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domingo, 29 de marzo de 2015

El Homúnculo no actuará esta noche en el Teatro Cartesiano


Mucha gente se imagina que la mente funciona de la siguiente manera: las sensaciones de la vista, el oído, el tacto, etc. convergen en una parte de la mente donde está nuestro “yo” o “ego”. Ese “yo” decide lo que hay que hacer y pone en movimiento una serie de mecanismos que hacen que se mueva el cuerpo, se busquen recuerdos, se realicen determinados cálculos… es decir, todo lo que hacemos en nuestra vida. A esa parte de la mente desde la cual somos testigos de todo los que percibimos se la ha llamado el “teatro cartesiano”. El nombre proviene del filósofo francés René Descartes, quien creía en el dualismo: que la mente y el cerebro son entes distintos que se comunican entre sí. Y a ese “yo” que experimenta las sensaciones y decide lo que hay que hacer se le ha llamado el “homúnculo”. Todo esto, por supuesto, es una completa tontería.

El teatro cartesiano
La idea del homúnculo es absurda, en primer lugar, porque nos llevaría a una regresión al infinito. Dentro del homúnculo tendría que haber otro teatro cartesiano con otro homúnculo que a su vez tendría otro teatro cartesiano con otro homúnculo… y así hasta el infinito. En algún momento se tienen que acabar los homúnculos y los teatros cartesianos, así que quizás lo mejor sería descartarlos desde el principio. De hecho, no hay ninguna parte del cerebro que parezca desempeñar las funciones de teatro cartesiano o de homúnculo. Ni estudios de lesiones en el cerebro ni los más modernos métodos de imágenes cerebrales han podido encontrar la sede del “yo” en el cerebro.

Lo miremos como lo miremos, la organización del cerebro humano no deja de ser desconcertante. Por ejemplo, el cerebro no está organizado como un ordenador, donde toda la información converge en un chip central como el i5 fabricado por Intel que tiene el ordenador con el que escribo. Por el contrario, en el cerebro no hay “chip” central, no hay ninguna parte donde converja toda la información. Además, un ordenador procesa la información de forma lineal, grupos de 32 o 64 bits formando cola para pasar por el procesador central. En el cerebro, por el contrario, toda la información se procesa al tiempo, usándose partes del cerebro a veces muy alejadas entre sí. Todas las neuronas del cerebro están activas todo el tiempo, a veces más, a veces menos, pero siempre hay liberación de neurotransmisores en las sinapsis y disparo de potenciales de acción en los axones. El cerebro sigue activo incluso cuando dormimos, incluso bajo anestesia general. La actividad cerebral sólo cesa con la muerte. De nuevo, la analogía con el ordenador nos falla: el ordenador se puede encender y apagar, el cerebro no.

Pero todo esto no quiere decir que no podamos entender cómo funciona el cerebro, sino que tenemos que estar preparados para lo inesperado. Porque, en realidad, la organización del cerebro tiene su lógica. La parte del cerebro que realiza las funciones más complejas de la mente es lo que está más afuera: la corteza cerebral. En el interior hay una serie de núcleos y partes que realizan funciones dispares, normalmente asociadas con las emociones. La amígdala (“almendra”) procesa el miedo y la ansiedad. El estriado y el núcleo accumbens contienen la llamada “vía del placer” responsable por la motivación, el placer y la recompensa. El hipocampo procesa información espacial y temporal. El hipotálamo segrega hormonas que controlan las funciones del cuerpo. En el centro del cerebro está el tálamo, un área donde convergen todas la sensaciones (menos el olfato). Entonces, ¿no podría ser el tálamo el teatro cartesiano? No, porque el tálamo es sólo una estación más de relé, se encarga de distribuir las sensaciones a zonas especializadas de la corteza donde son procesadas: el córtex visual en la parte de atrás del cerebro, el auditivo en la parte lateral y el córtex somatosensorial que forma como una diadema a los lados. Frente al córtex somatosensorial está un hendidura muy profunda: el sulcus central o fisura de Rolando. Al otro lado hay otra “diadema”: el córtex motor primario, encargado el organizar nuestros movimientos con la ayuda del cerebelo. Aquí es donde nos encontramos con algo que tiene bastante lógica: todo lo que está detrás del sulcus central tiene que ver con sensaciones, mientras que todo lo que está delante del sulcus central tiene que ver con acciones. Por lo tanto, el cerebro está organizado siguiendo el principio de “input” - entrada y “output” - salida. En la parte más delantera del cerebro está el córtex prefrontal, encargado de planear decisiones. Está claro entonces, ¿no?: el “yo” está en el córtex prefrontal.

El córtex cingulado
Lo siento, pero no es así. El córtex prefrontal funciona junto con otras dos áreas para procesar las funciones relacionadas con la toma de decisiones: el córtex cingulado anterior y la ínsula anterior derecha. Las paredes de la profunda grieta que separa los hemisferios cerebrales también tienen corteza cerebral; es allí donde encontramos el córtex cingulado. Su función consiste en sopesar las emociones que sentimos, la importancia de cada idea y recuerdo, y con ello dar un voto emocional a la toma de decisiones que será sopesado por el córtex prefrontal. La ínsula es una invaginación del córtex dentro del surco lateral o cisura de Silvio. Es pequeña pero matona, porque allí se procesan cosas muy importantes: la cualidad desagradable del dolor, la cualidad agradable del placer, los orgasmos, la empatía, el asco y muchas otras emociones. Una cosa sumamente curiosa es que la parte anterior de la ínsula existe sólo en los seres humanos, siendo muy rudimentaria en los chimpancés y otros monos antropoides e inexistente en el resto de los mamíferos. Su función consiste en hacer un simulacro de lo que sentiríamos en determinadas condiciones: si me pegas con esa vara, lo que voy a sentir es este tipo de dolor. Por lo tanto, esa capacidad de proyectar emociones y sensaciones hacia el futuro (o en situaciones hipotéticas) pare ser únicamente humana.

La ínsula
¿Qué quiere decir todo esto? Una de las preguntas más fundamentales que nos podemos plantear es qué somos en realidad, en qué consiste lo que llamamos el “yo”, qué es lo que hace que seamos conscientes. De la respuesta que demos a esa pregunta dependerán cuestiones tan importantes como si tenemos libre albedrío, si somos diferentes de los animales, si existe vida después de la muerte, o si algún día podremos subir nuestra mente a un ordenador. El tema de cómo el cerebro produce nuestra consciencia ha sido denominado “el problema difícil” por los filósofos. Algunos, como David Chalmers, creen que no tiene solución. Yo no estoy de acuerdo. Por ejemplo, el problema de qué es la vida tampoco parecía posible de resolver en el siglo XIX; hizo falta el colosal desarrollo de la bioquímica y la biología molecular en el siglo XX para resolverlo. De la misma forma, pienso que la neurociencia está avanzando a pasos agigantados para explicar lo que es la consciencia en términos del funcionamiento de las distintas partes del cerebro y, finalmente, en base a neuronas y neurotransmisores. Claro que filósofos como Chalmers nunca se darán por satisfechos, pero cuando no sólo podamos describir los mecanismos de nuestra consciencia sino también manipularla, sus objeciones dejarán de tener sentido. Quizás no podamos predecir por ahora cómo será esa explicación de la consciencia, pero creo que ya estamos en condiciones de descartar algunas ideas; el homúnculo y el teatro cartesiano entre ellas. Fueron concebidos por el filósofo Daniel Dennett para mostrar como el dualismo cuerpo-mente todavía subyace nuestra forma de pensar sobre la conciencia. Escribiré más sobre el problema de la consciencia en futuros artículos.


