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domingo, 6 de abril de 2014

¿Cómo vivir nuestra vida? Hedonismo y eudamonía

El otro día asistí a una charla que resultó ser inesperadamente interesante. La daba el Dr. Steve Cole, profesor del Departamento de Hematología-Oncología de UCLA, y se titulaba “Social Regulation of Human Gene Expression” ("Regulación social de la expresión de genes en humanos", el enlace es a una charla anterior con el mismo título, en YouTube). El profesor Cole planteó una de las preguntas filosóficas más básicas: ¿Cómo debemos vivir nuestra vida? Es decir, ¿qué es lo que buscamos en nuestra vida? Simplificando mucho las cosas, se puede decir que hay dos actitudes básicas ante la vida.

1.    Hedonismo. Ésta es una palabra que a mí siempre me ha sonado mal, pues me recuerda a “hedor”, pero en realidad no tiene nada de malo. Se trata, simplemente, de vivir para ser feliz. No estamos hablando sólo de placeres carnales, como el comer bien y el follar bien, sino de todo aquello que nos haga la vida más grata, como el tener buenos amigos, una pareja y una familia que nos llene, un trabajo creativo y agradable, viajar, leer buenos libros, ver buenas películas, oír buena música, etc. Es la filosofía propugnada en la Grecia clásica por Epicuro, basada en perseguir el placer y evitar el sufrimiento, de forma moderada y racional.

2.    Eudamonía. Esta actitud ante la vida se le suele atribuir a Aristóteles, aunque también se relaciona con el pensamiento de Sócrates y Platón. Según ella, debemos vivir para cultivar la virtud, es decir, desarrollar nuestras potencialidades como seres humanos… Si no entiendes lo que eso quiere decir, te confesaré que yo tampoco. Sin embargo, el Dr. Cole propuso una definición bastante más precisa. Para él, la eudamonía consiste en vivir para satisfacer un ideal que nos trasciende a nosotros mismos, es decir, el querer cambiar el mundo para mejor, dejar algo detrás cuando nos muramos. Si queréis, podemos englobar en la eudamonía ideales religiosos como el servir a Dios (Cristianismo), la unión mística con Dios (Hinduismo), el eliminar el sufrimiento (Budismo), etc. Pero también entrarían en ella ideales no religiosos como el llevar a cabo la revolución del proletariado (marxismo), el desentrañar los misterios del universo (ciencia), el salvar al medio ambiente (ecologismo), establecer la igualdad de la mujer (feminismo), etc. En definitiva, en vez de perseguir solamente nuestra felicidad personal, se trata de trabajar en pos de un ideal mayor que nosotros mismos.

Si te paras a pensar, hay mucha gente que vive una vida de eudamonía, mucha más de la que cabría sospechar en un principio. De hecho, casi todas las personas que han hecho algo admirable en al vida entrarían en este grupo. Eso no deja de ser curioso, porque a primera vista cabría sospechar que casi todo el mundo es hedonista. De hecho, el capitalismo y su “lógica de mercados” se basa en la asunción de que todo el mundo se guía por principios hedonistas de maximizar su bienestar, lo que nos llevaría a consumir cada vez más. Por el contrario, la supervivencia del planeta parece depender en que una buena parte de la especie humana adopte una mínima actitud de eudamonía y se sacrifique para dejar un planeta viable a las generaciones venideras.

Patrón de expresión de genes en ratas aisladas socialmente (Lonely) o viviendo en grupo (Socially Integrated)
Pero bueno, ¿qué tiene que ver todo esto con los genes? ¿Por qué se pone un investigador en biomedicina a hablar de Epicuro y Aristóteles? Aquí es donde viene lo más interesante. En lugar de tomar una actitud determinista, tan frecuente estos días, en la que se cree que los genes determinan nuestro comportamiento, el Dr. Cole se puso a estudiar la relación inversa: cómo nuestro comportamiento, incluso nuestra actitud ante la vida, dirige la expresión de determinados genes. Para hacerlo extrajo muestras de sangre de animales de laboratorio y de personas, de las que aisló células del sistema inmune (normalmente llamadas “glóbulos blancos”) para medir en ellas la expresión de más de un millar de genes. Lo primero que vio, tanto en ratas como en monos como en humanos, es que el aislamiento social aumenta la expresión de cerca de un  centenar de genes asociados con la inflamación y disminuye la expresión de otro centenar de genes asociados con la respuesta inmune, sobre todo contra virus. Luego utilizó la misma táctica para estudiar cómo la actitud ante la vida, hedonismo o eudamonía, afecta a estos conjuntos de genes. Para averiguar si una persona determinada se inclinaba hacia el hedonismo o la eudamonía realizó una serie de test psicológicos. Test similares sirvieron para medir la satisfacción de esas personas ante la vida. Encontraron que un grupo nutrido de personas tenían una vida bastante feliz, y que entre ellos se encontraban tanto los que practicaban el hedonismo como la eudamonía. Sin embargo, los test de expresión de genes revelaron diferencias importantes entre los dos grupos. Los que tenían una filosofía hedonista tenían un perfil similar a los que se aislaban socialmente, con alta expresión de genes pro-inflamatorios y baja expresión de genes de respuesta inmune. Aquellos con filosofía de eudamonía, por el contrario, tenían baja expresión de genes pro-inflamatorios y elevada expresión de genes de respuesta inmune. Y el caso es que los genes pro-inflamatorios, como la interleucina-6, aumentan el riesgo a una importante serie de enfermedades, como las asociadas con el sistema cardiovascular.

¿Quiere decir esto que la eudamonía es más saludable que el hedonismo? Creo que esa sería una conclusión prematura. Quizás lo que nos quiera indicar el experimento es que el hedonismo se parece un poco al aislamiento social, ya que todo se centra en uno mismo, mientras que la eudamonía es una actitud más abierta al mundo, una actitud de dar en vez de recibir. Sea como sea, podemos quedarnos con una conclusión mucho más fundamental: nuestros genes no determinan lo que somos, nosotros determinamos qué genes se expresan en nuestro cuerpo. No lo hacemos directamente, claro está, sino en base a cómo decidimos comportarnos, en qué ambiente nos movemos e incluso las decisiones más profundas que tomamos sobre cómo queremos vivir. En definitiva, tu salud y tu felicidad dependen de lo que hagas hoy.

miércoles, 1 de enero de 2014

Cuando el dragón se despierta



“Viserys se acercó a Dany, le clavó los dedos en la pierna y le dijo: -Hazlo gozar, querida hermana, o te lo juro, verás al dragón despertarse como nunca se ha despertado antes-.”
Juego de Tronos, George R.R. Martin

