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domingo, 14 de junio de 2020

Para volverte loca (pasaje) - Disciplina doméstica


Martes 20 de mayo, 1980

Se despertó llena de aprensión por su nueva sesión con el doctor Lancet. Después de lo que le había dicho, le daba asco pensar que la iba a volver a follar. Cuando entró en la sala de terapia se hizo la remolona para quitarse la ropa, luego para sentarse en el sillón. El doctor esperó pacientemente. La ató con las correas al sillón y a los estribos, pero no puso ningún vídeo.

Procedió a masturbarla con el vibrador y a quitárselo cuando estaba a punto de llegar al orgasmo. Así la tuvo durante las dos horas que duró la de sesión, casi el doble de lo habitual.

-Hemos terminado -dijo el doctor al final, y se puso a desatarla.

Esta vez no se marchó enseguida, sino que la apremió a vestirse y la echó del cuarto.

Excitada y frustrada, Cecilia corrió a masturbarse al dormitorio, pero por el camino sonaron las campanadas del Ángelus. Se planteó faltar, pero luego se lo pensó mejor. La Leona estaba siempre atenta a ver si acudía a las oraciones. Tendría problemas si no lo hacía. Luego Lucía se puso a hablar con ella hasta la hora del almuerzo. Cuando por fin encontró un rato para masturbarse ya se le había pasado la excitación.

Claramente, el plan del doctor era hacer crecer su deseo hasta que le suplicara que la follase. No le iba a dar ese gusto.

* * *

Miércoles 21 de mayo, 1980

Fue más tranquila a la terapia, esperando otra sesión de orgasmos denegados. Como de costumbre, el doctor la ató con las piernas abiertas en los estribos. Luego, para su sorpresa, le introdujo en la vagina una especie de huevo negro unido a un cable. El doctor hizo algo y el huevo se puso a vibrar dentro de ella. Puso un vídeo y desapareció entre las sombras.

-¿Volvemos a los vídeos? ¿Ya no tiene miedo de que me aficione a la pornografía?

-Éste es un vídeo muy especial, Cecilia. Lo traje de Estados Unidos. Míralo, creo que te gustará.

Efectivamente, estaba en inglés. Mostraba una pareja americana joven pero chapada a la antigua: él con traje y corbata, ella con un vestido verde oscuro que le llegaba hasta los tobillos. Ella le había preparado la cena, pero había un pequeño problema: el pollo que había metido al horno se le había quemado. Con una sonrisa, el marido le dijo que la tendría que castigar. Ella bajó la mirada y no dijo nada.

La vibración del huevo no era tan fuerte como la de la Magic Wand. No la iba a llevar al orgasmo, pero sí que la estaba excitando. Encima, este vídeo estaba resultando mucho más interesante que los que había visto hasta entonces. El marido llevó a su mujer a un sillón de respaldo alto. Sentado en él, le fue dando escuetas instrucciones sobre lo que tenía que hacer. Se veía que ella ya conocía el ritual: quitarse las bragas, ponerse a horcajadas sobre su muslo izquierdo, y apoyar las manos en el respaldo del sillón. Él le levantó el vestido hasta la cintura, exponiendo a la cámara unas nalgas ovaladas, muy blancas. Luego empezó un vigoroso spanking, que la esposa enseguida acusó con grititos y expresiones de dolor.

Esa había sido siempre una de sus fantasías favoritas. ¿Cómo lo había adivinado el doctor? Se veía que no había escogido el vídeo por casualidad. Intentó no hacer caso, desviar la mirada. Pero eso pondría sobre aviso al doctor de que le gustaba. Lo sentía espiarla desde la oscuridad. Cerró los ojos, pero el sonido de los azotes la persiguió, despertando imágenes en su mente aún más excitantes que las del vídeo. ¡Ay, cómo deseaba recibir una azotaina así! Con la mano, en vez de las feroces palizas que le había dado la Leona con la correa. Su vagina se contraía involuntariamente en torno al consolador.