sábado, 13 de diciembre de 2014

Dios no es bueno

Vista de la estación de esquí de Valdesquí desde La Bola del Mundo, con Peñalara al fondo
Éste es un fragmento del capítulo 2 (Cumplir la penitencia) de mi novela Juegos de amor y dolor. Contiene una sesuda conversación entre la protagonista, Cecilia, y Julio, un chico que está enamorado de ella. Cecilia ha sido adoctrinada durante toda su juventud por el Opus Dei pero últimamente está pasando por una crisis de fe. Julio es agnóstico y aquí le presenta argumentos muy sólidos contra la existencia del Dios del cristianismo. He añadido a este fragmento tres notas que no aparecen en la novela. La siguiente edición de esta novela incluirá notas como estas hiper-enlazadas desde el texto. No sé cuándo publicaré esta tercera edición, ya que la voy preparando al mismo tiempo que traduzco la novela al inglés.

***

Una vez en las pistas de Valdesquí, Cecilia bajó esquiando hasta la taquilla a comprar el abono. Luego tuvo que soportar varias colas interminables hasta que consiguió volver a lo alto de la montaña. Se puso a esquiar en la pista de Valdemartín, la más difícil, pero incluso allí había demasiada gente. Empezó a volverle el mal humor y la frustración de los días anteriores. Para colmo, mientras esperaba en la cola del telearrastre un imbécil derrapó encima de ella y la tiró al suelo. Iba a empezar a gritarle, pero se quedó con la boca abierta, confundida. Era Julio. Se echó a reír.

-¡Pero bueno! ¿Tú qué haces aquí?

-Es que me gusta esquiar, ¿no te lo había contado?

-¡Tonto, como no lo voy a saber! Pero… ¡qué casualidad que hayamos subido el mismo día! Y luego encontrarnos en medio de tanta gente, ¿no?

-De casualidad nada. Te vi desde el telearrastre y llevo dos bajadas intentando alcanzarte. ¡Si es que esquías como una loca, chica!

-Pues mira lo que has conseguido: ahora tendré que confesarme de haberte visto otra vez.

-Pues lo siento… A lo mejor, si me voy enseguida, no cuenta.

-Sí que cuenta, así que quédate, total… Además, me has puesto de buen humor. Llevaba un montón de días echando humo por las orejas.

-¿Y eso?

-No sé… Tengo parciales, y esta vez me está costando mucho trabajo estudiar. Me distraigo continuamente. Intento esforzarme y sólo consigo ponerme de mal humor. No sé lo que me pasa…

Sabía que no era una buena idea hablarle de eso, precisamente a él. Pero es que si no se lo contaba a alguien iba a explotar. Julio se le acercó, le puso la mano en el hombro y le dijo al oído:

-Yo sí que lo sé.

-¿Ah, sí? ¿Qué?

-Te pasa lo que a mí, que me he enamorado… de ti, Cecilia. Ya te lo dije.

Se le quedó mirando, boquiabierta, sin saber si lo decía en serio o en broma.

-¿Te crees que estoy todo el rato pensando en ti? ¡Eres un engreído!

-¿Acaso no es eso? Dime la verdad. Tú nunca mientes.

-Bueno, sí que pienso un poco en ti -le confesó-, pero también en otras cosas.

-No se le pueden poner barreras a los sentimientos, Cecilia. Por eso no puedes concentrarte. A mí me pasa lo mismo: estoy todo el rato pensando en ti.

-¿Tú tampoco puedes estudiar?

-Bueno, me las apaño… A veces me pongo a soñar despierto contigo, pero al cabo de un rato se me pasa y me puedo volver a poner a estudiar. Claro que sería mejor poder verte de vez en cuando… Yo creo que a ti también te vendría bien, seguro que así estudiabas mejor.

Les llegó el turno de coger el remonte. El telearrastre era para dos: una especie de ancla de madera en la que cada esquiador se colocaba a un lado del poste central.

-No Julio, ya te he dicho que lo nuestro no pude ser -le dijo cuando se pusieron en marcha.

-¿Y por qué no?

-Porque me lo prohibió mi confesor. Dice que eres una mala influencia.

-Pues en eso tengo que darle toda la razón.

-¡Tonto! Te estoy hablando en serio.

-Y yo también. Desde su punto de vista, no puedo ser peor para ti: alimento tus dudas de fe y te seduzco con mis apabullantes encantos.

-Y encima me haces reír.

-Bueno, eso no es pecado.

-Contigo seguro que sí. Bueno, ahora en serio… Don Víctor me dijo que alguien no puede ser buena persona si no es creyente. Yo se lo discutí: hay personas que no son creyentes y que sin embargo hacen el bien. Por otro lado, hay cristianos que han hecho cosas horribles. La cosa se puso fea cuando sugerí que la propia Iglesia ha sido cómplice de muchas atrocidades.

-¡Qué quieres que te diga! Tienes toda la razón, por supuesto. Pero tienes que entender el problema en profundidad. Hay dos escalas de valores, la religiosa y la humanista. Por un lado, los cristianos definen el bien como la voluntad de Dios, que por lo visto consiste en que creamos en Él; por lo tanto, alguien que no cree no puede ser bueno. Por otro lado, los humanistas definen el bien como algo que beneficia a los seres humanos, con lo que todo el mundo puede hacer el bien y no hace falta la fe.

-Sí, es lo mismo que me explicaste en el hotel de Perpiñán.

-¡Huy! No quería sacar a colación esa noche… Ya sé que no te gusta que te la recuerde.

Cecilia suspiró.

-¡Bueno, ya no tiene remedio! Y la verdad es que tuvimos una conversación muy interesante hasta que… Pero sigue con lo que me estabas contando.

-Pues eso… Para los católicos, las acciones apenas tienen importancia si no hay fe. Algunos protestantes incluso lo llevan al extremo, dicen que la fe es lo único que importa, las acciones no cuentan para nada. De una forma u otra eso lleva a problemas prácticos muy peliagudos. Si los no creyentes somos malvados, entonces está justificado hacernos la guerra, o recurrir a todo tipo de coacciones y amenazas para hacernos creer.

Llegaron al final de la subida. Cecilia se desenganchó del telearrastre y dio dos pasos de patinador a la izquierda.

-¡Sígueme! -le gritó a Julio.

Valdesquí - La flecha indica la roca bajo la cual tiene lugar la conversación de Cecilia y Julio
Fue costeando hacia dos grandes escarpaduras de roca que hay casi en la cima del cerro de Valdemartín. En un lugar tranquilo bajo ellas se echó en la nieve, clavando la cola de los esquíes para hacer una V, las piernas en alto. Julio la imitó. Los dos se quedaron mirando al cielo, que conforme avanzaba el día se había vuelto cada vez más azul.

