lunes, 6 de octubre de 2014

¿Es pecado recibir una azotaina?


Esta es la escena central del primer capítulo de mi novela “Juegos de amor y dolor”. He introducido algunas modificaciones al final que resaltan las dudas de Cecilia. Para los que no hayáis leído la novela, la historia empieza en enero de 1976 cerca de la ciudad francesa de Perpiñán. Cecilia y Julio se ven forzados a compartir un cuarto de hotel durante su viaje de regreso a España después de un cursillo de esquí en los Alpes. Cecilia es bastante religiosa y remilgada, pero durante la conversación íntima que tiene con Julio los dos descubren que comparten fantasías eróticas de una índole muy especial…

La idea que empezaba a formarse en su cabeza la aterraba, pero la tentación era irresistible.

-Pero si a mí me gusta, no tendría por qué ser nada malo.

El corazón le latía con fuerza. Seguía con la vista clavada en el techo; no se atrevía a mirar a Julio.

-Pero bueno, ¿qué me quieres decir con todo esto? -dijo Julio, tirándole del brazo para hacer que lo mirara-. ¿Que quieres que te pegue? ¡Me dejas alucinado, Cecilia!

Sintió que se ruborizaba. Rodó hacia un lado, dándole la espalda para que no le viera la cara.

-¡Soy idiota! No debería haberte contado nada.

Julio la agarró por el hombro y la sacudió ligeramente.

-Perdona, lo último que desearía es que te avergüences de lo que me has contado. Me he alegrado mucho de que lo hicieras, de verdad. Pero es que no entiendo lo que quieres; antes de venir conmigo a esta habitación me dejaste muy claro que no querías que te tocara… ¿y ahora quieres que te pegue?

-¿A ti te gustaría?

-Claro que me gustaría, pero no pensé que eso fuera posible. Nunca se me ocurrió que encontraría a una mujer que se prestara a eso.

-Pues ahora me has encontrado a mí.

-¿Estás segura, Cecilia? ¿No crees que sería pecado?

-Si me duele, si no siento placer, ¿por qué iba a ser pecado?

-Mira, Cecilia, lo que estás haciendo es darle vueltas a la cabeza intentando encontrar excusas. Yo me muero de ganas también, te lo aseguro. Pero te prometí que esta noche no intentaría nada contigo, así que no te voy a engañar. Lo que decidas lo tienes que decidir tú, no me vengas luego diciendo que te comí el coco.

Era verdad. Sus propios argumentos no acababan de convencerla. El deseo y la culpa se entremezclaban dentro de ella.

-Es que si no es ahora no podrá ser nunca -gimió-. Cuando volvamos a Madrid ya no te volveré a ver nunca más.

-¿Y por qué no? ¿Por qué no íbamos a poder seguir siendo amigos? Quizás necesites pensarte todo esto con calma.

Sabía que no era así, que si dejaba pasar la oportunidad no se volvería a presentar, para ninguno de los dos. Probablemente ella nunca encontraría ese marido que la sabría disciplinar con cariño. Y Julio nunca encontraría otra masoca que se dejara dar azotes. Eso la hizo decidirse. Quería hacerle un regalo, dejarle un recuerdo inolvidable, como aquella noche con Laura bajo el póster de la Sagrada Familia.

-Sólo unos cuantos azotes, encima del pijama, ¿vale?

Julio la miró con una mezcla de excitación y temor.

-Vale. Si quieres que pare, me lo dices y en paz, ¿de acuerdo?

-De acuerdo.

No podía creerse lo que estaba a punto de suceder.

Julio se sentó en medio de la cama, la espalda muy derecha, apoyada en una almohada y la cabecera. Dejó las piernas bajo las mantas, tirando de ellas para cubrirse el regazo.

-Échate encima de mis piernas -le dijo.

Cecilia se arrodilló en la cama a su derecha. Vaciló un instante, y por un momento sus miradas se encontraron. El rostro de Julio reflejaba deseo y una cierta ansiedad. Ahora ya no iba a volverse atrás. Se dejó caer sobre su regazo. Las piernas cruzadas de Julio la hacían levantar el culo en una postura obscena. Sentía su calor, su olor la intoxicaba. Oleadas de excitación le recorrían el cuerpo.

