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lunes, 15 de marzo de 2021

El día que la pillaron

Cuando finalmente se descubre su secreto, una esposa infiel recibe una buena dosis de sus propias perversiones.


Spanking For Sneaking Out, por greenimp666, DeviantArt

Julia se sobresalta al entrar al dormitorio. Ricardo es una presencia amenazante y silenciosa junto a la cama.  

-¡Joder, qué susto! No sabía que estabas aquí.

Julia se sienta en la cama para quitarse los zapatos. No se los debía haber puesto para ir al trabajo. Tienen demasiado tacón.

Ricardo no responde. Paulatinamente, Julia se va dando cuenta cómo cruza los brazos, de cómo la mira.

-¿Pasa algo?

Ricardo cierra la puerta. Luego se planta frente a ella, todavía cruzado de brazos.

-¡Claro que pasa algo! Lo sé, Julia. Lo sé todo.

Niégalo, niégalo, niégalo. Ella deja escapar una risita.

-¿Sabes todo de qué?

Espera que él no note el temblor en su voz.

-Lo que has estado haciendo tras mis espaldas, -descruza los brazos, no sabe qué hacer con las manos-. Vi tu perfil en Fetlife. Todas las fotos guarras que has colgado allí.

Joder. Esto va en serio.

Niégalo, niégalo, niégalo.

-¡Fetlife! Debería haber borrado mi perfil hace tiempo. ¡Hace años que no he estado allí!

Se pone en pie frente a él. Sin los tacones, su frente apenas le llega a la barbilla.

-Entraste anoche, Princesa Zorra. Para colgar tu última foto, la de tus tetas. También le enviaste un mensaje a Switchy, cuyo nombre real es Enrique, tu amigo… ¿o tal vez tu amante?

-Cómo puedes saber todo eso… -murmura.

-No estaba fisgoneando en Fetlife. Pirateé tu cuenta. Y luego también pirateé tu correo electrónico… Sí, tu cuenta encriptada en Protonmail. Me he pasado horas leyendo. Así que, a estas alturas, ya lo sé todo. ¡Absolutamente todo! Así que ya puedes dejar de fingir, Julia. Deja de mentirme.

Esto debe ser una pesadilla.

Se queda paralizada frente a él. Baja lentamente la mirada al suelo.

-Me has estado mintiendo durante años. Me has estado engañando con Enrique… Y sabe dios cuántos más… ¿A cuántos más te has tirado, Julia?

Su mente corre desbocada. Todas las mentiras que había preparado, todas las evasivas, son ahora inútiles. Si ha pirateado sus correos electrónicos, lo sabe todo. No va de farol.

-¿Cuántos más te han follado, Julia?

El miedo se filtra como un líquido helado en sus venas. Todo está perdido. La casa, las cuentas bancarias, las tarjetas de crédito. Difícil saber qué quedaría después del divorcio.

Tendrá que dejar su trabajo en el museo y conseguir un empleo con un buen salario.

-¿Qué piensas hacer? -se atreve a preguntar finalmente.

-Llevo pensando en eso todo el día… Se me han ocurrido algunas ideas.

-¿Qué ideas?

Le agarra sus pantalones por la cintura, los desabrocha y le abre la cremallera. Se los baja hasta las rodillas.

¿Me va a follar? ¿Un poco de sexo iracundo y ahí se queda la cosa?

-¡Y yo que pensaba que te afeitabas el coño por mí! Pero no, lo hacías por Enrique.

Ella se mira la entrepierna.

-No, por ninguno de los dos. Lo hice por mí.

Él le baja las bragas hasta la mitad de los muslos.

-¡Claro! Para hacerte fotos y enseñárselas al mundo entero. ¡Serás guarra!

-No lo entiendes, Ricardo…

-¡Pues claro que no lo entiendo! Pero estoy seguro de que me vas a explicar.

Ella finalmente se atreve a levantar los ojos para encontrarse con los de él.

-¿Entonces no vas a divorciarte de mí?

-No lo sé… ¿Tú qué crees, Julia? ¿Nos divorciamos? ¿Vale la pena continuar con esta farsa?

-No quiero el divorcio, Ricardo.

-¡No, claro que no! ¡Lo que quieres es seguir disfrutando de nuestro nivel de vida y hacer lo que te da la gana! ¡Follando con quien se te ocurra! ¿Realmente te compensa seguir viviendo una mentira? ¿Aún me quieres, Julia?

-¡Por supuesto que sí! -sus ojos continúan fijos en los de él-. Ya sé que es difícil de entender… difícil de explicar, quiero decir… Pero lo que he estado haciendo no significa que no te ame. Te quiero, Ricardo. Un montón."

Él la mira en silencio. Ella se esfuerza en sostener su mirada.

-¿Y tú? ¿Tú me quieres, Ricardo?

Contiene la respiración esperando su respuesta.

-Sí que te quiero. ¡Si no, todo este asunto no sería tan doloroso!

Julia suelta un suspiro de alivio. Se agacha para subirse las bragas.

-Ni se te ocurra subírtelas.

Ricardo se desabrocha el cinturón. Lo saca lentamente de las presillas de sus pantalones.

-Te diré lo que voy a hacer. Voy pegarte en el culo hasta ponértelo como en esa foto que publicaste en Fetlife.

Ella se ríe.

-¡Pero si a ti esas cosas no te gustan!

-¡Ah, conque no me gustan, eh! Pues ahora mismo me sentiría mucho mejor dándote una buena paliza.

-No tienes ni idea de lo que estás hablando -dice aprensiva.

-No hace falta saber mucho… Sólo que me gustaría infligirte tanto dolor tú me has hecho tú a mí… Pero bueno, tampoco creo que te importara tanto, porque tú disfrutas con esas perversiones. ¿No, Julia?

-Bueno, depende…

-¿Cómo te marcaron el culo en esa foto?

¿Lo dice en serio? ¿Realmente piensa pegarme con el cinturón?

-¡Contéstame, Julia! ¡Y no me mientas!

-Enrique me dio una azotaina. Luego me pegó con una correa.

-¿Así que dejaste que te pegara Enrique, pero yo no puedo zurrarte?

-¡No es eso! No lo hizo para castigarme.

-Pero sí que te mereces que te castigue, ¿o no?

-¿Vamos a arreglar las cosas? ¿Me vas a perdonar?

-¡Respóndeme, Julia! ¿Mereces que te castigue?

Siente un cosquilleo de anticipación en el trasero. Traga saliva.

-¿No me vas a dejar?

-¡No me estás contestando!

-Tú tampoco.

Se desafían con la mirada.

-Las cosas van a cambiar. Se acabó lo de hacer la golfa.

-Por supuesto.

-Y te castigaré si lo haces. Como voy a hacer ahora. ¿Vale?

Solo me va a dar unos cuantos azotes. Luego me follará a lo bestia y todo habrá terminado.

-Vale.

La agarra por la muñeca y la tira bocabajo en la cama. Sus movimientos son bruscos, decisivos. Julia no podría haberse resistido si lo hubiera intentado.

El cinturón cae enseguida sobre sus nalgas. El dolor lacerante disipa toda ilusión de que él iba a andarse con remilgos.

Apenas tiene tiempo para recuperar el aliento cuando recibe el segundo correazo.

-¡Joder, Ricardo! ¡No me pegues tan fuerte!

-¿No? ¿Y por qué no? ¿Qué te crees, que esto es un juego? ¡Quiero hacerte daño, Julia! Que nunca va a ser tanto como el que me has hecho tú a mí.

Acentúa lo que dice con un tercer golpe, aún más fuerte que los anteriores. El dolor la atraviesa, haciéndola gritar.

-¡Así! ¡A ver si te enteras!

Él le pega. Ella aulla.

¡A la mierda!

Se levanta de la cama de un salto. Ricardo se queda con el cinturón levantado.

-¿Qué coño haces?

-Tenemos que hablar sobre ... ¡Ay!

El cinturón cae sobre la delantera de sus muslos con un resultado aún más doloroso que en su trasero.

-¡Auuu, cómo duele! ¡No me pegues en las piernas!

-Si pones el culo, te pego en culo. Si no, en las piernas, o donde sea. Tú eliges.

Sus ojos brillan de furia. Aprieta la boca con determinación. Vuelve a levantar el cinturón. Julia da un paso atrás, pero no consigue evitar que el cinturón vuelve a azotarle los muslos.

Suelta un grito, se da la vuelta y se tira en la cama. El cinturón le azota el trasero una, dos, tres veces, en rápida sucesión. Se encabrita y patalea con cada golpe.

Ricardo se detiene. Le arde el culo. Sus puños se aferran a la colcha.

-¿Has terminado?

Levanta la mirada y lo descubre hurgando en su bolso. Ha encontrado su móvil.

-Las cosas van a cambiar.

-Por supuesto, Ricardo -le tiembla la voz.

-Quiero que rompas con Enrique. ¡Ahora mismo!

Tira el móvil en la cama frente a ella.

 -¿Qué quieres que le diga?

-Que no lo vas a volver a ver.

Ella desbloquea su teléfono.

"No podemos volver a vernos" escribe.

Ricardo se arrodilla en la cama para leer por encima de su hombro.

La respuesta llega de inmediato:

"¿Por qué?"

Ella escribe: "Ricardo se ha enterado de lo nuestro". Le enseña el mensaje a Ricardo.

-Mándalo.

“¡Joder! Lo siento, Julia. Entonces, ¿no os vais a separar?”

Mira interrogativamente a Ricardo. El asiente.

“No.”

-Dile lo que te estoy haciendo -lo enfatiza con un nuevo correazo.

Ella escribe: "¡Me está pegando con el cinturón, Enrique!"

Un nuevo azote. Luego llega la respuesta: "¡Me estáis poniendo a cien!"

"¡¡¿¿Qué??!! ¡¡¡No es un juego, Enrique !!! ¡Me duele un montón! "

“Sí, pero al menos no os vais a separar. Mejor que dé rienda a su rabia. ¡Aguanta, Julia!".

Ricardo le quita el móvil.

-Bueno, parece que él sí que lo ha entendido -murmura, y apaga el móvil.

Los correazos empiezan otra vez, frustrando sus esperanzas de que la paliza hubiera acabado.

-¿A que no sabes quién se está haciendo una paja ahora mismo pensando en lo que le está pasando a tu lindo trasero? -le dice mientras sigue pegándole implacablemente.

El dolor se acumula hasta convertirse en una mezcla infernal de aguijonazos y quemaduras, renovada cada pocos segundos con un nuevo azote. Julia se aferra a la cocha, sollozando y gimiendo. No se atreve a moverse, ni siquiera a suplicar, esperando que Ricardo se apiade de ella y termine el castigo.

Ricardo se detiene. Se oye un clic. Se atreve a mirar hacia atrás y ve que Ricardo le está haciendo fotos del culo con su móvil. Él le quita los pantalones y las bragas y le separa los pies de una patada. Más clics.

Tira el móvil en la cama frente a ella.

-Míralas.

Su pompis es una masa rojiza de cardenales y moratones. Las últimas fotos muestran su ano y los labios hinchados de su coño.

-Pensé que serían una buena adición a tu colección de fotos en Fetlife. Vamos, a subirlas.

-Estás de coña.

-¿Prefieres que siga dándote con el cinturón?

