domingo, 9 de febrero de 2014

La sumisión de Malena

Este es otro fragmento de la novela que estoy escribiendo, la continuación de "Voy a romperte en pedacitos". Se trata de un primer borrador, la versión final seguramente será más elaborada. También he eliminado algunos detalles que pueden ser "spoilers" para los que no hayáis leído "Voy a romperte en pedacitos". Esta historieta quiere mostrar lo que es la negociación de una relación de dominación-sumisión; cómo los deseos de la dominante y la sumisa convergen en una determinada manera de actuar. 

Dibujo cortesía de Pattydraws

Malena se pasó el día preparándose para su encuentro con Cecilia. Limpió a conciencia toda la casa, haciendo la cama en el dormitorio, barriendo meticulosamente el salón-comedor, quitándole el polvo a las estanterías, sacudiendo el polvo de los cojines del sofá en el patio trasero. Cuando terminó se le ocurrió que quizás habría tenido que hacer lo contrario: dejar el apartamento sucio y desordenado para así darle un motivo a Cecilia para castigarla. Pero no, el tener la casa sucia iba en contra de su manera de ser, sobre todo cuando iba a recibir a su mejor amiga. Además, eso de provocar los castigos a propósito era un poco enrevesado, ¿no? Y, sin embargo, si siempre se portaba bien, Cecilia nunca la castigaría… ¡Qué lío! Esto del sadomasoquismo era demasiado nuevo para ella; tendría que pedirle a Cecilia que se lo explicara mejor.
Lo que sí sabía era que desde que se vio atravesada en el regazo de Cecilia, recibiendo azotes en el trasero bajo la mirada lujuriosa de Lorenzo, no había deseado otra cosa que volver a vivir esa experiencia, volver a sentirse bajo el control de Cecilia, pequeña e indefensa como una niña.
Un par de horas antes de que apareciera Cecilia se duchó, lavándose el pelo a conciencia, cepillándoselo bajo el secador hasta darle el volumen y la ondulación adecuados. Se recortó cuidadosamente el vello del pubis con unas tijeras. Le daba algo de miedo afeitarse el coño como hacía Cecilia; los intentos que había hecho anteriormente habían resultado en escozores muy molestos y algún que otro feo grano de pus. Escogió su mejor ropa interior. No tenía ninguna de esas picardías que sin duda le gustaban a Cecilia, pero unas braguitas nuevas, blancas estampadas con flores, le dieron el aire infantil que quería que Cecilia viera en ella. Rebuscó entre sus sujetadores sin encontrar ninguno que le gustara. Al final decidió no ponérselo; con sus pechos pequeños realmente no lo necesitaba. Completó su atuendo con un vestido cortito, estampado con flores de muchos colores, y unas sandalias de tiras de cuero que se había comprado en el Rastro.
Cecilia tocó el timbre a las cinco en punto. Malena corrió hacia la puerta, pero el gato Lenin llegó antes que ella, restregándose contra madera con el rabo bien tieso. En cuanto abrió la puerta empezó a enroscarse en las piernas de Cecilia, dejando en claro que le pertenecía a él y a nadie más. Y sin duda debía ser así, pues lo primero que hizo Cecilia al entrar fue coger al gato en brazos, acariciarlo detrás de las orejas y frotarse el pelaje anaranjado de su cabeza contra las mejillas. Sólo cuando Lenin saltó al suelo, satisfecho de caricias, Cecilia se le acercó y le plantó un beso en los labios con una sonrisa.
-¡Estás guapísima, Malena! Ese vestido te sienta muy bien.
-Tú también estás muy guapa. ¿Has ido así a la universidad?
Cecilia vestía una camisa de manga corta color crema, desabotonada para revelar vistazos de su sujetador, falda verde oscuro, medias negras y zapatos de medio tacón. Su pelo, más largo de lo habitual, estaba un poco revuelto, formando un halo de rizos en torno a su cabeza.
-Sí, claro. No tenía tiempo de ir a casa a cambiarme. Pero si me abrocho un poco más la camisa creo que voy lo suficientemente decente, ¿no?
-Sí… Es profesional y sexy a la vez… ¿Qué me vas a hacer? Quería haber hecho alguna travesura para que me castigaras, pero no se me ocurrió nada. Ya ves, metida aquí en casa todo el día, me dio por ponerme a limpiar.
-¡Ay, Malena! No seas tonta, no tienes que hacer nada para que te castigue. Anda, ven, vamos a sentarnos en el sofá, que tenemos que hablar.
Fue a tomar asiento a su lado, pero Cecilia la hizo sentarse sobre su regazo. Malena se abandonó en sus brazos, apoyando la cabeza en su hombro, oliendo el perfume de su pelo. Lenin se subió de un salto al respaldo del sofá y se puso a ronronear junto a ellas. Cecilia trazó distraídamente el contorno de las pecas en sus muslos.
-Malena, ya sabes que estoy en deuda contigo. Me recogiste en vuestra casa cuando no tenía a dónde ir y me defendiste cuando Lorenzo quiso echarme aquella vez. Luego peleaste por mí como una leona cuando Luis me atacó con su banda de fachas…
-¡Pero es que no es eso, Cecilia! -la interrumpió, despegándose de ella-. No te pido que me devuelvas ningún favor. Quiero que me hagas lo que quieras hacerme… Que disfrutes de mí… Porque yo te gusto, ¿no?
-Sí, Malena, me gustas mucho. Pero no me vengas con esas, tú también quieres algo de mí, me lo dijiste el otro día… Y eso está bien, de verdad, porque de lo que se trata es de que disfrutemos las dos, cada una a su manera. De hecho, a mí lo que más me haría disfrutar es hacerte feliz. Así que vamos a dejarnos de tonterías y a hablar claramente de lo que queremos.
Malena se volvió a dejar caer sobre el hombro de Cecilia.
-Es que yo no estoy muy segura de lo que quiero… Quiero que me enseñes tu mundo del sadomasoquismo ese. Que me hagas lo del otro día, que me hizo sentirme de una forma muy especial.
-Vale: darte unos azotitos en el culete… No hay ningún problema con eso, Malena… Pero creo que quieres algo más. Cuando fuiste a verme a la universidad me dijiste que quería que fuera tu mamá.
Malena ocultó la cara en el pelo de Cecilia.
-No sé por qué te lo dije… Me da mucha vergüenza hablar de eso.
Cecilia le acarició suavemente el muslo.
-No tiene por qué darte vergüenza, Malena. Somos amigas y hemos hecho muchas gamberradas juntas, ¿no? Ya sé que el otro día te puse muchas pegas, pero me lo he estado pensando y creo que puede ser algo muy bueno para las dos.
-¿De verdad?
-De verdad, Malena. Tú dime cómo te gustaría que fuera y poco a poco vamos viendo lo que podemos hacer.
-Pues… Me gustaría que fueras mi mamá secreta, algo que sólo sepamos nosotras dos. Y que me cojas así en brazos, como estás haciendo ahora, y me acaricies, y me digas lo que tengo que hacer… Estoy perdida, Cecilia, no sé qué hacer con mi vida. Todos estos años, desde que me fui de Chile, he pasado mucho miedo… No sabía dónde ir, qué iba a ser de mí. Y entonces llegaste tú… y solucionaste los problemas que tenía con el Lorenzo… y lo convenciste de que se casara conmigo. Y ahora todo está bien, tengo marido y una casa donde vivir… ya no tengo que correr ni esconderme… ¡Pero mi vida está vacía, Cecilia, no sé para dónde tirar! Tú eres la persona más sabia que he conocido en mi vida. Sé que me puedes aconsejar… incluso decirme lo que tengo que hacer, y yo te obedecería en todo… Y si no lo hago, quiero que me riñas y que me castigues. Ya sé que ya no soy una niña; soy una mujer mayor capaz de tomar sus propias decisiones… ¡Pero ahora mismo me sentiría tan bien si  lo único que tengo que hacer es obedecerte! Me fío de ti, sé que me ayudarás a encontrar mi camino.
