sábado, 14 de septiembre de 2019

Para volverte loca 49 - La lavandería

Para leer esta novela desde el principio, pincha aquí

Domingo 20 de abril, 1980

Al día siguiente, poco después de comer, Javier la fue a buscar a la biblioteca.

-He traído los condones -le soltó sin preámbulos-. ¿Has escrito la carta?

-Sí, aquí está -le respondió, dándole la pequeña hoja de block doblada en cuatro.

Javier se la metió en el bolsillo sin desdoblarla.

-He escrito la dirección al final. La tendrás que meter en un sobre y ponerle un sello.

-¿Qué te crees, que soy subnormal? ¡Anda, vamos!

-¿Ahora? Creí que íbamos a esperar a la noche, como el otro día.

-No, hoy no tengo guardia.

-¿Y no se la puedes hacer a alguien?

-¡No digas tonterías! ¿A cuento de qué le voy a hacer yo una guardia a nadie? Aquí nadie te devuelve los favores. Sería de lo más sospechoso.

-Pero es que de día es muy arriesgado. He oído que la gente de la cocina baja al sótano todo el rato.

-No vamos a hacerlo en el sótano. Conozco un sitio mucho más seguro. ¡Ven!

Al salir de la biblioteca vio a la Leona pasillo abajo. Le pareció que los había visto, pero luego siguió su camino. Eso le dio mala espina.

-No sé, Javier, quizás sea mejor dejarlo para otro día.

-¿Ahora te me vas a rajar? ¡No, si ya sabía yo…! -se sacó la carta del bolsillo y la agitó frente a ella-. Mira, Cecilia, lo hacemos ahora y esta misma tarde pongo esta carta en el buzón. ¿No tenías tanta prisa en mandarla? Si no, hasta que lo hagamos no la mando.

Era un argumento de peso, desde luego. Postergarlo podía significar pasar varios días más en ese sitio.

-Bueno, vale.

Javier abrió una puerta que daba al pasillo y la metió en una escalera de servicio. Llegaron a la planta baja y siguieron bajando.

-¿Otro sótano?

Él no le contestó. La guio por un pasillo de paredes blancas y tubos de neón. Al final había una puerta doble de cristal esmerilado. Javier descolgó un gran manojo de llaves de su cinturón, seleccionó una llave y abrió la puerta. Al otro lado estaba la lavandería del sanatorio: varias filas de lavadoras enormes y otras máquinas que debían servir para secar la ropa. Había grandes sacos blancos de ropa en estanterías a lo largo de las paredes. Javier volvió a cerrar la puerta con llave.

-¿Aquí no viene nadie? ¿Estás seguro?

-No hacen la colada hasta por la tarde. No te preocupes. Venga, desnúdate.

Cecilia empezó a desabrocharse los botones de la chaqueta de su uniforme. Impaciente, Javier le deshizo el nudo de la cuerda de la cintura de sus pantalones y se los bajó. Antes de que ella lograra quitarse la chaqueta ya le había bajado las bragas.

-¡Qué prisas! Déjame que te ponga yo el condón, que tengo una forma muy divertida de hacerlo. Ya verás.

En Angelique había aprendido que algunos clientes te enseñan el condón y luego no se lo ponen. Algunos incluso se lo quitaban en el último momento. Tenía que tener cuidado.

Javier dudó un momento pero acabó por darle el condón. Cecilia se lo agradeció con una sonrisa traviesa, se arrodilló frente a él y le extrajo su polla, gruesa y morcillona, de los pantalones. Enseguida se puso a chuparla. Cuando la tuvo bien tiesa le colocó el condón sobre el glande, se lo volvió a meter en la boca y fue desenrollando el condón sobre su verga con los labios, con sólo alguna ayuda ocasional de sus dedos.

-¿Qué, te ha gustado? -dijo con otra sonrisa.

Por toda respuesta, Javier la cogió por codo, la puso en pie de un tirón, la hizo darse la vuelta y la empotró en una de las estanterías con bolsas de ropa.

-¿Quieres hacerlo así, por detrás?

-¡Pues claro que quiero follarte por detrás, zorra! Así te veo el culo mientras te doy un buen meneo.

A Cecilia apenas le dio tiempo de echar mano de su polla para comprobar que aún tenía puesto el condón antes de sentirse penetrada sin contemplaciones. La primera embestida le hundió la cara en un saco de ropa que olía a detergente. Ese trato brutal la excitaba un montón. Decidió relajarse y disfrutar, dispuesta a que esa vez no se le escapara el orgasmo.

Javier la inmovilizó poniéndole una mano sobre el sacro, y la folló con un ritmo vigoroso pero irregular, al que era difícil acoplarse. Cecilia se concentró en contraer la vagina para extraer el máximo placer de sus acometidas.

Estaba al borde del orgasmo cuando Javier salió de improviso de ella.

-¿Qué pasa? -dijo con voz somnolienta de placer, incorporándose lentamente.

Apenas le dio tiempo de ver a Javier corriendo hacia la puerta, sosteniéndose precariamente los pantalones con una mano. La Leona le bloqueaba el paso en la puerta, pero Javier la apartó de un empujón y siguió corriendo pasillo abajo.

Cecilia se inclinó para subirse los pantalones y las bragas, pero antes de que pudiera hacerlo la Leona se le había echado encima. La cogió por el brazo y la sacudió. 

-¡Ah, no! ¡Tú te quedas así, con el culo al aire, por cochina! -le gritó, propinándole dos sonoros cachetes en el culo, como si fuera una niña.

Eso le gustó, no lo pudo evitar. Todo había pasado tan rápido que seguía al filo del orgasmo. Sabía que estaba en peligro, pero su cerebro se negaba a reaccionar.

-Vale, castígame… Pégame, hazme lo que quieras pero, por favor, no le digas nada al doctor. Ya sabes lo exagerado que es para estas cosas.

-¡Cómo no le voy a decir nada al doctor, cuando esto confirma su diagnóstico! ¡Eres una ninfómana, Cecilia, una adicta al sexo! Me has decepcionado. Pensé que eras una chica lista, que seguirías tu tratamiento para salir de aquí cuanto antes.

-¡No Leona, yo no soy adicta al sexo ni a nada! Hice esto porque decidí hacerlo, porque yo soy dueña de mi cuerpo y ni tú ni nadie tiene derecho a decirme lo que hago con él.

-¿Ah, sí? Pues ahora mismo se lo dices al doctor, a ver lo que opina.

Decirle eso había sido un error. Su única esperanza era convencer a la Leona de que no dijera nada.

-Ya sabes lo que va a decir… ¡Me hará algo horrible, seguro! -dijo juntando las manos en plegaria-. ¡Por favor, Leona, te lo suplico, no le digas nada! Vale, he hecho mal, lo reconozco, pero vamos a arreglar esto entre tú y yo. Déjame que te lo explique… Yo lo único que quiero es salir de aquí y volver a casa con mi marido.

-¿Sí? ¿Tanto quieres a tu marido que le pones los cuernos con el primer enfermero que se te pone a tiro?

-Yo no le pongo los cuernos a Julio. Cuando lo vea se lo diré, y él comprenderá perfectamente por qué lo hice. Si quieres te doy su número de teléfono y tú misma se lo dices.

-¿Sí? Pues yo estoy empezando a pensar que ese marido tuyo no es más que otra de tus fantasías. He visto tu ficha y dice claramente que eres soltera. ¡Venga, ya estoy harta de oír tonterías! Súbete la ropa, que vamos a ver al doctor inmediatamente. Él decidirá qué se tiene que hacer contigo.

-¡No, Leona, por favor, te lo suplico!

Intentó zafarse de ella, pero la Leona la tenía bien agarrada. Le dio otro azote y, cuando vio que eso no la detenía, un violento bofetón.

No había nada que hacer. Cecilia se vistió y acompañó a la Leona mansamente al despacho del doctor Jarama.


domingo, 8 de septiembre de 2019

Para volverte loca 48 - Una carta breve

Para leer esta novela desde el principio, pincha aquí

Sábado 19 de abril, 1980

Pasó el resto de la noche debatiéndose en la cama contra sus ataduras, que no la dejaban adoptar una postura cómoda para dormir. Pero lo peor era que cumplían su función de no dejarla masturbarse y Javier la había dejado más salida que una mona. Intentó hacerlo a base de apretar los músculos del pubis y juntar los muslos, pero la lengüeta de plástico en las bragas no la dejaba. Echando mano de algunas fantasías lujuriosas llegó a excitarse bastante, pero no lo suficientemente para llegar al orgasmo. Agotada, acabó por quedarse dormida.