El marido le reñía ahora a su esposa, mientras continuaba castigando su trasero de forma metódica. Le hacía preguntas que ella contestaba al principio con voz normal, luego crecientemente alarmada por la picazón de los cachetes. Las nalgas habían pasado del blanco a un precioso color sonrosado. Habían tenido que azotar a la actriz de verdad para hacer ese vídeo.

No aguantaba más. Y tampoco era cuestión de tener que correr a esconderse para masturbarse cuando acabara la sesión. Se puso a contraer la vagina sobre el consolador hasta que se corrió.

El vídeo terminaba con la esposa colocándose de cara a la pared, con el culo al aire y las manos detrás del cuello. Eso siempre había sido una parte esencial de su fantasía.

-El vídeo muestra la sumisión de la mujer a su marido de la que te hablé -le dijo el doctor mientras le desataba los brazos-. Has reaccionado mejor de lo que esperaba, Cecilia.

-Pero… no lo entiendo… ¿No es el sadomasoquismo una perversión, como la homosexualidad?

-Esto no es sadomasoquismo. Es un spanking que un marido le da a su esposa para castigarla. Domestic discipline, my dear! 

Se quedó pensando lo que decir a continuación, mientras dejaba que le doctor le soltara las piernas.

-Pero… ¿qué pretende hacer enseñándome ese vídeo? ¿Que me exciten los spankings?

-¡Oh, pero si ya te excitan, my dear Cecilia! Quizás tú no te des cuenta, pero yo sí. But don’t worry, es la reacción normal de la mujer ante la autoridad del hombre.

-Entonces, si el spanking me excita, ¿cómo puede ser un castigo?

-Ah, that’s an excellent question! Pero tú ya sabes la respuesta. El placer también puede ser un castigo. Demostré eso en nuestra primera sesión, didn’t I? Pero lo más importante es que el placer, como el dolor, es capaz de anular la voluntad. La penetración y el orgasmo son instrumentos de sumisión. Y en el spanking se mezclan la excitación sexual con el dolor y la humillación. ¿Qué mejor manera para someter a la esposa?

-Supongo que eso me lo irá demostrando en las siguientes sesiones. Can’t wait!




sábado, 14 de septiembre de 2019

Para volverte loca 49 - La lavandería

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Domingo 20 de abril, 1980

Al día siguiente, poco después de comer, Javier la fue a buscar a la biblioteca.

-He traído los condones -le soltó sin preámbulos-. ¿Has escrito la carta?

-Sí, aquí está -le respondió, dándole la pequeña hoja de block doblada en cuatro.

Javier se la metió en el bolsillo sin desdoblarla.

-He escrito la dirección al final. La tendrás que meter en un sobre y ponerle un sello.

-¿Qué te crees, que soy subnormal? ¡Anda, vamos!

-¿Ahora? Creí que íbamos a esperar a la noche, como el otro día.

-No, hoy no tengo guardia.

-¿Y no se la puedes hacer a alguien?

-¡No digas tonterías! ¿A cuento de qué le voy a hacer yo una guardia a nadie? Aquí nadie te devuelve los favores. Sería de lo más sospechoso.

-Pero es que de día es muy arriesgado. He oído que la gente de la cocina baja al sótano todo el rato.

-No vamos a hacerlo en el sótano. Conozco un sitio mucho más seguro. ¡Ven!

Al salir de la biblioteca vio a la Leona pasillo abajo. Le pareció que los había visto, pero luego siguió su camino. Eso le dio mala espina.

-No sé, Javier, quizás sea mejor dejarlo para otro día.

-¿Ahora te me vas a rajar? ¡No, si ya sabía yo…! -se sacó la carta del bolsillo y la agitó frente a ella-. Mira, Cecilia, lo hacemos ahora y esta misma tarde pongo esta carta en el buzón. ¿No tenías tanta prisa en mandarla? Si no, hasta que lo hagamos no la mando.

Era un argumento de peso, desde luego. Postergarlo podía significar pasar varios días más en ese sitio.

-Bueno, vale.

