miércoles, 18 de febrero de 2015

La buena muerte



-No lo entiendes, Cecilia. Yo no quiero que me ayuden. Estoy harta de todo. Estoy muy cansada.

-No te entiendo… ¿Qué quieres decir?

-Pues eso: que estoy harta. No quiero que me ayuden, ni quiero ayudar a nadie. Antes me gustaba ayudar a la gente, sentía que aunque yo sufriera por lo menos alguien dejaba de hacerlo. Por eso me gustaba hablar con los locos. Por eso te hablé el día que nos conocimos, porque vi lo asustada y lo desesperada que estabas. Pensé que si te explicaba cómo funciona este sito te haría sentirte mejor.

-¡Pues claro, Irene! Y lo conseguiste, me ayudase un montón. Yo creo que sin ti me habría venido abajo.

-No, Cecilia, no te habrías hundido. Ahora te conozco, sé lo fuerte que eres. Te las hubieras apañado muy bien sin mi ayuda.

-Tú también eres muy fuerte, Irene. Tú también puedes salir adelante. Si no lo fueras, no podrías ayudar a la gente como haces.

-No sé si se trata de ser fuerte… El caso es que ayudar a la gente ya no me sirve de nada. Ya no me da esperanza. Estoy cansada, Cecilia. Estoy harta de luchar contra esta marea de mierda que amenaza con ahogarme. Sólo quiero dormir… Descansar para siempre.

Cecilia sintió que mil señales de alarma la sacudían por dentro.

-¿Qué quieres decir, Irene? ¿No querrás suicidarte?

-Lo que quiero es acabar de una vez con esta mierda de vida, Cecilia. No vale la pena vivir así, con tanto sufrimiento. No sé si quiero suicidarme… Lo que quiero es que todo se acabe de una puta vez.

-¡Por favor, Irene! -dijo con desesperación-. ¡No digas esas cosas, que me asustas! En la vida hay cosas malas, pero también hay muchas cosas buenas.  La vida vale la pena, aunque sólo sea por sí misma.

-No, Cecilia, estás equivocada. La vida no siempre vale la pena. Hay veces en que el sufrimiento se hace tan grande que ya nada te compensa. Entonces es mejor acabar con todo para así encontrar finalmente la paz.

-¿Por qué? ¿Tú crees que vas a sobrevivir a la muerte? ¿Crees que vas a irte a un paraíso donde vas a ser feliz, que te vas a reencarnar en alguien mejor, o algo parecido? Porque ninguna de esas patrañas son verdad, Irene. La muerte es la nada, es dejar de existir. No hay nada al otro lado. A ver si por creer una de esas imbecilidades vas a acabar con lo más valioso que tienes.

La mirada de Irene se volvió inesperadamente sabia, como la del Chino cuando le iba a soltar una de sus frases profundas.

-Ya lo sé, Cecilia. Ya sé que no hay nada después de la muerte. No te preocupes, que yo tampoco me creo esos cuentos de curas, ni de los de aquí que van vestidos de negro ni de los de allá que van vestidos de azafrán. Pero eso es precisamente lo más bonito de la muerte, que no hay nada. ¡Nada, Cecilia! Te puedes imaginar qué liberación, que descanso, el poder hundirse en la nada, dejar de sentir, dejar de sufrir, dejar de tan siquiera recordar que has sufrido. Nada de nada, para siempre jamás.

Una sonrisa pacífica había iluminado el rostro de Irene, lo que no hizo más que aumentar la alarma de Cecilia. Buscó desesperadamente algún argumento para convencer a Irene.

-¡Espera, espera, que eso no es así! La nada no tiene nada de bueno… La nada no es algo, es un vacío, es dejar de existir… No hay nada bueno en dejar de existir.

-¿No? ¿Y por qué no iba a haberlo?

-Pues porque no vivimos sólo para nosotros. Vivimos para la gente que nos quiere, para ayudar a otros, como decías antes… Para hacer del mundo un sitio mejor, en definitiva.

-A mí eso no me sirve… Antes sí, pero ahora ha dejado de tener sentido. Yo no tengo ninguna obligación con nadie. Mi cuerpo es mío. Mi vida es mía, y hago con ella lo que me parece.

-Pero eso no es verdad. Tú no posees tu cuerpo o tu vida, como el que tiene un libro o un televisor. Tú eres tu cuerpo, que no es lo mismo que poseerlo.

-Para el caso es lo mismo. Si quieres, míralo de otra manera: yo soy libre, soy la única dueña de mi destino. El poder acabar con mi vida es el acto más absoluto de libertad. Y el que te priven de hacerlo es la forma de sometimiento más completa. Nadie debe obligarte a vivir tu vida en contra de tu voluntad. ¿No lo entiendes?

-¿Qué quieres que te diga? Sí, así como lo pones, tienes razón. Es verdad que debemos ser libres hasta el punto de poder acabar con nuestra vida… En teoría está muy bien. Pero en la práctica no deja de ser una locura. Nuestra vida es el bien más preciado que tenemos, ¿para qué rechazarlo? Se me antoja el desperdicio mayor que podemos hacer.

-O el regalo mayor que podemos hacer. En el mundo sobra gente, somos demasiados. ¿Para qué continuar una vida miserable que no ayuda a nadie?

-No lo entiendo, Irene. ¿Qué ha pasado para hacerte querer acabar con tu vida? ¿Qué te dijo Vicente para hacerte sentir así? Fuera lo que fuese, no puede tener tanta importancia.

-No fue nada que me dijera Vicente… Hace mucho tiempo que me siento así. Él lo único que hizo fue recordármelo todo. Recordarme quién soy… Lo que quiero en realidad.

-Pero entonces…

-¿Por qué te crees que me trajeron aquí, Cecilia? Me tomé una buena sobredosis de anfetas. Hubiera cumplido mi deseo si no llega a ser por el cabrón de Vicente, que me encontró a tiempo. Pasé dos días en el hospital y luego me trajeron aquí.

-O sea, que volverás a intentar suicidarte en cuanto puedas.

-No estoy segura, Cecilia…

-¡No lo hagas, Irene, por favor, te lo suplico! ¡Sigue viviendo, hazlo por mí!

-No lo entiendes, Cecilia… ¡Por favor, intenta entenderlo! Esto no tiene nada que ver contigo, tiene que ver conmigo, con lo que yo siento en lo más profundo de mi corazón. Si eres mi amiga, tienes que entenderlo. Nunca se lo he contado a nadie. A nadie se lo he explicado como acabo de explicártelo a ti.

Cecilia se incorporó para volver a sentarse en el suelo. Sin decir nada, recogió la ristra de agujas. Las fue sacando una a una y clavándoselas en el pecho mientras hablaba.

-Gracias por la explicación… Intentaré entenderlo, de verdad. Pero yo quiero que tú entiendas que si te matas, que si te pierdo, me vas a hacer mucho daño. Me vas a hacer mucho más daño que lo que duele ponerme estas agujas. Porque sí que tiene que ver conmigo, Irene. El dolor que sentiría al perderte tiene muchísimo que ver conmigo.

Irene también se sentó, mirándola ceñuda.

-Dices que eres que eres mi amiga, pero te acabo de contar mi secreto más íntimo, lo que llevo en lo más profundo del alma, y tú lo rechazas. En el fondo eres muy egoísta, Cecilia. Me quieres por lo que te doy, pero no por mí misma.

-¿Y qué coño tengo que hacer para dejar de ser egoísta? ¿Decirte que está de puta madre que te suicides? ¿Decir que el suicidio es la cosa más cojonuda del mundo porque es, oh, algo tan profundo? ¿Tengo que ayudarte a matarte?

Éste es un fragmento de mi novela Para volverte loca, que será la quinta novela de la saga de Cecilia. Esta parte está basada en el suicidio de mi amiga Erin. Irene tiene muchas cosas en común con Erin y lo que le dice a Cecilia fue lo que intentó decirme Erin antes de dejarme, antes de morir. Erin me dejó un precioso regalo: me hizo ver la muerte de otra manera, como liberación, no como pérdida. Eso es lo que intento reflejar aquí. Mi reacción es la de Cecilia: amo demasiado a la vida para poder comprender que alguien quiera suicidarse.  

domingo, 15 de febrero de 2015

Misandria: odio al hombre

Bart Simpson escribe en la cabeza de su padre: "insertar cerebro aquí"

Tendría que haber sido obvio desde el principio, pero parece ser que una buena parte de las feministas han tardado décadas en darse cuenta de que no se pueden resolver los problemas de las mujeres sin contar con los hombres. Por fin asistimos a un clamor por poner fin a la guerra de los sexos, como lo hizo la actriz Emma Watson al lanzar la campaña feminista HeForShe con su discurso en las Naciones Unidas


En él dice, entre otras cosas: “Cuanto más he hablado sobre feminismo, más me he dado cuenta de que la lucha por los derechos de la mujer a menudo se ha convertido en sinónimo de odio a los hombres. Si hay algo de lo que estoy segura, es que esto tiene que acabar.” “Mi investigación reciente me ha mostrado que el feminismo se ha convertido en una palabra impopular.” “He visto el papel de mi padre ser menos valorado por la sociedad a pesar de que de niña yo necesitaba su presencia tanto como la de mi madre. He visto hombres jóvenes sufrir enfermedades mentales y ser incapaces de pedir ayuda por miedo de parecer menos macho (…). He visto hombres frágiles e inseguros a causa de un sentido distorsionado de lo que constituye el éxito masculino. Los hombres tampoco gozan del beneficio de la igualdad.”

Todo eso está muy bien, pero también haría falta hablar de cómo muchas versiones del feminismo han fomentado la misandria, el odio al hombre. Porque, en definitiva, lo que hace que muchos hombres no se apunten a la causa es que se han visto atacados por el feminismo una y otra vez. Se preguntan, con razón, si apoyando al feminismo no están yendo contra sus propios intereses. Claro que el feminismo no es la única fuente de misandria. Ni siquiera la encontramos sólo en las mujeres; tristemente, parece haber muchos hombres que detestan la condición masculina. Por ejemplo, el otras veces brillante científico Jared Diamond toma una actitud extrañamente misándrica en su libro “Why Is Sex Fun?”. En uno de sus capítulos, basado en sus experiencias con tribus de Nueva Guinea, nos viene a decir que los hombre nos sirven para nada.

Por favor, no nos metamos en discusiones estériles sobre qué es peor, si la misoginia o la misandria, como si tuviéramos que elegir entre ellas. Las dos actitudes son inmorales e incluso se refuerzan mutuamente. Odiar a los hombres no remedia en modo alguno el odio a las mujeres. Como pasa con todas las guerras, la guerra de los sexos al final daña a todos. Cuando se nos ataca a los hombres es más fácil que nos atrincheremos en actitudes defensivas y racionalicemos el machismo, de la misma forma que el degradar y explotar a las mujeres las puede llevar a apoyar posturas hembristas de odio a los hombres.

