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lunes, 13 de abril de 2020

Once posiciones para un spanking

Dar una azotaina es bastante fácil, pero dar una azotaina que sea buena de verdad, que no sólo te pone el culo rojo sino que se te sube a la cabeza, eso ya requiere un poco de técnica. Entre otras cosas, es bueno saber las diferentes posiciones en la que se puede dar un spanking, cuándo usarlas, y los efectos que tienen tanto en el cuerpo como en la mente.

Ya que por ahora no existen términos parecidos en español, usaré los términos en inglés que mucha gente maneja: spanker es quien da los azotes y spankee quien los recibe. Spanking se traduce al español como azotaina, así que usaré estos términos como sinónimos. Por supuesto, spanker y spankee pueden ser de cualquier género, en cualquier combinación de géneros. Sin embargo, para no complicar las cosas, usaré el género masculino para el spanker y el femenino para la spankee.

El placer del spanking. Dibujo de pattydraws (Fetlife).
Varias cosas contribuyen a una buena azotaina. La más obvia son las sensaciones de placer y dolor. Algunas spankees no toleran el dolor pero aprecian la picazón suave y el calor de los azotes ligeros. Para otras una buena dosis de dolor es importante. Algunas posiciones permiten al spanker mover mejor el brazo y alcanzar mejor el “punto dulce”: la zona del culo en la que cae el peso cuando te sientas. Otra sensación importante es el contacto físico entre los participantes. Algunas posturas estimulan los genitales, llevando a una azotaina que es muy sexual. Sin embargo, hay quien preferirá una experiencia menos íntima.

Otros ingredientes de una buena azotaina son mentales. El spanker aprecia una buena vista del culo de la spankee y cómo cambia de color a medida que progresa el spanking. Y la spankee tiene una imagen mental de su aspecto mientras que la azotan. El ver expuestos su trasero y su sexo produce una vergüenza erótica que una parte importante de la experiencia. Esto también crea una sensación de vulnerabilidad, que puede ser incrementada en posturas que limitan sus movimientos. Algunas personas consideran el spanking como un castigo, que disfrutan de forma irónica por tener un fetiche de castigo. En ese caso, la vulnerabilidad y la restricción del movimiento aumenta la sensación de sometimiento.

Una última cosa a considerar es la comodidad: un spanking debe doler de forma erótica, pero no por hacer daño en la espalda o las articulaciones. Algunas posiciones no pueden ser mantenidas durante mucho rato, mientras que otras invitan al relax y facilitan concentrarse en las sensaciones y las emociones. Cuando el spanking es un castigo, puede darse en posturas deliberadamente incómodas que se le ordena adoptar a la spankee. No voy a describirlas aquí porque este artículo se centra en spankings que se dan fuera de una estricta disciplina de dominación/sumisión. Tampoco voy a incluir posiciones que incluyen bondage. La comodidad del spanker también es importante. Los movimientos repetitivos y los impactos reverberan en su cuerpo y pueden producir daños que quizás no note hasta horas o días después del spanking, como tendinitis en los brazos o dolores en las lumbares. Es mejor que el spanker tenga soporte para la espalda o pueda moverse libremente sin estar atrapado bajo el peso de la spankee.

He aquí una lista de once posiciones para un spanking y cómo afectan a las sensaciones, la vergüenza, la vulnerabilidad y la comodidad.

1. De pie

Aquí no hay postura: el spanker se aproxima a la spankee por detrás y le pega en el culo. Se usa para azotainas improvisadas y cortas que sirven como advertencia, lo que es a menudo necesario en una relación de disciplina doméstica o de dominación/sumisión. A muchas no les gusta nada que las sorprendan con un azote, así que esto hay que negociarlo por anticipado. Si es consensuado, la sorpresa crea vulnerabilidad y vergüenza, sobre todo si hay otras personas delante. El dolor también es mayor cuando te pilla desprevenida. Para azotainas más largas, estar de pie no es cómodo ni para el spanker ni para la spankee.
Spanking bajo el brazo. Fuente: Erotic Art A-2-Z.

2. Bajo el brazo

Estando los dos de pie, el spanker hace que la spankee se gire y se doble por la cintura, poniéndole el brazo izquierdo alrededor de las caderas y el vientre. Un spanker experimentado puede hacer esto rápidamente para crear un efecto sorpresa. Es incluso mejor si el spanker es fuerte y la spankee ligera de peso, porque así puede levantarla completamente del suelo. La vulnerabilidad es alta cuando la spankee puede sentir el poder físico del spanker. Sin embargo, todo esto pone mucha presión en las lumbares del spanker, por lo que esta postura no es buena para spankings largos. Puede servir para empezar un spanking y luego cambiar a otra postura.

3. Doblada sobre un mueble

Spanking sobre uma mesa. Pattydraws (FetLife).
Se dobla a la spankee sobre un escritorio, una mesa o el respaldo de un sillón. Alternativamente, se hace que se arrodille sobre el borde de la cama, una silla o sobre el asiento de un sillón. En locales BDSM hay incluso bancos de spanking diseñados específicamente para esta postura. El spanker puede presionar sobre la espalda de la spankee con la mano para inmovilizarla. Si el mueble es lo suficientemente alto (por ejemplo, el respaldo de un sillón alto o una tarima) la spankee perderá el contacto de sus pies con el suelo, aumentando su vulnerabilidad. Estar doblada sobre un mueble es bastante humillante. En esta postura el spanker tiene mucho espacio para mover el brazo y puede poner su peso en cada golpe, así que la azotaina puede ser muy vigorosa. Dependiendo del mueble, la postura puede ser bastante cómoda para la spankee, pero sillones con el respaldo duro y estrecho pueden hacer daño en el vientre y las caderas. La mayor pega de esta postura es que apenas hay contacto físico, lo que crea distancia emocional.

4. Sobre el regazo

Ésta es la postura de spanking más clásica. El spanker se sienta en una silla o en el borde de la cama y pone a la spankee bocabajo sobre su regazo. A veces se la llama “sobre las rodillas”, pero en  realidad la spankee está sobre los muslos del spanker y en contacto con su vientre. Normalmente, tanto las manos como los pies se apoyan en el suelo, pero si se empuja a la spankee hacia adelante su pies perderán el contacto con el suelo, aumentando su vulnerabilidad. Las mejores cosas de esta postura es son efecto psicológico, por la imagen mental que crea el tener el culo en pompa, y el contacto con el cuerpo del spanker. A menudo la spankee puede sentir su erección. Sus principales pegas es que si la spankee es grande con relación al spanker, puede haber una tendencia a rodar y caerse de su regazo, lo que puede resultar incómodo para los dos. Otro pequeño problema es que el spanker encuentra más fácil azotar la nalga más alejada de su regazo, con lo que el spanking puede resultar un poco desigual.

5. Cerrojo de piernas

Cerrojo de piernas. Fuente.
Ésta es una variante de la postura sobre el regazo en la que la spankee se apoya sólo sobre uno de los muslos del spanker, quien usa su otro muslo para atrapar las piernas de la spankee. Si se le sujeta una de las manos tras la espalda, la tendremos completamente inmovilizada. La cabeza de la spankee bajará hasta el suelo, mientras que su culo queda en alto y bien en pompa. Como su caderas forman un ángulo más agudo, la zona sensible entre las nalgas y los muslos queda estirada y expuesta a los azotes. Todo ello hace que esta sea una postura muy humillante y de máxima vulnerabilidad. Su mayor problema es la falta de comodidad tanto para la spankee, que sufre presión sobre el vientre y tiene la cara en el suelo, como para el spanker, porque pone tensión en sus lumbares. Por lo tanto, no es aconsejable para spankings largos.

6. A caballo sobre una pierna

Variante de la postura a caballo sobre una pierna.
Erotic Art A-2-Z.
Ésta es otra variante de la postura sobre el regazo que por alguna razón es muy popular en los que practican la disciplina doméstica. El spanker se sienta en un sillón o al borde de la cama, y la spankee se coloca a caballo sobre uno de sus muslos (el izquierdo si él es diestro, el derecho si es zurdo). Entonces la spankee se inclina hacia adelante y el spanker la sujeta con el brazo de forma similar a la postura bajo el brazo. Para completar la inmovilización de la spankee, el spanker puede colocar su pierna derecha tras la pierna izquierda de la spankee para que ella no pueda levantarla, de forma parecida al cerrojo de piernas. La postura puede resultar más cómoda en un sillón, pues así el spanker tiene soporte para su espalda y la spankee puede apoyar la cabeza y los brazos en el respaldo. La posición del culo facilita que las dos nalgas puedan ser golpeadas igualmente. La raja del culo queda abierta y el ano expuesto. El mayor atractivo de esta postura es que pone presión sobre los genitales de la spankee. Si se debate, o simplemente como resultado de las oleadas que generan los azotes, se estimula el clítoris creando un spanking exquisitamente sexual. Por lo tanto, es una buena posición para hacer que una mujer se corra durante una azotaina. La mezcla de dolor y placer crean un estado mental único donde se puede alcanzar un máximo de humillación y vulnerabilidad. Los azotes administrados inmediatamente después del orgasmo son un castigo de lo más eficaz, pues la spankee tiene su mente sensible y receptiva, y se ve frustrada al no poder relajarse tras el placer.

7. Sobre las rodillas

Una manera de hacer más cómoda la posición “sobre el regazo” es que el spanker se siente sobre la cama con las piernas extendidas y su espalda apoyada en la cabecera de la cama. La spankee se tiende bocabajo sobre sus muslos y rodillas, algo más alejada de su vientre. De esta manera el spanker puede alcanzar las dos nalgas con igual fuerza. Otra ventaja es que la spankee descansa todo su peso sobre la cama, lo que resulta más estable y relajado. Si se desea que el culo se ponga más en pompa, el spanker puede cruzar las piernas para poner más volumen bajo el vientre de la spankee. Al ser cómoda y requerir poco esfuerzo, ésta es la posición ideal para spankings largos. Otra ventaja es que hay buen contacto con el cuerpo del spanker. Sin embargo, esta postura no siempre es cómoda para la spankee, ya que tiene que girar la cabeza hacia un lado para respirar. Esto puede acarrear dolores de cuello. Una solución sería sacar la cabeza por el borde de la cama mirando al suelo. Esta posición es menos humillante que otras y evoca una vulnerabilidad moderada. No hay restricción de movimiento: si la spankee decide debatirse, el spanker podrá hacer poco para impedirlo. Un truco para restringir el movimiento es sujetar una o las dos manos de la spankee sobre la parte baja de su espalda.