Julio le pegó una palmada en el trasero. La tela espesa del pijama absorbió casi toda la fuerza del golpe, así que Cecilia sintió sólo un impacto sordo, nada doloroso.

-¿Qué tal? -le preguntó Julio.

-No me ha dolido nada. Pégame más fuerte.

-A ver así…

Con el rabillo del ojo, vio a Julio levantar la mano, que cayó sobre ella con fuerza. Pero, una vez más, el golpe no hizo efecto ninguno. Julio le pegó un par de veces más, con el mismo resultado. Era frustrante.

Fue una decisión súbita, inconsciente. Metió las manos bajo el elástico del pijama y empujó hacia abajo para bajarse los pantalones. Por el contacto del aire con su piel, supo que sus braguitas se habían apelotonado, dejando la parte inferior de sus nalgas al desnudo.

Oyó que Julio tomaba aliento profundamente.

-¿Qué pasa? -le preguntó, temerosa de que se fuera a echar atrás.

-Nada, que tienes un culo precioso. ¿Te lo puedo tocar?

Sin esperar a su respuesta, Julio le acarició las nalgas donde no las cubrían las bragas. Cecilia sintió que se le ponía carne de gallina. El contacto de la mano de Julio era suave, increíblemente sensual. Demasiado.

-¡No, no! -protestó-. Sólo pégame.

La mano de Julio se retiró para caer enseguida sobre ella con fuerza. Esta vez le restalló en la piel como un aguijonazo. Julio la azotó enseguida en la otra nalga, donde también despertó un vívido escozor. Al tercer golpe no pudo evitar mover el culo para esquivarlo.

-¿Qué, ahora sí que duele, eh?

-Sí, claro que sí. -La voz le salía entrecortada-. Sigue.

-¡Ah! ¿Te crees que esto es muy divertido, eh? -dio Julio con tono autoritario y ligeramente burlón-. Mira, Cecilia, ya va siendo hora de que alguien te de tu merecido. Normalmente eres muy buena, pero de vez en cuando se te cruzan los cables y te dan rabietas muy tontas, como la de hoy en el autobús, ¿no crees?

Esa regañina tenía que ser de mentirijillas, para hacer ambiente. Pero la voz de Julio sonaba severa y llegó a asustarla un poco, al tiempo que la excitaba.

-Sí, me merezco un buen castigo por eso. Pégame fuerte.

-Pues prepárate, Cecilia. ¡Te vas a enterar lo que vale un peine!

El dibujo en la portada de Juegos de amor y dolor representa esta escena en el hotel de Perpiñán
Como para enfatizar lo que decía, Julio la agarró la cadera con una mano mientras que con la otra le propinó una rápida serie de azotes, alternando entre las dos nalgas. Los golpes eran lo suficientemente severos para no dejarla pensar en otra cosa. De todas formas, los destellos de dolor que despertaba cada azote tenían una innegable cualidad placentera, que se unía al goce perverso que le producía la postura humillante en que la mantenía Julio y la idea de que estaba siendo castigada como una niña chica. Al poco tiempo empezó a menear el culo de un lado para otro, arriba y abajo, su cuerpo intentando fútilmente esquivar los golpes. Era una danza obscena que bailaba al ritmo de los azotes que le marcaba Julio, un ritmo monótono de metrónomo, que avisaba con perfecta precisión cuando el siguiente cachete la iba a alcanzar. Las punzadas de dolor adquirieron la inevitabilidad del destino. Ninguno de los dos decía nada; cada cual estaba completamente inmerso en su tarea: castigar y ser castigada. Sólo se oían los suspiros de Cecilia y sus ocasionales gemidos, que no sabía si eran de dolor o de placer, mezclados con el aliento entrecortado de Julio. Los azotes sí que sonaban fuertes, restallando contra la piel de su trasero y luego reverberando en las paredes de la habitación, pequeñas explosiones que a Cecilia se le antojaban tan alarmantes como los propios golpes. El brazo de Julio le apretaba la cadera contra un bulto vertical y cilíndrico en su vientre, del que Cecilia no tenía más que una vaga consciencia, absorta como estaba en las emociones encontradas que le producía la azotaina.

