sábado, 15 de diciembre de 2018

Para volverte loca (Parte 17)

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-¿Qué, ya te han presentado a la Leona? -le preguntó Montse camino del dormitorio.

-¡Menuda presentación! Te habrá dejado su tarjeta de visita en el culo -dijo Lucía.

-Son unos bestias en este sitio -les dijo-. Esto es una violación de los derechos humanos… ¿A vosotras os ha pegado alguna vez?

-Un par de veces -musitó Montse-. Duele un montón.

-La única que se ha librado hasta ahora es Maite, que va de buenecita por la vida -dijo Lucía.

-Sí claro… ¡Envidia, eso es lo que tienes! -le replicó Maite-. Tampoco es tan difícil portarse bien. Pero como tú y Montse os agarráis de los pelos por un quítame allá esas pajas…

-Tenías que haber fingido rezar, como hago yo -le dijo Irene-. Me he inventado una versión del  Ave María de lo más obsceno. Suena igual que el original, sólo hace falta cambiar algunas palabras clave: “salve” por “folle”, “gracia” por “semen”…

-¡Pero eso es blasfemia! -la interrumpió Montse, escandalizada.

-No se merecen otra cosa, por querer imponernos su religión -dijo ella-. Me la tienes que enseñar, desde luego.

Cuando salieron de lavarse los dientes en el cuarto de baño, Aparicio la estaba esperando junto a la cama. Se imaginó que no sería para nada bueno.

-¿Ha venido a darme un besito de buenas noches? ¡Qué detalle!

-¡Faltaría más, Cecilia! -le dijo él con una sonrisa socarrona.

Abrió un cajón de la mesilla de noche y sacó de él unas muñequeras y unas tobilleras.

-¿Qué demonios piensas hacer con eso? -preguntó aprensiva.

-¿Tú qué crees? Ponértelas. Órdenes del doctor. Sé buenecita y no pongas resistencia, si  no quieres que te las apriete más de la cuenta.

No tuvo que pensárselo mucho. Se sentó en la cama y le ofreció el brazo, dócilmente. Cuando tuvo puestas las muñequeras, Aparicio se arrodilló frente a ella para ceñirle las otras correas a los tobillos. Las chicas los miraban en silencio, cada una desde su cama. Seguramente estarían esperando a que se fuera Aparicio para poner se el pijama.

-¡Así me gusta, que te portes bien! Vamos, échate en la cama.

-¿No me pongo el pijama?

-Así estás perfectamente. No hay ninguna necesidad de que te desnudes.

Aparicio retiró completamente las mantas y la sábana. Cuando se hubo acostado, levantó unas barandillas de metal que había a los lados de la cama a las que unió sus muñequeras y tobilleras con unos pequeños mosquetones. Luego la cubrió con la manta.

-¡Ay, tápame los pies, que se me van a quedar helados! -se quejó.

Aparicio tiró de la manta para cubrirle los pies, sin conseguirlo del todo. La había dejado con las piernas abiertas y la manos sujetas a la altura de la cintura.

-¿Y si necesito ir al baño?

-Estoy seguro de que podrás aguantar hasta por la mañana. De todas formas, si das una voz siempre hay un enfermero de servicio.

Aparicio le dio un beso paternal en la frente.

-Ahí tienes tu besito de buenas noches. Que duermas bien y sueñes con los angelitos.

-Vaya, así que no te falta del todo el sentido del humor.

Aparicio se fue de la habitación sin contestarle.

-¡Joder, vaya putada, tener que dormir así! -dijo Lucía.

-Es para que no pueda masturbarse -dijo Irene.

-Si está prohibido masturbarse, ¿por qué no os atan a vosotras también?

-Es que con nosotras el daño ya está hecho -dijo Maite.

-Con el embarazo se te quitan las ganas de juerga -dijo Lucía.

-Pues a mí no -musitó Montse.

-Pues no lo digas muy alto a ver si te van a atar a ti también.

-No, porque no es parte de mi tratamiento.

Irene se le acercó y le murmuró al oído:

-Si necesitas levantarte para ir al baño, llámame. Tengo el sueño muy ligero.

-Vale, gracias… Intentaré no tener que despertarte.

Montse dormía en camisón. Lucía y Maite en pijama. Irene se quedó en ropa interior. Cuando las otras se acostaron, fue ella quien apagó la luz.

Las chicas cuchichearon un rato en la oscuridad, pero pronto se quedaron dormidas.

El culo le ardía en contacto con el colchón. El recuerdo de cómo la Leona la había atado y azotado la ponía cachonda. ¡Claro, si es que encima no había tenido un orgasmo desde hacía varios días! Eso de que no la dejaran masturbarse a gusto era una auténtica putada.

Pero lo que no saben es que puedo masturbarme a base de juntar los muslos. Así le gané una vez una apuesta a Julio: le dije que podía correrme aunque me atase a la cama.

Desgraciadamente, ahí es donde pudo comprobar la función de la lengüeta de plástico que llevaba en la entrepierna de las bragas. Aunque las tobilleras no le impedían juntar las rodillas, el dichoso plástico se le clavaba en las ingles y no la dejaba apretar el coño lo suficiente para darse placer.

Al final tuvo que darse por vencida. Estaba muy cansada y tuvo que abandonarse al sueño.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Para volverte loca (Parte 16)

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-A nosotras también nos está enseñando a jugar al ajedrez -dijo Maite-. A mí me gusta mucho.

-Pues a mí me parece un juego bastante difícil -dijo Montse.

-¡Porque tú no tienes dos deos de frente, quilla! -dijo Lucía.

-¿Sí? Pues ayer bien que te gané tres partidas seguidas -le contestó Montse.

Ignacio puso un tablero de ajedrez y una caja de piezas sobre una mesa. Abrió la caja, sacó un peón blanco y otro negro y los escondió en su puño.

-No hace faltas que sortees -dijo sentándose frente a él-. Me gusta jugar con negras.

-Las blancas tienen una ligera ventaja, ya sabes.

-Prácticamente ninguna, en realidad. Y a mí me va el negro.

Se pusieron a colocar las piezas en el tablero mientras que las cuatro mujeres y Bob se apiñaban en torno a la mesa.

Ignacio abrió con peón cuatro dama, un comienzo clásico. Seguramente su estilo de juego era como el que le gustaba a Julio: metódico y ordenado. Formaría los peones en barreras y se enrocaría para proteger al rey en una fortaleza. Si ella hacía lo mismo el juego sería un pulso mental largo y aburrido. Cecilia decidió jugarse el todo por el todo. Sacrificó su peón del rey y luego el del alfil para así poder sacar su reina a una posición ventajosa.

-Ya la has cagao -murmuró Lucía.

-Bueno, ya veremos -dijo Irene.

-¿Pero no la ves, quilla? Ha perdido un peón anda más empezar y ha dejado a su rey completamente desprotegido. Ignacio nos dijo…

-¡Shhh! ¡Cállate, Lucía! Déjalos que se concentren -la reprendió Montse.

¡Les voy a enseñar a estas mocosas cómo se juega al ajedrez!

Sacó su alfil y dio jaque al rey. Ignacio cubrió el rey con un caballo, que ella cambió por el alfil, descolocándole un peón. Se lo podía haber comido con la reina, pero tenía otros planes. Mientras Ignacio se apresuraba a proteger el peón con su alfil, ella lanzó un ataque a su flanco derecho con un caballo y un alfil protegidos por la reina. Sacrificó su otro alfil para comerle el otro caballo y descolocarle el otro peón. En el rostro de Ignacio vio que no estaba acostumbrado a un juego tan agresivo. Él se enrocó, buscando poner algo de orden en sus filas. La situación pareció estabilizarse, pero dos jugadas después, en un movimiento maestro, Cecilia consiguió amenazar a las dos torres y a la reina con el caballo. Ignacio intentó una maniobra desesperada amenazándole la reina con una de sus torres en peligro. Pero le salió mal: al comerle la reina con el caballo Cecilia le dio jaque al rey, consiguiendo así salvar a su propia reina. Habiendo perdido la dama blanca, las defensas de Ignacio se hicieron añicos en unas pocas jugadas más.

-¡Joder, qué bestia! -exclamó Irene al ver el jaque mate fulminante.

Ignacio se reclinó en su silla, secándose las manos sudorosas en la chaqueta. Se quedó mirándola con un nuevo respeto.

-Tienes una manera de jugar muy poco convencional -le dijo.

-Es que Cecilia es muy poco convencional en todo -dijo Irene-. No hay más que verla.

-Sí… Será por eso que ha acabado en un manicomio -dijo Lucía.

* * *

Sirvieron la cena muy temprano, a las siete. Invitaron a Ignacio y a Bob a que se les unieran en la mesa. Por lo visto, las tres chicas embarazadas habían hecho su propio grupillo hasta entonces, admitiendo ocasionalmente a Irene, pero ahora estaban fascinadas por Cecilia, quien les servía de puente hacia los hombres. Bob les contó como los tíos con los que cenaba habitualmente lo despreciaban por ser homosexual. A Cecilia le gustaba su forma de ser. Retraído y callado, se lo veía luchando constantemente por aceptarse a sí mismo. El tratamiento al que lo estaban sometiendo le debía estar haciendo mucho daño.

Lucía y Montse estaban continuamente de gresca, pero se notaba que en el fondo eran amigas. Maite era la más misteriosa de las tres. Hablaba poco, pero cuando lo hacía era para decir algo inteligente que iba al fondo de la cuestión.

Irene era encantadora: madura, calma, llena de cariño hacia todas. Cecilia no detectaba ningún rastro de la enfermedad mental que decía tener. Pensándolo bien, era todavía más misteriosa que Maite.

