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domingo, 23 de diciembre de 2018

Los dos feminismos

Este año que se acaba, 2018, ha sido un buen año para el feminismo. En realidad, paradójicamente, el poder del feminismo ha estado en auge desde la elección de Donald Trump en ese triste otoño del 2016. Ha habido manifestaciones multitudinarias de mujeres en todo el mundo. El movimiento #MeToo ha mostrado la dimensión real de los ataques sexuales contra las mujeres. Un montón de mujeres lograron cargos de primera fila en el gobierno de España, mientras que en Estados Unidos cientos de mujeres eran elegidas como representantes en el Congreso. Como progresista y feminista que soy, todo esto me llena de alegría y esperanza por un futuro mejor.

Sin embargo, hay algunas cosas en este auge del feminismo que me ponen algo nervioso. Y, por lo que veo, muchos otros hombres también lo están. Hay posturas en el feminismo que amenazan con revertir las libertades sexuales que tanto costó conseguir, sobre todo para los que practicamos sexualidades marginadas como el BDSM o modelos de relación alternativos como el poliamor. A veces también se confunde el atacar al patriarcado con el atacar a los hombres. Sin embargo es difícil argumentar, rebelarse contra ciertas posturas dogmáticas, matizar entre posiciones extremas. Al hacerlo te arriesgas a que te traten de machista o, lo que es peor, darle munición al enemigo, a los Republicanos en Estados Unidos, o a los de Vox o del PP en España.

Para mí, la solución a este dilema ha venido al darme cuenta de que en realidad hay dos feminismos, dos ideologías que han estado claramente enfrentadas desde los años 80. Mientras apoyo completamente uno de estos feminismo, el que se ha dado en llamar feminismo sexo-positivo o pro-sexo, me declaro enemigo acérrimo del otro, que muchos llaman “feminismo anti-porno”. Ya escribí sobre esto en un artículo de este blog en el 2014, El Feminismo Anti-Porno, la Guerra del Sexo y el nacimiento del Feminismo Sexo-Positivo. Sin embargo, desde entonces me he dado cuenta de muchas cosas. Yo pensaba que el feminismo anti-porno estaba prácticamente derrotado y que el feminismo de la tercera ola era mayoritariamente pro-sexo. En eso estaba equivocado: el feminismo anti-porno no sólo sigue vivo sino que es tremendamente poderoso. Está atrincherado en las universidades. Ha escalado dentro de la política para instalarse en los más altos cargos. Se ha transformado para camuflarse, para esconder los elementos de su ideología que ahora sabe que le chirrían tanto a hombres como a mujeres. Se ha vuelto mentiroso y traicionero. Pero lo peor de todo es que se ha apoderado descaradamente de la etiqueta feminista, declarando que sus ideas son las del movimiento feminista en general. En realidad están en minoría, pero saben que eso no importa si ellas son las que salen en los periódicos, las que escriben los libros, las que se instalan en los ministerios. El #MeToo les ha dado nuevas fuerzas; han sabido instrumentalizar el sufrimiento de todas esas mujeres para darle más argumentos a su ideología.

Pero vayamos por partes. Este es un problema complejo en el que es necesario matizar. Lo primero que debo decir es que en muchas cosas el feminismo sexo-positivo y el feminismo anti-porno defienden las mismas posturas. Por supuesto, los dos defienden la igualdad de derechos del hombre y la mujer. Los dos defienden la libertad reproductiva, en su doble vertiente de anticoncepción y libertad de abortar. Los dos luchan contra el maltrato de la mujer: contra la violación, el acoso sexual y la violencia doméstica. Quizás porque estas causas comunes son tan importantes se intentan ocultar las diferencias entre los dos feminismos, no sea que el movimiento se divida y pierda energía en discusiones internas. Creo que esto es un error, porque lo que está ocurriendo en realidad es que el feminismo anti-porno hace que muchas personas, sobre todo hombres, rechacen al feminismo en general y no le presten el apoyo que desesperadamente necesita.

¿Cuáles son, entonces, las diferencias entre el feminismo sexo-positivo y el feminismo anti-porno? Las raíces históricas de estas dos ideologías están descritas en detalle en mi artículo anterior, así que sólo las resumiré aquí, aportando elementos nuevos.  Y, si crees que todo esto me lo estoy inventando, puedes consultar estas entradas de Wikipedia sobre el feminismo anti-porno, el feminismo sexo-positivo y la “Guerra del Sexo” entre estas dos corrientes feministas. Por desgracia, todo esto está en inglés y la información que hay en español es mucho más limitada. En resumidas cuentas, el feminismo anti-porno aparece en los años 70 como una rama radical del feminismo opuesta a la pornografía, el sadomasoquismo y la prostitución. El feminismo sexo-positivo nace en 1980 como oposición al feminismo anti-porno. Se origina en San Francisco con el grupo de lesbianas sadomasoquistas Samois, pero pronto se extiende por todo Estados Unidos, dando lugar a la “Guerra del Sexo” durante las décadas de los 80s y los 90s. Con el nuevo milenio, las posturas de la sociedad sobre el sexo habían cambiado tanto que supusieron la derrota del feminismo anti-porno en los temas de la pornografía y el sadomasoquismo.

El feminismo anti-porno había sostenido que la pornografía sólo puede agradar a los hombres porque la sexualidad masculina es visual mientras que la femenina se basa más en los sonidos, las sensaciones y las ideas. Además, la pornografía es denigrante para las mujeres porque las trata como objetos y degrada su cuerpo con posturas y actos humillantes. Sólo en una situación de explotación, decían, accedería una mujer a aparecer en fotos o películas porno. Sin embargo, al popularizarse la pornografía con el advenimiento de la internet resultó que muchas mujeres empezaron a verla y excitarse con ella. Resulta que a las mujeres también las pone ver imágenes eróticas. No sólo eso, sino que se puso de moda entre las mujeres jóvenes hacerse fotos porno o aparecer en vídeos de contenido sexual. Resultó que las mujeres son mucho más exhibicionistas que los hombres; a muchas les excita la idea de que haya gente excitándose y masturbándose al verlas. Hacen y distribuyen porno casero, gratis. Si quieres verlo, date una vuelta por FetLife.com. De todas formas, la feministas anti-porno no se dan por vencidas. La lucha continúa con libros que hablan de la adicción al porno y los daños que está haciendo a la vida sexual de los jóvenes. Se distingue también entre el porno “machista”, dirigido a los hombre y explotador de las mujeres, y el porno “feminista”, hecho por mujeres para mujeres. Pero a la mayor parte de la gente todo esto le trae sin cuidado. Cada vez se ve más porno, y muchas parejas lo ven juntos como parte de su vida sexual. Como ejemplos de ataques a la pornografía del feminismo anti-porno contemporáneo, ver esto y esto. Como ejemplos de apoyo a la pornografía del feminismo prosexo, ved estos artículos de Apoyo Positivo, de Pikara Magazine, de la actriz Armarna Miller y en Medium.

Algo parecido pasó con el sadomasoquismo, que cada vez es más aceptado socialmente. Sin embargo, a diferencia de la pornografía, el BDSM es practicado sólo por una minoría de la población. Quizás por esa razón, los practicantes del BDSM empezaron a formar organizaciones en los años 70 y 80 siguiendo el modelo de las organizaciones gay. Así surgieron The Eulenspiegel Society de Nueva York, The Black Rose de Washington, DC, The Society of Janus de San Francisco y Threshold de Los Ángeles. Samois, el grupo que dio origen a la Guerra del Sexo, era una rama de Society of Janus. Los argumentos del feminismo anti-porno contra el BDSM eran también más difíciles de responder: en definitiva, el sadomasoquismo practica la violencia contra las mujeres, reproduce desigualdades de roles en el sexo, y usa una parafernalia muy similar a la de los más infames métodos de tortura. El que todo esto se hace de forma consensuada, consentida, segura y como diversión era algo difícil de transmitir. Por eso las sociedades BDSM inventaron el SSC (seguro, sensato y consentido) como los parámetros que distinguen los juegos sadomasoquistas del abuso sexual. En eso el BDSM se adelantó en el tiempo al sexo vainilla: el “yes means yes” (“sí quiere decir sí”) como criterio de consentimiento para el sexo, que hace poco se impuso como ley en sitios como California, ya se usaba en el BDSM en los años 80. Poco a poco el BDSM fue ganando aceptación en la cultura general, ayudado quizás por la fascinación que su estética ejerce aun entre quienes no lo practican. Historia de O (novela y película), las fotos eróticas de Madonna, las películas Eyes Wide Shut, Nueve Semanas y Media y Secretary culminaron con 50 Sombras de Grey en marcar el camino de la aceptación del BDSM, incluso cuando el mensaje de estas obras no era enteramente a favor de estas prácticas. De todas formas, algunas feministas siguen atacando cerrilmente al BDSM desde posturas de ignorancia e incomprensión, como este libro de una “educadora social”. Se sigue luchando contra el BDSM como parte de la “cultura de violación”, mientras que se ignora cómo en el género de la novela romántica, escrita por mujeres para mujeres, se presenta a menudo la violación como algo excitante y positivo. Como ejemplos de los continuos ataques al sadomasoquismo del feminismo anti-porno, leed este artículo de Lidia Falcón o este blog. Como ejemplo de la defensa del BDSM por el feminismo prosexo, leed este artículo en El País, este en El Mundo, esta entrevista con una sumisa feminista, este blog en Amino, y, como no, la opinión de Golfos con Principios.

Pero si hay algo donde el feminismo anti-porno sigue dando la batalla es en el tema de la prostitución, a base de promulgar la idea de que la prostitución es idéntica a la trata de mujeres para su explotación sexual. En este otro artículo del blog presento evidencia de que esto no es verdad: según un estudio de la ONU, al menos el 80% de las prostitutas en Europa practican la prostitución de forma voluntaria. El feminismo sexo-positivo apoya a las trabajadoras del sexo y las ayuda a luchar por legalizar su situación y acabar con el maltrato y la explotación que sufren. Por ejemplo, el famoso consejero sexual Dan Savage ha recibido en su podcast Savage Lovecast a representantes de organizaciones de defensa de las prostitutas, como Coyote. No voy a explicar los argumentos a favor de legalizar la prostitución, de los que hablo en mis novelas y en otros artículos de este blog. Ejemplos de ataques a la prostitución por parte del feminismo anti-porno y de su continua negación de la diversidad de posturas del feminismo sobre este tema son este artículo de Lidia Falcón, estos de la profesora Rosa Cobo en El País y en El Diario y la creación de grupos anti-prostitución.

Las feministas anti-porno también se han posicionado en otros temas de gran relevancia social. Por ejemplo, se oponen al embarazo subrogado, los llamados “vientres de alquiler”, que consiste en que una pareja infértil pague a una mujer para que lleve a cabo la gestación de su hijo. Por lo visto, esto se parece demasiado a la prostitución para el gusto de estas feministas. En definitiva, se trata de pagar por usar el cuerpo de una mujer con fines sexuales, en este caso a la función más biológica del sexo: la reproducción. Por ejemplo, esto es lo que opina Lidia Falcón sobre el tema. Desde mi punto de vista, se trata de una transacción perfectamente legítima donde todo el mundo sale ganando... A condición, por supuesto, de que se haga de forma no explotadora. Para ello se necesita que sea algo regulado por las leyes y bajo la supervisión del Estado, que es precisamente lo que el feminismo anti-porno lucha por impedir.

