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viernes, 20 de noviembre de 2015

Cuarenta años de la muerte de Franco


El tópico es que la dictadura del General Franco sobre España duró cuarenta años. "Los Forrenta Años”, como se titulaba una serie de libros de cómics de Forges. Por eso cabría esperar que hoy que se cumplen cuarenta años de la muerte del dictador hubiera al menos algún comentario en la prensa sobre lo lejos que ya se nos va quedando la dictadura. Pero, no, parece que los atentados de París, la crisis de refugiados de Siria y el independentismo catalán copan todas las noticias.


Ya van quedando muy pocas personas que sufrieran en su carne la Guerra Civil y los primeros años de la dictadura. Somos más los que crecimos en los últimos años del franquismo y recordamos a Franco como un viejo decrépito que apenas podía hablar bien. Los símbolos del nacional-catolicismo más que miedo nos inspiraban una cierta sensación de ridículo. Pero los primeros años de la dictadura fueron un auténtico horror de fusilamientos en masa, encarcelamientos, torturas, pobreza y hambre. Por eso, me gustaría conmemorar la muerte del dictador recordando una de las facetas más horribles del principio de la dictadura: la suerte de los exiliados españoles en los campos de refugiados creados para ellos en Francia.

Además, de paso me sirve para enfocar dos temas de actualidad. El primero es el de los refugiados sirios. No nos viene mal recordar que un día los españoles también tuvimos que escapar de una guerra horrible y que no se nos acogió demasiado bien en el país vecino. El segundo tema es el del independentismo catalán. Quizás debamos recordar que fuimos todos los españoles los que luchamos a brazo partido contra el fascismo y a favor de la democracia. Madrileños, castellanos, valencianos y andaluces lucharon y murieron junto con los catalanes y los vascos. Al contrario de los que dicen algunos reinventores de la historia, el franquismo no fue español, ni madrileño, ni castellano. Franco tuvo que contratar mercenarios marroquíes y buscar la ayuda de soldados fascistas italianos y aviones alemanes para luchar contra nosotros, el pueblo español. En frente de la guerra se instaló en las puertas de Madrid, en el campus de la Complutense y en la Moncloa, en el otoño de 1936. Y Madrid, contra todo pronóstico, resistió hasta el final de la guerra, a finales del invierno del 39, cuando Bilbao y Barcelona ya habían caído en manos de los fascistas.


La última fase de la Guerra Civil empezó a finales de 1938. El Frente del Ebro, en el que los republicanos había puesto sus últimas esperanzas, se colapsó. Los franquistas ya habían conseguido llegar hasta el Mediterráneo siguiendo el Ebro y así separar a Cataluña del resto de la España republicana. A partir de ahí se movieron hacia el norte, tomando Tarragona. Los milicianos republicanos no podían resistir a un enemigo muy superior en armas y efectivos, y el pánico cundió en Cataluña. Cientos de miles de personas huyeron hacia la frontera con Francia. Aunque catalanes en su mayoría, iban acompañados de otros españoles que habían ido a refugiarse en Cataluña.

En total, se calcula que unas 460,000 personas cruzaron la frontera a Francia ese invierno. Para poner esa figura en perspectiva, pensemos que la población de España en esa época era inferior a los 20 millones de personas, con lo que los exiliados representaban el 2.3% de la población de España. Además, no era la primera vez que se producía un éxodo semejante. Refugiados españoles ya habían huido a Francia con la caída del País Vasco, Santander y Asturias. ¿Por qué huían? Por malo que fuera, vivir en la dictadura sin duda sería mejor que hacerlo en un campo de refugiados. Al principio de la guerra Franco había promulgado la Ley de Responsabilidades Políticas, con la que se condenaba a la cárcel o incluso a muerte a cualquiera que hubiera participado en el gobierno de la República o militado en un partido político o sindicato de izquierdas. De hecho, era sabido que la toma de ciudades por los fascistas iba seguida por fusilamientos, torturas, violaciones y encarcelamientos en masa. En total, se calcula que más de 100,000 personas fueron asesinadas por el franquismo después del final de la guerra. Para muchos, era exiliarse o morir.