Javier abrió una puerta que daba al pasillo y la metió en una escalera de servicio. Llegaron a la planta baja y siguieron bajando.

-¿Otro sótano?

Él no le contestó. La guio por un pasillo de paredes blancas y tubos de neón. Al final había una puerta doble de cristal esmerilado. Javier descolgó un gran manojo de llaves de su cinturón, seleccionó una llave y abrió la puerta. Al otro lado estaba la lavandería del sanatorio: varias filas de lavadoras enormes y otras máquinas que debían servir para secar la ropa. Había grandes sacos blancos de ropa en estanterías a lo largo de las paredes. Javier volvió a cerrar la puerta con llave.

-¿Aquí no viene nadie? ¿Estás seguro?

-No hacen la colada hasta por la tarde. No te preocupes. Venga, desnúdate.

Cecilia empezó a desabrocharse los botones de la chaqueta de su uniforme. Impaciente, Javier le deshizo el nudo de la cuerda de la cintura de sus pantalones y se los bajó. Antes de que ella lograra quitarse la chaqueta ya le había bajado las bragas.

-¡Qué prisas! Déjame que te ponga yo el condón, que tengo una forma muy divertida de hacerlo. Ya verás.

En Angelique había aprendido que algunos clientes te enseñan el condón y luego no se lo ponen. Algunos incluso se lo quitaban en el último momento. Tenía que tener cuidado.

Javier dudó un momento pero acabó por darle el condón. Cecilia se lo agradeció con una sonrisa traviesa, se arrodilló frente a él y le extrajo su polla, gruesa y morcillona, de los pantalones. Enseguida se puso a chuparla. Cuando la tuvo bien tiesa le colocó el condón sobre el glande, se lo volvió a meter en la boca y fue desenrollando el condón sobre su verga con los labios, con sólo alguna ayuda ocasional de sus dedos.

-¿Qué, te ha gustado? -dijo con otra sonrisa.

Por toda respuesta, Javier la cogió por codo, la puso en pie de un tirón, la hizo darse la vuelta y la empotró en una de las estanterías con bolsas de ropa.

-¿Quieres hacerlo así, por detrás?

-¡Pues claro que quiero follarte por detrás, zorra! Así te veo el culo mientras te doy un buen meneo.

A Cecilia apenas le dio tiempo de echar mano de su polla para comprobar que aún tenía puesto el condón antes de sentirse penetrada sin contemplaciones. La primera embestida le hundió la cara en un saco de ropa que olía a detergente. Ese trato brutal la excitaba un montón. Decidió relajarse y disfrutar, dispuesta a que esa vez no se le escapara el orgasmo.

Javier la inmovilizó poniéndole una mano sobre el sacro, y la folló con un ritmo vigoroso pero irregular, al que era difícil acoplarse. Cecilia se concentró en contraer la vagina para extraer el máximo placer de sus acometidas.

Estaba al borde del orgasmo cuando Javier salió de improviso de ella.

-¿Qué pasa? -dijo con voz somnolienta de placer, incorporándose lentamente.

Apenas le dio tiempo de ver a Javier corriendo hacia la puerta, sosteniéndose precariamente los pantalones con una mano. La Leona le bloqueaba el paso en la puerta, pero Javier la apartó de un empujón y siguió corriendo pasillo abajo.

Cecilia se inclinó para subirse los pantalones y las bragas, pero antes de que pudiera hacerlo la Leona se le había echado encima. La cogió por el brazo y la sacudió. 

-¡Ah, no! ¡Tú te quedas así, con el culo al aire, por cochina! -le gritó, propinándole dos sonoros cachetes en el culo, como si fuera una niña.

Eso le gustó, no lo pudo evitar. Todo había pasado tan rápido que seguía al filo del orgasmo. Sabía que estaba en peligro, pero su cerebro se negaba a reaccionar.

-Vale, castígame… Pégame, hazme lo que quieras pero, por favor, no le digas nada al doctor. Ya sabes lo exagerado que es para estas cosas.

