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viernes, 20 de noviembre de 2015

Cuarenta años de la muerte de Franco


El tópico es que la dictadura del General Franco sobre España duró cuarenta años. "Los Forrenta Años”, como se titulaba una serie de libros de cómics de Forges. Por eso cabría esperar que hoy que se cumplen cuarenta años de la muerte del dictador hubiera al menos algún comentario en la prensa sobre lo lejos que ya se nos va quedando la dictadura. Pero, no, parece que los atentados de París, la crisis de refugiados de Siria y el independentismo catalán copan todas las noticias.


Ya van quedando muy pocas personas que sufrieran en su carne la Guerra Civil y los primeros años de la dictadura. Somos más los que crecimos en los últimos años del franquismo y recordamos a Franco como un viejo decrépito que apenas podía hablar bien. Los símbolos del nacional-catolicismo más que miedo nos inspiraban una cierta sensación de ridículo. Pero los primeros años de la dictadura fueron un auténtico horror de fusilamientos en masa, encarcelamientos, torturas, pobreza y hambre. Por eso, me gustaría conmemorar la muerte del dictador recordando una de las facetas más horribles del principio de la dictadura: la suerte de los exiliados españoles en los campos de refugiados creados para ellos en Francia.

Además, de paso me sirve para enfocar dos temas de actualidad. El primero es el de los refugiados sirios. No nos viene mal recordar que un día los españoles también tuvimos que escapar de una guerra horrible y que no se nos acogió demasiado bien en el país vecino. El segundo tema es el del independentismo catalán. Quizás debamos recordar que fuimos todos los españoles los que luchamos a brazo partido contra el fascismo y a favor de la democracia. Madrileños, castellanos, valencianos y andaluces lucharon y murieron junto con los catalanes y los vascos. Al contrario de los que dicen algunos reinventores de la historia, el franquismo no fue español, ni madrileño, ni castellano. Franco tuvo que contratar mercenarios marroquíes y buscar la ayuda de soldados fascistas italianos y aviones alemanes para luchar contra nosotros, el pueblo español. En frente de la guerra se instaló en las puertas de Madrid, en el campus de la Complutense y en la Moncloa, en el otoño de 1936. Y Madrid, contra todo pronóstico, resistió hasta el final de la guerra, a finales del invierno del 39, cuando Bilbao y Barcelona ya habían caído en manos de los fascistas.


La última fase de la Guerra Civil empezó a finales de 1938. El Frente del Ebro, en el que los republicanos había puesto sus últimas esperanzas, se colapsó. Los franquistas ya habían conseguido llegar hasta el Mediterráneo siguiendo el Ebro y así separar a Cataluña del resto de la España republicana. A partir de ahí se movieron hacia el norte, tomando Tarragona. Los milicianos republicanos no podían resistir a un enemigo muy superior en armas y efectivos, y el pánico cundió en Cataluña. Cientos de miles de personas huyeron hacia la frontera con Francia. Aunque catalanes en su mayoría, iban acompañados de otros españoles que habían ido a refugiarse en Cataluña.

En total, se calcula que unas 460,000 personas cruzaron la frontera a Francia ese invierno. Para poner esa figura en perspectiva, pensemos que la población de España en esa época era inferior a los 20 millones de personas, con lo que los exiliados representaban el 2.3% de la población de España. Además, no era la primera vez que se producía un éxodo semejante. Refugiados españoles ya habían huido a Francia con la caída del País Vasco, Santander y Asturias. ¿Por qué huían? Por malo que fuera, vivir en la dictadura sin duda sería mejor que hacerlo en un campo de refugiados. Al principio de la guerra Franco había promulgado la Ley de Responsabilidades Políticas, con la que se condenaba a la cárcel o incluso a muerte a cualquiera que hubiera participado en el gobierno de la República o militado en un partido político o sindicato de izquierdas. De hecho, era sabido que la toma de ciudades por los fascistas iba seguida por fusilamientos, torturas, violaciones y encarcelamientos en masa. En total, se calcula que más de 100,000 personas fueron asesinadas por el franquismo después del final de la guerra. Para muchos, era exiliarse o morir.


Pero el destino de los exiliados fue muy penoso. Gobernados por la derecha, los franceses los retuvieron en campos de concentración en las playas del sur de Francia, como el de Argeles-sur-Mer que describe de forma espeluznante Almudena Grandes en su magnífica novela El corazón helado. También hubo campos de refugiados en otras localidades de Francia, donde los exiliados estuvieron años sufriendo privaciones. El gobierno francés colaboró con los franquistas para conseguir que muchos refugiados volvieran a España, donde fueron internados en “campos de purificación” de acuerdo con la infame Ley de Responsabilidades Políticas. En total, unas 280,000 personas volvieron a España; aproximadamente la mitad de los exiliados. Otros consiguieron emigrar a algún país de acogida, sobre todo Méjico, que se portó de forma ejemplar con nosotros. Unos pocos se integraron en la sociedad francesa y un número considerable murieron. El poeta chileno Pablo Neruda consiguió enviar 2,200 refugiados españoles a Chile. Al final de la Segunda Guerra Mundial, en 1944, todavía quedaban en Francia 162,000 refugiados españoles, un 35% de los exiliados.


