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jueves, 13 de febrero de 2014

San Vainillín

Encontré la primera de las notas sobre el acuario, cuando fui a darles de comer a los peces. Decía “amigo maravilloso” y era una pegatina amarilla con forma de calabaza… Tenía que ser una calabaza, viniendo de Tina, quien se había marchado el día antes a Colorado a llevar a la heredera a una competición de gimnasia. Las notas fueron apareciendo en los sitios más inesperados, todas iguales pero con mensajes distintos. Una dentro de mi zapato decía “¡calabaza en el zapato!”. Cuando fui a sacar una botella de cerveza de la nevera, tenía pegada una nota que decía: “eres listo, honesto, equilibrado, apasionado, compasivo y ardiente”. Me gusta beber la cerveza en jarra, así que saqué una de la alacena con una nota dentro que ponía “me gustas más que el chocolate oscuro”. Dentro de mi Kindle encontré una de mis favoritas: “me gustas cuando escribes”. Claro que la que había en el cajón de la cómoda tampoco estaba nada mal: “por favor, átame, pégame, fóllame”. Y un montón más: “te echo de menos”, “besos y abrazos”, “mil estrellas de oro de marido”, “gracias por todo”, “eres un padre fantástico”, “¿cuántas notas voy a esconder?”, “¿a que no te esperabas una nota aquí?”. Dos notas no eran de Tina; una tenía dibujado un gatito, la otra simplemente decía “miau”. Esas también fueron de las que más me gustaron.

Un detalle típico de Tina, para que me acordara de que me quería mientras estaba de viaje. No está nada mal encontrarte algo así cuando llegas a una casa vacía después de una dura jornada de trabajo. Pero de repente descubrí algo que vino a echar un jarro de agua fría sobre todas esas notas cariñosas: en Blog Eros había un artículo titulado “Vamos a celebrar un San Valentín menos comercial”. ¡Mierda! ¡El viernes es San Valentín! ¿Podría ser que…? ¡No, no quiero ni pensarlo! ¡Tina nunca me haría una cosa así!

Ejemplo de baño de espuma no comercial
Pero ya había caído en la trampa. Imposible escapar. Empecé a leer mis blogs habituales, todos con sugerencias “no comerciales” para ser romántico en San Valentín. La más manida es la del baño erótico con burbujas de jabón, incienso y velitas, que figuraba en tres blogs distintos (se dice el pecado, pero no el pecador). Me pregunté si a Tina le importaría darse un baño erótico de esos mientras yo vomito discretamente en el váter. Luego están los que te aconsejas que tires por la ventana los juguetes sadomasoquistas y los vídeos porno y te concentres en “tocar, saborear, oler, escuchar y mirar”. Lo de tocar me suena a terciopelo, el sabor seguro que es vainilla, el olor a pachuli y el mirar… ¡no puedo mirar, se me cierran los ojos de sueño! Pásame el gato de siete colas, por favor… ¡Gracias, me siento mucho mejor!

Cómo usar el baño de espuma
Tina me llamó hace un par de horas para informarme de cómo iba la cosecha de medallas de la gatita… Sí, claro que exagero, ¿qué te esperabas? ¡soy padre! Bueno, pues después de darle muchas vueltas me atreví a formular la pregunta que me torturaba: “Tina, todas esa notas que me has dejado… ¡que me encantan por supuesto! … Bueno, pues, ¿no será…? Es que mañana es San Valentín, ¿sabes?” La repuesta no se hizo esperar: “¿Que mañana es San Valentín? ¡Ay, perdona, no me había dado cuenta! Si lo llego a saber… Pero tú ya sabes que yo nunca te haría una cosa así… No soy tan cruel. No, las notas eran simplemente para decirte que te echo de menos mientras estoy fuera”. Respiré aliviado.

Claro que, tratándose de Tina, a los pocos minutos tuvo que ir a hurgar en la herida. “¿Que me vas a dar por San Valentín?”, decía el mensaje. Me puse a teclear enseguida: “Una azotaina”. “No me esperaba otra cosa de ti”, me respondió.

