Mostrando entradas con la etiqueta materialismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta materialismo. Mostrar todas las entradas

domingo, 29 de marzo de 2015

El Homúnculo no actuará esta noche en el Teatro Cartesiano


Mucha gente se imagina que la mente funciona de la siguiente manera: las sensaciones de la vista, el oído, el tacto, etc. convergen en una parte de la mente donde está nuestro “yo” o “ego”. Ese “yo” decide lo que hay que hacer y pone en movimiento una serie de mecanismos que hacen que se mueva el cuerpo, se busquen recuerdos, se realicen determinados cálculos… es decir, todo lo que hacemos en nuestra vida. A esa parte de la mente desde la cual somos testigos de todo los que percibimos se la ha llamado el “teatro cartesiano”. El nombre proviene del filósofo francés René Descartes, quien creía en el dualismo: que la mente y el cerebro son entes distintos que se comunican entre sí. Y a ese “yo” que experimenta las sensaciones y decide lo que hay que hacer se le ha llamado el “homúnculo”. Todo esto, por supuesto, es una completa tontería.

El teatro cartesiano
La idea del homúnculo es absurda, en primer lugar, porque nos llevaría a una regresión al infinito. Dentro del homúnculo tendría que haber otro teatro cartesiano con otro homúnculo que a su vez tendría otro teatro cartesiano con otro homúnculo… y así hasta el infinito. En algún momento se tienen que acabar los homúnculos y los teatros cartesianos, así que quizás lo mejor sería descartarlos desde el principio. De hecho, no hay ninguna parte del cerebro que parezca desempeñar las funciones de teatro cartesiano o de homúnculo. Ni estudios de lesiones en el cerebro ni los más modernos métodos de imágenes cerebrales han podido encontrar la sede del “yo” en el cerebro.

Lo miremos como lo miremos, la organización del cerebro humano no deja de ser desconcertante. Por ejemplo, el cerebro no está organizado como un ordenador, donde toda la información converge en un chip central como el i5 fabricado por Intel que tiene el ordenador con el que escribo. Por el contrario, en el cerebro no hay “chip” central, no hay ninguna parte donde converja toda la información. Además, un ordenador procesa la información de forma lineal, grupos de 32 o 64 bits formando cola para pasar por el procesador central. En el cerebro, por el contrario, toda la información se procesa al tiempo, usándose partes del cerebro a veces muy alejadas entre sí. Todas las neuronas del cerebro están activas todo el tiempo, a veces más, a veces menos, pero siempre hay liberación de neurotransmisores en las sinapsis y disparo de potenciales de acción en los axones. El cerebro sigue activo incluso cuando dormimos, incluso bajo anestesia general. La actividad cerebral sólo cesa con la muerte. De nuevo, la analogía con el ordenador nos falla: el ordenador se puede encender y apagar, el cerebro no.

Pero todo esto no quiere decir que no podamos entender cómo funciona el cerebro, sino que tenemos que estar preparados para lo inesperado. Porque, en realidad, la organización del cerebro tiene su lógica. La parte del cerebro que realiza las funciones más complejas de la mente es lo que está más afuera: la corteza cerebral. En el interior hay una serie de núcleos y partes que realizan funciones dispares, normalmente asociadas con las emociones. La amígdala (“almendra”) procesa el miedo y la ansiedad. El estriado y el núcleo accumbens contienen la llamada “vía del placer” responsable por la motivación, el placer y la recompensa. El hipocampo procesa información espacial y temporal. El hipotálamo segrega hormonas que controlan las funciones del cuerpo. En el centro del cerebro está el tálamo, un área donde convergen todas la sensaciones (menos el olfato). Entonces, ¿no podría ser el tálamo el teatro cartesiano? No, porque el tálamo es sólo una estación más de relé, se encarga de distribuir las sensaciones a zonas especializadas de la corteza donde son procesadas: el córtex visual en la parte de atrás del cerebro, el auditivo en la parte lateral y el córtex somatosensorial que forma como una diadema a los lados. Frente al córtex somatosensorial está un hendidura muy profunda: el sulcus central o fisura de Rolando. Al otro lado hay otra “diadema”: el córtex motor primario, encargado el organizar nuestros movimientos con la ayuda del cerebelo. Aquí es donde nos encontramos con algo que tiene bastante lógica: todo lo que está detrás del sulcus central tiene que ver con sensaciones, mientras que todo lo que está delante del sulcus central tiene que ver con acciones. Por lo tanto, el cerebro está organizado siguiendo el principio de “input” - entrada y “output” - salida. En la parte más delantera del cerebro está el córtex prefrontal, encargado de planear decisiones. Está claro entonces, ¿no?: el “yo” está en el córtex prefrontal.

El córtex cingulado
Lo siento, pero no es así. El córtex prefrontal funciona junto con otras dos áreas para procesar las funciones relacionadas con la toma de decisiones: el córtex cingulado anterior y la ínsula anterior derecha. Las paredes de la profunda grieta que separa los hemisferios cerebrales también tienen corteza cerebral; es allí donde encontramos el córtex cingulado. Su función consiste en sopesar las emociones que sentimos, la importancia de cada idea y recuerdo, y con ello dar un voto emocional a la toma de decisiones que será sopesado por el córtex prefrontal. La ínsula es una invaginación del córtex dentro del surco lateral o cisura de Silvio. Es pequeña pero matona, porque allí se procesan cosas muy importantes: la cualidad desagradable del dolor, la cualidad agradable del placer, los orgasmos, la empatía, el asco y muchas otras emociones. Una cosa sumamente curiosa es que la parte anterior de la ínsula existe sólo en los seres humanos, siendo muy rudimentaria en los chimpancés y otros monos antropoides e inexistente en el resto de los mamíferos. Su función consiste en hacer un simulacro de lo que sentiríamos en determinadas condiciones: si me pegas con esa vara, lo que voy a sentir es este tipo de dolor. Por lo tanto, esa capacidad de proyectar emociones y sensaciones hacia el futuro (o en situaciones hipotéticas) pare ser únicamente humana.

La ínsula
¿Qué quiere decir todo esto? Una de las preguntas más fundamentales que nos podemos plantear es qué somos en realidad, en qué consiste lo que llamamos el “yo”, qué es lo que hace que seamos conscientes. De la respuesta que demos a esa pregunta dependerán cuestiones tan importantes como si tenemos libre albedrío, si somos diferentes de los animales, si existe vida después de la muerte, o si algún día podremos subir nuestra mente a un ordenador. El tema de cómo el cerebro produce nuestra consciencia ha sido denominado “el problema difícil” por los filósofos. Algunos, como David Chalmers, creen que no tiene solución. Yo no estoy de acuerdo. Por ejemplo, el problema de qué es la vida tampoco parecía posible de resolver en el siglo XIX; hizo falta el colosal desarrollo de la bioquímica y la biología molecular en el siglo XX para resolverlo. De la misma forma, pienso que la neurociencia está avanzando a pasos agigantados para explicar lo que es la consciencia en términos del funcionamiento de las distintas partes del cerebro y, finalmente, en base a neuronas y neurotransmisores. Claro que filósofos como Chalmers nunca se darán por satisfechos, pero cuando no sólo podamos describir los mecanismos de nuestra consciencia sino también manipularla, sus objeciones dejarán de tener sentido. Quizás no podamos predecir por ahora cómo será esa explicación de la consciencia, pero creo que ya estamos en condiciones de descartar algunas ideas; el homúnculo y el teatro cartesiano entre ellas. Fueron concebidos por el filósofo Daniel Dennett para mostrar como el dualismo cuerpo-mente todavía subyace nuestra forma de pensar sobre la conciencia. Escribiré más sobre el problema de la consciencia en futuros artículos.


