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martes, 15 de octubre de 2019

Cuatro intentos de matar a un niño

El grillete electrónico de Fernando
Lo que voy a contar a continuación es una historia real, aunque pueda pareceros aún más ficticia que las desventuras de Cecilia en mi última novela.

A mediados de junio, mi esposa y yo acogimos en nuestra casa de Los Ángeles a Fernando, un refugiado de Honduras de 18 años que cruzó la frontera de Estados Unidos y pasó varios meses detenido, primero en un centro de menores. Luego, el día en que cumplió los 18 años, lo internaron en Adelanto, un centro de detención de inmigrantes en el desierto de California. Allí pasó cinco meses en condiciones inhumanas. Mi mujer, escribiendo con el pseudónimo de Lilith Blackwell, está publicando una serie de artículos en inglés en la revista de internet Medium sobre esta experiencia.  Se titulan “The Alien in my Guest Room” (“El extranjero en mi cuarto de huéspedes”). Ya lleva escritos 22. Yo escribí el artículo número 14, que es el que trascribo aquí al español.

Desde que acogimos a Fernando he tenido varias conversaciones con él en las que me fue contando retazos de la historia de su vida, que he condensado aquí.

El primer recuerdo de Fernando, cuando tenía sólo tres años, es el de su padre intentando matarlo con un machete. El día antes había intentado matar a su madre. Llenó un jeringuilla de insecticida e intentó inyectárselo, pero ella consiguió quitárselo de encima y corrió a refugiarse en casa de sus padres. Él apareció al día siguiente, sobrio y más calmado, para pedirle que volviera a casa con sus hijos. Ella se negó a hacerlo. Y esa es la primera memoria de Fernando: estaba debajo de un árbol de mangos, con un machete al cuello, mientras su padre le gritaba a su madre que prefería ver a su hijo muerto que verse separado de él. Menos mal que en ese momento aparecieron sus tíos, hermanos de su madre, quienes le dijeron a su padre que si algo le pasaba al niño él no saldría vivo de esa casa. Él optó por marcharse.

La segunda vez que el padre de Fernando intentó matarlo fue parecida a la primera, tanto que los dos sucesos se mezclan en sus primeros recuerdos. Tenía seis años. Su padre había estado bebiendo con unos amigos, quienes le dijeron que su mujer se veía con otro hombre. Enfurecido, su padre volvió a ir a la casa de sus suegros y volvió a ponerle un machete a Fernando en la garganta. Exigió que ella y sus hijos volvieran con él. Horrorizados, los amigos que habían venido con él lograron convencerlo de que dejara a sus hijos en paz.

Poco después, el padre de Fernando consiguió cruzar la frontera con Estados Unidos, donde residió siete años. Fue desde Los Ángeles a Baltimore, en el estado de Maryland de la costa este de Estados Unidos, donde trabajó reparando tejados. Estaba continuamente en fuga de los agentes de inmigración. Hubo en un momento en que lo pillaron y le pusieron un grillete electrónico como el que lleva ahora Fernando.  Sin embargo, su padre cortó el grillete, se cambió el nombre y se fue a vivir a otro sitio. Estuvo viviendo con una mujer a quien le daba ayuda económica. Imprudentemente, le dio su tarjeta del cajero. Ella le vació la cuenta y lo echó de casa. Sin un duro, al final lo pillaron y lo deportaron a Honduras. O, al menos, esa fue la historia que les contó a sus familiares y amigos.

Mientras su padre estaba en Estados Unidos, la madre de Fernando empezó a salir con otro hombre y eventualmente se fue a vivir con él. Pudo llevarse con ella a su hija Marisa, la hermana pequeña de Fernando. Sin embargo, él, que tenía entonces once años, se tuvo que quedar cuidando la huerta de café de la familia. La casa en la que vivía tenía el suelo de tierra y tejado de lona, sin electricidad ni agua corriente. Se alimentaba de arroz y frijoles, y de algún pez que pescaba en el río. Con sus amigos, usaba un tirachinas para cazar ardillas, zarigüeyas y mofetas para complementar su dieta con algo de carne. Colgando precariamente de cuerdas de cáñamo, recogía miel de las colmenas que había en unos acantilados cercanos. En la huerta cultivaba plátanos, maíz y hortalizas. Y, por supuesto, café, que él mismo recolectaba y vendía. Aunque sólo fue un año al colegio, se las arreglaba para llevar la contabilidad con la ayuda de una calculadora de bolsillo.

La tercera vez que su padre intentó matarlo, Fernando tenía catorce años. Su padre acababa de volver de Estados Unidos. Como parte de un negocio de venta de drogas, alguien le había dado una flamante camioneta Toyota. Se fue en ella a una fiesta en el pueblo de al lado y empezó a emborracharse. Dos de sus parientes empezaron a pelearse por una mujer, y en la refriega uno empujó al otro contra la camioneta, rompiendo una ventanilla. Cuando su padre lo descubrió, le echó la culpa a Fernando. El chaval le explicó lo que había pasado, cómo habían roto la ventanilla en una pelea, pero su padre entonces lo acusó de no haber sabido proteger su vehículo. Sacó la pistola y la cargó. Fernando tuvo el tiempo justo de agazaparse tras la camioneta antes de que empezaran los disparos. Borracho, su padre se lio a tiros con el coche hasta que se le acabaron las balas, destrozando las yantas y las ventanas que quedaban. Fernando tuvo la suficiente calma para contar los disparos. Cuando supo que la pistola estaba vacía, se enfrentó a su padre, diciéndole que era un idiota por haber destrozado su preciado coche. El padre intentó recargar la pistola, pero estaba tan borracho que no conseguía introducir las balas. Al final, sacó el cuchillo. Fernando salió corriendo.

Al oírlo contar esto, mi esposa y yo no nos acabábamos de creer que su padre hubiera sido realmente capaz de matarlo. Seguramente no habían sido más que bravuconadas, le dijimos a Fernando. Con cierta reluctancia, él nos dijo que su padre era en realidad un tipo siniestro que había matado a varias personas. Un día que fue a visitar a sus suegros notaron que llevaba la camisa manchada de sangre. Mientras que los otros lo distraían, unos de los tíos de Fernando salió sigilosamente de la casa y fue a mirar dentro de su coche. En el maletero encontró un saco sanguinolento con restos humanos. Unos días más tarde encontraron dos cadáveres en la orilla del río. Los buitres habían empezado a comérselos, pero pudieron apreciar que uno tenía cortes de cuchillo en un brazo, como si lo hubieran torturado. Claro que no hay forma de saber si eran víctimas de su padre o de la “Mara Salvatrucha”, una poderosa organización criminal basada en El Salvador que también opera en Honduras. Fernando cree que su padre mataba gente cuando salían mal las ventas de droga. Traficaba sobre todo marihuana, pero probablemente también cocaína y heroína. Fernando lo vio a menudo consumiendo las tres drogas, y todo el mundo podía ver las cicatrices que los pinchazos le habían dejado en el brazo.

