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lunes, 24 de febrero de 2014

Mujeres cabreadas


"Mujer enfadada" por Nicolai Fechin
Éste es uno de esos artículos de mi blog que me resisto a escribir. Son temas complicados, con muchas vertientes, que temo no conocer en profundidad. Por eso quiero empezarlo diciendo que lo que voy a decir es más un proceso de exploración personal que una opinión formada. A pesar de ello, es un tema importante en el que creo que mi reflexión puede ayudar a mucha gente en su proceso de descubrimiento personal. Voy a hablar de la relación de las mujeres con la ira. Seguramente a más de una se le ocurra pensar que, siendo hombre, no tengo derecho a opinar sobre esto, lo que en realidad no es más que una forma de censura. Ya he manifestado antes que me considero feminista. Si alguien no está de acuerdo con mis opiniones que exponga las suyas en los comentarios, que para eso están.

Una de las formas más insidiosas que tiene el machismo para reprimir a la mujer consiste en suprimir su ira y su agresividad. Esto se hace a base de estereotipos destinados a menospreciar a la mujer que se enfada: es una “histérica”, una “marimandona” o incluso una “marimacho”. En EE.UU. el insulto universal para denostar a la mujer agresiva es “bitch” (perra) y que aplican tanto los hombres a las mujeres como las mujeres a otras mujeres. La idea detrás de estos reflejos tan enquistados en la sociedad es que la agresividad es uno de los privilegios del hombre que la mujer no tiene derecho a apropiarse. La cólera del macho es algo que impone respeto, mientras que la de la mujer se vuelve enseguida contra ella y se utiliza para minar su autoestima. Máxime cuando una de las reacciones naturales de la mujer enfadada es echarse a llorar, lo que instantáneamente se interpreta como un signo de debilidad e impotencia. El resultado de toda esta represión en el quitarle el poder a la mujer, tanto en el ámbito familiar como en el laboral. En caso de conflicto, la mujer deberá enfrentarse a la cólera del hombre sin poder responder con su propia agresividad. En el peor de los casos, esto marcará el principio de una situación de maltrato físico o psicológico.

A la vista de todo esto, no es de extrañar que la reacción de las feministas es la de reclamar su derecho a la ira y a la agresividad. Y lo han hecho hasta tal extremo que el feminismo ha quedado impregnado desde hace tiempo de una enorme carga de ira. A veces parece que las feministas están empeñadas en una competición interna para ver quién está más cabreada. ¡Y no se te ocurra decirles que se calmen un poco, porque se te echarán encima! Te dirán, y no les falta razón, que tienen derecho a estar enfadadas. Sobre todo si han sufrido maltratos de parte de algún hombre o han experimentado alguna otra forma de represión machista.

Pero no hay que confundir el derecho a cabrearse con la conveniencia de hacerlo. Como señalaba en mi artículo “Cuando el dragón se despierta”, la ira tiene efectos nocivos considerables para nuestra salud mental y nuestras relaciones sociales. Es verdad que los hombres somos más propensos a la ira que las mujeres. Precisamente por ello, hay un momento en nuestras vidas en que nos damos cuenta que tenemos que controlarla. Me consta que muchos hombres vivimos en un estado continuo de vigilancia de nuestra propia agresividad. Los que no lo hacen corren el riesgo de acabar siendo maltratadores, matones o explotadores de los más débiles, porque la cólera y la agresividad tienen la tendencia a convertirse en hábitos peligrosos que ciegan a los que caen en sus manos. Las mujeres, por el contrario, se ven estimuladas por las corrientes de liberación de la mujer a alentar y a expresar su ira. Aunque las mujeres tienen menos tendencia que los hombres a convertirse en maltratadoras, la ira no deja de tener efectos muy nocivos ellas, pues suele venir acompañada de otras emociones negativas como la desconfianza, el temor, la preocupación y la tristeza. Particularmente dañina es la ira que se manifiesta como un continuo estado de malhumor y hostilidad. El científico Richard Davidson, especializado en el estudio de las emociones, descubrió que el cerebro humano funciona en dos estados mutualmente excluyentes: uno dominado por las emociones negativas y controlado por el córtex prefrontal derecho y otro en el que predominan las emociones positivas basado en la actividad el córtex prefrontal derecho. Por lo tanto, cuando emociones negativas como la ira toman el control nos suelen arrastrar a un estado de infelicidad que también dificulta las relaciones sociales. Esto se ve agravado por el hecho de que las emociones tienden a convertirse en hábitos, con lo que una vez que caemos bajo el control de la ira, el miedo y otras emociones negativas, éstas tienden a invadir nuestras vidas, haciéndonos ver todo a través de su particular cristal oscuro.

