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sábado, 18 de octubre de 2014

Clítoris-centrismo: la nueva normativa sexual

Una “normativa”, en el lingo postmodernista adoptado por muchos escritores progresistas, consiste en una serie de reglas de conducta impuestas por la cultura dominante por las que se nos hace pagar un precio en rechazo social cuando las infringimos. En materias de sexo, la antigua normativa era que la relación sexual debía consistir en la penetración de la mujer por el hombre, preferiblemente con él encima en la postura del misionero. La mujer debía llegar al orgasmo por la estimulación de la vagina por el pene, y si lo hacía al mismo tiempo que le hombre, pues mejor que mejor. En su denuncia de esta visión tan limitada del sexo, muchas feministas se apresuran a citar a Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, quien al parecer clasificó a las mujeres en “clitorianas” y “vaginales” según tenían orgasmos por estimulación del clítoris o la vagina, y señaló que el orgasmo vaginal representaba un mayor grado de madurez sexual.

Esta visión del sexo fue criticada por primera vez en los dos libros que forman los llamados “Kinsey Reports” publicados en 1948. En ellos Alfred Kinsey escribe que la mayoría de las mujeres que entrevistó no podían tener orgasmos vaginales y propone que el clítoris es el centro de la respuesta sexual femenina, relegando a la vagina a un papel de menor importancia. En los años 70, el feminismo de la segunda ola, sobre todo el feminismo anti-porno, construyó toda una ideología sexual en torno a los informes de Kinsey, en la que la penetración era considerada como un acto intrínsecamente violento y degradante para la mujer. De acuerdo con esta nueva visión del sexo, el orgasmo vaginal no existe, es sólo una invención del patriarcado para hacer que las mujeres se sometan al coito y tengan hijos. El clítoris adquiere así todo un simbolismo del nuevo poder de la mujer: representa su capacidad de alcanzar el placer independientemente del hombre. El pene ya no es necesario y, de hecho, el acto sexual ideal para la mujer consistirá en la estimulación manual u oral (cunnilingus) del clítoris. Como esto se lo puede hacer una mujer a otra, el lesbianismo se convierte en la relación perfecta, ya que contribuye a los objetivos del feminismo separatista, que consisten en que las mujeres construyan una sociedad al margen de la de los hombres. La ironía de todo esto es que, dado que el clítoris es el análogo fisiológico del pene en la mujer, en el fondo de lo que se trata es de sustituir una cultura falocéntrica por una cultura clítoris-céntrica, al mismo tiempo que el feminismo de la segunda ola recogía los esquemas de superioridad, violencia y poder del machismo y se limitaba a hacerles un cambio de sexo.

Aparece así una nueva normativa, tan limitada y represora como la anterior, que impone una forma políticamente correcta de hacer el amor. Desgraciadamente, aún después de la Guerra del Sexo que desbancó las ideas sexo-negativas del feminismo anti-porno, esta normativa clítoris-céntrica sigue siendo predicada por muchos sexólogos. Por ejemplo, esto lo vemos en el artículo “La erección en una mujer necesita 20-30 minutos de la adecuada estimulación de su clítoris”basado en este artículo en inglés. En ellos se nos dan claras instrucciones sobre la manera políticamente correcta de follar: estimulando el clítoris durante 20-30 minutos antes de la penetración. Al parecer, nadie quiere darse cuenta de que esto es tan limitante y falto de imaginación como la antigua postura del misionero.

Por supuesto, no voy a negar que el clítoris es una parte importante de la anatomía sexual femenina, quizás la más importante, como ocurre con el pene en el hombre. También es cierto que para la mayoría de las mujeres la estimulación del clítoris es la manera más efectiva de obtener un orgasmo… aunque no la única. El problema es que, como pasa con todas las normativas, las nuevas reglas afirman la sexualidad de unas al tiempo que invalidan la sexualidad de otras. Porque lo que ocurre en realidad es que la respuesta sexual de las mujeres no es uniforme sino increíblemente variada. Hay una amplia minoría de mujeres a las que no les gusta alcanzar el orgasmo con la estimulación del clítoris. Yo he conocido a varias:

•    Caso A - Esta amiga mía de 48 años me confesó que llevaba toda la vida intentando conseguir un orgasmo estimulándose el clítoris sin lograrlo. Una vez estuvo masturbándose varias horas, hasta que el clítoris se le irritó tanto que tuvo que dejarlo. Sin embargo, ella consigue llegar regularmente al orgasmo cuando se masturba metiéndose dedos y una toalla en la vagina. Su problema parece ser que su clítoris no es lo suficientemente sensible para llevarla al orgasmo.

•    Caso B - A esta mujer, también madura, le ocurre lo contrario que a A: tiene el clítoris tan sensible que su estimulación directa le resulta dolorosa. Sin embargo, B es multiorgásmica y pude llegar al clímax de muchas maneras: penetración vaginal, anal o incluso con una simple azotaina.

