lunes, 11 de marzo de 2019

Para volverte loca (Parte 28)

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Poco antes de las diez vinieron a buscarla Javier y Aparicio para llevarla a su primera sesión de terapia. Los cuartos de tratamiento estaban en la planta baja del ala oeste del edificio. La metieron en una habitación pequeña donde la esperaba el doctor Jarama. Había un aparato de televisión y frente a él un sillón de aspecto aparatoso, con respaldo alto, reposacabezas y un pedestal para los pies. Tenía correas de cuero marrón por todas partes: en el respaldo, en el pedestal de los pies, en los reposabrazos, incluso en el cabezal. La hicieron sentarse en él y los enfermeros estuvieron un rato ocupados sujetándola con las correas, hasta que apenas fue capaz de mover ninguna parte de su cuerpo.

Sin más preámbulos, el doctor encendió la televisión y metió en un aparato una casette de vídeo como las que alquilaba Laura. La película estaba en inglés y mostraba dos mujeres atractivas coqueteando entre ellas.

-No me gusta la peli… ¿No hay otra cosa? Preferiría ver algo de ciencia-ficción -bromeó.

-¡Pues claro que te va a gustar, Cecilia! -dijo el doctor-. Trata de sexo entre lesbianas, que es lo que a ti te va.

-Es que a mí el porno, como no sea de muy buena calidad, no me dice nada. Y se ve a la legua que esta película no está nada bien hecha. El diálogo es de lo más artificial y se nota un montón que está hecha en un estudio.

-¡Vaya, por Dios! ¡Qué le vamos a hacer! La señorita tiene un paladar muy fino para estas cosas. Lo siento, Cecilia, pero esto es lo que hay. Como comprenderás, no tengo buen ojo para escoger películas pornográficas lesbianas. Pero creo que servirá para nuestros propósitos.

Cecilia decidió que lo mejor sería oponerse todo lo posible al tratamiento. Se esforzó por apartar la vista de la pantalla de televisión, pasando revista a todo lo que había en la habitación. A su derecha había un mostrador con una serie de aparatos electrónicos que atrajeron su curiosidad mucho más que la película. Pudo identificar un osciloscopio, un modelo bastante más antiguo que los que tenían en el laboratorio donde hacía la tesis. Los otros tenían varios diales y pequeñas pantallas. De ellos salían varios cables que claramente podían extenderse hasta el sillón que ocupaba. Intentaba adivinar lo que eran cuando se dio cuenta de que su comportamiento estaba irritando al doctor Jarama.

-¡Cecilia, por favor! ¿Quieres mirar a la pantalla?

-¿No se trata de que deje de gustarme el porno? ¡Pues ya está, no me gusta! Así que ya podemos dar el tratamiento por terminado.

-Sujétale la cabeza, Aparicio.

Aparicio le rodeó la frente con la correa de cuero sujeta al cabezal del sillón, inmovilizándole la cabeza frente a la pantalla. Cerró los ojos, pero los tuvo que volver a abrir cuando Aparicio le dio un bofetón.

-Coopera, Cecilia, o será peor -dijo el doctor con un sonsonete de impaciencia.

Le echó un vistazo a la pantalla. Una de las mujeres estaba echada en la cama de espaldas con las piernas abiertas en uve. La otra estaba a gatas comiéndole el coño, desplegando ante la cámara su trasero con el ano y la vulva afeitada bien visibles. Esta vez le costó más trabajo desviar los ojos. Intentó volver a mirar a los instrumentos que había sobre el mostrador, pero ya no podía enfocarlos bien. Las escenas en la televisión ejercían sobre ella una atracción innegable. La mujer a gatas se había apartado un poco para que se viera bien como follaba a la otra con dos dedos.

-Muy bien, creo que ya está teniendo efecto -dijo el doctor-. Vamos a darle el ipecac.

Aparicio le acercó un vaso que contenía un líquido ambarino. Cecilia apretó los dientes.

¡Si piensan que me voy a beber esa porquería, lo llevan claro! Seguro que no es nada bueno.

-Bébelo, Cecilia -dijo Aparicio-. No me hagas ir por las malas.

Cerró herméticamente los labios. Aparicio le pinzó la nariz para obligarla a abrir la boca para respirar. Ella entreabrió los labios, dejando pasar el aire entre los dientes. Aparicio intentó meterle el líquido en la boca, pero la mayor parte le cayó sobre el pecho. Cecilia escupió el resto.

-Va a haber que intubarla -dijo el doctor.

Aparicio movió una palanca a su lado, lo que le permitió inclinar el sillón para dejarla bocarriba. Javier se acercó con un grueso tubo de plástico conectado a un embudo.

Había leído en algún sitio que los músculos que cierran la boca son de los más fuertes del cuerpo. Siguió apretando los dientes con determinación. Aparicio probó tirarle de la mandíbula de distintas formas, pero no consiguió más que hacerle daño.

-¡Muy bien! ¡Tú lo has querido! ¿Preparado, Javier?

Le dio un formidable puñetazo en el estómago. Eso la obligó finalmente a abrir la boca, jadeando para recuperar la respiración. Javier aprovechó para introducirle el tubo por el esófago. Mientras se contraía de dolor, el líquido ambarino bajó por el tubo, quemándola por dentro.

Le sacaron el tubo y devolvieron la silla a la posición vertical. Sentía unas náuseas horrorosas y le dolía en estómago un montón, nos sabía si del puñetazo o del líquido. En la televisión las dos mujeres estaban enredadas en un 69, comiéndose mutuamente el coño. Intentó apartar nuevamente la mirada, pero su estómago se revolvía como si hubiera adquirido vida propia.

Vomitó tan violentamente que estuvo a punto de manchar la pantalla del televisor. Le pusieron una palangana delante, pero era demasiado tarde. Tenía todo el pijama empapado en su vómito.

El doctor la miraba con cara de asco. El vómito tenía un olor pungente y desagradable, quizás de la bebida que le habían dado. Le volvieron a entrar arcadas.

-Quédate con ella, Aparicio, y asegúrate de que sigue mirando a la televisión -dijo el doctor, y abandonó la habitación junto con Javier.

Se sentía como si fuera a morirse. Intentó cerrar los ojos y concentrarse en respirar para clamar las arcadas, pero cada vez que lo intentaba Aparicio la abofeteaba para obligarla a mirar al televisor. Después del primer vídeo puso otro de una tía follando a otra con un dildo. Era repulsivo.

¡Claro, eso es lo que intentan conseguir! Que asocie el sexo lesbiano con el vómito y el asco. ¡Tengo que resistir como sea!

Se dio cuenta de que cuando vomitaba Aparicio se alejaba de ella y la dejaba cerrar los ojos. Y, bien pensado, tenía que expulsar de su cuerpo toda esa sustancia horrible. Cuando dejó de vomitar porque ya no le quedaba nada en el estómago, siguió fingiendo tener arcadas.

Aparicio por fin la desató. La tuvo que llevar por el pasillo sujetándola por los sobacos, doblada en dos por las náuseas y el dolor de estómago. La llevó a los aseos que había al lado del dormitorio, la desnudó y la metió en la ducha.

domingo, 3 de marzo de 2019

Para volverte loca (Parte 27)

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Esa noche, cuando Javier dejó la habitación después de atarla a la cama, les pidió a las chicas que le soltaran una mano.

-¡Uy, ni hablar quilla! -le respondió Lucía-. No quiero acabar con el culo colorao.

-Nadie tiene por qué enterarse. Me desatas un ratito y luego me vuelves a atar.

-¡Sí, claro! Tenemos que esperar despiertas a que tú acabes de masturbarte -dijo Montse.

-Bueno, pues te duermes y cuando llegue el momento te despierto.

-¿Y si viene a vernos un enfermero, mientras tanto? -objetó Lucía.

-¿Van a venir a controlarnos en mitad de la noche?

-Sí, Cecilia -dijo Irene-. Ayer vino Aparicio poco después de apagar las luces. Tú no lo viste porque ya estabas dormida. Siempre hay un enfermero de guardia que se pasa por todas las habitaciones para asegurarse de que todo está bien. Duérmete, anda. Ya buscaré la manera de solucionar tu problema.

Cecilia estuvo bregando un rato, buscando la manera de abrir la hebilla de la correa que le sujetaba las manos. Pero era imposible, no le llegaba con los dedos. Intentó doblarse para soltarla con los dientes, pero tal y como la habían sujetado a la cama eso tampoco era factible. Acabó por resignarse. De todas formas, los sucesos del día le habían dejado la libido por los suelos.