¿Existe un denominador común a todas estas actitudes anti-sexo del feminismo anti-porno? ¿Se basan en determinadas ideas básicas? Tras mucho reflexionar sobre ello, he llegado a la conclusión de que todas estas posturas están basadas en el rechazo al deseo sexual masculino. Una de las claves de esto es el hecho de que en los años 70, cuando se empezó a atacar a la pornografía y al sadomasoquismo, también se difundió la idea de que la penetración de la mujer por el hombre era un acto intrínsecamente machista y agresor. Se llegó a decir que la penetración es lo mismo que la violación, algo que todavía defienden algunas feministas radicales. La demonización de la penetración se desarrolla progresivamente como reacción a la idea opuesta, propuesta por la Iglesia, los conservadores y gente como Sigmund Freud, de que la única sexualidad “normal” es la lleva a la concepción, es decir, la penetración pene-vagina. Este conflicto entre las concepciones sobre el sexo de los conservadores y el feminismo se puede apreciar en la famosa novela The Handmaid’s Tale  de Margaret Atwood, y en la serie de televisión basada en ella, que se ha convertido en uno de los iconos del feminismo moderno. Por supuesto, el feminismo anti-porno y el feminismo sexo-positivo están de acuerdo en que la sexualidad humana no sirve sólo para la procreación, pero con importantes diferencias. El feminismo sexo-positivo acepta todas los actos sexuales, aunque los argumentos del feminismo anti-porno se han infiltrado en forma de críticas al “coitocentrismo”. El feminismo anti-porno  enfatiza la importancia del clítoris como centro de la sexualidad femenina, niega la existencia del orgasmo vaginal, y presenta el coito vaginal como algo políticamente incorrecto, como argumentaba en un artículo de este blog. Esto ha marginado las preferencias sexuales de millones de mujeres y ha negado a otras una importante fuente de placer: la vagina y el punto G.

Otras de las ideas que subyacen al feminismo anti-porno son sus visones del hombre y la mujer. Al hombre se lo presenta como un ser hipersexual y agresivo, que “piensa con la polla” y vive “intoxicado por la testosterona”, memes misándricos que se han instalado en la cultura moderna. El estereotipo de la mujer que ofrece el feminismo anti-porno es tan asexual como el de la “mujer angelical” del puritanismo anglosajón, sólo que es menos delicada, más agresiva y rechaza estar abocada a la procreación. Como no está sometida al fuerte deseo sexual del hombre, puede usarlo para controlarlo. Pero pare que esto funcione hay que impedirle al hombre encontrar formas de satisfacer su deseo fuera de la pareja; por eso hace falta eliminar la pornografía y la prostitución. Tampoco convienen las parejas abiertas y el poliamor, no sea que sirvan para aumentar la competencia entre las mujeres. Y es que al feminismo anti-porno le gusta ver a las relaciones de pareja como una fuente interminable de conflictos, porque concibe a los deseo sexuales masculino y femenino como irreconciliables. Dice que el hombre vive obsesionado con dominar a la mujer, penetrándola y degradándola sexualmente con actos sadomasoquistas. La mujer, por el contrario, busca conexión emocional y cariño en un sexo igualitario. Como el deseo sexual del hombre es básicamente agresivo y dominante (“malo”) mientras que el de la mujer es cariñoso e igualitario (“bueno”), hay que poner a la sexualidad del hombre al servicio de la de la mujer. Para ello se exhiben pruebas como la “brecha del orgasmo”, que demuestran lo egoístas que son los hombres en el sexo. Hay que “educarlos”, es decir, avergonzarlos y culpabilizarlos, hasta ponerlos al servicio de la sexualidad femenina. Por ejemplo, véanse estos artículos de Lidia Falcón 1, 2, 3.

Por suerte, con el tiempo se va demostrando que todos estos estereotipos que nos quiere vender el feminismo anti-porno no son verdad. La liberación sexual de la mujer iniciada en los años 70 con la invención de la píldora anticonceptiva sigue en marcha. Y a medida que las mujeres se vuelven más libres, comprobamos que quieren disfrutar de su sexualidad de la misma manera que los hombres, lo que también significa ver pornografía, practicar el BDSM, asistir a stripteases en los que se desnudan hombres atractivos  y, quién sabe, incluso tener acceso a la prostitución masculina. En realidad, los deseos sexuales de los seres humanos de ambos sexos existen en un amplio abanico de posibilidades, que van desde un hacer el amor con cariño hasta el sexo más violento.  Y estas preferencias no se dividen claramente de acuerdo con el género: a muchas mujeres les gusta el sexo violento y muchos hombres prefieren el cariño. Por eso el movimiento sexo-positivo, que si bien nació dentro del feminismo ahora existe independientemente, busca la aceptación de todo tipo de sexo consensual y entre adultos, en un plano de auténtica igualdad.

Quiero acabar diciendo que soy plenamente consciente de que la división entre feminismo anti-porno y feminismo prosexo en muchos casos no es demasiado clara: muchas personas tienen opiniones comunes o intermedias entre estos dos bandos. Creo que ahí está precisamente el problema, pues estas posturas se basan en sistemas de valores distintos sobre el sexo y la naturaleza de las mujeres y los hombres. En particular, la visión del sexo como algo sacrosanto que no se puede banalizar ni vender reproduce los valores del conservadurismo religioso y es incompatible con los valores de liberación sexual del feminismo sexo-positivo. Y la concepción de las sexualidades femenina y masculina como fuentes de perpetuo conflicto nos aboca a una guerra entre los sexos que nadie puede ganar. Creo que lo mejor es empezar a delimitar las ideas de los dos feminismos, para que cada cual se apunte al que más le convenza y así evitar que el rechazo al feminismo anti-porno se convierta en un rechazo al feminismo en general.


sábado, 16 de abril de 2016

Un problemilla en Magaluf (3)

De repente, una furia feroz le salió de dentro. No había derecho a que fuera a gozar de ella después de todo el daño que le había hecho. Ella, que le había ganado la partida a Luis con su cuadrilla de fachas, no iba a dejar que ese mequetrefe se saliera con la suya. Sabía que tenía el tiempo a su favor. Si conseguía resistir unos minutos más, lo tendría en su poder. ¡Y entonces se iba a enterar de lo que era bueno!

Se volvió súbitamente en la cama, encogió las piernas y lo golpeó en el vientre con los pies juntos, como le había hecho a Luis aquella noche funesta. Jack se dobló en dos y cayó de culo sobre el suelo. Ella se puso en pie de un salto y abrazó a Art por la espalda, interponiéndolo entre ella y Jack.

-¡Maldita puta! -masculló Jack entre dientes mientras se levantaba trabajosamente del suelo-. ¡Te vas a arrepentir de eso!

Jack se les acercó, intentando rodear a Art para pegarle, pero Cecilia lo hizo girar para mantenerlo entre ella y Jack. Art era como un pelele inerte en sus brazos.

-Art, you dumb ass! Get out of the way! -le ordenó Jack.

Art se debatió débilmente entre sus brazos, pero Cecilia se pegó aún más a él. Abrazándose a su cintura, le bajó la cremallera de los shorts, introdujo su mano en la bragueta y empezó a masturbarlo. Art se abandonó completamente a ella.

Jack la agarró del brazo con el que masturbaba a Art. Ella le pegó una patada, haciéndolo retroceder.

Respiraba entrecortadamente. Jack era más fuerte que ella. Si la atacaba con decisión no iba a poder resistir mucho tiempo. ¡Y sabe dios lo que le haría cuando la atrapara! ¿Es que esa dichosa droga nunca iba a hacerle efecto?

Jack le sonreía cruelmente. Se agachó, recogió sus pantalones del suelo y extrajo el cinturón de las hebillas. Intentó pensar en algo para entretenerlo.

-Mira en el bolsillo Jack. ¿Dónde están tus pastillas?

-No necesito pastillas. Quiero que sientas bien lo que te voy a hacer.

Saltó hacia ella, haciendo girar el cinturón alrededor de Art. El trallazo la alcanzó en mitad de la espalda, arrancándole un grito de alarma. Jack sonrió con satisfacción, preparándose para pegarle otra vez. Cecilia retrocedió hasta que su espalda chocó contra la cortina de la ventana.

-¡Encontré tus pastillas, Jack! Las tiré al váter… Todas menos una, que puse en el vaso del que bebiste en el cuarto de baño.

-¡Mentira! -gritó Jack, y la volvió a golpear con el cinturón. Esta vez la alcanzó en el muslo, levantándole un vivo escozor.

-¡No, no es mentira, Jack! Pronto empezarás a sentir los efectos.

Pero su propia voz sonaba insegura. Algo no funcionaba. ¿Y si la pastilla no se había disuelto en el agua? ¿Y si esas pastillas eran de otra cosa?

Retrocedió pegada a la ventana hasta quedar metida en la esquina, con el cuerpo de Art entre ella y el temible cinturón de Jack.

Jack quiso volver a pegarle con el cinturón, pero esta vez su brazo se movió con torpeza y el cinturón sesgó en aire a varios centímetros de la pierna de Art. Jack se quedó mirando su mano con la expresión de incredulidad de un borracho que no acierta a entender su incapacidad.

-¿Ves? Ya te empieza a hacer efecto la droga, Jack -dijo con triunfo.

Jack intentó una vez más golpear con el cinturón, pero apenas consiguió blandirlo un poco frente a él. Una expresión de terror se apoderó de su rostro al darse cuenta de lo que le estaba pasando.

-Enseguida voy a ser yo quien te pegue con tu propio cinturón. ¡Te arrepentirás de haber intentado violarme!

-¡No intenté violarte! Sólo… divertirnos… un poco…

El cinturón se deslizó entre sus dedos y cayó al suelo.

-¡Por supuesto que querías violarme! Primero intentaste drogarme. Y cuando eso no funcionó me pegaste e intentaste violarme a la fuerza.

Jack levantó las manos con las palmas hacia ella.

-All right! All right! -dijo arrastrando las palabras-. Lo siento, me pasé un poco… Me puse enfadado por lo que le haces al pobre Art.

-Yo no le hago nada malo a Art… Sólo divertirnos un poco… ¡Mira!

Extrajo la polla de Art de sus pantaloncitos, acariciándole el frenillo con el pulgar.

Jack tenía la mirada fija en ellos, la cara inexpresiva. Se tambaleaba ligeramente.

-¿Y tú, qué, Jack? ¿Tú no quieres “divertirnos un poco”?

Cecilia avanzó cautelosamente hacia él, manteniendo a Art delante de ella como escudo. Cuando llegó frente a Jack soltó a Art, quien cayó lentamente de rodillas al suelo.

Jack parecía estar paralizado. Abría y cerraba las manos. Los ojos la enfocaban y luego se perdían en el vacío. Debía estar luchando a brazo partido contra los efectos de la droga, que poco a poco se iba apoderando de su consciencia.

Se plantó delante de él, muy cerca y le agarró la polla, que se endureció en sus manos. Empezó a masturbarlo. Jack soltó un quejido, no sabía si de placer o de impotencia.

-¿Ves, Jack? Así podemos divertirnos un poco, como tú decías. ¿Te gusta? ¡Pues ya verás, esto te va a gustar aún más!

