoy leyendo “The Heroe of a Thousand Faces” (“El Héroe de las Mil Caras”) de Joseph Campbell. Se trata de un estudio clásico sobre mitología publicado en 1949 que ha tenido una influencia muy profunda sobre la cultura, el arte y los movimientos político-sociales desde entonces. Por ejemplo, podemos trazar el linaje de ideas desde las obras de Campbell a “Iron John” del poeta Robert Bly, el libro que lanzó en movimiento mitopoético sobre nuevas masculinidades. Y de ahí a “Women Who Run With The Wolves” (“Mujeres que corren con los lobos”), el libro que establece lado feminista del movimiento mitopoético.

La idea básica de Joseph Campbell es que los mitos creados en todas las culturas tienen importantes rasgos en común. Todos vienen a contar una historia básica, que podemos llamar El Viaje del Héroe o El Sendero del Héroe. Así mismo, en todas estas historias encontramos una serie de personajes o arquetipos, como el Guía, el Guardián del Umbral, la Sombra, el Cambiador de Forma, el Embaucador, el Heraldo y el propio Héroe o protagonista. Campbell postula, quizás siguiendo las ideas del psicoanalista Carl Gustav Jung, que el Sendero de Héroe y todos sus arquetipos forman parte del inconsciente colectivo, una serie de imágenes e instintos que emanan de la estructura ancestral de la mente humana. Quizás esta idea genere un cierto escepticismo, pero es curioso cómo al analizar todo tipo de historias bajo la óptica del Sendero de Héroe, todas acaban ajustándose más o menos a él, sobre todo las que han tenido un mayor impacto sobe el público. Esto incluye no sólo mitos de la antigüedad, sino también novelas y películas contemporáneas. Por ejemplo, es se suele citar como ejemplo del Sendero del Héroe la serie Star Wars, The Matrix o El Señor de los Anillos. Yo me llevé una gran sorpresa cuando, después de terminar de escribir la trilogía “Voy a romperte en pedacitos”, me di cuenta de que el proceso de descubrimiento y liberación sexual de Cecilia Madrigal se ajusta perfectamente al Sendero del Héroe, y muchos de los personajes corresponden a arquetipos. Por ejemplo, para los que la hayáis leído, el Chino es un ejemplo perfecto del arquetipo del Guía, Johnny es un Guardián del Umbral, Luis es la Sombra y Laura es una Cambiadora de Forma.

El Sendero del Héroe se divide en tres actos: Salida, Iniciación y Regreso, dentro de los cuales hay varias etapas.

Acto 1 - Comienzo

  1. La llamada a la aventura: El protagonista recibe una llamada que lo saca de su mundo cotidiano y lo hace enfrentarse con algún defecto suyo.
  2. Rechazo de la llamada: El héroe se muestra reluctante a seguir la llamada, quizás a causa de su defecto.
  3. Ayuda sobrenatural: El héroe se encuentra con un Guía que le ofrece ayuda para su viaje. Si se trata de una historia realista, la ayuda no es sobrenatural, por supuesto, pero tiene un valor simbólico capaz de transformar la mente del protagonista.
  4. Cruce del Primer Umbral: El héroe pasa del mundo cotidiano al mundo de la aventura, a menudo a base de probar su valor y resolución.
  5. Renacimiento (el Vientre de la Ballena): El héroe se encuentra con un obstáculo peligroso; para superarlo deberá dejar algo de sí mismo detrás.

Acto 2 - Iniciación

  1. El Sendero de Pruebas: El héroe se encuentra con una serie de dificultades que le obligan a crecer y superarse.
  2. Encuentro con la Diosa: El héroe se encuentra con un ser poderoso que encarna los aspectos simbólicos de amante, hermana y madre. Con ello se enfrenta a una parte oculta de sí mismo, ganando dominio sobre su vida.
  3. Tentación: El protagonista se enfrenta a una tentación que lo desviará de su camino.
  4. Expiación con el Padre: El héroe se encuentra con una poderosa figura paternal con la que deberá reconciliarse.
  5. Apoteosis: El héroe sale victorioso de su mayor prueba, resolviendo así el defecto con el que comenzó su aventura.
  6. El Premio Final: Como resultado recibe una recompensa, que a menudo regala a otros.

Acto 3 - Regreso

  1. Rechazo del Regreso: El héroe se ve tentado a permanecer en el mundo de aventura.
  2. Huida Mágica: En su huida, el protagonista regresa al mundo cotidiano.
  3. Rescate: Otro personaje deberá rescatar al héroe para traerlo de vuelta a casa.
  4. Cruce del Segundo Umbral: El protagonista se enfrenta a un Guardián del Umbral que le niega el regreso y así recupera su humanidad.
  5. Amo de Dos Mundos: Como recompensa, el protagonista gana control tanto sobre su mundo cotidiano como sobre el mundo de aventura.
  6. Libertad de Vivir: Al final de su aventura, el héroe ha sufrido una transformación que le permitirá disfrutar del resto de su vida.
Por supuesto, no todas las historias tienen un final feliz. Sin embargo, incluso en las tragedias el protagonista va pasando por estas distintas etapas, sólo que en muchas sale derrotado y al final es vencido por el destino o su problemática interior.

Creo que el familiarizarse con el Sendero del Héroe y todos los arquetipos asociados a él puede ser de una enorme ayuda para el novelista, ya que le da las herramientas para dotarle darle a su historia de la profundidad necesaria para llegar al inconsciente del lector y allí remover sus emociones e instintos más básicos.

Referencias

  • Bly, Robert. Iron John - A Book About Men. Vintage Books (Random House), 1992.
  • Campbell, Joseph. The Heroe of a Thousand Faces. Princeton University Press, 1949.
  • Pinkola Estés, Clarissa. Women Who Run With the Wolves: Myths and Stories of the Wild Woman Archetype. Ballantine Books, 1996.
  • Thorn, Han Li. Conflicting Desires - Notes on the Craft of Writing Erotic Stories. Velluminous Press, 2007.

miércoles, 8 de enero de 2014

Ligero...


