sábado, 7 de diciembre de 2019

Para volverte loca 60 - Abuso psicológico


-¿Me vas a contar lo que te pasó con Vicente el otro día?

-Es que… cada vez que lo veo… No sé, Cecilia, ¡le he hecho tanto daño! No sé por qué soy así… por qué tengo que ser así.

-Así… ¿cómo? ¡Si a mí me pareces una tía fenomenal! No sé qué hubiera hecho sin ti en este antro… ¿Qué te dijo tu marido para ponerte así?

-No lo sé, Cecilia… La verdad es que no sé por qué me alteré tanto, porque Vicente estuvo muy amable conmigo. Me preguntó cómo estaba. Me dijo que se me veía mucho mejor… Que había hablado con el doctor Jarama para que me dejara salir de aquí… Que me tenía la casa preparada para que pudiera vivir allí sin preocuparme de nada.

-Pues eso suena muy bien, ¿no? ¿Y podrás volver a tu trabajo? ¿Te han guardado el puesto en el hospital?

-No… Me dijo que ya no volvería a trabajar, que no me hacía falta, que él ganaba suficiente dinero para los dos.

-Pues eso es chungo. ¿Cómo vas a ponerte bien si no tienes algo a lo que dedicarte? Tú eres muy buena enfermera, Irene, ya he visto como tratas a los pacientes. Tienes que desarrollar tu potencial de ayudar a la gente. Además, necesitarás tu propia independencia… ¿Qué quiere tu marido, tenerte encerrada en casa?

-Pues, tal como me lo puso, poco más o menos que eso. Me dijo que había hablado con mis padres y con sus amigos para que todos me ayudaran a ponerme bien.

-¿Con sus amigos? Pero, ¿y los tuyos? Porque tú también tendrás tus amigas, ¿no?

-¿Mis amigas? … Sí, tenía amigas… Pero me dijo que no me llamaban, que se han olvidado de mí… Y que es mejor así, porque no me convienen… Que es mejor que no las vea.

-¡Pero eso no puede ser! ¿Cómo vas a dejar de ver a tus amigas?

-Es que es verdad… Son ellas las que me ayudan a hacer locuras.

-¿Pero cómo es eso? ¿Qué locuras son esas?

Irene desvió la mirada.

-Cosas horribles que le he hecho. En el fondo tiene razón, lo trato fatal. Le pongo los cuernos todo el rato, y a él eso le hace mucho daño.

-Claro… Pero bueno, eso de poner los cuernos se puede ver de muchas formas. Ya sabes que yo tampoco me corto si quiero tirarme a alguien. ¿Qué es lo que haces, exactamente?

-Pues lo que te he dicho: locuras. A veces se me cruzan los cables, salgo por la noche con mis amigas y acabo tirándome al primero de turno. Es normal que diga que no quiere que vuelva a salir con ellas, porque si lo hago volveré a las andadas.

-Bueno, pero a lo mejor es lo que tienes que hacer. Quizás necesites esa válvula de escape. Hay personas que están hecha para follar con una sola persona, y otras no. Yo, por ejemplo. Quiero un montón a Julio, pero también necesito a Laura, y a Malena, y a Lorenzo…

-Pues tienes mucha suerte de que Julio no sea celoso. ¡No veas cómo es Vicente! Se pone furioso cada vez que piensa que me he tirado a alguien.

-¿Te pega?

-No, él no es de los de pegar. Lo que hace es ponerse a gritarme y a insultarme cuando llego tarde por las noches, o cuando no aparezco por casa hasta el día siguiente. Pero lo peor es lo que viene después, los días siguientes… Los sermones que me suelta con esa voz aparentemente calma que tiene. Me dice que soy una enferma, una ninfómana… ¡una puta, vamos! La manera que tiene de fisgar en mis cosas, preguntarle a todo el mundo lo que hago. Varias veces consiguió averiguar quién era el tipo con el que me había acostado… y entonces, ¡no veas! Empieza una auténtica labor de acoso contra ellos, poniéndolos a parir con todo el mundo, llamándolos por teléfono para insultarlos… Incluso alguna vez les quiso poner una denuncia en la comisaría, menos mal que le dijeron que no podía hacerlo.

-¡Pues menudo elemento! ¿Y por qué sigues con él? Deberías separarte de él enseguida. Se ve que te está haciendo mucho daño.

-No puedo, Cecilia.

-¿Cómo que no puedes? Te marchas de casa y ya está… Muchas mujeres lo hacen. Yo aguanté viviendo en casa de mis padres mucho más de lo que debía. Cuando al final me largué, ¡no veas qué diferencia! Me quité un peso enorme de encima. Fue cuando me fui a vivir con Lorenzo y Malena, y había un rollito estupendo entre nosotros tres. ¿No dices que tienes amigas? Pues te vas con alguna de ellas un tiempo, mientras reorganizas tu vida, encuentras trabajo y…

-¡No, Cecilia! Conmigo no puede ser. Conmigo no es lo mismo, ¿no te das cuenta? Yo no soy como tú.

-¿Cómo que no eres como yo?

-Yo estoy loca, Cecilia. Y tú no. ¿Te parece poca diferencia?

-Tú no estás loca, Irene. Ese marido tuyo te ha convencido de que lo estás, como el doctor Jarama quiere convencerme a mí de que estoy chalada. Pero yo sé que no lo estoy, y tú tampoco lo estás.

Irene bajó la mirada y negó lentamente con la cabeza.

-Sí que lo estoy, Cecilia. Tú te lo montas de puta porque te gusta divertirte, o para satisfacer tu curiosidad… ¡yo qué sé! … Pero con buen rollo, porque tú eres una tía básicamente feliz. Yo no, Cecilia. Cuando me voy de casa lo hago por huir de mí misma, porque ya no me soporto. Busco ruido, follón, un tío que me obligue a prestarle atención, que me folle hasta dejarme inconsciente. Me escapo de esta pena negra que me pudre por dentro… Es como una niebla oscura que lo tapa todo, que le quita el color a todo. Es como un peso que me ahoga, que no me deja respirar, que no me deja sentir. Así que me escapo de ella. Corro a refugiarme en los bares, en las discotecas. La engaño un rato, me emborracho, me coloco, me voy a la cama con un tío que la mitad de las veces ni siquiera me gusta. Pero cuando termino de echar el polvo y el tipo de turno se queda roque a mi lado, la puta pena sale de debajo de la almohada y se me vuelve a meter dentro. Y yo me vuelvo a casa sintiéndome peor que nunca. Y Vicente está allí, esperándome, con los ojos enrojecidos de no haber dormido en toda la noche. Y entonces empieza la bronca, y a mí me da igual, porque me siento mejor peleándome con él que estando sola. Porque él, con sus putos celos y sus putas broncas, al final consigue que siga adelante, que no me hunda del todo. Y por eso no lo puedo dejar, Cecilia, porque yo sin Vicente no soy nada… Soy una puta mierda de mujer que no sabe lo que le conviene, que ni siquiera sabe cuidarse a sí misma.

Se lo había soltado todo de tirón, sin levantar la cara un solo momento, mirándose las palmas de las manos, hablando con una voz neutra, tan desprovista de color como la niebla oscura de la que hablaba. Cecilia se quedó sin saber qué decir, qué contestarle. Tenía que haber una solución, lo sabía, porque siempre había estado convencida de que todo en la vida tiene una solución, hasta los problemas más espinosos. Pero en ese momento no se le ocurría nada que decirle a Irene.

Le puso la mano en la espalda, queriendo ofrecerle algo de calor, algo de cariño, pero Irene se estremeció como si el contacto de su mano le doliera.

-Vale, pues sí, puede que estés enferma… Tienes manía depresiva… ya hablamos de eso, ¿no? ¡Pero eso se cura, Irene! Lo que tienes que hacer es ir a un hospital mental donde te sepan tratar, no quedarte en este maldito sitio donde creen que los trastornos mentales se curan a base de rosarios, azotes y electrocutarte el coño. Y tienes que dejar a Vicente, que fue quien te trajo aquí. Tú te crees que te ayuda, pero lo que hace en realidad es hundirte más. Te roba tu dignidad y tu autoestima, Irene, porque lo que quiere es manipularte y tenerte controlada.

-No, Cecilia… Tú lo ves muy fácil, pero no lo es. No puedo dejar a Vicente porque nadie me querría en su casa, nadie está dispuesto a soportar mis locuras. Sólo él.

No iba a poder convencerla, estaba claro. Se dio cuenta de que la alegría de Irene, la manera dicharachera con la que trataba a todo el mundo, no era más que un barniz superficial tras el cual Irene ocultaba la tristeza profunda que llevaba dentro. Y lo peor de todo es que ahora ella misma podía sentir los dedos helados de esa sombra invadiéndole lentamente el pecho, como la niebla fría que desborda la barrera de las montañas para verterse implacablemente sobre el valle. Porque hasta entonces Irene había sido como una tabla de salvación a la que se había aferrado para no perder la razón en esa casa de locos. Pero si ahora Irene se hundía, ¿cómo se las iba a apañar ella para seguir a flote?
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martes, 3 de diciembre de 2019

Para volverte loca 59 - El secreto de Irene


Miércoles 30 de abril, 1980 (madrugada)

Algo la despertó en mitad de la noche. Entreabrió los ojos, pesados de sueño, y vio la silueta de alguien sentado en su cama. Se incorporó, sobresaltada.

-¡Shhh! ¡Soy yo! -dijo la voz de Irene-. No hagas ruido.

-¿Qué pasa? -susurró.