-¡Cómo no le voy a decir nada al doctor, cuando esto confirma su diagnóstico! ¡Eres una ninfómana, Cecilia, una adicta al sexo! Me has decepcionado. Pensé que eras una chica lista, que seguirías tu tratamiento para salir de aquí cuanto antes.

-¡No Leona, yo no soy adicta al sexo ni a nada! Hice esto porque decidí hacerlo, porque yo soy dueña de mi cuerpo y ni tú ni nadie tiene derecho a decirme lo que hago con él.

-¿Ah, sí? Pues ahora mismo se lo dices al doctor, a ver lo que opina.

Decirle eso había sido un error. Su única esperanza era convencer a la Leona de que no dijera nada.

-Ya sabes lo que va a decir… ¡Me hará algo horrible, seguro! -dijo juntando las manos en plegaria-. ¡Por favor, Leona, te lo suplico, no le digas nada! Vale, he hecho mal, lo reconozco, pero vamos a arreglar esto entre tú y yo. Déjame que te lo explique… Yo lo único que quiero es salir de aquí y volver a casa con mi marido.

-¿Sí? ¿Tanto quieres a tu marido que le pones los cuernos con el primer enfermero que se te pone a tiro?

-Yo no le pongo los cuernos a Julio. Cuando lo vea se lo diré, y él comprenderá perfectamente por qué lo hice. Si quieres te doy su número de teléfono y tú misma se lo dices.

-¿Sí? Pues yo estoy empezando a pensar que ese marido tuyo no es más que otra de tus fantasías. He visto tu ficha y dice claramente que eres soltera. ¡Venga, ya estoy harta de oír tonterías! Súbete la ropa, que vamos a ver al doctor inmediatamente. Él decidirá qué se tiene que hacer contigo.

-¡No, Leona, por favor, te lo suplico!

Intentó zafarse de ella, pero la Leona la tenía bien agarrada. Le dio otro azote y, cuando vio que eso no la detenía, un violento bofetón.

No había nada que hacer. Cecilia se vistió y acompañó a la Leona mansamente al despacho del doctor Jarama.


sábado, 24 de agosto de 2019

Para volverte loca 47 - Un juego arriesgado en el sótano

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Javier la cogió en vilo para sacarla de la cama. Cecilia no opuso resistencia. Lo siguió pasillo abajo hasta las escaleras. Bajaron a la planta baja, cruzando el comedor y entraron en la cocina. Javier abrió una puerta lateral, descubriendo unas escaleras de hormigón con barandilla metálica que bajaban a un sótano. Pulsó un interruptor y se encendieron varias bombillas que colgaban desnudas del techo. Estaban en un recinto grande con gruesas columnas rectangulares de hormigón, donde se almacenaban muebles desvencijados y equipo electrónico del hospital en desuso.

-¿Ves? Aquí nos lo vamos a pasar los dos mucho mejor que tú sola en tu cama.

-Si tú lo dices…

-¡Venga! ¡Quiero echarle una buena mirada a ese culo!

Sin ningún tipo de miramientos, Javier le desabrochó los pantalones y las gruesas bragas de castidad y se lo bajó todo hasta los pies. Le dio la vuelta y se puso a manosearle el culo. La violencia y el peligro de la situación la excitaron enseguida. Pero no podía permitirse bajar la guardia. Se dio la vuelta justo a tiempo de ver cómo Javier se bajaba la delantera del pantalón para sacar su verga erecta.

-¡No pensarás follarme!

-¿Y por qué no? ¡Vamos a tener la fiesta completa!

-¿Tienes un condón?

-¿Un condón? -repitió él, sorprendido.

-¡Claro! ¿Qué te crees, que el doctor me deja tomar la píldora? Seguro que hoy estoy ovulando… ¿Por qué te crees que ando tan salida?

-¡No, si ya te veo! -dijo él agarrándola por la muñeca-. Pero no te preocupes, que soy perfectamente capaz de dejarte satisfecha.

Cecilia retrocedió un paso.