Como pasa con la misoginia, la misandria suele aparecer en formas muy sutiles e insidiosas, en frases hechas y estereotipos culturales que se aceptan de manera irreflexiva. A pesar de lo que decía antes de que la guerra de los sexos daña también a las mujeres, no faltarán feministas que quieran negar la existencia de la misandria en nuestra sociedad. Para que resulte más fácil identificarla, hago a continuación una lista de sus manifestaciones más frecuentes.

1. Denigrar el deseo sexual del hombre. ¿Cuántas veces hemos oído expresiones como éstas? “Los hombres piensan con la polla”. “Los hombres sólo piensan en una cosa”. “Los hombres son unos cerdos”. “Sí, dice que quiere ser tu amigo, pero lo único que quiere es follarte”. “Es un viejo verde”. Todas ellas insinúan que el que los hombres sientan deseo sexual por las mujeres en algo vergonzoso. Ciertas feministas de la segunda ola veían el deseo masculino como intrínsecamente explotador de la mujer y buscaron reprimirlo. Esta actitud persiste hoy en día en críticas hacia la pornografía y en nuevas leyes que buscan perseguir a los clientes de las prostitutas. En esto el feminismo anti-porno  se da la mano con las actitudes  represivas de las religiones tradicionales: el hombre debe desear sólo a su esposa, todo lo que se desvíe de eso es malo. En su forma más virulenta, esta actitud se combina con el desprecio por la edad (“edadismo”) para condenar el que un hombre maduro se sienta atraído por mujeres jóvenes. Las nuevas ideologías sexo-positivas celebran sin reparos la sexualidad femenina en todas su versiones, pero a menudo no queda claro si la sexualidad masculina merece el mismo trato. Por supuesto, el deseo sexual no justifica en modo alguno la agresión y la explotación de las mujeres, pero hay que enfatizar que lo que es malo no es el deseo en sí, sino las conductas que dañan al prójimo.

2. “Todos los hombres son violadores”. O, dicho de forma más suave, el culpar a todos los hombres de las agresiones a las mujeres que realizan algunos. Esto dio lugar al hashtag #NotAllMen  en internet y a su respuesta con #YesAllWomen (que explica que todas las mujeres son víctimas de misoginia en mayor o menor medida). La controversia en torno a esas hashtags se basa en que en medio de una conversación sobre como las mujeres son víctimas de agresión, un hombre suele interrumpir diciendo “yo no hago eso”, “no todos los hombres somos así”, o algo por el estilo. Las feministas critican esto porque el interrumpir a una mujer es un signo de actitudes machistas, que además en este caso sirve para desviar el tema de la conversación, cambiando el foco de las mujeres a los hombres. Sin embargo, creo que si en una conversación sobre agresión a mujeres se implica que todos los hombres son agresores, esto es sexismo anti-hombre y debe de ser señalado inmediatamente. A fin de cuentas, tales conversaciones no se dan en un vacío cultural, sino en el contexto de una larga historia de escritos feministas que condenan a todos los hombres por agredir o explotar a las mujeres. Culpar a alguien por lo que es (hombre) y no por lo que hace (agredir) es la injusticia fundamental que forma la base de toda actitud sexista. Una cuestión relacionada con esto es que la mujer vea a un hombre desconocido como un potencial agresor. El tener esto presente es un simple cuestión de prudencia, pero se debe tener cuidado de no traducir es actitud interior de cautela en una actitud exterior de sospecha. Dicho de otra manera, una mujer tiene derecho a comportarse de forma que proteja su propia seguridad, pero es insultante hacer ver a los hombres con quienes se relaciona que son sospechosos inmediatos de ser violadores.

3. “Los hombres oprimen a las mujeres”. Cuando se habla de opresión de la mujer, muchas feministas lo hacen como si dieran por sentado que son los hombres quienes oprimen a las mujeres. Eso no es verdad, lo que oprime a las mujeres son una serie de normas y prácticas culturales a las que se les ha llamado “el patriarcado”. El patriarcado no son los hombres. De hecho, muchas mujeres han apoyado y siguen apoyando al patriarcado, mientras que muchos hombres luchamos contra él.

4. “La testosterona es veneno”. He oído muchas veces esta frase en círculos progresistas. La testosterona, lejos de ser un veneno, es una hormona esencial para el funcionamiento normal del cuerpo de los hombres y de las mujeres. Aunque más abundante en los hombres, en los dos sexos produce deseo sexual, ayuda al desarrollo muscular y disminuye el dolor, aparte de desmpeñar muchas otras funciones. Por supuesto, la frase se usa como metáfora para rechazar la agresividad natural del hombre. Pero no debemos confundir agresividad con violencia. La agresividad es necesaria para superarnos en los deportes, en el estudio y en el trabajo. Nos permite movilizar nuestra energía para realizar un esfuerzo intenso y prolongado. De hecho, el feminismo ha promulgado un tipo de mujer más agresiva y menos pasiva que el que impone el patriarcado. Una cierta dosis de agresividad sana es buena tanto en el hombre como en la mujer.

5. Des-empoderar a los hombres. A veces se sugiere que el darles poder a las mujer significa quitárselo a los hombres. Esto sería injusto, ya que cada cual tiene derecho a tener control sobre su vida, a su independencia y autonomía, y a desarrollar sus capacidades creativas al máximo posible. El tener poder no significa quitárselo a otro. Esto sólo se da en relaciones basadas en la explotación o en la competencia, y yo creo en una sociedad basada en la cooperación y la solidaridad en todos los ámbitos. Nuestra lucha debe encaminarse a conseguir ese tipo de sociedad, no a establecer el poder de un grupo sobre otro. Yo encuentro esta forma de misandria, por ejemplo, en la manía que les ha dado a algunas de criticar a los machos alfa. La realidad es lo contrario, y muchas mujeres se sienten atraídas por hombres poderosos, no necesariamente los triunfadores en la política o los negocios, sino también los que destacan por su inteligencia y por sus estudios.
Personajes de Futurama: Fry, Bender y Leela

6. El estereotipo del hombre estúpido, perezoso y bruto. Últimamente nos lo encontramos en muchas películas y series de televisión. El ejemplo más claro es Homer Simpson, un ser de poca inteligencia dado en decir y hacer las mayores estupideces. Su hijo, Bart, es mal estudiante y un gamberro nato. Por el contrario su hija Lisa es una alumna superdotada aficionada a la ciencia y a quien le gusta ponderar cuestiones filosóficas y resolver problemas sociales. Este contraste entre hombre estúpido y mujer brillante lo encontramos en la otra serie de dibujos animados de Matt Groening, Futurama, en la que Fry es un joven repartidor de pizza parangón de la ignorancia a ultranza, mientras que su contraparte femenina, la mutante Leela, es una piloto de naves espaciales brillante, valiente y aventurera. El estereotipo del hombre tontorrón aparece en muchas otras partes, como en películas como “Dumb and Dumber”.

7. El estereotipo del hombre falto de afectividad y compasión. Esto es algo que hemos heredado del viejo machismo, pero que se sigue perpetuando. Christian Grey, el protagonista de las infames “50 Sombras” , responde bastante bien a él. Pero también está presente en el sinfín de héroes y super-héroes masculinos que la industria del cine ha producido en masa durante todo el siglo 20. Hay que tener cuidado, de todas formas, cuando emerge en círculos progresistas y feministas para quitarnos voz a los hombres en base a que no tenemos la suficiente inteligencia emocional para comprender determinadas cuestiones. También se usa para reforzar la imagen que describía antes del hombre demasiado agresivo y violador en potencia.

Mensaje "sutil" de violencia  al hombre en un colectivo feminista
Emma Watson y el grupo HeForShe nos reta a los hombres a luchar por la igualdad de la mujer. Dados los numerosos casos de misandria que vemos emerger por todas partes, creo que es importante que el feminismo nos garantice que esta lucha no se traducirá en socavar los derechos legítimos y la dignidad de los hombres. Por ejemplo, la imagen de arriba fue encontrada en un mensaje reciente (2104) de la Coordinadora Feminista. La misandria le otorga al feminismo la oportunidad de redimirse de la mala reputación que ha ido adquiriendo durante décadas, probando de forma decisiva que realmente lucha por la igualdad de los sexos (y no la supremacía de la mujer) y contra el sexismo de todo tipo (y no sólo el machismo). Lo único que tiene que hacer es salir en defensa de los hombres cuando son atacados y denigrados. ¿Sabrá el feminismo aceptar el reto que supone la misandria?

domingo, 11 de enero de 2015

El secuestro de Cecilia


Éste es otro fragmento de mi novela Desencadenada. Es el principio de uno de los segmentos más duros de la novela, en el que Cecilia se enfrenta a una situación sumamente peligrosa...

Nada más doblar la esquina, Vicente se adelantó un par de pasos y se detuvo delante de ella, mirándola.

-¡Desde luego, sí que estás buena! -le dijo con una sonrisa burlona.

Eso le extrañó, sus maneras, hasta entonces educadas aunque un tanto nerviosas, parecían haber cambiado súbitamente. Lo miró, sorprendida. Iba a decirle algo pero él la empujó contra la pared y la besó violentamente. Al principio se dejó hacer. Le gustaba que la besaran así y, a fin de cuentas, estaba allí para servir al cliente. Pero cuando el beso empezó a prolongarse intentó empujarlo para librarse de él. Él la apretó con aún más fuerza contra el muro. Giró la cara para librarse de su boca.

-¡Vale ya! Vamos al hotel… -empezó a decir.

Entonces los vio: dos tipos que habían aparecido de ninguna parte. Los reconoció enseguida: Luis y su repulsivo amigo Benito.

-¡Socorro! -gritó, al tiempo que intentaba zafarse con renovadas energías. Pero Vicente la sujetó con aún más firmeza, poniéndole la mano sobre la boca para ahogar su grito. Los otros dos se les echaron encima en un santiamén. Benito le agarró la muñeca, retorciéndole el brazo tras la espalda, haciéndole daño. A pesar de eso, se debatió. La obligaron a andar, apartándola de la pared. Se le torció un tobillo y se hubiera caído al suelo si no la hubieran sostenido. Perdió uno de los zapatos.

Un coche se detuvo en doble fila con un frenazo: un Dodge Dart negro. Luis abrió la puerta trasera. Benito tiró aún más de su brazo para forzarla a inclinarse hacia a delante, y la empujó dentro.

-¡Socorro! ¡Me secuestran! -volvió a gritar aprovechando que ya no le tapaban la boca.

Luis entró por la otra puerta trasera, atrapándola entre él y Benito. Le dio un bofetón.

-¡Cállate! -le dijo, y a los otros: -¡Venga, vámonos!

Tres puertas se cerraron en rápida sucesión. El coche aceleró.