Pero el destino de los exiliados fue muy penoso. Gobernados por la derecha, los franceses los retuvieron en campos de concentración en las playas del sur de Francia, como el de Argeles-sur-Mer que describe de forma espeluznante Almudena Grandes en su magnífica novela El corazón helado. También hubo campos de refugiados en otras localidades de Francia, donde los exiliados estuvieron años sufriendo privaciones. El gobierno francés colaboró con los franquistas para conseguir que muchos refugiados volvieran a España, donde fueron internados en “campos de purificación” de acuerdo con la infame Ley de Responsabilidades Políticas. En total, unas 280,000 personas volvieron a España; aproximadamente la mitad de los exiliados. Otros consiguieron emigrar a algún país de acogida, sobre todo Méjico, que se portó de forma ejemplar con nosotros. Unos pocos se integraron en la sociedad francesa y un número considerable murieron. El poeta chileno Pablo Neruda consiguió enviar 2,200 refugiados españoles a Chile. Al final de la Segunda Guerra Mundial, en 1944, todavía quedaban en Francia 162,000 refugiados españoles, un 35% de los exiliados.


Si queréis aprender más de esta triste historia, podéis encontrar más información aquí http://www.exiliadosrepublicanos.info/es/historia-exilio .

No debemos olvidar nunca el horror que Franco, junto con sus colaboradores en las clases pudientes y la Iglesia Católica, desencadenó en España. Mientras el fascismo llegó al poder sin grandes problemas en Italia y en Alemania, casi un millón de españoles dieron su vida para luchar contra él. Quizás la memoria de este heroísmo y de nuestra determinación para seguir siendo un pueblo libre, democrático y justo debería servir para mantenernos unidos en estos momentos difíciles.



domingo, 11 de enero de 2015

El secuestro de Cecilia


Éste es otro fragmento de mi novela Desencadenada. Es el principio de uno de los segmentos más duros de la novela, en el que Cecilia se enfrenta a una situación sumamente peligrosa...

Nada más doblar la esquina, Vicente se adelantó un par de pasos y se detuvo delante de ella, mirándola.

-¡Desde luego, sí que estás buena! -le dijo con una sonrisa burlona.

Eso le extrañó, sus maneras, hasta entonces educadas aunque un tanto nerviosas, parecían haber cambiado súbitamente. Lo miró, sorprendida. Iba a decirle algo pero él la empujó contra la pared y la besó violentamente. Al principio se dejó hacer. Le gustaba que la besaran así y, a fin de cuentas, estaba allí para servir al cliente. Pero cuando el beso empezó a prolongarse intentó empujarlo para librarse de él. Él la apretó con aún más fuerza contra el muro. Giró la cara para librarse de su boca.

-¡Vale ya! Vamos al hotel… -empezó a decir.

Entonces los vio: dos tipos que habían aparecido de ninguna parte. Los reconoció enseguida: Luis y su repulsivo amigo Benito.

-¡Socorro! -gritó, al tiempo que intentaba zafarse con renovadas energías. Pero Vicente la sujetó con aún más firmeza, poniéndole la mano sobre la boca para ahogar su grito. Los otros dos se les echaron encima en un santiamén. Benito le agarró la muñeca, retorciéndole el brazo tras la espalda, haciéndole daño. A pesar de eso, se debatió. La obligaron a andar, apartándola de la pared. Se le torció un tobillo y se hubiera caído al suelo si no la hubieran sostenido. Perdió uno de los zapatos.

Un coche se detuvo en doble fila con un frenazo: un Dodge Dart negro. Luis abrió la puerta trasera. Benito tiró aún más de su brazo para forzarla a inclinarse hacia a delante, y la empujó dentro.

-¡Socorro! ¡Me secuestran! -volvió a gritar aprovechando que ya no le tapaban la boca.

Luis entró por la otra puerta trasera, atrapándola entre él y Benito. Le dio un bofetón.

-¡Cállate! -le dijo, y a los otros: -¡Venga, vámonos!

Tres puertas se cerraron en rápida sucesión. El coche aceleró.

Benito tiró de su brazo hacia arriba de su espalda, obligándola a doblarse hacia adelante. Notó un contacto metálico alrededor de la muñeca por la que la agarraba. La querían esposar. Enterró su brazo izquierdo en su vientre para que no pudiera cogerle esa muñeca. Luis empezó a tirar de él para sacárselo, y ella se dobló sobre sí misma con aún más fuerza para impedírselo. Benito aflojó la presión en su otro brazo y la empujó hacia atrás, permitiendo a Luis agarrarle la muñeca. Siguió forcejeando, resuelta a no dejarse poner las esposas.

