domingo, 13 de enero de 2019

Para volverte loca (Parte 21)

Para leer esta novela desde el principio, pincha aquí

Beatriz se ofreció a llevarlo en su Vespino. Julio sugirió ir en metro, pero Beatriz no quería dejar la Vespino en la calle y se negaba a separarse de él. Se ve que tenía miedo a que la dejara plantada si lo dejaba apartarse de ella un solo momento.

La Vespino parecía un artilugio ridículamente pequeño con ellos dos encima, pero Beatriz le dio caña al acelerador y salieron disparados por Princesa hacia el Paraninfo, y luego por la calle Isaac Peral hacia el norte. Beatriz conducía como una posesa, acelerando y frenando bruscamente,  haciendo slalom entre los coches, pasando tan cerca que Julio pensó que se iba a dejar la rodilla en algún espejo retrovisor. Le dijo varias veces que fuera más despacio, pero Beatriz parecía no oírlo a través del casco. No había pasado tanto miedo desde aquel día que volcaron en el velero de Laura varios kilómetros mar adentro.

Beatriz giró a la derecha por Cea Bermúdez y, después de varios giros suicidas, acabó deteniéndose en la calle Bretón de los Herreros, a un tiro de piedra de la casa de los padres de Julio.

-¿Estás segura de que no va a venir tu padre? -le preguntó secándose las manos sudorosas en los vaqueros.

-Segurísima -dijo ella quitándose el casco-. Está en Tenerife y no vuelve hasta mañana. Ayer mismo hablé con él por teléfono.

La siguió al interior de una casa de pisos moderna y moderadamente lujosa. En el ascensor, Beatriz lo miró nerviosa y sin decir palabra, como si no se creyera que había conseguido lo que se proponía o como si temiera haberlo hecho. Julio decidió hacerse con el control de la situación lo antes posible. El viajecito en moto le había dado una buena inyección de adrenalina, y eso sacaba a flote su sadismo.

Ella sacó las llaves, abrió la puerta y se internó con paso decidido en su casa.

-¡Eh, eh, eh! -le dijo él desde la puerta-. ¡Vuelve aquí ahora mismo!

Beatriz volvió junto a él con una mirada interrogativa.

-Quiero que te desnudes aquí mismo, en la entrada -le dijo cerrando la puerta tras él-. Quítatelo todo.

Ella le dirigió una sonrisa traviesa y enseguida se bajó la cremallera de la falda, que cayó al suelo junto a sus pies. Sin perder un instante se quitó las bragas, como para demostrarle lo ansiosa que estaba de quedar a su merced. Se desabrochó los botones de la camisa en un tiempo récord. No llevaba sujetador debajo. Los zapatos y las medias desaparecieron como por ensalmo.

-¡Vaya, vaya! ¡Te desnudas a la misma velocidad con la que conduces esa puta Vespino!

-Me ha entrenado Martina -dijo ella con orgullo-. No creas, que me llevé mis buenos azotes hasta que aprendí a hacerlo lo suficientemente rápido.

Su cuerpecito desnudo le inspiraba saña y ternura al mismo tiempo. Tenía los brazos y las piernas muy finos, pechos insignificantes, caderas afiladas, vientre plano y un pubis afeitado de aspecto delicioso. Le metió un brazo entre las piernas y la levantó en vilo. Era ligera como una pluma. Beatriz soltó un quejido de placer al sentir la repentina presión en su coño.

-¡Y ahora, pequeña, te vas a enterar de lo que vale un peine!

Beatriz se colgó de su cuello y escondió la cara en su hombro. Cargó con ella pasillo abajo, cruzando una doble puerta acristalada para entrar en la sala de estar. Delante de la estantería de pared donde estaba la televisión había un tresillo color crema de aspecto cómodo. Se sentó en medio del sofá con Beatriz encima. Hábilmente, la hizo girar para dejarla de espaldas a él. Le pellizcó los pezones hasta que la oyó quejarse. Luego, poniéndole las manos en los hombros, la empujó hacia delante hasta que tuvo su cabeza en sus pies. Beatriz quedó doblada entre sus rodillas con una pierna a cada lado de sus caderas. Era una postura tremendamente expuesta y humillante, que Cecilia y él llamaban “la carretilla”. El pompis redondito de Beatriz quedaba justo encima de su regazo, listo para ser golpeado como un tambor, las nalgas separadas para ofrecerle una buena vista del coño y de ese ano color canela, ancho y liso, que tanto lo había cautivado desde el primer momento en que lo vio. Sorprendida, Beatriz empujó con las dos manos en el suelo para levantar la cabeza y volverse a mirarlo.

-¿Por qué me pones cabeza abajo?

-Para tenerte bien expuesta. ¡Verás qué bien!

-¡Joder, es verdad! Me lo debes estar viendo todo. ¡Qué pasada!

Julio no perdió el tiempo. Quería aprovechar el factor sorpresa para sacarla de su equilibrio y así hacer el castigo más efectivo. Le plantó dos sólidos azotes, uno en cada nalga. Beatriz no se quejó, pero su respiración se volvió más agitada.

Hacía tiempo que no vivía una situación tan excitante. Le tenía que dar a esa mequetrefe una buena lección por haber estado acechándolo… Y por haberle hecho pasar tanto miedo en esa puta motocicleta. Se puso a pegarle fuerte, a buen ritmo, alternando de una nalga a otra. Beatriz se puso a hacer un comentario en directo de lo que sentía:

-¡Ay, ay! ¡Qué fuerte me estás pegando! ¡Ay, cómo duele! ¡Mi culitooo! ¡Joder, qué paliza! ¡Qué pasadaaa!

Siguió diciendo cosas por el estilo, que a él le sonaban super-excitantes. Encima respondía de forma preciosa, contrayendo el culo, apretando sus piernecitas contra él, dando pataditas al respaldo del sofá y palmadas a la alfombra, pero sin intentar en ningún momento zafarse de él. El pompis pequeñito y respingón de Beatriz pronto estuvo de color rojo cereza.

Hacía tiempo que no se sentía tan sádico, con tantas ganas de ensañarse con alguien. Se le ocurrió que estaba descargando la pena y la frustración de que le hubieran quitado a Cecilia en esa pobre chica que en realidad no había hecho nada malo, sólo ser tan tonta como para ir a enamorarse de él. Se detuvo y se puso a acariciarle la piel caliente y enrojecida.

-¿Por qué paras? ¡Si aún no me has castigado lo suficiente! -dijo ella con llanto en la voz.

Julio la agarró por los hombros y tiró de ella hasta dejarla sentada en su regazo. Podía sentir el calor que irradiaba su trasero a través de la tela de sus pantalones.

-¿No has tenido bastante? Estás llorando.

-¿No te gusta hacerme llorar? A mí me parece muy bonito -sollozó, puntuándolo con un sorbetón de mocos.

-Me encanta hacerte llorar -reconoció, lamiéndole las lágrimas de las mejillas.

Beatriz se rio. Le puso las manos en la nuca y le dio un beso, mojándole la cara.

-Nunca me habían zurrado en esa postura. ¡Es una auténtica pasada!

-A mí también me gusta. Me ofrece una buena panorámica de tu culito.

-¡Que te vas a follar dentro de nada!

-Hablando de eso… Quiero que me enseñes esos dos consoladores que te ha dado Martina.

-¡Ah, sí! ¡Ven!

sábado, 5 de enero de 2019

Para volverte loca (Parte 20)

Para leer esta novela desde el principio, pincha aquí

Cruzaron la calle Princesa y se metieron en la primera cafetería que encontraron. Beatriz marchó decidida hasta la última mesa, donde tendrían un poco de privacidad. Julio se sentó frente a ella. En la radio sonaba aquella canción italiana que se había puesto tan de moda: “Una margherita dice la veritá”… Y ahí estaba él, deshojando la margarita de si tirarse o no a Beatriz. Ella lo miraba intensamente con el ojo derecho, mientras que el izquierdo se le desviaba hacia arriba y hacia el lado, a causa de su estrabismo. Eso, junto con la fragilidad de su cuerpo y la forma tan torpe y tan obvia con la que intentaba seducirlo le resultaba enternecedor.

-Tienes unos ojos preciosos, Beatriz -le dijo con una sonrisa.

-No te rías de mí, por favor -dijo ella, bajando la mirada.

Julio le cogió la barbilla para obligarla a mirarlo otra vez. Le dijo con severidad:

-Si te digo que tienes unos ojos preciosos, es porque tienes unos ojos preciosos. No vuelvas a contradecirme. No te lo pienso consentir.

Reñirle así le había acelerado el pulso. Decididamente, esa chica le sacaba su lado sádico.

-No, claro… perdona -le respondió ella en un tono casi inaudible.

“Felicità, tu se vuoi puoi tornare con me”, decía la canción. Si volviera Cecilia, él podría volver a ser feliz. Pero, por el momento, esta chiquita con ojos estrábicos era todo lo había.

Apareció el camarero. Beatriz pidió un café con leche. Él, una cerveza.

Beatriz extendió la mano sobre la mesa y le cogió la suya con suavidad. Volvía a mirarlo intensamente.

-¿Te puedo contar una cosa muy íntima?

-Bueno…

-Me he estado preparando el culo para ti -le susurró en tono cómplice-. Le pedí a Martina dos consoladores, uno pequeño y otro más grande, y todas las noches me los he estado metiendo en el culo. Ahora ya puedo llevar el más grande durante casi media hora.

Su pene se endureció aún más, quedando atrapado dolorosamente en su calzoncillo. Discretamente, pugnó por liberarlo de su prisión de tela.

-Es que como me dijiste que querías darme por culo… ¿No te acuerdas? ¿Qué te parece?

-Pues me parece todo un detalle por tu parte -acertó a decir.

Les trajeron el café y la cerveza. En cuanto se fue el camarero, Beatriz se inclinó hacia él y le cuchicheó:

-Martina te dijo que no estaba preparada. Bueno, pues ahora ya lo estoy.

La pobre se había arriesgado mucho a contarle todo eso… Sin contar con las molestias que se había tomado por él. Debía darle las gracias, pero sin perder el control de la situación. Le apretó la mano que sostenía y le sonrió.

-Sí, recuerdo cuando te lo dije… Tenía muchas ganas de hacerlo, la verdad. Gracias por entrenarte para mí.

Beatriz lo miraba intensamente, con una radiante sonrisa.

-Martina quiso darme por culo una vez con uno de sus arneses, pero yo me negué. Le dije que quería que tú fueras el primero. Me dijo que me estaba haciendo muchas ilusiones contigo… pero yo estaba segura de que se equivocaba, que si me ofrecía a ti, tú me aceptarías. Lo vamos a hacer, ¿a que sí?

Había algo que le había estado rondando la cabeza. Era mucha casualidad que Beatriz se lo hubiera encontrado prácticamente en la puerta de su casa. Además, iba perfectamente arreglada, con medias negras y falda ajustada que resaltaban a la perfección sus piernas delgadas y su trasero redondito.

-Dime una cosa, Beatriz -dijo ignorando su proposición-. Tú me estabas esperando a la puerta de mi casa, ¿verdad?