Empecé a comprender el daño que me hacía la ira en una charla que dio el Dalai Lama en UCLA en junio de 1997. Como mucha gente, hasta entonces yo creía que los enfados son algo que hay que “sacar para fuera”, porque si se quedan dentro se enconan y acaban por amargarte la vida. Creía que si alguien hace algo que te ofende, está bien enfadarse con esa persona, incluso pelearse con ella hasta que las cosas queden bien claras. El Dalai Lama cuestionó esas creencias. Su charla se centró en el peligro que representa los niveles crecientes de ira en el mundo. Nos dijo que nos correspondía a cada uno comprender la ira que surge en nosotros, calmarla antes de que se extienda como un fuego en la sociedad. Es la idea budista del karma: cuando haces el mal, va pasando de persona a persona hasta que eventualmente regresa a ti. A no ser, claro está, que haya alguien en esa cadena de causa y efecto que absorba el mal sin transmitirlo. En ese caso el buen karma de esa acción cancela el mal karma que ha recibido. Es una idea bonita, pero dudo que en la realidad las cosas funcionen de forma tan mecánica. El caso es que me quedé con la idea de que puede ser malo eso de exteriorizar los enfados.

A partir de entonces fui tomando nota de las veces que me enfadaba: las peleas de tráfico, las riñas con mi mujer, mi exasperación con los problemas del trabajo. Luego vino ese percance vergonzoso con el hombre de la limpieza en mi trabajo, que acabó de abrirme los ojos. Un día salí del laboratorio para encontrarme el suelo pasillo enjabonado casi por completo; sólo quedaba un estrecho pasadizo de suelo seco junto a la pared. Yo iba con prisa. Di varios pasos apresurados junto a la pared, pero al ir a entrar en el laboratorio de al lado pisé esa capa resbaladiza y aterricé de espaldas en ella, haciéndome daño y mojándome completamente el pantalón. El señor de la limpieza me preguntó si estaba bien; yo le dije que sí con una mirada irritada, luego entré en el laboratorio y me sequé como pude con unas toallas de papel. Al cabo de una semana o dos me volví a encontrar el pasillo cubierto de jabón, sólo que esta vez lo estaba de pared a pared. Un cartel nos advertía que debíamos salir del edificio y entrar por otra puerta para llegar a la parte del pasillo más allá de la zona de limpieza. Eso, unido al incidente anterior, me enfureció. Mandé al carajo al cartel de una patada y me aventuré con paso decidido sobre el suelo enjabonado, utilizando mi equilibrio de montañero para conseguir no caerme esa vez. Pero cuando me senté delante del ordenador estaba tan alterado que no podía trabajar. Encima, me comunicaron que el señor de la limpieza se había puesto en contacto con su sindicato y querían venir a hablar conmigo. ¡Qué horror! ¡Yo, un tío de izquierdas de toda la vida, iba a tener problemas ahora con un sindicato! No me encontraba en condiciones de hablar con nadie: estaba furioso con el tipo de la fregona y conmigo mismo por reaccionar así. Decidí salir a dar un paseo para calmarme. No pude trabajar el resto de la tarde. Al día siguiente todavía me costaba trabajo concentrarme. Pero ya podía pensar con más calma y me di cuenta de que tenía que reestablecer mi paz mental y continuar con mi trabajo. Le pedí disculpas al señor de la limpieza y pronto las aguas volvieron a su cauce.

Lo que más me impactó de todo ese episodio fue darme cuenta de que cuando estoy enfadado mi capacidad de pensar se vuelve nula. Mi mente se pone a darle vueltas y vueltas al asunto, a sopesar distintos planes de acción, a criticar a mi adversario y prever lo que va a hacer… No hay sitio para nada más. Es como si de repente toda mi inteligencia, de la que tan orgulloso estoy, se hubiera volatilizado. Otro síntoma preocupante de la ira es la “visión de túnel”: la concentración de mi atención en unas pocas ideas obsesivas, volviéndome incapaz de percibir claramente mi entorno. La ira es como una droga que altera de forma peligrosa las capacidades mentales. Por ejemplo, una pelea de tráfico puede ponerme en un estado mental peor que si estuviera borracho, poniendo en peligro mi vida y la de los demás. Y lo malo es que no hay prueba de alcoholemia para la ira que pueda servir para sacar a los conductores furiosos de la carretera.

Fue entonces cuando decidí que haría lo posible para no volver a enfadarme. ¡Fácil de decir! Tenemos mucho menos control sobre nuestra mente del que creemos. En particular, las emociones son prácticamente imposibles de cambiar. Por mucho que me empeñara, cuando me enfadaba no había manera de acabar con el cabreo. Sin embargo, aunque la emoción en sí era imposible de evitar, aún tenía control sobre mis acciones. Cuando dejaba que mi ira se vertiera en la gente que me rodeaba, su reacción tendía a alimentar mi enfado y hacerlo durar más. Por lo tanto, lo mejor era aislarme y esperar a que se me pasara el cabreo. Justo lo contrario de lo que había oído decir, pero la estrategia pareció funcionar bastante bien. Por supuesto, me prohibí de forma terminante tomar represalias contra otros conductores en la carretera. Pronto descubrí que mi conducción se volvía mucho más segura y placentera; podía disfrutar mejor de la música, de la radio o de mis propios pensamientos.

Más adelante hice otro descubrimiento: si bien era imposible suprimir un enfado una vez desarrollado, sí era posible evitar que surgiera si lo pillaba a tiempo. Esa táctica resultó enormemente eficaz y muy pronto mis enfados disminuyeron de forma tan apreciable que mi mujer lo notó y me preguntó cómo lo había conseguido. El truco está en darse cuenta de esas emociones aparentemente inofensivas que son el germen de la ira: el sentirse molesto, la impaciencia, la frustración. Son más fáciles de manejar que la ira, a base de ajustar nuestra conducta para dejarlas pasar… Ponerme a meditar en la cola del supermercado, sin pensar en el tiempo que me queda que esperar. Trabajar sin prisa, dejando que el ritmo del trabajo se establezca por sí mismo. Reírme de los inevitables problemas de ordenador que tanto nos frustran. Y, sobre todo, siendo amable con todo el mundo, comprendiendo que ellos también tienen que bregar con sus emociones como lo tengo que hacer yo.

Cuando se mira con atención a la ira y todas esas emociones que la acompañan, se descubre que apuntan a ciertas actitudes básicas y problemáticas en nuestra vida: el ir siempre con prisa, el sentirse demasiado importante, el creerse mejor que los demás. Se redescubre así virtudes que antes asociábamos a la religión, pero que ahora cultivamos por nosotros mismos, porque nos traen paz mental y felicidad: la paciencia, la tolerancia, la humildad.

