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sábado, 27 de septiembre de 2014

Los extremos a los que llegamos al servicio de nuestra dominatriz (III)

-Pero bueno, lo que sí es cierto es que cuando volví a la realidad de mi trabajo y de mi diminuto apartamento en Brooklyn, decidí que la experiencia había estado bien, pero que no hacía falta repetirla -dijo Johnny-. Pero cuando se lo dije a Diane en nuestra siguiente cita, ella me acusó de no querer entregarme por completo a ella y se marchó, enfadada. Muy preocupado, intenté llamarla varias veces por teléfono, pero ella no atendía mis llamadas. Al final fue Robert quien se puso en contacto conmigo. Con reluctancia, accedí a quedar con él. Tuvimos una conversación de lo más interesante. Él me dijo a las claras que si no dejaba de hacer tonterías iba a perder a Diane, porque ella había decidido que lo que quería era tener una relación con nosotros dos y repetir hasta la saciedad la última sesión que habíamos hecho. Acabé confesándole que temía que Diane acabaría marchándose con él. Me dijo que por él no tenía nada que temer, ya que yo le gustaba y le daba morbo jugar como lo hacíamos. Más que tranquilizarme, eso me puso aún más nervioso, pero me di cuenta de que si quería seguir con Diane tendría que resignarme a la situación.

-Ya no volví a jugar con Diane a solas; Robert siempre estaba presente en cada sesión que hacíamos en la mazmorra, incluso algunas veces que quedábamos los tres para salir. La siguiente sesión que hicimos Diane tuvo cuidado de que el juego fuera menos humillante para mí. Esa vez le tocó a Robert el sufrir el grueso del abuso humillaciones y los golpes… Y Diane me ordenó que fuera yo el que lo follara a él.

-¿Y cómo fuiste capaz? A mí, desde luego, no se me habría levantado.

-Pues a mí sí, con un poco de ayuda por parte de Diane. Mi cuerpo respondía de forma instantánea al contacto de sus dedos. Ella me plantó delante del trasero de Robert, que estaba surcado de estrías que le había hecho con la vara, y se puso a manipularme la polla hasta que la tuve dura como una piedra. Luego hizo que lo penetrara. Mientras lo follaba se puso a pegarme con la vara, para darme ánimos, me decía, hasta que la dejó abandonada en el suelo y sacó su Hitachi… ¡Pero para qué te lo voy a ocultar! A mí había empezado a gustarme Robert, lo que me causaba una gran vergüenza  y confusión. Me había acostumbrado a que él me tocara… Lo hacía muy bien, el muy desgraciado, se aprendió enseguida las cosas que me gustaban. Por el contrario, cuando Diane me ordenaba que lo tocara yo a él sentía un gran rechazo, hasta asco… Pero eso no duraba mucho. Robert era indudablemente hermoso, y su cuerpo acababa por excitarme, a pesar de ser indudablemente masculino, con los pectorales y los bíceps muy marcados… Su piel era muy suave; me gustaba acariciarla. Iba siempre escrupulosamente afeitado. Con el tiempo, hasta acepté hacerle mamadas… ¡Qué horror! Luego, cuando ya no estaba con ellos, me acordaba de todo lo que le había hecho y me sentía fatal. Yo nunca he despreciado a los gays, siempre los he apoyado en todo, pero el ver que yo era capaz de sentir atracción hacia un hombre era algo difícil de encajar. Era como si hubiera dos partes dentro de mí, una que se sentía atraída por el cuerpo de Robert y otra que sentía asco. Lo único que hacía tolerable esa enorme disonancia interna era mi entrega absoluta a la voluntad de Diane, la felicidad que sentía al verla gozar viéndome con Robert. Él, por su parte, no parecía tener ningún problema; de hecho, disfrutaba enormemente con todo lo que hacíamos. Era verdad que yo le gustaba, lo notaba en la manera en que me miraba, en cómo me tocaba. Eso no me ponía las cosas más fáciles, porque a menudo me sentía utilizado… Que Diane me usara no me importaba en absoluto, eso era el objetivo último do todo aquello, el servirla a ella. Supongo que para Robert era lo mismo, aunque él no tenía ninguna dificultad, disfrutaba con todo lo que le hiciera. Era muy masoquista, con un aguante increíble para el dolor, me daba la impresión de que siempre deseaba más. Pero nunca vi en él el afán de servir a Diane que yo tenía. Notaba en él un cierto nivel de reserva, como si nunca bajara del todo sus defensas. De todas formas, cuando estábamos los tres juntos el tiempo se pasaba volando, era todo muy intenso y muy bonito. Era luego, cuando estaba a solas, que me sentía torturado por la vergüenza, por los celos, por el miedo de perder a Diane, de perderme a mí mismo.

-Que fue lo que al final acabó pasando … -apuntó Julio.

Johnny bebió un trago y se quedó inclinado hacia delante, mirando el fondo de su jarra de cerveza.

-Yo hubiera podido seguir así como estábamos. Me iba acostumbrando rápidamente a la situación… me empezaba a gustar, incluso. Pero en una sola noche el mundo de fantasía que había creado en torno a Diane se derrumbó de forma irremediable. Fue la noche de Fin de Año. Diane y Allan dieron una fiesta en su casa, que transcurrió con normalidad hasta llegar la medianoche cuando, siguiendo la costumbre americana, cantamos Auld Land Syne y nos bebimos una copa de champán. Poco después, Diane se despidió de sus invitados y nos hizo bajar a Robert y a mí a la mazmorra. Lo primero que hicieron fue desnudarme, amordazarme con una bola de goma y atarme de pies y manos a un armazón que había en la pared frente al espejo. Pensé que se iban a cebar en mí, como de costumbre, pero en vez de eso me hicieron asistir a un extraño espectáculo. Diane y Robert cogieron cada uno una de las varas que se usaban para pegar y entablaron con ellas un duelo de esgrima muy especial: el que conseguía encontrar una apertura en la defensa del contrario le asestaba un varazo. Aunque Robert era más alto y musculoso, en seguida se vio que Diane llevaba las de ganar. Adoptó la postura de esgrima reglamentaria, con una mano en la espalda y pronto logró dejar varias estrías en los costados y los muslos de Robert, quien estaba desnudo excepto por una tanga de cuero. Pero Robert parecía insensible al dolor y contraatacó con furia, encajándole varios varazos a Diane en las piernas y los brazos, aunque para ello dejaba su cuerpo expuesto a los feroces golpes de Diane. Pronto la tuvo arrinconada junto a la cama. Para mi consternación, después de recibir varios varazos particularmente salvajes, Diane dejó caer su vara y se desplomó en el suelo, echa un ovillo. Con un gruñido de triunfo, Robert la arrojó sobre la cama y en un momento la despojó de sus zapatos, su corsé y sus short de cuero. Yo no podía creer lo que veían mis ojos; estaba convencido que Robert se había vuelto loco y se disponía a violar a Diane. Me debatí inútilmente contra mis ataduras e intenté gritar pidiendo ayuda, pero sólo unos débiles ruidos lograron atravesar la mordaza. Mientras tanto, Robert había doblado a Diane sobre el potro atada de pies y manos, y había empezado a asestarle una buena sarta de varazos en el trasero. Todo sucedía a un metro escaso de donde yo me hallaba , como si lo hubieran dispuesto para que yo pudiera gozar del espectáculo. La rabia y la impotencia me desbordaron… creo que debí echarme a llorar. Cuando lo vio, Diane le gritó a Robert: “¡Para! ¡Para! ¡Díselo! ¡Tienes que decírselo!” Robert se plantó frente a mí y se puso a explicarme que todo eso lo hacían por mi bien, para librarme de mi obsesión por Diane y mostrarme que era una mujer, no una diosa, y que a ella también se la podía doblegar y humillar. Diane, todavía atada al potro, me confirmaba todo lo que decía. Robert acabó diciéndome que para completar mi supuesta terapia debía darle por culo a Diane, a no ser que prefiriera que lo hiciera él. Entonces me desató. Intenté ir a liberar a Diane, pero él me lo impidió. Forcejeamos cuerpo a cuerpo un rato, pero claro, yo no tenía nada que hacer contra la mayor fuerza y destreza de Robert. Llorando de frustración, me puse mi ropa como pude y me marché. Recuerdo que estuve mucho tiempo me metido en mi coche, esperando que mis manos dejaran de temblar lo suficiente para poder conducir.

Johnny se frotó las manos, se incorporó y apuró de un trago el resto de su cerveza.