-¡No puede ser, Javier! ¿Qué te crees, que si me dejas preñada no van a saber quién ha sido? 

Eso lo detuvo.

-¡Venga, te hago una mamada! Ya verás lo bien que se me dan. Y mañana te traes unos condones y follamos como dios manda.

El ojo único de Javier la miraba desorbitado. Se había puesto a cien. No iba a querer esperar más, eso estaba claro. O aceptaba su oferta o la violaría de inmediato. El corazón le latía con fuerza. La posibilidad de que la dejara embarazada era muy real. No, no podía dejar que la follara, tendría que resistirse. Sacó los pies de los pantalones y las bragas para tener más movilidad y se preparó para hacer una de las llaves de kung-fu que le había enseñado el Chino.

-Bueno, vale… Pero quítate lo de arriba. Quiero tocarte las tetas mientras me la chupas.

Cecilia se liberó de su mano y se despojó rápidamente de la chaqueta del pijama y del sujetador. Luego, antes de que se le ocurriera arrepentirse, se arrodilló delante de él y se metió su polla en la boca.

Se propuso hacerlo gozar todo lo posible, para que necesitara repetir. Así que se empleó a fondo, con completa concentración, succionando, apretando los labios en torno al rígido tallo, acariciando con la punta de la lengua en frenillo y el glande. Javier le colocó las manos en las tetas y se las estrujó.

¿Conque las tengo pequeñas, eh? ¡Pues ahora bien que disfrutas de ellas!

Estaba super excitada, había pasado por un largo periodo de abstinencia sexual. Tenía la necesidad imperiosa de masturbarse mientras lo chupaba. Pero no podía permitirse el lujo de perseguir su propio placer.

Javier le soltó las tetas y hundió los dedos en su pelo, acariciándoselo, revolviéndoselo, luego agarrándoselo con las dos manos para inmovilizar su cabeza mientras que él se ponía a follar su boca con enérgicos empujones de sus caderas. Era un tratamiento indigno, que provocaba ruidos obscenos, atragantándola en las acometidas y haciéndola babear en las retiradas, pero ya se lo habían hecho muchas veces. De hecho, la excitaba sentirse usada y humillada. Abandonó todo intento de controlar la situación, de darle placer, dejando que él lo tomara de ella como más le apetecía. Sólo al final, cuando él le hundió la verga hasta la garganta y se tensó al borde del clímax, volvió a chuparlo y a acariciarlo con la lengua. Enseguida sintió pulsar su eyaculación dentro de su boca. Se tragó el semen como una buena chica, concentrándose en evitar que le dieran arcadas para que él pudiera disfrutar hasta el final.

Esperó a que fuera él quien le sacara la polla de la boca. Desde su postura arrodillada, miró hacia arriba.

-¿Qué, te ha gustado mi mamada?

-No ha estado mal… Ya veo que eres una auténtica guarra. Te encanta chupar pollas, ¿A que sí?

Julio a veces le decía lo mismo y le encantaba, pero el tono de desprecio con que lo dijo Javier la molestó.

-Lo hice por ti… Yo lo único que quería era masturbarme en la cama.

-Sí… ¡seguro!

Javier recorrió su cuerpo desnudo con una mirada de frío desinterés.

 -¡Vamos, vístete! Tengo que volver a mi puesto, no sea que pase algo.

Cecilia recogió su ropa del suelo y se la puso, conteniendo su indignación. Irene tenía razón: Javier no era más que un egoísta depreciable. Pero ella tenía que seguir adelante con su plan. Por suerte, cuando trabajaba como prostituta había aprendido a tratar con tipos así: era cuestión de no dejarse arrastrar por su mal rollo. Consiguió decirle con entusiasmo:

-Pues ya verás, follar conmigo es todavía mejor… Tráete los condones mañana y te lo demuestro.

-Mañana no trabajo. Salgo de guardia dentro de unas horas.

-Pues pasado mañana, entonces.

-¡Menuda zorra estás hecha! Te mueres de ganas de que te la meta, ¿a que sí? -dijo disponiéndose a subir por las escaleras.