Si queréis aprender más de esta triste historia, podéis encontrar más información aquí http://www.exiliadosrepublicanos.info/es/historia-exilio .

No debemos olvidar nunca el horror que Franco, junto con sus colaboradores en las clases pudientes y la Iglesia Católica, desencadenó en España. Mientras el fascismo llegó al poder sin grandes problemas en Italia y en Alemania, casi un millón de españoles dieron su vida para luchar contra él. Quizás la memoria de este heroísmo y de nuestra determinación para seguir siendo un pueblo libre, democrático y justo debería servir para mantenernos unidos en estos momentos difíciles.



sábado, 13 de diciembre de 2014

Dios no es bueno

Vista de la estación de esquí de Valdesquí desde La Bola del Mundo, con Peñalara al fondo
Éste es un fragmento del capítulo 2 (Cumplir la penitencia) de mi novela Juegos de amor y dolor. Contiene una sesuda conversación entre la protagonista, Cecilia, y Julio, un chico que está enamorado de ella. Cecilia ha sido adoctrinada durante toda su juventud por el Opus Dei pero últimamente está pasando por una crisis de fe. Julio es agnóstico y aquí le presenta argumentos muy sólidos contra la existencia del Dios del cristianismo. He añadido a este fragmento tres notas que no aparecen en la novela. La siguiente edición de esta novela incluirá notas como estas hiper-enlazadas desde el texto. No sé cuándo publicaré esta tercera edición, ya que la voy preparando al mismo tiempo que traduzco la novela al inglés.

***

Una vez en las pistas de Valdesquí, Cecilia bajó esquiando hasta la taquilla a comprar el abono. Luego tuvo que soportar varias colas interminables hasta que consiguió volver a lo alto de la montaña. Se puso a esquiar en la pista de Valdemartín, la más difícil, pero incluso allí había demasiada gente. Empezó a volverle el mal humor y la frustración de los días anteriores. Para colmo, mientras esperaba en la cola del telearrastre un imbécil derrapó encima de ella y la tiró al suelo. Iba a empezar a gritarle, pero se quedó con la boca abierta, confundida. Era Julio. Se echó a reír.

-¡Pero bueno! ¿Tú qué haces aquí?

-Es que me gusta esquiar, ¿no te lo había contado?

-¡Tonto, como no lo voy a saber! Pero… ¡qué casualidad que hayamos subido el mismo día! Y luego encontrarnos en medio de tanta gente, ¿no?

-De casualidad nada. Te vi desde el telearrastre y llevo dos bajadas intentando alcanzarte. ¡Si es que esquías como una loca, chica!

-Pues mira lo que has conseguido: ahora tendré que confesarme de haberte visto otra vez.

-Pues lo siento… A lo mejor, si me voy enseguida, no cuenta.

-Sí que cuenta, así que quédate, total… Además, me has puesto de buen humor. Llevaba un montón de días echando humo por las orejas.

-¿Y eso?

-No sé… Tengo parciales, y esta vez me está costando mucho trabajo estudiar. Me distraigo continuamente. Intento esforzarme y sólo consigo ponerme de mal humor. No sé lo que me pasa…

Sabía que no era una buena idea hablarle de eso, precisamente a él. Pero es que si no se lo contaba a alguien iba a explotar. Julio se le acercó, le puso la mano en el hombro y le dijo al oído:

-Yo sí que lo sé.

-¿Ah, sí? ¿Qué?

-Te pasa lo que a mí, que me he enamorado… de ti, Cecilia. Ya te lo dije.

Se le quedó mirando, boquiabierta, sin saber si lo decía en serio o en broma.

-¿Te crees que estoy todo el rato pensando en ti? ¡Eres un engreído!

-¿Acaso no es eso? Dime la verdad. Tú nunca mientes.

-Bueno, sí que pienso un poco en ti -le confesó-, pero también en otras cosas.

-No se le pueden poner barreras a los sentimientos, Cecilia. Por eso no puedes concentrarte. A mí me pasa lo mismo: estoy todo el rato pensando en ti.

-¿Tú tampoco puedes estudiar?

-Bueno, me las apaño… A veces me pongo a soñar despierto contigo, pero al cabo de un rato se me pasa y me puedo volver a poner a estudiar. Claro que sería mejor poder verte de vez en cuando… Yo creo que a ti también te vendría bien, seguro que así estudiabas mejor.