La cuarta vez que su padre intentó matarlo, Fernando tenía 17 años y ya era lo suficientemente mayor como para ofrecer resistencia. Según Fernando, ese día su padre estaba colgado con marihuana, cocaína y heroína. Fernando estaba trabajando en su huerto, esparciendo las resbaladizas cáscaras del café sobre los campos como fertilizante. Su padre vino a acusarlo de que lo habían timado en la venta de unos plátanos.

-Mira cómo vienes -le replicó Fernando-. Estás drogado. ¿Ese es el ejemplo que le das a tu hijo?

-¡Soy  tu padre! ¡Me debes un respeto! -dijo su padre. Y cogió un palo y le pegó con él en el vientre.

Pero esta vez Fernando no se iba a dejar avasallar. Le quitó el palo y lo tiró. Luego agarró a su padre por la camisa  y le dijo a la cara:

-¿Cómo voy a tratarte con respeto cuando estás siempre borracho? ¿Cómo puedo estar orgulloso de mi padre cuando veo las cicatrices que llevas en el brazo? ¡Me das vergüenza!

Su padre le dio un puñetazo. Cuando Fernando retrocedió, lo golpeó en la espalda varias veces. Entonces sacó el cuchillo. Fernando, quien conocía su reputación como luchador con cuchillo, se dio a la fuga, patinando sobre las cáscaras de café como hacía jugando cuando niño. Su padre no tenía esa destreza y encima estaba borracho, así que se cayó encima del abono, poniéndose perdido.

Por desgracia, la historia tuvo un final trágico. Un día que Fernando estaba ausente, los parientes de su padre le prendieron fuego a su casa pensando que así quemarían el certificado de propiedad de la granja y podrían hacerse con ella. Por desgracia, una tía de Fernando estaba pasando la noche en su casa con su hijo. Él niño logró saltar por la ventana, rompiéndose un brazo que nunca se curó del todo. Su tía murió en el hospital como resultado de las quemaduras.

Esa fue la gota que colmó el vaso. Sabiendo que su vida estaba realmente en peligro, unos meses después Fernando empezó su larga peregrinación a Estados Unidos, atravesando Guatemala y Méjico. Cinco meses más tarde cruzó la frontera.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Así maltratamos a nuestra pareja


“Quien bien te quiere te hará sufrir” dice el refrán. Normalmente esto se interpreta como que alguien que te ama te señalará tus imperfecciones y errores, aunque no te guste, pero también se ha señalado que un dicho así puede servir para justificar el maltrato. Sin embargo, hay otra manera más de interpretar el refrán: simplemente constata la realidad más bien irónica de que dos personas que se aman tienden a hacerse daño. Y no precisamente porque estén empeñados en convertirse mutuamente en personas mejores a base de corregir sus errores. Sí, las relaciones amorosas suelen traer consigo una buena carga de sufrimiento. A todo el mundo esto le parece algo inevitable, como si hubiera que pagar un precio por el amor que recibimos.

Pero yo pienso que no tiene que ser necesariamente así. Si nos hacemos daño cuando nos amamos es porque tenemos que estar haciendo algo mal. Al parecer, cuando llegamos a un cierto grado de intimidad con una persona empezamos a permitirnos una serie de comportamientos que crean fricciones e incluso daño emocional. “Las confianzas dan asco”, que dice otro refrán. Entonces, quizás lo que debamos hacer es reconocer esos comportamientos y aprender a evitarlos. No quiero hablar aquí de conductas de franco maltrato, como pueden ser el daño físico o la violación, sino de una serie de estrategias de manipulación psicológica que producen daño emocional y menoscaban la autoestima. En general, se basan en evocar tres emociones clave: el miedo, la culpa y la vergüenza. Aquí os dejo una lista tentativa de conductas nocivas en la pareja.

1. Coacción - La coacción se define como una demanda que no se puede rehusar sin desencadenar serias consecuencias negativas. Un ejemplo sería el sexo coactivo: “como me digas que no quieres sexo conmigo te voy a montar un numerito de mucho cuidado”. Pero se puede usar la coacción para muchas otras cosas: ir a una fiesta, elegir el sitio dónde ir de vacaciones, cómo decorar la casa o si tener hijos. La coacción señala que existe un desequilibrio de poder en la pareja que hace que una persona pueda imponer su voluntad sobre la otra.

2. Amenazas - Las amenazas son una de las formas más directas de coacción. Se basan en inspirar miedo para conseguir lo que queremos.  Una de las amenazas más frecuentes en la pareja es la de la ruptura. Se suele dar cuando existe un desequilibrio de poder basado en que una persona valora la relación mucho más que la otra. Puede ser simplemente porque está más enamorada, o porque la relación le supone una serie de ventajas que no quiere o no puede abandonar. En estos casos la amenaza constante de la ruptura puede convertirse en una continua coacción. A menudo la persona que amenaza con romper va de farol: en realidad no tiene la menor intención de hacerlo, pero sabe que así puede someter a su pareja a su voluntad.

3. Asustar - Las amenazas no son la única forma de inspirar miedo. También se puede crear una situación de ansiedad a base de asustar a la otra persona con actos como gritar, tirar o romper cosas, poner en riesgo la seguridad o la salud, o hacer algo ilegal. La simple presencia del miedo crea un clima de opresión.

4. Chantaje - El chantaje es una forma de coacción que consiste en amenazar con hacer algo que la otra persona no quiere si no accede a nuestras demandas. La forma más reconocible de chantaje es la amenaza de contar algo que la otra persona no quiere que se sepa. Como ejemplo está el “outing”, un nuevo verbo inglés que viene de la expresión “out of the closet” (salir del armario) y que se refiere a revelar a que una persona es gay o bisexual. Hoy en día se generaliza a descubrir que una persona practica el BDSM, el poliamor u otras formas de sexualidad no aceptadas por nuestra cultura.