Lo que me hizo llegar a estas reflexiones fueron repetidos encuentros con mujeres con tremendos problemas de ira en sus vidas. Que no se me malinterprete: no niego que esas mujeres tengan razones para estar enfadadas. De hecho, en muchos casos esa ira proviene de situaciones de maltrato. Tampoco niego que tengan derecho de estar enfadadas. Lo que digo es que la ira se convierte en una secuela más del maltrato que les impiden recuperar una vida normal. La ira enconada muchas veces da lugar a la depresión. Si, por el contrario, la ira se expresa demasiado a menudo, la mujer en cuestión puede verse abocada a una situación de soledad cuando con su hostilidad aleja a los que se le acercan. Como canta Mark Knopfler en “Nadie tiene la pistola”, arremeter contra la persona que nos quiere es completamente autodestructivo.
Thelma y Louise, mujeres en búsqueda de la libertad

La película Thelma y Louise ilustra de manera perfecta toda esta problemática de maltrato, lucha por la liberación, empoderamiento, justificación de la violencia y comportamiento autodestructivo. Louise salva a Thelma de ser violada, lo que desencadena su ira reprimida causada por su propia violación e incapacidad de castigar a su agresor. Al principio las dos viven su fuga como liberación y empoderamiento. En una escena catártica, las dos se vengan en un conductor de camión machista y más bien corto de ideas. Desgraciadamente, las cosas acaban por escapárseles de las manos y se acaban internando en un camino sin salida.


Por lo tanto, el empoderamiento que se supone que se obtiene al expresar la agresividad es cuestionable. ¿Es real o ilusorio? Es fácil llevarse a engaño, porque la ira emborracha, sobre todo cuando es compartida. La indignación, el sentimiento de superioridad moral, el enardecimiento de sentirse parte de un grupo con objetivos comunes, son emociones enraizadas en lo más profundo de la mente humana. Si no son temperadas por la duda y la razón, llevan al fanatismo, al odio y a la violencia. Esos cabreos colectivos en los que tristemente degeneran muchos movimientos políticos y sociales son notorios por su ineficacia. Producen la ilusión de movimiento pero, una vez finalizada la catarsis colectiva, todo el mundo vuelve a casa y nada cambia. Los motores del cambio real es el trabajo continuado, pertinaz y silencioso; el apoyo mutuo; la organización con un reparto eficaz del trabajo; en definitiva, las relaciones humanas basadas en la amistad, el idealismo y el altruismo. Curiosamente, mientras que la agresividad y la mentalidad de guerrero son atributos masculinos, las relaciones personales, la confianza mutua y el desinterés necesarios para crear movimientos sociales eficaces son más propias del carácter femenino. Por lo tanto, quizás lo mejor sería que las mujeres no intentaran tanto apropiarse del dudoso privilegio de la agresividad y la ira, y se aprovecharan de lo que saben hacer mejor: hacer amigas y colaborar. Ahí es dónde se encuentra el verdadero poder.

Como decía al principio, todo esto no son más que una amalgama de ideas en proceso de formación. Por supuesto, he simplificado mucho lo que es en realidad un problema enormemente complejo que no se presta a soluciones fáciles. Por eso estoy particularmente interesado en conocer qué experiencias habéis tenido con la ira en vuestras vidas.


miércoles, 22 de enero de 2014

Nadie tiene la pistola

Nadie tiene la pistola.
Nadie intenta desenfundar el primero.
Nadie está en mitad de la calle
bajo el sol abrasador
diciendo: “Sólo hay sitio para uno de los dos
en este pueblo”.
Nadie tiene por qué ser el primero.
Nadie tiene por qué ser el primero.
Nadie tiene la pistola.
Nadie tiene la pistola.

