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martes, 26 de agosto de 2014

El maltrato psicológico como herramienta política

Ya toqué el tema del maltrato psicológico en el artículo de este blog "Cómo reconocer el maltrato en las relaciones de dominación/sumisión". Se suele entender que la manipulación psicológica y el chantaje emocional se da sólo en las parejas o entre personas que se relacionan íntimamente. Sin embargo, últimamente me ha llamado la atención como personas que denuncian el abuso psicológico a nivel íntimo parecen practicarlo, seguramente de forma inconsciente, a larga escala como herramienta política.

Me explico. Primero veamos cómo funciona en realidad la manipulación psicológica. Se basa en un grupo de emociones que controlan a nivel profundo las relaciones humanas y que tienen un gran impacto en la autoestima:

1.   La culpa nos hace sentirnos mal con nosotros mismos y repudiados por nuestro entorno social cuando infringimos sus normas.

2.   La vergüenza tiene un impacto negativo en la autoestima aún mayor que la culpa. El sentirnos ridículos, objeto de risas, bromas o lástima señala que hemos perdido prestigio en nuestro entorno social y nadie nos toma en serio.

3.   El miedo nos atenaza y nos inmoviliza. Nos hace vivir a la defensiva en vez de desarrollar nuestra creatividad y hacernos crecer como personas. Nos impide movilizarnos y defendernos de quien nos ataca.

4.   La compasión es una de las emociones humanas más loables, pero que puede ser explotada de forma muy eficaz para la manipulación psicológica. El maltratador se presenta como víctima merecedora de compasión, de tal manera que si no le otorgamos lo que quiere o, peor aún, nos defendemos de él, apareceremos ante los demás y nosotros mismos como poco compasivos, lo que generará culpa y vergüenza.

5.   La indignación es lo que moviliza al grupo social en contra de aquellos que infringen sus normas. Su efecto inmediato es generar culpa y vergüenza en aquellos contra los que va dirigida. Suele ir acompañada del sentimiento de superioridad moral (“self-righteousness” en inglés), una emoción que aumenta el ego del que la siente provocando una gran satisfacción consigo mismo.

Culpa, miedo, indignación
El manipulador psicológico utiliza este abanico de emociones para colocar a su víctima en una situación de dependencia en la que tiene que acatar sus deseos. No desaprovecha ninguna ocasión para hacer que su víctima se sienta culpable y avergonzada. Ni siquiera hace falta que ella haga algo malo, bastará con hacer que se identifique con otras personas que se comportan mal. El manipulador también se presenta como víctima, lo que genera empatía en su entorno social e impide que su víctima tome medidas defensivas. El victimismo es la base del chantaje emocional: el manipulador pretende ser alguien que necesita a su víctima, que resulta herido si ésta no accede a sus deseos, con lo cual puede, una vez más, hacerla sentirse culpable y avergonzada.

Pero debemos darnos cuenta de que estas emociones se utilizan también a gran escala como armas políticas. No digo que esto esté siempre mal. De hecho, la lucha política no-violenta se basa en hacer que los opresores sientan culpa y vergüenza de sus privilegios y sus acciones; en generar compasión por sus víctimas e indignación frente a los agresores. Por ejemplo, en los últimos años del Franquismo, las viñetas que salían en los periódicos ridiculizando al fascismo y sus instrumentos desempeñaron una gran labor en desgastarlo y movilizar a la opinión pública contra él.

Sin embargo, todas las armas pueden usarse para bien o para mal. Últimamente veo con preocupación como estas tácticas de manipulación psicológica son usadas indiscriminadamente para atacar a determinados segmentos de la población. Hace falta analizar este problema desde la perspectiva de la manipulación psicológica para hacer comprender a ciertas personas que no, no está bien hacer que alguien se sienta culpable o avergonzado por el simple hecho de ser hombre: “si eres hombre eres un violador potencial”. Tampoco está bien abusar de la compasión presentándose como víctima o como defensor autoproclamado de las víctimas. Por supuesto que hay víctimas, no lo estoy negando. Pero la mejor manera de ayudarlas no es iniciar una caza de brujas indiscriminada, culpando de su maltrato a personas inocentes, convirtiendo a alguien en sospechoso por el mero hecho de ser hombre.

También hay que tener cuidado con que, con tanto afán de prevenir los maltratos, estemos difundiendo miedo y visiones negativas del sexo como el origen de abusos, enfermedades y otros peligros, olvidándonos de que en la inmensa mayoría de los casos el sexo en una fuente de placer, intimidad, comunicación y felicidad. El miedo, como la culpa, la vergüenza y la indignación, son emociones negativas sumamente peligrosas, que se nos pueden ir de las manos con facilidad y hacer más daño de lo que pensamos. Y, por encima de todo, nunca confundamos la lucha genuina por mejorar la sociedad y aliviar el sufrimiento de la gente con sentimientos de superioridad moral y el engrandecer el ego a base de denostar a los demás.

Por cierto, a lo largo de este artículo he usado de forma deliberada el género masculino para el maltratador y el femenino para la víctima. Pero espero que quede claro, por lo que digo al final, que a nivel de ideologías se está dando mucho últimamente el caso inverso. En todo caso, lo justo es valorar el acto de por sí y no en función del sexo de quien lo ejecuta.