Se apresura a salir de la cama. Ricardo la agarra del brazo y la lleva hasta su ordenador portátil. Ignorando sus quejas, la obliga a sentarse en la silla. Es como sentarse en una parrilla. Conecta su móvil al ordenador, abre Chrome y Fetlife. Ricardo la hace subir la primera foto y le dicta el pie de foto:

Esto es lo que le pasó a mi culo cuando mi marido se enteró de que soy una adúltera y una zorra.

Luego tiene que subir la foto que muestra su partes íntimas y escribir:

Éste es mi coño de puta y mi ano perverso, en medio de mis nalgas bien azotadas.

La primera imagen comienza a recibir "loves" mientras que la segunda aún se está subiendo.

-¿Ves? Les gustan. ¿Por qué publicas esas fotos, Julia?

Está demasiado confundida y dolorida como para mentirle.

-Me gusta pensar en la cantidad de la gente que masturba contemplando mi cuerpo.

-Y también imaginándose lo estupendo que sería follarte. Aunque con éstas estarán fantaseando con los gritos que das cuando te dan unos buenos correazos en el culo.

-Sí, seguro que algunos se están masturbando con eso.

-¡Pero tú eres mía, Julia, y de nadie más! ¡Te lo voy a demostrar!

La levanta de un tirón de la silla y la dobla sobre el borde de la cama. Ella lo oye bajarse la cremallera y presiente lo que se avecina.

Su polla dentro de ella le proporciona un placer inusitado, a pesar de que sus nalgas arden cuando él se las agarra. Pero él sale de ella justo cuando se acercaba al orgasmo.

Siente el glande presionando sobre su ano.

-¡Espera! ¡No estoy preparada para eso!

La penetra de todas formas, con la ayuda de los jugos de su coño. Hay un momento de dolor sordo, luego sólo la indignidad de la polla que le va llenando el recto. Ricardo intenta bombearla, pero hay demasiada fricción. Se retira y le da una palmada en el pompis.

-¡Lubrícate!

Se arrastra hasta la mesilla de noche, saca la botella de lubricante del cajón y se aplica un generoso pegote en el culo. Luego vuelve a su sitio y le ofrece el culo.

Ahora su polla se desliza con facilidad, lo que le permite bombearle el culo con movimientos rápidos y vigorosos. No le deja ninguna duda de que se trata de una follada de castigo, acompañada de algún que otro azote en sus nalgas doloridas. Hay poco placer y una creciente irritación en el ano. Pero Julia se siente bien. Sometida. Aliviada. La está haciendo suya, y eso significa que no la dejará. Eso es lo que más importa.

Cuando termina de follarla, la hace desnudarse y la manda a la cocina a preparar la cena. El culo le arde por fuera y por dentro por la paliza y la follada. Llora quedamente y tiembla mientras deambula por la cocina. Pero se siente extrañamente en paz. No se esperaba un castigo tan severo, pero la verdad es que se lo merecía. Enrique tenía razón: ahora Ricardo la perdonará y las cosas volverán a la normalidad.

Ignorando sus súplicas, Ricardo la hace sentarse a la mesa. Mientras ella se retuerce, buscando una postura cómoda, él le plantea presenta sus perspectivas:

-Estarás confinada en casa una buena temporada, así te vuelves a casa directamente desde trabajo todos los días. Y los fines de semana de semana te quiero conmigo, donde pueda verte.

-¡Por ​​favor, Ricardo! ¿No me has castigado ya bastante?

-No se trata de castigarte, sino de que no puedo fiarme de ti. Sé que me engañarás a la primera oportunidad que se te presente, y no pienso permitirlo. Ya sé que yo tengo parte de la culpa. No te he prestado la debida atención. No me di cuenta de cuánto necesitas el sexo, de cuánto necesitas tus perversiones.

-Intenté decírtelo, pero te reíste. Dijiste que no necesitábamos meter esas perversiones en nuestro dormitorio.

-No lo entendía, pero ahora sí. Cuando te estaba azotando, sentí que eras mía como nunca antes lo había sentido. Y ahora quiero más. Quiero que tus deseos sean míos y de nadie más.

-Pues sigues sin entenderlo. Eso es posesividad, no kink.

-¡Me da igual, esa va a ser mi perversión a partir de ahora! ¿O acaso yo no tengo derecho a mis perversiones? Si te gusta, bien, y si no, lo aceptarás porque estás en deuda conmigo. Tal y como te entregaste a otros, ahora te vas a entregar a mí. Si no, vamos a tener problemas. Espero que ya te habrás dado cuenta de que voy en serio.

-Sí, Ricardo -le dice dócilmente.

-¡Muy bien! Esto es lo que vas a hacer a partir de ahora. Vuelves a casa directamente del trabajo y te desnudas nada más llegar. Lo único que necesita llevar puesto es tu anillo de bodas. Limpias la casa y preparas la cena. Te follaré todas las noches, como a mí me apetezca, y no pienso tolerar ninguna excusa ni ninguna queja. Y, por supuesto, si no estoy satisfecho con tu comportamiento, te castigaré de la forma que considere necesaria. ¿Comprendido?

Ella asiente y rompe a llorar otra vez. Está demasiado cansada y dolorida para protestar. Además, Ricardo todavía parece cabreado.

Aún queda mucho de qué hablar. Pero tal vez no esa noche.

A menudo ha fantaseado con un hombre dominante que la haría entregarse y la controlaría completamente. Y ahora lo ha encontrado en el lugar más inesperado. Aun así, no está segura de poder aceptar sus condiciones.

Inmersa en estos pensamientos, Julia limpia la cocina. Ricardo ve una película en la tele. No la ha invitado a sentarse con él.

De todos modos, no es que le apetezca mucho sentarse.

Julia se va a la cama. Se acuesta boca abajo y llora hasta quedarse dormida.

NOTA: Esta historia está pensada para ser turbadora e invitar a pensar. Considera si cada uno de los personajes actúa de forma ética. Por supuesto, Julia hizo mal al engañar a su marido, pero ella estaba convencida de que esa era su única forma de experimentar el BDSM. Por su parte, Ricardo usa el BDSM como una excusa para su posesividad y no tiene en cuenta las necesidades de Julia. Enrique se centra en el morbo que le produce que Julia sea castigada. Es egocéntrico y no la apoya lo suficiente.

La historia plantea las siguientes preguntas:

1. ¿Hay sitio en el BDSM para un castigo real por una infracción real?

2. ¿Cómo afecta al consentimiento el hecho de que sea un castigo real?

3. ¿Está Ricardo coaccionando a Julia para que acepte su castigo con la amenaza del divorcio? ¿Es eso consensual?

4. ¿Debería haber informado Ricardo a Julia de la severidad del castigo que pretende infligirle? ¿Da Julio un consentimiento informado?

5. ¿Es una buena idea hacer una escena BDSM cuando estás enfadado?

6. ¿Terminó el consentimiento de Julia cuando se levantó de la cama y dijo "tenemos que hablar"?

7. ¿Le está dando Enrique un buen consejo a Julia cuando le dice que debe aceptar su castigo?

8. ¿Es razonable que Ricardo quiera confinar a Julia porque ya no confía en ella?

9. Al aceptar las nuevas restricciones a su comportamiento, ¿está Julia siendo presa de la manipulación emocional o simplemente está cumpliendo su deseo de ser dominada?

 

domingo, 14 de junio de 2020

Para volverte loca (pasaje) - Disciplina doméstica


Martes 20 de mayo, 1980

Se despertó llena de aprensión por su nueva sesión con el doctor Lancet. Después de lo que le había dicho, le daba asco pensar que la iba a volver a follar. Cuando entró en la sala de terapia se hizo la remolona para quitarse la ropa, luego para sentarse en el sillón. El doctor esperó pacientemente. La ató con las correas al sillón y a los estribos, pero no puso ningún vídeo.

Procedió a masturbarla con el vibrador y a quitárselo cuando estaba a punto de llegar al orgasmo. Así la tuvo durante las dos horas que duró la de sesión, casi el doble de lo habitual.

-Hemos terminado -dijo el doctor al final, y se puso a desatarla.

Esta vez no se marchó enseguida, sino que la apremió a vestirse y la echó del cuarto.

Excitada y frustrada, Cecilia corrió a masturbarse al dormitorio, pero por el camino sonaron las campanadas del Ángelus. Se planteó faltar, pero luego se lo pensó mejor. La Leona estaba siempre atenta a ver si acudía a las oraciones. Tendría problemas si no lo hacía. Luego Lucía se puso a hablar con ella hasta la hora del almuerzo. Cuando por fin encontró un rato para masturbarse ya se le había pasado la excitación.

Claramente, el plan del doctor era hacer crecer su deseo hasta que le suplicara que la follase. No le iba a dar ese gusto.

* * *

Miércoles 21 de mayo, 1980

Fue más tranquila a la terapia, esperando otra sesión de orgasmos denegados. Como de costumbre, el doctor la ató con las piernas abiertas en los estribos. Luego, para su sorpresa, le introdujo en la vagina una especie de huevo negro unido a un cable. El doctor hizo algo y el huevo se puso a vibrar dentro de ella. Puso un vídeo y desapareció entre las sombras.

-¿Volvemos a los vídeos? ¿Ya no tiene miedo de que me aficione a la pornografía?

-Éste es un vídeo muy especial, Cecilia. Lo traje de Estados Unidos. Míralo, creo que te gustará.

Efectivamente, estaba en inglés. Mostraba una pareja americana joven pero chapada a la antigua: él con traje y corbata, ella con un vestido verde oscuro que le llegaba hasta los tobillos. Ella le había preparado la cena, pero había un pequeño problema: el pollo que había metido al horno se le había quemado. Con una sonrisa, el marido le dijo que la tendría que castigar. Ella bajó la mirada y no dijo nada.

La vibración del huevo no era tan fuerte como la de la Magic Wand. No la iba a llevar al orgasmo, pero sí que la estaba excitando. Encima, este vídeo estaba resultando mucho más interesante que los que había visto hasta entonces. El marido llevó a su mujer a un sillón de respaldo alto. Sentado en él, le fue dando escuetas instrucciones sobre lo que tenía que hacer. Se veía que ella ya conocía el ritual: quitarse las bragas, ponerse a horcajadas sobre su muslo izquierdo, y apoyar las manos en el respaldo del sillón. Él le levantó el vestido hasta la cintura, exponiendo a la cámara unas nalgas ovaladas, muy blancas. Luego empezó un vigoroso spanking, que la esposa enseguida acusó con grititos y expresiones de dolor.

Esa había sido siempre una de sus fantasías favoritas. ¿Cómo lo había adivinado el doctor? Se veía que no había escogido el vídeo por casualidad. Intentó no hacer caso, desviar la mirada. Pero eso pondría sobre aviso al doctor de que le gustaba. Lo sentía espiarla desde la oscuridad. Cerró los ojos, pero el sonido de los azotes la persiguió, despertando imágenes en su mente aún más excitantes que las del vídeo. ¡Ay, cómo deseaba recibir una azotaina así! Con la mano, en vez de las feroces palizas que le había dado la Leona con la correa. Su vagina se contraía involuntariamente en torno al consolador.

El marido le reñía ahora a su esposa, mientras continuaba castigando su trasero de forma metódica. Le hacía preguntas que ella contestaba al principio con voz normal, luego crecientemente alarmada por la picazón de los cachetes. Las nalgas habían pasado del blanco a un precioso color sonrosado. Habían tenido que azotar a la actriz de verdad para hacer ese vídeo.

