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miércoles, 18 de febrero de 2015

La buena muerte



-No lo entiendes, Cecilia. Yo no quiero que me ayuden. Estoy harta de todo. Estoy muy cansada.

-No te entiendo… ¿Qué quieres decir?

-Pues eso: que estoy harta. No quiero que me ayuden, ni quiero ayudar a nadie. Antes me gustaba ayudar a la gente, sentía que aunque yo sufriera por lo menos alguien dejaba de hacerlo. Por eso me gustaba hablar con los locos. Por eso te hablé el día que nos conocimos, porque vi lo asustada y lo desesperada que estabas. Pensé que si te explicaba cómo funciona este sito te haría sentirte mejor.

-¡Pues claro, Irene! Y lo conseguiste, me ayudase un montón. Yo creo que sin ti me habría venido abajo.

-No, Cecilia, no te habrías hundido. Ahora te conozco, sé lo fuerte que eres. Te las hubieras apañado muy bien sin mi ayuda.

-Tú también eres muy fuerte, Irene. Tú también puedes salir adelante. Si no lo fueras, no podrías ayudar a la gente como haces.

-No sé si se trata de ser fuerte… El caso es que ayudar a la gente ya no me sirve de nada. Ya no me da esperanza. Estoy cansada, Cecilia. Estoy harta de luchar contra esta marea de mierda que amenaza con ahogarme. Sólo quiero dormir… Descansar para siempre.

Cecilia sintió que mil señales de alarma la sacudían por dentro.

-¿Qué quieres decir, Irene? ¿No querrás suicidarte?

-Lo que quiero es acabar de una vez con esta mierda de vida, Cecilia. No vale la pena vivir así, con tanto sufrimiento. No sé si quiero suicidarme… Lo que quiero es que todo se acabe de una puta vez.

-¡Por favor, Irene! -dijo con desesperación-. ¡No digas esas cosas, que me asustas! En la vida hay cosas malas, pero también hay muchas cosas buenas.  La vida vale la pena, aunque sólo sea por sí misma.

-No, Cecilia, estás equivocada. La vida no siempre vale la pena. Hay veces en que el sufrimiento se hace tan grande que ya nada te compensa. Entonces es mejor acabar con todo para así encontrar finalmente la paz.

-¿Por qué? ¿Tú crees que vas a sobrevivir a la muerte? ¿Crees que vas a irte a un paraíso donde vas a ser feliz, que te vas a reencarnar en alguien mejor, o algo parecido? Porque ninguna de esas patrañas son verdad, Irene. La muerte es la nada, es dejar de existir. No hay nada al otro lado. A ver si por creer una de esas imbecilidades vas a acabar con lo más valioso que tienes.

La mirada de Irene se volvió inesperadamente sabia, como la del Chino cuando le iba a soltar una de sus frases profundas.

-Ya lo sé, Cecilia. Ya sé que no hay nada después de la muerte. No te preocupes, que yo tampoco me creo esos cuentos de curas, ni de los de aquí que van vestidos de negro ni de los de allá que van vestidos de azafrán. Pero eso es precisamente lo más bonito de la muerte, que no hay nada. ¡Nada, Cecilia! Te puedes imaginar qué liberación, que descanso, el poder hundirse en la nada, dejar de sentir, dejar de sufrir, dejar de tan siquiera recordar que has sufrido. Nada de nada, para siempre jamás.

Una sonrisa pacífica había iluminado el rostro de Irene, lo que no hizo más que aumentar la alarma de Cecilia. Buscó desesperadamente algún argumento para convencer a Irene.

-¡Espera, espera, que eso no es así! La nada no tiene nada de bueno… La nada no es algo, es un vacío, es dejar de existir… No hay nada bueno en dejar de existir.

-¿No? ¿Y por qué no iba a haberlo?

-Pues porque no vivimos sólo para nosotros. Vivimos para la gente que nos quiere, para ayudar a otros, como decías antes… Para hacer del mundo un sitio mejor, en definitiva.

-A mí eso no me sirve… Antes sí, pero ahora ha dejado de tener sentido. Yo no tengo ninguna obligación con nadie. Mi cuerpo es mío. Mi vida es mía, y hago con ella lo que me parece.

-Pero eso no es verdad. Tú no posees tu cuerpo o tu vida, como el que tiene un libro o un televisor. Tú eres tu cuerpo, que no es lo mismo que poseerlo.

-Para el caso es lo mismo. Si quieres, míralo de otra manera: yo soy libre, soy la única dueña de mi destino. El poder acabar con mi vida es el acto más absoluto de libertad. Y el que te priven de hacerlo es la forma de sometimiento más completa. Nadie debe obligarte a vivir tu vida en contra de tu voluntad. ¿No lo entiendes?