5. Chantaje emocional - Consiste en utilizar el miedo, la obligación o la culpa (en inglés, “fear, obligation and guilt”, que forman el acrónimo FOG, que significa “niebla”) con el fin de presionar a otra persona de hacer lo que queremos. Se distinguen cuatro formas de chantaje emocional. La primera consiste en amenazar con castigar, privar de un beneficio o hacer daño. Un ejemplo clásico en la pareja es la privación de sexo o de afecto. La segunda consiste en el auto-castigo: en este caso se amenaza con hacerse daño a uno mismo. Un caso extremo sería la amenaza de suicidio (“¡déjala o me mato!”), pero también entra aquí el enfurruñarse o sumirse en un estado depresivo cuando no se obtiene lo que se quiere. La tercera forma de chantaje emocional consiste en adoptar conductas de auto-sacrificio con el fin de evocar sentimiento de culpa. Incluye todos esos actos de servicio que se hacen no porque se quieren hacer o como demostración de amor, sino para luego obtener algo a cambio: “¡me he tirado tres horas preparando la cena y tú no me haces ni caso!”. La cuarta forma es quizás la más difícil de reconocer, pues consiste en utilizar un premio o una tentación para conseguir lo que se quiere. Un ejemplo clásico es cuando le ofrecemos una golosina a un niño a cambio de un beso. En la pareja, ofrecer sexo o afecto como premio puede parecer en principio una buena idea, pero puede llevar a un ambiente de manipulación en el que no se sabe muy bien por qué se hacen las cosas.

6. Traspasar límites - Todos tenemos cosas que no queremos hacer o que no queremos que nos hagan. En inglés se conocen como “boundaries”, que quiere decir límites o fronteras. En una relación sana, cada persona define claramente cuáles son sus límites y la otra persona los respeta escrupulosamente. Los problemas vienen cuando los límites no están bien definidos o cuando se conocen y se rompen a propósito.

7. Incomunicación - Es sabido que la buena comunicación es esencial para el buen funcionamiento de la pareja. Ya resulta difícil en el mejor de los casos, pero a veces se sabotea a propósito como parte de actitudes ofensivas o defensivas, o con fines manipulativos. Un ejemplo es el “tratamiento de silencio”, que consiste en negarse a hablar con la otra persona. Su versión actual es el bloqueo en las redes sociales. Otro ejemplo consiste en hacer justo lo contrario: hablar sin parar para formar un “muro de palabras”  que no le permite a la otra persona expresarse. Formas más sutiles de incomunicación son el no querer escuchar, la comunicación agresiva y la comunicación pasiva. Esta última consiste en pretender que la otra persona nos lea la mente o adivine lo que queremos decir a base de indirectas, tono de voz o lenguaje corporal.

8. Mentiras - El peor tipo de incomunicación es cuando no se dice la verdad. Además, la mentira puede entenderse como una forma de privación de poder ya que la desinformación impide a la otra persona actuar de la forma más favorable para ella. La mentira se suele considerar la principal ofensa en la infidelidad conyugal, aunque a menudo esto es porque no se quiere reconocer el valor exagerado que nuestra cultura otorga a la exclusividad sexual. En realidad, cualquier tipo de mentira o falta de honestidad puede hacer daño en la pareja, ya que mina la confianza mutua.

9. Gaslighting” - “Gaslighting” en una forma extrema de abuso psicológico que consiste en la manipulación sistemática de la información que se suministra a otra persona. Así se va entretejiendo una red de mentiras, medias verdades, secretos y decepciones que generan un visión distorsionada de la realidad. Normalmente se hace con el fin de ocultar una situación de maltrato generalizado. Suele ocasionar un daño grave en la autoestima, incluso a hacer que la víctima llegue a cuestionar su propia cordura. El nombre viene de la obra de teatro Gas Light y de sus adaptaciones al cine.

10. Secretos - La cuestión de si se deben guardar secretos a nuestra pareja es sumamente delicada. Por un lado, todo el mundo tiene derecho a su privacidad; algunas cosas son tan íntimas que absolutamente nadie debe conocerlas. Por otro lado, el ocultar determinadas cosas que nuestra pareja tiene derecho a conocer para su propia seguridad puede ser equivalente a mentir por omisión. Los casos más claros son los de las enfermedades de transmisión sexual y la infidelidad.

11. Invadir la privacidad - Ésta es la otra cara de la moneda de los secretos. Todos tenemos derecho a revelar cosas de nosotros mismo si queremos, cuándo queramos y cómo queramos. También tenemos derecho a que lo que contamos a alguien no se transmita a terceras personas sin nuestro consentimiento. Como decía antes, no es legítimo guardar en secreto algunas cosas, pero eso no quiere decir que esté bien usar la fuerza o la coacción para forzarnos a desvelar un secreto. Un ejemplo de invasión de privacidad desgraciadamente frecuente hoy en día es buscar información en un móvil o en un ordenador sin permiso.

12. Quejas y reproches - Quejarse es algo normal y si algo no funciona bien en la pareja es esencial para la buena comunicación el decirlo. Pero hay muchas formas de decir las cosas. Cuando las quejas y los reproches se hacen con la intención de hacer que la otra persona se sienta culpable y avergonzada, entramos en el terreno del maltrato emocional. Los problemas hay que plantearlos en el momento adecuado, preferiblemente con tiempo de sobra para hablar sobre ello, sin ira y sobre todo sin ánimo de herir y ofender. Como en muchas otras cosas, la cantidad importa: una sarta interminable de reproches es indiscutiblemente abusiva. También hay que prestar atención a dos vicios relacionados con esto. El primero es el de ofenderse fácilmente, el estar a la que salta, de forma que la otra persona se tenga que estar autocensurando constantemente. Obviamente, la buena comunicación no puede darse así. El otro es el victimismo, el presentarse como víctima de abuso cuando en realidad no se es. Una de las mayores ironía del abuso psicológico es que el maltratador  suele presentarse como víctima, incluso estar convencido de que lo es.

13. Avergonzar - La vergüenza, incluso más que la culpa, es la emoción más destructiva de la autoestima. Sólo hay que pensar en todos los casos de adolescentes homosexuales que son llevados al suicidio por la vergüenza que evocan en ellos sus padres, su comunidad religiosa o sus compañeros de clase. Por eso, una de las formas más corrientes de maltrato emocional son los comentarios degradantes y las críticas continuas. Incluso la falta de alabanza cuando es merecida puede minar la autoestima de una persona. Si la persona a la que amamos no es capaz de reconocer nuestros méritos, ¿quién lo va a hacer? Un caso extremo es el llamado “cyber-bullying”, ciberacoso o acoso virtual: el acoso en las redes sociales de personas a base de avergonzarlas en público.

14. No disculparse - Todos tenemos que saber disculparnos, ya que todos cometemos errores. Una disculpa a tiempo puede significar la diferencia entre una pelea conyugal que se resuelve satisfactoriamente y otra que deja cicatrices emocionales para toda la vida. También puede suponer la diferencia entre percibir un error como un acto abusivo o como algo que se hizo sin malicia. La disculpa suele entrañar el reconocernos culpables del daño que hemos hecho, pero aunque no lo seamos todavía podemos disculparnos simplemente por haber participado en algo que hizo sufrir a quien amamos. Cuando en una pareja una persona se disculpa a menudo y la otra nunca es que algo marcha mal.