No aguantaba más. Y tampoco era cuestión de tener que correr a esconderse para masturbarse cuando acabara la sesión. Se puso a contraer la vagina sobre el consolador hasta que se corrió.

El vídeo terminaba con la esposa colocándose de cara a la pared, con el culo al aire y las manos detrás del cuello. Eso siempre había sido una parte esencial de su fantasía.

-El vídeo muestra la sumisión de la mujer a su marido de la que te hablé -le dijo el doctor mientras le desataba los brazos-. Has reaccionado mejor de lo que esperaba, Cecilia.

-Pero… no lo entiendo… ¿No es el sadomasoquismo una perversión, como la homosexualidad?

-Esto no es sadomasoquismo. Es un spanking que un marido le da a su esposa para castigarla. Domestic discipline, my dear! 

Se quedó pensando lo que decir a continuación, mientras dejaba que le doctor le soltara las piernas.

-Pero… ¿qué pretende hacer enseñándome ese vídeo? ¿Que me exciten los spankings?

-¡Oh, pero si ya te excitan, my dear Cecilia! Quizás tú no te des cuenta, pero yo sí. But don’t worry, es la reacción normal de la mujer ante la autoridad del hombre.

-Entonces, si el spanking me excita, ¿cómo puede ser un castigo?

-Ah, that’s an excellent question! Pero tú ya sabes la respuesta. El placer también puede ser un castigo. Demostré eso en nuestra primera sesión, didn’t I? Pero lo más importante es que el placer, como el dolor, es capaz de anular la voluntad. La penetración y el orgasmo son instrumentos de sumisión. Y en el spanking se mezclan la excitación sexual con el dolor y la humillación. ¿Qué mejor manera para someter a la esposa?

-Supongo que eso me lo irá demostrando en las siguientes sesiones. Can’t wait!




sábado, 14 de septiembre de 2019

Para volverte loca 49 - La lavandería

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Domingo 20 de abril, 1980

Al día siguiente, poco después de comer, Javier la fue a buscar a la biblioteca.

-He traído los condones -le soltó sin preámbulos-. ¿Has escrito la carta?

-Sí, aquí está -le respondió, dándole la pequeña hoja de block doblada en cuatro.

Javier se la metió en el bolsillo sin desdoblarla.

-He escrito la dirección al final. La tendrás que meter en un sobre y ponerle un sello.

-¿Qué te crees, que soy subnormal? ¡Anda, vamos!

-¿Ahora? Creí que íbamos a esperar a la noche, como el otro día.

-No, hoy no tengo guardia.

-¿Y no se la puedes hacer a alguien?

-¡No digas tonterías! ¿A cuento de qué le voy a hacer yo una guardia a nadie? Aquí nadie te devuelve los favores. Sería de lo más sospechoso.

-Pero es que de día es muy arriesgado. He oído que la gente de la cocina baja al sótano todo el rato.

-No vamos a hacerlo en el sótano. Conozco un sitio mucho más seguro. ¡Ven!

Al salir de la biblioteca vio a la Leona pasillo abajo. Le pareció que los había visto, pero luego siguió su camino. Eso le dio mala espina.

-No sé, Javier, quizás sea mejor dejarlo para otro día.

-¿Ahora te me vas a rajar? ¡No, si ya sabía yo…! -se sacó la carta del bolsillo y la agitó frente a ella-. Mira, Cecilia, lo hacemos ahora y esta misma tarde pongo esta carta en el buzón. ¿No tenías tanta prisa en mandarla? Si no, hasta que lo hagamos no la mando.

Era un argumento de peso, desde luego. Postergarlo podía significar pasar varios días más en ese sitio.

-Bueno, vale.

Javier abrió una puerta que daba al pasillo y la metió en una escalera de servicio. Llegaron a la planta baja y siguieron bajando.

-¿Otro sótano?

Él no le contestó. La guio por un pasillo de paredes blancas y tubos de neón. Al final había una puerta doble de cristal esmerilado. Javier descolgó un gran manojo de llaves de su cinturón, seleccionó una llave y abrió la puerta. Al otro lado estaba la lavandería del sanatorio: varias filas de lavadoras enormes y otras máquinas que debían servir para secar la ropa. Había grandes sacos blancos de ropa en estanterías a lo largo de las paredes. Javier volvió a cerrar la puerta con llave.

-¿Aquí no viene nadie? ¿Estás seguro?

-No hacen la colada hasta por la tarde. No te preocupes. Venga, desnúdate.

Cecilia empezó a desabrocharse los botones de la chaqueta de su uniforme. Impaciente, Javier le deshizo el nudo de la cuerda de la cintura de sus pantalones y se los bajó. Antes de que ella lograra quitarse la chaqueta ya le había bajado las bragas.

-¡Qué prisas! Déjame que te ponga yo el condón, que tengo una forma muy divertida de hacerlo. Ya verás.

En Angelique había aprendido que algunos clientes te enseñan el condón y luego no se lo ponen. Algunos incluso se lo quitaban en el último momento. Tenía que tener cuidado.

Javier dudó un momento pero acabó por darle el condón. Cecilia se lo agradeció con una sonrisa traviesa, se arrodilló frente a él y le extrajo su polla, gruesa y morcillona, de los pantalones. Enseguida se puso a chuparla. Cuando la tuvo bien tiesa le colocó el condón sobre el glande, se lo volvió a meter en la boca y fue desenrollando el condón sobre su verga con los labios, con sólo alguna ayuda ocasional de sus dedos.

-¿Qué, te ha gustado? -dijo con otra sonrisa.

Por toda respuesta, Javier la cogió por codo, la puso en pie de un tirón, la hizo darse la vuelta y la empotró en una de las estanterías con bolsas de ropa.

-¿Quieres hacerlo así, por detrás?

-¡Pues claro que quiero follarte por detrás, zorra! Así te veo el culo mientras te doy un buen meneo.

A Cecilia apenas le dio tiempo de echar mano de su polla para comprobar que aún tenía puesto el condón antes de sentirse penetrada sin contemplaciones. La primera embestida le hundió la cara en un saco de ropa que olía a detergente. Ese trato brutal la excitaba un montón. Decidió relajarse y disfrutar, dispuesta a que esa vez no se le escapara el orgasmo.

Javier la inmovilizó poniéndole una mano sobre el sacro, y la folló con un ritmo vigoroso pero irregular, al que era difícil acoplarse. Cecilia se concentró en contraer la vagina para extraer el máximo placer de sus acometidas.

Estaba al borde del orgasmo cuando Javier salió de improviso de ella.

-¿Qué pasa? -dijo con voz somnolienta de placer, incorporándose lentamente.

Apenas le dio tiempo de ver a Javier corriendo hacia la puerta, sosteniéndose precariamente los pantalones con una mano. La Leona le bloqueaba el paso en la puerta, pero Javier la apartó de un empujón y siguió corriendo pasillo abajo.

Cecilia se inclinó para subirse los pantalones y las bragas, pero antes de que pudiera hacerlo la Leona se le había echado encima. La cogió por el brazo y la sacudió. 

-¡Ah, no! ¡Tú te quedas así, con el culo al aire, por cochina! -le gritó, propinándole dos sonoros cachetes en el culo, como si fuera una niña.

Eso le gustó, no lo pudo evitar. Todo había pasado tan rápido que seguía al filo del orgasmo. Sabía que estaba en peligro, pero su cerebro se negaba a reaccionar.

-Vale, castígame… Pégame, hazme lo que quieras pero, por favor, no le digas nada al doctor. Ya sabes lo exagerado que es para estas cosas.

-¡Cómo no le voy a decir nada al doctor, cuando esto confirma su diagnóstico! ¡Eres una ninfómana, Cecilia, una adicta al sexo! Me has decepcionado. Pensé que eras una chica lista, que seguirías tu tratamiento para salir de aquí cuanto antes.

-¡No Leona, yo no soy adicta al sexo ni a nada! Hice esto porque decidí hacerlo, porque yo soy dueña de mi cuerpo y ni tú ni nadie tiene derecho a decirme lo que hago con él.

-¿Ah, sí? Pues ahora mismo se lo dices al doctor, a ver lo que opina.

Decirle eso había sido un error. Su única esperanza era convencer a la Leona de que no dijera nada.

-Ya sabes lo que va a decir… ¡Me hará algo horrible, seguro! -dijo juntando las manos en plegaria-. ¡Por favor, Leona, te lo suplico, no le digas nada! Vale, he hecho mal, lo reconozco, pero vamos a arreglar esto entre tú y yo. Déjame que te lo explique… Yo lo único que quiero es salir de aquí y volver a casa con mi marido.

-¿Sí? ¿Tanto quieres a tu marido que le pones los cuernos con el primer enfermero que se te pone a tiro?

-Yo no le pongo los cuernos a Julio. Cuando lo vea se lo diré, y él comprenderá perfectamente por qué lo hice. Si quieres te doy su número de teléfono y tú misma se lo dices.

-¿Sí? Pues yo estoy empezando a pensar que ese marido tuyo no es más que otra de tus fantasías. He visto tu ficha y dice claramente que eres soltera. ¡Venga, ya estoy harta de oír tonterías! Súbete la ropa, que vamos a ver al doctor inmediatamente. Él decidirá qué se tiene que hacer contigo.

-¡No, Leona, por favor, te lo suplico!

Intentó zafarse de ella, pero la Leona la tenía bien agarrada. Le dio otro azote y, cuando vio que eso no la detenía, un violento bofetón.

No había nada que hacer. Cecilia se vistió y acompañó a la Leona mansamente al despacho del doctor Jarama.


sábado, 24 de agosto de 2019

Para volverte loca 47 - Un juego arriesgado en el sótano

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Javier la cogió en vilo para sacarla de la cama. Cecilia no opuso resistencia. Lo siguió pasillo abajo hasta las escaleras. Bajaron a la planta baja, cruzando el comedor y entraron en la cocina. Javier abrió una puerta lateral, descubriendo unas escaleras de hormigón con barandilla metálica que bajaban a un sótano. Pulsó un interruptor y se encendieron varias bombillas que colgaban desnudas del techo. Estaban en un recinto grande con gruesas columnas rectangulares de hormigón, donde se almacenaban muebles desvencijados y equipo electrónico del hospital en desuso.

-¿Ves? Aquí nos lo vamos a pasar los dos mucho mejor que tú sola en tu cama.

-Si tú lo dices…

-¡Venga! ¡Quiero echarle una buena mirada a ese culo!

Sin ningún tipo de miramientos, Javier le desabrochó los pantalones y las gruesas bragas de castidad y se lo bajó todo hasta los pies. Le dio la vuelta y se puso a manosearle el culo. La violencia y el peligro de la situación la excitaron enseguida. Pero no podía permitirse bajar la guardia. Se dio la vuelta justo a tiempo de ver cómo Javier se bajaba la delantera del pantalón para sacar su verga erecta.

-¡No pensarás follarme!

-¿Y por qué no? ¡Vamos a tener la fiesta completa!

-¿Tienes un condón?

-¿Un condón? -repitió él, sorprendido.

-¡Claro! ¿Qué te crees, que el doctor me deja tomar la píldora? Seguro que hoy estoy ovulando… ¿Por qué te crees que ando tan salida?

-¡No, si ya te veo! -dijo él agarrándola por la muñeca-. Pero no te preocupes, que soy perfectamente capaz de dejarte satisfecha.