-Bueno, no es que te estuviera esperando… -Beatriz lo miraba asustada.

-¿Cuánto tiempo llevabas allí? -insistió.

-Una hora… Bueno, hora y media… Casi dos.

-¿Y cómo sabes dónde vivo?

-Porque… porque la última vez que Cecilia y yo jugamos con Martina me ofrecí a llevarla a casa en mi Vespino. Perdóname, yo…

Beatriz parecía a punto de echarse a llorar. Le dio unas palmaditas en la mano.

-Tú has estado viniendo a mi casa a ver cómo salía y entraba. Seguro que alguna vez hasta me habrás seguido por la calle.

Beatriz hizo un puchero.

-¡No era nada malo, de verdad! Yo… yo sólo quería verte. Me gusta mucho verte, cómo andas, cómo te mueves…

-¡Ay, Beatriz!

-Martina me lo advirtió: que no se le puede decir a alguien que estás enamorada de él porque lo agobias, y entonces es cuando no te quieren volver a ver… -Se secó una lágrima con los nudillos-. ¡Pero yo no sé qué hacer! Porque sí… estoy loca por ti. Me he enamorado de ti como una tonta… ¡y si no te vuelvo a ver me muero! Así que fui a tu casa una vez, y tuve suerte, porque te vi salir… Y eras aún más guapo a la luz del día que cuando te vi por primera vez, en la mazmorra de Martina.

-¡Venga, venga, Beatriz! -dijo él al verla llorar. La gente de la cafetería los miraba.

Beatriz le sonrió entre sus lágrimas.

-Así que por las noches me metía el chisme ese en el culo y soñaba que eras tú, apoderándote de mí de la manera que más te gustaba. Y era tan bonito y tan fuerte que al día siguiente tenía que volverte a ver, para comprobar si te había imaginado bien la noche anterior.

Era culpa suya, por haber pensado que podía coger a una chica como esa por banda, hacerle un montón de canalladas, follársela, y esperar que todo acabara allí. Por lo visto, Beatriz era tan masoca como Cecilia. Quería más, y no había muchos tíos que supieran hacerle lo que él le había hecho. ¿Qué iba a hacer ahora? Beatriz estaba completamente obsesionada con él, estaba clarísimo. Si aceptaba su proposición no haría sino alimentar esa obsesión. Pero, viéndola llorar frente a él, la idea de rechazarla le rompía el corazón. ¡Pobre Beatriz! Demasiada gente la había rechazado ya. Seguro que eso le había hecho mucho daño. Además, ¡qué coño!, le apetecía un montón tirársela.

-Muy bien, te diré lo que vamos a hacer -dijo dándole un súbito apretón en la mano.

Beatriz lo miró, expectante. Incluso su ojo izquierdo se orientó en su dirección.

Era un error. Después de esa vez habría otras, y él necesitaba todo su tiempo libre para buscar a Cecilia. Además, Laura se iba a poner como una fiera cuando se lo contara. Pero ya no podía volverse atrás. 

-No me gusta nada que me hayas estado espiando. Hubiera sido mejor que me hubieras dicho todo esto mucho antes. Así que, vale, te daré por culo, a ver si es verdad que lo aguantas. Pero antes te voy castigar. Te daré una buena paliza, a ver si espabilas y dejas de hacer tonterías.

El rostro de Beatriz resplandecía como el sol. Se levantó de su asiento, rodeó la mesa y se le echó encima, abrazándolo.

-¡Ay, Julio, no sabes la alegría que me das! Castígame todo lo que quieras, que me lo merezco. Pégame fuerte, que yo de seré feliz sabiendo que eres tú quien lo haces.

-¡Vale, vale, Beatriz! Ya veremos si es verdad que aguantas todo lo que pienso hacerte. Y ahora vuélvete a tu sitio, que estamos montando una movida de mucho cuidado.

Beatriz le robó un beso antes de volverse a su silla. Julio decidió que no se andaría con contemplaciones con ella. Quién sabe, tal vez si se portaba como un auténtico cabrón se le pasaría la obsesión con él. La idea lo excitaba. Bebió un buen trago de cerveza mientras que Beatriz daba pequeños sorbos a su café sin dejar de mirarlo.

-¿Dónde lo hacemos?

-En mi casa, claro.

-¿No vivías con tu padre?

-Está de viaje… Por eso decidí que hoy tenía que ser el día que hablara contigo. Me costó mucho trabajo, no te creas. Llevo todo el día echa un flan, pensando que no ibas a querer.

Julio bebió otro sorbo de cerveza.

¡Joder, si había quedado con Lorenzo! ¡Desde luego, esta tía me tiene sorbido el seso! Mejor le digo a Beatriz que quedamos otro día… Pero, ¿cuándo? Mañana es lunes y tengo que currar, y a ver cómo le digo a Laura que no ceno con ella. No, será mejor que llame a Lorenzo. Él lo entenderá.

-Perdona, tengo que cancelar lo que iba a hacer esta mañana -le dijo a Beatriz.

Se levantó a llamar desde el teléfono público de la cafetería.

-Oye tío, perdona, pero me ha salido otro plan. Nos vemos otro día, ¿vale?

-¿Qué? ¡No me jodas, tío! ¿Qué plan? ¿Tenéis alguna novedad sobre Cecilia?

-No, no es eso… Es que me he encontrado con una piba que llevaba tiempo sin ver y… bueno, que se ha enrollado muy bien.

-¿Una piba? ¡Joder tío! ¿Pero tú de qué vas! ¿Vas a enrollarte ahora con una tía, con la que está cayendo?

Esa no era la respuesta que se esperaba. Si Lorenzo se lo tomaba así, a saber lo que diría Laura. Quizás ése no era el momento más adecuado para enrollarse con Beatriz. La buscó con la mirada. Estaba en la barra, pagando la consumición. Vio que la miraba y le sonrió, pero se le notaba ansiedad en los ojos. No, no podía decirle que no, a estas alturas.

-Tío, entiéndeme… Ya no tengo a Cecilia… Y Laura, con el rollo del embarazo, sólo quiere enrollarse con Malena. Ésta es la chica que me presentó Cecilia, sabe de qué va el rollo, así que no es que le vaya a poner los cuernos a nadie…

-¡Corta el rollo, colega! Vale, entiendo que estés más salido que una mona, pero ahora mismo lo que tienes que hacer es centrarte en encontrar a Cecilia.

-Si es que no podemos hacer nada sobre lo de Cecilia hasta mañana, tronco. ¿Qué quieres que haga?

-Pues quedar conmigo, que también las estoy pasando putas con este tema, ¿qué te crees?

En eso no había caído… Lorenzo estaba enamorado de Cecilia. Su desaparición debía haber sido un buen palo para él. Estaba a punto de decirle que iba a verlo cuando se le acercó Beatriz. Lo miró con esos ojos estrábicos y eso lo hizo cambiar otra vez de decisión.

-Mira tronco, hacemos una cosa: me paso por tu casa esta tarde y nos vamos de cañas… ¿Te parece?

Beatriz hizo un mohín de disgusto cuando lo oyó decir eso.

-Vale, tronco, como quieras -dijo Lorenzo en tono decepcionado.

¿Cómo va a acabar esto, bien o mal? Pon tu opinión en los comentarios.

sábado, 29 de diciembre de 2018

Para volverte loca (Parte 19)

Para leer esta novela desde el principio, pincha aquí.

En la calle hacía frío y viento. Negros nubarrones corrían por el cielo, amenazando lluvia. Julio cerró la cremallera de su cazadora hasta arriba y se dirigió a paso vivo hacia el metro. Le pareció que alguien decía su nombre, pero pensó que habría oído mal. Luego la oyó repetirlo más alto:

-¡Eh, Julio!

Se volvió. Una chica caminaba hacia él, sonriéndole tímidamente. Era pequeña y delgada, con pelo marrón oscuro cortado en línea recta desde la nuca hasta formar dos puntas junto a la barbilla. Como Valentina, el personaje de comic de Guido Crepax. Eso lo ayudó a reconocerla: era la chica del calabozo de Martina, la presa que le había ofrecido Cecilia cuando la desafió a que le cazara una mujer a quien él pudiera dominar. ¿Cómo se llamaba?

-Hola, Beatriz -dijo acordándose de su nombre justo en el momento en que ella le dio alcance-. ¿Qué haces por aquí?

Se sentía avergonzado de no haberla reconocido enseguida. Uno debería reconocer inmediatamente a las mujeres a las que había follado.

-Pues, ya ves… pasaba por el barrio… -le dijo ella mirándolo con intensidad-. ¿No vas a darme un beso?

Era una tontería negarse. A fin de cuentas, le había hecho cosas mucho más íntimas que darle un beso. La agarró suavemente por la nuca y la besó. Beatriz respondió con pasión. Sus labios eran dulces y suaves. Cuando la soltó, Beatriz se quedó mirándolo, la respiración agitada.

-¿Te puedo invitar a un café? -le dijo con ansiedad en la voz.

Su pene se había despertado en una erección tan fuerte como la que había tenido al despertarse esa mañana. ¿Sólo por un beso? No, quizás fue el recuerdo de lo que le había hecho a ella y a Cecilia en la mazmorra de Martina.

-Sí, claro… -dijo algo incómodo-. Tenía ganas de volver a verte.

-¿De veras? ¡Yo también! ¡Tenía muchísimas ganas de volver a verte!

La alegría con que lo dijo lo puso en alerta. Quizás ese encuentro no fuera tan casual como ella pretendía.

-¿Qué te pasa? -le dijo ella, frunciendo el ceño.

-¿A mí? … Nada.

-Como te has quedado tan callado…

Cecilia y Beatriz habían vuelto a verse. Cecilia había hecho una sesión con Martina en su calabozo en la que Beatriz también había participado. Cecilia se la había contado con todo lujo de detalles. Y también le había dicho que Beatriz se había quedado colgada de ellos dos. Sobre todo de él.

-Es que… bueno, me estaba acordando de lo que hicimos aquella vez… Cecilia me dijo que jugasteis otra vez juntas.

-Sí, con Martina… Me prometió que te diría que quedaras conmigo… ¿No te lo dijo? ¿O es que no querías verme? -acabó de decir con voz lastimera.

-No, Beatriz, no es eso. Claro que quería volver a verte. Pero no te puedes imaginar la de cosas que nos han pasado este último mes…

-¿Qué os ha pasado?

-Pues que Cecilia ha desaparecido. No sabemos dónde está. Laura y yo estamos muy preocupados.

-¿Qué Cecilia ha desaparecido? ¡Pero eso no puede ser! ¡Con lo enamorada que estaba de ti! ¿Cuándo se marchó?

-No se marchó, Beatriz. Desapareció, sin más, hace un par de días. Creemos que alguien la ha secuestrado.

-¿Que la secuestraron? ¿Pero cómo ha podido pasar una cosa así? ¿Dónde estaba?

No podía contarle a Beatriz que Cecilia trabajaba en Angelique y que la policía la había detenido pensando que era una prostituta. Era algo demasiado privado. Además, le dolía en el alma pensar en Cecilia. Estaba harto del tema. Laura y él no hablaban de otra cosa, a todas horas.