15. No perdonar - Las disculpas deben ser aceptadas, ya que el no hacerlo mina la dignidad de la persona que se ha disculpado. Esto no quiere decir que todo deba o pueda ser perdonado. De hecho, en muchas situaciones de maltrato nos encontramos con una forma patológica de perdón basada en la codependencia: la víctima constantemente perdona al maltratador, incluso inventando las disculpas más inverosímiles para el maltrato. Por lo tanto, una condición indispensable para perdonar debe ser que el acto a perdonar haya terminado ya. No se puede perdonar a quien persiste en su conducta. Pero, por otra parte, el no otorgar el perdón merecido puede convertirse en maltrato emocional al perpetuar el sentimiento de culpa de quien lo pide. Quizás lo más apropiado a hacer cuando no se puede perdonar a alguien es romper la relación, en vez de continuarla en la situación de desequilibrio de poder que supone el sentimiento de culpa. Una variante de este tema es cuando las disculpas son aceptadas pero utilizadas en el futuro una y otra vez para recordarle su culpabilidad a quien las ofreció. Esta manipulación de la disculpa es incompatible con el perdón sincero. Hay que saber pasar página.

16. Aislamiento social - En las sectas, una técnica muy común para crear dependencia emocional es la de separar a sus adeptos de su entorno de familia y de amigos. La víctima pierde así los elementos de referencia que le permitirían escapar de la adoctrinamiento de la secta. En una pareja se puede dar una situación similar cuando se quiere separar a la otra persona de sus amigos, normalmente por celos.

17. Presión social - También puede darse el caso de que una de las personas de la pareja se vea absorbida por los amigos y familiares de la otra, que por supuesto tendrán una opinión sesgada en caso de conflicto. La presión social también puede tomar la forma de normas culturales que favorecen a una persona más que a la otra. El machismo es un ejemplo de esto, como cuando la sociedad ve normal que el hombre controle el comportamiento de la mujer. Otro caso es cuando una de las personas de la pareja quiere practicar el BDSM o el poliamor, y la otra persona usa la normativa cultural para impedírselo. A veces esto toma la forma de lo que se denomina en inglés “slut-shaming” (“avergonzar a la zorra”), que consiste en provocar vergüenza a una mujer por su comportamiento sexual contraviniendo normas culturales.

18. Sabotaje - Hay veces en que no se respetan las obligaciones laborales, familiares y sociales de la otra persona en la pareja, de tal manera que se la perjudica indirectamente al impedirle cumplirlas. El caso más típico es cuando una pelea de pareja nos deja tan alterados que no podemos concentrarnos en el trabajo. En ese caso el sabotaje es involuntario e indirecto. Un paso más hacia una relación de maltrato es cuando alguien tiene tan poco respeto y consideración hacia su pareja que no pone el mínimo cuidado en respetar sus horarios de trabajo o el tiempo que le dedica a la familia o los amigos, apropiándose de todo ese tiempo y atención, por ejemplo, forzando citas o conversaciones telefónicas en momentos inoportunos. En situaciones extremas de abuso, el maltratador interfiere directamente con el trabajo o el entorno social de su víctima con acciones dedicadas directamente a destruirlos. Conozco el caso de un marido que llamó al jefe de su mujer diciéndole que ella dejaba el trabajo, en contra de los deseos de ella.

Supongo que muchas de estas cosas os resultarán familiares, bien porque las hayáis sufrido, bien porque las hayáis hecho. Desgraciadamente, son conductas usuales en la pareja. Al confeccionar esta lista no pretendo provocar ninguna caza de brujas. Hay que evitar caer en la auto-culpabilización, el miedo y la vergüenza que, al fin y al cabo, son la base del daño emocional que tratamos de evitar. Todos hemos tenido peleas de parejas en las que hemos intentado asustar y herir a la persona a la que amamos. Este tipo de peleas no deben considerarse como algo normal. Van dejando cicatrices que van socavando la relación, sentando la base para peleas posteriores y volviéndola cada vez menos saludable.

Estas formas de maltrato pueden llevarlas a cabo tanto hombres como mujeres. No quiero entrar aquí a discutir si se da más en un género que en el otro, aunque está claro que al ocurrir en una sociedad sexista hay que tener en cuenta el desequilibrio de poder que esto supone. Quizás los hombres seamos más dados a algunas formas de maltrato, como la coacción, el asustar y la incomunicación, y las mujeres a otras, como el chantaje emocional, los reproches y la presión social. Esto resultaría muy difícil de cuantificar.

Lo que sí me parece importante es señalar que en muchos casos el maltrato es mutuo, aun cuando es desigual. Es decir, que aunque una persona maltrate más que la otra, el contraataque y la venganza no están ni justificados éticamente ni suelen resultar efectivos. En la pareja, esto suele llevar a una intensificación del conflicto en una espiral de abuso creciente que acaba por convertir la relación en tóxica. Lo mejor que puede pasar en estos casos es que se llegue a la ruptura. Sin embargo, hay veces que se acaba por aceptar esta situación como normal: las dos personas están tan obcecadas en la búsqueda de poder que carecen de la claridad mental para salir de esa dinámica.

Claro que cuando estas conductas son profundas, maliciosas y generalizadas, con un profundo desequilibrio de poder entre las dos personas, se llega al abuso psicológico. Al contrario que el maltrato físico, el psicológico no deja marcas ni heridas, por lo que es insidioso y difícil de detectar. A menudo se desarrolla gradualmente y viene acompañado de situaciones de dependencia emocional, de forma que la víctima no reconoce su situación. Puede producir serios daños en la autoestima e incluso llevar al suicidio.

A cada cual le corresponde examinar cuidadosamente su conducta para ir eliminando todo elemento de maltrato. Cuando alguien nos abre el corazón eso lo vuelve extremadamente vulnerable, no debemos traicionar la confianza que se deposita en nosotros haciendo daño. El que lo hagamos de forma inconsciente o por ignorancia no nos disculpa. Si queremos que se nos ame de verdad, debemos aprender a amar. Y eso consiste en hacer feliz a nuestra pareja, no en hacerla sufrir.

lunes, 9 de noviembre de 2015

El Muro de Palabras


Las palabras sirven para comunicarse y la comunicación es esencial en toda relación. Sin embargo, a menudo se usan como armas para atacar a la pareja o a otras personas. En mi vida me he tropezado con demasiada frecuencia con lo que voy a llamar el Muro de Palabras: una persona que habla de forma agresiva durante largos periodos de tiempo de manera que la otra persona se ve obligada a escuchar en silencio y no tiene tiempo de argüir a su favor.