8. Tijera de piernas

Betty Page en una variante de la tijera de piernas
Ésta es una postura poco conocida que puede resultar muy íntima ya que la spankee tiene expuestos el ano y la vulva al mismo tiempo que el spanker puede verle la cara. Debe hacerse sobre una superficie plana como la cama o el suelo. El spanker se sienta con la piernas extendidas y entreabiertas. La spankee se tiende a su lado izquierdo (derecho si es zurdo) poniéndose medio a caballo sobre su muslo izquierdo de él y entre sus piernas. El spanker entonces pone su pierna izquierda sobre el muslo derecho de la spankee, atrapándolo contra la cama. Es decir, la pierna izquierda del spanker está entre las piernas de la spankee, y la pierna izquierda de ella entre las piernas de él. La spankee tiende a girarse hasta quedar sobre su costado derecho, con lo que el spanker puede verle la cara. La pierna izquierda del spanker fuerza a la spankee a mantener las piernas separadas y puede moverse hasta presionar contra su entrepierna. Conseguiremos así los mismos efectos de abrir la raja del culo y presionar el clítoris que se consigue con la postura de a caballo sobre la pierna. Sin embargo, la presión sobre el clítoris es más sutil y es controlada por el spanker y no la spankee. Y el spanker puede mirarla a la cara para ver los efectos de lo que le hace. Por lo tanto, ésta es la postura en la que se consigue un buen contacto corporal y comunicación. Al ser muy sexual y expuesta, proporciona vulnerabilidad. La postura es muy cómoda para la spankee.

9. Sentado sobre la espalda de la spankee

Una variante de sentarse sobre la espalda que pone
menos peso sobre las lumbares. Erotic Art A-2-Z.
El spanking lucha libre (wrestling spanking) es un juego en el que la spankee no se somete al spanking de buenas a primeras, sino que debe ser subyugada a la fuerza y luego inmovilizada por el spanker. En una variante no hay roles predeterminados, sino que los contendientes luchan y el ganador la da una azotaina al perdedor. En cualquiera de los casos, la spankee deberá de ser inmovilizada eficazmente durante todo el spanking, o se escapará y habrá que volver a empezar. La mejor manera de conseguir esto es poner a la spankee bocabajo y luego sentarse sobre su espalda. Sabiendo que su culo es el objetivo, la spankee se sentará y se negará a moverse. Para ponerla bocabajo se le coge un pie con las dos manos, una en los dedos y la otra en el talón, y se lo hace girar (¡con cuidado!). Instintivamente, la spankee girará el cuerpo para proteger su tobillo, poniéndose bocabajo. Esto le da una oportunidad al spanker para sentársele sobre la espalda. La spankee tendría que ser enormemente fuerte para ser capaz de levantar su peso y el del spanker para liberarse, con lo que lo único que le queda es resignarse y esperar a que el spanker decida dejar de azotarla. Ni qué decir tiene que todo este forcejeo tiene sus riesgos y debe practicarse con sumo cuidado. También hay que tener en cuenta que si el spanker es pesado puede hacerle daño a la spankee en las lumbares, que puede ser serio. Otro problema es que el spanker no puede verle la cara a la spankee y la comunicación es más difícil que en otras posiciones. En resumidas cuentas, se trata de una posición arriesgada, sobre todo si se hace a la fuerza, pero con innegables recompensas por lo humillante y dominante que es.

10. Piernas en alto o “postura del pañal” 

Postura de el pañal, usando una pala. Erotic Art A-2-Z.
Ésta es una postura completamente distinta a las otras porque la spankee está bocarriba. Esto permite al spanker mirarla directamente a los ojos mientras la azota. Se tumba a la spankee sobre la espalda y se le levantan las dos piernas hasta que estén perpendiculares al cuerpo o incluso sobre su cabeza. Esto hace que levante las caderas y exponga el culo. Es relativamente fácil quitar la ropa en esta postura: faldas y vestidos caen por efecto de la gravedad, y pantalones y bragas se agarran en la cintura y se suben por las piernas. Pero incluso pegar por encima de la ropa puede ser muy eficaz, pues las nalgas se estiran y se vuelven más sensibles. La zona alta de los muslos está bien a tiro y puede ser castigada a conciencia. El spanker sujeta las piernas con una mano o las coloca sobre un hombro, moviéndolas hacia delante, hacia atrás o hacia los lados para exponer la zona del culo que quiere azotar. Pero la que está más a tiro es el “punto dulce” justo por encima de la arruga que separa el culo de los muslos, lo que permite concentrar la azotaina en esa zona. Por supuesto, la spankee tiene más fuerza en las piernas que el spanker en los brazos, por lo que si ella quiere debatirse no habrá mucho qué hacer. Empujando las piernas hacia la cabeza y permitiendo que las rodillas se doblen se expone completamente el coño, que podrá ser estimulado o azotado. Es una postura que sorprenderá a una spankee debutante por su originalidad, al mismo tiempo que la hace sentirse humillada y vulnerable. También se encontrará físicamente cómoda en ella, agradeciendo incluso el estiramiento de las lumbares. Pero su mayor ventaja es que el spanker puede mirarla a la cara y leer en todo momento sus reacciones, lo que es muy valioso si se trata de una nueva compañera de juego.

11. La carretilla

La carretilla. Erotic Art A-2-Z.
Se trata de otra postura inusual, quizás la más expuesta y humillante para recibir un spanking. No es fácil de adoptar; spanker y spankee deberán colaborar para hacerlo. Si se quiere quitar la ropa de la spankee esto deberá hacerse antes de adoptar la postura, pues luego resultará imposible. Con el spanker sentado, la spankee se sentará sobre sus muslos dándole la espalda. Con la ayuda del spanker, la spankee se irá inclinando hacia adelante, levantando las piernas a los lados del spanker, hasta quedar con la cabeza en el suelo entre sus pies. Al mismo tiempo, el spanker separa las rodillas y encaja las caderas de la spankee entre ellas. El resultado es que la spankee queda con la cabeza en el suelo, las piernas abiertas a los costados del spanker, los pies en alto y el culo entre las rodillas del spanker. El spanker le pude pegar en el culo como si fuera un tambor - por eso hay quien la llama la “postura del bongo”. Quien sepa tocar el tambor puede convertir el spanking en todo un concierto. La postura abre completamente la raja del culo de la spankee, exponiendo el ano y el coño justo ante los ojos del spanker. Este punto de vergüenza es quizás lo más importante de esta postura, pero también el hecho de que una vez adoptada no es fácil salir de ella. Si el spanker la quiere atrapar completamente, no tiene más que ponerle los pies en los hombros y ya no podrá incorporarse. Ella so está completamente indefensa, de todas formas, ya que puede mover los pies y darle una patada en la cara al spanker.  A pesar de lo extraña que es, esta postura es bastante cómoda para la spankee. Su único problema es tener que poyar la cabeza en el suelo y girar el cuello, lo que se puede solucionar dándole un cojín o una almohada. Una de las cosas que no me gustan de esta postura es que invita al spanker a golpear la parte alta y los laterales de las nalgas, pero no la zona de la asentadera y la juntura con el muslo, que son las partes más eróticas. Los azotes se dan de arriba abajo y no de lado, lo que tampoco me resulta tan atractivo. Pero, en resumidas cuentas, dado los niveles elevados de pudor, vulnerabilidad, contacto físico y pura extravagancia, un spanking en la postura de la carretilla puede ser una experiencia de lo más intenso.

Hay otras muchas posturas para spanking, pero éstas son las más comunes.

Recordad que los spankings deben ser seguros, sensatos y consentidos. Esto se consigue negociando la sesión de antemano, y estableciendo límites y una palabra de seguridad. Es perfectamente válido excluir algunas de estas posturas como límites. Es importante saber lo que se quiere, saber lo que se hace y ser respetuoso. Y, sobre todo, pasárselo bien.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Los extremos a los que llegamos al servicio de nuestra dominatriz (I)

Este es otro retazo de mi nueva novela “Contracorriente”. Está recién salido del horno, lo escribí este mismo fin de semana. Por lo tanto, debéis considerarlo como un primer borrador, la versión final quizás sea muy distinta. Cuenta parte de la historia de amor entre Johnny y su dominatriz americana, Diane. Esta historia la esbocé al final del segundo capítulo de “Amores imposibles”, pero no di más que unos pocos detalles para evitar que distrajera de la trama principal. Ésta tampoco es la historia completa de la relación entre Johnny y Diane, sólo su comienzo. Quizás la continúe en otro entrada de este blog.

-Sí que estuve enamorado, Julio. Estuve locamente enamorado, con uno de esos amores que se te suben a la cabeza y toman posesión de tu vida entera hasta que ya no ves nada más. Porque no hay nada como una relación de dominación-sumisión para transportarte a otro mundo, a un espacio donde no sabes dónde termina la fantasía y dónde empieza la realidad.

-¡Ah, pues no lo sabía! Cecilia nunca me habló de nada de eso. ¿Se lo has contado?

-Empecé a contárselo, pero no llegué a darle muchos detalles. Mi relación con Diane tuvo lugar en el otoño del año pasado, que pasé entero en Nueva York. Volví a ver a Cecilia en enero, cuando acababais de empezar vuestra propia relación de dominación-sumisión, y no quise desanimarla contándole lo mal que me salió a mí.

-¿Me lo contarías a mí?

-Como quieras. No es ningún secreto, aunque te advierto que algunos de los detalles te pueden resultar algo sórdidos y chocantes. Pero, ahora que lo pienso, quizás te venga bien conocerlos para que comprendas lo que significa ser sumiso, los extremos a los que podemos llegar en el servicio de nuestra dominatriz.

-Soy todo oídos.

Johnny se recostó en su silla y le dio un buen sorbo a su cerveza.

-Conocí a Diane en una fiesta de Halloween el año pasado… No sé si sabrás qué es Halloween… Es una fiesta muy popular en Estados Unidos que se celebra la última noche de octubre para festejar la muerte y la decadencia del otoño. Los niños se disfrazan de brujas, fantasmas, vampiros, cualquier cosa que dé miedo, y van de casa en casa pidiendo golosinas. En el mundillo sadomasoquista se aprovecha para poder salir a la calle vestidos con nuestras prendas fetichistas favoritas sin que nadie se escandalice. Mis amigos de la Eulenspiegel Society me invitaron a una fiesta en una casa particular, una mansión situada en un rincón apartado del estado de New Jersey, al sur de Nueva York. Era una casa grande, de dos pisos, con una amplia terraza de madera en la parte de atrás rodeada de bosques. Nuestros anfitriones eran Diane y su marido Allan, un abogado prestigioso, adinerado y aficionado al sadomasoquismo.

-¿Diane estaba casada? Supongo que de ahí vendrían los problemas.

-Pues no, no te creas. Por suerte, los dos llevaban una vida sexual bastante independiente. Allan había sido sumiso de Diane pero últimamente le había dado por dominar a chicas jóvenes y guapas.

-Me imagino que Diane tampoco estaría nada mal.

-¡Desde luego! Yo me quedé prendado de ella en cuanto la vi. Parecía una Dominatriz salida de un comic. Llevaba un vestido de cuero, medias negras con costura por detrás y unos zapatos con un tacón de aguja de acero con los que habrías podido matar a alguien. Tenía el pelo rizado que resaltaba los finos rasgos de su cara. Tenía un cuerpo menudo, delgado y musculoso, con curvas muy marcadas, un poco como Cecilia… De hecho, me recordó bastante a ella. Yo enseguida llegué a la conclusión de que no tenía ninguna posibilidad con una mujer tan impresionante y me puse a hacer inventario de las otras que, no te creas, había alguna que no estaba nada mal. Pero mi amigo Hilton me presentó a Diane y parecí caerle bien. Me dijo que le gustaba mi acento y se puso a preguntarme cosas sobre España. Por lo visto, su madre era española; había emigrado a Estados Unidos de niña huyendo de la Guerra Civil.