Sus esfuerzos no les habían pasado desapercibidos a sus compañeras de cuarto.

-¡Josú, quilla! ¿Pero tú qué demonios hacías anoche? -le dijo Lucía durante el desayuno- ¡Si no parabas de dar vueltas en la cama!

-¿Vueltas en la cama? ¡Qué más quisiera yo! ¿No has visto como me atan para dormir? ¡Es incomodísimo!

-A mí me pareció que alguien entraba en la habitación -dijo Montse.

-Pues lo habrás soñado, porque yo tengo el sueño muy ligero y me hubiera despertado -dijo Irene, dirigiéndole una mirada significativa.

Se figuró que Irene la había visto salir de la habitación con Javier. Ella misma se lo confirmó más tarde, cuando se encontró con ella a solas en la biblioteca.

-¿Qué, qué tal anoche con Javier?

Cecilia le dirigió una sonrisa traviesa.

-Le hice una mamada… Pero tienes razón: es un borde de mucho cuidado. De todas formas, aceptó mandarle una carta a Julio y Laura.

-¿A cambio de otra mamada?

-A cambio de un polvo como dios manda. Me dijo que mañana traerá condones.

-¡Qué de puta madre! -le dijo Irene excitada-. Bueno, supongo que tendréis cuidado de que no os pillen.

-Anoche lo hicimos en el sótano. Parece un sitio bastante seguro.

-De noche, sí. De día suele bajar gente de la cocina.

-¡Ah! Bueno, supongo que Javier sabrá dar con el sitio adecuado.

* * *

Había roto la carta que le había dado a Ignacio para evitar que se la encontraran. Decidió que, como no la iba a poder meter en un sobre y seguro que él la leería, la que le daría a Javier sería mucho más corta:

Queridos Julio y Laura,

Supongo que os habréis enterado de lo que pasó en Angelique. A mí me detuvieron con las otras chicas, pero en seguida me apartaron de ellas y me trajeron a un sanatorio en mitad del campo. Está cerca de un pueblo llamado Grijalva, en la provincia de Burgos. Se llama “Centro de Salud Mental María Magdalena”. Espero que podáis dar con él y sacarme de aquí cuanto antes. Como os podéis imaginar, esto es cosa de mi padre. El que me tiene prisionera es el doctor Bernardo Jarama, el mismo que fue al hospital con mi padre a secuestrar a mi madre. Me está dando un tratamiento que él llama “terapia aversiva”, que se supone que me va a curar de ser bisexual y promiscua. ¡Es horrible! Me dan una sustancia que me hace vomitar y descargas eléctricas en el coño mientras me hacen ver dispositivas eróticas. Como en la Naranja Mecánica, vamos. También me han drogado con Rohypnol, una sustancia que te anula la voluntad, me han pegado, y me han hecho un montón de indignidades más.  Por favor, sacadme de aquí cuanto antes o me van a volver loca de verdad. Estoy segura de que estaréis preocupadísimos por mí. Os quiero un montón y os echo muchísimo de menos. Besos, Cecilia.

Julio Alcedo / Laura Santillana
C. Altamirano 17, 3ºB
Madrid-28008

sábado, 24 de agosto de 2019

Para volverte loca 47 - Un juego arriesgado en el sótano

Para leer esta novela desde el principio, pincha aquí

Javier la cogió en vilo para sacarla de la cama. Cecilia no opuso resistencia. Lo siguió pasillo abajo hasta las escaleras. Bajaron a la planta baja, cruzando el comedor y entraron en la cocina. Javier abrió una puerta lateral, descubriendo unas escaleras de hormigón con barandilla metálica que bajaban a un sótano. Pulsó un interruptor y se encendieron varias bombillas que colgaban desnudas del techo. Estaban en un recinto grande con gruesas columnas rectangulares de hormigón, donde se almacenaban muebles desvencijados y equipo electrónico del hospital en desuso.

-¿Ves? Aquí nos lo vamos a pasar los dos mucho mejor que tú sola en tu cama.

-Si tú lo dices…

-¡Venga! ¡Quiero echarle una buena mirada a ese culo!

Sin ningún tipo de miramientos, Javier le desabrochó los pantalones y las gruesas bragas de castidad y se lo bajó todo hasta los pies. Le dio la vuelta y se puso a manosearle el culo. La violencia y el peligro de la situación la excitaron enseguida. Pero no podía permitirse bajar la guardia. Se dio la vuelta justo a tiempo de ver cómo Javier se bajaba la delantera del pantalón para sacar su verga erecta.

-¡No pensarás follarme!

-¿Y por qué no? ¡Vamos a tener la fiesta completa!

-¿Tienes un condón?

-¿Un condón? -repitió él, sorprendido.

-¡Claro! ¿Qué te crees, que el doctor me deja tomar la píldora? Seguro que hoy estoy ovulando… ¿Por qué te crees que ando tan salida?

-¡No, si ya te veo! -dijo él agarrándola por la muñeca-. Pero no te preocupes, que soy perfectamente capaz de dejarte satisfecha.

Cecilia retrocedió un paso.

-¡No puede ser, Javier! ¿Qué te crees, que si me dejas preñada no van a saber quién ha sido? 

Eso lo detuvo.

-¡Venga, te hago una mamada! Ya verás lo bien que se me dan. Y mañana te traes unos condones y follamos como dios manda.

El ojo único de Javier la miraba desorbitado. Se había puesto a cien. No iba a querer esperar más, eso estaba claro. O aceptaba su oferta o la violaría de inmediato. El corazón le latía con fuerza. La posibilidad de que la dejara embarazada era muy real. No, no podía dejar que la follara, tendría que resistirse. Sacó los pies de los pantalones y las bragas para tener más movilidad y se preparó para hacer una de las llaves de kung-fu que le había enseñado el Chino.

-Bueno, vale… Pero quítate lo de arriba. Quiero tocarte las tetas mientras me la chupas.

Cecilia se liberó de su mano y se despojó rápidamente de la chaqueta del pijama y del sujetador. Luego, antes de que se le ocurriera arrepentirse, se arrodilló delante de él y se metió su polla en la boca.

Se propuso hacerlo gozar todo lo posible, para que necesitara repetir. Así que se empleó a fondo, con completa concentración, succionando, apretando los labios en torno al rígido tallo, acariciando con la punta de la lengua en frenillo y el glande. Javier le colocó las manos en las tetas y se las estrujó.

¿Conque las tengo pequeñas, eh? ¡Pues ahora bien que disfrutas de ellas!

Estaba super excitada, había pasado por un largo periodo de abstinencia sexual. Tenía la necesidad imperiosa de masturbarse mientras lo chupaba. Pero no podía permitirse el lujo de perseguir su propio placer.

Javier le soltó las tetas y hundió los dedos en su pelo, acariciándoselo, revolviéndoselo, luego agarrándoselo con las dos manos para inmovilizar su cabeza mientras que él se ponía a follar su boca con enérgicos empujones de sus caderas. Era un tratamiento indigno, que provocaba ruidos obscenos, atragantándola en las acometidas y haciéndola babear en las retiradas, pero ya se lo habían hecho muchas veces. De hecho, la excitaba sentirse usada y humillada. Abandonó todo intento de controlar la situación, de darle placer, dejando que él lo tomara de ella como más le apetecía. Sólo al final, cuando él le hundió la verga hasta la garganta y se tensó al borde del clímax, volvió a chuparlo y a acariciarlo con la lengua. Enseguida sintió pulsar su eyaculación dentro de su boca. Se tragó el semen como una buena chica, concentrándose en evitar que le dieran arcadas para que él pudiera disfrutar hasta el final.

Esperó a que fuera él quien le sacara la polla de la boca. Desde su postura arrodillada, miró hacia arriba.

-¿Qué, te ha gustado mi mamada?

-No ha estado mal… Ya veo que eres una auténtica guarra. Te encanta chupar pollas, ¿A que sí?