sábado, 13 de diciembre de 2014

Dios no es bueno

Vista de la estación de esquí de Valdesquí desde La Bola del Mundo, con Peñalara al fondo
Éste es un fragmento del capítulo 2 (Cumplir la penitencia) de mi novela Juegos de amor y dolor. Contiene una sesuda conversación entre la protagonista, Cecilia, y Julio, un chico que está enamorado de ella. Cecilia ha sido adoctrinada durante toda su juventud por el Opus Dei pero últimamente está pasando por una crisis de fe. Julio es agnóstico y aquí le presenta argumentos muy sólidos contra la existencia del Dios del cristianismo. He añadido a este fragmento tres notas que no aparecen en la novela. La siguiente edición de esta novela incluirá notas como estas hiper-enlazadas desde el texto. No sé cuándo publicaré esta tercera edición, ya que la voy preparando al mismo tiempo que traduzco la novela al inglés.

***

Una vez en las pistas de Valdesquí, Cecilia bajó esquiando hasta la taquilla a comprar el abono. Luego tuvo que soportar varias colas interminables hasta que consiguió volver a lo alto de la montaña. Se puso a esquiar en la pista de Valdemartín, la más difícil, pero incluso allí había demasiada gente. Empezó a volverle el mal humor y la frustración de los días anteriores. Para colmo, mientras esperaba en la cola del telearrastre un imbécil derrapó encima de ella y la tiró al suelo. Iba a empezar a gritarle, pero se quedó con la boca abierta, confundida. Era Julio. Se echó a reír.

-¡Pero bueno! ¿Tú qué haces aquí?

-Es que me gusta esquiar, ¿no te lo había contado?

-¡Tonto, como no lo voy a saber! Pero… ¡qué casualidad que hayamos subido el mismo día! Y luego encontrarnos en medio de tanta gente, ¿no?

-De casualidad nada. Te vi desde el telearrastre y llevo dos bajadas intentando alcanzarte. ¡Si es que esquías como una loca, chica!

-Pues mira lo que has conseguido: ahora tendré que confesarme de haberte visto otra vez.

-Pues lo siento… A lo mejor, si me voy enseguida, no cuenta.

-Sí que cuenta, así que quédate, total… Además, me has puesto de buen humor. Llevaba un montón de días echando humo por las orejas.

-¿Y eso?

-No sé… Tengo parciales, y esta vez me está costando mucho trabajo estudiar. Me distraigo continuamente. Intento esforzarme y sólo consigo ponerme de mal humor. No sé lo que me pasa…

Sabía que no era una buena idea hablarle de eso, precisamente a él. Pero es que si no se lo contaba a alguien iba a explotar. Julio se le acercó, le puso la mano en el hombro y le dijo al oído:

-Yo sí que lo sé.

-¿Ah, sí? ¿Qué?

-Te pasa lo que a mí, que me he enamorado… de ti, Cecilia. Ya te lo dije.

Se le quedó mirando, boquiabierta, sin saber si lo decía en serio o en broma.

-¿Te crees que estoy todo el rato pensando en ti? ¡Eres un engreído!

-¿Acaso no es eso? Dime la verdad. Tú nunca mientes.

-Bueno, sí que pienso un poco en ti -le confesó-, pero también en otras cosas.

-No se le pueden poner barreras a los sentimientos, Cecilia. Por eso no puedes concentrarte. A mí me pasa lo mismo: estoy todo el rato pensando en ti.

-¿Tú tampoco puedes estudiar?

-Bueno, me las apaño… A veces me pongo a soñar despierto contigo, pero al cabo de un rato se me pasa y me puedo volver a poner a estudiar. Claro que sería mejor poder verte de vez en cuando… Yo creo que a ti también te vendría bien, seguro que así estudiabas mejor.

Les llegó el turno de coger el remonte. El telearrastre era para dos: una especie de ancla de madera en la que cada esquiador se colocaba a un lado del poste central.

-No Julio, ya te he dicho que lo nuestro no pude ser -le dijo cuando se pusieron en marcha.

-¿Y por qué no?

-Porque me lo prohibió mi confesor. Dice que eres una mala influencia.

-Pues en eso tengo que darle toda la razón.

-¡Tonto! Te estoy hablando en serio.

-Y yo también. Desde su punto de vista, no puedo ser peor para ti: alimento tus dudas de fe y te seduzco con mis apabullantes encantos.

-Y encima me haces reír.

-Bueno, eso no es pecado.

-Contigo seguro que sí. Bueno, ahora en serio… Don Víctor me dijo que alguien no puede ser buena persona si no es creyente. Yo se lo discutí: hay personas que no son creyentes y que sin embargo hacen el bien. Por otro lado, hay cristianos que han hecho cosas horribles. La cosa se puso fea cuando sugerí que la propia Iglesia ha sido cómplice de muchas atrocidades.

-¡Qué quieres que te diga! Tienes toda la razón, por supuesto. Pero tienes que entender el problema en profundidad. Hay dos escalas de valores, la religiosa y la humanista. Por un lado, los cristianos definen el bien como la voluntad de Dios, que por lo visto consiste en que creamos en Él; por lo tanto, alguien que no cree no puede ser bueno. Por otro lado, los humanistas definen el bien como algo que beneficia a los seres humanos, con lo que todo el mundo puede hacer el bien y no hace falta la fe.

-Sí, es lo mismo que me explicaste en el hotel de Perpiñán.

-¡Huy! No quería sacar a colación esa noche… Ya sé que no te gusta que te la recuerde.

Cecilia suspiró.

-¡Bueno, ya no tiene remedio! Y la verdad es que tuvimos una conversación muy interesante hasta que… Pero sigue con lo que me estabas contando.

-Pues eso… Para los católicos, las acciones apenas tienen importancia si no hay fe. Algunos protestantes incluso lo llevan al extremo, dicen que la fe es lo único que importa, las acciones no cuentan para nada. De una forma u otra eso lleva a problemas prácticos muy peliagudos. Si los no creyentes somos malvados, entonces está justificado hacernos la guerra, o recurrir a todo tipo de coacciones y amenazas para hacernos creer.

Llegaron al final de la subida. Cecilia se desenganchó del telearrastre y dio dos pasos de patinador a la izquierda.

-¡Sígueme! -le gritó a Julio.

Valdesquí - La flecha indica la roca bajo la cual tiene lugar la conversación de Cecilia y Julio
Fue costeando hacia dos grandes escarpaduras de roca que hay casi en la cima del cerro de Valdemartín. En un lugar tranquilo bajo ellas se echó en la nieve, clavando la cola de los esquíes para hacer una V, las piernas en alto. Julio la imitó. Los dos se quedaron mirando al cielo, que conforme avanzaba el día se había vuelto cada vez más azul.

-Este es mi sitio favorito -le dijo a Julio-. Siempre vengo aquí a relajarme y a disfrutar de la paz de la montaña.

-Bueno, relativamente; aún se oye el ruido del telearrastre. Yo sí que he estado en sitios de montaña donde no se ve un alma y solo se oye el ruido del viento.