Benito tiró de su brazo hacia arriba de su espalda, obligándola a doblarse hacia adelante. Notó un contacto metálico alrededor de la muñeca por la que la agarraba. La querían esposar. Enterró su brazo izquierdo en su vientre para que no pudiera cogerle esa muñeca. Luis empezó a tirar de él para sacárselo, y ella se dobló sobre sí misma con aún más fuerza para impedírselo. Benito aflojó la presión en su otro brazo y la empujó hacia atrás, permitiendo a Luis agarrarle la muñeca. Siguió forcejeando, resuelta a no dejarse poner las esposas.

-Ponle la mano en la espalda -le dijo Benito a Luis.

Cecilia dejó caer el zapato que le quedaba y clavó los pies en los asientos delanteros, presionando la espalda contra el respaldo con toda la fuerza de su cuerpo. Era la postura de escalar en chimenea, conocía bien su poder: aprovechaba la fuerza de todos los músculos de su cuerpo.

-No puedo -gruñó Luis-. Da igual, pónselas por delante. Total, va a ser mejor para lo que quiero hacerle.

Por más que lo intentó, no pudo luchar contra la fuerza combinada de los dos. No tardaron en juntarle las muñecas frente a ella y cerrar las esposas.

-¡Esto es un crimen! -les gritó a sus secuestradores. Luis la volvió a abofetear.

-¡Déjate de tonterías, Cecilia, o será peor! -le dijo.

Tuvo tiempo de reconocer al conductor: Pascual, el policía. Vicente iba junto a él en el asiento de delante. Luego algo negro le cayó sobre la cabeza, impidiéndole ver. Le habían colocado una capucha. Recordó el relato de Malena, como los pinochetistas la habían conducido así a la prisión donde había visto a su padre por última vez.

La capucha no la dejaba respirar. La empezó a invadir el pánico.

Tranquilízate, Cecilia, vas a necesitar todas tus fuerzas para hacer frente a esta situación. ¡Luis me tendrá preparado algo horrible, seguro! Pero no me va a matar… ¿Qué me hará? Darme esa paliza que me tenía prometida, seguro… de eso no me libro. Pero no se atreverá a dejarme marcas, serían pruebas contra él. ¿Y sus compinches? También querrán algo… ¡Me van a violar! ¡Dios mío, me van a violar! ¿Luis también? Es capaz, el muy cabrón, lleva toda la vida deseándolo. ¡Cuatro tíos… va a ser insoportable! ¡Me quedaré traumatizada para toda la vida, como le pasó a Malena!

Miedo. Estaba aterrorizada. Recordó lo que Lorenzo le había dicho una vez escalando: el miedo te pude llevar al pánico, o te puede servir para aumentar tu concentración.

Calma, calma. Yo no soy Malena, no soy una cría de dieciséis años. Estoy acostumbrada a que me follen. Vicente ya lo iba a hacer de todas formas… Eso es lo que tengo que hacer: imaginarme que son clientes. ¡Sí, clientes! ¡Unos fachas hijos de puta, eso es lo que son! ¡Ahora, que esto no quedará así! ¡Se van a enterar! ¡El Chino y Tony les darán su merecido! Voy a decírselo… ¡No, no! ¿Estás loca? Si los amenazas sólo vas a conseguir que te hagan más daño.

La rabia también era peligrosa, la haría menos inteligente. Y si había algo que le permitiría salir de esa situación era su inteligencia. Ella era más lista que Luis.

Mejor seguirles la corriente, esperar mi oportunidad. Si creen que me tienen, que ya no me resisto, igual puedo pillarlos desprevenidos.

La canción Rivers of Babylon sonaba sin cesar dentro de su cabeza. Muy apropiado, ahora soy yo a la que llevan cautiva.

El coche se detuvo. Oyó abrirse la puerta a su derecha. Sintió bajarse a Benito. Luis le quitó la capucha. Se habían detenido en mitad de una calle estrecha, desierta, en algún lugar del casco antiguo. Benito les esperaba en el portal del edificio más cercano, manteniendo abierta la puerta. Luis le agarró las manos esposadas y le apretó la capucha contra la boca para impedirle gritar.

-¡Sal! -le dijo al oído-. ¡Vamos, rápido!

Entre Luis y Vicente la hicieron cruzar la acera a la carrera. El portal se cerró tras de ella con un chirriar de bisagras y un chasquido siniestro del cerrojo.

Se metieron los cuatro en un ascensor antiguo, de esos de jaula, ella en medio, oculta por los cuerpos de los tres hombres. Pensó en gritar, pero Luis aún la amordazaba con la capucha. Le harían daño si lo intentaba.

La sacaron del ascensor. Benito abrió la puerta de un piso. Tenía un membrete, pero no pudo leerlo antes de verse empujada rudamente adentro.

Se encontró en un despacho lujosamente amueblado. Frente a la puerta, a la derecha, había un pesado escritorio de madera, atravesado en una esquina formada por dos estanterías llenas de libros. En las otras dos paredes colgaban fotos enmarcadas, algunas en blanco y negro, otras en color. Presidiendo en la parte más alta había un gran retrato de Franco, rodeado de fotos de políticos y militares que Cecilia reconoció sólo vagamente. Otras fotos mostraban hombres en uniforme, desfilando o marchando por el campo. Una puerta lateral, cerrada, debía conducir al resto del piso. En la esquina opuesta al escritorio había dos pequeños sillones flanqueando una mesa de café. Entre ellos, un estandarte inclinado dejaba caer medio desplegada la bandera de España, con su feo aguilucho negro.

Luis se cuadró frente a la bandera de un taconazo, extendiendo el brazo y la mano en el saludo fascista. Benito y Vicente lo imitaron de inmediato.

-¡Arriba España! -dijeron los tres al unísono, haciendo explotar la “p”.

Benito se quitó su pesada chaqueta de cuero y la arrojó sobre uno de los sillones.

-¡Va bene! ¿Cosa facciamo adesso? -dijo en italiano, frotándose las manos.

-Vosotros, nada; volveos al coche -dijo Luis-. Ya me encargo yo de darle a esta puta su merecido.

-¡Venga, Luis! -dijo Benito, mirándola con ojos chispeantes-. ¡Que nosotros también queremos divertirnos!

Se le acercó. La cogió de la barbilla para obligarla a mirarlo a la cara.

-¡Madonna, comme sei bella! ¡Una bella putana!

Cecilia se quedó rígida, paralizada. Resistió las ganas de protestar, de suplicar; intuía que mostrar miedo sólo serviría para excitar más a esos salvajes.

-¡Déjala! -dijo Luis, impávido-. Es mi hermana, yo sé cómo tratarla.

-Será tu hermana y todo lo que quieras, pero también es una puta. Si ya se la han tirado tantos tíos, ¿por qué íbamos a privarnos nosotros?

-Además, yo ya he pagado por eso -remachó Vicente.

-A partir de ahora va a dejar de ser puta, ya me encargaré yo de eso. Así ya no habrá más que discutir.

-Al menos déjanos ver cómo la castigas -insistió Benito.

-¡Ni hablar! -dijo Luis, desafiante-. Esto es un asunto de familia, y lo vamos a resolver ella y yo en privado.

-¡Porca miseria! -protestó Benito- ¡O sea, que hemos hecho todo este trabajo y al final no vamos a sacar tajada!

-Quedamos que esto era sólo asunto mío y que me ayudabais como amigos. Nadie dijo nada de sacar tajada.

Benito se acercó a Luis hasta colocar su cara a unos centímetros de la suya.

-¿Y qué te pensabas, que te íbamos a ayudar sólo por amor al arte? ¡Tú solo no vas a conseguir nada, Luis, precisamente porque es tu hermana y tú, en el fondo, eres un blandengue!

-No voy a ser nada blando con ella, no te preocupes -dijo Luis, sosteniéndole la mirada.

Vicente cogió a Benito por el codo y tiró de él hacia la puerta.

-Vámonos, Benito. Tiene razón: si fuera mi hermana yo también querría arreglar esto a solas con ella.

Benito no se movió, los pies plantados firmemente en el suelo, los ojos clavados en los de Luis.

-¡Tú no conoces a las mujeres, Luis! -masculló entre dientes-. Se echará a llorar, se quejará y suplicará y te dirá que va hacer lo que tú quieras. ¡Y luego hará lo que le da la gana, como todas! ¡Que las tías parecen muy blandas por fuera, pero en realidad son muy duras por dentro, joder!

-Muy bien -concedió Luis-, si no consigo hacerla entrar en razón os llamaré para que me echéis una mano.

Vicente volvió a tirar de Benito, esta vez con más firmeza. Benito lo siguió hasta la puerta con dos pasos furiosos. Se detuvo y volvió a mirarlos una vez más.

-Estaremos en La Vía Láctea, con Pascual. Ven a buscarnos cuando nos necesites.

Cerró la puerta tras ellos, dando un portazo.

jueves, 8 de enero de 2015

Cómo escribir una buena historia erótica - La trama

Toda historia consta de cuatro elementos fundamentales: trama, personajes, entorno y mensaje. A ellos se les podría añadir el estilo con que se escribe, que estaría condicionado por estos cuatro elementos. En este artículo voy a referirme sólo a la trama, con la esperanza de ir abordando los otros elementos en artículos sucesivos.

La trama es lo que pasa en la historia, la serie de eventos que llevan desde la situación inicial al apogeo y a su resolución al final. La clave de la toda trama es el conflicto, que mueve a la historia y crea suspense. Sin conflicto una historia carece de energía, se convierte en una cosa tras la otra sin dirección ni sentido. No hay emoción y el lector se aburre.

Uno de los errores más comunes en las historias eróticas es que falta conflicto. Esto es así porque el sexo es tan excitante que el escritor comete el error de pensar que el sexo de por sí puede sacar adelante la historia. Esto puede llegar a funcionar en una historia corta, pero cuando esto se intenta aplicar a una novela la convierte en una serie de escenas de sexo inconexas. Muchas novelas victorianas son así: sirven para masturbarse con cada escena erótica pero no valen nada como historia. Sin embargo, en la vida real el sexo y las relaciones amorosas están llenas de conflictos que si se introdujeran en una novela crearía una trama estupenda.

Sin embargo, crear conflicto no es nada fácil. Esto se debe en parte a que en la vida real nos hemos acostumbrado a desactivar todo conflicto para evitarnos problemas con la gente que nos rodea. En una historia, por el contrario, debemos aprovechar cualquier fuente de discordia para crearles problemas a los personajes. Como sucede tan a menudo en la vida real, debemos seguir el principio de que si algo puede salir mal, tiene que salir mal. Por supuesto, hacia la mitad de la historia deberemos buscar también formas de resolver los problemas que hemos creado para poder cerrar las tramas. O, si se trata de un drama, llevar a los problemas a su trágica conclusión final.

