domingo, 28 de diciembre de 2014

Dominando a Marcos

Éste es un fragmento de mi novela Desencadenada, en el que encontramos a Cecilia en un rol poco habitual en ella. 

Nada más entrar en la habitación del Hotel Los Ángeles, Marcos encendió otro cigarrillo. Se puso a danzar una especie de baile nervioso.

-Apágalo -le dijo Cecilia.

-¿Qué? -la miró, incrédulo.

-Que apagues el cigarrillo y te desnudes.

-Serás tú la que te tienes que desnudar, que para eso te pago.

Cecilia se le acercó despacio. Los tacones de las botas la hacían tan alta como él. Se paró muy cerca de él, sin tocarlo. Sin dejar de mirarle a los ojos, le quitó el cigarrillo de entre los dedos y lo aplastó en el cenicero. Marcos la dejó hacer, fascinado. Cecilia lo agarró suavemente de las solapas y lo atrajo hacia sí.

-Creo que no has entendido bien lo que te dijo el Chino -le dijo sin subir la voz-, tienes que hacer todo lo que yo te diga. Y aguantar todo lo que yo quiera hacerte, lo que te será aún más difícil. Si te portas como un valiente tendrás tu recompensa. ¡Te lo vas a pasar de puta madre, ya lo verás!

-Ya, porque tú lo digas… -dijo, escéptico.

-Confía en mí. Venga, bájate los pantalones.

Él dio un paso atrás, mirándola con sospecha.

-Antes dime qué me vas a hacer.

-Mira, me estoy cansando de tus tonterías. Voy a contar hasta tres, y si no te has bajado los pantalones, me piro. Uno…

Marcos se desbrochó el cinturón, se bajó la cremallera y dejó caer los pantalones al suelo.

-Eso está mejor. Ahora quítate la chaqueta.

Marcos tiró la chaqueta sobre la cama.

-No seas desordenado. No querrás que te doble yo la ropa, ¿no? Venga, ponla en esa silla.

Marcos recogió la chaqueta de la cama. Fue a llevarla a la silla que ella le indicaba, pero se dio cuenta de que los pantalones le impedían andar. Se quedó dudando si quitárselos.

-¡Venga, que no tenemos toda la noche!

Marcos fue hasta la silla dando traspiés. Colgó la chaqueta en el respaldo. No estaba tan mal, ahora que se había quitado su estúpida indumentaria. Tenía las piernas bonitas, musculosas, y cara de niño caprichoso.

-Ahora bájate los calzoncillos.

-¿Y tú cuándo te vas a desnudar?

-Cuando me salga de las narices -dijo tranquilamente-. ¿Qué pasa, que tengo que volver a contar?

Marcos se bajó los calzoncillos de un tirón. Su expresión oscilaba entre el temor y la ira.

Cecilia se le volvió a acercar. Esta vez le dio un besito en los labios.

-¡Eso está muy bien! ¿Ves? creo que nos vamos a entender muy bien, tú y yo.

Le cogió el pene suavemente entre los dedos. En un segundo lo tuvo completamente duro. Lo soltó de inmediato. Marcos resopló, impaciente.

Afuera se oyó un trueno, retumbando entre los edificios.

-No te muevas, ahora mismo vuelvo.

Sacó del bolso una cuerda fina y suave. Con ella en la mano, se arrodilló delante de él. Marcos le puso la mano en el pelo, sin duda esperando una felación. Ella se la apartó de un cachete. Le acarició los huevos, rodeándole el escroto con los dedos y estirando hacia abajo como le había enseñado Johnny. Le pasó la cuerda por detrás de los testículos.

-¡Pero qué coño haces! ¿Te has vuelto loca?

Marcos la apartó de un empujón, haciéndola caerse de culo en el suelo en una postura muy poco digna, enseñando las bragas. Tuvo que apoyarse en la cama para volver a ponerse en pie. No era fácil, con esos tacones tan altos. Se ajustó la minifalda. Volvió a oírse un trueno, como una advertencia de que ese tipo de juegos podían resultar peligrosos. Metió la cuerda en el bolso y se dirigió a la puerta.

¡Todo esto ha sido una estupidez, diga lo que diga el Chino! Es una pena, me estaba poniendo muy cachonda.

-¡Espera, no te vayas! -le suplicó Marcos.

-Lo siento, Marcos, creo que todo esto no ha sido una buena idea -le dijo con franqueza-. El Chino te devolverá el dinero.

-Perdona, tía… ¡Perdóname, joder! Es que me asusté. No me di cuenta de lo que hacía.

Sonaba como un niño atemorizado delante de la maestra.