En cuanto a Ignacio, parecía estar haciendo un esfuerzo genuino para atraérsela. Ahora evitaba cuidadosamente cualquier tema que pudiera ser conflictivo, como la religión, la homosexualidad o el sanatorio en el que se encontraban. Intentaba darle a todo un sesgo positivo, alabándola a la menor oportunidad que se le presentaba. A Cecilia todo eso empezó a parecerle sospechoso. Se acordó de la estrategia del “poli bueno, poli malo” que usaba la policía en los interrogatorios. Quizás el doctor Jarama era el poli malo, que la presionaba y la asustaba. Don Ignacio podría ser el poli bueno, engatusándola, haciéndola bajar sus defensas para así lavarle mejor el cerebro. ¿O se trataba simplemente de su aversión a los curas? En un sitio como ése era muy fácil desarrollar todo tipo de paranoias.

Lo cierto es que se sentía exultante por la admiración que había empezado a despertar en las chicas, aumentada por su victoria al ajedrez sobre Ignacio. Sí seguía haciendo amigos a ese ritmo, pronto encontraría a alguien que la ayudara a salir de ese sitio.

* * *

Después de la cena los llevaron a todos en rebaño al oratorio, a rezar el rosario. Lo dirigía don Ignacio desde un atril junto al altar. Aunque ya eran las ocho, completamente fuera de un horario normal de trabajo, el doctor Jarama todavía estaba presente, así como un buen número de los enfermeros y monjas que cuidaban de los pacientes.

Cecilia se cruzó se brazos, dispuesta a no decir ni media plegaria. Aparicio, quien se había sentado a su lado, le dio un codazo.

-¿Por qué no rezas? -le susurró en tono imperativo.

-No soy creyente, así que no tengo por qué rezar.

-Aquí rezamos todos. Es parte del tratamiento.

-¡Mi importa un comino el tratamiento!

Irene, sentada a su otro lado, le susurró:

-Haz como yo… Pretendo rezar pero no digo más que tonterías.

Cecilia la ignoró. Siguió cruzada de brazos, sin despegar los labios. Tener que hacer el paripé era aún más depreciable que rezar. Aparicio la cogió por el hombro y le dio una sacudida.

-Haz lo que te digo, o será peor.

Cecilia apretó los labios. Era absurdo que quisieran obligarla a practicar una religión en la que no creía. ¿Qué le podían hacer? No iban a causar un escándalo aquí, en mitad de la capilla.

No tardó en averiguarlo. Aparicio la cogió de a mano y la hizo levantase de un tirón. Sin soltarla, la llevó a primera fila donde estaba sentado el doctor Jarama, y le dijo algo al oído. El doctor le hizo una seña a la monja corpulenta sentada al otro lado del pasillo. Reconoció a Leonor, la que la había dicho que se abrigara para salir al jardín. Los cuatro salieron de la capilla.

-Gracias por sacarme de allí -les dijo en cuanto salieron-. La verdad, no entiendo por qué no nos preguntan a los pacientes si somos creyentes antes de hacernos participar en los servicios religiosos.

-Al contrario, es importante que le reces a Dios para que te ayude a curarte -le explicó el doctor Jarama-. Por eso la oración es una parte imprescindible y obligatoria del tratamiento.

-No se le puede obligar a una persona a rezar.

-Claro que se puede, Cecilia -le dijo el doctor en tono santimonioso-. Te vamos a demostrar cómo… Leonor, llévala al cuarto de tratamientos especiales y le das una docenita. Y que sea rápido, que no quiero que se pierda el rosario.

Leonor… la Leona. Sus ojos pequeños la miraban con frialdad. El doctor volvió meterse en la capilla. Aparicio la puso en movimiento con un tirón de brazos, caminando en pos de la Leona que se alejaba ya pasillo abajo.

Se detuvieron delante de una puerta. La Leona sacó su manojo de llaves para abrirla y la hizo pasar a dentro, volviendo a cerrar con llave la puerta tras ella. Aparicio se quedó esperando fuera. Estaban en una habitación bastante amplia, con una hilera de tres camillas con correas a los lados. A Cecilia le resultó fácil imaginarse para qué servían y para qué la habían traído allí. Se perecían a los muebles de la mazmorra de Martina.

La Leona estudiaba cuidadosamente su reacción, cruzada de brazos.

-Sé buena y no opongas resistencia. Ni lo intentes. No me hace falta Aparicio para controlarte, pero te puedo hacer daño al hacerlo… Además del daño que ya te voy a hacer para castigarte, claro.

-No, claro, por supuesto… Tú dime lo que tengo que hacer y yo te obedezco. Pero no entiendo eso de que vas a castigarme. Estoy en mi derecho de no querer practicar una religión en la que no creo.

-¡Deja ya de decir tonterías! Aquí es el doctor quien decide a lo que tienes derecho y a lo que no. Ya verás como dentro de un momento cambias de opinión.

La Leona la empujó hasta dejarla doblada sobre una de las camillas. Con una gruesa correa la sujetó por la cintura. Otras dos correas le ataron las muñecas a los laterales de la camilla, a la altura de la cara. Luego la Leona procedió a bajarle los pantalones y las bragas. Por último, otras dos correas le inmovilizaron los muslos a las patas de la camilla.

-Bueno, vale, te prometo que voy a rezar. Por favor, no me pegues -dijo con voz temblorosa.

En realidad, no tenía ningún miedo. Toda esa situación tenía mucho morbo y había empezado a excitarla. Incluso la Leona se le antojaba parecida a Martina. Dudaba que le fuera a pegar más más fuerte de lo que le pegaba Julio.

La Leona cogió una correa de cuero que colgaba de un gancho en la pared, junto con otros utensilios similares: palas, varas y varias correas más.

-El doctor te ha recetado una docena, pero si no tienes bastante puedo añadir yo más por mi cuenta.

-¡No, por favor! -suplicó.

Fueron azotes de los buenos, propinados con toda la considerable fuerza de los brazos de la Leona. Se los dio en rápida sucesión, calculados para saturarla y romper su voluntad. Sin embargo, a ella le resultaron tolerables. Quiso sacar lágrimas de cocodrilo, como las que le gustaban tanto a Julio, pero cuando se quiso dar cuenta todo había terminado.

La Leona la soltó y la estudió con cuidado mientras se ponía en pie, los pantalones y las bragas aún en los tobillos. Cecilia puso cara de dolor y se frotó el culo con las manos. Lo tenía ardiendo. Le entraron unas ganas locas de masturbarse.

-Y veo que eres dura de pelar -observó la Leona.

-¡Qué dices! ¡Si me ha dolido un montón!

-Una vez le hice lo mismo a Bob y se pasó diez minutos chillando.

Eso explicaba el terror que le inspiraba la Leona a ese chico.

-Bob es apenas un chiquillo y pegarle así es una salvajada. Yo no soy de las que chillan, pero esto ha sido pura tortura. ¿Qué os creéis? ¿Que estamos en la Edad Media?

-¡Cállate, imbécil! ¿O quieres que te de otra docena?

Cecilia bajó la mirada. Mejor no desafiar a la Leona. Ahora sabía que estos tipos no se arredraban en ejercer la violencia.

-¡Venga, súbete los pantalones! No quiero que te pierdas el resto del rosario. ¡Y quiero oírte rezar con voz bien clarita!

Las chicas la miraron preocupadas cuando la Leona la metió en la capilla de un empujón. Se puso las manos en el culo y se lo frotó, poniendo cara de dolor. Quería que supieran el ultraje al que había sido sometida.

La Leona no le permitió ir con ellas. La hizo pasar a la segunda fila.

-Arrodíllate, que estarás más cómoda -le dijo con sorna.

Cecilia la obedeció. Lo cierto era que la paliza le había quitado todo su espíritu de rebeldía. Claro, había adquirido el hábito de responder a los azotes con sumisión. Pero no importaba, sentía una gran calma por dentro y un agradable calorcito en el trasero. Sí, mejor obedecer. Sin duda alguna, la Leona volvería a azotarla si no rezaba.

 Se puso a responder a las avemarías con voz devota.


sábado, 1 de diciembre de 2018

Para volverte loca (Parte 15)

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La biblioteca era una amplia habitación situada en la segunda planta, al final del ala sur. Cicatrices en el techo y el suelo revelaban que habían tirado un tabique para unir dos habitaciones. Varias ventanas daban al sur, dejando entrar la luz. Era, con mucha diferencia, el sito más agradable de todos los que había visto en ese maldito hospital.

Las paredes estaban cubiertas de estanterías del suelo al techo, que albergaban un montón de libros. Como cabía esperar, en el sitio de honor, frente a la puerta, había varias biblias, Camino de Monseñor Escrivá de Balaguer, Las Moradas de Santa Teresa de Ávila, El Quijote, El Buscón y varios clásicos más.

-Mira esta estantería, Cecilia -le dijo don Ignacio-. Creo que te va a interesar.

Era una estantería baja junto a la pared. Para su sorpresa, Cecilia descubrió El Universo y otros libros de divulgación de Isaac Asimov, El gen egoísta de Richard Dawkins, y… ¡El azar y la necesidad, de Monod! El libro que le habían prohibido leer los del Opus Dei. Empezó a entusiasmarse. Las estanterías de más arriba contenían varias novelas de ciencia-ficción, una selección muy buena: Asimov, Ray Bradbury, Fredrick Pohl, Brian Aldiss…

-¡Guau! ¿Dónde ha conseguido todos estos libros, don Ignacio?

-Por favor, no me trates de usted, aquí todo el mundo me tutea… La verdad es que la mayor parte de los libros son de mi colección personal. Como no tenía donde guardarlos decidí traérmelos aquí.