•    Caso C - Mujer post-menopáusica con una enorme facilidad para llegar al orgasmo. Empezó por correrse cuando le di una azotaina y ya no paró de hacerlo todo el rato que estuvimos haciendo el amor. Sus orgasmos eran tan intensos que parecían ataques epilépticos, poniendo los ojos en blanco y llegando a perder el conocimiento. En ningún momento le estimulé el clítoris, ya que parecía completamente innecesario. Lo más curioso es que al terminar siguió teniendo orgasmos espontáneos durante un buen rato sin ningún tipo de estimulación sexual. Para mí, esto significa que el orgasmo puede ser un fenómeno puramente cerebral, desligado tanto del clítoris como de la vagina.

Existen estudios científicos que avalan mi experiencia personal. Por ejemplo, Dwyer (2012) escribe:

“La existencia del punto G es aceptada por muchas mujeres; un cuestionario anónimo que fue distribuido entre 2,350 mujeres profesionales en EE.UU. y Canadá encontró que el 84% de las mujeres ‘creían que un área de alta sensibilidad existe en la vagina’. De las mujeres que respondieron, el 40% dijeron que tenían una emisión de fluidos (eyaculación) en el momento del orgasmo. Además, el 82% de las que dijeron tener la zona sensible (punto Grafenberg) también dijeron eyacular durante el orgasmo”.

¿Entonces va a resultar que Freud tenía razón y que hay mujeres “clitoridianas” y mujeres “vaginales”? Yo creo que eso es simplificar demasiado las cosas. Lo que ocurre es que existe una gran variedad en las respuestas sexuales de las mujeres. Todas son igualmente válidas, por supuesto.

Ilustración herética mostrando la localización del punto G
Pero hay más. Cuando examinamos el caso de la sexualidad masculina vemos que el principal obstáculo para obtener una respuesta más placentera es que se considere al pene como la única fuente de placer. Otras zonas erógenas del cuerpo masculino incluyen los pezones y la próstata, que todo hombre que quiera desarrollar su sexualidad más plenamente debería explorar. Pero no deja de resultar curioso que al mismo tiempo que invitamos a los hombres a investigar este tipo de sensaciones, rompiendo los tabúes culturales que existen contra ellas, les digamos a la mujeres que se conformen con su placer clitoriano y no vayan más lejos en la exploración de todas las posibilidades que les ofrece su cuerpo, que son muchas y más asequibles que las del cuerpo masculino. Por ejemplo, el orgasmo prostático que algunos hombres consiguen alcanzar (y que no se parece en nada al que se obtiene estimulando el pene) tiene muchas similitudes con el orgasmo vaginal femenino. Quizás esto se deba a que las glándulas de Skene que están debajo del punto G son en realidad una próstata femenina, de la que proviene la eyaculación que experimentan muchas mujeres (Davidson, Darling et al. 1989; Darling, Davidson et al. 1990; Schubach 2002; Thabet 2009; Dwyer 2012). Esto contradice el dogma que hoy en día repiten hasta la saciedad muchos sexólogos: “existe un solo tipo de orgasmo”. Si en el hombre son posibles dos tipos distintos de orgasmo, el del pene y el de la próstata, ¿por qué no iba a pasar lo mismo en la mujer? ¿Cuál es la evidencia fisiológica de que sólo exista un tipo de orgasmo? ¿Qué criterios podemos aplicar para decidir que orgasmos que se originan en distintos sitios son en realidad lo mismo? Esta idea clítoris-céntrica de los sexólogos parece basada más en la ideología del feminismo anti-porno de la que hablaba antes que en observaciones con base científica (Gerhard 2000; Jannini, Whipple et al. 2010). Por otro lado, mujeres con amplia experiencia sexual dicen claramente que para ellas, el orgasmo vaginal y el orgasmo clitoriano se experimentan de formas muy distintas (Korda, Goldstein et al. 2010).

Está muy bien querer educar a la gente en cómo vivir una vida sexual más sana, y de paso romper los viejos esquemas culturales del patriarcado y el conservadurismo sexo-negativo, pero hay que tener cuidado que al hacerlo no creemos otras normativas que resulten tan opresoras como la anterior.

Referencias

Darling, C. A., J. K. Davidson, Sr., et al. (1990). "Female ejaculation: perceived origins, the Grafenberg spot/area, and sexual responsiveness." Arch Sex Behav 19(1): 29-47.

Davidson, J. K., Sr., C. A. Darling, et al. (1989). "The role of the Grafenberg Spot and female ejaculation in the female orgasmic response: an empirical analysis." J Sex Marital Ther 15(2): 102-120.

Dwyer, P. L. (2012). "Skene's gland revisited: function, dysfunction and the G spot." Int Urogynecol J 23(2): 135-137.

Gerhard, J. (2000). "Revisiting "the myth of the vaginal orgasm": the female orgasm in American sexual thought and second wave feminism." Fem Stud 26(2): 449-476.