Julio a veces le decía lo mismo y le encantaba, pero el tono de desprecio con que lo dijo Javier la molestó.

-Lo hice por ti… Yo lo único que quería era masturbarme en la cama.

-Sí… ¡seguro!

Javier recorrió su cuerpo desnudo con una mirada de frío desinterés.

 -¡Vamos, vístete! Tengo que volver a mi puesto, no sea que pase algo.

Cecilia recogió su ropa del suelo y se la puso, conteniendo su indignación. Irene tenía razón: Javier no era más que un egoísta depreciable. Pero ella tenía que seguir adelante con su plan. Por suerte, cuando trabajaba como prostituta había aprendido a tratar con tipos así: era cuestión de no dejarse arrastrar por su mal rollo. Consiguió decirle con entusiasmo:

-Pues ya verás, follar conmigo es todavía mejor… Tráete los condones mañana y te lo demuestro.

-Mañana no trabajo. Salgo de guardia dentro de unas horas.

-Pues pasado mañana, entonces.

-¡Menuda zorra estás hecha! Te mueres de ganas de que te la meta, ¿a que sí? -dijo disponiéndose a subir por las escaleras.

Lo cogió de la mano para retenerlo.

-¡Y tú de metérmela, no me lo niegues! Y no tiene por qué ser sólo una vez, podemos hacerlo siempre que te toque guardia.  Pero te lo tienes que montar bien conmigo. Vamos a ser buenos amigos, ¿vale?

Javier se volvió a mirarla.

-¿Pero tú de qué vas, tía? Seguro que quieres algo a cambio… ¡No, si sois todas iguales!

Las cosas no estaban saliendo como había planeado. A estas alturas, Javier debería estar supercontento y deseando volver a tirársela a cualquier precio. En vez de eso, parecía que era él quien le había hecho un favor a ella. No era la situación ideal para empezar a poner condiciones. Sin embargo, si no lo hacía ahora perdería la oportunidad.

-Lo único que te pido es que le mandes una carta a mi marido. No sabe dónde estoy y estará muy preocupado.

-¿Y si no lo hago?

Cecilia lo miró a los ojos. Se acabaron las pretensiones.

-Un amigo de verdad nunca me negaría ese pequeño favor. ¿Quieres que seamos amigos, o no?

Javier la miró en silencio unos instantes.

-Escribe la carta. Pasado mañana me la das. Traeré los condones.

Sin decirle nada más, la llevó de vuelta al dormitorio. Para su gran chasco, Javier la volvió a atar a la cama.

-¡Eh! ¡Que yo no me he corrido! Por lo menos déjame una mano suelta, ¿no? -protestó.

-No. Así llegarás con más ganas a pasado mañana.

sábado, 17 de agosto de 2019

Para volverte loca 46 - La seducción de Javier

Para leer esta novela desde el principio, pincha aquí

De todas formas, decidió poner en marcha su plan. No tenía nada que perder. Total, no le costaba nada hacerle una mamada a Javier, o incluso dejar que la follara. Si le fallaba la primera vez siempre podía usar un plan más a largo plazo: seguir proporcionándole sexo hasta engancharlo. Cecilia sabía lo adictiva que le podía resultar a los hombres, lo fácil que era hacer que se enamoraran de ella. Una vez que lo atrapara ya no le negaría nada.

Empezó el juego de las miraditas seductoras y las sonrisas furtivas. Javier, desde luego, no era ningún buen seductor. Se la quedaba mirando, muy serio, sin devolverle la sonrisa. Pero parecía recibir el mensaje. Su forma de cortejarla era pillarla a solas y hacerle comentarios indecentes:

-Dicen que eres ninfómana. Seguro que aquí dentro estás que te subes por las paredes.

-Sí, me gusta mucho la escalada -le replicó, burlona. Pero eso sólo le valió una mirada de incomprensión.

En otra ocasión, Javier le dijo:

-Tienes las tetas demasiado pequeñas, per tu culo no está nada mal.

-Pues nada, lo mejor que puedes hacer en esos casos en fijarte en la parte que más te gusta.

Javier le iba a contestar cuando apareció la Leona y él se apresuró a marcharse. Ella debía saber algo de las debilidades de Javier, porque empezó a vigilarlos. Cuando vio que la Leona había captado alguna de sus sonrisas seductoras, Cecilia decidió desistir. No podía arriesgarse de que le fuera con el cuento al doctor Jarama.

Sin embargo, la Leona se marchaba por la noche en el autobús que la llevaba a ella y a las otras monjas de vuelta al convento. Javier, Aparicio y los otros enfermeros se turnaban a quedarse de guardia. Una noche que Javier vino a atarla a la cama supo que era su oportunidad.

-¡Ay, déjame una mano suelta esta noche, porfa, que tengo muchísimas ganas de acariciarme! Sé bueno, por favor… Total, porque lo haga una noche no va a pasar nada.

Notó el bulto que crecía bajo la tela azul del pantalón del enfermero. Le sujetó las muñecas firmemente con las correas, pero mientras lo hacía se inclinó sobre ella y le susurró:

-Ahora no. Más tarde vengo a soltarte.

-¡Muchas gracias, Javier! -le dijo con una sonrisa inocente-. ¡Qué majo eres!

No hizo ningún esfuerzo por esperarlo despierta. Debía ser bien entrada la noche cuando lo sintió soltándole las correas.

-Levántate, pero no hagas ningún ruido -le dijo él.

-No, si yo quería hacerlo en la cama… ¿Para qué me voy a levantar?

Javier le pinzó la cara con la mano y, acercándose mucho, le susurró en tono imperioso:

-¡Haz lo que te digo, que no estoy para tonterías!

sábado, 10 de agosto de 2019

Para volverte loca 45 - Haciendo planes con Irene

Para leer esta novela desde el principio, pincha aquí

Capítulo 7 - La cura de la vanidad


Viernes 18 de abril, 1980

El haber conseguido el apoyo de la Leona animó a Cecilia considerablemente. Estaba claro que la manera de salir de ese atolladero era conseguir el apoyo de las personas que la rodeaban. Lo que le estaban haciendo su padre y el doctor Jarama era ilegal, si conseguía que otros lo comprendieran la ayudarían a salir de allí. Una simple carta en las manos de Julio y Laura diciéndoles dónde estaba y todo quedaría solucionado. Aunque su primer intento de mandar esa carta a través de don Ignacio había fracasado, tenía que seguir intentándolo. ¿Pero a quién más podía recurrir? Tenía que tener cuidado, pues si el doctor se enteraba de sus planes sabe dios lo que le haría. La Leona quedaba descartada, por supuesto. Aunque la había protegido de los peores abusos del doctor, seguía fielmente a sus órdenes en todos los otros aspectos. Además, ¡cualquiera se fiaba de una monja! Aparicio era demasiado impenetrable para conseguir llegar a él, parecía tener el corazón de piedra. Irene y las tres chicas embarazadas estaban tan incomunicadas con el mundo exterior como ella misma. Si escribían alguna carta se la tenían que dar a leer al doctor antes de enviarla. Sólo podían recibir llamadas telefónicas de sus padres o, en el caso de Irene, de su marido.

Decidió que su mejor opción era Javier, el otro enfermero. No se le escapaban las miradas lujuriosas que le dirigía. Nunca desaprovechaba la oportunidad de verla desnuda o de tocarla. Con su ojo de cristal y su cicatriz, no debía de tener mucha suerte con las mujeres. O quizás fuera su carácter, antipático, autoritario, en ocasiones violento. Eso podía suponer un peligro. ¿Hasta qué punto podía fiarse de él? Si hacían un trato, ¿cumpliría su palabra? Decidió consultarlo con Irene, quien parecía conocerlo bien. Aprovechó un rato que paseaban juntas por el jardín.

-¿Que quieres enrollarte con Javier? ¿Por qué? ¿Tan desesperada estás?

-Pues sí, Irene… Creo que es mi mejor oportunidad de salir de aquí.

-¡Pues vas dada! Javier nunca ayudaría a nadie a escapar de aquí.

-No se trataría de que me ayudase a escapar, sino simplemente de que le mandase una carta a mi marido Julio. En cuanto sepan dónde estoy vendrán a buscarme. El padre de Laura tiene muchos contactos en el gobierno, a él no podrá pararlo el doctor Jarama.