The ultimate weakness of violence is that it beget more violence.
With violence you can murder the hater but you just increase hate.
Hate cannot drive out hate.
Darkness cannot drive out darkness.
Only light can do that.
Only love can drive out hate.

La mayor debilidad de la violencia es que produce más violencia.
Con violencia puedes matar al que odia, pero producirás más odio.
El odio no puede eliminar la odio.
La oscuridad no puede eliminar a la oscuridad.
Sólo la luz puede hacerlo.
Sólo el amor puede eliminar al odio.

Martin Luther King

domingo, 6 de abril de 2014

¿Cómo vivir nuestra vida? Hedonismo y eudamonía

El otro día asistí a una charla que resultó ser inesperadamente interesante. La daba el Dr. Steve Cole, profesor del Departamento de Hematología-Oncología de UCLA, y se titulaba “Social Regulation of Human Gene Expression” ("Regulación social de la expresión de genes en humanos", el enlace es a una charla anterior con el mismo título, en YouTube). El profesor Cole planteó una de las preguntas filosóficas más básicas: ¿Cómo debemos vivir nuestra vida? Es decir, ¿qué es lo que buscamos en nuestra vida? Simplificando mucho las cosas, se puede decir que hay dos actitudes básicas ante la vida.

1.    Hedonismo. Ésta es una palabra que a mí siempre me ha sonado mal, pues me recuerda a “hedor”, pero en realidad no tiene nada de malo. Se trata, simplemente, de vivir para ser feliz. No estamos hablando sólo de placeres carnales, como el comer bien y el follar bien, sino de todo aquello que nos haga la vida más grata, como el tener buenos amigos, una pareja y una familia que nos llene, un trabajo creativo y agradable, viajar, leer buenos libros, ver buenas películas, oír buena música, etc. Es la filosofía propugnada en la Grecia clásica por Epicuro, basada en perseguir el placer y evitar el sufrimiento, de forma moderada y racional.

2.    Eudamonía. Esta actitud ante la vida se le suele atribuir a Aristóteles, aunque también se relaciona con el pensamiento de Sócrates y Platón. Según ella, debemos vivir para cultivar la virtud, es decir, desarrollar nuestras potencialidades como seres humanos… Si no entiendes lo que eso quiere decir, te confesaré que yo tampoco. Sin embargo, el Dr. Cole propuso una definición bastante más precisa. Para él, la eudamonía consiste en vivir para satisfacer un ideal que nos trasciende a nosotros mismos, es decir, el querer cambiar el mundo para mejor, dejar algo detrás cuando nos muramos. Si queréis, podemos englobar en la eudamonía ideales religiosos como el servir a Dios (Cristianismo), la unión mística con Dios (Hinduismo), el eliminar el sufrimiento (Budismo), etc. Pero también entrarían en ella ideales no religiosos como el llevar a cabo la revolución del proletariado (marxismo), el desentrañar los misterios del universo (ciencia), el salvar al medio ambiente (ecologismo), establecer la igualdad de la mujer (feminismo), etc. En definitiva, en vez de perseguir solamente nuestra felicidad personal, se trata de trabajar en pos de un ideal mayor que nosotros mismos.

Si te paras a pensar, hay mucha gente que vive una vida de eudamonía, mucha más de la que cabría sospechar en un principio. De hecho, casi todas las personas que han hecho algo admirable en al vida entrarían en este grupo. Eso no deja de ser curioso, porque a primera vista cabría sospechar que casi todo el mundo es hedonista. De hecho, el capitalismo y su “lógica de mercados” se basa en la asunción de que todo el mundo se guía por principios hedonistas de maximizar su bienestar, lo que nos llevaría a consumir cada vez más. Por el contrario, la supervivencia del planeta parece depender en que una buena parte de la especie humana adopte una mínima actitud de eudamonía y se sacrifique para dejar un planeta viable a las generaciones venideras.

Patrón de expresión de genes en ratas aisladas socialmente (Lonely) o viviendo en grupo (Socially Integrated)
Pero bueno, ¿qué tiene que ver todo esto con los genes? ¿Por qué se pone un investigador en biomedicina a hablar de Epicuro y Aristóteles? Aquí es donde viene lo más interesante. En lugar de tomar una actitud determinista, tan frecuente estos días, en la que se cree que los genes determinan nuestro comportamiento, el Dr. Cole se puso a estudiar la relación inversa: cómo nuestro comportamiento, incluso nuestra actitud ante la vida, dirige la expresión de determinados genes. Para hacerlo extrajo muestras de sangre de animales de laboratorio y de personas, de las que aisló células del sistema inmune (normalmente llamadas “glóbulos blancos”) para medir en ellas la expresión de más de un millar de genes. Lo primero que vio, tanto en ratas como en monos como en humanos, es que el aislamiento social aumenta la expresión de cerca de un  centenar de genes asociados con la inflamación y disminuye la expresión de otro centenar de genes asociados con la respuesta inmune, sobre todo contra virus. Luego utilizó la misma táctica para estudiar cómo la actitud ante la vida, hedonismo o eudamonía, afecta a estos conjuntos de genes. Para averiguar si una persona determinada se inclinaba hacia el hedonismo o la eudamonía realizó una serie de test psicológicos. Test similares sirvieron para medir la satisfacción de esas personas ante la vida. Encontraron que un grupo nutrido de personas tenían una vida bastante feliz, y que entre ellos se encontraban tanto los que practicaban el hedonismo como la eudamonía. Sin embargo, los test de expresión de genes revelaron diferencias importantes entre los dos grupos. Los que tenían una filosofía hedonista tenían un perfil similar a los que se aislaban socialmente, con alta expresión de genes pro-inflamatorios y baja expresión de genes de respuesta inmune. Aquellos con filosofía de eudamonía, por el contrario, tenían baja expresión de genes pro-inflamatorios y elevada expresión de genes de respuesta inmune. Y el caso es que los genes pro-inflamatorios, como la interleucina-6, aumentan el riesgo a una importante serie de enfermedades, como las asociadas con el sistema cardiovascular.