-¿Entonces Diane hablaba español?

-No… Iba a preguntarle más cosas de su vida, pero Diane tenía ganas de marcha. En cuanto le conté que era sumiso me dijo que me quería a su servicio. Luego todo pasó muy rápido. Enseguida me encontré completamente desnudo, siguiendo a Diane a gatas por toda la casa, sosteniendo su copa y su plato mientras hablaba con sus invitados. Pero aunque fingía no hacerme caso, yo sabía que era el centro de su atención. Los otros sumisos me miraban con envidia. Al cabo de un rato Diane se sentó en el sofá en el centro del salón, me tumbó sobre su regazo y me propinó una formidable azotaina, primero con sus manitas, que resultaron ser sorprendentemente duras, y luego con una pala de madera que alguien le trajo. Muchos de los invitados hicieron corro para ver el espectáculo, riéndose, haciendo comentarios obscenos y animando a Diane a que me diera más fuerte. Fue muy humillante, pues el dolor era tan intenso que no podía evitar quejarme y contonearme. Cuando terminó la paliza Diane me puso unas correas de cuero en torno a la polla y los huevos a las que ató una cadena de perro, y se dedicó a pasearme así por toda la fiesta, luciendo mi trasero enrojecido, con las manos atadas a la espalda.

Julio se sorprendió al notar que las imágenes que tan vivamente había pintado Johnny lo habían excitado. La mismas escenas protagonizadas por una mujer lo habrían puesto a cien, por supuesto, pero él había visualizado claramente el cuerpo desnudo de Johnny sufriendo todas esas ignominias. Johnny había interrumpido su relato y lo miraba fijamente, sin duda dándose cuenta de su reacción.

-Debe resultar muy frustrante estar con una mujer tan guapa y no poder ni siquiera tocarla.

-Pues sí… Pero esa frustración es una parte fundamental de lo que significa ser sumiso. Sin embargo, Diane acabó por dejarme gozar de ella. Cuando los últimos invitados se marcharon me puso a trabajar recogiendo vasos y botellas, pasándole la bayeta a las mesas y las sillas, sacando bolsas de basura a la calle, desnudo como estaba y con el frío que hacía. Aún quedaba mucho trabajo por hacer cuando Diane dio por terminada la faena. Tirando de la cadena que llevaba enganchada a los huevos, me hizo bajar por la escalera hasta el sótano. Allí abrió la puerta de la mazmorra sadomasoquista más lujosa que he visto en mi vida. Había dos paredes que eran todo espejos, y frente a ellas estaban dispuestos un potro, un cepo, varios bancos y hasta un columpio con un asiento al que se le podían enganchar consoladores. Junto la pared de la derecha, que no tenía espejo, había una cama de cuero dentro de un armazón de vigas de madera con un sinnúmero de ganchos y cadenas por todas partes. Me hizo acostarme de espaldas. me ató los brazos en cruz a las esquinas y me suspendió de los pies con las piernas abiertas, las caderas apenas rozando el cuero de la cama. Diciéndome que no quería que se me enfriara el traserito durante la noche, me volvió a zurrar con la pala de madera. Luego me bajó los pies, me los encadenó a los pies de la cama, me dio un besito de buenas noches y se fue, apagando la luz. No dormí muy bien esa noche. Tenía una erección descomunal y unas ganas enormes de masturbarme, cosa que por supuesto era completamente incapaz de hacer. Me preguntaba qué estaría haciendo Diane, si se habría ido a acostar con su marido, aunque recordaba que en mitad de la fiesta él se había subido al piso de arriba con una pelirroja preciosa. Me desperté cuando Diane encendió la luz, sin saber qué hora era. Estaba completamente desnuda, preciosa, con el pelo aún mojado de salir de la ducha. Se sentó a mi lado, me besó y me preguntó qué tal había dormido, como si tal cosa, mientras acariciaba casualmente mi polla empalmada. Luego repitió el tratamiento de la noche anterior: mis pies ascendieron hacia el techo y la pala de madera descendió sobre mi trasero, que no tardó en volver a adquirir su tono rojo encendido. Atado de nuevo a la cama, Diane reposó su cuerpecito desnudo sobre el mío, volviéndome loco de deseo. Estuvo así un rato, restregándose contra mí y dándome besitos en los labios, en el cuello, en los pezones. Cuando pensé que no podía más, se arrodilló a horcajadas sobre mi cabeza e hizo descender su lindo culito sobre mi cara. No hizo falta que me dijera lo que tenía que hacer; me lengua salió disparada hacia su ano y me puse a chuparlo como si fuera el manjar más delicioso del mundo. Soltando risitas de placer, ella fue ajustando su postura para que pudiera lamérselo todo: culo, vagina y clítoris, y a acabó por dejarme la cara chorreando con sus flujos cuando se corrió. Y luego, cuando pensaba que ya había terminado todo, ¡oh, éxtasis!, se colocó a caballo sobre mis caderas y se penetró conmigo. Me folló a conciencia, a veces deprisa, a veces despacio, al ritmo que le marcaba su placer, sin que yo pudiera moverme. Le dije que no aguantaba más, que iba a correrme, que no podía hacer nada para evitarlo. Ella me cruzó la cara y se puso a insultarme, llamándome marica, nenaza, violador, cabrón… todo lo que se le venía a la cabeza, mientras no dejaba de cabalgarme con brío. No sé si ella llegó a correrse, porque cuando lo hice yo tuve un orgasmo tan intenso que perdí consciencia de todo. Así era con Diane; nunca he disfrutado tanto con ninguna otra mujer.

(Continuará)

sábado, 22 de marzo de 2014

Consejos a una sumisa principiante

Lo siento, pero para no complicar demasiado las cosas me voy a referir solamente a las sumisas, con ese género, aunque casi todo lo que voy a decir se puede aplicar igualmente a un sumiso. Tampoco voy a intentar dar consejos a una Dominante. Sin embargo, uso aquí la palabra “sumisa” con el significado más general que se le da en español, es decir, no sólo como quien quiere ser sumisa en una relación de Dominación/sumisión (DS), sino también a las masoquistas o las inclinadas a someterse al bondage (“Bottoms”, en inglés). Por último, señalo que lo que voy a decir se basa en mis experiencias y opiniones personales y que lo escribo sabiendo de antemano que hay otras opiniones al respecto, algunas basadas en mitos y creencias que no comparto.

1.    Ante todo, ten en cuenta tu seguridad. El BDSM es algo muy complejo y no exento de peligros, que muchas veces vienen de la dirección más inesperada. Se suele temer al dolor y al daño físico, cuando es realidad es mucho más preocupante la rotura del consenso, que puede llegar hasta la violación, y el abuso psicológico (sobre ello leed mi artículo “Cómo reconocer el maltrato en las relaciones de Dominación/sumisión”). Aprende bien el significado de “Seguro, sensato y consensual” y cómo se lleva a la práctica con la negociación de una sesión, el establecer límites y el uso de la palabra de seguridad. Otra cosa que puede tener consecuencias muy graves es que revelen tu afición al BDSM, “sacándote del armario” en contra de tu voluntad. Esto puede acarrear pérdida del trabajo, de hijos, rotura de la pareja, etc.

2.   Juega contigo misma. La mejor manera de aprender sobre tu cuerpo, tus fantasía y tus límites es empezar a practicar el BDSM tú sola. Sí, se puede hacer y es muy divertido. Busca un momento y un lugar en que nadie te vaya a molestar, incluso si haces ruido. Ya lo sé, para algunas personas esto puede ser difícil, pero siempre existe la manera, aunque te tengas que ir a un hotel o a casa de unos amigos comprensivos. Prepara bien el ambiente, cerrando puertas y ventanas. Desnúdate o ponte tu ropa erótica preferida. Empieza por masturbarte con tu fantasía favorita BDSM. Luego puedes darte azotes, probar consoladores o tapones de culo (“butt-plugs”), hacerte corsés de cuerda… ¡lo que se te ocurra! Si te atas a ti misma, asegúrate que dejas siempre libre la mano derecha (a no ser que seas zurda).

3.    Cómprate tus propios “juguetes”. Es importante que tengas tus propios consoladores y tapones de culo que no use nadie más, así que empieza por ahí. Si te gustan las mordazas, hazte con la tuya propia. También es buena idea tener muñequeras y tobilleras a tu medida y una pequeña pala o cepillo de madera para pegarte (si te gusta eso).

4.    Lee mucho sobre BDSM, tanto novelas eróticas como libros de información práctica. Cuanto más informada estés, mejor evitarás los peligros y mejor te lo pasarás en las sesiones. La literatura erótica es lo mejor que hay para definir tus fantasías y los roles que quieres probar.

5.    Intégrate en la comunidad BDSM (mejor en la vida real, pero si no puedes, en internet). No lo hagas sólo para buscar a un Dominante, primero busca gente con la que intercambiar experiencia y opiniones, sobre todo otras sumisas como tú. Haz amigas y amigos. Ve a encuentros y fiestas con la idea de charlar, aprender y mirar, más que ligar. No tengas prisa por encontrar “Tu Dominante”, piensa que si te emparejas con el Dominante equivocado eso te mantendrá alejada de alguien que es realmente compatible contigo. No podrás elegir bien hasta que tengas mucha información a tu alcance.  

6.   Juega “por sesiones” durante al menos un par de años antes de siquiera plantearte una relación DS a tiempo completo (24/7). Ten en cuenta que la relación 24/7 no tiene por qué ser deseable ni convertirse en tu meta. Muchas personas practican el BDSM sin hacer eso. Jugar por sesiones te permitirá probar algo distinto en cada sesión y tener tiempo entre sesiones para procesar tu experiencia y decidir lo que quieres hacer la próxima vez. Si alguien intenta convencerte de que empieces una relación 24/7 siendo una novata, aléjate de él lo antes posible. Ese es uno de los indicios más claros de un Dominante peligroso.

7.    Juega con varios Dominantes antes de elegir a uno en particular. Sí, me has leído bien: al principio es mejor ser promiscua. Cada Dominante (Top) tiene un estilo distinto y diferentes habilidades. No hablo sólo del uso de juguetes sino, más importante todavía, la capacidad de llevarte a un estado mental determinado (el llamado “sub-space”) donde tus fantasías más profundas se hagan realidad. Nunca podrás evaluar lo bueno que es un Dominante hasta que hayas probado con varios. No te creas los mitos románticos de “la entrega” y del Dominante hecho a tu medida que va a aparecer enseguida. Encontrar la relación ideal requiere tiempo y esfuerzo, pero nadie dice que no te lo vayas a pasar bien mientras la buscas.