-No volví a ver a Diane hasta el sábado siguiente. Conseguí convencerla de que quedáramos a solas, sin Robert. Me explicó que Robert y ella habían estado comentando bastante tiempo lo que ellos consideraban mi obsesión por servir a Diane. Él había acabado por convencerla de que era algo insano a lo que había que ponerle final. Yo argumenté que no era nada insano, sólo el simple deseo de un sumiso de entregarse plenamente a su dominatriz, algo que ella siempre había comprendido y alentado. Le expliqué que para mí lo más difícil había sido aguantar las vejaciones de Robert; que se había sido capaz de hacer eso por ella, nada importaba en comparación. Lo que ella me dijo a continuación me sorprendió y me dolió. Me explicó que ser mi dominatriz se había convertido en una carga para ella, que tenía que esforzarse continuamente para mantener su imagen de mujer poderosa e infalible, que se había llegado a creer que era una diosa y le hacía daño psicológicamente. Por eso había aceptado hacer una sesión con Robert y conmigo como sumisa, porque ella necesitaba esa cura tanto como yo. Yo me rebelé. Le dije que no había derecho que hubieran planeado todo eso sin contar conmigo, que me hubieran impuesto una sesión a la que yo no había dado mi consentimiento. No hubo manera, la discusión fue de mal en peor. Diane no quería dar su brazo a torcer y yo, condicionado por mis dos meses de devota sumisión hacia ella, no sabía llevarle la contraria. Acabé por ceder, por decirle que aceptaba cualquier cosa con tal de seguir con ella, pero cuando ella me contó lo que habían planeado me encontré que era algo que iba ser completamente incapaz de hacer. Por un tiempo, me explicó, Robert sería el dominante en el trío y ella y yo seríamos sus sumisos. No sería para siempre, se apresuró a añadir, cuando nos curáramos de nuestras respectivas obsesiones ella volvería a asumir su papel de dominatriz, al menos algunas veces. Pero a mí se me habían abierto los ojos. Comprendí que ese había sido el plan secreto de Robert, que él quería a Diane como sumisa, con mi propia sumisión como la guinda del pastel. Y yo no podía prestarme a eso; yo no soportaba volver a ver a Diane como la había visto en la última sesión: desnuda, vulnerable y humillada. Le entregué mi collar y me despedí de ella. Al día siguiente cogí el avión a Madrid, deseando poner la mayor distancia posible entre mí y ellos.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Los extremos a los que llegamos al servicio de nuestra dominatriz (II)

-A partir de esa noche estuve como en una nube, no podía dejar de pensar en Diane y las cosas que me había hecho -continuó Johnny-. Por suerte, a ella también le debió de gustar. Un par de días más tarde la llevé a almorzar a uno de los restaurantes más lujosos de Manhattan, y el viernes siguiente me volvió a encerrar en su mazmorra. A las dos semanas de conocernos me ofreció su collar. El aceptarlo suponía mi sumisión total hacia ella: no podría follar con otra mujer, ni siquiera masturbarme sin su permiso. Y tendría que obedecerla y aceptar sus castigos. No me lo pensé dos veces.

-Pues, tal como lo cuentas, parece una relación preciosa -dijo Julio-. No sé de qué te quejas.

-Fue una relación preciosa, es verdad, pero no acabó nada bien. Yo debería haber tenido más cuidado, no bajar mis defensas, que es algo que nunca me había permitido hacer con ninguna otra mujer. Pero Diane representaba lo que siempre había deseado: una mujer hermosa que supiera imponerme su voluntad. Ella siempre fue muy estricta conmigo. Cuando nos veíamos me pegaba a la primera oportunidad. Siempre se aseguraba de que hubiera algún detalle que me recordara mi sumisión: mi trasero caliente, los calzoncillos bajados debajo del pantalón, los pezones pellizcados por pequeñas pinzas,  llevar un tapón de goma metido en el culo… Nunca me permitía tocarla por iniciativa mía; las pocas veces que lo intenté me castigó severamente. La única forma en que follábamos era conmigo atado y ella encima… y, a partir de la segunda vez, con un consolador penetrándome el culo. Pero la mayor parte de las veces era yo el que resultaba follado.

-¿Te daba por culo? ¿Con un arnés de esos?

-Sí, un strap-on, como los llamamos en inglés. A Diane le encantaban, a menudo llevaba uno puesto cuando estábamos en su mazmorra. La segunda vez que me llevó allí me dobló sobre el potro y me penetró. Estuvo follándome un montón de tiempo, casi una hora, no lo sé… acabé bastante dolorido, la verdad. Pero luego acabó gustándome. Fue ella quien me enseñó el placer que se obtiene al estimular la próstata. A veces me tumbaba sobre su regazo y me metía dos dedo, o un consolador, y me masajeaba la próstata hasta que se despertaba ese placer tan perturbador, y luego me tenía así un buen rato, gozando pero sin poder correrme, sin siquiera tener una erección. A mí llegó a gustarme mucho que me hiciera eso, porque allí se juntaba todo: mi entrega a ella, la humillación de ser follado como una mujer, la frustración de no alcanzar el orgasmo y, sobre todo, la intimidad de ese acto en el que ella lo tomaba todo de mí y al mismo tiempo me dedicaba toda su atención y sus cuidados. ¿Entiendes ahora lo que intentaba explicarte antes?

-Sí, un poco… Pero antes decías que no hubieras debido bajar tus defensas. Y, sin embargo, si no lo hubieras hecho no habrías podido disfrutar de todas esas cosas.

-Quizás sí, quizás no… No lo sé… Mirando hacia atrás, pienso que esa relación no era buena para ninguno de los dos. Diane había tenido otros sumisos, empezando por su marido, pero ninguno se le entregó tan completamente como yo, y ese poder tan enorme que yo le di sobre mí acabó por subírsele a la cabeza. Con lo guapa que era seguía atrayendo a un montón de sumisos y jugaba con alguno de vez en cuando. Empezó a referirse a sí misma como una diosa y a nosotros, sus sumisos, como su establo de sementales.

-¿Y eso no te ponía celoso?

-Por supuesto… Pero cuando te sometes con la profundidad con que lo hice yo, los celos te acaban pareciendo normales. La frustración y la humillación de saber que está con otro tío no son más que la extensión de la frustración y la humillación continua de tu relación con ella. Y como ella tiene derecho al placer y a satisfacer cada uno de sus caprichos, el que lo haga tirándose a otro hombre te resulta de lo más normal.

-¡Pues menuda comedura de tarro! Eso no puede ser sano.

-¡Pues espérate, que aún viene lo mejor!

-Cuenta…

-Por Thanksgiving, Allan y Diane dieron una cena en su casa, a la que por supuesto me invitaron. Otro de los invitados era Robert, un chico joven, atractivo y musculoso. Diane se quedó prendada de él, y esa noche yo volví solo a casa mientras que Robert se quedaba de huésped de la mazmorra.

-¡Pues vaya palo!

-Con Diane era algo de esperar, aunque debo confesar que aquella vez me sentí particularmente celoso. Me entró un miedo enorme de que Diane se enamorara de Robert y no quisiera volver a verme. Para mi gran alivio, a los pocos días Diane me invitó a hacer una sesión con ella. Terminamos abrazados en la cama de cuero… Recuerdo que Diane aún tenía puesto el consolador con el que acababa de follarme. Entonces me dijo que me iba a pedir algo muy especial, algo que haría realidad una de sus fantasías más queridas. Me advirtió que no me resultaría fácil, que sería la prueba definitiva de mi entrega a ella. Por supuesto, con ese planteamiento, no pude negarme. Me apresuré a decirle que nada me gustaría más que hacer realidad sus deseos. No me quiso dar más explicaciones, ya que no quería que yo pudiera prepararme mentalmente para ello.

-Déjame que lo adivine: tenía algo que ver con Robert.

-Efectivamente. El día señalado Diane me abrió la puerta de su casa y me hizo desnudarme allí mismo, en el umbral. Me vendó los ojos y me puso muñequeras y tobilleras. Bajé las escaleras del sótano dando pasos vacilantes tras de ella. En cuanto abrió la puerta de la mazmorra supe que Robert estaba allí, aunque él no dijo nada cuando nos vio entrar, porque percibí claramente su olor. No era desagradable, una mezcla entre dulzón y almizclado,  muy característico de él. Diane enganchó mis muñequeras a una cadena, tiró de ella hasta dejarme casi de puntillas, y le dijo a Robert que disfrutara de mí. Así fue como supe que Robert era bisexual. Estuvo un buen rato sobándome y manoseándome sin ningún tipo de inhibición: tocándome el culo, pellizcándome los pezones, acariciándome la polla. Pero lo que me causó más confusión fue que yo estaba empalmado. Viéndolo, Diane se me acercó, me apretó la polla apreciativamente y me dijo al oído que siempre había sabido que yo era un poco marica. Estaba tan desconcertado que me llegué a preguntar si sería verdad. Viendo que Robert me daba cachetes en el culo de vez en cuando, Diane le preguntó si le gustaría darme un “spanking”… una azotaina en el culo, ya sabes. En un periquete me tenían atravesado sobre los muslos de Robert, quien me dio una soberana paliza mientras Diane se reía y daba saltitos, entusiasmada por mis quejidos. Luego vino el plato fuerte, la prueba final que Diane había demandado de mí: dejar que me follara Robert mientras ella miraba. Me ataron sobre el potro con las piernas abiertas, doblado de tal manera que mi trasero quedara a la altura adecuada. Me quedó el consuelo de ver como mi querida Diane se quitaba los pantaloncitos de cuero que llevaba y se plantaba delante de mí con su Hitachi Magic Wand alegrándole el coñito. Esperaba que ser penetrado por un hombre no sería muy distinto de cuando Diane me follaba con su strap-on, pero de alguna manera sí lo fue. Hay algo en el pene que lo hace al mismo tiempo más blando y más duro que un consolador… y lo notas templado desde el principio, en lugar del frío del plástico. También pude comprobar que, por mucha práctica que tenga, una mujer no es capaz de follarte tan eficazmente como un tío. Robert empezó despacio, pero en cuanto comprobó que no me hacía daño me sometió a un bombeo considerable, ajustando sus acometidas a los imperativos de su placer. Sin soltar el vibrador un solo momento, Diane se nos acercó por detrás para observar con detenimiento como me follaba. Mirando por debajo del potro sólo podía ver sus piernas, pero enseguida la oí correrse, una y otra y otra vez. Robert se detenía de vez en cuando para no eyacular antes de que Diane hubiera tenido oportunidad de disfrutar completamente del espectáculo. Al final ella le debió dar permiso para correrse… no sé… el caso es que sentí perfectamente como su polla pulsaba dentro de mí mientras él gruñía de placer.