Jannini, E. A., B. Whipple, et al. (2010). "Who's afraid of the G-spot?" J Sex Med 7(1 Pt 1): 25-34.

Korda, J. B., S. W. Goldstein, et al. (2010). "The History of Female Ejaculation." J Sex Med 7(5): 1965-1975.

Schubach, G. (2002). "The G-spot is the female prostate." Am J Obstet Gynecol 186(4): 850; author reply 850.

Thabet, S. M. (2009). "Reality of the G-spot and its relation to female circumcision and vaginal surgery." J Obstet Gynaecol Res 35(5): 967-973.


sábado, 27 de septiembre de 2014

Los extremos a los que llegamos al servicio de nuestra dominatriz (III)

-Pero bueno, lo que sí es cierto es que cuando volví a la realidad de mi trabajo y de mi diminuto apartamento en Brooklyn, decidí que la experiencia había estado bien, pero que no hacía falta repetirla -dijo Johnny-. Pero cuando se lo dije a Diane en nuestra siguiente cita, ella me acusó de no querer entregarme por completo a ella y se marchó, enfadada. Muy preocupado, intenté llamarla varias veces por teléfono, pero ella no atendía mis llamadas. Al final fue Robert quien se puso en contacto conmigo. Con reluctancia, accedí a quedar con él. Tuvimos una conversación de lo más interesante. Él me dijo a las claras que si no dejaba de hacer tonterías iba a perder a Diane, porque ella había decidido que lo que quería era tener una relación con nosotros dos y repetir hasta la saciedad la última sesión que habíamos hecho. Acabé confesándole que temía que Diane acabaría marchándose con él. Me dijo que por él no tenía nada que temer, ya que yo le gustaba y le daba morbo jugar como lo hacíamos. Más que tranquilizarme, eso me puso aún más nervioso, pero me di cuenta de que si quería seguir con Diane tendría que resignarme a la situación.

-Ya no volví a jugar con Diane a solas; Robert siempre estaba presente en cada sesión que hacíamos en la mazmorra, incluso algunas veces que quedábamos los tres para salir. La siguiente sesión que hicimos Diane tuvo cuidado de que el juego fuera menos humillante para mí. Esa vez le tocó a Robert el sufrir el grueso del abuso humillaciones y los golpes… Y Diane me ordenó que fuera yo el que lo follara a él.

-¿Y cómo fuiste capaz? A mí, desde luego, no se me habría levantado.

-Pues a mí sí, con un poco de ayuda por parte de Diane. Mi cuerpo respondía de forma instantánea al contacto de sus dedos. Ella me plantó delante del trasero de Robert, que estaba surcado de estrías que le había hecho con la vara, y se puso a manipularme la polla hasta que la tuve dura como una piedra. Luego hizo que lo penetrara. Mientras lo follaba se puso a pegarme con la vara, para darme ánimos, me decía, hasta que la dejó abandonada en el suelo y sacó su Hitachi… ¡Pero para qué te lo voy a ocultar! A mí había empezado a gustarme Robert, lo que me causaba una gran vergüenza  y confusión. Me había acostumbrado a que él me tocara… Lo hacía muy bien, el muy desgraciado, se aprendió enseguida las cosas que me gustaban. Por el contrario, cuando Diane me ordenaba que lo tocara yo a él sentía un gran rechazo, hasta asco… Pero eso no duraba mucho. Robert era indudablemente hermoso, y su cuerpo acababa por excitarme, a pesar de ser indudablemente masculino, con los pectorales y los bíceps muy marcados… Su piel era muy suave; me gustaba acariciarla. Iba siempre escrupulosamente afeitado. Con el tiempo, hasta acepté hacerle mamadas… ¡Qué horror! Luego, cuando ya no estaba con ellos, me acordaba de todo lo que le había hecho y me sentía fatal. Yo nunca he despreciado a los gays, siempre los he apoyado en todo, pero el ver que yo era capaz de sentir atracción hacia un hombre era algo difícil de encajar. Era como si hubiera dos partes dentro de mí, una que se sentía atraída por el cuerpo de Robert y otra que sentía asco. Lo único que hacía tolerable esa enorme disonancia interna era mi entrega absoluta a la voluntad de Diane, la felicidad que sentía al verla gozar viéndome con Robert. Él, por su parte, no parecía tener ningún problema; de hecho, disfrutaba enormemente con todo lo que hacíamos. Era verdad que yo le gustaba, lo notaba en la manera en que me miraba, en cómo me tocaba. Eso no me ponía las cosas más fáciles, porque a menudo me sentía utilizado… Que Diane me usara no me importaba en absoluto, eso era el objetivo último do todo aquello, el servirla a ella. Supongo que para Robert era lo mismo, aunque él no tenía ninguna dificultad, disfrutaba con todo lo que le hiciera. Era muy masoquista, con un aguante increíble para el dolor, me daba la impresión de que siempre deseaba más. Pero nunca vi en él el afán de servir a Diane que yo tenía. Notaba en él un cierto nivel de reserva, como si nunca bajara del todo sus defensas. De todas formas, cuando estábamos los tres juntos el tiempo se pasaba volando, era todo muy intenso y muy bonito. Era luego, cuando estaba a solas, que me sentía torturado por la vergüenza, por los celos, por el miedo de perder a Diane, de perderme a mí mismo.