La mejor manera de crear conflicto es evocar nuestras emociones: ira, miedo, tristeza, deseo sexual… y ver qué imágenes nos evocan. También podemos empezar con un suceso de nuestra vida y darle más dramatismo. Sin embargo, hay que tener mucho cuidado con escribir sucesos autobiográficos de manera literal, pues si hay otras personas implicadas se pueden ofender e incluso ponernos un pleito… Sí, aunque cambiemos los nombres. Es mejor convertir en ficticios hechos y personas reales introduciendo suficientes cambios para borrar toda conexión clara con la realidad.

El conflicto puede ser de varios tipos:

1. Los buenos luchando contra los malos” es el tipo más obvio de conflicto. En erótica nos encontraríamos con la típica historia de celos o con gente que reprime el amor o deseo sexual de los protagonistas.

2. Gente buena con intereses contrapuestos” es un tipo más sutil y menos moralista de conflicto. Los personajes no son ni mejores ni peores que el común de los mortales, pero persiguen fines que son mutuamente incompatibles, lo que los hace enfrentarse. En una historia erótica nos encontramos con el amor o el deseo no correspondido, o con un triángulo amoroso donde nadie es particularmente malvado. Este tipo de trama puede servir para hacer reflexionar al lector, enfrentarlo a opciones éticas nada claras.

3. Lucha contra un suceso externo” consiste en conflictos en los que el protagonista lucha contra algo impersonal, como un cataclismo natural, una guerra o un sistema represivo. En una historia erótica podríamos hacer que nuestra heroína busque su despertar sexual en un ambiente de represión.

4. El “conflicto interno” da lugar a las tramas más sutiles. Consiste en que el protagonista vive una lucha interior entre dos impulsos contradictorios. Se presta mucho a las historias de sexo, ya que es muy común tener resistencias internas al deseo sexual. También puede suceder que el protagonista luche contra la tentación de hacer algo no ético, como una atracción incestuosa o el deseo de abusar de alguien.

Una novela puede tener varios de estos conflictos simultáneamente, lo que hará aumentar su complejidad y originalidad. Una idea aún mejor es enhebrar los conflictos unos con otros, de manera que un conflicto externo se refleje en una pugna interior de algún personaje. De hecho, en mi trilogía Voy a romperte en pedacitos utilizo estos cuatro tipos de conflictos:

1. Los buenos luchando contra los malos”. Los malos en este caso son el padre y el hermano de Cecilia, la protagonista, unos fachas que se oponen a su liberación sexual y se oponen a su relación con Julio.

2. Gente buena con intereses contrapuestos”. Los distintos amigos de Cecilia entran en conflicto con ella; sobre todo Laura, quien llega a quererle arrebatar a su querido Julio. Más adelante, será el propio Julio quien se oponga a Cecilia.

3. Lucha contra un suceso externo”. La novela tiene lugar en la España de la Transición, donde los restos reaccionarios del franquismo y la sociedad machista y represiva se convierten en un serio obstáculo en el camino de Cecilia. De hecho, la liberación sexual de Cecilia sirve como alegoría del cambio que tiene lugar en la sociedad española en este tiempo.

4. Conflicto interno”. Desde el principio Cecilia tiene que luchar contra sus creencias religiosas y perjuicios morales que la impiden liberarse.

Otra cosa importante a tener en cuenta a la hora de crear una trama es que sea original. Se dice que todas las historias ya han sido contadas, porque en realidad todas se basan en un número relativamente pequeño de conflictos fundamentales. Por ejemplo, muchas historias de amor tienen una de estas tramas:

1. El triángulo amoroso: dos personas luchan por el amor de otra.

2. El despertar sexual: El o la protagonista descubre el amor y el sexo.

3. Amor trágico: El amor tiene lugar en unas circunstancias que lo hacen imposible, pero los protagonistas se aman a pesar de todo. Romeo y Julieta.

4. La Cenicienta: Una persona de bajo nivel social es elevada por otra. “50 Sombras de Grey” y un sinfín de novelas románticas cuentan la eterna historia de la chica pobre de quien se enamora un millonario o de un noble.

5. Venganza: La o el protagonista ha perdido su amor y busca vengarse tanto de su rival como de su ex-amor.

6. El amor no correspondido que al final se consigue, como en La Celestina y otras historias de seducción.

7. La búsqueda del Santo Grial. Para conseguir el amor, el o la protagonista tendrá que embarcarse en una misión imposible en la que demostrará ser digno de ese amor.

¿Seríamos capaces de escribir una historia erótica sin caer en alguno de estos tópicos? Las nuevas relaciones alternativas nos dan la oportunidad para ello. Por ejemplo, el BDSM nos permite crear historias de entrega, de perversión o en las que una situación aparentemente degradante sea aceptada al final. En realidad, ya existen muchas historias con estas temáticas. Otra posibilidad es hablar de relaciones homosexuales o bisexuales, o incluso de poliamor entre varias personas.

En términos estilísticos, hay dos formas de ir desarrollando una trama:

1. La exposición consiste en relatar lo que pasa como una visión en conjunto, presentando acontecimientos que se desarrollan a lo largo de un cierto periodo de tiempo o incluso prescindiendo de la secuencia temporal. Se trata aquí de presentar las ideas y sentimientos generales de lo que le ocurre a los personajes. Tiene las ventajas de poder transmitir una cantidad considerable de información en un espacio relativamente pequeño, y de hacer avanzar tramas que se desarrollan en un periodo largo de tiempo. La principal desventaja es que el lector se aleja de los personajes y pierde el contacto emocional con ellos.

2. La escena consiste en presentar la acción en tiempo real, como ocurre en las películas. Se escribe en forma de diálogo, o bien se presentan las acciones en una secuencia estrictamente temporal, tal y como suceden. Tiene la ventaja de tener más dinamismo y conseguir que el lector viva directamente las experiencias del protagonista.

Lo más corriente en una novela es alternar pasajes de exposición y escenas. El estilo literario anglosajón usa mucho las escenas y las separa claramente de la exposición. Por el contrario, el estilo hispánico tiende a usar más la exposición y difuminar su separación de las escenas.

¿Qué es lo mejor para la erótica? Yo creo que para que el sexo sea excitante debe de contarse en forma de escena: la escena de sexo. El lector es un voyeur, quiere ver lo que hacen los personajes en cada momento, oír lo que se dicen. Pero también es importante saber presentar las emociones que sienten los personajes, no sólo lo que hacen. Describir un acto sexual a secas sería más bien pornografía, mientras que la erótica nos metería más en la vida mental de los personajes. Pero a todo se le puede dar muchos matices. El sexo se puede presentar en toda una gama de emociones, desde el sexo mecánico, descarnado e incluso cruel al hacer el amor color de rosa. En cualquier caso, yo recomiendo no escribir escenas de sexo demasiado complicadas y recargadas, lo que suele ser el impulso del que se masturba: quiere que pase de todo. Mi regla es que una escena de sexo tenga como máximo tres elementos. Por ejemplo, bondage, azotaina y follada. Con eso hay más que de sobra, otras cosas se pueden guardar para una nueva escena.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Dios no es bueno

Vista de la estación de esquí de Valdesquí desde La Bola del Mundo, con Peñalara al fondo
Éste es un fragmento del capítulo 2 (Cumplir la penitencia) de mi novela Juegos de amor y dolor. Contiene una sesuda conversación entre la protagonista, Cecilia, y Julio, un chico que está enamorado de ella. Cecilia ha sido adoctrinada durante toda su juventud por el Opus Dei pero últimamente está pasando por una crisis de fe. Julio es agnóstico y aquí le presenta argumentos muy sólidos contra la existencia del Dios del cristianismo. He añadido a este fragmento tres notas que no aparecen en la novela. La siguiente edición de esta novela incluirá notas como estas hiper-enlazadas desde el texto. No sé cuándo publicaré esta tercera edición, ya que la voy preparando al mismo tiempo que traduzco la novela al inglés.

***

Una vez en las pistas de Valdesquí, Cecilia bajó esquiando hasta la taquilla a comprar el abono. Luego tuvo que soportar varias colas interminables hasta que consiguió volver a lo alto de la montaña. Se puso a esquiar en la pista de Valdemartín, la más difícil, pero incluso allí había demasiada gente. Empezó a volverle el mal humor y la frustración de los días anteriores. Para colmo, mientras esperaba en la cola del telearrastre un imbécil derrapó encima de ella y la tiró al suelo. Iba a empezar a gritarle, pero se quedó con la boca abierta, confundida. Era Julio. Se echó a reír.

-¡Pero bueno! ¿Tú qué haces aquí?

-Es que me gusta esquiar, ¿no te lo había contado?

-¡Tonto, como no lo voy a saber! Pero… ¡qué casualidad que hayamos subido el mismo día! Y luego encontrarnos en medio de tanta gente, ¿no?

-De casualidad nada. Te vi desde el telearrastre y llevo dos bajadas intentando alcanzarte. ¡Si es que esquías como una loca, chica!

-Pues mira lo que has conseguido: ahora tendré que confesarme de haberte visto otra vez.

-Pues lo siento… A lo mejor, si me voy enseguida, no cuenta.

-Sí que cuenta, así que quédate, total… Además, me has puesto de buen humor. Llevaba un montón de días echando humo por las orejas.

-¿Y eso?

-No sé… Tengo parciales, y esta vez me está costando mucho trabajo estudiar. Me distraigo continuamente. Intento esforzarme y sólo consigo ponerme de mal humor. No sé lo que me pasa…

Sabía que no era una buena idea hablarle de eso, precisamente a él. Pero es que si no se lo contaba a alguien iba a explotar. Julio se le acercó, le puso la mano en el hombro y le dijo al oído:

-Yo sí que lo sé.

-¿Ah, sí? ¿Qué?

-Te pasa lo que a mí, que me he enamorado… de ti, Cecilia. Ya te lo dije.

Se le quedó mirando, boquiabierta, sin saber si lo decía en serio o en broma.

-¿Te crees que estoy todo el rato pensando en ti? ¡Eres un engreído!

-¿Acaso no es eso? Dime la verdad. Tú nunca mientes.

-Bueno, sí que pienso un poco en ti -le confesó-, pero también en otras cosas.

-No se le pueden poner barreras a los sentimientos, Cecilia. Por eso no puedes concentrarte. A mí me pasa lo mismo: estoy todo el rato pensando en ti.

-¿Tú tampoco puedes estudiar?

-Bueno, me las apaño… A veces me pongo a soñar despierto contigo, pero al cabo de un rato se me pasa y me puedo volver a poner a estudiar. Claro que sería mejor poder verte de vez en cuando… Yo creo que a ti también te vendría bien, seguro que así estudiabas mejor.

Les llegó el turno de coger el remonte. El telearrastre era para dos: una especie de ancla de madera en la que cada esquiador se colocaba a un lado del poste central.

-No Julio, ya te he dicho que lo nuestro no pude ser -le dijo cuando se pusieron en marcha.

-¿Y por qué no?

-Porque me lo prohibió mi confesor. Dice que eres una mala influencia.

-Pues en eso tengo que darle toda la razón.

