domingo, 7 de septiembre de 2014

Historia de una derrota

Mapa del transcurso de la Guerra Civil española
Éste es un fragmento más de la novela que estoy escribiendo, "Contracorriente".

El conferenciante era un hombre mayor, pero alto, erguido y atractivo. Cecilia calculó que rondaría los setenta años, basándose en el hecho de que debía tener más de veinte cuando empezó la Guerra Civil. Sin embargo los años no habían conseguido doblarle el espinazo ni despojarle de su cabellera de rizos rebeldes. Se movía con gestos bruscos y energéticos. En su habla se notaba un ligero acento mejicano.

El aula del Colegio Nicolás Salmerón estaba llena hasta los topes. Sin duda, los organizadores del PCE no habían contado con que su exigua publicidad iba a atraer a tanta gente. “La Guerra Civil vista por un agente de la República en el extranjero”, decían las cuartillas fotocopiadas con una foto irreconocible del conferenciante que habían pegado en los muros de las obras, las farolas y las paredes del metro.

Hubo una breve introducción en la que el conferenciante fue calificado de “luchador por la clase obrera”, “héroe del pueblo” y “defensor del proletariado”. Cuando le llegó el turno, él sonrió con modestia y negó con la cabeza.

-No soy proletario, ni obrero, ni mucho menos un héroe. Mis padres eran profesionales de clase media, cultos y progresistas. Me enviaron a un buen colegio de la Institución Libre de Enseñanza en Madrid, y luego a la Escuela de Ingenieros de Caminos. Tuve suerte: la guerra comenzó justo el verano en que terminé la carrera. Mientras estudiaba me había vuelto muy activo políticamente, colaborando con las campañas de las Juventudes Socialistas en apoyo del Frente Popular, así que enseguida me vi en el centro de todo el follón. Yo estaba del lado de los socialistas de Julián Besteiro, a quien admiraba por su actitud racional y moderada.

Cecilia escuchaba fascinada. Recordaba vagamente quién era Julián Besteiro de cuando había leído “La Guerra Civil Española” de Hugh Thomas. El conferenciante pasó a relatar su servicio en las milicias del frente del Guadarrama. No duró mucho allí. Su activismo político combinado con sus conocimientos de ingeniería y de inglés pronto lo convirtieron en asesor militar encargado de la organización logística de la guerra. Viajó mucho, visitando los frentes de la Mancha, Guadalajara y Aragón. Estuvo un rato contándoles interesantes anécdotas de su experiencias con las comunas anarquistas que se habían organizado en varios pueblos. Cecilia notó que nunca se refería a los enemigos de la República como los “nacionales”; al principio de la guerra eran los “sublevados”, luego “franquistas” o “fascistas”.

En el verano del 38, habiendo perdido la cornisa cantábrica, con los fascistas cortando la comunicación entre el centro y Cataluña, y amenazando Valencia, la República había decidido lanzar una ofensiva desesperada en la Batalla del Ebro. La operación tenía una finalidad tanto militar como propagandística: las tensiones de Inglaterra y Francia con la Alemania nazi habían alcanzado un punto crítico, lo que le había dado al gobierno de Negrín renovadas esperanzas de que la contienda española se viera asimilada en una guerra europea a gran escala. O que, al menos, los ingleses y los franceses entendieran por fin que apoyar a la República estaba a favor de sus propios intereses. Como parte de esa labor y debido a sus conocimientos de inglés y de logística militar, al conferenciante se le encargó ir a Inglaterra a reforzar de la misión diplomática en Londres dirigida por el embajador Pablo de Azcárate.

El conferenciante daba paseos nerviosos de un lado al otro, las manos en la espalda, mirando más al suelo que a su audiencia.

-No me hizo ninguna gracia tener que dejar España. Me parecía cobarde irme a un destino seguro en el extranjero mientras mis compañeros morían como moscas en el frente. Además, yo tenía una amante en Madrid de la que estaba muy enamorado, y no me permitían llevármela a Londres conmigo. Me aterraba la idea de que pudiera morir durante mi ausencia. Al final tuve que aceptar; en una guerra es importante mantener la disciplina y obedecer órdenes.

Detuvo sus paseos, encaró a la audiencia y se frotó la barbilla, pensativo. Durante unos segundos se hizo un extraño silencio en el aula. Luego prosiguió su charla.