-Que fue lo que al final acabó pasando … -apuntó Julio.

Johnny bebió un trago y se quedó inclinado hacia delante, mirando el fondo de su jarra de cerveza.

-Yo hubiera podido seguir así como estábamos. Me iba acostumbrando rápidamente a la situación… me empezaba a gustar, incluso. Pero en una sola noche el mundo de fantasía que había creado en torno a Diane se derrumbó de forma irremediable. Fue la noche de Fin de Año. Diane y Allan dieron una fiesta en su casa, que transcurrió con normalidad hasta llegar la medianoche cuando, siguiendo la costumbre americana, cantamos Auld Land Syne y nos bebimos una copa de champán. Poco después, Diane se despidió de sus invitados y nos hizo bajar a Robert y a mí a la mazmorra. Lo primero que hicieron fue desnudarme, amordazarme con una bola de goma y atarme de pies y manos a un armazón que había en la pared frente al espejo. Pensé que se iban a cebar en mí, como de costumbre, pero en vez de eso me hicieron asistir a un extraño espectáculo. Diane y Robert cogieron cada uno una de las varas que se usaban para pegar y entablaron con ellas un duelo de esgrima muy especial: el que conseguía encontrar una apertura en la defensa del contrario le asestaba un varazo. Aunque Robert era más alto y musculoso, en seguida se vio que Diane llevaba las de ganar. Adoptó la postura de esgrima reglamentaria, con una mano en la espalda y pronto logró dejar varias estrías en los costados y los muslos de Robert, quien estaba desnudo excepto por una tanga de cuero. Pero Robert parecía insensible al dolor y contraatacó con furia, encajándole varios varazos a Diane en las piernas y los brazos, aunque para ello dejaba su cuerpo expuesto a los feroces golpes de Diane. Pronto la tuvo arrinconada junto a la cama. Para mi consternación, después de recibir varios varazos particularmente salvajes, Diane dejó caer su vara y se desplomó en el suelo, echa un ovillo. Con un gruñido de triunfo, Robert la arrojó sobre la cama y en un momento la despojó de sus zapatos, su corsé y sus short de cuero. Yo no podía creer lo que veían mis ojos; estaba convencido que Robert se había vuelto loco y se disponía a violar a Diane. Me debatí inútilmente contra mis ataduras e intenté gritar pidiendo ayuda, pero sólo unos débiles ruidos lograron atravesar la mordaza. Mientras tanto, Robert había doblado a Diane sobre el potro atada de pies y manos, y había empezado a asestarle una buena sarta de varazos en el trasero. Todo sucedía a un metro escaso de donde yo me hallaba , como si lo hubieran dispuesto para que yo pudiera gozar del espectáculo. La rabia y la impotencia me desbordaron… creo que debí echarme a llorar. Cuando lo vio, Diane le gritó a Robert: “¡Para! ¡Para! ¡Díselo! ¡Tienes que decírselo!” Robert se plantó frente a mí y se puso a explicarme que todo eso lo hacían por mi bien, para librarme de mi obsesión por Diane y mostrarme que era una mujer, no una diosa, y que a ella también se la podía doblegar y humillar. Diane, todavía atada al potro, me confirmaba todo lo que decía. Robert acabó diciéndome que para completar mi supuesta terapia debía darle por culo a Diane, a no ser que prefiriera que lo hiciera él. Entonces me desató. Intenté ir a liberar a Diane, pero él me lo impidió. Forcejeamos cuerpo a cuerpo un rato, pero claro, yo no tenía nada que hacer contra la mayor fuerza y destreza de Robert. Llorando de frustración, me puse mi ropa como pude y me marché. Recuerdo que estuve mucho tiempo me metido en mi coche, esperando que mis manos dejaran de temblar lo suficiente para poder conducir.

Johnny se frotó las manos, se incorporó y apuró de un trago el resto de su cerveza.