-Lo siento, pero no te puedo dar más detalles -dijo empezando a andar-. Por supuesto, hemos contactado con la policía… Estamos haciendo todo lo posible por encontrarla.

Beatriz se apresuró a darle alcance.

-Ya… -dijo visiblemente decepcionada.

-Como comprenderás, con todos estos líos no he podido llamarte… Pero sí que pensaba hacerlo.

El rostro de Beatriz se iluminó.

-¿Entonces Cecilia te dio el recado?

-Sí, claro… Pensábamos quedar un día contigo y hacer otro juego como el de ese día.

-Sí, estuvo muy bien, ¿verdad? A mí me hubiera gustado mucho quedar otra vez con vosotros… O contigo sólo… Porque, claro, con Cecilia ya jugué otra vez… Con ella y con Martina… Pero a veces me he imaginado lo que podríamos hacer tú y yo solos… Si a Cecilia y a Laura no les importa, claro.

Se lo había soltado todo muy rápido, hablando nerviosa. Al final el ritmo de su voz fue bajando y se lo quedó mirando, ansiosa.

Su erección se resistía a desaparecer. Empujó profundamente sus puños dentro de sus bolsillos. Beatriz no estaba tan buena como Cecilia o como Laura. Era demasiado delgada… Pero era morbosilla, y eso lo tentaba. Había tenido varias fantasías eróticas sobre ella… Pero no. No podía permitirse el lujo de tener una relación con ella. Tenía que concentrar toda su energía en encontrar a Cecilia.

-Bueno, ¿y tú cómo estás? Háblame un poco de ti.

La mirada de Beatriz expresó alivio y desilusión al mismo tiempo. Intentando ajustar su paso al de él, empezó a contarle cosas de su vida, hablando deprisa y con aire ensimismado. Estaba estudiando psicología y le iba muy bien; sacaba las mejores notas. Por las tardes trabajaba en casa traduciendo libros y folletos del inglés al castellano. No, no vivía sola, vivía con su padre. Sí, seguía jugando de vez en cuando con Martina. No, no salía con nadie más…

En un gesto que pretendía ser espontáneo pero que quedó brusco y torpe, Beatriz le cogió la mano. De todas formas él se la retuvo, sopesando la delicadeza de sus dedos finos.

Cruzaron la calle Princesa y se metieron en la primera cafetería que encontraron. Beatriz marchó decidida hasta la última mesa, donde tendrían un poco de privacidad. Julio se sentó frente a ella. En la radio sonaba aquella canción italiana que se había puesto tan de moda: “Una margherita dice la veritá”… Y ahí estaba él, deshojando la margarita de si tirarse o no a Beatriz. Ella lo miraba intensamente con el ojo derecho, mientras que el izquierdo se le desviaba hacia arriba y hacia el lado, a causa de su estrabismo. Eso, junto con la fragilidad de su cuerpo y la forma tan torpe y tan obvia con la que intentaba seducirlo le resultaba enternecedor.

¿Qué piensas: debe Julio enrollarse con Beatriz o no? Pon tu opinión en los comentarios. 

martes, 25 de diciembre de 2018

Fairytale of New York (un villancico indecente)

Dicen que quieren censurar esta canción de The Pogues, un grupo que mezcla el rock, el punk y el folk irlandés. Fairytale of New York, Cuento de hadas de Nueva York. Habla de cómo la Navidad puede ser trágica para algunas personas. De cómo los sueños más dulces pueden acabar mal. De cómo los amores más tiernos acaban en odio.


Os la traduzco:

(Él) Era Nochebuena, baby
en la celda de los borrachos
un viejo me dijo
“no veré otra”
y entonces cantó una canción
“El raro rocío de la vieja montaña”.
Yo volví la cabeza
y soñé contigo.

(Él) Tuve un ramalazo de suerte
gané dieciocho sobre uno.
Tengo el presentimiento
de que éste será nuestro año.
Así que Feliz Navidad
te quiero, baby!
Veo que vienen tiempos mejores
cuando nuestros sueños se volverán realidad.

(Ella) Tienen coches grandes como un bar
tienen ríos de oro
pero cuando el viento te corta
éste no es sitio para viejos.
Cuando me cogiste de la mano
en esa fría Nochebuena
me prometiste que Broadway me esperaba.

(Ella) Eras guapo!
(Él) Eras preciosa
la reina de Nueva York
(Los dos) Cuando la banda dejó de tocar
aullaron para que tocara más.
Sinatra se lucía
y todos los borrachos cantaban
nos besamos en una esquina
y bailamos a través de la noche.

(Los dos) Los chicos del coro de la policía de Nueva York
cantaban “Galway Bay”
y sonaban las campanas
del día de Navidad.

(Ella) ¡Eres un vago y un sinvergüenza!
(Él) Y tú eres una guarra drogada
tirada medio muerta con un goteo en esa cama
(Ella) ¡Basura, gusano!
¡maricón piojoso y tacaño!
¡Feliz Navidad, hijoputa!
¡Le pido a Dios que sea nuestra última!

(Los dos) Los chicos del coro de la policía de Nueva York
todavía cantaban “Galway Bay”
y sonaban las campanas
del día de Navidad.

(Él) Podría haber sido alguien
(Ella) ¡Sí, cualquiera lo podría haber sido!
Me robaste mis sueños
cuando te conocí.
(Él) Me los guardé, baby
los puse con los míos
no puedo lograrlo yo solo
Construí mis sueños a tu alrededor.

(Él) Los chicos del coro de la policía de Nueva York
todavía cantan “Galway Bay”
y sonaban las campanas
del día de Navidad.

Para mí ésta es la canción de Erin. La primera vez que la oí, fue ella quien me la cantó al oído, en la cama. Erin era de ascendencia irlandesa y le encantaban The Pogues. La Navidad del 2012 la celebré con ella y su madre. Fue difícil explicarle a su madre lo del poliamor, pero ella sabía que Erin era feliz a mi lado, que yo la estaba ayudando a reconducir su vida.

En junio del 2013 Erin me dejó por otro hombre, quien la maltrató y la obligó a cortar todo contacto conmigo. En noviembre, Erin se suicidó mientras estaba internada en un hospital por trastornos psicológicos. La enterraron justo un mes antes de Navidad. Como dice la canción, la Navidad que pasó conmigo el 2012 fue su última. Nuestra única Navidad.

domingo, 23 de diciembre de 2018

Los dos feminismos

Este año que se acaba, 2018, ha sido un buen año para el feminismo. En realidad, paradójicamente, el poder del feminismo ha estado en auge desde la elección de Donald Trump en ese triste otoño del 2016. Ha habido manifestaciones multitudinarias de mujeres en todo el mundo. El movimiento #MeToo ha mostrado la dimensión real de los ataques sexuales contra las mujeres. Un montón de mujeres lograron cargos de primera fila en el gobierno de España, mientras que en Estados Unidos cientos de mujeres eran elegidas como representantes en el Congreso. Como progresista y feminista que soy, todo esto me llena de alegría y esperanza por un futuro mejor.

Sin embargo, hay algunas cosas en este auge del feminismo que me ponen algo nervioso. Y, por lo que veo, muchos otros hombres también lo están. Hay posturas en el feminismo que amenazan con revertir las libertades sexuales que tanto costó conseguir, sobre todo para los que practicamos sexualidades marginadas como el BDSM o modelos de relación alternativos como el poliamor. A veces también se confunde el atacar al patriarcado con el atacar a los hombres. Sin embargo es difícil argumentar, rebelarse contra ciertas posturas dogmáticas, matizar entre posiciones extremas. Al hacerlo te arriesgas a que te traten de machista o, lo que es peor, darle munición al enemigo, a los Republicanos en Estados Unidos, o a los de Vox o del PP en España.

Para mí, la solución a este dilema ha venido al darme cuenta de que en realidad hay dos feminismos, dos ideologías que han estado claramente enfrentadas desde los años 80. Mientras apoyo completamente uno de estos feminismo, el que se ha dado en llamar feminismo sexo-positivo o pro-sexo, me declaro enemigo acérrimo del otro, que muchos llaman “feminismo anti-porno”. Ya escribí sobre esto en un artículo de este blog en el 2014, El Feminismo Anti-Porno, la Guerra del Sexo y el nacimiento del Feminismo Sexo-Positivo. Sin embargo, desde entonces me he dado cuenta de muchas cosas. Yo pensaba que el feminismo anti-porno estaba prácticamente derrotado y que el feminismo de la tercera ola era mayoritariamente pro-sexo. En eso estaba equivocado: el feminismo anti-porno no sólo sigue vivo sino que es tremendamente poderoso. Está atrincherado en las universidades. Ha escalado dentro de la política para instalarse en los más altos cargos. Se ha transformado para camuflarse, para esconder los elementos de su ideología que ahora sabe que le chirrían tanto a hombres como a mujeres. Se ha vuelto mentiroso y traicionero. Pero lo peor de todo es que se ha apoderado descaradamente de la etiqueta feminista, declarando que sus ideas son las del movimiento feminista en general. En realidad están en minoría, pero saben que eso no importa si ellas son las que salen en los periódicos, las que escriben los libros, las que se instalan en los ministerios. El #MeToo les ha dado nuevas fuerzas; han sabido instrumentalizar el sufrimiento de todas esas mujeres para darle más argumentos a su ideología.

Pero vayamos por partes. Este es un problema complejo en el que es necesario matizar. Lo primero que debo decir es que en muchas cosas el feminismo sexo-positivo y el feminismo anti-porno defienden las mismas posturas. Por supuesto, los dos defienden la igualdad de derechos del hombre y la mujer. Los dos defienden la libertad reproductiva, en su doble vertiente de anticoncepción y libertad de abortar. Los dos luchan contra el maltrato de la mujer: contra la violación, el acoso sexual y la violencia doméstica. Quizás porque estas causas comunes son tan importantes se intentan ocultar las diferencias entre los dos feminismos, no sea que el movimiento se divida y pierda energía en discusiones internas. Creo que esto es un error, porque lo que está ocurriendo en realidad es que el feminismo anti-porno hace que muchas personas, sobre todo hombres, rechacen al feminismo en general y no le presten el apoyo que desesperadamente necesita.

¿Cuáles son, entonces, las diferencias entre el feminismo sexo-positivo y el feminismo anti-porno? Las raíces históricas de estas dos ideologías están descritas en detalle en mi artículo anterior, así que sólo las resumiré aquí, aportando elementos nuevos.  Y, si crees que todo esto me lo estoy inventando, puedes consultar estas entradas de Wikipedia sobre el feminismo anti-porno, el feminismo sexo-positivo y la “Guerra del Sexo” entre estas dos corrientes feministas. Por desgracia, todo esto está en inglés y la información que hay en español es mucho más limitada. En resumidas cuentas, el feminismo anti-porno aparece en los años 70 como una rama radical del feminismo opuesta a la pornografía, el sadomasoquismo y la prostitución. El feminismo sexo-positivo nace en 1980 como oposición al feminismo anti-porno. Se origina en San Francisco con el grupo de lesbianas sadomasoquistas Samois, pero pronto se extiende por todo Estados Unidos, dando lugar a la “Guerra del Sexo” durante las décadas de los 80s y los 90s. Con el nuevo milenio, las posturas de la sociedad sobre el sexo habían cambiado tanto que supusieron la derrota del feminismo anti-porno en los temas de la pornografía y el sadomasoquismo.