¿Quiere decir esto que la eudamonía es más saludable que el hedonismo? Creo que esa sería una conclusión prematura. Quizás lo que nos quiera indicar el experimento es que el hedonismo se parece un poco al aislamiento social, ya que todo se centra en uno mismo, mientras que la eudamonía es una actitud más abierta al mundo, una actitud de dar en vez de recibir. Sea como sea, podemos quedarnos con una conclusión mucho más fundamental: nuestros genes no determinan lo que somos, nosotros determinamos qué genes se expresan en nuestro cuerpo. No lo hacemos directamente, claro está, sino en base a cómo decidimos comportarnos, en qué ambiente nos movemos e incluso las decisiones más profundas que tomamos sobre cómo queremos vivir. En definitiva, tu salud y tu felicidad dependen de lo que hagas hoy.

jueves, 13 de febrero de 2014

San Vainillín

Encontré la primera de las notas sobre el acuario, cuando fui a darles de comer a los peces. Decía “amigo maravilloso” y era una pegatina amarilla con forma de calabaza… Tenía que ser una calabaza, viniendo de Tina, quien se había marchado el día antes a Colorado a llevar a la heredera a una competición de gimnasia. Las notas fueron apareciendo en los sitios más inesperados, todas iguales pero con mensajes distintos. Una dentro de mi zapato decía “¡calabaza en el zapato!”. Cuando fui a sacar una botella de cerveza de la nevera, tenía pegada una nota que decía: “eres listo, honesto, equilibrado, apasionado, compasivo y ardiente”. Me gusta beber la cerveza en jarra, así que saqué una de la alacena con una nota dentro que ponía “me gustas más que el chocolate oscuro”. Dentro de mi Kindle encontré una de mis favoritas: “me gustas cuando escribes”. Claro que la que había en el cajón de la cómoda tampoco estaba nada mal: “por favor, átame, pégame, fóllame”. Y un montón más: “te echo de menos”, “besos y abrazos”, “mil estrellas de oro de marido”, “gracias por todo”, “eres un padre fantástico”, “¿cuántas notas voy a esconder?”, “¿a que no te esperabas una nota aquí?”. Dos notas no eran de Tina; una tenía dibujado un gatito, la otra simplemente decía “miau”. Esas también fueron de las que más me gustaron.

Un detalle típico de Tina, para que me acordara de que me quería mientras estaba de viaje. No está nada mal encontrarte algo así cuando llegas a una casa vacía después de una dura jornada de trabajo. Pero de repente descubrí algo que vino a echar un jarro de agua fría sobre todas esas notas cariñosas: en Blog Eros había un artículo titulado “Vamos a celebrar un San Valentín menos comercial”. ¡Mierda! ¡El viernes es San Valentín! ¿Podría ser que…? ¡No, no quiero ni pensarlo! ¡Tina nunca me haría una cosa así!

Ejemplo de baño de espuma no comercial
Pero ya había caído en la trampa. Imposible escapar. Empecé a leer mis blogs habituales, todos con sugerencias “no comerciales” para ser romántico en San Valentín. La más manida es la del baño erótico con burbujas de jabón, incienso y velitas, que figuraba en tres blogs distintos (se dice el pecado, pero no el pecador). Me pregunté si a Tina le importaría darse un baño erótico de esos mientras yo vomito discretamente en el váter. Luego están los que te aconsejas que tires por la ventana los juguetes sadomasoquistas y los vídeos porno y te concentres en “tocar, saborear, oler, escuchar y mirar”. Lo de tocar me suena a terciopelo, el sabor seguro que es vainilla, el olor a pachuli y el mirar… ¡no puedo mirar, se me cierran los ojos de sueño! Pásame el gato de siete colas, por favor… ¡Gracias, me siento mucho mejor!

Cómo usar el baño de espuma
Tina me llamó hace un par de horas para informarme de cómo iba la cosecha de medallas de la gatita… Sí, claro que exagero, ¿qué te esperabas? ¡soy padre! Bueno, pues después de darle muchas vueltas me atreví a formular la pregunta que me torturaba: “Tina, todas esa notas que me has dejado… ¡que me encantan por supuesto! … Bueno, pues, ¿no será…? Es que mañana es San Valentín, ¿sabes?” La repuesta no se hizo esperar: “¿Que mañana es San Valentín? ¡Ay, perdona, no me había dado cuenta! Si lo llego a saber… Pero tú ya sabes que yo nunca te haría una cosa así… No soy tan cruel. No, las notas eran simplemente para decirte que te echo de menos mientras estoy fuera”. Respiré aliviado.

Claro que, tratándose de Tina, a los pocos minutos tuvo que ir a hurgar en la herida. “¿Que me vas a dar por San Valentín?”, decía el mensaje. Me puse a teclear enseguida: “Una azotaina”. “No me esperaba otra cosa de ti”, me respondió.