-Si le haces una proposición, Javier seguramente aceptará… Pero luego si manda la carta o no, eso ya es otra cosa. No es un tipo nada de fiar.

-Eso es lo que me temía… Pero tú me has insinuado que te has enrollado con él alguna vez, ¿no es verdad?

-Sí, le he hecho alguna mamada de vez en cuando.

-¿Y no conseguiste nada a cambio?

-No lo entiendes, Cecilia… Con Javier, no es cuestión de decirle “si me traes un pastel de la cocina, te la chupo”. Es él quien te viene con exigencias y con amenazas. En cuanto ve que te puede chantajear con algo, empieza con las presiones. No son los favores que te hace si accedes a lo que te pide, sino las putadas que te hace si te niegas.

-¡Pues vaya hijo puta!

-Así son las cosas por aquí. ¿Tú te crees que un enfermero decente se vendría a trabajar a este antro, con la cantidad de sanatorios que hay en España?

-O sea, que prácticamente te violó.

-No, tampoco es eso… La verdad es que lo incité un poquito. Cuando me vino con proposiciones, le dije que no al principio, pero luego cedí fácilmente a sus presiones. Le excita más hacerlo así, sintiendo que te ha obligado.

-Ya veo… Pero, tal como lo cuentas, parece como que al final saliste ganando algo.

-Bueno, un poco…

-¿Qué conseguiste?

-Prefiero no contarlo.

-¿No te fías de mí?

-No me fío de nadie. No te ofendas, Cecilia, pero ya sabes que aquí tienen ciertas drogas que te hacen perder el control sobre tu voluntad. Tus secretos no están seguros con nadie, ni siquiera contigo misma.

-Tienes razón. No me digas nada.

martes, 6 de agosto de 2019

Nueva edición de 'Amores imposibles'


Amores imposibles es la tercera novela de mi trilogía La revolución erótica de Cecilia Madrigal (que antes titulé Voy a romperte en pedacitos). Acabo de terminar la tercera edición, que espero publicar dentro de unos días como libro electrónico y también en papel. Esta tercera edición completa la re-escritura de la trilogía que comencé hace un par de años. La versión inicial estaba escrita exclusivamente desde el punto de vista de Cecilia, pero más adelante me di cuenta de que la historia quedaría más completa si añadía el punto de vista de Julio. Esto me llevó a añadir escenas nuevas que mejoraron mucho las dos primeras novelas, Juegos de amor y dolor y Desencadenada, cuyas nuevas ediciones ya he publicado en forma electrónica e impresa. En el caso de Amores imposibles el cambio resultó tan radical que decidí retirar de venta el libro hasta publicar la tercera edición, pues quiero que los nuevos lectores esperen a leer la nueva versión en vez de leer la antigua.

Otro motivo de crear una nueva edición es que estoy traduciendo la trilogía al inglés y quería que fuera lo mejor posible. Juegos de amor y dolor ya está traducida, con el título Cecilia’s Games of Pleasure and Pain. Sin embargo, aún no estoy satisfecho con la calidad del inglés, así que tengo que corregirla un poco más antes de publicarla. Creo que escribo bien en inglés, pero al traducir es difícil evitar que la sintaxis original se refleje en el nuevo idioma. En realidad, muchas frases hay que reescribirlas en inglés, más que traducirlas. Y es una pena, pues varias partes de mi novela fueron escritas para reflejar el vocabulario de los personajes (la jerga cheli de Lorenzo, el acento chileno de Malena, el acento un poco pijo de Laura), lo que no tiene sentido en la traducción al inglés.

También he cambiado la portada de Amores imposibles, que ahora incluye una foto de una escultura del Parque de Montsouris de París que representa a un fauno seduciendo a una pastora con los pechos desnudos. Esta estatua fue descrita en Juegos de amor y dolor, y el Parque de Montsouris vuelve a tener un papel importante en Amores imposibles. Esta fijación mía con el Parque de Montsouris viene de dos cosas. La primera es que ahí es donde empieza la novela Historia de O, que sirve de inspiración a mi trilogía. Lo segundo es que durante el año 1985 yo viví en la Cité Universitaire, que está al otro lado del Boulevard Jourdan del Parque de Montsouris.

Las nuevas versiones de Desencadenada y Amores imposibles están muy mejoradas e incluyen escenas preciosas. Aunque ya hayáis leído estas novelas, creo que bien se merecen una relectura. En Desencadenada, aparecen dos escenas muy bonitas en las playas de Galicia mostrando facetas importantes de las relaciones de Julio con Laura y con Cecilia. En Amores imposibles hay nuevo personaje: Sabrina, una chica gallega con una personalidad muy especial. También relato en detalle la escena del desertor que lleva a Julio al calabozo, y su experiencia dentro de él. Me gustaría colgar algunas de estas escenas nuevas en el blog, pero es difícil hacerlo sin introducir spoilers.

Nota del 15 de septiembre, 2019

Ya está disponible en Amazon la versión impresa de "Amores Imposibles".
Éste es el enlace para España https://www.amazon.es/dp/1689266406
Para Estados Unidos https://www.amazon.com/dp/1689266406
Para México https://www.amazon.com.mx/dp/B00FCJ06YO
Los demás países de habla hispana no tienen distribuidor propio en Amazon y compran en Estados Unidos.


sábado, 3 de agosto de 2019

Para volverte loca 44 - Las pistolas

Para leer esta novela desde el principio, pincha aquí

-Voy a calentar un poco de fabada para la cena -dijo Malena al poco rato.

Se levantó de la alfombra y, sin molestarse en vestirse, fue caminado despacio hacia la cocina. Julio la vio marcharse apoyado en los codos. Su figura blanca irradiaba a la vez inocencia y sensualidad.

-Está buena, ¿verdad? -le dijo Lorenzo, como si le hubiera adivinado el pensamiento.

-Sí… Tienes una mujer preciosa… Entre otras muchas de sus cualidades.

Lorenzo se puso en pie, cogió su ropa y empezó a vestirse rápidamente. Julio hizo lo mismo.

-Hay algo que quería decirte, tío -le dijo Lorenzo, acabando de abrocharse los pantalones.

-¿Todavía hay más? ¿Te parece poco lo que me has dicho hace un momento? -bromeó Julio.

Lorenzo le sonrió. Estaba muy cambiado. Hacía apenas unos meses toda esa situación lo habría dejado cohibido, pero ahora actuaba como si fuera lo más normal.

-Está relacionado con eso… Tenemos que estar muy unidos ahora, tío, como una auténtica familia… Por eso te he dicho lo que te he dicho… Bueno, por eso y porque es verdad, porque hacía tiempo que quería decírtelo. Pero ahora es fundamental que lo sepas, porque se acercan tiempos difíciles… Tenemos que rescatar a Cecilia, tío. No podemos quedarnos aquí de brazos cruzados mientras a ella la tienen prisionera. ¡Sabe dios lo que le estarán haciendo!

Julio se sentó en el sofá, dejando salir un suspiro de desaliento.

-Ya lo sé, tío. Laura me ha echado un chorreo de mucho cuidado a cuento de eso. ¿Pero qué podemos hacer? No tenemos ni idea de dónde está Cecilia. Todas las pistas que teníamos se han enfriado.

Lorenzo se sentó a su lado en el sofá.

-¡Qué va, tío! Sabemos muchas cosas. Sabemos que el que la hayan secuestrado es cosa de su padre. Así que lo tenemos que hacer es dar con ese hijo puta y obligarlo a decirnos dónde está. Y darle un par de hostias, de paso.

-Pero ya te he dicho que ha desaparecido. Ha puesto su piso en venta y ha dejado el trabajo. Nadie sabe dónde está… Quizás lo sepa Luis, pero él lo niega. Laura lo tiene contratado como abogado porque piensa que así acabará por decirnos lo que sabe, pero yo no estoy tan seguro. Podemos ir por las malas, pero con eso nos arriesgamos a ponérnoslo en contra, y necesitamos su ayuda.

-Puede que haya otra manera de dar con don Francisco.

-¿Sí? ¿Cuál?

-Tú te lo encontraste una vez en esa casa de putas, Funky Town, ¿no te acuerdas? A lo mejor sigue yendo por ahí. Y si no va, esos elementos tienen que saber dónde está.