Julio se detuvo de repente. La apartó de su regazo de un empujón y se levantó de un salto de la cama. Corrió hacia el cuarto de baño, con un puño apretado sobre la parte de delante del pijama.

Cecilia se quedó tendida sobre el vientre, sin preocuparse siquiera de subirse el pantalón. El corazón le latía en los oídos. Temblaba. El contraste entre la intensidad de su interacción con Julio y su repentina soledad la llenó de desconcierto. Se sintió abandonada, rechazada en ese acto tan íntimo al que se había entregado tan completamente. Sin saber muy bien por qué, se echó a llorar.

Al salir del cuarto de baño, Julio la miró sorprendido desde la puerta.

-¡Estás llorando! ¿Qué te pasa?

En dos zancadas se acercó a la cama. Se echó a su lado y la abrazó por detrás.

-Perdona, no quería hacerte tanto daño -farfulló.

-No es eso… -dijo ella, con la voz babosa del llanto-. ¿Por qué te has ido, tan de repente?

-¡Ah, es eso! Verás… bueno, es que yo… ya no podía más… Me metí en el cuarto de baño para que no me vieras.

Cecilia se incorporó, dándose la vuelta para mirarlo.

-¿Quieres decir que te has…? ¿Qué has eyaculado?

-Un poco…

Cecilia se echó a reír. Se le saltaron más las lágrimas.

-O sea, que te has excitado un montón.

-Creo que es lo más excitante que he hecho en mi vida.

-¿Más que hacer el amor con Laura?

-Sí, aún más.

Eso la hizo sentirse orgullosa. Pero enseguida la invadió una sensación de culpa aplastante.

-¡Ay, Julio! ¿Qué hemos hecho?

-Nada, tía, tu tranquila… ¡Si tú, lo único, es que te has llevado una señora paliza!

-No, Julio, no lo puedo negar: yo he disfrutado tanto como tú.

-Bueno, pues te confiesas y en paz.

-¡Ay, por favor! ¿Y qué le voy a decir a don Víctor? “Un chico me azotó y a mí me gustó mucho”. ¡Si llevo años intentando no contarle mis fantasías! Sólo me confesaba de tener pensamientos impuros. Él nunca me pidió detalles.

Julio la volvió a abrazar. Notó un contacto húmedo en el trasero, destacándose sobre el ardor de su piel. Alargó la mano para subirse el pantalón.

-Espera, por favor -le dijo Julio.

-Es que deberíamos…

-Sólo un segundo.

Ella se quedó inmóvil mientras él le pasaba la mano por las nalgas, haciéndola sentir el calor y el escozor que habían dejado sus azotes. Sabía que debía negarse, hacer que parara, pero sentía una blandura por dentro, una docilidad que le hacía imposible negarse a sus deseos.

-Se te ha quedado la piel muy suave -le Julio dijo al oído.

-Sí. Me has pegado muy fuerte.

Deseaba que continuara tocándola, que se atreviera a más. Le dejaría hacer, le gustaba demasiado lo que estaba pasando. Sin embargo, él mismo le subió el pantalón del pijama.

-Perdona, creo que me he pasado.

-¡Qué va, tonto! Yo también he disfrutado mucho. Me gusta mucho el calorcito que me has dejado en el culo.

-Ha sido la cosa más maravillosa del mundo. Espero que mañana no te arrepientas.

-No sé lo que pensaré mañana…

-Es tardísimo, será mejor que nos durmamos. ¿Te importa si apago la luz?

-No…

Julio rodó por la cama para apagar la luz de la mesilla de noche.

-Buenas noches, Cecilia.

-Buenas noches, Julio.

Se deslizó entre las sábanas hasta quedar pegada a él, abrazándose a su espalda, metiendo las rodillas en el hueco de las suyas. Acercó la nariz a su hombro para sentir mejor su olor. Por su respiración, regular y profunda, supo que se había dormido. Ella estaba demasiado excitada para hacerlo.

