domingo, 4 de mayo de 2014

Las agujas


-¿Entonces qué, te pongo las agujas? -me preguntó Diana.

-¡Venga, sí! -respondí con entusiasmo.

El clavar agujas hipodérmicas de las que se usan en las inyecciones parece ser la moda en círculos sadomasoquistas. FetLife.com y otros sitios de la red están llenos de fotos de chicas con agujas clavadas en los pechos o en la espalda y luego unidas por hebras formando configuraciones muy bellas. A mí ya me las habían puesto hacía tiempo, una vez que me, a falta de algo mejor que hacer en una fiesta sadomasoquista, accedí a que me las pusiera una mujer. Aquella vez había anticipado que me doliera bastante más de los “floggings” y “canings” a los que me había aficionado. Sin embargo, no fue así: dolían, pero no demasiado. La pena es que el dolor no tenía para mí las cualidades eróticas de las otras prácticas sadomasoquistas, por lo que descarté el dejar que me pusieran agujas en el futuro.

Sin embargo, lo que Diana y yo queríamos hacer en ese cuarto de hotel esa tarde era algo distinto. Desde hacía meses habíamos mantenido una interesante correspondencia sobre los estados alterados de consciencia que se pueden inducir durante una sesión SM. Diana sabe algo de fisiología, porque es enfermera, y utiliza el dolor de las sesiones SM para combatir la depresión. Yo, por mi parte, me dedico a investigar la fisiología del dolor y cómo el dolor se modula por distintos estados mentales. Los dos habíamos llegado a la conclusión de que durante las sesiones SM se produce analgesia (disminución del dolor) por dos mecanismos distintos: liberación de endorfinas y liberación de adrenalina. Las endorfinas son unos péptidos que activan los receptores opiáceos, que es donde actúan las drogas analgésicas más potentes, como la morfina. La adrenalina se libera en la sangre en situaciones de estrés, pero dentro del sistema nervioso también participa en determinadas vías nerviosas que producen analgesia. Para más información, leed mis artículos en este blog “Fisiología del sadomasoquismo” y “Endorfinas y adrenalina en el sadomasoquismo”.

Diana había descubierto algo fascinante: cuando se produce analgesia por endorfinas el ritmo cardíaco disminuye, mientras que la analgesia por adrenalina viene acompañada por una aceleración de los latidos del corazón. Yo tenía mis dudas, sobre todo porque la liberación de adrenalina y endorfinas en la sangre (donde afectan al ritmo cardíaco) no tiene por qué ser paralela a su liberación en el cerebro (donde producen analgesia), pero me parecía que estaba sobre la pista de algo importante. Diana había ido incluso más lejos. Usando técnicas de auto-hipnosis y bio-feedback, me había dicho, había conseguido producir la liberación de adrenalina a voluntad, no sólo bajo los efectos del dolor. También podía liberar endorfinas, aunque no siempre lo conseguía. Me hizo una demostración ahí mismo, usando un aparatito llamado pulsioxímetro, que es como una pinza que se pone en un dedo y que tiene una pantalla donde se puede leer el ritmo cardíaco y el nivel de oxigenación de la sangre. Ante mi asombro, contemplé como en pocos minutos conseguía llevar su pulso desde su nivel normal de 70 latidos por minuto a más de 100.

Mi flamante pulsioxímetro
-Ésta es la respuesta de adrenalina -me dijo sin aliento, como si se acabara de pegar una carrera-. Voy a ver si me sale lo de las endorfinas.

La bajada de ritmo cardíaco fue bastante menos impresionante: de 70 a alrededor de 60. Decidimos ver si conseguíamos inducirla por dolor. Diana se desnudó y se arrodilló en la cama, ofreciéndome su trasero desnudo. Yo empuñé mi mejor “cane”. Le pegué fuerte desde el principio, pues ella me había insistido en que necesitaba el dolor. Esta vez pudimos leer en el pulsioxímetro una bajada decente del pulso cardíaco.