Puede que ella no te entienda.
Y puede que ella quiera tenerte comiendo de su mano.
Si te tiene acorralado
y puedes oler el humo y las llamas
echas mano a tu revolver
para hacerle lo mismo.
Y acabarás con tu amor para siempre, Número Uno.
Y acabarás con tu amor para siempre, Número Uno.
Nadie tiene la pistola.
Nadie tiene la pistola.

Puede que pienses que el amor es demasiado difícil,
nunca puedes ensayar,
y que puedes pasar de todo esto
echándolo todo a perder.

Ella es igual que tú.
Quiere tu amor como tú quieres el suyo.
No puedes jugar al póker
con una pistola en la manga.
No puedes hacer que alguien te quiera
amenazando con dejarla.
Si quieres amar para siempre, Número Uno.
Si quieres amar para siempre, Número Uno.
Nadie tiene la pistola.
Nadie tiene la pistola.

Nobody's got the gun, por Mark Knopfler



¿Lo tengo que explicar?

Muchas veces en la relación de pareja nos sentimos amenazados. Atacados. La relación se ha vuelto demasiado asfixiante, pone en peligro nuestra autonomía personal. Cuando nos sentimos acorralados, echamos mano de nuestras mejores armas, embestimos a ciegas... Contra la persona que más nos quiere. Nos creemos que estamos en un duelo de los del Oeste, de los que sólo uno puede salir vivo. Cuando en realidad, lo peor que podemos hacer es alejar a quien amamos.

Cada pelea de pareja deja sus cicatrices. Los rencores de viejas heridas se van acumulando con los años y al final acabamos con una relación muy rara, donde se mezclan el amor y el resentimiento. Si nos diéramos cuenta del precio que pagamos por cada pelea, las evitaríamos como la peste.

Muchas veces he echado mano de esa frase tan simple, pero tan sabia: "No puedes hacer que alguien te quiera amenazándola con dejarla". Las amenazas y los ultimatums sólo son destructivos. Lo único que vale es hablar, comunicarse. Saber ceder un poco, no convertirlo todo en una pugna por el poder. Si lo que deseas es amor, tienes que dar amor.

(Para leer la versión en inglés de la canción, pincha en la pestaña "In English" para ir a la parte en inglés del blog)


miércoles, 1 de enero de 2014

Cuando el dragón se despierta



“Viserys se acercó a Dany, le clavó los dedos en la pierna y le dijo: -Hazlo gozar, querida hermana, o te lo juro, verás al dragón despertarse como nunca se ha despertado antes-.”
Juego de Tronos, George R.R. Martin

Empecé a comprender el daño que me hacía la ira en una charla que dio el Dalai Lama en UCLA en junio de 1997. Como mucha gente, hasta entonces yo creía que los enfados son algo que hay que “sacar para fuera”, porque si se quedan dentro se enconan y acaban por amargarte la vida. Creía que si alguien hace algo que te ofende, está bien enfadarse con esa persona, incluso pelearse con ella hasta que las cosas queden bien claras. El Dalai Lama cuestionó esas creencias. Su charla se centró en el peligro que representa los niveles crecientes de ira en el mundo. Nos dijo que nos correspondía a cada uno comprender la ira que surge en nosotros, calmarla antes de que se extienda como un fuego en la sociedad. Es la idea budista del karma: cuando haces el mal, va pasando de persona a persona hasta que eventualmente regresa a ti. A no ser, claro está, que haya alguien en esa cadena de causa y efecto que absorba el mal sin transmitirlo. En ese caso el buen karma de esa acción cancela el mal karma que ha recibido. Es una idea bonita, pero dudo que en la realidad las cosas funcionen de forma tan mecánica. El caso es que me quedé con la idea de que puede ser malo eso de exteriorizar los enfados.