Hay gente que reacciona de forma muy negativa cuando se les dice que la ira es un problema. Sienten que tienen derecho a estar enfadados, pues la vida ha sido muy injusta con ellos. Te dirán que son personas explotadas, oprimidas, maltratadas, que su indignación es lo que las mueve a luchar contra todas esa injusticias para que no les vuelvan a pasar ni a ellas ni a nadie más. En  muchos casos lo que dicen es verdad. Vivimos en una sociedad tremendamente injusta, llena de opresiones de todo tipo: diferencias económicas y de clase, racismo, sexismo… Sin embargo, la ira difícilmente puede ayudar a salir de esas situaciones. Conduce a episodios de catarsis, de violencia incluso, en los que la energía pega un subidón y luego se disipa… y las cosas siguen igual. Cambiar la sociedad requiere organización, trabajo continuado y colaboración con los demás, tareas que se basan en emociones positivas como la empatía y la compasión. Emociones negativas como el miedo y la ira tienden a minar este tipo de tareas conjuntas.

Lo que ocurre en realidad es que la ira tiene un curioso componente placentero, casi adictivo. Moviliza nuestra energía interior y tiende a darle color a la monotonía de nuestras vidas. Asociada con ideologías y con dinámicas de masas nos hace sentirnos poderosos. El sabernos en posesión de la verdad, el sentirnos moralmente superiores a los demás, sirve para compensar la baja autoestima, para curar esas heridas psicológicas que nos ha ido dejando la vida. La ira se convierte entonces en un tónico diario, en algo que nos moviliza y nos da sentido. Es una droga sumamente peligrosa que conduce al fanatismo y la violencia. Éste es un tipo de enfermedad muy extendido. Lo encontramos en los hinchas del fútbol, en fundamentalistas religiosos y en grupos políticos tanto de izquierdas como de derechas.

Han pasado muchos años desde aquella charla del Dalai Lama, desde aquel triste episodio del pasillo enjabonado. Mi vida ha cambiado mucho, soy mucho más feliz. La gente que me conoce hace años ha sido testigo de ese cambio. Ahora me resulta más fácil no enfadarme, ya que determinadas actitudes se han convertido en hábitos con el tiempo. Me gustaría poder decir que la ira ha desaparecido completamente de mi vida, pero no es así. El dragón está dormido, pero en el momento más inesperado se puede despertar.

sábado, 21 de diciembre de 2013

¡Abandonad la Iglesia!

¿Qué, te habías creído el timo del Papa progre? Pues espero que te haya abierto los ojos la nueva ley sobre el aborto que el PP ha impuesto a golpe de decretazo franquista. No hay Papas progres, sólo maquillajes publicitarios de una Iglesia que intenta recuperarse del escándalo mundial de los curas pedófilos. Así que han puesto al Papa Francisco haciendo de “poli bueno”, que finge necesitar nuestro apoyo para salvar a la Iglesia de los “polis malos” que prosiguen su guerra cultural contra las libertades. Pero ellos saben que no arriesgan nada: Francisco es tan retrógrado como el que más y la Teología de la Liberación está muerta y enterrada hace tiempo.

A ver si nos vamos enterando: la Iglesia Católica es el enemigo número uno de las libertades personales, especialmente las de las mujeres, los gais y todos los que practicamos sexualidades alternativas. Lo ha sido desde hace 2000 años y lo seguirá siendo en el futuro previsible. No sólo esto, sino que a lo largo de la historia la Iglesia ha estado siempre al lado del poder y de los ricos, manteniendo estructuras sociales de opresión y colaborando con algunos de los mayores crímenes colectivos que ha conocido la humanidad. La Iglesia impulsó la colonización de América y la institución de la esclavitud, derivada de la sumisión de los plebeyos a los nobles y clérigos feudales. Atacó a los descubrimientos científicos, desde Galileo hasta Darwin. Desempeñó un papel fundamental en la sublevación de Franco, en la Guerra Civil y en los 40 años de dictadura. También apoyó las dictaduras de Mussolini en Italia y Hitler en Alemania, cerrando los ojos al Holocausto que masacró seis millones de personas, judíos en su inmensa mayoría. Jugó a que apoyaba la Transición para posicionarse en el nuevo esquema político de España (ahora comprobamos lo bien que le salió la jugada), mientras que al mismo tiempo en Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Brasil y Bolivia amparaba las nuevas dictaduras y su brutal represión.

Ante tantos desmanes la única actitud ética es negar nuestro apoyo a la Iglesia, siguiendo la idea de Gandhi de que si no te opones al mal te vuelves su cómplice. Tenemos que darnos cuenta de que no cabe compromiso alguno con la Iglesia: siempre buscará el poder y lo utilizará para acabar con nuestras libertades. La construcción de una sociedad sin sexismo, con una visión positiva y lúdica de la sexualidad y donde no se oprima a las personas en base a su orientación sexual pasa por eliminar el poder político de la Iglesia. No se trata de acabar con el catolicismo, sino de devolverlo a la esfera exclusivamente personal a la que pertenecen las religiones. No se trata de quemar iglesias, sino de vaciarlas. No se trata de pretender que todo el mundo se haga ateo, sino de que todas las creencias sean tratadas por igual por el estado. Ese es, en definitiva, el estado laico estipulado en la Constitución, que la Iglesia y la derecha nos han robado. Para ver lo que es realidad un estado aconfesional y laico sólo hace falta echar una mirada a EE.UU., donde no hay crucifijos en las escuelas públicas, ni asignatura de religión. España es una teocracia, como Irán, como Arabia Saudí.