-No volví a ver a Diane hasta el sábado siguiente. Conseguí convencerla de que quedáramos a solas, sin Robert. Me explicó que Robert y ella habían estado comentando bastante tiempo lo que ellos consideraban mi obsesión por servir a Diane. Él había acabado por convencerla de que era algo insano a lo que había que ponerle final. Yo argumenté que no era nada insano, sólo el simple deseo de un sumiso de entregarse plenamente a su dominatriz, algo que ella siempre había comprendido y alentado. Le expliqué que para mí lo más difícil había sido aguantar las vejaciones de Robert; que se había sido capaz de hacer eso por ella, nada importaba en comparación. Lo que ella me dijo a continuación me sorprendió y me dolió. Me explicó que ser mi dominatriz se había convertido en una carga para ella, que tenía que esforzarse continuamente para mantener su imagen de mujer poderosa e infalible, que se había llegado a creer que era una diosa y le hacía daño psicológicamente. Por eso había aceptado hacer una sesión con Robert y conmigo como sumisa, porque ella necesitaba esa cura tanto como yo. Yo me rebelé. Le dije que no había derecho que hubieran planeado todo eso sin contar conmigo, que me hubieran impuesto una sesión a la que yo no había dado mi consentimiento. No hubo manera, la discusión fue de mal en peor. Diane no quería dar su brazo a torcer y yo, condicionado por mis dos meses de devota sumisión hacia ella, no sabía llevarle la contraria. Acabé por ceder, por decirle que aceptaba cualquier cosa con tal de seguir con ella, pero cuando ella me contó lo que habían planeado me encontré que era algo que iba ser completamente incapaz de hacer. Por un tiempo, me explicó, Robert sería el dominante en el trío y ella y yo seríamos sus sumisos. No sería para siempre, se apresuró a añadir, cuando nos curáramos de nuestras respectivas obsesiones ella volvería a asumir su papel de dominatriz, al menos algunas veces. Pero a mí se me habían abierto los ojos. Comprendí que ese había sido el plan secreto de Robert, que él quería a Diane como sumisa, con mi propia sumisión como la guinda del pastel. Y yo no podía prestarme a eso; yo no soportaba volver a ver a Diane como la había visto en la última sesión: desnuda, vulnerable y humillada. Le entregué mi collar y me despedí de ella. Al día siguiente cogí el avión a Madrid, deseando poner la mayor distancia posible entre mí y ellos.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Los extremos a los que llegamos al servicio de nuestra dominatriz (II)

-A partir de esa noche estuve como en una nube, no podía dejar de pensar en Diane y las cosas que me había hecho -continuó Johnny-. Por suerte, a ella también le debió de gustar. Un par de días más tarde la llevé a almorzar a uno de los restaurantes más lujosos de Manhattan, y el viernes siguiente me volvió a encerrar en su mazmorra. A las dos semanas de conocernos me ofreció su collar. El aceptarlo suponía mi sumisión total hacia ella: no podría follar con otra mujer, ni siquiera masturbarme sin su permiso. Y tendría que obedecerla y aceptar sus castigos. No me lo pensé dos veces.

-Pues, tal como lo cuentas, parece una relación preciosa -dijo Julio-. No sé de qué te quejas.

-Fue una relación preciosa, es verdad, pero no acabó nada bien. Yo debería haber tenido más cuidado, no bajar mis defensas, que es algo que nunca me había permitido hacer con ninguna otra mujer. Pero Diane representaba lo que siempre había deseado: una mujer hermosa que supiera imponerme su voluntad. Ella siempre fue muy estricta conmigo. Cuando nos veíamos me pegaba a la primera oportunidad. Siempre se aseguraba de que hubiera algún detalle que me recordara mi sumisión: mi trasero caliente, los calzoncillos bajados debajo del pantalón, los pezones pellizcados por pequeñas pinzas,  llevar un tapón de goma metido en el culo… Nunca me permitía tocarla por iniciativa mía; las pocas veces que lo intenté me castigó severamente. La única forma en que follábamos era conmigo atado y ella encima… y, a partir de la segunda vez, con un consolador penetrándome el culo. Pero la mayor parte de las veces era yo el que resultaba follado.

-¿Te daba por culo? ¿Con un arnés de esos?

-Sí, un strap-on, como los llamamos en inglés. A Diane le encantaban, a menudo llevaba uno puesto cuando estábamos en su mazmorra. La segunda vez que me llevó allí me dobló sobre el potro y me penetró. Estuvo follándome un montón de tiempo, casi una hora, no lo sé… acabé bastante dolorido, la verdad. Pero luego acabó gustándome. Fue ella quien me enseñó el placer que se obtiene al estimular la próstata. A veces me tumbaba sobre su regazo y me metía dos dedo, o un consolador, y me masajeaba la próstata hasta que se despertaba ese placer tan perturbador, y luego me tenía así un buen rato, gozando pero sin poder correrme, sin siquiera tener una erección. A mí llegó a gustarme mucho que me hiciera eso, porque allí se juntaba todo: mi entrega a ella, la humillación de ser follado como una mujer, la frustración de no alcanzar el orgasmo y, sobre todo, la intimidad de ese acto en el que ella lo tomaba todo de mí y al mismo tiempo me dedicaba toda su atención y sus cuidados. ¿Entiendes ahora lo que intentaba explicarte antes?

-Sí, un poco… Pero antes decías que no hubieras debido bajar tus defensas. Y, sin embargo, si no lo hubieras hecho no habrías podido disfrutar de todas esas cosas.