Ligero como una pluma
Frágil y efímero como una pompa de jabón
La muerte está a la vuelta de la esquina
Pero de alguna manera eso ha dejado de ser importante

miércoles, 1 de enero de 2014

Cuando el dragón se despierta



“Viserys se acercó a Dany, le clavó los dedos en la pierna y le dijo: -Hazlo gozar, querida hermana, o te lo juro, verás al dragón despertarse como nunca se ha despertado antes-.”
Juego de Tronos, George R.R. Martin

Empecé a comprender el daño que me hacía la ira en una charla que dio el Dalai Lama en UCLA en junio de 1997. Como mucha gente, hasta entonces yo creía que los enfados son algo que hay que “sacar para fuera”, porque si se quedan dentro se enconan y acaban por amargarte la vida. Creía que si alguien hace algo que te ofende, está bien enfadarse con esa persona, incluso pelearse con ella hasta que las cosas queden bien claras. El Dalai Lama cuestionó esas creencias. Su charla se centró en el peligro que representa los niveles crecientes de ira en el mundo. Nos dijo que nos correspondía a cada uno comprender la ira que surge en nosotros, calmarla antes de que se extienda como un fuego en la sociedad. Es la idea budista del karma: cuando haces el mal, va pasando de persona a persona hasta que eventualmente regresa a ti. A no ser, claro está, que haya alguien en esa cadena de causa y efecto que absorba el mal sin transmitirlo. En ese caso el buen karma de esa acción cancela el mal karma que ha recibido. Es una idea bonita, pero dudo que en la realidad las cosas funcionen de forma tan mecánica. El caso es que me quedé con la idea de que puede ser malo eso de exteriorizar los enfados.

A partir de entonces fui tomando nota de las veces que me enfadaba: las peleas de tráfico, las riñas con mi mujer, mi exasperación con los problemas del trabajo. Luego vino ese percance vergonzoso con el hombre de la limpieza en mi trabajo, que acabó de abrirme los ojos. Un día salí del laboratorio para encontrarme el suelo pasillo enjabonado casi por completo; sólo quedaba un estrecho pasadizo de suelo seco junto a la pared. Yo iba con prisa. Di varios pasos apresurados junto a la pared, pero al ir a entrar en el laboratorio de al lado pisé esa capa resbaladiza y aterricé de espaldas en ella, haciéndome daño y mojándome completamente el pantalón. El señor de la limpieza me preguntó si estaba bien; yo le dije que sí con una mirada irritada, luego entré en el laboratorio y me sequé como pude con unas toallas de papel. Al cabo de una semana o dos me volví a encontrar el pasillo cubierto de jabón, sólo que esta vez lo estaba de pared a pared. Un cartel nos advertía que debíamos salir del edificio y entrar por otra puerta para llegar a la parte del pasillo más allá de la zona de limpieza. Eso, unido al incidente anterior, me enfureció. Mandé al carajo al cartel de una patada y me aventuré con paso decidido sobre el suelo enjabonado, utilizando mi equilibrio de montañero para conseguir no caerme esa vez. Pero cuando me senté delante del ordenador estaba tan alterado que no podía trabajar. Encima, me comunicaron que el señor de la limpieza se había puesto en contacto con su sindicato y querían venir a hablar conmigo. ¡Qué horror! ¡Yo, un tío de izquierdas de toda la vida, iba a tener problemas ahora con un sindicato! No me encontraba en condiciones de hablar con nadie: estaba furioso con el tipo de la fregona y conmigo mismo por reaccionar así. Decidí salir a dar un paseo para calmarme. No pude trabajar el resto de la tarde. Al día siguiente todavía me costaba trabajo concentrarme. Pero ya podía pensar con más calma y me di cuenta de que tenía que reestablecer mi paz mental y continuar con mi trabajo. Le pedí disculpas al señor de la limpieza y pronto las aguas volvieron a su cauce.

Lo que más me impactó de todo ese episodio fue darme cuenta de que cuando estoy enfadado mi capacidad de pensar se vuelve nula. Mi mente se pone a darle vueltas y vueltas al asunto, a sopesar distintos planes de acción, a criticar a mi adversario y prever lo que va a hacer… No hay sitio para nada más. Es como si de repente toda mi inteligencia, de la que tan orgulloso estoy, se hubiera volatilizado. Otro síntoma preocupante de la ira es la “visión de túnel”: la concentración de mi atención en unas pocas ideas obsesivas, volviéndome incapaz de percibir claramente mi entorno. La ira es como una droga que altera de forma peligrosa las capacidades mentales. Por ejemplo, una pelea de tráfico puede ponerme en un estado mental peor que si estuviera borracho, poniendo en peligro mi vida y la de los demás. Y lo malo es que no hay prueba de alcoholemia para la ira que pueda servir para sacar a los conductores furiosos de la carretera.

Fue entonces cuando decidí que haría lo posible para no volver a enfadarme. ¡Fácil de decir! Tenemos mucho menos control sobre nuestra mente del que creemos. En particular, las emociones son prácticamente imposibles de cambiar. Por mucho que me empeñara, cuando me enfadaba no había manera de acabar con el cabreo. Sin embargo, aunque la emoción en sí era imposible de evitar, aún tenía control sobre mis acciones. Cuando dejaba que mi ira se vertiera en la gente que me rodeaba, su reacción tendía a alimentar mi enfado y hacerlo durar más. Por lo tanto, lo mejor era aislarme y esperar a que se me pasara el cabreo. Justo lo contrario de lo que había oído decir, pero la estrategia pareció funcionar bastante bien. Por supuesto, me prohibí de forma terminante tomar represalias contra otros conductores en la carretera. Pronto descubrí que mi conducción se volvía mucho más segura y placentera; podía disfrutar mejor de la música, de la radio o de mis propios pensamientos.

Más adelante hice otro descubrimiento: si bien era imposible suprimir un enfado una vez desarrollado, sí era posible evitar que surgiera si lo pillaba a tiempo. Esa táctica resultó enormemente eficaz y muy pronto mis enfados disminuyeron de forma tan apreciable que mi mujer lo notó y me preguntó cómo lo había conseguido. El truco está en darse cuenta de esas emociones aparentemente inofensivas que son el germen de la ira: el sentirse molesto, la impaciencia, la frustración. Son más fáciles de manejar que la ira, a base de ajustar nuestra conducta para dejarlas pasar… Ponerme a meditar en la cola del supermercado, sin pensar en el tiempo que me queda que esperar. Trabajar sin prisa, dejando que el ritmo del trabajo se establezca por sí mismo. Reírme de los inevitables problemas de ordenador que tanto nos frustran. Y, sobre todo, siendo amable con todo el mundo, comprendiendo que ellos también tienen que bregar con sus emociones como lo tengo que hacer yo.