El feminismo anti-porno había sostenido que la pornografía sólo puede agradar a los hombres porque la sexualidad masculina es visual mientras que la femenina se basa más en los sonidos, las sensaciones y las ideas. Además, la pornografía es denigrante para las mujeres porque las trata como objetos y degrada su cuerpo con posturas y actos humillantes. Sólo en una situación de explotación, decían, accedería una mujer a aparecer en fotos o películas porno. Sin embargo, al popularizarse la pornografía con el advenimiento de la internet resultó que muchas mujeres empezaron a verla y excitarse con ella. Resulta que a las mujeres también las pone ver imágenes eróticas. No sólo eso, sino que se puso de moda entre las mujeres jóvenes hacerse fotos porno o aparecer en vídeos de contenido sexual. Resultó que las mujeres son mucho más exhibicionistas que los hombres; a muchas les excita la idea de que haya gente excitándose y masturbándose al verlas. Hacen y distribuyen porno casero, gratis. Si quieres verlo, date una vuelta por FetLife.com. De todas formas, la feministas anti-porno no se dan por vencidas. La lucha continúa con libros que hablan de la adicción al porno y los daños que está haciendo a la vida sexual de los jóvenes. Se distingue también entre el porno “machista”, dirigido a los hombre y explotador de las mujeres, y el porno “feminista”, hecho por mujeres para mujeres. Pero a la mayor parte de la gente todo esto le trae sin cuidado. Cada vez se ve más porno, y muchas parejas lo ven juntos como parte de su vida sexual. Como ejemplos de ataques a la pornografía del feminismo anti-porno contemporáneo, ver esto y esto. Como ejemplos de apoyo a la pornografía del feminismo prosexo, ved estos artículos de Apoyo Positivo, de Pikara Magazine, de la actriz Armarna Miller y en Medium.

Algo parecido pasó con el sadomasoquismo, que cada vez es más aceptado socialmente. Sin embargo, a diferencia de la pornografía, el BDSM es practicado sólo por una minoría de la población. Quizás por esa razón, los practicantes del BDSM empezaron a formar organizaciones en los años 70 y 80 siguiendo el modelo de las organizaciones gay. Así surgieron The Eulenspiegel Society de Nueva York, The Black Rose de Washington, DC, The Society of Janus de San Francisco y Threshold de Los Ángeles. Samois, el grupo que dio origen a la Guerra del Sexo, era una rama de Society of Janus. Los argumentos del feminismo anti-porno contra el BDSM eran también más difíciles de responder: en definitiva, el sadomasoquismo practica la violencia contra las mujeres, reproduce desigualdades de roles en el sexo, y usa una parafernalia muy similar a la de los más infames métodos de tortura. El que todo esto se hace de forma consensuada, consentida, segura y como diversión era algo difícil de transmitir. Por eso las sociedades BDSM inventaron el SSC (seguro, sensato y consentido) como los parámetros que distinguen los juegos sadomasoquistas del abuso sexual. En eso el BDSM se adelantó en el tiempo al sexo vainilla: el “yes means yes” (“sí quiere decir sí”) como criterio de consentimiento para el sexo, que hace poco se impuso como ley en sitios como California, ya se usaba en el BDSM en los años 80. Poco a poco el BDSM fue ganando aceptación en la cultura general, ayudado quizás por la fascinación que su estética ejerce aun entre quienes no lo practican. Historia de O (novela y película), las fotos eróticas de Madonna, las películas Eyes Wide Shut, Nueve Semanas y Media y Secretary culminaron con 50 Sombras de Grey en marcar el camino de la aceptación del BDSM, incluso cuando el mensaje de estas obras no era enteramente a favor de estas prácticas. De todas formas, algunas feministas siguen atacando cerrilmente al BDSM desde posturas de ignorancia e incomprensión, como este libro de una “educadora social”. Se sigue luchando contra el BDSM como parte de la “cultura de violación”, mientras que se ignora cómo en el género de la novela romántica, escrita por mujeres para mujeres, se presenta a menudo la violación como algo excitante y positivo. Como ejemplos de los continuos ataques al sadomasoquismo del feminismo anti-porno, leed este artículo de Lidia Falcón o este blog. Como ejemplo de la defensa del BDSM por el feminismo prosexo, leed este artículo en El País, este en El Mundo, esta entrevista con una sumisa feminista, este blog en Amino, y, como no, la opinión de Golfos con Principios.

Pero si hay algo donde el feminismo anti-porno sigue dando la batalla es en el tema de la prostitución, a base de promulgar la idea de que la prostitución es idéntica a la trata de mujeres para su explotación sexual. En este otro artículo del blog presento evidencia de que esto no es verdad: según un estudio de la ONU, al menos el 80% de las prostitutas en Europa practican la prostitución de forma voluntaria. El feminismo sexo-positivo apoya a las trabajadoras del sexo y las ayuda a luchar por legalizar su situación y acabar con el maltrato y la explotación que sufren. Por ejemplo, el famoso consejero sexual Dan Savage ha recibido en su podcast Savage Lovecast a representantes de organizaciones de defensa de las prostitutas, como Coyote. No voy a explicar los argumentos a favor de legalizar la prostitución, de los que hablo en mis novelas y en otros artículos de este blog. Ejemplos de ataques a la prostitución por parte del feminismo anti-porno y de su continua negación de la diversidad de posturas del feminismo sobre este tema son este artículo de Lidia Falcón, estos de la profesora Rosa Cobo en El País y en El Diario y la creación de grupos anti-prostitución.

Las feministas anti-porno también se han posicionado en otros temas de gran relevancia social. Por ejemplo, se oponen al embarazo subrogado, los llamados “vientres de alquiler”, que consiste en que una pareja infértil pague a una mujer para que lleve a cabo la gestación de su hijo. Por lo visto, esto se parece demasiado a la prostitución para el gusto de estas feministas. En definitiva, se trata de pagar por usar el cuerpo de una mujer con fines sexuales, en este caso a la función más biológica del sexo: la reproducción. Por ejemplo, esto es lo que opina Lidia Falcón sobre el tema. Desde mi punto de vista, se trata de una transacción perfectamente legítima donde todo el mundo sale ganando... A condición, por supuesto, de que se haga de forma no explotadora. Para ello se necesita que sea algo regulado por las leyes y bajo la supervisión del Estado, que es precisamente lo que el feminismo anti-porno lucha por impedir.

¿Existe un denominador común a todas estas actitudes anti-sexo del feminismo anti-porno? ¿Se basan en determinadas ideas básicas? Tras mucho reflexionar sobre ello, he llegado a la conclusión de que todas estas posturas están basadas en el rechazo al deseo sexual masculino. Una de las claves de esto es el hecho de que en los años 70, cuando se empezó a atacar a la pornografía y al sadomasoquismo, también se difundió la idea de que la penetración de la mujer por el hombre era un acto intrínsecamente machista y agresor. Se llegó a decir que la penetración es lo mismo que la violación, algo que todavía defienden algunas feministas radicales. La demonización de la penetración se desarrolla progresivamente como reacción a la idea opuesta, propuesta por la Iglesia, los conservadores y gente como Sigmund Freud, de que la única sexualidad “normal” es la lleva a la concepción, es decir, la penetración pene-vagina. Este conflicto entre las concepciones sobre el sexo de los conservadores y el feminismo se puede apreciar en la famosa novela The Handmaid’s Tale  de Margaret Atwood, y en la serie de televisión basada en ella, que se ha convertido en uno de los iconos del feminismo moderno. Por supuesto, el feminismo anti-porno y el feminismo sexo-positivo están de acuerdo en que la sexualidad humana no sirve sólo para la procreación, pero con importantes diferencias. El feminismo sexo-positivo acepta todas los actos sexuales, aunque los argumentos del feminismo anti-porno se han infiltrado en forma de críticas al “coitocentrismo”. El feminismo anti-porno  enfatiza la importancia del clítoris como centro de la sexualidad femenina, niega la existencia del orgasmo vaginal, y presenta el coito vaginal como algo políticamente incorrecto, como argumentaba en un artículo de este blog. Esto ha marginado las preferencias sexuales de millones de mujeres y ha negado a otras una importante fuente de placer: la vagina y el punto G.

Otras de las ideas que subyacen al feminismo anti-porno son sus visones del hombre y la mujer. Al hombre se lo presenta como un ser hipersexual y agresivo, que “piensa con la polla” y vive “intoxicado por la testosterona”, memes misándricos que se han instalado en la cultura moderna. El estereotipo de la mujer que ofrece el feminismo anti-porno es tan asexual como el de la “mujer angelical” del puritanismo anglosajón, sólo que es menos delicada, más agresiva y rechaza estar abocada a la procreación. Como no está sometida al fuerte deseo sexual del hombre, puede usarlo para controlarlo. Pero pare que esto funcione hay que impedirle al hombre encontrar formas de satisfacer su deseo fuera de la pareja; por eso hace falta eliminar la pornografía y la prostitución. Tampoco convienen las parejas abiertas y el poliamor, no sea que sirvan para aumentar la competencia entre las mujeres. Y es que al feminismo anti-porno le gusta ver a las relaciones de pareja como una fuente interminable de conflictos, porque concibe a los deseo sexuales masculino y femenino como irreconciliables. Dice que el hombre vive obsesionado con dominar a la mujer, penetrándola y degradándola sexualmente con actos sadomasoquistas. La mujer, por el contrario, busca conexión emocional y cariño en un sexo igualitario. Como el deseo sexual del hombre es básicamente agresivo y dominante (“malo”) mientras que el de la mujer es cariñoso e igualitario (“bueno”), hay que poner a la sexualidad del hombre al servicio de la de la mujer. Para ello se exhiben pruebas como la “brecha del orgasmo”, que demuestran lo egoístas que son los hombres en el sexo. Hay que “educarlos”, es decir, avergonzarlos y culpabilizarlos, hasta ponerlos al servicio de la sexualidad femenina. Por ejemplo, véanse estos artículos de Lidia Falcón 1, 2, 3.

Por suerte, con el tiempo se va demostrando que todos estos estereotipos que nos quiere vender el feminismo anti-porno no son verdad. La liberación sexual de la mujer iniciada en los años 70 con la invención de la píldora anticonceptiva sigue en marcha. Y a medida que las mujeres se vuelven más libres, comprobamos que quieren disfrutar de su sexualidad de la misma manera que los hombres, lo que también significa ver pornografía, practicar el BDSM, asistir a stripteases en los que se desnudan hombres atractivos  y, quién sabe, incluso tener acceso a la prostitución masculina. En realidad, los deseos sexuales de los seres humanos de ambos sexos existen en un amplio abanico de posibilidades, que van desde un hacer el amor con cariño hasta el sexo más violento.  Y estas preferencias no se dividen claramente de acuerdo con el género: a muchas mujeres les gusta el sexo violento y muchos hombres prefieren el cariño. Por eso el movimiento sexo-positivo, que si bien nació dentro del feminismo ahora existe independientemente, busca la aceptación de todo tipo de sexo consensual y entre adultos, en un plano de auténtica igualdad.

