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lunes, 13 de abril de 2020

Once posiciones para un spanking

Dar una azotaina es bastante fácil, pero dar una azotaina que sea buena de verdad, que no sólo te pone el culo rojo sino que se te sube a la cabeza, eso ya requiere un poco de técnica. Entre otras cosas, es bueno saber las diferentes posiciones en la que se puede dar un spanking, cuándo usarlas, y los efectos que tienen tanto en el cuerpo como en la mente.

Ya que por ahora no existen términos parecidos en español, usaré los términos en inglés que mucha gente maneja: spanker es quien da los azotes y spankee quien los recibe. Spanking se traduce al español como azotaina, así que usaré estos términos como sinónimos. Por supuesto, spanker y spankee pueden ser de cualquier género, en cualquier combinación de géneros. Sin embargo, para no complicar las cosas, usaré el género masculino para el spanker y el femenino para la spankee.

El placer del spanking. Dibujo de pattydraws (Fetlife).
Varias cosas contribuyen a una buena azotaina. La más obvia son las sensaciones de placer y dolor. Algunas spankees no toleran el dolor pero aprecian la picazón suave y el calor de los azotes ligeros. Para otras una buena dosis de dolor es importante. Algunas posiciones permiten al spanker mover mejor el brazo y alcanzar mejor el “punto dulce”: la zona del culo en la que cae el peso cuando te sientas. Otra sensación importante es el contacto físico entre los participantes. Algunas posturas estimulan los genitales, llevando a una azotaina que es muy sexual. Sin embargo, hay quien preferirá una experiencia menos íntima.

Otros ingredientes de una buena azotaina son mentales. El spanker aprecia una buena vista del culo de la spankee y cómo cambia de color a medida que progresa el spanking. Y la spankee tiene una imagen mental de su aspecto mientras que la azotan. El ver expuestos su trasero y su sexo produce una vergüenza erótica que una parte importante de la experiencia. Esto también crea una sensación de vulnerabilidad, que puede ser incrementada en posturas que limitan sus movimientos. Algunas personas consideran el spanking como un castigo, que disfrutan de forma irónica por tener un fetiche de castigo. En ese caso, la vulnerabilidad y la restricción del movimiento aumenta la sensación de sometimiento.

Una última cosa a considerar es la comodidad: un spanking debe doler de forma erótica, pero no por hacer daño en la espalda o las articulaciones. Algunas posiciones no pueden ser mantenidas durante mucho rato, mientras que otras invitan al relax y facilitan concentrarse en las sensaciones y las emociones. Cuando el spanking es un castigo, puede darse en posturas deliberadamente incómodas que se le ordena adoptar a la spankee. No voy a describirlas aquí porque este artículo se centra en spankings que se dan fuera de una estricta disciplina de dominación/sumisión. Tampoco voy a incluir posiciones que incluyen bondage. La comodidad del spanker también es importante. Los movimientos repetitivos y los impactos reverberan en su cuerpo y pueden producir daños que quizás no note hasta horas o días después del spanking, como tendinitis en los brazos o dolores en las lumbares. Es mejor que el spanker tenga soporte para la espalda o pueda moverse libremente sin estar atrapado bajo el peso de la spankee.

He aquí una lista de once posiciones para un spanking y cómo afectan a las sensaciones, la vergüenza, la vulnerabilidad y la comodidad.

1. De pie

Aquí no hay postura: el spanker se aproxima a la spankee por detrás y le pega en el culo. Se usa para azotainas improvisadas y cortas que sirven como advertencia, lo que es a menudo necesario en una relación de disciplina doméstica o de dominación/sumisión. A muchas no les gusta nada que las sorprendan con un azote, así que esto hay que negociarlo por anticipado. Si es consensuado, la sorpresa crea vulnerabilidad y vergüenza, sobre todo si hay otras personas delante. El dolor también es mayor cuando te pilla desprevenida. Para azotainas más largas, estar de pie no es cómodo ni para el spanker ni para la spankee.
Spanking bajo el brazo. Fuente: Erotic Art A-2-Z.

2. Bajo el brazo

Estando los dos de pie, el spanker hace que la spankee se gire y se doble por la cintura, poniéndole el brazo izquierdo alrededor de las caderas y el vientre. Un spanker experimentado puede hacer esto rápidamente para crear un efecto sorpresa. Es incluso mejor si el spanker es fuerte y la spankee ligera de peso, porque así puede levantarla completamente del suelo. La vulnerabilidad es alta cuando la spankee puede sentir el poder físico del spanker. Sin embargo, todo esto pone mucha presión en las lumbares del spanker, por lo que esta postura no es buena para spankings largos. Puede servir para empezar un spanking y luego cambiar a otra postura.

3. Doblada sobre un mueble

Spanking sobre uma mesa. Pattydraws (FetLife).
Se dobla a la spankee sobre un escritorio, una mesa o el respaldo de un sillón. Alternativamente, se hace que se arrodille sobre el borde de la cama, una silla o sobre el asiento de un sillón. En locales BDSM hay incluso bancos de spanking diseñados específicamente para esta postura. El spanker puede presionar sobre la espalda de la spankee con la mano para inmovilizarla. Si el mueble es lo suficientemente alto (por ejemplo, el respaldo de un sillón alto o una tarima) la spankee perderá el contacto de sus pies con el suelo, aumentando su vulnerabilidad. Estar doblada sobre un mueble es bastante humillante. En esta postura el spanker tiene mucho espacio para mover el brazo y puede poner su peso en cada golpe, así que la azotaina puede ser muy vigorosa. Dependiendo del mueble, la postura puede ser bastante cómoda para la spankee, pero sillones con el respaldo duro y estrecho pueden hacer daño en el vientre y las caderas. La mayor pega de esta postura es que apenas hay contacto físico, lo que crea distancia emocional.

4. Sobre el regazo

Ésta es la postura de spanking más clásica. El spanker se sienta en una silla o en el borde de la cama y pone a la spankee bocabajo sobre su regazo. A veces se la llama “sobre las rodillas”, pero en  realidad la spankee está sobre los muslos del spanker y en contacto con su vientre. Normalmente, tanto las manos como los pies se apoyan en el suelo, pero si se empuja a la spankee hacia adelante su pies perderán el contacto con el suelo, aumentando su vulnerabilidad. Las mejores cosas de esta postura es son efecto psicológico, por la imagen mental que crea el tener el culo en pompa, y el contacto con el cuerpo del spanker. A menudo la spankee puede sentir su erección. Sus principales pegas es que si la spankee es grande con relación al spanker, puede haber una tendencia a rodar y caerse de su regazo, lo que puede resultar incómodo para los dos. Otro pequeño problema es que el spanker encuentra más fácil azotar la nalga más alejada de su regazo, con lo que el spanking puede resultar un poco desigual.

5. Cerrojo de piernas

Cerrojo de piernas. Fuente.
Ésta es una variante de la postura sobre el regazo en la que la spankee se apoya sólo sobre uno de los muslos del spanker, quien usa su otro muslo para atrapar las piernas de la spankee. Si se le sujeta una de las manos tras la espalda, la tendremos completamente inmovilizada. La cabeza de la spankee bajará hasta el suelo, mientras que su culo queda en alto y bien en pompa. Como su caderas forman un ángulo más agudo, la zona sensible entre las nalgas y los muslos queda estirada y expuesta a los azotes. Todo ello hace que esta sea una postura muy humillante y de máxima vulnerabilidad. Su mayor problema es la falta de comodidad tanto para la spankee, que sufre presión sobre el vientre y tiene la cara en el suelo, como para el spanker, porque pone tensión en sus lumbares. Por lo tanto, no es aconsejable para spankings largos.

6. A caballo sobre una pierna

Variante de la postura a caballo sobre una pierna.
Erotic Art A-2-Z.
Ésta es otra variante de la postura sobre el regazo que por alguna razón es muy popular en los que practican la disciplina doméstica. El spanker se sienta en un sillón o al borde de la cama, y la spankee se coloca a caballo sobre uno de sus muslos (el izquierdo si él es diestro, el derecho si es zurdo). Entonces la spankee se inclina hacia adelante y el spanker la sujeta con el brazo de forma similar a la postura bajo el brazo. Para completar la inmovilización de la spankee, el spanker puede colocar su pierna derecha tras la pierna izquierda de la spankee para que ella no pueda levantarla, de forma parecida al cerrojo de piernas. La postura puede resultar más cómoda en un sillón, pues así el spanker tiene soporte para su espalda y la spankee puede apoyar la cabeza y los brazos en el respaldo. La posición del culo facilita que las dos nalgas puedan ser golpeadas igualmente. La raja del culo queda abierta y el ano expuesto. El mayor atractivo de esta postura es que pone presión sobre los genitales de la spankee. Si se debate, o simplemente como resultado de las oleadas que generan los azotes, se estimula el clítoris creando un spanking exquisitamente sexual. Por lo tanto, es una buena posición para hacer que una mujer se corra durante una azotaina. La mezcla de dolor y placer crean un estado mental único donde se puede alcanzar un máximo de humillación y vulnerabilidad. Los azotes administrados inmediatamente después del orgasmo son un castigo de lo más eficaz, pues la spankee tiene su mente sensible y receptiva, y se ve frustrada al no poder relajarse tras el placer.

7. Sobre las rodillas

Una manera de hacer más cómoda la posición “sobre el regazo” es que el spanker se siente sobre la cama con las piernas extendidas y su espalda apoyada en la cabecera de la cama. La spankee se tiende bocabajo sobre sus muslos y rodillas, algo más alejada de su vientre. De esta manera el spanker puede alcanzar las dos nalgas con igual fuerza. Otra ventaja es que la spankee descansa todo su peso sobre la cama, lo que resulta más estable y relajado. Si se desea que el culo se ponga más en pompa, el spanker puede cruzar las piernas para poner más volumen bajo el vientre de la spankee. Al ser cómoda y requerir poco esfuerzo, ésta es la posición ideal para spankings largos. Otra ventaja es que hay buen contacto con el cuerpo del spanker. Sin embargo, esta postura no siempre es cómoda para la spankee, ya que tiene que girar la cabeza hacia un lado para respirar. Esto puede acarrear dolores de cuello. Una solución sería sacar la cabeza por el borde de la cama mirando al suelo. Esta posición es menos humillante que otras y evoca una vulnerabilidad moderada. No hay restricción de movimiento: si la spankee decide debatirse, el spanker podrá hacer poco para impedirlo. Un truco para restringir el movimiento es sujetar una o las dos manos de la spankee sobre la parte baja de su espalda.