Irene se tendió en la cama a su lado, como solía hacer antes cuando venía a desatarla. Le dijo al oído:

-Nada, que tengo insomnio. Perdona, no quería despertarte. Es que me sentía muy sola, así que me senté en tu cama a verte dormir. Tienes el sueño muy ligero, no como esas marmotas, que no las despierta ni un terremoto.

Cecilia sacó un brazo de bajo las sábanas y la abrazó.

-Podemos charlar un rato, si quieres -dijo bostezando-. Como hacíamos antes.

-Vale… Pero aquí no. Levántate, anda.

-¿Con el frío que hace? ¿A dónde quieres ir?

-Te quiero enseñar mi sito secreto.

Cecilia se sentó en la cama. No acababa de despertarse y hacía frío. Se abrazó a sí misma.

-A ver si nos vamos a meter en un lío. Nos va a ver el enfermero de guardia.

-No te preocupes, que dónde vamos no nos encontrará nadie. Toma, ponte esto -le dijo Irene dándole una de sus chaquetas de lana.

Se puso en pie, poniéndose la chaqueta. El linóleo del suelo estaba helado bajo sus pies descalzos. Tanteó buscando sus zapatillas y se las puso. Se puso su gorro de lana para que no se le enfriara la cabeza.

Irene la esperaba en el pasillo. Se preguntó una vez más si sería buena idea seguirla. Recordó de los problemas que le había traído fiarse de Javier. La luz azulada de la luna llena entraba a raudales por las ventanas. Al final estaba la isla de los enfermeros, desde donde podían verlas. Irene se encaminó decidida al cuarto de baño. No había problema con eso: no podían decirles nada por ir a mear en mitad de la noche. Irene se detuvo en la puerta del baño, escudriñando a lo lejos para ver si había alguien en la isla de enfermeros. Satisfecha, caminó rápidamente por el pasillo hasta detenerse dos puertas más abajo. Se sacó una llave del sujetador y abrió la puerta. Le indicó por señas que la siguiera.

Entraron en lo que parecía un pequeño almacén: un cuarto rectangular sin ventanas con repisas hasta el techo en todas las paredes. Las estanterías estaban llenas de suministros médicos y cajas de medicamentos. Irene se aseguró de que la puerta quedaba cerrada con llave.

-¿Qué te parece? -le dijo Irene con una sonrisa cómplice.

-Me parece que cómo nos encuentren aquí nos vamos a meter en un buen lío.

-Aquí no viene nadie de noche. Yo vengo un montón de veces cuando no puedo dormir y nunca ha pasado nada.

-¿Dónde has conseguido la llave?

-¿Te acuerdas que te dije que tuve algún lío con Javier? Pues en un momento de descuido le quité la llave.

-Pues no tuvo que haber sido nada fácil -dijo bostezando otra vez.

-No lo fue… Cuando le bajé los pantalones para hacerle una mamada el manojo de llaves se le cayó al suelo y se le perdió, misteriosamente. Se puso como loco a buscarlo… Se lo di yo, le dije que estaba debajo de un mueble. Todavía no ha debido darse cuenta de que le faltaba esta llave en particular.

-¿Y cuándo se dé cuenta, no pensará que se la cogiste tú?

Irene se encogió de hombros.

-Después de la movida que tuvo contigo, a Javier no le interesa en absoluto que se sepan las mamadas que le he hecho.

-¿Y para qué me has traído aquí?

A menudo, mientras se masturbaba por las noches, Irene se acostaba a su lado y la dejaba contarle al oído las historias obscenas que le inspiraba el placer. Quizás ahora quería dar un paso más… Irene, aunque se acercaba a los cincuenta, tenía el cuerpo estilizado y un rostro agradable, pero lo que más la atraía era la intimidad que se había establecido entre ellas. La abrazó y le fue a dar un beso. Irene apartó la cara en el último momento, con una risita.

-¡No te he traído aquí es para eso, tonta! Ya te he dicho que no soy lesbiana.

-Y yo ya te explicado que si cierras los ojos no hay manera de saber si quién te come el coño es un tío o una tía. ¿De verdad que no quieres probar?

-Gracias, pero paso… Te traje aquí porque me sentía sola y aquí podemos charlar tranquilamente. Hablar en tu cama es peligroso. Puede entrar el enfermero de guardia.

-Pues si va ahora se encontrará nuestras camas vacías.

-Podemos haber ido al cuarto de baño.

-También pueden mirar en el cuarto de baño y ver que no estamos allí…

-No te preocupes, me he pasado meses deambulando por el sanatorio por las noches y nunca ha pasado nada. 

-Sí, pero conmigo es distinto. A mí me tienen super vigilada… Perdona que sea tan desconfiada, pero ya me fie una vez de Javier y ya sabes cómo me fue.

-¿Quieres que volvamos al dormitorio?

Le dolió el tono de decepción que había en su voz. Irene le había hecho un favor revelándole su pequeño secreto y ella le respondía con desconfianza. Por supuesto que no debían volver al dormitorio. Irene se sentía sola y necesitaba hablar con ella.

-Mira, vamos a hacer una cosa… Tenemos que preparar una historia por si nos pillan. Seguramente nos interrogarán por separado y si nuestras historias no concuerdan sabrán que estamos mintiendo. Y, por supuesto, no les vamos a decir que hemos estado aquí.

-¡Buena idea! -dijo Irene-. Les diremos que hemos estado charlando en la biblioteca.

-No, no en la biblioteca, no sea que nos la vayan a cerrar. La sala de estar tampoco nos vale, porque los enfermeros hacen rondas por ahí… ¡Ya sé: la capilla! Allí nunca miran, así no pueden decir que no estábamos allí. Les decimos que estábamos allí precisamente por eso, porque los enfermeros nunca entran en sus rondas nocturnas.

-Vale: nos metimos en la capilla para poder charlar tranquilas… Porque yo tenía insomnio y necesitaba hablar contigo.

-Eso es… Les decimos la verdad en todo menos en lo que no queramos que sepan. Así nuestras historias concordarán y no pensarán que estamos mintiéndoles.

-Vale. Pero no te preocupes, que no va a pasar nada. 

Irene fue con paso decidido a una esquina al fondo del almacén. Se arrodilló delante de una alacena cerrada con un candado de combinación. Sin vacilar, entró una combinación de cuatro números y abrió el candado.

-¿Cómo sabes la combinación?

-No fue nada fácil, no te creas. Estuve meses fisgando con el dichoso candado, hasta que un día descubrí que lo habían cerrado sin quitar la combinación. Se abrió con sólo tirar. Entonces memoricé la combinación: 4816.

-Es fácil de recordar. Una simple progresión geométrica: dos al cuadrado, dos al cubo y dos a la cuarta.

-¿Sí? Pues nunca se me ocurrió. Yo simplemente repetí los números hasta que se me quedaron grabados.

-¿Y qué hay ahí que te pueda interesar tanto?

Irene rebuscó entre varios botes y cajas de pastillas hasta sacar un frasco. Sacó una pastilla de él y se la tragó sin beber agua.

-¿Qué son?

-Anfetas. ¿Quieres una?

-No, gracias… ¡Así no me extraña que no duermas!

-A mí me ayudan mucho… Son lo mejor que hay contra la depresión. El doctor Jarama me las recetó al principio, cuando me acababan de ingresar, pero luego me las cambió por otras pastillas que no sirven para nada.

-¿Por eso le robaste la llave a Javier, para conseguir las anfetas?

Irene se encogió de hombros y se sentó en el suelo. Cecilia se sentó junto a ella. El suelo estaba duro y frío, pero no quería desaprovechar esa oportunidad para intimar con Irene.


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martes, 26 de noviembre de 2019

La escena del cinturón

(De mi novela Desencadenada)

Lentamente, con un gesto dramático, Luis se desabrochó el cinturón y se lo fue sacando de las hebillas de su pantalón.

Cecilia tragó saliva.

¡Vale, pues que me azote! Total, a eso ya estoy acostumbrada, después de las palizas que me han dado Julio y Johnny. Menos mal que Luis no lo sabe, que si no vete a saber qué otro castigo habría elegido. Sólo tengo que montar mucha comedia, dar muchos gritos y esperar a que se canse. ¡A lo mejor hasta disfruto y todo!

-¡Enhorabuena! -le dijo-. Por fin vas a cumplir tu deseo. ¡Te debes sentir muy satisfecho!

-Yo, que tú, dejaría de hablarme en ese tono. Muy pronto vas a suplicarme que pare de pegarte. ¡Venga, vamos!

La agarró con una mano por las esposas, con la otra por la nuca, y la empujó hacia la mesa de despacho. Dio un traspié, los tobillos enganchados en los shorts que se terminaron de romper, liberándole las piernas. Luis apartó de un manotazo las plumas, abrecartas, fotos enmarcadas y demás enseres que había sobre el escritorio. La empujó hasta dejarla recostada sobre él, las caderas dobladas sobre el borde.

-¡No se te ocurra moverte, o será mucho peor!

Cecilia se aferró con las manos esposadas al borde opuesto del escritorio, sin osar resistirse. Juntó las piernas y apretó el culo, en un vano intento de cubrir su intimidad.

¿Para qué? Mejor que me vea bien, a ver si, con un poco de suerte, se le pone dura y le da por violarme. Así cuando se corra se le pasarán las ganas de torturarme. ¿Qué más da que sea incesto? La culpa será suya, no mía.

Se relajó, dejando que se le separaran algo los muslos.

-¡Eso, enséñame bien tus vergüenzas! Si hasta te afeitas el coño para que te lo vean mejor, ¿eh? ¡Menudo panorama, hermanita! ¡Voy a disfrutar de lo lindo castigándote!

-¡Pues nada, por mí no te prives! -dijo con sarcasmo-. Para eso estoy: para servirte.