Quiero acabar diciendo que soy plenamente consciente de que la división entre feminismo anti-porno y feminismo prosexo en muchos casos no es demasiado clara: muchas personas tienen opiniones comunes o intermedias entre estos dos bandos. Creo que ahí está precisamente el problema, pues estas posturas se basan en sistemas de valores distintos sobre el sexo y la naturaleza de las mujeres y los hombres. En particular, la visión del sexo como algo sacrosanto que no se puede banalizar ni vender reproduce los valores del conservadurismo religioso y es incompatible con los valores de liberación sexual del feminismo sexo-positivo. Y la concepción de las sexualidades femenina y masculina como fuentes de perpetuo conflicto nos aboca a una guerra entre los sexos que nadie puede ganar. Creo que lo mejor es empezar a delimitar las ideas de los dos feminismos, para que cada cual se apunte al que más le convenza y así evitar que el rechazo al feminismo anti-porno se convierta en un rechazo al feminismo en general.


sábado, 22 de diciembre de 2018

Para volverte loca (Parte 18)

Para leer esta novela desde el principio, pincha aquí

Capítulo 4 - Loca por ti


Domingo, 13 de abril, 1980

Julio se despertó con una erección tan fuerte que le resultaba hasta dolorosa. Empezó a acariciarse, imaginando que tenía a Cecilia atravesada sobre su regazo, su pompis insolente volviéndose de un precioso color sonrosado mientras lo azotaba. Recordó el calor que emitía su piel suave, esa sonrisa extática que se dibujaba en su cara siempre que la azotaba…

No pudo seguir. Como otras veces, se puso a pensar en dónde estaría, qué le estaría pasando, qué le estarían haciendo. La tenían que haber encerrado en algún sitio donde no podía comunicarse con ellos. Tenía que ser cosa de su padre, para castigarla por haberse hecho puta, o quizás por haber ayudado a su madre a fugarse con Jesús. Porque no podía ser otra cosa, ¿no? No podían haberla secuestrado para violarla, o para… Sacudió la cabeza. Si no se quitaba esas ideas de la cabeza, iba a acabar por volverse loco.

Llevaba sin poder masturbarse desde que Cecilia había desaparecido. Y Laura, con el rollo del embarazo, se negaba a hacer el amor. Ahora yacía a su lado en la cama, su aliento suave y pausado, su pelo dorado tapándole parte de la cara, una pierna sobre almohada para evitar que le doliera la cintura. Se abrazó a su espalda, apretando su erección contra su cadera. Quizás ella la sintiera y eso le diera ganas… Pero no, ella siguió durmiendo profundamente.

Se levantó y fue al cuarto de baño. Tenía ganas de mear, pero se lo impedía la erección. Se metió en la ducha y abrió el grifo de agua fría. Cecilia lo había hecho aficionarse a las duchas de agua fría, algo que le habían enseñado los del Opus. El agua estaba helada, le dolía en la piel, pero le quitó la erección y le dejó la cabeza despejada.

* * *

Ya había terminado de desayunar y estaba leyendo el periódico cuando oyó levantarse Laura. Entró en la sala de estar vistiendo su bata morada. Caminó hacia él como una zombi y le dio un beso en la sien.

-Buenos días -le dijo con voz de sueño.

-Hay café en la cocina… ¿Qué pasa? ¿No has dormido bien?

-No conseguí dormirme hasta las tantas… Dando vueltas en la cama, pensando en lo que le pude haber pasado. Tú pareces dormir tan ricamente…

Había un ligero tono de reproche en su voz.

-Pues no… ¿Qué te crees que hago levantado tan temprano? Me desperté pensando en lo mismo. A ti te quita el sueño al acostarte, a mí por las mañanas. Es como si nos turnáramos.

Laura fue a la cocina y volvió con una taza de café. Se sentó a su lado.

-Y encima Luis se ha negado a vernos hasta mañana.

-No es culpa suya. Los juzgados están cerrados durante el fin de semana.

-Sí, pero al menos podíamos habernos reunido con Verónica y las otras chicas de Angelique, para empezar a hacer planes.

-Ya quedamos ayer con Verónica. Y fuimos a ver al Chino a comisaría. Nos han contado todo lo que saben, una y otra vez. No podemos hacer nada más que esperar.

-Y mientras tanto, a saber lo que le estarán haciendo a la pobre Cecilia.

Julio puso su mano sobre la suya y la miró a los ojos.

-A mí también me torturan esas imágenes, cariño. Pero no podemos dejar que nos vuelvan locos. Tenemos que guardar nuestras fuerzas para el momento en que nos toque actuar.

-¿Sí? ¿Cómo? ¿Montando un rescate espectacular, como en las películas? Coches explotando a diestro y siniestro, y tú rapelando desde lo alto de un rascacielos.

Julio se rio, a pesar de la expresión sombría en el rostro de Laura.

-Seguramente será algo mucho más banal, como presentarnos con una orden judicial en donde la tengan presa y exigir que la liberen.

-Ojalá que tengas razón…

Laura cogió una hoja del periódico, pasó la vista por ella y la volvió a tirar sobre la mesa. Estaba de un humor de perros.

-He quedado esta mañana con Malena -anunció-. ¿Te importaría darnos algo de privacidad?

-¿Vais a hacer el amor?

Dejó escapar una risita estúpida cuando se oyó decir eso. Sonaba como un marido celoso. Afortunadamente, Laura no se lo tomó a mal.

-No… No de la forma que tú piensas. Le gusta que la trate como una niña, ya sabes… Le daré de comer, la bañaré, le haré unas coletas…

-¿Y a ti te gusta eso? ¿O sólo lo haces por ella?

Laura lo miró desafiante.

-Sí que me gusta, Julio. Lo mismo que a ti te gusta azotar a Cecilia. No es algo exactamente sexual, pero me hace sentirme bien… Me siento cariñosa, en una relación muy íntima con ella.

-Suena muy bonito… ¿Y yo no podría participar de alguna manera?

-No, Julio… Tú lo que quieres es tirártela. No te digo que no lo hagas, pero no conmigo delante. Habla con Lorenzo, a ver si os podéis montar un trío como el que hicisteis con Cecilia.

-No creo que Malena esté interesada en eso.

-No estés tan seguro…

-¿A ti te ha dicho algo?

-¿Y qué me va a decir? ¿“Quiero tirarme a tu marido”?

-Pues a lo mejor sí… ¿No tenéis tanta intimidad?

-Ya sabes que lo nuestro no va de eso… No te pongas borde, Julio.

-No quiero ponerme borde, cariño… Pero ahora que Cecilia no está… ¿De verdad que ya no te apetece nada hacer el amor?

-¡Ay, Julio! ¡Parece mentira! ¡Cecilia desaparecida, y tú en lo único que piensas es en que ya no tienes a nadie con quién follar!

Eso lo hizo sentirse avergonzado.

¡Por supuesto que echo de menos a Cecilia! Y no sólo por no poder follar con ella… ¿Acaso no es normal preguntarle a mi esposa por qué hemos dejado de hacer el amor? Además, ella no ha renunciado a su relación con Malena…

Se dio cuenta de que estaba empezando a enfadarse. Eso no haría más que empeorar las cosas. Laura y él tenían que llevarse bien.

-Vale, pues nada… Quedaré con Lorenzo, aprovechando que estará sin mujer.

-Todavía os da tiempo de salir a escalar a la Pedriza.

-No, va a hacer malo. Iremos a comer a algún sitio y luego al cine.

Llamó a Lorenzo. Como esperaba, aceptó el plan.

A él le parecía de lo más deprimente.

sábado, 15 de diciembre de 2018

Para volverte loca (Parte 17)

Para leer esta novela desde el principio, pincha aquí

-¿Qué, ya te han presentado a la Leona? -le preguntó Montse camino del dormitorio.

-¡Menuda presentación! Te habrá dejado su tarjeta de visita en el culo -dijo Lucía.

-Son unos bestias en este sitio -les dijo-. Esto es una violación de los derechos humanos… ¿A vosotras os ha pegado alguna vez?

-Un par de veces -musitó Montse-. Duele un montón.

-La única que se ha librado hasta ahora es Maite, que va de buenecita por la vida -dijo Lucía.

-Sí claro… ¡Envidia, eso es lo que tienes! -le replicó Maite-. Tampoco es tan difícil portarse bien. Pero como tú y Montse os agarráis de los pelos por un quítame allá esas pajas…

-Tenías que haber fingido rezar, como hago yo -le dijo Irene-. Me he inventado una versión del  Ave María de lo más obsceno. Suena igual que el original, sólo hace falta cambiar algunas palabras clave: “salve” por “folle”, “gracia” por “semen”…

-¡Pero eso es blasfemia! -la interrumpió Montse, escandalizada.

-No se merecen otra cosa, por querer imponernos su religión -dijo ella-. Me la tienes que enseñar, desde luego.

Cuando salieron de lavarse los dientes en el cuarto de baño, Aparicio la estaba esperando junto a la cama. Se imaginó que no sería para nada bueno.

-¿Ha venido a darme un besito de buenas noches? ¡Qué detalle!

-¡Faltaría más, Cecilia! -le dijo él con una sonrisa socarrona.

Abrió un cajón de la mesilla de noche y sacó de él unas muñequeras y unas tobilleras.

-¿Qué demonios piensas hacer con eso? -preguntó aprensiva.

-¿Tú qué crees? Ponértelas. Órdenes del doctor. Sé buenecita y no pongas resistencia, si  no quieres que te las apriete más de la cuenta.

No tuvo que pensárselo mucho. Se sentó en la cama y le ofreció el brazo, dócilmente. Cuando tuvo puestas las muñequeras, Aparicio se arrodilló frente a ella para ceñirle las otras correas a los tobillos. Las chicas los miraban en silencio, cada una desde su cama. Seguramente estarían esperando a que se fuera Aparicio para poner se el pijama.

-¡Así me gusta, que te portes bien! Vamos, échate en la cama.

-¿No me pongo el pijama?

-Así estás perfectamente. No hay ninguna necesidad de que te desnudes.

Aparicio retiró completamente las mantas y la sábana. Cuando se hubo acostado, levantó unas barandillas de metal que había a los lados de la cama a las que unió sus muñequeras y tobilleras con unos pequeños mosquetones. Luego la cubrió con la manta.

-¡Ay, tápame los pies, que se me van a quedar helados! -se quejó.

Aparicio tiró de la manta para cubrirle los pies, sin conseguirlo del todo. La había dejado con las piernas abiertas y la manos sujetas a la altura de la cintura.

-¿Y si necesito ir al baño?

-Estoy seguro de que podrás aguantar hasta por la mañana. De todas formas, si das una voz siempre hay un enfermero de servicio.

Aparicio le dio un beso paternal en la frente.

-Ahí tienes tu besito de buenas noches. Que duermas bien y sueñes con los angelitos.