Tengo una mujer maravillosa, ¿a que sí?

martes, 10 de diciembre de 2013

Suicidio

Mi querida amiga Erin se quitó la vida hace apenas un mes. Yo, que andaba un poco desconectado de ella, no me enteré hasta dos semanas después. Desde entonces he pasado muchas horas intentando comprender las circunstancias y las razones que la llevaron a hacerlo. Erin no era una persona dada a la melancolía; al contrario, siempre comunicaba un gran alegría a los que estábamos con ella. Sin embargo, una vez intentó contarme algo que llevaba muy dentro. Fue un e-mail que parecía no venir de ninguna parte y que me dejó anonadado…

“¡Deseo tanto que esta mierda de vida se acabe lo antes posible! ¡Estoy tan harta de toda esta mentira! Sólo quiero dormir -to trip the light fantastic (bailar con esa fantástica ligereza)- ¡para siempre! Y, de nuevo, no soy suicida, ¡créeme, no lo soy! ¡Es sólo que estoy tan harta de toda esta basura! No hay nada de bueno o de maravilloso en mi vida. Sólo quiero acelerar el proceso de mi muerte lo mejor que pueda. Quizás debería empezar a tomar crack cocaína o algo así… No sé. ¡Sólo sé que deseo tanto que todo esto termine! He acabado. Estoy tan triste. Espero que puedas empezar a entender esto, Hermes. No se trata de ti - ¡en absoluto! ¡Se trata de mí! ¡Quisiera que tú, y tu mujer, y mi madre y mi amiga Tina, y todos a los que amo y que me importáis os dierais prisa en morir! ¡Para que yo pueda salir de aquí de una puta vez! ¡Detesto mi vida! ¡Quiero que se acabe! Me solía preocupar dejar mi marca en el mundo - hacer algo significativo que ayudara a otros - pero estoy vacía de ‘vida’ y ya no me importa nada. -Algo dentro de mí ha muerto. Sólo quiero dormir. Solía querer ayudar a otra gente a tener una vida mejor y a encontrar la felicidad… pero, lo siento, ya no me preocupo ni por mí ni por nadie. ¡Paz FUERA!”

¡Ahí queda eso! Me disgustó tanto ese e-mail que tuvimos una pelea a causa de él. Poco a poco, conforme las aguas fueron volviendo a su cauce, Erin intentó explicarme lo que quería decir. Quería comunicarme algo muy íntimo suyo, me dijo, algo que no le contaba a nadie. Y yo, al rechazarlo, la había decepcionado profundamente. Me explicó que para ella la muerte no era algo triste, sino un descanso a todo el sufrimiento de su vida cotidiana. Más adelante comprendí de dónde había salido ese e-mail. Unos días antes habíamos visto juntos la película “Mar Adentro”. Yo quería enseñarle la Galicia donde crecí, pero ella se quedó enganchada con la historia de Ramón Sampedro y su deseo de morir.

Otra película que vi hace poco, “What Dreams May Come”, ("Más allá de los sueños", en español) representa el polo opuesto: la repulsa de nuestra cultura hacia los suicidas. En ella el personaje encarnado por Robin Williams tiene que viajar al Infierno de Dante a rescatar a su esposa, que ha cometido el pecado imperdonable de suicidarse. ¿Por qué tiene que ser el suicidio algo tan negativo?

Hablando con Erin comprendí que el suicidio puede considerarse como uno de los actos más subversivos. Es una afirmación radical de nuestra libertad, de nuestra autonomía personal. No le pertenecemos a la sociedad, ni a Dios, ni siquiera a las personas que nos aman. Nuestra vida es nuestra y hacemos con ella lo que nos da la gana. Y el que quiera entenderlo que lo entienda y el que no, ajo y agua… Mejor todavía: el suicida comprende que lo que más tememos, la muerte, no es nada. Es una moneda con dos caras: la de perder todo lo que tenemos pero también la de liberarnos definitivamente de todo lo que nos hace sufrir. Así que, si hacemos balance de nuestra vida quizás lo segundo pese más que lo primero, y entonces la opción es clara. Al parecer, Erin lo tenía así de claro.

También es verdad que determinadas personas están fascinadas por la idea de la muerte y el suicidio. Existe toda una subcultura en torno a ello. Por ejemplo, la canción “Asleep” de Emily Browning recoge sentimientos muy parecidos a los del e-mail de Erin…


La verdad es que a mí me costó mucho trabajo entender todo esto. A mí me gusta la vida. Si pudiera viviría mil años. Lo que me llena de frustración es no tener suficiente tiempo para aprender todo lo que quiero aprender, para hacer todo lo que quiero hacer, para escribir todos esos libros que se quedarán para siempre en mi imaginación. Pero ahora, gracias a Erin, he llegado a comprender en mis huesos el significado de la muerte y a dejar, en cierta medida, de temerla.

Pero también soy consciente de que en la gran mayoría de los casos el suicidio tiene poco de romántico, de ese acto de liberación personal del que hablaba antes. El suicidio a menudo no es más la consecuencia final de una enfermedad que a veces es mortal: la depresión. Gracias a los avances de la neurociencia, hoy en día entendemos que existen estados del cerebro que son incompatibles con la vida, donde el sufrimiento se hace tan profundo que hay que buscar una salida de inmediato. Y también sabemos que ese estado se puede evitar con la medicación adecuada, que literalmente te puede salvar la vida. Es aterrador pensar que hay gente que puede pasar por algo así. Espero de todo corazón que ese no fuera el caso de Erin, que ella simplemente logró hacer realidad ese deseo tan profundo que yo no supe comprender.