-Pero para estar en una estación de esquí, no está nada mal, ¿no? … En cuanto a lo que me decías antes, creo que estás equivocado. No hay contradicción entre las dos definiciones del bien que tú me has dado, porque la voluntad de Dios es precisamente que hagamos el bien a los demás. En eso consiste el humanismo cristiano.

-El humanismo cristiano no es más que una quimera, un invento reciente para responder a las críticas de los humanistas de verdad. El humanismo es una filosofía en la que el hombre es lo más importante; si lo más importante es Dios, yo no es tal humanismo. En cualquier caso, esa solución que tú me has dado lleva a un problema aún más peliagudo. Un problema que los teólogos cristianos nunca han logrado resolver: el de la teodicea.

-¿Teodicea? ¿Qué es eso?

-Teodicea quiere decir defensa de Dios. Es un término que inventó Leibniz (1)…

-¿El matemático que inventó el cálculo diferencial?

-Sí, aunque también fue un gran filósofo. Mucha gente se refiere a este problema como el problema del mal, pero yo creo que es más adecuado llamarlo el problema de la teodicea, porque lo que está en cuestión, en definitiva, no es si existe el mal sino si existe el Dios bueno en el que creéis los cristianos.

-¡Pero eso es absurdo! ¿Cómo no va ser Dios bueno?

-Bueno, vamos a verlo… Partimos de la base de que Dios es omnisciente, omnipotente y el creador del mundo. ¿De acuerdo?

-Eso es evidente, ¿no?

-Muy bien. El caso es que existe el mal en el mundo: enormes cantidades de enfermedades, muerte y sufrimiento. Si Dios ha creado el mundo, también ha creado el mal. No se le puede disculpar a Dios diciendo que Él no se da cuenta del sufrimiento que causa, porque si no lo supiera, no sería omnisciente. Y tampoco se pude decir que Dios no puede hacer nada para remediar el mal del mundo, porque si eso fuera verdad, no sería omnipotente. Por lo tanto, la única conclusión posible es que Dios creó el mal siendo consciente de lo que hacía, por lo tanto, Dios no es bueno.

-¡No puede ser! Tiene que haber algún fallo en ese razonamiento. Dios tiene que ser bueno porque Él mismo es el que decide lo que está bien y lo que está mal.

-¿Ves? Volvemos a lo que te decía antes: esa es la definición religiosa del bien. La definición humanista del bien es lo que es bueno para los seres humanos. Por lo tanto, si quieres, la existencia del mal en el mundo pone de manifiesto que la definición religiosa y la definición humanista del bien son mutuamente incompatibles, al contrario de la lo que tú me decías antes.

-Todo eso es un planteamiento muy simplista. Se basa en nuestro desconocimiento de la naturaleza del mal. Si lo comprendiéramos, entenderíamos por qué Dios lo permite.

-No, Cecilia, no me líes. El mal no es tan difícil de entender, lo experimentamos todos los días, es innegable que existe. Sí, los teólogos intentan justificar la existencia del mal como algo bueno. Pero eso es rizar el rizo; el mal no puede ser bien. Es un argumento bastante simple, por supuesto; precisamente en eso radica su fortaleza.

-Bueno, pero de todas formas ese argumento no excluye la existencia de Dios -dijo, sintiéndose cada vez más acorralada-. De hecho, cada vez existen más argumentos a favor de la existencia de Dios. La ciencia ha ido progresando hacia la idea de que el Universo ha sido creado. Antes se pensaba que el universo podía ser eterno, pero ahora sabemos que fue creado en un instante, el Big Bang (2). Y encima, ahora se ha visto que las constantes fundamentales de la física (3), como la constante cosmológica o la relación entre la fuerza electromagnética y la fuerza gravitatoria, tienen que tener unos valores muy precisos. Si no, no podría haber vida en el universo. Tendríamos un universo sin estrellas, con la materia uniformemente esparcida por todo el espacio, o donde sólo hubiera agujeros negros.

-¿Sí? No lo sabía. ¿Pero a dónde vas a parar con todo eso?

-¡Pues está clarísimo! El universo ha tenido que ser diseñado por un Creador que estableciera que esas constantes tienen precisamente esos valores.

-Me estás vendiendo la moto, Cecilia. Seguro que eso no es lo que dicen los científicos.

-No, por supuesto. Esto me lo explicó Alfonso, mi profesor, que es ateo como tú. Él se inventa otras explicaciones, como que existe una serie infinita de universos, cada cual con un valor distinto de las constantes fundamentales, así que nosotros vivimos en el universo que permite nuestra existencia. Pero el creer que existan infinitos universos no se basa en ninguna evidencia científica. La existencia de Dios resulta mucho más plausible.

-Vale, pues muy bien, estoy de acuerdo en eso: es posible que exista un Dios que creó el Universo. Por eso digo que soy agnóstico, no ateo. Sin embargo, estamos en las mismas: no es posible que ese Dios creador sea a la vez bueno, omnisciente y todopoderoso, dado que existe el mal en el mundo. Otras religiones ofrecen mejores soluciones para el problema del mal. Por ejemplo, en el Hinduismo el Ser Supremo, Brahama, tiene facetas buenas y facetas malas: Vishnu, el que cuida de la Creación y Siva, el que la destruye. Incluso está la diosa-demonio Kali…

-Pero tú no crees en eso, ¿no? -Lo interrumpió angustiada-. Tú no crees que Dios sea malo.

-No, yo no creo en Dios. Es mejor no creer en Dios que creer en un Dios malvado, ¿no te parece?

-¡No, Dios no es malvado! Lo que pasa es que tuvo que crear el mal para que los hombres tengamos libertad, para que podamos escoger entre el bien y el mal.

-Sí, esa es una de las respuestas clásicas, pero no tiene sentido. Hay muchos males que no elegimos sino que nos vienen impuestos, las enfermedades, por ejemplo. De hecho, ese tipo de males disminuyen nuestra libertad en vez de aumentarla. Si Dios fuera realmente omnipotente le habría sido posible crear un mundo sin mal, pero en el que fuéramos libres.

-Pero, de hecho, Dios creó el mundo sin mal alguno. Antes no existían las enfermedades y la muerte, todo eso empezó con el pecado original.

-Pues estamos en las mismas, Cecilia. ¿Por qué tuvo Dios que crear la posibilidad de que hubiera un pecado original? Eso es ser un poco perverso, ¿no? Es como el padre que deja un paquete de caramelos encima de la mesa y les prohíbe a sus hijos que los coman. ¿Para qué crear la tentación, en primer lugar?

Demasiado tarde, Cecilia se dio cuenta de su error. Le había ido a Julio con un problema, y él le había devuelto uno aún mayor. Una vez comenzada esa conversación, su curiosidad le había impedido terminarla, y ahora se veía sin argumentos para rebatir los de Julio. Lo peor de todo es que iba a ser difícil consultar el problema con don Víctor sin confesarle que había vuelto a ver a Julio. Tenía que haber salido corriendo nada más verlo.

-Bueno, será mejor que me vaya -dijo apenada.

Sacó la cola de sus esquís de la nieve y los dejó caer a un lado. Se puso trabajosamente en pie. Julio hizo lo mismo.

-Lo siento, no debería haberte contado todo esto, -dijo él-. Me he dejado llevar por mi entusiasmo por mis ideas, como siempre. Ya me conoces: cuando me embalo a pensar no hay quien me pare. Soy como tú esquiando.