-¿Qué quieres que te diga? Sí, así como lo pones, tienes razón. Es verdad que debemos ser libres hasta el punto de poder acabar con nuestra vida… En teoría está muy bien. Pero en la práctica no deja de ser una locura. Nuestra vida es el bien más preciado que tenemos, ¿para qué rechazarlo? Se me antoja el desperdicio mayor que podemos hacer.

-O el regalo mayor que podemos hacer. En el mundo sobra gente, somos demasiados. ¿Para qué continuar una vida miserable que no ayuda a nadie?

-No lo entiendo, Irene. ¿Qué ha pasado para hacerte querer acabar con tu vida? ¿Qué te dijo Vicente para hacerte sentir así? Fuera lo que fuese, no puede tener tanta importancia.

-No fue nada que me dijera Vicente… Hace mucho tiempo que me siento así. Él lo único que hizo fue recordármelo todo. Recordarme quién soy… Lo que quiero en realidad.

-Pero entonces…

-¿Por qué te crees que me trajeron aquí, Cecilia? Me tomé una buena sobredosis de anfetas. Hubiera cumplido mi deseo si no llega a ser por el cabrón de Vicente, que me encontró a tiempo. Pasé dos días en el hospital y luego me trajeron aquí.

-O sea, que volverás a intentar suicidarte en cuanto puedas.

-No estoy segura, Cecilia…

-¡No lo hagas, Irene, por favor, te lo suplico! ¡Sigue viviendo, hazlo por mí!

-No lo entiendes, Cecilia… ¡Por favor, intenta entenderlo! Esto no tiene nada que ver contigo, tiene que ver conmigo, con lo que yo siento en lo más profundo de mi corazón. Si eres mi amiga, tienes que entenderlo. Nunca se lo he contado a nadie. A nadie se lo he explicado como acabo de explicártelo a ti.

Cecilia se incorporó para volver a sentarse en el suelo. Sin decir nada, recogió la ristra de agujas. Las fue sacando una a una y clavándoselas en el pecho mientras hablaba.

-Gracias por la explicación… Intentaré entenderlo, de verdad. Pero yo quiero que tú entiendas que si te matas, que si te pierdo, me vas a hacer mucho daño. Me vas a hacer mucho más daño que lo que duele ponerme estas agujas. Porque sí que tiene que ver conmigo, Irene. El dolor que sentiría al perderte tiene muchísimo que ver conmigo.

Irene también se sentó, mirándola ceñuda.

-Dices que eres que eres mi amiga, pero te acabo de contar mi secreto más íntimo, lo que llevo en lo más profundo del alma, y tú lo rechazas. En el fondo eres muy egoísta, Cecilia. Me quieres por lo que te doy, pero no por mí misma.

-¿Y qué coño tengo que hacer para dejar de ser egoísta? ¿Decirte que está de puta madre que te suicides? ¿Decir que el suicidio es la cosa más cojonuda del mundo porque es, oh, algo tan profundo? ¿Tengo que ayudarte a matarte?

Éste es un fragmento de mi novela Para volverte loca, que será la quinta novela de la saga de Cecilia. Esta parte está basada en el suicidio de mi amiga Erin. Irene tiene muchas cosas en común con Erin y lo que le dice a Cecilia fue lo que intentó decirme Erin antes de dejarme, antes de morir. Erin me dejó un precioso regalo: me hizo ver la muerte de otra manera, como liberación, no como pérdida. Eso es lo que intento reflejar aquí. Mi reacción es la de Cecilia: amo demasiado a la vida para poder comprender que alguien quiera suicidarse.  

domingo, 9 de noviembre de 2014

Ataques de pánico en sesiones BDSM


El peligro siempre está donde no lo ves. A las novatas que se empiezan su pasos en el mundo del BDSM les preocupa sobre todo el dolor: ¿serán capaces de soportarlo? ¿y si son demasiado sensibles y decepcionan al Dominante? A las mejor informadas le preocupa el entrar en situaciones de abuso en las que no se respeten sus límites o se las manipule mentalmente. Esto último puede ser, efectivamente, un problema serio, aunque creo que menos frecuente de lo que cabe deducir de lo mucho que se habla de ello. Sin embargo, hay un problema que suele ocurrir con mucha frecuencia en las sesiones de BDSM y que no tiene nada que ver con la falta de ética: el ataque de pánico. En una charla que di ayer en Threshold (la organización BDSM de Los Ángeles), toqué este tema e invité a los asistentes a levantar la mano si alguna vez los habían experimentado en sí mismos o en la persona con quien hacían la sesión. Unos dos tercios de las 45 personas presentes alzaron la mano. 