Le había salido todo de un tirón, desde el fondo del alma. No estaba segura de haber pensado nunca en esas cosas, pero conforme las decía se daba cuenta de que eran verdad. Le puso la mano en el hombro a Cecilia y se lo apretó, sacudiéndola.
-¿Me entiendes, verdad? -dijo con desesperación en la voz.
-¡Claro que te entiendo, Malena! Yo misma he sentido cosas parecidas. Pero me da miedo lo que me pides… Yo no soy tan sabia como te crees, he cometido muchos errores en la vida y seguramente los seguiré cometiendo. Tienes que darte cuenta de que yo sola no puedo guiarte en tu vida, tendrá que ser algo que hagamos entre las dos. Podemos hablar y decidir lo que tienes que hacer… Y luego, si te faltan las fuerzas, desde luego que sí puedes contar conmigo para echarte un chorreo, darte unos azotes y ponerte más derecha que una vela, porque eso sí que lo sé hacer muy bien.
Malena sonrió.
-¡Pues eso es lo que quiero! … ¿Me dejarás que te llame mamá?
-Vale. Pero sólo cuando estemos a solas, ¿eh? O, como mucho, delante de Lorenzo.
-Yo no se lo pensaba contar al Lorenzo…
-Pues esa va a ser la primera orden que te voy a dar… Lorenzo tiene que saberlo, Malena. No podemos dejarlo fuera. Siempre hemos sido los tres mosqueteros, ¿recuerdas? Y él siempre se ha portado fenomenal con nosotras. Los secretos envenenan las relaciones de pareja. Es una lección que me costó muy caro aprender y no voy a dejar que tú cometas el mismo error.
-Vale… Pero, por favor, díselo tú. Tú sabes cómo contar este tipo de cosas… y además el Lorenzo siempre te toma muy en serio. Yo me moriría de vergüenza.
-Bueno, ya se lo diré yo, cuando llegue el momento.
-¿Qué más me vas a mandar hacer?
-¡Ay, no lo sé, Malena! Lo tengo que pensar.
-¿Qué tenías pensado hacerme hoy?
-Pues podíamos empezar con una azotaina… Ya sé que es lo que estás deseando.
-¡Ay sí, por favor!
Enseguida se encontró tendida bocabajo sobre los muslos de Cecilia. Hizo una almohada con las manos y reposó la mejilla sobre ellas. Cecilia le acarició las piernas y le levantó el vestido.
-¡Pero que braguitas tan monas! Parecen de niña… Creo que me va a gustar que seas mi niñita, para así poderte dar unos azotitos de vez en cuando.
Malena se rio, dando pataditas excitadas al asiento del sofá. Notó que Cecilia le metía delicadamente los dedos dentro de las bragas y se las bajaba hasta los muslos. A continuación empezaron los azotes, no muy fuertes, pinchazos picantes sobre la piel delicada del pompis. Cecilia se detuvo y le acarició las nalgas, masajeándoselas y separándoselas con rudeza. Luego volvió a pegarle más fuerte, con un ritmo cadencioso y eficaz. El aguijonazo y el calor que le proporcionaban sus manos se convirtió en una sensación de intensidad creciente, hasta llegar al punto en que no pudo evitar quejarse y debatirse.
-¿Qué? Duele, ¿eh? ¿Ves? Mejor que no me obligues a darte una azotaina de castigo, pues te puedo hacer pasar un mal rato. Pero hoy no… hoy vamos a pasárnoslo bien, ¿vale?
Le pegó una serie rápida de cachetes flojitos que hicieron que su piel se despertara en un agradable escozor. Luego, justo cuando empezaba a desear más, vino una tanda de azotes fuertes y espaciados, que cesó en el momento que empezaban a volverse intolerables. Cecilia siguió alternando series de azotes suaves y enérgicos, impidiéndola distraerse un solo momento. Por fin se detuvo y volvió a masajearle el culo.
 -¿Te acuerdas cuando nos gatillábamos juntas en la cama, Malena? A ti siempre te ha gustado mucho eso, ¿verdad?
-Sí… ¿Por qué? ¿Está mal?
-No. Está muy bien. Me gusta que disfrutes. Por eso mismo quiero que lo hagas ahora.
Se quedó un momento desconcertada, ponderando lo que le pedía Cecilia.
-¿Ahora? ¿Mientras me pegas?
-Precisamente. Venga, no me hagas esperar. Ponte el dedito en el clítoris y date gusto hasta correrte.
Malena deslizó la mano entre su cuerpo y las piernas de Cecilia. Alcanzarse el clítoris con el dedo la obligó a poner el culo en pompa de forma más bien obscena. Notó que estaba muy mojada y su postura la excitó aún más. Cecilia volvió a golpearle su pompis ardiente y expuesto, y ella se frotó el clítoris con fruición. El placer hacía que los azotes le dolieran menos y le gustaran más.
-Avísame cuando te vayas a correr, para que te pegue más fuerte -dijo Cecilia tranquilamente.
Por alguna extraña razón, eso la volvió medio loca. Levantó el culo aún más en el aire y se estimuló furiosamente.
-¡Así me gusta, bonita! Ten un orgasmito muy fuerte para mamá.
Eso fue la gota que colmó el vaso.
-¡A… ahora! ¡Me voy! -alcanzó a decir justo a antes de que se desencadenara su clímax.
El orgasmo pareció durar una eternidad. Fiel a su promesa, Cecilia la zurró de lo lindo mientras se corría, el escozor de los azotes mezclándose de forma extraña con las ondas de placer que le surcaban el cuerpo. Planeando por encima de todas esas sensaciones entrecruzadas estaba la satisfacción de saber que le estaba dando a Cecilia lo que le había pedido, que al gozar se entregaba a ella.
Cuando terminó se quedó exhausta, atravesada sobre el regazo de Cecilia, sin fuerzas siquiera para sacarse la mano de la entrepierna. Cecilia ya no le pegaba, pero el trasero le ardía como si lo tuviera al rojo vivo. Una sensación de enorme bienestar le bañaba todo el cuerpo.
Cecilia le acabó de bajar las bragas, levantándole los pies para acabar de quitárselas. No se le ocurrió protestar.
-Mejor que vayas sin braguitas, para que no te escuezan el culete. Además, quiero que te sientas un poco zorrita.
-Sí, mamá -se atrevió a decir. La palabra le envió escalofríos por todo el cuerpo.
Cecilia la hizo incorporarse y la volvió a sentar en su regazo, abrazándola.
-Ahora escúchame bien… Cuando venga Lorenzo, lo seduces y te lo llevas a la cama. Haz todo lo que él quiera, en la postura en él quiera, ¿entendido?
-Sí… Pero, ¿y tú? ¿No vas a correrte? ¿Quieres que te gatille?
-Otro día, Malena. Se nos ha hecho tarde y no quiero que Lorenzo nos pille en plena faena.
-Pero es que yo… yo quiero hacerte gozar a ti también -dijo quejumbrosa.
-Que no, Malena. No te preocupes por mí.
-Vale… mamá. ¿Qué quieres que haga con el Lorenzo? ¿Quieres que me culee?
-Sí… ¿Crees que podrás convencerlo?
-¡Pues claro! ¡Si él siempre quiere!
-¿Ves? Pues precisamente por eso. ¡Tienes que tener satisfecho a tu marido, Malenita!
-Si tú me lo mandas, lo haré de mil amores -dijo entusiasmada.
-Pues eso es lo que yo siempre he querido: que Lorenzo y tú hagáis el amor como dios manda. Quiero que tengas un buen orgasmo cuando te folle, ¿me oyes? Como el que acabas de tener.
-Pero si me he quedado muy a gusto… No necesito más.
-Pues esa es una de las primeras cosas que quiero enseñarte, Malena: a disfrutar más del sexo. A partir de ahora quiero que folles con Lorenzo todos los días que él quiera. No le pongas disculpas. Si no lo haces, te castigaré… Y descuida, que no te van a gustar nada mis castigos.
-Vale, mami. Me portaré bien, te lo prometo.
Cecilia la volvió a besar. Distraídamente, se pasó la mano por el trasero. Tenía la piel caliente y suave al tacto, como terciopelo. Le vino a la cabeza una idea preocupante.
-Pero… cuando el Lorenzo me vea el culo rojo me va a preguntar que por qué es… ¿Qué le voy a decir?
-¡Pues la verdad! Le dices que he venido a verte y que hemos jugado como el otro día. No hace falta que le des más explicaciones. Dile que ya hablaré yo con él.