-Pero, Johnny, ¿cómo te dejaste hacer eso? ¿No podías haberte negado cuando viste lo que te iban a hacer? Yo, desde luego, nunca me habría dejado humillar de esa manera… Porque es que tú, encima, tendrías unos celos enormes de Robert.

-Pues, aunque te parezca mentira, yo llegué a disfrutar mucho de esa experiencia. Mientras Robert me metía mano y me azotaba fui entrando en un profundo estado de sumisión, que se alimentaba de todo lo que me hacían: de mi humillación, de mi dolor, hasta de mis propios celos. Cuando vi en los ojos de Diane la intensidad del deseo que había despertado en ella, el negarme a satisfacerlo se volvió algo simplemente impensable, una posibilidad tan remota que simplemente no existía en mi mente. Luego, cuando me tendieron en la cama de cuero y Diane me abrazó y me besó y me consoló y me dijo lo bien que me había portado y lo orgullosa que estaba de mí, me sentí el hombre más dichoso del mundo. Ya no me importó que Robert se echara también en la cama y me tocara y la tocara a ella. Encima, como recompensa, Diane se me puso encima y se folló conmigo, sin siquiera atarme, y me dio permiso para correrme cuando quisiera.

A Johnny se le había puesto una sonrisa extática. Cogió su jarra de cerveza, vio que estaba vacía y le hizo una seña al camarero para que trajera dos jarras más. Julio notó que le sudaban las manos y tenía la boca reseca, como cuando se hacía un paso de escalada difícil y peligroso. Buscó algún comentario trivial que decir para que no se notara lo mucho que lo estaba afectando la historia. Pero era inútil; por la manera en que lo miraba Johnny, parecía saber perfectamente cómo se sentía. Los dos se miraron sin decir palabra mientras esperaban que el camarero les trajera las cervezas.

(Continuará...)

sábado, 20 de septiembre de 2014

Encuentro sobre poliamor en Los Ángeles: el "Pool Party"

El año pasado hablaba de un encuentro en Los Ángeles al que acudieron varios centenares de practicantes del poliamor. Bueno, pues hoy tendrá lugar otra vez. Empezará a las siete de la tarde y constará de dos partes. En la primera, de dos horas de duración, habrá una discusión por grupos sobre temas relacionados con el el poliamor. La segunda será una fiesta en la que habrá comida, bebida, música para bailar y acceso a una piscina de agua caliente (traje de baño opcional). Los organizadores enfatizan que no se tratará de un "sex-party" o una reunión de swingers, sino de un encuentro educativo y social. De hecho, como el año pasado hubo quien lo anunció como lo que no era, este año el acceso es exclusivamente por invitación. A pesar de eso, ya hay 350 personas apuntadas. Tina y yo asistiremos, así que ya completaré este artículo con mis impresiones sobre la fiesta.

El grupo que organiza se llama Polyglamorous http://www.meetup.com/Polyglamorous/

La lista de los grupos de discusión es de lo más interesante:
  • Casados y poliamoristas
  • Comunicación, límites y acuerdos en las relaciones de poliamor
  • Relaciones de trío
  • Poliamor y la pareja D/s
  • "Sex Magick"
  • Poliamor 101
  • Pregúntale al sexólogo
  • ¿Pueden relacionarse la gente queer y hetero, o somos "separados pero iguales"?
  • Resolver conflictos en las relaciones de poliamor
  • ¿Soy poli o monógamo?
  • La bisexualidad en las relaciones de poliamor
  • Las relaciones poli "primavera/otoño" (grandes diferencias de edad en compañeros poli)
  • Grupo de mujeres
  • La familia poli
  • BDSM 101
  • BDSM 102
  • Resolviendo problemas ("¡Ayuda! ¡No funciona!")
  • Estigma, prejuicio y discriminación en la vida de poliamor
¿Qué tal? Dan ganas de ir a todos, ¿verdad? 

 ***

Bueno, pues acabamos yendo al grupo de "Comunicación, límites y acuerdos en las relaciones de poliamor", que estaba moderado por una pareja de peruanos muy simpáticos. Nos dijeron que en las relaciones de poliamor había que hacer un contrato con unas reglas y atenerse a ellas. Tina y yo no estuvimos muy de acuerdo, aunque en realidad sí tenemos reglas sobre sexo seguro y sobre el tiempo que pasamos en relaciones fuera de la familia. Yo recalqué que es muy importante incluir en los acuerdos a las nuevas relaciones, o "secundarios", sin hacer que la pareja nuclear les imponga sus reglas.

En la segunda hora de discusión nos cambiamos al grupo "Casados y poliamoristas". John, un atractivo hombre bisexual, estuvo un buen rato contándonos su experiencia de cómo se unió a una pareja que luego se separó y el acabó casado con la mujer... Y el ex-marido liándose con una ex de John. Otra pareja del grupo estaban empezando en los del poliamor y tenían claro que querían encontrar a una "Unicornio", que en el lingo del poliamor se refiere a una mujer bisexual que tenga relaciones sexuales tanto con el hombre como con la mujer, o con los dos a la vez. No es nada fácil, pero está bien tener claro lo que se quiere.

Acabadas las discusiones en grupo nos metimos en la piscina con un montón de gente desnuda, algunos y algunas extraordinariamente atractivos. Era muy bonito ver a grupos de tres o cuatro personas abrazados y acariciándose (de forma no sexual, claro está). Tuvimos alguna conversación interesante más y nos volvimos a casa.

viernes, 8 de agosto de 2014

Las bases éticas del poliamor: consentimiento, reciprocidad, honestidad y seguridad

Una cuaterna de poliamor
Uno de los libros claves sobre poliamor
Todavía hay poca gente que entienda lo que es el poliamor. La mayoría lo confunde con la promiscuidad, la poligamia o el intercambio de pareja. Existen varios libros escritos sobre el tema, aunque desgraciadamente muy pocos en español. Y, de todas formas, no se puede esperar que el público general los lea o emplee mucho tiempo en informarse. Por eso he querido condensar en este breve artículo lo que es el poliamor, haciendo hincapié en por qué es una alternativa ética a la monogamia y a su secuela, la infidelidad.

El poliamor se podría definir como un nuevo tipo de relación amorosa basado en la no-exclusividad sexual y amorosa. La no-exclusividad sexual consiste en aceptar que la persona a la que amamos pueda tener relaciones sexuales con otras personas. Sin embargo, esto no es lo mismo que la promiscuidad indiscriminada, ya que en la mayoría de las relaciones de poliamor las relaciones sexuales se limitan a un grupo reducido de personas o incluso a una única tercera persona (polifidelidad). Cada familia de poliamor establece sus propias reglas a este respecto. La no-exclusividad amorosa quiere decir que aparte de tener relaciones sexuales con más de una persona, también es posible, incluso deseable, el amar a más de una persona. De ahí le viene el nombre al poliamor: más de un amor. Esta libertad de enamorarse de más de una persona es lo que distingue al poliamor de las parejas abiertas y del intercambio de pareja (los llamados “swingers” o “mundo liberal”), ya que en ese tipo de relaciones se permite el sexo con otros siempre que uno no se enamore de ellos. Es decir, se han superado los celos de sexo pero no los de amor. Por el contrario, en la cultura de poliamor se le da una gran importancia a la capacidad de amar y mantener relaciones duraderas con varias personas.

Para mucha gente que practica el poliamor, es fundamental que sea una forma ética de vivir, alejada de la explotación, el sexismo y la falta de honestidad que plagan las relaciones monógamas tradicionales. Sin embargo, esto no es nada fácil, pues en vez de gestionar la relación entre dos personas ahora hay que tener en cuenta a varias. Encima, no todas las relaciones en un grupo de poliamor tienen la misma intensidad o madurez: unas están empezando mientras otras tienen un historial de años; unas son de convivencia mientras otras funcionan a base de citas espaciadas en el tiempo. A pesar de todo, he intentado recoger aquí cuatro condiciones básicas que definen el que una relación de poliamor sea ética, un poco como el “seguro, sensato y consensuado” que demarcan los límites entre el BDSM y el matrato.

1.    Consentimiento: Una relación de poliamor debe producirse entre personas que consienten libremente a tenerla. No valen presiones ni chantajes de ningún tipo. Pero, ¡cuidado!, que lo recíproco también es cierto: no se debe imponer una relación monógama a alguien en contra de su voluntad. Y eso es precisamente lo que ha venido haciendo la sociedad desde hace mucho tiempo: usar todo tipo de presiones para imponer la monogamia.

2.    Reciprocidad: Las reglas son las mismas para todo el mundo. Es decir, que si él es libre de follar o de enamorarse de otras, ella tiene los mismos privilegios. Lo contrario sería injusto y explotador. Por supuesto, puede suceder que un miembro de una pareja le otorgue libertad sexual al otro sin desear usar el mismo privilegio, pero eso es una decisión personal suya que debe poder abrogar en cualquier momento. Esto es lo que distingue al poliamor de la poligamia, donde no existe reciprocidad: un hombre puede tener varias mujeres, pero una mujer no puede tener varios hombres... ¡y ni se te ocurra pensar en relaciones homosexuales en una cultura polígama!