-¿Ah, sí? ¡Pues a ver si es verdad! Cántame un poquito, para poner ambiente. Cántame tu canción, la que puse aquel día que te zurré, cuando eras pequeña… Seguro que te acuerdas, ¿verdad?

-¿Qué? -Debía haber entendido mal.

-¡Que cantes he dicho, coño! ¿O voy a tener que convencerte?

-No, si yo por cantar que no quede.

A ver si así me oyen los vecinos y me sacan de ésta.

Empezó a cantar la canción Cecilia lo más alto que pudo. Sólo entonces se dio cuenta de lo humillante que era el verse obligada a hacerlo, pero ya no se atrevió a parar. Se acordó de los cautivos en la canción Rivers of Babylon, a los que también habían obligado a cantar. Apenas oyó el zumbido del cinturón cuando le fustigó el culo, despertando una quemazón que le resultaba harto familiar. El segundo golpe decididamente le gustó.

Esto va a ser divertido.

El siguiente, el cinto cayó de canto, sin producirle más dolor que un impacto sordo en el músculo.

¡Pero qué patoso eres, Luis!

Pero él la golpeaba con todas sus fuerzas. Veía la sombra del cinturón levantarse alto en el aire antes de aterrizar sobre su trasero. El tener que cantar no la dejaba concentrarse, haciendo que el dolor la pillara desprevenida. Aunque algunos golpes fallaban, otros le restallaban contra las nalgas creando un considerable aguijonazo. Se puso a gritar con cada azote, lo que le daba una disculpa para interrumpir su canción. Quizás alguien la oyera y acudiera en su ayuda, aunque a Luis eso no parecía preocuparle lo más mínimo. ¿Y si no vivía nadie en esa casa?

El dolor fue en aumento a medida que los golpes caían sobre la piel ya lacerada, hasta que sus gritos empezaron a ser completamente genuinos. Ésta no era una de las palizas cariñosas que le habían dado Julio y Johnny, sino un auténtico castigo infligido por alguien que tenía toda la intención de hacerle daño de verdad. El dolor había pasado de placentero a desagradable y llevaba camino de volverse intolerable. Había subestimado la crueldad de su hermano. Lo que le faltaba en habilidad lo suplía con creces en brutalidad. El verse completamente a su merced, impotente de detener el castigo, la puso furiosa. Gritó y gritó, con tanta rabia como dolor, a medida que fue comprendiendo que, lejos de disfrutarlo, iba a ser incapaz de soportar ese castigo tan atroz. Luis se debió de dar cuenta de su estado, pues redobló sus esfuerzos y sus jadeos se mezclaron con gruñidos de satisfacción. Al poco rato, ella ya no pudo contener las lágrimas y su ira se fue ablandando, hundiéndosele dentro del cuerpo. Algún día pagaría lo que le estaba haciendo, algún día se vengaría de él, pero ahora ya sólo podía sentir lástima de sí misma, y un deseo pertinaz de que terminara su dolor y su humillación. Lloraba y berreaba, y al final acabó por suplicar. Cualquier cosa para que se diera por satisfecho y terminara su tormento.

-¡Por favor, para ya! … ¡Por favor, te lo suplico! ¡Ay, ay! ¡Basta! ¡Me duele mucho! ¡Au!

Los golpes cesaron. Empezó a levantarse del escritorio, pero él se lo impidió, sujetándola contra la superficie de madera con una mano en la espalda.




sábado, 23 de noviembre de 2019

Para volverte loca 58 - El dique se va a romper

El desbordamiento del Mississippi de 1927, que dio origen a la canción When The Levee Breaks

Cuando subió a la biblioteca después de desayunar se encontró con que Bob y las chicas se le habían adelantado. Irene acababa de poner un LP en el tocadiscos y se empezaban a oír un ritmo discordante de guitarra eléctrica.

-¿Qué has puesto? -le preguntó, acercándosele.

-¡Led Zeppelin! -gritó Irene, y subió el volumen a tope.

 A Cecilia le gustaba Led Zeppelin. Julio tenía el álbum Physical Graffiti, que escuchaban menudo, pero esta canción no la conocía. Pero no importaba porque Irene se había puesto a bailar como una posesa, inclinando la cabeza y moviendo violetamente los brazos y las piernas. Sin pensárselo dos veces, Cecilia se le unió. Soltando chillidos, Montse, Lucía y Maite empezaron a bailar con ellas. Bob también, aunque se le veía algo desconcertado.

Irene gritaba algo que se parecía a la letra de la canción, pero por lo visto no sabía mucho inglés.

-¡The levee is going to break! -decía el cantante de Led Zeppelin con su voz chillona. Eso le pareció apropiado. Si seguían puteándola en ese maldito hospital, su dique se iba a romper un día y se iban a enterar. La idea la hizo moverse con más frenesí, liberando en su danza toda la frustración que llevaba dentro. Irene la miraba y sonreía, sin dejar de moverse descontroladamente. Las dos se pusieron a reírse como locas, dando saltos y gritando.

La canción se iba descomponiendo lentamente cuando vieron a cortarles el rollo. Aparicio irrumpió en la biblioteca, fue corriendo al tocadiscos y lo apagó.

-¿Pero qué coño os pasa? ¿Os habéis vuelto locas?

-¡Ya estamos locas! -le respondió Irene sin aliento-. ¡A ver! ¿Si no, qué coño hacemos en este puto sanatorio?

Aparicio se le acercó, la cogió por los hombros y le dio una ligera sacudida.

-Cálmate un poquito, ¿vale? Ya sabes que esta tarde tienes visita.

-Ya lo sé -le respondió Irene con un mohín de disgusto-. ¿Por qué te crees que estoy así?

-¿Quién es, Irene? -le preguntó en cuanto se marchó Aparicio-. ¿Quién viene a visitarte?

-¿Quién va a ser? ¡Mi marido!

El humor de Irene había cambiado radicalmente, se la veía alicaída. Sus ojos la eludían.

-Irene, por favor, acuérdate de lo que hemos hablado -le susurró-. Si es tu marido, pídele que contacte con Julio… Tienes su número de teléfono, ¿no? Te lo di el otro día, ¿no te acuerdas?

Irene negó lentamente con la cabeza.

-No va a querer. Tú no sabes cómo es. Una cosa así le importa un comino.

-Bueno, al menos inténtalo, ¿no? Tú debes saber cómo convencerlo. A fin de cuentas, es tu marido.

-¡No entiendes nada, Cecilia! Es mi marido, pero como si fuera mi carcelero. Él es quien me tiene metida aquí. Si le digo lo que me pides le faltará tiempo para ir a contárselo al doctor Jarama… Son buenos amigos. Y ahora déjame. Necesito estar sola.

Nunca antes había visto una expresión así en la cara de Irene.

* * *

El marido de Irene vino poco después de comer, mientras jugaban a las cartas con las chicas en la sala de estar.

-Ya está aquí, Irene -le dijo Aparicio lacónicamente.

Irene se quedó paralizada, el rostro inexpresivo.

-¡Vamos! No lo hagas esperar -la apremió Aparicio.

Aparicio tiró del brazo de Irene para levantarla de la silla. Los dos se encaminaron apresuradamente pasillo abajo. Cecilia vaciló antes de seguirlos.

Lo vio sólo unos instantes: un hombre alto, delgado, con el pelo gris y bastante bien parecido para su edad, unos diez años más que Irene. Apenas la tocó cuando se encontraron, se limitó a darle un beso en la mejilla y luego se puso a hablar con el doctor Jarama muy serio, mientras Irene fijaba la mirada en el suelo. Luego entró con Irene en el cuarto de visitas, mientras que el doctor volvía a meterse en su despacho. Aparicio la vio y le indicó con un ademán de la cabeza que se fuera.

Irene no volvió a aparecer hasta un par de horas más tarde. Era una mujer cambiada. Tenía el rostro inexpresivo, la mirada huidiza y le temblaban un poco las manos. Cecilia la agarró por los hombros y la sacó de la sala de estar.

-¿Irene, qué te pasa? ¿Qué te ha dicho tu marido? -le preguntó en cuanto salieron al pasillo.

Irene volvió el rostro hacia la entrada del sanatorio y tiró de sus manos para liberarse.

-Irene, no me asustes -insistió-. ¡Respóndeme, por favor!

-No me pasa nada…

-¿Cómo no te va a pasar nada? ¡Si estás rarísima! Venga, cuéntamelo a mí… Somos amigas, ¿no?

Irene le dirigió una mirada húmeda y triste. Sus ojos parecían más pequeños.

-Ahora no, Cecilia.

-¿Ahora no? ¿Por qué no?

-Porque ahora no puedo, Cecilia. ¡Déjame! Ya te lo contaré otro día.

Era algo serio, como los ataques de pánico que le daban a Malena. Mejor no presionarla.

-Bueno, vale… Cuando puedas me lo cuentas, ¿de acuerdo?

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sábado, 16 de noviembre de 2019

Para volverte loca 57 - Prohibido masturbarse


Capítulo 9 - Cuando se rompa el dique


Martes 22 de abril al viernes 25 de abril, 1980

Fueron pasando los días. Cecilia empezó a acostumbrarse a la rutina de la vida en el sanatorio. Decidió postergar sus intentos de comunicarse con Julio y Laura. Estaba claro que una confrontación con el doctor Jarama lo llevaría a seguir aumentando sus horribles castigos, con lo que se arriesgaba a sufrir daños irreversibles. Mejor optar por una estrategia a largo plazo: dejar que se confiaran y actuar una vez que conociera bien el terreno sobre el que se movía. Mientras tanto, quizás a Julio y a Laura se les ocurriera la manera de dar con ella. Estaba segura de que estarían haciendo todo lo posible para encontrarla.