sábado, 1 de febrero de 2014

He empezado a escribir la secuela de “Voy a romperte en pedacitos”

Cuando terminé de escribir la trilogía “Voy a romperte en pedacitos” me propuse escribir algo enteramente distinto: una novela de ciencia-ficción, esta vez en inglés. De hecho, ya tengo planeada una buena parte de la trama y he escrito unas cuantas páginas. Sin embargo, conforme han ido pasando los meses he empezado a echar de menos a Cecilia y sus amigos. Cuando terminaba “Amores imposibles” no pude evitar planear una posible secuela. Dejé a propósito varias situaciones sin resolver… No puedo deciros cuáles son sin hacer “spoilers” para los que no hayan leído la trilogía. Poco a poco, la trama de la nueva novela ha ido cristalizando en mi mente. Voy a introducir variaciones importantes en el estilo que la convierten en una novela independiente, no en una cuarta parte de la serie. La más importante es que Cecilia ya no será el único “punto de vista”. Para quienes no lo sepáis, “punto de vista” es el personaje a través del cual se vive la acción. En la nueva novela los personajes se separarán, cada cual ofreciendo una experiencia distinta de los sucesos de la trama. Otra novedad es que la acción no transcurrirá exclusivamente en España, sino que me las apañaré para traer a Cecilia a mi querida California para contaros cómo es la vida por aquí… O cómo era al principio de los años 80, pues la nueva aventura de Cecilia empieza pocos meses después del final de “Amores imposibles”.

La nueva trama será más dura que la de “Voy a romperte en pedacitos”. Desde que acabé la trilogía he tenido una serie de experiencias que me han enseñado cosas muy importantes sobre las relaciones, el BDSM y la vida en general. Quiero incorporar todo eso a la narración. Voy a mantener mi compromiso con el realismo, pero ya sabéis que la realidad supera la ficción.

A continuación os dejo una escena de sexo que he escrito para el principio de la nueva novela. En ella volveréis a encontraros con Lorenzo y Malena, dos de los personajes más atractivos de la trilogía… Y con Cecilia, por supuesto.