-¡Tonto! Te estoy hablando en serio.

-Y yo también. Desde su punto de vista, no puedo ser peor para ti: alimento tus dudas de fe y te seduzco con mis apabullantes encantos.

-Y encima me haces reír.

-Bueno, eso no es pecado.

-Contigo seguro que sí. Bueno, ahora en serio… Don Víctor me dijo que alguien no puede ser buena persona si no es creyente. Yo se lo discutí: hay personas que no son creyentes y que sin embargo hacen el bien. Por otro lado, hay cristianos que han hecho cosas horribles. La cosa se puso fea cuando sugerí que la propia Iglesia ha sido cómplice de muchas atrocidades.

-¡Qué quieres que te diga! Tienes toda la razón, por supuesto. Pero tienes que entender el problema en profundidad. Hay dos escalas de valores, la religiosa y la humanista. Por un lado, los cristianos definen el bien como la voluntad de Dios, que por lo visto consiste en que creamos en Él; por lo tanto, alguien que no cree no puede ser bueno. Por otro lado, los humanistas definen el bien como algo que beneficia a los seres humanos, con lo que todo el mundo puede hacer el bien y no hace falta la fe.

-Sí, es lo mismo que me explicaste en el hotel de Perpiñán.

-¡Huy! No quería sacar a colación esa noche… Ya sé que no te gusta que te la recuerde.

Cecilia suspiró.

-¡Bueno, ya no tiene remedio! Y la verdad es que tuvimos una conversación muy interesante hasta que… Pero sigue con lo que me estabas contando.

-Pues eso… Para los católicos, las acciones apenas tienen importancia si no hay fe. Algunos protestantes incluso lo llevan al extremo, dicen que la fe es lo único que importa, las acciones no cuentan para nada. De una forma u otra eso lleva a problemas prácticos muy peliagudos. Si los no creyentes somos malvados, entonces está justificado hacernos la guerra, o recurrir a todo tipo de coacciones y amenazas para hacernos creer.

Llegaron al final de la subida. Cecilia se desenganchó del telearrastre y dio dos pasos de patinador a la izquierda.

-¡Sígueme! -le gritó a Julio.

Valdesquí - La flecha indica la roca bajo la cual tiene lugar la conversación de Cecilia y Julio
Fue costeando hacia dos grandes escarpaduras de roca que hay casi en la cima del cerro de Valdemartín. En un lugar tranquilo bajo ellas se echó en la nieve, clavando la cola de los esquíes para hacer una V, las piernas en alto. Julio la imitó. Los dos se quedaron mirando al cielo, que conforme avanzaba el día se había vuelto cada vez más azul.

-Este es mi sitio favorito -le dijo a Julio-. Siempre vengo aquí a relajarme y a disfrutar de la paz de la montaña.

-Bueno, relativamente; aún se oye el ruido del telearrastre. Yo sí que he estado en sitios de montaña donde no se ve un alma y solo se oye el ruido del viento.

-Pero para estar en una estación de esquí, no está nada mal, ¿no? … En cuanto a lo que me decías antes, creo que estás equivocado. No hay contradicción entre las dos definiciones del bien que tú me has dado, porque la voluntad de Dios es precisamente que hagamos el bien a los demás. En eso consiste el humanismo cristiano.

-El humanismo cristiano no es más que una quimera, un invento reciente para responder a las críticas de los humanistas de verdad. El humanismo es una filosofía en la que el hombre es lo más importante; si lo más importante es Dios, yo no es tal humanismo. En cualquier caso, esa solución que tú me has dado lleva a un problema aún más peliagudo. Un problema que los teólogos cristianos nunca han logrado resolver: el de la teodicea.

-¿Teodicea? ¿Qué es eso?

-Teodicea quiere decir defensa de Dios. Es un término que inventó Leibniz (1)…

-¿El matemático que inventó el cálculo diferencial?

-Sí, aunque también fue un gran filósofo. Mucha gente se refiere a este problema como el problema del mal, pero yo creo que es más adecuado llamarlo el problema de la teodicea, porque lo que está en cuestión, en definitiva, no es si existe el mal sino si existe el Dios bueno en el que creéis los cristianos.

-¡Pero eso es absurdo! ¿Cómo no va ser Dios bueno?

-Bueno, vamos a verlo… Partimos de la base de que Dios es omnisciente, omnipotente y el creador del mundo. ¿De acuerdo?

-Eso es evidente, ¿no?

-Muy bien. El caso es que existe el mal en el mundo: enormes cantidades de enfermedades, muerte y sufrimiento. Si Dios ha creado el mundo, también ha creado el mal. No se le puede disculpar a Dios diciendo que Él no se da cuenta del sufrimiento que causa, porque si no lo supiera, no sería omnisciente. Y tampoco se pude decir que Dios no puede hacer nada para remediar el mal del mundo, porque si eso fuera verdad, no sería omnipotente. Por lo tanto, la única conclusión posible es que Dios creó el mal siendo consciente de lo que hacía, por lo tanto, Dios no es bueno.

-¡No puede ser! Tiene que haber algún fallo en ese razonamiento. Dios tiene que ser bueno porque Él mismo es el que decide lo que está bien y lo que está mal.

-¿Ves? Volvemos a lo que te decía antes: esa es la definición religiosa del bien. La definición humanista del bien es lo que es bueno para los seres humanos. Por lo tanto, si quieres, la existencia del mal en el mundo pone de manifiesto que la definición religiosa y la definición humanista del bien son mutuamente incompatibles, al contrario de la lo que tú me decías antes.

-Todo eso es un planteamiento muy simplista. Se basa en nuestro desconocimiento de la naturaleza del mal. Si lo comprendiéramos, entenderíamos por qué Dios lo permite.

-No, Cecilia, no me líes. El mal no es tan difícil de entender, lo experimentamos todos los días, es innegable que existe. Sí, los teólogos intentan justificar la existencia del mal como algo bueno. Pero eso es rizar el rizo; el mal no puede ser bien. Es un argumento bastante simple, por supuesto; precisamente en eso radica su fortaleza.

-Bueno, pero de todas formas ese argumento no excluye la existencia de Dios -dijo, sintiéndose cada vez más acorralada-. De hecho, cada vez existen más argumentos a favor de la existencia de Dios. La ciencia ha ido progresando hacia la idea de que el Universo ha sido creado. Antes se pensaba que el universo podía ser eterno, pero ahora sabemos que fue creado en un instante, el Big Bang (2). Y encima, ahora se ha visto que las constantes fundamentales de la física (3), como la constante cosmológica o la relación entre la fuerza electromagnética y la fuerza gravitatoria, tienen que tener unos valores muy precisos. Si no, no podría haber vida en el universo. Tendríamos un universo sin estrellas, con la materia uniformemente esparcida por todo el espacio, o donde sólo hubiera agujeros negros.

-¿Sí? No lo sabía. ¿Pero a dónde vas a parar con todo eso?

-¡Pues está clarísimo! El universo ha tenido que ser diseñado por un Creador que estableciera que esas constantes tienen precisamente esos valores.

-Me estás vendiendo la moto, Cecilia. Seguro que eso no es lo que dicen los científicos.

-No, por supuesto. Esto me lo explicó Alfonso, mi profesor, que es ateo como tú. Él se inventa otras explicaciones, como que existe una serie infinita de universos, cada cual con un valor distinto de las constantes fundamentales, así que nosotros vivimos en el universo que permite nuestra existencia. Pero el creer que existan infinitos universos no se basa en ninguna evidencia científica. La existencia de Dios resulta mucho más plausible.

-Vale, pues muy bien, estoy de acuerdo en eso: es posible que exista un Dios que creó el Universo. Por eso digo que soy agnóstico, no ateo. Sin embargo, estamos en las mismas: no es posible que ese Dios creador sea a la vez bueno, omnisciente y todopoderoso, dado que existe el mal en el mundo. Otras religiones ofrecen mejores soluciones para el problema del mal. Por ejemplo, en el Hinduismo el Ser Supremo, Brahama, tiene facetas buenas y facetas malas: Vishnu, el que cuida de la Creación y Siva, el que la destruye. Incluso está la diosa-demonio Kali…

-Pero tú no crees en eso, ¿no? -Lo interrumpió angustiada-. Tú no crees que Dios sea malo.

-No, yo no creo en Dios. Es mejor no creer en Dios que creer en un Dios malvado, ¿no te parece?

-¡No, Dios no es malvado! Lo que pasa es que tuvo que crear el mal para que los hombres tengamos libertad, para que podamos escoger entre el bien y el mal.

-Sí, esa es una de las respuestas clásicas, pero no tiene sentido. Hay muchos males que no elegimos sino que nos vienen impuestos, las enfermedades, por ejemplo. De hecho, ese tipo de males disminuyen nuestra libertad en vez de aumentarla. Si Dios fuera realmente omnipotente le habría sido posible crear un mundo sin mal, pero en el que fuéramos libres.

-Pero, de hecho, Dios creó el mundo sin mal alguno. Antes no existían las enfermedades y la muerte, todo eso empezó con el pecado original.

-Pues estamos en las mismas, Cecilia. ¿Por qué tuvo Dios que crear la posibilidad de que hubiera un pecado original? Eso es ser un poco perverso, ¿no? Es como el padre que deja un paquete de caramelos encima de la mesa y les prohíbe a sus hijos que los coman. ¿Para qué crear la tentación, en primer lugar?

Demasiado tarde, Cecilia se dio cuenta de su error. Le había ido a Julio con un problema, y él le había devuelto uno aún mayor. Una vez comenzada esa conversación, su curiosidad le había impedido terminarla, y ahora se veía sin argumentos para rebatir los de Julio. Lo peor de todo es que iba a ser difícil consultar el problema con don Víctor sin confesarle que había vuelto a ver a Julio. Tenía que haber salido corriendo nada más verlo.

-Bueno, será mejor que me vaya -dijo apenada.

Sacó la cola de sus esquís de la nieve y los dejó caer a un lado. Se puso trabajosamente en pie. Julio hizo lo mismo.

-Lo siento, no debería haberte contado todo esto, -dijo él-. Me he dejado llevar por mi entusiasmo por mis ideas, como siempre. Ya me conoces: cuando me embalo a pensar no hay quien me pare. Soy como tú esquiando.

-No, si soy yo la que me lo he buscado, no debería hablarte de estas cosas. Eres muy listo, Julio. Demasiado. ¿Ves? Por eso precisamente no puedo verte.

-Quédate y nos dedicamos a esquiar solamente, ¿vale? No más filosofía.

-¡Sí, ahora que el daño ya está hecho! -Le dedicó una sonrisa triste-. El caso es que me tengo que ir dentro de nada. Tengo que atravesar esquiando hasta Navacerrada para coger el autobús y con lo pesada que está la nieve se tarda cantidad.

-¿Has venido en autobús? Esa travesía a Navacerrada se las trae. Es mejor que te vuelvas en coche con nosotros.