Cuando se mira con atención a la ira y todas esas emociones que la acompañan, se descubre que apuntan a ciertas actitudes básicas y problemáticas en nuestra vida: el ir siempre con prisa, el sentirse demasiado importante, el creerse mejor que los demás. Se redescubre así virtudes que antes asociábamos a la religión, pero que ahora cultivamos por nosotros mismos, porque nos traen paz mental y felicidad: la paciencia, la tolerancia, la humildad.

Hay gente que reacciona de forma muy negativa cuando se les dice que la ira es un problema. Sienten que tienen derecho a estar enfadados, pues la vida ha sido muy injusta con ellos. Te dirán que son personas explotadas, oprimidas, maltratadas, que su indignación es lo que las mueve a luchar contra todas esa injusticias para que no les vuelvan a pasar ni a ellas ni a nadie más. En  muchos casos lo que dicen es verdad. Vivimos en una sociedad tremendamente injusta, llena de opresiones de todo tipo: diferencias económicas y de clase, racismo, sexismo… Sin embargo, la ira difícilmente puede ayudar a salir de esas situaciones. Conduce a episodios de catarsis, de violencia incluso, en los que la energía pega un subidón y luego se disipa… y las cosas siguen igual. Cambiar la sociedad requiere organización, trabajo continuado y colaboración con los demás, tareas que se basan en emociones positivas como la empatía y la compasión. Emociones negativas como el miedo y la ira tienden a minar este tipo de tareas conjuntas.

Lo que ocurre en realidad es que la ira tiene un curioso componente placentero, casi adictivo. Moviliza nuestra energía interior y tiende a darle color a la monotonía de nuestras vidas. Asociada con ideologías y con dinámicas de masas nos hace sentirnos poderosos. El sabernos en posesión de la verdad, el sentirnos moralmente superiores a los demás, sirve para compensar la baja autoestima, para curar esas heridas psicológicas que nos ha ido dejando la vida. La ira se convierte entonces en un tónico diario, en algo que nos moviliza y nos da sentido. Es una droga sumamente peligrosa que conduce al fanatismo y la violencia. Éste es un tipo de enfermedad muy extendido. Lo encontramos en los hinchas del fútbol, en fundamentalistas religiosos y en grupos políticos tanto de izquierdas como de derechas.

Han pasado muchos años desde aquella charla del Dalai Lama, desde aquel triste episodio del pasillo enjabonado. Mi vida ha cambiado mucho, soy mucho más feliz. La gente que me conoce hace años ha sido testigo de ese cambio. Ahora me resulta más fácil no enfadarme, ya que determinadas actitudes se han convertido en hábitos con el tiempo. Me gustaría poder decir que la ira ha desaparecido completamente de mi vida, pero no es así. El dragón está dormido, pero en el momento más inesperado se puede despertar.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Felicidad

¿Qué es la felicidad?

¿Es acaso la felicidad una emoción? Es cierto que cuando se es feliz se tienen más emociones positivas, como la alegría, el amor y la compasión, y menos emociones negativas, como la tristeza, la ira o el miedo. Pero es posible ser feliz estando triste, y siempre habrá quien diga que es feliz con la energía que le aporta la cólera o incluso el miedo. Por lo tanto, si bien la felicidad depende en gran parte de nuestras emociones, dudo que sea una emoción en sí.

Todo el mundo dice que el dinero no trae felicidad, pero ¿es eso cierto? Algunos estudios que se han hecho sobre la felicidad indican que la gente más feliz son los que se encuentran en el medio del espectro de riqueza. Los muy pobres no son felices, pero tampoco lo suelen ser los muy ricos. Al parecer, no se pude ser feliz si no se tienen cubiertas una serie de necesidades básicas. ¿Y los ricos? Quizás el tener muchas posesiones acarre un alto grado de preocupación, y eso haga disminuir su grado de felicidad. Por la misma razón, las personas demasiados ambiciosas no son muy felices: no se lo permiten serlo a sí mismos hasta haber conseguido sus objetivos. Y cuando lo consiguen puede ser peor; el ver que ni aún eso los llena los puede ocasionar una gran frustración. Los famosos suelen morir jóvenes; muchos incluso se suicidan o se autodestruyen a base de alcohol o de drogas.

Esos mismos estudios de neurociencia sobre la felicidad (por ejemplo, los realizados por Richard Davidson de la Universidad de Wisconsin) apuntan que cada persona tiene un punto fijo de felicidad. Al recibir una gran alegría nos sentimos muy felices, y una tragedia en nuestra vida nos hace sufrir, pero los dos son estados pasajeros, y al cabo de un tiempo volvemos a nuestro punto fijo de felicidad. Los más afortunados tienen un punto de felicidad alto y se las apañan para sentirse felices la mayor parte del tiempo. Pero también están aquellos que se pasan la vida en un permanente estado de melancolía. ¿No es eso, en definitiva, lo que es la depresión? Alguien que esté pasando una profunda depresión puede llegar a sentirse tan infeliz que decida suicidarse. Quizás entonces la felicidad dependa simplemente de determinados parámetros bioquímicos, de la particular mezcla de neurotransmisores que tengamos en el cerebro. La nueva escuela de materialistas a ultranza a los que les gusta negar el libre albedrío se apresurarán a afirmar que la felicidad es simplemente genética, y que podemos corregir nuestra deficiencia en ese sentido a base de pastillas.