Funciona de la siguiente manera. La persona empieza a hablar y no para por un largo rato, a menudo a base de dar detalles innecesarios y de repetir lo mismo una y otra vez. Si la otra persona la interrumpe, se quejará enardecidamente de la interrupción y luego continuará con su perorata. Sin embargo, usa un doble rasero en lo que concierne a las interrupciones, porque cuando la otra persona consigue finalmente abrir la boca se verá interrumpida enseguida por otra larga diatriba del que lleva la voz cantante, quien súbitamente ha sentido la necesidad imperiosa de clarificar algo que la otra persona acaba de decir. En los casos más extremos que he encontrado del Muro de Palabras, se producía algún silencio ocasional pero en el momento que abría la boca para decir algo mi interlocutor se ponía inmediatamente a hablar al mismo tiempo que yo, bloqueando lo que intentaba decir. De hecho, el Muro de Palabras puede llevar a una situación en la que los dos hablan simultáneamente, una persona intentando desesperadamente hacerse oír y la otra bloqueándola.

 El Muro de Palabras es más difícil de implementar en grupo, pero aun así he visto a una persona tomar el control de una reunión, impidiendo hablar a personas con opiniones contrarias a base de usar su autoridad como coordinadora para darse todo el tiempo de intervención a sí misma.

Quien usa el Muro de Palabras intenta, consciente o inconscientemente, bloquear la comunicación de la otra persona. No está interesado en escuchar, sólo en sermonear. El objetivo es crear un desequilibrio de poder en el que él adopta el papel de un superior sermoneando a un subordinado, como si fuera un adulto riñéndole a un niño o un jefe dándole una reprimenda a su empleado. De hecho, el contenido del discurso en el Muro de Palabras a menudo está lleno de acusaciones. Otras veces quien lo usa se presenta como víctima y el Muro de Palabras se erige bajo la excusa de defenderse contra el presunto maltrato de la otra persona. Por supuesto, puede ser verdad que hay una situación de abuso, pero la manera de evitarla no debería ser el impedirle al presunto maltratador comunicarse. En realidad, el Muro de Palabras es una forma de abuso psicológico en la que el desequilibrio de poder creado por el hecho de que una persona puede hablar y la otra no puede terminar minando la autoestima de la persona silenciada. A menudo, quien lo usa elabora una larga lista de acusaciones que la persona silenciada no tiene posibilidad de refutar. En el peor de los casos, a las acusaciones se le suman amenazas, añadiendo el miedo a las emociones negativas de la culpa y la vergüenza.

¿Qué podemos hacer cuando nos enfrentamos a un Muro de Palabras? No es nada fácil, pues el Muro de Palabras de por sí impide cualquier solución basada en la comunicación. Ahí van algunas ideas:

1. Pídele a una tercera persona que medie en la conversación. Lo mejor es que el mediador esté enterado del problema para así poder arbitrar igualdad de tiempo para hablar. Sin embargo, hay que tener en cuenta de que quien está acostumbrado a usar el Muro de Palabras intentará meter al mediador en su dinámica con protestas de que se le trata injustamente, y al final puede terminar bloqueando la comunicación del propio mediador.

2. Vete. A veces una persona usa el Muro de Palabras sólo cuando está irritada o a la defensiva. En esos casos, postergar la conversación para otro momento donde los ánimos están más calmados soluciona el problema. También puede ser que el intentar hablar con alguien que usa el Muro de Palabras simplemente no valga la pena, pues continuar la conversación en esas circunstancias es una afronta a la dignidad de la persona silenciada.

3. Pregúntate si tú eres parte del problema. Por supuesto, el Muro de Palabras es abusivo, pero a veces se puede usar como mecanismo de defensa contra algo que puedes estar haciendo tú. Obviamente ella no quiere escucharte, pero quizás lo haga por miedo a que algo que puedas decirle vaya a herirla. Aunque tú no uses el Muro de Palabras, eso no te impide soltar amenazas o acusaciones.

4. Usa una palabra de seguridad para indicarle a una persona dada a usar el Muro de Palabras que lleva hablando demasiado tiempo y que le ha llegado el turno de escucharte. Por supuesto, esto depende de que esa persona haya reconocido el problema.

5. Señala el problema diciendo “estás usando un Muro de Palabras”. A menudo el inventar un nombre para un problema ayuda mucho a reconocerlo. Palabras como “sexista”, “homofóbico” y “chantaje emocional” han funcionado muy bien como señales de situaciones de maltrato.

Si se te ocurren algunas otras soluciones, por favor indícalas en los comentarios.


miércoles, 22 de enero de 2014

Nadie tiene la pistola

Nadie tiene la pistola.
Nadie intenta desenfundar el primero.
Nadie está en mitad de la calle
bajo el sol abrasador
diciendo: “Sólo hay sitio para uno de los dos
en este pueblo”.
Nadie tiene por qué ser el primero.
Nadie tiene por qué ser el primero.
Nadie tiene la pistola.
Nadie tiene la pistola.

Puede que ella no te entienda.
Y puede que ella quiera tenerte comiendo de su mano.
Si te tiene acorralado
y puedes oler el humo y las llamas
echas mano a tu revolver
para hacerle lo mismo.
Y acabarás con tu amor para siempre, Número Uno.
Y acabarás con tu amor para siempre, Número Uno.
Nadie tiene la pistola.
Nadie tiene la pistola.

Puede que pienses que el amor es demasiado difícil,
nunca puedes ensayar,
y que puedes pasar de todo esto
echándolo todo a perder.

Ella es igual que tú.
Quiere tu amor como tú quieres el suyo.
No puedes jugar al póker
con una pistola en la manga.
No puedes hacer que alguien te quiera
amenazando con dejarla.
Si quieres amar para siempre, Número Uno.
Si quieres amar para siempre, Número Uno.
Nadie tiene la pistola.
Nadie tiene la pistola.

Nobody's got the gun, por Mark Knopfler



¿Lo tengo que explicar?

Muchas veces en la relación de pareja nos sentimos amenazados. Atacados. La relación se ha vuelto demasiado asfixiante, pone en peligro nuestra autonomía personal. Cuando nos sentimos acorralados, echamos mano de nuestras mejores armas, embestimos a ciegas... Contra la persona que más nos quiere. Nos creemos que estamos en un duelo de los del Oeste, de los que sólo uno puede salir vivo. Cuando en realidad, lo peor que podemos hacer es alejar a quien amamos.