-No, si soy yo la que me lo he buscado, no debería hablarte de estas cosas. Eres muy listo, Julio. Demasiado. ¿Ves? Por eso precisamente no puedo verte.

-Quédate y nos dedicamos a esquiar solamente, ¿vale? No más filosofía.

-¡Sí, ahora que el daño ya está hecho! -Le dedicó una sonrisa triste-. El caso es que me tengo que ir dentro de nada. Tengo que atravesar esquiando hasta Navacerrada para coger el autobús y con lo pesada que está la nieve se tarda cantidad.

-¿Has venido en autobús? Esa travesía a Navacerrada se las trae. Es mejor que te vuelvas en coche con nosotros.

-¿Y quiénes sois “nosotros”?

-Laura, su amiga Cristina y yo.

-¿La famosa Laura?

-La famosísima Laura.

-¿Y cómo es que no estás esquiando con ellas?

-Estuve con ellas toda la mañana, pero no esquían demasiado bien, sobre todo Cristina. Al final se cansaron y se metieron en el bar, y yo aproveché para venirme a esquiar aquí a Valdemartín.

-Así que sigues saliendo con ella.

No podía evitarlo, cada vez que se imaginaba a Julio con Laura le entraban celos.

-No me estoy acostando con ella, si es eso lo que quieres saber. Pero la veo todos los días en clase y hemos estado subiendo a esquiar los fines de semana. Te hubiera invitado, pero como no quieres verme…

-No creo que a Laura le guste que vaya con vosotros.

-¡Qué, va, al contrario! ¡Si está deseando conocerte!

-¿Le has hablado de mí?

-Le he dicho que nos hicimos muy amigos en Los Alpes. ¿Qué, te vienes con nosotros?

-Bueno, si a Laura no le importa…

-Oye, ni una palabra de lo que te conté Perpiñán sobre ella, ¿eh? -Le advirtió Julio.

-¿Qué te crees, que soy idiota?

-Luego me arrepentí de habértelo contado. Seguramente te molestó que te describiera esa escena tan íntima.

-¡Qué va, al contrario! Me pareció un regalo muy especial que me hacías… Pero entiendo que a Laura le importe que me lo contaras.

-Ya… Lo que te molesta fue lo que pasó luego, ¿no? Lo siento, Cecilia, de verdad. No fui capaz de cumplir mi palabra.

-No fue culpa tuya, Julio. Fui yo la que te lo pedí, lo recuerdo perfectamente. Así que déjalo, ¿vale? No estoy enfadada contigo; si no te quiero ver es por otros motivos… Creo que ya los sabes.

-Sí… Qué pena, ¿verdad?

Cecilia se colocó las gafas de esquiar sobre la cara.

-¡Venga, a esquiar! ¡El último en llegar a la cola es un mono saltarín!

Fue una tarde preciosa de esquí. El sol sesgado del atardecer brillaba con una luz dorada que marcaba cada pequeña irregularidad, cada grumo de nieve en las laderas, envolviendo a todo en una magia irreal que transportaba a Cecilia de vuelta a su adolescencia, cuando aprendió a esquiar en esas mismas pistas en los cursillos que organizaba el club del Opus Dei. Ya no hablaron de más temas serios en los remontes, solo bromearon y se contaron historias de la universidad, de sus padres, de sus hermanos. Esquiaron como le gustaba a Cecilia, a toda velocidad, levantando cortinas de nieve en cada viraje, gritándose y riendo, hasta que el cartel de cerrado en el telearrastre les obligó a bajar al aparcamiento, las piernas doloridas por el ejercicio agotador.


Notas

1. Leibniz - Gottfired Wihelm von Leibniz (1646-1716) es un famoso matemático y filósofo alemán. Descubrió el cálculo diferencial independientemente y al mismo tiempo que Isaac Newton y es su notación matemática la que usa en la actualidad para ello. Julio se refiere aquí a que Leibniz usó la palabra “teodicea” (la defensa de Dios) como título de uno de sus libros sobre filosofía. En él Leibniz defiende la postura opuesta a la que expone Julio: que la existencia del mal en el mundo no contradice la existencia de un Dios a la vez omnipotente y bondadoso porque en realidad vivimos en el mejor de todos los mundos posibles. Es decir, el mal que existe en el mundo es inevitable. Leibniz también justifica la existencia del mal como necesaria para que los humanos tengamos libre albedrío, la misma justificación que esgrime Cecilia.

2. Big Bang - La teoría del Big Bang (“Gran Explosión”) es la teoría actualmente aceptada sobre el origen del Universo. Sostiene que el Universo empezó hace 13,800 millones de años cuando toda la materia, la energía y el espacio estaba contenida en un solo punto (singularidad), que pasó a formar una explosión de materia primordial a presiones y temperaturas extremas. A partir de ahí el Universo siguió expandiéndose y enfriándose, creándose estrellas y galaxias, hasta llegar al estado actual. El Universo seguirá enfriándose hasta llegar, en un futuro muy lejano, a un estado de “muerte térmica”. A partir de su formulación en los años 20, esta teoría ha sido confirmada por multitud de observaciones astronómicas de distintos tipos, que incluyen el alejamiento mutuo de las galaxias, la estructura a larga escala del Universo y el trasfondo cósmico de radiación de microondas (“microwave cosmic background”, que representa la radiación producida por el Big Bang). Uno de los formuladores de la teoría del Big Bang fue el sacerdote católico Georges Lemaitre. Cecilia se refiere al hecho de que antes de la teoría del Big Bang muchos científicos pensaban que el Universo es eterno, lo que contradecía la historia bíblica de la creación. Al descubrirse que el Universo en realidad tiene un principio, esto abre la puerta a poder considerar que el Universo fue creado por Dios. Sin embargo, mucho científicos argumentan que la idea de que el Universo es creado es innecesaria, ya que a nivel de partículas subatómicas se dan acontecimientos sin causa (fluctuaciones cuánticas). Una de esas fluctuaciones pudo dar origen al Universo.

3. Las constantes fundamentales de la física - En sentido estricto, estas constantes son valores numéricos presentes en las ecuaciones fundamentales de la física que son adimensionales, es decir, que tienen el mismo valor en cualquier sistema de unidades. Ejemplos son la constante de estructura fina (que determina la fuerza de la interacción electromagnética entre fermiones y fotones), la constate de acoplamiento gravitacional y la relación de masas entre el protón y el electrón. Este término también se ha usado para referirse a constantes físicas universales pero que tienen dimensiones, como la velocidad de la luz, la permitividad eléctrica del vacío y la constante de Planck. Cecilia se refiere aquí a lo que más tarde se llamaría el “Principio Antrópico” y al problema del “Ajuste Fino” (“Fine Tuning”) del Universo. Este problema surgió cuando los científicos se dieron cuenta de que si las constantes fundamentales tuvieran valores ligeramente distintos a los que tienen no existiría vida en el Universo, ya que no se podrían formar ni estrellas ni planetas. Existen dos formulaciones del Principio Antrópico para dar respuesta al problema del Ajuste Fino. El Principio Antrópico Fuerte defendido por John Barrow y Frank Tipler sostiene que esto es así porque el Universo está destinado a dar lugar a vida consciente y pensante. El Principio Antrópico Débil, sostenido entre otros por Brandon Carter, dice que el Ajuste Fino del Universo se debe a un simple sesgo de muestra: sólo en un Universo capaz de generar vida consciente habría seres preguntándose por qué viven en un Universo con esas características tan especiales. El Principio Antrópico Débil gana más fuerza en el contexto de la idea, cada vez más aceptada, de que nuestro Universo nos es más que uno entre una infinidad de universos posibles, cada uno con valores distintos de las constantes fundamentales. Cecilia argumenta que el Principio Antrópico Fuerte apoya la existencia de Dios. El problema de “Ajuste Fino” y los Principios Antrópicos no salieron a la luz pública hasta los años 80. Sin embargo, el citarlos aquí no es un anacronismo porque en realidad Brandon Carter mencionó el Principio Antrópico en una conferencia en Cracovia (Polonia) en 1973. Como estudiante de física, Cecilia pudo haberse enterado de esta cuestión y haber comprendido como podía usarse para respaldar la fe cristiana.