Pero yo creo que eso es simplificar demasiado las cosas. Para empezar, aunque sea verdad lo del punto fijo de felicidad, es difícil saber si lo que lo fija son los genes o nuestras experiencias vitales (es decir, el entorno en el que hemos crecido). Seguramente será una mezcla de las dos cosas. En segundo lugar, hay un mínimo de circunstancias que parecen necesarias para ser feliz; es difícil alcanzar la felicidad cuando se vive en pobreza extrema, cuando se carece de libertad o cuando se vive en soledad, sin nadie que nos quiera. En tercer lugar, cada vez parece más claro que determinadas prácticas, como el ejercicio físico y la meditación, hacen aumentar el grado de felicidad de la gente. En cuarto lugar, una persona no puede ser feliz independientemente de la felicidad de las personas que lo rodean; existe algo llamado empatía que nos hace sufrir cuando vemos sufrir a otros y nos hace felices cuando estamos rodeados de felicidad.

Los seres humanos somos sumamente complejos y nuestro sufrimiento o nuestra felicidad no se pude explicar simplemente a base de genes y neurotransmisores en el cerebro. En realidad, no sabemos qué es la felicidad. La única manera que tenemos de medirla es preguntarle a la gente si es feliz. Y la respuesta que nos darán estará fuertemente condicionada por sus creencias. No se trata sólo de que algunas personas se sienten condicionadas a responder que son felices porque si no lo fueran eso se vería como un fracaso de su particular religión o ideología. Se trata también de que cada cual evalúa su felicidad en función de su sistema particular de valores. Para algunos, ser feliz es ser libres. Para otros, es vivir en una sociedad justa, o ser famosos, o poderosos. Si creemos que vivimos como hemos elegido vivir, o que hemos cumplido nuestros objetivos, nos recompensamos permitiéndonos ser felices. O quizás es que cuando creemos que somos felices, empezamos a serlo de verdad. Por lo tanto, la felicidad sería algo que está intrínsecamente condicionado con nuestras ideas y nuestro sistema de valores. ¿O no? Quizás sólo nos engañamos haciéndonos creer a nosotros mismos que somos felices cuando en realidad no lo somos. ¿Cómo podemos saber si somos tan felices como nuestro vecino, cuando nunca podemos experimentar lo que él experimenta?

¿Es la felicidad realmente el objetivo fundamental de nuestra vida? Tendemos a creer que es así, pero, ¿qué pasaría si nos ofrecieran ser completamente felices a cambio de volvernos tontos? ¿O de auto-engañarnos? No creo que fuera yo el único que no aceptaría la felicidad a cambio de la estupidez o de la ignorancia. O, dicho de otra manera, una felicidad que nos privara de algo esencial para ser humanos no debería ser tal felicidad. 

sábado, 24 de agosto de 2013

Problemas de pareja: lucha de poder o colaboración

Hoy en día, siempre que se habla de problemas de pareja se ofrece la comunicación como el remedio absoluto. Pero bueno, ¿es que nadie se para a pensar que a veces lo que se comunica no hace sino empeorar la situación? Porque si lo que se siente es antipatía, hostilidad, aburrimiento, ganas de controlar o de no ser controlada… Cuanto más salgan a flor esos sentimientos, peor va a ser la situación, ¿o no?

Para empezar, hay que partir de la base de que hay parejas que no merecen la pena ser salvadas. Lo de “hasta que la muerte nos separe” puede ser una receta para la infelicidad de por vida. Peor todavía: hay personas que no se merecen nuestro amor. Sí, yo soy el primero al que le encantaría abonarse a eso de “too er mundo es güeno”, pero recientes encuentros con algún que otro horrible ejemplar de ser humano me han convencido de lo contrario. La vida es demasiado corta para malgastarla en gente posesiva, cruel, egocéntrica, maltratadora o incluso psicópata.

Pero pongamos el caso de que se trata de una pareja que sí merece la pena ser salvada. Que son dos personas que se quieren mucho pero que no encuentran la forma de llevarse bien. Que la relación está pasando por un bache que seguramente es temporal, pero que no se ve la forma de salir de él… Y que eso de la comunicación a destajo no hace sino empeorar las cosas.

Hace varios años, durante una crisis en mi propio matrimonio, hice un descubrimiento que transformó completamente la forma en que me relaciono, no sólo con mi pareja, sino con casi todas las personas cercanas a mí. Descubrí que cuando hablamos con nuestra pareja, incluso cuando nos relacionamos con ella de cualquier otra forma, lo hacemos en una de estas dos modalidades: lucha de poder o colaboración.

En la modalidad de lucha de poder (“power struggle” en inglés), lo que importa es ganar. La conversación se convierte enseguida en una discusión en la que cada cual toma una posición determinada. Abandonar esa posición supone, no el conceder que la otra persona tiene razón, sino una pérdida de prestigio, una humillación intolerable porque supone un desgaste de nuestro estatus dentro de la pareja. Es más, si perdemos la partida el ganador se apunta un tanto que luego nos recordará en discusiones posteriores: “Si es que no dices más que tonterías, como aquella vez que dijiste…” De esta forma, al no poder ceder terreno, se cae en la irracionalidad de tener que mantener que tenemos razón a toda costa. La única manera de bajarnos de una posición insostenible es conseguir que se olvide. En definitiva, es así como funcionan las pugnas entre los partidos políticos: nadie puede reconocer ante los votantes que ha perdido un debate. Cuando se convive en medio de una lucha de poder, todo puede dar origen a una confrontación, pues no se trata de resolver problemas, de buscar soluciones, sino de proteger el ego. La relación misma se percibe como un delicado equilibrio entre posiciones enfrentadas. Cada conversación se teme; supone un desgaste y un gran consumo de energía, pues no se puede bajar la guardia. Todo debe negociarse cuidadosamente para que nadie gane y nadie pierda, para repartir el pastel exactamente por la mitad. El conseguir poder sobre el otro se convierte en el objetivo primordial.

Pero en realidad esa confrontación es básicamente ilusoria, porque en la pareja los objetivos comunes superan con creces a los objetivos no compartidos. Si no fuera así, habría que plantearse si vale la pena continuar juntos. Por ejemplo, a los dos les interesa que a la pareja le vaya bien económicamente, que la casa esté limpia y ordenada, que se disfrute en el sexo, que haya buena comunicación y, fundamentalmente, que la otra persona sea feliz. Cuando los dos se dan cuenta de que conseguir los objetivos comunes es más importante que proteger el ego, entonces se produce una transición desde la lucha de poder a la colaboración.