Todas las mañanas la Leona le administraba su sesión diaria de terapia aversiva. Cecilia fue aprendiendo a hacer que su cuerpo respondiera como esperaban, de tal manera que cuando el doctor vino un día a evaluar cómo iba su tratamiento encontró las medidas del pletismógrafo enteramente satisfactorias.

 A menudo Irene la despertaba en mitad de la noche y la desataba para que pudiera masturbarse. Luego charlaban un rato e Irene la volvía a atar para que no se dieran cuenta. Irene era una auténtica bendición, se habían hecho muy amigas. También había desarrollado una buena relación con Montse, Lucía, Maite, Bob y, para su gran sorpresa, con Ignacio.

* * *

Sábado 26 de abril, 1980

La rutina se rompía los fines de semana, cuando no le daban terapia aversiva. Sin embargo, esa mañana de sábado Aparicio fue a buscarla a la biblioteca para llevarla al despacho del doctor Jarama. Eso le dio mala espina. Todas sus entrevistas con el doctor habían acabado fatal. ¿Qué irían a hacerle ahora? ¿Habrían descubierto que Irene la desataba por las noches?

-Siéntate, Cecilia -le dijo el doctor, indicándole la austera silla que siempre tenía frente a su mesa de despacho. Juntó las yemas de los dedos frente a su cara, como solía hacer, y le sonrió. Parecía de buen humor.

-Te he mandado llamar para decirte que estoy satisfecho de cómo progresa tu tratamiento. Tienes buenas relaciones con los otros pacientes y has dejado de darnos problemas. Leonor me dice que por fin te has decidido a cooperar con tu tratamiento. Por lo visto, los correctivos que te tuvimos que aplicar al principio dieron resultado. Pero no quiero que pienses que aquí sólo usamos métodos punitivos. También sabemos recompensar la buena conducta.

-Eso suena muy bien… ¿Y tiene en mente alguna recompensa en particular?

Sería algún nuevo truco. Mejor no bajar la guardia ni un momento. El doctor le volvió a sonreír con un toque de condescendencia.

-Había pensado que a lo mejor podríamos permitirte dormir desatada… Dime, Cecilia, si te desatamos, ¿me prometes no masturbarme por las noches?

¡Así que ese es el truco! Si le digo que sí, sabrá que le estoy mintiendo y que mi buen comportamiento es todo un montaje. Tengo que dar con la respuesta adecuada.

-No, no creo que deba prometérselo, porque seguro que en algún momento no voy a poder resistir la tentación y lo voy a hacer -dijo humildemente-. Estoy dispuesta a intentarlo, de todas formas. Le agradecería mucho que me desatara para dormir. El no poder cambiar de postura por las noches me está empezando a dar dolores de espalda

El doctor dejó de sonreír y la escudriñó con más atención.

-Claro… Ya veo que por fin vas comprendiendo lo débil que es tu voluntad, lo mucho que te tiene esclavizada tu adicción al sexo. Pero, si de verdad vas a recuperarte, tiene que llegar el momento en que seas tú misma la que ejercites tu fuerza de voluntad. No podemos servirte de soporte moral indefinidamente. Así que voy a decir que te desaten. Pero, te lo advierto, si abusas de tu cuerpo, tengo formas de averiguarlo.

¿Cómo? Lo he estado haciendo y no tiene ni idea… Pero a lo mejor me piensa hacer un examen médico por las mañanas a ver si tengo flujo, irritación en el clítoris o alguna cosa por el estilo. Será mejor andarme con cuidado y no hacerlo las primeras noches.

-Muchas gracias, doctor. Lo intentaré con todas mis fuerzas, se lo prometo.

El doctor asintió gravemente.

-Muy bien, Cecilia, muy bien… Anda, vete, que ya va a ser la hora del Ángelus. Que no se te olvide que rezar es una parte importante de tu terapia.

* * *

Domingo 27 de abril, 1980

Esa noche se encontró con que le habían cambiado su cama con barrotes por una cama normal, como la que tenían las otras chicas. Fue todo un placer deslizarse bajo las sábanas y poder moverse a su gusto, tendiéndose de lado, como a ella siempre le había gustado dormir. Irene fue a apagar la luz y le dedicó una sonrisa cómplice camino de su cama.

Decidió que esa noche no se masturbaría, por si el doctor tenía algún truco para adivinar que lo había hecho. Sin embargo, su nueva libertad la tenía muy excitada. Dio vueltas en la cama, tendiéndose de un lado, luego del otro, luego bocabajo. Eso la excitó aún más. Involuntariamente, se puso a bascular las caderas, frotando su pelvis contra el colchón. Volvió a ponerse bocarriba, jadeando. Su clítoris atraía a su mano como si fuera un imán. El doctor tenía razón: estaba esclavizada a su propio placer, su fuerza de voluntad era débil. ¡No, tonterías! Eso era que el doctor había empezado a comerle el coco. Mejor no hacerle caso y hacerse una buena paja. Pero no, había decidido no hacerlo. ¿Acaso no era capaz de atenerse a su decisión? Abrió un poco las piernas para disminuir la presión sobre su clítoris y se concentró en su respiración, como le había enseñado el Chino a hacer para calmarse. A lo mejor volvía a tener otro de sus sueños eróticos en los que hacía el amor con Julio.

Se despertó en mitad de la noche, jadeando, sudando, los muslos fuertemente apretados en torno al sexo, el coño húmedo y caliente. Debía haber estado soñando algo increíblemente erótico. Intentó recordar qué era. Le venían a la mente imágenes de pollas enormes, tiesas como barras, manos que la sobaban, la inmovilizaban, la golpeaban, la penetraban… Pero era imposible saber si venían de su sueño o de su mente calenturienta. Era una estupidez intentar resistir en ese estado. Se bajó las bragas y se acarició con avidez. Tardó apenas un minuto en llegar al clímax. Apenas había recuperado el aliento cuando volvió a empezar. Esta vez jugó un poco consigo misma, parando cada vez que se acercaba al orgasmo, pero aun así no tardó en volver a correrse. Después del tercer orgasmo se quedó dormida.

No se despertó hasta que el enfermero vino a subir la persiana. Sobresaltada, se dio cuenta de que si en ese momento la hubiera destapado la habría pillado con las bragas en las rodillas. Se las subió lo más disimuladamente que pudo, se levantó de un salto y se fue corriendo a ducharse, sin esperar a Irene. Se lavó a conciencia bajo el agua templada, intentando borrar cualquier vestigio de sus actividades nocturnas. La invadía una vaga sensación de culpa y de vergüenza. No estaba teniendo nada de cuidado, el doctor la iba a pillar en cuanto se lo propusiera. Luego se dio cuenta de lo que le estaba pasando: el doctor había conseguido infiltrarse en su mente y despertar su sentimiento de culpa frente al placer, algo de lo que creía que había conseguido deshacerse hace tiempo.

Dio un puñetazo de frustración a los azulejos de la pared.

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lunes, 4 de noviembre de 2019

Para volverte loca 56 - Confesiones de un cura


Después del desayuno se volvió a meter en el oratorio, buscando soledad para pensar. Esta vez se sentó en el banco en vez de arrodillarse. Su trasero se había recuperado bastante de la paliza durante la noche.

No volvió a encontrar el silencio y la calma que la había invadido la tarde anterior, pero tampoco la dominaba el miedo con el que se había despertado esa mañana. Se sentía fría, cerebral, dispuesta a ponderar su situación y encontrar el camino más racional. Era evidente que debía evitar los castigos en la medida de lo posible. Ya no se iban a limitar a las azotainas, que ella sabía encajar más o menos bien gracias a su masoquismo. Por mucho que fingiera que las odiaba, la Leona iba a acabar dándose cuenta de que no hacían mella en ella. Buscarían otros castigos que ella no pudiera erotizar, como darle a beber ese repugnante ipecac. O como lo de raparla… ¡Eso sí que la había afectado! Podían hasta darle un electroshock, que era lo que más la horrorizaba… No, claramente lo que tenía que hacer era convencer al doctor que estaba cooperando con su tratamiento, como él decía. Nada de discutir con él, amenazarlo o rebelarse; eso sólo se volvería en su contra. Claro que si le volvía a dar Rohypnol se daría cuenta de que estaba fingiendo… Lo único que podía hacer contra eso era autosugestionarse para contarles una sarta de mentiras bajo el efecto de la droga. Irene decía que eso podía funcionar. Lo malo de esa estrategia es que, a la larga, la separación entre lo que fingía hacer y lo que de verdad aceptaba acabaría por difuminarse. Lo que significaría caer en la trampa y ayudar a que esa terapia de conversión funcionara. ¿Tenía alguna posibilidad de funcionar? ¿Era posible cambiar los gustos sexuales de una persona? Desde luego, lo que sí era posible era destruir la sexualidad de una persona, inhibir completamente la libido. Eso era lo que le había pasado a Malena. No, no podía consentir que le hicieran a ella algo así.

Se abrió la puerta de la capilla. Don Ignacio asomó la cabeza y la miró como si esperara encontrarla allí. Se le acercó despacio y se sentó en el banco a su lado.

-Perdona que te moleste -dijo mirando fijamente al altar-. He venido a pedirte disculpas por lo que te dije ayer. Quiero que sepas que siento mucho lo que te hicieron y que no estoy en absoluto de acuerdo con ello.

Sonaba sincero. ¿Por qué no aceptar sus disculpas? En la situación en la que estaba no podía permitirse el lujo de rechazar a un potencial aliado.

-Gracias, Ignacio. Acepto tus disculpas -le respondió, también sin mirarlo.