Unos azotes a Malena

Cuando acabaron de fregar los platos fueron a reunirse con Lorenzo en la sala de estar. Había bajado la luz y puesto música. Cecilia se sentó a su lado, le pasó la mano por la mejilla y lo besó suavemente en los labios. Él le recorrió con la mano el muslo desnudo, despertándole escalofríos en todo el cuerpo. Malena se sentó al otro lado de Lorenzo, abrazándolo por detrás, hundiendo la cara en su espalda.
-Me ha dicho Malena que vais a atarme, como aquella vez…
-¡No, yo no he dicho eso! -protestó Malena.
-Sí, Malena. Me dijiste que queríais probar lo del sadomasoquismo, ¿no?
-Bueno, eso son cosas de Chiqui…
-Pues puede ser divertido, Lorenzo… Podríamos jugar a que quiero escaparme, como ese día que iba a irme a casa de Laura. Vosotros me atáis y luego os aprovecháis de mí. ¿No te apetece? ¡Venga, seguro que te gusta!
-Yo no sé hacer esas cosas, tía.
-Bueno, pues yo os enseño.
Cecilia se levantó y se plantó delante de ellos. Sonriendo, se desabrochó el botón de sus short y se fue bajando la cremallera lentamente. Luego se dio la vuelta, sacó el culo de forma provocativa y se bajó los pantaloncitos. No llevaba bragas debajo. Tenía las nalgas tostadas por el sol, con sólo un breve triángulo blanco en el centro y la parte superior, donde las había cubierto el bikini.
-¿Quién quiere darle unos azotes a este culete? -preguntó con voz seductora mientras meneaba el trasero.
Malena se levantó, fue junto a ella y le acarició el culo.
-¡Venga, Lorenzo, anímate!
-No. Yo no puedo pegarle a una mujer.
-¡Pero si a mí me gusta!
-Da lo mismo. Es cuestión de principios.
-Venga, no seas fanático, Lorenzo.
-¡Que no, Chiqui!
-Vale pues pégame tú, Malena.
Malena sonrió. Levantó la mano y le dio un cachete.
-Puedes pegarme más fuerte.
Malena le dio otro azote. Cecilia ni se inmutó.
-¿No te duele?
-Pues no, la verdad… Es que estoy acostumbrada a que me peguen mucho más fuerte.
-Pues yo no te puedo pegar más fuerte, que me duele la mano.
Lorenzo sonrió.
-Seguro que te duele mucho más la mano que a ella el culo, Chiqui.
-¡Jodeeeer! ¡Pues vaya par de sadomasoquistas que estáis hechos los dos!
Cecilia se bajó los shorts hasta que los tuvo enredados en un tobillo. Luego, de una patada, los mandó al otro extremos del salón.
-Vale, pues entonces pégame tú a mí.
-¡No digas tonterías, Malena! Si te pego te va a entrar uno de tus ataques de pánico.
-¡Que no! Ya te he dicho que ya no me dan -dijo Malena con voz de niña mala.
-No me hables en ese tono… ¡a ver si te voy a tener que zurrar de verdad!
-¡Hablo como me da la gana!
-No me contestes, Malena. Ya sabes que yo no me ando con tonterías.
-¿Qué te crees, que te tengo miedo?
-Pues harías bien en tenérmelo.
-¡Bah! ¡Si eres una blandengue! ¡Y además, Laura es una idiota!
-No metas a Laura en esto, que ella no tiene nada que ver.
-¡Laura es una idiota y una estúpida!
-¡Mira, Malena, ya está bien!
Malena le sacó la lengua.
Lorenzo se revolcaba de risa en el sofá.
-¡Muy bien! Conque esas tenemos, ¿eh? ¡Pues ahora, verás! … ¡Lorenzo, joder, quítate de ahí, tío! Si no me vas a ayudar, por lo menos no incordies.
-¡Perdona, tía! -dijo Lorenzo apresurándose a levantarse del sofá.
Cecilia agarró a Malena por las muñecas y la miró a los ojos para asegurarse de que todo iba bien. Malena le volvió a sacar la lengua.
Sujetándole las muñecas con una sola mano, Cecilia le desabrochó el botón de los vaqueros y le bajó la cremallera. Malena pudo haberse zafado en cualquier momento, pero no ofreció ninguna resistencia. Le bajó los pantalones hasta dejárselos en los tobillos.
-¡Ahora verás lo que le pasa a las niñas malas!
Volvió a cogerla de las muñecas y tiró de ella hacia el sofá. Malena dio un traspiés y cayeron las dos sobre el asiento. Hábilmente, Cecilia la agarró de una cadera y la hizo girar bocabajo sobre su regazo.
-Lorenzo, cógele las manos… Y mírala a la cara.
Lorenzo vaciló, pero enseguida comprendió lo que quería. Asintió y se arrodilló junto al sofá, tomando las manos de Malena suavemente en las suyas.
Le propinó dos cachetes flojitos sobre las bragas blancas. Malena pataleó un poco y se rio.
-¿Así que esto te parece divertido, eh? ¡Pues ahora verás!
Tiró de las bragas hasta dejárselas liadas en los muslos. Malena tenía un culito pequeñín, blanco y redondito. Por alguna misteriosa razón, la pecas le desaparecían en la cintura y le volvían a aparecer a los lados de los muslos. ¡Ay, cuántas veces había sentido la tentación de hacer lo que estaba a punto de hacer ahora! Le latía fuerte el corazón.
Malena estaba inmóvil salvo por un movimiento de vaivén de sus caderas, sutil y sensual, que traicionaba su excitación. Cecilia empezó a pegarle alternando de una nalga a otra, sin mucha fuerza pero con un ritmo constante. Malena gimió, pero no de dolor.
-¿Qué? Duele, ¿eh?
-No me está doliendo nadita.
-¡Ya lo sé, tonta! ¡Estás disfrutando como una enana, se te nota un montón!
Lorenzo tenía la mirada clavada en el rostro de Malena. Levantó los ojos hacia Cecilia y movió la cabeza afirmativamente. Malena enterró la cara en el sofá.
-¡Pues ahora vas a ver! No todo va a ser gusto, que estabas portándote muy mal.
Levantó la mano y le dio un azote de los de verdad, que restalló por toda la habitación.
-¡Ay! ¡Ese sí que duele!
-¿Ves? Eso es para que aprendas a ser buena.
-¡No me da la gana! ¡No quiero ser buena!
Pues sí que tiene madera de masoca, pensó Cecilia.
Se puso a darle una buena zurra, sin pasarse, pero tampoco sin contemplaciones. Malena apretó el culo, pataleó todo lo que le permitían los pantalones en sus tobillos.
-Bueno, pues cuando te decidas ser buena, me lo dices y paramos.
-¡Ay, sí! ¡Para un poquito!
Cecilia detuvo la azotaina y le acarició las nalgas. Tenían un precioso color sonrosado y estaban muy calientes. Malena respondió a sus caricias volviendo a mover las caderas. Cecilia sabía por experiencia que iba a querer más.
-¿Vas a ser buena?
-¡No!
La volvió a azotar, primero flojito, luego aumentando gradualmente la fuerza de los golpes. Malena aguantó un buen rato, quejándose, gimiendo, meneando el culo y dándole pataditas al sofá.
Lorenzo se había puesto a acariciar el pelo de Malena, sujetándole aun las muñecas con su otra mano. Seguía todo el proceso fascinado, alternando la mirada entre el trasero de Malena y el rostro de Cecilia.
Sabía por su propia experiencia que Malena no le iba a pedir que parara. Estaría envuelta en una abrumadora confusión de dolor, placer, humillación, sumisión y fantasías que no la dejaría pensar en nada más. Mejor no arriesgarse y detenerse a tiempo. Empezó a espaciar más los azotes, intercalándolos con caricias a las nalgas rojas y calientes. Malena respondió levantando el trasero de forma obscena, gimiendo con cada caricia y quejándose con cada azote.
-¿Qué? ¿Vas a ser buena ahora?
-Sí… No… ¡Ay! ¡No me pegues tan fuerte! … Sí, sí, acaríciame así… ¡Ay! ¡Sí, voy a ser buena! ¡Voy a ser muy buena!
Le agarró una nalga ardiente y se la estrujó. Le deslizó los dedos en la raja del coño. Malena se tensó y suspiró. Estaba empapada por dentro.
-Pues me vas a obedecer en todo lo que te diga, si no quieres recibir más.
-Vale…
-Venga, pues te vas poner de rodillas junto al sofá… ¡Así, castigada con el culo al aire! No te muevas, ¿eh?
Cecilia se llevó Lorenzo aparte, donde no los podía oír Malena. Su polla le abultaba la delantera del pantalón. Se la acarició. Lorenzo tenía la respiración agitada. Le cogió la mano para retenérsela contra sí.
-¿Qué? Te has puesto cachondo, ¿eh?
-Le has pegado un montón, tía… ¿Estás segura de que está bien?
-Segurísima… Lo que está es muy excitada. Necesitas que la folles ya mismo, así que vete a la habitación, desnúdate y ponte un condón.
-¡Pero tía, yo quería follarte a ti! Hace mucho que no lo hacemos.
-¡Pues te jodes! Haberme dado unos azotes cuando te lo pedí. Ahora no podemos dejar a Malena colgada.
En cuanto Lorenzo se fue al cuarto, volvió junto a Malena. Le puso la mano en la espalda y la empujó hasta que tuvo la cabeza sobre el sofá.
Ya no podía aguantarse más. Empezó a masturbarse. Malena volvió la cabeza, la vio y le sonrió.
-Ahora tendrás que aguantarte con todo lo que queramos hacerte, ya lo sabes.
Por toda respuesta, Malena soltó un quejido que expresaba un enorme deseo y sumisión.
Lorenzo apareció, desnudo, con un condón cubriendo su espectacular erección. Malena lo vio y se agitó, nerviosa, gimiendo esta vez de aprensión. Cecilia le acarició el pelo.
-No te preocupes, chiquitina, que yo estoy aquí contigo. Pero ahora tienes que ser buena y dejar que te culee tu marido. Verás como te va a gustar.
Lorenzo se arrodilló detrás de Malena y la fue penetrando despacio. Al principio Malena se quejó y se retorció, pero pronto el deseo superó sus temores y la obligó a arquear las caderas para ofrecerse mejor. Lorenzo completó la penetración y empezó el bombeo, al que pronto se unió Malena con jadeos y gruñidos de animal. Cecilia, con una pierna en el sofá y una rodilla en el suelo, se masturbó energéticamente mientras los contemplaba, acariciando a Malena con la otra mano: su pelo, su mejilla, su espalda, su trasero ardiente y sonrosado, hasta detenerse en el lugar donde las enérgicas embestidas del vientre de Lorenzo se lo aplastaba rítmicamente.
-¿Ves que bien? ¡Si es que no hay nada como que te follen con el culo bien caliente!
Eso desencadenó el clímax de Malena. Sus quejidos se convirtieron en grititos, su cuerpo se convulsionó en espasmos de placer. Cuando el orgasmo parecía abatirse, volvió a empezar con aún mayor intensidad, a juzgar por los aullidos de Malena. Con dos fuertes acometidas, Lorenzo se corrió a su vez. Cecilia se desplomó sobre la espalda de Malena mientras que se apresuraba a aplicarle a su clítoris los toques finales para llegar ella también a la cúspide.
Lorenzo, exhausto y satisfecho, se dejó caer sobre ella. Se quedaron los tres un rato apilados, recuperando el aliento. Luego los dos ayudaron a Malena a sentarse en el sofá entre ellos, abrazándola.
-¿Te ha gustado, Chiqui?
-Sí, mucho… -Malena soltó una risita-. Estaba como en una nube.
-Hubo un momento que pensé que se estaba pasando un huevo contigo… Pero pensé que era mejor no interrumpir, porque Cecilia sabe un montón de estas cosas.
-¡Pues sí, menos mal que no lo hiciste, porque lo hubieras echado todo a perder! ¿Verdad, Cecilia?
-Bueno, en estas cosas nunca se sabe… Me alegro de no haberme equivocado.
-Pues yo hubiera podido seguir un poco más. Ahora entiendo por qué te gusta que te peguen. ¡Está fenomenal! Es un sentimiento muy dulce, que te llena por todas partes, como si te volvieras muy blandita por dentro, ¿verdad?
-Sí. Es lo que yo llamo sentirme sumisa.
-¿Ves como no pasa nada por pegar, Lorenzo?
-Pues yo nunca podría pegarte a ti, Chiqui.
-¿Y a mí tampoco?
-A ti menos, Cecilia. No pienso maltratar a ninguna mujer.
-¡Ay, Lorenzo! ¡No seas tan cerrado de mollera, joder! ¡Y deja ya de mirarme con esa cara de pena! Nos tomamos un descansito y luego me follas a mí, ¿vale?