Se arrodilló delante de él, junto a Art, y acercó la polla a su boca. Jack dio un gemido de terror.

-¿Qué pasa? ¿Todavía tienes miedo de que te la muerda? Bueno, pues ya que no te fías de mí tendré que dejar que lo haga tu amigo. ¡Come on, Art, suck his cock…!

Empujó la cara de Art hacia la verga de Jack, le hizo abrir la boca y se le metió dentro. Para su satisfacción, Art empezó a chuparla con fruición. Se ve que no era la primera vez.

Jack miraba hacia abajo, los ojos clavados en la nuca de Art. Extendió las manos hacia su cabeza, como si quisiera apartarlo, pero no pudo hacerlo. Su mano derecha acabó sobre el pelo rubio de Art en un especie de lánguida caricia. Jack cerró los ojos.

Cecilia recogió el cinturón del suelo, se puso en pie y se plantó otra vez delante de Jack. Le sacudió un bofetón para hacerle abrir los ojos. Estiró el cinturón entre sus manos enfrente de él, sonriéndole maliciosamente.

-¿Qué, Jack, tú crees que la droga te impedirá sentir cómo te zurro con el cinturón? Supongo que nunca lo sabremos, porque mañana te habrás olvidado de todo. De todas formas, ya me ocuparé yo de que no puedas sentarte a gusto por un par de días.

Vio una última mirada de terror en los ojos de Jack antes de que se cerraran. Se tambaleó y se habría caído al suelo si ella no lo hubiera sujetado. Lo dejó tendido en el suelo y se las arregló para que Art volviera a chupársela.

Se sentía exultante. Contra todo pronóstico, le había ganado la partida. Había valido la pena todo el miedo que había pasado.

Se sentó en el sillón, masturbándose mientras los contemplaba. Jack parecía relajado, estremeciéndose de vez en cuando. Art tenía los ojos cerrados, cumpliendo su misión con la ayuda de una mano. Por fin vio a Jack sacudirse mientras eyaculaba en la boca de su amigo.

-¿Qué? No ha estado mal, ¿verdad? Bueno, ha llegado el momento de que saldemos esas cuentas que tenemos pendientes.

Apartó a Art y, cogiendo a Jack por los pies, lo hizo rodar hasta dejarlo tumbado sobre el vientre. Luego hizo que Art se sentara sobre su espalda, por si la droga no era lo bastante fuerte para inmovilizarlo.

De pie a su lado, empuñó el cinturón.

Jack gimió y se sacudió con cada trallazo que le dio en el culo. Intentó levantarse después del tercero, que debió ser particularmente doloroso, pero no pudo vencer el peso de Art en su espalda. Curiosamente, no sentía rabia al pegarle, a pesar del daño que le había hecho hacía un momento. En vez de eso se sentía exultante de poder y presa de un sadismo calculado y metódico. No era la primera vez que le pegaba a alguien con un cinturón y sabía bien como hacerlo. También sabía por experiencia propia lo que se sentía y el imaginárselo le producía una excitación profundamente sexual.

Jack se debatía y gemía bajo los golpes. Ciertamente, la droga no le impedía sufrir el castigo, pero sí que anulaba su voluntad y lo debilitaba lo suficiente para no dejarlo escapar de debajo de Art.


Estuvo trabajándole el trasero un buen rato hasta que lo dejó completamente cubierto de bandas color carmín y morado. Luego le atizó en los muslos, pensando en dejarle unas buenas marcas que tendría que lucir en público si se ponía en bañador.

Art parecía estar vagamente consciente de lo que estaba pasando, pero él tampoco parecía tener la presencia de ánimo para hacer nada. Hacia el final empezó a revolverse incómodo. Levantó la cara para mirarla, los ojos muy abiertos.

-¡Please, stop! -gimoteó-. ¡Please! ¡Please!

Cecilia dejó caer el cinturón y se sentó en el sillón a recuperar el aliento.

-¡Come here! -le ordenó a Art.

Art se levantó del cuerpo tembloroso de Jack y se le acercó en dos pasos vacilantes. Parecía que se le iban pasando los efectos de la droga. Se arrepintió de haber tirado el resto de las pastillas al váter. Pero la verdad es que tampoco podía haberse arriesgado a que Jack le hiciera tragarse una.

Cogió a Art de la mano y lo hizo sentarse en su regazo.

-I had to punish Jack because he was a bad, bad boy -le explicó como si hablara con un niño-. He hit me and tried to rape me. You were also a bad boy.

-No… I was good! I didn’t try… to rape you.

-Yes, you did! You knew that there was a drug in my drink… Didn’t you?

-I… I didn’t want to… -Se interrumpió, mirándola con ojos asustados.

Sonaba mucho más coherente ahora. Decididamente, se le estaba pasando el efecto de la droga. Tenía que hacer algo enseguida.

Lo hizo levantarse de su regazo y se puso a buscar por la habitación algo con que atarlo. Había unas cuerdas de nylon para abrir y cerrar las cortinas. Fue al cuarto de baño y rompió el vaso del que había bebido Jack. Luego, subiéndose al sillón, usó el borde afilado del cristal para cortar la cuerda de la cortina. Obtuvo dos segmentos de longitud adecuada para su propósitos

Se acercó a Art con una de las cuerdas. Estaba en pie, los brazos colgándole a los lados del cuerpo, mirándola con temor.

-Please, don’t hit me with the belt -le suplicó.

-Be a good boy and do what I tell you, and I won’t hit you with the belt.

-You promise?

-Yes, I promise… Take off your shirt.

Obediente, Art se quitó la camiseta. Ella procedió a atarle la muñecas tras la espalda. Art parecía estar todavía lo suficientemente drogado para dejarse hacer, mirándola con esa expresión mezcla de incredulidad y concentración que le daba la droga.

Cecilia se sentó sobre la espalda de Jack y usó otro segmento de cuerda para atarle a él también las muñecas a la espalda. El efecto de la droga aún le duraría un tiempo, pero mejor tenerlo atado por si acaso. No quería ser interrumpida en lo que iba a hacer.

Volvió junto a Art, le desabrochó los shorts y los dejó deslizarse piernas abajo hasta el suelo. Como había podido apreciar antes, no llevaba calzoncillos.

-I promised not to hit you with the belt, but you have been a bad boy, so I’m going to give you a good spanking.

-No, please! -protestó él débilmente.

-Será divertido, ya verás…

Su polla estaba medio empalmada y se endureció rápidamente cuando se la acarició. Tirando de ella, lo condujo al sillón y lo atravesó sobre su regazo. Él se dejó hacer, dócilmente.

El culo de Art era tan bonito como se lo había imaginado: redondito y apretado, muy pálido, cubierto de una fina pelusa rubia. Estuvo acariciándoselo y estrujándoselo un buen rato, disfrutando a tope de él. Luego le volvió a explicar en inglés que había sido un chico muy, muy malo, y empezó la azotaina. Más que para castigarlo, lo hacía para su propio placer. Disfrutó apreciando como la piel blanca de las nalgas iba a adquiriendo un bonito tono sonrosado, cada vez más oscuro. De cuando en cuando se detenía a sobárselas otra vez, saboreando el calorcito que emitían. Art gemía y pataleaba pero no intentó escapar del castigo, no sabía si por la docilidad que le daba la droga o porque, como le pasaba a ella, en el fondo disfrutaba de una buena azotaina. Notaba su polla bien tiesa restregándose contra sus muslos mientras él se retorcía de dolor en su regazo. Eso la excitó aún más, llevándola a pegarle cada vez más fuerte. Levantando bien la mano en el aire, hizo llover sobre ese culito tan mono azotes propinados con toda la fuerza que pudo sacar de sus brazos, hasta que su propia mano empezó a arderle.

Cuando finalmente lo hizo incorporarse, vio en su mirada de aprensión y respeto que lo tenía en su poder aunque se le pasaran los efectos de la droga.

-Ahora viene lo más divertido -le dijo en español.

-What?

No se molestó en explicárselo. Le sacó los pantaloncitos de los pies y lo llevó a la cama, donde lo hizo acostarse bocarriba. Le acarició la polla hasta que adquirió toda la dureza de la que era capaz. Era una verga muy bonita: larga, derecha y delgada. Sería un pecado desperdiciar una verga así.

Entre su ropa esparcida por el suelo encontró su cartera, de la que sacó un condón. Se lo puso cuidadosamente, ayudándose con la boca. Luego se colocó a caballo sobre él y se penetró con avidez con esa polla que tanto codiciaba.

A Art se le puso una sonrisa tontorrona en la boca. Le pegó un bofetón.

-¡No te equivoques, chaval! Aquí al que están follando es a ti.

Art la miró con incomprensión. Le retorció los pezones hasta que lo sintió tensarse de dolor bajo ella. En cuanto lo soltó, la sonrisa idiota volvió a los labios del chico. Se encogió de hombros y empezó a cabalgarlo lentamente, ajustando el ángulo de la penetración para maximizar su propio placer.

Él seguía con la docilidad que le daba la droga, pero no por eso dejaba de disfrutar de la follada. Varias veces arqueó las caderas, intentado imponerle su propio ritmo, y ella tuvo que volver a abofetearlo para impedírselo. Cuando vio que él estaba a punto de correrse, dejó caer todo su peso sobre su pubis para penetrarse hasta el fondo y relajó su vagina en torno a su polla de una forma especial que había aprendido a hacer cuando trabajaba de puta, negándole así la presión que necesitaba para llevarlo a la eyaculación. Art gimió de frustración.

Se quedó contemplándolo, presa de una súbita indecisión. Estaba buenísimo, desde luego, y su cuerpo le pedía a gritos volver a cabalgarlo a todo trapo hasta llegar al orgasmo. Pero Art la miraba ahora con esa sonrisa prepotente que le decía que sabía que ella no se iba poder resistir. En cuanto volviera a moverse, él se correría, y así se habría salido con la suya. No se lo merecía. Art había sabido desde el principio que Jack la iba a drogar y había cooperado completamente con él para hacerlo. Si lo hubieran logrado, sabe dios lo que le habrían hecho… La habrían enculado, seguro, estaba claro que eso es lo que pretendía hacer Jack. A saber a cuántas mujeres habían violado entre los dos.

No, no se merecía disfrutar de ella. Se le ocurrió un plan perverso que la excitó más aún que seguir follándolo. Se levantó bruscamente de él, abandonando su polla insatisfecha.

-What are you doing? -gimió Art-. Please come back!

Cecilia lo ignoró y fue a buscar a Jack, quien parecía medio dormido. Lo hizo levantarse del suelo, lo empujó dando traspiés hasta la cama y lo hizo acostarse al lado de Art.

Cuando le explicó a Art lo que quería que hiciera, él volvió a gemir y suplicar, rodando en la cama para alejarse lo más posible de Jack. Era lo que se esperaba. Recogió el cinturón de Jack del suelo y le dio un buen trallazo a Art en la delantera de los muslos. Él rodó en la cama para protegerse, lo que ella aprovechó para encajarle otro magnífico azote en el trasero. Con eso Art se mostró mucho más dispuesto a cooperar.

Fue al cuarto de baño y se enjabonó bien las manos. Volviendo a la cama, le quitó el condón a Art y usó la espuma de jabón en sus manos para lubricarle bien la polla y el culo de Jack. Hizo rodar a Art hacia la espalda de Jack y lo ayudó a penetrarlo.