-Este es mi sitio favorito -le dijo a Julio-. Siempre vengo aquí a relajarme y a disfrutar de la paz de la montaña.

-Bueno, relativamente; aún se oye el ruido del telearrastre. Yo sí que he estado en sitios de montaña donde no se ve un alma y solo se oye el ruido del viento.

-Pero para estar en una estación de esquí, no está nada mal, ¿no? … En cuanto a lo que me decías antes, creo que estás equivocado. No hay contradicción entre las dos definiciones del bien que tú me has dado, porque la voluntad de Dios es precisamente que hagamos el bien a los demás. En eso consiste el humanismo cristiano.

-El humanismo cristiano no es más que una quimera, un invento reciente para responder a las críticas de los humanistas de verdad. El humanismo es una filosofía en la que el hombre es lo más importante; si lo más importante es Dios, yo no es tal humanismo. En cualquier caso, esa solución que tú me has dado lleva a un problema aún más peliagudo. Un problema que los teólogos cristianos nunca han logrado resolver: el de la teodicea.

-¿Teodicea? ¿Qué es eso?

-Teodicea quiere decir defensa de Dios. Es un término que inventó Leibniz (1)…

-¿El matemático que inventó el cálculo diferencial?

-Sí, aunque también fue un gran filósofo. Mucha gente se refiere a este problema como el problema del mal, pero yo creo que es más adecuado llamarlo el problema de la teodicea, porque lo que está en cuestión, en definitiva, no es si existe el mal sino si existe el Dios bueno en el que creéis los cristianos.

-¡Pero eso es absurdo! ¿Cómo no va ser Dios bueno?

-Bueno, vamos a verlo… Partimos de la base de que Dios es omnisciente, omnipotente y el creador del mundo. ¿De acuerdo?

-Eso es evidente, ¿no?

-Muy bien. El caso es que existe el mal en el mundo: enormes cantidades de enfermedades, muerte y sufrimiento. Si Dios ha creado el mundo, también ha creado el mal. No se le puede disculpar a Dios diciendo que Él no se da cuenta del sufrimiento que causa, porque si no lo supiera, no sería omnisciente. Y tampoco se pude decir que Dios no puede hacer nada para remediar el mal del mundo, porque si eso fuera verdad, no sería omnipotente. Por lo tanto, la única conclusión posible es que Dios creó el mal siendo consciente de lo que hacía, por lo tanto, Dios no es bueno.

-¡No puede ser! Tiene que haber algún fallo en ese razonamiento. Dios tiene que ser bueno porque Él mismo es el que decide lo que está bien y lo que está mal.

-¿Ves? Volvemos a lo que te decía antes: esa es la definición religiosa del bien. La definición humanista del bien es lo que es bueno para los seres humanos. Por lo tanto, si quieres, la existencia del mal en el mundo pone de manifiesto que la definición religiosa y la definición humanista del bien son mutuamente incompatibles, al contrario de la lo que tú me decías antes.

-Todo eso es un planteamiento muy simplista. Se basa en nuestro desconocimiento de la naturaleza del mal. Si lo comprendiéramos, entenderíamos por qué Dios lo permite.

-No, Cecilia, no me líes. El mal no es tan difícil de entender, lo experimentamos todos los días, es innegable que existe. Sí, los teólogos intentan justificar la existencia del mal como algo bueno. Pero eso es rizar el rizo; el mal no puede ser bien. Es un argumento bastante simple, por supuesto; precisamente en eso radica su fortaleza.

-Bueno, pero de todas formas ese argumento no excluye la existencia de Dios -dijo, sintiéndose cada vez más acorralada-. De hecho, cada vez existen más argumentos a favor de la existencia de Dios. La ciencia ha ido progresando hacia la idea de que el Universo ha sido creado. Antes se pensaba que el universo podía ser eterno, pero ahora sabemos que fue creado en un instante, el Big Bang (2). Y encima, ahora se ha visto que las constantes fundamentales de la física (3), como la constante cosmológica o la relación entre la fuerza electromagnética y la fuerza gravitatoria, tienen que tener unos valores muy precisos. Si no, no podría haber vida en el universo. Tendríamos un universo sin estrellas, con la materia uniformemente esparcida por todo el espacio, o donde sólo hubiera agujeros negros.

-¿Sí? No lo sabía. ¿Pero a dónde vas a parar con todo eso?

-¡Pues está clarísimo! El universo ha tenido que ser diseñado por un Creador que estableciera que esas constantes tienen precisamente esos valores.

-Me estás vendiendo la moto, Cecilia. Seguro que eso no es lo que dicen los científicos.

-No, por supuesto. Esto me lo explicó Alfonso, mi profesor, que es ateo como tú. Él se inventa otras explicaciones, como que existe una serie infinita de universos, cada cual con un valor distinto de las constantes fundamentales, así que nosotros vivimos en el universo que permite nuestra existencia. Pero el creer que existan infinitos universos no se basa en ninguna evidencia científica. La existencia de Dios resulta mucho más plausible.

-Vale, pues muy bien, estoy de acuerdo en eso: es posible que exista un Dios que creó el Universo. Por eso digo que soy agnóstico, no ateo. Sin embargo, estamos en las mismas: no es posible que ese Dios creador sea a la vez bueno, omnisciente y todopoderoso, dado que existe el mal en el mundo. Otras religiones ofrecen mejores soluciones para el problema del mal. Por ejemplo, en el Hinduismo el Ser Supremo, Brahama, tiene facetas buenas y facetas malas: Vishnu, el que cuida de la Creación y Siva, el que la destruye. Incluso está la diosa-demonio Kali…

-Pero tú no crees en eso, ¿no? -Lo interrumpió angustiada-. Tú no crees que Dios sea malo.

-No, yo no creo en Dios. Es mejor no creer en Dios que creer en un Dios malvado, ¿no te parece?

-¡No, Dios no es malvado! Lo que pasa es que tuvo que crear el mal para que los hombres tengamos libertad, para que podamos escoger entre el bien y el mal.

-Sí, esa es una de las respuestas clásicas, pero no tiene sentido. Hay muchos males que no elegimos sino que nos vienen impuestos, las enfermedades, por ejemplo. De hecho, ese tipo de males disminuyen nuestra libertad en vez de aumentarla. Si Dios fuera realmente omnipotente le habría sido posible crear un mundo sin mal, pero en el que fuéramos libres.

-Pero, de hecho, Dios creó el mundo sin mal alguno. Antes no existían las enfermedades y la muerte, todo eso empezó con el pecado original.

-Pues estamos en las mismas, Cecilia. ¿Por qué tuvo Dios que crear la posibilidad de que hubiera un pecado original? Eso es ser un poco perverso, ¿no? Es como el padre que deja un paquete de caramelos encima de la mesa y les prohíbe a sus hijos que los coman. ¿Para qué crear la tentación, en primer lugar?