miércoles, 22 de enero de 2014

Nadie tiene la pistola

Nadie tiene la pistola.
Nadie intenta desenfundar el primero.
Nadie está en mitad de la calle
bajo el sol abrasador
diciendo: “Sólo hay sitio para uno de los dos
en este pueblo”.
Nadie tiene por qué ser el primero.
Nadie tiene por qué ser el primero.
Nadie tiene la pistola.
Nadie tiene la pistola.

Puede que ella no te entienda.
Y puede que ella quiera tenerte comiendo de su mano.
Si te tiene acorralado
y puedes oler el humo y las llamas
echas mano a tu revolver
para hacerle lo mismo.
Y acabarás con tu amor para siempre, Número Uno.
Y acabarás con tu amor para siempre, Número Uno.
Nadie tiene la pistola.
Nadie tiene la pistola.

Puede que pienses que el amor es demasiado difícil,
nunca puedes ensayar,
y que puedes pasar de todo esto
echándolo todo a perder.

Ella es igual que tú.
Quiere tu amor como tú quieres el suyo.
No puedes jugar al póker
con una pistola en la manga.
No puedes hacer que alguien te quiera
amenazando con dejarla.
Si quieres amar para siempre, Número Uno.
Si quieres amar para siempre, Número Uno.
Nadie tiene la pistola.
Nadie tiene la pistola.

Nobody's got the gun, por Mark Knopfler



¿Lo tengo que explicar?

Muchas veces en la relación de pareja nos sentimos amenazados. Atacados. La relación se ha vuelto demasiado asfixiante, pone en peligro nuestra autonomía personal. Cuando nos sentimos acorralados, echamos mano de nuestras mejores armas, embestimos a ciegas... Contra la persona que más nos quiere. Nos creemos que estamos en un duelo de los del Oeste, de los que sólo uno puede salir vivo. Cuando en realidad, lo peor que podemos hacer es alejar a quien amamos.

Cada pelea de pareja deja sus cicatrices. Los rencores de viejas heridas se van acumulando con los años y al final acabamos con una relación muy rara, donde se mezclan el amor y el resentimiento. Si nos diéramos cuenta del precio que pagamos por cada pelea, las evitaríamos como la peste.