La firma del Tratado de Munich: Mussolini, Hitler, Deladier y Chamberlain
-Mi destino en Londres me resultó incómodo desde el principio. Yo soy un hombre práctico, me gusta la acción; las intrigas y los vericuetos de la diplomacia iban contra mi carácter. Me resultaba difícil contener mis ganas de liarme a golpes con esos ingleses tan estirados que se negaban a comprender la magnitud de lo que estaba sucediendo en España. En cierto modo, era peor que luchar en el frente. Cada día nos traía nuevas frustraciones. Los ingleses, bajo el gobierno de Neville Chamberlain, se habían negado a apoyar a la República desde el principio y no había manera de hacerles cambiar de opinión. El mismo Churchill, por aquella época, no era mucho mejor que Chamberlain. Incluso se negó a darle la mano a Azcárate una vez. Eran todos unos hipócritas, cerrando los ojos no sólo al sufrimiento del pueblo español sino al desastre que les deparaba el futuro. La política de supuesta “no intervención” sólo servía para que Hitler y Mussolini le enviaran más y más armas y tropas a Franco, mientras que nosotros sólo contábamos con el apoyo de Stalin por el que pagábamos un altísimo precio político. Azcárate se concentraba en denunciar los crímenes de los fascistas, como los bombardeos de la población civil por los aviones alemanes. Teníamos la esperanza de que finalmente los ingleses y los franceses acabarían de ver la verdadera naturaleza de Hitler y Mussolini, y que eso los podría de nuestro lado. Lo malo es que había muchos conservadores en el gobierno británico que odiaban a los comunistas por encima de todo. Temían que la revolución de la clase obrera que había ocurrido en España se extendiera también por Inglaterra. Muchos confiaban en que Hitler comenzaría una guerra con Stalin y que ambos se destruirían mutuamente, dejando a las potencias capitalistas instaladas en el poder.

Hizo una nueva pausa, con un gesto atormentado. Cecilia tuvo la impresión de que seguía luchando en la Guerra Civil como si no hubiera pasado el tiempo.

Los Sudetes (1), en lo que hoy es la República Checa
-Entonces, a finales de septiembre, ocurrió el desastre… el suceso que nos hizo perder la guerra y dio la puntilla a la República. No me refiero a la Batalla del Ebro… creo que hubiéramos podido resistir el embate de los fascistas si no hubiéramos estado tan completamente desmoralizados. Me refiero a los Acuerdos de Múnich. Fue un pacto vergonzoso, en el que Inglaterra y Francia le cedían a Alemania los Sudetes, que eran parte de Checoeslovaquia, para así intentar postergar una guerra inevitable. Con los Acuerdos de Múnich se terminaron nuestras esperanzas de que los ingleses le declararan la guerra a Hitler y se pusieran de nuestro lado.

Se peinó el pelo hacia atrás con los dedos y empezó otra vez a caminar de un lado al otro, agitado.

-Yo ya no tenía nada que hacer en Londres. Pedí permiso para volver a España, pero me lo negaron. Ese mes de octubre las cosas empeoraron rápidamente para la República Española. Las fuerzas franquistas fueron reconquistando poco a poco el territorio que habían perdido en la Batalla de Ebro. En noviembre y en diciembre empezaron a avanzar otra vez. Entraron en Cataluña, barriendo nuestras defensas. Yo ya no aguantaba más, si no volvía a España enseguida perdería la oportunidad de reunirme con mi novia. Ella acabaría atrapada en una España franquista mientras yo permanecería exiliado en el extranjero… Si es que no le ocurría algo horrible. Conchita era muy joven, una adolescente apenas. Había perdido a sus padres en los bombardeos de Madrid.

Cecilia se tensó de repente, presa de un súbito reconocimiento.

-¡Ay, Cecilia, suéltame! ¡Me haces daño! -se quejó Malena.

Inconscientemente, le había estado apretando la mano a Malena.

-¡Es él, Malena! ¡Es Jesús!

-¿Quién es Jesús?

-¡Shhh! ¡Calla!

-Por fin, a primeros de año, me dieron permiso para volver a España -continuó diciendo Jesús-. La cosa no era nada fácil: los franquistas avanzaban rápidamente por Cataluña, así que cruzar la frontera estaba fuera de cuestión. Mi única oportunidad era coger un barco en el sur de Francia que me llevara a Valencia, Alicante o Cartagena, en la zona de costa que aún estaba en poder de la República. Viajé hasta Marsella sin mayor problema, pero apenas había barcos que zarparan para España. En varios que lo hacían no me quisieron admitir. Pasó una semana, luego otra. El 26 de enero cayó Barcelona y una enorme masa de refugiados entró en el sur de Francia. Las autoridades francesas empezaron a buscarme para meterme en uno de los campos de refugiados. Por fin conseguí que unos marineros comunistas me metieran a escondidas en un barco con destino Alicante.