Ahora me tocaba a mí. Ella me había dicho que no sabía usar la vara, pero estaba segura de que podía inducirme un estado alterado de consciencia con las agujas. Me puso el pulsioxímetro en el dedo y me dijo que no lo mirara para no influenciar los datos; ella me diría al final lo que había observado. Se puso a sacar de su bolsa de juguetes algodón, alcohol y ristras de agujas hipodérmicas en sus paquetes estériles. Me enseñó unas de juntura amarilla y me dijo que si no me producían bastante dolor usarías las verdes, que eran algo más gruesas. No hizo falta. La primera aguja que me puso en el pecho me produjo un buen pinchazo y el dolor cuando salió de la piel casi me hizo gritar. Las agujas se ponen paralelas a la piel, recorriendo un tramo por debajo y luego volviendo a sacar la punta, como una puntada de hilo en la ropa. Después de ponerme tres agujas en el pectoral derecho, separadas un centímetro, se levantó de la cama.

-¡Lo que nos hace falta aquí es música! -declaró-. ¿Qué tipo de música te gusta?

-Pues a mí lo que más me gusta es el rock sinfónico de los años 70 -dije sin muchas esperanzas-. Ya sabes: Pink Floyd, Genesis, Yes, Emerson, Lake y Palmer… ¿Y a ti?

Ella se limitó a sonreírme. Era bastante más joven que yo. Se me ocurrió que a lo mejor ni siquiera sabía de qué tipo de música le estaba hablando.

-Pero en realidad me gusta cualquier tipo de música -me apresuré a aclarar-… Bueno, menos el jazz, que no me suele gustar demasiado.

-Voy a abrir Pandora en mi ordenador, a ver qué encontramos -dijo, enigmática.

Cuando lo hizo empezó a sonar una guitarra acústica.

-Suena a música española… -aventuré a decir.

Ella no contestó. Se volvió a arrodillar junto a mí y me clavó otra aguja. Reconocí la voz del cantante en cuanto empezó: Ian Anderson de Jethro Tull.

-¡Jethro Tull! -exclamé.

Diana sonrió mientras preparaba otra aguja.

-Sí. Te he puesto tu rock sinfónico. A mí también me gusta, mis padres lo escuchaban todo el tiempo cuando era niña.

La música cambió completamente la experiencia para mí. Entró una guitarra eléctrica muy estridente, y de repente la música y el dolor de las agujas se volvieron una sola cosa, algo trascendental y sublime. La música sonaba con una claridad increíble, aunque los altavoces del portátil de Diana no eran gran cosa. Nunca había oído esa canción, pero me gustaba muchísimo, sobre todo la parte en que Ian Anderson se pone a tocar su flauta travesera y a gritar al mismo tiempo. Siguieron canciones de Moody Blues y de Pink Floyd, algunas del álbum The Wall que tenían la misma cualidad desgarradora que la de Jethro Tull. Diana me había puesto otra ristra de agujas en el pectoral izquierdo, las había engarzado con una hebra y se había puesto a tirar de ella para hacerme más daño, mirando el pulsioxímetro con aire ligeramente decepcionado. Pero a mí me daba igual, me encontraba en un extraño paraíso-infierno en el que el dolor era bello, la música me dolía, y todo era fantástico. Era un estado alterado de consciencia al que ya me había acercado alguna vez. Era lo que había querido experimentar.

Cuando terminamos Diana me dijo que el pulsioxímetro no había detectado grandes variaciones en mi ritmo cardíaco, sólo algunas subidas desde mi ligeramente bajo ritmo de 60 pulsaciones por minuto hasta pasadas las 70 cuando me había visto más exaltado.

-Yo creo que has tenido respuesta de adrenalina, pero hay algo en ti que estabiliza tus respuestas fisiológicas, incluso cuando sientes bastante dolor.

-Bueno, date cuenta que yo hago escalada, así no es tan fácil asustarme. Además, llevo muchos años practicando Zen, que te enseña a equilibrar tu estado mental. Pero lo importante es que yo experimenté un estado alterado de consciencia y fue precioso. El dolor está adquiriendo un significado distinto para mí.

Días más tarde averigüé que la canción de Jethro Tull que me había gustado tanto es My God, una de las más antiguas de ese grupo. Os dejo con Ian Anderson y su flauta mágica…

2 comentarios:

  1. Me alegro de que te guste. Estoy pensando escribir un artículo sobre "BDSM y estados alterados de consciencia" para el próximo número de Cuadernos BDSM.

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