Muchas veces he echado mano de esa frase tan simple, pero tan sabia: "No puedes hacer que alguien te quiera amenazándola con dejarla". Las amenazas y los ultimatums sólo son destructivos. Lo único que vale es hablar, comunicarse. Saber ceder un poco, no convertirlo todo en una pugna por el poder. Si lo que deseas es amor, tienes que dar amor.

(Para leer la versión en inglés de la canción, pincha en la pestaña "In English" para ir a la parte en inglés del blog)


miércoles, 8 de enero de 2014

Ligero...


Ligero como una pluma
Frágil y efímero como una pompa de jabón
La muerte está a la vuelta de la esquina
Pero de alguna manera eso ha dejado de ser importante

miércoles, 1 de enero de 2014

Cuando el dragón se despierta



“Viserys se acercó a Dany, le clavó los dedos en la pierna y le dijo: -Hazlo gozar, querida hermana, o te lo juro, verás al dragón despertarse como nunca se ha despertado antes-.”
Juego de Tronos, George R.R. Martin

Empecé a comprender el daño que me hacía la ira en una charla que dio el Dalai Lama en UCLA en junio de 1997. Como mucha gente, hasta entonces yo creía que los enfados son algo que hay que “sacar para fuera”, porque si se quedan dentro se enconan y acaban por amargarte la vida. Creía que si alguien hace algo que te ofende, está bien enfadarse con esa persona, incluso pelearse con ella hasta que las cosas queden bien claras. El Dalai Lama cuestionó esas creencias. Su charla se centró en el peligro que representa los niveles crecientes de ira en el mundo. Nos dijo que nos correspondía a cada uno comprender la ira que surge en nosotros, calmarla antes de que se extienda como un fuego en la sociedad. Es la idea budista del karma: cuando haces el mal, va pasando de persona a persona hasta que eventualmente regresa a ti. A no ser, claro está, que haya alguien en esa cadena de causa y efecto que absorba el mal sin transmitirlo. En ese caso el buen karma de esa acción cancela el mal karma que ha recibido. Es una idea bonita, pero dudo que en la realidad las cosas funcionen de forma tan mecánica. El caso es que me quedé con la idea de que puede ser malo eso de exteriorizar los enfados.

A partir de entonces fui tomando nota de las veces que me enfadaba: las peleas de tráfico, las riñas con mi mujer, mi exasperación con los problemas del trabajo. Luego vino ese percance vergonzoso con el hombre de la limpieza en mi trabajo, que acabó de abrirme los ojos. Un día salí del laboratorio para encontrarme el suelo pasillo enjabonado casi por completo; sólo quedaba un estrecho pasadizo de suelo seco junto a la pared. Yo iba con prisa. Di varios pasos apresurados junto a la pared, pero al ir a entrar en el laboratorio de al lado pisé esa capa resbaladiza y aterricé de espaldas en ella, haciéndome daño y mojándome completamente el pantalón. El señor de la limpieza me preguntó si estaba bien; yo le dije que sí con una mirada irritada, luego entré en el laboratorio y me sequé como pude con unas toallas de papel. Al cabo de una semana o dos me volví a encontrar el pasillo cubierto de jabón, sólo que esta vez lo estaba de pared a pared. Un cartel nos advertía que debíamos salir del edificio y entrar por otra puerta para llegar a la parte del pasillo más allá de la zona de limpieza. Eso, unido al incidente anterior, me enfureció. Mandé al carajo al cartel de una patada y me aventuré con paso decidido sobre el suelo enjabonado, utilizando mi equilibrio de montañero para conseguir no caerme esa vez. Pero cuando me senté delante del ordenador estaba tan alterado que no podía trabajar. Encima, me comunicaron que el señor de la limpieza se había puesto en contacto con su sindicato y querían venir a hablar conmigo. ¡Qué horror! ¡Yo, un tío de izquierdas de toda la vida, iba a tener problemas ahora con un sindicato! No me encontraba en condiciones de hablar con nadie: estaba furioso con el tipo de la fregona y conmigo mismo por reaccionar así. Decidí salir a dar un paseo para calmarme. No pude trabajar el resto de la tarde. Al día siguiente todavía me costaba trabajo concentrarme. Pero ya podía pensar con más calma y me di cuenta de que tenía que reestablecer mi paz mental y continuar con mi trabajo. Le pedí disculpas al señor de la limpieza y pronto las aguas volvieron a su cauce.

Lo que más me impactó de todo ese episodio fue darme cuenta de que cuando estoy enfadado mi capacidad de pensar se vuelve nula. Mi mente se pone a darle vueltas y vueltas al asunto, a sopesar distintos planes de acción, a criticar a mi adversario y prever lo que va a hacer… No hay sitio para nada más. Es como si de repente toda mi inteligencia, de la que tan orgulloso estoy, se hubiera volatilizado. Otro síntoma preocupante de la ira es la “visión de túnel”: la concentración de mi atención en unas pocas ideas obsesivas, volviéndome incapaz de percibir claramente mi entorno. La ira es como una droga que altera de forma peligrosa las capacidades mentales. Por ejemplo, una pelea de tráfico puede ponerme en un estado mental peor que si estuviera borracho, poniendo en peligro mi vida y la de los demás. Y lo malo es que no hay prueba de alcoholemia para la ira que pueda servir para sacar a los conductores furiosos de la carretera.

Fue entonces cuando decidí que haría lo posible para no volver a enfadarme. ¡Fácil de decir! Tenemos mucho menos control sobre nuestra mente del que creemos. En particular, las emociones son prácticamente imposibles de cambiar. Por mucho que me empeñara, cuando me enfadaba no había manera de acabar con el cabreo. Sin embargo, aunque la emoción en sí era imposible de evitar, aún tenía control sobre mis acciones. Cuando dejaba que mi ira se vertiera en la gente que me rodeaba, su reacción tendía a alimentar mi enfado y hacerlo durar más. Por lo tanto, lo mejor era aislarme y esperar a que se me pasara el cabreo. Justo lo contrario de lo que había oído decir, pero la estrategia pareció funcionar bastante bien. Por supuesto, me prohibí de forma terminante tomar represalias contra otros conductores en la carretera. Pronto descubrí que mi conducción se volvía mucho más segura y placentera; podía disfrutar mejor de la música, de la radio o de mis propios pensamientos.

Más adelante hice otro descubrimiento: si bien era imposible suprimir un enfado una vez desarrollado, sí era posible evitar que surgiera si lo pillaba a tiempo. Esa táctica resultó enormemente eficaz y muy pronto mis enfados disminuyeron de forma tan apreciable que mi mujer lo notó y me preguntó cómo lo había conseguido. El truco está en darse cuenta de esas emociones aparentemente inofensivas que son el germen de la ira: el sentirse molesto, la impaciencia, la frustración. Son más fáciles de manejar que la ira, a base de ajustar nuestra conducta para dejarlas pasar… Ponerme a meditar en la cola del supermercado, sin pensar en el tiempo que me queda que esperar. Trabajar sin prisa, dejando que el ritmo del trabajo se establezca por sí mismo. Reírme de los inevitables problemas de ordenador que tanto nos frustran. Y, sobre todo, siendo amable con todo el mundo, comprendiendo que ellos también tienen que bregar con sus emociones como lo tengo que hacer yo.