¿Un cura que lee a Dawkins y a Monod? A lo mejor es va a resultar interesante charlar con él.

-Mira, creo que te interesará leer esto -le dijo Irene pasándole un libro-. A mí me ayudó mucho a entender este sitio.

Era Alguien voló sobre el nido del cuco, de Ken Kesey, una novela sobre un psiquiátrico. Había visto la película, en la que actuaba Jack Nicholson. La verdad es que no recordaba muy bien de qué iba… Algo sobre una enfermera tiránica y los locos que se le rebelaban.

-La enfermera Ratched se parece un poco a la Leona -dijo Irene.

-¿La Leona?

-¿Aún no has conocido a la Leona? No te preocupes, ya la conocerás. Es la monja que se encargará de darte la terapia de conversión. Al pobre Bob lo tiene aterrorizado.

-¡Ah! ¿Quieres decir Leonor, esa monja gorda? Sí, ya me la he encontrado.

-También tenemos música -las interrumpió don Ignacio-. ¡Qué tipo de música te gusta, Cecilia?

-Pue sobre todo el folk… Leonard Cohen, Paul Simon, Bob Dylan…

Don Ignacio la condujo frente a un equipo de música, sencillo pero de buena calidad. Al lado había una estantería baja con una amplia colección de LPs. Don Ignacio se arrodilló frente a ella y fue extrayendo discos.

-Tenemos todos los discos de Leonard Cohen, de Simon y Garfunkel y de Paul Simon en solitario. De Bob Dylan no los tengo todos, pero sí los más importantes. También tenemos a Janis Ian, Joni Mitchell, Joan Baez, Judy Collins, Pete Seeger…

-¡Caramba, qué completo! También me gusta el rock sinfónico. ¿Tienes algo de eso? -Le dijo para desafiarlo.

Don Ignacio movió la mano hacia el extremo izquierdo de la colección de LPs.

-Pink Floyd; Emerson, Lake and Palmer; Yes… ¡Y Genesis, por supuesto! Y éste es un grupo relativamente desconocido que me encanta, se llama Camel…

The Snow Goose! -exclamó ella al descubrir el disco que les había regalado Johnny.

-Ese es el mejor de sus discos, sin duda -le dijo don Ignacio, sonriéndole con orgullo mientras se incorporaba.

¡Qué raro! Un cura que compartía sus gustos en libros y en música. Gustos que ella siempre había asociado a una mentalidad de lo más progresista. Y no era algo que él se hubiera inventado para engatusarla. Estaba claro que realmente conocía todo ese material.

Don Ignacio debía estar pensando lo mismo que ella. La miraba asintiendo lentamente.

-Creo que nos vamos a entender muy bien Cecilia, ¿no te parece?

Las tres chicas embarazadas los miraban con curiosidad.

-A mí me gustan mucho Los Beatles y Pink Floyd -dijo Lucía.

-¡Bah! ¡A ti lo que te gusta es el flamenco! -dijo Montse-. Si te dejáramos, no pondrías otra cosa.

-¡Bueno, sí! ¡Eso también, por supuesto! -se defendió Lucía.

-¿Y a ti qué te gusta, Montse?

-A mí me gustan los cantautores, sobre todo Serrat, Lluís Llach y María del Mar Bonet.

-¡Claro! ¡Cómo no! -dijo Lucía-. Todo en catalán.

-¡No es verdad! También me gustan Luis Eduardo Aute, Silvio Rodríguez, Víctor Jara y… Cecilia, tu tocaya.

-¡Me encanta Cecilia! Qué pena que se muriera tan joven, ¿verdad?

Montse le sonrió, la primera sonrisa genuina que le veía.

-Pues a mí me gusta la música celta -dijo Maite para no ser menos-. Gwendal y Steeleye Span. También me gusta el rock duro: los Rollings, Deep Purple…

-¡Led Zeppelin! -dijo Irene al unísono, acercándoseles-. ¡Yeah!

-Pues a mí me gustan todos los grupos que habéis nombrado… Aunque la verdad es no he oído nada de Steeleye Span y de Deep Purple.

Bob, el jovencito angelical que había conocido en el jardín, entró en la biblioteca. La miró desde la puerta, luego se puso a buscar entre los libros de las estanterías.

-Hola, Bob -le dijo.

Bob sonrió y se les acercó.

-Hola, Cecilia.

-Irene me estaba diciendo que te están haciendo la terapia de conversión que me quieren hacer a mí.

-Sí… Lo siento, porque es un palo, tía. La Leona me ha hecho cosas horribles, que no se pueden ni contar.

-Para que dejes de ser gay…

-Sí… ¿Tú eres lesbiana?

-Bisexual. Y van de cráneo si creen que me van a cambiar.

Eso le arrancó a Bob una sonrisa cómplice. Tenía unos bonitos ojos azules, rizos castaños y una barba incipiente que apenas se le adivinaba bajo el mentón.

-¡A mí tampoco! Me gusta ser gay.

-Bueno, bueno, hay que estar abierto a todas las posibilidades, ¿no? -dijo don Ignacio.

Cecilia se volvió a mirarlo, ceñuda.

-Quiero decir, que aún no sabes si puedes ser feliz siento heterosexual, Bob -se apresuró a añadir don Ignacio-. En esta sociedad los gays están muy mal vistos. ¿Por qué pasar tantas amarguras pudiendo ser normal, enamorarte de una chica y fundar una familia?

-Pues si están mal vistos pronto dejarán de estarlo… -dijo ceñuda-. En cuanto nos quitemos de encima la moral retrógrada que nos ha venido imponiendo el puto franquismo y sus compinches de la Iglesia Católica.

Don Ignacio se quedó mirándola, la sonrisa helándosele en los labios. Durante unos instantes todos se quedaron en silencio.

-Yo también soy cantautora, ¿sabes? -le dijo Montse con una sonrisa forzada-. Si quieres voy a por mi guitarra y te canto una de mis canciones.

-¡Sí, venga! ¿Por qué no le cantas esa canción tan graciosa de Sisa? -dijo Irene-. Es una canción de bienvenida, muy apropiada para la situación, ¿verdad?

-¡Sí, cántasela! -dijo Maite entusiasmada-. Yo te acompaño, que ya me sé el estribillo.

-Me encantará escucharte, Montse -dijo mirando de reojo a don Ignacio, quien hacía esfuerzos por volver a sonreír.

-¡Vale! Voy a por la guitarra.

Tengo que tener cuidado con lo que digo. Voy a necesitar todos los aliados posibles… Y don Ignacio se estaba enrollando bien.

Lucía y Maite se fueron con Montse. Don Ignacio la cogió del codo y la hizo volverse hacia él.

-Hay mucha gente dentro de la Iglesia que luchó contra el franquismo, Cecilia. Y llevamos haciéndolo bastante tiempo.

-Sí, ya lo sé… Perdona, no debería haber dicho eso.

-Te sentó mal lo que dije sobre los homosexuales, ¿verdad?

-Sí… Yo no creo que esté bien que se nos obligue a volvernos heterosexuales.

-Yo tampoco. Creo que es esencial respetar la libertad de las personas… Pero esa misma libertad puede consistir en querer dejar de ser homosexual, ¿no?

-¿Se puede dejar de ser homosexual?

-Yo creo que podemos ser lo que nos propongamos. Algunas cosas pueden requerir un gran esfuerzo, pero todo se puede conseguir. A fin de cuentas, Dios nos ha hecho libres.

-Pues se pueda conseguir o no, yo no quiero dejar de ser bisexual. Estoy muy enamorada de una mujer y no querría perder su amor por nada en el mundo.

-¿Acaso no puedes amarla sin tener relaciones sexuales con ella?

-A las relaciones sexuales las llaman hacer el amor por algo… Pero claro, que usted debe tener una idea muy platónica de lo que es el amor, don Ignacio.

-No me trates de usted, Cecilia -dijo él con una sonrisa torcida.

-Pues no seas tan estirado, Ignacio -dijo ella imitando su sonrisa.

-¿Sabes jugar al ajedrez, Cecilia?

-Soy una excelente jugadora de ajedrez, Ignacio. ¿Me estás desafiando?

-¡Por supuesto! Me encantará medir mi inteligencia con la tuya en algo que no sean temas espinosos de religión.

-Discutir sobre temas espinosos de religión me gusta aún más que jugar al ajedrez… Pero bueno, te dejo elegir las armas del duelo. Supongo que habrá algún tablero por aquí.

-Hay varios… Pero creo que tendremos que esperar a que las chicas te canten su canción.

Las tres chicas habían vuelto a la biblioteca, Montse con su guitarra en ristre. Formaron un corrillo en torno a ella, al que se unieron Irene y Bob.

-La canción se llama Qualsevol nit pot sortir el sol -explicó Montse-. Trata de una fiesta muy especial, a la que están invitados personajes muy famosos… Ya irás viendo quienes son.

-Tienes que estar muy atenta, porque como es en catalán es difícil de entender -le dijo Lucía-. Sobre todo con el acento cerrao que tiene ésta.

-¡Mira quién fue a hablar! ¡Para acento cerrado el tuyo, que a saber de qué barrio de Sevilla te has ido a escapar!

-¡Bueno, venga! Dejad de pelearos y vamos a cantar -dijo Maite.