-Vaya, así que no te falta del todo el sentido del humor.

Aparicio se fue de la habitación sin contestarle.

-¡Joder, vaya putada, tener que dormir así! -dijo Lucía.

-Es para que no pueda masturbarse -dijo Irene.

-Si está prohibido masturbarse, ¿por qué no os atan a vosotras también?

-Es que con nosotras el daño ya está hecho -dijo Maite.

-Con el embarazo se te quitan las ganas de juerga -dijo Lucía.

-Pues a mí no -musitó Montse.

-Pues no lo digas muy alto a ver si te van a atar a ti también.

-No, porque no es parte de mi tratamiento.

Irene se le acercó y le murmuró al oído:

-Si necesitas levantarte para ir al baño, llámame. Tengo el sueño muy ligero.

-Vale, gracias… Intentaré no tener que despertarte.

Montse dormía en camisón. Lucía y Maite en pijama. Irene se quedó en ropa interior. Cuando las otras se acostaron, fue ella quien apagó la luz.

Las chicas cuchichearon un rato en la oscuridad, pero pronto se quedaron dormidas.

El culo le ardía en contacto con el colchón. El recuerdo de cómo la Leona la había atado y azotado la ponía cachonda. ¡Claro, si es que encima no había tenido un orgasmo desde hacía varios días! Eso de que no la dejaran masturbarse a gusto era una auténtica putada.

Pero lo que no saben es que puedo masturbarme a base de juntar los muslos. Así le gané una vez una apuesta a Julio: le dije que podía correrme aunque me atase a la cama.

Desgraciadamente, ahí es donde pudo comprobar la función de la lengüeta de plástico que llevaba en la entrepierna de las bragas. Aunque las tobilleras no le impedían juntar las rodillas, el dichoso plástico se le clavaba en las ingles y no la dejaba apretar el coño lo suficiente para darse placer.

Al final tuvo que darse por vencida. Estaba muy cansada y tuvo que abandonarse al sueño.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Para volverte loca (Parte 16)

Para leer esta novela desde el principio, pincha aquí

-A nosotras también nos está enseñando a jugar al ajedrez -dijo Maite-. A mí me gusta mucho.

-Pues a mí me parece un juego bastante difícil -dijo Montse.

-¡Porque tú no tienes dos deos de frente, quilla! -dijo Lucía.

-¿Sí? Pues ayer bien que te gané tres partidas seguidas -le contestó Montse.

Ignacio puso un tablero de ajedrez y una caja de piezas sobre una mesa. Abrió la caja, sacó un peón blanco y otro negro y los escondió en su puño.

-No hace faltas que sortees -dijo sentándose frente a él-. Me gusta jugar con negras.

-Las blancas tienen una ligera ventaja, ya sabes.

-Prácticamente ninguna, en realidad. Y a mí me va el negro.

Se pusieron a colocar las piezas en el tablero mientras que las cuatro mujeres y Bob se apiñaban en torno a la mesa.

Ignacio abrió con peón cuatro dama, un comienzo clásico. Seguramente su estilo de juego era como el que le gustaba a Julio: metódico y ordenado. Formaría los peones en barreras y se enrocaría para proteger al rey en una fortaleza. Si ella hacía lo mismo el juego sería un pulso mental largo y aburrido. Cecilia decidió jugarse el todo por el todo. Sacrificó su peón del rey y luego el del alfil para así poder sacar su reina a una posición ventajosa.

-Ya la has cagao -murmuró Lucía.

-Bueno, ya veremos -dijo Irene.

-¿Pero no la ves, quilla? Ha perdido un peón anda más empezar y ha dejado a su rey completamente desprotegido. Ignacio nos dijo…

-¡Shhh! ¡Cállate, Lucía! Déjalos que se concentren -la reprendió Montse.

¡Les voy a enseñar a estas mocosas cómo se juega al ajedrez!

Sacó su alfil y dio jaque al rey. Ignacio cubrió el rey con un caballo, que ella cambió por el alfil, descolocándole un peón. Se lo podía haber comido con la reina, pero tenía otros planes. Mientras Ignacio se apresuraba a proteger el peón con su alfil, ella lanzó un ataque a su flanco derecho con un caballo y un alfil protegidos por la reina. Sacrificó su otro alfil para comerle el otro caballo y descolocarle el otro peón. En el rostro de Ignacio vio que no estaba acostumbrado a un juego tan agresivo. Él se enrocó, buscando poner algo de orden en sus filas. La situación pareció estabilizarse, pero dos jugadas después, en un movimiento maestro, Cecilia consiguió amenazar a las dos torres y a la reina con el caballo. Ignacio intentó una maniobra desesperada amenazándole la reina con una de sus torres en peligro. Pero le salió mal: al comerle la reina con el caballo Cecilia le dio jaque al rey, consiguiendo así salvar a su propia reina. Habiendo perdido la dama blanca, las defensas de Ignacio se hicieron añicos en unas pocas jugadas más.

-¡Joder, qué bestia! -exclamó Irene al ver el jaque mate fulminante.

Ignacio se reclinó en su silla, secándose las manos sudorosas en la chaqueta. Se quedó mirándola con un nuevo respeto.

-Tienes una manera de jugar muy poco convencional -le dijo.

-Es que Cecilia es muy poco convencional en todo -dijo Irene-. No hay más que verla.

-Sí… Será por eso que ha acabado en un manicomio -dijo Lucía.

* * *

Sirvieron la cena muy temprano, a las siete. Invitaron a Ignacio y a Bob a que se les unieran en la mesa. Por lo visto, las tres chicas embarazadas habían hecho su propio grupillo hasta entonces, admitiendo ocasionalmente a Irene, pero ahora estaban fascinadas por Cecilia, quien les servía de puente hacia los hombres. Bob les contó como los tíos con los que cenaba habitualmente lo despreciaban por ser homosexual. A Cecilia le gustaba su forma de ser. Retraído y callado, se lo veía luchando constantemente por aceptarse a sí mismo. El tratamiento al que lo estaban sometiendo le debía estar haciendo mucho daño.

Lucía y Montse estaban continuamente de gresca, pero se notaba que en el fondo eran amigas. Maite era la más misteriosa de las tres. Hablaba poco, pero cuando lo hacía era para decir algo inteligente que iba al fondo de la cuestión.

Irene era encantadora: madura, calma, llena de cariño hacia todas. Cecilia no detectaba ningún rastro de la enfermedad mental que decía tener. Pensándolo bien, era todavía más misteriosa que Maite.

En cuanto a Ignacio, parecía estar haciendo un esfuerzo genuino para atraérsela. Ahora evitaba cuidadosamente cualquier tema que pudiera ser conflictivo, como la religión, la homosexualidad o el sanatorio en el que se encontraban. Intentaba darle a todo un sesgo positivo, alabándola a la menor oportunidad que se le presentaba. A Cecilia todo eso empezó a parecerle sospechoso. Se acordó de la estrategia del “poli bueno, poli malo” que usaba la policía en los interrogatorios. Quizás el doctor Jarama era el poli malo, que la presionaba y la asustaba. Don Ignacio podría ser el poli bueno, engatusándola, haciéndola bajar sus defensas para así lavarle mejor el cerebro. ¿O se trataba simplemente de su aversión a los curas? En un sitio como ése era muy fácil desarrollar todo tipo de paranoias.

Lo cierto es que se sentía exultante por la admiración que había empezado a despertar en las chicas, aumentada por su victoria al ajedrez sobre Ignacio. Sí seguía haciendo amigos a ese ritmo, pronto encontraría a alguien que la ayudara a salir de ese sitio.

* * *

Después de la cena los llevaron a todos en rebaño al oratorio, a rezar el rosario. Lo dirigía don Ignacio desde un atril junto al altar. Aunque ya eran las ocho, completamente fuera de un horario normal de trabajo, el doctor Jarama todavía estaba presente, así como un buen número de los enfermeros y monjas que cuidaban de los pacientes.

Cecilia se cruzó se brazos, dispuesta a no decir ni media plegaria. Aparicio, quien se había sentado a su lado, le dio un codazo.

-¿Por qué no rezas? -le susurró en tono imperativo.

-No soy creyente, así que no tengo por qué rezar.

-Aquí rezamos todos. Es parte del tratamiento.

-¡Mi importa un comino el tratamiento!

Irene, sentada a su otro lado, le susurró:

-Haz como yo… Pretendo rezar pero no digo más que tonterías.

Cecilia la ignoró. Siguió cruzada de brazos, sin despegar los labios. Tener que hacer el paripé era aún más depreciable que rezar. Aparicio la cogió por el hombro y le dio una sacudida.

-Haz lo que te digo, o será peor.

Cecilia apretó los labios. Era absurdo que quisieran obligarla a practicar una religión en la que no creía. ¿Qué le podían hacer? No iban a causar un escándalo aquí, en mitad de la capilla.

No tardó en averiguarlo. Aparicio la cogió de a mano y la hizo levantase de un tirón. Sin soltarla, la llevó a primera fila donde estaba sentado el doctor Jarama, y le dijo algo al oído. El doctor le hizo una seña a la monja corpulenta sentada al otro lado del pasillo. Reconoció a Leonor, la que la había dicho que se abrigara para salir al jardín. Los cuatro salieron de la capilla.

-Gracias por sacarme de allí -les dijo en cuanto salieron-. La verdad, no entiendo por qué no nos preguntan a los pacientes si somos creyentes antes de hacernos participar en los servicios religiosos.

-Al contrario, es importante que le reces a Dios para que te ayude a curarte -le explicó el doctor Jarama-. Por eso la oración es una parte imprescindible y obligatoria del tratamiento.

-No se le puede obligar a una persona a rezar.

-Claro que se puede, Cecilia -le dijo el doctor en tono santimonioso-. Te vamos a demostrar cómo… Leonor, llévala al cuarto de tratamientos especiales y le das una docenita. Y que sea rápido, que no quiero que se pierda el rosario.

Leonor… la Leona. Sus ojos pequeños la miraban con frialdad. El doctor volvió meterse en la capilla. Aparicio la puso en movimiento con un tirón de brazos, caminando en pos de la Leona que se alejaba ya pasillo abajo.

Se detuvieron delante de una puerta. La Leona sacó su manojo de llaves para abrirla y la hizo pasar a dentro, volviendo a cerrar con llave la puerta tras ella. Aparicio se quedó esperando fuera. Estaban en una habitación bastante amplia, con una hilera de tres camillas con correas a los lados. A Cecilia le resultó fácil imaginarse para qué servían y para qué la habían traído allí. Se perecían a los muebles de la mazmorra de Martina.

La Leona estudiaba cuidadosamente su reacción, cruzada de brazos.

-Sé buena y no opongas resistencia. Ni lo intentes. No me hace falta Aparicio para controlarte, pero te puedo hacer daño al hacerlo… Además del daño que ya te voy a hacer para castigarte, claro.

-No, claro, por supuesto… Tú dime lo que tengo que hacer y yo te obedezco. Pero no entiendo eso de que vas a castigarme. Estoy en mi derecho de no querer practicar una religión en la que no creo.