Las conversaciones en la modalidad de colaboración no son discusiones, no existen posiciones demarcadas. Cada uno construye sus ideas sobre las ideas del otro, en una búsqueda conjunta de la verdad, de una solución. Se dan en un clima relajado, donde la conversación en sí produce bienestar. Sí, a veces hay que acceder a hacer algo que no nos gusta, pero a esa carga no se le añade la carga adicional de sacrificar el ego y el prestigio. Al contrario: queda claro que lo hacemos por amor, por hacer feliz a nuestra pareja. Y eso es lo que se recordará en el futuro, no el que hayamos perdido una partida.

Las modalidades de lucha de poder o colaboración son tan intrínsecamente incompatibles entre sí que una vez que se entra en ellas se extienden rápidamente a todo lo que ocurre dentro de la pareja, como el cambio de fase en un sistema físico. En realidad, están enraizadas en nuestra actitud interior, en cómo vivimos nuestra vida. Si sentimos inseguridad, complejo de inferioridad y paranoia, viviremos con la sospecha continua de que nos quieren controlar y que debemos de proteger nuestro ego. Entonces caeremos una y otra vez en la lucha de poder. Si, por el contrario, estamos seguros de nosotros mismos y sentimos placer en el hecho de dar, la colaboración surgirá espontáneamente. Al depender de nuestra actitud interior, estas dos modalidades de relacionarnos no se limitan a la pareja. Si prestamos atención, veremos cómo surgen en nuestra relación con nuestros hijos, con nuestros amigos, con nuestros compañeros de trabajo. Es verdad que en interacciones que no se basan en el amor, donde el sistema social en el que vivimos impone sus normas de egoísmo obligatorio, no siempre es posible operar en modo de colaboración. Aun así, si vivimos con la actitud correcta podemos llevarnos sorpresas agradables. Cuando tratamos a la gente sin desconfianza, sin hostilidad, suelen responder de la misma forma. Y aunque no lo hagan, podemos llegar a descubrir que nuestra actitud interior es su propia recompensa.

domingo, 30 de junio de 2013

Siete preguntas esenciales: 2) ¿Evoluciona el Universo hacia una consciencia cósmica?


No acabo de encontrar la manera de formular esta pregunta de una manera satisfactoria. Antes era “¿evoluciona el Universo hacia un fin?”, pero eso del “fin” queda demasiado vago. Lo de la “consciencia cósmica” es más preciso, pero suena un poco grandilocuente y místico para mi gusto. Seguro que me pondrá en contra a algún que otro escéptico. Pero si dejas a un lado tus prejuicios por un momento quizás te parezca interesante lo que voy a decir.
El árbol evolutivo

Uno de los hallazgos más maravillosos y mejor fundamentados de la ciencia es la Teoría de la Evolución, que nos muestra cómo todos los seres vivos se han originado a partir de un antecesor común gracias a los procesos paralelos de la mutación genética y la selección natural. Popularmente, se suele entender la evolución como un proceso gradual que conduce desde las formas de vida más simples (bacterias y otros seres unicelulares como las amebas y los paramecios), a través de seres de complejidad creciente (esponjas, medusas, gusanos, insectos), hasta los mamíferos y el ser humano. Se considera así que la evolución tiende hacia un fin: el desarrollo de organismos complejos y eventualmente la aparición del sistema nervioso, la inteligencia y la consciencia. Esta visión de la evolución dirigida hacia un fin es rechazada por la mayor parte de los científicos como una ilusión que nace de nuestra tendencia a vernos a nosotros, los seres humanos, como el centro y la medida de todo - algo que se denomina “antropocentrismo”. También existe otra palabra técnica que se refiere a la idea de que la evolución tiende hacia un fin predeterminado: teleología, del griego “teleos” o finalidad. Entonces, si la evolución no va dirigida hacia la aparición de animales complejos y el ser humano, ¿cómo funciona en realidad? Hay que tener en cuenta que los procesos de mutación genética y selección natural han funcionado para todos los seres vivos desde que apareció la vida sobre la Tierra. Por los tanto, todos los seres vivos han evolucionado; no existen seres “más evolucionados” que otros. Lo que ocurre es que para algunos seres vivos (las bacterias, por ejemplo) el evolucionar significó quedarse más o menos como estaban, igual de pequeños y con la misma forma. Pero aunque  superficialmente nos parezcan lo mismo, la evolución ha producido cambios en la bioquímica de esos organismos que los han hecho más adaptados al su entorno, vencedores en la carrera evolutiva frente a organismos similares que acabaron por extinguirse. Otros organismos adoptaron estrategias distintas para sobrevivir. Una de ellas fue crear asociaciones de millones de células, cada una especializada en una función distinta, dando lugares a seres multicelulares como nosotros. Con ello los seres multicelulares no vencieron a las bacterias y otros organismos unicelulares que, de hecho, siguen siendo los seres vivos más abundantes y más variados del planeta, sino que lograron conquistar un nicho en el entorno que no estaba disponible a los otros seres. Así, plantas multicelulares como las hierbas y los árboles consiguieron obtener energía solar en un ambiente hostil para las bacterias. Científicos como Stuart Kauffman, dedicados al estudio de sistemas complejos, conceptualizaron la evolución como un “algoritmo de búsqueda” de nuevos nichos por conquistar; es decir, una especie de programa informático capaz de generar nuevas formas de vida usando la mutación genética y la selección natural para explorar un vasto espacio multidimensional de todas las formas posibles que puede adoptar un ser vivo. Así, el éxito evolutivo del Homo sapiens se basa en que hemos adoptado la estrategia de organizar otros seres vivos (plantas en campos de cultivo, animales domésticos que nos proporcionan carne, huevos y leche) y objetos inertes (máquinas) de forma que garantizan nuestra supervivencia. Pero no deja de ser una estrategia más…
Incorrecto: la evolución como una escalera que lleva al ser humano.

Sea como fuere, también es verdad que este “algoritmo de búsqueda” que es la evolución ha acabado por generar seres de una complejidad maravillosa, capaces incluso de ser conscientes y de poseer tal inteligencia que les permite conocer y manipular el mundo a su alrededor. ¿No es fantástico? Pero no acaba ahí la cosa, porque en cierto modo la evolución ha precedido a la aparición de los seres vivos. Así, los avances de la bioquímica nos permiten explicar la vida en términos de reacciones químicas sumamente complejas y perfectamente sincronizadas que se remontan al momento en que apareció la vida sobre la Tierra. De esta forma se enlaza el fenómeno de lo viviente con las propiedades químicas de las moléculas y los átomos. 