Cada pelea de pareja deja sus cicatrices. Los rencores de viejas heridas se van acumulando con los años y al final acabamos con una relación muy rara, donde se mezclan el amor y el resentimiento. Si nos diéramos cuenta del precio que pagamos por cada pelea, las evitaríamos como la peste.

Muchas veces he echado mano de esa frase tan simple, pero tan sabia: "No puedes hacer que alguien te quiera amenazándola con dejarla". Las amenazas y los ultimatums sólo son destructivos. Lo único que vale es hablar, comunicarse. Saber ceder un poco, no convertirlo todo en una pugna por el poder. Si lo que deseas es amor, tienes que dar amor.

(Para leer la versión en inglés de la canción, pincha en la pestaña "In English" para ir a la parte en inglés del blog)


sábado, 2 de noviembre de 2013

Cómo reconocer el maltrato en las relaciones de dominación/sumisión

Existen pocas cosas en las que todo el mundo esté de acuerdo en el mundo del BDSM, pero afortunadamente una de ellas es la necesidad de demarcar claramente la diferencia entre una relación BDSM sana y una relación basada en el abuso y la explotación. Para ello se ha llegado a un acuerdo basado en los parámetros de “seguro, sensato y consensual” (SSC). En líneas generales, esto quiere decir que no debe producirse lesiones físicas graves (“seguro”), que no debe haber daño ni manipulación emocional (“sensato”) y que todo lo que ocurre se realiza con el consentimiento de los participantes (“consensual”). Hay que admitir, de todas formas, que aún existe una cierta controversia sobre el significado exacto del SSC. Hay personas y parejas que quieren vivir el BDSM de forma extrema, lo que les lleva a hacer cosas que la mayoría juzgaría que rompen el SSC pero que dada la experiencia y la trayectoria personal de esas parejas pueden ser perfectamente éticas y legítimas. Sin embargo, hay otros casos en los que existe un claro abuso, maltrato y explotación. El leer varios ejemplos de esto en círculos BDSM de internet me ha llevado a escribir este artículo, que espero que sirva de punto de reflexión sobre este tema. No voy a hablar aquí de casos de violación y abuso sexual realizados con el uso descarado de la coacción y la violencia, sino de formas más sutiles de maltrato que se basan en la manipulación mental y que precisamente por eso pueden resultar más dañinas.

Creo que el maltrato dentro del mundo BDSM no es muy distinto del que se da en relaciones vainilla, y no existe evidencia de que sea más frecuente. Pero sí es verdad que por su propia naturaleza el BDSM facilita los maltratos. Primero, existen una serie de mitos y discursos sociales dentro de la cultura BDSM que dificultan el reconocimiento de la situación de maltrato. Segundo, la falta de aceptación del BDSM por la sociedad en general dificulta que las víctimas puedan denunciar el maltrato, pues para hacerlo deberán revelarse como aficionadas a estas “perversiones” y exponerse a ser doblemente victimizada por ello. Por otro lado, aunque se ha escrito mucho sobre el maltrato en la pareja, muchas de las descripciones que se hacen del maltratador invitan a pensar que las relaciones BDSM son abusivas, cuando esto está muy lejos de la realidad (como ya expliqué en este artículo Sadomasoquismo y violencia de género). Por estas razones, pienso que es muy importante abordar el tema del maltrato en el contexto exclusivo de una relación BDSM.