-Te reto a una partida de ajedrez.

-¿Qué pasa, que le has cogido el gusto a perder?

-No, tengo una teoría… Creo que eres como Sansón, y que cuando te cortaron el pelo acabaron con tu inteligencia. Así que ahora es mi oportunidad de vengarme de todas las veces que me has hecho morder el polvo.

Lo podía oír sonreír mientras se lo decía. Cecilia se volvió a mirarlo.

-Muy bien… Así te paso que te vuelvo a zurrar la badana al ajedrez te demuestro que esas cosas que dice la Biblia no son más que tonterías. El pelo no tiene nada que ver con la fuerza muscular o la capacidad intelectual de las personas.

Fueron a la biblioteca, sacaron el tablero de ajedrez y dispusieron las piezas: negras para ella, blancas para él. Cecilia montó otro de sus ataques rabiosos que tanto desconcertaban a la mente cuadriculada de Ignacio. Enrocaron los dos por el mismo lado pero, en lugar de usar los peones para proteger su rey, Cecilia los mandó en una carrera arriesgada contra el rey blanco. Metió una torre apoyada por la reina por el flanco izquierdo, le dio jaque con la torre y enseguida jaque mate con la reina apoyada por su peón más avanzado.

-¡Guau! -dijo Ignacio dejándose caer sobre la silla-. Ya veo que estaba equivocado. Si acaso, el corte de pelo no ha hecho sino aumentar tu inteligencia.

-No, no ha aumentado mi inteligencia, pero sí que me ha puesto de mala leche. ¡Y ya ves el resultado!

Ignacio la miró fijamente y, tras un breve silencio, añadió:

-Tenías razón en lo que me dijiste ayer: es mezquino alegrase del sufrimiento ajeno. Y la verdad es que no creo que seas ninfómana, ni vanidosa. Eres una mujer demasiado compleja para encerrarte en ninguna categoría.

¿Qué es eso, un cumplido o una crítica?

-Gracias, pero no hace falta que te disculpes otra vez.

En el rostro de Ignacio vio que sabía que ella no creía que estuviera siendo sincero.

-Quiero que sepas que estoy completamente de acuerdo contigo: nadie tiene derecho a hacerte las indignidades que te hicieron ayer. Espero que hoy te sientas un poco mejor.

-Ya no me duele el culo… pero lo del pelo no tiene remedio.

-A corto plazo, no… ¿Sabes? Eso me ha recordado una de mis canciones favoritas. Es una canción popular italiana que resucitó Gigliola Cinquetti en los años 60. Se llama La domenica andando a la Messa.

-¿El domingo yendo a misa? No es un título que esté muy en mi onda, desde luego. ¿De qué trata, de una ninfómana como yo que al final se vuelve beata?

-Algo parecido, pero no exactamente… Ayer, después de ver lo que te hicieron, la volví a escuchar, y por primera vez comprendí lo que quiere expresar esa canción. Eso fue lo que me hizo darme cuenta de lo injusto que había sido contigo… De cómo te debes sentir.

-Tú y yo somos muy distintos, Ignacio. No creo que ninguna canción te pueda decir cómo me siento.

Ignacio se inclinó hacia delante y suspiró.

-Puede que sea presuntuoso por mi parte decir que te entiendo, pero estoy intentando sinceramente tratarte con el respeto que te mereces.

¿Qué coño se traía entre manos? ¿A qué venía tanto empeño en ser su amigo? ¿Era porque le tocaba desempeñar su papel de poli bueno? No dejaba de ser curioso que hubiera ido directamente a hablar con ella después de su castigo. Alguien lo tenía informado de lo que le pasaba. En todo caso, lo mejor era seguirle la corriente.

-Te agradezco que quieras que seamos amigos, pero como comprenderás no me resulta nada fácil ser amiga de alguien que se pone del lado de los que tienen encerrada aquí.

-Lo dices porque no quise mandar esa carta, ¿verdad? Mira, Cecilia, tú no te das cuenta de lo delicada que es mi situación aquí… Yo no estoy de acuerdo con lo que hacen, y ellos lo saben. Precisamente por eso, si hiciera algo como mandar tu carta enseguida se darían cuenta de que había sido yo.

Eso sonaba más honesto de lo que se esperaba.

-¿Y qué? ¿Qué van a hacer? ¿Despedirte? ¿Acaso no sería mejor eso que seguir aquí y hacerte cómplice de sus crímenes? … Porque eso es lo que son: crímenes. Sabes perfectamente que me tienen detenida aquí ilegalmente. Y que las cosas que me hacen se parecen mucho a la tortura.

Ignacio negó lentamente con la cabeza.

-No te lo puedo explicar, Cecilia… Pero no me puedo permitir que me echen de aquí.

¡Qué raro! ¿Por qué? Entonces recordó el día que lo vio salir de uno de los cuartos de tratamiento.

-Ya… ¿Porque estás aquí como paciente, y no sólo como cura?

La mirada que le devolvió Ignacio reflejaba sorpresa, alivio y un cierto temor.

-Sí.

-¡Pero Ignacio, tú debes de saber perfectamente que esa terapia aversiva es un camelo! No hay forma de vaya a funcionar.

Ignacio apretó los puños sobre el tablero, derribando varias piezas sin darse cuenta.

-¡Sí que funciona, Cecilia! -dijo irritado; luego prosiguió en un murmullo-. Quizás no funcione para ti, porque tú te opones al tratamiento… Pero yo creo que si se acepta, si se pone toda la voluntad en ello, sí que va puede funcionar. Pero no puedo hacerlo yo solo, necesito ayuda.

-¡Pero, Ignacio, no te hace falta cambiar! Estás bien siendo lo que eres… ¿Qué más te da si eres homosexual? Aunque fueras heterosexual tampoco ibas a poder disfrutar del sexo, siendo cura. No te queda más remedio que aprender a vivir con tus fantasías sexuales, sean del tipo que sean.

Ignacio la miraba con miedo, el aliento alterado. Volvió a negar con la cabeza.

-Por favor, no me pidas que te lo explique, porque no puedo… Ya te he dicho más de lo debía… Por favor, no se lo digas a nadie.

-Vale, de acuerdo… Pero que conste que tampoco pasa nada. Fíjate, ahí tienes a Bob, que también es gay y no se avergüenza de serlo.

-Por favor, Cecilia, déjalo ya -dijo con voz queda.

Se quedó mirándolo. Desde luego, los curas eran unos bichos raros.

-Bueno, vale.

Se quedaron callados un rato. Al final, Ignacio le preguntó:

-¿Quieres que te ponga esa canción? Te puedo traducir la letra.

-¡Venga! -le dijo con una sonrisa.

Ignacio se levantó y fue a su tocadiscos. Sacó un LPs y lo puso. La canción le resultó familiar, estaba segura de haberla oído antes. Ignacio se puso a traducirla:

-“El domingo yendo a misa, acompañada de mis amantes, me sorprendieron mis padres y me obligaron a hacerme monja”.

-¡Genial! Justo lo que yo pensaba -dijo con sarcasmo.

-“¡Dime que me quieres! Soy inocente como el sol que resplandece sobre el mar. Quiero darle un adiós al amor. ¡Ay sí, sí! ¡Ay, no, no! ¡Quiero darle un adiós al amor!”

Eso cambiaba las cosas. Pero lo que realmente la emocionó fue la siguiente estrofa:

-“Jovencitos, llorad, llorad. Han cortado mis largos cabellos. Lo sabéis: eran rizados, eran bonitos. Jovencitos, llorad conmigo…”

De repente, una oleada de tristeza rompió a través del hielo de frialdad cerebral en el que se había sumido esa mañana y ella también se echó a llorar. La canción le hizo darse cuenta de que ella no era la primera mujer a la que trataban así. Desde hacía siglos, miles de mujeres habían buscado expresar su sexualidad y la respuesta había sido siempre la misma: encerrarlas y humillarlas hasta secar todo su deseo. Le había pasado a su madre, sin ir más lejos. Y ahora su padre le hacía lo mismo a ella. Eso era lo que la hacía llorar de tristeza, impotencia y rabia.

-Lo siento, no me di cuenta de que la canción te iba a afectar tanto -le dijo Ignacio compungido.

Cecilia se secó las lágrimas con el dorso de la mano, furiosa consigo misma por mostrarse débil delante de él.

-Tenías razón: esa canción expresa exactamente cómo me siento. Por eso me ha hecho llorar, porque me ha hecho darme cuenta de que lo que me hacen aquí a mí es lo que le han estado haciendo a montones de mujeres durante siglos… Precisamente esa religión de la que estás tan orgulloso.

-Y también la ciencia de la que estás tan orgullosa. Todos esos tratamientos que te hace el doctor Jarama no están basados en la religión, sino en la ciencia.

-¡Eso es mentira! Eso de la terapia aversiva es un camelo, no hay ninguna evidencia científica que la respalde… Y esa idea de que la homosexualidad es mala, de que es una enfermedad que hay que curar… todo eso está basado en el dogmatismo religioso, no en la ciencia. ¡Pero nada, si tú quieres que te apliquen la terapia aversiva porque no soportas que te gusten los hombres, pues tú mismo! Pero no justifiques que me lo hagan a mí.

Eso pareció alterarlo tanto como la canción la había afectado a ella.

-Sí que funciona… Tiene que funcionar… Lo que pasa es que si luchas contra ella, como haces tú, pues entonces no hay nada que hacer, porque Dios nos ha dado un alma que es libre, y nadie puede quitarnos esa libertad… Pero sí uno desea ese cambio, si lo acepta desde lo más profundo del corazón, entonces sí que va a funcionar.