-¡Pero tío, cómo nos vamos a meter en ese antro! Ya sabes lo que pasó cuando fui. Esa gente me conoce, y está armada. Si vuelvo a aparecer por ahí igual me meten un tiro.

-Tenemos que echarle un par de huevos a la cosa, Julio. Si no, nunca encontraremos a Cecilia.

-Una cosa es echarle un par de huevos y otra cosa es ir en plan suicida.

-Ven. Voy a enseñarte una cosa.

Julio lo siguió a la cocina. Malena estaba sacando platos y cubiertos para poner la mesa. Le dirigió una sonrisa cómplice cuando lo vio entrar. Sobre el fogón había puesta una cazuela de fabada a recalentar, que empezaba a oler divinamente.

Lorenzo arrimó una banqueta a la alacena situada al extremo de la cocina, se subió a ella y sacó una caja de cartón de la repisa de arriba. La puso sobre la mesa de la cocina y la abrió. Dentro había dos pistolas como las que Julio le había visto llevar a los sargentos en la mili. Los cargadores de balas habían sido extraídos.

-¡Joder, tío! -fue todo lo que se le ocurrió decir.

Malena se les acercó se quedó mirando a las armas. Sacó una de ellas y, cogiéndola con las dos manos, apuntó a la pared. Su sonrisa lo asustó.

-Hace tiempo Cecilia me suplicó que le consiguiera una pistola -dijo Lorenzo hablando muy deprisa-. Era cuando la perseguía Luis y pesaba que esa era la única manera de protegerse. Yo me negué, claro… En los tiempos que corren, con tanto terrorismo, el partido nos tiene terminantemente prohibido que tengamos armas en casa. Si nos las encuentran nos pueden acusar a todos de colaborar con el GRAPO, o vete a saber qué… Pero ese día que la pillaron, cuando me enfrenté a ese tipo con la pistola, me di cuenta de que tenía razón. Ellos están armados y nosotros no. No se puede luchar con esa desventaja.

-Si no nos defendemos tenemos todas las de perder -dijo Malena, sin soltar la pistola-. Ese día que casi me viola Benito me sentí completamente indefensa. No quiero volver a sentirme así. ¡Nunca más!

Verla desnuda y armada era completamente incongruente, como una película de James Bond hecha realidad. A pesar de sus trenzas, ya no parecía una niña inocente. Había adquirido una extraña ferocidad. Sabía que, llegado el caso, no vacilaría un segundo en abrir fuego con esa pistola.

-¡Estáis locos los dos! ¡Estáis completamente jamados! ¿Qué vamos a hacer nosotros con esas pistolas? ¿A quién le vamos a disparar? Lo más probable es que acaben quitándonos las pistolas y nos disparen a nosotros con ellas. Y si matamos a alguien acabaremos en la cárcel. ¿Es eso lo que queréis?

-Tranqui, colega, deja que te explique el plan. Cogemos las pipas, una para cada uno, y nos vamos a Funky Town en mi coche. Lo aparcamos a la salida, de noche, y esperamos a que salga don Francisco. Lo encañonamos con las pistolas, lo metemos en el coche y nos lo llevamos secuestrado. Y no lo soltamos hasta que suelten a Cecilia. Como él mismo ha hecho algo ilegal al secuestrarla, no nos podrá denunciar. Sencillo, ¿no?

-¡No, tío! Tu plan hace aguas por todas partes. Para empezar, don Francisco no es tan tonto como para ir sin protección por la calle. Además, ni siquiera sabemos si sigue yendo a Funky Town. Y si hay gente en la calle, ¿qué? Nos ven montándonoslo de pistoleros, llaman a la pasma, y se acabó la aventura.

-¡Claro que no va a ser tan fácil, tío! ¿Qué te crees, que soy gilipollas? Habrá que improvisar sobre la marcha… El caso es ir allí, apostarnos, y ver de qué va la movida. Llevará un tiempo… Pero cuando tengamos suficiente información, podremos actuar.

-Es lo que te decía antes el Lorenzo -dijo Malena apuntándolo con la pistola-. Hay que echarle cojones. ¿Qué pasa, que tienes cojones para follarme pero no para salvar a Cecilia?

Lorenzo le dio un sonoro azote en el culo y le quitó la pistola. La volvió a meter en la caja con la otra.

-¡Déjate de tonterías, Chiqui! Ya te he dicho que con esto no se juega.

¿Lorenzo dándole azotes a su mujer? ¡Desde luego, está desconocido!

Malena se limitó a frotarse el trasero y sonreírle a su marido.

-Mira, tío, yo no sé tú, pero yo quiero a Cecilia… La quiero con toda el alma… La quiero tanto que estoy dispuesto a jugarme la vida por ella… Ya lo hice una vez y estoy dispuesto a volverlo a hacer. Tú haz lo que quieras. Si no quieres apuntarte, Chiqui y yo cogemos las pipas y seguimos adelante con el plan, nosotros solos.

¿Qué pasa, que todos se han puesto de acuerdo en hacerme quedar como un cobarde?

-Vale… Creo que investigar Funky Town puede ser una buena idea. ¿Quién sabe? A lo mejor hasta damos con don Francisco de esa manera… Pero me sigue pareciendo mala idea llevar las pistolas.

-¡Tranqui, que no le vamos a disparar a nadie, colega! Las pipas son sólo por si la cosa se pone chunga. Acuérdate de lo que te pasó.

Sí… Le habían dado tal paliza que le había estado doliendo el cuerpo un par de semanas. Y podía haber sido peor. Lorenzo tenía razón: mejor tomar precauciones.

-A Laura no le va a gustar nada la idea.

-Sí que le va a gustar -dijo Malena-. Lo estuvimos hablando el otro día y no le pareció mal.

-¿Le dijiste lo de las pistolas?

-No, eso no…

-Pues es un detalle importante. Bueno, ya lo hablaré yo con ella. Laura también está desesperada por encontrar a Cecilia.

-Por lo pronto, tío, nos tienes que hacer un favor… Llévate las pipas a tu casa hasta que vayamos a usarlas. Con todas estas movidas de la ETA y los GRAPO, no es del todo imposible que la pasma se ponga registrar las casas de la gente del PC en Vallecas… Pero no se van a meter en tu casa de la Moncloa.

-¿Quieres que vaya con dos pistolas en el metro?

-¿Y por qué no? Las llevas metidas en la caja y nadie se va a dar cuenta.

Julio cogió una de las pistolas, sopesándola. Apenas le habían dejado tocar una en la mili, pero había manejado suficientes cetmes y subfusiles para conocer el poder y el peligro que encierran las armas de fuego. Sí, quizás sería mejor llevárselas a casa. A él no le iban a entrar tentaciones de usarlas. Las pondría a buen recaudo, quizás guardando los cargadores en un sitio distinto. Pero no acababa de gustarle la idea de llevarlas en el metro.

-No, en el metro va mucha gente y nunca se sabe lo que puede pasar. Mejor vengo otro día con el coche de Laura y me las llevo así. Es su casa, y si vamos a tener pistolas en ella tiene que ser con su consentimiento -añadió sobre la marcha.

-Sí, en eso creo que tienes razón -dijo Malena-. Mejor que se queden aquí, de momento.

Por la mirada que Lorenzo le dirigió a su mujer, adivinó que ese había sido su deseo desde el principio.

-Pero estás de acuerdo con el resto del plan, ¿no?

-En líneas generales, sí. Pero tenemos que perfilar un poco mejor los detalles.

-Claro. Lo hablamos tranquilamente mientras cenamos.

-Otra cosa, tío… -dijo mientras cerraba pensativamente la caja con las pistolas.

-¿Qué?

-Yo también te quiero. Perdona, debería habértelo dicho antes, pero ya sabes… Una cosa así, no es fácil decirla.

Lorenzo se quedó mirándolo. Su antigua timidez había vuelto, al fin.

-¿Y a mí no me quieres? -le dijo Malena, pegándose a él.

-¡Pues claro que te quiero, Malena! A ti no es difícil decírtelo, preciosa.

Aprovechó para acariciarle el culo y sentir el calorcito del azote que le había dado Lorenzo. Luego la besó, sabiendo que a través de ella besaba también a Lorenzo.