-Muy bien, si no quieres que me vaya tendrás que aceptar un castigo.

-¿Qué castigo? -dijo alarmado.

-Unos buenos azotes en el culo.

No va a aceptar eso ni borracho. ¡Mejor, así terminamos de una vez con esta farsa!

La polla de Marcos, que había empezado a flaquear, se volvió repentinamente rígida como una estaca.

-¿Me vas a hacer mucho daño?

¡Vaya, si te tengo en mi poder! ¿Así que eres un pelín masoca, eh Marcos?

-¡Pues claro que te voy a hacer daño! Si no, no sería un castigo.

-No se lo irás a decir a las otras ¿no?

-Lo que pase hoy en esta habitación no lo sabrá nadie, te lo prometo. Entonces, ¿aceptas tu castigo?

-Bueno -dijo con voz casi imperceptible.

-Ponte a gatas en la cama.

Esta vez Marcos la obedeció sin rechistar. Poniendo una rodilla sobre la cama, Cecilia apoyó su mano izquierda sobre la cadera de Marcos, subiéndole la camisa para descubrirle bien el trasero. Tenía un culo estrecho, de nalgas alargadas, la piel muy blanca, casi sin vello. Empezó a pegarle flojito, pero enseguida arreció los golpes. Quería oírlo quejarse y lo consiguió. La piel blanca pronto adquirió un bonito tono sonrosado, volviéndose suave y cálida al tacto. Tuvo que obligarse a parar; hubiera seguido azotándolo durante horas, pero Marcos no era Johnny.

-Espero que esto te sirva de lección. Si no te portas bien, te volveré a pegar. Ahora túmbate bocarriba.

Él hizo lo que le pedía. Tenía el rostro ruborizado, la polla muy tiesa.

Cecilia sacó del bolso la cuerda, el lubricante y los guantes de látex. Mejor que Marcos supiera lo que se avecinaba, para que no hubiera más sorpresas.

-Ahora escúchame -le dijo sentándose en la cama a su lado-. Te voy a atar los cojones con esta cuerda. No te preocupes, que no te va a hacer daño. Es para que no te corras antes de tiempo. Ya se lo he hecho antes a otros tíos y no ha pasado nada.

-Y los guantes, ¿para qué son?

-Para darte un masaje anal-. Él abrió los ojos, asustado. Se apresuró a seguir, para tranquilizarlo-. Luego vamos a follar, largo y tendido, y tú no te vas a correr hasta que yo te lo permita. ¡Verás lo que vas a disfrutar!

Deseó poder estar tan segura como sonaba.

-¿No me vas a dejar que te toque?

-Si te portas bien y te dejas hacer lo que te he dicho, podrás tocarme todo lo que quieras mientras follamos. Ahora estate quietecito. Nada de empujones, ¿eh?, o te ato las manos y te vuelvo a zurrar.

-No me moveré, te lo prometo-. Metió las manos bajo la nuca para que viera que era verdad.

Los testículos se le habían apretado contra el cuerpo. Tuvo que estar un rato estirándole y masajeándole el escroto para ablandárselo. Lo rodeó con varias vueltas de cuerda, dejándole los huevos apretados al extremo de un largo pedúnculo de piel.

-¿Ves como no duele?

Marcos se incorporó para examinar su faena

-Me da un poco de miedo. ¿Estás segura de que no me va a pasar nada malo?

-Lo único que te va a pasar es que no te vas a poder correr hasta que te quite la cuerda.

-¿Entonces, para qué me vas a… hacerme lo otro?

-Porque te va a poner en el estado de ánimo en el que yo te quiero. Y además te va a gustar, ya lo verás.

-Creo que me voy a morir de vergüenza.

Cecilia le sonrió. Sabía perfectamente cómo se sentía. Se tumbó sobre él y lo besó en los labios con ternura.

-Es lo normal -le susurró, acariciándole la cara y mirándolo a los ojos-. Pero no voy a dejar que me folles si antes no te follo yo a ti. Ya sé tus secretos. Te gustó que te pegara, ¿a que sí? Pues esto aún te va a gustar más. Voy a ser tu maestra, la que te va a descubrir todos los misterios de tu cuerpo. Tendrás que compartir todas tus intimidades conmigo. Y si te da vergüenza, pues peor para ti.

Él asintió levemente.

Cecilia le desabotonó la camisa con gestos juguetones. Se la abrió y le acarició los pezones hasta que se le pusieron duros. A continuación se arrodilló a su lado, se puso un guante en la mano derecha y se untó el dedo índice con lubricante.

-Vuélvete -le ordenó.