Cómo los distintos átomos del Sistema Periódico se forman en las distintas etapas de la vida de una estrella

Pero resulta que la enorme variedad de moléculas y átomos que forman el mundo de la materia inorgánica también proviene de estados más simples. Sabemos que todas las sustancias que existen están formadas por moléculas consistentes en enlaces químicos entre un centenar escaso de átomos distintos: los elementos del Sistema Periódico, que van aumentando de peso y complejidad conforme aumenta el número de protones en su núcleo y el equivalente número de electrones en su corteza. También sabemos que todos esos átomos se generaron en el interior de las estrellas a partir de un elemento primordial: el hidrógeno, que tiene un solo protón en el núcleo y un solo electrón en la corteza. Estrellas como el Sol “arden” en un fuego termonuclear en el que los núcleos de hidrógeno se unen entre sí para generar núcleos de helio (el segundo elemento del Sistema Periódico) y una enorme cantidad de energía. Cuando las estrellas envejecen y se les acaba el hidrógeno, la fuerza de la gravedad hace que se contraigan y que aumente su temperatura, lo que permite nuevos procesos de fusión nuclear que generarán otros elementos del Sistema Periódico a partir de los núcleos de helio. Por lo tanto, existe una especie de evolución cósmica que, como su contrapartida en la evolución biológica, es capaz de generar elementos complejos a partir de algo más simple. Encima, las dos evoluciones están vinculadas, porque la vida no podría existir sin que antes se generaran dentro de las estrellas el carbono, el oxígeno, el nitrógeno y los otros elementos que forman los seres vivos. Al final de su vida, las estrellas explotan en novas o supernovas, expeliendo al espacio los nuevos elementos que han fabricado, que eventualmente formarán planetas como la Tierra. Como cantaban Crosby, Still y Nash en Woodstock, “we are stardust”, somos polvo de estrellas.
Explosión de una supernova

En el otro extremo del proceso evolutivo, nos encontramos con que los seres humanos hemos aprendido a aumentar la complejidad del mundo a nuestro alrededor a nuestra manera: creando sistemas culturales en los que la información es pasada de generación y generación independientemente del ADN que llevamos en nuestras células. Esa información creciente nos permite modificar nuestro entorno cada vez más; ya no nos adaptamos al entorno, sino que adaptamos al entorno a nosotros mismos. El paso más reciente es la invención del ordenador, que nos permite almacenar y procesar cantidades ingentes de información, mucho mayores de las que podemos almacenar en nuestro cerebro. Se podría ver esto como la continuación de un proceso evolutivo cósmico caracterizado por un aumento progresivo de la complejidad: del hidrógeno a los átomos, de los átomos a las moléculas, de las moléculas a la vida, de la vida al ser humano, del ser humano a la sociedad informatizada. Este aumento de la complejidad podría entenderse como un aumento de la información contenida en cada uno de estos escalones. Y, en los últimos peldaños, aparece la capacidad de procesar información de tal manera que permite aprender sobre el entorno y modificarlo.
El cerebro conectado a un chip

¿Cuál es el siguiente paso? Me atrevo a predecir que en los próximos diez años asistiremos a la unión directa del cerebro humano con el ordenador, a base de microchips implantados en el córtex cerebral. Ya no nos harán más falta las interfaces que hoy en día nos proporcionan acceso indirecto y lento al ordenador: la pantalla, el teclado, el ratón… Podremos pensar directamente hacia el ordenador y recibir información de él en nuestros pensamientos. Desparecerá la diferencia entre el imaginar algo y ver una película. Podremos hacer fabulosas operaciones matemáticas en nuestra mente. Podremos “recordar” cualquier tipo de información que necesitemos usar. Y, si dos personas se conectan al mismo ordenador, será posible la telepatía: leer los pensamientos de otro, experimentar sus propias emociones. ¿Fantasía? Nada de eso. Ya se pueden controlar prótesis directamente con la mente. Varios laboratorios han conseguido crecer neuronas sobre microchips de ordenador.  También se están desarrollando retinas artificiales con la esperanza de que un día se le podrá devolver la vista a los ciegos. 
Grupo de neuronas creciendo sobre un chip de ordenador

Una vez qué unamos nuestra mente a la del ordenador, quién sabe que podrá pasar, qué nuevos horizontes se nos abrirán, en qué nos convertiremos. Quizás esto abrirá la puerta a que podamos descargar toda nuestra mente a un ordenador y así sobrevivir a la muerte de nuestro cuerpo. Curiosa paradoja: el paraíso prometido por muchas religiones, donde vivimos como seres puramente mentales, podría hacerse realidad gracias a la ciencia.

Las posibilidades son realmente fantásticas… Una mente planetaria, donde todos estemos vinculados mentalmente a través de la internet. Donde podamos conversar con gente que ha descargado su personalidad antes de morir, o con inteligencias artificiales que nunca fueron humanas… ¿Podremos reconocer la diferencia? Esto es lo que muchos han empezado a llamar la “singularidad tecnológica”, un momento en la historia en el que la humanidad sufrirá un cambio radical. 
¿Llegaremos a ser cyborgs?
¿Y qué pasará cuando llevemos miles de años viviendo así? Quizás podamos contactar con civilizaciones extraterrestres que posean sus propias mentes planetarias. Así es como se podría llegar, al cabo de millones de años, a la “consciencia cósmica” a la que me refiero en el título: una mente global que se extiende a través de la galaxia, saltando de estrella en estrella. Visto así, es difícil no volver a caer en la teleología de la que hablaba antes: la creencia de que en el fondo todo ese proceso de creación progresiva de átomos, moléculas, planetas, vida, inteligencia y mentes transpersonales estaba de alguna manera predeterminado en la estructura misma de la materia. Porque si no, sería mucha casualidad, ¿no os parece?