-Quizás sí, quizás no… No lo sé… Mirando hacia atrás, pienso que esa relación no era buena para ninguno de los dos. Diane había tenido otros sumisos, empezando por su marido, pero ninguno se le entregó tan completamente como yo, y ese poder tan enorme que yo le di sobre mí acabó por subírsele a la cabeza. Con lo guapa que era seguía atrayendo a un montón de sumisos y jugaba con alguno de vez en cuando. Empezó a referirse a sí misma como una diosa y a nosotros, sus sumisos, como su establo de sementales.

-¿Y eso no te ponía celoso?

-Por supuesto… Pero cuando te sometes con la profundidad con que lo hice yo, los celos te acaban pareciendo normales. La frustración y la humillación de saber que está con otro tío no son más que la extensión de la frustración y la humillación continua de tu relación con ella. Y como ella tiene derecho al placer y a satisfacer cada uno de sus caprichos, el que lo haga tirándose a otro hombre te resulta de lo más normal.

-¡Pues menuda comedura de tarro! Eso no puede ser sano.

-¡Pues espérate, que aún viene lo mejor!

-Cuenta…

-Por Thanksgiving, Allan y Diane dieron una cena en su casa, a la que por supuesto me invitaron. Otro de los invitados era Robert, un chico joven, atractivo y musculoso. Diane se quedó prendada de él, y esa noche yo volví solo a casa mientras que Robert se quedaba de huésped de la mazmorra.

-¡Pues vaya palo!

-Con Diane era algo de esperar, aunque debo confesar que aquella vez me sentí particularmente celoso. Me entró un miedo enorme de que Diane se enamorara de Robert y no quisiera volver a verme. Para mi gran alivio, a los pocos días Diane me invitó a hacer una sesión con ella. Terminamos abrazados en la cama de cuero… Recuerdo que Diane aún tenía puesto el consolador con el que acababa de follarme. Entonces me dijo que me iba a pedir algo muy especial, algo que haría realidad una de sus fantasías más queridas. Me advirtió que no me resultaría fácil, que sería la prueba definitiva de mi entrega a ella. Por supuesto, con ese planteamiento, no pude negarme. Me apresuré a decirle que nada me gustaría más que hacer realidad sus deseos. No me quiso dar más explicaciones, ya que no quería que yo pudiera prepararme mentalmente para ello.

-Déjame que lo adivine: tenía algo que ver con Robert.

-Efectivamente. El día señalado Diane me abrió la puerta de su casa y me hizo desnudarme allí mismo, en el umbral. Me vendó los ojos y me puso muñequeras y tobilleras. Bajé las escaleras del sótano dando pasos vacilantes tras de ella. En cuanto abrió la puerta de la mazmorra supe que Robert estaba allí, aunque él no dijo nada cuando nos vio entrar, porque percibí claramente su olor. No era desagradable, una mezcla entre dulzón y almizclado,  muy característico de él. Diane enganchó mis muñequeras a una cadena, tiró de ella hasta dejarme casi de puntillas, y le dijo a Robert que disfrutara de mí. Así fue como supe que Robert era bisexual. Estuvo un buen rato sobándome y manoseándome sin ningún tipo de inhibición: tocándome el culo, pellizcándome los pezones, acariciándome la polla. Pero lo que me causó más confusión fue que yo estaba empalmado. Viéndolo, Diane se me acercó, me apretó la polla apreciativamente y me dijo al oído que siempre había sabido que yo era un poco marica. Estaba tan desconcertado que me llegué a preguntar si sería verdad. Viendo que Robert me daba cachetes en el culo de vez en cuando, Diane le preguntó si le gustaría darme un “spanking”… una azotaina en el culo, ya sabes. En un periquete me tenían atravesado sobre los muslos de Robert, quien me dio una soberana paliza mientras Diane se reía y daba saltitos, entusiasmada por mis quejidos. Luego vino el plato fuerte, la prueba final que Diane había demandado de mí: dejar que me follara Robert mientras ella miraba. Me ataron sobre el potro con las piernas abiertas, doblado de tal manera que mi trasero quedara a la altura adecuada. Me quedó el consuelo de ver como mi querida Diane se quitaba los pantaloncitos de cuero que llevaba y se plantaba delante de mí con su Hitachi Magic Wand alegrándole el coñito. Esperaba que ser penetrado por un hombre no sería muy distinto de cuando Diane me follaba con su strap-on, pero de alguna manera sí lo fue. Hay algo en el pene que lo hace al mismo tiempo más blando y más duro que un consolador… y lo notas templado desde el principio, en lugar del frío del plástico. También pude comprobar que, por mucha práctica que tenga, una mujer no es capaz de follarte tan eficazmente como un tío. Robert empezó despacio, pero en cuanto comprobó que no me hacía daño me sometió a un bombeo considerable, ajustando sus acometidas a los imperativos de su placer. Sin soltar el vibrador un solo momento, Diane se nos acercó por detrás para observar con detenimiento como me follaba. Mirando por debajo del potro sólo podía ver sus piernas, pero enseguida la oí correrse, una y otra y otra vez. Robert se detenía de vez en cuando para no eyacular antes de que Diane hubiera tenido oportunidad de disfrutar completamente del espectáculo. Al final ella le debió dar permiso para correrse… no sé… el caso es que sentí perfectamente como su polla pulsaba dentro de mí mientras él gruñía de placer.