8.    Ten en cuenta que follar no es un requisito para hacer una sesión BDSM. Si sólo buscas una azotaina, o que te aten, plantéalo directamente desde el principio y establece que el follar está fuera de tus límites. Nunca te dejes chantajear, si él no quiere jugar si no follas con él, y a ti no te apetece, dile que no y en paz. Nunca te veas forzada a hacer algo que no quieres. Por otro lado, si quieres BDSM  y sexo, hazlo con las debidas precauciones contra las enfermedades de transmisión sexual. Usar condón debe ser un requisito absoluto. Además, si practicas el sexo con varias personas es muy aconsejable hacerse un panel de enfermedades de transmisión sexual al menos una vez al año, que debe incluir HIV (SIDA), sífilis, gonorrea, clamidia y herpes genital. Pídele al Dominante de turno con quien vayas a follar los resultados de este análisis.

9.    Un Dominante tiene que ganarse tu confianza, no tiene derecho a ella de entrada. La confianza de una sumisa se gana escuchándola, preocupándose por sus gustos, sus fantasías y sus límites. Y también mostrando lo que el Dominante puede aportar a la relación, sus conocimientos, sus empatía, su seguridad en sí mismo… su capacidad para dominar, en definitiva. La confianza requiere tiempo, tiene que ser construida paso a paso, no puede ser instantánea. Una relación BDSM que valga la pena expone partes muy vulnerables tanto de la sumisa como del Dominante; no se llega a ellas tan fácilmente.

10.    Mantén una actitud abierta sobre cuáles son tus gustos y tus inclinaciones. Es como la comida: algunas cosas no sabrás si te gustan o no hasta que las hayas probado. No seas dogmática ni pongas barreras innecesarias. Una buena forma de aproximarse a algo que no sabes si te va gustar es masturbarse imaginándote que lo haces. Imagínate que te sometes a otra mujer, o que dominas a un tío. Tu propio cuerpo te dirá la verdad sobre tus gustos. Pero ten en cuenta que a menudo la realidad sobrepasa a las fantasías.

11.    Define tu rol, no dejes que nadie lo defina por ti, ni aceptes convenciones que van contra tus gustos. No dejes que te encasillen los demás, incluso (¡sobre todo!) tu Dominante. En el BDSM se puede ser muchas cosas aparte de sumisa en una relación DS. Si te atrae el dolor erótico, serás masoquista. Si lo que te gusta es que te aten, lo tuyo es el bondage. Incluso dentro de la DS hay muchas modalidades: Amo/esclava, Papá/niña, Maestro/discípula, disciplina doméstica, etc. (Ver mi artículo “El BDSM en toda su rica variedad”).

(Dedicado a kittylaura de FetLife)

domingo, 9 de febrero de 2014

La sumisión de Malena

Este es otro fragmento de la novela que estoy escribiendo, la continuación de "Voy a romperte en pedacitos". Se trata de un primer borrador, la versión final seguramente será más elaborada. También he eliminado algunos detalles que pueden ser "spoilers" para los que no hayáis leído "Voy a romperte en pedacitos". Esta historieta quiere mostrar lo que es la negociación de una relación de dominación-sumisión; cómo los deseos de la dominante y la sumisa convergen en una determinada manera de actuar. 

