martes, 2 de diciembre de 2014

Primordial


Alberta se despertó en cuanto oyó la alarma, un débil zumbido en la cabecera de su cama. Bien entrenada, en una fracción de segundo pasó del sueño profundo a un estado de máxima alerta. Cogió las esposas que guardaba bajo la almohada, metió la almohada bajo las mantas y en dos zancadas se colocó tras de la puerta de su dormitorio, completamente desnuda.

El corazón le latía deprisa. ¿Dónde demonios estaba? Hizo un esfuerzo por escuchar, pero sólo se oía el rumor lejano del tráfico. ¡Ahí! El crujir de la baldosa suelta de la cocina… ¿Qué coño hacía en la cocina? Estaría curioseando en su apartamento, pensando que estaba dormida. Demasiado confiado.

Con movimientos lentos, felinos, contrajo y estiró los músculos de las piernas y los brazos, calentándolos como le había enseñado su maestro de artes marciales.

Era aquel chico joven, guapillo… ¿Cómo se llamaba? Pablo… La había llamado cuando leyó su artículo en Magazine Malicieux sobre los juegos de violación. En la entrevista no le pareció un contrincante a su altura, pero al final acabó por darle su dirección y la llave. Prefería hombres fuertes. El juego era más excitante cuando las probabilidades de ganar y de perder estaban igualadas. Cuando ganaban ellos se pasaban la noche haciéndole perrerías, hasta que se cansaban, la follaban y se iban. No le importaba… En realidad, le gustaba. Ese era el ese castigo que se merecía por haberse dejado vencer. Además, le gustaba la violencia, aunque fuera dirigida contra ella.

¡Ah, la dulce, embriagadora violencia!

¡Por fin! ¡Aquí estaba! El haz de luz roja de una linterna bailó un instante sobre la puerta del baño antes de iluminar el dormitorio. Usaba luz roja para ver mejor en la oscuridad; una ventaja menos para ella.

El haz rojizo se detuvo sólo un instante en el bulto de la almohada bajo las mantas. Se había dado cuenta. Como una pantera, Alberta le saltó encima sin apenas hacer ruido.

Cayeron juntos al suelo. La linterna rodó sobre la moqueta trazando círculos rojos en la pared. Alberta logró ponérsele  encima, cogerle la muñeca derecha y cerrar sobre ella una de las esposas. Luego él contraatacó, derribándola de un manotazo. Ella aterrizó sobre las manos y lo golpeó con los pies juntos para impedirle que se levantara. Sin darle un respiro, volvió a agarrarlo. La lucha cuerpo a cuerpo le resultaba más ventajosa. Él intentaba agarrarla por los brazos, pero se le escurrían entre las manos como serpientes delgadas y resbaladizas.

-Esto no es en lo que habíamos quedado -dijo él entre jadeos-. Me dijiste que querías que te violara.

-¿Y qué pensabas, que me iba a dejar? Si me dejo, ya no es violación.

Consiguió ponérsele encima otra vez, atrapando sus piernas en un cerrojo de las suyas. Se apoderó de su brazo izquierdo, pero cuando intentó agarrarle el derecho él lo apartó bruscamente Las esposas le dieron un fuerte golpe en la sien. No sentía ningún dolor, pero pronto un líquido viscoso empezó a bajarle por la mejilla. Eso le dio fuerzas renovadas. Consiguió agarrarle el brazo derecho y doblárselo tras la espalda. Retorciéndoselo, lo obligó a ponerse bocabajo. A caballo sobre su trasero, luchó por apoderarse de su mano izquierda, pero él movía el brazo sin parar para impedírselo.

-¡Suéltame! ¡No tienes derecho a hacerme esto!

-¿Qué pasa? ¿Ya te has cansado de jugar?

-Sí… Déjame.

-¿Así que, como las cosas no han salido como tú quieres, quieres parar? Pero si hubiera sido al revés habrías disfrutado de mí a tu antojo. Es un poco injusto, ¿no te parece?