8. Tijera de piernas

Betty Page en una variante de la tijera de piernas
Ésta es una postura poco conocida que puede resultar muy íntima ya que la spankee tiene expuestos el ano y la vulva al mismo tiempo que el spanker puede verle la cara. Debe hacerse sobre una superficie plana como la cama o el suelo. El spanker se sienta con la piernas extendidas y entreabiertas. La spankee se tiende a su lado izquierdo (derecho si es zurdo) poniéndose medio a caballo sobre su muslo izquierdo de él y entre sus piernas. El spanker entonces pone su pierna izquierda sobre el muslo derecho de la spankee, atrapándolo contra la cama. Es decir, la pierna izquierda del spanker está entre las piernas de la spankee, y la pierna izquierda de ella entre las piernas de él. La spankee tiende a girarse hasta quedar sobre su costado derecho, con lo que el spanker puede verle la cara. La pierna izquierda del spanker fuerza a la spankee a mantener las piernas separadas y puede moverse hasta presionar contra su entrepierna. Conseguiremos así los mismos efectos de abrir la raja del culo y presionar el clítoris que se consigue con la postura de a caballo sobre la pierna. Sin embargo, la presión sobre el clítoris es más sutil y es controlada por el spanker y no la spankee. Y el spanker puede mirarla a la cara para ver los efectos de lo que le hace. Por lo tanto, ésta es la postura en la que se consigue un buen contacto corporal y comunicación. Al ser muy sexual y expuesta, proporciona vulnerabilidad. La postura es muy cómoda para la spankee.

9. Sentado sobre la espalda de la spankee

Una variante de sentarse sobre la espalda que pone
menos peso sobre las lumbares. Erotic Art A-2-Z.
El spanking lucha libre (wrestling spanking) es un juego en el que la spankee no se somete al spanking de buenas a primeras, sino que debe ser subyugada a la fuerza y luego inmovilizada por el spanker. En una variante no hay roles predeterminados, sino que los contendientes luchan y el ganador la da una azotaina al perdedor. En cualquiera de los casos, la spankee deberá de ser inmovilizada eficazmente durante todo el spanking, o se escapará y habrá que volver a empezar. La mejor manera de conseguir esto es poner a la spankee bocabajo y luego sentarse sobre su espalda. Sabiendo que su culo es el objetivo, la spankee se sentará y se negará a moverse. Para ponerla bocabajo se le coge un pie con las dos manos, una en los dedos y la otra en el talón, y se lo hace girar (¡con cuidado!). Instintivamente, la spankee girará el cuerpo para proteger su tobillo, poniéndose bocabajo. Esto le da una oportunidad al spanker para sentársele sobre la espalda. La spankee tendría que ser enormemente fuerte para ser capaz de levantar su peso y el del spanker para liberarse, con lo que lo único que le queda es resignarse y esperar a que el spanker decida dejar de azotarla. Ni qué decir tiene que todo este forcejeo tiene sus riesgos y debe practicarse con sumo cuidado. También hay que tener en cuenta que si el spanker es pesado puede hacerle daño a la spankee en las lumbares, que puede ser serio. Otro problema es que el spanker no puede verle la cara a la spankee y la comunicación es más difícil que en otras posiciones. En resumidas cuentas, se trata de una posición arriesgada, sobre todo si se hace a la fuerza, pero con innegables recompensas por lo humillante y dominante que es.

10. Piernas en alto o “postura del pañal” 

Postura de el pañal, usando una pala. Erotic Art A-2-Z.
Ésta es una postura completamente distinta a las otras porque la spankee está bocarriba. Esto permite al spanker mirarla directamente a los ojos mientras la azota. Se tumba a la spankee sobre la espalda y se le levantan las dos piernas hasta que estén perpendiculares al cuerpo o incluso sobre su cabeza. Esto hace que levante las caderas y exponga el culo. Es relativamente fácil quitar la ropa en esta postura: faldas y vestidos caen por efecto de la gravedad, y pantalones y bragas se agarran en la cintura y se suben por las piernas. Pero incluso pegar por encima de la ropa puede ser muy eficaz, pues las nalgas se estiran y se vuelven más sensibles. La zona alta de los muslos está bien a tiro y puede ser castigada a conciencia. El spanker sujeta las piernas con una mano o las coloca sobre un hombro, moviéndolas hacia delante, hacia atrás o hacia los lados para exponer la zona del culo que quiere azotar. Pero la que está más a tiro es el “punto dulce” justo por encima de la arruga que separa el culo de los muslos, lo que permite concentrar la azotaina en esa zona. Por supuesto, la spankee tiene más fuerza en las piernas que el spanker en los brazos, por lo que si ella quiere debatirse no habrá mucho qué hacer. Empujando las piernas hacia la cabeza y permitiendo que las rodillas se doblen se expone completamente el coño, que podrá ser estimulado o azotado. Es una postura que sorprenderá a una spankee debutante por su originalidad, al mismo tiempo que la hace sentirse humillada y vulnerable. También se encontrará físicamente cómoda en ella, agradeciendo incluso el estiramiento de las lumbares. Pero su mayor ventaja es que el spanker puede mirarla a la cara y leer en todo momento sus reacciones, lo que es muy valioso si se trata de una nueva compañera de juego.

11. La carretilla

La carretilla. Erotic Art A-2-Z.
Se trata de otra postura inusual, quizás la más expuesta y humillante para recibir un spanking. No es fácil de adoptar; spanker y spankee deberán colaborar para hacerlo. Si se quiere quitar la ropa de la spankee esto deberá hacerse antes de adoptar la postura, pues luego resultará imposible. Con el spanker sentado, la spankee se sentará sobre sus muslos dándole la espalda. Con la ayuda del spanker, la spankee se irá inclinando hacia adelante, levantando las piernas a los lados del spanker, hasta quedar con la cabeza en el suelo entre sus pies. Al mismo tiempo, el spanker separa las rodillas y encaja las caderas de la spankee entre ellas. El resultado es que la spankee queda con la cabeza en el suelo, las piernas abiertas a los costados del spanker, los pies en alto y el culo entre las rodillas del spanker. El spanker le pude pegar en el culo como si fuera un tambor - por eso hay quien la llama la “postura del bongo”. Quien sepa tocar el tambor puede convertir el spanking en todo un concierto. La postura abre completamente la raja del culo de la spankee, exponiendo el ano y el coño justo ante los ojos del spanker. Este punto de vergüenza es quizás lo más importante de esta postura, pero también el hecho de que una vez adoptada no es fácil salir de ella. Si el spanker la quiere atrapar completamente, no tiene más que ponerle los pies en los hombros y ya no podrá incorporarse. Ella so está completamente indefensa, de todas formas, ya que puede mover los pies y darle una patada en la cara al spanker.  A pesar de lo extraña que es, esta postura es bastante cómoda para la spankee. Su único problema es tener que poyar la cabeza en el suelo y girar el cuello, lo que se puede solucionar dándole un cojín o una almohada. Una de las cosas que no me gustan de esta postura es que invita al spanker a golpear la parte alta y los laterales de las nalgas, pero no la zona de la asentadera y la juntura con el muslo, que son las partes más eróticas. Los azotes se dan de arriba abajo y no de lado, lo que tampoco me resulta tan atractivo. Pero, en resumidas cuentas, dado los niveles elevados de pudor, vulnerabilidad, contacto físico y pura extravagancia, un spanking en la postura de la carretilla puede ser una experiencia de lo más intenso.

Hay otras muchas posturas para spanking, pero éstas son las más comunes.

Recordad que los spankings deben ser seguros, sensatos y consentidos. Esto se consigue negociando la sesión de antemano, y estableciendo límites y una palabra de seguridad. Es perfectamente válido excluir algunas de estas posturas como límites. Es importante saber lo que se quiere, saber lo que se hace y ser respetuoso. Y, sobre todo, pasárselo bien.

martes, 18 de septiembre de 2018

Espacios de sumisión

El locus cerúleo de una rata. Las neuronas en amarillo contienen noradrenalina (en verde) y serotonina (en rojo). Imagen de microscopio confocal tomada por el autor. 
En la comunidad BDSM existe un gran interés en lo que en inglés se ha dado en llamar “sub-space”, que podríamos traducir por "espacio de sumisión". Se trata de un estado de euforia al que se llega gracias a la práctica sofisticada del bondage, el sadomasoquismo o la Dominación/sumisión. Todo el mundo parece dar por sentado que este espacio de sumisión se debe a la liberación de endorfinas. Sin embargo, ya he señalado en artículos anteriores que no estas ideas parecen basarse más por mitos que en evidencia científica, aunque es innegable que en una sesión BDSM se pueden llegar a alcanzar notables estados alterados de conciencia. Desgraciadamente, estas experiencias a menudo se pagan con estados emocionales negativos llamados en inglés "sub-drop", o “bajón de sumisión”.

En este artículo quiero proponer que no hay un solo espacio de sumisión sino varios, cada cual con sus propias características distintivas, que incluso a veces pueden ser de signo opuesto. Es importante señalar, no obstante, que apenas se han realizado estudios científicos sobre los masoquistas, y que existen sólo contados estudios sobre los estados alterados de conciencia producidos por el ejercicio extremo o el dolor. Por lo tanto, lo que voy a decir aquí es especulativo. Se basa en mi conocimiento de la neurofisiología del dolor, y en comparar los efectos de drogas con el comportamiento de los participantes en las sesiones de BDSM. Quiero proponer que hay al menos tres estados distintos que podríamos considerarse "espacios de sumisión ".

Espacio de sumisión adrenérgico

La reacción más típica al dolor es la de lucha/huida (”Fight/flight” en inglés). En ella hay una activación del eje hipotalámico-pituitario-adrenal que desencadena la liberación de adrenalina a la sangres por las glándulas suprarrenales. Esto aumenta el ritmo cardíaco, aumenta la circulación sanguínea en la periferia, y promueve la actividad muscular. Al mismo tiempo, dentro del sistema nervioso central hay una activación paralela de vías nerviosas que usan noradrenalina como neurotransmisor. Entre ellos se encuentra una vía que va desde los centros adrenérgicos del bulbo raquídeo (locus cerúleo, A5 y A7) hasta la médula espinal, donde inhibe las señales de dolor que llegan por los nervios sensoriales. Otras vías noradrenérgicas van a la corteza cerebral, activándola y aumentando el estado de alerta. En la práctica, cuando la sumisa entra en este estado, grita, lucha, patea y se ríe, al tiempo que se elevan sus umbrales de dolor. Este espacio de sumisión se caracteriza por la presencia de analgesia, euforia y un alto grado de interacción con el Dominante. Aunque la respuesta de lucha/huida se considera estrés, esto no es necesariamente malo, ya que algunas formas de estrés (llamadas 'eustress') son saludables. Muchas personas buscan el eustress en forma de montañas rusas, películas de terror o deportes de riesgo. El BDSM podría considerarse como una forma de eustress. Una cierta cantidad de eustress puede ser necesaria para una salud y puede servir para contrarrestar los efectos nefastos del ‘distress’ (estrés malo). El espacio de sumisión adrenérgico se parece al efecto de drogas estimulantes como la cocaína y las anfetaminas, que actúan aumentando las concentraciones de noradrenalina y dopamina en algunas áreas clave del cerebro.