May you trip the light fantastic, Erin!

domingo, 15 de septiembre de 2013

Felicidad

¿Qué es la felicidad?

¿Es acaso la felicidad una emoción? Es cierto que cuando se es feliz se tienen más emociones positivas, como la alegría, el amor y la compasión, y menos emociones negativas, como la tristeza, la ira o el miedo. Pero es posible ser feliz estando triste, y siempre habrá quien diga que es feliz con la energía que le aporta la cólera o incluso el miedo. Por lo tanto, si bien la felicidad depende en gran parte de nuestras emociones, dudo que sea una emoción en sí.

Todo el mundo dice que el dinero no trae felicidad, pero ¿es eso cierto? Algunos estudios que se han hecho sobre la felicidad indican que la gente más feliz son los que se encuentran en el medio del espectro de riqueza. Los muy pobres no son felices, pero tampoco lo suelen ser los muy ricos. Al parecer, no se pude ser feliz si no se tienen cubiertas una serie de necesidades básicas. ¿Y los ricos? Quizás el tener muchas posesiones acarre un alto grado de preocupación, y eso haga disminuir su grado de felicidad. Por la misma razón, las personas demasiados ambiciosas no son muy felices: no se lo permiten serlo a sí mismos hasta haber conseguido sus objetivos. Y cuando lo consiguen puede ser peor; el ver que ni aún eso los llena los puede ocasionar una gran frustración. Los famosos suelen morir jóvenes; muchos incluso se suicidan o se autodestruyen a base de alcohol o de drogas.

Esos mismos estudios de neurociencia sobre la felicidad (por ejemplo, los realizados por Richard Davidson de la Universidad de Wisconsin) apuntan que cada persona tiene un punto fijo de felicidad. Al recibir una gran alegría nos sentimos muy felices, y una tragedia en nuestra vida nos hace sufrir, pero los dos son estados pasajeros, y al cabo de un tiempo volvemos a nuestro punto fijo de felicidad. Los más afortunados tienen un punto de felicidad alto y se las apañan para sentirse felices la mayor parte del tiempo. Pero también están aquellos que se pasan la vida en un permanente estado de melancolía. ¿No es eso, en definitiva, lo que es la depresión? Alguien que esté pasando una profunda depresión puede llegar a sentirse tan infeliz que decida suicidarse. Quizás entonces la felicidad dependa simplemente de determinados parámetros bioquímicos, de la particular mezcla de neurotransmisores que tengamos en el cerebro. La nueva escuela de materialistas a ultranza a los que les gusta negar el libre albedrío se apresurarán a afirmar que la felicidad es simplemente genética, y que podemos corregir nuestra deficiencia en ese sentido a base de pastillas.

Pero yo creo que eso es simplificar demasiado las cosas. Para empezar, aunque sea verdad lo del punto fijo de felicidad, es difícil saber si lo que lo fija son los genes o nuestras experiencias vitales (es decir, el entorno en el que hemos crecido). Seguramente será una mezcla de las dos cosas. En segundo lugar, hay un mínimo de circunstancias que parecen necesarias para ser feliz; es difícil alcanzar la felicidad cuando se vive en pobreza extrema, cuando se carece de libertad o cuando se vive en soledad, sin nadie que nos quiera. En tercer lugar, cada vez parece más claro que determinadas prácticas, como el ejercicio físico y la meditación, hacen aumentar el grado de felicidad de la gente. En cuarto lugar, una persona no puede ser feliz independientemente de la felicidad de las personas que lo rodean; existe algo llamado empatía que nos hace sufrir cuando vemos sufrir a otros y nos hace felices cuando estamos rodeados de felicidad.

Los seres humanos somos sumamente complejos y nuestro sufrimiento o nuestra felicidad no se pude explicar simplemente a base de genes y neurotransmisores en el cerebro. En realidad, no sabemos qué es la felicidad. La única manera que tenemos de medirla es preguntarle a la gente si es feliz. Y la respuesta que nos darán estará fuertemente condicionada por sus creencias. No se trata sólo de que algunas personas se sienten condicionadas a responder que son felices porque si no lo fueran eso se vería como un fracaso de su particular religión o ideología. Se trata también de que cada cual evalúa su felicidad en función de su sistema particular de valores. Para algunos, ser feliz es ser libres. Para otros, es vivir en una sociedad justa, o ser famosos, o poderosos. Si creemos que vivimos como hemos elegido vivir, o que hemos cumplido nuestros objetivos, nos recompensamos permitiéndonos ser felices. O quizás es que cuando creemos que somos felices, empezamos a serlo de verdad. Por lo tanto, la felicidad sería algo que está intrínsecamente condicionado con nuestras ideas y nuestro sistema de valores. ¿O no? Quizás sólo nos engañamos haciéndonos creer a nosotros mismos que somos felices cuando en realidad no lo somos. ¿Cómo podemos saber si somos tan felices como nuestro vecino, cuando nunca podemos experimentar lo que él experimenta?