Cecilia se quedó mirándolo con curiosidad. Ignacio le había revelado mucho más sobre sí mismo de lo que lo creía capaz. En eso era muy distinto de los otros curas que había conocido, que iban por la vida envueltos en un halo de santidad, que nunca mostraban su propia humanidad, sus deseos, sus temores… A su pesar, no podía evitar sentirse muy cerca de él. A lo mejor iba a ser verdad que podían ser amigos.

-¿Qué tal otra partida de ajedrez? -le dijo sonriéndole, rompiendo el tenso silencio que se había creado entre ellos-. Te ofrezco la revancha.

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domingo, 27 de octubre de 2019

Para volverte loca 55 - El gorro


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Lunes 21 de abril, 1980

Tenía frío. Fue a tirar de la manta para cubrirse la cabeza, pero no pudo mover las manos. Algo las aprisionaba bajo las sábanas. Entonces se terminó de despertar y lo recordó todo de golpe. La habían atado a la cama, por eso no se podía mover. Y le habían afeitado la cabeza, por eso sentía tanto frío en la coronilla. Una vez, en la montaña, Julio le había dicho que por la cabeza es por dónde más calor se pierde, por eso es importante ponerse un gorro al hacer travesías por la nieve.

Era demasiado temprano, aún quedaba tiempo para que la vinieran a desatar. La luz del alba apenas comenzaba a filtrarse por las rendijas de la persiana. Quiso dormirse otra vez, pero era imposible. La calma que había sentido la noche anterior se había esfumado y en su lugar una furia fría se empezó a despertar dentro de ella. Lo que le habían hecho era imperdonable, un abuso rayano en la tortura. Y, encima, su intento de hacerles llegar una carta a Julio y a Laura había fracasado. A saber cuánto tiempo iba a tener que seguir encerrada allí, sometida a los caprichos crueles del doctor Jarama. Seguro que aún le quedaban cosas más terribles en su repertorio de tormentos. Recordó lo que había leído sobre la manipulación psicológica, el lento minar de la autoestima, las drogas que te anulan la voluntad. El electroshock. Eso era lo que más miedo le daba, el electroshock. Según el libro Alguien voló sobre el nido del cuco, podía causarle daño cerebral, dejarla tonta. No había nada más terrible que eso, porque sin su inteligencia, sin su voluntad, quedaría reducida a un despojo, una piltrafa, una sombra de lo que era. Como le había pasado a McMurphy al final de esa novela.

Un miedo helador se le fue colando en los huesos. Ella no era nada, estaba indefensa ante toda la tecnología de manipulación mental a disposición del doctor. Ninguna heroicidad era posible. Ella era sólo su mente, y su mente era sólo su cerebro, un órgano hecho de materia y por lo tanto manipulable. A largo plazo, toda resistencia iba a ser fútil. Si no lograba salir de allí acabarían por lavarle el cerebro. Y las perspectivas de huir, por primera vez, se le antojaron prácticamente imposibles.

Pero no podía abandonarse a la desesperación. Buscó algo a lo que aferrarse, algo que le diera un atisbo de esperanza. Peor lo había tenido las dos veces que la atraparon Luis y su panda de fachas. Y sin embargo había logrado salir de aquella, con la ayuda de sus amigos. Malena… ella también había estado presa en una celda en Chile, siendo torturada y violada. Y el Chino, desertando de la guerra de Vietnam, cruzando la selva por territorio enemigo hasta llegar a un monasterio budista donde le habían enseñado todo lo que sabía, donde lo habían convertido en la persona maravillosa que era ahora. Sí, el Chino le diría que es imposible saber lo que nos guarda el futuro, pero que lo importante es luchar aquí y ahora, sin rendirse, siendo lo mejor de nosotros mismos a cada momento. Esa ideas surgieron de su interior con tal fuerza que la emocionaron y la hicieron llorar. Las lágrimas rodaron por sus mejillas en silencio, y como el agua del deshielo primaveral fueron derritiendo el hielo de su miedo.

* * *

Al final amaneció. Vino un enfermero a subir la persiana y desatarla. Afuera el cielo estaba cubierto por una delgada capa de nubes grises que dejaba caer una fina cellisca. En el jardín, la nieve que se había derretido el día anterior se había vuelto a congelar, formando rebordes de hielo gris en la nieve sucia, endurecida, que recubría los setos y los matorrales. ¿Es que no iba a llegar nunca la primavera a ese desolado paraje?

En el cuarto de baño el agua salía sólo tibia y Cecilia tenía el frío de la noche anterior metido en los huesos, así que optó por no ducharse. Irene le dijo que se fuera a vestir, que ella se podía apañar sola para lavarse. Así que se puso el odioso uniforme amarillo de paciente, hizo la cama y bajó al comedor a desayunar.

Las tres chicas embarazadas ya estaban sentadas con Bob en la mesa del desayuno. Le apetecía estar sola, pero sabía que tenía que hacer un esfuerzo por ser sociable. En esa guerra en la que la habían metido iba a necesitar todos los aliados que pudiera encontrar. En último caso, cuando una de esas chicas diera a luz y saliera de ahí podría ponerse en contacto con Julio y Laura para decirles dónde estaba. Pero aún faltaban varios meses para eso. La que estaba más avanzada en el embarazo era Maite, y no saldría de cuentas hasta agosto. Lo mismo que Laura, pensó con amargura. A lo peor aún estoy aquí encerrada cuando nazca nuestro hijo.

-¡Buenos días, Cocoliso! ¿Qué tal estás? Te veo muy callada esta mañana -le dijo Lucía.

-Estaba bien hasta que me has llamado Cocoliso. Espero que ese no sea mi nuevo mote. ¡No me gusta nada!

-Pues yo creo que Cocoliso te viene al pelo -se burló Lucía.

-Tú, como siempre, a buscar les pessigolles -dijo Montse.

-Y tú, como siempre, a decir cosas en catalán que no las entiende ni tu tía -le replicó Lucía.

-Pues a mí Cecilia siempre me pareció un nombre muy chulo -opinó Maite-. No veo por qué tenemos que ponerle ningún mote.

Irene se acercó a la mesa con su bandeja y algo bajo el brazo.

-Mira, te he traído un regalo -le dijo sonriéndole.

Era un gorro de lana verde oscuro, estilo antiguo, de los que terminan en un pompón.

-Para que no se te enfríen las ideas.

Era todo un detalle por su parte, aunque no era muy bonito y esa lana tan basta le acabaría picando. Pero cuando se lo puso enseguida notó el calorcito que daba. Era justo lo que necesitaba para quitarse el frío.

-Te queda guay -dijo Maite.

-Es verdad, es muy saleroso -dijo Lucía.

Le cogió la cara a Irene y le plantó un beso en la mejilla.

-¡Gracias, Irene! ¡No me lo pienso quitar hasta que me vuelva a crecer el pelo! ¿Dónde lo has encontrado?

-Lo tenía guardado en mi taquilla para cuando hace frío. Pero no te preocupes, a ti te hace más falta que a mí.

Irene estaba radiante de que le hubiera gustado su regalo. Cecilia sintió un calorcito en el corazón tan agradable como el que sentía en la cabeza.


lunes, 21 de octubre de 2019

Para volverte loca 54 - La cena

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Cuando entraron en el comedor todos los pacientes ya se habían servido la comida. Irene y ella se apresuraron a coger una bandeja de plástico cada una y las fueron arrastrando por el mostrador, cogiendo un plato de sopa de fideos, un filete empanado con patatas fritas y un yogurt.

-¿Nos sentamos con ellas? -dijo Irene señalando a la mesa donde estaban sentadas Montse, Maite, Lucía y Bob.

-Vale…

Era humillante que la vieran rapada, pero no había nada que hacer. Todavía le duraba la calma que la había invadido en la capilla. La hacía sentirse indiferente a todo.

Cuando la vieron aparecer se quedaron calladas, mirándola. Cecilia colocó su bandeja al lado de la de Montse y se sentó en la silla de plástico, ignorando los pinchazos de dolor en su trasero. Irene se sentó frente a ella.

-Si em punxen no em surt sang -dijo Montse, mirándola atónita.

-¡Quilla, pero qué te han hecho, por el amor de dios! -exclamó Lucía.

-La Leona me ha rapado la cabeza… Órdenes del doctor.

Bob se limitaba a mirarla con ojos como platos.

-¿Qué pasa, que tenías piojos? -dijo Maite.

-No, ha sido un castigo.

-¡Pues has tenido que haber hecho una buena! -dijo Lucía.

-Depende cómo se mire…

-¿No nos vas a decir por qué te han castigado? -le preguntó Montse.

-Me pillaron follando con Javier.

Todas las miradas se volvieron hacia ella. El tenedor de Bob se le escapó de las manos y cayó estrepitosamente en su plato.

-¡Qué pasa! ¡Ni que fuera tan terrible la cosa! -les dijo.

-A veces sí que lo es -musitó Maite.

-Claro, depende de dónde y con quién -dijo Lucía.

-Para los de aquí, es lo peor que puedes hacer -dijo Montse.

-Sí, desde luego… Al doctor Jarama le pareció fatal. Me recetó que me raparan la cabeza y cuarenta azotes.

-¿Cuarenta azotes? -dijo Bob mirándola asustado-. ¿De los que da la Leona con la correa?

-¡Menos azotes, Caperucita! -dijo Lucía.

-No os miento.

-Si te hubieran dado cuarenta azotes no estarías aquí sentada, tan tranquila -dijo Montse.

Cecilia empujó la silla hacia atrás. Se puso en pie, les dio la espalda y se bajó los pantalones y las bragas para enseñarles el culo. Oyó varias exclamaciones a su espalda. Se subió la ropa y se volvió a sentar a la mesa.