Pero eso ya no refleja siquiera la realidad social de España. Así es como están las cosas en materia de religión, según las últimas encuestas de CIS… El 70.4% de los españoles se definen como católicos, el 26% como no creyentes y el 2.3% como practicante de otras religiones. Pero, ¡ojo!, que la mayor parte de esos católicos sólo lo son de boquilla. Cuando se pregunta a los que integran ese 70.4% de católicos cuantas veces van a misa, resulta que sólo el 15.1% van a misa todos los domingos y festivos (recordad que no hacerlo está considerado como pecado mortal). Otro 8.6% van a misa alguna vez al mes; un 15.9% lo hacen varias veces al año y un descomunal 59.1% no va prácticamente nunca. Basándome en estos números, y descartando el minúsculo 2.3% que practican otras religiones, los españoles se podrían catalogar en cuatro grupos:
  1. Un 26% de no creyentes, que incluiría a ateos, agnósticos, deístas y personas religiosas o espirituales que no se identifican con ninguna religión.
  2. Un 11% (15% del 70%) que practica el catolicismo, al menos lo suficiente para no romper el mandamiento de ir a misa los domingos.
  3. Un 42% (59% del 70%) que se define como católico pero que no practica el catolicismo. Se trata quizás de “católicos culturales”, es decir, de gente que se siente afín al catolicismo, su mitología y sus ritos, pero que no cree lo suficiente para no tener ningún problema con no ir a misa.
  4. Un 18% (25% del 70%) que va a misa pero no todos los domingos, incluyendo algunos que sólo lo hacen alguna vez al año.
Así que ahí lo tenéis: en España, país “oficialmente” católico, hay sólo un 11% de católicos practicantes. Los no creyentes declarados formamos una minoría mucho más numerosa, con más del doble de miembros. Pero lo más interesante es esa mayoría del 60% integrado por los católicos culturales y los que practican a desgana. Esa gente tiene lo que se llama en marketing una “opinión blanda”, es decir, susceptible a ser cambiada con facilidad. La Iglesia lleva desde siempre intentando atraerlos al redil… por lo que se ve, sin mucho éxito. Pero, ¿y si los no creyentes hiciéramos un esfuerzo decidido para atraerlos a nuestro grupo? No se trataría de convertir a la gente al ateísmo, no. Creo que los esfuerzos en ese sentido van descaminados porque mucha gente necesita “creer en algo”: en un cristianismo que definen a su manera, en un Dios no personal, en la vida después de la muerte o en esos mitos de fenómenos paranormales, fantasmas y reencarnación que les gustan tanto a Hollywood. No importa. Lo importante es romper el cerrojo de poder que tiene la Iglesia sobre la sociedad para asegurar nuestras libertades. Así que propongo lo siguiente:

  1. Si no practicas el catolicismo, di que no eres católico. Bien fuerte, que se entere todo el mundo. No tengas miedo, tienes compañía.
  2. Desafía sin miedo las creencias de tus amigos y familiares. Infórmate sobre las incongruencias y los puntos débiles de la fe cristiana. Un simple comentario bien dicho puede desencadenar un auténtico alud de dudas. Son creencias muy endebles, por eso han tenido que usar tanta violencia a través de la historia para defenderlas, con sus cruzadas y sus inquisiciones.
  3. No te cases por la Iglesia (las bodas civiles son ya el 73% de los matrimonios). Se pueden hacer rituales cantidad de bonitos en otros sitios.
  4. No bautices a tus hijos, ni les dejes hacer la primera comunión. Si tus hijos envidian los regalos de sus amigos que hacen la primera comunión, invéntate un ritual de madurez para ellos, regalos incluidos.
  5. Cuando hagas la declaración de la renta no le des ningún dinero a la Iglesia.
  6. No des nunca dinero a organizaciones como Cáritas que dependen de la Iglesia. Tu dinero irá a parar al bolsillo de obispos y curas, no al de los pobres. Hoy en día sobran ONGs laicas a las que contribuir que son mucho más de fiar.
  7. Si tienes inquietudes religiosas o espirituales, embárcate en una búsqueda personal de algo que dé sentido a tu vida. Te asombrarás de lo que vas a encontrar. En realidad, una de las peores cosas que hace el catolicismo es embotar nuestra auténtica espiritualidad con doctrinas y rituales sin contenido.
Ésta es la manera positiva y no-violenta de luchar contra la Iglesia, de darles donde más les duele. Yo abandoné el catolicismo a los 15 años, cuando todavía iba a un colegio del Opus, cuando era totalmente dependiente de unos padres carcas, cuando aún vivíamos en la dictadura nacional-católica. Fue un proceso doloroso y difícil, pero hoy en día me enorgullezco de haber sido capaz de hacerlo. Fue cómo salir de una cárcel mental. Gané mi libertad y le abrí la puerta a experiencias maravillosas en todos los ámbitos de mi vida.

Figura 1: El número de creyentes en España ha ido disminuyendo (línea negra) mientras que el de no creyentes ha aumentado (línea gris).

De hecho, vamos ganando la batalla. Desde 1998 el porcentaje de católicos en España ha ido disminuyendo y el de no creyentes aumentando de forma simultánea (Figura 1). El porcentaje de católicos practicantes ha disminuido de forma aún más estrepitosa (Figura 2). Pero hay veces que los cambios sociales se aceleran; se producen avalanchas de cambios masivos de opinión al romperse un equilibrio invisible de fuerzas. La misma Iglesia nos lo pone fácil con su inflexibilidad y sus ataques a nuevas pautas culturales cada vez más establecidas. ¿Quién sigue hoy en día los mandamientos de la Iglesia sobre anticoncepción?

Figura 2: El número de católicos que no va a misa ha aumentado (línea negra) mientras que ha disminuido el de católicos que van a misa todos los domingos (línea gris claro) y el de que van a  misa alguna vez (línea gris oscuro).

Si te enfurece lo que ha hecho el PP con la ley del aborto, haz lo que dicen por aquí: “don’t get mad, get even” - “no te cabrees, gánales la partida”. ¡Vaciemos las iglesias! Cuando sólo queden en ellas unos pocos beatos vejestorios, los obispos se tendrán que callar la boca de una puñetera vez y nosotros podremos construir esa sociedad libre e igualitaria que ansiamos.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Felicidad

¿Qué es la felicidad?

¿Es acaso la felicidad una emoción? Es cierto que cuando se es feliz se tienen más emociones positivas, como la alegría, el amor y la compasión, y menos emociones negativas, como la tristeza, la ira o el miedo. Pero es posible ser feliz estando triste, y siempre habrá quien diga que es feliz con la energía que le aporta la cólera o incluso el miedo. Por lo tanto, si bien la felicidad depende en gran parte de nuestras emociones, dudo que sea una emoción en sí.

Todo el mundo dice que el dinero no trae felicidad, pero ¿es eso cierto? Algunos estudios que se han hecho sobre la felicidad indican que la gente más feliz son los que se encuentran en el medio del espectro de riqueza. Los muy pobres no son felices, pero tampoco lo suelen ser los muy ricos. Al parecer, no se pude ser feliz si no se tienen cubiertas una serie de necesidades básicas. ¿Y los ricos? Quizás el tener muchas posesiones acarre un alto grado de preocupación, y eso haga disminuir su grado de felicidad. Por la misma razón, las personas demasiados ambiciosas no son muy felices: no se lo permiten serlo a sí mismos hasta haber conseguido sus objetivos. Y cuando lo consiguen puede ser peor; el ver que ni aún eso los llena los puede ocasionar una gran frustración. Los famosos suelen morir jóvenes; muchos incluso se suicidan o se autodestruyen a base de alcohol o de drogas.

