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"Mujer enfadada" por Nicolai Fechin |
Una de las formas más insidiosas que tiene el machismo para reprimir a la mujer consiste en suprimir su ira y su agresividad. Esto se hace a base de estereotipos destinados a menospreciar a la mujer que se enfada: es una “histérica”, una “marimandona” o incluso una “marimacho”. En EE.UU. el insulto universal para denostar a la mujer agresiva es “bitch” (perra) y que aplican tanto los hombres a las mujeres como las mujeres a otras mujeres. La idea detrás de estos reflejos tan enquistados en la sociedad es que la agresividad es uno de los privilegios del hombre que la mujer no tiene derecho a apropiarse. La cólera del macho es algo que impone respeto, mientras que la de la mujer se vuelve enseguida contra ella y se utiliza para minar su autoestima. Máxime cuando una de las reacciones naturales de la mujer enfadada es echarse a llorar, lo que instantáneamente se interpreta como un signo de debilidad e impotencia. El resultado de toda esta represión en el quitarle el poder a la mujer, tanto en el ámbito familiar como en el laboral. En caso de conflicto, la mujer deberá enfrentarse a la cólera del hombre sin poder responder con su propia agresividad. En el peor de los casos, esto marcará el principio de una situación de maltrato físico o psicológico.
A la vista de todo esto, no es de extrañar que la reacción de las feministas es la de reclamar su derecho a la ira y a la agresividad. Y lo han hecho hasta tal extremo que el feminismo ha quedado impregnado desde hace tiempo de una enorme carga de ira. A veces parece que las feministas están empeñadas en una competición interna para ver quién está más cabreada. ¡Y no se te ocurra decirles que se calmen un poco, porque se te echarán encima! Te dirán, y no les falta razón, que tienen derecho a estar enfadadas. Sobre todo si han sufrido maltratos de parte de algún hombre o han experimentado alguna otra forma de represión machista.
Pero no hay que confundir el derecho a cabrearse con la conveniencia de hacerlo. Como señalaba en mi artículo “Cuando el dragón se despierta”, la ira tiene efectos nocivos considerables para nuestra salud mental y nuestras relaciones sociales. Es verdad que los hombres somos más propensos a la ira que las mujeres. Precisamente por ello, hay un momento en nuestras vidas en que nos damos cuenta que tenemos que controlarla. Me consta que muchos hombres vivimos en un estado continuo de vigilancia de nuestra propia agresividad. Los que no lo hacen corren el riesgo de acabar siendo maltratadores, matones o explotadores de los más débiles, porque la cólera y la agresividad tienen la tendencia a convertirse en hábitos peligrosos que ciegan a los que caen en sus manos. Las mujeres, por el contrario, se ven estimuladas por las corrientes de liberación de la mujer a alentar y a expresar su ira. Aunque las mujeres tienen menos tendencia que los hombres a convertirse en maltratadoras, la ira no deja de tener efectos muy nocivos ellas, pues suele venir acompañada de otras emociones negativas como la desconfianza, el temor, la preocupación y la tristeza. Particularmente dañina es la ira que se manifiesta como un continuo estado de malhumor y hostilidad. El científico Richard Davidson, especializado en el estudio de las emociones, descubrió que el cerebro humano funciona en dos estados mutualmente excluyentes: uno dominado por las emociones negativas y controlado por el córtex prefrontal derecho y otro en el que predominan las emociones positivas basado en la actividad el córtex prefrontal derecho. Por lo tanto, cuando emociones negativas como la ira toman el control nos suelen arrastrar a un estado de infelicidad que también dificulta las relaciones sociales. Esto se ve agravado por el hecho de que las emociones tienden a convertirse en hábitos, con lo que una vez que caemos bajo el control de la ira, el miedo y otras emociones negativas, éstas tienden a invadir nuestras vidas, haciéndonos ver todo a través de su particular cristal oscuro.
Lo que me hizo llegar a estas reflexiones fueron repetidos encuentros con mujeres con tremendos problemas de ira en sus vidas. Que no se me malinterprete: no niego que esas mujeres tengan razones para estar enfadadas. De hecho, en muchos casos esa ira proviene de situaciones de maltrato. Tampoco niego que tengan derecho de estar enfadadas. Lo que digo es que la ira se convierte en una secuela más del maltrato que les impiden recuperar una vida normal. La ira enconada muchas veces da lugar a la depresión. Si, por el contrario, la ira se expresa demasiado a menudo, la mujer en cuestión puede verse abocada a una situación de soledad cuando con su hostilidad aleja a los que se le acercan. Como canta Mark Knopfler en “Nadie tiene la pistola”, arremeter contra la persona que nos quiere es completamente autodestructivo.
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Thelma y Louise, mujeres en búsqueda de la libertad |
La película Thelma y Louise ilustra de manera perfecta toda esta problemática de maltrato, lucha por la liberación, empoderamiento, justificación de la violencia y comportamiento autodestructivo. Louise salva a Thelma de ser violada, lo que desencadena su ira reprimida causada por su propia violación e incapacidad de castigar a su agresor. Al principio las dos viven su fuga como liberación y empoderamiento. En una escena catártica, las dos se vengan en un conductor de camión machista y más bien corto de ideas. Desgraciadamente, las cosas acaban por escapárseles de las manos y se acaban internando en un camino sin salida.
Por lo tanto, el empoderamiento que se supone que se obtiene al expresar la agresividad es cuestionable. ¿Es real o ilusorio? Es fácil llevarse a engaño, porque la ira emborracha, sobre todo cuando es compartida. La indignación, el sentimiento de superioridad moral, el enardecimiento de sentirse parte de un grupo con objetivos comunes, son emociones enraizadas en lo más profundo de la mente humana. Si no son temperadas por la duda y la razón, llevan al fanatismo, al odio y a la violencia. Esos cabreos colectivos en los que tristemente degeneran muchos movimientos políticos y sociales son notorios por su ineficacia. Producen la ilusión de movimiento pero, una vez finalizada la catarsis colectiva, todo el mundo vuelve a casa y nada cambia. Los motores del cambio real es el trabajo continuado, pertinaz y silencioso; el apoyo mutuo; la organización con un reparto eficaz del trabajo; en definitiva, las relaciones humanas basadas en la amistad, el idealismo y el altruismo. Curiosamente, mientras que la agresividad y la mentalidad de guerrero son atributos masculinos, las relaciones personales, la confianza mutua y el desinterés necesarios para crear movimientos sociales eficaces son más propias del carácter femenino. Por lo tanto, quizás lo mejor sería que las mujeres no intentaran tanto apropiarse del dudoso privilegio de la agresividad y la ira, y se aprovecharan de lo que saben hacer mejor: hacer amigas y colaborar. Ahí es dónde se encuentra el verdadero poder.
Como decía al principio, todo esto no son más que una amalgama de ideas en proceso de formación. Por supuesto, he simplificado mucho lo que es en realidad un problema enormemente complejo que no se presta a soluciones fáciles. Por eso estoy particularmente interesado en conocer qué experiencias habéis tenido con la ira en vuestras vidas.