Lo cogió de la mano para retenerlo.

-¡Y tú de metérmela, no me lo niegues! Y no tiene por qué ser sólo una vez, podemos hacerlo siempre que te toque guardia.  Pero te lo tienes que montar bien conmigo. Vamos a ser buenos amigos, ¿vale?

Javier se volvió a mirarla.

-¿Pero tú de qué vas, tía? Seguro que quieres algo a cambio… ¡No, si sois todas iguales!

Las cosas no estaban saliendo como había planeado. A estas alturas, Javier debería estar supercontento y deseando volver a tirársela a cualquier precio. En vez de eso, parecía que era él quien le había hecho un favor a ella. No era la situación ideal para empezar a poner condiciones. Sin embargo, si no lo hacía ahora perdería la oportunidad.

-Lo único que te pido es que le mandes una carta a mi marido. No sabe dónde estoy y estará muy preocupado.

-¿Y si no lo hago?

Cecilia lo miró a los ojos. Se acabaron las pretensiones.

-Un amigo de verdad nunca me negaría ese pequeño favor. ¿Quieres que seamos amigos, o no?

Javier la miró en silencio unos instantes.

-Escribe la carta. Pasado mañana me la das. Traeré los condones.

Sin decirle nada más, la llevó de vuelta al dormitorio. Para su gran chasco, Javier la volvió a atar a la cama.

-¡Eh! ¡Que yo no me he corrido! Por lo menos déjame una mano suelta, ¿no? -protestó.

-No. Así llegarás con más ganas a pasado mañana.

sábado, 18 de octubre de 2014

Clítoris-centrismo: la nueva normativa sexual

Una “normativa”, en el lingo postmodernista adoptado por muchos escritores progresistas, consiste en una serie de reglas de conducta impuestas por la cultura dominante por las que se nos hace pagar un precio en rechazo social cuando las infringimos. En materias de sexo, la antigua normativa era que la relación sexual debía consistir en la penetración de la mujer por el hombre, preferiblemente con él encima en la postura del misionero. La mujer debía llegar al orgasmo por la estimulación de la vagina por el pene, y si lo hacía al mismo tiempo que le hombre, pues mejor que mejor. En su denuncia de esta visión tan limitada del sexo, muchas feministas se apresuran a citar a Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, quien al parecer clasificó a las mujeres en “clitorianas” y “vaginales” según tenían orgasmos por estimulación del clítoris o la vagina, y señaló que el orgasmo vaginal representaba un mayor grado de madurez sexual.

Esta visión del sexo fue criticada por primera vez en los dos libros que forman los llamados “Kinsey Reports” publicados en 1948. En ellos Alfred Kinsey escribe que la mayoría de las mujeres que entrevistó no podían tener orgasmos vaginales y propone que el clítoris es el centro de la respuesta sexual femenina, relegando a la vagina a un papel de menor importancia. En los años 70, el feminismo de la segunda ola, sobre todo el feminismo anti-porno, construyó toda una ideología sexual en torno a los informes de Kinsey, en la que la penetración era considerada como un acto intrínsecamente violento y degradante para la mujer. De acuerdo con esta nueva visión del sexo, el orgasmo vaginal no existe, es sólo una invención del patriarcado para hacer que las mujeres se sometan al coito y tengan hijos. El clítoris adquiere así todo un simbolismo del nuevo poder de la mujer: representa su capacidad de alcanzar el placer independientemente del hombre. El pene ya no es necesario y, de hecho, el acto sexual ideal para la mujer consistirá en la estimulación manual u oral (cunnilingus) del clítoris. Como esto se lo puede hacer una mujer a otra, el lesbianismo se convierte en la relación perfecta, ya que contribuye a los objetivos del feminismo separatista, que consisten en que las mujeres construyan una sociedad al margen de la de los hombres. La ironía de todo esto es que, dado que el clítoris es el análogo fisiológico del pene en la mujer, en el fondo de lo que se trata es de sustituir una cultura falocéntrica por una cultura clítoris-céntrica, al mismo tiempo que el feminismo de la segunda ola recogía los esquemas de superioridad, violencia y poder del machismo y se limitaba a hacerles un cambio de sexo.