Marcos gimió como un crío cuando se sintió penetrado. Su cuerpo se tensó. Cecilia le dio un par de azotes con la mano izquierda, al tiempo que se abría camino más profundamente con la derecha. Él pareció resignarse, pero su respiración seguía siendo agitada. Le costó un buen rato alcanzar el bulto redondo que Johnny le había enseñado que era la próstata. Se la empezó a masajear.

-¿Qué, te gusta esto?

-Me hace sentirme muy raro. Me dan ganas de mear.

Eso no era lo que se esperaba. Recordó que Johnny le había dicho que el tío tenía que estar excitado para que diera resultado.

-¿Ves? A esto le llaman ir a por lana y salir trasquilado -empezó a decirle con su voz más seductora-. Querías follarme y soy yo la que te follo. Luego te dejaré que me la metas. Pero antes me tendrás que comer bien el conejito. Porque no querrás metérmela a palo seco, ¿no?

El cuerpo de Marcos dio una sacudida, empezó a mecerse al compás del movimiento de su dedo.

-¿Ves? Ya te decía yo que te iba a gustar. Si es que estabas muy nervioso. Esto te va a dejar más suave que un guante. Tan suave como mi conejito por dentro. Verás lo que vas a disfrutar, follándolo largo y tendido.

Continuó su tratamiento un buen rato, hasta que él empezó a gemir y a suspirar de placer y ella empezó a sentir la urgencia de su propio deseo. Se incorporó y se quitó el guante. Se metió los dedos de las dos manos en el pelo, peinándoselo hacia atrás, sacudiendo la melena.

-Quítate la camisa, pero déjate los pantalones y los calzoncillos en los tobillos.

Se desnudó ante él, sin dejar de sonreírle, contoneándose en un pequeño striptease. Él la miraba, embelesado. Su verga se irguió rápidamente.

Cecilia se sentó en la cabecera de la cama, abriendo mucho las piernas.

-Cómeme -le ordenó.

Aunque Marcos no era tan experto como Johnny, no le faltaba entusiasmo. La hubiera llevado hasta el orgasmo con su lengua, pero ella no se lo quiso permitir.

-Y ahora, por fin ha llegado el momento que has estado esperando.

Marcos hizo ademán de incorporarse, pero ella le puso la mano en el pecho y lo hizo volver a echarse sobre la cama. Su polla había recuperado toda su gloriosa rigidez. Le puso un condón y se colocó a horcajadas sobre él.

-Coge aire y contén la respiración -le dijo.

Marcos la miró sorprendido, pero hizo lo que le pedía. Ella le agarró la verga y se penetró con ella hasta quedar sentada sobre su pelvis, completamente empalada. Se relajó, buscando reducir el abrazo de su vagina sobre el pene.

-Ya puedes respirar… Respira hondo y despacio.

-¿No me vas a dejar que me mueva?

-No, me voy a mover yo. Quieres que dure, ¿no?

Alargó la mano, buscando la cuerda con la que le había atado los cojones. Se puso a deshacer el nudo. Era complicado hacerlo sin mirar, pero no quería interrumpir su penetración.

-¿Sientes que te vas a correr?

Él negó con la cabeza.

Cecilia apoyó las manos sobre su pecho para empezar un movimiento de vaivén suave, subiendo y bajando en torno a su pene. Marcos alargó una mano y le acarició una teta, con la otra le estrujó el culo.

-Bueno, tú verás lo que haces… -le dijo con picardía.

-No me voy a correr. Todavía no.

-¿Vamos, entonces?

-¡Venga!

Lo cabalgó cada vez más rápido, apretándole el pene con la vagina en las subidas, abriéndose a él en las bajadas. Para su sorpresa, aun con eso Marcos no eyaculó.

Aguantas, ¿eh? ¡Pues a tomar por saco!

Cerró los ojos y se abandonó a su placer, siguiendo el ritmo que le pedía el cuerpo. Las manos de Marcos le estrujaban la teta y el culo. Empezó a gemir, a gritar.

-¡Ahora, Marcos, ahora! -rugió cuando sintió que el clímax era ya inevitable.

En medio de las oleadas del orgasmo sintió vagamente las pulsaciones del pene de Marcos bombeando semen dentro de ella. Quiso dejar de gritar. Apretó los labios, pero los alaridos continuaron. No salían de su boca, sino de la de Marcos.

1 comentario:

  1. Inicialmente iba a dividir esta escena en dos partes por ser un poco larga para el blog, pero me he dado cuenta de que pierde mucho al partirla, así que ahora está completa. Os pido perdón a aquellos que hayáis leído ya la primera parte, espero que esto no sea demasiado confuso.

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