-Pero, Johnny, ¿cómo te dejaste hacer eso? ¿No podías haberte negado cuando viste lo que te iban a hacer? Yo, desde luego, nunca me habría dejado humillar de esa manera… Porque es que tú, encima, tendrías unos celos enormes de Robert.

-Pues, aunque te parezca mentira, yo llegué a disfrutar mucho de esa experiencia. Mientras Robert me metía mano y me azotaba fui entrando en un profundo estado de sumisión, que se alimentaba de todo lo que me hacían: de mi humillación, de mi dolor, hasta de mis propios celos. Cuando vi en los ojos de Diane la intensidad del deseo que había despertado en ella, el negarme a satisfacerlo se volvió algo simplemente impensable, una posibilidad tan remota que simplemente no existía en mi mente. Luego, cuando me tendieron en la cama de cuero y Diane me abrazó y me besó y me consoló y me dijo lo bien que me había portado y lo orgullosa que estaba de mí, me sentí el hombre más dichoso del mundo. Ya no me importó que Robert se echara también en la cama y me tocara y la tocara a ella. Encima, como recompensa, Diane se me puso encima y se folló conmigo, sin siquiera atarme, y me dio permiso para correrme cuando quisiera.

A Johnny se le había puesto una sonrisa extática. Cogió su jarra de cerveza, vio que estaba vacía y le hizo una seña al camarero para que trajera dos jarras más. Julio notó que le sudaban las manos y tenía la boca reseca, como cuando se hacía un paso de escalada difícil y peligroso. Buscó algún comentario trivial que decir para que no se notara lo mucho que lo estaba afectando la historia. Pero era inútil; por la manera en que lo miraba Johnny, parecía saber perfectamente cómo se sentía. Los dos se miraron sin decir palabra mientras esperaban que el camarero les trajera las cervezas.

(Continuará...)

domingo, 2 de junio de 2013

El “punto P” - la próstata como fuente de placer en el hombre

Hace unos meses escribí un artículo en este blog sobre el famoso “punto G” en la mujer, y sobre si puede o no desencadenar un orgasmo distinto al que se consigue con la estimulación del clítoris. Es uno de los artículos más visitados de este blog. Si no lo has leído, aquí tienes el enlace:

http://sexocienciaespiritu.blogspot.com/2012/12/clitoris-o-punto-g-la-controversia-en.html

Poca gente sabe que existe un equivalente del punto G en el hombre: el “punto P”. La “P” viene de próstata, un órgano del tamaño de una nuez situado entre el recto y la vejiga urinaria, rodeando la uretra. La estimulación de la próstata, en condiciones adecuadas, puede producir mucho placer, incluso llevar a un orgasmo que es descrito por los que lo han sentido como más profundo, amplio y duradero que el orgasmo producido por la estimulación del pene. Por lo tanto, vemos que existe un paralelismo entre el orgasmo producido por la estimulación del punto G en la mujer y el orgasmo producido por la estimulación de la próstata en el hombre. Quizás es que los dos son equivalentes, si es verdad que el punto G no es más que la glándula de Skene o próstata femenina. Cabe pensar, por lo tanto, que las respuestas sexuales femenina y masculina son más parecidas de lo que se suele creer, con el orgasmo clitoridal siendo equivalente al orgasmo del pene, mientras que el orgasmo vaginal tiene su contrapartida en el orgasmo que se obtiene estimulando el punto P.

La idea de que existe una sexualidad masculina ajena al pene genera una enorme resistencia en nuestra sociedad, al chocar con mitos sexistas profundamente arraigados. La cultura machista otorga grandes privilegios al hombre, siempre y cuando éste se comporte de acuerdo con las pautas de virilidad y hombría establecidas. En lo referente al acto sexual, se espera que el hombre obtenga su placer penetrando a la mujer, con un pene grande y sólido y una potente eyaculación. Placer que proviene de zonas eróticas que no son el pene, como las nalgas, los pezones y el ano, es algo estrictamente femenino y por lo tanto prohibido al macho. El hombre que trasgrede esta normativa pierde automáticamente el privilegio masculino - es un “afeminado”, un “marica”, y es relegado a un estatus peor que el de la mujer. En particular, ser receptor de sexo anal es considerado el acto por excelencia que priva al hombre de su masculinidad, lo emascula. En lenguaje coloquial, expresiones como “dar por culo”  o “vete a tomar por culo” transmiten el mensaje que recibir sexo anal es el acto más humillante que existe, algo que te quita todo el poder y te somete. Todo esto es una pena, pues la única forma de estimular la próstata es desde el recto, lo que conlleva una penetración anal.