Aquello sellaba algo que había venido forjándose desde hacía tiempo. Lorenzo lo quería. Malena lo quería. Y él les correspondía. Y los tres querían a Cecilia con toda el alma.

Y para Lorenzo y Malena el amor era algo muy serio. Mortalmente serio.

lunes, 29 de julio de 2019

Para volverte loca 43 - No hay nada como el sexo para sellar la amistad

Para leer esta novela desde el principio, pincha aquí

Un chasquido metálico rompió el silencio. La llave girando en la cerradura. Lorenzo había vuelto a casa. Y él y su mujer estaban acostados justos, desnudos en medio de la alfombra del salón.

Julio fue a levantarse, pero Malena se lo impidió. Con un dedo sobre su sonrisa maliciosa, le pidió que guardara silencio.

Oyó los pasos de su amigo acercándose decididamente hacia ellos. Vio a Lorenzo alzándose sobre ellos, una sonrisa irónica formándose en sus labios.

-Hola, colega. Ya veo que habéis empezado la fiesta sin mí.

Julio se limitó a asentir. El silencio que le había impuesto Malena parecía haberse instalado en su interior. Se sentía a gusto, inmóvil, tendido en la alfombra junto a calorcito reconfortante del cuerpo desnudo de Malena. Lo invadía una leve curiosidad por ver qué haría Lorenzo ahora.

Lorenzo se quitó el chaquetón, luego se sentó en sofá y se desató las botas. Siguió desnudándose parsimoniosamente. Malena, a su lado, estaba tan callada como él. Se limitaba a mirar a su marido desnudarse, como si también hubiera anticipado eso.

Cuando terminó de desnudarse Lorenzo se tumbó en la alfombra al otro lado de Malena. Su pene se erguía largo y delgado. Cogió a Malena por el hombro y la hizo rodar sobre su costado, enfrentándola a Julio. Los ojos de Malena lo miraron, asustados.

-Ayúdame -le susurró.

Julio no entendía muy bien lo que estaba pasando. Cogió el rostro de Malena entre las manos y la besó suavemente en los labios, como lo había estado besando ella. Cuando terminó, la cara de Malena se contrajo en una mueca de dolor. Comprendió que Lorenzo la había penetrado. Malena le sonrió enseguida, para indicarle que todo estaba bien. Luego le agarró el pene.

Julio se preguntó qué es lo que hacía Lorenzo. ¿Acaso castigaba a Malena por haberse acostado con él? Imposible, a Lorenzo le repugnaba la idea de castigar a una mujer. Inesperadamente, Lorenzo se puso a hablar.

-¡Menos mal que por fin te has decidido a tirarte a Chiqui, colega, porque ya era hora! Llevabais años los dos, que si quiero, que si no quiero. Ésta era la pieza que faltaba en el rompecabezas, para acabar de formar esta tribu de cinco… Bueno, supongo que algún día me tocará a mí montármelo con Laura, pero habrá que esperar a que tenga al crío… No hay prisa.

Mientras hablaba, Lorenzo se había puesto a follar lentamente a Malena. Como antes, ella lo miraba con ojos que habían vuelto a nublársele de placer. Su mano le apretaba rítmicamente la verga. Julio se sorprendió al ver retornar su erección.

-Por lo pronto, podemos hacer esto, porque yo me había quedado con ganas desde aquella vez que nos lo montamos con Cecilia -seguía diciendo Lorenzo-. Al principio fue un palo, tío, tenerte a ti en la cama mientras la follaba a ella. Pero ahora por fin a empezado a entrarme en la mollera lo que Cecilia quiere decir con eso de la revolución erótica. Quiere decir que no hay nada como el sexo para sellar la amistad. Así que tú y yo, tío, tenemos tanta intimidad como si fuéramos pareja. Y no es que seamos maricones, es que pudimos hacer el amor el uno con el otro a través de Cecilia. ¡Fue muy fuerte, tío! Pero ahora me doy cuenta de que está dabuti. Porque entonces te pude decir lo mucho que quiero a Cecilia… La quiero con toda el alma, y eso no quiere decir que deje de querer a Chiqui… Porque ella también está enamorada de Cecilia… Y es un palo tremendo que nos la hayan quitado, así, por la cara… Ya sé lo mal que lo estás pasando, porque Chiqui y yo también lo estamos pasando fatal… Así que… Creo que este es el momento de decirte que te quiero… Te quiero tanto como a ellas dos… Tenía que decírtelo, porque ahora tenemos que estar más unidos que nunca para ayudar a sacar a Cecilia de ese lío en que está metida. Ya sé que queda muy raro, tío, pero es verdad… Sí, suena cantidad de raro… Pero te quiero tanto que quiero hacer el amor contigo… Y la única forma de hacerlo es con una tía entre los dos. Y Chiqui lleva con ganas de hacerlo desde que le conté cómo nos lo montamos con Cecilia.

-Sí… pero de uno en uno… no los dos a la vez -jadeó Malena.

-Ya aprenderás -dijo él, encontrando por fin su voz-. Un día nos sentirás a los dos dentro de ti. ¡Verás qué bien!

Quizás fue eso lo que la llevó al orgasmo. Lorenzo eyaculó al sentirla correrse. Él pensó que se iba a quedar atrás, pero Malena se las arregló para llevarlo a él también al clímax con su hábiles dedos.

domingo, 7 de julio de 2019

Para volverte loca 42 - Susurro

La música que sonaba era extrañamente apacible, un sonido quedo de flautas y guitarras.

-Está muy bien esta canción. ¿Cómo se llama?

-Susurro. Es muy tranquila, ¿verdad? … Laura me contó que te estás viendo con una piba.

-Sí, Beatriz. Y no le hace ni pizca de gracia. Supongo que a ti también te parecerá mal.

Era como si una cuerda se tendiera entre él y Malena, y se fuera tensando cada vez más.

-No, no estoy celosa, si te refieres a eso. Y a Cecilia no creo que le importara.

-Al contrario… ¡Si fue precisamente ella quien me la presentó! Hicimos una sesión de sadomasoquismo los dos con Beatriz…

-Entonces es que es masoquista, como la Cecilia.

El tono suave de Malena invitaba a las confidencias.

-¡Huy, no te lo puedes ni imaginar! ¡La de cosas que le he hecho a esa pobre chica! Le duele y se echa a llorar, pero enseguida me pide más. Y yo… no sé, con eso de la desaparición de Cecilia me pongo como loco con ella… No sé si estoy haciendo bien, Malena.

-¿Estás pensando en dejarla?

-Es que no sé si estaría bien dejarla, Malena. Le iba a hacer mucho daño. ¿Y por qué hacerlo, si a mí me gusta estar con ella? Está obsesionada conmigo… ¿Sabes? Se ponía a esperarme delante de casa, y luego me seguía por las calles.

-Y a ti eso te gusta.

-Sí, claro que me gusta. Me halaga. Sé que no es sano que esté tan obsesionada conmigo. Pero la verdad es que Beatriz ha llegado a gustarme mucho. Me lo paso muy bien… cuando estoy con ella todo es muy excitante.

-Entonces, si a ella le gusta lo que hacéis y a ti también, ¿cuál es el problema?

-El problema es que ella está enamorada de mí, pero yo no de ella. Me temo que esto no puede acabar bien.

-Pues suena a que ya te has metido demasiado a fondo en este asunto como para volverte atrás. Si la dejas ahora la ibas a destrozar. Y con Cecilia ausente tú también la necesitas. No sé por qué tienes esa opinión tan pobre de Beatriz. En realidad, es igual que Cecilia.

La tensión que había ido creciendo en su interior se rompió de repente.

-¡No! ¡No es como Cecilia! -dijo con un sollozo-. ¡Nadie es como Cecilia! Cecilia es única en el mundo… Y yo… ¡Yo la quiero tanto, Malena! ¡La echo tanto de menos!

 Se echó hacia atrás en el sofá, cerró los ojos y dejó correr las lágrimas por sus mejillas. Los sollozos le sacudían el cuerpo. No recordaba nunca haber llorado así. Esa cosa dura que había llevado dentro del pecho todo ese tiempo había estallado al  fin y se había disuelto en un diluvio de lágrimas.

Sintió un peso sobre los muslos. Abrió los ojos y vio que Malena se había sentado sobre su regazo. Lo besó suavemente en los labios. Luego se puso a besarle las lágrimas que rodaban por su mejillas.