Jesús parecía haberse olvidado de su audiencia, era como si hablara consigo mismo.

-No llegué a Madrid hasta bien entrado febrero. La situación en la ciudad era lamentable: había mucha hambre y todo el mundo daba la guerra por perdida. Conchita se alegró muchísimo al verme, temía que me hubieran matado. Estaba demacrada. En el apartamento donde vivía hacía un frío horrible, llevaban todo el invierno sin calefacción. Yo apenas pude mejorar su situación, mis antiguos amigos no podían ayudarme.

A Cecilia se le saltaron las lágrimas. Ya no le quedaba ninguna duda de que estaba oyendo la historia de su madre de labios de ese extraño en el que había pensado tantas veces.

-¡Cecilia! ¿Qué te pasa? ¡Estás llorando! -Le dijo Malena alarmada.

-¡Calla, Malena! Luego te lo cuento.

Jesús se detuvo en sus paseos, pareció darse cuenta de que estaba dando una conferencia para gente a la que poco le importaban sus problemas personales.

Juan Negrín
-Acababa de celebrarse una reunión de comunistas en Madrid. A duras penas, en medio de un clima de derrotismo, habían acordado seguir la lucha hasta el final. A los que pensábamos así nos llamaban los “Numantinos”, pues como los antiguos habitantes de Numancia preferíamos morir peleando. Yo, por mi parte, me reuní con mis antiguos compañeros socialistas, quienes me contaron que había en marcha un plan para rendirse a Franco, liderado por los más altos mandos del ejército republicano: el coronel Casado, el coronel Muedra y el general Matallana. Por desgracia, mi antiguo héroe Julián Besteiro era también uno de los cabecillas. La noticia me dejó anonadado. Por lo visto, Casado y sus compinches pensaban entregar a los líderes comunistas a Franco para ganarse su perdón. ¡Cómo habíamos podido llegar al extremo de conspirar unos contra otros, de planear abiertamente una traición a la República! Además, gracias a la información a la que había tenido acceso en Londres, yo sabía que rendirnos a Franco sería un desastre. Los fascistas habían promulgado una ley que criminalizaba a todos los políticos de izquierdas de la República, incluso los que habían sido elegidos años antes de la guerra. No me cabía ninguna duda de que una rendición a Franco acabaría en un baño de sangre. Decenas de miles de personas serían ejecutadas. También estaba seguro de que, a pesar de los Acuerdos de Múnich, la paz de Inglaterra y Francia con Hitler no iba a durar. Si conseguíamos aguantar unos meses más, la ansiada guerra europea vendría a rescatarnos. Resolví unirme en secreto a los comunistas, que eran los únicos que estaban decididos a seguir luchando. La mayor parte de los socialistas y de los anarquistas apoyaban a Casado. Sin embargo, mantuve mis contactos con los socialistas para así tener acceso a información sobre el golpe de estado que estaban preparando. No me fue difícil; en realidad, no hacían gran cosa por ocultar sus planes.

-¡Cecilia! ¿Qué está pasando? ¿Quién es ese hombre? -le volvió a preguntar Malena con impaciencia.

-El novio de mi madre durante la guerra… ¡Calla, por favor! No me quiero perder nada de lo que diga.

-Así fue como me enteré de que Casado se había reunido con dos espías de la Quinta Columna franquista -seguía contando Jesús-. Hice todo lo posible para comunicárselo al gobierno de Negrín, pero no lo conseguí hasta que vino a Madrid el 24 de febrero. El día antes, Casado había prohibido la publicación de Mundo Obrero por urgir continuar la resistencia.

-¿El novio de tu madre? ¡Ah sí, el de la foto! ¿Pero cómo puedes estar segura de que es él?

-Estoy segurísima. Mi madre es la Conchita de la que habla. ¡Ahora cállate, por favor!