Les llegó el turno de coger el remonte. El telearrastre era para dos: una especie de ancla de madera en la que cada esquiador se colocaba a un lado del poste central.

-No Julio, ya te he dicho que lo nuestro no pude ser -le dijo cuando se pusieron en marcha.

-¿Y por qué no?

-Porque me lo prohibió mi confesor. Dice que eres una mala influencia.

-Pues en eso tengo que darle toda la razón.

-¡Tonto! Te estoy hablando en serio.

-Y yo también. Desde su punto de vista, no puedo ser peor para ti: alimento tus dudas de fe y te seduzco con mis apabullantes encantos.

-Y encima me haces reír.

-Bueno, eso no es pecado.

-Contigo seguro que sí. Bueno, ahora en serio… Don Víctor me dijo que alguien no puede ser buena persona si no es creyente. Yo se lo discutí: hay personas que no son creyentes y que sin embargo hacen el bien. Por otro lado, hay cristianos que han hecho cosas horribles. La cosa se puso fea cuando sugerí que la propia Iglesia ha sido cómplice de muchas atrocidades.

-¡Qué quieres que te diga! Tienes toda la razón, por supuesto. Pero tienes que entender el problema en profundidad. Hay dos escalas de valores, la religiosa y la humanista. Por un lado, los cristianos definen el bien como la voluntad de Dios, que por lo visto consiste en que creamos en Él; por lo tanto, alguien que no cree no puede ser bueno. Por otro lado, los humanistas definen el bien como algo que beneficia a los seres humanos, con lo que todo el mundo puede hacer el bien y no hace falta la fe.

-Sí, es lo mismo que me explicaste en el hotel de Perpiñán.

-¡Huy! No quería sacar a colación esa noche… Ya sé que no te gusta que te la recuerde.

Cecilia suspiró.

-¡Bueno, ya no tiene remedio! Y la verdad es que tuvimos una conversación muy interesante hasta que… Pero sigue con lo que me estabas contando.

-Pues eso… Para los católicos, las acciones apenas tienen importancia si no hay fe. Algunos protestantes incluso lo llevan al extremo, dicen que la fe es lo único que importa, las acciones no cuentan para nada. De una forma u otra eso lleva a problemas prácticos muy peliagudos. Si los no creyentes somos malvados, entonces está justificado hacernos la guerra, o recurrir a todo tipo de coacciones y amenazas para hacernos creer.

Llegaron al final de la subida. Cecilia se desenganchó del telearrastre y dio dos pasos de patinador a la izquierda.

-¡Sígueme! -le gritó a Julio.

Valdesquí - La flecha indica la roca bajo la cual tiene lugar la conversación de Cecilia y Julio
Fue costeando hacia dos grandes escarpaduras de roca que hay casi en la cima del cerro de Valdemartín. En un lugar tranquilo bajo ellas se echó en la nieve, clavando la cola de los esquíes para hacer una V, las piernas en alto. Julio la imitó. Los dos se quedaron mirando al cielo, que conforme avanzaba el día se había vuelto cada vez más azul.

-Este es mi sitio favorito -le dijo a Julio-. Siempre vengo aquí a relajarme y a disfrutar de la paz de la montaña.

-Bueno, relativamente; aún se oye el ruido del telearrastre. Yo sí que he estado en sitios de montaña donde no se ve un alma y solo se oye el ruido del viento.

-Pero para estar en una estación de esquí, no está nada mal, ¿no? … En cuanto a lo que me decías antes, creo que estás equivocado. No hay contradicción entre las dos definiciones del bien que tú me has dado, porque la voluntad de Dios es precisamente que hagamos el bien a los demás. En eso consiste el humanismo cristiano.

-El humanismo cristiano no es más que una quimera, un invento reciente para responder a las críticas de los humanistas de verdad. El humanismo es una filosofía en la que el hombre es lo más importante; si lo más importante es Dios, yo no es tal humanismo. En cualquier caso, esa solución que tú me has dado lleva a un problema aún más peliagudo. Un problema que los teólogos cristianos nunca han logrado resolver: el de la teodicea.

-¿Teodicea? ¿Qué es eso?

-Teodicea quiere decir defensa de Dios. Es un término que inventó Leibniz (1)…

-¿El matemático que inventó el cálculo diferencial?

-Sí, aunque también fue un gran filósofo. Mucha gente se refiere a este problema como el problema del mal, pero yo creo que es más adecuado llamarlo el problema de la teodicea, porque lo que está en cuestión, en definitiva, no es si existe el mal sino si existe el Dios bueno en el que creéis los cristianos.

-¡Pero eso es absurdo! ¿Cómo no va ser Dios bueno?

-Bueno, vamos a verlo… Partimos de la base de que Dios es omnisciente, omnipotente y el creador del mundo. ¿De acuerdo?