Demasiado tarde, Cecilia se dio cuenta de su error. Le había ido a Julio con un problema, y él le había devuelto uno aún mayor. Una vez comenzada esa conversación, su curiosidad le había impedido terminarla, y ahora se veía sin argumentos para rebatir los de Julio. Lo peor de todo es que iba a ser difícil consultar el problema con don Víctor sin confesarle que había vuelto a ver a Julio. Tenía que haber salido corriendo nada más verlo.

-Bueno, será mejor que me vaya -dijo apenada.

Sacó la cola de sus esquís de la nieve y los dejó caer a un lado. Se puso trabajosamente en pie. Julio hizo lo mismo.

-Lo siento, no debería haberte contado todo esto, -dijo él-. Me he dejado llevar por mi entusiasmo por mis ideas, como siempre. Ya me conoces: cuando me embalo a pensar no hay quien me pare. Soy como tú esquiando.

-No, si soy yo la que me lo he buscado, no debería hablarte de estas cosas. Eres muy listo, Julio. Demasiado. ¿Ves? Por eso precisamente no puedo verte.

-Quédate y nos dedicamos a esquiar solamente, ¿vale? No más filosofía.

-¡Sí, ahora que el daño ya está hecho! -Le dedicó una sonrisa triste-. El caso es que me tengo que ir dentro de nada. Tengo que atravesar esquiando hasta Navacerrada para coger el autobús y con lo pesada que está la nieve se tarda cantidad.

-¿Has venido en autobús? Esa travesía a Navacerrada se las trae. Es mejor que te vuelvas en coche con nosotros.

-¿Y quiénes sois “nosotros”?

-Laura, su amiga Cristina y yo.

-¿La famosa Laura?

-La famosísima Laura.

-¿Y cómo es que no estás esquiando con ellas?

-Estuve con ellas toda la mañana, pero no esquían demasiado bien, sobre todo Cristina. Al final se cansaron y se metieron en el bar, y yo aproveché para venirme a esquiar aquí a Valdemartín.

-Así que sigues saliendo con ella.

No podía evitarlo, cada vez que se imaginaba a Julio con Laura le entraban celos.

-No me estoy acostando con ella, si es eso lo que quieres saber. Pero la veo todos los días en clase y hemos estado subiendo a esquiar los fines de semana. Te hubiera invitado, pero como no quieres verme…

-No creo que a Laura le guste que vaya con vosotros.

-¡Qué, va, al contrario! ¡Si está deseando conocerte!

-¿Le has hablado de mí?

-Le he dicho que nos hicimos muy amigos en Los Alpes. ¿Qué, te vienes con nosotros?

-Bueno, si a Laura no le importa…

-Oye, ni una palabra de lo que te conté Perpiñán sobre ella, ¿eh? -Le advirtió Julio.

-¿Qué te crees, que soy idiota?

-Luego me arrepentí de habértelo contado. Seguramente te molestó que te describiera esa escena tan íntima.

-¡Qué va, al contrario! Me pareció un regalo muy especial que me hacías… Pero entiendo que a Laura le importe que me lo contaras.

-Ya… Lo que te molesta fue lo que pasó luego, ¿no? Lo siento, Cecilia, de verdad. No fui capaz de cumplir mi palabra.

-No fue culpa tuya, Julio. Fui yo la que te lo pedí, lo recuerdo perfectamente. Así que déjalo, ¿vale? No estoy enfadada contigo; si no te quiero ver es por otros motivos… Creo que ya los sabes.

-Sí… Qué pena, ¿verdad?

Cecilia se colocó las gafas de esquiar sobre la cara.

-¡Venga, a esquiar! ¡El último en llegar a la cola es un mono saltarín!

Fue una tarde preciosa de esquí. El sol sesgado del atardecer brillaba con una luz dorada que marcaba cada pequeña irregularidad, cada grumo de nieve en las laderas, envolviendo a todo en una magia irreal que transportaba a Cecilia de vuelta a su adolescencia, cuando aprendió a esquiar en esas mismas pistas en los cursillos que organizaba el club del Opus Dei. Ya no hablaron de más temas serios en los remontes, solo bromearon y se contaron historias de la universidad, de sus padres, de sus hermanos. Esquiaron como le gustaba a Cecilia, a toda velocidad, levantando cortinas de nieve en cada viraje, gritándose y riendo, hasta que el cartel de cerrado en el telearrastre les obligó a bajar al aparcamiento, las piernas doloridas por el ejercicio agotador.


Notas

1. Leibniz - Gottfired Wihelm von Leibniz (1646-1716) es un famoso matemático y filósofo alemán. Descubrió el cálculo diferencial independientemente y al mismo tiempo que Isaac Newton y es su notación matemática la que usa en la actualidad para ello. Julio se refiere aquí a que Leibniz usó la palabra “teodicea” (la defensa de Dios) como título de uno de sus libros sobre filosofía. En él Leibniz defiende la postura opuesta a la que expone Julio: que la existencia del mal en el mundo no contradice la existencia de un Dios a la vez omnipotente y bondadoso porque en realidad vivimos en el mejor de todos los mundos posibles. Es decir, el mal que existe en el mundo es inevitable. Leibniz también justifica la existencia del mal como necesaria para que los humanos tengamos libre albedrío, la misma justificación que esgrime Cecilia.

2. Big Bang - La teoría del Big Bang (“Gran Explosión”) es la teoría actualmente aceptada sobre el origen del Universo. Sostiene que el Universo empezó hace 13,800 millones de años cuando toda la materia, la energía y el espacio estaba contenida en un solo punto (singularidad), que pasó a formar una explosión de materia primordial a presiones y temperaturas extremas. A partir de ahí el Universo siguió expandiéndose y enfriándose, creándose estrellas y galaxias, hasta llegar al estado actual. El Universo seguirá enfriándose hasta llegar, en un futuro muy lejano, a un estado de “muerte térmica”. A partir de su formulación en los años 20, esta teoría ha sido confirmada por multitud de observaciones astronómicas de distintos tipos, que incluyen el alejamiento mutuo de las galaxias, la estructura a larga escala del Universo y el trasfondo cósmico de radiación de microondas (“microwave cosmic background”, que representa la radiación producida por el Big Bang). Uno de los formuladores de la teoría del Big Bang fue el sacerdote católico Georges Lemaitre. Cecilia se refiere al hecho de que antes de la teoría del Big Bang muchos científicos pensaban que el Universo es eterno, lo que contradecía la historia bíblica de la creación. Al descubrirse que el Universo en realidad tiene un principio, esto abre la puerta a poder considerar que el Universo fue creado por Dios. Sin embargo, mucho científicos argumentan que la idea de que el Universo es creado es innecesaria, ya que a nivel de partículas subatómicas se dan acontecimientos sin causa (fluctuaciones cuánticas). Una de esas fluctuaciones pudo dar origen al Universo.