Aparece así una nueva normativa, tan limitada y represora como la anterior, que impone una forma políticamente correcta de hacer el amor. Desgraciadamente, aún después de la Guerra del Sexo que desbancó las ideas sexo-negativas del feminismo anti-porno, esta normativa clítoris-céntrica sigue siendo predicada por muchos sexólogos. Por ejemplo, esto lo vemos en el artículo “La erección en una mujer necesita 20-30 minutos de la adecuada estimulación de su clítoris”basado en este artículo en inglés. En ellos se nos dan claras instrucciones sobre la manera políticamente correcta de follar: estimulando el clítoris durante 20-30 minutos antes de la penetración. Al parecer, nadie quiere darse cuenta de que esto es tan limitante y falto de imaginación como la antigua postura del misionero.

Por supuesto, no voy a negar que el clítoris es una parte importante de la anatomía sexual femenina, quizás la más importante, como ocurre con el pene en el hombre. También es cierto que para la mayoría de las mujeres la estimulación del clítoris es la manera más efectiva de obtener un orgasmo… aunque no la única. El problema es que, como pasa con todas las normativas, las nuevas reglas afirman la sexualidad de unas al tiempo que invalidan la sexualidad de otras. Porque lo que ocurre en realidad es que la respuesta sexual de las mujeres no es uniforme sino increíblemente variada. Hay una amplia minoría de mujeres a las que no les gusta alcanzar el orgasmo con la estimulación del clítoris. Yo he conocido a varias:

•    Caso A - Esta amiga mía de 48 años me confesó que llevaba toda la vida intentando conseguir un orgasmo estimulándose el clítoris sin lograrlo. Una vez estuvo masturbándose varias horas, hasta que el clítoris se le irritó tanto que tuvo que dejarlo. Sin embargo, ella consigue llegar regularmente al orgasmo cuando se masturba metiéndose dedos y una toalla en la vagina. Su problema parece ser que su clítoris no es lo suficientemente sensible para llevarla al orgasmo.

•    Caso B - A esta mujer, también madura, le ocurre lo contrario que a A: tiene el clítoris tan sensible que su estimulación directa le resulta dolorosa. Sin embargo, B es multiorgásmica y pude llegar al clímax de muchas maneras: penetración vaginal, anal o incluso con una simple azotaina.

•    Caso C - Mujer post-menopáusica con una enorme facilidad para llegar al orgasmo. Empezó por correrse cuando le di una azotaina y ya no paró de hacerlo todo el rato que estuvimos haciendo el amor. Sus orgasmos eran tan intensos que parecían ataques epilépticos, poniendo los ojos en blanco y llegando a perder el conocimiento. En ningún momento le estimulé el clítoris, ya que parecía completamente innecesario. Lo más curioso es que al terminar siguió teniendo orgasmos espontáneos durante un buen rato sin ningún tipo de estimulación sexual. Para mí, esto significa que el orgasmo puede ser un fenómeno puramente cerebral, desligado tanto del clítoris como de la vagina.

Existen estudios científicos que avalan mi experiencia personal. Por ejemplo, Dwyer (2012) escribe:

“La existencia del punto G es aceptada por muchas mujeres; un cuestionario anónimo que fue distribuido entre 2,350 mujeres profesionales en EE.UU. y Canadá encontró que el 84% de las mujeres ‘creían que un área de alta sensibilidad existe en la vagina’. De las mujeres que respondieron, el 40% dijeron que tenían una emisión de fluidos (eyaculación) en el momento del orgasmo. Además, el 82% de las que dijeron tener la zona sensible (punto Grafenberg) también dijeron eyacular durante el orgasmo”.

¿Entonces va a resultar que Freud tenía razón y que hay mujeres “clitoridianas” y mujeres “vaginales”? Yo creo que eso es simplificar demasiado las cosas. Lo que ocurre es que existe una gran variedad en las respuestas sexuales de las mujeres. Todas son igualmente válidas, por supuesto.