-¡Deja ya de decir tonterías! Aquí es el doctor quien decide a lo que tienes derecho y a lo que no. Ya verás como dentro de un momento cambias de opinión.

La Leona la empujó hasta dejarla doblada sobre una de las camillas. Con una gruesa correa la sujetó por la cintura. Otras dos correas le ataron las muñecas a los laterales de la camilla, a la altura de la cara. Luego la Leona procedió a bajarle los pantalones y las bragas. Por último, otras dos correas le inmovilizaron los muslos a las patas de la camilla.

-Bueno, vale, te prometo que voy a rezar. Por favor, no me pegues -dijo con voz temblorosa.

En realidad, no tenía ningún miedo. Toda esa situación tenía mucho morbo y había empezado a excitarla. Incluso la Leona se le antojaba parecida a Martina. Dudaba que le fuera a pegar más más fuerte de lo que le pegaba Julio.

La Leona cogió una correa de cuero que colgaba de un gancho en la pared, junto con otros utensilios similares: palas, varas y varias correas más.

-El doctor te ha recetado una docena, pero si no tienes bastante puedo añadir yo más por mi cuenta.

-¡No, por favor! -suplicó.

Fueron azotes de los buenos, propinados con toda la considerable fuerza de los brazos de la Leona. Se los dio en rápida sucesión, calculados para saturarla y romper su voluntad. Sin embargo, a ella le resultaron tolerables. Quiso sacar lágrimas de cocodrilo, como las que le gustaban tanto a Julio, pero cuando se quiso dar cuenta todo había terminado.

La Leona la soltó y la estudió con cuidado mientras se ponía en pie, los pantalones y las bragas aún en los tobillos. Cecilia puso cara de dolor y se frotó el culo con las manos. Lo tenía ardiendo. Le entraron unas ganas locas de masturbarse.

-Y veo que eres dura de pelar -observó la Leona.

-¡Qué dices! ¡Si me ha dolido un montón!

-Una vez le hice lo mismo a Bob y se pasó diez minutos chillando.

Eso explicaba el terror que le inspiraba la Leona a ese chico.

-Bob es apenas un chiquillo y pegarle así es una salvajada. Yo no soy de las que chillan, pero esto ha sido pura tortura. ¿Qué os creéis? ¿Que estamos en la Edad Media?

-¡Cállate, imbécil! ¿O quieres que te de otra docena?

Cecilia bajó la mirada. Mejor no desafiar a la Leona. Ahora sabía que estos tipos no se arredraban en ejercer la violencia.

-¡Venga, súbete los pantalones! No quiero que te pierdas el resto del rosario. ¡Y quiero oírte rezar con voz bien clarita!

Las chicas la miraron preocupadas cuando la Leona la metió en la capilla de un empujón. Se puso las manos en el culo y se lo frotó, poniendo cara de dolor. Quería que supieran el ultraje al que había sido sometida.

La Leona no le permitió ir con ellas. La hizo pasar a la segunda fila.

-Arrodíllate, que estarás más cómoda -le dijo con sorna.

Cecilia la obedeció. Lo cierto era que la paliza le había quitado todo su espíritu de rebeldía. Claro, había adquirido el hábito de responder a los azotes con sumisión. Pero no importaba, sentía una gran calma por dentro y un agradable calorcito en el trasero. Sí, mejor obedecer. Sin duda alguna, la Leona volvería a azotarla si no rezaba.

 Se puso a responder a las avemarías con voz devota.


sábado, 1 de diciembre de 2018

Para volverte loca (Parte 15)

Para leer esta novela desde el principio, pincha aquí

La biblioteca era una amplia habitación situada en la segunda planta, al final del ala sur. Cicatrices en el techo y el suelo revelaban que habían tirado un tabique para unir dos habitaciones. Varias ventanas daban al sur, dejando entrar la luz. Era, con mucha diferencia, el sito más agradable de todos los que había visto en ese maldito hospital.

Las paredes estaban cubiertas de estanterías del suelo al techo, que albergaban un montón de libros. Como cabía esperar, en el sitio de honor, frente a la puerta, había varias biblias, Camino de Monseñor Escrivá de Balaguer, Las Moradas de Santa Teresa de Ávila, El Quijote, El Buscón y varios clásicos más.

-Mira esta estantería, Cecilia -le dijo don Ignacio-. Creo que te va a interesar.

Era una estantería baja junto a la pared. Para su sorpresa, Cecilia descubrió El Universo y otros libros de divulgación de Isaac Asimov, El gen egoísta de Richard Dawkins, y… ¡El azar y la necesidad, de Monod! El libro que le habían prohibido leer los del Opus Dei. Empezó a entusiasmarse. Las estanterías de más arriba contenían varias novelas de ciencia-ficción, una selección muy buena: Asimov, Ray Bradbury, Fredrick Pohl, Brian Aldiss…

-¡Guau! ¿Dónde ha conseguido todos estos libros, don Ignacio?

-Por favor, no me trates de usted, aquí todo el mundo me tutea… La verdad es que la mayor parte de los libros son de mi colección personal. Como no tenía donde guardarlos decidí traérmelos aquí.

¿Un cura que lee a Dawkins y a Monod? A lo mejor es va a resultar interesante charlar con él.

-Mira, creo que te interesará leer esto -le dijo Irene pasándole un libro-. A mí me ayudó mucho a entender este sitio.

Era Alguien voló sobre el nido del cuco, de Ken Kesey, una novela sobre un psiquiátrico. Había visto la película, en la que actuaba Jack Nicholson. La verdad es que no recordaba muy bien de qué iba… Algo sobre una enfermera tiránica y los locos que se le rebelaban.

-La enfermera Ratched se parece un poco a la Leona -dijo Irene.

-¿La Leona?

-¿Aún no has conocido a la Leona? No te preocupes, ya la conocerás. Es la monja que se encargará de darte la terapia de conversión. Al pobre Bob lo tiene aterrorizado.

-¡Ah! ¿Quieres decir Leonor, esa monja gorda? Sí, ya me la he encontrado.

-También tenemos música -las interrumpió don Ignacio-. ¡Qué tipo de música te gusta, Cecilia?

-Pue sobre todo el folk… Leonard Cohen, Paul Simon, Bob Dylan…

Don Ignacio la condujo frente a un equipo de música, sencillo pero de buena calidad. Al lado había una estantería baja con una amplia colección de LPs. Don Ignacio se arrodilló frente a ella y fue extrayendo discos.

-Tenemos todos los discos de Leonard Cohen, de Simon y Garfunkel y de Paul Simon en solitario. De Bob Dylan no los tengo todos, pero sí los más importantes. También tenemos a Janis Ian, Joni Mitchell, Joan Baez, Judy Collins, Pete Seeger…

-¡Caramba, qué completo! También me gusta el rock sinfónico. ¿Tienes algo de eso? -Le dijo para desafiarlo.

Don Ignacio movió la mano hacia el extremo izquierdo de la colección de LPs.

-Pink Floyd; Emerson, Lake and Palmer; Yes… ¡Y Genesis, por supuesto! Y éste es un grupo relativamente desconocido que me encanta, se llama Camel…

The Snow Goose! -exclamó ella al descubrir el disco que les había regalado Johnny.

-Ese es el mejor de sus discos, sin duda -le dijo don Ignacio, sonriéndole con orgullo mientras se incorporaba.

¡Qué raro! Un cura que compartía sus gustos en libros y en música. Gustos que ella siempre había asociado a una mentalidad de lo más progresista. Y no era algo que él se hubiera inventado para engatusarla. Estaba claro que realmente conocía todo ese material.

Don Ignacio debía estar pensando lo mismo que ella. La miraba asintiendo lentamente.

-Creo que nos vamos a entender muy bien Cecilia, ¿no te parece?

Las tres chicas embarazadas los miraban con curiosidad.

-A mí me gustan mucho Los Beatles y Pink Floyd -dijo Lucía.

-¡Bah! ¡A ti lo que te gusta es el flamenco! -dijo Montse-. Si te dejáramos, no pondrías otra cosa.

-¡Bueno, sí! ¡Eso también, por supuesto! -se defendió Lucía.

-¿Y a ti qué te gusta, Montse?

-A mí me gustan los cantautores, sobre todo Serrat, Lluís Llach y María del Mar Bonet.

-¡Claro! ¡Cómo no! -dijo Lucía-. Todo en catalán.

-¡No es verdad! También me gustan Luis Eduardo Aute, Silvio Rodríguez, Víctor Jara y… Cecilia, tu tocaya.

-¡Me encanta Cecilia! Qué pena que se muriera tan joven, ¿verdad?

Montse le sonrió, la primera sonrisa genuina que le veía.

-Pues a mí me gusta la música celta -dijo Maite para no ser menos-. Gwendal y Steeleye Span. También me gusta el rock duro: los Rollings, Deep Purple…

-¡Led Zeppelin! -dijo Irene al unísono, acercándoseles-. ¡Yeah!

-Pues a mí me gustan todos los grupos que habéis nombrado… Aunque la verdad es no he oído nada de Steeleye Span y de Deep Purple.

Bob, el jovencito angelical que había conocido en el jardín, entró en la biblioteca. La miró desde la puerta, luego se puso a buscar entre los libros de las estanterías.

-Hola, Bob -le dijo.

Bob sonrió y se les acercó.

-Hola, Cecilia.

-Irene me estaba diciendo que te están haciendo la terapia de conversión que me quieren hacer a mí.

-Sí… Lo siento, porque es un palo, tía. La Leona me ha hecho cosas horribles, que no se pueden ni contar.

-Para que dejes de ser gay…

-Sí… ¿Tú eres lesbiana?

-Bisexual. Y van de cráneo si creen que me van a cambiar.

Eso le arrancó a Bob una sonrisa cómplice. Tenía unos bonitos ojos azules, rizos castaños y una barba incipiente que apenas se le adivinaba bajo el mentón.

-¡A mí tampoco! Me gusta ser gay.

-Bueno, bueno, hay que estar abierto a todas las posibilidades, ¿no? -dijo don Ignacio.

Cecilia se volvió a mirarlo, ceñuda.

-Quiero decir, que aún no sabes si puedes ser feliz siento heterosexual, Bob -se apresuró a añadir don Ignacio-. En esta sociedad los gays están muy mal vistos. ¿Por qué pasar tantas amarguras pudiendo ser normal, enamorarte de una chica y fundar una familia?

-Pues si están mal vistos pronto dejarán de estarlo… -dijo ceñuda-. En cuanto nos quitemos de encima la moral retrógrada que nos ha venido imponiendo el puto franquismo y sus compinches de la Iglesia Católica.

Don Ignacio se quedó mirándola, la sonrisa helándosele en los labios. Durante unos instantes todos se quedaron en silencio.

-Yo también soy cantautora, ¿sabes? -le dijo Montse con una sonrisa forzada-. Si quieres voy a por mi guitarra y te canto una de mis canciones.

-¡Sí, venga! ¿Por qué no le cantas esa canción tan graciosa de Sisa? -dijo Irene-. Es una canción de bienvenida, muy apropiada para la situación, ¿verdad?

-¡Sí, cántasela! -dijo Maite entusiasmada-. Yo te acompaño, que ya me sé el estribillo.