3. Las constantes fundamentales de la física - En sentido estricto, estas constantes son valores numéricos presentes en las ecuaciones fundamentales de la física que son adimensionales, es decir, que tienen el mismo valor en cualquier sistema de unidades. Ejemplos son la constante de estructura fina (que determina la fuerza de la interacción electromagnética entre fermiones y fotones), la constate de acoplamiento gravitacional y la relación de masas entre el protón y el electrón. Este término también se ha usado para referirse a constantes físicas universales pero que tienen dimensiones, como la velocidad de la luz, la permitividad eléctrica del vacío y la constante de Planck. Cecilia se refiere aquí a lo que más tarde se llamaría el “Principio Antrópico” y al problema del “Ajuste Fino” (“Fine Tuning”) del Universo. Este problema surgió cuando los científicos se dieron cuenta de que si las constantes fundamentales tuvieran valores ligeramente distintos a los que tienen no existiría vida en el Universo, ya que no se podrían formar ni estrellas ni planetas. Existen dos formulaciones del Principio Antrópico para dar respuesta al problema del Ajuste Fino. El Principio Antrópico Fuerte defendido por John Barrow y Frank Tipler sostiene que esto es así porque el Universo está destinado a dar lugar a vida consciente y pensante. El Principio Antrópico Débil, sostenido entre otros por Brandon Carter, dice que el Ajuste Fino del Universo se debe a un simple sesgo de muestra: sólo en un Universo capaz de generar vida consciente habría seres preguntándose por qué viven en un Universo con esas características tan especiales. El Principio Antrópico Débil gana más fuerza en el contexto de la idea, cada vez más aceptada, de que nuestro Universo nos es más que uno entre una infinidad de universos posibles, cada uno con valores distintos de las constantes fundamentales. Cecilia argumenta que el Principio Antrópico Fuerte apoya la existencia de Dios. El problema de “Ajuste Fino” y los Principios Antrópicos no salieron a la luz pública hasta los años 80. Sin embargo, el citarlos aquí no es un anacronismo porque en realidad Brandon Carter mencionó el Principio Antrópico en una conferencia en Cracovia (Polonia) en 1973. Como estudiante de física, Cecilia pudo haberse enterado de esta cuestión y haber comprendido como podía usarse para respaldar la fe cristiana.

domingo, 6 de abril de 2014

¿Cómo vivir nuestra vida? Hedonismo y eudamonía

El otro día asistí a una charla que resultó ser inesperadamente interesante. La daba el Dr. Steve Cole, profesor del Departamento de Hematología-Oncología de UCLA, y se titulaba “Social Regulation of Human Gene Expression” ("Regulación social de la expresión de genes en humanos", el enlace es a una charla anterior con el mismo título, en YouTube). El profesor Cole planteó una de las preguntas filosóficas más básicas: ¿Cómo debemos vivir nuestra vida? Es decir, ¿qué es lo que buscamos en nuestra vida? Simplificando mucho las cosas, se puede decir que hay dos actitudes básicas ante la vida.

1.    Hedonismo. Ésta es una palabra que a mí siempre me ha sonado mal, pues me recuerda a “hedor”, pero en realidad no tiene nada de malo. Se trata, simplemente, de vivir para ser feliz. No estamos hablando sólo de placeres carnales, como el comer bien y el follar bien, sino de todo aquello que nos haga la vida más grata, como el tener buenos amigos, una pareja y una familia que nos llene, un trabajo creativo y agradable, viajar, leer buenos libros, ver buenas películas, oír buena música, etc. Es la filosofía propugnada en la Grecia clásica por Epicuro, basada en perseguir el placer y evitar el sufrimiento, de forma moderada y racional.

2.    Eudamonía. Esta actitud ante la vida se le suele atribuir a Aristóteles, aunque también se relaciona con el pensamiento de Sócrates y Platón. Según ella, debemos vivir para cultivar la virtud, es decir, desarrollar nuestras potencialidades como seres humanos… Si no entiendes lo que eso quiere decir, te confesaré que yo tampoco. Sin embargo, el Dr. Cole propuso una definición bastante más precisa. Para él, la eudamonía consiste en vivir para satisfacer un ideal que nos trasciende a nosotros mismos, es decir, el querer cambiar el mundo para mejor, dejar algo detrás cuando nos muramos. Si queréis, podemos englobar en la eudamonía ideales religiosos como el servir a Dios (Cristianismo), la unión mística con Dios (Hinduismo), el eliminar el sufrimiento (Budismo), etc. Pero también entrarían en ella ideales no religiosos como el llevar a cabo la revolución del proletariado (marxismo), el desentrañar los misterios del universo (ciencia), el salvar al medio ambiente (ecologismo), establecer la igualdad de la mujer (feminismo), etc. En definitiva, en vez de perseguir solamente nuestra felicidad personal, se trata de trabajar en pos de un ideal mayor que nosotros mismos.

Si te paras a pensar, hay mucha gente que vive una vida de eudamonía, mucha más de la que cabría sospechar en un principio. De hecho, casi todas las personas que han hecho algo admirable en al vida entrarían en este grupo. Eso no deja de ser curioso, porque a primera vista cabría sospechar que casi todo el mundo es hedonista. De hecho, el capitalismo y su “lógica de mercados” se basa en la asunción de que todo el mundo se guía por principios hedonistas de maximizar su bienestar, lo que nos llevaría a consumir cada vez más. Por el contrario, la supervivencia del planeta parece depender en que una buena parte de la especie humana adopte una mínima actitud de eudamonía y se sacrifique para dejar un planeta viable a las generaciones venideras.

Patrón de expresión de genes en ratas aisladas socialmente (Lonely) o viviendo en grupo (Socially Integrated)
Pero bueno, ¿qué tiene que ver todo esto con los genes? ¿Por qué se pone un investigador en biomedicina a hablar de Epicuro y Aristóteles? Aquí es donde viene lo más interesante. En lugar de tomar una actitud determinista, tan frecuente estos días, en la que se cree que los genes determinan nuestro comportamiento, el Dr. Cole se puso a estudiar la relación inversa: cómo nuestro comportamiento, incluso nuestra actitud ante la vida, dirige la expresión de determinados genes. Para hacerlo extrajo muestras de sangre de animales de laboratorio y de personas, de las que aisló células del sistema inmune (normalmente llamadas “glóbulos blancos”) para medir en ellas la expresión de más de un millar de genes. Lo primero que vio, tanto en ratas como en monos como en humanos, es que el aislamiento social aumenta la expresión de cerca de un  centenar de genes asociados con la inflamación y disminuye la expresión de otro centenar de genes asociados con la respuesta inmune, sobre todo contra virus. Luego utilizó la misma táctica para estudiar cómo la actitud ante la vida, hedonismo o eudamonía, afecta a estos conjuntos de genes. Para averiguar si una persona determinada se inclinaba hacia el hedonismo o la eudamonía realizó una serie de test psicológicos. Test similares sirvieron para medir la satisfacción de esas personas ante la vida. Encontraron que un grupo nutrido de personas tenían una vida bastante feliz, y que entre ellos se encontraban tanto los que practicaban el hedonismo como la eudamonía. Sin embargo, los test de expresión de genes revelaron diferencias importantes entre los dos grupos. Los que tenían una filosofía hedonista tenían un perfil similar a los que se aislaban socialmente, con alta expresión de genes pro-inflamatorios y baja expresión de genes de respuesta inmune. Aquellos con filosofía de eudamonía, por el contrario, tenían baja expresión de genes pro-inflamatorios y elevada expresión de genes de respuesta inmune. Y el caso es que los genes pro-inflamatorios, como la interleucina-6, aumentan el riesgo a una importante serie de enfermedades, como las asociadas con el sistema cardiovascular.