Tengo una mujer maravillosa, ¿a que sí?

sábado, 30 de marzo de 2013

Cecilia va al infierno

Ésta es una nueva escena erótica que escribí recientemente para insertarla en el primer capítulo de mi novela “Juegos de amor y dolor”. Este capítulo se centra en la crisis religiosa de Cecilia, ya que su abandono del cristianismo es el pre-requisito que abre las puertas a su exploración del sadomasoquismo. El problema es que en este capítulo apenas hay escenas de sexo, ya que Cecilia vive en un estado de completa represión sexual a causa de sus creencias religiosas. Sin embargo, nada le impide tener sueños eróticos… 


-¡Cómo te atreves a presentarte aquí vestida como una zorra!
El rostro de don Víctor está rojo, congestionado. Las venas de su cuello se hinchan al gritarle.
-Pero si yo… 
Se interrumpe al comprobar que es verdad: lleva puestos zapatos de tacón de aguja, medias negras de red, una minifalda cortísima negra y una blusa celeste con los botones de arriba desabrochados, mostrando su escote. Retrocediendo, se cubre el pecho con una mano; con la otra estira del borde de la minifalda, como si así pudiera cubrirse las piernas. Lo peor de todo es que la excita estar vestida así. Su sexo, empapado, reclama las caricias de su mano. La abruma la vergüenza de que don Víctor la vea en ese estado.
-Necesitas un castigo… Las disciplinas.
El látigo de cuerdas se ha materializado en las manos del cura.
-¡No por favor!
Sí, por favor, alguien grita en su interior.
-Yo… Yo no debo… ¡Señor, protégeme de la tentación! -Don Víctor se pasa la mano por la cara-. ¡Matilde! ¡Matilde!
Ha aparecido Matilde, quien tiene ahora las disciplinas en la mano. Le dedica una sonrisa cruel, al tiempo que la aferra por la muñeca.
-Sí… ¡Yo sé lo que te hace falta a ti, pequeña!
Matilde tira de ella, y Cecilia avanza a trompicones, luchando por no caerse con sus ridículos zapatos. Caminan por un pasillo oscuro. Vislumbra la cara de Luis, que le sonríe sardónicamente. Frente a ella se abre la puerta de la habitación de Matilde. La hace cruzar el cuarto a grandes zancadas. Al fondo hay otra puerta, que Cecilia nunca antes había notado. Por ella entran en una mazmorra de paredes de piedra.
-¡Quítate ahora mismo esa ropa de puta! -la increpa Matilde.
Cecilia iba a protestar, pero es inútil, porque de alguna manera ya está desnuda. Matilde la ha aprisionado con unos grilletes sujetos por cadenas al techo. Cecilia se retuerce, aterrada por el castigo que se avecina. ¡Pero no! Tiene los pezones erguidos, el coño empapado. Aprieta los muslos, intentado aplacar el deseo que la quema por dentro.
-¡Ves! ¡Ya lo sabía yo! Tienes el demonio en el cuerpo. ¡Pero no te preocupes, que yo te lo voy a sacar!
Matilde la azota con las disciplinas en la espalda, en las piernas, en el culo, en los pechos. Los azotes arden como un hierro al rojo, pero más que doler la excitan. Sigue apretando las piernas para darse placer.
-¡No hagas eso! -le grita Matilde mientras la azota con más violencia aún-. ¡Tienes que luchar contra la tentación, Cecilia!
-¡Sí! ¡Sí! ¡Yo no quiero! ¡Dile que se vaya!
-¡Reza! ¡Arrepiéntete y reza, Cecilia! Sólo así lograrás que salga el demonio que llevas dentro.
Empieza a balbucear un padrenuestro mientras los golpes le siguen lloviendo por todo el cuerpo. Pero no sirve de nada. Tiene todo el cuerpo ardiendo de deseo. El dolor no sirve más que para inflamar su deseo.
-¡No puedo! -grita-. Soy masoquista… Cuando me azotas sólo consigues alimentar mi pecado.
-¡No! Tu pecado es la soberbia. Es resistirte a creer. ¡Humíllate! ¡Humíllate ante Dios Nuestro Señor! ¡Prométeme que vas a pitar! ¡Prométeme que vas a hacerte de la Obra!