-Eso es evidente, ¿no?

-Muy bien. El caso es que existe el mal en el mundo: enormes cantidades de enfermedades, muerte y sufrimiento. Si Dios ha creado el mundo, también ha creado el mal. No se le puede disculpar a Dios diciendo que Él no se da cuenta del sufrimiento que causa, porque si no lo supiera, no sería omnisciente. Y tampoco se pude decir que Dios no puede hacer nada para remediar el mal del mundo, porque si eso fuera verdad, no sería omnipotente. Por lo tanto, la única conclusión posible es que Dios creó el mal siendo consciente de lo que hacía, por lo tanto, Dios no es bueno.

-¡No puede ser! Tiene que haber algún fallo en ese razonamiento. Dios tiene que ser bueno porque Él mismo es el que decide lo que está bien y lo que está mal.

-¿Ves? Volvemos a lo que te decía antes: esa es la definición religiosa del bien. La definición humanista del bien es lo que es bueno para los seres humanos. Por lo tanto, si quieres, la existencia del mal en el mundo pone de manifiesto que la definición religiosa y la definición humanista del bien son mutuamente incompatibles, al contrario de la lo que tú me decías antes.

-Todo eso es un planteamiento muy simplista. Se basa en nuestro desconocimiento de la naturaleza del mal. Si lo comprendiéramos, entenderíamos por qué Dios lo permite.

-No, Cecilia, no me líes. El mal no es tan difícil de entender, lo experimentamos todos los días, es innegable que existe. Sí, los teólogos intentan justificar la existencia del mal como algo bueno. Pero eso es rizar el rizo; el mal no puede ser bien. Es un argumento bastante simple, por supuesto; precisamente en eso radica su fortaleza.

-Bueno, pero de todas formas ese argumento no excluye la existencia de Dios -dijo, sintiéndose cada vez más acorralada-. De hecho, cada vez existen más argumentos a favor de la existencia de Dios. La ciencia ha ido progresando hacia la idea de que el Universo ha sido creado. Antes se pensaba que el universo podía ser eterno, pero ahora sabemos que fue creado en un instante, el Big Bang (2). Y encima, ahora se ha visto que las constantes fundamentales de la física (3), como la constante cosmológica o la relación entre la fuerza electromagnética y la fuerza gravitatoria, tienen que tener unos valores muy precisos. Si no, no podría haber vida en el universo. Tendríamos un universo sin estrellas, con la materia uniformemente esparcida por todo el espacio, o donde sólo hubiera agujeros negros.

-¿Sí? No lo sabía. ¿Pero a dónde vas a parar con todo eso?

-¡Pues está clarísimo! El universo ha tenido que ser diseñado por un Creador que estableciera que esas constantes tienen precisamente esos valores.

-Me estás vendiendo la moto, Cecilia. Seguro que eso no es lo que dicen los científicos.

-No, por supuesto. Esto me lo explicó Alfonso, mi profesor, que es ateo como tú. Él se inventa otras explicaciones, como que existe una serie infinita de universos, cada cual con un valor distinto de las constantes fundamentales, así que nosotros vivimos en el universo que permite nuestra existencia. Pero el creer que existan infinitos universos no se basa en ninguna evidencia científica. La existencia de Dios resulta mucho más plausible.

-Vale, pues muy bien, estoy de acuerdo en eso: es posible que exista un Dios que creó el Universo. Por eso digo que soy agnóstico, no ateo. Sin embargo, estamos en las mismas: no es posible que ese Dios creador sea a la vez bueno, omnisciente y todopoderoso, dado que existe el mal en el mundo. Otras religiones ofrecen mejores soluciones para el problema del mal. Por ejemplo, en el Hinduismo el Ser Supremo, Brahama, tiene facetas buenas y facetas malas: Vishnu, el que cuida de la Creación y Siva, el que la destruye. Incluso está la diosa-demonio Kali…

-Pero tú no crees en eso, ¿no? -Lo interrumpió angustiada-. Tú no crees que Dios sea malo.

-No, yo no creo en Dios. Es mejor no creer en Dios que creer en un Dios malvado, ¿no te parece?

-¡No, Dios no es malvado! Lo que pasa es que tuvo que crear el mal para que los hombres tengamos libertad, para que podamos escoger entre el bien y el mal.

-Sí, esa es una de las respuestas clásicas, pero no tiene sentido. Hay muchos males que no elegimos sino que nos vienen impuestos, las enfermedades, por ejemplo. De hecho, ese tipo de males disminuyen nuestra libertad en vez de aumentarla. Si Dios fuera realmente omnipotente le habría sido posible crear un mundo sin mal, pero en el que fuéramos libres.

-Pero, de hecho, Dios creó el mundo sin mal alguno. Antes no existían las enfermedades y la muerte, todo eso empezó con el pecado original.