Montse rasgó la guitarra con acordes cadenciosos y empezó a cantar lentamente, pronunciando con cuidado cada palabra. Cecilia descubrió que no tenía mayor problema para entender la letra en catalán. La lista de invitados le arrancó un sonrisa de inmediato: Blancanieves, Pulgarcito, los Tres Cerditos, Simbad… y así toda una retahíla de personajes de cuentos infantiles y comics. En el estribillo se le sumaron Maite, Irene, incluso Lucía, quien no podía resistirse a una canción. En él le daban la bienvenida: “Oh benvinguts! Passeu, passeu, de les tristors en farem fum. A casa meva és casa vostra... si és que hi ha cases d’algú”. Le pareció cómico y enternecedor ser acogida de forma tan amable en esa prisión, esa auténtica mansión de locos. En el segundo estribillo se les unió, lo que le arrancó a Montse una sonrisa de satisfacción. El único que no cantaba ahora era Ignacio, que sin embargo parecía disfrutar escuchándolas. Cuando terminó la canción se lo estaban pasando tan bien que volvieron a repetir el estribillo un par de veces, hasta que Montse puso punto final con un decidido acorde de guitarra. Todos aplaudieron.

-¡Vale, ahora déjame tocar a mí una de las mías! -dijo Lucía alargando la mano hacia la guitarra de Montse.

-¡Que no, guapa! ¡Estoy tocando yo!

Montse les cantó una canción que había compuesto ella, también en catalán. Esta vez no se entendía nada, aunque la melodía no estaba del todo mal. Cuando terminó, gracias a la intervención de Irene, accedió a dejarle la guitarra a Lucía, quien tocó un par de sevillanas muy marchosas. Había muy buen rollo, pero Cecilia empezaba sentirse impaciente por echarle la partida de ajedrez a Ignacio, y se lo dijo.


sábado, 24 de noviembre de 2018

Para volverte loca (Parte 14)

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-¿Y tú, Irene, por qué estás aquí? -le preguntó por dejar ese tema tan deprimente.

-Yo no soy como vosotras. Yo estoy loca de verdad. Por eso estoy aquí.

-¡Venga ya! -dijo Lucía.

-No lo dirás en serio, ¿no? A mí no me parece que estés loca, en absoluto.

-Sí que lo estoy, Cecilia… Soy maníaca-depresiva. Ahora estoy bien, pero tendrías que verme cuando me dan los bajones. Aquí me tienen medicada para que no me den.

-¿Y desde cuando tienes esa enfermedad?

-Desde los veinticuatro años. Me pillé una depresión muy fuerte cuando perdí la pierna.

-¿Perdiste la pierna? ¿Qué pierna? -dijo en tono de incredulidad.

Irene se levantó de la mesa y se arremangó la pernera izquierda del pantalón. Debajo se vio el tubo de aluminio de una prótesis.

-¡Quién lo iba a decir! ¡Pero si andas perfectamente!

-La amputación es por debajo de la rodilla. Cuando te acostumbras a andar con la prótesis, apenas se nota.

Cecilia se acordó con amargura de su hermano Luis, quien tenía una doble amputación por encima de las rodillas. Por culpa suya. Había sido ella quien lo empujó bajo el camión de la basura, ese noche fatídica en la que la atraparon Luis y banda de fachas.

-¿Y qué te pasó? -le preguntó, intentando apartar esos desagradables recuerdos.

-Fue un accidente de moto. Llevaba a una amiga a su casa en mi Vespino cuando un coche hizo un giro a la izquierda y se nos llevó por delante. Por suerte, a mi amiga apenas le pasó nada. Pero a mí me cayó la moto sobre el pie y me lo destrozó.

-¿Y no pudieron operarte para salvarte el pie?

-Sí, claro que lo hicieron -dijo Irene volviendo a sentarse a la mesa. Pero el daño en el pie era muy extenso. Se me gangrenó y tuvieron que amputármelo. Y encima eso no consiguió atajar a la gangrena, así que tuvieron que volver a cortarme la pierna, dos veces. Menos mal que consiguieron atajar la infección antes de que llegara a la rodilla.

-¡Ay, por favor! ¡Qué conversaciones para tener en la mesa! -se quejó Montse.

-¡Pues anda que tú! Podrías tener un poco de consideración con las desgracias ajenas -la reprendió Lucía.

-No les hagas caso a esas dos. Se llevan como el perro y el gato -le dijo Irene con una sonrisa.

-Pues sí, desde luego… Perder una pierna es como para deprimirse.

-A mí es que me gustaba mucho correr, ¿sabes? Me hacía varios kilómetros al día. Incluso empecé a competir en maratones… ¡y quedaba en buenos puestos, no te creas! Por eso, cuando me di cuenta de que no podría volver a correr, pensé que quería morirme.

-Pero eso no es motivo para volverte loca. La locura es una enfermedad del cerebro, no la suele causar un accidente.

-Pues el caso es que conmigo empezó así. No he hecho más que ir de mal en peor, a lo largo de mi vida.

Se moría de ganas de saber más detalles. Irene era, con diferencia, la más interesante de las cuatro. Irradiaba una tranquilidad que era raro encontrar en muchas personas.

Alguien colocó las manos en los respaldos de su silla y de la de Montse. Levantó la vista para encontrarse con la de Ignacio, el cura que había visto en el jardín.

-¡Hola! ¿Cómo están mis chicas?

-Bien -le dijo Lucía con una sonrisa-. Aquí, de cháchara.

-Me alegra ver que estás haciendo amigas, Cecilia. Esta mañana apenas quisiste hablar conmigo.

-Es que soy atea, y no me caen demasiado bien los curas.

Don Ignacio se rio como si hubiera dicho algo gracioso.

-¡Pues razón de más para que hablemos! En realidad, comparto tu opinión sobre los curas. Algunos son completamente inaguantables.

Por lo visto, don Ignacio era uno de esos curas progres a los que les gustaba presumir de llevarse bien con los ateos.

-Sí, sobre todo cuando te intentan imponer una moral que tú no compartes… Que, por lo visto es la razón por la que me han traído aquí.

-Ignacio no es así. Es una bellísima persona, siempre dispuesto a escuchar tus problemas.

Quien había hablado era Bob, el chico a quien había visto en el jardín en compañía del cura Ignacio.

-¡No, claro! Seguro que usted es uno de esos curas progres que celebraban misa con guitarras eléctricas y baterías. Y sueltan homilías contra la explotación de la clase obrera y el capitalismo.

-Eres muy graciosa, Cecilia -dijo don Ignacio volviéndose a reír-. Bueno, mientras que no sea uno de esos curas carcas que dicen homilías sobre la degeneración de los jóvenes modernos, y se pasan la vida metiéndote miedo con el demonio y el infierno…

-Pues no sé qué es peor, la verdad. Al menos los curas carcas son más honestos.

-¡Joder tía, deja ya de meterte con el cura! -le dijo Lucía-. Es buena gente, de verdad.

Don Ignacio la miraba ahora muy serio.

-Mira, Cecilia, yo no puedo meterme a valorar los motivos por los que te han traído aquí. Eso es asunto de los doctores. Lo único que puedo hacer es intentar hacerte la estancia un poco más grata.

-¿Sí? ¿Y cómo piensa conseguirlo? -dijo en tono escéptico.

-¿No te han hablado de biblioteca que he montado?

-¡A sí, la biblioteca! ¡Está guay! -exclamó Maite.

-Trabajó que me costó, pero al final convencí a la administración de que me dejara hacer una biblioteca, un sitio tranquilo donde ir a leer o a escuchar música -le explicó con orgullo-. Como habrás visto, la sala de recreo es demasiado ruidosa. Tienen la televisión puesta a todas horas y algunas personas hacen demasiado ruido jugando a las cartas.

-Sí, te iba a contar lo de la biblioteca -le dijo Irene-. Te va a encantar. Seguro que encuentras libros que te gusten.

-¡Venga, acabaos el postre y se la enseñamos a Cecilia! -dijo don Ignacio.

sábado, 17 de noviembre de 2018

Para volverte loca (Parte 13)

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-Entonces, no es verdad que te han dejado tonta de un guarrazo en la cabeza -dijo Lucía.

-Cecilia no tiene un pelo de tonta -dijo Irene-. Ya lo habéis visto.

-No, no me han dado ningún golpe en la cabeza. No es por eso por lo que me han traído a este sanatorio.

-La ingresaron por lo que dijo el doctor en la asamblea -explicó Maite-. ¿No lo oísteis? Para curar sus perversiones sexuales.

-Entonces… ¿es verdad que eres prostituta? -dijo Lucía mirándola con curiosidad.

-No, no soy prostituta -empezó, pero enseguida recordó que se había prometido a sí misma no avergonzarse del oficio de sus compañeras de Angelique-. Pero sí que lo fui durante una temporada . También soy bisexual. Mi padre me metió aquí por eso, pero yo no necesito curarme de nada. Ser homosexual no es ninguna enfermedad.

-Pues tú ya eres mayor de edad -dijo Montse-. Tu padre no puede meterte aquí contra tu voluntad.

-¡Precisamente! Estoy aquí contra mi voluntad, secuestrada. ¡Esto es completamente ilegal! Por eso lo dije en la asamblea, para que sepa todo el mundo que el doctor está rompiendo la ley.

-¡Pues vas apañada! -dijo Maite-. Aquí los doctores son como Dios. Hacen lo que les da la gana. Nadie va a mover un dedo por ayudarte.

-Ni siquiera vosotras, por lo que veo…

-¿Y qué quieres que hagamos, quilla? -dijo Lucía-. Nosotras también estamos aquí contra nuestra voluntad, ingresadas por nuestros padres. Y encima, como no somos mayores de edad, no podemos hacer nada para remediarlo.

-Ya… ¿Qué edad tienes?

-Dieciséis años.

-Y yo quince -dijo Maite.

-Y yo diecisiete -dijo Montse-. Pero me da igual, porque el niño nacerá antes de que cumpla los dieciocho, así que tendré que pasarme todo el embarazo encerrada aquí.

-O sea, que os quedasteis embarazadas y vuestros padres os metieron aquí para que nadie se entere.