-No sé… ¡No puedo, Matilde! No puedo hacerme de la Obra porque no sé si quiero ser cristiana.
-¡Que no quieres ser cristiana! -Matilde la mira con los ojos desorbitados. Se le ha deshecho su eterno moño y el pelo se le arremolina en torno a la cara-. ¡Pues si no quieres ser hija de Dios, serás hija del demonio! ¡Al infierno! ¡Al infierno de cabeza!
Los grilletes han desaparecido. Matilde la arrastra hacia una puerta al fondo de la mazmorra. Sobre ella hay un tablón en llamas que pone “Infierno”. Cecilia se resiste, pero no puede evitar ser engullida por la puerta. Al otro lado hay un pozo con paredes de piedra. Cecilia cae por él, girando descontrolada. Quiere gritar, pero algo le ha quitado la voz. Varias veces se golpea contra las paredes, pero la piedra ha dado paso a una sustancia blanda, húmeda y viscosa, que la deja envuelta en una especie de moco pegajoso.
Cuando abre los ojos está tendida en el suelo de otra mazmorra. Sobre ella se alza un demonio de piernas y brazos fornidos. Cecilia lo reconoce al instante: es Julio.
-Sabía que ibas a venir -le dice con una sonrisa sardónica-. ¡Verás lo bien que nos lo vamos a pasar ahora, Cecilia!
-Yo no quiero, Julio… -balbucea-. No quiero estar aquí… Devuélveme con Matilde… Yo sólo quiero ser buena.
Julio se ríe a carcajadas.
-¡Quiere ser buena, dice! ¡No, Cecilia! ¡El bien no importa, lo que importa es la libertad! Y ahora que eres libre como un pajarito ya no puedes volver a tu jaula.
Otro demonio se ríe con voz de mujer. Cecilia se vuelve y ve que es Laura. Su pelo rubio se le arremolina sobre la frente, formando dos cuernos dorados. Está completamente desnuda, sentada sobre una mesa de gruesos tablones burdamente clavados.
-¡Si eres más tonta, no naces, Cecilia! -Se vuelve a reír-. ¡Pégale, Julio! Es lo único que entiende…
Un azote le hace arder el culo. Al volverse, ve que Julio tiene en la mano una gruesa correa en llamas. Le vuelve a pegar, esta vez alcanzándola en la parte delantera de los muslos. Pero, curiosamente, en vez de dolor siente placer. Se encoje, bajando las manos hacia su sexo, ansiando acariciárselo, pero la culpa y la vergüenza no se lo permiten.
-¡Mírala! ¡Será imbécil! ¡Está deseando masturbarse y no se atreve! ¡Qué aquí ya puedes hacerlo, tontina! ¡Mira, como yo!
Laura ha puesto los pies sobre la mesa, las piernas dobladas a los lados de su cuerpo formando una gran uve blanca. En el vértice de la uve, su coño se abre como una gran grieta de piedra. De su interior brotan llamas amarillas y rojas.
-¡Venga, Cecilia! ¡No me seas meapilas! -la increpa el Julio-demonio.
-Ésta no tiene remedio… O la espabilamos, o se nos derrite aquí mismo. ¡Fóllala, Julio! ¡Viólala!
-¡Claro que sí, pequeña! ¡Ven aquí, que ya va siendo hora de que pierdas el virgo!
Con horror, Cecilia se percata de que entre las piernas de Julio está creciendo un pene descomunal, un engendro que parece más de madera que de carne, cubierto de cortezas y nudos.
-¡No, por favor! ¡Julio, no me metas eso, que me vas a destrozar! Si ya me masturbo, ya… ¡mira!
Cecilia hunde los dedos en la ranura húmeda de su coño, mientras los demonios de Julio y Laura la miran con aire divertido. Siente flaquear su piernas y acaba arrodillada en el suelo, la cabeza echada hacia atrás. Unas pocas fricciones del clítoris bastan para llevarla a un orgasmo descomunal, que le sacude todo el cuerpo como un ataque epiléptico.

Se despertó con los dedos metidos en el coño, todavía sacudiéndose con el orgasmo. Enseguida la llenó un enorme sentimiento de culpa.
¡Dios mío, qué he hecho! ¡Si estaba masturbándome de verdad! Pero no, si ha sido todo un sueño… yo no quería. No, ha sido pecado… Me tendré que confesar… Pero, ¿cómo le cuento yo a don Víctor este sueño?