* * *

Lunes 14 de abril, 1980

El día amaneció desapacible y tempestuoso. Nubarrones negros corrían por el cielo anunciando lluvia, mientras que los cipreses del jardín se doblaban bajo las fuertes ráfagas de viento. Corrientes de aire helado se colaban por las junturas de las ventanas, haciendo difícil el dejar el calorcito de la cama. Cecilia tenía un pie helado, pues se le había salido de debajo de la manta durante la noche y sus ataduras le habían impedido volvérselo a tapar. A pesar de eso, en cuanto Aparicio la desató se levantó y se fue al cuarto de baño a darse una ducha. El agua salió templada durante un rato, luego francamente fría. Cecilia aguantó estoicamente hasta que consiguió enjuagarse todo el jabón. Viendo el panorama, las tres embarazadas renunciaron a ducharse.

-Pues yo sí que me voy a duchar -anunció Irene-. ¿Me ayudas, Cecilia?

Sentada desnuda en una banqueta en la ducha, Irene se quitó la prótesis de la pierna. Cecilia ya sabía qué esperarse, ya que le había visto los muñones a su hermano Luis. El de Irene era corto y delgado, extendiéndose sólo un palmo por debajo de la rodilla. Estaba cubierto de piel irregular con cicatrices rojizas y zonas con pelos. Emanaba un olor desagradable. Cecilia abrió la ducha, cogió el jabón y se lo enjabonó. Irene soltó una risita incómoda.

-Déjalo, ya lo hago yo.

-Déjame ayudarte, así acabamos antes y tienes que pasarte menos tiempo bajo esta agua tan fría.

Moviéndose con agilidad, se puso a enjabonarle rápidamente la otra pierna, el pie, la espalda y la cabeza. Irene tenía un cuerpo delgado, delicadamente musculado, sobre todo en la espalda. Tenía varias cicatrices: un desgarro bajo el omóplato y parches rectangulares de piel blancuzca en los muslos, que a Cecilia le parecieron remiendos en los pantalones de un espantapájaros.

-Son injertos de piel que me pusieron cuando tuve el accidente de moto -le explicó Irene sin que se lo pidiera, mientras le enjabonaba los muslos.

Irene le pidió el jabón para lavarse sus zonas íntimas. Su cuerpo le pareció a Cecilia bastante sexy, con unos pechos que por ser pequeños no acusaban la edad. No parecía importarle en absoluto estar desnuda, enseñando su muñón y sus cicatrices. A Cecilia terminaron por suscitarle una especie de cariño protector.

Trabajando juntas acabaron en un periquete. Cecilia la secó con la toalla mientras que ella se ajustaba la prótesis al muñón.

Cuando volvieron al dormitorio a vestirse las chicas ya se habían bajado a desayunar.

-Hoy es lunes, así que empezarán con tu tratamiento -le dijo Irene.

-Ya… Espero que no sea demasiado terrible.

* * *

Después de desayunar Irene la llevó a presentarle a algunos de los pacientes. Ricardo era el hombre de mediana edad a quien había visto inmóvil en el jardín. Lo encontraron sentado en la sala de recreo, de espaldas a la televisión. Irene le explicó que tenía un tipo de depresión que lo hacía quedarse como congelado en las posturas más insólitas, pero que a menudo respondía al contacto humano. Para demostrárselo se puso a pasarle la mano por la espalda con suavidad. Al cabo de un rato, Ricardo levantó muy lentamente la cara hacia ella. No llegó a sonreír, pero su expresión había mejorado de alguna manera difícil de explicar.

Otra paciente, Julia, estalló en una retahíla de maldiciones e insultos en cuanto las vio venir. Irene se limitó a sonreírle y sentarse a su lado. Enseguida se puso a responder a los insultos de Julia con los suyos propios, a cuál más obsceno, hasta que Julia irrumpió en carcajadas histéricas y estruendosas. Una enfermera joven acudió a ver lo que pasaba, pero Irene la detuvo con un ademán. Al poco rato Julia pareció calmarse. Sonrió y respondió con toda educación cuando Irene le presentó a Cecilia.

Irene rebosaba de vitalidad y alegría. A donde quiera que iba parecía poner a todo el mundo de buen humor. Cecilia no dejaba de preguntarse por qué una persona tan agradable podía estar internada en ese sitio.

domingo, 17 de febrero de 2019

Para volverte loca (Parte 26)

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Se pasó el resto del día nerviosa, presa de la incertidumbre. No volvió a ver a Ignacio, así que se imaginó que habría ido a Burgos. Las chicas la invitaron a jugar a las cartas, pero después de perder varias partidas de canasta corrió a refugiarse en la biblioteca. Quería estar sola, recordar quién era en realidad. Encendió el tocadiscos, se puso los auriculares y estuvo un rato escuchando rock sinfónico. Esa música siempre le recordaba a Julio, todos los ratos felices que habían pasado juntos, desde que se conocieron en una estación de esquí de Los Alpes hasta esos últimos meses que habían convivido con Laura. Si todo salía bien volvería a reunirse con ellos en un par de días. Todo dependía de si Ignacio les mandaba la carta. No paraba de darle vueltas a eso en la cabeza.

Al cabo de un rato dejó de escuchar música y se puso a leer Alguien voló sobre el nido del cuco. Al principio le costó concentrarse. El viento aullaba en torno al edificio y nubes negras corrían por el cielo, augurando nada bueno. Pero en cuanto el personaje de McMurphy apareció en la historia, la novela empezó a engancharla.

Ignacio apareció en la biblioteca temprano, bastante antes de la cena, aunque a ella la espera se le antojó una eternidad. Se acercó rápidamente a la mesa donde estaba leyendo y se sentó frente a ella. Para su consternación, se sacó la carta del bolsillo y se la devolvió.

-Lo siento, Cecilia, pero no puedo mandar esta carta. Aquí la tienes. No te preocupes que no le pienso decir a nadie que me la has dado.

Cecilia dejó la carta sobre la mesa. Apretó los puños bajo la mesa, intentando contener su rabia.

-¡Ah, pues muchas gracias! Es un alivio saber que no eres un chivato.

-No te lo tomes así, Cecilia… No me pidas que te lo explique, por favor, pero yo no puedo mandar esta carta.

-¿Por qué? ¿Porque tienes miedo que se enteren que has sido tú quién la has mandado? ¿O es que el fondo estás de acuerdo con que el doctor Jarama me tenga aquí encerrada?

-No, yo no estoy de acuerdo con eso. Me parece completamente inmoral que no se respete la libertad de las personas.

-Entonces es que tienes miedo. ¿De qué? ¿De que te echen del sanatorio? ¿Tanto te gusta tu trabajo aquí?

-Pues sí, sí que me gusta trabajar aquí. Hay mucha gente con problemas mentales a las que puedo ayudar con mi sacerdocio. Ya sé que tú no piensas lo mismo que yo, pero ya te irás dando cuenta de que es verdad.

-¡Ya veo! Vamos, que no has mandado la carta porque no te conviene. Es lo que hacéis siempre los curas: mucho predicar el amor y la generosidad, pero a las primeras de cambio barréis siempre para casa. Os importa un comino el sufrimiento ajeno. Porque, por si no te has dado cuenta, a mí se me está haciendo una gran injusticia en este sitio. No solo se me está privando de la libertad, me están maltratando física y mentalmente… ¡Y sabe dios lo que me van a hacer con ese tratamiento que ha ideado el doctor Jarama!

-Siento no haber podido ayudarte, Cecilia. Lo siento en el alma, de verdad. Quién sabe, tal vez algo bueno salga de tu estancia aquí.

Lo miró echando chispas por los ojos.

-¡Sí, claro! Porque en el fondo no soy más que una lesbiana y una puta, ¿verdad? Me vendrá bien que me curen de eso, o al menos que me castiguen por ello. Así es como ves tú las cosas… ¿Pues sabes lo que te digo? Que soy mucho mejor que tú, porque no soy una egoísta, una hipócrita y una cobarde.

-Entiendo que estés enfadada, Cecilia, pero eso no te da derecho a faltarme al respeto. En la situación en que estás, deberías apreciar la ayuda que te damos los que estamos de tu lado.

-¡Tú no estás de mi lado, Ignacio! ¡Tú no eres más que un cómplice del doctor Jarama en el crimen que están cometiendo contra mí! Así que hazme el favor de ahorrarme tus ñoñerías de cura. No me hacen falta tus falsas amistades.

Por la expresión en el rostro de Ignacio, vio que lo que le había dicho le había hecho mella.

-Eso no es cierto, Cecilia. Ya te he dicho que no estoy de acuerdo con tu situación aquí, como tampoco estoy de acuerdo con que tengan a esas tres chicas aquí encerradas sólo porque han tenido la mala suerte de quedarse embarazadas. Hay muchas cosas en las que no estoy de acuerdo con el doctor Jarama, pero tengo que convivir con él. No puedo permitirme el lujo de antagonizarlo.