¿Quiere decir esto que la eudamonía es más saludable que el hedonismo? Creo que esa sería una conclusión prematura. Quizás lo que nos quiera indicar el experimento es que el hedonismo se parece un poco al aislamiento social, ya que todo se centra en uno mismo, mientras que la eudamonía es una actitud más abierta al mundo, una actitud de dar en vez de recibir. Sea como sea, podemos quedarnos con una conclusión mucho más fundamental: nuestros genes no determinan lo que somos, nosotros determinamos qué genes se expresan en nuestro cuerpo. No lo hacemos directamente, claro está, sino en base a cómo decidimos comportarnos, en qué ambiente nos movemos e incluso las decisiones más profundas que tomamos sobre cómo queremos vivir. En definitiva, tu salud y tu felicidad dependen de lo que hagas hoy.

miércoles, 1 de enero de 2014

Cuando el dragón se despierta



“Viserys se acercó a Dany, le clavó los dedos en la pierna y le dijo: -Hazlo gozar, querida hermana, o te lo juro, verás al dragón despertarse como nunca se ha despertado antes-.”
Juego de Tronos, George R.R. Martin

Empecé a comprender el daño que me hacía la ira en una charla que dio el Dalai Lama en UCLA en junio de 1997. Como mucha gente, hasta entonces yo creía que los enfados son algo que hay que “sacar para fuera”, porque si se quedan dentro se enconan y acaban por amargarte la vida. Creía que si alguien hace algo que te ofende, está bien enfadarse con esa persona, incluso pelearse con ella hasta que las cosas queden bien claras. El Dalai Lama cuestionó esas creencias. Su charla se centró en el peligro que representa los niveles crecientes de ira en el mundo. Nos dijo que nos correspondía a cada uno comprender la ira que surge en nosotros, calmarla antes de que se extienda como un fuego en la sociedad. Es la idea budista del karma: cuando haces el mal, va pasando de persona a persona hasta que eventualmente regresa a ti. A no ser, claro está, que haya alguien en esa cadena de causa y efecto que absorba el mal sin transmitirlo. En ese caso el buen karma de esa acción cancela el mal karma que ha recibido. Es una idea bonita, pero dudo que en la realidad las cosas funcionen de forma tan mecánica. El caso es que me quedé con la idea de que puede ser malo eso de exteriorizar los enfados.

A partir de entonces fui tomando nota de las veces que me enfadaba: las peleas de tráfico, las riñas con mi mujer, mi exasperación con los problemas del trabajo. Luego vino ese percance vergonzoso con el hombre de la limpieza en mi trabajo, que acabó de abrirme los ojos. Un día salí del laboratorio para encontrarme el suelo pasillo enjabonado casi por completo; sólo quedaba un estrecho pasadizo de suelo seco junto a la pared. Yo iba con prisa. Di varios pasos apresurados junto a la pared, pero al ir a entrar en el laboratorio de al lado pisé esa capa resbaladiza y aterricé de espaldas en ella, haciéndome daño y mojándome completamente el pantalón. El señor de la limpieza me preguntó si estaba bien; yo le dije que sí con una mirada irritada, luego entré en el laboratorio y me sequé como pude con unas toallas de papel. Al cabo de una semana o dos me volví a encontrar el pasillo cubierto de jabón, sólo que esta vez lo estaba de pared a pared. Un cartel nos advertía que debíamos salir del edificio y entrar por otra puerta para llegar a la parte del pasillo más allá de la zona de limpieza. Eso, unido al incidente anterior, me enfureció. Mandé al carajo al cartel de una patada y me aventuré con paso decidido sobre el suelo enjabonado, utilizando mi equilibrio de montañero para conseguir no caerme esa vez. Pero cuando me senté delante del ordenador estaba tan alterado que no podía trabajar. Encima, me comunicaron que el señor de la limpieza se había puesto en contacto con su sindicato y querían venir a hablar conmigo. ¡Qué horror! ¡Yo, un tío de izquierdas de toda la vida, iba a tener problemas ahora con un sindicato! No me encontraba en condiciones de hablar con nadie: estaba furioso con el tipo de la fregona y conmigo mismo por reaccionar así. Decidí salir a dar un paseo para calmarme. No pude trabajar el resto de la tarde. Al día siguiente todavía me costaba trabajo concentrarme. Pero ya podía pensar con más calma y me di cuenta de que tenía que reestablecer mi paz mental y continuar con mi trabajo. Le pedí disculpas al señor de la limpieza y pronto las aguas volvieron a su cauce.

Lo que más me impactó de todo ese episodio fue darme cuenta de que cuando estoy enfadado mi capacidad de pensar se vuelve nula. Mi mente se pone a darle vueltas y vueltas al asunto, a sopesar distintos planes de acción, a criticar a mi adversario y prever lo que va a hacer… No hay sitio para nada más. Es como si de repente toda mi inteligencia, de la que tan orgulloso estoy, se hubiera volatilizado. Otro síntoma preocupante de la ira es la “visión de túnel”: la concentración de mi atención en unas pocas ideas obsesivas, volviéndome incapaz de percibir claramente mi entorno. La ira es como una droga que altera de forma peligrosa las capacidades mentales. Por ejemplo, una pelea de tráfico puede ponerme en un estado mental peor que si estuviera borracho, poniendo en peligro mi vida y la de los demás. Y lo malo es que no hay prueba de alcoholemia para la ira que pueda servir para sacar a los conductores furiosos de la carretera.

Fue entonces cuando decidí que haría lo posible para no volver a enfadarme. ¡Fácil de decir! Tenemos mucho menos control sobre nuestra mente del que creemos. En particular, las emociones son prácticamente imposibles de cambiar. Por mucho que me empeñara, cuando me enfadaba no había manera de acabar con el cabreo. Sin embargo, aunque la emoción en sí era imposible de evitar, aún tenía control sobre mis acciones. Cuando dejaba que mi ira se vertiera en la gente que me rodeaba, su reacción tendía a alimentar mi enfado y hacerlo durar más. Por lo tanto, lo mejor era aislarme y esperar a que se me pasara el cabreo. Justo lo contrario de lo que había oído decir, pero la estrategia pareció funcionar bastante bien. Por supuesto, me prohibí de forma terminante tomar represalias contra otros conductores en la carretera. Pronto descubrí que mi conducción se volvía mucho más segura y placentera; podía disfrutar mejor de la música, de la radio o de mis propios pensamientos.

Más adelante hice otro descubrimiento: si bien era imposible suprimir un enfado una vez desarrollado, sí era posible evitar que surgiera si lo pillaba a tiempo. Esa táctica resultó enormemente eficaz y muy pronto mis enfados disminuyeron de forma tan apreciable que mi mujer lo notó y me preguntó cómo lo había conseguido. El truco está en darse cuenta de esas emociones aparentemente inofensivas que son el germen de la ira: el sentirse molesto, la impaciencia, la frustración. Son más fáciles de manejar que la ira, a base de ajustar nuestra conducta para dejarlas pasar… Ponerme a meditar en la cola del supermercado, sin pensar en el tiempo que me queda que esperar. Trabajar sin prisa, dejando que el ritmo del trabajo se establezca por sí mismo. Reírme de los inevitables problemas de ordenador que tanto nos frustran. Y, sobre todo, siendo amable con todo el mundo, comprendiendo que ellos también tienen que bregar con sus emociones como lo tengo que hacer yo.