domingo, 6 de abril de 2014

¿Cómo vivir nuestra vida? Hedonismo y eudamonía

El otro día asistí a una charla que resultó ser inesperadamente interesante. La daba el Dr. Steve Cole, profesor del Departamento de Hematología-Oncología de UCLA, y se titulaba “Social Regulation of Human Gene Expression” ("Regulación social de la expresión de genes en humanos", el enlace es a una charla anterior con el mismo título, en YouTube). El profesor Cole planteó una de las preguntas filosóficas más básicas: ¿Cómo debemos vivir nuestra vida? Es decir, ¿qué es lo que buscamos en nuestra vida? Simplificando mucho las cosas, se puede decir que hay dos actitudes básicas ante la vida.

1.    Hedonismo. Ésta es una palabra que a mí siempre me ha sonado mal, pues me recuerda a “hedor”, pero en realidad no tiene nada de malo. Se trata, simplemente, de vivir para ser feliz. No estamos hablando sólo de placeres carnales, como el comer bien y el follar bien, sino de todo aquello que nos haga la vida más grata, como el tener buenos amigos, una pareja y una familia que nos llene, un trabajo creativo y agradable, viajar, leer buenos libros, ver buenas películas, oír buena música, etc. Es la filosofía propugnada en la Grecia clásica por Epicuro, basada en perseguir el placer y evitar el sufrimiento, de forma moderada y racional.

2.    Eudamonía. Esta actitud ante la vida se le suele atribuir a Aristóteles, aunque también se relaciona con el pensamiento de Sócrates y Platón. Según ella, debemos vivir para cultivar la virtud, es decir, desarrollar nuestras potencialidades como seres humanos… Si no entiendes lo que eso quiere decir, te confesaré que yo tampoco. Sin embargo, el Dr. Cole propuso una definición bastante más precisa. Para él, la eudamonía consiste en vivir para satisfacer un ideal que nos trasciende a nosotros mismos, es decir, el querer cambiar el mundo para mejor, dejar algo detrás cuando nos muramos. Si queréis, podemos englobar en la eudamonía ideales religiosos como el servir a Dios (Cristianismo), la unión mística con Dios (Hinduismo), el eliminar el sufrimiento (Budismo), etc. Pero también entrarían en ella ideales no religiosos como el llevar a cabo la revolución del proletariado (marxismo), el desentrañar los misterios del universo (ciencia), el salvar al medio ambiente (ecologismo), establecer la igualdad de la mujer (feminismo), etc. En definitiva, en vez de perseguir solamente nuestra felicidad personal, se trata de trabajar en pos de un ideal mayor que nosotros mismos.

Si te paras a pensar, hay mucha gente que vive una vida de eudamonía, mucha más de la que cabría sospechar en un principio. De hecho, casi todas las personas que han hecho algo admirable en al vida entrarían en este grupo. Eso no deja de ser curioso, porque a primera vista cabría sospechar que casi todo el mundo es hedonista. De hecho, el capitalismo y su “lógica de mercados” se basa en la asunción de que todo el mundo se guía por principios hedonistas de maximizar su bienestar, lo que nos llevaría a consumir cada vez más. Por el contrario, la supervivencia del planeta parece depender en que una buena parte de la especie humana adopte una mínima actitud de eudamonía y se sacrifique para dejar un planeta viable a las generaciones venideras.

Patrón de expresión de genes en ratas aisladas socialmente (Lonely) o viviendo en grupo (Socially Integrated)
Pero bueno, ¿qué tiene que ver todo esto con los genes? ¿Por qué se pone un investigador en biomedicina a hablar de Epicuro y Aristóteles? Aquí es donde viene lo más interesante. En lugar de tomar una actitud determinista, tan frecuente estos días, en la que se cree que los genes determinan nuestro comportamiento, el Dr. Cole se puso a estudiar la relación inversa: cómo nuestro comportamiento, incluso nuestra actitud ante la vida, dirige la expresión de determinados genes. Para hacerlo extrajo muestras de sangre de animales de laboratorio y de personas, de las que aisló células del sistema inmune (normalmente llamadas “glóbulos blancos”) para medir en ellas la expresión de más de un millar de genes. Lo primero que vio, tanto en ratas como en monos como en humanos, es que el aislamiento social aumenta la expresión de cerca de un  centenar de genes asociados con la inflamación y disminuye la expresión de otro centenar de genes asociados con la respuesta inmune, sobre todo contra virus. Luego utilizó la misma táctica para estudiar cómo la actitud ante la vida, hedonismo o eudamonía, afecta a estos conjuntos de genes. Para averiguar si una persona determinada se inclinaba hacia el hedonismo o la eudamonía realizó una serie de test psicológicos. Test similares sirvieron para medir la satisfacción de esas personas ante la vida. Encontraron que un grupo nutrido de personas tenían una vida bastante feliz, y que entre ellos se encontraban tanto los que practicaban el hedonismo como la eudamonía. Sin embargo, los test de expresión de genes revelaron diferencias importantes entre los dos grupos. Los que tenían una filosofía hedonista tenían un perfil similar a los que se aislaban socialmente, con alta expresión de genes pro-inflamatorios y baja expresión de genes de respuesta inmune. Aquellos con filosofía de eudamonía, por el contrario, tenían baja expresión de genes pro-inflamatorios y elevada expresión de genes de respuesta inmune. Y el caso es que los genes pro-inflamatorios, como la interleucina-6, aumentan el riesgo a una importante serie de enfermedades, como las asociadas con el sistema cardiovascular.

¿Quiere decir esto que la eudamonía es más saludable que el hedonismo? Creo que esa sería una conclusión prematura. Quizás lo que nos quiera indicar el experimento es que el hedonismo se parece un poco al aislamiento social, ya que todo se centra en uno mismo, mientras que la eudamonía es una actitud más abierta al mundo, una actitud de dar en vez de recibir. Sea como sea, podemos quedarnos con una conclusión mucho más fundamental: nuestros genes no determinan lo que somos, nosotros determinamos qué genes se expresan en nuestro cuerpo. No lo hacemos directamente, claro está, sino en base a cómo decidimos comportarnos, en qué ambiente nos movemos e incluso las decisiones más profundas que tomamos sobre cómo queremos vivir. En definitiva, tu salud y tu felicidad dependen de lo que hagas hoy.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Felicidad

¿Qué es la felicidad?