Bob se levantó de la mesa, mirándola asustado. Estaba muy pálido.

-¡Pero chaval! ¿Qué mosca te ha picao? -dijo Lucía.

Sin decir palabra, Bob se alejó a pasos apresurados.

-Le has dado un susto de muerte -dijo Montse-. La Leona le ha pegado varias veces con la correa. Cada vez que lo hace se pasa el día en la cama, llorando, y eso que nunca pasan de una docenita.

-A ese le dan cuarenta azotes y lo matan -dijo Lucía.

-No os riais del pobre. No es ninguna tontería que te peguen -les dijo.

-¡Y que lo digas! -dijo Montse-. No sé cómo puedes estar aquí tan tranquila

-¿Y qué quieres que haga, que baile un fandango?

-¡Pues sí, por lo menos! -dijo Lucía-. ¡A mí me hacen eso y me tiro dos horas bailando fandangos!

Todas se rieron menos ella. De alguna manera, no conseguía conectar con ellas, contagiarse de su jovialidad. La preocupaba la expresión que le había visto a Bob. Lo de enseñarles las marcas que le había dejado la Leona en el culo había sido por dárselas de mujer dura. No se le había ocurrido que podía traumar al chaval.

-Pues yo no me explico que te hayas querido acostar con Javier -dijo Maite pensativamente-. A mí me parece un tipo completamente repulsivo.

-¡Desde luego! -dijo Lucía-. ¡Menudo malaje!

Sopesó lo que podía contarles a esas chicas. Desde luego, todo lo que les dijera se iba a saber enseguida por todo el sanatorio.

-Tengo mis motivos.

-¿Qué motivos? -preguntó Maite.

-Prefiero no decirlo.

-Es que Cecilia está aquí por ninfómana, ¿no lo sabéis? -apuntó Montse-. No se habrá podido aguantar las ganas.

Eso la ofendió.

-Ya te he dicho que no soy ninfómana, Montse. No creo que existan las ninfómanas. Lo que pasa es que muchas mujeres queremos tener la misma libertad sexual que tienen los hombres, pero a nosotras nos llaman ninfómanas y nos persiguen, mientras que a ellos les dicen que son muy machotes.

-¡Exactamente! -dijo Irene.

-Sí, eso tiene mucha miga -reconoció Maite.

-Entonces, si no eres ninfómana, ¿por qué follaste con Javier? -insistió Montse.

-Cecilia está buscando la manera de salir de aquí -explicó Irene-. Pensó que así podría convencer a Javier de que la ayudara, pero al final salieron mal las cosas.

-Sí. Esperaba que él tendría suficiente cuidado de que no nos pillaran, pero me equivoqué.

-¿Y qué le han hecho a él? ¿Lo han despedido? -preguntó Montse.

-No. El doctor lo asignó al ala norte, a trabajar con los enfermos de Alzheimer.

-No, si al final siempre somos las mujeres las que pagamos el pato -murmuró Maite.

-Deberías haberme consultado -dijo Lucía-. Te podía haber advertido de que Javier es la última persona de quien te puedes fiar.

-En realidad, no te puedes fiar de nadie -apuntó Montse.

-Sí, no hay mucho donde elegir -les dijo-. Ese es el problema.

-¿Y cómo te iba a ayudar él a salir de aquí? -quiso saber Maite.

-Eso prefiero mantenerlo en secreto… Porque, si como dice Montse, no me puedo fiar de nadie, ¿cómo me puedo fiar de vosotras?

Todas la miraron en silencio. Se metió los dedos en el pelo para peinárselo hacia atrás, como hacía siempre que se peonía nerviosa… Sólo que esta vez no había pelo, sólo el contacto áspero de su cuero cabelludo. Se le hizo un nudo en la garganta y las lágrimas se le volvieron a asomar a los ojos. Le vinieron a la mente las imágenes que había visto en la televisión de las mujeres francesas a las que les raparon la cabeza después de la guerra por haber colaborado con los nazis. Como ellas, era la víctima de una gran humillación, expuesta a la vista de todos. Estas niñatas no entenderían nunca que ella hacía la revolución erótica, que había explorado facetas del sexo que ellas no tenían ni idea de que existían. Para ellas era sólo una ninfómana, una guarra.

Las chicas decidieron cambiar de tema y hablar de tonterías. Ella se acabó la cena en silencio y se levantó de la mesa. Irene la siguió al cuarto de recreo y estuvieron hablando hasta que las llamaron para rezar el rosario.

El sentimiento de calma y silencio mental volvieron cuando la ataron a la cama para dormir. El trasero le ardía en contacto con las sábanas, pero no quiso pedirle al enfermero que la atara en otra postura. Ni siquiera intentó masturbarse. Se dejó llevar río abajo por su silencio interior hasta que se quedó dormida.

martes, 15 de octubre de 2019

Cuatro intentos de matar a un niño

El grillete electrónico de Fernando
Lo que voy a contar a continuación es una historia real, aunque pueda pareceros aún más ficticia que las desventuras de Cecilia en mi última novela.

A mediados de junio, mi esposa y yo acogimos en nuestra casa de Los Ángeles a Fernando, un refugiado de Honduras de 18 años que cruzó la frontera de Estados Unidos y pasó varios meses detenido, primero en un centro de menores. Luego, el día en que cumplió los 18 años, lo internaron en Adelanto, un centro de detención de inmigrantes en el desierto de California. Allí pasó cinco meses en condiciones inhumanas. Mi mujer, escribiendo con el pseudónimo de Lilith Blackwell, está publicando una serie de artículos en inglés en la revista de internet Medium sobre esta experiencia.  Se titulan “The Alien in my Guest Room” (“El extranjero en mi cuarto de huéspedes”). Ya lleva escritos 22. Yo escribí el artículo número 14, que es el que trascribo aquí al español.

Desde que acogimos a Fernando he tenido varias conversaciones con él en las que me fue contando retazos de la historia de su vida, que he condensado aquí.

El primer recuerdo de Fernando, cuando tenía sólo tres años, es el de su padre intentando matarlo con un machete. El día antes había intentado matar a su madre. Llenó un jeringuilla de insecticida e intentó inyectárselo, pero ella consiguió quitárselo de encima y corrió a refugiarse en casa de sus padres. Él apareció al día siguiente, sobrio y más calmado, para pedirle que volviera a casa con sus hijos. Ella se negó a hacerlo. Y esa es la primera memoria de Fernando: estaba debajo de un árbol de mangos, con un machete al cuello, mientras su padre le gritaba a su madre que prefería ver a su hijo muerto que verse separado de él. Menos mal que en ese momento aparecieron sus tíos, hermanos de su madre, quienes le dijeron a su padre que si algo le pasaba al niño él no saldría vivo de esa casa. Él optó por marcharse.

La segunda vez que el padre de Fernando intentó matarlo fue parecida a la primera, tanto que los dos sucesos se mezclan en sus primeros recuerdos. Tenía seis años. Su padre había estado bebiendo con unos amigos, quienes le dijeron que su mujer se veía con otro hombre. Enfurecido, su padre volvió a ir a la casa de sus suegros y volvió a ponerle un machete a Fernando en la garganta. Exigió que ella y sus hijos volvieran con él. Horrorizados, los amigos que habían venido con él lograron convencerlo de que dejara a sus hijos en paz.

Poco después, el padre de Fernando consiguió cruzar la frontera con Estados Unidos, donde residió siete años. Fue desde Los Ángeles a Baltimore, en el estado de Maryland de la costa este de Estados Unidos, donde trabajó reparando tejados. Estaba continuamente en fuga de los agentes de inmigración. Hubo en un momento en que lo pillaron y le pusieron un grillete electrónico como el que lleva ahora Fernando.  Sin embargo, su padre cortó el grillete, se cambió el nombre y se fue a vivir a otro sitio. Estuvo viviendo con una mujer a quien le daba ayuda económica. Imprudentemente, le dio su tarjeta del cajero. Ella le vació la cuenta y lo echó de casa. Sin un duro, al final lo pillaron y lo deportaron a Honduras. O, al menos, esa fue la historia que les contó a sus familiares y amigos.

Mientras su padre estaba en Estados Unidos, la madre de Fernando empezó a salir con otro hombre y eventualmente se fue a vivir con él. Pudo llevarse con ella a su hija Marisa, la hermana pequeña de Fernando. Sin embargo, él, que tenía entonces once años, se tuvo que quedar cuidando la huerta de café de la familia. La casa en la que vivía tenía el suelo de tierra y tejado de lona, sin electricidad ni agua corriente. Se alimentaba de arroz y frijoles, y de algún pez que pescaba en el río. Con sus amigos, usaba un tirachinas para cazar ardillas, zarigüeyas y mofetas para complementar su dieta con algo de carne. Colgando precariamente de cuerdas de cáñamo, recogía miel de las colmenas que había en unos acantilados cercanos. En la huerta cultivaba plátanos, maíz y hortalizas. Y, por supuesto, café, que él mismo recolectaba y vendía. Aunque sólo fue un año al colegio, se las arreglaba para llevar la contabilidad con la ayuda de una calculadora de bolsillo.

