sábado, 14 de mayo de 2016

Próxima publicación de Escenas de poliamor


Ya he acabado de escribir mi nueva novela, Escenas de poliamor, que será el cuarto libro de la saga de Cecilia Madrigal. Mis planes son que la saga esté formada por seis novelas. Las tres primeras ya están publicadas como la trilogía Voy a romperte en pedacitos: Juegos de amor y dolor, Desencadenada y Amores imposibles. Los libros quinto y sexto se titulan, por ahora, Para volverte loca (del que ya tengo escritas unas 100 páginas) y Nunca podrás volver.

La imagen que veis es el proyecto de portada de Escenas de poliamor. Esa preciosa foto se la debo a mis amigos de real-book. La modelo se parece a la imagen que siempre he tenido en mente de Cecilia Madrigal… la verdad es que se parece a Cecilia en muchas otras cosas. Quedan por hacer algunos cambios en la tipografía de los rótulos. Se admiten sugerencias.

Esos mismos amigos de real-book me están ayudando a preparar la presentación de Escenas de poliamor, que si todo sale bien será en Madrid, en el local El Garaje, el sábado 9 de julio. Mis planes son ponerla a la venta en Amazon y Smashwords a mediados de junio, antes de mi viaje a España. Por ahora, se la he mandado a un grupo de amigas y amigos que me ayudarán a corregir errores y me dirán si algo no funciona en la trama.

Como su título indica, esta novela trata sobre las relaciones de poliamor, sus dinámicas y sus problemas. De todas formas no abandono la temática del BDSM. En esta novela describo sesiones sadomasoquistas bastante más elaboradas que en las novelas anteriores. También hay más variedad, con una trama de sumisión masculina y sesiones de BDSM lesbiano. También hay escenas de sexo entre dos hombres y una mujer en las que se aborda el tema de la bisexualidad masculina. Todo ello viene sazonado con aventuras de vela y de escalada, luchas contra criminales y acontecimientos históricos de la Transición y la Guerra Civil. Pero, por encima de todo, está el mensaje de que el amor y la amistad superan todas las dificultades y traen la felicidad.

Aquí os dejo algunos retazos de “Escenas de poliamor” que me han gustado bastante por la forma en que están escritos, para que os hagáis a la idea de cómo es…


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Cecilia hizo lo que le pedía, aunque ya ni siquiera estaba segura de dónde venía el viento. Agarrada a la punta del barco, miró para abajo. Sus piernas y sus tenis parecían muy pálidos perfilados sobre la negrura de la profundidad. ¿Cuántos metros habría hasta el fondo? Se imaginó descendiendo hacia él, el agua a su alrededor volviéndose cada vez más oscura y más fría, hasta llegar al tenebroso fondo de lodo. La imagen le pareció completamente aterradora. Nunca había nadado en mar abierto. De niña había ido a pasar los veranos con sus padres a la costa cerca de Santander, y cuando se bañaba en la playa rara vez iba más lejos de la rompiente.


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Concha se miró en el escaparate y le entraron ganas de llorar. A pesar de todos sus esfuerzos por adecentarse, estaba fea, arrugada y vieja. Era imposible esconder esos bultos en sus mejillas, la papada suelta, las patas de gallo. Los ojos que la miraban desde el cristal eran los de una anciana, cansados, mustios, sin brillo. Todo el rímel y color que se había puesto sólo conseguía acentuar la fina red de arrugas en sus párpados.


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¡Pero qué maravillosos habían sido aquellos dos años! Jesús era guapísimo, listísimo, impresionante en los mítines, organizándolo todo, proponiendo ideas brillantes que no se le ocurrían a nadie, hablando con los brigadistas internacionales en inglés, francés y un poco de ruso que aprendió sobre la marcha. Traía locas a todas la milicianas, pero era suyo, de ella y de nadie más. Hacían el amor todas las noches, una vez que él la logró librar del puritanismo que le habían metido en la cabeza las monjas del colegio. Durante el día él trabajaba duro en los puestos de mando o inspeccionando el frente, mientras que ella atendía a los heridos en los hospitales provisionales que habían instalado cerca del frente de la Moncloa. El trabajo era duro, el peligro constante debido a los bombardeos de la baterías de artillería que los franquistas tenían en la Casa de Campo, pero a ella no le importaba nada porque el amor de Jesús la convertía en la mujer más valiente del mundo.