-Y así evitar que le traigamos vergüenza a la familia -dijo Montse con amargura-. En teoría, yo estoy estudiando inglés en Irlanda.

-Y yo francés, viviendo con unos amigos de mis padres en Burdeos -dijo Lucía.

-Yo no he tenido tanta suerte -dijo Maite-. Será porque mis padres no tienen dinero para mandarme un año al extranjero. Han dicho que estoy internada en un psiquiátrico por problemas de depresión.

-Lo que es un poco cierto -dijo Lucía-. Hay días que le da la depre y no se levanta de la cama.

-Bueno, ¿y qué? Y tú lloras por las noches. Te he oído varias veces.

-¿Y no os habéis planteado abortar? Hoy en día está muy fácil lo de irse a Londres. Te lo arreglan en un periquete.

-¡Qué dices! ¡Eso sería un crimen! -dio Montse escandalizada-. ¿Cómo voy a matar a mi hijo?

-Pues yo, si pudiera quitarme este embolao de encima, lo haría sin dudar un segundo -dijo Lucía-. Lo que pasa es que mis padres son muy carcas y lo del aborto ni se lo plantean.

-Igual que los míos -dijo Maite.

-¿Y cuando nazca el niño, quién lo va a cuidar? ¿Vuestros padres?

-No. Lo van a dar en adopción -dijo Lucía muy seria.

-Ni siquiera nos van a dejar verlos después de dar a luz -dijo Maite-. Dicen que es para que no te apegues a él.

-Pues yo ya estoy apegada al mío -dijo Montse-. Y no pienso dejar que me lo quiten, porque…

-Porque es el hijo de Jordi -terminó Lucía por ella-. No sabes lo pesada que se pone con eso… Jordi para arriba, Jordi para abajo… En cuanto la dejan no para de hablar de Jordi.

-¿Sí? Lo que a ti te pasa es que me tienes envidia… Como a ti te dejó preñada ese futbolista, que después de pasó completamente de ti…

-No, lo que pasó es que no me quedé colgada de él, como tú de tu Jordi. Además, mi futbolista estaba buenísimo. ¡Que me quiten lo bailao!

Pero, por su expresión de amargura, no parecía que tuviera un buen recuerdo del asunto.

-Y a ti, Maite, ¿quién te dejó embarazada?

-El Demonio -dijo Maite mirándola desafiante-. Es que soy bruja, así que hice un pacto con él para traer a su hijo al mundo.

-No le hagas caso, que no está muy bien de la chola -dijo Lucía.

-No te metas conmigo, que te echo mal de ojo.

-Vale, lo tú digas -dijo Lucía alzando los ojos al cielo.

Se hizo un incómodo silencio.

-Entonces, ¿Jordi es el padre de tu hijo? -le preguntó a Montse.

-¡Por supuesto! Es el único hombre con quien he hecho el amor.

-Pues, si él está dispuesto a reconocer a su hijo, lo que puedes hacer es casarte con él. Así no podrán quitaros al bebé.

-¡Sí, qué más quisiera yo! Pero no puede ser.

-¿Por qué no puede ser?

-Porque mis padres no quieren.

-Es que Montse es de una familia de alcurnia y Jordi es hijo de campesinos -explicó Irene-. Un payés, como dicen en Cataluña. Era el que cuidaba de los caballos en su masía. Y, claro, los padres de Montse no pueden permitir que se case con una persona así.

-¡Joder! ¡Ni que estuviéramos en la Edad Media!

-Hay mucha gente en España que aún es así -dijo Irene.

-¿Tus padres te hubieran dejado casarte con quien quisieras, cuando eras menor de edad? -le preguntó Montse.

-No, la verdad es que no -dijo riéndose-. De hecho, aunque tuve mi primer novio cuando ya era mayor de edad, a mis padres no cayó bien y tuve problemas con eso.

-¿No saliste con ningún chico hasta que eras mayor de edad? -dijo Lucía.

-No… Es que yo era muy religiosa. Mis padres me metieron en un centro del Opus Dei desde niña. Así estuve hasta que empecé a ir a la universidad. Entonces dejé al Opus y empecé a salir con Julio.

-¿Pero no decías que habías sido prostituta? -dijo Montse.

-Bueno, eso fue después, cuando me dejó Julio.

-¡Aaah! Te dejó tu chico y tú, por despecho, vas y te haces puta -dijo Lucía.

-Bueno, no fue exactamente así… Me hice prostituta porque mi padre me quitó la paga. Tuve que ponerme a trabajar por las noches para tener tiempo durante el día para ir a la universidad. Al principio estuve currando de camarera, pero era agotador y me quitaba demasiado tiempo para estudiar. Un día, en el mesón en el que trabajaba, tuve la suerte de encontrarme con un tipo que me ofreció dinero por acostarme con él. Me pagó generosamente y se enrolló muy bien conmigo. Se llama Johnny. Es culto, simpático, con mucho dinero…

-¿Y ahora sales con él? -la interrumpió Lucía antes de que pudiera dar más detalles de su complicada historia con Johnny y el Chino.

-No… Al final, volví con Julio. De hecho, estamos viviendo juntos… Nos casamos.

-¿Y qué hace tu marido que no te saca de aquí? -dijo Montse.

-Pues estará buscándome como un loco. Pronto dará conmigo, estoy segura. Y entonces el doctor Jarama se va a enterar de lo que vale un peine.

-¿Tú crees que acabará en la cárcel? -preguntó Maite.

-Secuestrar a alguien es un delito muy serio, Maite.

-Sí, pero si has sido prostituta no creo que te hagan mucho caso en los tribunales- dijo Montse.

-Eso no tiene nada que ver.

-Sí que lo tiene -dijo Lucía-. A las putas no les hace caso ni dios.

-Igual que a nosotras -dijo Maite.

-Las mujeres siempre estamos en desventaja -dijo Irene-. Pero las cosas están cambiando.

martes, 13 de noviembre de 2018

Debate sobre la prostitución en "Escenas de poliamor"

Este es un debate que aparece en mi novela Escenas de poliamor y que creo que es muy relevante sobre las discusiones actuales sobre el tema de la prohibición de la prostitución que quiere llevar a cabo el PSOE. Tiene lugar en la ficticia Liga Lesbiana de Lavapiés en 1980, pero los argumentos que se esgrimen son los mismo que hoy en día. 

Esta vez fue Josefa quien planteó el tema:

-Pasamos ahora a tratar el último punto del orden del día. Se trata de la prostitución. Resulta que no todo lo que la democracia nos ha traído a España es bueno. En Madrid y en todas las ciudades importantes de este país se ha denunciado un aumento considerable del número de burdeles, mientras que la policía y el gobierno no hacen nada para impedirlo. Como pasa con el tema de la pornografía, se da por sentado que es algo irremediable que pasa en todas las sociedades libres. Pero nosotras no podemos quedarnos aquí sentadas mientras muchas mujeres son sometidas a los extremos más horrorosos de explotación machista. ¡Tenemos que hacer algo, compañeras!

Laura vio que Cecilia había levantado la cabeza y escuchaba con atención, frunciendo gradualmente el ceño.

¡Joder, joder, joder! ¡Ahora sí que la hemos liado!

Se arrepintió de haber traído a Cecilia a esa reunión. ¿Cómo no se había dado cuenta de que seguramente tratarían el tema de la prostitución? Ya habían discutido la pornografía y el sadomasoquismo, era completamente de esperar que lo siguiente a tocar fuera la prostitución, ¿no? Y claro, Cecilia no se iba a callar.

-Cecilia, por favor… -le susurró.

-¿Qué? -dijo Cecilia volviéndose a mirarla.

-Por lo que más quieras, no se te ocurra decirles que has sido puta -le suplicó.

-¿Y por qué no?

-¡Pues porque te van a destrozar! La última vez que estuve aquí se me ocurrió decirles que me gustaba el sadomasoquismo y no veas cómo me pusieron.

-¡Pues hiciste muy bien, Laura! Hay que ser valiente y defender nuestras ideas. A eso es a lo que hemos venido, ¿no?

-Ya, Cecilia, pero todo tiene un límite… Hay cosas que no se las puedes ir diciendo a todo el mundo.

Josefa las miraba irritada desde la mesa. Sin duda sus cuchicheos la habían molestado.

-Lo que tenemos que hacer es comenzar una labor educadora de esas pobres mujeres -decía Vicenta-. Tenemos que hablarles de feminismo, de la dignidad del cuerpo de la mujer, del valor de la sexualidad para desarrollar la intimidad en un plano de igualdad. Pero también debemos hacerlas conscientes de la cadena de explotación de la mujer que durante siglos ha ido construyendo el patriarcado. De que en esta sociedad las relaciones sexuales son usadas por los hombres como instrumento de opresión de la mujer. De que nuestra sexualidad es algo demasiado precioso para poder ser comprado con unas simples monedas…

-Pero vamos a ver, Vicenta -la interrumpió Martina-. ¿Tú has parado alguna vez en la calle a alguna puta para decirle todas esas cosas? Porque, si es así, me gustaría mucho saber su respuesta.

Hubo algunas risitas contenidas.

-¡Silencio! -exclamó Josefa desde la mesa-. Estamos tratando un tema muy serio. No creo que la explotación sexual de la mujer sea cosa de risa.

-Compañera Martina -dijo Mercedes-, me gustaría mucho saber qué quieres decir con eso. ¿No crees que lo mejor que podemos hacer para acabar con la prostitución es educar a esas mujeres? A mí no me acaba de parecer bien que se las persiga y se las encarcele, por eso creo que un remedio basado en la educación es lo mejor que podemos hacer dentro de una estrategia no represiva.