¿Es la felicidad realmente el objetivo fundamental de nuestra vida? Tendemos a creer que es así, pero, ¿qué pasaría si nos ofrecieran ser completamente felices a cambio de volvernos tontos? ¿O de auto-engañarnos? No creo que fuera yo el único que no aceptaría la felicidad a cambio de la estupidez o de la ignorancia. O, dicho de otra manera, una felicidad que nos privara de algo esencial para ser humanos no debería ser tal felicidad. 

viernes, 19 de julio de 2013

Fisiología del sadomasoquismo (1)

Sadismo, masoquismo y dolor erótico

Habría que rescatar la palabra “sádico”. En el mundo vainilla frecuentemente se toma como sinónimo de “cruel”, pero en el contexto del BDSM (Bondage-Dominación-Sumisión-Sadismo-Masoquismo) sabemos que no es así. Por origen etimológico, sadismo se refiere a la tendencia sexual del Marqués de Sade, que muchos compartimos. No somos crueles, no vamos por la vida haciendo sufrir a las personas o torturando animales indefensos. Simplemente, nos excita el dolor, como a nuestra contrapartida, los masoquistas. Y no cualquier tipo de dolor, sino un dolor especial, aplicado a la piel de las zonas erógenas: el culo, los muslos, los pies, los genitales, la espalda. Es un dolor que calienta y enrojece la piel, despertando su sensibilidad. A este tipo de dolor bien se le puede llamar “dolor erótico”.


Aparte de nuestra afición al dolor erótico, otra característica de muchos sadomasoquistas es el fetichismo por el castigo. Nos gusta la idea de castigar o ser castigados, quizás porque nos devuelve a la infancia, una época en la que padres y maestros ejercían sobre nosotros un poder incontestable. Las cosas eran más simples entonces: las decisiones se movían en una simple escala de bueno-malo establecida por la figura de autoridad de turno. En el fetiche de castigo el sadomasoquismo conecta con la dominación-sumisión. Le otorgamos a otra persona poder sobre nosotros, para que decida si lo que hacemos está bien o está mal. Y, si es lo último, para que nos castigue con maltratos físicos o imponiéndonos tareas desagradables.

El sádico y la masoquista danzan juntos un baile de intercambio de poder. El dolor tiene una propiedad que lo diferencia de las otras sensaciones: es inescapable, no permite que dejemos de prestarle atención. Curiosamente, la otra sensación que tiene esta propiedad es el placer. Como el dolor obliga a nuestra atención a concentrarse en él, cuando el sádico lo administra no sólo ejerce control sobre el cuerpo de la masoquista, sino también sobre su mente. Durante la sesión sadomasoquista este control se va profundizando, provocando cambios en las estructuras más profundas del cerebro de la subyugada, mareas de neurotransmisores y neuropéptidos que actúan sobre ella como una verdadera droga. Al mismo tiempo, la mente del sádico también se altera, quizás de forma más sutil, llevándolo también a él a satisfacer esos deseos inconfesables.

Pero, ¿son estos cambios en el cerebro sanos o malsanos? ¿Acaso no acabarán por deteriorar la fuerza de voluntad de la sumisa, convirtiéndola en el pelele del primer amo que la reclame? ¿Esa afición creciente al dolor, acaso no es autodestructiva? ¿No puede llegar a crear adicción, como una droga? Y en cuanto al sádico, ¿cómo puede estar bien el querer hacerle daño a alguien? ¿En su búsqueda del dolor ajeno, no acabará convirtiéndose en un degenerado, en un torturador como tantos personajes horrendos que llenan las páginas de los libros de historia? Quizás con el tiempo encuentre que el dolor que le causa a su sumisa no es suficiente, y se embarque en una búsqueda creciente de más y más sufrimiento, en la que la mujer que tiene debajo deja de ser una persona para convertirse en un mero objeto en el que puede desencadenar su perversión. Intuimos que no es así, que el sádico establece una profunda relación emocional con la masoquista que los realza a los dos como personas pero, ¿existe evidencia alguna de esto? Os invito a examinar detenidamente, a la luz de la ciencia, los cambios que se producen en el cerebro del sádico y la masoquista. Quizás así podamos encontrar pistas sobre lo que es en realidad el sadomasoquismo.

Las vías del dolor: de la piel al cerebro

El daño que producen varas, fustas, palas, correas o látigos es recogido por las fibras C, axones neuronales delicados y finos que, al contrario de la fibras A (que transmiten las señales táctiles), carecen de la vaina protectora de mielina. Las fibras A y la fibras C se agrupan por millones en haces: los nervios sensoriales. Muchas de las fibras C están especializadas en trasmitir señales de dolor provenientes principalmente de la piel, y en menor medida de los músculos, las articulaciones, los huesos y los órganos internos. Las fibras C transmiten señales a una velocidad lenta comparada con las fibras A, apenas un metro por segundo. También se encargan de liberar dentro de la dermis sustancias que producen hinchazón y aumentan el riego sanguíneo: la inflamación que pone el culo de la sumisa “rojo como un tomate”, deja esas bonitas estrías paralelas después de un “caning”, o causa las bandas de cebra de los correazos.