-¿Y quiénes sois “nosotros”?

-Laura, su amiga Cristina y yo.

-¿La famosa Laura?

-La famosísima Laura.

-¿Y cómo es que no estás esquiando con ellas?

-Estuve con ellas toda la mañana, pero no esquían demasiado bien, sobre todo Cristina. Al final se cansaron y se metieron en el bar, y yo aproveché para venirme a esquiar aquí a Valdemartín.

-Así que sigues saliendo con ella.

No podía evitarlo, cada vez que se imaginaba a Julio con Laura le entraban celos.

-No me estoy acostando con ella, si es eso lo que quieres saber. Pero la veo todos los días en clase y hemos estado subiendo a esquiar los fines de semana. Te hubiera invitado, pero como no quieres verme…

-No creo que a Laura le guste que vaya con vosotros.

-¡Qué, va, al contrario! ¡Si está deseando conocerte!

-¿Le has hablado de mí?

-Le he dicho que nos hicimos muy amigos en Los Alpes. ¿Qué, te vienes con nosotros?

-Bueno, si a Laura no le importa…

-Oye, ni una palabra de lo que te conté Perpiñán sobre ella, ¿eh? -Le advirtió Julio.

-¿Qué te crees, que soy idiota?

-Luego me arrepentí de habértelo contado. Seguramente te molestó que te describiera esa escena tan íntima.

-¡Qué va, al contrario! Me pareció un regalo muy especial que me hacías… Pero entiendo que a Laura le importe que me lo contaras.

-Ya… Lo que te molesta fue lo que pasó luego, ¿no? Lo siento, Cecilia, de verdad. No fui capaz de cumplir mi palabra.

-No fue culpa tuya, Julio. Fui yo la que te lo pedí, lo recuerdo perfectamente. Así que déjalo, ¿vale? No estoy enfadada contigo; si no te quiero ver es por otros motivos… Creo que ya los sabes.

-Sí… Qué pena, ¿verdad?

Cecilia se colocó las gafas de esquiar sobre la cara.

-¡Venga, a esquiar! ¡El último en llegar a la cola es un mono saltarín!

Fue una tarde preciosa de esquí. El sol sesgado del atardecer brillaba con una luz dorada que marcaba cada pequeña irregularidad, cada grumo de nieve en las laderas, envolviendo a todo en una magia irreal que transportaba a Cecilia de vuelta a su adolescencia, cuando aprendió a esquiar en esas mismas pistas en los cursillos que organizaba el club del Opus Dei. Ya no hablaron de más temas serios en los remontes, solo bromearon y se contaron historias de la universidad, de sus padres, de sus hermanos. Esquiaron como le gustaba a Cecilia, a toda velocidad, levantando cortinas de nieve en cada viraje, gritándose y riendo, hasta que el cartel de cerrado en el telearrastre les obligó a bajar al aparcamiento, las piernas doloridas por el ejercicio agotador.


Notas

1. Leibniz - Gottfired Wihelm von Leibniz (1646-1716) es un famoso matemático y filósofo alemán. Descubrió el cálculo diferencial independientemente y al mismo tiempo que Isaac Newton y es su notación matemática la que usa en la actualidad para ello. Julio se refiere aquí a que Leibniz usó la palabra “teodicea” (la defensa de Dios) como título de uno de sus libros sobre filosofía. En él Leibniz defiende la postura opuesta a la que expone Julio: que la existencia del mal en el mundo no contradice la existencia de un Dios a la vez omnipotente y bondadoso porque en realidad vivimos en el mejor de todos los mundos posibles. Es decir, el mal que existe en el mundo es inevitable. Leibniz también justifica la existencia del mal como necesaria para que los humanos tengamos libre albedrío, la misma justificación que esgrime Cecilia.

2. Big Bang - La teoría del Big Bang (“Gran Explosión”) es la teoría actualmente aceptada sobre el origen del Universo. Sostiene que el Universo empezó hace 13,800 millones de años cuando toda la materia, la energía y el espacio estaba contenida en un solo punto (singularidad), que pasó a formar una explosión de materia primordial a presiones y temperaturas extremas. A partir de ahí el Universo siguió expandiéndose y enfriándose, creándose estrellas y galaxias, hasta llegar al estado actual. El Universo seguirá enfriándose hasta llegar, en un futuro muy lejano, a un estado de “muerte térmica”. A partir de su formulación en los años 20, esta teoría ha sido confirmada por multitud de observaciones astronómicas de distintos tipos, que incluyen el alejamiento mutuo de las galaxias, la estructura a larga escala del Universo y el trasfondo cósmico de radiación de microondas (“microwave cosmic background”, que representa la radiación producida por el Big Bang). Uno de los formuladores de la teoría del Big Bang fue el sacerdote católico Georges Lemaitre. Cecilia se refiere al hecho de que antes de la teoría del Big Bang muchos científicos pensaban que el Universo es eterno, lo que contradecía la historia bíblica de la creación. Al descubrirse que el Universo en realidad tiene un principio, esto abre la puerta a poder considerar que el Universo fue creado por Dios. Sin embargo, mucho científicos argumentan que la idea de que el Universo es creado es innecesaria, ya que a nivel de partículas subatómicas se dan acontecimientos sin causa (fluctuaciones cuánticas). Una de esas fluctuaciones pudo dar origen al Universo.

3. Las constantes fundamentales de la física - En sentido estricto, estas constantes son valores numéricos presentes en las ecuaciones fundamentales de la física que son adimensionales, es decir, que tienen el mismo valor en cualquier sistema de unidades. Ejemplos son la constante de estructura fina (que determina la fuerza de la interacción electromagnética entre fermiones y fotones), la constate de acoplamiento gravitacional y la relación de masas entre el protón y el electrón. Este término también se ha usado para referirse a constantes físicas universales pero que tienen dimensiones, como la velocidad de la luz, la permitividad eléctrica del vacío y la constante de Planck. Cecilia se refiere aquí a lo que más tarde se llamaría el “Principio Antrópico” y al problema del “Ajuste Fino” (“Fine Tuning”) del Universo. Este problema surgió cuando los científicos se dieron cuenta de que si las constantes fundamentales tuvieran valores ligeramente distintos a los que tienen no existiría vida en el Universo, ya que no se podrían formar ni estrellas ni planetas. Existen dos formulaciones del Principio Antrópico para dar respuesta al problema del Ajuste Fino. El Principio Antrópico Fuerte defendido por John Barrow y Frank Tipler sostiene que esto es así porque el Universo está destinado a dar lugar a vida consciente y pensante. El Principio Antrópico Débil, sostenido entre otros por Brandon Carter, dice que el Ajuste Fino del Universo se debe a un simple sesgo de muestra: sólo en un Universo capaz de generar vida consciente habría seres preguntándose por qué viven en un Universo con esas características tan especiales. El Principio Antrópico Débil gana más fuerza en el contexto de la idea, cada vez más aceptada, de que nuestro Universo nos es más que uno entre una infinidad de universos posibles, cada uno con valores distintos de las constantes fundamentales. Cecilia argumenta que el Principio Antrópico Fuerte apoya la existencia de Dios. El problema de “Ajuste Fino” y los Principios Antrópicos no salieron a la luz pública hasta los años 80. Sin embargo, el citarlos aquí no es un anacronismo porque en realidad Brandon Carter mencionó el Principio Antrópico en una conferencia en Cracovia (Polonia) en 1973. Como estudiante de física, Cecilia pudo haberse enterado de esta cuestión y haber comprendido como podía usarse para respaldar la fe cristiana.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Sexo de alta tecnología

Curby, el cockapoo
Honey, I’m home!

Michel lanzó el saludo habitual con la apropiada voz cantarina nada más entrar en su mansión de Beverly Hills. Era un juego que le encantaba a Ashley, basado en un antiguo programa de televisión que veía cuando era pequeña. Él anunciaba su llegada a casa y ella corría a darle un beso de bienvenida en la puerta y a llevarle la cartera.

Pero hoy no, por lo visto. El único que apareció fue Curby, que se puso a dar saltos impresionantes a su lado y a ponerle las patas encima.

¿Dónde se habría metido Ashley? Michel subió las escaleras hacia su dormitorio, seguido de cerca por Curby, que no paraba de dar saltos a su alrededor a pesar de los esfuerzos que hacía Michel por ignorarlo. Al abrir la puerta lo recibió una oleada de calor. El hogar de gas estaba encendido, así como un montón de velas distribuidas por toda la habitación: encima de las cómodas, de las mesillas de noche, del armario y, peligrosamente, de la televisión plana de 48 pulgadas. Michel tiró su chaqueta encima de la cama y buscó el mando a distancia para apagar el fuego. Apagó las velas que había encima del televisor y las puso sobre la cómoda.

-¿Qué haces?

Ashley había salido del cuarto de baño vistiendo una combinación rosa muy sexy y sus zapatillas favoritas, que imitaban a conejos de peluche, largas orejas y ojos de vidrio incluidos. Era una chica menuda con curvas peligrosas, pelo rubio muy corto y chispeantes ojos azules.

-¡Eh, no me apagues las velas! -Dijo con voz de reproche.

-Sólo estas, chérie… Van a meter cera en el televisor, ¿no lo ves?

-Y el fuego… ¿por qué has apagado el hogar?

-Es que hace mucho calor…

-¡Pero si estamos en noviembre! La semana que viene es Thanksgiving, y las navidades están a la vuelta de la esquina. ¿Qué tiene de malo poner la chimenea en otoño?

-Sí, otoño y todo lo que quieras, pero hoy tenemos vientos de Santa Ana. ¿No has notado el calor que hace fuera?

-Yo sólo quería crear buen ambiente para ti. ¡Y tú llegas y empiezas a estropearlo todo! -Dijo con un mohín de disgusto.

Michel le enlazó la cintura con los brazos y la atrajo hacia sí

-¡Oh, chérie, si yo te lo agradezco un montón? ¿Esto quiere decir que ya me has perdonado y vamos a volver a hacer el amor?

-Sí, pero…

Michel no la dejó terminar. La empujó hacia la cama hasta que Ashley tropezó y cayó de espaldas sobre ella. Le levantó el camisón rosa sobre sus muslos perfectos hasta descubrir unas preciosas braguitas de encaje violeta.

-Para, Michel… ¡Para! … Antes tenemos que hablar.

Michel se detuvo y la miró a los ojos.

-¿Sí, chérie?

Ashley se incorporó y palmeó el colchón para indicarle que se sentara junto a ella. Michel así lo hizo. Curby, que había estado dando vueltas nerviosas por la habitación, aprovechó la ocasión para montar la pierna de Ashley, bombeando con sus caderas de forma obscena. Michel intentó quitárselo de encima, pero Curby le lanzó una dentellada y siguió con su faena.

-¡Oh, este maldito perro!

-No digas eso, Michel. Lo que le pasa es que es muy cariñoso.