A partir de entonces fui tomando nota de las veces que me enfadaba: las peleas de tráfico, las riñas con mi mujer, mi exasperación con los problemas del trabajo. Luego vino ese percance vergonzoso con el hombre de la limpieza en mi trabajo, que acabó de abrirme los ojos. Un día salí del laboratorio para encontrarme el suelo pasillo enjabonado casi por completo; sólo quedaba un estrecho pasadizo de suelo seco junto a la pared. Yo iba con prisa. Di varios pasos apresurados junto a la pared, pero al ir a entrar en el laboratorio de al lado pisé esa capa resbaladiza y aterricé de espaldas en ella, haciéndome daño y mojándome completamente el pantalón. El señor de la limpieza me preguntó si estaba bien; yo le dije que sí con una mirada irritada, luego entré en el laboratorio y me sequé como pude con unas toallas de papel. Al cabo de una semana o dos me volví a encontrar el pasillo cubierto de jabón, sólo que esta vez lo estaba de pared a pared. Un cartel nos advertía que debíamos salir del edificio y entrar por otra puerta para llegar a la parte del pasillo más allá de la zona de limpieza. Eso, unido al incidente anterior, me enfureció. Mandé al carajo al cartel de una patada y me aventuré con paso decidido sobre el suelo enjabonado, utilizando mi equilibrio de montañero para conseguir no caerme esa vez. Pero cuando me senté delante del ordenador estaba tan alterado que no podía trabajar. Encima, me comunicaron que el señor de la limpieza se había puesto en contacto con su sindicato y querían venir a hablar conmigo. ¡Qué horror! ¡Yo, un tío de izquierdas de toda la vida, iba a tener problemas ahora con un sindicato! No me encontraba en condiciones de hablar con nadie: estaba furioso con el tipo de la fregona y conmigo mismo por reaccionar así. Decidí salir a dar un paseo para calmarme. No pude trabajar el resto de la tarde. Al día siguiente todavía me costaba trabajo concentrarme. Pero ya podía pensar con más calma y me di cuenta de que tenía que reestablecer mi paz mental y continuar con mi trabajo. Le pedí disculpas al señor de la limpieza y pronto las aguas volvieron a su cauce.

Lo que más me impactó de todo ese episodio fue darme cuenta de que cuando estoy enfadado mi capacidad de pensar se vuelve nula. Mi mente se pone a darle vueltas y vueltas al asunto, a sopesar distintos planes de acción, a criticar a mi adversario y prever lo que va a hacer… No hay sitio para nada más. Es como si de repente toda mi inteligencia, de la que tan orgulloso estoy, se hubiera volatilizado. Otro síntoma preocupante de la ira es la “visión de túnel”: la concentración de mi atención en unas pocas ideas obsesivas, volviéndome incapaz de percibir claramente mi entorno. La ira es como una droga que altera de forma peligrosa las capacidades mentales. Por ejemplo, una pelea de tráfico puede ponerme en un estado mental peor que si estuviera borracho, poniendo en peligro mi vida y la de los demás. Y lo malo es que no hay prueba de alcoholemia para la ira que pueda servir para sacar a los conductores furiosos de la carretera.

Fue entonces cuando decidí que haría lo posible para no volver a enfadarme. ¡Fácil de decir! Tenemos mucho menos control sobre nuestra mente del que creemos. En particular, las emociones son prácticamente imposibles de cambiar. Por mucho que me empeñara, cuando me enfadaba no había manera de acabar con el cabreo. Sin embargo, aunque la emoción en sí era imposible de evitar, aún tenía control sobre mis acciones. Cuando dejaba que mi ira se vertiera en la gente que me rodeaba, su reacción tendía a alimentar mi enfado y hacerlo durar más. Por lo tanto, lo mejor era aislarme y esperar a que se me pasara el cabreo. Justo lo contrario de lo que había oído decir, pero la estrategia pareció funcionar bastante bien. Por supuesto, me prohibí de forma terminante tomar represalias contra otros conductores en la carretera. Pronto descubrí que mi conducción se volvía mucho más segura y placentera; podía disfrutar mejor de la música, de la radio o de mis propios pensamientos.