Dibujo cortesía de Pattydraws

Malena se pasó el día preparándose para su encuentro con Cecilia. Limpió a conciencia toda la casa, haciendo la cama en el dormitorio, barriendo meticulosamente el salón-comedor, quitándole el polvo a las estanterías, sacudiendo el polvo de los cojines del sofá en el patio trasero. Cuando terminó se le ocurrió que quizás habría tenido que hacer lo contrario: dejar el apartamento sucio y desordenado para así darle un motivo a Cecilia para castigarla. Pero no, el tener la casa sucia iba en contra de su manera de ser, sobre todo cuando iba a recibir a su mejor amiga. Además, eso de provocar los castigos a propósito era un poco enrevesado, ¿no? Y, sin embargo, si siempre se portaba bien, Cecilia nunca la castigaría… ¡Qué lío! Esto del sadomasoquismo era demasiado nuevo para ella; tendría que pedirle a Cecilia que se lo explicara mejor.
Lo que sí sabía era que desde que se vio atravesada en el regazo de Cecilia, recibiendo azotes en el trasero bajo la mirada lujuriosa de Lorenzo, no había deseado otra cosa que volver a vivir esa experiencia, volver a sentirse bajo el control de Cecilia, pequeña e indefensa como una niña.
Un par de horas antes de que apareciera Cecilia se duchó, lavándose el pelo a conciencia, cepillándoselo bajo el secador hasta darle el volumen y la ondulación adecuados. Se recortó cuidadosamente el vello del pubis con unas tijeras. Le daba algo de miedo afeitarse el coño como hacía Cecilia; los intentos que había hecho anteriormente habían resultado en escozores muy molestos y algún que otro feo grano de pus. Escogió su mejor ropa interior. No tenía ninguna de esas picardías que sin duda le gustaban a Cecilia, pero unas braguitas nuevas, blancas estampadas con flores, le dieron el aire infantil que quería que Cecilia viera en ella. Rebuscó entre sus sujetadores sin encontrar ninguno que le gustara. Al final decidió no ponérselo; con sus pechos pequeños realmente no lo necesitaba. Completó su atuendo con un vestido cortito, estampado con flores de muchos colores, y unas sandalias de tiras de cuero que se había comprado en el Rastro.
Cecilia tocó el timbre a las cinco en punto. Malena corrió hacia la puerta, pero el gato Lenin llegó antes que ella, restregándose contra madera con el rabo bien tieso. En cuanto abrió la puerta empezó a enroscarse en las piernas de Cecilia, dejando en claro que le pertenecía a él y a nadie más. Y sin duda debía ser así, pues lo primero que hizo Cecilia al entrar fue coger al gato en brazos, acariciarlo detrás de las orejas y frotarse el pelaje anaranjado de su cabeza contra las mejillas. Sólo cuando Lenin saltó al suelo, satisfecho de caricias, Cecilia se le acercó y le plantó un beso en los labios con una sonrisa.
-¡Estás guapísima, Malena! Ese vestido te sienta muy bien.
-Tú también estás muy guapa. ¿Has ido así a la universidad?
Cecilia vestía una camisa de manga corta color crema, desabotonada para revelar vistazos de su sujetador, falda verde oscuro, medias negras y zapatos de medio tacón. Su pelo, más largo de lo habitual, estaba un poco revuelto, formando un halo de rizos en torno a su cabeza.
-Sí, claro. No tenía tiempo de ir a casa a cambiarme. Pero si me abrocho un poco más la camisa creo que voy lo suficientemente decente, ¿no?
-Sí… Es profesional y sexy a la vez… ¿Qué me vas a hacer? Quería haber hecho alguna travesura para que me castigaras, pero no se me ocurrió nada. Ya ves, metida aquí en casa todo el día, me dio por ponerme a limpiar.
-¡Ay, Malena! No seas tonta, no tienes que hacer nada para que te castigue. Anda, ven, vamos a sentarnos en el sofá, que tenemos que hablar.
Fue a tomar asiento a su lado, pero Cecilia la hizo sentarse sobre su regazo. Malena se abandonó en sus brazos, apoyando la cabeza en su hombro, oliendo el perfume de su pelo. Lenin se subió de un salto al respaldo del sofá y se puso a ronronear junto a ellas. Cecilia trazó distraídamente el contorno de las pecas en sus muslos.
-Malena, ya sabes que estoy en deuda contigo. Me recogiste en vuestra casa cuando no tenía a dónde ir y me defendiste cuando Lorenzo quiso echarme aquella vez. Luego peleaste por mí como una leona cuando Luis me atacó con su banda de fachas…
-¡Pero es que no es eso, Cecilia! -la interrumpió, despegándose de ella-. No te pido que me devuelvas ningún favor. Quiero que me hagas lo que quieras hacerme… Que disfrutes de mí… Porque yo te gusto, ¿no?
-Sí, Malena, me gustas mucho. Pero no me vengas con esas, tú también quieres algo de mí, me lo dijiste el otro día… Y eso está bien, de verdad, porque de lo que se trata es de que disfrutemos las dos, cada una a su manera. De hecho, a mí lo que más me haría disfrutar es hacerte feliz. Así que vamos a dejarnos de tonterías y a hablar claramente de lo que queremos.
Malena se volvió a dejar caer sobre el hombro de Cecilia.
-Es que yo no estoy muy segura de lo que quiero… Quiero que me enseñes tu mundo del sadomasoquismo ese. Que me hagas lo del otro día, que me hizo sentirme de una forma muy especial.
-Vale: darte unos azotitos en el culete… No hay ningún problema con eso, Malena… Pero creo que quieres algo más. Cuando fuiste a verme a la universidad me dijiste que quería que fuera tu mamá.
Malena ocultó la cara en el pelo de Cecilia.
-No sé por qué te lo dije… Me da mucha vergüenza hablar de eso.
Cecilia le acarició suavemente el muslo.
-No tiene por qué darte vergüenza, Malena. Somos amigas y hemos hecho muchas gamberradas juntas, ¿no? Ya sé que el otro día te puse muchas pegas, pero me lo he estado pensando y creo que puede ser algo muy bueno para las dos.
-¿De verdad?
-De verdad, Malena. Tú dime cómo te gustaría que fuera y poco a poco vamos viendo lo que podemos hacer.
-Pues… Me gustaría que fueras mi mamá secreta, algo que sólo sepamos nosotras dos. Y que me cojas así en brazos, como estás haciendo ahora, y me acaricies, y me digas lo que tengo que hacer… Estoy perdida, Cecilia, no sé qué hacer con mi vida. Todos estos años, desde que me fui de Chile, he pasado mucho miedo… No sabía dónde ir, qué iba a ser de mí. Y entonces llegaste tú… y solucionaste los problemas que tenía con el Lorenzo… y lo convenciste de que se casara conmigo. Y ahora todo está bien, tengo marido y una casa donde vivir… ya no tengo que correr ni esconderme… ¡Pero mi vida está vacía, Cecilia, no sé para dónde tirar! Tú eres la persona más sabia que he conocido en mi vida. Sé que me puedes aconsejar… incluso decirme lo que tengo que hacer, y yo te obedecería en todo… Y si no lo hago, quiero que me riñas y que me castigues. Ya sé que ya no soy una niña; soy una mujer mayor capaz de tomar sus propias decisiones… ¡Pero ahora mismo me sentiría tan bien si  lo único que tengo que hacer es obedecerte! Me fío de ti, sé que me ayudarás a encontrar mi camino.
Le había salido todo de un tirón, desde el fondo del alma. No estaba segura de haber pensado nunca en esas cosas, pero conforme las decía se daba cuenta de que eran verdad. Le puso la mano en el hombro a Cecilia y se lo apretó, sacudiéndola.
-¿Me entiendes, verdad? -dijo con desesperación en la voz.
-¡Claro que te entiendo, Malena! Yo misma he sentido cosas parecidas. Pero me da miedo lo que me pides… Yo no soy tan sabia como te crees, he cometido muchos errores en la vida y seguramente los seguiré cometiendo. Tienes que darte cuenta de que yo sola no puedo guiarte en tu vida, tendrá que ser algo que hagamos entre las dos. Podemos hablar y decidir lo que tienes que hacer… Y luego, si te faltan las fuerzas, desde luego que sí puedes contar conmigo para echarte un chorreo, darte unos azotes y ponerte más derecha que una vela, porque eso sí que lo sé hacer muy bien.
Malena sonrió.
-¡Pues eso es lo que quiero! … ¿Me dejarás que te llame mamá?
-Vale. Pero sólo cuando estemos a solas, ¿eh? O, como mucho, delante de Lorenzo.
-Yo no se lo pensaba contar al Lorenzo…
-Pues esa va a ser la primera orden que te voy a dar… Lorenzo tiene que saberlo, Malena. No podemos dejarlo fuera. Siempre hemos sido los tres mosqueteros, ¿recuerdas? Y él siempre se ha portado fenomenal con nosotras. Los secretos envenenan las relaciones de pareja. Es una lección que me costó muy caro aprender y no voy a dejar que tú cometas el mismo error.
-Vale… Pero, por favor, díselo tú. Tú sabes cómo contar este tipo de cosas… y además el Lorenzo siempre te toma muy en serio. Yo me moriría de vergüenza.
-Bueno, ya se lo diré yo, cuando llegue el momento.
-¿Qué más me vas a mandar hacer?
-¡Ay, no lo sé, Malena! Lo tengo que pensar.
-¿Qué tenías pensado hacerme hoy?
-Pues podíamos empezar con una azotaina… Ya sé que es lo que estás deseando.
-¡Ay sí, por favor!
Enseguida se encontró tendida bocabajo sobre los muslos de Cecilia. Hizo una almohada con las manos y reposó la mejilla sobre ellas. Cecilia le acarició las piernas y le levantó el vestido.
-¡Pero que braguitas tan monas! Parecen de niña… Creo que me va a gustar que seas mi niñita, para así poderte dar unos azotitos de vez en cuando.
Malena se rio, dando pataditas excitadas al asiento del sofá. Notó que Cecilia le metía delicadamente los dedos dentro de las bragas y se las bajaba hasta los muslos. A continuación empezaron los azotes, no muy fuertes, pinchazos picantes sobre la piel delicada del pompis. Cecilia se detuvo y le acarició las nalgas, masajeándoselas y separándoselas con rudeza. Luego volvió a pegarle más fuerte, con un ritmo cadencioso y eficaz. El aguijonazo y el calor que le proporcionaban sus manos se convirtió en una sensación de intensidad creciente, hasta llegar al punto en que no pudo evitar quejarse y debatirse.
-¿Qué? Duele, ¿eh? ¿Ves? Mejor que no me obligues a darte una azotaina de castigo, pues te puedo hacer pasar un mal rato. Pero hoy no… hoy vamos a pasárnoslo bien, ¿vale?
Le pegó una serie rápida de cachetes flojitos que hicieron que su piel se despertara en un agradable escozor. Luego, justo cuando empezaba a desear más, vino una tanda de azotes fuertes y espaciados, que cesó en el momento que empezaban a volverse intolerables. Cecilia siguió alternando series de azotes suaves y enérgicos, impidiéndola distraerse un solo momento. Por fin se detuvo y volvió a masajearle el culo.
 -¿Te acuerdas cuando nos gatillábamos juntas en la cama, Malena? A ti siempre te ha gustado mucho eso, ¿verdad?
-Sí… ¿Por qué? ¿Está mal?
-No. Está muy bien. Me gusta que disfrutes. Por eso mismo quiero que lo hagas ahora.
Se quedó un momento desconcertada, ponderando lo que le pedía Cecilia.
-¿Ahora? ¿Mientras me pegas?
-Precisamente. Venga, no me hagas esperar. Ponte el dedito en el clítoris y date gusto hasta correrte.
Malena deslizó la mano entre su cuerpo y las piernas de Cecilia. Alcanzarse el clítoris con el dedo la obligó a poner el culo en pompa de forma más bien obscena. Notó que estaba muy mojada y su postura la excitó aún más. Cecilia volvió a golpearle su pompis ardiente y expuesto, y ella se frotó el clítoris con fruición. El placer hacía que los azotes le dolieran menos y le gustaran más.
-Avísame cuando te vayas a correr, para que te pegue más fuerte -dijo Cecilia tranquilamente.
Por alguna extraña razón, eso la volvió medio loca. Levantó el culo aún más en el aire y se estimuló furiosamente.
-¡Así me gusta, bonita! Ten un orgasmito muy fuerte para mamá.
Eso fue la gota que colmó el vaso.
-¡A… ahora! ¡Me voy! -alcanzó a decir justo a antes de que se desencadenara su clímax.
El orgasmo pareció durar una eternidad. Fiel a su promesa, Cecilia la zurró de lo lindo mientras se corría, el escozor de los azotes mezclándose de forma extraña con las ondas de placer que le surcaban el cuerpo. Planeando por encima de todas esas sensaciones entrecruzadas estaba la satisfacción de saber que le estaba dando a Cecilia lo que le había pedido, que al gozar se entregaba a ella.
Cuando terminó se quedó exhausta, atravesada sobre el regazo de Cecilia, sin fuerzas siquiera para sacarse la mano de la entrepierna. Cecilia ya no le pegaba, pero el trasero le ardía como si lo tuviera al rojo vivo. Una sensación de enorme bienestar le bañaba todo el cuerpo.
Cecilia le acabó de bajar las bragas, levantándole los pies para acabar de quitárselas. No se le ocurrió protestar.
-Mejor que vayas sin braguitas, para que no te escuezan el culete. Además, quiero que te sientas un poco zorrita.
-Sí, mamá -se atrevió a decir. La palabra le envió escalofríos por todo el cuerpo.
Cecilia la hizo incorporarse y la volvió a sentar en su regazo, abrazándola.
-Ahora escúchame bien… Cuando venga Lorenzo, lo seduces y te lo llevas a la cama. Haz todo lo que él quiera, en la postura en él quiera, ¿entendido?
-Sí… Pero, ¿y tú? ¿No vas a correrte? ¿Quieres que te gatille?
-Otro día, Malena. Se nos ha hecho tarde y no quiero que Lorenzo nos pille en plena faena.
-Pero es que yo… yo quiero hacerte gozar a ti también -dijo quejumbrosa.
-Que no, Malena. No te preocupes por mí.
-Vale… mamá. ¿Qué quieres que haga con el Lorenzo? ¿Quieres que me culee?
-Sí… ¿Crees que podrás convencerlo?
-¡Pues claro! ¡Si él siempre quiere!
-¿Ves? Pues precisamente por eso. ¡Tienes que tener satisfecho a tu marido, Malenita!
-Si tú me lo mandas, lo haré de mil amores -dijo entusiasmada.
-Pues eso es lo que yo siempre he querido: que Lorenzo y tú hagáis el amor como dios manda. Quiero que tengas un buen orgasmo cuando te folle, ¿me oyes? Como el que acabas de tener.
-Pero si me he quedado muy a gusto… No necesito más.
-Pues esa es una de las primeras cosas que quiero enseñarte, Malena: a disfrutar más del sexo. A partir de ahora quiero que folles con Lorenzo todos los días que él quiera. No le pongas disculpas. Si no lo haces, te castigaré… Y descuida, que no te van a gustar nada mis castigos.
-Vale, mami. Me portaré bien, te lo prometo.
Cecilia la volvió a besar. Distraídamente, se pasó la mano por el trasero. Tenía la piel caliente y suave al tacto, como terciopelo. Le vino a la cabeza una idea preocupante.
-Pero… cuando el Lorenzo me vea el culo rojo me va a preguntar que por qué es… ¿Qué le voy a decir?
-¡Pues la verdad! Le dices que he venido a verte y que hemos jugado como el otro día. No hace falta que le des más explicaciones. Dile que ya hablaré yo con él.