¡Qué, Jack! ¡Me querías dar por culo y al final has sido tú quien ha salido enculado! Qué ironías tiene la vida, ¿verdad?

Bastó volver a enseñarle el cinturón a Art para hacerlo comprender que ella no se conformaría si no cumplía su cometido con el brío necesario. Luego él pareció encontrarle el gusto a la cosa y se puso a bombear el culo de Jack con fruición. Éste parecía vagamente consciente de lo que le estaba pasando. Gemía un poco con cada acometida, pero no hizo ningún esfuerzo para escapar. Algo debía de gustarle, a juzgar por la erección morcillona que había adquirido su polla.

Verlos follar la puso tope de cachonda. Se arrodilló a horcajadas sobre sus cabezas para verlos bien, masturbándose con gusto mientras los contemplaba. El trasero de Jack estaba cubierto de las bandas escarlata que le había dejado con el cinturón, mientras que el de Art tenía todavía el bonito color sonrosado de la azotaina, surcado por la banda rojo oscuro del último trallazo con el cinturón. Eran dos chicos malos cumpliendo el castigo que se merecían. Esa idea terminó de llevarla al clímax. Tuvo un par de orgasmos más antes de que Art lograra descargar su semen dentro de su amigo.

Art se puso a lloriquear y a quejarse en cuanto se le pasó la erección. Inesperadamente, eso le provocó remordimientos.

¿No me habré pasado un poco con ellos? A los tíos este tipo de cosas que les hacen dudar de su masculinidad les pueden resultar muy traumáticas. Quizás debería haber terminado de follar con Art y dejar allí la cosa.

¡No, qué va, se lo tienen bien merecido! A lo mejor sentirse un poco menos macho les quitan las ganas de violar a las tías…

Pero lo que yo he hecho es violarlos a ellos, ¿o no?

Le entró el ansia de irse de ahí cuanto antes.

Se vistió rápidamente. Jack se había quedado dormido. Art la seguía con los ojos, con mirada resentida.

Le desató las muñecas a Jack, haciendo caso omiso de las exigencias de Art de que lo desatara a él también. Si lo hacía era capaz de darle una paliza para vengarse. No, ya lo desataría Jack cuando se despertara.

Salió precipitadamente de la habitación.

En la calle el cielo empezaba a iluminarse sobre los montes con el inminente amanecer. Preguntando, le dijeron que el mejor sitio para encontrar un taxi era frente al hotel Magaluf Playa. Efectivamente, allí encontró varios taxis haciendo cola para llevar a los turistas con vuelos tempranos al aeropuerto.

En diez minutos estaba de vuelta en el chalet de los Santillana. Se metió en la cama diminuta de su cuarto diminuto y se quedó dormida instantáneamente.

martes, 12 de abril de 2016

Un problemilla en Magaluf (2)

(Fragmento de mi nueva novela Escenas de poliamor)



Era un hotel de segunda categoría, situado fuera de la primera línea de playa. La habitación estaba decorada con pretensiones modernistas. Contenía una cama de matrimonio y dos sillones forrados de plástico. El cuarto de baño daba a un corto pasillo de entrada. Art caminó de forma mecánica a uno de los sillones y se desplomó sobre él.

Por suerte, la atención de Jack estaba completamente centrada en ella. Se apresuró a quitarle la ropa y se puso a sobarla por todo el cuerpo. La besó y ella respondió con la misma pasividad con que lo había hecho Art, quien los contemplaba con mirada inexpresiva, despatarrado en el sillón.

Jack se separó de ella y se desnudó apresuradamente, dejando caer su ropa descuidadamente al suelo. Tenía una fuerte erección.

¡Ya está, éste me folla ya mismo! Es una pena, porque a mí el que me gusta es Art. Puedo descubrir el percal: “¡Ja, ja, no estoy drogada! Parece que le diste el cubata equivocado a Art… ¡qué gracia! ¿verdad? ¡Bueno, adiós, buenas noches! Encantada de haberos conocido.”

No, un tío que va por ahí drogando a las chicas seguramente no se lo va a tomar con buen humor. Puede ponerse violento…

Aunque si sigo fingiendo y me dejo, sería una violación… No es que me vaya a quedar traumada, por peores cosas he pasado… Es sólo que me jode que un hijo puta como éste se vaya a salir con la suya. ¿Pero qué otra cosa puedo hacer?

Se moría de ganas de mear. Tampoco iba a ser muy agradable si la follaba con la vejiga llena.

Jack se le acercó. Le sobó un poco más las tetas y el culo. Le metió un dedo en la raja del coño.

-Wow! I got her really wet! Do you want to feel how wet she is, Art?

Era verdad: estaba muy mojada. La situación no dejaba de ser excitante.

-Art?

Jack dejó de manosearla y se volvió a mirarlo.

-Art, do you want to touch her, too?

Art balbució algo incoherente. Jack se le acercó y le cogió la cara entre las manos.

-What’s wrong with you, Art?

-I’m all right -dijo Art arrastrando las palabras.

-You are a real light weight, man! A little dope and a little booze and you’re out!

¡Tengo que hacer algo, enseguida!

La solución era muy sencilla. Cecilia dejó escapar el pipí, que cayó formando una pequeña cascada sobre el suelo. Jack lo oyó y se volvió inmediatamente a mirarla.

-What the hell are you doing, girl? Stop! Fuck! Fuck!

Intentó arrastrarla del brazo al cuarto de baño, pero ya era demasiado tarde. Su meada había terminado, dejando un gran charco de orina sobre el parqué. Jack la miró consternado.

-Shit! Look at the bloody mess you’ve made!

 Se volvió a mirar a Art.

-Art, give me a hand cleaning this up.

Art se levantó despacio del sillón y se arrodilló junto a ellos. Empezó a empujar la orina con las manos.

-What are you doing? Are you out of your mind?

Art levantó la vista hacia él con una expresión de incomprensión.

-What we need is something to soak it up. All right, wait here, I’ll take care of it…

Jack se metió en el cuarto de baño.

Esa era su oportunidad. No había un instante que perder.

-Where are the pills, Art? -le preguntó.

-The pills? -dijo Art con la mirada perdida en el vacío.

-Yes, the pills… The pills that he put in my drink.

-His pocket…

Cecilia se abalanzó sobre los pantalones de Jack y rebuscó en los bolsillos. Lo encontró enseguida: un sobre con algo dentro que parecían pastillas. No se detuvo a indagar, escondió el sobre en su puño y volvió a ponerse de pie en medio del charco de orina. Justo a tiempo: Jack salió del cuarto de baño con un puñado de papel higiénico y un par de toallas. Se quedó mirándola, pensativo. ¿La había visto moverse? Cecilia se concentró en mirar al vacío con la misma mirada perdida que tenía Art.

Jack le tiró las toallas y el papel higiénico a Art, quien seguía arrodillado en el charco de orina.

-Here, use this! -Luego se volvió hacia ella-. You’re a bloody mess! I better throw you in the shower.

La condujo al cuarto de baño. Cecilia lo siguió mansamente, metiéndose en la bañera cuando él la llevó hasta el borde. Jack abrió la ducha. Un chorro de agua fría le cayó directamente sobre el pubis. Se estremeció un poco, pero no intentó esquivar el agua. Al menos ya no tendría que pasar más tiempo mojada con su propia meada.

Jack la miró un momento, luego se dio la vuelta y salió del cuarto de baño.

Cecilia respiró aliviada. Había estado temiendo que descubriera el sobre de pastillas en su puño. Salió inmediatamente de la bañera y lo miró: el papel estaba todavía bastante seco. Prestó oído a lo que pasaba en la habitación. Jack le decía algo a Art, luego oyó un sonido a chapoteo. Al parecer, Jack se había puesto a recoger él mismo el pipí del suelo con las toallas. Eso le daba unos segundos.

Con el corazón latiéndole a todo trapo, vació el sobre junto al lavabo. Dentro había tres pequeñas píldoras blancas. ¿Qué hacer? Había dos vasos de cristal que sobre el lavabo. Si le pasaba como a ella, Jack tendría sed después de bailar en la discoteca. Rápidamente, aplastó una de las pastillas con el culo de un vaso y empujó el polvillo resultante al borde del lavabo y dentro del vaso. Dejó ese vaso junto al lavabo y escondió el otro tras la taza del váter. Tiró el sobre y el resto de las pastillas al váter.

Jack le decía algo a Art en el dormitorio. Sonaba irritado. Corrió a volver a meterse bajo la ducha, dejando que le cayera el agua fría en la cara para despejarla. Cuando abrió los ojos vio que Jack la miraba desde la puerta.

-No estás drogada… ¡Estás pretendiendo! -exclamó.

Cecilia permaneció inmóvil bajo el chorro de agua fría, deseando contra toda esperanza que Jack decidiera que se había equivocado.

Él abrió la cortina de la ducha de un golpe y cerró el grifo.

-¡Maldita perra! ¡Has drogado a Arthur!

Siguió fingiendo su pose de zombi. Era lo único que podía hacer.

Jack la hizo volverse hacia él de un tirón en el brazo. Luego le sacudió un bofetón con el revés de la mano, derribándola en la bañera.

¡Cómo he podido ser tan tonta de pensar que podía ganar a este juego! ¡Tenía que haberme marchado en cuanto me di cuenta de lo que hacían!

-¡Para de pretender! ¡No me engañas! ¡Te voy a enseñar!

Jack la miraba apretando los puños, el rostro contraído en una máscara de ira.

Intentó ponerse en pie. Quizás podría salir corriendo de la bañera y escapar a la calle, aunque fuera desnuda. No sería la primera vez que huía desnuda por las calles. Seguramente alguien la ayudaría.

Jack la volvió a derribar de un tortazo. Se metió en la bañera y la emprendió a patadas con ella. Cecilia se hizo un ovillo en el fondo de la bañera, intentando encajar los golpes lo mejor que podía. No pudo evitar sollozar de miedo y de dolor.

Jack dejó de pegarle. Lo oía jadear sobre de ella. Oyó abrirse un grifo y correr el agua. Se atrevió a abrir un ojo y mirarlo a través de sus greñas.

Jack estaba bebiendo del vaso que había dejado sobre el lavabo.

Volvió a cerrar los ojos, antes de que su mirada la delatara.

¿Se habrá disuelto la pastilla en el agua? ¿Cuánto tiempo tardará la droga en hacerle efecto? ¿Media hora? ¡Joder, en ese tiempo pueden pasar muchas cosas! Como siga pegándome me va a hacer daño de verdad.

-¡Por favor, no me pegues más! -le suplicó entre lágrimas-. Haré lo que tú me pidas. ¡Cualquier cosa!

Jack la agarró del pelo y la levantó hasta ponerla de rodillas. Acercó su cara a su polla. Estaba empalmada.

-¿Sí? ¿Vas a chupar mi polla?

Cecilia la cogió en la mano. Iba a metérsela en la boca cuando Jack la volvió a derribar de un tortazo.

-Para morderla, ¿verdad? ¡No guapa! Conozco los trucos. No… ¡Voy a darte por culo!

La volvió a agarrar del pelo para hacerla ponerse en pie. La hizo salir de la bañera y le tiró una toalla.

-¡Seca!