Espacio de sumisión de las endorfinas

En este espacio de sumisión también se produce analgesia, pero en casi todos los demás aspectos es opuesto al espacio de sumisión adrenérgico. En él, la frecuencia cardíaca disminuye, y también lo hacen la actividad y el estado de alerta. Estos efectos son causados por la liberación de endorfinas no sólo en la sangre, sino también en regiones cerebrales. Por ejemplo, la inhibición del dolor la produce una vía nerviosa que conecta el área gris peri-acueductal en el medio del cerebro con el núcleo rafe del bulbo raquídeo, y desde allí baja hasta la médula espinal para bloquear las señales de dolor recibidas. Existen sinapsis inhibidoras recíprocas entre el núcleo rafe y los núcleos noradrenérgicos (locus cerúleo, A5 y A7) del bulbo raquídeo, de modo que cuando la vía de las endorfinas se activa las vías adrenérgicas se inhiben, y viceversa. Esto tiene su lógica, ya que mientras que el sistema adrenérgico media la lucha/huida, el sistema de endorfinas está relacionado con el comportamiento de inmovilidad (“freezing”), en el cual el animal se queda inmóvil para evitar ser detectado por un depredador. Se ha comprobado que este comportamiento de inmovilidad y ciertos patrones de liberación de endorfinas conducen a un estado mental llamado en inglés “learned helplessess” (indefensión aprendida), que disminuye el aprendizaje y reduce la respuesta inmune y otras respuestas en detrimento de la salud. Por lo tanto, la liberación de endorfinas está lejos de ser la panacea que muchos creen que es. Esto no quiere decir que la liberación de endorfinas sea mala necesariamente, sino que cuando un sumiso entra continuamente en este estado los efectos a largo plazo pueden no ser deseables. En la práctica, una sumisa en el espacio de sumisión de las endorfinas entra en un estado de somnolencia y en una niebla emocional, deja de gritar y forcejear, y está menos alerta a lo que la rodea. Si se le pregunta cómo está, nos responderá suplicando que continuemos con los azotes, el bondage o lo que sea que la ha puesto en ese estado. El estado de sumisión de las endorfinas es similar al efecto de opiáceos como la morfina o la heroína, ya que las endorfinas activan los mismos receptores que estos fármacos, los receptores mu y delta de opiáceos. Las endorfinas también producen la liberación de dopamina en el núcleo accumbens, que forma parte de lo que se llama "la vía del placer" que media la motivación y se activa con drogas adictivas.

Espacio de sumisión de la serotonina

Quizás sea éste el espacio de sumisión que mejor merece este nombre porque, mientras que los espacios de sumisión adrenérgicos y de endorfinas son producidos por el dolor y otras actividades sadomasoquistas, este espacio de sumisión ocurre en las relaciones de Dominación/sumisión (D/s), sin que haga falta dolor para alcanzarlo. La entrega, la obediencia y el servicio al dominante probablemente producen la liberación en el cerebro de oxitocina y vasopresina, neuropéptidos que median la vinculación afectiva. Este estado es similar al producido por la droga MDMA (‘éxtasis’), que también aumenta la vinculación emocional, la intimidad y el afecto. El MDMA aumenta la liberación de serotonina, un neurotransmisor que produce un estado de ánimo positivo y que contrarresta la depresión, pero que apenas tiene efecto sobre el dolor. Otro neurotransmisor que podría mediar este espacio de sumisión es la dopamina, que puede aumentar o disminuir el dolor según el estado emocional del individuo. 

Mientras que los espacios de sumisión adrenérgicos y de endorfinas son incompatibles, es posible que el espacio de sumisión de serotonina se pueda combinar con ellos para producir efectos mixtos. Otro detalle importante es que las vías noradrenérgicas, dopaminérgicas y serotonérgicas varían mucho entre los individuos. Por eso es tan difícil recetar medicamentos antidepresivos. Por lo tanto, los espacios de sumisión van a variar considerablemente de una persona a otra. Una técnica de flagelación que resulte ideal para un sumiso puede ser nefasta para otro. Un Dominante consumado no es aquel que ha perfeccionado sus técnicas para que funcionen con todo el mundo, sino el que ha aprendido a leer con precisión la expresión corporal de la sumisa y sabe ajustar la sesión de acuerdo con sus respuestas en cada momento.

"Sub-drop" o "bajón de sumisión"

Quiero terminar abordando el tema del “sub-drop” o “bajón de sumisión”. Parece ser que hay al menos dos tipos de sub-drop: uno que ocurre justo después de la sesión y otro que ocurre uno o dos días más tarde. El primero se debe probablemente a la salida de la reacción adrenérgica de lucha/huida. Después de una fuerte activación del sistema nervioso simpático, el sistema parasimpático entra en acción, disminuyendo la frecuencia cardíaca y reduciendo la circulación sanguínea hacia la periferia. El resultado es que el sumiso se siente frío, cansado y agotado emocionalmente. Una manta, abrazos y un buen apoyo afectivo son la mejor solución. El segundo “sub-drop”, que tiene lugar al cabo de dos días, es similar al efecto rebote que sigue al consumo de MDMA. Podría ser derivado de los espacios de sumisión de las endorfinas o de la serotonina. Es mucho más difícil de tratar, ya que la sesión terminó hace tiempo y es probable que el Dominante no esté disponible para dar apoyo emocional. Encima, el bajón puede durar varios días. La única forma de tratarlo es estar preparado y tener algún tipo de sistema de apoyo emocional al que recurrir (amigos, chocolate, una buena película, etc.).

En resumidas cuentas, las sesiones BDSM son algo más complicadas que simplemente hacer entrar a la sumisa en el espacio de sumisión para que se lo pase bien un rato, y luego esperar que salga de él sin ninguna consecuencia negativa. El cerebro humano es increíblemente complicado y apenas estamos empezando a comprenderlo. Al infligir dolor, o al jugar con poderosas emociones como la vergüenza, la culpa y la sumisión, sometemos a la mente a desafíos extremos. Es difícil predecir lo que va a suceder. Lo único que podemos hacer es ir despacio, prestando mucha atención a cómo reaccionan el cuerpo y la mente, y poco a poco ir descubriendo las actividades que nos hacen gozar a corto plazo, pero que también nos convierten en personas más sanas a largo plazo.

domingo, 24 de junio de 2018

El origen de la Dominación-Sumisión

La inocencia primordial
Es posible que el sadomasoquismo nos atraiga debido a la capacidad del dolor para aumentar el placer, o por el subidón que nos dan las endorfinas. Sin embargo, la parte de Dominación-sumisión (DS) de las siglas BDSM no es tan fácil de explicar. Si la libertad y la autonomía personal es uno de los valores básicos de nuestra sociedad, ¿qué puede llevar a alguien a sacrificarlos sometiéndose a otra persona? Si el ideal en una relación sexual es el disfrute mutuo, ¿por qué hay personas dispuestas a entregarse sexualmente a otras?

La respuesta normal a estas preguntas sigue siendo "porque estás mal de la cabeza". A pesar de todos los esfuerzos de la comunidad de BDSM, a duras penas se ha logrado que se excluya al sadomasoquismo como patología en los libros de diagnóstico de psicología. Los sadomasoquistas rechazamos enfáticamente la idea de que el deseo de someter o dominar proviene de un trauma infantil, pero cuando se nos piden explicaciones alternativas tenemos poco que ofrecer. Los pocos estudios que se han realizado sobre esto muestran que las personas que practican BDSM son psicológicamente más saludables que la media. Pero no sabemos por qué.

Una posible explicación es que erotizamos lo que nos da  miedo. Por ejemplo, en su podcast The Savage Podcast, el consejero sexual Dan Savage habla a menudo de cómo a los gays les gusta ser llamados "faggot” (maricón) durante el sexo, o cómo algunas mujeres feministas que luchar por empoderarse en la vida real, en la cama les gusta que las dominen. Sin embargo, esta idea nos lleva de vuelta al paradigma del trauma como explicación de la Dominación-sumisión: nos asustamos por cosas que nos pasaron en la infancia y ahora las exorcizamos reproduciéndolas en un ambiente controlado. Esa es una explicación que no me acaba de convencer.

Hace algunos años encontré una explicación para DS que la presenta como una respuesta saludable a las presiones normales de la vida, y no a un  trauma de la infancia. Esta explicación se basa en dos emociones opuestas que juegan un papel fundamental en nuestras vidas: la vergüenza y el orgullo. La vergüenza es una de las emociones más poderosas, tanto que puede llevar al suicidio. Parece ser una emoción exclusivamente humana (todavía se debate si los perros sienten vergüenza). Sin embargo, está profundamente conectada con respuestas fisiológicas como el rubor y una posición corporal en la que se deja caer la cabeza y se encorvan los hombros. También produce inmovilidad y retraimiento social. La emoción opuesta a la vergüenza, el orgullo, nos lleva a levantar la cabeza, participar socialmente y sentirnos llenos de energía. Es probable que el orgullo active el sistema de recompensa en nuestro cerebro que une el área tegmental ventral (VTA) del estriado con el núcleo accumbens, liberando allí dopamina. Esta es la misma respuesta producida por drogas adictivas como la heroína y la cocaína. Nos hace sentir bien y nos lleva a querer repetir el comportamiento que desencadenó esta respuesta.

Sus raíces fisiológicas muestran que la vergüenza y el orgullo son una parte esencial de la naturaleza humana. Probablemente evolucionaron como indicadores de estatus social: la vergüenza nos advierte que nuestro estatus social ha disminuido, mientras que el orgullo nos dice que ha aumentado. En las tribus en las que vivimos durante cientos de miles de años antes de que se formaran las sociedades modernas, el estatus social era una cuestión de vida o muerte. Un estatus social alto daba acceso preferencial a comida, seguridad, poder y sexo. Un bajo estatus social podía convertirte en un paria y condenarte a una muerte casi segura. Usando el tipo de explicación blandida por la psicología evolutiva, podemos ver por qué es así. La mayor ventaja que tenemos los humanos sobre otros animales es nuestra capacidad para cooperar. En una tribu todo se comparte: comida, protección contra depredadores, refugio y cuidado de niños. Esto crea un problema estratégico: cómo eliminar a los tramposos. El tipo que se queda rezagado en la partida de caza o la mujer que se echa una siesta en lugar de recolectar frutas tendrían ventaja evolutiva porque obtienen la misma cantidad de comida y otros beneficios con menos gasto de energía. Modelos de ordenador han demostrado que genes que potencian comportamientos egoístas se apoderarían de la población en solo unas pocas generaciones, llevándonos a involucionar de vuelta al tipo de sociedades que tienen los chimpancés, donde no se comparte comida y hay poca cooperación. Es por eso que desarrollamos comportamientos para eliminar a los tramposos. Uno de ellos es el llamado "castigo altruista": el deseo de castigar a las personas que se comportan de forma no ética, incluso si el hacerlo no nos beneficia personalmente (de ahí el calificativo "altruista"). Se basa en emociones como la indignación y el ridículo. Sin embargo, si ésta fuera la única forma de eliminar a los tramposos eso crearía a sociedades con muchos conflictos internos, ya que habría que estar aplicando castigos continuamente. Y, aunque se castigue a los tramposos, resulta más eficaz recompensar a los cooperadores. Es por eso que las emociones de la vergüenza y el orgullo evolucionaron como motivadores internos para el comportamiento cooperativo. Cuando haces algo en contra del bien común o cuando no cumples con tu deber, la gente a tu alrededor te hacen sentirte avergonzado. Por el contrario, cuando haces algo que aumenta el bien común, eres alabado y te sientes orgulloso. Otra emoción que sirve para el control social es el sentimiento de culpa. Sin embargo, la diferencia entre la culpa y la vergüenza es que te sientes culpable cuando haces algo malo, mientras que la vergüenza también la produce el fracasar al intentar hacer algo bueno. La culpa nos dice "eres malo", mientras que la vergüenza nos dice "no eres lo suficientemente bueno". Es posible que evolucionaran a partir de emociones básicas distintas: la vergüenza es asco dirigido hacia uno mismo, mientras la culpa que derivaría de la ira y del miedo.