Cecilia retrocedió un paso.

-¡No puede ser, Javier! ¿Qué te crees, que si me dejas preñada no van a saber quién ha sido? 

Eso lo detuvo.

-¡Venga, te hago una mamada! Ya verás lo bien que se me dan. Y mañana te traes unos condones y follamos como dios manda.

El ojo único de Javier la miraba desorbitado. Se había puesto a cien. No iba a querer esperar más, eso estaba claro. O aceptaba su oferta o la violaría de inmediato. El corazón le latía con fuerza. La posibilidad de que la dejara embarazada era muy real. No, no podía dejar que la follara, tendría que resistirse. Sacó los pies de los pantalones y las bragas para tener más movilidad y se preparó para hacer una de las llaves de kung-fu que le había enseñado el Chino.

-Bueno, vale… Pero quítate lo de arriba. Quiero tocarte las tetas mientras me la chupas.

Cecilia se liberó de su mano y se despojó rápidamente de la chaqueta del pijama y del sujetador. Luego, antes de que se le ocurriera arrepentirse, se arrodilló delante de él y se metió su polla en la boca.

Se propuso hacerlo gozar todo lo posible, para que necesitara repetir. Así que se empleó a fondo, con completa concentración, succionando, apretando los labios en torno al rígido tallo, acariciando con la punta de la lengua en frenillo y el glande. Javier le colocó las manos en las tetas y se las estrujó.

¿Conque las tengo pequeñas, eh? ¡Pues ahora bien que disfrutas de ellas!

Estaba super excitada, había pasado por un largo periodo de abstinencia sexual. Tenía la necesidad imperiosa de masturbarse mientras lo chupaba. Pero no podía permitirse el lujo de perseguir su propio placer.

Javier le soltó las tetas y hundió los dedos en su pelo, acariciándoselo, revolviéndoselo, luego agarrándoselo con las dos manos para inmovilizar su cabeza mientras que él se ponía a follar su boca con enérgicos empujones de sus caderas. Era un tratamiento indigno, que provocaba ruidos obscenos, atragantándola en las acometidas y haciéndola babear en las retiradas, pero ya se lo habían hecho muchas veces. De hecho, la excitaba sentirse usada y humillada. Abandonó todo intento de controlar la situación, de darle placer, dejando que él lo tomara de ella como más le apetecía. Sólo al final, cuando él le hundió la verga hasta la garganta y se tensó al borde del clímax, volvió a chuparlo y a acariciarlo con la lengua. Enseguida sintió pulsar su eyaculación dentro de su boca. Se tragó el semen como una buena chica, concentrándose en evitar que le dieran arcadas para que él pudiera disfrutar hasta el final.

Esperó a que fuera él quien le sacara la polla de la boca. Desde su postura arrodillada, miró hacia arriba.

-¿Qué, te ha gustado mi mamada?

-No ha estado mal… Ya veo que eres una auténtica guarra. Te encanta chupar pollas, ¿A que sí?

Julio a veces le decía lo mismo y le encantaba, pero el tono de desprecio con que lo dijo Javier la molestó.

-Lo hice por ti… Yo lo único que quería era masturbarme en la cama.

-Sí… ¡seguro!

Javier recorrió su cuerpo desnudo con una mirada de frío desinterés.

 -¡Vamos, vístete! Tengo que volver a mi puesto, no sea que pase algo.

Cecilia recogió su ropa del suelo y se la puso, conteniendo su indignación. Irene tenía razón: Javier no era más que un egoísta depreciable. Pero ella tenía que seguir adelante con su plan. Por suerte, cuando trabajaba como prostituta había aprendido a tratar con tipos así: era cuestión de no dejarse arrastrar por su mal rollo. Consiguió decirle con entusiasmo:

-Pues ya verás, follar conmigo es todavía mejor… Tráete los condones mañana y te lo demuestro.

-Mañana no trabajo. Salgo de guardia dentro de unas horas.

-Pues pasado mañana, entonces.

-¡Menuda zorra estás hecha! Te mueres de ganas de que te la meta, ¿a que sí? -dijo disponiéndose a subir por las escaleras.

Lo cogió de la mano para retenerlo.

-¡Y tú de metérmela, no me lo niegues! Y no tiene por qué ser sólo una vez, podemos hacerlo siempre que te toque guardia.  Pero te lo tienes que montar bien conmigo. Vamos a ser buenos amigos, ¿vale?

Javier se volvió a mirarla.

-¿Pero tú de qué vas, tía? Seguro que quieres algo a cambio… ¡No, si sois todas iguales!

Las cosas no estaban saliendo como había planeado. A estas alturas, Javier debería estar supercontento y deseando volver a tirársela a cualquier precio. En vez de eso, parecía que era él quien le había hecho un favor a ella. No era la situación ideal para empezar a poner condiciones. Sin embargo, si no lo hacía ahora perdería la oportunidad.

-Lo único que te pido es que le mandes una carta a mi marido. No sabe dónde estoy y estará muy preocupado.

-¿Y si no lo hago?

Cecilia lo miró a los ojos. Se acabaron las pretensiones.

-Un amigo de verdad nunca me negaría ese pequeño favor. ¿Quieres que seamos amigos, o no?

Javier la miró en silencio unos instantes.

-Escribe la carta. Pasado mañana me la das. Traeré los condones.

Sin decirle nada más, la llevó de vuelta al dormitorio. Para su gran chasco, Javier la volvió a atar a la cama.

-¡Eh! ¡Que yo no me he corrido! Por lo menos déjame una mano suelta, ¿no? -protestó.

-No. Así llegarás con más ganas a pasado mañana.

domingo, 15 de julio de 2018

Boicotea Bibliotheca, OverDrive, Playster y Scribb

Si estamos a favor de una cultura sexo-positiva, debemos luchar contra la censura sobre novelas eróticas que quieren imponer determinadas editoriales de libros electrónicos. Cuando intenté publicar mi novelas eróticas en D2D, me encontré que estas cuatro compañías automáticamente bloquean la publicación de cualquier libro erótico. Quizás cuando se den cuenta de que con esta actitud pierden ventas de todo el público con actitudes positivas hacia el sexo y el erotismo, cambien su actitud. Por eso os pido que no compréis nada de estas cuatro compañías. Por suerte, hay muchos más distribuidores de libros electrónicos. Algunos, como Smashwords, han servido como nicho protector de la literatura erótica, publicando cosas que Amazon Kindle censura. Esto no es algo que debemos tomarnos a la ligera, pues existen enormes presiones para censurar la literatura erótica.

Así que, recuerda, no compres libros a:

  • Bibliotheca.
  • OverDrive.
  • Playster.
  • Scribb.
¡Muchas gracias!

Hermes

domingo, 4 de diciembre de 2016

El hombre más deseado (de acuerdo con la novela romántica)

Las novelas románticas son escritas en su inmensa mayoría por mujeres y son leídas por mujeres. Representan uno de los géneros más leídos y más vendidos, sobre todo como libros electrónicos. El libro A Billion Wicked Thoughts propone que analizar los contenidos de las novelas románticas nos puede ofrecer una buena perspectiva sobre el deseo sexual femenino. De hecho, el contenido de las novelas románticas es muy similar y siempre se usan los mismos estereotipos.

Entonces, ¿cómo sería el hombre más deseado por las mujeres, según nos lo presenta la novela romántica?
  • Es un macho alfa: poderoso, adinerado, respetado, inteligente, competente y dominante. Los otros hombres lo consideran un líder y las mujeres quieren cazarlo. 
  • Es agresivo. Se enfrenta al reto de otros hombres y les gana la partida. No tolera que se le desafíe o se le falte al respeto. No se deja manipular por las mujeres. 
  • Es bueno, con un sentido de lo que es ético y la fortaleza suficiente para luchar por ello. Pero siempre a su manera. 
  • Tiene un fuerte deseo sexual. Sabe lo que quiere en el terreno sexual y sabe como conseguirlo. Tiene mucha experiencia y es capaz de hacer gozar a la mujer, pero no pone cortapisas a la búsqueda de su propio placer. Espera que la mujer se someta a él sexualmente. 
  • Su deseo por la heroína de la novela es intenso, casi obsesivo. Una vez que se ha fijado en ella, para él ya no existen las otras mujeres. Ella se convierte en algo especial, en su objeto de veneración. 
  • Es sexualmente promiscuo, pero en le fondo eso no lo satisface. Su amor por la protagonista lo vuelve monógamo. 
  • Tiene una herida oculta, algo que lo hace sufrir profundamente y que sólo la mujer a la que ama puede curar. Ella es su salvación. 
  • Esa curación le produce una transformación en la que revela que bajo toda ese poder y agresividad tiene un corazón muy tierno, que es capaz de abrir completamente a la heroína.  
La trama de la novela romántica es entonces muy simple: la protagonista es rescatada por su héroe quien en el proceso se enamora de ella. Superadas las dificultades iniciales causadas por su excesiva agresividad, la protagonista acaba por encontrar la herida oculta de su amado y le muestra que puede curarlo. Eternamente agradecido, nuestro héroe promete amarla hasta el fin de los tiempos... Y vivieron felices y comieron perdices. 

Por supuesto, muchas de estas cosas chocan con los ideales feministas. Cabe preguntarse entonces si este ideal de hombre viene determinado por la cultura o si tiene algo de innato. La segunda posibilidad viene apoyada por el hecho de que este ideal aparece en muchas culturas, desde la antigüedad hasta nuestros días. Claro que casi todas las culturas han sido patriarcales, así que puede ser que este ideal de las mujeres esté condicionado por ese tipo de sociedad. Lo que está claro es que varias de estas características no son beneficiosas para las mujeres, que al buscar este tipo de ideal acaban eligiendo hombres demasiado egoístas, narcisistas y agresivos. Por lo tanto, haría falta escribir otro tipo de novela romántica que presente un ideal distinto de hombre y de las relaciones de pareja. El problema es que este tipo de novela se vende menos porque no se ajusta a las expectativas de las mujeres. No las pone. Habrá que seguir intentándolo. 


martes, 18 de octubre de 2016

Mi nueva novela "Para volverte loca"

En cada una de mis novelas he querido ir tocando aspectos distintos del amor y del sexo. En la primera abordaba sobre todo el tema del sadomasoquismo, la segunda tocaba los temas de la prostitución y la violencia machista, la tercera la dominación-sumisión y la bisexualidad, y la cuarta el poliamor y las relaciones sexuales entre varias personas. Aunque, claro, el BDSM sigue estando presente en todas ellas.

En "Para volverte loca" quiero tocar un tema poco conocido: la llamada "terapia de conversión" con la que algunas organizaciones religiosas han querido "curar" a los homosexuales. Es un tema fascinante que desarrollo en el ámbito de un hospital psiquiátrico muy peculiar, algo parecido al de la novela "Alguien voló sobre el nido del cuco". En ese hospital, Cecilia Madrigal, mi protagonista, se verá sometida a tratamientos degradantes al tiempo que va conociendo a personajes muy particulares.

Otra de las tramas de esta novela vuelve a tocar el tema de la prostitución, ésta vez desde el punto de vista de la vulnerabilidad de las prostitutas a ser explotadas por las mafias, y de cómo pueden organizarse para luchar por sus derechos.