-Pues estamos en las mismas, Cecilia. ¿Por qué tuvo Dios que crear la posibilidad de que hubiera un pecado original? Eso es ser un poco perverso, ¿no? Es como el padre que deja un paquete de caramelos encima de la mesa y les prohíbe a sus hijos que los coman. ¿Para qué crear la tentación, en primer lugar?

Demasiado tarde, Cecilia se dio cuenta de su error. Le había ido a Julio con un problema, y él le había devuelto uno aún mayor. Una vez comenzada esa conversación, su curiosidad le había impedido terminarla, y ahora se veía sin argumentos para rebatir los de Julio. Lo peor de todo es que iba a ser difícil consultar el problema con don Víctor sin confesarle que había vuelto a ver a Julio. Tenía que haber salido corriendo nada más verlo.

-Bueno, será mejor que me vaya -dijo apenada.

Sacó la cola de sus esquís de la nieve y los dejó caer a un lado. Se puso trabajosamente en pie. Julio hizo lo mismo.

-Lo siento, no debería haberte contado todo esto, -dijo él-. Me he dejado llevar por mi entusiasmo por mis ideas, como siempre. Ya me conoces: cuando me embalo a pensar no hay quien me pare. Soy como tú esquiando.

-No, si soy yo la que me lo he buscado, no debería hablarte de estas cosas. Eres muy listo, Julio. Demasiado. ¿Ves? Por eso precisamente no puedo verte.

-Quédate y nos dedicamos a esquiar solamente, ¿vale? No más filosofía.

-¡Sí, ahora que el daño ya está hecho! -Le dedicó una sonrisa triste-. El caso es que me tengo que ir dentro de nada. Tengo que atravesar esquiando hasta Navacerrada para coger el autobús y con lo pesada que está la nieve se tarda cantidad.

-¿Has venido en autobús? Esa travesía a Navacerrada se las trae. Es mejor que te vuelvas en coche con nosotros.

-¿Y quiénes sois “nosotros”?

-Laura, su amiga Cristina y yo.

-¿La famosa Laura?

-La famosísima Laura.

-¿Y cómo es que no estás esquiando con ellas?

-Estuve con ellas toda la mañana, pero no esquían demasiado bien, sobre todo Cristina. Al final se cansaron y se metieron en el bar, y yo aproveché para venirme a esquiar aquí a Valdemartín.

-Así que sigues saliendo con ella.

No podía evitarlo, cada vez que se imaginaba a Julio con Laura le entraban celos.

-No me estoy acostando con ella, si es eso lo que quieres saber. Pero la veo todos los días en clase y hemos estado subiendo a esquiar los fines de semana. Te hubiera invitado, pero como no quieres verme…

-No creo que a Laura le guste que vaya con vosotros.

-¡Qué, va, al contrario! ¡Si está deseando conocerte!

-¿Le has hablado de mí?

-Le he dicho que nos hicimos muy amigos en Los Alpes. ¿Qué, te vienes con nosotros?

-Bueno, si a Laura no le importa…

-Oye, ni una palabra de lo que te conté Perpiñán sobre ella, ¿eh? -Le advirtió Julio.

-¿Qué te crees, que soy idiota?

-Luego me arrepentí de habértelo contado. Seguramente te molestó que te describiera esa escena tan íntima.

-¡Qué va, al contrario! Me pareció un regalo muy especial que me hacías… Pero entiendo que a Laura le importe que me lo contaras.

-Ya… Lo que te molesta fue lo que pasó luego, ¿no? Lo siento, Cecilia, de verdad. No fui capaz de cumplir mi palabra.

-No fue culpa tuya, Julio. Fui yo la que te lo pedí, lo recuerdo perfectamente. Así que déjalo, ¿vale? No estoy enfadada contigo; si no te quiero ver es por otros motivos… Creo que ya los sabes.

-Sí… Qué pena, ¿verdad?

Cecilia se colocó las gafas de esquiar sobre la cara.

-¡Venga, a esquiar! ¡El último en llegar a la cola es un mono saltarín!

Fue una tarde preciosa de esquí. El sol sesgado del atardecer brillaba con una luz dorada que marcaba cada pequeña irregularidad, cada grumo de nieve en las laderas, envolviendo a todo en una magia irreal que transportaba a Cecilia de vuelta a su adolescencia, cuando aprendió a esquiar en esas mismas pistas en los cursillos que organizaba el club del Opus Dei. Ya no hablaron de más temas serios en los remontes, solo bromearon y se contaron historias de la universidad, de sus padres, de sus hermanos. Esquiaron como le gustaba a Cecilia, a toda velocidad, levantando cortinas de nieve en cada viraje, gritándose y riendo, hasta que el cartel de cerrado en el telearrastre les obligó a bajar al aparcamiento, las piernas doloridas por el ejercicio agotador.