Esos mismos estudios de neurociencia sobre la felicidad (por ejemplo, los realizados por Richard Davidson de la Universidad de Wisconsin) apuntan que cada persona tiene un punto fijo de felicidad. Al recibir una gran alegría nos sentimos muy felices, y una tragedia en nuestra vida nos hace sufrir, pero los dos son estados pasajeros, y al cabo de un tiempo volvemos a nuestro punto fijo de felicidad. Los más afortunados tienen un punto de felicidad alto y se las apañan para sentirse felices la mayor parte del tiempo. Pero también están aquellos que se pasan la vida en un permanente estado de melancolía. ¿No es eso, en definitiva, lo que es la depresión? Alguien que esté pasando una profunda depresión puede llegar a sentirse tan infeliz que decida suicidarse. Quizás entonces la felicidad dependa simplemente de determinados parámetros bioquímicos, de la particular mezcla de neurotransmisores que tengamos en el cerebro. La nueva escuela de materialistas a ultranza a los que les gusta negar el libre albedrío se apresurarán a afirmar que la felicidad es simplemente genética, y que podemos corregir nuestra deficiencia en ese sentido a base de pastillas.

Pero yo creo que eso es simplificar demasiado las cosas. Para empezar, aunque sea verdad lo del punto fijo de felicidad, es difícil saber si lo que lo fija son los genes o nuestras experiencias vitales (es decir, el entorno en el que hemos crecido). Seguramente será una mezcla de las dos cosas. En segundo lugar, hay un mínimo de circunstancias que parecen necesarias para ser feliz; es difícil alcanzar la felicidad cuando se vive en pobreza extrema, cuando se carece de libertad o cuando se vive en soledad, sin nadie que nos quiera. En tercer lugar, cada vez parece más claro que determinadas prácticas, como el ejercicio físico y la meditación, hacen aumentar el grado de felicidad de la gente. En cuarto lugar, una persona no puede ser feliz independientemente de la felicidad de las personas que lo rodean; existe algo llamado empatía que nos hace sufrir cuando vemos sufrir a otros y nos hace felices cuando estamos rodeados de felicidad.

Los seres humanos somos sumamente complejos y nuestro sufrimiento o nuestra felicidad no se pude explicar simplemente a base de genes y neurotransmisores en el cerebro. En realidad, no sabemos qué es la felicidad. La única manera que tenemos de medirla es preguntarle a la gente si es feliz. Y la respuesta que nos darán estará fuertemente condicionada por sus creencias. No se trata sólo de que algunas personas se sienten condicionadas a responder que son felices porque si no lo fueran eso se vería como un fracaso de su particular religión o ideología. Se trata también de que cada cual evalúa su felicidad en función de su sistema particular de valores. Para algunos, ser feliz es ser libres. Para otros, es vivir en una sociedad justa, o ser famosos, o poderosos. Si creemos que vivimos como hemos elegido vivir, o que hemos cumplido nuestros objetivos, nos recompensamos permitiéndonos ser felices. O quizás es que cuando creemos que somos felices, empezamos a serlo de verdad. Por lo tanto, la felicidad sería algo que está intrínsecamente condicionado con nuestras ideas y nuestro sistema de valores. ¿O no? Quizás sólo nos engañamos haciéndonos creer a nosotros mismos que somos felices cuando en realidad no lo somos. ¿Cómo podemos saber si somos tan felices como nuestro vecino, cuando nunca podemos experimentar lo que él experimenta?

¿Es la felicidad realmente el objetivo fundamental de nuestra vida? Tendemos a creer que es así, pero, ¿qué pasaría si nos ofrecieran ser completamente felices a cambio de volvernos tontos? ¿O de auto-engañarnos? No creo que fuera yo el único que no aceptaría la felicidad a cambio de la estupidez o de la ignorancia. O, dicho de otra manera, una felicidad que nos privara de algo esencial para ser humanos no debería ser tal felicidad. 

miércoles, 3 de abril de 2013

¿Cuál es la naturaleza última de la realidad?



Cuando se debate si son ciertos el materialismo, el idealismo, el dualismo, etc., lo que estamos debatiendo es en qué consiste la naturaleza última de la realidad. Lo que queremos es asignar un nombre a X cuando decimos: “En realidad, todo lo que existe es X”. Así, X puede ser materia-energía (materialismo), ideas (idealismo), leyes de la física (platonismo científico), información (informacionismo), etc.

Podríamos llamar a esto el problema de la Realidad Última (no sé si esto es un término en castellano, traduzco del inglés “Ultimate Reality”). Es importante señalar que éste no es un problema científico, sino una cuestión metafísica (o filosófica). Porque, aunque la respuesta tiene que ser consistente con los conocimientos de la ciencia, no parece posible (al menos, a primera vista) emplear el método científico para contestarla. Podemos argumentar cuál es la mejor opción en base a la lógica (aunque quizás no lleguemos muy lejos con eso) o, mejor, en base a la consistencia interna de la idea, su utilidad y lo fructífera que es (es decir, si nos sirve como instrumento para comprender mejor la realidad).

Desde ese punto de vista, el idealismo de por sí no parece ni lógico (pues para que haya ideas tiene que haber un cerebro que las genere), ni útil (en principio se puede concebir cualquier tipo de relación arbitraria entre las ideas), ni fructífero. Sin embargo, el platonismo científico y el materialismo parecen estar, al menos, a la par. En definitiva, el concepto de materia-energía es inútil sin las leyes que la gobiernan, por lo que, siguiendo el Principio de Parsimonia, podríamos prescindir de la materia-energía y decir que lo que existe en realidad son simplemente esas leyes. Por ejemplo, la ley E=m*c2, ¿existía antes, y Einstein la descubrió? (platonismo científico) ¿O Einstein la inventó? (materialismo) Si optamos por la segunda respuesta, resulta algo difícil explicar cómo los objetos obedecían a esa ley antes de que naciera Einstein. 

En mi opinión, el informacionismo es un refinamiento del platonismo científico porque la información tiene la ventaja de ser cuantificable, lo que la hace en cierta medida tan tangible como la materia-energía - se puede medir. Por otra parte, el universo tiene una serie de propiedades que recuerdan mucho a la información: así cómo la información ocurre en cantidades discretas (bits), lo mismo ocurre con la materia, la energía y hasta el espacio-tiempo (la distancia de Plank y el tiempo de Plank, que no se pueden subdividir). El informacionismo, por otra parte, es más útil y fructífero que el materialismo. Al materialismo le resulta difícil explicar los sistemas auto-organizativos y las propiedades emergentes, lo que es clave para entender lo que es la vida, mientras que el informacionismo predice estas cosas como el resultado del procesamiento de la información. El informacionismo explica muy bien la termodinámica: la entropía no es más que información, una idea ampliamente aceptada hoy en día. Por último, el informacionismo rompe la aparente dualidad entre el cerebro y la mente, la mente no es más que un programa informático (aunque se rige por leyes distintas a la de los ordenadores). 