-Negrín y los comunistas, viendo que estaba de su lado y que poseía información valiosa, tanto nacional como internacional, me invitaron a una reunión muy importante del gobierno en Elde, un pueblo de la provincia de Alicante que se había convertido en la capital provisional de la República. Yo no sabía qué hacer… Por un lado, estaba dispuesto a trabajar por la República, hasta el final. Por el otro, no quería abandonar una vez más a Conchita, quien me necesitaba desesperadamente. Al final ganó mi conciencia revolucionaria y me fui a Elde. La situación era desoladora. Inglaterra, Francia y un montón de países más acababan de reconocer al gobierno de Franco, Azaña había dimitido como Presidente de la República y nadie sabía qué hacer para impedir un avance demoledor de los franquistas. Mientras tanto, el coronel Casado y el general Matallana campaban a sus anchas diciéndole a todo el mundo que pensaban rebelarse contra el gobierno… ¡Se lo dijeron hasta al mismísimo general Miaja, el defensor de Madrid! Negrín conocía perfectamente las conspiraciones de Casado, pero no hacía nada para atajarlas. A principios de marzo tuvo lugar un incidente vergonzoso en Cartagena. Negrín había nombrado a Francisco Galán, un comunista, como jefe de la base naval. Pero cuando acudió a ocupar el cargo se encontró con que el almirante Buiza estaba sublevado contra el gobierno. Al final acordaron hacer zarpar a la flota republicana, con ellos dos, Buiza y Galán, a bordo. Aprovechando la oportunidad, unos quintacolumnistas falangistas salieron de sus escondrijos y se hicieron con el control del centro de Cartagena. Menos mal que al día siguiente una brigada de comunistas llegó desde Valencia y acabó con ellos. Encima, consiguieron hundir al Castillo de Olite, un buque franquista que traía refuerzos. Mientras tanto, Casado permanecía en Madrid desobedeciendo órdenes explícitas de Negrín de presentarse en Elda.

Cecilia se sintió tentada de ponerse en pie y gritarle: “¡Jesús, soy la hija de Conchita!” Pero, además de que eso sería una grave falta de etiqueta, se moría de ganas de oírle contar por qué al final terminó abandonando a su madre en Madrid. Si sabía que la hija de Conchita estaba entre su audiencia, quizás cambiaría su historia. Decidió que sería mejor abordarlo al final de su conferencia.

-Todo eso me hizo darme cuenta de que si Casado daba su golpe de estado en Madrid y los comunistas se atrincheraban en Elde, me arriesgaba a quedarme otra vez separado de Conchita. Decidí volver a Madrid enseguida. No conseguí transporte hasta el seis de marzo, que resultó ser demasiado tarde. Ese mismo día Casado dio por fin su golpe de estado y formó el Consejo de Defensa Nacional. Las tropas comunistas que guardaban las afueras de Madrid se sublevaron de inmediato contra Casado y entraron en la ciudad. Sin noticias de lo que estaba ocurriendo, un grupo de compañeros comunistas y yo nos dirigíamos a Madrid. En las afueras nos topamos con las tropas de Cipriano Mera, un dirigente anarquista que estaba del lado de Casado, quienes nos detuvieron y nos cogieron prisioneros. Pasé una noche horrible, pensando que mis compañeros y yo íbamos a ser entregados a los franquistas como parte de las condiciones de rendición. Sin embargo, al día siguiente nos liberaron. Más tarde me enteré de que Negrín tenía en su poder al general Matallana y que Casado lo había amenazado con fusilar a todos sus ministros si no lo liberaba. Negrín accedió a liberar a Matallana y Casado le correspondió liberando a sus prisioneros comunistas, nosotros entre ellos. A pesar de todo, Cipriano Mera no nos permitió continuar el viaje hasta Madrid. Nos mandó con una escolta de vuelta a Elde. Allí nos encontramos con que Negrín, el resto del gobierno y los principales dirigentes comunistas acababan de abandonar España en avión. Mis compañeros de viaje encontraron sitio en un barco que los llevaría a Francia, pero yo seguía decidido a volver a Madrid. No tuve suerte, nadie quería ir en esa dirección. Al contrario, cada vez llegaban más refugiados del interior. A los pocos días lo casadistas acabaron de derrotar a los comunistas en Madrid.

Cipriano Mera, líder anarquista
Jesús hizo una pausa. Se volvió a pasar los dedos entre el pelo. Siguió hablando en voz más queda.

-Me enteré de que había una orden de detención contra mí… Al parecer, al final los socialistas se habían enterado de que le había estado pasando información al gobierno de Negrín. O quizás no fuera eso… en realidad, estaban persiguiendo a todos los comunistas. Se me volvió a presentar una oportunidad de coger un barco para Francia, y esta vez la aproveché. Si no lo hubiera hecho seguramente habría acabado delante de un pelotón de fusilamiento de los franquistas. Aún y así, me he arrepentido toda mi vida de coger ese barco.

Esto último lo dijo en voz tan baja que Cecilia apenas alcanzó a escucharlo. Después, como despertando de un sueño, añadió con su habitual voz decidida:

-Y ese es el final de la historia que os puedo contar… La República Española duró sólo unos pocos días más. Si queréis conocer lo que pasó en esos días tendréis que leer los libros de historia, porque yo no lo presencié. Muchas gracias por vuestra atención.

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