Con el ánimo de alertar a potenciales víctimas y de llamar la atención sobre el tema al colectivo BDSM, he confeccionado una lista de los síntomas que potencialmente pueden conducir a situaciones de abuso amparadas en un falso BDSM. Esta lista no pretende ser ni mucho menos exhaustiva y se basa en mis observaciones personales y en los comentarios que he ido leyendo por internet. Por lo tanto, debe considerarse sujeta a discusión y como un proyecto en curso. Las características no se refieren a comportamientos puntuales, sino modos de acción globales. El que una persona posea una o dos de ellas quizás no sea causa de alarma, pero varias juntas deben encender la luz roja. Me refiero al maltratador en género masculino y a la víctima en género femenino porque lo más frecuente es que el hombre maltrate a la mujer, pero eso no excluye que exista el abuso entre todo tipo de combinaciones de géneros.
  1. Considerar los límites de la sumisa como algo a superar. Una de las características esenciales del maltrato es que no se respete la consensualidad. El maltratador verá tus límites como un desafío al control absoluto que quiere ejercer sobre ti e intentará por todos medios desgastarlos o romperlos directamente.
  2. Problemas con la “palabra de seguridad”. La primera pista que suelen dar muchos maltratadores en el mundo BDSM es que objetan al uso de la palabra de seguridad. Es lógico que lo hagan, pues la palabra de seguridad es la mejor herramienta de la que dispone la sumisa para asegurarse de que se respeta su consentimiento en todo momento. Es cierto que hay parejas BDSM que no usan la palabra de seguridad, bien porque para ellos decir “¡para!” es suficiente, bien porque han evolucionado con el tiempo a una relación extrema de D/s donde la sumisa se abandona completamente en la confianza que deposita en el Dominante. La señal de peligro es cuando el Dominante se niega a que uses la palabra de seguridad al principio de una relación. Otras veces se dificulta el uso de la misma, exigiendo que se use lo menos posible, haciendo pagar un precio por su uso (decir que no eres lo suficientemente sumisa, terminar la sesión, mandarte a casa…), o respondiendo con enfados y peleas.
  3. Establecer un tipo de relación extrema para el que no está preparada la sumisa. Normalmente las relaciones BDSM progresan a través de varias etapas. Se empieza haciendo sesiones de juegos ligeros… unos pocos azotes, algo de bondage, ordenar algo que estás desando hacer de todas formas. A lo largo de meses, las sesiones se van haciendo más largas y más intensas, y algunos elementos empiezan a introducirse en la vida real. Si los dos participantes deciden evolucionar a una relación D/s de tiempo completo (también llamada 24/7), esto se va estableciendo de forma gradual, introduciendo órdenes y disciplinas una a una y explorando las consecuencias. Muchas parejas deciden no entrar en esa etapa. Muy pocas llegarán a la relación Amo/esclava, conviviendo en servidumbre total. El maltratador buscará saltarse toda esas etapas intermedias y establecer una relación D/s a tiempo completo de entrada, o incluso de Amo/esclava.
  4. Provocar sentimientos de culpa. El peor maltratador es el que usa métodos de manipulación psicológica para controlarte, y una de las formas más eficaces de hacerlo es a través del sentimiento de culpa. A veces te salen por donde menos te lo esperas. Por ejemplo, puede decirte que le has hecho mucho daño, que has herido sus sentimientos. Si, como haría cualquier persona normal, dices que lo sientes, establece una dinámica en la que continuamente tienes que expiar esa falta, además de tener que tener cuidado para no herir sus sentimientos otra vez. Eso te pone a la defensiva. Se cuestiona tu comportamiento, pero nunca el de él. Una de las acusaciones más frecuentes es que no eres suficientemente sumisa, que no te entregas completamente a él. La sumisión se convierte en una obligación, en algo que define tu valor como persona en lugar de ser una elección que haces porque te hace feliz.
  5. Hacerte romper con tu entorno social. Esta es una técnica muy usada por las sectas: se te convence de que tu familia y tus amigos no te convienen, que ellos tienen la culpa de lo mal que te ha ido hasta ahora. Tienes que romper con ellos e integrarte en el nuevo entorno social del maltratador. Con ello se te priva del referente de personas que te pueden aconsejar y se te pone en una situación de máxima vulnerabilidad psicológica.
  6. Aliarse con sus amigos para manipularte. Los maltratadores más sofisticados se arropan en un entorno de gente que piensa y hace como ellos. Confirman sus mutuas mentiras y pueden llegar a organizar elaborados esquemas de manipulación y presión psicológica. Se impone la “ley del rebaño” y nadie se atreve a romper la disciplina y la lealtad al grupo, aún enfrentados a situaciones moralmente repugnantes. También se suelen cultivar creencias y mitos colectivos (por ejemplo, la supremacía masculina) que justifican el comportamiento abusivo.
  7. Secretos. El maltratador enseguida te exigirá que guardes meticuloso secreto de todo lo que pase entre tú y él. Eso te privará de la posibilidad de buscar consejo y contrastar lo que él te hace con lo que hacen otras parejas o la comunidad BDSM. Es normal que algunas cosas queden en la privacidad del dormitorio, pero el excesivo secretismo debe ser una señal de alerta.
  8. Exageraciones y mentiras. Los maltratadores no suelen ser personas honestas, sino que viven rodeados de una espesa red de exageraciones, verdades a medias y mentiras. Eso suele tener la función de presentarlos como algo que no son en realidad. Te hará creer que es un hombre atractivo, que muchas mujeres están detrás de él, que tienes una gran suerte en que te haya elegido y que perderás muchísimo si te deja. Todo esto nace de la baja autoestima y la inseguridad que son el origen del comportamiento manipulador, que él compensa con un ego hipertrofiado que necesita ser apuntalado en todo momento.
  9. Celos. La posesividad y los celos suelen formar el núcleo central del maltrato, su fuente de origen. Si leemos cuidadosamente las noticias de esos crímenes en las parejas, siempre encontraremos que los celos juegan un papel fundamental en ellos. Los celos son una emoción normal que casi todo el mundo siente en un momento u otro de su vida. Lo que no es normal es que los celos se conviertan en una sospecha continua, en algo que influye en todas las cosas que se hacen. Una buena señal de que las cosas se están saliendo de madre son los celos retroactivos: que él no soporte la idea de que has tenido relaciones con otros hombres en tu pasado y querer hacerte admitir lo malas que fueron.
  10. Ataques y faltas de respeto a otras personas. “Si quieres saber cómo te tratará tu novio, mira cómo trata a su madre”, dice el saber popular. Si ves que él es una persona violenta y agresiva, que le falta al respeto a completos desconocidos por cualquier nimiedad, que empieza peleas de tráfico, en los bares o en los foros de internet, ¿qué te hace pensar que va a comportarse de forma distinta contigo en la intimidad? Presta especial atención a cómo trata a otras mujeres, y a cómo terminaron sus relaciones anteriores. Si además de todo eso empieza a tener explosiones de ira incontrolada cuando está contigo, es mejor que termines la relación cuanto antes.
  11. Consumo de drogas. Es sabido que el consumo de drogas es incompatible con las sesiones de BDSM, pues ésta requieren una mente clara y despejada por parte del dominante y la capacidad de procesar sensaciones y emociones de forma normal por parte de la sumisa. Sin embargo, no es raro encontrar dominantes que consumen drogas estimulantes como la cocaína y las anfetaminas para tener una experiencia más intensa y placentera. Por otra parte, la manera más fácil de abusar de una sumisa es inducirla a tomar drogas que disminuyen su capacidad crítica y debilitan su voluntad.
  12. Tomar control de detalles esenciales de tu vida: dinero, trabajo, vivienda, etc. Lo pueden hacer bajo el pretexto de hacerte un favor, de ayudarte a manejar tus finanzas y a encauzar tu vida. Algunas sumisas entran en la relación en una situación de debilidad económica. El peligro es claro: una vez que el maltratador controle alguno de estos aspectos esenciales de tu vida, escapar de la relación se volverá enormemente difícil. Requerirá ayuda externa, y si él también ha conseguido que rompas con tu entorno social, se volverá prácticamente imposible.
¿Qué hacer cuando se detectan estos síntomas? Si la relación está empezando y las señales son claras, lo mejor es cortarla lo antes posible. Sin embargo, el romper no es siempre la mejor opción y hay relaciones que merecen la pena ser rescatadas. En ese caso mi consejo sería limitar drásticamente la relación D/s hasta que puedan establecerse parámetros más seguros: cambiar la sumisión a tiempo completo (24/7) por juego en sesiones; establecer límites claros y una palabra de seguridad; que la sumisa retome el control sobre su vida y sus relaciones; que el Dominante analice su actitud y sus motivos, etc. Si es posible, es bueno integrarse en una comunidad BDSM, participando en reuniones y buscando amistades que entiendan la dinámica D/s y puedan prestar consejo. No hay que ver las cosas en términos de blanco y negro, bueno y malo. Sí, hay maltratadores que no van a ser reformados fácilmente. Pero también hay hombres confundidos, ignorantes, con actitudes emocionales malsanas, o que han asumido mitos sin darse cuenta de las consecuencias que tienen. Estos últimos se alegrarán a la larga de ser educados en cómo practicar el BDSM de forma segura, sensata y consensual.

Referencias:

Jozifkova E (2013) Consensual sadomasochistic sex (BDSM): the roots, the risks, and the distinctions between BDSM and violence. Curr Psychiatry Rep 15:392.
http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/23933978
http://download.springer.com/static/pdf/581/art%253A10.1007%252Fs11920-013-0392-1.pdf?auth66=1395426681_0faec7450aa5a553251808bf04e8a055&ext=.pdf

domingo, 3 de marzo de 2013

Sadomasoquismo y violencia de género



Viene en el periódico El Mundo que Rosario Ballester, la coordinadora del Instituto Andaluz de la Mujer en Huelva, acusa al sadomasoquismo, y en particular a la popular novela erótica “50 Sombras de Grey”, de promover la violencia de género. 