3.   Honestidad: Todo el que participa en una relación de poliamor debe tener acceso a todo lo que necesite saber sobre dicha relación. Es decir, que no caben ni secretos ni mentiras. El poder ser honesto sobre los propios deseos y sentimientos es una de las cosas más valiosas que se gana con el pacto de no-exclusividad. Ya no hay motivos para engañar ni para ocultar nada, ni que has follado con Fulanita ni que te has enamorado de Menganito. Existen, por supuesto, unos ciertos límites a lo que debe ser revelado, ya que todo el mundo tiene derecho a una cierta privacidad, pero lo importante es que todo el mundo sepa lo que ocurre en el grupo familia de poliamor que le concierne. Quizás no necesite saber en qué posturas follásteis ayer noche, pero sí necesito saber que follásteis.

En el poliamor también hay sitio para los hijos
4.    Seguridad: La relación de poliamor no debe causar daño físico o mental a los participantes. No quiero diferenciar aquí entre la seguridad física (“seguro” en el BDSM) y la seguridad mental y emocional (“sensato” en el BDSM), ya que creo que en el poliamor existe un continuo entre estas dos cosas. La seguridad incluye, por supuesto, la protección contra las enfermedades de transmisión sexual (ETS), ante las que existe un mayor riesgo en el poliamor. Esto debe incluir no sólo el uso de barreras como los condones, sino también revisiones médicas periódicas (al menos una vez al año) que incluyan un panel sobre todas las ETS comunes. El poliamor conlleva también claros riesgos emocionales que deben ser asumidos por todo el que se interna por estos derroteros. Si bien la presencia de varias personas que nos aman supone una mayor ayuda frente a los problemas, los conflictos de relación también se multiplican con el número de personas: no sólo me afecta el que te pelees conmigo, sino también el que te pelees con tu otro amante. Es frecuente oír la queja de que el poliamor está lleno de “dramas”. Por todo eso, es importante entrar en este tipo de relaciones con el firme propósito de no comprometer la estabilidad emocional de la gente de nuestro grupo de poliamor.

sábado, 1 de febrero de 2014

Unos azotes a Malena

Cuando acabaron de fregar los platos fueron a reunirse con Lorenzo en la sala de estar. Había bajado la luz y puesto música. Cecilia se sentó a su lado, le pasó la mano por la mejilla y lo besó suavemente en los labios. Él le recorrió con la mano el muslo desnudo, despertándole escalofríos en todo el cuerpo. Malena se sentó al otro lado de Lorenzo, abrazándolo por detrás, hundiendo la cara en su espalda.
-Me ha dicho Malena que vais a atarme, como aquella vez…
-¡No, yo no he dicho eso! -protestó Malena.
-Sí, Malena. Me dijiste que queríais probar lo del sadomasoquismo, ¿no?
-Bueno, eso son cosas de Chiqui…
-Pues puede ser divertido, Lorenzo… Podríamos jugar a que quiero escaparme, como ese día que iba a irme a casa de Laura. Vosotros me atáis y luego os aprovecháis de mí. ¿No te apetece? ¡Venga, seguro que te gusta!
-Yo no sé hacer esas cosas, tía.
-Bueno, pues yo os enseño.
Cecilia se levantó y se plantó delante de ellos. Sonriendo, se desabrochó el botón de sus short y se fue bajando la cremallera lentamente. Luego se dio la vuelta, sacó el culo de forma provocativa y se bajó los pantaloncitos. No llevaba bragas debajo. Tenía las nalgas tostadas por el sol, con sólo un breve triángulo blanco en el centro y la parte superior, donde las había cubierto el bikini.
-¿Quién quiere darle unos azotes a este culete? -preguntó con voz seductora mientras meneaba el trasero.
Malena se levantó, fue junto a ella y le acarició el culo.
-¡Venga, Lorenzo, anímate!
-No. Yo no puedo pegarle a una mujer.
-¡Pero si a mí me gusta!
-Da lo mismo. Es cuestión de principios.
-Venga, no seas fanático, Lorenzo.
-¡Que no, Chiqui!
-Vale pues pégame tú, Malena.
Malena sonrió. Levantó la mano y le dio un cachete.
-Puedes pegarme más fuerte.
Malena le dio otro azote. Cecilia ni se inmutó.
-¿No te duele?
-Pues no, la verdad… Es que estoy acostumbrada a que me peguen mucho más fuerte.
-Pues yo no te puedo pegar más fuerte, que me duele la mano.
Lorenzo sonrió.
-Seguro que te duele mucho más la mano que a ella el culo, Chiqui.
-¡Jodeeeer! ¡Pues vaya par de sadomasoquistas que estáis hechos los dos!
Cecilia se bajó los shorts hasta que los tuvo enredados en un tobillo. Luego, de una patada, los mandó al otro extremos del salón.
-Vale, pues entonces pégame tú a mí.
-¡No digas tonterías, Malena! Si te pego te va a entrar uno de tus ataques de pánico.
-¡Que no! Ya te he dicho que ya no me dan -dijo Malena con voz de niña mala.
-No me hables en ese tono… ¡a ver si te voy a tener que zurrar de verdad!
-¡Hablo como me da la gana!
-No me contestes, Malena. Ya sabes que yo no me ando con tonterías.
-¿Qué te crees, que te tengo miedo?
-Pues harías bien en tenérmelo.
-¡Bah! ¡Si eres una blandengue! ¡Y además, Laura es una idiota!
-No metas a Laura en esto, que ella no tiene nada que ver.
-¡Laura es una idiota y una estúpida!
-¡Mira, Malena, ya está bien!
Malena le sacó la lengua.
Lorenzo se revolcaba de risa en el sofá.
-¡Muy bien! Conque esas tenemos, ¿eh? ¡Pues ahora, verás! … ¡Lorenzo, joder, quítate de ahí, tío! Si no me vas a ayudar, por lo menos no incordies.
-¡Perdona, tía! -dijo Lorenzo apresurándose a levantarse del sofá.
Cecilia agarró a Malena por las muñecas y la miró a los ojos para asegurarse de que todo iba bien. Malena le volvió a sacar la lengua.
Sujetándole las muñecas con una sola mano, Cecilia le desabrochó el botón de los vaqueros y le bajó la cremallera. Malena pudo haberse zafado en cualquier momento, pero no ofreció ninguna resistencia. Le bajó los pantalones hasta dejárselos en los tobillos.
-¡Ahora verás lo que le pasa a las niñas malas!
Volvió a cogerla de las muñecas y tiró de ella hacia el sofá. Malena dio un traspiés y cayeron las dos sobre el asiento. Hábilmente, Cecilia la agarró de una cadera y la hizo girar bocabajo sobre su regazo.
-Lorenzo, cógele las manos… Y mírala a la cara.
Lorenzo vaciló, pero enseguida comprendió lo que quería. Asintió y se arrodilló junto al sofá, tomando las manos de Malena suavemente en las suyas.
Le propinó dos cachetes flojitos sobre las bragas blancas. Malena pataleó un poco y se rio.
-¿Así que esto te parece divertido, eh? ¡Pues ahora verás!
Tiró de las bragas hasta dejárselas liadas en los muslos. Malena tenía un culito pequeñín, blanco y redondito. Por alguna misteriosa razón, la pecas le desaparecían en la cintura y le volvían a aparecer a los lados de los muslos. ¡Ay, cuántas veces había sentido la tentación de hacer lo que estaba a punto de hacer ahora! Le latía fuerte el corazón.
Malena estaba inmóvil salvo por un movimiento de vaivén de sus caderas, sutil y sensual, que traicionaba su excitación. Cecilia empezó a pegarle alternando de una nalga a otra, sin mucha fuerza pero con un ritmo constante. Malena gimió, pero no de dolor.
-¿Qué? Duele, ¿eh?
-No me está doliendo nadita.
-¡Ya lo sé, tonta! ¡Estás disfrutando como una enana, se te nota un montón!
Lorenzo tenía la mirada clavada en el rostro de Malena. Levantó los ojos hacia Cecilia y movió la cabeza afirmativamente. Malena enterró la cara en el sofá.
-¡Pues ahora vas a ver! No todo va a ser gusto, que estabas portándote muy mal.
Levantó la mano y le dio un azote de los de verdad, que restalló por toda la habitación.
-¡Ay! ¡Ese sí que duele!
-¿Ves? Eso es para que aprendas a ser buena.
-¡No me da la gana! ¡No quiero ser buena!
Pues sí que tiene madera de masoca, pensó Cecilia.
Se puso a darle una buena zurra, sin pasarse, pero tampoco sin contemplaciones. Malena apretó el culo, pataleó todo lo que le permitían los pantalones en sus tobillos.
-Bueno, pues cuando te decidas ser buena, me lo dices y paramos.
-¡Ay, sí! ¡Para un poquito!
Cecilia detuvo la azotaina y le acarició las nalgas. Tenían un precioso color sonrosado y estaban muy calientes. Malena respondió a sus caricias volviendo a mover las caderas. Cecilia sabía por experiencia que iba a querer más.
-¿Vas a ser buena?
-¡No!
La volvió a azotar, primero flojito, luego aumentando gradualmente la fuerza de los golpes. Malena aguantó un buen rato, quejándose, gimiendo, meneando el culo y dándole pataditas al sofá.
Lorenzo se había puesto a acariciar el pelo de Malena, sujetándole aun las muñecas con su otra mano. Seguía todo el proceso fascinado, alternando la mirada entre el trasero de Malena y el rostro de Cecilia.
Sabía por su propia experiencia que Malena no le iba a pedir que parara. Estaría envuelta en una abrumadora confusión de dolor, placer, humillación, sumisión y fantasías que no la dejaría pensar en nada más. Mejor no arriesgarse y detenerse a tiempo. Empezó a espaciar más los azotes, intercalándolos con caricias a las nalgas rojas y calientes. Malena respondió levantando el trasero de forma obscena, gimiendo con cada caricia y quejándose con cada azote.
-¿Qué? ¿Vas a ser buena ahora?
-Sí… No… ¡Ay! ¡No me pegues tan fuerte! … Sí, sí, acaríciame así… ¡Ay! ¡Sí, voy a ser buena! ¡Voy a ser muy buena!
Le agarró una nalga ardiente y se la estrujó. Le deslizó los dedos en la raja del coño. Malena se tensó y suspiró. Estaba empapada por dentro.
-Pues me vas a obedecer en todo lo que te diga, si no quieres recibir más.
-Vale…
-Venga, pues te vas poner de rodillas junto al sofá… ¡Así, castigada con el culo al aire! No te muevas, ¿eh?
Cecilia se llevó Lorenzo aparte, donde no los podía oír Malena. Su polla le abultaba la delantera del pantalón. Se la acarició. Lorenzo tenía la respiración agitada. Le cogió la mano para retenérsela contra sí.
-¿Qué? Te has puesto cachondo, ¿eh?
-Le has pegado un montón, tía… ¿Estás segura de que está bien?
-Segurísima… Lo que está es muy excitada. Necesitas que la folles ya mismo, así que vete a la habitación, desnúdate y ponte un condón.
-¡Pero tía, yo quería follarte a ti! Hace mucho que no lo hacemos.
-¡Pues te jodes! Haberme dado unos azotes cuando te lo pedí. Ahora no podemos dejar a Malena colgada.
En cuanto Lorenzo se fue al cuarto, volvió junto a Malena. Le puso la mano en la espalda y la empujó hasta que tuvo la cabeza sobre el sofá.
Ya no podía aguantarse más. Empezó a masturbarse. Malena volvió la cabeza, la vio y le sonrió.
-Ahora tendrás que aguantarte con todo lo que queramos hacerte, ya lo sabes.
Por toda respuesta, Malena soltó un quejido que expresaba un enorme deseo y sumisión.
Lorenzo apareció, desnudo, con un condón cubriendo su espectacular erección. Malena lo vio y se agitó, nerviosa, gimiendo esta vez de aprensión. Cecilia le acarició el pelo.
-No te preocupes, chiquitina, que yo estoy aquí contigo. Pero ahora tienes que ser buena y dejar que te culee tu marido. Verás como te va a gustar.
Lorenzo se arrodilló detrás de Malena y la fue penetrando despacio. Al principio Malena se quejó y se retorció, pero pronto el deseo superó sus temores y la obligó a arquear las caderas para ofrecerse mejor. Lorenzo completó la penetración y empezó el bombeo, al que pronto se unió Malena con jadeos y gruñidos de animal. Cecilia, con una pierna en el sofá y una rodilla en el suelo, se masturbó energéticamente mientras los contemplaba, acariciando a Malena con la otra mano: su pelo, su mejilla, su espalda, su trasero ardiente y sonrosado, hasta detenerse en el lugar donde las enérgicas embestidas del vientre de Lorenzo se lo aplastaba rítmicamente.
-¿Ves que bien? ¡Si es que no hay nada como que te follen con el culo bien caliente!
Eso desencadenó el clímax de Malena. Sus quejidos se convirtieron en grititos, su cuerpo se convulsionó en espasmos de placer. Cuando el orgasmo parecía abatirse, volvió a empezar con aún mayor intensidad, a juzgar por los aullidos de Malena. Con dos fuertes acometidas, Lorenzo se corrió a su vez. Cecilia se desplomó sobre la espalda de Malena mientras que se apresuraba a aplicarle a su clítoris los toques finales para llegar ella también a la cúspide.
Lorenzo, exhausto y satisfecho, se dejó caer sobre ella. Se quedaron los tres un rato apilados, recuperando el aliento. Luego los dos ayudaron a Malena a sentarse en el sofá entre ellos, abrazándola.
-¿Te ha gustado, Chiqui?
-Sí, mucho… -Malena soltó una risita-. Estaba como en una nube.
-Hubo un momento que pensé que se estaba pasando un huevo contigo… Pero pensé que era mejor no interrumpir, porque Cecilia sabe un montón de estas cosas.
-¡Pues sí, menos mal que no lo hiciste, porque lo hubieras echado todo a perder! ¿Verdad, Cecilia?
-Bueno, en estas cosas nunca se sabe… Me alegro de no haberme equivocado.
-Pues yo hubiera podido seguir un poco más. Ahora entiendo por qué te gusta que te peguen. ¡Está fenomenal! Es un sentimiento muy dulce, que te llena por todas partes, como si te volvieras muy blandita por dentro, ¿verdad?
-Sí. Es lo que yo llamo sentirme sumisa.
-¿Ves como no pasa nada por pegar, Lorenzo?
-Pues yo nunca podría pegarte a ti, Chiqui.
-¿Y a mí tampoco?
-A ti menos, Cecilia. No pienso maltratar a ninguna mujer.
-¡Ay, Lorenzo! ¡No seas tan cerrado de mollera, joder! ¡Y deja ya de mirarme con esa cara de pena! Nos tomamos un descansito y luego me follas a mí, ¿vale?