Notas

1. Leibniz - Gottfired Wihelm von Leibniz (1646-1716) es un famoso matemático y filósofo alemán. Descubrió el cálculo diferencial independientemente y al mismo tiempo que Isaac Newton y es su notación matemática la que usa en la actualidad para ello. Julio se refiere aquí a que Leibniz usó la palabra “teodicea” (la defensa de Dios) como título de uno de sus libros sobre filosofía. En él Leibniz defiende la postura opuesta a la que expone Julio: que la existencia del mal en el mundo no contradice la existencia de un Dios a la vez omnipotente y bondadoso porque en realidad vivimos en el mejor de todos los mundos posibles. Es decir, el mal que existe en el mundo es inevitable. Leibniz también justifica la existencia del mal como necesaria para que los humanos tengamos libre albedrío, la misma justificación que esgrime Cecilia.

2. Big Bang - La teoría del Big Bang (“Gran Explosión”) es la teoría actualmente aceptada sobre el origen del Universo. Sostiene que el Universo empezó hace 13,800 millones de años cuando toda la materia, la energía y el espacio estaba contenida en un solo punto (singularidad), que pasó a formar una explosión de materia primordial a presiones y temperaturas extremas. A partir de ahí el Universo siguió expandiéndose y enfriándose, creándose estrellas y galaxias, hasta llegar al estado actual. El Universo seguirá enfriándose hasta llegar, en un futuro muy lejano, a un estado de “muerte térmica”. A partir de su formulación en los años 20, esta teoría ha sido confirmada por multitud de observaciones astronómicas de distintos tipos, que incluyen el alejamiento mutuo de las galaxias, la estructura a larga escala del Universo y el trasfondo cósmico de radiación de microondas (“microwave cosmic background”, que representa la radiación producida por el Big Bang). Uno de los formuladores de la teoría del Big Bang fue el sacerdote católico Georges Lemaitre. Cecilia se refiere al hecho de que antes de la teoría del Big Bang muchos científicos pensaban que el Universo es eterno, lo que contradecía la historia bíblica de la creación. Al descubrirse que el Universo en realidad tiene un principio, esto abre la puerta a poder considerar que el Universo fue creado por Dios. Sin embargo, mucho científicos argumentan que la idea de que el Universo es creado es innecesaria, ya que a nivel de partículas subatómicas se dan acontecimientos sin causa (fluctuaciones cuánticas). Una de esas fluctuaciones pudo dar origen al Universo.

3. Las constantes fundamentales de la física - En sentido estricto, estas constantes son valores numéricos presentes en las ecuaciones fundamentales de la física que son adimensionales, es decir, que tienen el mismo valor en cualquier sistema de unidades. Ejemplos son la constante de estructura fina (que determina la fuerza de la interacción electromagnética entre fermiones y fotones), la constate de acoplamiento gravitacional y la relación de masas entre el protón y el electrón. Este término también se ha usado para referirse a constantes físicas universales pero que tienen dimensiones, como la velocidad de la luz, la permitividad eléctrica del vacío y la constante de Planck. Cecilia se refiere aquí a lo que más tarde se llamaría el “Principio Antrópico” y al problema del “Ajuste Fino” (“Fine Tuning”) del Universo. Este problema surgió cuando los científicos se dieron cuenta de que si las constantes fundamentales tuvieran valores ligeramente distintos a los que tienen no existiría vida en el Universo, ya que no se podrían formar ni estrellas ni planetas. Existen dos formulaciones del Principio Antrópico para dar respuesta al problema del Ajuste Fino. El Principio Antrópico Fuerte defendido por John Barrow y Frank Tipler sostiene que esto es así porque el Universo está destinado a dar lugar a vida consciente y pensante. El Principio Antrópico Débil, sostenido entre otros por Brandon Carter, dice que el Ajuste Fino del Universo se debe a un simple sesgo de muestra: sólo en un Universo capaz de generar vida consciente habría seres preguntándose por qué viven en un Universo con esas características tan especiales. El Principio Antrópico Débil gana más fuerza en el contexto de la idea, cada vez más aceptada, de que nuestro Universo nos es más que uno entre una infinidad de universos posibles, cada uno con valores distintos de las constantes fundamentales. Cecilia argumenta que el Principio Antrópico Fuerte apoya la existencia de Dios. El problema de “Ajuste Fino” y los Principios Antrópicos no salieron a la luz pública hasta los años 80. Sin embargo, el citarlos aquí no es un anacronismo porque en realidad Brandon Carter mencionó el Principio Antrópico en una conferencia en Cracovia (Polonia) en 1973. Como estudiante de física, Cecilia pudo haberse enterado de esta cuestión y haber comprendido como podía usarse para respaldar la fe cristiana.

sábado, 21 de diciembre de 2013

¡Abandonad la Iglesia!