Más adelante hice otro descubrimiento: si bien era imposible suprimir un enfado una vez desarrollado, sí era posible evitar que surgiera si lo pillaba a tiempo. Esa táctica resultó enormemente eficaz y muy pronto mis enfados disminuyeron de forma tan apreciable que mi mujer lo notó y me preguntó cómo lo había conseguido. El truco está en darse cuenta de esas emociones aparentemente inofensivas que son el germen de la ira: el sentirse molesto, la impaciencia, la frustración. Son más fáciles de manejar que la ira, a base de ajustar nuestra conducta para dejarlas pasar… Ponerme a meditar en la cola del supermercado, sin pensar en el tiempo que me queda que esperar. Trabajar sin prisa, dejando que el ritmo del trabajo se establezca por sí mismo. Reírme de los inevitables problemas de ordenador que tanto nos frustran. Y, sobre todo, siendo amable con todo el mundo, comprendiendo que ellos también tienen que bregar con sus emociones como lo tengo que hacer yo.

Cuando se mira con atención a la ira y todas esas emociones que la acompañan, se descubre que apuntan a ciertas actitudes básicas y problemáticas en nuestra vida: el ir siempre con prisa, el sentirse demasiado importante, el creerse mejor que los demás. Se redescubre así virtudes que antes asociábamos a la religión, pero que ahora cultivamos por nosotros mismos, porque nos traen paz mental y felicidad: la paciencia, la tolerancia, la humildad.

Hay gente que reacciona de forma muy negativa cuando se les dice que la ira es un problema. Sienten que tienen derecho a estar enfadados, pues la vida ha sido muy injusta con ellos. Te dirán que son personas explotadas, oprimidas, maltratadas, que su indignación es lo que las mueve a luchar contra todas esa injusticias para que no les vuelvan a pasar ni a ellas ni a nadie más. En  muchos casos lo que dicen es verdad. Vivimos en una sociedad tremendamente injusta, llena de opresiones de todo tipo: diferencias económicas y de clase, racismo, sexismo… Sin embargo, la ira difícilmente puede ayudar a salir de esas situaciones. Conduce a episodios de catarsis, de violencia incluso, en los que la energía pega un subidón y luego se disipa… y las cosas siguen igual. Cambiar la sociedad requiere organización, trabajo continuado y colaboración con los demás, tareas que se basan en emociones positivas como la empatía y la compasión. Emociones negativas como el miedo y la ira tienden a minar este tipo de tareas conjuntas.

Lo que ocurre en realidad es que la ira tiene un curioso componente placentero, casi adictivo. Moviliza nuestra energía interior y tiende a darle color a la monotonía de nuestras vidas. Asociada con ideologías y con dinámicas de masas nos hace sentirnos poderosos. El sabernos en posesión de la verdad, el sentirnos moralmente superiores a los demás, sirve para compensar la baja autoestima, para curar esas heridas psicológicas que nos ha ido dejando la vida. La ira se convierte entonces en un tónico diario, en algo que nos moviliza y nos da sentido. Es una droga sumamente peligrosa que conduce al fanatismo y la violencia. Éste es un tipo de enfermedad muy extendido. Lo encontramos en los hinchas del fútbol, en fundamentalistas religiosos y en grupos políticos tanto de izquierdas como de derechas.

Han pasado muchos años desde aquella charla del Dalai Lama, desde aquel triste episodio del pasillo enjabonado. Mi vida ha cambiado mucho, soy mucho más feliz. La gente que me conoce hace años ha sido testigo de ese cambio. Ahora me resulta más fácil no enfadarme, ya que determinadas actitudes se han convertido en hábitos con el tiempo. Me gustaría poder decir que la ira ha desaparecido completamente de mi vida, pero no es así. El dragón está dormido, pero en el momento más inesperado se puede despertar.