domingo, 3 de noviembre de 2013

Encuentro de varios centenares de practicantes del poliamor en Los Ángeles

Se conoce popularmente como el “Pool Party” - la Fiesta de la Piscina - y tiene lugar una o dos veces al año en una mansión de Brentwood con un amplio jardín trasero y piscina - de ahí el nombre. Está organizado por el Grupo MeetUp de Poliamor del Sur de California, aunque la casa donde se celebra es la residencia privada de Krishna, Eddie y Angel, que así prestan su generoso apoyo a la comunidad poliamorista. Brentwood es una lujosa zona residencial de Los Ángeles Occidental (“West LA”), situada al pie de las Montañas de Santa Mónica, entre la ciudad de Santa Mónica y el enclave aún más lujoso de Bel-Air.

En internet se anunciaba que asistirían más de 300 personas. Mi mujer y yo llegamos puntualmente a las siete y la enorme mansión estaba ya llena de bote en bote. Después de dejar los zapatos en la pila de calzado junto a la puerta, nos abrimos paso como pudimos hasta el salón. Junto  la pared, una fila de personas sostenían papeles anunciando los grupos de discusión que se reunirían de 7 a 9. Incluían “Poly 101”, “¿Soy poliamorista?”, “Celos y comunicación”, “Familias de poliamor”, “Grupo de mujeres”, “Poliamor y BDSM” y varios que simplemente decían “Discusión abierta”. El de “Poliamor y BDSM” lo moderaba Deborah, la organizadora de este grupo MeetUp y a quien yo conocía de otras reuniones, así que nos apuntamos. Sin embargo, la discusión en ese grupo resultó decepcionante: había una dominatriz y un dominante profesionales que enseguida acapararon la conversación y parecían dispuestos a no dejar participar a nadie más. Cansados de escucharlos hablar sobre lo buenos que eran como dominantes, lo malos que eran todos los demás y la cantidad de sumisos y sumisas que tenían, decidimos probar suerte con los otros grupos. Después de dar varias vueltas, nos quedamos en el de “Familias de poliamor”, donde tenía lugar una discusión verdaderamente fascinante. Muchos de los participantes eran personas que había vivido en familias de poliamor durante mucho tiempo y habían educado en ellas a sus hijos. La conversación giraba en torno a los distintos problemas que esto presentaba… Cómo reaccionan los niños ante la presencia de varios adultos en la casa que asumen funciones de padres. Cómo explican su situación familiar en el colegio. Qué pasa cuando uno de los adultos abandona la relación. Y, muy importante, problemas legales que pueden ocurrir con esta situación. Una de las participantes era Terry Lee Brussels, fundadora del veterano grupo de poliamor “Live the Dream”. Nos contó una conmovedora historia de cómo, a raíz de la denuncia de un vecino, le habían quitado a sus hijos durante 9 meses. Tras una dura batalla legal consiguió no sólo que le devolvieran a sus hijos, sino cambiar la ley para que evitar este tipo de situaciones. Otros participantes contribuyeron historias parecidas, y se llegó a la conclusión que los poliamoristas debíamos organizarnos en grupos de solidaridad para luchar por nuestros derechos. Rachel, una atractiva rubia que moderaba el grupo, comentó que ella había organizado un grupo de familias poliamoristas con niños, que se reunían periódicamente en su casa. En él, mientras los padres conversan sobre temas de poliamor, los niños juegan juntos y comprueban que su tipo de familia no es algo tan raro.