Por supuesto, habrá quien diga que el problema de la Realidad Última no tiene sentido. Como decía más arriba, es un problema filosófico, no científico; la ciencia puede apañárselas muy bien sin resolverlo. Algunos filósofos lo soslayan buscando una definición de lo “natural” o lo “físico” que evite toda referencia al concepto de materia, materia-energía, o cualquier entidad que se pueda considerar como “la Realidad Última”. Por ejemplo, ésta: “El universo es un sistema causalmente cerrado: todo efecto tiene su causa y toda causa, su efecto; que están siempre dentro del universo”. Esto excluye la idea de Dios, el alma o seres espirituales, porque serían seres que existen fuera del universo que producen efectos dentro del universo. Sin embargo, este principio se enfrenta enseguida con un problema: en la mecánica cuántica se dan fenómenos si causa, por ejemplo, una partícula elemental que se divide espontáneamente en dos. Pero la mecánica cuántica no elimina la causalidad, simplemente se pasa de una causalidad rígida a una causalidad probabilística. Si empleamos este tipo de causalidad probabilística en la definición anterior, pude llegar a funcionar bastante bien. 

De todas formas, yo creo que el problema de la Realidad Última es importante, porque necesitamos comprender qué es el mundo para entender nuestra relación con él y así nuestra propia vida. Además, como he apuntado cuando hablaba del informacionismo, el adoptar una cierta idea sobre la realidad última puede proporcionarnos un marco de referencia más apropiado para entender mejor el mundo, organizando nuestros conocimientos científicos en una visión más coherente de la realidad.

sábado, 30 de marzo de 2013

Cecilia va al infierno

Ésta es una nueva escena erótica que escribí recientemente para insertarla en el primer capítulo de mi novela “Juegos de amor y dolor”. Este capítulo se centra en la crisis religiosa de Cecilia, ya que su abandono del cristianismo es el pre-requisito que abre las puertas a su exploración del sadomasoquismo. El problema es que en este capítulo apenas hay escenas de sexo, ya que Cecilia vive en un estado de completa represión sexual a causa de sus creencias religiosas. Sin embargo, nada le impide tener sueños eróticos… 


-¡Cómo te atreves a presentarte aquí vestida como una zorra!
El rostro de don Víctor está rojo, congestionado. Las venas de su cuello se hinchan al gritarle.
-Pero si yo… 
Se interrumpe al comprobar que es verdad: lleva puestos zapatos de tacón de aguja, medias negras de red, una minifalda cortísima negra y una blusa celeste con los botones de arriba desabrochados, mostrando su escote. Retrocediendo, se cubre el pecho con una mano; con la otra estira del borde de la minifalda, como si así pudiera cubrirse las piernas. Lo peor de todo es que la excita estar vestida así. Su sexo, empapado, reclama las caricias de su mano. La abruma la vergüenza de que don Víctor la vea en ese estado.
-Necesitas un castigo… Las disciplinas.
El látigo de cuerdas se ha materializado en las manos del cura.
-¡No por favor!
Sí, por favor, alguien grita en su interior.
-Yo… Yo no debo… ¡Señor, protégeme de la tentación! -Don Víctor se pasa la mano por la cara-. ¡Matilde! ¡Matilde!
Ha aparecido Matilde, quien tiene ahora las disciplinas en la mano. Le dedica una sonrisa cruel, al tiempo que la aferra por la muñeca.
-Sí… ¡Yo sé lo que te hace falta a ti, pequeña!
Matilde tira de ella, y Cecilia avanza a trompicones, luchando por no caerse con sus ridículos zapatos. Caminan por un pasillo oscuro. Vislumbra la cara de Luis, que le sonríe sardónicamente. Frente a ella se abre la puerta de la habitación de Matilde. La hace cruzar el cuarto a grandes zancadas. Al fondo hay otra puerta, que Cecilia nunca antes había notado. Por ella entran en una mazmorra de paredes de piedra.
-¡Quítate ahora mismo esa ropa de puta! -la increpa Matilde.
Cecilia iba a protestar, pero es inútil, porque de alguna manera ya está desnuda. Matilde la ha aprisionado con unos grilletes sujetos por cadenas al techo. Cecilia se retuerce, aterrada por el castigo que se avecina. ¡Pero no! Tiene los pezones erguidos, el coño empapado. Aprieta los muslos, intentado aplacar el deseo que la quema por dentro.
-¡Ves! ¡Ya lo sabía yo! Tienes el demonio en el cuerpo. ¡Pero no te preocupes, que yo te lo voy a sacar!
Matilde la azota con las disciplinas en la espalda, en las piernas, en el culo, en los pechos. Los azotes arden como un hierro al rojo, pero más que doler la excitan. Sigue apretando las piernas para darse placer.
-¡No hagas eso! -le grita Matilde mientras la azota con más violencia aún-. ¡Tienes que luchar contra la tentación, Cecilia!
-¡Sí! ¡Sí! ¡Yo no quiero! ¡Dile que se vaya!
-¡Reza! ¡Arrepiéntete y reza, Cecilia! Sólo así lograrás que salga el demonio que llevas dentro.
Empieza a balbucear un padrenuestro mientras los golpes le siguen lloviendo por todo el cuerpo. Pero no sirve de nada. Tiene todo el cuerpo ardiendo de deseo. El dolor no sirve más que para inflamar su deseo.
-¡No puedo! -grita-. Soy masoquista… Cuando me azotas sólo consigues alimentar mi pecado.
-¡No! Tu pecado es la soberbia. Es resistirte a creer. ¡Humíllate! ¡Humíllate ante Dios Nuestro Señor! ¡Prométeme que vas a pitar! ¡Prométeme que vas a hacerte de la Obra!
-No sé… ¡No puedo, Matilde! No puedo hacerme de la Obra porque no sé si quiero ser cristiana.
-¡Que no quieres ser cristiana! -Matilde la mira con los ojos desorbitados. Se le ha deshecho su eterno moño y el pelo se le arremolina en torno a la cara-. ¡Pues si no quieres ser hija de Dios, serás hija del demonio! ¡Al infierno! ¡Al infierno de cabeza!
Los grilletes han desaparecido. Matilde la arrastra hacia una puerta al fondo de la mazmorra. Sobre ella hay un tablón en llamas que pone “Infierno”. Cecilia se resiste, pero no puede evitar ser engullida por la puerta. Al otro lado hay un pozo con paredes de piedra. Cecilia cae por él, girando descontrolada. Quiere gritar, pero algo le ha quitado la voz. Varias veces se golpea contra las paredes, pero la piedra ha dado paso a una sustancia blanda, húmeda y viscosa, que la deja envuelta en una especie de moco pegajoso.
Cuando abre los ojos está tendida en el suelo de otra mazmorra. Sobre ella se alza un demonio de piernas y brazos fornidos. Cecilia lo reconoce al instante: es Julio.
-Sabía que ibas a venir -le dice con una sonrisa sardónica-. ¡Verás lo bien que nos lo vamos a pasar ahora, Cecilia!
-Yo no quiero, Julio… -balbucea-. No quiero estar aquí… Devuélveme con Matilde… Yo sólo quiero ser buena.
Julio se ríe a carcajadas.
-¡Quiere ser buena, dice! ¡No, Cecilia! ¡El bien no importa, lo que importa es la libertad! Y ahora que eres libre como un pajarito ya no puedes volver a tu jaula.
Otro demonio se ríe con voz de mujer. Cecilia se vuelve y ve que es Laura. Su pelo rubio se le arremolina sobre la frente, formando dos cuernos dorados. Está completamente desnuda, sentada sobre una mesa de gruesos tablones burdamente clavados.
-¡Si eres más tonta, no naces, Cecilia! -Se vuelve a reír-. ¡Pégale, Julio! Es lo único que entiende…
Un azote le hace arder el culo. Al volverse, ve que Julio tiene en la mano una gruesa correa en llamas. Le vuelve a pegar, esta vez alcanzándola en la parte delantera de los muslos. Pero, curiosamente, en vez de dolor siente placer. Se encoje, bajando las manos hacia su sexo, ansiando acariciárselo, pero la culpa y la vergüenza no se lo permiten.
-¡Mírala! ¡Será imbécil! ¡Está deseando masturbarse y no se atreve! ¡Qué aquí ya puedes hacerlo, tontina! ¡Mira, como yo!
Laura ha puesto los pies sobre la mesa, las piernas dobladas a los lados de su cuerpo formando una gran uve blanca. En el vértice de la uve, su coño se abre como una gran grieta de piedra. De su interior brotan llamas amarillas y rojas.
-¡Venga, Cecilia! ¡No me seas meapilas! -la increpa el Julio-demonio.
-Ésta no tiene remedio… O la espabilamos, o se nos derrite aquí mismo. ¡Fóllala, Julio! ¡Viólala!
-¡Claro que sí, pequeña! ¡Ven aquí, que ya va siendo hora de que pierdas el virgo!
Con horror, Cecilia se percata de que entre las piernas de Julio está creciendo un pene descomunal, un engendro que parece más de madera que de carne, cubierto de cortezas y nudos.
-¡No, por favor! ¡Julio, no me metas eso, que me vas a destrozar! Si ya me masturbo, ya… ¡mira!
Cecilia hunde los dedos en la ranura húmeda de su coño, mientras los demonios de Julio y Laura la miran con aire divertido. Siente flaquear su piernas y acaba arrodillada en el suelo, la cabeza echada hacia atrás. Unas pocas fricciones del clítoris bastan para llevarla a un orgasmo descomunal, que le sacude todo el cuerpo como un ataque epiléptico.