Cecilia empezó a secarse cuidadosamente, sin quitarle la mirada de encima por si volvía a pegarle. Lloraba de rabia. Tenía magullados los muslos, el culo y la espalda. Le ardían las mejillas de los bofetones y tenía el labio hinchado. Pero ahora al menos tenía la esperanza de poder ganarle la partida. Se puso a secarse el pelo con la toalla, intentando ganar tiempo.

Jack, obviamente, no estaba dispuesto a dejarla. Le quitó la toalla de un manotazo y la empujó fuera del cuarto de baño.

Art estaba todavía arrodillado en el suelo, frotándolo fútilmente con una toalla.

-Leave that, you dumb fool! Come on! Stand up!

Jack agarró a Art de las manos y lo hizo ponerse en pie. Él se quedó  mirándolos con gesto inexpresivo. Jack negó con la cabeza.

-I guess you’re in no shape to fuck her… Well, too bad!

La volvió a agarrar del pelo y la empujó sobre la cama, dejándola doblada sobre el borde. Cecilia supo lo que se le avecinaba y apretó los puños con impotencia. Disimuladamente, se volvió a mirarlo. Estaba frotándose la polla para aumentar su erección. Se escupió en la mano y se le acercó por detrás. Lo de que le iba a dar por culo iba completamente en serio. Así, con un poco de saliva por todo lubricante, iba a resultar doloroso.

domingo, 10 de abril de 2016

Un problemilla en Magaluf (1)

Cap de la Mola, Port Andraxt, Mallorca
(Fragmento de mi nueva novela Escenas de poliamor)

Casi sin pensarlo Cecilia subió por la rampa que rodeaba el chalet y salió a la calle. Tiró en la dirección de la punta del elevado promontorio en el que se encontraba el chalet, el Cap de la Mola. Era un buen paseo, ya que primero tenía que seguir la calle en la que estaban en dirección a Port Andraxt para luego tirar en dirección opuesta por otra calle que bordeaba el acantilado. En algunas de las casas todavía había gente afuera, charlando en el jardín.

Al final de la calle había una rotonda y un pequeño descampado que llegaba hasta el borde del acantilado, que caía a pico casi un centenar de metros hasta el mar. La luna, ya pasado el cuarto creciente, le daba a todo un color azulado y se reflejaba en el mar. La vista era espectacular: una serie de promontorios y entrantes que se extendía hacia la isla Dragonera al norte y desaparecían en dirección a la Bahía de Palma al sureste. La serenidad de la noche y la placidez del mar le devolvieron la calma.

-¡Hola! -dijo una voz con acento extranjero a su espalda.

Volviéndose, vio el punto rojo de un cigarrillo cerca del suelo, junto a unos matorrales. Molesta de que le estropearan su momento de tranquilidad, se dio la vuelta para irse a casa. El punto rojo le salió al encuentro.

A la luz de la luna pudo distinguir un hombre aproximadamente de su edad, con el pelo en melena hasta la base del cuello, pómulos altos y nariz fina y rectilínea. Su actitud y su sonrisa eran amistosas.

-¿Quieres porro? -dijo ofreciéndole el canuto que llevaba en la mano. Cecilia pudo oler la mariguana.

-No gracias -le dijo, devolviéndole la sonrisa.

Otro chico venía detrás del primero. Parecía mucho más joven, tenía el pelo corto y muy rubio, y rostro angelical.

-Mi nombre es Jack -dijo el primero con un fuerte acento inglés. Le colocó la mano en el hombro a su amigo-. Éste es Arthur… Art para los amigos. ¿Cuál es tu nombre?

-Cecilia -dijo ofreciéndole la mano, primero a Jack y luego a Art.

-Wow! She’s really sexy! -dijo Art, quien sonaba bastante colocado.

-Shut up, Art! You’re going to spook her.

Les iba a hablar en inglés, pero cuando vio que los dos asumían que no sabía inglés decidió no hacerlo. Sería divertido oír lo que decían de ella. De todas formas, le hubiera gustado devolverle el cumplido a Art. Él también era sexy. Vestía una camiseta oscura sin mangas y shorts de un color claro. Sus brazos y sus piernas estaban recubiertos de fino vello rubio que invitaba a acariciárselos.

-¿Dónde vives? -le preguntó Jack. Estaba claro que Art no sabía una palabra de español.

-Estoy aquí en Port Andraxt, con unos amigos -dijo señalando vagamente en la dirección del chalet de los Santillana.

-Nosotros somos en Magaluf… En un hotel. Venimos de Liverpool, como The Beatles… “She loves you, yeah, yeah, yeah!” -cantó bastante bien.

Cecilia se rio. La verdad es que eran muy graciosos.

-¿Quieres? -Jack le volvió a ofrecer el porro.

Por no hacerles el feo, se lo cogió y le dio una calada. El humo le quemó la garganta. Tosió y le pasó el porro a Art, quien tomó un profunda calada, retuvo el humo en los pulmones y lo expelió despacio por la nariz, todo eso con la vista clavada en ella. Estaba claro lo que quería. A ella también le apetecía, la verdad. Entre los preparativos, el viaje y los problemas de alojamiento en casa de los Santillana, llevaba ya cuatro días sin follar. Incluso apenas le había dado tiempo a masturbarse. Ahora que lo pensaba, eso explicaba su malhumor durante la cena.

Jack le escudriñaba la cara, quizás intentando adivinar sus intenciones. Volvió a abrazar a Art por los hombros y le dio un estrujón cariñoso. Art se dejó hacer, ladeando la cabeza y sonriéndole a ella. Ese aire pasivo la excitó.

Jack cogió lo que quedaba del porro de entre los dedos de Art y le dijo

-Vamos a Magaluf ahora… A la discoteca, a bailar… ¿Te gusta bailar? -Y se puso a bailar un poco.

-Sí… sí que me gusta bailar. Así que vais a una discoteca que hay en Magaluf…

-Sí… ¿Vienes?

Laura les había dicho algo de Magaluf. Era un sitio turístico a unos quince minutos de allí. No estaría mal ir un rato a menear el esqueleto. Siempre se podía volver en un taxi… El único problema era que no se había traído dinero.

-Vale, pero tengo que parar en casa a coger dinero.

-¡Ah, OK! No problema. Te llevamos allí. Tú me dices…

Los ingleses habían venido en un Ford Fiesta de alquiler que tenían aparcado cerca de la rotonda. Art le cedió caballerosamente el asiento de delante. Su miedo de que Jack estuviera demasiado colgado para conducir se le quitó al poco rato. Iba despacio y parecía muy relajado al volante. Enseguida la dejaron frente al chalet de los Santillana.

La casa estaba ya a oscuras. Entró por la puerta de la piscina a su dormitorio. No le gustaba llevar bolso, porque siempre tenía que preocuparse de que se lo fueran a robar, sino que tenía una pequeña cartera que se ataba con un cinturón debajo de la ropa. Era de los más práctico y seguro para salir de juerga. Metió en ella algo de dinero y un par de condones, por lo que pudiera pasar.

En unos minutos estaban en Magaluf. La calle principal se llamaba Punta Balena y estaba llena de bares y restaurantes. Los ingleses aparcaron el coche y la llevaron a la discoteca.

Jack parecía desenvolverse muy bien en ese ambiente. Aunque había mucha gente, se las apañó para hacerse con una mesita de un grupo que se iba. La música estaba demasiado alta para hablar. Jack les indicó por señas que iba a buscar bebidas.

Art le sonreía amistosamente, todavía bastante colocado. Le pasó el dedo sobre el muslo, jugando con su vello rubio. Él le correspondió trazando un recorrido similar sobre su media.

Jack apareció con tres vasos de tubo, dos de color marrón y otro claro. Cuba-libres y gin-tonic, se dijo Cecilia. Ella apenas bebía, pero ayudaba a su amigo el Chino a preparar bebidas en Angelique, la barra americana en la que había trabajado durante un tiempo. El gin-tonic era para Jack y los cubatas para Art y para ella. Dio un pequeño sorbito para quedar bien. No pensaba emborracharse, le gustaba hacer el amor con la cabeza bien despejada.

Art se rio y le dijo algo al oído a Jack, quien asintió con la cabeza. Art le dirigió una mirada entre maliciosa y culpable. Bebió otro sorbito del cubata. Art se volvió a reír.

Mil alarmas se le dispararon en la cabeza. Su trabajo en Angelique le había enseñado que algunos hombres ponían drogas en las bebidas de la chicas para luego aprovecharse de ellas. Las drogas las volvían dóciles y luego les impedían acordarse de nada de lo que había pasado. Cecilia se había tomado la molestia de leer sobre ese tema en revistas científicas que encontró en la biblioteca del Departamento de Bioquímica de la Autónoma. Eso le confirmó que esas drogas existían y tenían efectos muy potentes. ¿Pero por qué le iban a hacer eso a ella, que estaba dispuesta a acostarse con ellos? ¿Se estaba imaginando cosas? ¿Quizás la calada que le había dado al canuto la había vuelto paranoica?

Tenía una cosa clarísima: no pensaba beberse ese cubata. Sería una tontería arriesgarse cuando encima a ella no le gustaban los cubatas. Empezaron a tocar Take a Chance on Me, de ABBA, una canción con marcha que le gustaba mucho.

-¡Vamos a bailar! -dijo poniéndose en pie de un salto. Los ingleses la siguieron a la pista.

Se puso a bailar de manera agresiva, descargando toda la tensión y la frustración de esa tarde. Art bailaba frente a ella, imitándola, pero poco a poco Jack lo desplazó a un lado. Le dio la espalda y sacó el culo mientras bailaba, moviéndolo provocativamente. Jack se le pegó por detrás. Él también quería tirársela, estaba claro. Quizás ese fuese el tema, que ellos no pensaba que fuera a querer complacerlos a los dos. Por eso se había reído Art: porque Jack tenía prioridad y Art quería asegurarse de que también le llegaría su turno. Y creían que la única forma en que ella accedería a follar con ellos dos era drogarla.

¡Eran unos mierdas, unos violadores! Estuvo a punto de salir a coger un taxi para irse a casa. Pero la situación la intrigaba, no quería irse sin saber la verdad. Además, la sonrisa que Art le dedicaba era irresistible.

Eres un chico muy, muy malo, ¿sabes? Te mereces que te de unos buenos azotes en ese culín tan resalado que tienes.

A su lado bailaba un hombre corpulento con una camisa estampada con palmeras, coches clásicos y volcanes en erupción. Su idea del baile era dar saltos descontrolados que lo llevaron varias veces a chocar con ella. Cecilia continuó ahora su danza provocativa con Jack, guiándolo a donde ella quería. Él tenía los ojos clavados en su cuerpo, así que no se dio cuenta hasta que el tipo hortera colisionó con él. Aprovechando la reyerta que se desencadenó, Cecilia desapareció sigilosamente entre la multitud.

Tenía el tiempo justo para ejecutar su plan. Lo primero que hizo fue desabrocharse dos botones de la camisa y abrir el cierre de su sujetador. Siempre había encontrado los sujetadores con cierre por delante de lo más prácticos. Encontró un hueco en la barra y se inclinó mucho hacia adelante. Pasaron sólo unos segundos hasta que el barman se dio cuenta de que le ofrecía una buena vista de su teta. Cecilia le sonrió y le hizo una seña.