Las señales dolorosas que viajan por las fibras C alcanzan el asta dorsal de la médula espinal, donde hace sinapsis (conexiones) con neuronas capaces de regular el dolor, aumentándolo o disminuyéndolo en respuesta a señales de las vías descendentes de control del dolor, de las que hablaré más adelante. La señal dolorosa, una vez modificada, es recogida por neuronas especializadas del asta dorsal, que la mandan al cerebro. Después de atravesar nuevas conexiones sinápticas en el bulbo raquídeo y en el tálamo (la parte del cerebro encargada de recolectar y distribuir todas las sensaciones sensoriales), llega finalmente a su destino, tres zonas de la corteza cerebral: el córtex somatosensorial, el córtex del cíngulo anterior y la ínsula.

Quizás estos nombres os suenen a chino a los que no tengáis una afición particular por la neurociencia, pero si tenéis un poco de paciencia veréis que entender la función de estas partes del cerebro es fundamental para comprender el sadomasoquismo. El córtex somatosensorial es una banda que cruza el cerebro por los lados, de arriba abajo, como una diadema. Su función es la de localizar el sitio del cuerpo de dónde proviene el dolor: ¿es el culo, el coño o los pies? Pero no es allí donde nos duele el dolor, donde se nos hace desagradable (o paradójicamente placentero, en el caso de la masoquista). De eso se encarga la ínsula, así llamada porque forma una isla de sustancia gris al fondo de un profundo pliegue a los lados del cerebro. La ínsula es donde nos damos cuenta de cuánto nos duele. Allí es donde se genera esa propiedad del dolor de la que hablaba antes, que nos impide desviar nuestra atención de él. La ínsula controla todas las emociones asociadas al dolor, sean positivas o negativas, y también las asociadas al placer: la excitación sexual y el orgasmo. Así mismo participa en una gran variedad de emociones: la tristeza, el asco, la indignación, la ira, la alegría, la empatía y el amor. Por lo tanto, vemos como en una pequeña zona del cerebro se dan la mano el dolor y el placer, e invitan al baile a todas las demás emociones. Los pasos de esa danza estarán determinados por las características de cada individuo, por su historia personal y sus decisiones; pero es concebible que el dolor llame al placer, y que juntos invoquen a la alegría, quizás incluso al amor.
El córtex del cíngulo está en la superficie de contacto de los dos hemisferios cerebrales, formando un collar que rodea al cuerpo calloso, el haz de fibras nerviosas que conecta a los dos hemisferios. Su aspecto anterior (hacia la frente) realiza funciones parecidas a las de la ínsula, pero mientras que la ínsula es todo emoción, el córtex del cíngulo anterior (en la imagen figura con sus siglas en inglés: ACC) divide su tarea entre la emoción y el conocimiento. Otras de sus funciones incluyen detectar errores, resolver conflictos, mantener la atención y la motivación. Pero quizás la más importante es la de hacer que nos “demos cuenta” - la consciencia. Por lo tanto, podríamos decir que el córtex del cíngulo anterior es donde el dolor se hace consciente.

Nota aclaratoria

Pido disculpas por usar las palabras “dominante” y “sumisa” con ese género particular. No me gusta hacer malabarismos gramaticales en pos de la corrección política. Quiero dejar claro que todo lo dicho se aplica igualmente en los casos en que una mujer domina a un hombre, o a parejas del mismo sexo. Al usar esas palabras de forma intercambiable con “sádico” y “masoquista”, también he pasado por alto la diferencia fundamental entre sadomasoquismo y dominancia-sumisión. En inglés es posible englobar estos dos aspectos usando las palabras “top” para referirse tanto al sádico como al dominante (de los dos sexos) y “bottom” para referirse tanto a la masoquista como a la sumisa. Desgraciadamente, todavía no hay términos similares en castellano. De todas formas, este artículo se refiere específicamente al sadomasoquismo, y sólo de forma tangencial a los casos de dominancia-sumisión que no conlleven sadomasoquismo.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Reflexiones sobre la muerte

Para los que entendáis el inglés, no os perdáis este precioso vídeo hecho en base a una charla sobre la muerte del filósofo americano Alan Watts. Y aunque no sepáis inglés, seguro que os gusta la animación y la música de MIke Oldfield (Songs of Distant Earth)...

Vídeo sobre la muerte

¡Qué disfrutéis!

sábado, 15 de diciembre de 2012

¿Qué significa ser posesivo?



Ser posesivo es ser como esa niña que le da patadas al suelo y se abraza a su muñeca en un intento desesperado de no dejar que la toque su amiga, a pesar de que las dos se divertirían mucho más si la compartiera. Ser posesivo es el marido que se divorcia de su mujer porque ella se ha estado viendo con otro, y así se condena tanto a él como a ella a un montón de infelicidad. Es el tipo en el camping que se mosquea cuando pasas cerca de su tienda camino de los servicios, a pesar de que él está acampando en terreno público. Es el político que no se detiene a nada con tal de ganar las elecciones, o el ejecutivo al que le importa un comino despedir a la mitad de sus empleados con tal de que su cuenta bancaria siga creciendo.

Ser posesivo es una actitud que se tiene con respecto a las cosas que se poseen o que se quieren conseguir, no el hecho de poseerlas. Es apegarse a ellas, no querer desprenderse de ellas cueste lo que cueste, hacer que tu felicidad dependa de si las tienes o no. Se pueden tener cosas sin ser posesivo, la cuestión es si te aferras a ellas, hasta que punto estás dispuesto a desprenderte de ellas. Se puede ser posesivo de cosas inmateriales: tus ideas, tus emociones o las emociones que alguien siente por ti, como amor o lealtad. De hecho, la raíz de la posesividad está en la mente. Puede convertirse en una actitud general que llevamos a través de nuestras vidas, que colorea todo lo que hacemos y todo lo que sentimos.