-Pero, chérie, no puedes dejar que te haga eso. Es indecente, ¿no te das cuenta? ¿No habíamos quedado en que lo ibas a llevar a esterilizar?

-Sí, pero esta mañana Tiffany me ha dado una idea mejor, así que lo he llevado a que lo vea Amanda.

Sin detener su bombeo, Curby insinuó el hocico bajo la combinación de Ashley. Eso fue demasiado incluso para ella, quien se lo quitó trabajosamente de encima, lo llevó hasta la puerta del dormitorio y lo echó fuera.

-¿Y quién es Amanda?

-Es una psicóloga psíquica capaz de comunicarse con la mente de las mascotas. Muchas estrellas de cine acuden a ella.

Oh, la-la, la-la, la-la! ¿Y se ha comunicado Amanda mentalmente con Curby?

-Sí… Bueno, no exactamente… Le hizo su horóscopo y le echó las cartas. Vio que, efectivamente, Curby tiene una fuerte compulsión sexual. Las cartas dijeron que es un problema grave que lo puede llevar a una muerte prematura si no se trata adecuadamente . Así que nada de esterilizarlo, eso lo mataría.

-¿Pero entonces qué vamos a hacer? No pensarás dejar…

-¡Por supuesto que no, Michel! Le tendremos que buscar perritas que lo tengan satisfecho.

-¿Cruzarlo? Pero, ¿quién va querer cachorros de Curby? Ni siquiera es de pura raza.

-¡Cómo que no! Curby es un cockapoo, un perro de diseño, cien por cien caniche y cien por cien Cocker Spaniel. A mi madre le costó una fortuna. Mucha gente se daría con un canto en los dientes por tener sus cachorros.

-Pero un perro no puede ser cien por cien un cosa y cien por cien otra…

Ashley le dirigía una mirada escéptica con conocía harto bien. Imposible discutir de matemáticas con ella. Además, había cosas más importantes de qué hablar.

-Bueno, dejemos a Curby por ahora. ¿Qué hay de nosotros?

-Sí, claro, nosotros… De eso también he estado hablando con Amanda.

-¿Con Amanda? ¿Pero no era especialista en animales?

-Y también en personas. Es una psicóloga muy buena… Y como además es vidente enseguida entiende todo lo que pasa. Estuve hablando con ella casi dos horas.

-¿No le habrás contado…?

-¿Lo de Brittany? ¡Por supuesto que se lo he contado! Esa es la clave del problema, ¿no?

-Pero, chérie, si ya te he pedido perdón mil veces por eso. Además, hace meses que no veo a Brittany…

-¡Claro que no la ves! Porque ella te dejó… ¿Te crees que no lo sé? Tiffany es amiga de una amiga suya, y me lo ha contado todo. Te dejó porque no le hacías bien el cunnilingus. Por lo visto, te ligó porque pensaba que al ser francés lo sabrías hacer muy bien. ¡La muy zorra!

-Bueno, ¿y qué te dijo Amanda? ¿Te aconsejó que hicieras el amor conmigo? Porque supongo que no habrás hecho todo esto por nada… -Dijo señalando a las velas que ardían por toda la habitación.

-Claro… ¡Si es que no me dejas que te lo explique! Me dijo que hice bien en fiarme de mi intuición y no dejar que me penetraras, porque el problema de fondo es que tenemos una relación sexual demasiado coitocéntrica. La penetración es para ti una forma de expresar tu agresividad y tu voluntad de dominarme. Pero ese deseo de dominar que tenéis los hombres es imposible de satisfacer, cada vez queréis más, así que necesitáis a otras mujeres para…

-¡Pero eso no es verdad, chérie! El hacer el amor no es expresar mi dominación, ni mi agresividad, sino el amor que siento por ti… Lo de Brittany fue un simple error, el dejarme llevar por la tentación. Le pasa a mucha gente, pero no volverá a ocurrir, te lo juro. ¡Yo sólo te quiero a ti! ¡Tú eres la mujer de mi vida!

-Bueno, pues si es verdad que me quieres tendrás que ser capaz de entender mis sentimientos… Y ayudarme a curarme de esta herida que tú mismo me has hecho.

-¿Y qué tengo que hacer?

Ashley de dirigió una de sus sonrisas más encantadoras mientras sus ojos brillaban con entusiasmo.

-¡Amanda ha tenido una idea maravillosa! Verás, te lo voy a enseñar…

Ashley sacó del armario dos cajas de cartón blanco. Se sentó con una de ellas en las rodillas. En la caja había una foto de un vibrador de aspecto sofisticado.

-¿Un vibrador?

-Sí. A partir de ahora vamos a practicar sexo de alta tecnología, limpio y sano. Nada de penetraciones… que, tendrás que reconocer, son un poco asquerosas, con tanto mocos y tantas secreciones.

Mais tu es devenue complètement folle!

-No me hables en francés, Michel, que no lo entiendo. Habla en inglés, que para eso estamos en América.

-Pero, chérie, si tú siempre me has dicho que mi acento es lo que más te gusta de mí, y que es muy romántico cuando te hablo en francés.

-Pero no ahora, Michel. Ahora estamos hablando de algo muy serio y necesito entender lo que dices.

-Bueno, pues he dicho que te has vuelto completamente loca. ¿Cómo vamos a hacer el amor con un vibrador? Eso es completamente artificial, falso e inhumano. No se puede comparar con la intimidad del contacto cuerpo a cuerpo, el sentir los músculos tensarse y relajarse, el estar uno dentro del otro… Además, esos mocos y esas secreciones de las que hablas no son asquerosas, sino algo natural…

-¿Ah, sí? Pues cualquiera lo diría viendo cómo reaccionas cuando me haces el cunnilingus ese…

-Eso fue una vez, chérie, te lo he explicado mil veces. Fue que me había sentado mal la comida.

-Ya… ¿Eso es lo mismo que le dices a Brittany?

Michel suspiró.

-¿Es que no podemos tener una conversación decente sin que saques a relucir a Brittany?

-Eso es lo que estoy intentando hacer, pero tú no me escuchas. Dices que estoy loca sin siquiera dejar que te explique lo que hace este aparato.

-Vale, muy bien, ¿qué hace?

-No es un vibrador, Michel, es mucho más sofisticado que eso. Se llama iCum y es capaz de producir unos orgasmos fuertísimos.

-¿Sí? ¿Y cómo?

-¡Ay, Michel, no me pidas que te explique cómo funciona, que ya sabes que soy una negada para la tecnología! Amanda me lo explicó con pelos y señales, pero ahora no me acuerdo. Mira, aquí lo explica todo…

Asley abrió la caja y sacó un grueso libro de instrucciones. Michel lo ojeó. Era tan grueso porque contenía información en más de una docena de idiomas. Las instrucciones en inglés no eran más de cuatro páginas.

“¡Tiene usted en sus manos la maravilla tecnológica que traerá una nueva Revolución Sexual! El iCum-F es la llave para expandir su capacidad sexual hasta límites insospechados. No se deje engañar por las apariencias, el iCum-F no es un simple vibrador, sino un instrumento que combina sofisticados sensores para medir el nivel de excitación del clítoris con una gama de estimuladores capaces de reclutar todas y cada una de las fibras nerviosas del aparato genital femenino. Por supuesto, el iCum-F es capaz de producir cualquier tipo de vibración conocido hasta la fecha, pero nuestro equipo de investigadores descubrió que la vibración mecánica no es la manera más eficaz de estimular el clítoris. La clave del placer está en la estimulación eléctrica, que el iCum-F es capaz de modular en intensidad y frecuencia para llevarla a usted al éxtasis. Al mismo tiempo que estimula sus fibras nerviosas, el iCum-F mide la impedancia de la mucosa del clítoris para estimar su grado de excitación. Para eso se ayuda también de un pulsioxímetro láser que mide a la vez la irrigación sanguínea, la presión arterial y la frecuencia cardíaca. Todo esto es integrado en el cerebro del iCum-F, un diminuto ordenador que…”

 -No pensarás pasarte toda la tarde leyendo eso.

-¡No, no claro! -Dijo Michel cerrando el libreto-. Desde luego, es verdad que es mucho más avanzado que un simple vibrador.

-¡Ves! Si es que no te fías de mí. A veces pienso que crees que soy tonta.

-¡No digas eso, chérie! ¡Cómo voy a pensar eso de ti! ¿Y qué hay en la otra caja?

Ashley le dedicó una sonrisa traviesa, como si hubiera estado esperando esa pregunta.

-Lo otra caja es para ti. ¿No habrás pensado que yo sólo me preocupo de mi placer, no?

Ashley abrió la caja y sacó cilindro mucho más grueso que el iCum-F.

-Éste es el iCum-M, para hombres. ¿Ves? Por este agujero metes el pene. Al fondo hay un dispositivo que estimula el glande de la misma forma que el iCum-F estimula el clítoris. Pero tiene un montón de cosas más… Amanda me lo explicó todo, pero ahora mismo no sería capaz de acordarme de todos los detalles.

-Bueno, vamos a ver…

Michel encontró el folleto y se dispuso a leerlo.

-¡Ay, no te pongas a leer eso ahora! -dijo Ashley arrebatándole el folleto-. ¿Para qué te crees que he preparado la habitación así? ¿Cómo salón de lectura?

-Pero tendremos que ver cómo funciona esto -protestó Michel, dándole vueltas a su iCum-M-. ¿No se puede abrir? Porque si me corro dentro, habrá que limpiarlo, digo yo.

-Eso sí que te lo puedo explicar. ¿Ves? Para eso están estas cosas.

Ashley sacó una bolsa de plástico de la caja del iCum-M. La abrió y extrajo un redondel de goma de dentro.

-Son insertos desechables de caucho natural para poner dentro de tu iCum-M. Cuando lo usas, lo tiras y la próxima vez pones uno nuevo.

-Ya veo… Vaginas de usar y tirar -dijo riéndose de su propio chiste.

-¡Tonto! Como ves, es un sistema de lo más higiénico. Se acabó el cambiar las sábanas después de hacer el amor.

-¡Si es que tú eres una exagerada! ¡Ni que mi semen fuera venenoso! Oye… ¿y cuánto te han costado estos juguetitos?

-Novecientos noventa y nueve dólares. Más impuestos, claro.

-¡Virgen santa! ¿Los dos o cada uno?

-Cada uno. ¡Venga, Michel, si tú siempre dices que el dinero no es problema! ¿Qué puede ser más importante que nuestra vida sexual?

-Pero es que esto no es nuestra vida sexual. Estos chismes sólo sirven para masturbarse, que es distinto.

-Para masturbarse no, para hacer el amor. Porque no pensarás usar tu iCum cuando no estás conmigo, ¿no?

Ashley fruncía el ceño de una manera que indicaba que sólo había una respuesta posible.

-No, claro… Pero, chérie, aunque usemos los iCums a la vez, eso no es lo mismo que hacer el amor…

Ashely lo derribó sobre la cama y se le puso encima, juguetona.