Pero entonces, ¿por qué nos da vergüenza el sexo? ¿Se trata de un fenómeno cultural, basado en la religión y otras normas sociales? Parece ser que no. En prácticamente todas las culturas el sexo se realiza en privado, y la desnudez (como mínimo, el exponer los genitales) es un tabú universal. Puede ser que el sexo, como la vergüenza, esté vinculado al estatus social. Y no sólo en humanos, sino también en otros primates. En las tribus de chimpancés, cuando una hembra entra en celo casi todos los machos la follan, pero es el macho alfa el que decide en qué orden y con qué frecuencia. En varias especies de monos el apareamiento con individuos de alto rango aumenta el estatus social. Y en otras el sexo se usa para afirmar el dominio: individuos de bajo rango ofrecen sus traseros para apaciguar a los dominantes y evitar les peguen. Y luego están los bonobos, que usan el sexo para establecer vínculos sociales y para resolver conflictos. Son promiscuos y pansexuales, y practican el sexo manual, anal y oral. Por lo tanto, ya en nuestros antepasados primates el sexo fue adoptado para usos ajenos a la mera procreación. El acto sexual puede servir para expresar muchas cosas, no solo afecto, sino también dominación. El placer asociado con el sexo nos hace sentir vulnerables y expuestos, lo que es probablemente la causa de la asociación del sexo con la vergüenza.

Controlar las emociones enfrentadas de la vergüenza y el orgullo podría haber sido una cuestión relativamente simple en las sociedades tribales de nuestro entorno evolutivo, pero se volvió enormemente complicado una vez que tuvo lugar la revolución agrícola hace 10.000 años. Antes, si cazabas una buena pieza, hacías huir al oso o recogías una canasta de frutas podías sentirte orgulloso y disfrutar de la apreciación de tu tribu. Después de la revolución agrícola, los límites de lo que se puede conseguir se ampliaron enormemente para incluir el poseer tierras y animales, o el mandar a trabajadores y soldados. Se volvió difícil el tener éxito suficiente como para sentirte orgulloso, pues siempre había alguien que era mejor que tú. Y también se ampliaron las oportunidades para fracasar y sentir vergüenza.

En nuestras sociedades industriales modernas, las cosas se volvieron aún más difíciles. Desde la infancia nos enseñan a estar orgullosos de nuestros éxitos y avergonzados de nuestros fracasos. "¡El cielo es el límite!" nos dicen. Y realmente lo es. ¡Hay tantas cosas en las que se puede triunfar o fracasar! Deportes, artes, ciencia, literatura, matemáticas…  Ganar dinero, ser famoso... Pronto interiorizamos todos estos imperativos culturales. Ya nadie tiene que recordárnoslos, cuando alcanzamos la madurez ya nos hemos convertido en nuestros jueces más duros. Y, de alguna manera, nuestros fracasos parecen contar más que nuestros éxitos. Nunca logramos conseguir lo bastante, vivimos en un estado de constante de ansiedad por triunfar. Así es como las emociones opuestas de la vergüenza y el orgullo se alían para generar nuestra autoestima. Con el tiempo, crean una narrativa interna sobre quiénes somos. Esa narrativa es nuestro ego, que continuamente tratamos de proteger apuntalando nuestro orgullo y ocultando nuestra vergüenza. Esto crea una fuerte tensión psicológica que nos hace infelices porque nunca somos lo suficientemente poderosos y triunfadores. Vivimos en una carrera continua escapando del fracaso y persiguiendo el éxito.

Aquí es donde DS viene a rescatarnos, pues nos proporciona un escape de esa carrera absurda. Lo que hace el sumiso es abandonar todo su estatus social, asumiendo el escalafón más bajo: el del sirviente, de esclavo. Encima, el obedecer órdenes le quita la responsabilidad de tomar las decisiones. El Dominante adopta la estrategia opuesta: se le otorga el estatus social más alto porque sí. El hecho de que se le sometan lo coloca en su pedestal sin tener que realizar el esfuerzo que normalmente esto requeriría. Por eso en el BDSM se habla de “intercambio de poder”: la sumisa transfiere el poder sobre su autonomía personal al Dominante. El éxito y el fracaso se eliminan de la ecuación: el sumiso le concede poder a la Dominatriz simplemente porque esto es mutuamente beneficioso. Además, todo esto adquiere un carácter sexual debido a la capacidad que tiene el sexo de simbolizar el estatus social. La sumisa no sólo entrega al Dominante su obediencia, sino que le permite usarla sexualmente para su placer.  Paradójicamente, esto se percibe como liberador en vez de opresivo, porque sirve para romper esa tensión psicológica interna creada por la vergüenza y el orgullo. La sumisión supone aceptar la vergüenza en vez de huir de ella, lo que nos libera de la lucha continua que hemos venido librando toda la vida. Quizás sea por eso que la humillación es una parte importante del DS, y es percibida como una liberación. Además, como nuestra represión internalizada es una de las barreras más importantes para experimentar placer sexual, cuando es rota gracias al intercambio de poder de la DS el placer y el orgasmo se vuelven más fáciles de conseguir.

En conclusión, la DS desata emociones poderosas ancladas en lo más profundo de nuestro pasado evolutivo. Esto sirve para desprogramar hábitos mentales que hemos aprendido desde la infancia y que están tan arraigados dentro de nosotros que nos resulta imposible escapar de ellos, incluso si nos damos cuenta de lo infelices que nos hacen. Paradójicamente, la DS se convierte así en la llave para liberarnos de esa cárcel mental.

domingo, 11 de septiembre de 2016

BDSM y estados alterados de consciencia - vídeo-conferencia

Se ha publicado en Vimeo el vídeo de la conferencia que di en Madrid el 25 de junio del 2016. El vídeo consiste en las diapositivas con el audio grabado de la conferencia. La charla dura 1 hora y 39 minutos, pero el vídeo permite saltar a las partes que os parezcan más interesantes. Éste es el enlace al vídeo:

https://vimeo.com/182298029

¡Espero que os guste!

domingo, 9 de noviembre de 2014

Ataques de pánico en sesiones BDSM


El peligro siempre está donde no lo ves. A las novatas que se empiezan su pasos en el mundo del BDSM les preocupa sobre todo el dolor: ¿serán capaces de soportarlo? ¿y si son demasiado sensibles y decepcionan al Dominante? A las mejor informadas le preocupa el entrar en situaciones de abuso en las que no se respeten sus límites o se las manipule mentalmente. Esto último puede ser, efectivamente, un problema serio, aunque creo que menos frecuente de lo que cabe deducir de lo mucho que se habla de ello. Sin embargo, hay un problema que suele ocurrir con mucha frecuencia en las sesiones de BDSM y que no tiene nada que ver con la falta de ética: el ataque de pánico. En una charla que di ayer en Threshold (la organización BDSM de Los Ángeles), toqué este tema e invité a los asistentes a levantar la mano si alguna vez los habían experimentado en sí mismos o en la persona con quien hacían la sesión. Unos dos tercios de las 45 personas presentes alzaron la mano. 

¿Cómo sucede un ataque de pánico en una sesión? Más o menos así… La sesión se acerca a su cúspide de intensidad y tanto la persona Dominante como la sumisa están completamente sumergidos en ella. Pero poco a poco la persona sumisa parece reaccionar menos a lo que pasa. Ha dejado de quejarse con los golpes, no se mueve, ha cerrado los ojos y parece perdida en su mundo interior. Y, de repente, explota. El ataque de pánico se suele caracterizar por una incapacidad de hablar (por lo que en este caso la palabra de seguridad no sirve para nada), dificultad para respirar, mirada errante y aterrorizada, movimientos incontrolados, llanto y a menudo rechazo del contacto físico. Interiormente, una persona que experimenta un ataque de pánico siente ansiedad extrema, terror, “visión de túnel” e incapacidad de pensar y expresarse. Este estado persistirá por un tiempo indeterminado, desde minutos hasta horas. Volver a la sesión es normalmente imposible y, en todo caso, poco recomendable.

¿Qué se debe hacer en estos casos? Lo primero, por supuesto, detener la sesión interrumpiendo cualquier tipo de estímulo doloroso o estresante. Si existen ataduras, deben soltarse inmediatamente ya que la restricción física suele ser uno de los principales agravantes del estado de pánico. Si es necesario, se pueden cortar las cuerdas con unas tijeras o un cuchillo, pero hay que tener mucho cuidado de no cortar a la persona, quien puede sufrir movimientos descontrolados. Si tiene los ojos vendados o estamos en penumbra hay que restaurar la visión, lo que suele dar seguridad. Debemos hablar con voz calma, explicando lo que estamos haciendo aun cuando no parezca entendernos. Si hay dificultad para respirar podemos guiar la respiración con la voz. Hay que avisar o pedir permiso antes de cualquier contacto físico, que puede resultar muy alarmante para quien sufre un ataque de pánico. Si estamos en un espacio público, hay que evitar que demasiadas personas se apiñen alrededor de quien sufre pánico. Sin embargo, si hay algún amigo o persona con quien tiene un vínculo emocional, quizás esa persona pueda ayudar mejor que nosotros. Se debe animar al llanto, ya que libera tensiones. Pasado lo peor del ataque de pánico, cuando la persona ya puede hablar, le daremos la opción de hablar sobre lo sucedido o procesarlo internamente. No es raro que una persona que acaba de sufrir un ataque de pánico necesite estar un tiempo sola para volver a encontrar su equilibrio. Si ese es el caso, nuestra misión será el crear un entorno seguro donde esa persona no sea molestada ni pueda hacerse daño. Debemos mantenernos alerta a cualquier ruido extraño.