-Compañera Mercedes -la sonrisa que le dirigió Martina no estaba exenta de un cierto sarcasmo-, lo que quiero decir es que ese “remedio basado en la educación” al que te refieres se basa en la asunción de nosotras sabemos más que ellas. De que, como decía antes Vicenta, las putas son unas pobres mujeres ignorantes que no saben lo que les conviene, así que necesitan que vengamos nosotras con nuestra educación y nuestras brillantes ideas feministas a sacarlas de esa horrible situación en que se han metido. Pero dudo mucho que las putas estén de acuerdo con vosotras a ese respecto, por lo que sospecho que si Vicenta se acerca a una de ellas para contarle todo eso que decía antes, la respuesta de la puta seguramente será mandarla a tomar por culo. Por eso se lo pregunté, para saber si me equivoco o no.

Esta vez las risas fueron más descaradas. Cecilia tenía una sonrisa de oreja a oreja.

Bueno, por lo menos con esto vamos a conseguir que le caiga mejor Martina.

-¡Pero es que sí que son unas pobres mujeres ignorantes! -saltó Lucy-. Muchas de ellas son drogadictas que se tienen que prostituir para poder comprar heroína, o cocaína, o lo que sea que se meten. A otras les tienen comido el coco su chulo, que las enamoran para manipularlas psicológicamente… Os puede parecer mentira, pero se han hecho muchos estudios sobre esto. Y no olvidemos que todavía hay bolsas de pobreza en España donde la mejor opción de una mujer para sobrevivir es vender su cuerpo.

Cecilia levantó la mano para hablar. Laura se preparó para lo peor. Por suerte, nadie le hizo caso. Josefa, en vez de moderar la discusión, se otorgó el turno de palabra a sí misma.

-¡Muy bien dicho, compañera! Esa es la realidad: se trata de mujeres en situaciones extremas que las obligan a venderse a los hombres. Por eso mismo no creo que una solución basada únicamente en la educación, como propugnaba la compañera Vicenta, sea la más eficaz. No, es la responsabilidad del estado el cerrar esos burdeles y rescatar a esas mujeres de la calle para darles una opción mejor.

-¿“Rescatarlas de la calle”? -replicó Martina-. ¡Por favor, Josefa, vamos a dejarnos de expresiones hipócritas! Llama a las cosas por su nombre. A lo que te refieres es a seguir haciendo lo que se hacía durante la dictadura: detenerlas y meterlas en la cárcel. A ver cómo consigues explicarnos que eso se hace por su bien, porque a mí me parece una actitud tan prepotente y paternalista como las del patriarcado.

Cecilia volvió a levantar la mano. Nuevamente se la ignoró.

-A ver, allí al fondo… Cristina, ¿qué nos tienes que decir?

-Estoy de acuerdo con Martina en que meter en la cárcel a las prostitutas es una actitud excesivamente represiva que sólo conduce a marginarlas aún más. Pero Josefa tiene toda la razón: este problema no se puede solucionar sin la intervención del estado. La policía tiene que cerrar esos burdeles, porque detrás de ellos hay mafias internacionales muy poderosas que seducen a las mujeres con promesas de trabajo y luego las convierten en esclavas sexuales. Esas mafias tienen comprada a la policía y seguramente a más de un político. Por eso no se hace nada y cada vez hay más burdeles y más prostitutas. ¡Esto hay que denunciarlo y pararlo ya!

-¡Es verdad! -gritó Lucy-. ¡Lo que hay que hacer es dejar en paz a las prostitutas y meter en la cárcel a los chulos y a los puteros!

Cecilia, quien no había bajado la mano en ningún momento, se puso en pie.

-Bueno, ya veo que aquí nadie respeta el turno de palabra. Llevo un buen rato con la mano levantada y no se me hace ni caso. Mientras tanto, hay otras que ni siquiera se molestan en pedir la palabra y hablan cuando les da la gana.

-Ya te he visto, compañera. Enseguida te doy tu turno, pero creo que Cristina todavía tiene la palabra.

-No, ya he acabado -dijo Cristina.

¡Qué educada se ha vuelto de repente! Pensé que haría todo lo posible por impedirle hablar a Cecilia. 

-¡Ah, vale! Entonces adelante.

-¡Cecilia, por favor, no lo digas! -le susurró.

Cecilia respiró profundamente, como solía hacer cuando quería calmarse a sí misma.

-Estoy de acuerdo con Martina en que tenéis una actitud condescendiente y paternalista frente a las prostitutas. Aquí se han dicho muchas cosas que no son verdad. No es verdad que las prostitutas sean drogadictas, quizás haya alguna que lo sea, pero lo mismo pasa en otras profesiones. Tampoco es verdad que a las prostitutas las obligue su chulo… Por supuesto, una mujer que se prostituye se encuentra en una situación muy vulnerable, precisamente por la persecución por parte de la ley que algunas queréis perpetuar. Las pueden maltratar los clientes o un chulo y no pueden denunciarlo sin exponerse a que las arresten a ellas por prostitución. Por eso creo que los bares de putas que hay ahora suponen una mejora para las condiciones de trabajo de las prostitutas, porque las defienden contra todo tipo de abusos. A cambio de un porcentaje preestablecido de su ganancia, la prostituta tiene garantizado un sitio seguro de trabajo y alguien que la defienda en caso necesario.

¡Menos mal! Parece que va a plantear el tema sólo en un plano teórico. 

-¡Pero bueno, tía, tú qué coño sabes de cómo trabajan las prostitutas! -le dijo Lucy con aire burlón-. ¡Si sólo hace falta verte! ¿Qué pasa, que has hecho estudios sobre la prostitución en la universidad?

-¡No, Cecilia! ¡No entres al trapo! -le volvió a suplicar. Pero por la forma en que Cecilia apretó los puños supo que era inútil.

-Sé perfectamente como trabajan las prostitutas porque trabajo en un bar de putas. Concretamente en Angelique, que está en la Avenida del Brasil. Si no me creéis, id a verme algún martes o jueves por la noche. Allí me encontraréis, poniendo copas detrás de la barra. Conozco bien a mis compañeras y sé que ninguna va allí obligada por ningún chulo ni por ninguna mafia. Todas están contentas con su trabajo. Sólo conozco a una que fue drogadicta, pero se desenganchó de la heroína precisamente con la ayuda de uno de los hombres que lleva el local. Y no, no lo lleva ninguna mafia. Angelique lo abrieron un par de amigos míos para darles a las chicas un sitio seguro para trabajar.

Se produjo un profundo silencio. Laura enterró la cara en las manos. En seguida se dio cuenta de que con eso no hacía sino empeorar las cosas, y volvió a mirar a su alrededor con aire indiferente.

-¡Vaya! ¡Si ahora va a resultar que los chulos son unos angelitos que sólo quieren el bien de las prostitutas! -dijo Josefa.

-Yo sólo puedo hablar por Angelique y por mis amigos que lo llevan. Ganan dinero, por supuesto, pero también trabajan duro y se arriesgan un montón. Quizás otros sitios funcionen de otra forma. No soy una ilusa, sé que hay explotadores en todos los negocios. Pero si los hay más en la prostitución será porque la situación de ilegalidad nos coloca en una posición vulnerable donde no podemos acudir a la protección de la ley.

-Pero vamos a ver, Cecilia -dijo Mercedes con voz preocupada-. ¿Nos estás diciendo que trabajas como prostituta en ese sitio?

-No. Trabajo poniendo copas, llevando las cuentas y organizando el funcionamiento del local. Llevo allí ya casi dos años, por eso conozco bien el negocio.

-¿Pero por qué te buscaste precisamente ese trabajo? Por tu forma de hablar veo que eres una mujer culta. Podrías trabajar en muchas otras cosas.

-Sí, claro. Soy licenciada en física y estoy haciendo mi tesis doctoral, pero eso no me da dinero, así que me he buscado ese trabajo para ganar algo de dinero por las noches sin que me quite demasiado tiempo para mis estudios. Di con él por casualidad, como pasan muchas cosas en la vida, a través de un amigo… Pero, si quieres que te sea sincera, lo que me atrajo de la prostitución fue mi fascinación por el sexo. Creo que el sexo puede servirnos para romper los condicionamientos mentales que nos impone la sociedad. Al liberarnos de nuestras represiones somos capaces de ser más libres y más felices. En la prostitución encontré una manera de aprender sobre el sexo, viendo cómo son los clientes, lo que buscan, lo que los satisface, y hablando con las mujeres que tienen mayor experiencia en esas materias.

De pie en medio de la asamblea, con el pelo aún desordenado por el viento, hablando con convicción y con calma, Cecilia irradiaba un poder irresistible. Laura recordó como le temblaba la voz a ella la vez que se enfrentó a esta misma asamblea y se sintió tremendamente orgullosa de ella. No fue la única en notarlo. Martina se inclinó hacia ella y le dijo:

-¡Guau! ¡Tu chica es increíble, princesa!

El tono de la reunión había cambiado drásticamente. Ahora todas guardaban un silencio reverencial, quizás porque lo que les había dicho Cecilia las había hecho pensar, o quizás porque no atrevían a contradecir su lógica y su experiencia. Sin embargo, Josefa señaló al final de la sala:

-Sí, allí al final… Cristina tiene la palabra.

Cecilia retomó su asiento. Cristina era ahora quien se puso en pie para hablar.