Afortunadamente, en nuestros días la acción combinada de diversos movimientos de liberación sexual, sobre todo el de los gays y el BDSM, ha empezado a abrir una brecha en todos esos prejuicios machistas. Sin duda, el conocimiento de propiedades eróticas de la próstata se remonta a la antigüedad. En tiempos más recientes, se difundió primero entre los gays, y luego fue recogido en la comunidad BDSM en las parejas de mujer dominante y hombre sumiso. Hoy en día comienza a practicarse en parejas vainilla sin ninguna connotación de dominación-sumisión.
Dos tapones de distintos tamaño y un dildo con forma de pene

La próstata puede encontrarse introduciendo un dedo en el ano con la yema hacia delante. Si recorremos la cara anterior del recto, daremos con un bulto del tamaño de un huevo: esa es la próstata. Las primeras veces, la presión sobre la próstata puede resultar desagradable, hasta dolorosa. A veces se notan ganas de orinar, porque esa presión se transmite fácilmente a la vejiga de la orina. En eso se parece a la estimulación del punto G de la mujer. Para producir placer es necesario que el masaje de próstata se realice de forma muy suave, en una situación relajada y sexualmente excitante, acompañándolo de estimulación del pene, los pezones y otras zonas erógenas. Quizás sea necesario que las primeras sesiones sean cortas, e ir entrenando la próstata en sesiones sucesivas en las que se irá aumentando la intensidad y la duración del masaje. Poco a poco, las vías nerviosas que transmiten esas sensaciones al cerebro se van desarrollando, volviéndolas más y más placenteras.
El Aneros

Una dificultad que suele presentarse es que la próstata está demasiado profunda para alcanzarla cómodamente con el dedo, sobre todo si uno trabaja en solitario, autoestimulándose. Por eso es mejor usar dildos de goma. Existen varios tipos. Los “buttplugs” o tapones están pensados para llevarlos puestos un cierto tiempo, lo que facilita la dilatación del ano al tiempo que producen una estimulación suave del recto. Como muestra la foto, tienen una base plana que impide la inserción total, una constricción para el esfínter anal, y un ensanchamiento en el recto. Los dildos propiamente dichos tienen forma de pene, sin constricción para el ano, y están diseñados para follar. Eso se puede hacer moviéndolos con la mano, o la mujer puede ponérselos en la pelvis como si fuera un pene usando un arnés que se llama en inglés “strap-on” (ver foto). Por último, existe un artilugio diseñado especialmente para estimular la próstata: el Aneros (ver foto). La forma curvada del Aneros hace que rodee la próstata, masajeando toda su superficie. En vez de la base plana de los tapones y los dildos, tiene dos bolas que resbalan sobre el perineo y el coxis. Eso hace que le hombre pueda mover el Aneros en el interior del recto con sólo contraer el esfínter anal, masajeando la próstata a su gusto. También existen juguetes eléctricos diseñados para estimular el punto G o el punto P con vibraciones.

Por supuesto, como todo sexo anal, el masaje de próstata requiere solventar problemas de higiene. Esto varía mucho de un hombre a otro; algunos son naturalmente “limpios”, mientras que otros deberán recurrir a lavativas. Pero mejor dejar la higiene del sexo anal para otro artículo.
Un arnés "strap-on"

A un hombre que quiere iniciarse en el placer de próstata, yo le aconsejaría que empezara por su cuenta, explorando primero con el dedo y luego con un dildo adecuado. Es mejor no tener muchas expectativas al principio. Hay que tomárselo como un entrenamiento que requiere tiempo, paciencia y perseverancia. Cuando la próstata se ha vuelto sensible, sentiremos el deseo de estimular el punto P de forma más vigorosa. Es entonces cuando se le puede pedir a nuestra amante que nos eche una mano follándonos con un “strap-on”. Esos actos sexuales con inversión de roles pueden resultar muy divertidos, excitantes y deliciosamente perversos. Pero, eso sí, antes hay que sacarse los complejos y los prejuicios de la cabeza.

Una forma especial de estimulación de la próstata se llama “milking”, que significa “ordeñar” en inglés. Normalmente la practica una dominatriz en su sumiso en el contexto de una relación BDSM. A menudo se describe como el tratamiento más humillante y frustrante que puede sufrir un hombre. Se trata de masajear la próstata de forma ininterrumpida por un largo espacio de tiempo, de 20 a 45 minutos. La dominatriz no permite que se produzca la eyaculación o el orgasmo, sino que mantiene al sumiso en un estado continúo de intensa excitación sexual. La erección suele desaparecer al cabo de unos minutos, pero el pene empieza a soltar semen en pequeñas cantidades de forma continua, de ahí el nombre de esta práctica.

Con una estimulación parecida, se puede conseguir tener un orgasmo puramente prostático, sin estimulación del pene alguna e incluso sin erección. Sin embargo, ese orgasmo prostático no es fácil de alcanzar… ¡muchos lo intentan y pocos lo consiguen!