¿Por qué suceden los ataques de pánico en las sesiones BDSM? Una sesión pone al sumiso o la sumisa en un estado alterado de consciencia, del que hablaba en un artículo anterior. Ese estado normalmente se experimenta como algo agradable y enriquecedor, pero a veces sirve para sacar a flote traumas del pasado que tienen tal carga emocional que disparan el ataque de pánico. Paradójicamente, la liberación de endorfinas es la que produce ese estado de inmovilidad (“freezing” o “congelado” en inglés) que suele ser el precursor del ataque de pánico. En estudios con animales se ha visto que la liberación de endorfinas es provocada por estrés sobre el que no se tiene control, lo que apunta a que ese estado pueda disparar memorias de sucesos estresantes del pasado. En el mundo BDSM anglosajón, esas memorias se conocen por el nombre de “emocional land mines” -minas emocionales- ya que nunca sabes cuándo te van a explotar bajo los pies. Eso no significa que la persona que experimenta un ataque de pánico esté loca, neurótica o que necesite asistencia de un psicólogo, sino que simplemente pone de manifiesto el poder del BDSM de producir alteraciones profundas de la mente. Llevado a buen puerto, el ataque de pánico puede suponer un proceso curativo para quien lo experimenta, ya que esos contenidos psíquicos negativos se han movilizado y ahora pueden ser procesados de forma consciente.

Creo que es importante que todos los que practicamos el BDSM sepamos que el encontrarnos con un ataque de pánico es algo bastante probable, y que sepamos qué hacer cuando ocurre. De hecho, los ataques de pánico se pueden prevenir si estamos alerta a la aparición del comportamiento “freezing” o “congelado” en la persona sumisa. Si estamos azotando o atando a alguien, es normal que profiera quejidos y se mueva. Lo que no es normal es la inmovilidad frente al dolor. El Dominante debe hablarle a la sumisa de cuando en cuando, quien deberá contestarle. Si no es así, hay que parar, mirar a la sumisa a la cara y verificar que todo va bien. Claro que hay personas que prefieren “meterse para dentro” y no reaccionar cuando reciben dolor, pero eso deberá advertirse durante la negociación de la sesión. Me parece desaconsejable el que el o la Dominante entrene a la persona sumisa a quedarse completamente inmóvil y callada cuando experimenta dolor. No solo eso nos impedirá detectar un ataque de pánico inminente, sino que ese tipo de comportamiento facilita el desencadenamiento del ataque de pánico.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Los extremos a los que llegamos al servicio de nuestra dominatriz (III)

-Pero bueno, lo que sí es cierto es que cuando volví a la realidad de mi trabajo y de mi diminuto apartamento en Brooklyn, decidí que la experiencia había estado bien, pero que no hacía falta repetirla -dijo Johnny-. Pero cuando se lo dije a Diane en nuestra siguiente cita, ella me acusó de no querer entregarme por completo a ella y se marchó, enfadada. Muy preocupado, intenté llamarla varias veces por teléfono, pero ella no atendía mis llamadas. Al final fue Robert quien se puso en contacto conmigo. Con reluctancia, accedí a quedar con él. Tuvimos una conversación de lo más interesante. Él me dijo a las claras que si no dejaba de hacer tonterías iba a perder a Diane, porque ella había decidido que lo que quería era tener una relación con nosotros dos y repetir hasta la saciedad la última sesión que habíamos hecho. Acabé confesándole que temía que Diane acabaría marchándose con él. Me dijo que por él no tenía nada que temer, ya que yo le gustaba y le daba morbo jugar como lo hacíamos. Más que tranquilizarme, eso me puso aún más nervioso, pero me di cuenta de que si quería seguir con Diane tendría que resignarme a la situación.

-Ya no volví a jugar con Diane a solas; Robert siempre estaba presente en cada sesión que hacíamos en la mazmorra, incluso algunas veces que quedábamos los tres para salir. La siguiente sesión que hicimos Diane tuvo cuidado de que el juego fuera menos humillante para mí. Esa vez le tocó a Robert el sufrir el grueso del abuso humillaciones y los golpes… Y Diane me ordenó que fuera yo el que lo follara a él.

-¿Y cómo fuiste capaz? A mí, desde luego, no se me habría levantado.

-Pues a mí sí, con un poco de ayuda por parte de Diane. Mi cuerpo respondía de forma instantánea al contacto de sus dedos. Ella me plantó delante del trasero de Robert, que estaba surcado de estrías que le había hecho con la vara, y se puso a manipularme la polla hasta que la tuve dura como una piedra. Luego hizo que lo penetrara. Mientras lo follaba se puso a pegarme con la vara, para darme ánimos, me decía, hasta que la dejó abandonada en el suelo y sacó su Hitachi… ¡Pero para qué te lo voy a ocultar! A mí había empezado a gustarme Robert, lo que me causaba una gran vergüenza  y confusión. Me había acostumbrado a que él me tocara… Lo hacía muy bien, el muy desgraciado, se aprendió enseguida las cosas que me gustaban. Por el contrario, cuando Diane me ordenaba que lo tocara yo a él sentía un gran rechazo, hasta asco… Pero eso no duraba mucho. Robert era indudablemente hermoso, y su cuerpo acababa por excitarme, a pesar de ser indudablemente masculino, con los pectorales y los bíceps muy marcados… Su piel era muy suave; me gustaba acariciarla. Iba siempre escrupulosamente afeitado. Con el tiempo, hasta acepté hacerle mamadas… ¡Qué horror! Luego, cuando ya no estaba con ellos, me acordaba de todo lo que le había hecho y me sentía fatal. Yo nunca he despreciado a los gays, siempre los he apoyado en todo, pero el ver que yo era capaz de sentir atracción hacia un hombre era algo difícil de encajar. Era como si hubiera dos partes dentro de mí, una que se sentía atraída por el cuerpo de Robert y otra que sentía asco. Lo único que hacía tolerable esa enorme disonancia interna era mi entrega absoluta a la voluntad de Diane, la felicidad que sentía al verla gozar viéndome con Robert. Él, por su parte, no parecía tener ningún problema; de hecho, disfrutaba enormemente con todo lo que hacíamos. Era verdad que yo le gustaba, lo notaba en la manera en que me miraba, en cómo me tocaba. Eso no me ponía las cosas más fáciles, porque a menudo me sentía utilizado… Que Diane me usara no me importaba en absoluto, eso era el objetivo último do todo aquello, el servirla a ella. Supongo que para Robert era lo mismo, aunque él no tenía ninguna dificultad, disfrutaba con todo lo que le hiciera. Era muy masoquista, con un aguante increíble para el dolor, me daba la impresión de que siempre deseaba más. Pero nunca vi en él el afán de servir a Diane que yo tenía. Notaba en él un cierto nivel de reserva, como si nunca bajara del todo sus defensas. De todas formas, cuando estábamos los tres juntos el tiempo se pasaba volando, era todo muy intenso y muy bonito. Era luego, cuando estaba a solas, que me sentía torturado por la vergüenza, por los celos, por el miedo de perder a Diane, de perderme a mí mismo.

-Que fue lo que al final acabó pasando … -apuntó Julio.

Johnny bebió un trago y se quedó inclinado hacia delante, mirando el fondo de su jarra de cerveza.

-Yo hubiera podido seguir así como estábamos. Me iba acostumbrando rápidamente a la situación… me empezaba a gustar, incluso. Pero en una sola noche el mundo de fantasía que había creado en torno a Diane se derrumbó de forma irremediable. Fue la noche de Fin de Año. Diane y Allan dieron una fiesta en su casa, que transcurrió con normalidad hasta llegar la medianoche cuando, siguiendo la costumbre americana, cantamos Auld Land Syne y nos bebimos una copa de champán. Poco después, Diane se despidió de sus invitados y nos hizo bajar a Robert y a mí a la mazmorra. Lo primero que hicieron fue desnudarme, amordazarme con una bola de goma y atarme de pies y manos a un armazón que había en la pared frente al espejo. Pensé que se iban a cebar en mí, como de costumbre, pero en vez de eso me hicieron asistir a un extraño espectáculo. Diane y Robert cogieron cada uno una de las varas que se usaban para pegar y entablaron con ellas un duelo de esgrima muy especial: el que conseguía encontrar una apertura en la defensa del contrario le asestaba un varazo. Aunque Robert era más alto y musculoso, en seguida se vio que Diane llevaba las de ganar. Adoptó la postura de esgrima reglamentaria, con una mano en la espalda y pronto logró dejar varias estrías en los costados y los muslos de Robert, quien estaba desnudo excepto por una tanga de cuero. Pero Robert parecía insensible al dolor y contraatacó con furia, encajándole varios varazos a Diane en las piernas y los brazos, aunque para ello dejaba su cuerpo expuesto a los feroces golpes de Diane. Pronto la tuvo arrinconada junto a la cama. Para mi consternación, después de recibir varios varazos particularmente salvajes, Diane dejó caer su vara y se desplomó en el suelo, echa un ovillo. Con un gruñido de triunfo, Robert la arrojó sobre la cama y en un momento la despojó de sus zapatos, su corsé y sus short de cuero. Yo no podía creer lo que veían mis ojos; estaba convencido que Robert se había vuelto loco y se disponía a violar a Diane. Me debatí inútilmente contra mis ataduras e intenté gritar pidiendo ayuda, pero sólo unos débiles ruidos lograron atravesar la mordaza. Mientras tanto, Robert había doblado a Diane sobre el potro atada de pies y manos, y había empezado a asestarle una buena sarta de varazos en el trasero. Todo sucedía a un metro escaso de donde yo me hallaba , como si lo hubieran dispuesto para que yo pudiera gozar del espectáculo. La rabia y la impotencia me desbordaron… creo que debí echarme a llorar. Cuando lo vio, Diane le gritó a Robert: “¡Para! ¡Para! ¡Díselo! ¡Tienes que decírselo!” Robert se plantó frente a mí y se puso a explicarme que todo eso lo hacían por mi bien, para librarme de mi obsesión por Diane y mostrarme que era una mujer, no una diosa, y que a ella también se la podía doblegar y humillar. Diane, todavía atada al potro, me confirmaba todo lo que decía. Robert acabó diciéndome que para completar mi supuesta terapia debía darle por culo a Diane, a no ser que prefiriera que lo hiciera él. Entonces me desató. Intenté ir a liberar a Diane, pero él me lo impidió. Forcejeamos cuerpo a cuerpo un rato, pero claro, yo no tenía nada que hacer contra la mayor fuerza y destreza de Robert. Llorando de frustración, me puse mi ropa como pude y me marché. Recuerdo que estuve mucho tiempo me metido en mi coche, esperando que mis manos dejaran de temblar lo suficiente para poder conducir.

Johnny se frotó las manos, se incorporó y apuró de un trago el resto de su cerveza.

