lunes, 20 de mayo de 2013

Manos (viñeta BDSM)

-Ya es hora- dijo Marcos, echándole una ojeada al reloj.

Ana le dirigió una mirada nerviosa.

-Vale, vamos- le sonrió.

La desvistió. Normalmente, en una fiesta como ésta ella tendría que estar ya medio desnuda, pero él había insistido en que estuviera vestida hasta que llegase el momento.

Le desabotonó la blusa. Le quitó el sujetador. A continuación la falda, blanca, femenina, muy mona, ni demasiado ajustada ni demasiado corta. Ella misma se quitó las sandalias. Sus braguitas blancas de algodón descendieron por sus piernas.

Ya la miraban. Ana era más bien pequeña. Culito respingón. Piernas estilizadas. Pechos más bien pequeños pero de forma perfecta.

Marcos rebuscó en su bolsa de deportes. Encontró las esposas de cuero y la venda para los ojos, también de cuero, con un forro blando por dentro. Le ajustó la venda sobre los ojos. La lana blanda daba calor. Olvidó las miradas que la rodeaban.

Marcos le puso las esposas, juntándole las manos. Notó metal frío rozándoselas. Una cadena que tintineaba. Sus manos se alzaron, cada vez más alto. Estirándole los brazos sobre la cabeza hasta que casi se tuvo que poner de puntillas. Pero ahí se detuvo. Podía apoyar los talones en el suelo si se estiraba del todo.

¿Dónde estaba Marcos? Yo no lo oía moverse a su alrededor.

-Marcos- lo llamó quedamente. No hubo respuesta. No quería llamarlo en voz alta. Esperó. Sintió el aire frío sobre su cuerpo. Sus pezones se endurecieron.

Oyó pasos a su alrededor. Susurros. Había gente rodeándola. No podía verlos, pero podía sentir el calor de sus cuerpos. Casi podía sentir la gravedad de sus cuerpos atrayéndola, como la luna atrae al mar con las mareas.

Una mano le tocó la espalda. Luego otra. Más manos tomaron contacto con su vientre, sus hombros, sus muslos. Pronto había tantas manos que ya no podía contarlas. No podía distinguirlas unas de otras. La tocaban suavemente. Yemas de los dedos como plumas, danzando caprichosamente sobre su piel desnuda, poniéndole carne de gallina. Un par de veces sintió que empezaban a hacerle cosquillas. Pero ahora las manos presionaban con mayor firmeza, acariciándola más profundamente. También se estaban volviendo más atrevidas, envolviendo sus tetas y sus nalgas, encontrando los puntos más sensibles en el interior de sus muslos.

Manos sobre ella, por todas partes. Lujuriosas, avariciosas. Alimentándose de la suavidad de su piel. Una atraía su atención sobre una parte de cuerpo y enseguida era desviada por otra mano en otro sitio. Un apretón en el culo. Un pellizco en el pezón. Una caricia en sus labios.

El toqueteo de todas esas manos la confundía. Se sentía violada por esas manos de extraños. Y, sin embrago, le gustaba ser tocada. Se entregó a las manos avariciosas. Dejó que la sintieran. Dejó que la gozaran. Podía sentir la excitación que la rodeaba en las respiraciones agitadas. Eran como el viento, arreciando y calmándose.

Unas manos fuertes la agarraron de los tobillos, levantándole los pies del suelo. Más manos sostuvieron sus piernas y su espalda. Flotaba en un mar de manos. Cuando una se iba, otra la reemplazaba, sin dejarla caer. Brazos y piernas subieron y bajaron sobre olas de manos. Las olas también rompían sobre ella, con lenguas de espuma que corrían sobre su vientre y sus pechos. Le abrieron las piernas para que mariposas de dedos pudieran posarse sobre los sitios más suaves de su piel, en el interior de sus muslos, subiendo hacia su coño y su culo. Su sexo se abrió de par en par, chorreando, invitando a esos dedos a entrar en ella. Pero los dedos siempre se detenían antes de llegar a su vagina, su clítoris o su ano. Haciéndola rabiar. Negándole el desahogo.

Llegó como una ola que la empapó entera. No lo sintió en ningún sitio en particular, sino en todas partes a la vez. Olas de placer recorriéndole la piel. Gimió quedamente. Las manos comprendieron. Se detuvieron. Presionaron, apretando suavemente aquí y allí.

La bajaron hasta que volvió a estar de pie en el suelo. La cadena tintineó. Le liberaron las manos. Le quitaron la venda de los ojos. Caras sonrientes a su alrededor. Sus amigos. No podía hablar. Entonces vio a Marcos. Le rodeó el cuello con los brazos. Él la levantó y se la llevó en brazos, la cara enterrada en su cuello.

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