Lo cierto es que muchos científicos piensan que esas ideas no son más que fantasías de novelas de ciencia-ficción. Hoy en día está en boga una visión pesimista del Cosmos en la que la inteligencia y la humanidad no son sino accidentes sin mayor relevancia en un Universo desprovisto de dirección, sentido y finalidad alguna. Hay incluso quien dice que estamos solos entre las estrellas, que la creación de nuestra civilización es una pura coincidencia que no sobrevivirá más allá de unos pocos centenares de años, una nimiedad en comparación con la enorme duración de los procesos cósmicos. Que no habrá singularidad tecnológica, mente planetaria, ni mucho menos consciencia cósmica… Todo lo contrario, el Universo se encamina hacia una muerte térmica, donde todos los flujos de energía se extinguirán y ya no pasará nada de nada. Mucho antes de llegar a ese punto se extinguirá la vida en todos los planetas del Universo, porque la vida no es más que un fenómeno esporádico en el gran acontecer del Cosmos.

De todas formas, la muerte térmica del Universo no ocurrirá hasta dentro de 35,000 millones de años. Al paso que vamos, el establecimiento de una mente planetaria no nos va a llevar más que un par de siglos, como mucho. ¿Qué puede evitar la formación de una mente que salte el vacío entre las estrellas en unos pocos millones de años, mucho antes de ese final térmico? Para cuando se quiera acabar el Universo, es hipotética mente cósmica ya puede haber cumplido sus objetivos, cualesquiera que sean. 

En definitiva, estas dos ideas, la visión optimista de singularidades y mentes planetarias y la visión pesimista de un Universo hostil a la humanidad y carente de sentido, tienen más de especulación y filosofía que de base en una sólida evidencia científica. Por un lado, no deja de ser sorprendente que el Universo tenga las propiedades justas para permitir la aparición de cosas tan sorprendentes como la vida y el cerebro humano. Por el otro, si es posible la aparición de una mente interestelar, ¿por qué no tenemos evidencia de que ya existe? Tiempo ha tenido de desarrollarse ya, ¿no? ¿O acaso somos los primeros? Quizás no lleguemos a la mente planetaria porque en realidad somos tan tontos que nos autodestruiremos antes, de una forma o de otra.

sábado, 15 de junio de 2013

Siete preguntas esenciales. 1 - ¿Cuál es el sentido de la vida?

Quizás alguna vez nos hayamos parado a preguntarnos: ¿para qué hago todo esto? ¿para qué vivo? ¿Qué sentido tiene acumular riqueza, o buscar la fama y el éxito, si al final nos vamos a morir y todo va a quedar en nada? Sí, queremos ser felices, ¿pero en qué consiste esa felicidad que tanto ansiamos? Cuando creemos haberla conseguido nos estrellamos contra el vacío, el sin-sentido y la angustia existencial. Las religiones intentan dar respuesta a ese vacío interior, pero si somos honestos con nosotros mismos nos daremos cuenta de que lo hacen dirigiendo nuestra atención hacia historias mitológicas que al final no nos proporcionan ninguna respuesta satisfactoria. Las creencias religiosas no son más que una forma de auto-engaño que se alimenta de nuestro deseo de vivir para siempre y lograr la felicidad completa. La ciencia, por el contrario, nos permite tener una visión sobria de la realidad, fundamentada en firme evidencia en vez de fantasías y deseos. Sin embargo, hoy en día muchos científicos esposan una visión de la vida completamente descorazonadora, en la que estamos a merced de fuerzas inhumanas y nuestra propia existencia no es más que un capricho del azar. ¿Es esa la realidad? ¿O acaso hay lugar en los descubrimientos de la ciencia para otra visión del Universo y del ser humano?

Entre las diversas respuestas al problema del sentido de la vida, una de las más populares hoy en día es el existencialismo, que viene a decir que lo que tiene sentido es la existencia en sí, la experiencia del ser humano como individuo. Sin embargo, esa experiencia existencial se basa en nuestra consciencia, cuya naturaleza ha empezado a ser investigada por la neurociencia actual. Dependiendo de lo que sea la consciencia (hay quien dice que no es más que una ilusión), entenderemos nuestra naturaleza de una forma o de otra. Otras formas de entender el sentido de la vida lo hacen engarzando nuestra existencia individual al destino colectivo de la sociedad; por ejemplo, en el marxismo y otras formas de socialismo. Una visión aún más grandiosa concibe nuestra existencia como un eslabón en un acontecer histórico que llevará a una singularidad tecnológica de carácter sobrehumano, incluso a la creación de una consciencia global. En el otro extremo tenemos el nihilismo, que simplemente niega que la vida tenga sentido alguno más allá de buscar el placer y evitar el dolor.

Por lo tanto, la respuesta a la pregunta sobre el sentido de la vida depende a su vez de comprender quiénes somos y qué lugar ocupamos en el mundo. El problema de nuestra existencia personal debe enmarcarse dentro del problema de la existencia de todo, de la naturaleza última de la realidad. Eso nos lleva a plantearnos varias otras preguntas esenciales. Los filósofos han intentado responder a algunas de ellas desde hace tiempo. Sin embargo, hoy en día los avances de la ciencia empiezan a permitirle adentrase en territorios que hasta ahora se consideraban exclusivos de la filosofía y la religión.

Este es el primero de una serie de breves artículos en mi blog en los que quiero plantear las que considero que son las siete preguntas esenciales. Son cuestiones en la frontera entre la ciencia y la filosofía que creo que tienen gran interés general. No voy a intentar contestarlas, sino simplemente plantear en qué consisten y esbozar algunas de las respuestas que reciben.