sábado, 1 de febrero de 2014

Unos azotes a Malena

Cuando acabaron de fregar los platos fueron a reunirse con Lorenzo en la sala de estar. Había bajado la luz y puesto música. Cecilia se sentó a su lado, le pasó la mano por la mejilla y lo besó suavemente en los labios. Él le recorrió con la mano el muslo desnudo, despertándole escalofríos en todo el cuerpo. Malena se sentó al otro lado de Lorenzo, abrazándolo por detrás, hundiendo la cara en su espalda.
-Me ha dicho Malena que vais a atarme, como aquella vez…
-¡No, yo no he dicho eso! -protestó Malena.
-Sí, Malena. Me dijiste que queríais probar lo del sadomasoquismo, ¿no?
-Bueno, eso son cosas de Chiqui…
-Pues puede ser divertido, Lorenzo… Podríamos jugar a que quiero escaparme, como ese día que iba a irme a casa de Laura. Vosotros me atáis y luego os aprovecháis de mí. ¿No te apetece? ¡Venga, seguro que te gusta!
-Yo no sé hacer esas cosas, tía.
-Bueno, pues yo os enseño.
Cecilia se levantó y se plantó delante de ellos. Sonriendo, se desabrochó el botón de sus short y se fue bajando la cremallera lentamente. Luego se dio la vuelta, sacó el culo de forma provocativa y se bajó los pantaloncitos. No llevaba bragas debajo. Tenía las nalgas tostadas por el sol, con sólo un breve triángulo blanco en el centro y la parte superior, donde las había cubierto el bikini.
-¿Quién quiere darle unos azotes a este culete? -preguntó con voz seductora mientras meneaba el trasero.
Malena se levantó, fue junto a ella y le acarició el culo.
-¡Venga, Lorenzo, anímate!
-No. Yo no puedo pegarle a una mujer.
-¡Pero si a mí me gusta!
-Da lo mismo. Es cuestión de principios.
-Venga, no seas fanático, Lorenzo.
-¡Que no, Chiqui!
-Vale pues pégame tú, Malena.
Malena sonrió. Levantó la mano y le dio un cachete.
-Puedes pegarme más fuerte.
Malena le dio otro azote. Cecilia ni se inmutó.
-¿No te duele?
-Pues no, la verdad… Es que estoy acostumbrada a que me peguen mucho más fuerte.
-Pues yo no te puedo pegar más fuerte, que me duele la mano.
Lorenzo sonrió.
-Seguro que te duele mucho más la mano que a ella el culo, Chiqui.
-¡Jodeeeer! ¡Pues vaya par de sadomasoquistas que estáis hechos los dos!
Cecilia se bajó los shorts hasta que los tuvo enredados en un tobillo. Luego, de una patada, los mandó al otro extremos del salón.
-Vale, pues entonces pégame tú a mí.
-¡No digas tonterías, Malena! Si te pego te va a entrar uno de tus ataques de pánico.
-¡Que no! Ya te he dicho que ya no me dan -dijo Malena con voz de niña mala.
-No me hables en ese tono… ¡a ver si te voy a tener que zurrar de verdad!
-¡Hablo como me da la gana!
-No me contestes, Malena. Ya sabes que yo no me ando con tonterías.
-¿Qué te crees, que te tengo miedo?
-Pues harías bien en tenérmelo.
-¡Bah! ¡Si eres una blandengue! ¡Y además, Laura es una idiota!
-No metas a Laura en esto, que ella no tiene nada que ver.
-¡Laura es una idiota y una estúpida!
-¡Mira, Malena, ya está bien!
Malena le sacó la lengua.
Lorenzo se revolcaba de risa en el sofá.
-¡Muy bien! Conque esas tenemos, ¿eh? ¡Pues ahora, verás! … ¡Lorenzo, joder, quítate de ahí, tío! Si no me vas a ayudar, por lo menos no incordies.
-¡Perdona, tía! -dijo Lorenzo apresurándose a levantarse del sofá.
Cecilia agarró a Malena por las muñecas y la miró a los ojos para asegurarse de que todo iba bien. Malena le volvió a sacar la lengua.
Sujetándole las muñecas con una sola mano, Cecilia le desabrochó el botón de los vaqueros y le bajó la cremallera. Malena pudo haberse zafado en cualquier momento, pero no ofreció ninguna resistencia. Le bajó los pantalones hasta dejárselos en los tobillos.
-¡Ahora verás lo que le pasa a las niñas malas!
Volvió a cogerla de las muñecas y tiró de ella hacia el sofá. Malena dio un traspiés y cayeron las dos sobre el asiento. Hábilmente, Cecilia la agarró de una cadera y la hizo girar bocabajo sobre su regazo.
-Lorenzo, cógele las manos… Y mírala a la cara.
Lorenzo vaciló, pero enseguida comprendió lo que quería. Asintió y se arrodilló junto al sofá, tomando las manos de Malena suavemente en las suyas.
Le propinó dos cachetes flojitos sobre las bragas blancas. Malena pataleó un poco y se rio.
-¿Así que esto te parece divertido, eh? ¡Pues ahora verás!
Tiró de las bragas hasta dejárselas liadas en los muslos. Malena tenía un culito pequeñín, blanco y redondito. Por alguna misteriosa razón, la pecas le desaparecían en la cintura y le volvían a aparecer a los lados de los muslos. ¡Ay, cuántas veces había sentido la tentación de hacer lo que estaba a punto de hacer ahora! Le latía fuerte el corazón.
Malena estaba inmóvil salvo por un movimiento de vaivén de sus caderas, sutil y sensual, que traicionaba su excitación. Cecilia empezó a pegarle alternando de una nalga a otra, sin mucha fuerza pero con un ritmo constante. Malena gimió, pero no de dolor.
-¿Qué? Duele, ¿eh?
-No me está doliendo nadita.
-¡Ya lo sé, tonta! ¡Estás disfrutando como una enana, se te nota un montón!
Lorenzo tenía la mirada clavada en el rostro de Malena. Levantó los ojos hacia Cecilia y movió la cabeza afirmativamente. Malena enterró la cara en el sofá.
-¡Pues ahora vas a ver! No todo va a ser gusto, que estabas portándote muy mal.
Levantó la mano y le dio un azote de los de verdad, que restalló por toda la habitación.
-¡Ay! ¡Ese sí que duele!
-¿Ves? Eso es para que aprendas a ser buena.
-¡No me da la gana! ¡No quiero ser buena!
Pues sí que tiene madera de masoca, pensó Cecilia.
Se puso a darle una buena zurra, sin pasarse, pero tampoco sin contemplaciones. Malena apretó el culo, pataleó todo lo que le permitían los pantalones en sus tobillos.
-Bueno, pues cuando te decidas ser buena, me lo dices y paramos.
-¡Ay, sí! ¡Para un poquito!
Cecilia detuvo la azotaina y le acarició las nalgas. Tenían un precioso color sonrosado y estaban muy calientes. Malena respondió a sus caricias volviendo a mover las caderas. Cecilia sabía por experiencia que iba a querer más.
-¿Vas a ser buena?
-¡No!
La volvió a azotar, primero flojito, luego aumentando gradualmente la fuerza de los golpes. Malena aguantó un buen rato, quejándose, gimiendo, meneando el culo y dándole pataditas al sofá.
Lorenzo se había puesto a acariciar el pelo de Malena, sujetándole aun las muñecas con su otra mano. Seguía todo el proceso fascinado, alternando la mirada entre el trasero de Malena y el rostro de Cecilia.
Sabía por su propia experiencia que Malena no le iba a pedir que parara. Estaría envuelta en una abrumadora confusión de dolor, placer, humillación, sumisión y fantasías que no la dejaría pensar en nada más. Mejor no arriesgarse y detenerse a tiempo. Empezó a espaciar más los azotes, intercalándolos con caricias a las nalgas rojas y calientes. Malena respondió levantando el trasero de forma obscena, gimiendo con cada caricia y quejándose con cada azote.
-¿Qué? ¿Vas a ser buena ahora?
-Sí… No… ¡Ay! ¡No me pegues tan fuerte! … Sí, sí, acaríciame así… ¡Ay! ¡Sí, voy a ser buena! ¡Voy a ser muy buena!
Le agarró una nalga ardiente y se la estrujó. Le deslizó los dedos en la raja del coño. Malena se tensó y suspiró. Estaba empapada por dentro.
-Pues me vas a obedecer en todo lo que te diga, si no quieres recibir más.
-Vale…
-Venga, pues te vas poner de rodillas junto al sofá… ¡Así, castigada con el culo al aire! No te muevas, ¿eh?
Cecilia se llevó Lorenzo aparte, donde no los podía oír Malena. Su polla le abultaba la delantera del pantalón. Se la acarició. Lorenzo tenía la respiración agitada. Le cogió la mano para retenérsela contra sí.
-¿Qué? Te has puesto cachondo, ¿eh?
-Le has pegado un montón, tía… ¿Estás segura de que está bien?
-Segurísima… Lo que está es muy excitada. Necesitas que la folles ya mismo, así que vete a la habitación, desnúdate y ponte un condón.
-¡Pero tía, yo quería follarte a ti! Hace mucho que no lo hacemos.
-¡Pues te jodes! Haberme dado unos azotes cuando te lo pedí. Ahora no podemos dejar a Malena colgada.
En cuanto Lorenzo se fue al cuarto, volvió junto a Malena. Le puso la mano en la espalda y la empujó hasta que tuvo la cabeza sobre el sofá.
Ya no podía aguantarse más. Empezó a masturbarse. Malena volvió la cabeza, la vio y le sonrió.
-Ahora tendrás que aguantarte con todo lo que queramos hacerte, ya lo sabes.
Por toda respuesta, Malena soltó un quejido que expresaba un enorme deseo y sumisión.
Lorenzo apareció, desnudo, con un condón cubriendo su espectacular erección. Malena lo vio y se agitó, nerviosa, gimiendo esta vez de aprensión. Cecilia le acarició el pelo.
-No te preocupes, chiquitina, que yo estoy aquí contigo. Pero ahora tienes que ser buena y dejar que te culee tu marido. Verás como te va a gustar.
Lorenzo se arrodilló detrás de Malena y la fue penetrando despacio. Al principio Malena se quejó y se retorció, pero pronto el deseo superó sus temores y la obligó a arquear las caderas para ofrecerse mejor. Lorenzo completó la penetración y empezó el bombeo, al que pronto se unió Malena con jadeos y gruñidos de animal. Cecilia, con una pierna en el sofá y una rodilla en el suelo, se masturbó energéticamente mientras los contemplaba, acariciando a Malena con la otra mano: su pelo, su mejilla, su espalda, su trasero ardiente y sonrosado, hasta detenerse en el lugar donde las enérgicas embestidas del vientre de Lorenzo se lo aplastaba rítmicamente.
-¿Ves que bien? ¡Si es que no hay nada como que te follen con el culo bien caliente!
Eso desencadenó el clímax de Malena. Sus quejidos se convirtieron en grititos, su cuerpo se convulsionó en espasmos de placer. Cuando el orgasmo parecía abatirse, volvió a empezar con aún mayor intensidad, a juzgar por los aullidos de Malena. Con dos fuertes acometidas, Lorenzo se corrió a su vez. Cecilia se desplomó sobre la espalda de Malena mientras que se apresuraba a aplicarle a su clítoris los toques finales para llegar ella también a la cúspide.
Lorenzo, exhausto y satisfecho, se dejó caer sobre ella. Se quedaron los tres un rato apilados, recuperando el aliento. Luego los dos ayudaron a Malena a sentarse en el sofá entre ellos, abrazándola.
-¿Te ha gustado, Chiqui?
-Sí, mucho… -Malena soltó una risita-. Estaba como en una nube.
-Hubo un momento que pensé que se estaba pasando un huevo contigo… Pero pensé que era mejor no interrumpir, porque Cecilia sabe un montón de estas cosas.
-¡Pues sí, menos mal que no lo hiciste, porque lo hubieras echado todo a perder! ¿Verdad, Cecilia?
-Bueno, en estas cosas nunca se sabe… Me alegro de no haberme equivocado.
-Pues yo hubiera podido seguir un poco más. Ahora entiendo por qué te gusta que te peguen. ¡Está fenomenal! Es un sentimiento muy dulce, que te llena por todas partes, como si te volvieras muy blandita por dentro, ¿verdad?
-Sí. Es lo que yo llamo sentirme sumisa.
-¿Ves como no pasa nada por pegar, Lorenzo?
-Pues yo nunca podría pegarte a ti, Chiqui.
-¿Y a mí tampoco?
-A ti menos, Cecilia. No pienso maltratar a ninguna mujer.
-¡Ay, Lorenzo! ¡No seas tan cerrado de mollera, joder! ¡Y deja ya de mirarme con esa cara de pena! Nos tomamos un descansito y luego me follas a mí, ¿vale?

domingo, 17 de noviembre de 2013

“50 Sombras de Grey” - ¿una historia de Dominación/sumisión o de maltrato?