-Un cubata… Con poco ron, por favor -le dijo con su más encantadora sonrisa, poniendo dos billetes de cien pesetas sobre la barra.

El barman no tardó en volver con el cubata, para hacerse con el dinero y echarle otro vistazo a su teta.

Cecilia fue a la mesa donde habían dejado las bebidas. Puso el nuevo cubata donde estaba el suyo. Cogió su cubata antiguo, lo vació el suelo hasta dejarlo al mismo nivel que el de Art y lo puso en su lugar. Luego cogió el cubata de Art y lo abandonó casualmente en la barra del bar.

Ahora vamos a ver si me habéis puesto droga en la bebida o no.

Lo pensó un momento… Cogió su nuevo cubata y se lo llevó a la pista de baile.

Por si las moscas. 

Jack le sonrió cuando la vio aparecer con el cubata. Le pegó unos buenos tragos mientras bailaba con él, para que la viera bebérselo.

-¡Qué sed! -le dijo, aunque dudaba que la pudiera oír con la música.

Al cabo de un rato volvieron a la mesa. Art, como un buen chico, apuró su cubata en un par de sorbos. Ella hizo lo propio con el suyo. Jack fue a levantarse para pedir más bebidas, pero ella se le adelantó.

-Ahora me toca a mí -le dijo, levantando la mano para detenerlo.

Volvió a utilizar el truco de la camisa entreabierta para pedir un gin-tonic, un cubata para Art y una Coca-Cola a secas para ella. Los ingleses pensarían que era otro cubata.

De vuelta a la mesa, arrimó su banqueta a la de Art. Sin soltar su bebida, se pegó a él y lo besó en los labios, fingiendo seguir un impulso salvaje. Art le respondió con pasión. Parecía estar completamente normal.

Jack le hizo una seña para que acercara el oído a él.

-Yo también quiero besos -le dijo.

-Jack, no te ofendas, pero a mí el que me gusta es Art -le dijo ella al oído.

Escrudiñó cuidadosamente a Jack para ver su reacción. Si se había picado, lo disimulaba muy bien.

-Entiendo. Art es muy guapo -dijo sonriéndole caballerosamente.

Art tenía la vista perdida en el vacío, los ojos algo vidriosos. ¿Estaba drogado? Si era así, era fundamental que Jack no se diera cuenta. Cecilia volvió a inclinarse sobre Art y lo estuvo besando un buen rato. Art estaba mucho más pasivo que antes, respondiendo a sus besos de forma mecánica. ¿Cómo asegurarse de que estaba drogado?

-Drink -le ordenó al oído.

Art cogió su vaso y bebió.

-Don’t tell Jack that I speak English -le volvió a decir al oído-. Do you understand?

-Yes -dijo Art con voz robótica.

Cecilia le dio otro largo beso. Luego se quedó quieta e hizo lo posible por imitar la mirada vidriosa de Art. Jack la escudriñaba cuidadosamente. Cuando estuvo satisfecho le dijo al oído:

-Vamos.

Se levantó de forma mecánica. Jack le hizo a una seña a Art que los siguiera, pero él no se movió. Jack tuvo que hacerlo levantarse tirándole del brazo. Cecilia fingió que daba un traspié y que se apoyaba en Art para no caerse. Lo cogió por la cintura para obligarlo a andar. Jack les dirigió una breve mirada y se encaminó hacia la salida de la discoteca. Seguramente creía que Art la llevaba a ella, cuando en realidad era lo contrario.

Salieron los tres de la discoteca y caminaron hacia el coche. Jack no puso ninguna objeción cuando se sentó en el asiento de atrás con Art. Camino del hotel le entraron ganas de mear. Claro, demasiada bebida. ¿Cómo coño dice una chica drogada que necesita ir al baño? No le quedaba más remedio que esperar a ver cómo se desenvolvían los acontecimientos. Se sentía tranquila y contenta. Toda esa situación se le antojaba de lo más divertido.

(Continuará)
Magaluf

domingo, 10 de mayo de 2015

¿Por qué sentimos vergüenza?


Desde hace un tiempo siento una gran fascinación por las emociones, quizás porque estoy convencido de que contribuyen en gran medida a nuestra felicidad. De hecho, es frecuente confundir la alegría (que no es más que una emoción) con la felicidad (que es un estado profundo de ser que transciende a las emociones). No voy a entrar aquí en definir la felicidad, sólo apuntar que depende en gran medida de sentir emociones positivas, como la alegría y el amor, y el limitar nuestras emociones negativas, como el temor, la ira y la tristeza.

Un grupo de emociones particularmente importantes son aquellas que están relacionadas con cómo nos percibimos a nosotros mismos y cómo nos perciben los demás. Por esa razón se denominan en inglés “self-conscious emotions” (Muris and Meesters, 2014): emociones de la consciencia del ser. Normalmente se nombran tres: la culpa, la vergüenza y el orgullo; pero existen otras relacionadas con ellas: la dignidad, la soberbia, el arrepentimiento, el ridículo y el humor. El orgullo, la dignidad y la soberbia son emociones positivas que nos hacen sentirnos bien con nosotros mismos, mientras que la culpa, el arrepentimiento y la vergüenza son emociones negativas que disminuyen nuestra autoestima.

En particular, la vergüenza es una poderosa emoción con una tremenda capacidad para hacernos daño, pudiendo llevar incluso al suicidio (Lester, 1997, Werbart Tornblom et al., 2015). También se ha visto que el desorden de estrés post-traumático (PTSD) no sólo está causado por el miedo, sino que tiene importantes componentes de culpa y vergüenza (Lee et al., 2001, Wilson et al., 2006). El comprender la vergüenza es también esencial en la lucha por las libertades sexuales y la igualdad. Tanto el “estar en el armario” como el que nos saquen de él a la fuerza (“outing” en inglés) tienen profundos efectos en la autoestima debido a la vergüenza que conlleva que no nos ajustemos a la normativa de la sociedad (Chekola, 1994).

¿Por qué existe la vergüenza? La clave de la supervivencia de los seres humanos es nuestra habilidad de vivir en grupos sociales. En el entorno en el que evolucionó nuestra especie, una persona sola sería incapaz de encontrar alimento y defenderse de los predadores para sobrevivir. Es a base de vivir en grupos como los humanos hemos sido capaces de conquistar casi todos los ecosistemas de la superficie terrestre. Sin embargo, el funcionamiento armonioso de una sociedad humana requiere que se respeten una ciertas reglas que establecen la cooperación mutua, de tal manera que todo el mundo contribuya y nadie se beneficie indebidamente del esfuerzo de otros. También hace falta que haya frenos a la agresividad y que se establezcan jerarquías que hagan que las opiniones y los actos de los individuos con mayor éxito y experiencia se valoren más que las de los demás.

El orgullo, la culpa y la vergüenza son emociones que evolucionaron para hacer que estas reglas sociales estén arraigadas en las profundidades de nuestro psiquismo (Breggin, 2015). Así, la culpa y el arrepentimiento cumplen la función de evitar que se rompan normas sociales y que reparemos el daño causado cuando lo hacemos. La vergüenza y la humillación aparecen frecuentemente asociadas con ataques que nos hacen perder nuestro atractivo social (Gilbert, 1997). Otros investigadores señalan que el orgullo y la vergüenza son señales sociales que benefician tanto a quien las expresa como a quien las observa (Martens et al., 2012). En particular, el mostrar vergüenza puede servir para apaciguar a los otros tras una transgresión social y así evitar o paliar el castigo. Por otro lado, la vergüenza desempeña un papel esencial en la regulación de la conducta social y es uno de los incentivos más fuertes para cambiarse a uno mismo (Lickel et al., 2014). Por ejemplo, el avergonzar al maltratador puede servir para mitigar o poner fin a situaciones de abuso doméstico y acoso sexual. Se ha visto que la vergüenza es fundamental en el tratamiento de personas que abusan sexualmente de niños (Proeve and Howells, 2002).

¿Pero entonces por qué existe la vergüenza como emoción distinta de la culpa? Mientras que la culpa es principalmente un freno a la agresividad y al egoísmo, la vergüenza y su emoción opuesta, el orgullo, actúan como incentivos para la cooperación. El orgullo nos señala un aumento en nuestro status social cuando tenemos éxito, mientras que la vergüenza opera como una señal de alarma que nos advierte que disminuye la estima con que se nos tiene en el grupo. En el entorno evolutivo, la capacidad de una persona para alimentarse y reproducirse debía estar estrechamente asociada a este estatus social, lo que explicaría que la vergüenza esté profundamente arraigada en el funcionamiento de nuestro cuerpo. Por ejemplo, la vergüenza produce rubor, que una respuesta automática del sistema cardiovascular. También produce importantes efectos negativos en el sistema hormonal, como un aumento en la hormona de estrés cortisol, y en el sistema inmune, como un aumento en las citoquinas pro-inflamatorias (Dickerson et al., 2004).

Resulta interesante analizar algunas emociones relacionadas con la vergüenza: la dignidad, la humillación, el ridículo y el humor. Podríamos decir que la dignidad es la manifestación externa del orgullo en nuestro comportamiento. Sin embargo, la dignidad puede ser mentirosa: podemos comportarnos de forma digna aunque por dentro no nos sintamos orgullosos. Si hacemos esto, a menudo la gente que nos rodea intentará desenmascararnos, exponiendo nuestra falta de autoestima al dejarnos en ridículo. El ridículo es, por lo tanto, una pérdida de dignidad que conduce al humor… Cuando el petulante gallito se cae en un charco, todo el mundo se ríe. Cuando una persona con buena autoestima se ve en una situación de ridículo reacciona uniéndose al regocijo general, riéndose de sí mismo. Paradójicamente, esto tiene el efecto de rescatarlo del ridículo. Por el contrario, una persona con baja autoestima intentará mantener su dignidad a toda costa: el petulante gallito se levanta del charco y se ajusta la ropa mojada, muy serio, pretendiendo que no ha pasado nada. El resultado son más risas.

Por otro lado, la humillación y el avergonzar son técnicas muy comunes tanto en el abuso psicológico como en el control de la gente por el poder religioso y político. Por lo tanto, hace falta desarrollar estrategias para desenmascarar esas campañas de humillación masiva. Una de esas estrategias es dar connotaciones positivas a palabras que se usan para humillar, como se hizo en inglés con las palabras “gay”, “slut” (“guarra”) y “pervert” (“pervertido”). En particular, “slut” se aplica ahora a ambos sexos, no sólo a las mujeres, y ha pasado a denominar a una persona liberada sexualmente con un poderoso eroticismo. También se usa en la expresión “slut shaming”, con la que se denuncia la actitud de querer avergonzar a una mujer por su conducta sexual. Por otro lado, neologismos como “homofobia”, “misoginia”, “misandria”, “sexo-negativo” y “erotofobia” se pueden usar para avergonzar a los opresores, exponiendo sus actitudes de odio y de miedo irracional.

En resumen, creo que comprender la emoción de la vergüenza es fundamental tanto por el papel que desempeña en nuestra salud física y mental como por su capacidad para ser usada para el abuso psicológico y la opresión cultural.

Referencias


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Chekola M (1994) Outing, truth-telling, and the shame of the closet. J Homosex 27:67-90.