Será el quinto libro de la saga que he titulado "La revolución erótica de Cecilia Madrigal". En él volverán a aparecer los personajes que han ido desfilando por las novelas anteriores: Julio, Laura, Malena, Lorenzo, El Chino, Johnny y, por supuesto, Cecilia... Sin olvidar a los "malos": Luis, don Francisco, Benito y Ángelo. Martina y Beatriz, dos personajes entrañables que aparecen por primera vez en "Escenas de poliamor", también volverán en esta novela. Y luego habrá mucho personajes nuevos.

¿Os apetece leerla? Pues pronto podréis hacerlo, pues he decidido ir colgándola en este blog conforme la voy escribiendo. Por ahora, tengo ya escritas 200 páginas para darme algo de margen. La historia tiene mucha acción desde el principio, espero que os enganche. 

sábado, 16 de abril de 2016

Un problemilla en Magaluf (3)

De repente, una furia feroz le salió de dentro. No había derecho a que fuera a gozar de ella después de todo el daño que le había hecho. Ella, que le había ganado la partida a Luis con su cuadrilla de fachas, no iba a dejar que ese mequetrefe se saliera con la suya. Sabía que tenía el tiempo a su favor. Si conseguía resistir unos minutos más, lo tendría en su poder. ¡Y entonces se iba a enterar de lo que era bueno!

Se volvió súbitamente en la cama, encogió las piernas y lo golpeó en el vientre con los pies juntos, como le había hecho a Luis aquella noche funesta. Jack se dobló en dos y cayó de culo sobre el suelo. Ella se puso en pie de un salto y abrazó a Art por la espalda, interponiéndolo entre ella y Jack.

-¡Maldita puta! -masculló Jack entre dientes mientras se levantaba trabajosamente del suelo-. ¡Te vas a arrepentir de eso!

Jack se les acercó, intentando rodear a Art para pegarle, pero Cecilia lo hizo girar para mantenerlo entre ella y Jack. Art era como un pelele inerte en sus brazos.

-Art, you dumb ass! Get out of the way! -le ordenó Jack.

Art se debatió débilmente entre sus brazos, pero Cecilia se pegó aún más a él. Abrazándose a su cintura, le bajó la cremallera de los shorts, introdujo su mano en la bragueta y empezó a masturbarlo. Art se abandonó completamente a ella.

Jack la agarró del brazo con el que masturbaba a Art. Ella le pegó una patada, haciéndolo retroceder.

Respiraba entrecortadamente. Jack era más fuerte que ella. Si la atacaba con decisión no iba a poder resistir mucho tiempo. ¡Y sabe dios lo que le haría cuando la atrapara! ¿Es que esa dichosa droga nunca iba a hacerle efecto?

Jack le sonreía cruelmente. Se agachó, recogió sus pantalones del suelo y extrajo el cinturón de las hebillas. Intentó pensar en algo para entretenerlo.

-Mira en el bolsillo Jack. ¿Dónde están tus pastillas?

-No necesito pastillas. Quiero que sientas bien lo que te voy a hacer.

Saltó hacia ella, haciendo girar el cinturón alrededor de Art. El trallazo la alcanzó en mitad de la espalda, arrancándole un grito de alarma. Jack sonrió con satisfacción, preparándose para pegarle otra vez. Cecilia retrocedió hasta que su espalda chocó contra la cortina de la ventana.

-¡Encontré tus pastillas, Jack! Las tiré al váter… Todas menos una, que puse en el vaso del que bebiste en el cuarto de baño.

-¡Mentira! -gritó Jack, y la volvió a golpear con el cinturón. Esta vez la alcanzó en el muslo, levantándole un vivo escozor.

-¡No, no es mentira, Jack! Pronto empezarás a sentir los efectos.

Pero su propia voz sonaba insegura. Algo no funcionaba. ¿Y si la pastilla no se había disuelto en el agua? ¿Y si esas pastillas eran de otra cosa?

Retrocedió pegada a la ventana hasta quedar metida en la esquina, con el cuerpo de Art entre ella y el temible cinturón de Jack.

Jack quiso volver a pegarle con el cinturón, pero esta vez su brazo se movió con torpeza y el cinturón sesgó en aire a varios centímetros de la pierna de Art. Jack se quedó mirando su mano con la expresión de incredulidad de un borracho que no acierta a entender su incapacidad.

-¿Ves? Ya te empieza a hacer efecto la droga, Jack -dijo con triunfo.

Jack intentó una vez más golpear con el cinturón, pero apenas consiguió blandirlo un poco frente a él. Una expresión de terror se apoderó de su rostro al darse cuenta de lo que le estaba pasando.

-Enseguida voy a ser yo quien te pegue con tu propio cinturón. ¡Te arrepentirás de haber intentado violarme!

-¡No intenté violarte! Sólo… divertirnos… un poco…

El cinturón se deslizó entre sus dedos y cayó al suelo.

-¡Por supuesto que querías violarme! Primero intentaste drogarme. Y cuando eso no funcionó me pegaste e intentaste violarme a la fuerza.

Jack levantó las manos con las palmas hacia ella.

-All right! All right! -dijo arrastrando las palabras-. Lo siento, me pasé un poco… Me puse enfadado por lo que le haces al pobre Art.

-Yo no le hago nada malo a Art… Sólo divertirnos un poco… ¡Mira!

Extrajo la polla de Art de sus pantaloncitos, acariciándole el frenillo con el pulgar.

Jack tenía la mirada fija en ellos, la cara inexpresiva. Se tambaleaba ligeramente.

-¿Y tú, qué, Jack? ¿Tú no quieres “divertirnos un poco”?

Cecilia avanzó cautelosamente hacia él, manteniendo a Art delante de ella como escudo. Cuando llegó frente a Jack soltó a Art, quien cayó lentamente de rodillas al suelo.

Jack parecía estar paralizado. Abría y cerraba las manos. Los ojos la enfocaban y luego se perdían en el vacío. Debía estar luchando a brazo partido contra los efectos de la droga, que poco a poco se iba apoderando de su consciencia.

Se plantó delante de él, muy cerca y le agarró la polla, que se endureció en sus manos. Empezó a masturbarlo. Jack soltó un quejido, no sabía si de placer o de impotencia.

-¿Ves, Jack? Así podemos divertirnos un poco, como tú decías. ¿Te gusta? ¡Pues ya verás, esto te va a gustar aún más!

Se arrodilló delante de él, junto a Art, y acercó la polla a su boca. Jack dio un gemido de terror.

-¿Qué pasa? ¿Todavía tienes miedo de que te la muerda? Bueno, pues ya que no te fías de mí tendré que dejar que lo haga tu amigo. ¡Come on, Art, suck his cock…!

Empujó la cara de Art hacia la verga de Jack, le hizo abrir la boca y se le metió dentro. Para su satisfacción, Art empezó a chuparla con fruición. Se ve que no era la primera vez.

Jack miraba hacia abajo, los ojos clavados en la nuca de Art. Extendió las manos hacia su cabeza, como si quisiera apartarlo, pero no pudo hacerlo. Su mano derecha acabó sobre el pelo rubio de Art en un especie de lánguida caricia. Jack cerró los ojos.

Cecilia recogió el cinturón del suelo, se puso en pie y se plantó otra vez delante de Jack. Le sacudió un bofetón para hacerle abrir los ojos. Estiró el cinturón entre sus manos enfrente de él, sonriéndole maliciosamente.

-¿Qué, Jack, tú crees que la droga te impedirá sentir cómo te zurro con el cinturón? Supongo que nunca lo sabremos, porque mañana te habrás olvidado de todo. De todas formas, ya me ocuparé yo de que no puedas sentarte a gusto por un par de días.

Vio una última mirada de terror en los ojos de Jack antes de que se cerraran. Se tambaleó y se habría caído al suelo si ella no lo hubiera sujetado. Lo dejó tendido en el suelo y se las arregló para que Art volviera a chupársela.

Se sentía exultante. Contra todo pronóstico, le había ganado la partida. Había valido la pena todo el miedo que había pasado.

Se sentó en el sillón, masturbándose mientras los contemplaba. Jack parecía relajado, estremeciéndose de vez en cuando. Art tenía los ojos cerrados, cumpliendo su misión con la ayuda de una mano. Por fin vio a Jack sacudirse mientras eyaculaba en la boca de su amigo.

-¿Qué? No ha estado mal, ¿verdad? Bueno, ha llegado el momento de que saldemos esas cuentas que tenemos pendientes.

Apartó a Art y, cogiendo a Jack por los pies, lo hizo rodar hasta dejarlo tumbado sobre el vientre. Luego hizo que Art se sentara sobre su espalda, por si la droga no era lo bastante fuerte para inmovilizarlo.

De pie a su lado, empuñó el cinturón.

Jack gimió y se sacudió con cada trallazo que le dio en el culo. Intentó levantarse después del tercero, que debió ser particularmente doloroso, pero no pudo vencer el peso de Art en su espalda. Curiosamente, no sentía rabia al pegarle, a pesar del daño que le había hecho hacía un momento. En vez de eso se sentía exultante de poder y presa de un sadismo calculado y metódico. No era la primera vez que le pegaba a alguien con un cinturón y sabía bien como hacerlo. También sabía por experiencia propia lo que se sentía y el imaginárselo le producía una excitación profundamente sexual.

Jack se debatía y gemía bajo los golpes. Ciertamente, la droga no le impedía sufrir el castigo, pero sí que anulaba su voluntad y lo debilitaba lo suficiente para no dejarlo escapar de debajo de Art.


Estuvo trabajándole el trasero un buen rato hasta que lo dejó completamente cubierto de bandas color carmín y morado. Luego le atizó en los muslos, pensando en dejarle unas buenas marcas que tendría que lucir en público si se ponía en bañador.

Art parecía estar vagamente consciente de lo que estaba pasando, pero él tampoco parecía tener la presencia de ánimo para hacer nada. Hacia el final empezó a revolverse incómodo. Levantó la cara para mirarla, los ojos muy abiertos.

-¡Please, stop! -gimoteó-. ¡Please! ¡Please!

Cecilia dejó caer el cinturón y se sentó en el sillón a recuperar el aliento.

-¡Come here! -le ordenó a Art.

Art se levantó del cuerpo tembloroso de Jack y se le acercó en dos pasos vacilantes. Parecía que se le iban pasando los efectos de la droga. Se arrepintió de haber tirado el resto de las pastillas al váter. Pero la verdad es que tampoco podía haberse arriesgado a que Jack le hiciera tragarse una.

Cogió a Art de la mano y lo hizo sentarse en su regazo.

-I had to punish Jack because he was a bad, bad boy -le explicó como si hablara con un niño-. He hit me and tried to rape me. You were also a bad boy.

-No… I was good! I didn’t try… to rape you.

-Yes, you did! You knew that there was a drug in my drink… Didn’t you?

-I… I didn’t want to… -Se interrumpió, mirándola con ojos asustados.

Sonaba mucho más coherente ahora. Decididamente, se le estaba pasando el efecto de la droga. Tenía que hacer algo enseguida.

Lo hizo levantarse de su regazo y se puso a buscar por la habitación algo con que atarlo. Había unas cuerdas de nylon para abrir y cerrar las cortinas. Fue al cuarto de baño y rompió el vaso del que había bebido Jack. Luego, subiéndose al sillón, usó el borde afilado del cristal para cortar la cuerda de la cortina. Obtuvo dos segmentos de longitud adecuada para su propósitos

Se acercó a Art con una de las cuerdas. Estaba en pie, los brazos colgándole a los lados del cuerpo, mirándola con temor.