-La compañera nos ha dado buenos argumentos y no cabe duda de su experiencia en ese terreno. Me parece particularmente interesante lo que ha dicho al final: que el sexo es la llave para nuestra libertad y nuestra felicidad. Yo estoy de acuerdo, pero pienso que precisamente por eso debemos aborrecer la prostitución. Como mujeres, sabemos que el sexo está intrínsecamente unido a nuestras emociones. Es la llave de nuestra intimidad, nos abre el corazón y nos vuelve vulnerables. Precisamente por eso, sólo debemos hacer el amor con alguien a quien queremos y que nos corresponda en ese amor. Cuando una mujer intercambia sexo por dinero, esa capacidad de abrirse al amor, de hacerse vulnerable, queda dañada. De ahí viene ese sentimiento de suciedad, de indiferencia hacia todo, que irradian las prostitutas. Cuando un hombre paga por poseer a una mujer, sabe que está comprando algo más que sexo, está apoderándose de algo esencial para ella… Y echándolo a perder para siempre.

¡Claro! Por eso había dejado hablar a Cecilia. Cristina era veterana de cien asambleas. Contaba con dejar en ridículo a Cecilia y por extensión a ella. De hecho, su facilidad de palabra, su indudable cultura, habían sido las cosas que más le habían atraído de Cristina. Pero también sabía lo competitiva que era. Cristina no soportaba ver que salía con una mujer que, encima de ser guapa y sexy, era capaz de meterse en el bolsillo a toda la asamblea con su inteligencia y su oratoria. A la fuerza tenía que ganarle esa partida a Cecilia.

Pero Cecilia no se dejó arredrar. Levantó la mano y cuando le dieron la palabra volvió a ponerse en pie. Todas la miraron expectantes.

-Cristina nos ha mostrado una visión del sexo que en realidad no es muy distinta de la que nos ofrece la Iglesia y el puritanismo. La Iglesia nos dice que debemos mantener puro nuestro cuerpo porque es el templo del Espíritu Santo… y patrañas similares. Los puritanos de la era victoriana pensaban que las mujeres debíamos ser seres angelicales, maternales y protectores, ajenos al deseo que ensucia el corazón de los hombres… Otra patraña que condenó a mucha mujeres a vidas de frustración sexual. Sí, el sexo es capaz de abrirnos el corazón al amor, pero sólo si nosotras queremos. El sexo es infinitamente variado y complejo, todo un arco iris de posibilidades. Puede ser tierno o salvaje, íntimo o distante, superficial o profundo. Por eso, no creo que cuando una prostituta otorga sexo a cambio de dinero pierda algo más que unos pocos minutos de su vida. El sexo no la daña, no la ensucia, no la hace perder nada esencial. Es simplemente follar un ratito y luego se acabó. Creo que no hace falta ser puta para haber experimentado eso, ¿no? Todas hemos echado alguna vez un polvo intrascendente y no creo que eso nos haya hecho ningún daño. Todas las putas que conozco tienen pareja. Entienden que follar con un cliente y con su pareja son dos cosas distintas. No sé si estaréis de acuerdo conmigo en todo esto, pero hay una cosa que sí os pido: por favor, no depreciéis a las prostitutas. Son mujeres como cualquiera de nosotras, que se merecen nuestro respeto, que no las tratemos como personas sucias o dañadas… Ni con condescendencia y paternalismo, como si fuéramos superiores a ellas.

Cecilia se sentó. Josefa volvió a señalar al fondo de la sala. Para su sorpresa, vio que quien se había puesto de pie para hablar no era Cristina, sino Lola, la chica que la acompañaba.

-Le estoy muy agradecida a Cecilia por haber dicho eso que ha dicho al final -dijo con la voz quebrada de una mujer asustada-, porque si no hubiera dicho eso yo no me hubiera atrevido a contaros lo que os voy a contar ahora… Me casé con un hombre que me trató muy mal. Nunca me pegó, es verdad, pero lo que me hacía era peor… No paraba de criticarme, de meterse conmigo, de decirme que no servía para nada. Al casarnos nos fuimos de Sevilla y nos vinimos a vivir a Madrid, con lo que yo perdí el contacto con toda mi familia y con mis amigas. También dejé mi trabajo. Al principio todo eso me pareció bien… no me di cuenta de que al volverme económicamente dependiente de él le daba el poder de controlarlo todo en mi vida. Por ejemplo, muchas veces le pedí dinero para comprarme un billete de tren para ir a Sevilla a ver a los míos, pero no me lo quiso dar. Tampoco le gustaba nada que saliera de casa, se ponía muy celoso. Allí metida en ese piso, sin nada que hacer salvo limpiar y ver la tele, empecé a deprimirme. Me acabé creyendo todo lo que me decía, que no valía para nada, que ese tipo de vida era todo a lo que yo podía aspirar.

-Lola, cariño -la interrumpió Cristina-. Te estás saliendo del tema. No creo que a las demás les interese conocer los detalles de tu vida privada.

-Es verdad, compañera -añadió Josefa-. Estábamos hablando de la prostitución. Todo eso nos lo tenías que haber contado antes, cuando hablábamos sobre la violencia doméstica.

-¡Déjala, Josefa! -se plantó Mercedes-. Lola nos estaba contando algo tremendamente importante para ella. ¿Cómo vamos a luchar contra la violencia doméstica si nosotras mismas silenciamos a sus víctimas? Síguenos contando, Lola…

Martina dio tres sonoras palmadas de aprobación.

-Es que… Es que sí que tiene que ver con la prostitución -sollozó Lola-, porque a eso fue a lo que llegué al final.

-¡Lola! -exclamó Cristina-. ¡Cómo se te ocurre contarles eso!

-¡Joder, Cristina! -dijo Martina-. ¿Quieres dejarla hablar de una puñetera vez?

-Es verdad. Espérate a que acabe, y luego te doy a ti la palabra -le dijo Mercedes.

Laura sintió vergüenza ajena por Cristina. Lola le acababa de hacer lo que ella había temido que le hiciera Cecilia.

Lola dirigió una mirada temerosa a Cristina, pero luego se enderezó y siguió hablando.

-Sí, al final llegué a la prostitución, y eso fue lo que me salvó. Yo estaba muy, muy mal, tan deprimida que no conseguía salir de la cama… A veces incluso pensaba en matarme. Un día de los que no podía levantarme mi marido me echó una de sus broncas. Me insultó, como siempre, pero esa fue la primera vez que me llamó puta. No sé cómo, pero eso me hizo reaccionar. Pensé: “Conque puta, ¿eh? ¡Pues ahora te vas a enterar!” Me fui de casa y… y me puse a trabajar en una barra americana de esas… No es que estuviera bien, pero fue mejor de lo que yo me esperaba. Ganaba más dinero del que necesitaba para vivir y, sin los insultos de mi marido, enseguida se me pasó la depresión. Al cabo de unos meses, con mis ahorrillos, mi buena ropa y mi piso de alquiler, conseguí encontrar un trabajo de contable, que era lo que hacía antes. Así que dejé la barra americana… ¡Y aquí estoy! Bueno, os he contado mi historia para que os deis cuenta de que algunas mujeres se hacen putas no porque sean drogadictas, ni porque las obligue su chulo o una mafia, sino simplemente porque así consiguen salir adelante.

Se volvió a producir un profundo silencio.

-Cristina, tienes la palabra- dijo Josefa.

Pero Cristina había enterrado la cara entre las manos. Sacudió la cabeza, negándose a contestar.

-Bueno, después de ese testimonio tan impresionante, creo que lo mejor será dar por terminada la asamblea -dijo Mercedes-. Creo que todas necesitamos reflexionar sobre lo que hemos oído.

viernes, 9 de noviembre de 2018

Para volverte loca (Parte 12)

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Después de la asamblea era la hora del almuerzo. Al comedor se entraba por una puerta doble al fondo de la sala de recreo donde se había celebrado la asamblea. Al final del comedor había una barra de autoservicio y más allá unas puertas que daban a la cocina, situada al extremo norte de esa ala del sanatorio. Cecilia se puso a la cola y, cuando le llegó el turno, cogió una bandeja de plástico en la que le fueron poniendo un cuenco de sopa de verduras, un plato con un cuarto de pollo y patatas fritas, y una manzana de postre.

-¡Eh, Cecilia! ¡Aquí!

Irene le hacía señas desde una mesa donde estaba sentada con las tres chicas embarazadas que había visto en el jardín. Dejó la bandeja enfrente de Irene, al lado de una chica alta y fornida, con una abundante melena de cabellos cobrizos. Las tres chicas la miraban con expresión divertida, como si esperaran que hiciera algo gracioso.

-Hola -se limitó a decirles mientras se sentaba.

-Hoy parece más despabilada -dijo la chica sentada al lado de Irene. Era rubia y delgada, y hablaba con acento andaluz.

No le pareció muy cortés que hablara así, como si ella no estuviera delante. Habría que romper el hielo.

-¿Cómo os llamáis? -les preguntó.

Las tres se echaron a reír.

-¿Qué pasa? -les dijo, sorprendida.

-Ya nos presentamos ayer, cuando comimos contigo -le dijo la rubia-. ¿No te acuerdas?

-Pues no, no me acuerdo. ¿Por qué no me refrescáis la memoria?

-Vale… -le dijo la rubia con voz paciente-. Yo soy Lucía.

-Y yo soy Montserrat Rosell de Collsuspina i Cabot -le dijo la chica que tenía al lado, con acento catalán-. Montse para las amigas.

-¡Josú! Bueno, mi nombre completo es Lucía Carmona Rodríguez -se apresuró añadir la primera-. Yo no tengo un nombre tan rimbombante como la aristócrata ésta.

Montse le dirigió una mirada despectiva.

-Yo me llamo Maite Garaicoechea Sabugueiro -dijo la chica sentada al otro lado de Montse si levantar la mirada de su cuenco de sopa. Era la única que había empezado a comer. Era menuda, con pelo negro y lacio, y hablaba con acento gallego.

Irene no decía nada. Se limitaba a mirarla con expresión calma. Empezó a tener la impresión de que la estaban sometiendo a una especie de examen.