¿Es acaso la felicidad una emoción? Es cierto que cuando se es feliz se tienen más emociones positivas, como la alegría, el amor y la compasión, y menos emociones negativas, como la tristeza, la ira o el miedo. Pero es posible ser feliz estando triste, y siempre habrá quien diga que es feliz con la energía que le aporta la cólera o incluso el miedo. Por lo tanto, si bien la felicidad depende en gran parte de nuestras emociones, dudo que sea una emoción en sí.

Todo el mundo dice que el dinero no trae felicidad, pero ¿es eso cierto? Algunos estudios que se han hecho sobre la felicidad indican que la gente más feliz son los que se encuentran en el medio del espectro de riqueza. Los muy pobres no son felices, pero tampoco lo suelen ser los muy ricos. Al parecer, no se pude ser feliz si no se tienen cubiertas una serie de necesidades básicas. ¿Y los ricos? Quizás el tener muchas posesiones acarre un alto grado de preocupación, y eso haga disminuir su grado de felicidad. Por la misma razón, las personas demasiados ambiciosas no son muy felices: no se lo permiten serlo a sí mismos hasta haber conseguido sus objetivos. Y cuando lo consiguen puede ser peor; el ver que ni aún eso los llena los puede ocasionar una gran frustración. Los famosos suelen morir jóvenes; muchos incluso se suicidan o se autodestruyen a base de alcohol o de drogas.

Esos mismos estudios de neurociencia sobre la felicidad (por ejemplo, los realizados por Richard Davidson de la Universidad de Wisconsin) apuntan que cada persona tiene un punto fijo de felicidad. Al recibir una gran alegría nos sentimos muy felices, y una tragedia en nuestra vida nos hace sufrir, pero los dos son estados pasajeros, y al cabo de un tiempo volvemos a nuestro punto fijo de felicidad. Los más afortunados tienen un punto de felicidad alto y se las apañan para sentirse felices la mayor parte del tiempo. Pero también están aquellos que se pasan la vida en un permanente estado de melancolía. ¿No es eso, en definitiva, lo que es la depresión? Alguien que esté pasando una profunda depresión puede llegar a sentirse tan infeliz que decida suicidarse. Quizás entonces la felicidad dependa simplemente de determinados parámetros bioquímicos, de la particular mezcla de neurotransmisores que tengamos en el cerebro. La nueva escuela de materialistas a ultranza a los que les gusta negar el libre albedrío se apresurarán a afirmar que la felicidad es simplemente genética, y que podemos corregir nuestra deficiencia en ese sentido a base de pastillas.

Pero yo creo que eso es simplificar demasiado las cosas. Para empezar, aunque sea verdad lo del punto fijo de felicidad, es difícil saber si lo que lo fija son los genes o nuestras experiencias vitales (es decir, el entorno en el que hemos crecido). Seguramente será una mezcla de las dos cosas. En segundo lugar, hay un mínimo de circunstancias que parecen necesarias para ser feliz; es difícil alcanzar la felicidad cuando se vive en pobreza extrema, cuando se carece de libertad o cuando se vive en soledad, sin nadie que nos quiera. En tercer lugar, cada vez parece más claro que determinadas prácticas, como el ejercicio físico y la meditación, hacen aumentar el grado de felicidad de la gente. En cuarto lugar, una persona no puede ser feliz independientemente de la felicidad de las personas que lo rodean; existe algo llamado empatía que nos hace sufrir cuando vemos sufrir a otros y nos hace felices cuando estamos rodeados de felicidad.

Los seres humanos somos sumamente complejos y nuestro sufrimiento o nuestra felicidad no se pude explicar simplemente a base de genes y neurotransmisores en el cerebro. En realidad, no sabemos qué es la felicidad. La única manera que tenemos de medirla es preguntarle a la gente si es feliz. Y la respuesta que nos darán estará fuertemente condicionada por sus creencias. No se trata sólo de que algunas personas se sienten condicionadas a responder que son felices porque si no lo fueran eso se vería como un fracaso de su particular religión o ideología. Se trata también de que cada cual evalúa su felicidad en función de su sistema particular de valores. Para algunos, ser feliz es ser libres. Para otros, es vivir en una sociedad justa, o ser famosos, o poderosos. Si creemos que vivimos como hemos elegido vivir, o que hemos cumplido nuestros objetivos, nos recompensamos permitiéndonos ser felices. O quizás es que cuando creemos que somos felices, empezamos a serlo de verdad. Por lo tanto, la felicidad sería algo que está intrínsecamente condicionado con nuestras ideas y nuestro sistema de valores. ¿O no? Quizás sólo nos engañamos haciéndonos creer a nosotros mismos que somos felices cuando en realidad no lo somos. ¿Cómo podemos saber si somos tan felices como nuestro vecino, cuando nunca podemos experimentar lo que él experimenta?

¿Es la felicidad realmente el objetivo fundamental de nuestra vida? Tendemos a creer que es así, pero, ¿qué pasaría si nos ofrecieran ser completamente felices a cambio de volvernos tontos? ¿O de auto-engañarnos? No creo que fuera yo el único que no aceptaría la felicidad a cambio de la estupidez o de la ignorancia. O, dicho de otra manera, una felicidad que nos privara de algo esencial para ser humanos no debería ser tal felicidad. 

domingo, 30 de junio de 2013

Siete preguntas esenciales: 2) ¿Evoluciona el Universo hacia una consciencia cósmica?


No acabo de encontrar la manera de formular esta pregunta de una manera satisfactoria. Antes era “¿evoluciona el Universo hacia un fin?”, pero eso del “fin” queda demasiado vago. Lo de la “consciencia cósmica” es más preciso, pero suena un poco grandilocuente y místico para mi gusto. Seguro que me pondrá en contra a algún que otro escéptico. Pero si dejas a un lado tus prejuicios por un momento quizás te parezca interesante lo que voy a decir.
El árbol evolutivo

Uno de los hallazgos más maravillosos y mejor fundamentados de la ciencia es la Teoría de la Evolución, que nos muestra cómo todos los seres vivos se han originado a partir de un antecesor común gracias a los procesos paralelos de la mutación genética y la selección natural. Popularmente, se suele entender la evolución como un proceso gradual que conduce desde las formas de vida más simples (bacterias y otros seres unicelulares como las amebas y los paramecios), a través de seres de complejidad creciente (esponjas, medusas, gusanos, insectos), hasta los mamíferos y el ser humano. Se considera así que la evolución tiende hacia un fin: el desarrollo de organismos complejos y eventualmente la aparición del sistema nervioso, la inteligencia y la consciencia. Esta visión de la evolución dirigida hacia un fin es rechazada por la mayor parte de los científicos como una ilusión que nace de nuestra tendencia a vernos a nosotros, los seres humanos, como el centro y la medida de todo - algo que se denomina “antropocentrismo”. También existe otra palabra técnica que se refiere a la idea de que la evolución tiende hacia un fin predeterminado: teleología, del griego “teleos” o finalidad. Entonces, si la evolución no va dirigida hacia la aparición de animales complejos y el ser humano, ¿cómo funciona en realidad? Hay que tener en cuenta que los procesos de mutación genética y selección natural han funcionado para todos los seres vivos desde que apareció la vida sobre la Tierra. Por los tanto, todos los seres vivos han evolucionado; no existen seres “más evolucionados” que otros. Lo que ocurre es que para algunos seres vivos (las bacterias, por ejemplo) el evolucionar significó quedarse más o menos como estaban, igual de pequeños y con la misma forma. Pero aunque  superficialmente nos parezcan lo mismo, la evolución ha producido cambios en la bioquímica de esos organismos que los han hecho más adaptados al su entorno, vencedores en la carrera evolutiva frente a organismos similares que acabaron por extinguirse. Otros organismos adoptaron estrategias distintas para sobrevivir. Una de ellas fue crear asociaciones de millones de células, cada una especializada en una función distinta, dando lugares a seres multicelulares como nosotros. Con ello los seres multicelulares no vencieron a las bacterias y otros organismos unicelulares que, de hecho, siguen siendo los seres vivos más abundantes y más variados del planeta, sino que lograron conquistar un nicho en el entorno que no estaba disponible a los otros seres. Así, plantas multicelulares como las hierbas y los árboles consiguieron obtener energía solar en un ambiente hostil para las bacterias. Científicos como Stuart Kauffman, dedicados al estudio de sistemas complejos, conceptualizaron la evolución como un “algoritmo de búsqueda” de nuevos nichos por conquistar; es decir, una especie de programa informático capaz de generar nuevas formas de vida usando la mutación genética y la selección natural para explorar un vasto espacio multidimensional de todas las formas posibles que puede adoptar un ser vivo. Así, el éxito evolutivo del Homo sapiens se basa en que hemos adoptado la estrategia de organizar otros seres vivos (plantas en campos de cultivo, animales domésticos que nos proporcionan carne, huevos y leche) y objetos inertes (máquinas) de forma que garantizan nuestra supervivencia. Pero no deja de ser una estrategia más…
Incorrecto: la evolución como una escalera que lleva al ser humano.