-Ponle la mano en la espalda -le dijo Benito a Luis.

Cecilia dejó caer el zapato que le quedaba y clavó los pies en los asientos delanteros, presionando la espalda contra el respaldo con toda la fuerza de su cuerpo. Era la postura de escalar en chimenea, conocía bien su poder: aprovechaba la fuerza de todos los músculos de su cuerpo.

-No puedo -gruñó Luis-. Da igual, pónselas por delante. Total, va a ser mejor para lo que quiero hacerle.

Por más que lo intentó, no pudo luchar contra la fuerza combinada de los dos. No tardaron en juntarle las muñecas frente a ella y cerrar las esposas.

-¡Esto es un crimen! -les gritó a sus secuestradores. Luis la volvió a abofetear.

-¡Déjate de tonterías, Cecilia, o será peor! -le dijo.

Tuvo tiempo de reconocer al conductor: Pascual, el policía. Vicente iba junto a él en el asiento de delante. Luego algo negro le cayó sobre la cabeza, impidiéndole ver. Le habían colocado una capucha. Recordó el relato de Malena, como los pinochetistas la habían conducido así a la prisión donde había visto a su padre por última vez.

La capucha no la dejaba respirar. La empezó a invadir el pánico.

Tranquilízate, Cecilia, vas a necesitar todas tus fuerzas para hacer frente a esta situación. ¡Luis me tendrá preparado algo horrible, seguro! Pero no me va a matar… ¿Qué me hará? Darme esa paliza que me tenía prometida, seguro… de eso no me libro. Pero no se atreverá a dejarme marcas, serían pruebas contra él. ¿Y sus compinches? También querrán algo… ¡Me van a violar! ¡Dios mío, me van a violar! ¿Luis también? Es capaz, el muy cabrón, lleva toda la vida deseándolo. ¡Cuatro tíos… va a ser insoportable! ¡Me quedaré traumatizada para toda la vida, como le pasó a Malena!

Miedo. Estaba aterrorizada. Recordó lo que Lorenzo le había dicho una vez escalando: el miedo te pude llevar al pánico, o te puede servir para aumentar tu concentración.

Calma, calma. Yo no soy Malena, no soy una cría de dieciséis años. Estoy acostumbrada a que me follen. Vicente ya lo iba a hacer de todas formas… Eso es lo que tengo que hacer: imaginarme que son clientes. ¡Sí, clientes! ¡Unos fachas hijos de puta, eso es lo que son! ¡Ahora, que esto no quedará así! ¡Se van a enterar! ¡El Chino y Tony les darán su merecido! Voy a decírselo… ¡No, no! ¿Estás loca? Si los amenazas sólo vas a conseguir que te hagan más daño.

La rabia también era peligrosa, la haría menos inteligente. Y si había algo que le permitiría salir de esa situación era su inteligencia. Ella era más lista que Luis.

Mejor seguirles la corriente, esperar mi oportunidad. Si creen que me tienen, que ya no me resisto, igual puedo pillarlos desprevenidos.

La canción Rivers of Babylon sonaba sin cesar dentro de su cabeza. Muy apropiado, ahora soy yo a la que llevan cautiva.

El coche se detuvo. Oyó abrirse la puerta a su derecha. Sintió bajarse a Benito. Luis le quitó la capucha. Se habían detenido en mitad de una calle estrecha, desierta, en algún lugar del casco antiguo. Benito les esperaba en el portal del edificio más cercano, manteniendo abierta la puerta. Luis le agarró las manos esposadas y le apretó la capucha contra la boca para impedirle gritar.

-¡Sal! -le dijo al oído-. ¡Vamos, rápido!

Entre Luis y Vicente la hicieron cruzar la acera a la carrera. El portal se cerró tras de ella con un chirriar de bisagras y un chasquido siniestro del cerrojo.

Se metieron los cuatro en un ascensor antiguo, de esos de jaula, ella en medio, oculta por los cuerpos de los tres hombres. Pensó en gritar, pero Luis aún la amordazaba con la capucha. Le harían daño si lo intentaba.

La sacaron del ascensor. Benito abrió la puerta de un piso. Tenía un membrete, pero no pudo leerlo antes de verse empujada rudamente adentro.