-¿Qué me quieres hacer?

-Lo mismo que tú a mí: violarte.

-¡Estás loca! ¡Estás como un puto cencerro!

-¡Ah! ¿Y tú no? Donde las dan, las toman, Pablito. Es demasiado tarde para volvernos atrás. Si te suelto ahora, seguro que me atacarías.

-¡No, te lo prometo! ¡Sólo quiero irme!

-Venga, ya verás como al final no es tan malo como piensas.

Quizás fue él, que se dio por vencido; quizás fue sólo suerte, pero al fin consiguió atraparle el brazo izquierdo y cerrar las esposas sobre su muñeca. Lo dejó que ponerse trabajosamente en pie mientras ella encendía la luz. Tenía la cara y la camisa llena de churretes de sangre.

Juguetona, hizo que se acercaba a él para besarlo. Con un par de movimientos rápidos, le desabrochó los pantalones y se los bajó de un tirón hasta los tobillos. Danzó hasta la cómoda y sacó una tijeras de un cajón. Él la miró aterrorizado.

-Tranquilo, que no es lo que piensas. Sólo quiero esto…

Con un par de tijeretazos rápidos le cortó los laterales de los calzoncillos y se los arrancó. Los guardó, junto con las tijeras, en el cajón de los trofeos. Estos completaban la media docena.

Sonriente, se masturbó delante de él hasta que su polla se puso en atención. De un empujón, lo arrojó bocabajo sobre la cama. Él intentó incorporarse, pero ella le saltó encima y empezó a propinarle sonoros azotes en su trasero blanco y redondo. Sólo se detuvo cuando la piel cambió de color a un bonito sonrosado y Pablo ya no pudo contener sus quejas.

La contempló alarmado mientras se ajustaba el arnés a las caderas. Escogió uno de los consoladores más pequeños. No quería hacerle daño, probablemente sería la primera vez.

Hicieron falta unos cuantos azotes más para convencerlo de que su mejor opción era quedarse quietecito y dejarse hacer. Con la ayuda de un poco de lubricante, la penetración resultó menos traumática de lo esperado. Alberta se echó sobre su espalda, dejándolo acostumbrarse a la sensación. Alargó la mano bajo él y le cogió la polla. Estaba dura como una piedra.

-Ves, ya te dije que no iba a ser tan malo como pensabas.

***

Escribí esta historia para participar en el concurso de relatos eróticos de Malicieux Magazine. No gané… De hecho, obtuve muy pocos votos. A los otros relatos que tocaban el tema BDSM tampoco les fue muy bien, así que supongo que esta temática no les gusta a las lectoras de la revista. Pensé que quizás a esta historia le vaya mejor en mi blog.

La historia se basa en una modalidad de BDSM llamada “primal” en Estados Unidos y que yo he traducido como "primordial". Consiste en que los participantes revierten a un estado primitivo, primordial, en el que se acechan y se atacan como animales carnívoros. El que gana somete al vencido, apareándose con él o con ella como le place. Quizás este juego primordial deriva de otra modalidad de BDSM, la del secuestro y la violación simulada, que está mucho más extendida. La diferencia es que en el secuestro quién va a hacer de víctima está pactado de antemano y en el juego primordial no.

Espero que os haya gustado.

2 comentarios:

  1. Una cosa que me preocupó cuando escribía esta historia es que lo que hace Alberta no es consensual. Le ha dicho a Pablo que puede entrar en su apartamento a violarla cuando lo que ella planea es darle la vuelta a la situación. Seguramente él no hubiera aceptado si llega a saber que tiene que enfrentarse con una tigresa que sabe artes marciales. Pensé en introducir una negociación en medio de la historia en la que Pablo tiene la oportunidad de marcharse, pero eso arruinaría el ritmo y el tono de la historia. Así que preferí dejar a Laura como mala, insinuando que Pablo se resigna e incluso disfruta de su destino.

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  2. Jajajaja por dios me ha encantado!
    Aprovecho para felicitarte por todo el blog.
    Saludos

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