-Claro, como la Iglesia tampoco podía permitirse el lujo de antagonizar a Franco, ni a los nazis. Así que luchar contra las injusticias pasa a un segundo plano. Porque no soy yo sola la que está sufriendo con esta situación, mi marido y mis amigos también lo deben estar pasando fatal, sin saber dónde estoy, sin saber si estoy viva o muerta. Y tú lo podrías haber solucionado simplemente metiendo una carta en el buzón, pero por lo visto tu deseo de aliviar el dolor ajeno no da para tanto.

-¡No lo entiendes, Cecilia! Yo no pude meter esa carta en un buzón porque no he ido a Burgos.

-¿No has ido a Burgos? ¿Entonces, dónde has estado?

-En mi habitación.

¿Me está mintiendo? No, no creo. Si ha ido a Burgos me resultará fácil averiguarlo. 

-¿Y por qué no has ido a Burgos?

-Pues porque no me apetecía. ¿Qué hago yo en Burgos? ¿Pasear? No, mi sitio está aquí.

-Pero saldrás alguna vez del sanatorio…

-Pues no, no salgo nunca. Me gusta estar aquí, con mis amigos, mi música y mis libros. No tengo nada que hacer fuera.

-¿Y no podrías salir por hacerme ese favor a mí?

-No, no puedo. Lo siento, Cecilia, pero te tendrás que buscar a otra persona para mandar esa carta. Yo no puedo hacerlo.

Ignacio se levantó de su asiento y salió precipitadamente de la biblioteca.


domingo, 10 de febrero de 2019

Para volverte loca (Parte 25)

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Capítulo 5 - Terapia aversiva


Domingo 13 de abril, 1980

El domingo era el día de descanso en el hospital. Ni el doctor Jarama ni la Leona aparecieron. El día amaneció ventoso y desapacible, negros nubarrones amenazando lluvia. En cuanto acabó de desayunar, Cecilia fue a la biblioteca y se puso a buscar por todas partes algo con qué escribir.

-¿Qué buscas? -le preguntó Irene, asomándose a la puerta.

-Papel y un boli, para escribirle una carta a mi marido -respondió acercándose a ella-. Tiene que haber por algún sitio, pero no los encuentro.

-No nos suelen dar papel, precisamente para evitar que mandemos cartas sin permiso.

-Ya, claro… Si le pido permiso al doctor Jarama seguro que no me lo da. Lo que quiere es tenerme aquí incomunicada.

-¿Y cómo piensas mandar la carta?

-No debe ser muy difícil convencer a alguien que me la meta en un buzón.

-Todo el mundo tiene terminantemente prohibido mandar cartas de los pacientes. Todo el rato nos están dando charlas sobre lo importante que es mantener nuestra privacidad.

-Es decir, mantener en secreto que estamos aquí.

-No te creas, no hay mucha gente que esté aquí a la fuerza. Sólo tú, las tres embarazadas y Bob. A ellos los obligan sus padres.

-¿Y tú? ¿No estás aquí contra tu voluntad?

-No, yo llegué a un acuerdo con mi marido para someterme a tratamiento… Es una historia muy larga de contar.

-Pero saldrás de aquí alguna vez.

-Pues la verdad es que no. Llevo encerrada aquí varios meses. No me importa. No tengo ningún sitio a dónde ir.

Cecilia la miró extrañada.

-¡Pero si esto es como una cárcel! Con la cantidad de cosas que se pueden hacer fuera…

Irene negó con la cabeza.

-Es una historia muy larga, ya te lo he dicho… Bueno, el caso es que a ti te deben tener muy vigilada. Se esperarán que quieras mandar una carta y se las arreglarán para interceptarla.

Había un fatalismo en Irene que no le gustaba nada. Quizás fuera parte de su enfermedad mental. Pero ella no iba a darse por vencida. Intentaría ponerse en contacto con Julio y con Laura por todos los medios. Si fallaba, seguiría intentándolo hasta conseguirlo. No les sería posible tenerla incomunicada mucho tiempo.

-Bueno, paso a paso. Lo primero es escribir la carta, luego ya buscaré la manera de mandarla. Si no hay papel, arrancaré una página en blanco de algún libro.

-No hace falta. Tengo guardado un cuaderno, por si me hace falta. Ven.

Irene fue a una de las estanterías que había al lado de la puerta, se arrodilló para sacar varios libros de la repisa más baja y retiró un pequeño block de notas que había escondido detrás. En la espiral del cuaderno había metido un lápiz corto.

-¡Ah, genial!

-No te pongas a escribir en el cuaderno. Arranca las hojas que vayas a necesitar y lo escondes donde estaba. Cuando acabes guardas también el lápiz. Cógete un libro bien grande y haz que lo lees. Si te ven escribiendo sabrán que vas a intentar mandar una carta. Mejor que no los pongas sobre aviso.

-¡Joder! ¡Esto es peor que una cárcel!

-Para algunas cosas, sí.

-Otra cosa… ¿Tú sabes dónde estamos? Se lo tendré que explicar a mi marido para que venga buscarme. Yo he calculado que estamos en algún sitio al norte de Castilla, probablemente en las provincias de Burgos o Palencia.

-No vas muy desencaminada… Este sito está al este de Burgos, como a unos cuarenta kilómetros. El pueblo más cercano es Grijalba. El convento de las monjas que trabajan aquí está un poco más lejos, en Sasamón. Son pueblos muy pequeños, de todas formas. Se ve que han escogido este sitio porque está en medio de ninguna parte.

-Gracias. Creo que con esos datos Julio se las apañará para encontrarme. Este edificio se ve desde lejos, en mitad de estas llanuras.

Se pasó más de una hora llenando varias páginas con los detalles de todo lo que le había pasado, cualquier cosa que les pudiera ayudar a encontrarla y a sacarla de allí. Irene se puso a leer en una mesa cercana. A las once menos cuarto vino Montse a decirles que tenían que bajar a misa. Cecilia se apresuró a terminar la carta y firmarla. Dobló las hojas de papel varias veces y se las metió en la cintura de esas bragas enormes que la obligaban a llevar, por si la obligaban a enseñarles lo que llevaba en los bolsillos.

La misa la celebraba don Ignacio. Cecilia no dejó de mirarlo un momento, calculando si podía fiarse de él. En algún momento tendría que salir del sanatorio. ¿Podía confiar en él lo suficiente como para confiarle la carta? Si era verdad lo que le había dicho, no tendría ningún interés en que la retuvieran es ese sitio. Pero, por otro lado, si él era el “poli bueno” que participaba en su lavado de cerebro, la delataría inmediatamente. Bueno, al menos saldría ganando el saberlo. Perdería la carta, pero siempre podría escribir otra.

Cuando acabó la misa se arrodilló a esperarlo, fingiendo rezar. Las chicas la miraron extrañadas, pero Irene, que se debía imaginar su plan, las hizo salir. Al final vio a don Ignacio salir de la sacristía. Se le acercó de inmediato.

-Hoy es domingo. Supongo que saldrás esta tarde -le dijo.

-Pues no, no pensaba hacerlo. ¿Por qué iba a salir?

-Supongo que no te pasarás la vida encerrado en este sanatorio. Alguna vez irás a Burgos, de compras, o simplemente a darte un paseo, ¿no?

Don Ignacio frunció el ceño, mirándola con una cierta desconfianza.

-Sí, claro. Salgo alguna vez. ¿Por qué me lo preguntas?

-Pues porque quiero pedirte un favor muy grande.

Don Ignacio seguía mirándola en silencio.

-Creo que sé lo que me vas a pedir. Mira, Cecilia, no puedo hacer nada para sacarte de aquí. No me está permitido interferir con el funcionamiento de la Casa de la Salud Mental.

-No te pido que me saques de aquí. Lo único que quiero es que le mandes esta carta a mi marido -dijo sacándose la carta de donde la llevaba escondida-. Debe estar muerto de preocupación… No sabe lo que me ha pasado… Se debe estar imaginando lo peor. Es un simple acto de caridad, ¿no te parece? Evitar que una persona sufra así.

-Claro… Darle una carta en la que le dices dónde estás, para que venga a sacarte de aquí

-Tú sólo tienes que poner esta carta en el buzón. Lo que pase después no es cosa tuya.

Ignacio cogió la carta y la hizo girar en sus manos.

-No tiene ni sobre ni sello.

-No, claro. Aquí no puedo conseguirlos. Tendrás que hacerlo tú. Puedes leerla, si quieres. La dirección está al principio.

Parecía confuso.

-Ahora es cuando puedes demostrarme el tipo de persona que eres, Ignacio -añadió, mirándolo a los ojos.

Ignacio cogió la carta y se la metió en el bolsillo. Se dio la vuelta y se fue sin decir nada.

sábado, 2 de febrero de 2019

Para volverte loca (Parte 24)

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La notó un poco más calmada mientras seguía preparando el almuerzo. Se sentía un poco incómodo viéndola hacer todo el trabajo, en casa él siempre ayudaba en la cocina. Pero sin saber dónde estaban las cosas era imposible hacer nada. Además, Beatriz parecía tenerlo todo bajo control. La oyó quejarse cuando la salpicó un poco de agua hirviendo al echar los espaguetis a la olla.