Estas serían la siete preguntas esenciales:
1.    ¿Cuál es el sentido de la vida?
2.    ¿Evoluciona el universo hacia algún fin?
3.    ¿Cuál es la naturaleza última de la realidad?
4.    ¿Se puede reducir todo lo que ocurre a las leyes de la física?
5.    ¿Cómo se explica que seamos conscientes?
6.    ¿Tenemos libre albedrío?
7.    ¿De dónde provienen el bien y el mal?

domingo, 17 de marzo de 2013

El despertar de Kundalini de Janet Hardy



Acabo de leer un artículo que me ha dejado muy impresionado. Hay muchas cosas en él que me resultan lo suficientemente familiares para saber que lo que dice debe ser cierto. Por otro lado, conozco a Janet Hardy y Jossie Easton desde hace tiempo por sus libros. Son unas expertas en BDSM y poliamor; han explorado estos temas muy a fondo, son unas auténticas pioneras en esos campos. También han explorado la relación entre sadomasoquismo y espiritualidad. El resultado fue su último libro “Radical Ecstasy” y la increíble experiencia que Janet Hardy relata en este artículo en www.Salon.com. Aquí está el enlace…

 
A los que podáis leer en inglés, os aconsejo que lo leáis con calma. Para los que no sepáis inglés, y dado que éste es un blog en español, hago a continuación una traducción de los pasajes más importantes.
Durante casi dos décadas, mi vida social, sexual y filosófica ha girado en torno a la subcultura conocida como S/M, BDSM o “leather”. Pasaba cada fin de semana y muchas noches entresemana en fiestas en calabozos y grupos de discusión sobre S/M. (…) Escribí y publiqué libros sobre eso. Confiaba en su choque inigualable de excitación, endorfinas y adrenalina para sobrepasar mi mal humor, síndromes menstruales, bloqueos de creatividad y cualquier otra cosa que me deprimía. (…)


Se terminó. No con un gemido - el desgaste gradual que mucha gente en el mundo S/M experimenta cuando la edad y las relaciones le quitan el filo al deseo - sino con una explosión.

Mi coautora Dossie Easton y yo estábamos trabajando en un libro titulado “Radical Ecstasy”, delineando lo que se conoce en el mundo S/M como “espiritualidad”: el estado de trascendencia, éxtasis y conexión profunda que puede ocurrir durante y después una buena sesión de S/M. (…) En el espíritu de investigación, añadimos Tantra y otras prácticas quasi-religiosas a la mezcla y también recibimos clases en esas cosas. (…)

Cuando nos aproximábamos al final de nuestro trabajo empecé a deteriorarme un poco. Mi vida social se marchitaba y moría; lloraba por cualquier cosa o sin razón alguna. Por lo visto, algo dentro de mí empezaba a salir a la superficie. 


Entonces, en un taller de fin de semana sobre el Tantra, por fin ocurrió. Estábamos practicando respiraciones, contacto ocular, movimientos, visualizaciones y ejercicios de terapia con diferentes parejas durante día y medio. (…) Cada ejercicio pelaba una capa protectora más, así que estábamos todas completamente abiertas y temblando, desnudas como ostras, tan vulnerable como puedas estarlo en compañía de extraños.


Para el último ejercicio, en esa tarde templada de domingo, nos juntamos de nuevo con los compañeros con los que habíamos venido a la clase - en mi caso, Dossie. No había nada de particular en este ejercicio. Estábamos en “yabyum” - la posición tántrica en la que te sientas en el regazo del otro con las piernas enroscadas en torno a su cuerpo y nuestro cuerpos alineados corazón con corazón, ojos con ojos - y estábamos respirando y ondulando las caderas. (…) Y entonces, lo que fuera que había estado dentro de mí decidió salir.


Empecé a gritar, y seguí gritando. Me eché hacia atrás, me arqueé sobre el suelo, sujeta tan solo por la parte de arriba de mi cabeza y la planta de mis pies (con Dossie, atrapada, cabalgando sobre mí en el aire). Estaba completamente fuera de control, mi cuerpo recorrido por una ola tras otra de energía. (…) Era como el mayor éxtasis que he sentido nunca, como un orgasmo multiplicado por cien, desde la punta de mis cabellos a la uñas de mis pies. No recordaba qué hacer para para parar. Pensé que me iba a morir. (…)

Cuando terminó, me reí suavemente, maravillada. Y entonces, sin transición alguna, empecé a llorar. Lloré mucho, mucho tiempo.


Desde entonces he aprendido que lo que me pasó se llama un “despertar de kundalini” (o “crisis de kundalini” o “emergencia espiritual”). Muchos tantrikas y otros practicantes de la meditación consideran esta experiencia como muy deseable, un importante paso en el sendero espiritual. Unos pocos me advirtieron que puede ser terrorífico y cambiar tu vida, y que puede ocasionar síntomas que incluyen estados de trance impredecibles, vértigo, dolores de espalda y de cuello, cambios en el deseo sexual, etc. (He tenido todo eso, y más). 


Nunca he oído que en un cursillo de Tantra le adviertan a los principiantes como yo sobre el despertar de la kundalinin, porque es algo que no le suele pasara a los principiantes. Dado que el Tantra es tradicionalmente hostil hacia el S/M y otros caminos de sexualidad alternativa, quizás los tantrikas no tienen forma de saber que muchos practicantes avanzados del S/M están  de hecho muy avanzados en el camino que ellos enseñan. El S/M te enseña cómo encontrar placer en sensaciones de origen no genital y cómo apañártelas cuando las sensaciones y las emociones parecen insoportables - dos cosas que, creo yo, son maneras de abrir las compuertas a los orgasmos de cuerpo entero. (…)


Verás, yo no creo en la kundalini, al menos no de la manera en la creen los devotos. Acudí al Tantra porque estaba escribiendo un libro y quería aprender lo que saben los del Tantra. Y, después de mi primer orgasmo de cuerpo entero durante un taller introductorio de dos horas, descubrí que saben mucho - pero que encuadran ese conocimiento en un halo místico y abstracto pseudo-Oriental que no tiene ningún sentido para mí y no encaja en cómo pienso que funciona el mundo. La gente del Tantra cree que el kundalini es una manifestación de lo Divino, una energía que impregna el universo o una “fuerza que yace enroscada en la base de la espina dorsal” (lo que sea que eso signifique). Yo creo que es una simple energía física como la electricidad, o quizás un fenómeno neuroquímico, que todavía no podemos medir por carecer de instrumentos adecuados. (...)


Acabamos el libro. Se publicó en el 2004, y escribo esto en el 2013. Me ha llevado todo ese tiempo el ser capaz de contarle mis experiencias a cualquiera excepto mis más íntimas amigas. Puedo contar con los dedos de la mano las veces que he hecho algo sexual desde entonces. Quizás te alegre saber que estoy considerando la posibilidad de practicar el sexo otra vez este año.