Su pene reaccionó enseguida a la proximidad del cuerpo de Malena. Eso no estaba bien. Por fin había conseguido sacar afuera la amargura que le inspiraba la desaparición de Cecilia. Había alcanzado una preciosa intimidad con Malena, algo que añoraba desde hacía mucho tiempo. No podía permitir que todo eso desapareciera con una estúpida erección.

Como si le leyera el pensamiento, ella le acarició su verga endurecida por encima del pantalón.

-¡Shhh! -le susurró-. Está bien, no te preocupes. No te preocupes de nadita.

La miró interrogativamente. No entendía nada. Malena lo volvió a besar en los labios, suavemente, brevemente. Él volvió a buscar sus labios cuando ella los retiró, pero Malena lo retuvo poniéndole la mano en el pecho. Luego se metió la mano bajo el vestido y se bajó las bragas. Sin dejar de mirarlo con otra de sus sonrisas traviesas, se las fue deslizando por los muslos, encogiendo las piernas para sacárselas por los pies.

-Pero… Yo no quiero que Lorenzo…

-¡Shhh! -volvió a decir ella, poniéndole el dedo en los labios-. ¿Qué te crees, que el Lorenzo y yo no hemos hablado de esto?

-¿Lo habéis hablado?

-Sí… Y los dos estamos de acuerdo en que ha llegado el momento… Pero tienes que dejarme hacer a mí, porque si no me va a dar miedo. ¿Vale?

Julio asintió. Inconscientemente, su mano se había puesto a acariciar el muslo suave de Malena.

-Bájame la cremallera del vestido -le dijo, volviendo la espalda hacia él.

Cuando lo hizo, Malena se puso en pie y dejó caer el vestido al suelo. Hábilmente, se quitó el sujetador, la única prenda que le quedaba. Su cuerpo era menudo y bien proporcionado. La piel pecosa de los brazos y las piernas se volvía pálida en el pecho y en el vientre. Sus tetas eran pequeñas pero perfectamente formadas, coronadas de pezones anaranjados.

Se arrodilló frente a él y le desató los zapatos, quitándoselos junto con los calcetines. Sin prisa alguna, se puso a desabotonarle la camisa. Luego lo ayudó a quitársela. Con la misma parsimonia, le desabrochó el cinturón y el pantalón. Tiró de sus manos para ponerlo en pie y le quitó los pantalones y los calzoncillos.

Era extraño dejarse hacer. No era como cuando lo sometía Laura, porque en los gestos de Malena no había ninguna señal de dominio. Al contrario, era como si le hiciera un servicio, como el gesto cariñoso de alguien que cuida de ti. El llanto de antes le había dejado una profunda calma por dentro. La pasividad con que se abandonaba a Malena lo ayudaba a mantenerse en ese estado.

Malena movió a un lado la mesa de café y lo ayudó a acostarse en la alfombra. Su pene había perdido algo de la erección, pero ella, arrodillada a su lado, se lo acarició hasta devolverle su dureza. Cuando estuvo listo se puso a caballo sobre su vientre.

-Espera… ¿no me pones un condón?

-Llevo un par de meses tomando la píldora. Laura me convenció.

Sin más, agarró su verga y la apuntó a su vagina. Fue penetrándose despacio, ajustando el ángulo de su cuerpo mientras descendía sobre él. Julio fue sintiendo su calor y su humedad envolverlo. Malena quedó sentada firmemente sobre su pelvis.

Ella se inclinó hacia delante y le dio otro de sus besos sutiles en los labios, poniéndole luego el dedo sobre ellos para indicarle que no hablara.

-Me gusta hacerlo así -le dijo mientras iniciaba un lento vaivén con sus caderas-. Durante mucho tiempo es la única forma en que lo hacía con el Lorenzo. Luego Cecilia me ayudó a hacerlo de otras maneras, sin que me diera miedo. Sin tener que acordarme de como me culearon esos cabrones. Pero hoy, contigo, quiero hacerlo así porque quiero que sepas cómo soy yo. Quiero que te des cuenta de que no soy como Cecilia, ni como Laura, ni como Beatriz. Que soy una mujer bien distinta, que hace el amor a su manera.

Notó el placer que sentía ella en la forma en que fruncía el ceño, en un sutil aumento en la energía con que lo follaba, en el lustre somnoliento que adquirían sus lindos ojos verdes, que no dejaban de estar clavados en los suyos. Tenía razón: hacía el amor como ninguna otra mujer. Necesitaba mantener el contacto con él en todo momento, mirándolo a los ojos, masajeándole el pecho con los dedos, hablándole sin cesar.

-Es verdad que deberíamos haber culeado así hace tiempo -una nota de excitación se coló en su voz-. Porque eres muy guapo… A Cecilia le hubiera gustado… Y luego me habría pedido que se lo contara, con todos los detalles… Seguro que la habría excitado tanto que me habría comido… Y Cecilia eso lo sabe hacer como nadie… Y es muy bonito sentirte dentro de mí… Eres muy grande, y muy duro…

Julio le acarició las nalgas con las manos, dejándolas inmóviles para sentir el roce de su piel cuando se movía. Malena lo hacía muy bien, se veía que era toda una experta en esa postura. Seguía moviéndose con el mismo ritmo parsimonioso, sin llegar nunca a abandonarse al frenesí con el que suelen acabar las folladas. La intensidad de su placer se traducía en las contracciones de su vagina alrededor de su pene, perfectamente acompasadas a sus subidas y bajadas. Sus ojos verdes lo hipnotizaban, impidiéndole dejar de mirarla. Su voz se había vuelto más profunda y ahora entonaba una letanía cargada de erotismo:

-Eso, tócame el culo, pero no me lo azotes. Hoy te tendrán que bastar las caricias. Mi culito tiene la piel suave. ¿Sientes cómo lo muevo por ti? Sí, lo muevo y te acaricio dentro de mí. ¿Sientes cómo te aprieto? Me gusta mucho apretarte y soltarte… Así… Y así… Eso, tócame las tetas ahora… Me gusta que me acaricies los pezones. Cecilia me enseñó a despertarlos… Siento mucho placer ahora… Ya veo que tú también… Pero espérate, no hay prisa. Vamos a disfrutar de esto un poco más… Un poquito más…

Malena llegó al orgasmo de la forma más natural, como un barco que llega puerto después de una larga travesía. Las contracciones de su vagina fueron tan poderosas que lo llevaron a él a eyacular. Su éxtasis compartido pareció durar largo tiempo. Todo el rato siguieron mirándose a los ojos.

Malena dejó escapar su pene, ya flácido, y rodó hasta quedar tendida a su lado en la alfombra. Con el orgasmo había dejado de hablar. Él se sentía tranquilo y relajado en el mutismo al que lo había llevado ella.

El disco había acabado en algún momento mientras hacían el amor, sin que se dieran cuenta. Ahora un profundo silencio reinaba en la habitación. La única lámpara encendida, al lado del sofá, llenaba la habitación con una penumbra amarillenta. Él acariciaba suavemente el costado de Malena. Su piel tenía la suavidad del terciopelo. Se dio cuenta de que Malena era ahora una mujer completamente distinta para él. En esa follada ella había sabido comunicarle más sobre quién era que lo que podría haber hecho en muchos días de conversación.

Quizás lo había planeado todo, cuando Laura le había dicho por teléfono que él iba para allá: las trenzas, el vestido de flores, la forma tierna y amable con la que lo había seducido. El bálsamo de cariño con la que había sabido aliviar su dolor. ¿Era posible que Malena fuera tan sabia? Se había dejado engañar por sus aires de niña, todo ese tiempo.



jueves, 4 de julio de 2019

Para volverte loca 41 - Té con Malena

Para leer esta novela desde el principio, pincha aquí

Sábado 19 de abril, 1980 

Julio llamó a la puerta del pisito de Lorenzo en Vallecas. Fue Malena quien le abrió la puerta. Se puso de puntillas para besarlo en los labios.

-Hola, te estaba esperando. Lorenzo no está. Ha ido a una reunión del partido, así que tiene para rato.

Se había hecho unas trenzas y llevaba puesto un vestido blanco estampado de flores. Julio la había visto a menudo con ese aspecto de niña cuando iba a casa a ver a Laura.