Creo que empecé a entender de verdad lo que significa la posesividad haciendo meditación Zen. Un forma de meditación llamada “shikan-taza” (que significa “sólo sentarse”) consiste en dejar pasar los pensamientos por la mente “como nubes en el cielo”, sin intentar detenerlos o “vaciar la mente”, pero tampoco ir en pos de ellos. Hay que tratar a todos los pensamientos de la misma manera, sean placenteros o dolorosos, mientras que se mantiene la atención anclada en la respiración. Una vez, mientras practicaba este tipo de meditación, me di cuenta de cuán atractivos son algunos pensamientos: me sentía incapaz de dejarlos marchar para volver a mi respiración. Podía tratarse de una imagen erótica, o una idea para un experimento, o un pensamiento iracundo sobre algo… Siempre se trataba de una idea cargada de emoción, pegajosa como el alquitrán. En el momento en que esa idea aparecía capturaba mi mente, la seducía con su atractivo para no permitirme dejar de pensarla. El proceso de desapegarme de ella era siempre doloroso, tales eran mis ganas de ir en pos de ese pensamiento. Entonces me di cuenta de que siempre hacemos lo mismo: dejarnos atrapar por una imagen, una creencia en lo que necesitamos para ser felices, y a partir de ese momento esa imagen captura nuestra atención, se alimenta de ella y así sigue creciendo, a veces por el resto de la vida, otras hasta que es desplazada por otra imagen más atractiva. Pero siempre se trata de esa ansiedad esencial, la continua lucha por algo que llene el vacío de nuestra mente.

Pero hay otra forma de vivir, otra forma de ser. La consciencia funciona básicamente de dos maneras. La primera es pasiva: las sensaciones llegan a nuestra mente, las examinamos y decidimos si necesitamos actuar en base a ellas o no. La segunda es activa: dirigimos nuestra atención hacia algo, seleccionamos una sensación en particular entra los miles de sensaciones que invaden nuestra mente en cada momento, o quizás lo que buscamos es un recuerdo que nos ayude a completar nuestra tarea. Porque en esa modalidad nuestra consciencia se orienta hacia un objetivo determinado, organizando nuestra mente en torno a esa tarea. No hay nada malo en ninguna de esas dos formas de funcionar la consciencia, siempre y cuando se sucedan de forma armoniosa y equilibrada. El problema surge cuando de despierta en nosotros una cierta hambre, el mal hábito de sentir que no tenemos bastante, que no somos bastante, y entonces el modo activo de funcionar de la consciencia se impone y elimina el modo pasivo, y no paramos de luchar para conseguir nuestros objetivos. El resultado es que nos volvemos incapaces de percibir, sentir, dejar entrar todas las sensaciones y disfrutar del simple hecho de estar vivos. No, necesitamos conseguir algo, poseer algo, y hasta que lo logremos no vamos a parar y permitirnos gozar de la vida. En vez de parar de una vez, creemos que la culpa de nuestra infelicidad la tiene el no haber conseguido nuestro objetivo, así que ansiamos más y luchamos más, en un círculo vicioso que no se detiene nunca.

Entonces, ¿cómo nos salimos de esto? ¿Abandonamos todo lo que tenemos, dejamos de hacer lo que estábamos haciendo y nos dedicamos a vivir como un monje, dedicando todo nuestro tiempo a la meditación? No, no creo que esa sea la solución. De hecho, he conocido monjes que al final han resultado estar también bastante apegados: a su templo, a sus discípulos, a su prestigio, a sus ideas. Sí, es mejor no tener demasiadas posesiones porque acaban por complicarnos demasiado la vida, pero no hay ninguna necesidad de abandonar las cosas que necesitamos y que nos hacen felices. La posesividad está dentro de nuestra mente, no va a desaparecer porque abandonemos unas cuantas posesiones. Al final somos posesivos de nuestro mismo ser. Es precisamente nuestra incapacidad de desapegarnos de nosotros mismos lo que nos asusta tanto de la muerte.

Entonces, ¿es posible ser tan poco posesivos que abandonemos nuestro propio ser? La verdad, no lo sé. No he alcanzado tal grado de desapego, ni mucho menos. Pero creo que es algo por lo que vale la pena esforzarse… Espero que veas la paradoja que se encierra en esta frase: ¡ahora resulta que nos vamos a esforzar por no esforzarnos! La no-posesividad se convierte en un objetivo más y así quedamos atrapados en la modalidad activa de la consciencia. Éste es un peligro real; el conseguir el Nirvana, la Iluminación, puede convertirse en un deseo más. Quizás es por eso que en el Zen se nos dice que no hay Iluminación, nada que conseguir… Está escrito en el Maha Paramita Sutra, el Sutra de la Gran Sabiduría, el texto central del Budismo Zen.

¿Cuál es la solución, entonces? Primero, hay que prestar atención a cómo la posesividad opera en nuestra vida, a cómo nos hace infelices. Segundo, hay que practicar meditación para habituar nuestra consciencia a operar en el modo pasivo: simplemente prestar atención a lo que percibimos. Tercero, no debemos alimentar nuestros deseos, sino abandonar la creencia de que necesitamos todas esas cosas para ser felices. No necesitamos nada para ser felices. La llave de la felicidad está en nuestras propias manos.