-¿Quieres vestirte? -le ofreció.

-¿No te gusta verme desnuda? -le preguntó ella, desilusionada.

-¡Pues claro que me gusta! Pero ten más cuidado con el agua hirviendo, ¿vale?

-¡Vale, jefe!

Bien mirada, Beatriz era bastante sexy. Sus pechos no abultaban apenas, pero tenía los pezones largos y afilados. Su culito era realmente encantador: dos pequeños globos redondos y prominentes, contrastando con las líneas rectas de sus muslos. Otro de sus atractivos era su sexo: algo grande en comparación con su cuerpo, tenía los labios turgentes, que se cerraban en medio casi ocultando los labios menores. Había podido comprobar que lo tenía impecablemente afeitado, sin apenas un indico de aspereza. Bien miradas, sus piernas eran también bastante bonitas, a veces se le podían apreciar los músculos bajo la piel nacarada.

Beatriz sirvió la comida en una mesa grande que había en el comedor. Se sentó a su lado y le volvió a dirigir una de sus miradas ansiosas.

-Espero que te guste.

-Seguro que sí. Huelen muy bien.

Los espaguetis estaban un poco blandos para su gusto, pero la salsa estaba rica. Beatriz era un poco desmañada comiendo. Se dejó unos churretes en los labios. Él se los limpió con su servilleta. Era un gesto paternal que la hacía parecer una niña. Empezó a entender por qué ese tipo de juegos le gustaban a Malena y a Laura.

-Perdona… ¡Soy tan torpe!

Julio le dio un ligero cachete en la mejilla.

-No eres torpe, es que a mí me gusta hacer eso.

-¡Ah! A mí también me gusta que lo hagas… Me gusta todo lo que me haces.

-Contigo es difícil equivocarse.

-¿Te lo estás pasando bien conmigo? Puedes hacerme lo que quieras, ya lo sabes.

-Ya te he hecho lo que quería hacerte. Ahora estoy disfrutando simplemente con tenerte desnuda a mi lado. Pero me gustaría que te tranquilizaras un poco. Te noto muy ansiosa.

-Es que… ¡llevo tanto tiempo deseando estar contigo! Y ahora que te tengo aquí estoy segura de que voy a hacer algo mal y lo voy a echar todo a perder.

 -Pues hasta ahora lo estás haciendo todo muy bien.

-Gracias, eres muy bueno conmigo -Se quedó pensando un momento-. Tengo el vídeo de Historia de O. ¿La has visto? ¡Es fuertísima!

¡Pues claro que había visto Historia de O! En Perpiñán, con Cecilia, cuando se acababan de conocer. A Cecilia le había impactado mucho esa película. Los había marcado a los dos. Aquella noche Cecilia le había pedido que le diera una azotaina… hasta se había bajado el pantalón del pijama para que le pegara sobre las bragas.

-¡Joder! ¡Menuda cara se te ha puesto! ¿Qué pasa, que no te gusta esa película?

-¡Claro que me gusta! Lo que pasa es que me trae unos recuerdos muy especiales. La vi con Cecilia, cuando nos acabábamos de conocer.

-¡Pues entonces la tienes que volver a ver conmigo!

-Vale… Hace ya cuatro años de eso, así que me vendrá bien volver a verla.

¡Cuatro años solamente! ¡Si parecen una eternidad! 

La ayudó a llevar los platos al fregadero. Luego volvieron justos al sofá.

Beatriz fue junto a la televisión y enseguida encontró el vídeo que buscaba. Lo metió en el VCR y encendió la tele. Luego volvió a arrebujarse en sus brazos.

-¡Te va a encantar, ya lo verás! Yo la he visto un montón de veces.

La música y las primeras escenas lo cautivaron. Se había olvidado de lo eróticas que eran. Cecilia y Laura le habían contado un montón de veces como reprodujeron esa escena del coche en un taxi en París, Cecilia quitándole las bragas y el sujetador a Laura mientras el conductor las espiaba por el retrovisor.

Pasadas la escenas más intensas de la mansión de Roissy, se acordó los árboles frondosos del Parc de Montsouris, con Cecilia bailando y tarareando el tema de Historia de O. Recordó cómo le había pegado con una vara en el parque, cómo la había desvirgado aquella misma tarde. Cecilia. ¡La echaba tanto de menos!

Cecilia haciendo un striptease al son de Money de Pink Floyd. Cecilia escalando, moviéndose sobre la roca con fluidez de gata. Cecilia volando sobre el mar en el trapecio del velero de Laura. Cecilia desnuda en medio de una nevada en las montañas, haciéndole el amor. Cecilia vestida de puta en Angelique. Los ojos de Cecilia echando chispas cuando se peleaba con Laura...

Los recuerdos lo desbordaron y estalló en un llanto descontrolado, con sollozos que le salían del alma sacudiéndole todo el cuerpo.

Beatriz no dijo nada, sólo se quedó mirándolo con sus grandes ojos redondos, uno de ellos apuntando a algún lugar indefinido en el techo a su izquierda. Le acarició la cara, secándole las lágrimas con los nudillos. Él quiso decirle algo pero no le salía la voz. Beatriz afirmó con la cabeza y simplemente dijo:

-Cecilia, ¿verdad?

Luego se deslizó de rodillas al suelo, le abrió la bragueta, le sacó la polla y empezó a hacerle una mamada.

Lejos de calmar su llanto, el placer lo hizo más profundo. Los sollozos eran tan fuertes que lo sacudían y lo desgarraban por dentro. Pensar que Cecilia no se había ido, que se la habían robado, que seguramente le estarían haciendo daño, lo llenó de una rabia ciega. Cogió a Beatriz del pelo, la arrancó de su polla y la tiró sobre la alfombra. Se quitó los pantalones y los calzoncillos mientras ella lo miraba, expectante. Los condones estaban aún sobre la alfombra, desgarró el envoltorio de uno y se lo puso. Luego se tiró sobre ella y la penetró sin contemplaciones. Beatriz soltó un quejido, pero luego se agarró a sus hombros, encogió las piernas y dejó que la follara de forma brutal. No tardó en correrse dentro de ella.

Salió de ella. Se puso en pie tambaleándose, recogió su ropa del suelo y se puso a vestirse. Había dejado de llorar, pero el horrible hueco que la ausencia de Cecilia dejaba en su pecho seguía allí. Beatriz se puso también en pie y se abrazó a él, intentando darle un beso, pero Julio apartó la cara.

-¿Qué te pasa? ¿Ya te vas? ¿No quieres ver el final de la película? -le preguntó angustiada.

Se quedó mirándola, empezando a sentirse culpable, consciente de que a ella no le había dado tiempo a correrse. Pero la manera en que se aferraba a él empezaba a asfixiarlo.

-Me tengo que ir, Beatriz… He quedado con Lorenzo.

Ella intentó cogerle la mano, pero él se lo impidió.

-¡Te has cansado de mí! Ya no te volveré a ver -dijo rompiendo a llorar.

Julio suspiró. La abrazó, aunque en ese momento no le apetecía nada.

-Sí que nos volveremos a ver… ¡No llores, anda!

-Pensé que te gustaba verme llorar -dijo ella intentando sonreír.

-Sólo cuando te pego.

-¿Quieres que te dé mi teléfono?

-Vale.

Ella fue corriendo a su habitación y volvió con un trozo de papel. Se lo metió en el bolsillo de los vaqueros.

-Llámame cuando puedas, por favor.

-¿Quieres mi número?

-Ya lo tengo… Me lo dio Cecilia.

-Vale… Adiós, Beatriz.

Se asfixiaba allí dentro, necesitaba tomar el aire. En cuanto salió a la calle se echó a correr como si lo persiguieran todos los demonios. Cuando por fin se detuvo, sin aliento, a mitad de la cuesta que subía hacia Cuatro Caminos, lo asaltaron un montón de dudas. ¿Había hecho bien en follar a Beatriz? ¿Cuándo iba a volver a verla? Ahora no habría manera de quitársela de encima. Y él no podía permitirse empezar una nueva relación. ¿O sí? La verdad es que se lo había pasado muy bien con ella. Le inspiraba cariño. Pero no, tenía que concentrarse en encontrar a Cecilia. ¿Qué iba a decir Lorenzo cuando se lo contara? ¿Qué iba a decir Laura?

domingo, 27 de enero de 2019

Para volverte loca (Parte 23)

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En cuanto terminó se hizo la claridad en su mente. Salió de ella enseguida y la cogió en brazos. Beatriz seguía llorando y temblaba de forma incontrolada.

-¿Estás bien!

-Sí… Estoy en la gloria… Te has corrido dentro de mi culito… Lo he notado perfectamente. ¡Ha sido una pasada!