-Please, don’t hit me with the belt -le suplicó.

-Be a good boy and do what I tell you, and I won’t hit you with the belt.

-You promise?

-Yes, I promise… Take off your shirt.

Obediente, Art se quitó la camiseta. Ella procedió a atarle la muñecas tras la espalda. Art parecía estar todavía lo suficientemente drogado para dejarse hacer, mirándola con esa expresión mezcla de incredulidad y concentración que le daba la droga.

Cecilia se sentó sobre la espalda de Jack y usó otro segmento de cuerda para atarle a él también las muñecas a la espalda. El efecto de la droga aún le duraría un tiempo, pero mejor tenerlo atado por si acaso. No quería ser interrumpida en lo que iba a hacer.

Volvió junto a Art, le desabrochó los shorts y los dejó deslizarse piernas abajo hasta el suelo. Como había podido apreciar antes, no llevaba calzoncillos.

-I promised not to hit you with the belt, but you have been a bad boy, so I’m going to give you a good spanking.

-No, please! -protestó él débilmente.

-Será divertido, ya verás…

Su polla estaba medio empalmada y se endureció rápidamente cuando se la acarició. Tirando de ella, lo condujo al sillón y lo atravesó sobre su regazo. Él se dejó hacer, dócilmente.

El culo de Art era tan bonito como se lo había imaginado: redondito y apretado, muy pálido, cubierto de una fina pelusa rubia. Estuvo acariciándoselo y estrujándoselo un buen rato, disfrutando a tope de él. Luego le volvió a explicar en inglés que había sido un chico muy, muy malo, y empezó la azotaina. Más que para castigarlo, lo hacía para su propio placer. Disfrutó apreciando como la piel blanca de las nalgas iba a adquiriendo un bonito tono sonrosado, cada vez más oscuro. De cuando en cuando se detenía a sobárselas otra vez, saboreando el calorcito que emitían. Art gemía y pataleaba pero no intentó escapar del castigo, no sabía si por la docilidad que le daba la droga o porque, como le pasaba a ella, en el fondo disfrutaba de una buena azotaina. Notaba su polla bien tiesa restregándose contra sus muslos mientras él se retorcía de dolor en su regazo. Eso la excitó aún más, llevándola a pegarle cada vez más fuerte. Levantando bien la mano en el aire, hizo llover sobre ese culito tan mono azotes propinados con toda la fuerza que pudo sacar de sus brazos, hasta que su propia mano empezó a arderle.

Cuando finalmente lo hizo incorporarse, vio en su mirada de aprensión y respeto que lo tenía en su poder aunque se le pasaran los efectos de la droga.

-Ahora viene lo más divertido -le dijo en español.

-What?

No se molestó en explicárselo. Le sacó los pantaloncitos de los pies y lo llevó a la cama, donde lo hizo acostarse bocarriba. Le acarició la polla hasta que adquirió toda la dureza de la que era capaz. Era una verga muy bonita: larga, derecha y delgada. Sería un pecado desperdiciar una verga así.

Entre su ropa esparcida por el suelo encontró su cartera, de la que sacó un condón. Se lo puso cuidadosamente, ayudándose con la boca. Luego se colocó a caballo sobre él y se penetró con avidez con esa polla que tanto codiciaba.

A Art se le puso una sonrisa tontorrona en la boca. Le pegó un bofetón.

-¡No te equivoques, chaval! Aquí al que están follando es a ti.

Art la miró con incomprensión. Le retorció los pezones hasta que lo sintió tensarse de dolor bajo ella. En cuanto lo soltó, la sonrisa idiota volvió a los labios del chico. Se encogió de hombros y empezó a cabalgarlo lentamente, ajustando el ángulo de la penetración para maximizar su propio placer.

Él seguía con la docilidad que le daba la droga, pero no por eso dejaba de disfrutar de la follada. Varias veces arqueó las caderas, intentado imponerle su propio ritmo, y ella tuvo que volver a abofetearlo para impedírselo. Cuando vio que él estaba a punto de correrse, dejó caer todo su peso sobre su pubis para penetrarse hasta el fondo y relajó su vagina en torno a su polla de una forma especial que había aprendido a hacer cuando trabajaba de puta, negándole así la presión que necesitaba para llevarlo a la eyaculación. Art gimió de frustración.

Se quedó contemplándolo, presa de una súbita indecisión. Estaba buenísimo, desde luego, y su cuerpo le pedía a gritos volver a cabalgarlo a todo trapo hasta llegar al orgasmo. Pero Art la miraba ahora con esa sonrisa prepotente que le decía que sabía que ella no se iba poder resistir. En cuanto volviera a moverse, él se correría, y así se habría salido con la suya. No se lo merecía. Art había sabido desde el principio que Jack la iba a drogar y había cooperado completamente con él para hacerlo. Si lo hubieran logrado, sabe dios lo que le habrían hecho… La habrían enculado, seguro, estaba claro que eso es lo que pretendía hacer Jack. A saber a cuántas mujeres habían violado entre los dos.

No, no se merecía disfrutar de ella. Se le ocurrió un plan perverso que la excitó más aún que seguir follándolo. Se levantó bruscamente de él, abandonando su polla insatisfecha.

-What are you doing? -gimió Art-. Please come back!

Cecilia lo ignoró y fue a buscar a Jack, quien parecía medio dormido. Lo hizo levantarse del suelo, lo empujó dando traspiés hasta la cama y lo hizo acostarse al lado de Art.

Cuando le explicó a Art lo que quería que hiciera, él volvió a gemir y suplicar, rodando en la cama para alejarse lo más posible de Jack. Era lo que se esperaba. Recogió el cinturón de Jack del suelo y le dio un buen trallazo a Art en la delantera de los muslos. Él rodó en la cama para protegerse, lo que ella aprovechó para encajarle otro magnífico azote en el trasero. Con eso Art se mostró mucho más dispuesto a cooperar.

Fue al cuarto de baño y se enjabonó bien las manos. Volviendo a la cama, le quitó el condón a Art y usó la espuma de jabón en sus manos para lubricarle bien la polla y el culo de Jack. Hizo rodar a Art hacia la espalda de Jack y lo ayudó a penetrarlo.

¡Qué, Jack! ¡Me querías dar por culo y al final has sido tú quien ha salido enculado! Qué ironías tiene la vida, ¿verdad?

Bastó volver a enseñarle el cinturón a Art para hacerlo comprender que ella no se conformaría si no cumplía su cometido con el brío necesario. Luego él pareció encontrarle el gusto a la cosa y se puso a bombear el culo de Jack con fruición. Éste parecía vagamente consciente de lo que le estaba pasando. Gemía un poco con cada acometida, pero no hizo ningún esfuerzo para escapar. Algo debía de gustarle, a juzgar por la erección morcillona que había adquirido su polla.

Verlos follar la puso tope de cachonda. Se arrodilló a horcajadas sobre sus cabezas para verlos bien, masturbándose con gusto mientras los contemplaba. El trasero de Jack estaba cubierto de las bandas escarlata que le había dejado con el cinturón, mientras que el de Art tenía todavía el bonito color sonrosado de la azotaina, surcado por la banda rojo oscuro del último trallazo con el cinturón. Eran dos chicos malos cumpliendo el castigo que se merecían. Esa idea terminó de llevarla al clímax. Tuvo un par de orgasmos más antes de que Art lograra descargar su semen dentro de su amigo.

Art se puso a lloriquear y a quejarse en cuanto se le pasó la erección. Inesperadamente, eso le provocó remordimientos.

¿No me habré pasado un poco con ellos? A los tíos este tipo de cosas que les hacen dudar de su masculinidad les pueden resultar muy traumáticas. Quizás debería haber terminado de follar con Art y dejar allí la cosa.

¡No, qué va, se lo tienen bien merecido! A lo mejor sentirse un poco menos macho les quitan las ganas de violar a las tías…

Pero lo que yo he hecho es violarlos a ellos, ¿o no?

Le entró el ansia de irse de ahí cuanto antes.

Se vistió rápidamente. Jack se había quedado dormido. Art la seguía con los ojos, con mirada resentida.

Le desató las muñecas a Jack, haciendo caso omiso de las exigencias de Art de que lo desatara a él también. Si lo hacía era capaz de darle una paliza para vengarse. No, ya lo desataría Jack cuando se despertara.

Salió precipitadamente de la habitación.

En la calle el cielo empezaba a iluminarse sobre los montes con el inminente amanecer. Preguntando, le dijeron que el mejor sitio para encontrar un taxi era frente al hotel Magaluf Playa. Efectivamente, allí encontró varios taxis haciendo cola para llevar a los turistas con vuelos tempranos al aeropuerto.

En diez minutos estaba de vuelta en el chalet de los Santillana. Se metió en la cama diminuta de su cuarto diminuto y se quedó dormida instantáneamente.

domingo, 10 de abril de 2016

Un problemilla en Magaluf (1)

Cap de la Mola, Port Andraxt, Mallorca
(Fragmento de mi nueva novela Escenas de poliamor)

Casi sin pensarlo Cecilia subió por la rampa que rodeaba el chalet y salió a la calle. Tiró en la dirección de la punta del elevado promontorio en el que se encontraba el chalet, el Cap de la Mola. Era un buen paseo, ya que primero tenía que seguir la calle en la que estaban en dirección a Port Andraxt para luego tirar en dirección opuesta por otra calle que bordeaba el acantilado. En algunas de las casas todavía había gente afuera, charlando en el jardín.

Al final de la calle había una rotonda y un pequeño descampado que llegaba hasta el borde del acantilado, que caía a pico casi un centenar de metros hasta el mar. La luna, ya pasado el cuarto creciente, le daba a todo un color azulado y se reflejaba en el mar. La vista era espectacular: una serie de promontorios y entrantes que se extendía hacia la isla Dragonera al norte y desaparecían en dirección a la Bahía de Palma al sureste. La serenidad de la noche y la placidez del mar le devolvieron la calma.

-¡Hola! -dijo una voz con acento extranjero a su espalda.

Volviéndose, vio el punto rojo de un cigarrillo cerca del suelo, junto a unos matorrales. Molesta de que le estropearan su momento de tranquilidad, se dio la vuelta para irse a casa. El punto rojo le salió al encuentro.

A la luz de la luna pudo distinguir un hombre aproximadamente de su edad, con el pelo en melena hasta la base del cuello, pómulos altos y nariz fina y rectilínea. Su actitud y su sonrisa eran amistosas.

-¿Quieres porro? -dijo ofreciéndole el canuto que llevaba en la mano. Cecilia pudo oler la mariguana.

-No gracias -le dijo, devolviéndole la sonrisa.

Otro chico venía detrás del primero. Parecía mucho más joven, tenía el pelo corto y muy rubio, y rostro angelical.

-Mi nombre es Jack -dijo el primero con un fuerte acento inglés. Le colocó la mano en el hombro a su amigo-. Éste es Arthur… Art para los amigos. ¿Cuál es tu nombre?

-Cecilia -dijo ofreciéndole la mano, primero a Jack y luego a Art.

-Wow! She’s really sexy! -dijo Art, quien sonaba bastante colocado.

-Shut up, Art! You’re going to spook her.

Les iba a hablar en inglés, pero cuando vio que los dos asumían que no sabía inglés decidió no hacerlo. Sería divertido oír lo que decían de ella. De todas formas, le hubiera gustado devolverle el cumplido a Art. Él también era sexy. Vestía una camiseta oscura sin mangas y shorts de un color claro. Sus brazos y sus piernas estaban recubiertos de fino vello rubio que invitaba a acariciárselos.