Hace unos días escribí un artículo en este blog sobre Cómo reconocer el maltrato en las relaciones de Dominación/sumisión. Al final del mismo se me ocurrió pensar en cuántos de los 12 puntos que cito ocurren en la relación entre Christian Grey y Anastasia Steele, los protagonistas de la famosa trilogía “50 Sombras de Grey”, sobre la que ya he escrito en mi otro artículo Por qué tiene tanto éxito "50 Sombras de Grey". Hagamos un análisis punto por punto…
  1. No respetar los límites de la sumisa. Grey claramente no los respeta, sino que ejerce una continua presión sobre Anastasia para que acepte una relación de D/s extrema (a tiempo completo o 24/7) para la que ella no está en absoluto preparada.
  2. Problemas con la “palabra de seguridad”. La “palabra de seguridad” aparece poco y tarde en la historia. No se menciona en el contrato que le ofrece Grey, ni él le recuerda que puede usarla antes de las sesiones. Por lo visto sí se usa en el tercer libro, el único que no he leído.
  3. Establecer un tipo de relación extrema para el que no está preparada la sumisa. No solo Anastasia en una completa novata, sino que ni siquiera tiene claro que le guste la D/s. Querer meter a una persona así en una relación de D/s a tiempo completo, con control total sobre su vida, es una absoluta barbaridad. Las cosas hubieran ido mucho mejor si Grey le hubiera ofrecido a Anastasia sesiones ligeras de sadomasoquismo, con azotes eróticos en el culo y algo de bondage. Al final la relación queda reducida a ese BDSM ultraligero, pero para entonces Grey ha perdido toda autoridad como Dominante y Anastasia se ha hecho con el control de la relación… Algo que, por cierto, no suele pasar en la vida real.
  4. Provocar sentimientos de culpa. Queda claro desde el principio que Grey es un hombre frágil y emocionalmente herido, a quien el simple contacto físico le puede ocasionar un ataque de ansiedad. Eso establece una dinámica en la que Anastasia no sólo tiene que cuidar de sus propios sentimientos, sino que tiene que responsabilizarse del sufrimiento de Grey. Eso la coloca en una situación de debilidad en la que su sentimiento de culpa puede ser usado para manipularla psicológicamente.
  5. Hacer a la sumisa romper con su entorno social. Si bien Grey no hace que Anastasia rompa completamente con su entorno social, continuamente se inmiscuye en él, interviniendo en su relación con sus padres y con su mejor amiga. Con los amigos masculinos de Anastasia Grey es mucho menos sutil: sus celos no admiten ningún posible rival.
  6. Aliarse con sus amigos para manipular a la sumisa. En esto Grey no se anda con chiquitas. Más que amigos, él tiene todo un ejército de guardaespaldas y empleados con los que espiar y acosar a Anastasia.
  7. Secretos. Tampoco aquí se anda Grey con sutilezas: le hace firmar a Anastasia un contrato legal en el que ella se compromete a guardar estricto secreto de todo lo que pasa entre ella y Grey. La consecuencia inmediata es que Anastasia no puede buscar consejo de su mejor amiga sobre el tipo de relación al que la quiere conducir Grey. Anastasia tiene miedo genuino de lo que le puede pasar si rompe ese contrato, con toda razón, dado cómo el sistema de justicia americano protege a los adinerados y desprotege a los pobres. Sin poder hablar con nadie de lo que la preocupa, Anastasia cae en el estado de confusión e indecisión típico de las víctimas de maltrato.
  8. Exageraciones y mentiras. Esto es algo que Grey no hace, pero es porque no lo necesita. Desde el principio está claro que él tiene más dinero y poder que nadie, y un ego del tamaño del Universo.
  9. Celos. Está claro que Grey, como muchos maltratadores, padece de celopatía. No soporta la idea de que ella quede con otro hombre, e incluso las amigas de Anastasia le dan celos. Cabe preguntarse si una de las razones por las que se siente atraído inicialmente por ella es porque es virgen y así él la podrá poseer completamente, será el único hombre en su vida.
  10. Falta de respeto por la mujer. Grey tiene problemas con las mujeres. empezando por su madre, una prostituta a quién él detesta y a quien culpa de los abusos que sufrió en la infancia. Siguiendo por Helena, “Ms. Robinson”, la mujer que lo inició en el BDSM y con quien mantiene una relación llena de ambigüedad y conflicto. Y acabando por la sumisa que tuvo antes de conocer a Anastasia, quien sufre de graves trastornos psicológicos… y no queda nada claro hasta qué punto esos trastornos derivan de su relación con Grey.
  11. Consumo de drogas. Grey no consume drogas, pero en la historia vemos cómo Anastasia se emborracha varias veces y eso le hace sucumbir a Grey.
  12. Tomar control de detalles esenciales de la vida de la mujer: dinero, trabajo, vivienda, etc. Ésta es precisamente una de las cosas más claras del modo de actuar de Grey. El contrato de sumisión que le quiere imponer a Anastasia le permitiría tomar control de los aspectos más nimios de su vida: sueño, dieta, ejercicio, salud… Cuando queda claro que ella no va a firmar ese contrato, Grey se empeña en asumir el control de detalles clave de su vida: el coche que conduce, el piso dónde vive… hasta se las arregla para comprar la empresa donde trabaja. Anastasia no puede romper con Grey sin descabalar completamente su futuro.
Bueno, ¿y qué? ¿Quiere decir esto que se trata de un libro inmoral? Hoy en día estamos acostumbrados a leer novelas con las cosas más horrendas que le pueden pasar a alguien. En la popular serie de novelas (llevada con gran éxito a la televisión) “Juego de Tronos” se describen con detalle asesinatos, mutilaciones, ejecuciones y torturas. Los “Juegos del Hambre”, una trilogía para adolescentes, también está llena de violencia, asesinatos y torturas. Y yo, para no ser menos, incluyo pasajes de violencia real y en absoluto consensual en mi trilogía “Voy a romperte en pedacitos”.

Y ahora, la peli...
El problema con “50 Sombras” es bastante sutil. Las reglas éticas que guían a todo escritor vienen a decir que está bien presentar actos de violencia y maldad siempre y cuando quede claro que el autor desaprueba de ellos. Existen varios mecanismos para hacerlo. Por ejemplo, se puede presentar la acción desde el punto de vista de la víctima para que el lector empatice con su sufrimiento. También se suele castigar al “malo”, reestableciendo el sentido de justicia en la historia (algo que, por desgracia, no suele ocurrir en la realidad). Aunque es cierto que “50 Sombras” está contada desde el punto de vista de Anastasia, que en este caso sería la víctima, la autora parece aprobar de la conducta de Grey. Quizás debería matizar esto un poco mejor: E. L. James desaprueba del BDSM, cree que es malsano y asigna a Anastasia la función de “liberar” a Christian Grey de sus perversiones. Sin embargo, está claro que la autora aprueba de la posesividad y los celos de Grey: los presenta como una señal de amor. Y le parece fenomenal todo lo que hace Grey para controlar y poseer a Anastasia, presentando su acoso como el colmo del romanticismo. Por supuesto, todo esto se refuerza con la presente normativa cultural sexista, según la cual está bien que el hombre controle a la mujer, es normal que el hombre tenga más poder que la mujer, los celos son señal de amor y toda la vida social de la mujer debe ponerse al servicio de la sacrosanta monogamia. Este es, precisamente, el problema de “50 Sombras”. Y lo peor de todo es que muchas mujeres se tragan ese mensaje sexista y conservador sin ningún reparo, y parten a la búsqueda de un Christian Grey multimillonario, narcisista y celópata que tome el control de sus vidas, no de la forma lúdica, sensata y consensuada de la D/s, sino de la forma opresiva, explotadora y machista a la que nos han acostumbrado siglos y más siglos de represión de la mujer.

domingo, 13 de octubre de 2013

El arte del “caning”

Perdonad el anglicismo, pero hay palabras en inglés que son imposibles de traducir de forma exacta al castellano. El “caning” es una de las prácticas más apreciadas por los conocedores del sadomasoquismo. Provoca un dolor particularmente erótico y se practica con un ritual con connotaciones muy severas y disciplinarias, que proviene de los antiguos colegios británicos. En realidad, el “caning”  es muy antiguo. Fue incluso experimentado por Donatién, Marqués de Sade, durante su educación en un colegio de París, y luego adoptado para su placer personal. Hoy en día aún se usa en los sistema legales de Singapur, Malasia y otros países donde aún se practica el castigo corporal y la tortura.
"Canes" de distintas formas y tamaños. La inferior de color negro es de fibra de vidrio, las otras son de ratán.

El “caning” consiste en golpear el culo con un vara especial llamada “cane”. Tradicionalmente, esas varas son de ratán, una madera muy elástica, parecida al mimbre pero más dura. Hoy en día también se hacen de plásticos como la fibra de vidrio, de aluminio y otros materiales, pero ninguno ha llegado a superar al ratán, que tiene la flexibilidad y la densidad justa. El grosor de la vara varía desde unos pocos milímetros hasta casi un centímetro, y su longitud desde medio metro hasta casi un metro. Curiosamente, las varas más finas suelen provocar más dolor que las más gruesas, pues concentran la energía del golpe sobre una superficie menor de piel. Claro que en los castigos judiciales que mencionaba antes se emplean varas muy gruesas que provocan efectos muy distintos a los que discutimos aquí: pueden ser enormemente dolorosos, hacer sangre y hasta dejar marcas permanentes.

La idea de sufrir un “caning” suele aterrorizar a las novatas. En “50 Sombras de Grey”, Anastasia Steely contempla varias de estas varas en el “Cuarto Rojo” y decide que jamás se someterá a un castigo tan cruel. Una vez más, E. L. James nos muestra su perfecto desconocimiento del sadomasoquismo, pues de hecho el “caning” se suele considerar una práctica más bien placentera y erótica. Dentro del BDSM, una sesión de “caning” puede variar desde algo sumamente agradable hasta un castigo severo, dependiendo de la fuerza con que se administre, el número de golpes y la capacidad de la masoquista de asimilar el dolor. Se todas formas, normalmente se utiliza como juego sadomasoquista de gran intensidad, pero disfrutado por el que lo recibe.

El “caning” es un verdadero arte que requiere un cierto conocimiento, habilidad y creatividad por parte del que lo administra. El “cane” no es un palo con el que se golpea el culo sin más, sino un instrumento que debe emplearse tomando ventaja de su gran flexibilidad. Esto requiere un giro rápido de la muñeca perfectamente coordinado con el movimiento más lento del brazo, con lo que se consigue que la vara alcance la piel a gran velocidad. La gran flexibilidad del ratán puede comprobarse cimbreando la vara el aire hasta oírla zumbar, un sonido que provoca expresiones de terror en más de una sumisa. El dolor que provoca el golpe de la vara es muy especial, distinto al de los azotes con la mano, la pala y otros instrumentos. Se siente como un afilado corte en la piel acompañado de un dolor muscular más sordo bajo la zona de impacto. El dolor puede ser intenso al principio, pero pronto declina hasta convertirse en una sensación de calor. La vara deja unas marcas muy características en la piel: dos estrías rojas perfectamente paralelas separadas por una banda blanca en el centro del golpe. Cuando el “caning” se administra en su forma más ritual, estas marcas cruzan el trasero de forma perfectamente horizontal, paralelas unas a otras, formando una serie de bandas desde lo alto de las nalgas hasta los muslos. Dependiendo de la severidad del “caning” y de la calidad de la piel del quien los recibe, estas marcas durarán desde menos de una hora hasta más de un día. Suelen ser muy apreciadas tanto por el dominante como por la sumisa, que las mostrarán con orgullo a quien sepan valorarlas.