La tercera vez que su padre intentó matarlo, Fernando tenía catorce años. Su padre acababa de volver de Estados Unidos. Como parte de un negocio de venta de drogas, alguien le había dado una flamante camioneta Toyota. Se fue en ella a una fiesta en el pueblo de al lado y empezó a emborracharse. Dos de sus parientes empezaron a pelearse por una mujer, y en la refriega uno empujó al otro contra la camioneta, rompiendo una ventanilla. Cuando su padre lo descubrió, le echó la culpa a Fernando. El chaval le explicó lo que había pasado, cómo habían roto la ventanilla en una pelea, pero su padre entonces lo acusó de no haber sabido proteger su vehículo. Sacó la pistola y la cargó. Fernando tuvo el tiempo justo de agazaparse tras la camioneta antes de que empezaran los disparos. Borracho, su padre se lio a tiros con el coche hasta que se le acabaron las balas, destrozando las yantas y las ventanas que quedaban. Fernando tuvo la suficiente calma para contar los disparos. Cuando supo que la pistola estaba vacía, se enfrentó a su padre, diciéndole que era un idiota por haber destrozado su preciado coche. El padre intentó recargar la pistola, pero estaba tan borracho que no conseguía introducir las balas. Al final, sacó el cuchillo. Fernando salió corriendo.

Al oírlo contar esto, mi esposa y yo no nos acabábamos de creer que su padre hubiera sido realmente capaz de matarlo. Seguramente no habían sido más que bravuconadas, le dijimos a Fernando. Con cierta reluctancia, él nos dijo que su padre era en realidad un tipo siniestro que había matado a varias personas. Un día que fue a visitar a sus suegros notaron que llevaba la camisa manchada de sangre. Mientras que los otros lo distraían, unos de los tíos de Fernando salió sigilosamente de la casa y fue a mirar dentro de su coche. En el maletero encontró un saco sanguinolento con restos humanos. Unos días más tarde encontraron dos cadáveres en la orilla del río. Los buitres habían empezado a comérselos, pero pudieron apreciar que uno tenía cortes de cuchillo en un brazo, como si lo hubieran torturado. Claro que no hay forma de saber si eran víctimas de su padre o de la “Mara Salvatrucha”, una poderosa organización criminal basada en El Salvador que también opera en Honduras. Fernando cree que su padre mataba gente cuando salían mal las ventas de droga. Traficaba sobre todo marihuana, pero probablemente también cocaína y heroína. Fernando lo vio a menudo consumiendo las tres drogas, y todo el mundo podía ver las cicatrices que los pinchazos le habían dejado en el brazo.

La cuarta vez que su padre intentó matarlo, Fernando tenía 17 años y ya era lo suficientemente mayor como para ofrecer resistencia. Según Fernando, ese día su padre estaba colgado con marihuana, cocaína y heroína. Fernando estaba trabajando en su huerto, esparciendo las resbaladizas cáscaras del café sobre los campos como fertilizante. Su padre vino a acusarlo de que lo habían timado en la venta de unos plátanos.

-Mira cómo vienes -le replicó Fernando-. Estás drogado. ¿Ese es el ejemplo que le das a tu hijo?

-¡Soy  tu padre! ¡Me debes un respeto! -dijo su padre. Y cogió un palo y le pegó con él en el vientre.

Pero esta vez Fernando no se iba a dejar avasallar. Le quitó el palo y lo tiró. Luego agarró a su padre por la camisa  y le dijo a la cara:

-¿Cómo voy a tratarte con respeto cuando estás siempre borracho? ¿Cómo puedo estar orgulloso de mi padre cuando veo las cicatrices que llevas en el brazo? ¡Me das vergüenza!

Su padre le dio un puñetazo. Cuando Fernando retrocedió, lo golpeó en la espalda varias veces. Entonces sacó el cuchillo. Fernando, quien conocía su reputación como luchador con cuchillo, se dio a la fuga, patinando sobre las cáscaras de café como hacía jugando cuando niño. Su padre no tenía esa destreza y encima estaba borracho, así que se cayó encima del abono, poniéndose perdido.

Por desgracia, la historia tuvo un final trágico. Un día que Fernando estaba ausente, los parientes de su padre le prendieron fuego a su casa pensando que así quemarían el certificado de propiedad de la granja y podrían hacerse con ella. Por desgracia, una tía de Fernando estaba pasando la noche en su casa con su hijo. Él niño logró saltar por la ventana, rompiéndose un brazo que nunca se curó del todo. Su tía murió en el hospital como resultado de las quemaduras.

Esa fue la gota que colmó el vaso. Sabiendo que su vida estaba realmente en peligro, unos meses después Fernando empezó su larga peregrinación a Estados Unidos, atravesando Guatemala y Méjico. Cinco meses más tarde cruzó la frontera.

sábado, 12 de octubre de 2019

Para volverte loca 53 - En la capilla

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Bajó al piso de abajo y se dirigió a la capilla. Sin pensarlo dos veces, abrió la puerta y se metió dentro. Lo que necesitaba no era leer, sino pensar. Al menos allí no la molestaría nadie.

Fue a sentarse en uno de los bancos, pero en el último momento se lo pensó mejor y se arrodilló en el reclinatorio. Entrecruzó los dedos como solía hacer para rezar cuando era cristiana, dejó escapar un hondo suspiro y empezó a hacer recuento de su situación.

No estaba acostumbrada a perder la partida. Cuando aquellos niñatos ingleses intentaron drogarla para violarla, acabó por drogarlos a ellos y obligarlos a darse por culo. Cuando Luis la secuestró y le dio aquella paliza, peor que la que acababa de recibir ahora, acabó por escaparse y burlar su planes. Y cuando Luis la volvió a atrapar y la apuñaló en la vagina, eso le costó a él las piernas. Pero ahora el doctor le había recetado cuarenta azotes y un rapado, y ella había tenido que beberse hasta la última gota de esa amarga medicina.

Sí, ha sido una auténtica putada que me rapen, pero tampoco es tan terrible. Si Julio me viera seguro que le haría gracia y me diría que en un par de meses me volverá a crecer la melena. Bueno, tal vez tarde un poco más. ¿A qué velocidad crece el pelo? Me gustaría saberlo… ¿Y el Chino? ¿Qué me diría el Chino? Recuerdo que me dijo que cuando vivía en el monasterio se afeitaba la cabeza. Así que ahora parezco una monja budista… ¡No, una monja no! No quiero ser como la estúpida de la Leona. 

Se abrió la puerta de la capilla. Don Ignacio asomó la cabeza, la miró con asombro, y volvió a cerrar la puerta con cuidado de no hacer ningún ruido. Debió pensar que estaba rezando.

¡Bueno, que piense lo que quiera, yo a lo mío!

Siguió dándole vueltas a la situación. Todo lo que le había pasado hoy era porque no se había tomado las cosas suficientemente en serio. Se había fiado de Javier, quien en realidad no era más que un gilipollas, y claro, al final los habían pillado. También había subestimado la crueldad del doctor Jarama. Había que tener cuidado, porque era muy capaz de darle un electroshock, y eso… No, era demasiado horrible para pensarlo. Tendría que convertirse en una paciente perfecta, convencer al doctor de que estaba cooperando con su tratamiento. Tenía que centrarse en lo importante: en cómo salir de allí. Escapar era casi imposible; ese sitio estaba construido como una verdadera cárcel, completamente alejado de la civilización. Aunque consiguiera saltar la valla, en medio de ese descampado la pillarían enseguida. La mejor solución seguía siendo mandarles una nota a Julio y a Laura diciéndoles dónde estaba. En cuanto se enterasen revolverían el mundo entero para sacarla de allí. ¿Pero acaso no era eso lo que había intentado hacer seduciendo a Javier? Si el plan hubiera funcionado, Julio y Laura se habrían presentado allí en un par de días con un puñado de policías y abogados. Tenía que convencer a alguien que mandara la carta, ¿pero a quién? ¿Y si la volvían a pillar? No, no le quedaba más remedio que arriesgarse. Si se quedaba allí acabarían por volverla loca de verdad.

Poco a poco la fue invadiendo un extraño silencio. Era como si sus pensamientos se fueran apagando uno a uno y en su lugar sólo quedara un vacío que, lejos de ser desagradable, la llenaba de paz y bienestar. Debía ser como la meditación que había empezado a enseñarle el Chino. Esa idea revoloteó dentro de su cabeza como una mariposa y al final acabó por marcharse también. Sólo quedó el movimiento de sus costados al respirar, el aire entrando y saliendo por su nariz, el vago olor a incienso de la capilla. La actividad del sanatorio era sólo un rumor lejano.

Después de un tiempo indeterminado, la puerta de la capilla se volvió a abrir. Irene se asomó, se quedó un momento mirándola y luego se acercó a donde estaba.

-¿Qué haces? ¿De verdad que estás rezando? -le preguntó, sentándose a su lado.

Tardó un rato en encontrar las palabras para contestarle. Era como si los engranajes de la maquinaria de su cerebro hubieran detenido su incesante girar y ahora les costara trabajo volver a ponerse en marcha.

-No… Estoy pensando.

-¿Y te pones de rodillas para pensar?

-Me puse de rodillas porque la Leona me ha pegado una paliza de aquí te espero… Estoy más cómoda de rodillas que sentada.

-Ya veo… Es que Ignacio me dijo que estabas aquí rezando.

Volvió el rostro hacia ella. Irene la miraba solícita y preocupada, sin asomo de la condescendencia que le había mostrado don Ignacio.

-A Ignacio le gusta imaginarse lo que le conviene.

-Me dijo que te pillaron follando con Javier. Que por eso te pegaron y te raparon al cero.

-Efectivamente.

-Ya te dije que no podías fiarte de él.

-Le dije al muy imbécil que era mejor que esperáramos a la noche, pero nada, él se empeñó en hacerlo enseguida. La Leona, que se estaba oliendo algo, nos descubrió.

-Venía a decirte que ya han llamado a cenar. ¿Vienes? ¿O se te ha quitado el hambre con el castigo?

-¡No, que va! ¡Tengo un hambre feroz!

Se puso en pie y se desperezó. La meditación, o lo que fuera que acababa de hacer, le había devuelto la energía.