A las nueve, los grupos de discusión se desbandaron y comenzó la fiesta. En la cocina había comida y bebida abundante. En una terraza varias personas bailaban animadamente. Pero lo que más nos llamó la atención fue la piscina, llena a rebosar de gente desnuda. Se nos había advertido que no habría sexo - ésta no era una reunión de swingers - pero lo que sí había eran muchos abrazos y besos colectivos. Un grupo de chicos jóvenes se pasaban a una chica de unos brazos a otros, besándola cada uno. Pero no todos eran jóvenes, porque si había algo de especial en esta fiesta era la gran variedad de sus participantes. Había gente de todas la razas: blancos, afro-americanos y asiáticos… hasta pudimos conversar en español con varios latinoamericanos. La edad parecía oscilar entre jóvenes de 20 años hasta gente mayor, pasados los 60. Muchos se conocían de reuniones anteriores y, a juzgar por la profusión de besos y abrazos, en muchos casos se trataba de un conocimiento bastante íntimo.

El problema con el poliamor es que cuando hablas con la gente tienes que abandonar el esquema convencional de la pareja. Te hablan de su esposa, de su amante, del amante de la esposa, del ex que los dejó hace un año… A no ser que prestes cuidadosa atención, enseguida acabas hecho un lío y no sabes muy bien de quién están hablando. Es como una especie de viaje al futuro, a un escenario de ciencia-ficción donde las reglas sociales por la que nos movemos habitualmente están cambiadas de raíz. De hecho, a los poliamoristas les encanta la ciencia-ficción, y citan más a menudo a Robert A. Heinlein, autor de las novelas que describen relaciones de poliamor “Stranger in a Strange Land” y “The Moon is a Harsh Mistress”, que a Dossie Easton y Janet Hardy, las autoras del famoso tratado de poliamor “The Ethical Slut” (traducido al español como “Ética Promiscua”). Y es que el poliamor es algo mucho más profundo que hacer un intercambio de parejas de vez en cuando o que tener una pareja abierta. En una auténtica familia de poliamor la “pareja” ha quedado muy atrás; son un grupo de tres, cuatro o más personas que no sólo follan entre ellas, sino que tienen entre ellos relaciones emocionales tan profundas como la de cualquier marido-mujer tradicional. Se me quedó grabada una frase que le oí decir a una mujer en la fiesta: “Tener una relación de poliamor contigo quiere decir que si tienes hambre te daré de comer; si estás sólo te haré compañía; si no tienes casa puedes venirte a vivir conmigo, y si necesitas sexo puedes follar conmigo”.

martes, 30 de abril de 2013

Poliamor: preguntas y respuestas


Hace unos meses, la sexóloga Sylvia de Béjar me invitó a escribir una entrada en su blog sobre poliamor. Acepté encantado. Decidimos que lo mejor sería hacerlo en formato entrevista, en la que ella me haría algunas preguntas que yo iría contestando. La entrevista estaba acabada y yo esperaba con cierta impaciencia el día en que se publicaría, cuando hace un par de días Sylvia decidió que no iba a continuar con su blog. Me dijo que quizás sería mejor que la publicara en el mío. Es una pena, pues yo no tengo ni mucho menos la audiencia que tiene Sylvia. De todas formas, aquí está…

¿Qué diferencia el poliamor de las relaciones abiertas?

En ambos casos se rompe la exclusividad sexual sin el secretismo y las mentiras que conlleva la infidelidad, pero difieren en que en las relaciones abiertas los miembros de la pareja no se permiten enamorarse de terceras personas. Por eso, éstas aventuras suelen ser esporádicas y temporales, ya que de prolongarse se verían como una amenaza. Por el contrario, el poliamor, como su propio nombre indica, consiste en establecer relaciones románticas fuera de la pareja donde hay amor además de sexo. A menudo, estas relaciones suponen una alternativa completamente distinta a la pareja tradicional. Por ejemplo, una estructura bastante frecuente es un trío formado por dos mujeres bisexuales y un hombre. En este caso no hay una pareja que tenga supremacía, sino que las tres personas participan en el trío en pie de igualdad. También hay tríos de dos hombres y una mujer, tríos homosexuales de tres hombres o tres mujeres, cuaternas formadas por la unión de dos parejas heterosexuales, etc. En definitiva, mientras que las parejas abiertas son arreglos transitorios y que suelen excluir el amor con terceros, el poliamor son acuerdos a largo plazo donde el amor es una parte esencial de la relación.

Pero, no necesariamente conviven bajo el mismo techo o tienen que relacionarse todos entre sí…

No, por supuesto. En el lenguaje de los poliamoristas, tres personas pueden formar un triángulo, con relaciones por los tres lados, o una V, donde la persona que está en el vértice se relaciona con las otras dos, que no tienen relaciones sexuales entre ellas. Sin embargo, sí que es importante que haya comunicación y al menos una cierta amistad entre todas las personas involucradas. Mi esposa y mi amante son amigas y a veces incluso quedan para verse en mi ausencia, pero no son amantes. En cuanto a lo de vivir bajo un mismo techo, puede ocurrir o no. Ten en cuenta de que estas relaciones, como todas, evolucionan en el tiempo y el amante que al principio estaba algo alejado puede llegar a convertirse en parte de la familia con el tiempo. Es importante enfatizar que existe una enorme variedad de relaciones de poliamor, no sólo por pura cuestión de complejidad matemática, sino porque cada familia poliamorista se basa en distintas ideas y valores.

Es inevitable preguntarte sobre tu mujer. ¿Acaso no tiene amantes?

Ahora mismo, no. Pero sí que los tuvo, y es posible que los vuelva a tener. De un tiempo a esta parte no está en la onda de tener aventuras sexuales. Por otro lado, mi amante tiene otros dos amantes, aunque por ahora yo soy su relación principal... Lógicamente, sería injusto que hubiera libertad para mí y no para ellas. Pero tampoco debemos pensar que el poliamor se hace sólo como un intercambio de libertades: yo te dejo tener relaciones si tú me dejas a mí. Eso sería un tanto mezquino. El poliamor se practica porque se cree en la libertad de amar fuera de la pareja convencional, independientemente de si uno quiere hacerlo o no. Y sí que hay parejas en las una persona es monógama y la otra practica el poliamor. Es simplemente que cada persona tiene necesidades distintas.

¿Y qué pasa con los celos? Los imagino inevitables.

No son inevitables. Por ejemplo, yo no soy nada celoso. Tendría que remontarme a mi adolescencia para recordar la última vez que tuve celos de verdad. Y no soy el único, muchas personas que practican el poliamor aseguran no sentir celos, o sentirlos muy rara vez. Pero muchos poliamoristas los sienten. Lo que pasan es que se aceptan como una emoción más, no algo que tenga que ocasionar un problema con nuestra pareja, o incluso la ruptura. Pasa lo mismo que con la ira: nos enfadamos, pero luego se nos pasa y las cosas vuelven a la normalidad. Sin embargo, existe el mito de que los celos son una señal de amor, lo que no es verdad. En la cultura del poliamor los celos son señal de que algo va mal, de que hay inseguridad, falta de comunicación. Yo suelo comentar con mi esposa, o con mi amante, las relaciones que he tenido con otras mujeres, o que ellas han tenido con otros hombres, y nos reímos, o nos aconsejamos... a veces hasta nos excitamos con eso.

Habrá quien lo considere aberrante: ¡para colmo se excitan contándoselo!

¿Y por qué no? Cada vez hay más parejas que disfrutan viendo películas eróticas o pornografía juntos. Así puedes llegar a conocer el deseo de tu pareja y establecer una relación de complicidad y de intimidad. Cuando ya no existe la barrera de los celos, contarse mutuamente aventuras sexuales no es algo distinto a compartir fantasías sexuales. Lo cierto es que la variedad enriquece la vida sexual. Desde que me eché una amante, disfruto más del sexo con mi esposa... ¡Y ella también!

Volvamos a lo serio... Me resulta fácil entender tu punto de vista si me planteo que lo lógico es que si amamos a una persona, lo que queramos es que ella sea feliz...

Para los que practicamos el poliamor, esa es la mayor prueba de amor que se puede ofrecer. El verdadero amor es desear que la persona a quien amas sea feliz, aunque sean otros quien la ayuden a serlo. Y no es un sacrificio, uno puede llegar a alegrarse de eso. En inglés se ha creado una palabra para definir la emoción de alegrarse cuando la persona a la que amas es amada por otros: se le llama "compersion". A veces también se usa para referirse a que te excite cuando tu amada hace el amor con otro. Es lo opuesto de los celos, si quieres. De todas formas, tampoco quiero idealizar el poliamor... Se dan problemas, y es normal que surjan los celos. Pero he visto muchos casos de "compersion", en mis relaciones y en las de otros.

Está claro que entendéis la fidelidad de otra manera....