Se despertó con los dedos metidos en el coño, todavía sacudiéndose con el orgasmo. Enseguida la llenó un enorme sentimiento de culpa.
¡Dios mío, qué he hecho! ¡Si estaba masturbándome de verdad! Pero no, si ha sido todo un sueño… yo no quería. No, ha sido pecado… Me tendré que confesar… Pero, ¿cómo le cuento yo a don Víctor este sueño?

domingo, 17 de marzo de 2013

El despertar de Kundalini de Janet Hardy



Acabo de leer un artículo que me ha dejado muy impresionado. Hay muchas cosas en él que me resultan lo suficientemente familiares para saber que lo que dice debe ser cierto. Por otro lado, conozco a Janet Hardy y Jossie Easton desde hace tiempo por sus libros. Son unas expertas en BDSM y poliamor; han explorado estos temas muy a fondo, son unas auténticas pioneras en esos campos. También han explorado la relación entre sadomasoquismo y espiritualidad. El resultado fue su último libro “Radical Ecstasy” y la increíble experiencia que Janet Hardy relata en este artículo en www.Salon.com. Aquí está el enlace…

 
A los que podáis leer en inglés, os aconsejo que lo leáis con calma. Para los que no sepáis inglés, y dado que éste es un blog en español, hago a continuación una traducción de los pasajes más importantes.
Durante casi dos décadas, mi vida social, sexual y filosófica ha girado en torno a la subcultura conocida como S/M, BDSM o “leather”. Pasaba cada fin de semana y muchas noches entresemana en fiestas en calabozos y grupos de discusión sobre S/M. (…) Escribí y publiqué libros sobre eso. Confiaba en su choque inigualable de excitación, endorfinas y adrenalina para sobrepasar mi mal humor, síndromes menstruales, bloqueos de creatividad y cualquier otra cosa que me deprimía. (…)


Se terminó. No con un gemido - el desgaste gradual que mucha gente en el mundo S/M experimenta cuando la edad y las relaciones le quitan el filo al deseo - sino con una explosión.

Mi coautora Dossie Easton y yo estábamos trabajando en un libro titulado “Radical Ecstasy”, delineando lo que se conoce en el mundo S/M como “espiritualidad”: el estado de trascendencia, éxtasis y conexión profunda que puede ocurrir durante y después una buena sesión de S/M. (…) En el espíritu de investigación, añadimos Tantra y otras prácticas quasi-religiosas a la mezcla y también recibimos clases en esas cosas. (…)

Cuando nos aproximábamos al final de nuestro trabajo empecé a deteriorarme un poco. Mi vida social se marchitaba y moría; lloraba por cualquier cosa o sin razón alguna. Por lo visto, algo dentro de mí empezaba a salir a la superficie. 


Entonces, en un taller de fin de semana sobre el Tantra, por fin ocurrió. Estábamos practicando respiraciones, contacto ocular, movimientos, visualizaciones y ejercicios de terapia con diferentes parejas durante día y medio. (…) Cada ejercicio pelaba una capa protectora más, así que estábamos todas completamente abiertas y temblando, desnudas como ostras, tan vulnerable como puedas estarlo en compañía de extraños.