-También cenaste con nosotras anoche -le dijo Lucía con una sonrisa traviesa-. ¿De verdad que no te acuerdas de nada? Jugamos a un juego muy divertido.

O sea, que había comido dos veces con ellas mientras estaba bajo el efecto de la droga. Por supuesto que no se acordaba de nada. Iba a explicárselo, pero luego se lo pensó mejor. Mejor recabar información antes de darla.

-¿Qué juego?

Montse la miraba con la misma cara de cachondeo que Lucía. Cogió una patata frita de su plato y se la ofreció.

-El juego consiste en que te metas esta patata frita en la nariz.

Cecilia le iba a contestar que se la metiera ella por algún otro orificio, cuando comprendió lo que había pasado. El día anterior, bajo los efectos del Rohypnol, habría hecho todo lo que le ordenaran. Como los dos ingleses en Magaluf. Estas mequetrefes se habían aprovechado de ella.

Poniendo cara de panoli, cogió la patata frita que le ofrecía Montse y se la metió en la nariz. Lucía se echó a reír.

-Pues no, no está más despabilada que ayer -comentó-. Seguro que mañana se habrá vuelto a olvidar de todo. Será que sufre de amnesia… Quizás es que le dieron un guarrazo en la cabeza y se ha quedado medio atontá.

-No deberíais meteros con ella -dijo Maite sin dejar de tomarse su sopa.

¬-¿Otra patatita? -le dijo Montse.

Obediente, cogió la patata frita que le ofrecía y se la metió en el otro agujero de la nariz. Las miró a cada una por turno con cara de atontada, las patatas saliéndole de la nariz como si fueran un par de colmillos absurdos. Todas se echaron a reír, excepto Irene, quien le dirigía una leve sonrisa cómplice.

Cecilia se sacó las patatas de la nariz. Las puso en el plato de Montse y las revolvió con el tenedor para que no pudiera encontrarlas entre las otras.

-¡Eh! ¿Qué haces? -dijo Montse indignada.

-Nada, devolverte tus patatas. Ya hemos terminado el juego, ¿no? La verdad es que es muy gracioso. ¿Sabes otros?

Montse miraba su plato consternada. En un furioso arrebato, cogió su tenedor, pinchó varias patatas fritas del plato de Cecilia y se las comió.

-Ya veo que no… Tendremos que volver a jugar a éste.

Cecilia cogió dos patatas fritas de su propio plato, se las metió en la nariz, se las sacó y las mezcló con las de su propio plato. Lucía y Maite se apresuraron a coger sus platos de pollo con patatas y alejarlos lo más posible de Montse. Las dos estallaron en risas.

-¡Ahora sí que te la ha jugao, Montse! -dijo Lucía.

Montse cogió su cuenco de sopa y se puso a tomársela con aire indiferente. Cecilia hizo lo mismo.

sábado, 3 de noviembre de 2018

Para volverte loca (Parte 11)

La capilla estaba situada al final del ala este y ocupaba la altura de dos plantas. Tenía ese aspecto a la vez moderno y austero que Cecilia había encontrado a menudo en los locales del Opus Dei. Las paredes laterales y el ábside tenían largas vidrieras verticales de colores. El altar era una simple mesa grande de mármol con un enorme crucifijo en la pared de atrás.

La oración del Ángelus, dirigida por el cura Ignacio, duró poco más de cinco minutos, pero entre entrar y salir de la capilla pasaron casi veinte.

A salida Javier la agarró por el codo y la llevó frente al doctor.

-Mire esto, doctor -dijo bajándole el pantalón por un lado-. Se ha quitado las bragas y las ha tirado al retrete. El vigilante la vio hacerlo por la cámara.

-¡Eso está mal, Cecilia, pero que muy mal! -le dijo el doctor con el tono con el que reprendería a una niña-. ¿Por qué lo hiciste?

-Pues porque son unas bragas feísimas y muy incómodas. Pero no se preocupe, que a mí no me importa ir sin ropa interior.

-No puedes ir por ahí sin bragas, Cecilia -le dijo el doctor con voz de infinita paciencia-. Te tienes que poner las bragas que te damos, esas son las normas. Día y noche. Pero si no te gustan esas puedo conseguirte unas bragas de castidad que se cierran con llave, para que no te las puedas quitar. Son mucho más incómodas y tendrás que llamar a un enfermero para que te las quite cada vez que quieras hacer tus necesidades. ¿Me entiendes?

Cecilia cruzó los brazos y se quedó mirando al doctor de forma insolente. Javier le dio un empujón.

-El doctor te ha preguntado si lo entiendes.

-Perfectamente -dijo a regañadientes.

-Llévala al dormitorio y dale otras bragas, Javier.

Javier la acompañó al dormitorio. De camino se detuvieron en la isla de los enfermeros, donde Javier obtuvo unas bragas como las que había tirado antes al váter. Una vez en el dormitorio, Javier se plantó junto a la puerta y se cruzó de brazos.

-¡Vamos, a qué esperas! ¡No tenemos todo el día!

Cecilia le iba a pedir que se diera la vuelta cuando se acordó de lo que le había dicho Irene sobre él. Sonriéndole, se quitó los pantalones, cogió las bragas y se puso a inspeccionarlas tranquilamente, consciente de que Javier miraba descaradamente su desnudez. Tenían un lengüeta de plástico en la entrepierna. Intentó quitarla, pero estaba fuertemente adherida a la tela.

-Es para que no puedas masturbarte -le explicó Javier-. Está terminantemente prohibido.

-¿Por qué? Eso es una cuestión personal, algo que forma parte de mi intimidad. Nadie tiene por que meterse con eso.

-Estás hecha una furcia, Cecilia -dijo Javier mirándola con desprecio-. ¡Si no hay más que verte! Precisamente para eso te han traído aquí, para curarte de tus perversiones. Por eso el doctor no quiere que te masturbes. Además, la masturbación es un pecado.

-¿Ah, sí? ¡Claro, seguro que tú nunca te masturbas! ¿A que no?

-Deja de decir gilipolleces y vístete de una puta vez. Nos esperan en la asamblea.

Intentó reprimir la furia fría que le subía por dentro. Tenía que ignorar las provocaciones de ese imbécil y seducirlo para que la ayudara a salir de allí. La lascivia con que la miraba era evidente. ¿Pero cómo iba dejar que la tocara alguien que la trataba de esa manera? La sola idea le revolvía las tripas.

-¿Qué asamblea? -le preguntó mientras se subía los pantalones.

-Sígueme… ¡Y deja ya de hacer preguntas estúpidas!

* * *

Bajaron a la planta baja. Al principio del ala norte había una amplia sala de estar con divanes a lo largo de las paredes y mesas y sillas en el centro. Habían agrupado las mesas y dispuesto las sillas completando el rectángulo que formaban los divanes. En ellas estaban sentados los pacientes, los enfermeros y varias monjas. En medio estaba el doctor Jarama frente a un atril y un micrófono. En cuanto la vio aparecer dejó de hablar y se dirigió a ella:

-¡Ah, Cecilia, por fin! Ven aquí, que te presente.

Javier la agarró por el codo y la llevó junto al doctor, quien le rodeó los hombros con el brazo en un gesto familiar que no le hizo ninguna gracia.

-Quiero presentaros a nuestra nueva paciente, Cecilia Madrigal. Cecilia está aquí para curarse de sus perversiones sexuales: ha sido prostituta y lesbiana. Pero todo eso se ha terminado a partir de ahora, ¿verdad, Cecilia? Os pido que recéis todos por ella, para que se cure pronto y pueda volver a la sociedad convertida en una mujer decente.

Cecilia le dedicó una radiante sonrisa y se puso a aplaudir. Todos los presentes se le unieron en el aplauso. Rápidamente, aprovechando el desconcierto del doctor, se acercó al micrófono y se apresuró a decir:

-¡Muchas gracias, doctor Jarama! Y yo os pido a todos que recéis por él. Lo va a necesitar cuando lo mande a la cárcel por haberme secuestrado y metido aquí en contra de mi voluntad.

Se oyeron algunas risas nerviosas. El doctor la apartó del micrófono de un tirón y se la entregó a Javier, quien la condujo a una de las sillas, dándole un fuerte coscorrón por el camino.

El resto del tiempo de asamblea estuvo dedicado a arengas del doctor, que fluctuaban entre anécdotas empalagosas y admoniciones religiosas. Cecilia no le prestó la menor atención. Tenía el corazón acelerado por su intervención al micrófono. Lo había hecho siguiendo un impulso repentino, pero ahora no estaba segura de si había sido una buena idea. Sería mejor no hacer nada precipitado hasta conocer mejor cómo funcionaba este sitio. Pero no soportaba la idea de tener que pasar varios días más en esa casa de locos. Tenía que salir de allí cuanto antes, encontrar a su padre y ajustarle las cuentas por lo que le había hecho. ¿Pero, cómo conseguir que la soltaran? Al doctor Jarama no parecían impresionarle en absoluto sus amenazas. Y, por más que se esforzaba, seguía teniendo la cabeza envuelta en una niebla confusa que le impedía pensar, por los efectos de la droga que le habían dado. Quizás lo mejor sería prestar atención a ver de qué hablaban. A lo mejor encontraba alguna información que le pudiera ayudar.

El doctor había sacado a un paciente junto a micrófono y lo interrogaba en tono paternalista. El paciente le respondía de forma dócil y tímida. Era un espectáculo absolutamente repugnante. Cecilia volvió a sumergirse en sus divagaciones.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Prostitución: el respeto a otras

Magnífico artículo en El País dando las razones de por qué la prohibición de la prostitución no cabe dentro del feminismo:

Prostitución: el respeto a otras