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Gilbert P (1997) The evolution of social attractiveness and its role in shame, humiliation, guilt and therapy. Br J Med Psychol 70 ( Pt 2):113-147.

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Wilson JP, Drozdek B, Turkovic S (2006) Posttraumatic shame and guilt. Trauma Violence Abuse 7:122-141.


domingo, 15 de febrero de 2015

Misandria: odio al hombre

Bart Simpson escribe en la cabeza de su padre: "insertar cerebro aquí"

Tendría que haber sido obvio desde el principio, pero parece ser que una buena parte de las feministas han tardado décadas en darse cuenta de que no se pueden resolver los problemas de las mujeres sin contar con los hombres. Por fin asistimos a un clamor por poner fin a la guerra de los sexos, como lo hizo la actriz Emma Watson al lanzar la campaña feminista HeForShe con su discurso en las Naciones Unidas


En él dice, entre otras cosas: “Cuanto más he hablado sobre feminismo, más me he dado cuenta de que la lucha por los derechos de la mujer a menudo se ha convertido en sinónimo de odio a los hombres. Si hay algo de lo que estoy segura, es que esto tiene que acabar.” “Mi investigación reciente me ha mostrado que el feminismo se ha convertido en una palabra impopular.” “He visto el papel de mi padre ser menos valorado por la sociedad a pesar de que de niña yo necesitaba su presencia tanto como la de mi madre. He visto hombres jóvenes sufrir enfermedades mentales y ser incapaces de pedir ayuda por miedo de parecer menos macho (…). He visto hombres frágiles e inseguros a causa de un sentido distorsionado de lo que constituye el éxito masculino. Los hombres tampoco gozan del beneficio de la igualdad.”

Todo eso está muy bien, pero también haría falta hablar de cómo muchas versiones del feminismo han fomentado la misandria, el odio al hombre. Porque, en definitiva, lo que hace que muchos hombres no se apunten a la causa es que se han visto atacados por el feminismo una y otra vez. Se preguntan, con razón, si apoyando al feminismo no están yendo contra sus propios intereses. Claro que el feminismo no es la única fuente de misandria. Ni siquiera la encontramos sólo en las mujeres; tristemente, parece haber muchos hombres que detestan la condición masculina. Por ejemplo, el otras veces brillante científico Jared Diamond toma una actitud extrañamente misándrica en su libro “Why Is Sex Fun?”. En uno de sus capítulos, basado en sus experiencias con tribus de Nueva Guinea, nos viene a decir que los hombre nos sirven para nada.

Por favor, no nos metamos en discusiones estériles sobre qué es peor, si la misoginia o la misandria, como si tuviéramos que elegir entre ellas. Las dos actitudes son inmorales e incluso se refuerzan mutuamente. Odiar a los hombres no remedia en modo alguno el odio a las mujeres. Como pasa con todas las guerras, la guerra de los sexos al final daña a todos. Cuando se nos ataca a los hombres es más fácil que nos atrincheremos en actitudes defensivas y racionalicemos el machismo, de la misma forma que el degradar y explotar a las mujeres las puede llevar a apoyar posturas hembristas de odio a los hombres.

Como pasa con la misoginia, la misandria suele aparecer en formas muy sutiles e insidiosas, en frases hechas y estereotipos culturales que se aceptan de manera irreflexiva. A pesar de lo que decía antes de que la guerra de los sexos daña también a las mujeres, no faltarán feministas que quieran negar la existencia de la misandria en nuestra sociedad. Para que resulte más fácil identificarla, hago a continuación una lista de sus manifestaciones más frecuentes.

1. Denigrar el deseo sexual del hombre. ¿Cuántas veces hemos oído expresiones como éstas? “Los hombres piensan con la polla”. “Los hombres sólo piensan en una cosa”. “Los hombres son unos cerdos”. “Sí, dice que quiere ser tu amigo, pero lo único que quiere es follarte”. “Es un viejo verde”. Todas ellas insinúan que el que los hombres sientan deseo sexual por las mujeres en algo vergonzoso. Ciertas feministas de la segunda ola veían el deseo masculino como intrínsecamente explotador de la mujer y buscaron reprimirlo. Esta actitud persiste hoy en día en críticas hacia la pornografía y en nuevas leyes que buscan perseguir a los clientes de las prostitutas. En esto el feminismo anti-porno  se da la mano con las actitudes  represivas de las religiones tradicionales: el hombre debe desear sólo a su esposa, todo lo que se desvíe de eso es malo. En su forma más virulenta, esta actitud se combina con el desprecio por la edad (“edadismo”) para condenar el que un hombre maduro se sienta atraído por mujeres jóvenes. Las nuevas ideologías sexo-positivas celebran sin reparos la sexualidad femenina en todas su versiones, pero a menudo no queda claro si la sexualidad masculina merece el mismo trato. Por supuesto, el deseo sexual no justifica en modo alguno la agresión y la explotación de las mujeres, pero hay que enfatizar que lo que es malo no es el deseo en sí, sino las conductas que dañan al prójimo.

2. “Todos los hombres son violadores”. O, dicho de forma más suave, el culpar a todos los hombres de las agresiones a las mujeres que realizan algunos. Esto dio lugar al hashtag #NotAllMen  en internet y a su respuesta con #YesAllWomen (que explica que todas las mujeres son víctimas de misoginia en mayor o menor medida). La controversia en torno a esas hashtags se basa en que en medio de una conversación sobre como las mujeres son víctimas de agresión, un hombre suele interrumpir diciendo “yo no hago eso”, “no todos los hombres somos así”, o algo por el estilo. Las feministas critican esto porque el interrumpir a una mujer es un signo de actitudes machistas, que además en este caso sirve para desviar el tema de la conversación, cambiando el foco de las mujeres a los hombres. Sin embargo, creo que si en una conversación sobre agresión a mujeres se implica que todos los hombres son agresores, esto es sexismo anti-hombre y debe de ser señalado inmediatamente. A fin de cuentas, tales conversaciones no se dan en un vacío cultural, sino en el contexto de una larga historia de escritos feministas que condenan a todos los hombres por agredir o explotar a las mujeres. Culpar a alguien por lo que es (hombre) y no por lo que hace (agredir) es la injusticia fundamental que forma la base de toda actitud sexista. Una cuestión relacionada con esto es que la mujer vea a un hombre desconocido como un potencial agresor. El tener esto presente es un simple cuestión de prudencia, pero se debe tener cuidado de no traducir es actitud interior de cautela en una actitud exterior de sospecha. Dicho de otra manera, una mujer tiene derecho a comportarse de forma que proteja su propia seguridad, pero es insultante hacer ver a los hombres con quienes se relaciona que son sospechosos inmediatos de ser violadores.

3. “Los hombres oprimen a las mujeres”. Cuando se habla de opresión de la mujer, muchas feministas lo hacen como si dieran por sentado que son los hombres quienes oprimen a las mujeres. Eso no es verdad, lo que oprime a las mujeres son una serie de normas y prácticas culturales a las que se les ha llamado “el patriarcado”. El patriarcado no son los hombres. De hecho, muchas mujeres han apoyado y siguen apoyando al patriarcado, mientras que muchos hombres luchamos contra él.

4. “La testosterona es veneno”. He oído muchas veces esta frase en círculos progresistas. La testosterona, lejos de ser un veneno, es una hormona esencial para el funcionamiento normal del cuerpo de los hombres y de las mujeres. Aunque más abundante en los hombres, en los dos sexos produce deseo sexual, ayuda al desarrollo muscular y disminuye el dolor, aparte de desmpeñar muchas otras funciones. Por supuesto, la frase se usa como metáfora para rechazar la agresividad natural del hombre. Pero no debemos confundir agresividad con violencia. La agresividad es necesaria para superarnos en los deportes, en el estudio y en el trabajo. Nos permite movilizar nuestra energía para realizar un esfuerzo intenso y prolongado. De hecho, el feminismo ha promulgado un tipo de mujer más agresiva y menos pasiva que el que impone el patriarcado. Una cierta dosis de agresividad sana es buena tanto en el hombre como en la mujer.

5. Des-empoderar a los hombres. A veces se sugiere que el darles poder a las mujer significa quitárselo a los hombres. Esto sería injusto, ya que cada cual tiene derecho a tener control sobre su vida, a su independencia y autonomía, y a desarrollar sus capacidades creativas al máximo posible. El tener poder no significa quitárselo a otro. Esto sólo se da en relaciones basadas en la explotación o en la competencia, y yo creo en una sociedad basada en la cooperación y la solidaridad en todos los ámbitos. Nuestra lucha debe encaminarse a conseguir ese tipo de sociedad, no a establecer el poder de un grupo sobre otro. Yo encuentro esta forma de misandria, por ejemplo, en la manía que les ha dado a algunas de criticar a los machos alfa. La realidad es lo contrario, y muchas mujeres se sienten atraídas por hombres poderosos, no necesariamente los triunfadores en la política o los negocios, sino también los que destacan por su inteligencia y por sus estudios.
Personajes de Futurama: Fry, Bender y Leela

6. El estereotipo del hombre estúpido, perezoso y bruto. Últimamente nos lo encontramos en muchas películas y series de televisión. El ejemplo más claro es Homer Simpson, un ser de poca inteligencia dado en decir y hacer las mayores estupideces. Su hijo, Bart, es mal estudiante y un gamberro nato. Por el contrario su hija Lisa es una alumna superdotada aficionada a la ciencia y a quien le gusta ponderar cuestiones filosóficas y resolver problemas sociales. Este contraste entre hombre estúpido y mujer brillante lo encontramos en la otra serie de dibujos animados de Matt Groening, Futurama, en la que Fry es un joven repartidor de pizza parangón de la ignorancia a ultranza, mientras que su contraparte femenina, la mutante Leela, es una piloto de naves espaciales brillante, valiente y aventurera. El estereotipo del hombre tontorrón aparece en muchas otras partes, como en películas como “Dumb and Dumber”.

7. El estereotipo del hombre falto de afectividad y compasión. Esto es algo que hemos heredado del viejo machismo, pero que se sigue perpetuando. Christian Grey, el protagonista de las infames “50 Sombras” , responde bastante bien a él. Pero también está presente en el sinfín de héroes y super-héroes masculinos que la industria del cine ha producido en masa durante todo el siglo 20. Hay que tener cuidado, de todas formas, cuando emerge en círculos progresistas y feministas para quitarnos voz a los hombres en base a que no tenemos la suficiente inteligencia emocional para comprender determinadas cuestiones. También se usa para reforzar la imagen que describía antes del hombre demasiado agresivo y violador en potencia.

Mensaje "sutil" de violencia  al hombre en un colectivo feminista
Emma Watson y el grupo HeForShe nos reta a los hombres a luchar por la igualdad de la mujer. Dados los numerosos casos de misandria que vemos emerger por todas partes, creo que es importante que el feminismo nos garantice que esta lucha no se traducirá en socavar los derechos legítimos y la dignidad de los hombres. Por ejemplo, la imagen de arriba fue encontrada en un mensaje reciente (2104) de la Coordinadora Feminista. La misandria le otorga al feminismo la oportunidad de redimirse de la mala reputación que ha ido adquiriendo durante décadas, probando de forma decisiva que realmente lucha por la igualdad de los sexos (y no la supremacía de la mujer) y contra el sexismo de todo tipo (y no sólo el machismo). Lo único que tiene que hacer es salir en defensa de los hombres cuando son atacados y denigrados. ¿Sabrá el feminismo aceptar el reto que supone la misandria?

domingo, 11 de enero de 2015

El secuestro de Cecilia


Éste es otro fragmento de mi novela Desencadenada. Es el principio de uno de los segmentos más duros de la novela, en el que Cecilia se enfrenta a una situación sumamente peligrosa...