-Estás temblando. ¿Dónde hay una manta?

-En el armario del pasillo.

La dejó hecha un ovillo en el sofá. En el pasillo había un armario empotrado. En la repisa de arriba encontró varias mantas. Se envolvió en una de ellas, volvió al sofá y sentó a Beatriz en su regazo bajo la manta. Ella se abrazó a su cuello, apoyando la cabeza sobre su pecho. Seguía llorando. Se inclinó sobre ella y le besó las lágrimas.

-Dime la verdad, Beatriz, te ha dolido un montón, ¿a que sí?

-No… Pero ha sido muy fuerte… ¡Ha sido precioso!

Ahora se arrepentía de haberse dejado llevar por su instinto de sádico. Lo que quería Beatriz era satisfacerlo a toda costa para que quisiera volver a hacer el amor con ella. Ella había decidido darle todo lo que le daba Cecilia, sin darse cuenta de que a Cecilia le había costado años llegar hasta ese punto.

Se sentía vacío por dentro. Después de una sesión así le gustaba abandonarse al cariño que sentía por Cecilia. Pero Cecilia era una ausencia desgarradora en mitad de su pecho y esa pobre chica que tenía en los brazos no podía llenar ese hueco.

Quería marcharse. La casa de sus padres estaba a sólo unos minutos andando desde allí. Si iba ahora podría invitarse a almorzar y así charlar un rato con su hermano Miguel. Estaba en la universidad, acababa de echarse novia y había empezado a pedirle consejo en cosas de sexo.  Así se había establecido una nueva complicidad entre ellos… Y también podría llamar a Lorenzo desde allí y decirle que iba para allá.

Beatriz respiraba de forma tranquila ahora. Pensó que se había quedado dormida, pero cuando la miró vio que lo escudriñaba con los ojos bien abiertos.

-Estaba mirando lo guapo que eres… Me parece que estoy en un sueño. No me puedo creer todas las cosas que me has hecho esta tarde… Pero a juzgar por lo que me arde el culo, debe de ser verdad -añadió con una sonrisa.

-Es verdad, Beatriz. Como decías antes, ha sido una auténtica pasada. Pero me voy a tener que ir.

Beatriz se revolvió en sus brazos, incorporándose.

-¡No! ¿A dónde tienes que ir? ¡Quédate un poquito más! Tengo vídeo, ¿quieres ver una película?

-Estaba pensando en ir a comer a casa de mis padres, que está aquí al lado…

-¡Anda, es verdad, debe ser ya la hora de comer! ¿Tienes hambre? Te puedo hacer unos espaguetis…

Sin esperar a su respuesta, Beatriz se levantó y se encaminó con paso decidido a la cocina. Julio se puso los calzoncillos y los pantalones y fue a reunirse con ella. Se movía rápidamente: cogió una perola, la llenó de agua y la puso al fuego. Era erótico verla desnuda con el trasero colorado.

-No hace falta que te pongas a cocinar ahora.

Beatriz se le colgó del cuello y lo miró a la cara, el ojo izquierdo desviándosele hacia arriba.

-No es ninguna molestia, tengo la salsa de tomate ya hecha en la nevera… Por favor, quédate un poquito más. Aunque ya me hayas follado, todavía te lo puedes pasar muy bien conmigo.

Es verdad: eso de echarle un polvo y luego adiós muy buenas es completamente repugnante. ¿En que estaría yo pensando? La chica está sola y necesita un poco de compañía.

-Vale, vale… ¿Te puedo ayudar en algo?

-No. ¡Si es sólo un momento, ya verás!

Beatriz se movió como un relámpago por la cocina: sacó una tartera con la salsa de tomate de la nevera, la pasó a una cazuela y la puso a calentar al fuego. Sacó una bolsa de espaguetis, la abrió y la fue a echar a la olla. Se detuvo.

-¡Joder! ¡Cómo tarda en hervir el agua! -dijo dando una patada de frustración al suelo.

-No hay prisa, Beatriz. No hay ninguna prisa -dijo con voz calma.

Beatriz se volvió hacia él, la ansiedad pintada en el rostro. Fue hacia ella y la abrazó por la cintura.

-Es que no quiero tenerte esperando… Te debe resultar muy aburrido estar aquí metido en la cocina. Debería decirte algo para entretenerte, pero me he quedado como atontada… Seguro que lo estoy haciendo todo fatal…

La hizo callar con un azote en el culo.

-¡Au! -se quejó ella, pero enseguida le sonrió-. ¿Quieres pegarme más? Podemos volver al salón…

Julio la besó en los labios. La tuvo así un buen rato, acariciándole los labios con los suyos mientras le sobaba el trasero con la mano.

-¡Joder, tú sí que te lo sabes montar bien! -exclamó en cuanto dejó de besarla.

-Escúchame, Beatriz -le dijo poniéndole un dedo en los labios para hacerla callar-. Tranquilízate. Acaba de preparar los espaguetis con calma. Me quedaré un buen rato después de comer, para que podamos charlar tranquilamente. Pero luego tendré que irme porque he quedado con mi amigo Lorenzo… y no quiero oírte rechistar, ¿vale?

-Vale.

lunes, 21 de enero de 2019

Acaba de publicarse “Juegos de amor y dolor” en papel


Pensaba que los libros electrónicos se impondrían con facilidad a los libros impresos. Las ventajas, para mí, eran clarísimas: te puedes llevar de viaje un montón de libros en un dispositivo que no pesa nada, tamaño de letra modificable, hiperenlaces internos, consulta inmediata del diccionario, se pueden escribir notas en el libro, y varias más. Pero está claro que mucha gente sigue prefiriendo los libros impresos. Muchos amigos me dijeron que estaban leyendo mis novelas en el ordenador, lo cual cansa mucho y es malo para los ojos. Amazon, Draft2Digital y otras compañías que se dedican a vender libros electrónicos se dieron cuenta del asunto y empezaron a hacer “print-on-demand”, un sistema en el que el libro se imprime en el momento que se compra, lo cual evita gastos de almacenaje. Así que me puse las pilas y modifiqué Juegos de amor y dolor para imprimirlo.

No fue fácil. hay un montón de detalles en un libro impreso de los que no tienes que ocuparte en un libro electrónico. Hay que decidir el tamaño del libro, el tipo de letra, las dimensiones de los márgenes, el formato de los títulos de cada capítulo… Mi libro tenía un montón de hiperenlaces a notas. Decidí reducir el número de notas para que el libro no resultara demasiado largo, y el resto las numeré para citarlas en el texto. Lo que más tiempo me llevó es una tontería, pero esencial para darle al libro un aspecto provisional: cada capítulo tiene que empezar en la página derecha (con un número impar de página), dejando una página en blanco si es necesario. Y lo peor de todo es que esa página en blanco no debe llevar número de página, lo que es sorprendentemente difícil de conseguir en Word. ¡En fin, para qué os voy a contar!

También hice una portada nueva, con una foto de unos tojos que saqué en mi último viaje a Galicia el mes de octubre pasado. La podéis ver en la figura.

Es inevitable que un libro impreso sea mucho más caro que el electrónico. Los costes de impresión de Kindle Direct Publishing (KDP) son $7.68 por libro. El precio mínimo que KDP me permite son $12.80, pero si quiero que mi libro se distribuya a librerías, entonces el precio mínimo sube a $19.20. Como sí que quiero que el libro se distribuya lo más posible, dije que sí a esto y acabé fijando el precio en $19.95 (17.35 euros). El libro electrónico se vendía a $2.99, pero claro, ahora lo subiré para que no haya tanta diferencia con el libro impreso. Lo pondré a $6.99, que todavía es menos de la mitad del precio del libro impreso. Aún no he subido el precio en KDP, así os quedan unos días para comprarlo al precio de antes.

Ahora me pondré a hacer las ediciones impresas de Desencadenada, Amores imposibles y Escenas de poliamor. Con la experiencia que ya he adquirido, espero que me resulte más fácil, pero claro, nunca se sabe…

Desde España, el libro impreso se puede comprar siguiendo este enlace. Y desde Estados Unidos, en este enlace

sábado, 19 de enero de 2019

Para volverte loca (Parte 22)


Beatriz se deslizó de su regazo y salió corriendo hacia su dormitorio. Julio la siguió. Era un cuarto pequeño con una ventana que daba a un patio interior. Una de las paredes era toda un estantería de libros. Aparte de eso había sólo una cama estrecha y a su lado un escritorio cubierto de papeles y de libros. Beatriz abrió el cajón inferior del escritorio y sacó dos dildos de goma. Uno era delgado, de un calibre de poco más de un dedo. El otro era negro, con forma de polla y más grueso.

-¿Éste es el más grande? -dijo Julio, sopesándolo.

-Sí. Ya casi no me cuesta nada de trabajo metérmelo en el culo. Está bien, ¿verdad?