Sí, aunque en esto, como en muchas otras cosas, no hay unanimidad de opiniones entre los que practicamos el poliamor. Por un lado están los que optan por la "poli-fidelidad", es decir, que acuerdan no mantener relaciones sexuales fuera de su tríada, cuaterna, etc. Por el otro está lo que podríamos llamar "poli-promiscuidad" en el que no hay ningún tipo de acuerdo de exclusividad sexual. Entre los dos extremos existen un número muy grande de posibilidades. Por ejemplo, los miembros de una familia poliamorista pueden acordar tener derecho de veto sobre las nuevas relaciones de los otros miembros. A veces se dan relaciones de poliamor abiertas (sin llegar a ser enteramente promiscuas) que acaban abarcando a un número considerable de personas. Se las llama "tribus". Por ejemplo, A tiene una relación de poliamor con B y C, pero C tiene a D y E como amantes, y resulta que a D le ha gustado B y se lo ha montado con él, etc, etc. Yo creo que lo importante es romper la fijación en quién se acuesta con quién, y pensar más en los problemas éticos de ser honesto, no mentir, saber escuchar, no tener una actitud explotadora de usar a los demás, y estar ahí cuando tus amantes te necesitan. Para mí, esa es la auténtica fidelidad.

¿Y qué pasa con los hijos?

Ese es un tema delicado, que cada cual soluciona de manera distinta dependiendo de la situación concreta. No es lo mismo una pareja nuclear con amantes fuera de casa que una tríada que viven juntos con sus hijos. En el primer caso, y si son niños, se les puede decir simplemente que “mamá va a ver a su amigo”… a fin de cuentas, no les solemos contar a los hijos los detalles de nuestra vida sexual. En el segundo caso, o cuando los hijos son adolescentes, lo mejor es explicarles el tema a fondo, teniendo en cuenta su edad. Muchos padres poliamoristas ven como algo muy positivo el servir de modelo de relaciones sin posesividad ni celos para sus hijos.

¿Cómo encajáis socialmente? ¿Os aceptan?

Por ahora no hay muchos problemas, porque pasamos bastante desapercibidos al ser pocos, pero si esto se generaliza y mucha gente adopta este estilo de vida, yo creo que se puede armar una buena. Date cuenta de que suponemos una amenaza más seria al matrimonio y a la pareja convencional que la homosexualidad, porque al fin de cuentas los homosexuales siempre serán una parte minoritaria de la población, mientras que el poliamor se puede extender de forma muy amplia. Y aunque mucha gente no se apunte, puede influir para que cambie cómo se ven las relaciones de pareja, la exclusividad sexual, los celos, etc. Todo eso va a generar resistencia, pero yo estoy convencido de que aportará cambios sociales muy positivos.

Tal como lo cuentas, parece muy fácil, pero seguro que hay muchos problemas

¡Ya lo creo que los hay! Leyendo en los foros de poliamor, y en mi propia experiencia, uno de los problemas más comunes es la dinámica de primario-secundario, que se da cuando un amante nuevo se une a una pareja nuclear. A los miembros de la pareja preexistente se les suele llamar “primarios”, mientras que la nueva amante es “secundaria”. Se establece así un desequilibrio de derechos, pues los primarios pueden imponer los parámetros de la relación al secundario/a, lo que puede ser injusto y llegar a hacerle daño.  El fenómeno opuesto, que puede llegar a ser un problema, es lo que se llama “energía de relación nueva”: el enorme interés y atracción que genera la novedad de un nuevo amante. La persona que estaba antes en la relación puede sentir que se la quiere menos, cuando no es verdad. Estos problemas son mucho más fáciles de manejar si uno participa en la comunidad de poliamor y se informa bien antes de meterse en estas aventuras. El poliamor requiere estabilidad emocional, capacidad de comunicación y el tener muy claros una serie de valores éticos. No es un juego, sino una posibilidad de crecimiento y transformación personal.

lunes, 14 de enero de 2013

¿Se pueden evitar los celos?


De todas las emociones negativas y destructivas que se pueden tener, los celos son sin duda la que cuenta con mejor prensa. Las novelas, las películas, las series de televisión… todas están de acuerdo en reafirmar la misma creencia: los celos son una parte inevitable de toda relación amorosa. Muchas veces se va incluso más lejos, para afirmar que los celos son una señal de amor. Sin embargo, los celos son la causa de una desmesurada cantidad de sufrimiento. Muchas parejas entran en una dinámica de celos, sospechas, prohibiciones y lucha por la libertad que a menudo llevan a la destrucción de la relación. Lo vemos por todas partes: infidelidad sexual que lleva inmediatamente al divorcio, dejando una estela de familias rotas y niños que tienen que aprender a luchar para mantener su relación con sus dos padres. En los casos más extremos, los celos son la causa de la violencia de género que produce un daño extremo, incluso la muerte, a muchas mujeres.

¿Es verdad que los celos son una parte inevitable de la naturaleza humana? ¿Que tenemos que aceptarlos como centinelas de la sacrosanta pareja monógama? ¿O es posible amar dejando que la persona que amamos sea amada por otros? Cada vez más gente elige vivir en relaciones que desafían al canon de la monogamia, como las parejas abiertas y el poliamor. Sí, es verdad que aún en este tipo de relaciones también se dan los celos, pero no se aceptan como algo positivo, sino como un obstáculo a vencer. 

El primer paso para evitar los celos es comprenderlos. Para empezar, hay varios tipos distintos de celos…

1.      Celos de sexo. Los más corrientes. Surgen cuando nuestra pareja tiene relaciones sexuales, o desea tenerlas, con otra persona. Se suelen manifestar como asco al imaginar a la persona amada follando con otro o con otra: nos fijamos en la repulsión que nos produce un cuerpo extraño en contacto con el cuerpo que deseamos. También provoca ira hacia el rival y hacia nuestro compañero o compañera, que puede llevar, como es bien sabido, hasta la violencia física y el asesinato. Hoy se especula que este tipo de celos se da más en los hombres que en las mujeres y pueden estar relacionados con la hormona social vasopresina, que produce un apego basado en la posesividad y la territorialidad.

2.      Celos de amor. Algunas personas pueden tolerar que su pareja tenga relaciones sexuales, siempre y cuando se mantengan en un nivel superficial y no lleven al enamoramiento. Otras veces los celos de amor se dan al mismo tiempo que los celos de sexo, sólo que el sexo con otra persona se rechaza más que nada porque tememos que es una señal de amor. Aunque también despiertan la ira, los celos de amor suelen venir acompañados de tristeza, desesperanza y pérdida de la seguridad en uno mismo. Cabe especular que son más propios de la mujer que del hombre y que están relacionados con la oxitocina que, como la vasopresina, motiva el comportamiento monógamo. Sin embargo, al contrario que la vasopresina, el apego que produce la oxitocina se basa más en el deseo de amparar que en la posesividad.

3.      Envidia. A veces es difícil distinguir la envidia de los celos. Por ejemplo, si a mí me gusta Fulanita y ella empieza a salir con otro, lo que siento hacia él se debería llamar envidia, ya que al no tener yo una relación con Fulanita, no habría celos propiamente dichos. Casos más claros serían, por ejemplo, cuando se envidia el amor que vemos en otra pareja.

Existen varias razones para pensar que los celos no son inevitables. La más convincente es que existen hoy en día miles de personas que practican la pareja abierta y la poliamoría, y que no sienten celos cuando su amado o amada tienes relaciones sexuales con otros (celos de sexo), o incluso cuando se enamora de otra (celos de amor). Pero, ¿no será esto porque algunas personas son naturalmente no-monógamas? Desde que se descubrió el papel que juegan la oxitocina y la vasopresina en la monogamia (véase mi blog anterior sobre la oxitocina), se ha especulado que hay personas que producen una mayor cantidad de estos péptidos (o de sus receptores) y son naturalmente monógamas, mientras que otras personas serían naturalmente “infieles” por la razón contraria. Personalmente, prefiero creer que el ser humano tiene la capacidad de controlar sus propios sentimientos y estilo de vida, y no es un simple esclavo de su bioquímica.

No nos confundamos, no estoy diciendo que las emociones se pueden controlar a base de un esfuerzo de la voluntad. Al contrario: una vez presente en nuestra mente, cualquier emoción es muy difícil de suprimir. Si estamos enfadados, o tristes, o asqueados, seguramente seguiremos así durante un tiempo. Pero también es verdad que las emociones se pueden controlar evitando que aparezcan en primer lugar, o acortando su duración a base de no alimentarlas si ya han aparecido. En el caso concreto de los celos, si hemos decidido vivir sin ellos podemos introducir una serie de cambios en nuestra forma de pensar que a la larga los hagan menos frecuentes y menos dolorosos, llegando incluso a hacerlos desaparecer. Esto es lo que yo aconsejaría…

1.      Examina tus creencias. Si sigues convencido de que tienes la obligación de estar celoso, de que los celos contribuyen a la estabilidad de la pareja, o de que son una señal de amor, difícilmente podrás evitarlos.

2.      Si te sientes celosa, reconócelo. Primero, delante de ti misma, y luego cuéntaselo a tu pareja. Pero esto no quiere decir que reacciones con ira o culpabilizándola. Al contrario, si le haces saber que a pesar de estar celoso luchas por evitarlo, la tendrás de tu lado.

3.      Si sientes celos de sexo, examina esa imágenes que te producen tanta repugnancia. A la mayor parte de la gente les excita la imagen de dos personas haciendo el amor. ¿Por qué no sentir lo mismo si la imagen incluye a la persona a la que quieres? ¿Qué detalles en la imagen de tu amada haciendo el amor con otro te dan asco? 

4.      Toma conciencia de toda esa propaganda encubierta a favor de los celos con las que se nos bombardea a diario. 

5.      Niégate a participar en esas convenciones sociales que refuerzan la idea de los celos como algo positivo: el hablar de “cuernos”, de “infidelidad”, de “engaño”, para referirse a las relaciones sexuales fuera del corsé de la monogamia.