-No volví a ver a Diane hasta el sábado siguiente. Conseguí convencerla de que quedáramos a solas, sin Robert. Me explicó que Robert y ella habían estado comentando bastante tiempo lo que ellos consideraban mi obsesión por servir a Diane. Él había acabado por convencerla de que era algo insano a lo que había que ponerle final. Yo argumenté que no era nada insano, sólo el simple deseo de un sumiso de entregarse plenamente a su dominatriz, algo que ella siempre había comprendido y alentado. Le expliqué que para mí lo más difícil había sido aguantar las vejaciones de Robert; que se había sido capaz de hacer eso por ella, nada importaba en comparación. Lo que ella me dijo a continuación me sorprendió y me dolió. Me explicó que ser mi dominatriz se había convertido en una carga para ella, que tenía que esforzarse continuamente para mantener su imagen de mujer poderosa e infalible, que se había llegado a creer que era una diosa y le hacía daño psicológicamente. Por eso había aceptado hacer una sesión con Robert y conmigo como sumisa, porque ella necesitaba esa cura tanto como yo. Yo me rebelé. Le dije que no había derecho que hubieran planeado todo eso sin contar conmigo, que me hubieran impuesto una sesión a la que yo no había dado mi consentimiento. No hubo manera, la discusión fue de mal en peor. Diane no quería dar su brazo a torcer y yo, condicionado por mis dos meses de devota sumisión hacia ella, no sabía llevarle la contraria. Acabé por ceder, por decirle que aceptaba cualquier cosa con tal de seguir con ella, pero cuando ella me contó lo que habían planeado me encontré que era algo que iba ser completamente incapaz de hacer. Por un tiempo, me explicó, Robert sería el dominante en el trío y ella y yo seríamos sus sumisos. No sería para siempre, se apresuró a añadir, cuando nos curáramos de nuestras respectivas obsesiones ella volvería a asumir su papel de dominatriz, al menos algunas veces. Pero a mí se me habían abierto los ojos. Comprendí que ese había sido el plan secreto de Robert, que él quería a Diane como sumisa, con mi propia sumisión como la guinda del pastel. Y yo no podía prestarme a eso; yo no soportaba volver a ver a Diane como la había visto en la última sesión: desnuda, vulnerable y humillada. Le entregué mi collar y me despedí de ella. Al día siguiente cogí el avión a Madrid, deseando poner la mayor distancia posible entre mí y ellos.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Los extremos a los que llegamos al servicio de nuestra dominatriz (II)

-A partir de esa noche estuve como en una nube, no podía dejar de pensar en Diane y las cosas que me había hecho -continuó Johnny-. Por suerte, a ella también le debió de gustar. Un par de días más tarde la llevé a almorzar a uno de los restaurantes más lujosos de Manhattan, y el viernes siguiente me volvió a encerrar en su mazmorra. A las dos semanas de conocernos me ofreció su collar. El aceptarlo suponía mi sumisión total hacia ella: no podría follar con otra mujer, ni siquiera masturbarme sin su permiso. Y tendría que obedecerla y aceptar sus castigos. No me lo pensé dos veces.

-Pues, tal como lo cuentas, parece una relación preciosa -dijo Julio-. No sé de qué te quejas.

-Fue una relación preciosa, es verdad, pero no acabó nada bien. Yo debería haber tenido más cuidado, no bajar mis defensas, que es algo que nunca me había permitido hacer con ninguna otra mujer. Pero Diane representaba lo que siempre había deseado: una mujer hermosa que supiera imponerme su voluntad. Ella siempre fue muy estricta conmigo. Cuando nos veíamos me pegaba a la primera oportunidad. Siempre se aseguraba de que hubiera algún detalle que me recordara mi sumisión: mi trasero caliente, los calzoncillos bajados debajo del pantalón, los pezones pellizcados por pequeñas pinzas,  llevar un tapón de goma metido en el culo… Nunca me permitía tocarla por iniciativa mía; las pocas veces que lo intenté me castigó severamente. La única forma en que follábamos era conmigo atado y ella encima… y, a partir de la segunda vez, con un consolador penetrándome el culo. Pero la mayor parte de las veces era yo el que resultaba follado.

-¿Te daba por culo? ¿Con un arnés de esos?

-Sí, un strap-on, como los llamamos en inglés. A Diane le encantaban, a menudo llevaba uno puesto cuando estábamos en su mazmorra. La segunda vez que me llevó allí me dobló sobre el potro y me penetró. Estuvo follándome un montón de tiempo, casi una hora, no lo sé… acabé bastante dolorido, la verdad. Pero luego acabó gustándome. Fue ella quien me enseñó el placer que se obtiene al estimular la próstata. A veces me tumbaba sobre su regazo y me metía dos dedo, o un consolador, y me masajeaba la próstata hasta que se despertaba ese placer tan perturbador, y luego me tenía así un buen rato, gozando pero sin poder correrme, sin siquiera tener una erección. A mí llegó a gustarme mucho que me hiciera eso, porque allí se juntaba todo: mi entrega a ella, la humillación de ser follado como una mujer, la frustración de no alcanzar el orgasmo y, sobre todo, la intimidad de ese acto en el que ella lo tomaba todo de mí y al mismo tiempo me dedicaba toda su atención y sus cuidados. ¿Entiendes ahora lo que intentaba explicarte antes?

-Sí, un poco… Pero antes decías que no hubieras debido bajar tus defensas. Y, sin embargo, si no lo hubieras hecho no habrías podido disfrutar de todas esas cosas.

-Quizás sí, quizás no… No lo sé… Mirando hacia atrás, pienso que esa relación no era buena para ninguno de los dos. Diane había tenido otros sumisos, empezando por su marido, pero ninguno se le entregó tan completamente como yo, y ese poder tan enorme que yo le di sobre mí acabó por subírsele a la cabeza. Con lo guapa que era seguía atrayendo a un montón de sumisos y jugaba con alguno de vez en cuando. Empezó a referirse a sí misma como una diosa y a nosotros, sus sumisos, como su establo de sementales.

-¿Y eso no te ponía celoso?

-Por supuesto… Pero cuando te sometes con la profundidad con que lo hice yo, los celos te acaban pareciendo normales. La frustración y la humillación de saber que está con otro tío no son más que la extensión de la frustración y la humillación continua de tu relación con ella. Y como ella tiene derecho al placer y a satisfacer cada uno de sus caprichos, el que lo haga tirándose a otro hombre te resulta de lo más normal.

-¡Pues menuda comedura de tarro! Eso no puede ser sano.

-¡Pues espérate, que aún viene lo mejor!

-Cuenta…

-Por Thanksgiving, Allan y Diane dieron una cena en su casa, a la que por supuesto me invitaron. Otro de los invitados era Robert, un chico joven, atractivo y musculoso. Diane se quedó prendada de él, y esa noche yo volví solo a casa mientras que Robert se quedaba de huésped de la mazmorra.

-¡Pues vaya palo!

-Con Diane era algo de esperar, aunque debo confesar que aquella vez me sentí particularmente celoso. Me entró un miedo enorme de que Diane se enamorara de Robert y no quisiera volver a verme. Para mi gran alivio, a los pocos días Diane me invitó a hacer una sesión con ella. Terminamos abrazados en la cama de cuero… Recuerdo que Diane aún tenía puesto el consolador con el que acababa de follarme. Entonces me dijo que me iba a pedir algo muy especial, algo que haría realidad una de sus fantasías más queridas. Me advirtió que no me resultaría fácil, que sería la prueba definitiva de mi entrega a ella. Por supuesto, con ese planteamiento, no pude negarme. Me apresuré a decirle que nada me gustaría más que hacer realidad sus deseos. No me quiso dar más explicaciones, ya que no quería que yo pudiera prepararme mentalmente para ello.

-Déjame que lo adivine: tenía algo que ver con Robert.

-Efectivamente. El día señalado Diane me abrió la puerta de su casa y me hizo desnudarme allí mismo, en el umbral. Me vendó los ojos y me puso muñequeras y tobilleras. Bajé las escaleras del sótano dando pasos vacilantes tras de ella. En cuanto abrió la puerta de la mazmorra supe que Robert estaba allí, aunque él no dijo nada cuando nos vio entrar, porque percibí claramente su olor. No era desagradable, una mezcla entre dulzón y almizclado,  muy característico de él. Diane enganchó mis muñequeras a una cadena, tiró de ella hasta dejarme casi de puntillas, y le dijo a Robert que disfrutara de mí. Así fue como supe que Robert era bisexual. Estuvo un buen rato sobándome y manoseándome sin ningún tipo de inhibición: tocándome el culo, pellizcándome los pezones, acariciándome la polla. Pero lo que me causó más confusión fue que yo estaba empalmado. Viéndolo, Diane se me acercó, me apretó la polla apreciativamente y me dijo al oído que siempre había sabido que yo era un poco marica. Estaba tan desconcertado que me llegué a preguntar si sería verdad. Viendo que Robert me daba cachetes en el culo de vez en cuando, Diane le preguntó si le gustaría darme un “spanking”… una azotaina en el culo, ya sabes. En un periquete me tenían atravesado sobre los muslos de Robert, quien me dio una soberana paliza mientras Diane se reía y daba saltitos, entusiasmada por mis quejidos. Luego vino el plato fuerte, la prueba final que Diane había demandado de mí: dejar que me follara Robert mientras ella miraba. Me ataron sobre el potro con las piernas abiertas, doblado de tal manera que mi trasero quedara a la altura adecuada. Me quedó el consuelo de ver como mi querida Diane se quitaba los pantaloncitos de cuero que llevaba y se plantaba delante de mí con su Hitachi Magic Wand alegrándole el coñito. Esperaba que ser penetrado por un hombre no sería muy distinto de cuando Diane me follaba con su strap-on, pero de alguna manera sí lo fue. Hay algo en el pene que lo hace al mismo tiempo más blando y más duro que un consolador… y lo notas templado desde el principio, en lugar del frío del plástico. También pude comprobar que, por mucha práctica que tenga, una mujer no es capaz de follarte tan eficazmente como un tío. Robert empezó despacio, pero en cuanto comprobó que no me hacía daño me sometió a un bombeo considerable, ajustando sus acometidas a los imperativos de su placer. Sin soltar el vibrador un solo momento, Diane se nos acercó por detrás para observar con detenimiento como me follaba. Mirando por debajo del potro sólo podía ver sus piernas, pero enseguida la oí correrse, una y otra y otra vez. Robert se detenía de vez en cuando para no eyacular antes de que Diane hubiera tenido oportunidad de disfrutar completamente del espectáculo. Al final ella le debió dar permiso para correrse… no sé… el caso es que sentí perfectamente como su polla pulsaba dentro de mí mientras él gruñía de placer.

-Pero, Johnny, ¿cómo te dejaste hacer eso? ¿No podías haberte negado cuando viste lo que te iban a hacer? Yo, desde luego, nunca me habría dejado humillar de esa manera… Porque es que tú, encima, tendrías unos celos enormes de Robert.

-Pues, aunque te parezca mentira, yo llegué a disfrutar mucho de esa experiencia. Mientras Robert me metía mano y me azotaba fui entrando en un profundo estado de sumisión, que se alimentaba de todo lo que me hacían: de mi humillación, de mi dolor, hasta de mis propios celos. Cuando vi en los ojos de Diane la intensidad del deseo que había despertado en ella, el negarme a satisfacerlo se volvió algo simplemente impensable, una posibilidad tan remota que simplemente no existía en mi mente. Luego, cuando me tendieron en la cama de cuero y Diane me abrazó y me besó y me consoló y me dijo lo bien que me había portado y lo orgullosa que estaba de mí, me sentí el hombre más dichoso del mundo. Ya no me importó que Robert se echara también en la cama y me tocara y la tocara a ella. Encima, como recompensa, Diane se me puso encima y se folló conmigo, sin siquiera atarme, y me dio permiso para correrme cuando quisiera.