Por toda respuesta, Julio se abrió la bragueta y extrajo su verga en erección. Colocó el consolador negro al lado. Era claramente más delgado que su pene.

-Pues no sé si va a ser suficiente, ¿ves?

-¡Ay, qué gracia! Se ve que Martina lleva tiempo sin ver una polla.

-Pues ya veremos si luego sigue haciéndote tanta gracia, porque yo ya me he hecho a la idea de que voy a darte por culo.

Beatriz le agarró la verga, que terminó de endurecerse de inmediato.

-¡Joder, es verdad! La tienes muy grandota -dijo con una sonrisa satisfecha.

-¿Y eso no te preocupa?

-Me tendré que aguantar con lo que haya. Después de montarte toda esta movida, ya no me puedo echar atrás.

-Bueno, ya veremos… ¿Tienes lubricante y condones?

Beatriz sacó un bote de lubricante y una tira de condones del mismo cajón y se los dio.

-Venga, volvamos al salón.

En cuanto volvieron al sofá, Beatriz se sentó sobre sus muslos y ella misma adoptó la postura de la carretilla. Desde luego, a la chica no le faltaba entusiasmo.

Julio no se molestó con el dildo más pequeño, embadurnó el grande de lubricante y lo apuntó cuidadosamente al ano de Beatriz. En cuanto presionó, Beatriz dio un grito de alarma.

-¿No decías que entraba?

-Sí, sí… Pero tiene que ser un poquito más despacio.

Julio dejó el consolador sobre la mesa de café, cogió el bote de lubricante y aplicó un poco sobre su ano. Luego le introdujo su índice izquierdo.

-¡Ay, ay, qué gustito! -dijo Beatriz dando pataditas en el respaldo del sofá.

-Vale, a ver si así consigo que te relajes un poquito.

-¡Seguro que sí! Me encanta que me folles el culo con el dedo.

Estuvo un rato masajeándole el ano con el dedo, hasta que pudo introducirle otro. Entonces echó mano del consolador, que esta vez entró sin mucho problema.

-¡Guau! ¡Ahora sí que me has abierto el culo -anunció Beatriz.

Sin embargo, por la manera en que ella contrajo las nalgas, no debía de resultarle muy cómodo. Le zurró con la mano derecha mientras la follaba con el consolador con la izquierda. Beatriz acusó el efecto de inmediato, retorciéndose y gimiendo.

-¿Ves? ¿A que esto ya no es tan divertido?

-¡Sí! ¡Sí que lo es! -dijo testaruda.

Decidido a darle una lección, volvió a pegarle y a follarla con el consolador. Pero no duró mucho. El espectáculo del dildo forzando el culito de Beatriz en mitad de sus nalgas enrojecidas lo ponía a cien. Quería tomar posesión de ella enseguida.

-Bueno, creo que ya estás todo lo preparada que vas a estar.

-¡Sí, sí! ¡Métemela a lo bestia!

Le sacó el dildo y la hizo incorporarse sobre su regazo.

-¡Escúchame, tonta! ¡Tú no sabes la que se te viene encima!

-Sí que lo sé… Me va a doler un montón, pero no me importa.

-Eso lo vamos a ver enseguida.

La hizo arrodillarse doblada sobre el asiento del sofá. Le dio el consolador.

-A ver, fóllate con esto como haces por las noches, que quiero verlo.

Tras varios intentos fallidos, Beatriz consiguió meterse el dildo en el culo. Empezó a bombearse tímidamente con él.

-Normalmente lo hago un poco más deprisa -se disculpó-, pero no quiero que se me irrite.

Julio se desnudó rápidamente, sin dejar de mirarla. Se puso un condón y lo untó bien con lubricante. Beatriz seguía follándose lentamente con el dildo, soltando algún que otro gemido.

Era una locura. Beatriz no lo iba a poder soportar. Decidió cambiar de plan.

Arrodillándose detrás de ella, le sacó el consolador del culo y lo dejó caer sobre la alfombra. Enfiló su verga a su vagina y empezó a penetrarla con cuidado.

-¡Ay, no, por favor! ¡Así no! ¡Encúlame!

-No estás preparada, Beatriz. Te iba a hacer demasiado daño.

-¡Sí que lo estoy! ¿Ahora vamos a desperdiciar todo el trabajo que nos ha costado prepararme? ¡Por favor, Julio, quiero sentirte dentro de mi culito! -lloriqueó.

-¡Pero mira que eres cabezota! ¡Muy bien, pues ahora verás!

Salió de su vagina y, separándole bien las nalgas para ver lo que hacía, apoyó el glande en ese botón color canela que tanto lo tentaba. Empujó hacia delante y no encontró gran resistencia. Su glande desapareció dentro de ella.

-¡Jodeeer! -exclamó ella-.¡La tienes enorme!

Se dio cuenta de que ella había clavado los dedos en el asiento del sofá y lo estrujaba hasta dejarle blancos los nudillos. Pensó en sacársela pero, como si le leyera la mente, Beatriz le dijo:

-¡Sigue, sigue! Total, ya estás dentro…

Prosiguió su avance lentamente, hasta enterrar completamente la verga en su recto.

-¡Ay, Julio, por fin! ¡Ya tienes mi culito, como tú querías! ¡Qué ilusión! ¡No sabes la de veces que he soñado con este momento!

-¿No te duele?

-No… Bueno, casi nada… ¡Venga, fóllame!

Se retiró y la embistió orea vez. Beatriz dio un gritito de alarma. Su respiración se volvió agitada.

-¿Ves, tonta?

-¡No, no, qué va! ¡Si me está gustando muchísimo! -sollozó ella.

-Pues no lo parece.

-No… es que tiene que ser así… Tiene que ser una enculada en toda regla… Que me deje hecha polvo… Por favor, Julio, no te cortes… Házmelo de verdad, ¿vale?

A él también le gustaba esa idea. La agarró por las caderas y empezó a follarla despacio, esperando de un momento a otro que ella le suplicara detenerse. En vez de eso, ella se puso a entonar una cancioncilla que lo hizo olvidar toda su cautela:

-¡Jodeeer! ¡Que enculadaaa! ¡Si es que la tienes enorme! ¡Mi culitooo! ¡Cómo me lo vas a dejar al pobre! ¡Me voy a acordar de esto una semana! ¡Qué fuerte! ¡Qué pasadaaa!

Beatriz parecía excitarse a sí misma con ese canturreo. Oírla lo excitaba un montón. La vio meterse la mano entre las piernas para masturbarse. Empezó a follarla sin contemplaciones, con la vista clavada en su pene entrando y saliendo entre esas nalgas enrojecidas, tan pequeñas en comparación con la barra de carne que las dividía en dos. Beatriz no detuvo su letanía, soltando una nueva exclamación con cada una de sus acometidas:

-¡Ay, dios mío, qué follada! ¡No, si ya lo sabía yo que llegaríamos a esto! ¡Con lo zorra que soy! ¡Me están dando por culo pero que muy bien! ¡Me lo merezco, por tonta! ¡Porque mira que soy imbécil! ¡Enamorarme como una gilipollas! ¡De un hombre que es de otra!

-¡No digas eso! ¡No digas eso, puta! -le gritó él, excitado hasta el paroxismo. Le dio un azote lo más fuerte que pudo, luego otro con la mano izquierda. Beatriz rompió a llorar, aullando y sacudiéndose con los sollozos. Sabía que debía pararse  y consolarla, pero la misma saña que Beatriz sentía hacia sí misma ahora lo poseía a él. La punta del pene le ardía de placer. La violencia con que extraía su gozo de ella lo enloquecía.

-¡Eso, a ver si aprendes de una puta vez a no ser tan tonta! -le dijo entre dientes-. ¡A ofrecerte a algo no que vas a ser capaz de aguantar! ¡Y deja ya de insultarte!

Beatriz soltó un gemido que parecía salirle del alma. Julio pensó que le había hecho daño, pero enseguida se dio cuenta por sus convulsiones de que se estaba corriendo. La chica lloró y gritó durante todo su orgasmo. Luego, exhausta, dejó caer la cabeza sobre el sofá. Julio siguió follándola con el mismo ritmo implacable, ascendiendo concienzudamente hacia su propio clímax, disfrutando del espectáculo de su cuerpecito sometido a sus caprichos. Cuando eyaculó lo hizo en varias acometidas firmes, llenándola hasta el fondo.

domingo, 13 de enero de 2019

Para volverte loca (Parte 21)

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Beatriz se ofreció a llevarlo en su Vespino. Julio sugirió ir en metro, pero Beatriz no quería dejar la Vespino en la calle y se negaba a separarse de él. Se ve que tenía miedo a que la dejara plantada si lo dejaba apartarse de ella un solo momento.