Cuando se mira con atención a la ira y todas esas emociones que la acompañan, se descubre que apuntan a ciertas actitudes básicas y problemáticas en nuestra vida: el ir siempre con prisa, el sentirse demasiado importante, el creerse mejor que los demás. Se redescubre así virtudes que antes asociábamos a la religión, pero que ahora cultivamos por nosotros mismos, porque nos traen paz mental y felicidad: la paciencia, la tolerancia, la humildad.

Hay gente que reacciona de forma muy negativa cuando se les dice que la ira es un problema. Sienten que tienen derecho a estar enfadados, pues la vida ha sido muy injusta con ellos. Te dirán que son personas explotadas, oprimidas, maltratadas, que su indignación es lo que las mueve a luchar contra todas esa injusticias para que no les vuelvan a pasar ni a ellas ni a nadie más. En  muchos casos lo que dicen es verdad. Vivimos en una sociedad tremendamente injusta, llena de opresiones de todo tipo: diferencias económicas y de clase, racismo, sexismo… Sin embargo, la ira difícilmente puede ayudar a salir de esas situaciones. Conduce a episodios de catarsis, de violencia incluso, en los que la energía pega un subidón y luego se disipa… y las cosas siguen igual. Cambiar la sociedad requiere organización, trabajo continuado y colaboración con los demás, tareas que se basan en emociones positivas como la empatía y la compasión. Emociones negativas como el miedo y la ira tienden a minar este tipo de tareas conjuntas.

Lo que ocurre en realidad es que la ira tiene un curioso componente placentero, casi adictivo. Moviliza nuestra energía interior y tiende a darle color a la monotonía de nuestras vidas. Asociada con ideologías y con dinámicas de masas nos hace sentirnos poderosos. El sabernos en posesión de la verdad, el sentirnos moralmente superiores a los demás, sirve para compensar la baja autoestima, para curar esas heridas psicológicas que nos ha ido dejando la vida. La ira se convierte entonces en un tónico diario, en algo que nos moviliza y nos da sentido. Es una droga sumamente peligrosa que conduce al fanatismo y la violencia. Éste es un tipo de enfermedad muy extendido. Lo encontramos en los hinchas del fútbol, en fundamentalistas religiosos y en grupos políticos tanto de izquierdas como de derechas.

Han pasado muchos años desde aquella charla del Dalai Lama, desde aquel triste episodio del pasillo enjabonado. Mi vida ha cambiado mucho, soy mucho más feliz. La gente que me conoce hace años ha sido testigo de ese cambio. Ahora me resulta más fácil no enfadarme, ya que determinadas actitudes se han convertido en hábitos con el tiempo. Me gustaría poder decir que la ira ha desaparecido completamente de mi vida, pero no es así. El dragón está dormido, pero en el momento más inesperado se puede despertar.

miércoles, 3 de abril de 2013

¿Cuál es la naturaleza última de la realidad?



Cuando se debate si son ciertos el materialismo, el idealismo, el dualismo, etc., lo que estamos debatiendo es en qué consiste la naturaleza última de la realidad. Lo que queremos es asignar un nombre a X cuando decimos: “En realidad, todo lo que existe es X”. Así, X puede ser materia-energía (materialismo), ideas (idealismo), leyes de la física (platonismo científico), información (informacionismo), etc.

Podríamos llamar a esto el problema de la Realidad Última (no sé si esto es un término en castellano, traduzco del inglés “Ultimate Reality”). Es importante señalar que éste no es un problema científico, sino una cuestión metafísica (o filosófica). Porque, aunque la respuesta tiene que ser consistente con los conocimientos de la ciencia, no parece posible (al menos, a primera vista) emplear el método científico para contestarla. Podemos argumentar cuál es la mejor opción en base a la lógica (aunque quizás no lleguemos muy lejos con eso) o, mejor, en base a la consistencia interna de la idea, su utilidad y lo fructífera que es (es decir, si nos sirve como instrumento para comprender mejor la realidad).

Desde ese punto de vista, el idealismo de por sí no parece ni lógico (pues para que haya ideas tiene que haber un cerebro que las genere), ni útil (en principio se puede concebir cualquier tipo de relación arbitraria entre las ideas), ni fructífero. Sin embargo, el platonismo científico y el materialismo parecen estar, al menos, a la par. En definitiva, el concepto de materia-energía es inútil sin las leyes que la gobiernan, por lo que, siguiendo el Principio de Parsimonia, podríamos prescindir de la materia-energía y decir que lo que existe en realidad son simplemente esas leyes. Por ejemplo, la ley E=m*c2, ¿existía antes, y Einstein la descubrió? (platonismo científico) ¿O Einstein la inventó? (materialismo) Si optamos por la segunda respuesta, resulta algo difícil explicar cómo los objetos obedecían a esa ley antes de que naciera Einstein. 

En mi opinión, el informacionismo es un refinamiento del platonismo científico porque la información tiene la ventaja de ser cuantificable, lo que la hace en cierta medida tan tangible como la materia-energía - se puede medir. Por otra parte, el universo tiene una serie de propiedades que recuerdan mucho a la información: así cómo la información ocurre en cantidades discretas (bits), lo mismo ocurre con la materia, la energía y hasta el espacio-tiempo (la distancia de Plank y el tiempo de Plank, que no se pueden subdividir). El informacionismo, por otra parte, es más útil y fructífero que el materialismo. Al materialismo le resulta difícil explicar los sistemas auto-organizativos y las propiedades emergentes, lo que es clave para entender lo que es la vida, mientras que el informacionismo predice estas cosas como el resultado del procesamiento de la información. El informacionismo explica muy bien la termodinámica: la entropía no es más que información, una idea ampliamente aceptada hoy en día. Por último, el informacionismo rompe la aparente dualidad entre el cerebro y la mente, la mente no es más que un programa informático (aunque se rige por leyes distintas a la de los ordenadores). 

Por supuesto, habrá quien diga que el problema de la Realidad Última no tiene sentido. Como decía más arriba, es un problema filosófico, no científico; la ciencia puede apañárselas muy bien sin resolverlo. Algunos filósofos lo soslayan buscando una definición de lo “natural” o lo “físico” que evite toda referencia al concepto de materia, materia-energía, o cualquier entidad que se pueda considerar como “la Realidad Última”. Por ejemplo, ésta: “El universo es un sistema causalmente cerrado: todo efecto tiene su causa y toda causa, su efecto; que están siempre dentro del universo”. Esto excluye la idea de Dios, el alma o seres espirituales, porque serían seres que existen fuera del universo que producen efectos dentro del universo. Sin embargo, este principio se enfrenta enseguida con un problema: en la mecánica cuántica se dan fenómenos si causa, por ejemplo, una partícula elemental que se divide espontáneamente en dos. Pero la mecánica cuántica no elimina la causalidad, simplemente se pasa de una causalidad rígida a una causalidad probabilística. Si empleamos este tipo de causalidad probabilística en la definición anterior, pude llegar a funcionar bastante bien. 