6.       El sexo es sólo eso: sexo. No es engaño si no se miente sobre ello. No es infidelidad si mantenemos el amor y la lealtad a nuestra pareja, si la tratamos con respeto y con cariño.

7.      Los celos de amor suelen ser un síntoma de inseguridad. Ese miedo a ser abandonada, a que te dejen de querer, viene de una baja autoestima. Si estuvieras segura de que eres lo mejor para él, no tendrías tanto miedo a que te abandone.

8.      Nunca se te ocurra poner celosa a tu pareja para asegurarte su amor. Sólo conseguirás lo contrario: que la sospecha y la mentira se instalen en tu relación.

9.      ¿Qué hay de malo en que alguien quiera a la persona que tú quieres? Si es tan maravillosa, y tú la quieres, ¿por qué no la va a querer alguien más? 

10.  El amor no se rige por las leyes de la aritmética. No es que tengamos una cantidad fija de amor que haya que repartir entre varias personas. El amor no es cuantificable. Por lo tanto, cuando tu pareja le da a alguien su amor, no te lo quita a ti. 

11.  Existe una emoción positiva opuesta a los celos. En inglés se le ha llamado “compersion”, por lo que quizás la podamos traducir al castellano como “compersión”. Se refiere a la alegría que se siente cuando la persona a la que amamos es amada por otros. Incluso a excitarse sexualmente con la imagen de nuestra pareja haciendo el amor con otros. Si alguna vez sientes algo así, aprécialo. La compersión anuncia el fin de los celos. 

Quizás todo esto te parezca utópico, absurdo. Pero lo cierto es que cada vez somos más los que vivimos sin celos. Hablamos con nuestra mujer sin pudor de las chicas que nos gustan. Nos tomamos una cerveza con nuestra amante y sonreímos mientras ella nos cuenta su aventura sexual de la noche anterior. Es una forma bonita de vivir porque, en definitiva, vivir rodeados de amor no puede ser malo… aunque ese amor no vaya siempre dirigido a nosotros. 


viernes, 30 de noviembre de 2012

Poliamor



Se trata de un fenómeno social relativamente reciente, aunque lleva décadas forjándose. En Estados Unidos a saltado de golpe a la atención pública al aparecer en la popular serie de televisión Weed y en un documental de “reality TV” de la cadena Showtime titulado “Polyamory: married and dating”. Podéis ver tráileres de esa serie aquí http://www.sho.com/sho/polyamory-married-and-dating/home .
Una de las familias poliamoristas de Showtime
La sociedad en la que vivimos nos bombardea continuamente con el mensaje de que el único tipo de relación amorosa-sexual válido es la pareja monógama. La poliamoría supone un reto a esta creencia, como antes lo fueron el amor libre de los 60s, el “swinging” de los 70s- 80s y las parejas abiertas. Aunque proviene de la evolución de esas formas distintas de amar, la poliamoría se diferencia de todas ellas. El amor libre no obedecía a ninguna norma establecida y era algo más bien efímero, propio de la juventud, que normalmente acababa desembocando en la pareja clásica. El “swinging”, por el contrario, partía de una pareja que buscaba variedad y aventura a base de establecer relaciones sexuales con otras parejas, aunque a veces también con personas aisladas. Estuvo en auge al final de los 70s y principios de los 80s, y luego decayó considerablemente con el jarro de agua fría de la aparición del SIDA, que mandó a la mayoría de los aventureros sexuales a refugiarse en la monogamia. Sin embargo, se sigue practicando hoy en día, normalmente en clubes creados con ese fin expreso. Mientras que en el “swinging” la pareja suele buscar sexo actuando en forma conjunta, en las parejas abiertas cada uno se busca la vida por su lado bajo el mutuo acuerdo de dejar a un lado la exclusividad sexual y evitar los celos y las mentiras. Cada pareja abierta suele establecer sus propias reglas, los límites que demarcan lo que cada uno puede hacer. La más común de estas reglas es que no haya engaños, pero pueden llegar a ser tan restrictivas como que los actos sexuales no incluyan la penetración. Una regla que suele ser común a todas las parejas abiertas es que no vale enamorarse de otras personas. Esto también se da en el “swinging”, donde la pareja monolítica es el principio y el fin de todo. Sin embargo es difícil ponerle puertas al mar y el amor acaba irrumpiendo a la fuerza a través de las murallas de la monogamia. Y entonces, ¿qué pasa?

Lo normal es que se rompa la pareja inicial y se forme otra nueva con los recién enamorados. Pero a veces el viejo amor se resiste a morir y obliga a todos los involucrados a buscar una solución nueva. Así nace la poliamoría. Al contrario que el swinging y la pareja abierta, la poliamoría acepta, y hasta busca deliberadamente, el amor entre más de dos personas. Se puede dar incluso el caso de que exista el amor sin relaciones sexuales, aunque lo normal es que se parta del sexo para llegar al enamoramiento. La poliamoría ha llegado a formar su cultura propia, con organizaciones y sitios web donde sus adherentes se aconsejan unos a otros. Por ejemplo, en español existe http://www.poliamoria.com/ , y en inglés http://www.meetup.com/SoCal-Polyamory/about/?name=About_this_Meetup .

Una de las ideas fundamentales de esa cultura es que el sexo tiene más sentido cuando hay amor. De hecho, los poliamoristas a menudo reprochan a los “swingers” que buscan el sexo desprovisto de amor. Y a las parejas abiertas se les reprocha que son injustas con a las terceras personas con las que mantienen relaciones sexuales, ya que se las relega a un distante segundo plano emocional. 

Hay quien considera que la forma más pura de poliamoría es aquella en la que no existe una pareja nuclear, sino que consiste en un trío o una cuaterna donde todos los participantes gozan de igual estatus. El caso más común de este tipo de relación son tríos formados por un hombre y dos mujeres bisexuales, una configuración muy estable y satisfactoria para todos los participantes, pues permite a las mujeres experimentar las dos facetas de su sexualidad y al hombre satisfacer su deseo de variedad. Tan deseable es este tipo de relación que existen muchas parejas en búsqueda de una mujer bisexual para completar el trío. Pero las mujeres que cumplen los requisitos de ser bisexual, soltera y atractiva son más bien elusivas, por lo que en la cultura de la poliamoría se les ha dado el nombre de “unicornios”, el animal mitológico que es imposible de encontrar. Supongo que los tríos formados por dos hombres bisexuales y una mujer son igual de satisfactorios, pero en mi limitada experiencia parecen ser menos abundantes. De todas formas, la bisexualidad no es necesaria para la formación de un trío; existe otra configuración, llamada la V, donde una persona tiene relaciones sexuales con las otras dos que mantienen una simple relación de amistad entre ellas o ellos. 

Las relaciones de poliamoría no se suelen formar de forma deliberada, sino que suelen crecer de forma orgánica con el tiempo; por ejemplo, a partir de una pareja nuclear que pasa de la situación de pareja abierta a la adopción de uno de los amantes. Otro caso puede ser el de dos parejas que se fusionan a raíz de una relación continuada de “swinging”. Sin embargo, ahora que la poliamoría ha creado sus propias organizaciones y entorno social, cada vez existen más personas que buscan de forma deliberada este tipo de relaciones, como en el caso de las parejas cazadoras de unicornios de las que hablaba más arriba.
Cuando una relación de poliamoría se genera en torno a una pareja inicial, esto se suele traducir en una situación en que no todos los que la forman participan por igual. Aunque esto se aleja del ideal igualitario del que hablaba más arriba, a menudo es simplemente inevitable dadas las dimensiones socioeconómicas de las parejas y los matrimonios en la sociedad actual. Por ejemplo, se suele dar el caso de un matrimonio de muchos años que adopta a otra persona como amante, pero sin invitarla a vivir con ellos o a participar en su comunidad de bienes. En este caso se suele hablar de relación “primaria” - la pre-existente - y relación “secundaria” - la nueva. 

Algunas relaciones de poliamoría son cerradas, es decir, no admiten relaciones sexuales con nadie fuera del grupo. A esto se le llama “polifidelidad”. Sin embargo, como establecer una relación de poliamoría conlleva de entrada el superar el problema de los celos, lo más común es que las familias poliamoristas sean relaciones abiertas en las que se admite relaciones sexuales con otras personas. De esta forma se pueden llegar a generar estructuras complicadas que llegan a incluir a un número considerable de personas. Por ejemplo, Ana, Benito y Carmela tienen una relación en la que Carmela tiene un rol secundario, pero resulta que Carmela tiene una relación con Daniel que también incluye a Francisco, quien a su vez… A grupos así se les suele llamar “tribus”. Una mujer que conocí en una reunión de poliamorista me enseñó un diagrama de su tribu que incluía un total de 32 personas - no todas tenían relaciones sexuales entre sí, o incluso se conocían. Por supuesto, en casos así hay que extremar las precauciones con las enfermedades de transmisión sexual.

Parece que el sistema de poliamoría ha cuajado y se extiende rápidamente. Previsiblemente se enfrentará con la misma oposición por parte de grupos religiosos y conservadores con la que se enfrentan gays y lesbianas, sobre todo teniendo en cuenta el papel esencial que juegan las personas bisexuales en estas relaciones. Quizás los matrimonios múltiples están a la vuelta de la esquina. De hecho, ya se ha dado un caso en Brasil

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