Nada más doblar la esquina, Vicente se adelantó un par de pasos y se detuvo delante de ella, mirándola.

-¡Desde luego, sí que estás buena! -le dijo con una sonrisa burlona.

Eso le extrañó, sus maneras, hasta entonces educadas aunque un tanto nerviosas, parecían haber cambiado súbitamente. Lo miró, sorprendida. Iba a decirle algo pero él la empujó contra la pared y la besó violentamente. Al principio se dejó hacer. Le gustaba que la besaran así y, a fin de cuentas, estaba allí para servir al cliente. Pero cuando el beso empezó a prolongarse intentó empujarlo para librarse de él. Él la apretó con aún más fuerza contra el muro. Giró la cara para librarse de su boca.

-¡Vale ya! Vamos al hotel… -empezó a decir.

Entonces los vio: dos tipos que habían aparecido de ninguna parte. Los reconoció enseguida: Luis y su repulsivo amigo Benito.

-¡Socorro! -gritó, al tiempo que intentaba zafarse con renovadas energías. Pero Vicente la sujetó con aún más firmeza, poniéndole la mano sobre la boca para ahogar su grito. Los otros dos se les echaron encima en un santiamén. Benito le agarró la muñeca, retorciéndole el brazo tras la espalda, haciéndole daño. A pesar de eso, se debatió. La obligaron a andar, apartándola de la pared. Se le torció un tobillo y se hubiera caído al suelo si no la hubieran sostenido. Perdió uno de los zapatos.

Un coche se detuvo en doble fila con un frenazo: un Dodge Dart negro. Luis abrió la puerta trasera. Benito tiró aún más de su brazo para forzarla a inclinarse hacia a delante, y la empujó dentro.

-¡Socorro! ¡Me secuestran! -volvió a gritar aprovechando que ya no le tapaban la boca.

Luis entró por la otra puerta trasera, atrapándola entre él y Benito. Le dio un bofetón.

-¡Cállate! -le dijo, y a los otros: -¡Venga, vámonos!

Tres puertas se cerraron en rápida sucesión. El coche aceleró.

Benito tiró de su brazo hacia arriba de su espalda, obligándola a doblarse hacia adelante. Notó un contacto metálico alrededor de la muñeca por la que la agarraba. La querían esposar. Enterró su brazo izquierdo en su vientre para que no pudiera cogerle esa muñeca. Luis empezó a tirar de él para sacárselo, y ella se dobló sobre sí misma con aún más fuerza para impedírselo. Benito aflojó la presión en su otro brazo y la empujó hacia atrás, permitiendo a Luis agarrarle la muñeca. Siguió forcejeando, resuelta a no dejarse poner las esposas.

-Ponle la mano en la espalda -le dijo Benito a Luis.

Cecilia dejó caer el zapato que le quedaba y clavó los pies en los asientos delanteros, presionando la espalda contra el respaldo con toda la fuerza de su cuerpo. Era la postura de escalar en chimenea, conocía bien su poder: aprovechaba la fuerza de todos los músculos de su cuerpo.

-No puedo -gruñó Luis-. Da igual, pónselas por delante. Total, va a ser mejor para lo que quiero hacerle.

Por más que lo intentó, no pudo luchar contra la fuerza combinada de los dos. No tardaron en juntarle las muñecas frente a ella y cerrar las esposas.

-¡Esto es un crimen! -les gritó a sus secuestradores. Luis la volvió a abofetear.

-¡Déjate de tonterías, Cecilia, o será peor! -le dijo.

Tuvo tiempo de reconocer al conductor: Pascual, el policía. Vicente iba junto a él en el asiento de delante. Luego algo negro le cayó sobre la cabeza, impidiéndole ver. Le habían colocado una capucha. Recordó el relato de Malena, como los pinochetistas la habían conducido así a la prisión donde había visto a su padre por última vez.

La capucha no la dejaba respirar. La empezó a invadir el pánico.

Tranquilízate, Cecilia, vas a necesitar todas tus fuerzas para hacer frente a esta situación. ¡Luis me tendrá preparado algo horrible, seguro! Pero no me va a matar… ¿Qué me hará? Darme esa paliza que me tenía prometida, seguro… de eso no me libro. Pero no se atreverá a dejarme marcas, serían pruebas contra él. ¿Y sus compinches? También querrán algo… ¡Me van a violar! ¡Dios mío, me van a violar! ¿Luis también? Es capaz, el muy cabrón, lleva toda la vida deseándolo. ¡Cuatro tíos… va a ser insoportable! ¡Me quedaré traumatizada para toda la vida, como le pasó a Malena!

Miedo. Estaba aterrorizada. Recordó lo que Lorenzo le había dicho una vez escalando: el miedo te pude llevar al pánico, o te puede servir para aumentar tu concentración.

Calma, calma. Yo no soy Malena, no soy una cría de dieciséis años. Estoy acostumbrada a que me follen. Vicente ya lo iba a hacer de todas formas… Eso es lo que tengo que hacer: imaginarme que son clientes. ¡Sí, clientes! ¡Unos fachas hijos de puta, eso es lo que son! ¡Ahora, que esto no quedará así! ¡Se van a enterar! ¡El Chino y Tony les darán su merecido! Voy a decírselo… ¡No, no! ¿Estás loca? Si los amenazas sólo vas a conseguir que te hagan más daño.

La rabia también era peligrosa, la haría menos inteligente. Y si había algo que le permitiría salir de esa situación era su inteligencia. Ella era más lista que Luis.

Mejor seguirles la corriente, esperar mi oportunidad. Si creen que me tienen, que ya no me resisto, igual puedo pillarlos desprevenidos.

La canción Rivers of Babylon sonaba sin cesar dentro de su cabeza. Muy apropiado, ahora soy yo a la que llevan cautiva.

El coche se detuvo. Oyó abrirse la puerta a su derecha. Sintió bajarse a Benito. Luis le quitó la capucha. Se habían detenido en mitad de una calle estrecha, desierta, en algún lugar del casco antiguo. Benito les esperaba en el portal del edificio más cercano, manteniendo abierta la puerta. Luis le agarró las manos esposadas y le apretó la capucha contra la boca para impedirle gritar.

-¡Sal! -le dijo al oído-. ¡Vamos, rápido!

Entre Luis y Vicente la hicieron cruzar la acera a la carrera. El portal se cerró tras de ella con un chirriar de bisagras y un chasquido siniestro del cerrojo.

Se metieron los cuatro en un ascensor antiguo, de esos de jaula, ella en medio, oculta por los cuerpos de los tres hombres. Pensó en gritar, pero Luis aún la amordazaba con la capucha. Le harían daño si lo intentaba.

La sacaron del ascensor. Benito abrió la puerta de un piso. Tenía un membrete, pero no pudo leerlo antes de verse empujada rudamente adentro.

Se encontró en un despacho lujosamente amueblado. Frente a la puerta, a la derecha, había un pesado escritorio de madera, atravesado en una esquina formada por dos estanterías llenas de libros. En las otras dos paredes colgaban fotos enmarcadas, algunas en blanco y negro, otras en color. Presidiendo en la parte más alta había un gran retrato de Franco, rodeado de fotos de políticos y militares que Cecilia reconoció sólo vagamente. Otras fotos mostraban hombres en uniforme, desfilando o marchando por el campo. Una puerta lateral, cerrada, debía conducir al resto del piso. En la esquina opuesta al escritorio había dos pequeños sillones flanqueando una mesa de café. Entre ellos, un estandarte inclinado dejaba caer medio desplegada la bandera de España, con su feo aguilucho negro.

Luis se cuadró frente a la bandera de un taconazo, extendiendo el brazo y la mano en el saludo fascista. Benito y Vicente lo imitaron de inmediato.

-¡Arriba España! -dijeron los tres al unísono, haciendo explotar la “p”.

Benito se quitó su pesada chaqueta de cuero y la arrojó sobre uno de los sillones.

-¡Va bene! ¿Cosa facciamo adesso? -dijo en italiano, frotándose las manos.

-Vosotros, nada; volveos al coche -dijo Luis-. Ya me encargo yo de darle a esta puta su merecido.

-¡Venga, Luis! -dijo Benito, mirándola con ojos chispeantes-. ¡Que nosotros también queremos divertirnos!

Se le acercó. La cogió de la barbilla para obligarla a mirarlo a la cara.

-¡Madonna, comme sei bella! ¡Una bella putana!

Cecilia se quedó rígida, paralizada. Resistió las ganas de protestar, de suplicar; intuía que mostrar miedo sólo serviría para excitar más a esos salvajes.

-¡Déjala! -dijo Luis, impávido-. Es mi hermana, yo sé cómo tratarla.

-Será tu hermana y todo lo que quieras, pero también es una puta. Si ya se la han tirado tantos tíos, ¿por qué íbamos a privarnos nosotros?

-Además, yo ya he pagado por eso -remachó Vicente.

-A partir de ahora va a dejar de ser puta, ya me encargaré yo de eso. Así ya no habrá más que discutir.

-Al menos déjanos ver cómo la castigas -insistió Benito.

-¡Ni hablar! -dijo Luis, desafiante-. Esto es un asunto de familia, y lo vamos a resolver ella y yo en privado.

-¡Porca miseria! -protestó Benito- ¡O sea, que hemos hecho todo este trabajo y al final no vamos a sacar tajada!

-Quedamos que esto era sólo asunto mío y que me ayudabais como amigos. Nadie dijo nada de sacar tajada.

Benito se acercó a Luis hasta colocar su cara a unos centímetros de la suya.

-¿Y qué te pensabas, que te íbamos a ayudar sólo por amor al arte? ¡Tú solo no vas a conseguir nada, Luis, precisamente porque es tu hermana y tú, en el fondo, eres un blandengue!

-No voy a ser nada blando con ella, no te preocupes -dijo Luis, sosteniéndole la mirada.

Vicente cogió a Benito por el codo y tiró de él hacia la puerta.

-Vámonos, Benito. Tiene razón: si fuera mi hermana yo también querría arreglar esto a solas con ella.

Benito no se movió, los pies plantados firmemente en el suelo, los ojos clavados en los de Luis.

-¡Tú no conoces a las mujeres, Luis! -masculló entre dientes-. Se echará a llorar, se quejará y suplicará y te dirá que va hacer lo que tú quieras. ¡Y luego hará lo que le da la gana, como todas! ¡Que las tías parecen muy blandas por fuera, pero en realidad son muy duras por dentro, joder!

-Muy bien -concedió Luis-, si no consigo hacerla entrar en razón os llamaré para que me echéis una mano.

Vicente volvió a tirar de Benito, esta vez con más firmeza. Benito lo siguió hasta la puerta con dos pasos furiosos. Se detuvo y volvió a mirarlos una vez más.

-Estaremos en La Vía Láctea, con Pascual. Ven a buscarnos cuando nos necesites.

Cerró la puerta tras ellos, dando un portazo.