Sea como fuere, también es verdad que este “algoritmo de búsqueda” que es la evolución ha acabado por generar seres de una complejidad maravillosa, capaces incluso de ser conscientes y de poseer tal inteligencia que les permite conocer y manipular el mundo a su alrededor. ¿No es fantástico? Pero no acaba ahí la cosa, porque en cierto modo la evolución ha precedido a la aparición de los seres vivos. Así, los avances de la bioquímica nos permiten explicar la vida en términos de reacciones químicas sumamente complejas y perfectamente sincronizadas que se remontan al momento en que apareció la vida sobre la Tierra. De esta forma se enlaza el fenómeno de lo viviente con las propiedades químicas de las moléculas y los átomos. 

Cómo los distintos átomos del Sistema Periódico se forman en las distintas etapas de la vida de una estrella

Pero resulta que la enorme variedad de moléculas y átomos que forman el mundo de la materia inorgánica también proviene de estados más simples. Sabemos que todas las sustancias que existen están formadas por moléculas consistentes en enlaces químicos entre un centenar escaso de átomos distintos: los elementos del Sistema Periódico, que van aumentando de peso y complejidad conforme aumenta el número de protones en su núcleo y el equivalente número de electrones en su corteza. También sabemos que todos esos átomos se generaron en el interior de las estrellas a partir de un elemento primordial: el hidrógeno, que tiene un solo protón en el núcleo y un solo electrón en la corteza. Estrellas como el Sol “arden” en un fuego termonuclear en el que los núcleos de hidrógeno se unen entre sí para generar núcleos de helio (el segundo elemento del Sistema Periódico) y una enorme cantidad de energía. Cuando las estrellas envejecen y se les acaba el hidrógeno, la fuerza de la gravedad hace que se contraigan y que aumente su temperatura, lo que permite nuevos procesos de fusión nuclear que generarán otros elementos del Sistema Periódico a partir de los núcleos de helio. Por lo tanto, existe una especie de evolución cósmica que, como su contrapartida en la evolución biológica, es capaz de generar elementos complejos a partir de algo más simple. Encima, las dos evoluciones están vinculadas, porque la vida no podría existir sin que antes se generaran dentro de las estrellas el carbono, el oxígeno, el nitrógeno y los otros elementos que forman los seres vivos. Al final de su vida, las estrellas explotan en novas o supernovas, expeliendo al espacio los nuevos elementos que han fabricado, que eventualmente formarán planetas como la Tierra. Como cantaban Crosby, Still y Nash en Woodstock, “we are stardust”, somos polvo de estrellas.
Explosión de una supernova

En el otro extremo del proceso evolutivo, nos encontramos con que los seres humanos hemos aprendido a aumentar la complejidad del mundo a nuestro alrededor a nuestra manera: creando sistemas culturales en los que la información es pasada de generación y generación independientemente del ADN que llevamos en nuestras células. Esa información creciente nos permite modificar nuestro entorno cada vez más; ya no nos adaptamos al entorno, sino que adaptamos al entorno a nosotros mismos. El paso más reciente es la invención del ordenador, que nos permite almacenar y procesar cantidades ingentes de información, mucho mayores de las que podemos almacenar en nuestro cerebro. Se podría ver esto como la continuación de un proceso evolutivo cósmico caracterizado por un aumento progresivo de la complejidad: del hidrógeno a los átomos, de los átomos a las moléculas, de las moléculas a la vida, de la vida al ser humano, del ser humano a la sociedad informatizada. Este aumento de la complejidad podría entenderse como un aumento de la información contenida en cada uno de estos escalones. Y, en los últimos peldaños, aparece la capacidad de procesar información de tal manera que permite aprender sobre el entorno y modificarlo.
El cerebro conectado a un chip

¿Cuál es el siguiente paso? Me atrevo a predecir que en los próximos diez años asistiremos a la unión directa del cerebro humano con el ordenador, a base de microchips implantados en el córtex cerebral. Ya no nos harán más falta las interfaces que hoy en día nos proporcionan acceso indirecto y lento al ordenador: la pantalla, el teclado, el ratón… Podremos pensar directamente hacia el ordenador y recibir información de él en nuestros pensamientos. Desparecerá la diferencia entre el imaginar algo y ver una película. Podremos hacer fabulosas operaciones matemáticas en nuestra mente. Podremos “recordar” cualquier tipo de información que necesitemos usar. Y, si dos personas se conectan al mismo ordenador, será posible la telepatía: leer los pensamientos de otro, experimentar sus propias emociones. ¿Fantasía? Nada de eso. Ya se pueden controlar prótesis directamente con la mente. Varios laboratorios han conseguido crecer neuronas sobre microchips de ordenador.  También se están desarrollando retinas artificiales con la esperanza de que un día se le podrá devolver la vista a los ciegos. 
Grupo de neuronas creciendo sobre un chip de ordenador

Una vez qué unamos nuestra mente a la del ordenador, quién sabe que podrá pasar, qué nuevos horizontes se nos abrirán, en qué nos convertiremos. Quizás esto abrirá la puerta a que podamos descargar toda nuestra mente a un ordenador y así sobrevivir a la muerte de nuestro cuerpo. Curiosa paradoja: el paraíso prometido por muchas religiones, donde vivimos como seres puramente mentales, podría hacerse realidad gracias a la ciencia.

Las posibilidades son realmente fantásticas… Una mente planetaria, donde todos estemos vinculados mentalmente a través de la internet. Donde podamos conversar con gente que ha descargado su personalidad antes de morir, o con inteligencias artificiales que nunca fueron humanas… ¿Podremos reconocer la diferencia? Esto es lo que muchos han empezado a llamar la “singularidad tecnológica”, un momento en la historia en el que la humanidad sufrirá un cambio radical. 
¿Llegaremos a ser cyborgs?
¿Y qué pasará cuando llevemos miles de años viviendo así? Quizás podamos contactar con civilizaciones extraterrestres que posean sus propias mentes planetarias. Así es como se podría llegar, al cabo de millones de años, a la “consciencia cósmica” a la que me refiero en el título: una mente global que se extiende a través de la galaxia, saltando de estrella en estrella. Visto así, es difícil no volver a caer en la teleología de la que hablaba antes: la creencia de que en el fondo todo ese proceso de creación progresiva de átomos, moléculas, planetas, vida, inteligencia y mentes transpersonales estaba de alguna manera predeterminado en la estructura misma de la materia. Porque si no, sería mucha casualidad, ¿no os parece?