Un buen caning se caracteriza por marcas paralelas y bien espaciadas 
El ritual es una parte muy importante del “caning”. Los golpes se suelen dar en múltiplos de seis. El administrador y la golpeada acuerdan de antemano cuántos golpes van a ser, quién efectuará el recuento y si el número se dirá antes o después del golpe. Lo más sencillo es que el administrador diga el número del golpe después de haberlo dado. También puede cantar el número justo antes del golpe, provocando anticipación en la que lo recibe. Si, por el contrario es la sumisa quien debe contar el golpe, deberá hacerlo mientras se debate de dolor, lo que añade una pizca de humillación al castigo. Una modalidad que se puede usar con las principiantes es hacer que pidan el golpe dando el número cuando estén preparadas para recibirlo. Con esto se les da el poder de espaciar los golpes a su gusto, con la contrapartida de tener que invocar su propio dolor.

La postura idónea para recibir los varazos es de pie con el torso doblado sobre una mesa o un pupitre, las manos y a veces la frente apoyados sobre su superficie, las piernas juntas y derechas. El culo se desnuda subiendo la falda y bajando las bragas hasta la mitad de los muslos. A la castigada se le advierte claramente que si abandona esa postura después de un golpe, este no se contará, con lo que recibirá un varazo adicional. El estar de pie permite mover la vara de forma horizontal, con lo que es más fácil de controlar. A veces se hace que la castigada adopte la postura un cierto tiempo antes del castigo, haciéndola sufrir la anticipación del mismo, o se la obliga a mantenerla cuando se ha finalizado, privándola del alivio de frotarse las nalgas y exponiendo las marcas de su trasero a todo el que quiera verlas.

Aparte de este ritual clásico, se puede usar la vara de formas más placenteras. Una técnica muy apreciada consiste en imprimir a la vara un movimiento oscilatorio muy rápido y continuo mientras se la aproxima al trasero desnudo. Los golpes son muy rápidos, pero superficiales y de baja energía, con lo que la piel recibe un masaje continuo que la calienta y enrojece. El experto en el manejo de la vara sabrá variar la fuerza de los golpes, modulándola desde una agradable vibración hasta una dolorosa azotaina. Con técnicas similares, estas varas pueden usarse como instrumentos de masaje en otras zonas del cuerpo, sobre todo en los trapecios de los hombros, los laterales de la columna vertebral, las pantorrillas y las plantas de los pies.  

Otro ejemplo de las dobles marcas paralelas que deja la vara
En resumidas cuentas, el “caning” es una técnica muy recomendable para todos aquellos aficionados a los juegos sadomasoquistas. Es muy erótica, tanto si se usa para el placer como para el castigo. Como sucede con muchas prácticas BDSM, tiene su contrapartida en formas de tortura y castigos corporales muy crueles que desgraciadamente se usan todavía en muchos países. Su uso dentro del BDSM no debe entenderse nunca como el condonar estas prácticas inhumanas.

domingo, 6 de octubre de 2013

Castigar sin pegar (en una relación D/s)

Muchas relaciones de dominación-sumisión (D/s) usan castigos como una forma de poner de manifiesto el poder que el dominante ejerce sobre la sumisa y para hacer que ella entre en un espacio mental de sumisión. Lo más corriente es que el dominante castigue administrando dolor, usando la amplia parafernalia que pone a su disposición el sadomasoquismo (SM): varas, fustas, látigos, correas, pinzas, etc. Sin embargo, con frecuencia las relaciones D/s son también SM, lo que viene a crear la paradoja de que los mismos métodos e instrumentos se usan para jugar y para castigar. La solución a esta paradoja suele ser usar una mayor dureza en los castigos que en el juego, y crear un contexto que deje bien claro que se está castigando el mal comportamiento de la sumisa. Sin embargo, la ambigüedad persiste, y si la sumisa es además muy masoquista siempre disfrutará en cierta medida del supuesto castigo, por duro que sea. Un problema similar es que frecuentemente el dominante quiere entrenar a la sumisa en que disfrute del dolor erótico que proporcionan los azotes, el bondage, las pinzas y demás implementos del sadomasoquismo. En este caso, usar el dolor como castigo tendrá el efecto contrario: el asociarlo con emociones negativas y rechazo por parte del dominante.

Por estas razones, es conveniente que el dominante tenga a su disposición una gama de castigos que no consistan en pegar, que incluso no se basen en el dolor. En su elaboración hay que tener en cuenta, por supuesto, los principios de “seguro, sensato y consensual”: los castigos no pueden nunca dañar la salud o la integridad física de la sumisa (“seguro”); no deben causar daños emocionales (“sensato”), y deben de aplicarse siempre con el consentimiento de la sumisa. De hecho, se debe establecer de antemano que la sumisa siempre puede interrumpir el castigo con el uso de su palabra d seguridad. Además, es posible encontrar castigos que sirvan para mejorar a la sumisa en algún aspecto: en su salud, en su fortaleza física o en su espíritu de sumisión. De acuerdo con todo esto, he aquí una lista de posibles castigos.

-Ducha de agua fría. El agua fría es sumamente saludable: libera endorfinas, incrementa la resistencia a las enfermedades, espabila y aumenta el metabolismo, ayudando a perder peso. Contrariamente al mito popular, el frío no ocasiona resfriados; éstos son enfermedades virales que se adquieren por contagio. El único riesgo es el de la hipotermia, pero llegar a eso requeriría una ducha muy prolongada o con agua muy fría (por debajo de los 10 C).

-Ejercicio físico. Sus efectos beneficiosos para la salud son incuestionables. Habrá que encontrar una forma de ejercicio lo suficientemente desagradable para que sirva de castigo, por lo que preferiblemente será monótona y extenuante. El dominante recurrirá a lo que tenga a su disposición. Por ejemplo, se pude usar una bicicleta estacionaria, o hacer que la sumisa suba y baje escaleras o de vueltas a la manzana corriendo.

-Sin fumar. Si la sumisa es fumadora, su adicción proporcionará al dominante uno de los castigos más eficaces y también con efectos de lo más saludable. Un día o dos sin fumar puede servir para someter a la sumisa más rebelde.

-Ayuno. ¿Necesita la sumisa perder peso? Si es así, saltarse una o dos comidas le puede venir fenomenal. Sin embargo, también hay que tener cuidado: muchas mujeres son muy sensibles a la hipoglucemia, mucho más que los hombres. El ayuno para quien no está acostumbrado a él puede interferir seriamente con el trabajo, la capacidad para conducir y otras tareas esenciales.

-Dietas de castigo. Si el ayuno no es conveniente para la sumisa, se la puede dejar comer pero cosas que no le proporcionen placer. Un castigo moderado puede ser un día sin chocolate o dulces. Si se necesita ser más severo, se pude imponer una dieta a base de arroz blanco y lechuga sin aliñar.

-Cambios en el vestuario. Muchos dominantes le quitan las bragas a su sumisa como forma de castigo, aunque para muchas mujeres esto es una fuente de excitación más que una penitencia. Una variante de este castigo es la de “bragas a media asta”: se bajan las bragas hasta la parte alta de los muslos para dejar expuestos el culo y el coño bajo la falda. Además de la sensación de desnudez, hay un recuerdo continuo de estar siendo castigada, incomodidad y algo de dificultad al andar. También se pude hacer que la sumisa vista prendas humillantes, incómodas o de mal gusto. Para algunas mujeres, no hay castigo peor.


-Copias. ¿Habéis visto a Bart Simpson escribiendo en el encerado? El hacer que el alumno escriba repetidamente la misma frase era un castigo frecuente en los colegios. Tiene las ventajas de ser algo muy fácil de comprobar y muy difícil de evadir. La sumisa tendrá que resignarse a pasar un cierto tiempo dedicada a un trabajo aburrido y monótono.

-Encierro. Preferiblemente en un armario o en un cuarto oscuro, como el que se usaba para aterrar a los niños. Pueden añadirse ataduras para inmovilizar más aún a la sumisa, o forzarla a estar de pie o en alguna otra postura incómoda. El encierro puede ser muy saludable, pues suele llevar a la sumisa a un estado mental parecido a la relajación. No debe prolongarse demasiado o usarse en personas que sufran de claustrofobia.

-Sin masturbarse. La privación de satisfacción sexual es algo que las dominatrices usan a menudo en los hombres, pero puede ser igualmente efectivo en las mujeres. La mayor parte de las sumisas no osarán masturbarse sin el permiso del dominante. Si no, se las puede atar a la cama con las piernas separadas y de forma que las manos no puedan llegar más abajo de las caderas.

-Sin orgasmo. Otra forma de privación sexual es ordenar a la sumisa a no tener orgasmos mientras es usada por el dominante para su propia satisfacción. La frustración que esto conlleva puede ser una castigo de los más efectivo.

-Tareas domésticas. Castigo muy adecuado para sumisos, quizás menos apropiado para mujeres que las tienen que realizar de todas formas. En ese caso se puede enfatizar que se trata de un castigo con toques adicionales como estar desnuda, llevar con zapatos de tacón o siendo penetrada por un consolador o un “butt plug”.

Por regla general, un castigo debe ser lo más inmediato posible y de duración limitada. Esto último dependerá de qué castigo se trate, claro está. Encierros y ejercicios físicos no deberán durar más de una hora, mientras que cambios en la dieta y prohibiciones de fumar o masturbarse deben durar alrededor de un día para ser adecuadamente severas. Un castigo bien cumplido debe borrar completamente la ofensa y ser reconocido con caricias, besos y otras demostraciones de afecto por parte del dominante. Sin un castigo es particularmente severo, esto deberá ser reconocido por el dominante, quien mostrará su admiración a la sumisa por haberlo sobrellevado.

Hay ciertos tipos de castigos que nunca deben usarse… En general, cualquier cosa que pueda causar un profundo daño emocional a la sumisa, como ponerla celosa o privarla de algo realmente valioso para ella. He oído decir que el peor castigo para una sumisa es que el dominante la prive de su atención, pero en mi experiencia esto suele salir mal. Lo que suele ocurrir es que esto lleva a una falta de comunicación entre el dominante y la sumisa que tiende a empeorar el problema inicial. El castigo tampoco debe considerarse como una solución a problemas de la relación. Éstos deben ser resueltos en plano de igualdad, y si después de hacerlo la sumisa reconoce que debe ser castigada se procederá a ello. No hay que olvidar que la regla de “consensual” significa que la sumisa acepta plenamente cada uno de los castigos que se le imponen. Nunca se debe castigar bajo el chantaje de romper la relación.

Por último, quiero señalar que el castigo, aunque desagradable, no debe ser una fuente de infelicidad para la sumisa, pues se da en el contexto de la relación D/s que debe hacerla feliz. La sumisa verá el castigo como una demostración del poder que el dominante tiene sobre ella y eso le gustará, llegando quizás a excitarla sexualmente. El llamado “fetiche de castigo” es un componente importante de las fantasías de D/s. Consiste en que la misma idea de ser castigada resulta excitante. Todo eso está bien. El dominante puede darse cuenta de que el castigo en cierta medida le está gustando a la sumisa, pero esto no debe preocuparle. La dinámica de poder funciona de todas formas, y si no fuera por esa capacidad de gozar aún de los castigos más desagradables, la sumisa nunca habría elegido serlo.