De todas formas, yo creo que el problema de la Realidad Última es importante, porque necesitamos comprender qué es el mundo para entender nuestra relación con él y así nuestra propia vida. Además, como he apuntado cuando hablaba del informacionismo, el adoptar una cierta idea sobre la realidad última puede proporcionarnos un marco de referencia más apropiado para entender mejor el mundo, organizando nuestros conocimientos científicos en una visión más coherente de la realidad.

domingo, 17 de marzo de 2013

El despertar de Kundalini de Janet Hardy



Acabo de leer un artículo que me ha dejado muy impresionado. Hay muchas cosas en él que me resultan lo suficientemente familiares para saber que lo que dice debe ser cierto. Por otro lado, conozco a Janet Hardy y Jossie Easton desde hace tiempo por sus libros. Son unas expertas en BDSM y poliamor; han explorado estos temas muy a fondo, son unas auténticas pioneras en esos campos. También han explorado la relación entre sadomasoquismo y espiritualidad. El resultado fue su último libro “Radical Ecstasy” y la increíble experiencia que Janet Hardy relata en este artículo en www.Salon.com. Aquí está el enlace…

 
A los que podáis leer en inglés, os aconsejo que lo leáis con calma. Para los que no sepáis inglés, y dado que éste es un blog en español, hago a continuación una traducción de los pasajes más importantes.
Durante casi dos décadas, mi vida social, sexual y filosófica ha girado en torno a la subcultura conocida como S/M, BDSM o “leather”. Pasaba cada fin de semana y muchas noches entresemana en fiestas en calabozos y grupos de discusión sobre S/M. (…) Escribí y publiqué libros sobre eso. Confiaba en su choque inigualable de excitación, endorfinas y adrenalina para sobrepasar mi mal humor, síndromes menstruales, bloqueos de creatividad y cualquier otra cosa que me deprimía. (…)


Se terminó. No con un gemido - el desgaste gradual que mucha gente en el mundo S/M experimenta cuando la edad y las relaciones le quitan el filo al deseo - sino con una explosión.

Mi coautora Dossie Easton y yo estábamos trabajando en un libro titulado “Radical Ecstasy”, delineando lo que se conoce en el mundo S/M como “espiritualidad”: el estado de trascendencia, éxtasis y conexión profunda que puede ocurrir durante y después una buena sesión de S/M. (…) En el espíritu de investigación, añadimos Tantra y otras prácticas quasi-religiosas a la mezcla y también recibimos clases en esas cosas. (…)

Cuando nos aproximábamos al final de nuestro trabajo empecé a deteriorarme un poco. Mi vida social se marchitaba y moría; lloraba por cualquier cosa o sin razón alguna. Por lo visto, algo dentro de mí empezaba a salir a la superficie. 


Entonces, en un taller de fin de semana sobre el Tantra, por fin ocurrió. Estábamos practicando respiraciones, contacto ocular, movimientos, visualizaciones y ejercicios de terapia con diferentes parejas durante día y medio. (…) Cada ejercicio pelaba una capa protectora más, así que estábamos todas completamente abiertas y temblando, desnudas como ostras, tan vulnerable como puedas estarlo en compañía de extraños.


Para el último ejercicio, en esa tarde templada de domingo, nos juntamos de nuevo con los compañeros con los que habíamos venido a la clase - en mi caso, Dossie. No había nada de particular en este ejercicio. Estábamos en “yabyum” - la posición tántrica en la que te sientas en el regazo del otro con las piernas enroscadas en torno a su cuerpo y nuestro cuerpos alineados corazón con corazón, ojos con ojos - y estábamos respirando y ondulando las caderas. (…) Y entonces, lo que fuera que había estado dentro de mí decidió salir.


Empecé a gritar, y seguí gritando. Me eché hacia atrás, me arqueé sobre el suelo, sujeta tan solo por la parte de arriba de mi cabeza y la planta de mis pies (con Dossie, atrapada, cabalgando sobre mí en el aire). Estaba completamente fuera de control, mi cuerpo recorrido por una ola tras otra de energía. (…) Era como el mayor éxtasis que he sentido nunca, como un orgasmo multiplicado por cien, desde la punta de mis cabellos a la uñas de mis pies. No recordaba qué hacer para para parar. Pensé que me iba a morir. (…)

Cuando terminó, me reí suavemente, maravillada. Y entonces, sin transición alguna, empecé a llorar. Lloré mucho, mucho tiempo.


Desde entonces he aprendido que lo que me pasó se llama un “despertar de kundalini” (o “crisis de kundalini” o “emergencia espiritual”). Muchos tantrikas y otros practicantes de la meditación consideran esta experiencia como muy deseable, un importante paso en el sendero espiritual. Unos pocos me advirtieron que puede ser terrorífico y cambiar tu vida, y que puede ocasionar síntomas que incluyen estados de trance impredecibles, vértigo, dolores de espalda y de cuello, cambios en el deseo sexual, etc. (He tenido todo eso, y más). 


Nunca he oído que en un cursillo de Tantra le adviertan a los principiantes como yo sobre el despertar de la kundalinin, porque es algo que no le suele pasara a los principiantes. Dado que el Tantra es tradicionalmente hostil hacia el S/M y otros caminos de sexualidad alternativa, quizás los tantrikas no tienen forma de saber que muchos practicantes avanzados del S/M están  de hecho muy avanzados en el camino que ellos enseñan. El S/M te enseña cómo encontrar placer en sensaciones de origen no genital y cómo apañártelas cuando las sensaciones y las emociones parecen insoportables - dos cosas que, creo yo, son maneras de abrir las compuertas a los orgasmos de cuerpo entero. (…)


Verás, yo no creo en la kundalini, al menos no de la manera en la creen los devotos. Acudí al Tantra porque estaba escribiendo un libro y quería aprender lo que saben los del Tantra. Y, después de mi primer orgasmo de cuerpo entero durante un taller introductorio de dos horas, descubrí que saben mucho - pero que encuadran ese conocimiento en un halo místico y abstracto pseudo-Oriental que no tiene ningún sentido para mí y no encaja en cómo pienso que funciona el mundo. La gente del Tantra cree que el kundalini es una manifestación de lo Divino, una energía que impregna el universo o una “fuerza que yace enroscada en la base de la espina dorsal” (lo que sea que eso signifique). Yo creo que es una simple energía física como la electricidad, o quizás un fenómeno neuroquímico, que todavía no podemos medir por carecer de instrumentos adecuados. (...)


Acabamos el libro. Se publicó en el 2004, y escribo esto en el 2013. Me ha llevado todo ese tiempo el ser capaz de contarle mis experiencias a cualquiera excepto mis más íntimas amigas. Puedo contar con los dedos de la mano las veces que he hecho algo sexual desde entonces. Quizás te alegre saber que estoy considerando la posibilidad de practicar el sexo otra vez este año.