Se encontró en un despacho lujosamente amueblado. Frente a la puerta, a la derecha, había un pesado escritorio de madera, atravesado en una esquina formada por dos estanterías llenas de libros. En las otras dos paredes colgaban fotos enmarcadas, algunas en blanco y negro, otras en color. Presidiendo en la parte más alta había un gran retrato de Franco, rodeado de fotos de políticos y militares que Cecilia reconoció sólo vagamente. Otras fotos mostraban hombres en uniforme, desfilando o marchando por el campo. Una puerta lateral, cerrada, debía conducir al resto del piso. En la esquina opuesta al escritorio había dos pequeños sillones flanqueando una mesa de café. Entre ellos, un estandarte inclinado dejaba caer medio desplegada la bandera de España, con su feo aguilucho negro.

Luis se cuadró frente a la bandera de un taconazo, extendiendo el brazo y la mano en el saludo fascista. Benito y Vicente lo imitaron de inmediato.

-¡Arriba España! -dijeron los tres al unísono, haciendo explotar la “p”.

Benito se quitó su pesada chaqueta de cuero y la arrojó sobre uno de los sillones.

-¡Va bene! ¿Cosa facciamo adesso? -dijo en italiano, frotándose las manos.

-Vosotros, nada; volveos al coche -dijo Luis-. Ya me encargo yo de darle a esta puta su merecido.

-¡Venga, Luis! -dijo Benito, mirándola con ojos chispeantes-. ¡Que nosotros también queremos divertirnos!

Se le acercó. La cogió de la barbilla para obligarla a mirarlo a la cara.

-¡Madonna, comme sei bella! ¡Una bella putana!

Cecilia se quedó rígida, paralizada. Resistió las ganas de protestar, de suplicar; intuía que mostrar miedo sólo serviría para excitar más a esos salvajes.

-¡Déjala! -dijo Luis, impávido-. Es mi hermana, yo sé cómo tratarla.

-Será tu hermana y todo lo que quieras, pero también es una puta. Si ya se la han tirado tantos tíos, ¿por qué íbamos a privarnos nosotros?

-Además, yo ya he pagado por eso -remachó Vicente.

-A partir de ahora va a dejar de ser puta, ya me encargaré yo de eso. Así ya no habrá más que discutir.

-Al menos déjanos ver cómo la castigas -insistió Benito.

-¡Ni hablar! -dijo Luis, desafiante-. Esto es un asunto de familia, y lo vamos a resolver ella y yo en privado.

-¡Porca miseria! -protestó Benito- ¡O sea, que hemos hecho todo este trabajo y al final no vamos a sacar tajada!

-Quedamos que esto era sólo asunto mío y que me ayudabais como amigos. Nadie dijo nada de sacar tajada.

Benito se acercó a Luis hasta colocar su cara a unos centímetros de la suya.

-¿Y qué te pensabas, que te íbamos a ayudar sólo por amor al arte? ¡Tú solo no vas a conseguir nada, Luis, precisamente porque es tu hermana y tú, en el fondo, eres un blandengue!

-No voy a ser nada blando con ella, no te preocupes -dijo Luis, sosteniéndole la mirada.

Vicente cogió a Benito por el codo y tiró de él hacia la puerta.

-Vámonos, Benito. Tiene razón: si fuera mi hermana yo también querría arreglar esto a solas con ella.

Benito no se movió, los pies plantados firmemente en el suelo, los ojos clavados en los de Luis.

-¡Tú no conoces a las mujeres, Luis! -masculló entre dientes-. Se echará a llorar, se quejará y suplicará y te dirá que va hacer lo que tú quieras. ¡Y luego hará lo que le da la gana, como todas! ¡Que las tías parecen muy blandas por fuera, pero en realidad son muy duras por dentro, joder!

-Muy bien -concedió Luis-, si no consigo hacerla entrar en razón os llamaré para que me echéis una mano.

Vicente volvió a tirar de Benito, esta vez con más firmeza. Benito lo siguió hasta la puerta con dos pasos furiosos. Se detuvo y volvió a mirarlos una vez más.

-Estaremos en La Vía Láctea, con Pascual. Ven a buscarnos cuando nos necesites.

Cerró la puerta tras ellos, dando un portazo.