¿Qué, te habías creído el timo del Papa progre? Pues espero que te haya abierto los ojos la nueva ley sobre el aborto que el PP ha impuesto a golpe de decretazo franquista. No hay Papas progres, sólo maquillajes publicitarios de una Iglesia que intenta recuperarse del escándalo mundial de los curas pedófilos. Así que han puesto al Papa Francisco haciendo de “poli bueno”, que finge necesitar nuestro apoyo para salvar a la Iglesia de los “polis malos” que prosiguen su guerra cultural contra las libertades. Pero ellos saben que no arriesgan nada: Francisco es tan retrógrado como el que más y la Teología de la Liberación está muerta y enterrada hace tiempo.

A ver si nos vamos enterando: la Iglesia Católica es el enemigo número uno de las libertades personales, especialmente las de las mujeres, los gais y todos los que practicamos sexualidades alternativas. Lo ha sido desde hace 2000 años y lo seguirá siendo en el futuro previsible. No sólo esto, sino que a lo largo de la historia la Iglesia ha estado siempre al lado del poder y de los ricos, manteniendo estructuras sociales de opresión y colaborando con algunos de los mayores crímenes colectivos que ha conocido la humanidad. La Iglesia impulsó la colonización de América y la institución de la esclavitud, derivada de la sumisión de los plebeyos a los nobles y clérigos feudales. Atacó a los descubrimientos científicos, desde Galileo hasta Darwin. Desempeñó un papel fundamental en la sublevación de Franco, en la Guerra Civil y en los 40 años de dictadura. También apoyó las dictaduras de Mussolini en Italia y Hitler en Alemania, cerrando los ojos al Holocausto que masacró seis millones de personas, judíos en su inmensa mayoría. Jugó a que apoyaba la Transición para posicionarse en el nuevo esquema político de España (ahora comprobamos lo bien que le salió la jugada), mientras que al mismo tiempo en Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Brasil y Bolivia amparaba las nuevas dictaduras y su brutal represión.

Ante tantos desmanes la única actitud ética es negar nuestro apoyo a la Iglesia, siguiendo la idea de Gandhi de que si no te opones al mal te vuelves su cómplice. Tenemos que darnos cuenta de que no cabe compromiso alguno con la Iglesia: siempre buscará el poder y lo utilizará para acabar con nuestras libertades. La construcción de una sociedad sin sexismo, con una visión positiva y lúdica de la sexualidad y donde no se oprima a las personas en base a su orientación sexual pasa por eliminar el poder político de la Iglesia. No se trata de acabar con el catolicismo, sino de devolverlo a la esfera exclusivamente personal a la que pertenecen las religiones. No se trata de quemar iglesias, sino de vaciarlas. No se trata de pretender que todo el mundo se haga ateo, sino de que todas las creencias sean tratadas por igual por el estado. Ese es, en definitiva, el estado laico estipulado en la Constitución, que la Iglesia y la derecha nos han robado. Para ver lo que es realidad un estado aconfesional y laico sólo hace falta echar una mirada a EE.UU., donde no hay crucifijos en las escuelas públicas, ni asignatura de religión. España es una teocracia, como Irán, como Arabia Saudí.

Pero eso ya no refleja siquiera la realidad social de España. Así es como están las cosas en materia de religión, según las últimas encuestas de CIS… El 70.4% de los españoles se definen como católicos, el 26% como no creyentes y el 2.3% como practicante de otras religiones. Pero, ¡ojo!, que la mayor parte de esos católicos sólo lo son de boquilla. Cuando se pregunta a los que integran ese 70.4% de católicos cuantas veces van a misa, resulta que sólo el 15.1% van a misa todos los domingos y festivos (recordad que no hacerlo está considerado como pecado mortal). Otro 8.6% van a misa alguna vez al mes; un 15.9% lo hacen varias veces al año y un descomunal 59.1% no va prácticamente nunca. Basándome en estos números, y descartando el minúsculo 2.3% que practican otras religiones, los españoles se podrían catalogar en cuatro grupos:
  1. Un 26% de no creyentes, que incluiría a ateos, agnósticos, deístas y personas religiosas o espirituales que no se identifican con ninguna religión.
  2. Un 11% (15% del 70%) que practica el catolicismo, al menos lo suficiente para no romper el mandamiento de ir a misa los domingos.
  3. Un 42% (59% del 70%) que se define como católico pero que no practica el catolicismo. Se trata quizás de “católicos culturales”, es decir, de gente que se siente afín al catolicismo, su mitología y sus ritos, pero que no cree lo suficiente para no tener ningún problema con no ir a misa.
  4. Un 18% (25% del 70%) que va a misa pero no todos los domingos, incluyendo algunos que sólo lo hacen alguna vez al año.
Así que ahí lo tenéis: en España, país “oficialmente” católico, hay sólo un 11% de católicos practicantes. Los no creyentes declarados formamos una minoría mucho más numerosa, con más del doble de miembros. Pero lo más interesante es esa mayoría del 60% integrado por los católicos culturales y los que practican a desgana. Esa gente tiene lo que se llama en marketing una “opinión blanda”, es decir, susceptible a ser cambiada con facilidad. La Iglesia lleva desde siempre intentando atraerlos al redil… por lo que se ve, sin mucho éxito. Pero, ¿y si los no creyentes hiciéramos un esfuerzo decidido para atraerlos a nuestro grupo? No se trataría de convertir a la gente al ateísmo, no. Creo que los esfuerzos en ese sentido van descaminados porque mucha gente necesita “creer en algo”: en un cristianismo que definen a su manera, en un Dios no personal, en la vida después de la muerte o en esos mitos de fenómenos paranormales, fantasmas y reencarnación que les gustan tanto a Hollywood. No importa. Lo importante es romper el cerrojo de poder que tiene la Iglesia sobre la sociedad para asegurar nuestras libertades. Así que propongo lo siguiente:

  1. Si no practicas el catolicismo, di que no eres católico. Bien fuerte, que se entere todo el mundo. No tengas miedo, tienes compañía.
  2. Desafía sin miedo las creencias de tus amigos y familiares. Infórmate sobre las incongruencias y los puntos débiles de la fe cristiana. Un simple comentario bien dicho puede desencadenar un auténtico alud de dudas. Son creencias muy endebles, por eso han tenido que usar tanta violencia a través de la historia para defenderlas, con sus cruzadas y sus inquisiciones.
  3. No te cases por la Iglesia (las bodas civiles son ya el 73% de los matrimonios). Se pueden hacer rituales cantidad de bonitos en otros sitios.
  4. No bautices a tus hijos, ni les dejes hacer la primera comunión. Si tus hijos envidian los regalos de sus amigos que hacen la primera comunión, invéntate un ritual de madurez para ellos, regalos incluidos.
  5. Cuando hagas la declaración de la renta no le des ningún dinero a la Iglesia.
  6. No des nunca dinero a organizaciones como Cáritas que dependen de la Iglesia. Tu dinero irá a parar al bolsillo de obispos y curas, no al de los pobres. Hoy en día sobran ONGs laicas a las que contribuir que son mucho más de fiar.
  7. Si tienes inquietudes religiosas o espirituales, embárcate en una búsqueda personal de algo que dé sentido a tu vida. Te asombrarás de lo que vas a encontrar. En realidad, una de las peores cosas que hace el catolicismo es embotar nuestra auténtica espiritualidad con doctrinas y rituales sin contenido.
Ésta es la manera positiva y no-violenta de luchar contra la Iglesia, de darles donde más les duele. Yo abandoné el catolicismo a los 15 años, cuando todavía iba a un colegio del Opus, cuando era totalmente dependiente de unos padres carcas, cuando aún vivíamos en la dictadura nacional-católica. Fue un proceso doloroso y difícil, pero hoy en día me enorgullezco de haber sido capaz de hacerlo. Fue cómo salir de una cárcel mental. Gané mi libertad y le abrí la puerta a experiencias maravillosas en todos los ámbitos de mi vida.

Figura 1: El número de creyentes en España ha ido disminuyendo (línea negra) mientras que el de no creyentes ha aumentado (línea gris).

De hecho, vamos ganando la batalla. Desde 1998 el porcentaje de católicos en España ha ido disminuyendo y el de no creyentes aumentando de forma simultánea (Figura 1). El porcentaje de católicos practicantes ha disminuido de forma aún más estrepitosa (Figura 2). Pero hay veces que los cambios sociales se aceleran; se producen avalanchas de cambios masivos de opinión al romperse un equilibrio invisible de fuerzas. La misma Iglesia nos lo pone fácil con su inflexibilidad y sus ataques a nuevas pautas culturales cada vez más establecidas. ¿Quién sigue hoy en día los mandamientos de la Iglesia sobre anticoncepción?

Figura 2: El número de católicos que no va a misa ha aumentado (línea negra) mientras que ha disminuido el de católicos que van a misa todos los domingos (línea gris claro) y el de que van a  misa alguna vez (línea gris oscuro).

Si te enfurece lo que ha hecho el PP con la ley del aborto, haz lo que dicen por aquí: “don’t get mad, get even” - “no te cabrees, gánales la partida”. ¡Vaciemos las iglesias! Cuando sólo queden en ellas unos pocos beatos vejestorios, los obispos se tendrán que callar la boca de una puñetera vez y nosotros podremos construir esa sociedad libre e igualitaria que ansiamos.