-¿Dónde vives? -le preguntó Jack. Estaba claro que Art no sabía una palabra de español.

-Estoy aquí en Port Andraxt, con unos amigos -dijo señalando vagamente en la dirección del chalet de los Santillana.

-Nosotros somos en Magaluf… En un hotel. Venimos de Liverpool, como The Beatles… “She loves you, yeah, yeah, yeah!” -cantó bastante bien.

Cecilia se rio. La verdad es que eran muy graciosos.

-¿Quieres? -Jack le volvió a ofrecer el porro.

Por no hacerles el feo, se lo cogió y le dio una calada. El humo le quemó la garganta. Tosió y le pasó el porro a Art, quien tomó un profunda calada, retuvo el humo en los pulmones y lo expelió despacio por la nariz, todo eso con la vista clavada en ella. Estaba claro lo que quería. A ella también le apetecía, la verdad. Entre los preparativos, el viaje y los problemas de alojamiento en casa de los Santillana, llevaba ya cuatro días sin follar. Incluso apenas le había dado tiempo a masturbarse. Ahora que lo pensaba, eso explicaba su malhumor durante la cena.

Jack le escudriñaba la cara, quizás intentando adivinar sus intenciones. Volvió a abrazar a Art por los hombros y le dio un estrujón cariñoso. Art se dejó hacer, ladeando la cabeza y sonriéndole a ella. Ese aire pasivo la excitó.

Jack cogió lo que quedaba del porro de entre los dedos de Art y le dijo

-Vamos a Magaluf ahora… A la discoteca, a bailar… ¿Te gusta bailar? -Y se puso a bailar un poco.

-Sí… sí que me gusta bailar. Así que vais a una discoteca que hay en Magaluf…

-Sí… ¿Vienes?

Laura les había dicho algo de Magaluf. Era un sitio turístico a unos quince minutos de allí. No estaría mal ir un rato a menear el esqueleto. Siempre se podía volver en un taxi… El único problema era que no se había traído dinero.

-Vale, pero tengo que parar en casa a coger dinero.

-¡Ah, OK! No problema. Te llevamos allí. Tú me dices…

Los ingleses habían venido en un Ford Fiesta de alquiler que tenían aparcado cerca de la rotonda. Art le cedió caballerosamente el asiento de delante. Su miedo de que Jack estuviera demasiado colgado para conducir se le quitó al poco rato. Iba despacio y parecía muy relajado al volante. Enseguida la dejaron frente al chalet de los Santillana.

La casa estaba ya a oscuras. Entró por la puerta de la piscina a su dormitorio. No le gustaba llevar bolso, porque siempre tenía que preocuparse de que se lo fueran a robar, sino que tenía una pequeña cartera que se ataba con un cinturón debajo de la ropa. Era de los más práctico y seguro para salir de juerga. Metió en ella algo de dinero y un par de condones, por lo que pudiera pasar.

En unos minutos estaban en Magaluf. La calle principal se llamaba Punta Balena y estaba llena de bares y restaurantes. Los ingleses aparcaron el coche y la llevaron a la discoteca.

Jack parecía desenvolverse muy bien en ese ambiente. Aunque había mucha gente, se las apañó para hacerse con una mesita de un grupo que se iba. La música estaba demasiado alta para hablar. Jack les indicó por señas que iba a buscar bebidas.

Art le sonreía amistosamente, todavía bastante colocado. Le pasó el dedo sobre el muslo, jugando con su vello rubio. Él le correspondió trazando un recorrido similar sobre su media.

Jack apareció con tres vasos de tubo, dos de color marrón y otro claro. Cuba-libres y gin-tonic, se dijo Cecilia. Ella apenas bebía, pero ayudaba a su amigo el Chino a preparar bebidas en Angelique, la barra americana en la que había trabajado durante un tiempo. El gin-tonic era para Jack y los cubatas para Art y para ella. Dio un pequeño sorbito para quedar bien. No pensaba emborracharse, le gustaba hacer el amor con la cabeza bien despejada.

Art se rio y le dijo algo al oído a Jack, quien asintió con la cabeza. Art le dirigió una mirada entre maliciosa y culpable. Bebió otro sorbito del cubata. Art se volvió a reír.

Mil alarmas se le dispararon en la cabeza. Su trabajo en Angelique le había enseñado que algunos hombres ponían drogas en las bebidas de la chicas para luego aprovecharse de ellas. Las drogas las volvían dóciles y luego les impedían acordarse de nada de lo que había pasado. Cecilia se había tomado la molestia de leer sobre ese tema en revistas científicas que encontró en la biblioteca del Departamento de Bioquímica de la Autónoma. Eso le confirmó que esas drogas existían y tenían efectos muy potentes. ¿Pero por qué le iban a hacer eso a ella, que estaba dispuesta a acostarse con ellos? ¿Se estaba imaginando cosas? ¿Quizás la calada que le había dado al canuto la había vuelto paranoica?

Tenía una cosa clarísima: no pensaba beberse ese cubata. Sería una tontería arriesgarse cuando encima a ella no le gustaban los cubatas. Empezaron a tocar Take a Chance on Me, de ABBA, una canción con marcha que le gustaba mucho.

-¡Vamos a bailar! -dijo poniéndose en pie de un salto. Los ingleses la siguieron a la pista.

Se puso a bailar de manera agresiva, descargando toda la tensión y la frustración de esa tarde. Art bailaba frente a ella, imitándola, pero poco a poco Jack lo desplazó a un lado. Le dio la espalda y sacó el culo mientras bailaba, moviéndolo provocativamente. Jack se le pegó por detrás. Él también quería tirársela, estaba claro. Quizás ese fuese el tema, que ellos no pensaba que fuera a querer complacerlos a los dos. Por eso se había reído Art: porque Jack tenía prioridad y Art quería asegurarse de que también le llegaría su turno. Y creían que la única forma en que ella accedería a follar con ellos dos era drogarla.

¡Eran unos mierdas, unos violadores! Estuvo a punto de salir a coger un taxi para irse a casa. Pero la situación la intrigaba, no quería irse sin saber la verdad. Además, la sonrisa que Art le dedicaba era irresistible.

Eres un chico muy, muy malo, ¿sabes? Te mereces que te de unos buenos azotes en ese culín tan resalado que tienes.

A su lado bailaba un hombre corpulento con una camisa estampada con palmeras, coches clásicos y volcanes en erupción. Su idea del baile era dar saltos descontrolados que lo llevaron varias veces a chocar con ella. Cecilia continuó ahora su danza provocativa con Jack, guiándolo a donde ella quería. Él tenía los ojos clavados en su cuerpo, así que no se dio cuenta hasta que el tipo hortera colisionó con él. Aprovechando la reyerta que se desencadenó, Cecilia desapareció sigilosamente entre la multitud.

Tenía el tiempo justo para ejecutar su plan. Lo primero que hizo fue desabrocharse dos botones de la camisa y abrir el cierre de su sujetador. Siempre había encontrado los sujetadores con cierre por delante de lo más prácticos. Encontró un hueco en la barra y se inclinó mucho hacia adelante. Pasaron sólo unos segundos hasta que el barman se dio cuenta de que le ofrecía una buena vista de su teta. Cecilia le sonrió y le hizo una seña.

-Un cubata… Con poco ron, por favor -le dijo con su más encantadora sonrisa, poniendo dos billetes de cien pesetas sobre la barra.

El barman no tardó en volver con el cubata, para hacerse con el dinero y echarle otro vistazo a su teta.

Cecilia fue a la mesa donde habían dejado las bebidas. Puso el nuevo cubata donde estaba el suyo. Cogió su cubata antiguo, lo vació el suelo hasta dejarlo al mismo nivel que el de Art y lo puso en su lugar. Luego cogió el cubata de Art y lo abandonó casualmente en la barra del bar.

Ahora vamos a ver si me habéis puesto droga en la bebida o no.

Lo pensó un momento… Cogió su nuevo cubata y se lo llevó a la pista de baile.

Por si las moscas. 

Jack le sonrió cuando la vio aparecer con el cubata. Le pegó unos buenos tragos mientras bailaba con él, para que la viera bebérselo.

-¡Qué sed! -le dijo, aunque dudaba que la pudiera oír con la música.

Al cabo de un rato volvieron a la mesa. Art, como un buen chico, apuró su cubata en un par de sorbos. Ella hizo lo propio con el suyo. Jack fue a levantarse para pedir más bebidas, pero ella se le adelantó.

-Ahora me toca a mí -le dijo, levantando la mano para detenerlo.

Volvió a utilizar el truco de la camisa entreabierta para pedir un gin-tonic, un cubata para Art y una Coca-Cola a secas para ella. Los ingleses pensarían que era otro cubata.

De vuelta a la mesa, arrimó su banqueta a la de Art. Sin soltar su bebida, se pegó a él y lo besó en los labios, fingiendo seguir un impulso salvaje. Art le respondió con pasión. Parecía estar completamente normal.

Jack le hizo una seña para que acercara el oído a él.

-Yo también quiero besos -le dijo.

-Jack, no te ofendas, pero a mí el que me gusta es Art -le dijo ella al oído.

Escrudiñó cuidadosamente a Jack para ver su reacción. Si se había picado, lo disimulaba muy bien.

-Entiendo. Art es muy guapo -dijo sonriéndole caballerosamente.

Art tenía la vista perdida en el vacío, los ojos algo vidriosos. ¿Estaba drogado? Si era así, era fundamental que Jack no se diera cuenta. Cecilia volvió a inclinarse sobre Art y lo estuvo besando un buen rato. Art estaba mucho más pasivo que antes, respondiendo a sus besos de forma mecánica. ¿Cómo asegurarse de que estaba drogado?

-Drink -le ordenó al oído.

Art cogió su vaso y bebió.

-Don’t tell Jack that I speak English -le volvió a decir al oído-. Do you understand?

-Yes -dijo Art con voz robótica.

Cecilia le dio otro largo beso. Luego se quedó quieta e hizo lo posible por imitar la mirada vidriosa de Art. Jack la escudriñaba cuidadosamente. Cuando estuvo satisfecho le dijo al oído:

-Vamos.

Se levantó de forma mecánica. Jack le hizo a una seña a Art que los siguiera, pero él no se movió. Jack tuvo que hacerlo levantarse tirándole del brazo. Cecilia fingió que daba un traspié y que se apoyaba en Art para no caerse. Lo cogió por la cintura para obligarlo a andar. Jack les dirigió una breve mirada y se encaminó hacia la salida de la discoteca. Seguramente creía que Art la llevaba a ella, cuando en realidad era lo contrario.

Salieron los tres de la discoteca y caminaron hacia el coche. Jack no puso ninguna objeción cuando se sentó en el asiento de atrás con Art. Camino del hotel le entraron ganas de mear. Claro, demasiada bebida. ¿Cómo coño dice una chica drogada que necesita ir al baño? No le quedaba más remedio que esperar a ver cómo se desenvolvían los acontecimientos. Se sentía tranquila y contenta. Toda esa situación se le antojaba de lo más divertido.