"El Instituto Andaluz de la Mujer vincula las 'Sombras de Grey' con la violencia de género"
http://www.elmundo.es/elmundo/2013/01/27/andalucia/1359302899.html
 
Afortunadamente, los comentarios de los lectores reflejan casi unánimemente su indignación ante semejante aserción. Una excepción, sin embargo, es la lectora que firma con el pseudónimo de LeeRemick (comentarios 22-25, 38-40). Dejando a un lado los ataques a los zapatos de tacón, que no vienen al caso, éstas son las cosas que dice LeeRemick sobre el sadomasoquismo:

“El s/m es una parafilia (sadismo y masoquismo sexual, respectivamente) por lo tanto no se debería hacer apología, como de la pedofilia o pederastia. Me ha llamado la atención en la Sexta una psicóloga diciendo que esto es distinto a la violencia machista porque es consentido ¿acaso el maltrato doméstico no es a menudo consentido durante años? Se están anteponiendo los deseos y fantasías sexuales de las personas en la industria del porno y la literatura erótica (que ya sabemos que incluyen violaciones, etc), en vez del bien común y la educación social dirigida a la prevención de delitos sexuales y eso es un grave error. Luego la gente se pregunta cómo hay tanto detenido en las operaciones de pornografía infantil... hombre, es que debe haber prevención (la apología de la pederastia en España no es delito), solo a base de cárcel o multas, no se hace nada. La gente no tendría las fantasías sexuales aberrantes que tiene si la industria del porno y la cultura sexual que hay (que en Europa arrastramos desde el marqués de Sade) fuera diferente. (…) No hay que olvidar que a veces ambos miembros de la pareja no son parafilicos en el sentido s/m (a veces uno es el sádico y empuja al otro a la sumisión); o sea, que la normalización social de las parafilas es un error en tanto que si tu pareja es sádica, no le puedes mandar a terapia (y menos con los psicólogos progres que tenemos ahora, que todo lo ven normal a menos que "no haya consentimiento" como si lo legal se equiparara a lo normal), si no que la única alternativa que te dan es la adaptación a su parafilia (masoquismo).”

Creo que vale la pena analizar cada una de estas afirmaciones por separado:

1.      La supuesta relación entre el sadomasoquismo y la pornografía infantil. No existe tal relación; ésta es una acusación falsa que se hace a menudo contras formas de sexualidad que se no se pueden condenar con otros argumentos. Cabe recordar que durante décadas se acusó a los homosexuales de ser pederastas. Ahora sabemos a ciencia cierta quienes son los auténticos pederastas: precisamente muchos de los curas que hacían tales acusaciones.

2.      La industria porno causa el sadomasoquismo. Esta es una simple confusión de causa y efecto. Si no existieran gente con fantasías sadomasoquistas, no habría pornografía sadomasoquista. Y a la inversa: a los que no tienen tendencias sadomasoquistas no les gusta este tipo de pornografía. Finalmente, si el sadomasoquismo no es malo, tampoco tiene porque serlo la pornografía S/M.

3.      Si uno de los miembros de una pareja es sádico eso condena al otro miembro a ser masoquista. No es verdad. Eso implicaría una relación S/M no consentida, lo que es condenado por la inmensa mayoría de los sadomasoquistas.

4.      “Si tu pareja es sádica, no le puedes mandar a terapia”. ¡Pues claro que no! Hacerlo sería una grave violación de su libertad personal.

5.      El maltrato doméstico a menudo es consentido, por lo que el consentimiento no disculpa las prácticas sadomasoquistas. He dejado esto para el final porque es quizás el argumento más convincente. Creo que esto es algo a lo que los que defendemos el S/M deberíamos prestar más atención.

Es cierto que en numerosos casos de violencia de género se crea una relación de codependencia donde la mujer disculpa o “perdona” al hombre que la maltrata. Sin embargo, esto es muy distinto del consentimiento que se requiere en las relaciones sadomasoquistas. En el S/M el consentimiento ha de darse antes de la sesión, y puede retirarse en cualquier momento con el uso de una palabra de seguridad. Por el contrario, el maltrato ocurre sin ningún consentimiento previo y la maltratada es incapaz de interrumpirlo.

Todos los que estamos en contacto con el mundo S/M sabemos que las sesiones S/M tienen lugar de una manera completamente distinta al maltrato. Se dan con un espíritu lúdico, ritual y controlado, no de ira, celos o venganza. El sádico no está enfadado con la sumisa, aunque a veces finja estarlo. Cada golpe está perfectamente estudiado para conseguir un determinado efecto, sin que se produzca daño grave o más dolor que el que quiera soportar el masoquista. Porque hay que recordar que el consentimiento es sólo uno de los tres parámetros que hacen que el S/M se desarrolle de una forma ética. Los otros dos parámetros son seguridad y cordura (“safe, sane and consensual” en inglés). La seguridad consiste precisamente en que no se produzcan lesiones graves (daño a los músculos, órganos internos, huesos o articulaciones). Para ello el sádico debe de aprender cómo realizar estas prácticas de forma segura: cómo pegar, cómo atar, cómo usar los distintos implementos. La cordura consiste en que tampoco debe haber daño emocional o psicológico. En particular, el dominante se abstendrá de usar las debilidades emocionales de la sumisa para coartar su libertad o crear dependencia. Los requisitos de seguridad y cordura deben cumplirse sobreañadidos al requisito de consentimiento del masoquista. Es decir, que no se debe hacer nada que no sea seguro o cuerdo aunque la sumisa consienta a ello, o incluso lo pida.

Por el contrario, en la violencia doméstica el maltratador pierde el control sobre sus actos; está presa de una ira irracional. A menudo está borracho, bajo el efecto de drogas o presa de un ataque de celos. Golpea sin ton ni son, sin preocuparse del daño que ocasiona o incluso deseando causar el mayor daño posible. Y las disculpas o el “perdón” de la maltratada no son más que evidencia de un abuso emocional que ha creado una situación de dependencia. No pueden confundirse con el consentimiento dado de antemano.

Por supuesto, no existen garantías de que todas las relaciones S/M cumplan estos requisitos. Pero la mayoría sí lo hacen, porque se ha creado una cultura y una comunidad BDSM a nivel internacional que lo exige. Y, de no cumplirse, la propia comunidad BDSM es la primera en marginalizar a los infractores y denunciarlos como maltratadores. A fin de cuentas, los masoquistas también forman parte de esa comunidad y es en su propio interés que se respeten estas normas.