-¡Tonto! ¿Te crees que no sé lo que tú quieres? Podrás tocarme todo lo que quieras: el culo, las tetas, lo que te apetezca… Pero en vez de metérmela a mí, se la metes al iCum. Verás como sabe tratártela muy bien.

-Eso no suena muy romántico…

Ashley lo besó ferozmente en los labios.

-¡Venga no seas tan negativo! Vamos a probar.

Tras una frustrante demora por ciertas dificultades en ponerle el inserto al iCum-M, por fin entraron en faena. Michel se puso a manosear a Ashley pero ella, cuando vio que él no tomaba la iniciativa, se bajó las bragas ella misma y corrió a aplicarse su iCum-F al clítoris. Michel se quedó mirando su cara de éxtasis sin saber muy bien lo que hacer. Finalmente, agarró su iCum-M, lo lubricó e introdujo cautelosamente su pene en él.

El aparato se cerró como un cepo sobre su polla, iniciando movimientos ondulatorios subiendo y bajando sobre la verga. No era desagradable, pero sí un tanto amenazador sentirse así atrapado. Pero entonces empezó lo bueno. Una exquisita descarga eléctrica le atravesó el frenillo, seguida de suaves vibraciones y deliciosos chispazos de energía estática. Pensó que no iba a tener más remedio que correrse enseguida e intentó sacar la polla del iCum para que evitar la eyaculación inminente, pero el chisme no parecía estar dispuesto a soltarlo. No obstante, la estimulación de su punto de placer se detuvo, siendo remplazada por nuevos masajes a lo largo de su verga endurecida.

Luego todo empezó otra vez.

-¡Ah, chérie, c’est vraiment magnifique! Tenías razón, este cacharro sí que sabe cómo dar placer.

 Pero Ashley, tendida a su lado, no lo escuchaba. Se sacudía espasmódicamente en lo que parecía ser el orgasmo más intenso de su vida.

***

Honey, I’m home!

Ashley escuchó el saludo cantarín con el que Michel anunciaba su llegada a casa. Hacía tiempo que se había cansado de ese juego estúpido de hacer de ama de casa de los años 50, pero no tenía corazón para decírselo a Michel. Menos mal que Curby se encargaba de darle la bienvenida cuando ella estaba ocupada, como en ese momento. Aguzó el oído esperando oír el acostumbrado sonido de uñas arañando el parqué, pero nada… ¿Dónde se había metido ese estúpido perro? Tendría que ser ella quien le diera la bienvenida a Michel.

Dejó los dos iCums sobre la cama con la bolsa de “vaginas”, como le había dado a Michel por llamarlas. Se miró en el espejo para ver si su maquillaje seguía en regla, se ajustó la tira del camisón en el hombro y salió del dormitorio.

Lo había estado esperando ansiosamente. Llevaban tres días sin poder hacer el amor y eso empezaba a crisparle los nervios. Los padres de Michel habían venido desde París a pasar las navidades con ellos, y a ella le había tocado llevar a su suegra, que no hablaba ni media palabra de inglés, de compras a Rodeo Drive. Ella tampoco hablaba francés, así que no sabía cómo iban a comunicarse, pero Michel había insistido en dejarlas a las dos solas diciendo que comprar era cosa de mujeres. Después de ciertas tensiones resultantes de su fracaso en comunicarle a Madame Nicole lo caras que podían ser las tiendas de ropa en Beverly Hill, su propia madre se había ofrecido en acompañarla.

Y encima hoy, viernes 26 de diciembre, cuando todo el mundo hacía puente, Michel se había empeñado en que tenía que ir a trabajar.

La tentación de usar el iCum ella sola había sido casi irresistible, pero le había prometido a Michel que sólo lo usaría cuando estaba con él. Incumplir esa promesa sería como ponerle los cuernos, se había dicho, y así había conseguido dejar el chisme en su caja todo el día.

-¡Oh, cariño, te he echado tanto de menos! -Le gritó al oído mientras le saltaba encima para abrazarlo con brazos y piernas-. ¡Vamos corriendo al dormitorio, no resisto ni un segundo más!

-¡Ah, chérie, yo tampoco! Pero, por favor, sácame una botella de Perrier de la nevera, que vengo sediento. Tenemos vientos de Santa Ana otra vez.

Asley subía por las escaleras con la botella de Perrier cuando oyó a Michel soltar un grito escalofriante desde el dormitorio.

-¡Arrrg! ¡Mis vaginas! ¡Curby se ha comido mis vaginas!

Cuando abrió la puerta de la habitación contempló un panorama desolador: la bolsa de insertos para el iCum-M yacía sobre la cama, destrozada a dentelladas. Las “vaginas” estaban esparcidas por todo el cuarto. Mientras miraba, Curby cogió una entre los dientes. Sosteniendo el otro extremo entre las patas, estiró hasta que el inserto se desgarró con un sonoro “plob”.

-¡Curby, malo! ¡Muy malo! ¡Mira lo que has hecho!

Curby se limitó a menear la cola y mirarla excitado. Cuando se fue hacia él para darle su merecido, Curby cogió la última vagina intacta y, haciendo un quiebro para esquivarla, salió corriendo por la puerta.

-¡Esto es el colmo! -Gritó Michel enfurecido-. ¡Quiero ese perro fuera de casa! ¡De mañana no pasa!

-Cálmate, Michel. Ya sabes que no podemos echar a Curby de casa, mi madre está enamorada de él desde que nos lo compró. Si lo echamos, al día siguiente te echan a ti del trabajo.

-¡Qué desastre! ¡Nunca debí aceptar que me contrataran tus padres! ¿Qué vamos a hacer ahora?

Michel se sentó en la cama y enterró la cara entre las manos. Ashley se sentó a su lado y se puso a masajearle los hombros.

-Venga, no te preocupes. Seguro que habrá algún inserto que aún puedas usar.

Se pasaron la siguiente media hora recogiendo las vaginas y examinándolas una a una. Curby había sido muy metódico, no quedaba ni una intacta.

-No te preocupes, el lunes mismo voy a ver a Amanda y te consigo una bolsa de insertos nuevos.

-¿El lunes? ¡Pero si estamos a viernes!

-Es que Amanda se va los fines de semana a su chalet de Palm Springs.

Michel miraba dubitativo a su iCum-M.

-A lo mejor se puede usar sin inserto. Total, luego lo lavo bien y ya está.

-No creo que sea una buena idea, Michel…

Pero Michel ya se estaba quitando los pantalones. En cuanto estuvo desnudo se le echó encima y empezó a tocarla por todas partes. Se puso a cien, no tanto por los torpes manoseos y apretujones que le daba Michel como por la inminencia del momento en que iba a usar su querido iCum-F. Al final no pudo resistir más. Ella misma se arrancó las bragas y cogió el iCum-F de su mesilla de noche.

Las primeras deliciosas pulsaciones empezaron a recorrerle el clítoris. A través de los párpados entrecerrados vio como Michel introducía cautelosamente su polla erecta en su iCum-M. Unas exquisitas descargas de estática la hicieron cerrar los ojos. Un grito escalofriante de Michel la obligaron a abrirlos de nuevo, de golpe.

-¡Ay! ¡Ayayayay! ¿Cómo demonios se para esto? ¡Ashely, por favor, apágalo!

Michel luchaba como un cosaco por sacar su pene del aparato, que no parecía estar dispuesto a solárselo.

-No se puede apagar, es automático.

-¡Pues sácale las pilas! ¡Haz algo, joder!

-No tiene pilas, se carga con el USB, ya lo sabes. Te iba a decir que sin el inserto las descargas eléctricas quizás fueran un poco intensas.

-¿Y ahora me lo dices? ¡Ay!

Por suerte el suplicio no duró demasiado. El pobre pene torturado de Michel no tardó en perder la erección ante tan rudo tratamiento y así consiguió liberarse del cepo que lo aprisionaba.

Se quedaron los dos mirándose, sin saber qué decir.

-Michel, por favor, no aguanto más… -le dijo suplicante.

La mirada ansiosa que él le dirigió la hizo temerse lo peor. Se puso a rezar una plegaria para que no se lo pidiera.

-Ya lo sé, chérie… Hazlo tú sola. Yo me quedaré a ver cómo te corres. Eso es placer suficiente para mí.

Soltó un suspiro de alivio y se echó a sus brazos.

-No me esperaba otra cosa de ti. Siempre te has portado como un buen caballero francés. ¡Ay, cómo te quiero!

Mais bien sûr, chérie!

Volvió a cerrar los ojos y a abandonarse a las exquisitas sensaciones que le proporcionaba su iCum-F. Estaba excitadísima. Era vagamente consciente de la presencia de Michel a su lado, acariciándole los pechos, el vientre, el interior de los muslos, pero todo eso palidecía frente a la rigurosa disciplina de placer que le iCum le imponía en el sexo, llevándola a cimas cada vez más altas… Para dejarla colgada en el último momento. Las descargas y las vibraciones bajaban hasta cero justo cuando estaba a punto de alcanzar el clímax.

La tercera vez que le pasó se dio cuenta de que algo no funcionaba.

-¿Qué pasa, Michel? -gimió-. ¡Se para justo cuando estoy a punto de llegar al orgasmo!

-¿No te acuerdas, chérie? La última vez que usamos los iCums decidimos ponerlos en modo “edging”.

-¿Y qué coño es “edging”?

-Pues eso: que te acerca al orgasmo y luego vuelve a empezar.

-¡Me estás tomando el pelo!

-No, chérie. Tú misma me lo pediste porque diste que acabábamos demasiado rápido.

-¡Fuiste tú el que acabaste demasiado rápido! -Dijo furiosa-. ¿Por qué coño tienes que tocar mi iCum?

-No te preocupes, chérie -dijo Michel compungido-. Lo reprogramamos en un momento.

-¡Déjame, ya lo hago yo!

Se levantó de la cama, buscó el cable USB en el cajón de la cómoda y lo usó para enchufar su iCum-F al ordenador portátil.

-¡Este cacharro cada vez tarda más en arrancar! Necesitamos comprar un ordenador nuevo, te lo he dicho mil veces.

Michel intentó masajearle los hombros. Se sacudió sus manos de encima con un gesto airado.

En la pantalla apareció un mensaje:

New hardware 
Looking for drivers…

Se cerró la ventana y enseguida se abrió una nueva, más grande y con fondo negro.

-¡Nooooo! -exclamó con frustración.

Michel se acuclilló a su lado para poder leer la pantalla. Se quedaron los dos mirando el nuevo mensaje:

System update
Please wait
Downloading…

Más bajo había una barra con una pequeña muesca verde en el extremo izquierdo. Sobre ella ponía “1%”. Después de un rato el número cambió a “2%”.

Incapaces de moverse, siguieron mirando durante una eternidad mientras la barra proseguía su curso glacial hacia el 100%.