A Johnny se le había puesto una sonrisa extática. Cogió su jarra de cerveza, vio que estaba vacía y le hizo una seña al camarero para que trajera dos jarras más. Julio notó que le sudaban las manos y tenía la boca reseca, como cuando se hacía un paso de escalada difícil y peligroso. Buscó algún comentario trivial que decir para que no se notara lo mucho que lo estaba afectando la historia. Pero era inútil; por la manera en que lo miraba Johnny, parecía saber perfectamente cómo se sentía. Los dos se miraron sin decir palabra mientras esperaban que el camarero les trajera las cervezas.

(Continuará...)

domingo, 14 de septiembre de 2014

Los extremos a los que llegamos al servicio de nuestra dominatriz (I)

Este es otro retazo de mi nueva novela “Contracorriente”. Está recién salido del horno, lo escribí este mismo fin de semana. Por lo tanto, debéis considerarlo como un primer borrador, la versión final quizás sea muy distinta. Cuenta parte de la historia de amor entre Johnny y su dominatriz americana, Diane. Esta historia la esbocé al final del segundo capítulo de “Amores imposibles”, pero no di más que unos pocos detalles para evitar que distrajera de la trama principal. Ésta tampoco es la historia completa de la relación entre Johnny y Diane, sólo su comienzo. Quizás la continúe en otro entrada de este blog.

-Sí que estuve enamorado, Julio. Estuve locamente enamorado, con uno de esos amores que se te suben a la cabeza y toman posesión de tu vida entera hasta que ya no ves nada más. Porque no hay nada como una relación de dominación-sumisión para transportarte a otro mundo, a un espacio donde no sabes dónde termina la fantasía y dónde empieza la realidad.

-¡Ah, pues no lo sabía! Cecilia nunca me habló de nada de eso. ¿Se lo has contado?

-Empecé a contárselo, pero no llegué a darle muchos detalles. Mi relación con Diane tuvo lugar en el otoño del año pasado, que pasé entero en Nueva York. Volví a ver a Cecilia en enero, cuando acababais de empezar vuestra propia relación de dominación-sumisión, y no quise desanimarla contándole lo mal que me salió a mí.

-¿Me lo contarías a mí?

-Como quieras. No es ningún secreto, aunque te advierto que algunos de los detalles te pueden resultar algo sórdidos y chocantes. Pero, ahora que lo pienso, quizás te venga bien conocerlos para que comprendas lo que significa ser sumiso, los extremos a los que podemos llegar en el servicio de nuestra dominatriz.

-Soy todo oídos.

Johnny se recostó en su silla y le dio un buen sorbo a su cerveza.

-Conocí a Diane en una fiesta de Halloween el año pasado… No sé si sabrás qué es Halloween… Es una fiesta muy popular en Estados Unidos que se celebra la última noche de octubre para festejar la muerte y la decadencia del otoño. Los niños se disfrazan de brujas, fantasmas, vampiros, cualquier cosa que dé miedo, y van de casa en casa pidiendo golosinas. En el mundillo sadomasoquista se aprovecha para poder salir a la calle vestidos con nuestras prendas fetichistas favoritas sin que nadie se escandalice. Mis amigos de la Eulenspiegel Society me invitaron a una fiesta en una casa particular, una mansión situada en un rincón apartado del estado de New Jersey, al sur de Nueva York. Era una casa grande, de dos pisos, con una amplia terraza de madera en la parte de atrás rodeada de bosques. Nuestros anfitriones eran Diane y su marido Allan, un abogado prestigioso, adinerado y aficionado al sadomasoquismo.

-¿Diane estaba casada? Supongo que de ahí vendrían los problemas.

-Pues no, no te creas. Por suerte, los dos llevaban una vida sexual bastante independiente. Allan había sido sumiso de Diane pero últimamente le había dado por dominar a chicas jóvenes y guapas.

-Me imagino que Diane tampoco estaría nada mal.

-¡Desde luego! Yo me quedé prendado de ella en cuanto la vi. Parecía una Dominatriz salida de un comic. Llevaba un vestido de cuero, medias negras con costura por detrás y unos zapatos con un tacón de aguja de acero con los que habrías podido matar a alguien. Tenía el pelo rizado que resaltaba los finos rasgos de su cara. Tenía un cuerpo menudo, delgado y musculoso, con curvas muy marcadas, un poco como Cecilia… De hecho, me recordó bastante a ella. Yo enseguida llegué a la conclusión de que no tenía ninguna posibilidad con una mujer tan impresionante y me puse a hacer inventario de las otras que, no te creas, había alguna que no estaba nada mal. Pero mi amigo Hilton me presentó a Diane y parecí caerle bien. Me dijo que le gustaba mi acento y se puso a preguntarme cosas sobre España. Por lo visto, su madre era española; había emigrado a Estados Unidos de niña huyendo de la Guerra Civil.

-¿Entonces Diane hablaba español?

-No… Iba a preguntarle más cosas de su vida, pero Diane tenía ganas de marcha. En cuanto le conté que era sumiso me dijo que me quería a su servicio. Luego todo pasó muy rápido. Enseguida me encontré completamente desnudo, siguiendo a Diane a gatas por toda la casa, sosteniendo su copa y su plato mientras hablaba con sus invitados. Pero aunque fingía no hacerme caso, yo sabía que era el centro de su atención. Los otros sumisos me miraban con envidia. Al cabo de un rato Diane se sentó en el sofá en el centro del salón, me tumbó sobre su regazo y me propinó una formidable azotaina, primero con sus manitas, que resultaron ser sorprendentemente duras, y luego con una pala de madera que alguien le trajo. Muchos de los invitados hicieron corro para ver el espectáculo, riéndose, haciendo comentarios obscenos y animando a Diane a que me diera más fuerte. Fue muy humillante, pues el dolor era tan intenso que no podía evitar quejarme y contonearme. Cuando terminó la paliza Diane me puso unas correas de cuero en torno a la polla y los huevos a las que ató una cadena de perro, y se dedicó a pasearme así por toda la fiesta, luciendo mi trasero enrojecido, con las manos atadas a la espalda.

Julio se sorprendió al notar que las imágenes que tan vivamente había pintado Johnny lo habían excitado. La mismas escenas protagonizadas por una mujer lo habrían puesto a cien, por supuesto, pero él había visualizado claramente el cuerpo desnudo de Johnny sufriendo todas esas ignominias. Johnny había interrumpido su relato y lo miraba fijamente, sin duda dándose cuenta de su reacción.

-Debe resultar muy frustrante estar con una mujer tan guapa y no poder ni siquiera tocarla.

-Pues sí… Pero esa frustración es una parte fundamental de lo que significa ser sumiso. Sin embargo, Diane acabó por dejarme gozar de ella. Cuando los últimos invitados se marcharon me puso a trabajar recogiendo vasos y botellas, pasándole la bayeta a las mesas y las sillas, sacando bolsas de basura a la calle, desnudo como estaba y con el frío que hacía. Aún quedaba mucho trabajo por hacer cuando Diane dio por terminada la faena. Tirando de la cadena que llevaba enganchada a los huevos, me hizo bajar por la escalera hasta el sótano. Allí abrió la puerta de la mazmorra sadomasoquista más lujosa que he visto en mi vida. Había dos paredes que eran todo espejos, y frente a ellas estaban dispuestos un potro, un cepo, varios bancos y hasta un columpio con un asiento al que se le podían enganchar consoladores. Junto la pared de la derecha, que no tenía espejo, había una cama de cuero dentro de un armazón de vigas de madera con un sinnúmero de ganchos y cadenas por todas partes. Me hizo acostarme de espaldas. me ató los brazos en cruz a las esquinas y me suspendió de los pies con las piernas abiertas, las caderas apenas rozando el cuero de la cama. Diciéndome que no quería que se me enfriara el traserito durante la noche, me volvió a zurrar con la pala de madera. Luego me bajó los pies, me los encadenó a los pies de la cama, me dio un besito de buenas noches y se fue, apagando la luz. No dormí muy bien esa noche. Tenía una erección descomunal y unas ganas enormes de masturbarme, cosa que por supuesto era completamente incapaz de hacer. Me preguntaba qué estaría haciendo Diane, si se habría ido a acostar con su marido, aunque recordaba que en mitad de la fiesta él se había subido al piso de arriba con una pelirroja preciosa. Me desperté cuando Diane encendió la luz, sin saber qué hora era. Estaba completamente desnuda, preciosa, con el pelo aún mojado de salir de la ducha. Se sentó a mi lado, me besó y me preguntó qué tal había dormido, como si tal cosa, mientras acariciaba casualmente mi polla empalmada. Luego repitió el tratamiento de la noche anterior: mis pies ascendieron hacia el techo y la pala de madera descendió sobre mi trasero, que no tardó en volver a adquirir su tono rojo encendido. Atado de nuevo a la cama, Diane reposó su cuerpecito desnudo sobre el mío, volviéndome loco de deseo. Estuvo así un rato, restregándose contra mí y dándome besitos en los labios, en el cuello, en los pezones. Cuando pensé que no podía más, se arrodilló a horcajadas sobre mi cabeza e hizo descender su lindo culito sobre mi cara. No hizo falta que me dijera lo que tenía que hacer; me lengua salió disparada hacia su ano y me puse a chuparlo como si fuera el manjar más delicioso del mundo. Soltando risitas de placer, ella fue ajustando su postura para que pudiera lamérselo todo: culo, vagina y clítoris, y a acabó por dejarme la cara chorreando con sus flujos cuando se corrió. Y luego, cuando pensaba que ya había terminado todo, ¡oh, éxtasis!, se colocó a caballo sobre mis caderas y se penetró conmigo. Me folló a conciencia, a veces deprisa, a veces despacio, al ritmo que le marcaba su placer, sin que yo pudiera moverme. Le dije que no aguantaba más, que iba a correrme, que no podía hacer nada para evitarlo. Ella me cruzó la cara y se puso a insultarme, llamándome marica, nenaza, violador, cabrón… todo lo que se le venía a la cabeza, mientras no dejaba de cabalgarme con brío. No sé si ella llegó a correrse, porque cuando lo hice yo tuve un orgasmo tan intenso que perdí consciencia de todo. Así era con Diane; nunca he disfrutado tanto con ninguna otra mujer.

(Continuará)

martes, 17 de junio de 2014

Los siete elementos de sumisión

Aunque se ha escrito bastante sobre las diferentes técnicas que se usan en el bondage y el sadomasoquismo, se ha puesto mucho menos esfuerzo en sistematizar la dinámica de las relaciones de Dominación/sumisión (D/s). Sería un error pensar que éstas consisten simplemente en que el Dominante le da órdenes a la sumisa. Me voy a referir al Dominante como hombre y a la sumisa como mujer, alternando los géneros de vez en cuando, pero lo que digo puede aplicarse a cualquiera de las posibles combinaciones de roles y géneros. También debo aclarar que todo esto se refiere a relaciones de larga duración, no a lo que pasa durante una sesión asilada.