La Vespino parecía un artilugio ridículamente pequeño con ellos dos encima, pero Beatriz le dio caña al acelerador y salieron disparados por Princesa hacia el Paraninfo, y luego por la calle Isaac Peral hacia el norte. Beatriz conducía como una posesa, acelerando y frenando bruscamente,  haciendo slalom entre los coches, pasando tan cerca que Julio pensó que se iba a dejar la rodilla en algún espejo retrovisor. Le dijo varias veces que fuera más despacio, pero Beatriz parecía no oírlo a través del casco. No había pasado tanto miedo desde aquel día que volcaron en el velero de Laura varios kilómetros mar adentro.

Beatriz giró a la derecha por Cea Bermúdez y, después de varios giros suicidas, acabó deteniéndose en la calle Bretón de los Herreros, a un tiro de piedra de la casa de los padres de Julio.

-¿Estás segura de que no va a venir tu padre? -le preguntó secándose las manos sudorosas en los vaqueros.

-Segurísima -dijo ella quitándose el casco-. Está en Tenerife y no vuelve hasta mañana. Ayer mismo hablé con él por teléfono.

La siguió al interior de una casa de pisos moderna y moderadamente lujosa. En el ascensor, Beatriz lo miró nerviosa y sin decir palabra, como si no se creyera que había conseguido lo que se proponía o como si temiera haberlo hecho. Julio decidió hacerse con el control de la situación lo antes posible. El viajecito en moto le había dado una buena inyección de adrenalina, y eso sacaba a flote su sadismo.

Ella sacó las llaves, abrió la puerta y se internó con paso decidido en su casa.

-¡Eh, eh, eh! -le dijo él desde la puerta-. ¡Vuelve aquí ahora mismo!

Beatriz volvió junto a él con una mirada interrogativa.

-Quiero que te desnudes aquí mismo, en la entrada -le dijo cerrando la puerta tras él-. Quítatelo todo.

Ella le dirigió una sonrisa traviesa y enseguida se bajó la cremallera de la falda, que cayó al suelo junto a sus pies. Sin perder un instante se quitó las bragas, como para demostrarle lo ansiosa que estaba de quedar a su merced. Se desabrochó los botones de la camisa en un tiempo récord. No llevaba sujetador debajo. Los zapatos y las medias desaparecieron como por ensalmo.

-¡Vaya, vaya! ¡Te desnudas a la misma velocidad con la que conduces esa puta Vespino!

-Me ha entrenado Martina -dijo ella con orgullo-. No creas, que me llevé mis buenos azotes hasta que aprendí a hacerlo lo suficientemente rápido.

Su cuerpecito desnudo le inspiraba saña y ternura al mismo tiempo. Tenía los brazos y las piernas muy finos, pechos insignificantes, caderas afiladas, vientre plano y un pubis afeitado de aspecto delicioso. Le metió un brazo entre las piernas y la levantó en vilo. Era ligera como una pluma. Beatriz soltó un quejido de placer al sentir la repentina presión en su coño.

-¡Y ahora, pequeña, te vas a enterar de lo que vale un peine!

Beatriz se colgó de su cuello y escondió la cara en su hombro. Cargó con ella pasillo abajo, cruzando una doble puerta acristalada para entrar en la sala de estar. Delante de la estantería de pared donde estaba la televisión había un tresillo color crema de aspecto cómodo. Se sentó en medio del sofá con Beatriz encima. Hábilmente, la hizo girar para dejarla de espaldas a él. Le pellizcó los pezones hasta que la oyó quejarse. Luego, poniéndole las manos en los hombros, la empujó hacia delante hasta que tuvo su cabeza en sus pies. Beatriz quedó doblada entre sus rodillas con una pierna a cada lado de sus caderas. Era una postura tremendamente expuesta y humillante, que Cecilia y él llamaban “la carretilla”. El pompis redondito de Beatriz quedaba justo encima de su regazo, listo para ser golpeado como un tambor, las nalgas separadas para ofrecerle una buena vista del coño y de ese ano color canela, ancho y liso, que tanto lo había cautivado desde el primer momento en que lo vio. Sorprendida, Beatriz empujó con las dos manos en el suelo para levantar la cabeza y volverse a mirarlo.

-¿Por qué me pones cabeza abajo?

-Para tenerte bien expuesta. ¡Verás qué bien!

-¡Joder, es verdad! Me lo debes estar viendo todo. ¡Qué pasada!

Julio no perdió el tiempo. Quería aprovechar el factor sorpresa para sacarla de su equilibrio y así hacer el castigo más efectivo. Le plantó dos sólidos azotes, uno en cada nalga. Beatriz no se quejó, pero su respiración se volvió más agitada.

Hacía tiempo que no vivía una situación tan excitante. Le tenía que dar a esa mequetrefe una buena lección por haber estado acechándolo… Y por haberle hecho pasar tanto miedo en esa puta motocicleta. Se puso a pegarle fuerte, a buen ritmo, alternando de una nalga a otra. Beatriz se puso a hacer un comentario en directo de lo que sentía:

-¡Ay, ay! ¡Qué fuerte me estás pegando! ¡Ay, cómo duele! ¡Mi culitooo! ¡Joder, qué paliza! ¡Qué pasadaaa!

Siguió diciendo cosas por el estilo, que a él le sonaban super-excitantes. Encima respondía de forma preciosa, contrayendo el culo, apretando sus piernecitas contra él, dando pataditas al respaldo del sofá y palmadas a la alfombra, pero sin intentar en ningún momento zafarse de él. El pompis pequeñito y respingón de Beatriz pronto estuvo de color rojo cereza.

Hacía tiempo que no se sentía tan sádico, con tantas ganas de ensañarse con alguien. Se le ocurrió que estaba descargando la pena y la frustración de que le hubieran quitado a Cecilia en esa pobre chica que en realidad no había hecho nada malo, sólo ser tan tonta como para ir a enamorarse de él. Se detuvo y se puso a acariciarle la piel caliente y enrojecida.

-¿Por qué paras? ¡Si aún no me has castigado lo suficiente! -dijo ella con llanto en la voz.

Julio la agarró por los hombros y tiró de ella hasta dejarla sentada en su regazo. Podía sentir el calor que irradiaba su trasero a través de la tela de sus pantalones.

-¿No has tenido bastante? Estás llorando.

-¿No te gusta hacerme llorar? A mí me parece muy bonito -sollozó, puntuándolo con un sorbetón de mocos.

-Me encanta hacerte llorar -reconoció, lamiéndole las lágrimas de las mejillas.

Beatriz se rio. Le puso las manos en la nuca y le dio un beso, mojándole la cara.

-Nunca me habían zurrado en esa postura. ¡Es una auténtica pasada!

-A mí también me gusta. Me ofrece una buena panorámica de tu culito.

-¡Que te vas a follar dentro de nada!

-Hablando de eso… Quiero que me enseñes esos dos consoladores que te ha dado Martina.

-¡Ah, sí! ¡Ven!

sábado, 5 de enero de 2019

Para volverte loca (Parte 20)

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Cruzaron la calle Princesa y se metieron en la primera cafetería que encontraron. Beatriz marchó decidida hasta la última mesa, donde tendrían un poco de privacidad. Julio se sentó frente a ella. En la radio sonaba aquella canción italiana que se había puesto tan de moda: “Una margherita dice la veritá”… Y ahí estaba él, deshojando la margarita de si tirarse o no a Beatriz. Ella lo miraba intensamente con el ojo derecho, mientras que el izquierdo se le desviaba hacia arriba y hacia el lado, a causa de su estrabismo. Eso, junto con la fragilidad de su cuerpo y la forma tan torpe y tan obvia con la que intentaba seducirlo le resultaba enternecedor.

-Tienes unos ojos preciosos, Beatriz -le dijo con una sonrisa.

-No te rías de mí, por favor -dijo ella, bajando la mirada.

Julio le cogió la barbilla para obligarla a mirarlo otra vez. Le dijo con severidad:

-Si te digo que tienes unos ojos preciosos, es porque tienes unos ojos preciosos. No vuelvas a contradecirme. No te lo pienso consentir.

Reñirle así le había acelerado el pulso. Decididamente, esa chica le sacaba su lado sádico.

-No, claro… perdona -le respondió ella en un tono casi inaudible.

“Felicità, tu se vuoi puoi tornare con me”, decía la canción. Si volviera Cecilia, él podría volver a ser feliz. Pero, por el momento, esta chiquita con ojos estrábicos era todo lo había.

Apareció el camarero. Beatriz pidió un café con leche. Él, una cerveza.

Beatriz extendió la mano sobre la mesa y le cogió la suya con suavidad. Volvía a mirarlo intensamente.

-¿Te puedo contar una cosa muy íntima?

-Bueno…

-Me he estado preparando el culo para ti -le susurró en tono cómplice-. Le pedí a Martina dos consoladores, uno pequeño y otro más grande, y todas las noches me los he estado metiendo en el culo. Ahora ya puedo llevar el más grande durante casi media hora.