-¿Me estabas esperando?

-Laura me dijo que seguramente vendrías para acá.

Beatriz lo había llamado después de comer. Le hubiera gustado quedar con ella pero, viendo la expresión de Laura cuando lo oyó hablar con ella, acabó por no hacerlo. Era una estupidez, no había nada que hacer en esa tarde de sábado. O, al menos, nada que pudiera ayudarlos a encontrar a Cecilia. Cuando colgó el teléfono se enzarzó en una pelea con Laura. Acabó por irse de casa.

-Bueno, entonces quizás será mejor que me vaya. Si Lorenzo no está…

La sonrisa inicial de Malena se transformó en una expresión triste y preocupada.

-Por favor, no te vayas. Necesito hablar con alguien… Bueno, necesitaba hablar contigo.

-Yo también necesitaba hablar con alguien. Por eso venía en busca de Lorenzo.

-Pues tendrás que apañártelas conmigo. ¿Quieres algo? ¿Un té?

-Un té sería perfecto.

Julio la siguió a la cocina. Malena se movía con una sensual fluidez, como si bailara. La verdad es que estaba preciosa, a pesar de ese aire de niña. O quizás precisamente por eso. La observó mientras llenaba de agua la tetera, la ponía a hervir y sacaba dos tazas de la alacena. Ninguno de los dos dijo nada durante todo ese proceso.

-He tenido una pelea con Laura -le confesó.

-Sí, también me lo dijo… La verdad es que está muy rara últimamente. Será que todos estamos raros desde que desapareció Cecilia.

Malena se volvió hacia él, cruzando los brazos y apoyándose en la tarima de la cocina.

-Pero tú te llevas muy bien con ella… -le dijo Julio.

-Últimamente las cosas no están muy allá… Juega a ser mi mamá, pero se ve que lo hace por no decepcionarme… Ya no me deja hacerle el amor.

-¿No? Conmigo no hace el amor desde antes que desapareciera Cecilia. Dice que con el embarazo se le han quitado las ganas. Pero pensaba que contigo sí que lo hacía.

Malena soltó una risita.

-Tiene gracia, ¿verdad? Aquí estamos los dos, charlando sobre si hago el amor con tu esposa.

-Bueno, eso es lo que hay. Primero hacías el amor con Cecilia y ahora lo haces con Laura. Me gusta esa situación, ya lo sabes… Ojalá que pudiera volver a ser como antes.

-Sí… Y tú y yo también hicimos el amor, una vez.

Julio la miró, sorprendido. No se esperaba que fuera a sacar eso. Todo el mundo parecía haberlo olvidado.

-Fue muy bonito… Fue una noche que no se me olvidará nunca.

-Supongo que te habrás preguntado por qué no lo volvimos a hacer.

-Bueno, supongo que fue porque las cosas se complicaron mucho después de eso. Cecilia se fue a París en busca de Laura… Luego formamos el trío y nos casamos…

Estaba dando demasiados rodeos, en vez de serle honesto.

-Bueno, sí, me lo he preguntado muchas veces.

La tetera empezó a silbar. Malena llenó las dos tazas con agua hirviendo, las puso sobre una bandeja y cogió el azucarero.

-¿Quieres azúcar?

-Una cucharada sólo. Gracias.

Malena puso una cucharada de azúcar en su té y dos en el suyo. Luego cogió la bandeja y se dirigió al tresillo de la sala de estar. Julio la siguió y se sentó en el sofá. Malena se arrodilló frente al tocadiscos, sacó un LP y lo puso. Empezó a sonar música andina.

-Es Quilapayún -le explicó sentándose junto a él-. Música de mi tierra.

-Es muy bonito… ¿Bueno, qué? ¿No ve lo vas a contar?

-¿Por qué no volvimos a hacer el amor? -le dijo con una de sus sonrisas traviesas mientras cogía su taza de té-. Pues porque ya no volví a sentir lo mismo que ese día. ¿Te acuerdas de ese día? Fuimos a la Pedriza y en la subida al Yelmo te conté lo que me pasó en Chile, como me violaron esos fachos. A ti eso te impresionó mucho. Tú me contaste lo que sentiste cuando estuviste en el calabozo, en la mili. Eso me hizo sentirme muy cerquita de ti. Vi que los dos habíamos pasado por experiencias parecidas.

-Bueno, lo mío no tiene ni comparación con lo que te hicieron a ti.

-Ya… Pero el caso es que a los dos nos maltrataron injustamente. Y yo te vi humilde y vulnerable, como yo cuando yo volví de Chile. Estabas sin nada. Incluso habías roto con Laura.

-Pero había vuelto con Cecilia.

-Y eso también me gustó. Me imaginé que la Cecilia, el Lorenzo, tú y yo íbamos a estar juntos… Así Cecilia volvería a vivir con nosotros. Sí, ya lo sé, suena muy egoísta… Pero ese día fue como empezar un sueño. ¡Y tú eras tan bueno, y tan guapo, y querías tanto a Cecilia!

Malena cogió su taza, sopló para enfriar el té y bebió un sorbito. Él hizo lo mismo.

-Pero luego todo se estropeó. Los dos volvisteis con Laura y os casasteis con ella. Durante mucho tiempo no se lo pude perdonar a Laura, que me hubiera separado de vosotros. Mi sueño se hizo trizas y me quedé sola con Lorenzo.

-¡Pero no es verdad! Cecilia siguió haciendo el amor con vosotros… Y te quiere. Cecilia te quiere un montón. Y a Lorenzo también lo quiere. Tu sueño seguía allí… Sigue aquí. Y ahora has conseguido que Laura también se enamore de ti… Y yo… A mí me podrías tener en cualquier momento, con sólo pedírmelo. Ya lo sabes.

-Sí, siempre lo supe… Pero ya no era lo mismo. En vez de traerme a Cecilia, tú ayudaste a Laura a llevársela. En injusto que lo diga, ya lo sé, pero a mí me hizo daño igual. Ya no pude volver a verte como ese día en la Pedriza. Te volviste poderoso y arrogante. Ahora tenías a dos mujeres preciosas a tu disposición, ¿para qué ibas a querer nada conmigo?

-Pero eso no es verdad -protestó débilmente-. Tú me gustas, Malena. Siempre me has gustado un montón.

-Me dabas miedo -siguió diciendo ella mientras bebía su té, mirando al vacío-. Cecilia me contaba las cosas que le hacías y me daba miedo que me las hicieras a mí. Luego ella y yo… Ella también empezó a pegarme, como tú le hacías a ella, y eso no me gustó. Yo no estoy hecha para eso. Me di cuenta de que nunca os iba a poder satisfacer ni a Cecilia ni a ti.

Lo que decía Malena lo llenaba de una profunda desazón. Se dio cuenta de que Malena siempre había estado allí, cerca de él y al mismo tiempo muy lejos. Detrás de Lorenzo, detrás de Cecilia, detrás de Laura. Era como si cada una de esas personas, las personas que más quería en el mundo, formara una especie de barrera entre Malena y él. Se le había antojado inalcanzable, pero a pesar de eso la quería. Pero no se había dado cuenta de ello. No se había molestado en hablar un rato con ella solas, contactar con la persona que era en realidad. Y eso era lo que ahora lo llenaba de una gran melancolía.

-No es así, Malena. A mí me hubiera gustado hacer el amor contigo, sin azotes, sin nada de eso que le hago a Cecilia. Me basta que seas como eres. A veces a mí también me asusta mi sadismo. Una vez pensé que me sería posible deshacerme de él, pero no pude.

-Sí, cuando dejaste a Cecilia. Y luego volviste a ser sádico cuando volviste con ella. ¿Y ahora, qué, Julio? -dijo volviéndose hacia él-. ¿Qué vas a hacer ahora que Cecilia ha desaparecido y Laura no quiere hacer el amor contigo?

Quería tocarla. Le bastaba alargar la mano unos centímetros para poder acariciar su muslo pecoso, pero era como si tuviera que esperar a que una barrera invisible que había entre los dos se levantara antes de poder hacerlo. Sentía una tensión dentro de sí mismo, algo que luchaba por salir de su pecho, pero no tenía ni idea de lo que era, ni cómo liberarlo.