-Me encantará escucharte, Montse -dijo mirando de reojo a don Ignacio, quien hacía esfuerzos por volver a sonreír.

-¡Vale! Voy a por la guitarra.

Tengo que tener cuidado con lo que digo. Voy a necesitar todos los aliados posibles… Y don Ignacio se estaba enrollando bien.

Lucía y Maite se fueron con Montse. Don Ignacio la cogió del codo y la hizo volverse hacia él.

-Hay mucha gente dentro de la Iglesia que luchó contra el franquismo, Cecilia. Y llevamos haciéndolo bastante tiempo.

-Sí, ya lo sé… Perdona, no debería haber dicho eso.

-Te sentó mal lo que dije sobre los homosexuales, ¿verdad?

-Sí… Yo no creo que esté bien que se nos obligue a volvernos heterosexuales.

-Yo tampoco. Creo que es esencial respetar la libertad de las personas… Pero esa misma libertad puede consistir en querer dejar de ser homosexual, ¿no?

-¿Se puede dejar de ser homosexual?

-Yo creo que podemos ser lo que nos propongamos. Algunas cosas pueden requerir un gran esfuerzo, pero todo se puede conseguir. A fin de cuentas, Dios nos ha hecho libres.

-Pues se pueda conseguir o no, yo no quiero dejar de ser bisexual. Estoy muy enamorada de una mujer y no querría perder su amor por nada en el mundo.

-¿Acaso no puedes amarla sin tener relaciones sexuales con ella?

-A las relaciones sexuales las llaman hacer el amor por algo… Pero claro, que usted debe tener una idea muy platónica de lo que es el amor, don Ignacio.

-No me trates de usted, Cecilia -dijo él con una sonrisa torcida.

-Pues no seas tan estirado, Ignacio -dijo ella imitando su sonrisa.

-¿Sabes jugar al ajedrez, Cecilia?

-Soy una excelente jugadora de ajedrez, Ignacio. ¿Me estás desafiando?

-¡Por supuesto! Me encantará medir mi inteligencia con la tuya en algo que no sean temas espinosos de religión.

-Discutir sobre temas espinosos de religión me gusta aún más que jugar al ajedrez… Pero bueno, te dejo elegir las armas del duelo. Supongo que habrá algún tablero por aquí.

-Hay varios… Pero creo que tendremos que esperar a que las chicas te canten su canción.

Las tres chicas habían vuelto a la biblioteca, Montse con su guitarra en ristre. Formaron un corrillo en torno a ella, al que se unieron Irene y Bob.

-La canción se llama Qualsevol nit pot sortir el sol -explicó Montse-. Trata de una fiesta muy especial, a la que están invitados personajes muy famosos… Ya irás viendo quienes son.

-Tienes que estar muy atenta, porque como es en catalán es difícil de entender -le dijo Lucía-. Sobre todo con el acento cerrao que tiene ésta.

-¡Mira quién fue a hablar! ¡Para acento cerrado el tuyo, que a saber de qué barrio de Sevilla te has ido a escapar!

-¡Bueno, venga! Dejad de pelearos y vamos a cantar -dijo Maite.

Montse rasgó la guitarra con acordes cadenciosos y empezó a cantar lentamente, pronunciando con cuidado cada palabra. Cecilia descubrió que no tenía mayor problema para entender la letra en catalán. La lista de invitados le arrancó un sonrisa de inmediato: Blancanieves, Pulgarcito, los Tres Cerditos, Simbad… y así toda una retahíla de personajes de cuentos infantiles y comics. En el estribillo se le sumaron Maite, Irene, incluso Lucía, quien no podía resistirse a una canción. En él le daban la bienvenida: “Oh benvinguts! Passeu, passeu, de les tristors en farem fum. A casa meva és casa vostra... si és que hi ha cases d’algú”. Le pareció cómico y enternecedor ser acogida de forma tan amable en esa prisión, esa auténtica mansión de locos. En el segundo estribillo se les unió, lo que le arrancó a Montse una sonrisa de satisfacción. El único que no cantaba ahora era Ignacio, que sin embargo parecía disfrutar escuchándolas. Cuando terminó la canción se lo estaban pasando tan bien que volvieron a repetir el estribillo un par de veces, hasta que Montse puso punto final con un decidido acorde de guitarra. Todos aplaudieron.

-¡Vale, ahora déjame tocar a mí una de las mías! -dijo Lucía alargando la mano hacia la guitarra de Montse.

-¡Que no, guapa! ¡Estoy tocando yo!

Montse les cantó una canción que había compuesto ella, también en catalán. Esta vez no se entendía nada, aunque la melodía no estaba del todo mal. Cuando terminó, gracias a la intervención de Irene, accedió a dejarle la guitarra a Lucía, quien tocó un par de sevillanas muy marchosas. Había muy buen rollo, pero Cecilia empezaba sentirse impaciente por echarle la partida de ajedrez a Ignacio, y se lo dijo.


sábado, 24 de noviembre de 2018

Para volverte loca (Parte 14)

Para leer esta novela desde el principio, pincha aquí

-¿Y tú, Irene, por qué estás aquí? -le preguntó por dejar ese tema tan deprimente.

-Yo no soy como vosotras. Yo estoy loca de verdad. Por eso estoy aquí.

-¡Venga ya! -dijo Lucía.

-No lo dirás en serio, ¿no? A mí no me parece que estés loca, en absoluto.

-Sí que lo estoy, Cecilia… Soy maníaca-depresiva. Ahora estoy bien, pero tendrías que verme cuando me dan los bajones. Aquí me tienen medicada para que no me den.

-¿Y desde cuando tienes esa enfermedad?

-Desde los veinticuatro años. Me pillé una depresión muy fuerte cuando perdí la pierna.

-¿Perdiste la pierna? ¿Qué pierna? -dijo en tono de incredulidad.

Irene se levantó de la mesa y se arremangó la pernera izquierda del pantalón. Debajo se vio el tubo de aluminio de una prótesis.

-¡Quién lo iba a decir! ¡Pero si andas perfectamente!

-La amputación es por debajo de la rodilla. Cuando te acostumbras a andar con la prótesis, apenas se nota.

Cecilia se acordó con amargura de su hermano Luis, quien tenía una doble amputación por encima de las rodillas. Por culpa suya. Había sido ella quien lo empujó bajo el camión de la basura, ese noche fatídica en la que la atraparon Luis y banda de fachas.

-¿Y qué te pasó? -le preguntó, intentando apartar esos desagradables recuerdos.

-Fue un accidente de moto. Llevaba a una amiga a su casa en mi Vespino cuando un coche hizo un giro a la izquierda y se nos llevó por delante. Por suerte, a mi amiga apenas le pasó nada. Pero a mí me cayó la moto sobre el pie y me lo destrozó.

-¿Y no pudieron operarte para salvarte el pie?

-Sí, claro que lo hicieron -dijo Irene volviendo a sentarse a la mesa. Pero el daño en el pie era muy extenso. Se me gangrenó y tuvieron que amputármelo. Y encima eso no consiguió atajar a la gangrena, así que tuvieron que volver a cortarme la pierna, dos veces. Menos mal que consiguieron atajar la infección antes de que llegara a la rodilla.

-¡Ay, por favor! ¡Qué conversaciones para tener en la mesa! -se quejó Montse.

-¡Pues anda que tú! Podrías tener un poco de consideración con las desgracias ajenas -la reprendió Lucía.

-No les hagas caso a esas dos. Se llevan como el perro y el gato -le dijo Irene con una sonrisa.

-Pues sí, desde luego… Perder una pierna es como para deprimirse.

-A mí es que me gustaba mucho correr, ¿sabes? Me hacía varios kilómetros al día. Incluso empecé a competir en maratones… ¡y quedaba en buenos puestos, no te creas! Por eso, cuando me di cuenta de que no podría volver a correr, pensé que quería morirme.

-Pero eso no es motivo para volverte loca. La locura es una enfermedad del cerebro, no la suele causar un accidente.

-Pues el caso es que conmigo empezó así. No he hecho más que ir de mal en peor, a lo largo de mi vida.

Se moría de ganas de saber más detalles. Irene era, con diferencia, la más interesante de las cuatro. Irradiaba una tranquilidad que era raro encontrar en muchas personas.

Alguien colocó las manos en los respaldos de su silla y de la de Montse. Levantó la vista para encontrarse con la de Ignacio, el cura que había visto en el jardín.

-¡Hola! ¿Cómo están mis chicas?

-Bien -le dijo Lucía con una sonrisa-. Aquí, de cháchara.

-Me alegra ver que estás haciendo amigas, Cecilia. Esta mañana apenas quisiste hablar conmigo.

-Es que soy atea, y no me caen demasiado bien los curas.

Don Ignacio se rio como si hubiera dicho algo gracioso.

-¡Pues razón de más para que hablemos! En realidad, comparto tu opinión sobre los curas. Algunos son completamente inaguantables.

Por lo visto, don Ignacio era uno de esos curas progres a los que les gustaba presumir de llevarse bien con los ateos.

-Sí, sobre todo cuando te intentan imponer una moral que tú no compartes… Que, por lo visto es la razón por la que me han traído aquí.

-Ignacio no es así. Es una bellísima persona, siempre dispuesto a escuchar tus problemas.

Quien había hablado era Bob, el chico a quien había visto en el jardín en compañía del cura Ignacio.

-¡No, claro! Seguro que usted es uno de esos curas progres que celebraban misa con guitarras eléctricas y baterías. Y sueltan homilías contra la explotación de la clase obrera y el capitalismo.

-Eres muy graciosa, Cecilia -dijo don Ignacio volviéndose a reír-. Bueno, mientras que no sea uno de esos curas carcas que dicen homilías sobre la degeneración de los jóvenes modernos, y se pasan la vida metiéndote miedo con el demonio y el infierno…

-Pues no sé qué es peor, la verdad. Al menos los curas carcas son más honestos.

-¡Joder tía, deja ya de meterte con el cura! -le dijo Lucía-. Es buena gente, de verdad.

Don Ignacio la miraba ahora muy serio.

-Mira, Cecilia, yo no puedo meterme a valorar los motivos por los que te han traído aquí. Eso es asunto de los doctores. Lo único que puedo hacer es intentar hacerte la estancia un poco más grata.

-¿Sí? ¿Y cómo piensa conseguirlo? -dijo en tono escéptico.

-¿No te han hablado de biblioteca que he montado?

-¡A sí, la biblioteca! ¡Está guay! -exclamó Maite.

-Trabajó que me costó, pero al final convencí a la administración de que me dejara hacer una biblioteca, un sitio tranquilo donde ir a leer o a escuchar música -le explicó con orgullo-. Como habrás visto, la sala de recreo es demasiado ruidosa. Tienen la televisión puesta a todas horas y algunas personas hacen demasiado ruido jugando a las cartas.

-Sí, te iba a contar lo de la biblioteca -le dijo Irene-. Te va a encantar. Seguro que encuentras libros que te gusten.

-¡Venga, acabaos el postre y se la enseñamos a Cecilia! -dijo don Ignacio.