Su pene se endureció aún más, quedando atrapado dolorosamente en su calzoncillo. Discretamente, pugnó por liberarlo de su prisión de tela.

-Es que como me dijiste que querías darme por culo… ¿No te acuerdas? ¿Qué te parece?

-Pues me parece todo un detalle por tu parte -acertó a decir.

Les trajeron el café y la cerveza. En cuanto se fue el camarero, Beatriz se inclinó hacia él y le cuchicheó:

-Martina te dijo que no estaba preparada. Bueno, pues ahora ya lo estoy.

La pobre se había arriesgado mucho a contarle todo eso… Sin contar con las molestias que se había tomado por él. Debía darle las gracias, pero sin perder el control de la situación. Le apretó la mano que sostenía y le sonrió.

-Sí, recuerdo cuando te lo dije… Tenía muchas ganas de hacerlo, la verdad. Gracias por entrenarte para mí.

Beatriz lo miraba intensamente, con una radiante sonrisa.

-Martina quiso darme por culo una vez con uno de sus arneses, pero yo me negué. Le dije que quería que tú fueras el primero. Me dijo que me estaba haciendo muchas ilusiones contigo… pero yo estaba segura de que se equivocaba, que si me ofrecía a ti, tú me aceptarías. Lo vamos a hacer, ¿a que sí?

Había algo que le había estado rondando la cabeza. Era mucha casualidad que Beatriz se lo hubiera encontrado prácticamente en la puerta de su casa. Además, iba perfectamente arreglada, con medias negras y falda ajustada que resaltaban a la perfección sus piernas delgadas y su trasero redondito.

-Dime una cosa, Beatriz -dijo ignorando su proposición-. Tú me estabas esperando a la puerta de mi casa, ¿verdad?

-Bueno, no es que te estuviera esperando… -Beatriz lo miraba asustada.

-¿Cuánto tiempo llevabas allí? -insistió.

-Una hora… Bueno, hora y media… Casi dos.

-¿Y cómo sabes dónde vivo?

-Porque… porque la última vez que Cecilia y yo jugamos con Martina me ofrecí a llevarla a casa en mi Vespino. Perdóname, yo…

Beatriz parecía a punto de echarse a llorar. Le dio unas palmaditas en la mano.

-Tú has estado viniendo a mi casa a ver cómo salía y entraba. Seguro que alguna vez hasta me habrás seguido por la calle.

Beatriz hizo un puchero.

-¡No era nada malo, de verdad! Yo… yo sólo quería verte. Me gusta mucho verte, cómo andas, cómo te mueves…

-¡Ay, Beatriz!

-Martina me lo advirtió: que no se le puede decir a alguien que estás enamorada de él porque lo agobias, y entonces es cuando no te quieren volver a ver… -Se secó una lágrima con los nudillos-. ¡Pero yo no sé qué hacer! Porque sí… estoy loca por ti. Me he enamorado de ti como una tonta… ¡y si no te vuelvo a ver me muero! Así que fui a tu casa una vez, y tuve suerte, porque te vi salir… Y eras aún más guapo a la luz del día que cuando te vi por primera vez, en la mazmorra de Martina.

-¡Venga, venga, Beatriz! -dijo él al verla llorar. La gente de la cafetería los miraba.

Beatriz le sonrió entre sus lágrimas.

-Así que por las noches me metía el chisme ese en el culo y soñaba que eras tú, apoderándote de mí de la manera que más te gustaba. Y era tan bonito y tan fuerte que al día siguiente tenía que volverte a ver, para comprobar si te había imaginado bien la noche anterior.

Era culpa suya, por haber pensado que podía coger a una chica como esa por banda, hacerle un montón de canalladas, follársela, y esperar que todo acabara allí. Por lo visto, Beatriz era tan masoca como Cecilia. Quería más, y no había muchos tíos que supieran hacerle lo que él le había hecho. ¿Qué iba a hacer ahora? Beatriz estaba completamente obsesionada con él, estaba clarísimo. Si aceptaba su proposición no haría sino alimentar esa obsesión. Pero, viéndola llorar frente a él, la idea de rechazarla le rompía el corazón. ¡Pobre Beatriz! Demasiada gente la había rechazado ya. Seguro que eso le había hecho mucho daño. Además, ¡qué coño!, le apetecía un montón tirársela.

-Muy bien, te diré lo que vamos a hacer -dijo dándole un súbito apretón en la mano.

Beatriz lo miró, expectante. Incluso su ojo izquierdo se orientó en su dirección.

Era un error. Después de esa vez habría otras, y él necesitaba todo su tiempo libre para buscar a Cecilia. Además, Laura se iba a poner como una fiera cuando se lo contara. Pero ya no podía volverse atrás. 

-No me gusta nada que me hayas estado espiando. Hubiera sido mejor que me hubieras dicho todo esto mucho antes. Así que, vale, te daré por culo, a ver si es verdad que lo aguantas. Pero antes te voy castigar. Te daré una buena paliza, a ver si espabilas y dejas de hacer tonterías.

El rostro de Beatriz resplandecía como el sol. Se levantó de su asiento, rodeó la mesa y se le echó encima, abrazándolo.

-¡Ay, Julio, no sabes la alegría que me das! Castígame todo lo que quieras, que me lo merezco. Pégame fuerte, que yo de seré feliz sabiendo que eres tú quien lo haces.

-¡Vale, vale, Beatriz! Ya veremos si es verdad que aguantas todo lo que pienso hacerte. Y ahora vuélvete a tu sitio, que estamos montando una movida de mucho cuidado.

Beatriz le robó un beso antes de volverse a su silla. Julio decidió que no se andaría con contemplaciones con ella. Quién sabe, tal vez si se portaba como un auténtico cabrón se le pasaría la obsesión con él. La idea lo excitaba. Bebió un buen trago de cerveza mientras que Beatriz daba pequeños sorbos a su café sin dejar de mirarlo.

-¿Dónde lo hacemos?

-En mi casa, claro.

-¿No vivías con tu padre?

-Está de viaje… Por eso decidí que hoy tenía que ser el día que hablara contigo. Me costó mucho trabajo, no te creas. Llevo todo el día echa un flan, pensando que no ibas a querer.

Julio bebió otro sorbo de cerveza.

¡Joder, si había quedado con Lorenzo! ¡Desde luego, esta tía me tiene sorbido el seso! Mejor le digo a Beatriz que quedamos otro día… Pero, ¿cuándo? Mañana es lunes y tengo que currar, y a ver cómo le digo a Laura que no ceno con ella. No, será mejor que llame a Lorenzo. Él lo entenderá.

-Perdona, tengo que cancelar lo que iba a hacer esta mañana -le dijo a Beatriz.

Se levantó a llamar desde el teléfono público de la cafetería.

-Oye tío, perdona, pero me ha salido otro plan. Nos vemos otro día, ¿vale?

-¿Qué? ¡No me jodas, tío! ¿Qué plan? ¿Tenéis alguna novedad sobre Cecilia?

-No, no es eso… Es que me he encontrado con una piba que llevaba tiempo sin ver y… bueno, que se ha enrollado muy bien.

-¿Una piba? ¡Joder tío! ¿Pero tú de qué vas! ¿Vas a enrollarte ahora con una tía, con la que está cayendo?

Esa no era la respuesta que se esperaba. Si Lorenzo se lo tomaba así, a saber lo que diría Laura. Quizás ése no era el momento más adecuado para enrollarse con Beatriz. La buscó con la mirada. Estaba en la barra, pagando la consumición. Vio que la miraba y le sonrió, pero se le notaba ansiedad en los ojos. No, no podía decirle que no, a estas alturas.

-Tío, entiéndeme… Ya no tengo a Cecilia… Y Laura, con el rollo del embarazo, sólo quiere enrollarse con Malena. Ésta es la chica que me presentó Cecilia, sabe de qué va el rollo, así que no es que le vaya a poner los cuernos a nadie…

-¡Corta el rollo, colega! Vale, entiendo que estés más salido que una mona, pero ahora mismo lo que tienes que hacer es centrarte en encontrar a Cecilia.

-Si es que no podemos hacer nada sobre lo de Cecilia hasta mañana, tronco. ¿Qué quieres que haga?

-Pues quedar conmigo, que también las estoy pasando putas con este tema, ¿qué te crees?

En eso no había caído… Lorenzo estaba enamorado de Cecilia. Su desaparición debía haber sido un buen palo para él. Estaba a punto de decirle que iba a verlo cuando se le acercó Beatriz. Lo miró con esos ojos estrábicos y eso lo hizo cambiar otra vez de decisión.

-Mira tronco, hacemos una cosa: me paso por tu casa esta tarde y nos vamos de cañas… ¿Te parece?

Beatriz hizo un mohín de disgusto cuando lo oyó decir eso.

-Vale, tronco, como quieras -dijo Lorenzo en tono decepcionado.

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