Al hablar de D/s, hay que darse cuenta de que se trata de relaciones en las que conscientemente se elige desviarse de los principios que guían a una relación vainilla: igualdad, autonomía personal, independencia y respeto. Aunque estos valores siguen estando presentes, adquieren una forma distinta por el hecho de que el sumiso le otorga una gran cantidad de poder sobre él a la Dominante, lo que establece una desigualdad básica en la relación. Desde luego, el sumiso va a perder una buena parte de sus autonomía personal. El uso del dolor y la humillación puede dar la impresión a los mal informados de que la relación es abusiva. Sin embargo, todo esto ocurre dentro de los parámetros de “seguro, sensato y consensual”. En particular nos debe preocupar la sensatez, ya que este tipo de relaciones pueden degenerar fácilmente en el abuso psicológico (ver “Cómo reconocer el maltrato en las relaciones de D/s”). En particular, deberemos prestar especial atención a cosas que puedan dañar la autoestima o que puedan crear dependencia.

Mi propuesta es que una relación de D/s incluye los siguientes siete elementos de sumisión: obediencia, entrega, servicio, disciplina, castigo, actitud y follada mental.

1 - Obediencia

Obediencia es, simplemente, cumplir las órdenes del Dominante. Ésta es la parte más obvia de la relación D/s: uno manda y el otro obedece. Un buen Dominante escoge cuidadosamente las órdenes que da, teniendo en consideración las necesidades de la sumisa y el nivel de desarrollo de la relación. Hay que tener en cuenta que la sumisa es un adulto que vive una vida compleja, con lo que una orden mal pensada puede afectar negativamente su vida. Por otro lado, si el sumiso encuentra que no puede seguir una orden, que debe discutirla o usar la palabra de seguridad para evitarla, su confianza en la Dominante se verá minada. Una buena estrategia puede ser la de delimitar las órdenes a un área de la vida del sumiso que quedaría bajo el control de la Dominante; la más obvia es su sexualidad. Es mejor dejar en paz la vida profesional de la sumisa y las relaciones pre-establecidas que tenga con amigas y parientes… Recordemos que el manipular el entorno social de la sumisa es uno de los signos de abuso emocional. Por supuesto, no se debe ordenar nunca nada ilegal o inmoral; no hay nada más despreciable que un Dominante que usa su sumisa para hacer daño a otros.

2 - Entrega

La entrega significa que la sumisa debe abrirse física y mentalmente al Dominante. Éste puede empezar por afirmar su derecho a tocar íntimamente a la sumisa cuando quiera y donde quiera: sus manos, su nariz, su culo, su coño. El cuerpo de la sumisa está a su disposición para disfrutarlo y para estimularlo con placer o con dolor, a su discreción. Esta entrega física debe venir acompañada de una apertura mental en la que la sumisa lo hace partícipe de sus fantasías secretas, de sus miedos, de sus deseos. De nuevo, el sexo puede ser un buen punto de partida, pero esto se extenderá de forma natural a otras partes de su vida. Por su parte, el Dominante debe abstenerse en lo posible de juzgarla, porque hacer que la sumisa se sienta culpable o avergonzada traicionaría su confianza en él. Ella se ha hecho enormemente vulnerable al revelar sus secretos y si descubre que se usan contra ella su reacción natural será volver a erigir sus barreras defensivas.

La entrega definitiva tiene lugar durante el acto sexual. Aquí debemos abandonar muchos de los escrúpulos del sexo vainilla. A la sumisa no se le hace el amor. Se la folla, con todas las connotaciones de subyugación y humillación que conlleva esa palabra. Puede que se la posea rudamente por detrás, negándole la visión del rostro del Dominante. Puede que se la ate en posturas expuestas y humillantes en las que no pueda negarle el acceso al Dominante o moverse para buscar su propio placer. Puede que se la obligue a ver su propia degradación en un espejo. Puede que ella disfrute de la follada o puede que la deteste, o las dos cosas a la vez, según se lo imponga el Dominante. Y, por supuesto, sólo podrá correrse con su permiso.

3 - Servicio

El servicio quiere decir que el sumiso trabaja para agradar y satisfacer los deseos de la Dominante. Mientras que la entrega es pasiva, el servicio es activo. El servicio también va más allá de la mera obediencia, porque una buena sumisa se esfuerza en anticipar los deseos del Dominante. Por su parte, él debe de tener cuidado de no inhibir su creatividad al ser demasiado controlador. Por supuesto, en la medida de lo posible, el sumiso debe pedir permiso antes de realizar un servicio. El tener a un sumiso bien entrenado en actos de servicio le permitirá a la Dominante relajarse y disfrutar de la relación sin tener que estar pendiente todo el tiempo de decidir lo que hacer a continuación.

4 - Disciplina

La disciplina incluye una serie de ejercicios en los que el Dominante afirma su control sobre la mente y el cuerpo de la sumisa. La manera más evidente de hacer esto en una sesión sería llevar al sumiso por varios niveles de placer y dolor hasta volverlo completamente maleable a su voluntad. En la disciplina es donde la D/s se mezcla con el sadomasoquismo. Tanto el dolor como el placer tienen la propiedad de la “saliencia”, lo que significa que se imponen en la consciencia obligándonos a prestarles atención. Por ese motivo le proporcionan a la Dominante la manera perfecta de invadir la mente del sumiso, ejerciendo su poder de forma irrevocable.

De todas formas, la disciplina va mucho más lejos que el placer y el dolor, y se extiende más allá del tiempo de sesión. El Dominante le dará a la sumisa una serie de tareas para realizar fuera de su presencia con el fin de entrenarla. Éstas pueden incluir, por ejemplo, ejercicios Kegel, llevar un tapón de culo, ejercicios físicos, asignaciones de lectura, horario de acostarse y levantarse, modificaciones en la dieta, escribir un diario, etc. Una forma de disciplina que se les impone con frecuencia a los sumisos es el control de la erección y de la eyaculación. Aunque algunas formas de disciplina pueden ser desagradables, hay que recordar que no se imponen como castigo sino como entrenamiento.

5 - Castigo

Los castigos son necesarios porque el sumiso tiene que enfrentarse con las consecuencias de cometer errores en la relación o en su vida en general. La Dominante puede limitarse a regañarle, puede imponerle un castigo doloroso o puede asignarle una tarea desagradable (ver “Castigar sin pegar en una relación D/s”). El tema de los castigos es delicado porque vivimos en una sociedad tremendamente punitiva que nos expone desde la infancia a la culpa y la vergüenza que conllevan la desobediencia y el fracaso. Por lo tanto, el significado del castigo debe de ser establecido cuidadosamente desde el principio de la relación, enfatizando sus propiedades catárticas y curativas. Así, con la ayuda del Dominante la sumisa puede sacar a la superficie la culpa y la vergüenza asociadas no sólo a su mal comportamiento reciente, sino a errores más graves de su pasado. El dolor y la humillación del castigo erosionan esas emociones negativas, y purifican el ego. Para que este proceso sea verdaderamente curativo es esencial que el castigo termine con un buen cuidado posterior en el que el perdón del Dominante sirva para conseguir que la sumisa se perdone a sí misma. Toda mala acción ha sido pagada y es relegada al pasado, y la sumisa puede avanzar en su vida purificada y libre de culpa. Ha aceptado su debilidad. Ha experimentado el poder que le ha otorgado al Dominante sobre ella. Con ello se ha vuelto más fuerte como persona y mejor como sumisa. Paradójicamente, al entregarse al Dominante ha conseguido liberarse de sus demonios internos.

6 - Actitud

El tener una actitud adecuada significa que la sumisa aprende a desenvolverse y comportarse de una forma que expresa su estado mental de sumisión. Como cada pareja de Dominante y sumisa entiende la D/s de una manera distinta, no todas las sumisas desarrollan la misma actitud. Así, algunas sumisas son mansas y serviles mientras que otras son orgullosas y rebeldes. Por supuesto, el Dominante decidirá qué comportamientos son aceptables cuáles no de acuerdo con la naturaleza de la relación. La actitud apropiada sale de la personalidad del sumiso y es pulida por el entrenamiento hasta producir una desenvoltura y una elegancia que transmite a quien sabe apreciarla la profundidad y la belleza de la relación. Por ejemplo, un tipo de sumisa baja la mirada ante su Dominante, camina detrás de él y habla sólo cuando se le pregunta. Otro tipo de sumisa levanta el mentón con orgullo, reta al Dominante, le mira a los ojos con desafío y dice lo que le parece. Entre estos extremos cabe todo un rango de actitudes, todas igualmente válidas, ya que representan diferentes estilos de entrega, servicio y disciplina.

7 - Follada mental

En inglés se le llama “mind-fucking”, un término que tiene difícil traducción al castellano. Viene de la expresión “don’t fuck with me”, que significa “no me jodas” o “no me vaciles”. Aquí he optado por una traducción literal como “follada mental”. Ésta consiste en juegos psicológicos que la Dominante juega con el sumiso para llevarlo a un estado de derrota y entrega. No hace falta que sea nada complicado, el vacilar o bromear con la sumisa puede ser una forma de follada mental. Sin embargo, en sus formas más elaboradas puede servir para llevarla a un profundo espacio de sumisión, que representa la culminación de su entrenamiento en los otros seis elementos de sumisión. La follada mental requiere una enorme creatividad por parte de la Dominante; es aquí donde muestra su auténtico talento, porque no hay recetas para la follada mental, necesita ser elaborada a la medida de la personalidad del sumiso, de su estado mental en cada preciso momento. Una buena estrategia puede ser el encontrar sus puntos de resistencia, sus conflictos internos, y hacer que se enfrente con ellos. Para lograrlo el Dominante deberá darle a la sumisa su completa atención, concentrándose completamente en leerla. Sin embargo, sin la colaboración del sumiso este proceso estará abocado al fracaso, porque la follada mental no es tanto algo que la Dominante le hace al sumiso como algo que crean entre los dos. Aunque el Dominante tenga mucho talento no le será posible follar mentalmente a la sumisa si ella no se le entrega o si no tiene la disciplina suficiente para seguirlo en el proceso. Por ejemplo, una forma bastante corriente de follada mental consiste en hacer elegir a la sumisa entre dos opciones desagradables. Como la follada mental saca a la superficie sus resistencias, conflictos internos y problemas sin resolver, puede entrañar una chispa de auto-descubrimiento, un paso en un proceso de auto-transformación.

El desarrollar estos elementos de sumisión requiere tiempo y esfuerzo. La Dominante debe ganarse la confianza del sumiso y guiarlo a través de los pasos necesarios para desarrollar cada uno. Por lo tanto, una relación D/s se debe entender como un proceso de entrenamiento, que si se hace bien traerá alegría y satisfacción a los dos participantes. Como pasa a menudo en la vida, lo que importa es el trayecto y no el destino… porque, de hecho, puede ser que no haya ninguna meta que alcanzar.