Ilustración herética mostrando la localización del punto G
Pero hay más. Cuando examinamos el caso de la sexualidad masculina vemos que el principal obstáculo para obtener una respuesta más placentera es que se considere al pene como la única fuente de placer. Otras zonas erógenas del cuerpo masculino incluyen los pezones y la próstata, que todo hombre que quiera desarrollar su sexualidad más plenamente debería explorar. Pero no deja de resultar curioso que al mismo tiempo que invitamos a los hombres a investigar este tipo de sensaciones, rompiendo los tabúes culturales que existen contra ellas, les digamos a la mujeres que se conformen con su placer clitoriano y no vayan más lejos en la exploración de todas las posibilidades que les ofrece su cuerpo, que son muchas y más asequibles que las del cuerpo masculino. Por ejemplo, el orgasmo prostático que algunos hombres consiguen alcanzar (y que no se parece en nada al que se obtiene estimulando el pene) tiene muchas similitudes con el orgasmo vaginal femenino. Quizás esto se deba a que las glándulas de Skene que están debajo del punto G son en realidad una próstata femenina, de la que proviene la eyaculación que experimentan muchas mujeres (Davidson, Darling et al. 1989; Darling, Davidson et al. 1990; Schubach 2002; Thabet 2009; Dwyer 2012). Esto contradice el dogma que hoy en día repiten hasta la saciedad muchos sexólogos: “existe un solo tipo de orgasmo”. Si en el hombre son posibles dos tipos distintos de orgasmo, el del pene y el de la próstata, ¿por qué no iba a pasar lo mismo en la mujer? ¿Cuál es la evidencia fisiológica de que sólo exista un tipo de orgasmo? ¿Qué criterios podemos aplicar para decidir que orgasmos que se originan en distintos sitios son en realidad lo mismo? Esta idea clítoris-céntrica de los sexólogos parece basada más en la ideología del feminismo anti-porno de la que hablaba antes que en observaciones con base científica (Gerhard 2000; Jannini, Whipple et al. 2010). Por otro lado, mujeres con amplia experiencia sexual dicen claramente que para ellas, el orgasmo vaginal y el orgasmo clitoriano se experimentan de formas muy distintas (Korda, Goldstein et al. 2010).

Está muy bien querer educar a la gente en cómo vivir una vida sexual más sana, y de paso romper los viejos esquemas culturales del patriarcado y el conservadurismo sexo-negativo, pero hay que tener cuidado que al hacerlo no creemos otras normativas que resulten tan opresoras como la anterior.

Referencias

Darling, C. A., J. K. Davidson, Sr., et al. (1990). "Female ejaculation: perceived origins, the Grafenberg spot/area, and sexual responsiveness." Arch Sex Behav 19(1): 29-47.

Davidson, J. K., Sr., C. A. Darling, et al. (1989). "The role of the Grafenberg Spot and female ejaculation in the female orgasmic response: an empirical analysis." J Sex Marital Ther 15(2): 102-120.

Dwyer, P. L. (2012). "Skene's gland revisited: function, dysfunction and the G spot." Int Urogynecol J 23(2): 135-137.

Gerhard, J. (2000). "Revisiting "the myth of the vaginal orgasm": the female orgasm in American sexual thought and second wave feminism." Fem Stud 26(2): 449-476.

Jannini, E. A., B. Whipple, et al. (2010). "Who's afraid of the G-spot?" J Sex Med 7(1 Pt 1): 25-34.

Korda, J. B., S. W. Goldstein, et al. (2010). "The History of Female Ejaculation." J Sex Med 7(5): 1965-1975.

Schubach, G. (2002). "The G-spot is the female prostate." Am J Obstet Gynecol 186(4): 850; author reply 850.

Thabet, S. M. (2009). "Reality of the G-spot and its relation to female circumcision and vaginal surgery." J Obstet Gynaecol Res 35(5): 967-973.