(Continuará)
Magaluf

sábado, 13 de junio de 2015

El libro electrónico: mejor para el lector, el escritor y el medio ambiente


“Me gusta más el papel: el olor, el peso de un libro de verdad”. “Soy de la vieja ola, me hago un lio tremendo con estas nuevas tecnologías”. “El libro de papel tiene un encanto que nunca tendrá el libro electrónico”. “Si no me compro un libro impreso me da la impresión de que no lo tengo”. Estas son algunas de las razones que escucho decir a gente a la que no le gustan los libros electrónicos. Creo que reflejan un cierto miedo atávico a la tecnología, una resistencia al cambio, la creencia de que el libro de papel es algo precioso que debe ser protegido, que es más puro, más humano. Por supuesto, cada cual tiene derecho a su opinión y sus gustos, que además en cuestión de literatura tienen mucho peso. Sin embargo, me gustaría que cotejarais esa opinión con los hechos que voy a exponer a continuación.

El libro electrónico es más ecologista

Te puede parecer que el libro impreso que tienes en las manos representa sólo un minúsculo trozo de árbol, un sacrificio insignificante frente a todas las cosas que le hacemos al medio ambiente. Pero no es verdad. Para empezar, por cada libro que se vende cientos de otros libros se imprimen, se almacenan, se distribuyen, se devuelven al editor y se destruyen, lo que representa un desperdicio enorme de material y energía. Ten en cuenta que la industria papelera tiene un efecto desastroso sobre el medio ambiente. Es responsable de la epidemia de eucaliptos que ha destrozado el ecosistema de todo el norte de España, desplazando los bosques autóctonos de robles, encinas, hayas y castaños y eliminando a toda la fauna que sostienen. Encima, las fábricas de papel polucionan un montón, despidiendo grandes cantidades de sulfuro de hidrógeno y otros gases nocivos: véase lo que le ha hecho a la ría de Pontevedra la fábrica de papel situada a sus orillas. Sí, es verdad que para hacer una tableta también se usan metales que polucionan, pero la escala de la polución es muchísimo menor. Una tableta Kindle de unos pocos gramos tiene un circuito electrónico mínimo.

Y no olvides que puedes leer libros electrónicos en tu iPod, iPad o tu móvil, que vas a poder utilizar para muchas otras cosas. En estos sitios te puedes descargar gratis la aplicación Kindle  que sirve para  leer libros en tu móvil o en tabletas que no sean las Kindle de Amazon:

Para iPhone e iPad:
https://itunes.apple.com/es/app/kindle-lee-libros-ebooks-revistas/id302584613?mt=8

Móviles con el sistema operativo Android:
https://play.google.com/store/apps/details?id=com.amazon.kindle&hl=es_419
http://www.amazon.com/Amazon-com-Kindle-for-Android/dp/B004DLPXAO

El libro electrónico ofrece muchas ventajas al lector

Déjame enumerarte unas cuantas:
  1. Poder viajar con un montón de libros sin llevar casi nada de peso. Esto fue lo que me llevó a comprarme mi primera tableta Kindle. Mi familia y yo viajamos mucho, normalmente una vez al año desde Los Ángeles a Europa. Como los tres somos ávidos lectores, el tener suficiente material de lectura para tres semanas de viaje llena de por sí toda una maleta. Tres tabletas solucionan el problema. Además, podemos llevar muchos libros en caso de que alguno no nos guste, o incluso bajárnoslo con toda facilidad de la “nube” mientras estamos de viaje.
  2. Como explico más abajo, el libro electrónico es un arma buenísima contra la censura, algo que es muy importante para los que formamos parte de la cultura sexo-positiva. 
  3. Un libro electrónico puede contener hiper-enlaces al índice o a una lista de notas, que resultan mucho más accesibles y molestan menos que las notas en un libro de papel. En tabletas como el iPad, también puede haber hiper-enlaces directamente a sitios web. 
  4. Los libros electrónicos se pueden subrayar y anotar, y todo eso se puede borrar o modificar luego. Puedes compartir tus notas con otros lectores a través de internet, o ver las que ellos han escrito.
  5. La tinta electrónica de tabletas como el Kindle se pude leer perfectamente a la luz del sol y no hace más daño a los ojos que un libro normal.
  6. Kindle, Smashwords y otras compañías permiten que dos personas puedan leer el mismo libro a la vez si tienen una cuenta común. También hay formas de “prestar” libros electrónicos sin que te tengas que preocupar de que no te lo van a devolver. Claro que el libro electrónico se puede piratear con toda facilidad, pero no lo debes hacer porque esto supone robarle al escritor la recompensa por su trabajo. Al comprar un libro electrónico le das al escritor un 70% del precio que pagas. 
  7. Quizás lo más importante es que el libro electrónico es intrínsecamente más barato. Como no hay gastos de impresión, distribución, almacenaje y venta, todo ese dinero que se ahorra se le puede pasar al lector bajando el precio de venta. El problema es que muchas casas editoriales ven esto como una competencia desleal al libro de papel y han luchado por equiparar los precios, lo que es básicamente estafar al lector. Toda esa guerra entre Amazon y determinadas casas editoriales sobre la que hemos estado leyendo en la prensa se reduce básicamente a eso. Amazon Kindle quiere bajar los precios de los libros electrónicos (así vende más y gana más base de mercado), mientras que las editoriales clásicas quieren que se siga equiparando al precio del libro de papel (para no perder ventas de los mismos). Periódicos como El País se han puesto vergonzosamente del lado de las editoriales, con las que tienen vínculos comerciales, suministrando una gran cantidad de desinformación sobre esta guerra entre editoriales y criticando sistemáticamente a Amazon. Tú misma puedes figurarte de qué lado están tus intereses como lectora. 

El libro electrónico ofrece muchas ventajas al escritor

  1. Tradicionalmente, un escritor recibe un 10% del precio de cada uno de sus libros. Algunos escritores famosos logran un 15%, pero raramente más. El resto de lo que pagas por un libro va a la librería, a la editorial y a los costes que he mencionado más arriba (impresión, almacenaje, distribución, etc.). Frente a eso, Kindle y Smashwords pagan al autor el 70% del precio del libro. 
  2. Para un escritor principiante, conseguir que una editorial publique su libro representa una tarea hercúlea. Tradicionalmente, las editoriales han venido tratando a los escritores nóveles con un desprecio increíble. Muchas se niegan de llano a evaluar libros de escritores desconocidos. Las que aceptan hacerlo imponen condiciones absurdas para la entrega del libro: a pesar de que hoy en día un libro se puede mandar en forma digital por correo electrónico sin ningún coste, te obligan a imprimirlo en papel y mandarlo por correo normal, lo que te puede costar varios cientos de euros por cada libro que mandas. Si el libro es rechazado, lo que ocurre en casi todos los casos, no esperes que te den la más mínima información de por qué lo hacen. Si quieres publicar lo único que puedes hacer es volver a gastarte el dinero para enviar el libro a otra editorial. Como os podéis imaginar, esto abre las puertas a todo tipo de favoritismos, enchufes, tejemanejes y corrupción más o menos velada. Incluso han aparecido falsas editoriales que se dedican a estafar al escritor principiante haciéndole pagar por la publicación de su libro en papel, que luego no conseguirá vender. 
  3. Frente a esas barreras casi infranqueables, publicar una novela como libro electrónico es la cosa más fácil del mundo. Basta seguir unas simples instrucciones para formatear el texto de forma adecuada, subirlo a Kindle y en dos o tres días el libro está disponible para que lo compren los lectores en Amazon.com. Smashwords.com es incluso mejor: su sitio web formatea tu libro en los formatos electrónicos más usados (MOBI, EPUB, PDF, etc.) y no sólo lo vende en su página, sino que lo distribuye a otros vendedores como Apple, Amazon y Barnes and Noble. 
  4. ¿Qué pasa si tu libro tiene material cuestionable que puede ser censurado? Una editorial clásica lo rechazará en cuanto les entre la duda, y si no lo hacen te impondrá cambios draconianos como condición para la publicación, interfiriendo con tu creatividad. Amazon Kindle, en teoría, no admite la publicación de material pornográfico, pero en la práctica publica todo tipo de novelas eróticas sin restricciones. Smashwords no tiene apenas restricciones. Eso sí, si publicas algo que va contra la ley (plagio, libelo, etc.) la responsabilidad es tuya. Toma nota: el libro electrónico es la mejor defensa contra la censura que ha habido en la historia. 
  5. Alguien puede objetar que Amazon es una compañía gigantesca que amenaza con hacerse con el monopolio del negocio editorial, no sólo compitiendo con las editoriales de libros en papel sino eliminando la competencia en el terreno del libros electrónico. Pero esto no es así por una razón muy sencilla: publicar un libro electrónico es muy fácil, cualquiera puede hacerlo sin la ayuda de empresas como Amazon o Smashwords. Con calibre, un programa gratis para almacenar libros electrónicos (http://calibre-ebook.com/ ), el formatear un libro en cualquier formato electrónico está al alcance de todo el mundo. Luego puedes vender tu libro desde un sitio web con el 100% de los beneficios yendo a parar a tus manos. Smashwords.com (http://www.smashwords.com/ ) tiene un modelo comercial que puede ser muy competitivo frente a Amazon Kindle. Todo esto es lo que fuerza a Amazon a mantener su programa tan ventajoso para los escritores. Tened en cuenta además que cuando publicas en Amazon no le das la exclusiva - por eso mis novelas pueden estar a la venta tanto en Amazon como Smashwords. 
  6. La única ventaja que las editoriales clásicas ofrecen hoy en día al escritor es la publicidad y la promoción. Pero lo cierto es que tampoco invierten mucho es eso, a no ser que seas un escritor famoso. Los escritores principiantes tenemos que buscarnos la vida para anunciar nuestros libros, publiquemos donde publiquemos.
En resumidas cuentas, el libro electrónico ofrece unas enormes ventajas sobre el libro en papel, lo que explica su rapidísima implantación en el mercado. No sólo beneficia al lector y al escritor, que a partir de ahora pueden interactuar directamente sin el filtro de las editoriales, sino que elimina el daño al medio ambiente que supone la industria papelera. Pero creo que la mayor aportación del libro electrónico es que permite la difusión de material que antes no hubiera sido publicado nunca. La censura se vuelve enormemente difícil cuando todo el mundo puede publicar un libro con un mínimo esfuerzo adicional sobre la tarea de escribirlo. Y esto llega justo a tiempo, pues la editoriales clásicas se han empezado a fusionar unas con otras formando enormes monopolios. Como ocurría con la música y el cine, se estaba dando un fuerte tendencia a la uniformidad cultural: determinadas novelas (Juego de Tronos, Los Juegos del Hambre, Harry Potter, 50 Sombras de Grey, etc.) son leídas por todo el mundo mientras que los libros “del montón” son ignorados. Claro, a una editorial le beneficia promocionar mucho un libro para luego venderlo como rosquillas, en vez de tener que promocionar una gran variedad de libros. Esto reduce costes y riesgos. El libro electrónico contrarresta esa tendencia, democratizando el mercado de los libros. El problema es que ahora que cualquiera puede publicar su libro, bueno o malo, ¿cómo va a encontrar el lector los libros de calidad en medio de tanta marea? Esto crea una oportunidad comercial que aprovechan compañías como Goodreads (https://www.goodreads.com/ ), que se especializan en difundir las críticas de los lectores a los libros que leen. Creo que, poco a poco, está teniendo lugar un cambio enorme en el mundo de los libros. No te lo pierdas: apúntate al libro electrónico.