Cuando se mira con atención a la ira y todas esas emociones que la acompañan, se descubre que apuntan a ciertas actitudes básicas y problemáticas en nuestra vida: el ir siempre con prisa, el sentirse demasiado importante, el creerse mejor que los demás. Se redescubre así virtudes que antes asociábamos a la religión, pero que ahora cultivamos por nosotros mismos, porque nos traen paz mental y felicidad: la paciencia, la tolerancia, la humildad.

Hay gente que reacciona de forma muy negativa cuando se les dice que la ira es un problema. Sienten que tienen derecho a estar enfadados, pues la vida ha sido muy injusta con ellos. Te dirán que son personas explotadas, oprimidas, maltratadas, que su indignación es lo que las mueve a luchar contra todas esa injusticias para que no les vuelvan a pasar ni a ellas ni a nadie más. En  muchos casos lo que dicen es verdad. Vivimos en una sociedad tremendamente injusta, llena de opresiones de todo tipo: diferencias económicas y de clase, racismo, sexismo… Sin embargo, la ira difícilmente puede ayudar a salir de esas situaciones. Conduce a episodios de catarsis, de violencia incluso, en los que la energía pega un subidón y luego se disipa… y las cosas siguen igual. Cambiar la sociedad requiere organización, trabajo continuado y colaboración con los demás, tareas que se basan en emociones positivas como la empatía y la compasión. Emociones negativas como el miedo y la ira tienden a minar este tipo de tareas conjuntas.

Lo que ocurre en realidad es que la ira tiene un curioso componente placentero, casi adictivo. Moviliza nuestra energía interior y tiende a darle color a la monotonía de nuestras vidas. Asociada con ideologías y con dinámicas de masas nos hace sentirnos poderosos. El sabernos en posesión de la verdad, el sentirnos moralmente superiores a los demás, sirve para compensar la baja autoestima, para curar esas heridas psicológicas que nos ha ido dejando la vida. La ira se convierte entonces en un tónico diario, en algo que nos moviliza y nos da sentido. Es una droga sumamente peligrosa que conduce al fanatismo y la violencia. Éste es un tipo de enfermedad muy extendido. Lo encontramos en los hinchas del fútbol, en fundamentalistas religiosos y en grupos políticos tanto de izquierdas como de derechas.

Han pasado muchos años desde aquella charla del Dalai Lama, desde aquel triste episodio del pasillo enjabonado. Mi vida ha cambiado mucho, soy mucho más feliz. La gente que me conoce hace años ha sido testigo de ese cambio. Ahora me resulta más fácil no enfadarme, ya que determinadas actitudes se han convertido en hábitos con el tiempo. Me gustaría poder decir que la ira ha desaparecido completamente de mi vida, pero no es así. El dragón está dormido, pero en el momento más inesperado se puede despertar.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Lista de canciones de Desencadenada

A lo largo de la novela Voy a romperte en pedacitos voy indicando canciones que escucha la protagonista, Cecilia, y que van marcando lo que le ocurre. Para mí estas canciones son fundamentales, pues me evocan las emociones de cada pasaje. Acabo de publicar la lista de canciones del segundo libro de la trilogía, Desencadenada. La podéis leer en la pestaña con ese mismo nombre de este blog, al final.  

lunes, 23 de diciembre de 2013

La policía golpea y detiene a varias mujeres tras una protesta contra la ley anti-aborto

Debido a la vuelta de la censura franquista de manos del Partido Popular, fundado por Manuel Fraga Iribarne, Ministro del Interior de Franco y autor de la célebre frase "la calle es mía", este tipo de vídeos ya no se puede publicar en España. Así que lo publico yo desde el extranjero.


No dejemos que la calle vuelva a ser "suya"... De la policía. De los que están en el poder.

sábado, 21 de diciembre de 2013

¡Abandonad la Iglesia!

¿Qué, te habías creído el timo del Papa progre? Pues espero que te haya abierto los ojos la nueva ley sobre el aborto que el PP ha impuesto a golpe de decretazo franquista. No hay Papas progres, sólo maquillajes publicitarios de una Iglesia que intenta recuperarse del escándalo mundial de los curas pedófilos. Así que han puesto al Papa Francisco haciendo de “poli bueno”, que finge necesitar nuestro apoyo para salvar a la Iglesia de los “polis malos” que prosiguen su guerra cultural contra las libertades. Pero ellos saben que no arriesgan nada: Francisco es tan retrógrado como el que más y la Teología de la Liberación está muerta y enterrada hace tiempo.

A ver si nos vamos enterando: la Iglesia Católica es el enemigo número uno de las libertades personales, especialmente las de las mujeres, los gais y todos los que practicamos sexualidades alternativas. Lo ha sido desde hace 2000 años y lo seguirá siendo en el futuro previsible. No sólo esto, sino que a lo largo de la historia la Iglesia ha estado siempre al lado del poder y de los ricos, manteniendo estructuras sociales de opresión y colaborando con algunos de los mayores crímenes colectivos que ha conocido la humanidad. La Iglesia impulsó la colonización de América y la institución de la esclavitud, derivada de la sumisión de los plebeyos a los nobles y clérigos feudales. Atacó a los descubrimientos científicos, desde Galileo hasta Darwin. Desempeñó un papel fundamental en la sublevación de Franco, en la Guerra Civil y en los 40 años de dictadura. También apoyó las dictaduras de Mussolini en Italia y Hitler en Alemania, cerrando los ojos al Holocausto que masacró seis millones de personas, judíos en su inmensa mayoría. Jugó a que apoyaba la Transición para posicionarse en el nuevo esquema político de España (ahora comprobamos lo bien que le salió la jugada), mientras que al mismo tiempo en Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Brasil y Bolivia amparaba las nuevas dictaduras y su brutal represión.

Ante tantos desmanes la única actitud ética es negar nuestro apoyo a la Iglesia, siguiendo la idea de Gandhi de que si no te opones al mal te vuelves su cómplice. Tenemos que darnos cuenta de que no cabe compromiso alguno con la Iglesia: siempre buscará el poder y lo utilizará para acabar con nuestras libertades. La construcción de una sociedad sin sexismo, con una visión positiva y lúdica de la sexualidad y donde no se oprima a las personas en base a su orientación sexual pasa por eliminar el poder político de la Iglesia. No se trata de acabar con el catolicismo, sino de devolverlo a la esfera exclusivamente personal a la que pertenecen las religiones. No se trata de quemar iglesias, sino de vaciarlas. No se trata de pretender que todo el mundo se haga ateo, sino de que todas las creencias sean tratadas por igual por el estado. Ese es, en definitiva, el estado laico estipulado en la Constitución, que la Iglesia y la derecha nos han robado. Para ver lo que es realidad un estado aconfesional y laico sólo hace falta echar una mirada a EE.UU., donde no hay crucifijos en las escuelas públicas, ni asignatura de religión. España es una teocracia, como Irán, como Arabia Saudí.