¿Cómo sucede un ataque de pánico en una sesión? Más o menos así… La sesión se acerca a su cúspide de intensidad y tanto la persona Dominante como la sumisa están completamente sumergidos en ella. Pero poco a poco la persona sumisa parece reaccionar menos a lo que pasa. Ha dejado de quejarse con los golpes, no se mueve, ha cerrado los ojos y parece perdida en su mundo interior. Y, de repente, explota. El ataque de pánico se suele caracterizar por una incapacidad de hablar (por lo que en este caso la palabra de seguridad no sirve para nada), dificultad para respirar, mirada errante y aterrorizada, movimientos incontrolados, llanto y a menudo rechazo del contacto físico. Interiormente, una persona que experimenta un ataque de pánico siente ansiedad extrema, terror, “visión de túnel” e incapacidad de pensar y expresarse. Este estado persistirá por un tiempo indeterminado, desde minutos hasta horas. Volver a la sesión es normalmente imposible y, en todo caso, poco recomendable.

¿Qué se debe hacer en estos casos? Lo primero, por supuesto, detener la sesión interrumpiendo cualquier tipo de estímulo doloroso o estresante. Si existen ataduras, deben soltarse inmediatamente ya que la restricción física suele ser uno de los principales agravantes del estado de pánico. Si es necesario, se pueden cortar las cuerdas con unas tijeras o un cuchillo, pero hay que tener mucho cuidado de no cortar a la persona, quien puede sufrir movimientos descontrolados. Si tiene los ojos vendados o estamos en penumbra hay que restaurar la visión, lo que suele dar seguridad. Debemos hablar con voz calma, explicando lo que estamos haciendo aun cuando no parezca entendernos. Si hay dificultad para respirar podemos guiar la respiración con la voz. Hay que avisar o pedir permiso antes de cualquier contacto físico, que puede resultar muy alarmante para quien sufre un ataque de pánico. Si estamos en un espacio público, hay que evitar que demasiadas personas se apiñen alrededor de quien sufre pánico. Sin embargo, si hay algún amigo o persona con quien tiene un vínculo emocional, quizás esa persona pueda ayudar mejor que nosotros. Se debe animar al llanto, ya que libera tensiones. Pasado lo peor del ataque de pánico, cuando la persona ya puede hablar, le daremos la opción de hablar sobre lo sucedido o procesarlo internamente. No es raro que una persona que acaba de sufrir un ataque de pánico necesite estar un tiempo sola para volver a encontrar su equilibrio. Si ese es el caso, nuestra misión será el crear un entorno seguro donde esa persona no sea molestada ni pueda hacerse daño. Debemos mantenernos alerta a cualquier ruido extraño.

¿Por qué suceden los ataques de pánico en las sesiones BDSM? Una sesión pone al sumiso o la sumisa en un estado alterado de consciencia, del que hablaba en un artículo anterior. Ese estado normalmente se experimenta como algo agradable y enriquecedor, pero a veces sirve para sacar a flote traumas del pasado que tienen tal carga emocional que disparan el ataque de pánico. Paradójicamente, la liberación de endorfinas es la que produce ese estado de inmovilidad (“freezing” o “congelado” en inglés) que suele ser el precursor del ataque de pánico. En estudios con animales se ha visto que la liberación de endorfinas es provocada por estrés sobre el que no se tiene control, lo que apunta a que ese estado pueda disparar memorias de sucesos estresantes del pasado. En el mundo BDSM anglosajón, esas memorias se conocen por el nombre de “emocional land mines” -minas emocionales- ya que nunca sabes cuándo te van a explotar bajo los pies. Eso no significa que la persona que experimenta un ataque de pánico esté loca, neurótica o que necesite asistencia de un psicólogo, sino que simplemente pone de manifiesto el poder del BDSM de producir alteraciones profundas de la mente. Llevado a buen puerto, el ataque de pánico puede suponer un proceso curativo para quien lo experimenta, ya que esos contenidos psíquicos negativos se han movilizado y ahora pueden ser procesados de forma consciente.

Creo que es importante que todos los que practicamos el BDSM sepamos que el encontrarnos con un ataque de pánico es algo bastante probable, y que sepamos qué hacer cuando ocurre. De hecho, los ataques de pánico se pueden prevenir si estamos alerta a la aparición del comportamiento “freezing” o “congelado” en la persona sumisa. Si estamos azotando o atando a alguien, es normal que profiera quejidos y se mueva. Lo que no es normal es la inmovilidad frente al dolor. El Dominante debe hablarle a la sumisa de cuando en cuando, quien deberá contestarle. Si no es así, hay que parar, mirar a la sumisa a la cara y verificar que todo va bien. Claro que hay personas que prefieren “meterse para dentro” y no reaccionar cuando reciben dolor, pero eso deberá advertirse durante la negociación de la sesión. Me parece desaconsejable el que el o la Dominante entrene a la persona sumisa a quedarse completamente inmóvil y callada cuando experimenta dolor. No solo eso nos impedirá detectar un ataque de pánico inminente, sino que ese tipo de comportamiento facilita el desencadenamiento del ataque de pánico.