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Cecilia se sentó. Josefa volvió a señalar al fondo de la sala. Para su sorpresa, cuando se volvió vio que quien se había puesto de pie para hablar no era Cristina, sino Lola, la chica que la acompañaba.

-Le estoy muy agradecida a Cecilia por haber dicho eso que ha dicho al final -dijo con la voz quebrada de una mujer asustada-, porque si no hubiera dicho eso yo no me hubiera atrevido a contaros lo que os voy a contar ahora… Me casé con un hombre que me trató muy mal. Nunca me pegó, es verdad, pero lo que me hacía era peor… No paraba de criticarme, de meterse conmigo, de decirme que no servía para nada. Al casarnos nos fuimos de Sevilla y nos vinimos a vivir a Madrid, con lo que yo perdí el contacto con toda mi familia y con mis amigas. También dejé mi trabajo. Al principio todo eso me pareció bien… no me di cuenta de que al volverme económicamente dependiente de él le daba el poder de controlarlo todo en mi vida. Por ejemplo, muchas veces le pedí dinero para comprarme un billete de tren para ir a Sevilla a ver a los míos, pero no me lo quiso dar. Tampoco le gustaba nada que saliera de casa, se ponía muy celoso. Allí metida en ese piso, sin nada que hacer salvo limpiar y ver la tele, empecé a deprimirme. Me acabé creyendo todo lo que me decía, que no valía para nada, que ese tipo de vida era todo a lo que yo podía aspirar.


-Lola, cariño -la interrumpió Cristina-. Te estás saliendo del tema. No creo que a las demás les interese conocer los detalles de tu vida privada. 

Lola dirigió una mirada temerosa a Cristina, pero luego se enderezó y siguió hablando.

-Sí, al final llegué a la prostitución, y eso fue lo que me salvó. Yo estaba muy, muy mal, tan deprimida que no conseguía salir de la cama… A veces incluso pensaba en matarme. Un día de los que no podía levantarme mi marido me echó una de sus broncas. Me insultó, como siempre, pero esa fue la primera vez que me llamó puta. No sé cómo, pero eso me hizo reaccionar. Pensé: “Conque puta, ¿eh? ¡Pues ahora te vas a enterar!” Me fui de casa y… y me puse a trabajar en una barra americana de esas… No es que estuviera bien, pero fue mejor de lo que yo me esperaba. Ganaba más dinero del que necesitaba para vivir y, sin los insultos de marido, enseguida se me pasó la depresión. Al cabo de unos meses, con mis ahorrillos, mi buena ropa y mi piso de alquiler, conseguí encontrar un trabajo de contable, que era lo que hacía antes. Así que dejé la barra americana… ¡Y aquí estoy! Bueno, os he contado mi historia para que os deis cuenta de que algunas mujeres se hacen putas no porque sean drogadictas, ni porque las obligue su chulo o una mafia, sino simplemente porque así consiguen salir adelante.


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Difícil saber si le gustaba o no. Difícil separar el placer del dolor. Ahora Martina distribuía bien los reglazos. Algunos le caían sobre el clítoris, empujándola progresivamente hacia un orgasmo que ya no sabía si deseaba o temía. Otros viajaban al interior de su vagina, donde otro placer más profundo empezaba a despertarse. Martina la estaba leyendo muy bien, interpretando cada contracción de sus muslos, cada bamboleo de sus caderas, porque conforme se acercaba al clímax la fuerza de los golpes fue aumentando hasta culminar en un paroxismo de dolor que cotejaba perfectamente el de su placer, enviándola a un sitio en su mente donde el orgasmo significaba al tiempo un premio y un castigo, liberación y rendición.


***

Mientras que nuestros amigos se iban por fin a la cama en Madrid, al otro lado del planeta, en el pequeño pueblo mejicano de Cabo San Lucas, empezaba un nuevo día. Se habían levantado al amanecer y paseaban por la playa cogidos de la mano. El mar tenía un color gris de metal derretido. A su espalda, los acantilados del cabo resplandecían con la primera luz del sol, con su distintivo arco de roca perfilándose contra el horizonte. Las olas aparecían como lentas jorobas y se encorvaban en explosivas cascadas de espuma que luego formaban largas lenguas que iban a acariciar la arena con un sonido como un suspiro. Centenares de gaviotas posadas en la playa los miraban con desconfianza cuando se acercaban. Luego abrían las alas en un breve vuelo para posarse unos metros más lejos.

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