Para el último ejercicio, en esa tarde templada de domingo, nos juntamos de nuevo con los compañeros con los que habíamos venido a la clase - en mi caso, Dossie. No había nada de particular en este ejercicio. Estábamos en “yabyum” - la posición tántrica en la que te sientas en el regazo del otro con las piernas enroscadas en torno a su cuerpo y nuestro cuerpos alineados corazón con corazón, ojos con ojos - y estábamos respirando y ondulando las caderas. (…) Y entonces, lo que fuera que había estado dentro de mí decidió salir.


Empecé a gritar, y seguí gritando. Me eché hacia atrás, me arqueé sobre el suelo, sujeta tan solo por la parte de arriba de mi cabeza y la planta de mis pies (con Dossie, atrapada, cabalgando sobre mí en el aire). Estaba completamente fuera de control, mi cuerpo recorrido por una ola tras otra de energía. (…) Era como el mayor éxtasis que he sentido nunca, como un orgasmo multiplicado por cien, desde la punta de mis cabellos a la uñas de mis pies. No recordaba qué hacer para para parar. Pensé que me iba a morir. (…)

Cuando terminó, me reí suavemente, maravillada. Y entonces, sin transición alguna, empecé a llorar. Lloré mucho, mucho tiempo.


Desde entonces he aprendido que lo que me pasó se llama un “despertar de kundalini” (o “crisis de kundalini” o “emergencia espiritual”). Muchos tantrikas y otros practicantes de la meditación consideran esta experiencia como muy deseable, un importante paso en el sendero espiritual. Unos pocos me advirtieron que puede ser terrorífico y cambiar tu vida, y que puede ocasionar síntomas que incluyen estados de trance impredecibles, vértigo, dolores de espalda y de cuello, cambios en el deseo sexual, etc. (He tenido todo eso, y más). 


Nunca he oído que en un cursillo de Tantra le adviertan a los principiantes como yo sobre el despertar de la kundalinin, porque es algo que no le suele pasara a los principiantes. Dado que el Tantra es tradicionalmente hostil hacia el S/M y otros caminos de sexualidad alternativa, quizás los tantrikas no tienen forma de saber que muchos practicantes avanzados del S/M están  de hecho muy avanzados en el camino que ellos enseñan. El S/M te enseña cómo encontrar placer en sensaciones de origen no genital y cómo apañártelas cuando las sensaciones y las emociones parecen insoportables - dos cosas que, creo yo, son maneras de abrir las compuertas a los orgasmos de cuerpo entero. (…)


Verás, yo no creo en la kundalini, al menos no de la manera en la creen los devotos. Acudí al Tantra porque estaba escribiendo un libro y quería aprender lo que saben los del Tantra. Y, después de mi primer orgasmo de cuerpo entero durante un taller introductorio de dos horas, descubrí que saben mucho - pero que encuadran ese conocimiento en un halo místico y abstracto pseudo-Oriental que no tiene ningún sentido para mí y no encaja en cómo pienso que funciona el mundo. La gente del Tantra cree que el kundalini es una manifestación de lo Divino, una energía que impregna el universo o una “fuerza que yace enroscada en la base de la espina dorsal” (lo que sea que eso signifique). Yo creo que es una simple energía física como la electricidad, o quizás un fenómeno neuroquímico, que todavía no podemos medir por carecer de instrumentos adecuados. (...)


Acabamos el libro. Se publicó en el 2004, y escribo esto en el 2013. Me ha llevado todo ese tiempo el ser capaz de contarle mis experiencias a cualquiera excepto mis más íntimas amigas. Puedo contar con los dedos de la mano las veces que he hecho algo sexual desde entonces. Quizás te alegre saber que estoy considerando la posibilidad de practicar el sexo otra vez este año.

domingo, 3 de febrero de 2013

El mantra de la compasión




Que seamos libres.

Que estemos a salvo.

Que tengamos salud.

Que seamos felices.

Que vivamos una vida fácil,

sin preocupaciones ni miedos.

Éste es el mantra de la compasión. Se utiliza en una forma de meditación basada en el Budismo Tibetano, que consiste en repetir estas frases mentalmente, buscando desarrollar las emociones asociadas con ellas. El sujeto de las frases es, al principio, uno mismo… Nos deseamos libertad, seguridad, salud, felicidad, etc., a nosotros mismos. Luego se va expandiendo a las personas a las que queremos, a las que conocemos, a nuestros enemigos, incluso… hasta abarcar toda la humanidad.

La palabra “compasión” tiene algo de mala prensa. A muchos le suena a algo que se siente por aquellos a quienes consideramos inferiores a nosotros, por ser más débiles e indefensos. En particular, está mal visto sentir compasión por uno mismo - autocompasión - porque eso equivaldría a vernos como seres débiles y lastimeros, en vez de los valientes luchadores que todos pretendemos ser. La psicología moderna enfatiza un modelo de persona basado en la seguridad en uno mismo, pero no nos explica demasiado bien lo que tenemos que hacer cuando sufrimos un revés a pesar de toda esa seguridad. Estudios recientes han mostrado que personas entrenadas en la compasión por uno mismo (“self-compassion” en inglés, que no es lo mismo que “autocompasión”, que se traduciría como “self-pity”) tienen más éxito que las personas con mucha seguridad en sí mismos.

El sentido original de la palabra compasión es el de “sufrir con alguien”, es decir, el sentir empatía por el sufrimiento de los demás. Ese es precisamente el significado de la compasión budista, “karuna” o “metta”. El sentir empatía por el sufrimiento de alguien no conlleva que nos sintamos superiores a esa persona, sólo se trata de darse cuenta de que todos sufrimos, tarde o temprano. No podemos ser felices si estamos rodeados de sufrimiento. Si somos capaces de serlo, es porque una parte esencial de nuestra humanidad se ha atrofiado: la parte que nos permite sentir empatía. Esta meditación sobre la compasión pretende conseguir lo contrario: entrenar nuestro sentido de empatía hasta conseguir que la emoción de la compasión se convierta en una constante en nuestras vidas.

¿Y la compasión por uno mismo? Paradójicamente, para disminuir nuestro sufrimiento primero debemos volvernos sensibles a él. Sólo así conseguiremos darnos cuenta de los hábitos mentales y las emociones negativas que nos hacen sufrir. Este darnos cuenta nos llevará de forma natural a modificar el funcionamiento de nuestra mente, de forma que aprendamos a existir en un estado de mayor felicidad.

El mantra de la compasión es dominio público, pero yo lo encontré en el libro “The Mindful Path to Self-Compassion”, por Christopher K. Germer, publicado por Guilford Press. Excepto el primer verso. Un día, al recitarlo con mi familia antes de comer, me di cuenta de que faltaba algo: la búsqueda de la libertad, que siempre debe contrarrestar nuestro deseo de seguridad.