Lo cierto es que muchos científicos piensan que esas ideas no son más que fantasías de novelas de ciencia-ficción. Hoy en día está en boga una visión pesimista del Cosmos en la que la inteligencia y la humanidad no son sino accidentes sin mayor relevancia en un Universo desprovisto de dirección, sentido y finalidad alguna. Hay incluso quien dice que estamos solos entre las estrellas, que la creación de nuestra civilización es una pura coincidencia que no sobrevivirá más allá de unos pocos centenares de años, una nimiedad en comparación con la enorme duración de los procesos cósmicos. Que no habrá singularidad tecnológica, mente planetaria, ni mucho menos consciencia cósmica… Todo lo contrario, el Universo se encamina hacia una muerte térmica, donde todos los flujos de energía se extinguirán y ya no pasará nada de nada. Mucho antes de llegar a ese punto se extinguirá la vida en todos los planetas del Universo, porque la vida no es más que un fenómeno esporádico en el gran acontecer del Cosmos.

De todas formas, la muerte térmica del Universo no ocurrirá hasta dentro de 35,000 millones de años. Al paso que vamos, el establecimiento de una mente planetaria no nos va a llevar más que un par de siglos, como mucho. ¿Qué puede evitar la formación de una mente que salte el vacío entre las estrellas en unos pocos millones de años, mucho antes de ese final térmico? Para cuando se quiera acabar el Universo, es hipotética mente cósmica ya puede haber cumplido sus objetivos, cualesquiera que sean. 

En definitiva, estas dos ideas, la visión optimista de singularidades y mentes planetarias y la visión pesimista de un Universo hostil a la humanidad y carente de sentido, tienen más de especulación y filosofía que de base en una sólida evidencia científica. Por un lado, no deja de ser sorprendente que el Universo tenga las propiedades justas para permitir la aparición de cosas tan sorprendentes como la vida y el cerebro humano. Por el otro, si es posible la aparición de una mente interestelar, ¿por qué no tenemos evidencia de que ya existe? Tiempo ha tenido de desarrollarse ya, ¿no? ¿O acaso somos los primeros? Quizás no lleguemos a la mente planetaria porque en realidad somos tan tontos que nos autodestruiremos antes, de una forma o de otra.

miércoles, 3 de abril de 2013

¿Cuál es la naturaleza última de la realidad?



Cuando se debate si son ciertos el materialismo, el idealismo, el dualismo, etc., lo que estamos debatiendo es en qué consiste la naturaleza última de la realidad. Lo que queremos es asignar un nombre a X cuando decimos: “En realidad, todo lo que existe es X”. Así, X puede ser materia-energía (materialismo), ideas (idealismo), leyes de la física (platonismo científico), información (informacionismo), etc.

Podríamos llamar a esto el problema de la Realidad Última (no sé si esto es un término en castellano, traduzco del inglés “Ultimate Reality”). Es importante señalar que éste no es un problema científico, sino una cuestión metafísica (o filosófica). Porque, aunque la respuesta tiene que ser consistente con los conocimientos de la ciencia, no parece posible (al menos, a primera vista) emplear el método científico para contestarla. Podemos argumentar cuál es la mejor opción en base a la lógica (aunque quizás no lleguemos muy lejos con eso) o, mejor, en base a la consistencia interna de la idea, su utilidad y lo fructífera que es (es decir, si nos sirve como instrumento para comprender mejor la realidad).

Desde ese punto de vista, el idealismo de por sí no parece ni lógico (pues para que haya ideas tiene que haber un cerebro que las genere), ni útil (en principio se puede concebir cualquier tipo de relación arbitraria entre las ideas), ni fructífero. Sin embargo, el platonismo científico y el materialismo parecen estar, al menos, a la par. En definitiva, el concepto de materia-energía es inútil sin las leyes que la gobiernan, por lo que, siguiendo el Principio de Parsimonia, podríamos prescindir de la materia-energía y decir que lo que existe en realidad son simplemente esas leyes. Por ejemplo, la ley E=m*c2, ¿existía antes, y Einstein la descubrió? (platonismo científico) ¿O Einstein la inventó? (materialismo) Si optamos por la segunda respuesta, resulta algo difícil explicar cómo los objetos obedecían a esa ley antes de que naciera Einstein. 

En mi opinión, el informacionismo es un refinamiento del platonismo científico porque la información tiene la ventaja de ser cuantificable, lo que la hace en cierta medida tan tangible como la materia-energía - se puede medir. Por otra parte, el universo tiene una serie de propiedades que recuerdan mucho a la información: así cómo la información ocurre en cantidades discretas (bits), lo mismo ocurre con la materia, la energía y hasta el espacio-tiempo (la distancia de Plank y el tiempo de Plank, que no se pueden subdividir). El informacionismo, por otra parte, es más útil y fructífero que el materialismo. Al materialismo le resulta difícil explicar los sistemas auto-organizativos y las propiedades emergentes, lo que es clave para entender lo que es la vida, mientras que el informacionismo predice estas cosas como el resultado del procesamiento de la información. El informacionismo explica muy bien la termodinámica: la entropía no es más que información, una idea ampliamente aceptada hoy en día. Por último, el informacionismo rompe la aparente dualidad entre el cerebro y la mente, la mente no es más que un programa informático (aunque se rige por leyes distintas a la de los ordenadores). 

Por supuesto, habrá quien diga que el problema de la Realidad Última no tiene sentido. Como decía más arriba, es un problema filosófico, no científico; la ciencia puede apañárselas muy bien sin resolverlo. Algunos filósofos lo soslayan buscando una definición de lo “natural” o lo “físico” que evite toda referencia al concepto de materia, materia-energía, o cualquier entidad que se pueda considerar como “la Realidad Última”. Por ejemplo, ésta: “El universo es un sistema causalmente cerrado: todo efecto tiene su causa y toda causa, su efecto; que están siempre dentro del universo”. Esto excluye la idea de Dios, el alma o seres espirituales, porque serían seres que existen fuera del universo que producen efectos dentro del universo. Sin embargo, este principio se enfrenta enseguida con un problema: en la mecánica cuántica se dan fenómenos si causa, por ejemplo, una partícula elemental que se divide espontáneamente en dos. Pero la mecánica cuántica no elimina la causalidad, simplemente se pasa de una causalidad rígida a una causalidad probabilística. Si empleamos este tipo de causalidad probabilística en la definición anterior, pude llegar a funcionar bastante bien. 

De todas formas, yo creo que el problema de la Realidad Última es importante, porque necesitamos comprender qué es el mundo para entender nuestra relación con él y así nuestra propia vida. Además, como he apuntado cuando hablaba del informacionismo, el adoptar una cierta idea sobre la realidad última puede proporcionarnos un marco de referencia más apropiado para entender mejor el mundo, organizando nuestros conocimientos científicos en una visión más coherente de la realidad.