El culo le ardía debajo del espeso pijama de franela, impidiéndole olvidar lo que había ocurrido apenas unos minutos. Moviéndose despacio para no despertar a Julio, se volvió a bajar el pantalón. Se acarició las nalgas. Era verdad lo que le había dicho Julio: la piel se le había quedado suave como el terciopelo e irradiaba un agradable calorcito. Le vinieron unas ganas locas de tocarse. Hacía tiempo que no había sentido la tentación de hacerlo de forma tan palpable. Era como un imán que atraía a su mano hacia su sexo. Apretó los muslos y pudo sentir su humedad anegándole la entrepierna. Rodó bruscamente hasta quedar tendida de espaldas y separó las piernas para evitar seguir dándose placer al apretarlas. Sólo que ahora podía sentir su culo desnudo ardiendo contra el colchón, aumentando su excitación. Rodó otra vez para acostarse sobre el vientre. Eso le recordó su postura mientras que Julio la azotaba. No había escapatoria a su deseo desbocado, donde quiera que miraba se lo encontraba. El cuerpo de Julio era una sombra enorme apenas unos centímetros de sus manos. Deseaba desesperadamente tocarlo. Deseaba desesperadamente tocarse.

No había calculado bien las consecuencias de su decisión. Había pensado que iba a ser un juego inocente, que sería tan fácil de terminar como de comenzar. Pero en vez de eso había abierto las puertas a una fuerza arrolladora que se ahora se sentía sin fuerzas para controlar. Se había equivocado. Había cometido un error muy grave. Sí, había sido pecado, ya no le cabía ninguna duda. El sentimiento de culpa se convirtió en un peso que le oprimía el pecho y, a pesar de eso, el fuego del deseo se negaba a abandonar su cuerpo. Volvió a girar para tenderse de espaldas, se subió el pantalón del pijama y entrecruzó los dedos sobre su pecho, dispuesta a luchar contra la tentación toda la noche si era necesario.

4 comentarios:

  1. Dan muchísimas ganas de leer el libro entero!!! Mmmm. Me gusta la recreación del año 1976: esos pensamientos, la moral que casi todo lo podía, las maneras de hablar ... A mi me ha picado (y mucho) la curiosidad ... y estoy segura que más gente de este blog también querrá vivir la experiencia de leer tu libro.

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  2. Y me permito la libertad de publicar otro comentario. Oficialmente vivimos en una democracia (en la práctica, ya es otra cosa, pero no es momento de meterse en política) me refiero al título de este texto ¿És pecado recibir una azotaina? Si es pecado, yo voy a ir al infierno de golpe jajajajaja Yo no busco problemas con nadie porque tampoco los quiero. Por tanto, a mi que me dejen vivir mi vida y mi sexualidad como a mi me apetece, y que cada uno haga con su moral lo que le dicte su conciencia.
    Yo voy a seguir una máxima que alguien dijo, y que a mi me encanta: las chicas buenas van al cielo ... y las malas vamos a todos lados!!! jajajajajaja

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  3. Eso me recuerda la letra de la canción de Billy Joel, "Only the good die young"...

    "Te dicen que el Cielo es para las que esperan
    Hay quien dice que es mejor, pero yo te digo que no
    Prefiero reír con los pecadores que llorar con los santos
    Los pecadores son mucho más divertidos
    Sabes, sólo los buenos mueren jóvenes."

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  4. CS Liberadas, me alegro mucho que te guste esa escena. Sigue siendo una de mis escenas de sexo favoritas de la novela. Hay otras más fuertes, pero la inocencia y el conflicto interno de Cecilia le da un aire especial. También me gusta porque mucho de lo que escribo en el primer capítulo es autobiográfico y ocurrió en realidad, sólo que en 1977 en vez de 1976. Incluyendo: el "secuestro" del autobús para ver pelis porno en Perpiñán, que pusieran Historia de O y Emmanuelle en uno de los cines, la librería con libros prohibidos en España editados por Ruedo Ibérico, que en uno de esos libros encontrara el nombre de mi padre y que se pasara la noche en un hotel en Francia donde seguro que hubo más de un encuentro sexual.

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