Pero eso ya no refleja siquiera la realidad social de España. Así es como están las cosas en materia de religión, según las últimas encuestas de CIS… El 70.4% de los españoles se definen como católicos, el 26% como no creyentes y el 2.3% como practicante de otras religiones. Pero, ¡ojo!, que la mayor parte de esos católicos sólo lo son de boquilla. Cuando se pregunta a los que integran ese 70.4% de católicos cuantas veces van a misa, resulta que sólo el 15.1% van a misa todos los domingos y festivos (recordad que no hacerlo está considerado como pecado mortal). Otro 8.6% van a misa alguna vez al mes; un 15.9% lo hacen varias veces al año y un descomunal 59.1% no va prácticamente nunca. Basándome en estos números, y descartando el minúsculo 2.3% que practican otras religiones, los españoles se podrían catalogar en cuatro grupos:
  1. Un 26% de no creyentes, que incluiría a ateos, agnósticos, deístas y personas religiosas o espirituales que no se identifican con ninguna religión.
  2. Un 11% (15% del 70%) que practica el catolicismo, al menos lo suficiente para no romper el mandamiento de ir a misa los domingos.
  3. Un 42% (59% del 70%) que se define como católico pero que no practica el catolicismo. Se trata quizás de “católicos culturales”, es decir, de gente que se siente afín al catolicismo, su mitología y sus ritos, pero que no cree lo suficiente para no tener ningún problema con no ir a misa.
  4. Un 18% (25% del 70%) que va a misa pero no todos los domingos, incluyendo algunos que sólo lo hacen alguna vez al año.
Así que ahí lo tenéis: en España, país “oficialmente” católico, hay sólo un 11% de católicos practicantes. Los no creyentes declarados formamos una minoría mucho más numerosa, con más del doble de miembros. Pero lo más interesante es esa mayoría del 60% integrado por los católicos culturales y los que practican a desgana. Esa gente tiene lo que se llama en marketing una “opinión blanda”, es decir, susceptible a ser cambiada con facilidad. La Iglesia lleva desde siempre intentando atraerlos al redil… por lo que se ve, sin mucho éxito. Pero, ¿y si los no creyentes hiciéramos un esfuerzo decidido para atraerlos a nuestro grupo? No se trataría de convertir a la gente al ateísmo, no. Creo que los esfuerzos en ese sentido van descaminados porque mucha gente necesita “creer en algo”: en un cristianismo que definen a su manera, en un Dios no personal, en la vida después de la muerte o en esos mitos de fenómenos paranormales, fantasmas y reencarnación que les gustan tanto a Hollywood. No importa. Lo importante es romper el cerrojo de poder que tiene la Iglesia sobre la sociedad para asegurar nuestras libertades. Así que propongo lo siguiente:

  1. Si no practicas el catolicismo, di que no eres católico. Bien fuerte, que se entere todo el mundo. No tengas miedo, tienes compañía.
  2. Desafía sin miedo las creencias de tus amigos y familiares. Infórmate sobre las incongruencias y los puntos débiles de la fe cristiana. Un simple comentario bien dicho puede desencadenar un auténtico alud de dudas. Son creencias muy endebles, por eso han tenido que usar tanta violencia a través de la historia para defenderlas, con sus cruzadas y sus inquisiciones.
  3. No te cases por la Iglesia (las bodas civiles son ya el 73% de los matrimonios). Se pueden hacer rituales cantidad de bonitos en otros sitios.
  4. No bautices a tus hijos, ni les dejes hacer la primera comunión. Si tus hijos envidian los regalos de sus amigos que hacen la primera comunión, invéntate un ritual de madurez para ellos, regalos incluidos.
  5. Cuando hagas la declaración de la renta no le des ningún dinero a la Iglesia.
  6. No des nunca dinero a organizaciones como Cáritas que dependen de la Iglesia. Tu dinero irá a parar al bolsillo de obispos y curas, no al de los pobres. Hoy en día sobran ONGs laicas a las que contribuir que son mucho más de fiar.
  7. Si tienes inquietudes religiosas o espirituales, embárcate en una búsqueda personal de algo que dé sentido a tu vida. Te asombrarás de lo que vas a encontrar. En realidad, una de las peores cosas que hace el catolicismo es embotar nuestra auténtica espiritualidad con doctrinas y rituales sin contenido.
Ésta es la manera positiva y no-violenta de luchar contra la Iglesia, de darles donde más les duele. Yo abandoné el catolicismo a los 15 años, cuando todavía iba a un colegio del Opus, cuando era totalmente dependiente de unos padres carcas, cuando aún vivíamos en la dictadura nacional-católica. Fue un proceso doloroso y difícil, pero hoy en día me enorgullezco de haber sido capaz de hacerlo. Fue cómo salir de una cárcel mental. Gané mi libertad y le abrí la puerta a experiencias maravillosas en todos los ámbitos de mi vida.

Figura 1: El número de creyentes en España ha ido disminuyendo (línea negra) mientras que el de no creyentes ha aumentado (línea gris).

De hecho, vamos ganando la batalla. Desde 1998 el porcentaje de católicos en España ha ido disminuyendo y el de no creyentes aumentando de forma simultánea (Figura 1). El porcentaje de católicos practicantes ha disminuido de forma aún más estrepitosa (Figura 2). Pero hay veces que los cambios sociales se aceleran; se producen avalanchas de cambios masivos de opinión al romperse un equilibrio invisible de fuerzas. La misma Iglesia nos lo pone fácil con su inflexibilidad y sus ataques a nuevas pautas culturales cada vez más establecidas. ¿Quién sigue hoy en día los mandamientos de la Iglesia sobre anticoncepción?

Figura 2: El número de católicos que no va a misa ha aumentado (línea negra) mientras que ha disminuido el de católicos que van a misa todos los domingos (línea gris claro) y el de que van a  misa alguna vez (línea gris oscuro).

Si te enfurece lo que ha hecho el PP con la ley del aborto, haz lo que dicen por aquí: “don’t get mad, get even” - “no te cabrees, gánales la partida”. ¡Vaciemos las iglesias! Cuando sólo queden en ellas unos pocos beatos vejestorios, los obispos se tendrán que callar la boca de una puñetera vez y nosotros podremos construir esa sociedad libre e igualitaria que ansiamos.